Comunicar la fe en la familia

Caffarra, CarloEl tema que afrontamos es de enorme importancia. Para la Iglesia. Esta se implanta y se radica en la vida humana a través de la familia. La regeneración del sujeto y del pueblo cristiano es impensable e impracticable si se prescinde del «proceso familiar». Para la sociedad civil. Uno de los ejes de nuestra sociedad occidental ha sido el «pacto educativo» firmado entre la Iglesia y la familia en orden a la educación de las nuevas generaciones. La ruptura de este pacto llevaría a una verdadero desastre educativo, al que, quizás, ya asistimos.

Llamados como estamos a cuidar los destinos del hombre, no podemos dejar de reflexionar sobre este problema.

Lo haremos jalonando nuestra reflexión en los puntos siguientes. En el primero intentaré deciros en qué consiste precisamente la misión educativa de la Iglesia. En el segundo intentaré mostraros cómo la familia participa en la misión educativa de la Iglesia.

La misión educativa de la Iglesia

En este primer punto de mi reflexión intentaré una comprensión de la propuesta cristiana, de la economía de la salvación, por usar un vocabulario más técnico, en clave pedagógica.

¿Qué significa esto? Defino la propuesta cristiana con las palabras del Concilio Vaticano II: «Quiso Dios, en su bondad y sabiduría, revelarse a si mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1,9) mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo hecho carne, en el Espíritu Santo, tienen acceso al Padre y se hacen partícipes de la naturaleza divina (cf. Ef 2,18; 2P 1,4)» [Const. dogm. Dei Vérbum 2; EV 1/873].

Podemos tener una cierta comprensión de este extraordinario acontecimiento sirviéndonos de conceptos humanos, refiriéndonos a experiencias humanas. Piénsese, por ejemplo, en la importancia que asume, en orden a la inteligencia de la propuesta cristiana, la categoría de la nupcialidad.

En este primer punto recurriré a la categoría de la educación, presentando, y en un cierto sentido, describiendo la propuesta cristiana como una, más aún, como la propuesta educativa.

¿Es legítima una presentación así? ¿Es correcta semejante descripción del cristianismo? Mantengo que no solo es legítima y correcta sino que es uno de los caminos privilegiados para alcanzar una profunda inteligencia del acontecimiento cristiano. Lo demuestra el hecho de que esta consideración fue elaborada también por grandes maestros del pensamiento cristiano: Clemente de Alejandría, Orígenes, los padres capadocios y sobre todo Gregorio de Nisa, por mostrar algún ejemplo. Me atrevo a afirmar que si seguís mi reflexión os convenceréis de que este modo de pensar el cristianismo es verdadero y muy atrayente.

Quiero también proponer otra premisa antes de entrar in media res. He hablado del «hecho cristiano», de «propuesta cristiana»: pero todavía no de la Iglesia. En realidad «hecho... propuesta cristiana» e «Iglesia» denotan la misma cosa: es decir, el misterio de la voluntad del Padre de recapitular a todos y a todo en Cristo, se realiza hoy en la Iglesia; es la Iglesia.

Mi tesis es que cuando hablamos de la misión educativa de la Iglesia no cualificamos su misión misma como una cualidad secundaria: expresamos su naturaleza íntima. Decir «misión educativa» de la Iglesia es como decir... «triángulo de tres lados»: educar a la persona humana coincide con la razón de ser de la Iglesia. Es precisamente su misión. Y es precisamente esto lo que ahora intentaré mostrar, excusándome desde ahora si el poco tiempo del que disponemos me obliga a ser un poco... icástico y apodíctico.

Desde el punto de vista cristiano, ¿cuál es el problema central del hombre, la cuestión de cuya solución depende enteramente el destino de la persona? Que la relación objetiva entre cada hombre y Cristo, instituida por la eterna predestinación del Padre, se convierta en algo subjetivo. Si esta subjetivización tiene lugar —en la medida en la que suceda—, la persona se realiza; si no tiene lugar —en la medida en la que no ocurre—, la persona ha fracasado: el resto al final es secundario. Me explico.

El hombre, cada persona humana, cada uno de nosotros en carne y hueso no ha entrado en el universo del ser, carente de sentido, confiado al mero proyecto de su libertad, colocado en una neutralidad originaria respecto de una realización cualquiera de sí mismo. La vida no es un teatro en el que cada uno elige, antes de entrar en escena, el fragmento que debe recitar. Hemos sido pensados por el Padre dentro de una relación. La Sagrada Escritura usa un término muy fuerte: «pro-orizo 0187 (cf. Rm 8, 29; Ef 1, 5: ‘pre-de-terminar; predestinar’: oros, en griego, significa ‘término’). Hemos sido «encuadrados dentro de una relación»: la relación con Cristo. He dicho que se trata de una relación objetiva. En dos sentidos.

