Evangelio del día: Sal y luz, el sabor y el color de nuestra vida en Jesús

domingo_de_guzmanMateo 5,13-16. 8 de agosto, fiesta de Santo Domingo de Guzmán. Espíritu Santo concédenos tu luz, para que amanezca la luz de nuestro perdón y la ofrezcamos a aquellos hermanos que nos han ofendido.

«Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. 14 «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. 15 Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. 16 Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Invocación al Espíritu Santo

Espíritu Santo concédenos tu luz, para que amanezca la luz de nuestro perdón y la ofrezcamos a aquellos hermanos que nos han ofendido.

Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Que amanezca la luz de la alegría y la ofrezcamos con tu fuerza a los hermanos que viven tristes.

Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Que amanezca la luz de una sonrisa y la brindemos a los hermanos que han perdido la esperanza.

Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Que amanezca la luz del compartir y seamos solidarios con los hermanos.

Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Concédenos, Espíritu Santo, tu luz para dar sabor a nuestra vida según los valores del Evangelio.

Concédenos, Espíritu Santo, tu luz para dar color a nuestra vida participando en la Eucaristía.

Orientaciones para la lectura

v.13: La sal comunica su sabor y conserva los alimentos, pero se puede desvirtuar.

Los pueblos orientales a menudo la empleaban para ratificar las negociaciones, de modo que la sal se convirtió en símbolo de “fidelidad y constancia”. Era signo de la Alianza que existía entre Yahveh y su pueblo. (Nm 18,19; 2Cr. 13,5).

vv.14-15: La luz ilumina a todos y no puede ser escondida, sería contra su naturaleza.

La luz tiene funciones muy variadas y acompaña todo el arco de nuestra vida:

En la aurora, amanece para nosotros la luz, en nuestro nacimiento y en el Bautismo.

En medio de la vida, recibimos luces inesperadas, que van indicándonos el camino, a través de los acontecimientos, de la Eucaristía y del contacto con la Palabra Divina.

En el ocaso, al final de nuestra vida, cuando comienza el día sin fin, será la luz de la vida para siempre.

Contemplamos a Dios como luz y fuente de luz:

Con toda propiedad podemos exclamar con el salmista: “En ti está la fuente viva y en tu luz vemos la luz” (Sal 36,10). Dios es la fuente de luz por excelencia, ver la luz equivale a recibir el don de la vida (Jb 33,30).

Cada uno de nosotros participamos de este magnífico don. Por tanto, estamos llamados a comunicar esta luz, como Dios nos muestra su rostro luminoso, en un día sereno lleno de dones y bendiciones.

Dios es nuestra luz. Esta realidad nos llena de confianza. En un mundo donde las “tinieblas”, la oscuridad, parecen imponerse de una forma tan fuerte, encontramos en Dios un gran aliado que nos ofrece las armas de la luz para luchar.

Dios nos ofrece dos fuentes muy concretas en las cuales podemos encontrar toda la luz que necesitamos para nuestra vida: La Palabra y la Eucaristía.

La Palabra: “Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119, 105).

La Eucaristía: En la Eucaristía recibimos la luz por excelencia: Jesús.

Él se hace alimento para nosotros y nos enseña a entregar la vida cada día con alegría.

Jesús dice: “Yo soy la luz del mundo”. La luz descubre las formas y nos permite la visión, es el símbolo del conocimiento intelectual. La luz está íntimamente ligada con la vida: Vivir es "ver la luz del día ” y el parto "es dar a luz”. Jesús se hizo la luz que nos permitió ver al Padre, invitándonos a nosotros a irradiarlo.

Tanto la sal como la luz, poseen una fuerza dinámica interna muy grande: discretamente van transformando el sabor y el color de la vida.

Así debemos ser nosotros, activamente portadores de luz y de sabor para el mundo.

La luz y la sal son dones que Dios deposita en nuestras vidas y luego se hacen dones para nuestras familias, nuestras comunidades, nuestros ambientes de trabajo.

v.16: Llamados a irradiar

Dios es luz (1 Jn 1,5). Jesús es luz (Jn 1,4; 8,12). Nosotros, sus discípulos, debemos ser luz (Mt 5,14).

Nuestra conducta, con sus consecuencias, puede ser luz o tinieblas.

Dios habita en nosotros en la medida que somos luz para nuestros hermanos; si andamos en la compañía del Señor, la luz se irradiará.

En la vida humana hay valores importantes por los cuales luchar y comprometernos: El pueblo, la familia, la educación cristiana, la formación de criterios de vida y de acción. Todo esto nos lleva a sembrar e irradiar luz.

Luz y generosidad se corresponden: la luz