No depende de mí establecerlo: yo me he encuentro ya en relación con Cristo: depende de mí permanecer en ella o salir de ella decidiendo qué otra verdad es la verdad y por tanto el bien de mi persona. Es puesto en el ser por Dios mismo y es la razón por la cual Él me ha creado. Podemos expresar la misma idea diciendo: la verdad de la persona humana está en su relación con Cristo. San Pablo caracteriza esta relación con la fórmula «ser en Cristo»; y san Juan con la fórmula «permanecer en Cristo».

Pero esto no es todo. La persona humana no está ubicada en Cristo como una planta está colocada en la tierra o un edificio asentado en un terreno. Es un sujeto libre: la libertad es la dimensión constitutiva fundamental de la existencia de la persona. ¿En qué sentido? La relación objetiva, en el sentido apenas explicado, se hace subjetiva mediante la libertad. La libertad es la que realiza concretamente o concretamente no realiza la verdad de la persona. O genera a la persona en Cristo o bien la genera de otro modo. La relación objetivamente instituida por la decisión divina se hace subjetiva mediante la libertad de la persona. Esta «subjetivización» constituye el proceso formativo de la personalidad humana, proceso que ya los grandes filósofos griegos habían diferenciado con respecto a la naturaleza de la persona, naturaleza, que de todas maneras, era su base.

Este proceso en el cual lo objetivo se hace subjetivo implica a toda la persona: es una completa transformación de la persona según la forma de Cristo. Implica el modo de pensar, de ejercitar la propia libertad, de construir la relación con los otros, el corazón de la persona. Lo que en la paideia griega fue la formación o mórphosis de la personalidad humana, según los Padres griegos, sobre todo, se convierte en la meta-morphosis del hombre en Cristo (cf. Rm 12, 2 e 2 Co 3, 18). Es una verdadera generación de la propia humanidad según un «modelo» conforme al cual cada uno de nosotros fue pensado: «Es el hombre verdadero que ha conformado su vida a la huella impresa en su naturaleza desde el origen” (Gregorio de Nisa, Sobre los títulos de los Salmos, SCh 466, p. 505).

La misión de la Iglesia consiste precisamente en hacer posible esta regeneración de la humanidad de cada hombre, en realizarla en cada hombre. E Introducir a cada hombre en Cristo, para que en Él se realice plenamente a sí mismo.

Una firme tradición occidental definía precisamente el proceso educativo como una progresiva guía de la persona hacia la plena realización de sí misma.

La Iglesia la ha hecho propia, dándola un contenido totalmente nuevo.

Dentro en esta concepción se comprende lo que he dicho hace poco, es decir, que la misión de la Iglesia puede ser pensada en categorías pedagógicas.

Es una misión educativa: «Hijitos míos, a los que de nuevo doy a luz en el dolor hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Ga 4, 19), dice la Iglesia por boca de Pablo. Tenemos también una confirmación histórica.

«El cristianismo se planteó el problema educativo desde la primera evangelización. No por una tesis preconcebida queriendo reducir las cosas al propio punto de vista, sino por una necesidad interna en la misma terminología de su doctrina; así la posición educativa sigue siendo algo preeminente... El método educativo cristiano está presente y operante en el catecumenado, en la comunidad y en la vida de cada día” [“Le fonti della paideia antenicena” en A cura di A. Quacquarelli, La Scuola, Brescia, 1967 xc].

Esta conexión entre la propuesta cristiana y la experiencia educativa tuvo como primera y necesaria consecuencia la constitución de una doctrina pedagógica. Dicho en otros términos. A la luz de la definición de la misión educativa de la Iglesia se derivan algunos principios fundamentales sobre la educación de la persona. Quisiera ahora recalcar los que me parecen más importantes.

El primer principio de la educación de la persona es que el hombre no es autodependencia pura, es decir, que no tiene el poder de determinar la verdad de sí mismo ni, por tanto, de definir su propia esencia, su naturaleza, ni de diseñar su propia imagen. Existe una medida de la propia humanidad, que la fe individua en la persona de Cristo: «Apposita est nobis forma cui imprimimur», escribe san Gregorio Magno. Y Rosmini afirma: «El cristianismo, por tanto, dio la unidad a la educación, en primer lugar para pponer en manos del hombre la regla con la cual medir todas las cosas, es decir, el fin último al cual dirigirlas” ['Dell’educazione cristiana', en Opere de A. Rosmini 31, Città Nuova, Roma 1994, p. 226].

El segundo principio de la educación de la persona es la consecuencia inmediata del principio precedente. Me gustaría formularlo de nuevo con A. Rosmini: «Se debe guiar al hombre para asemejar su espíritu al orden de las cosas que están fuera de él, en vez de conformar las cosas ajenas a él a las casuales afecciones de su espíritu» [Ibíd. p. 236]. Más sencillamente: educar significa introducir al hombre en la realidad. Ya he tenido ocasión de hablar largamente de este principio.

El tercer principio de la educación de la persona es la especificación del anterior, y lo podríamos enunciar del modo siguiente: Introducir a la persona en la realidad significa introducirla en Cristo, como única posición en la cual es posible ver cada realidad en toda su verdad, amarla según su valor, y ver el conjunto en su íntima belleza.

Creo que he terminado el primer punto de mi reflexión: la misión educativa de la Iglesia. Dentro de esta misión es donde se sitúa la familia.

La familia en la misión educativa de la Iglesia

Son muchos los lugares en los que se expresa la misión educativa de la Iglesia. La familia es ciertamente el lugar principal; el ministerio conyugal y el ministerio pastoral son las dos expresiones más altas de la misión educativa de la Iglesia.

Por tanto, lo que me propongo en este segundo punto de mi reflexión es mostrar cuál es la modalidad específica en la que la misión de la Iglesia se muestra en la familia. ¿De qué forma original participa la familia en la misión educativa de la Iglesia? Pienso que será útil partir de la aportación original que la familia da a la educación de la persona. Lo caracterizaría del modo siguiente: generar lo humano mediante lo humano. Me explico.

La función educativa de la familia se plantea en el origen de la vida humana: en el momento generativo, y, por tanto, constitutivo. La persona es generada, no solo en sentido biológico, mediante su introducción en la realidad.

Y esto sucede mediante la respuesta a las dos preguntas fundamentales que todo hombre se plantea nada más llegar a este mundo: ¿Qué es lo que es? (pregunta de verdad y sobre la verdad); ¿Qué valor tiene lo que es? (pregunta de bien y sobre el bien). El hombre es generado en su humanidad si y en la medida en que «se hace luz» en sí y en torno a sí; si y en la medida en que «ama la realidad» conforme a su propio valor. Tomás enseña que las necesidades humanas son dos: veritatem de Deo cognoscere et in societate vivere (cf. 1,2, q. 94, a.2). Ahora no tenemos tiempo para profundizar esto ulteriormente.

Si comparamos la introducción en la realidad con un itinerario, si la pensamos con la metáfora del viaje, y después nos preguntamos: ¿cuál es la tarea de la familia en el acompañamiento itinerante al viajero? Respondería del modo siguiente. La familia dona a la persona recién llegada el “mapa” según el cual moverse; realiza el gesto inicial y absolutamente necesario de introducirlo [=ponerlo dentro] en la realidad.

Pero esta no es la única característica de la misión educativa de la familia. Existe una segunda que define su método. Genera lo humano mediante lo humano. Es decir, la familia educa conviviendo, o sea, mediante una situación o condición de vida de intensa relacionalidad interpersonal. Es una verdadera y propia transmisión de humanidad dentro del vivir cotidiano; sucede a pequeña escala el acontecimiento misterioso al que la Teología llama «Tradición» mediante la cual Dios se revela a sí mismo.

Ahora podemos responder a la pregunta de la cual hemos partido en este segundo punto: ¿en qué forma original participa la familia en la misión educativa de la Iglesia? Generando a la persona humana en Cristo mediante el vivir cotidiano. En el primer punto de mi exposición he explicado lo qué significa «generar a la persona humana en Cristo». Acabo de explicar, hablando del método educativo propio de la familia, lo qué significa «mediante el vivir humano».

En el fondo, la familia participa en la misión educativa de la Iglesia en cuanto se sitúa en el origen, en el inicio de la vida humana para configurarla con Cristo. También Tomas habla de la familia cristiana como de un «uterus spiritualis» (cf. 3, q. 68, a. 10]. La persona es concebida dentro del útero físico; dentro de la familia la persona es constituida en su humanidad, radicándola en Cristo.

Puedo imaginarme vuestra reacción a toda esta reflexión. Una reacción de «malestar» porque confrontáis lo que estoy diciendo con la situación en la cual vivís. Malestar que puede ser un mal consejero, porque puede haceros pensar o que las cosas dichas no son verdaderas o bien que no son practicables.

En realidad son simplemente arduas, bastante difíciles. De hecho, presuponen muchas cosas. No es posible ahora hablar de todos estos presupuestos. Me detengo en lo que considero que es el más importante. Al inicio lo he llamado el «pacto educativo» entre la Iglesia y la familia. ¿En qué consiste? ¿Existe hoy o se ha roto? En mi opinión todavía existe, pero al menos bajo dos formas, que plantean problemas pastorales diversos. La primera es fácil de explicar; la segunda es difícil.

La primera consiste en la relación explícita que los padres establecen con la Iglesia para la educación de sus hijos. Esta forma puede llegar hasta el punto de que pidan a la Iglesia aliarse con ellos en la obra interna de la educación, mandando a los propios hijos a escuelas llevadas por la Iglesia.

Es esta la forma que la Iglesia desea y con urgencia pide que asuma el pacto educativo que quiere establecer con la familia. No me detengo más, porque es bien conocida.

La segunda forma es más difícil de explicar. Debo introducir dos premisas. Sabéis que vivimos dentro de una cultura que en sus bases ha sido generada por la fe cristiana. De ella hoy vive también quien no se reconoce en la fe cristiana o es quizás ateo. Os pongo solamente un ejemplo. Uno de los pilares de nuestra cultura es la afirmación de la dignidad de la persona humana, de cada persona humana.

Cuando hablo de «cultura» no penséis en... libros o en universidades. La cultura es el modo con el cual un hombre, una mujer, un pueblo se pone dentro de la realidad, y por tanto el modo mediante el cual introduce en la realidad a los recién llegados. Es innegable que nuestro modo de ponernos dentro de la realidad, —precisamente nuestra cultura — ha sido configurado por la fe cristiana.

Segunda premisa. Educar a una persona en el sentido explicado en la primera parte de mi reflexión, no es algo que sucede fuera del mundo en el que vivimos. Educar a una persona significa, ya lo hemos dicho, permitirla existir en su plenitud. Eso no puede suceder si no es dentro de una cultura, ya que plenitud de vida no existe sin cultura.

Teniendo presentes estas dos premisas, ahora retomo el argumento. La segunda forma que puede asumir el pacto educativo entre la familia y la Iglesia es precisamente la de quien, no reconociéndose en la fe cristiana, sostiene que la cultura generada por ella es el modo más adecuado para que el hombre viva dentro de la realidad. Por tanto, quien firma el pacto educativo en esta forma, por un lado no educa a los propios hijos según un modelo abstracto de humanidad, según un proyecto utópico que no existe en ninguna parte. Por otro lado, defiende la posibilidad pública de la fe cristiana de educar y de generar cultura. No puedo pararme más sobre este tema de candente actualidad: no tenemos tiempo.

Quien escoge por ejemplo para los propios hijos la enseñanza de la religión católica se introduce en esta perspectiva; es consciente de que el conocimiento razonado de la fe cristiana es indispensable para que el propio hijo crezca en la plenitud de su humanidad, que ha recibido en un preciso contexto cultural.

La elección de la enseñanza de la religión católica es una de las formas que explicita este segundo modelo de alianza educativa padres-Iglesia. En este contexto, también se sitúa el gran tema de la educación a la convivencia con los demás, dentro del proceso en el cual estamos inmersos, de encuentro entre culturas, religiones y pueblos diversos.

Conclusión

Me gustaría concluir con un texto de T.S. Eliot, que me parece que sintetiza adecuadamente cuanto he tratado de deciros pobremente: «¿Porqué los hombres deberían amar a la Iglesia? ¿Porqué deberían amar sus leyes? Ella les habla de la Vida y de la Muerte, y de todo lo que ellos preferirían olvidar. Ella es tierna allí donde ellos se mostrarían duros y dura allí donde les gustaría ser blandos. Ella les habla del Mal y del Pecado, y de otros hechos desagradables. Ellos buscaron continuamente huir a las tinieblas exteriores e interiores soñando sistemas tan perfectos que nadie tendría ya necesidad de ser bueno. Pero el hombre que es, ensombrecerá al hombre que finge ser. Y el Hijo del hombre no fue crucificado una vez para siempre» [La Roccia. Un libro di parole, BvS ed., Milán, 2005, p. 103].

La misión educativa de la Iglesia está aquí muy bien indicada: obrar de modo que hacer que el hombre verdadero ensombrezca al hombre que finge ser. En el único modo posible: no ilusionando al hombre induciéndolo a pensar que puede salvar al propio yo sin haberlo llegado a ser nunca, sino mediante una maternidad que incluso en el dolor genera al hombre. Donde un «yo» es generado, la redención está en marcha.

Nosotros vivimos en esta extraordinaria historia: no perdamos nunca la gozosa y agradecida conciencia.

 

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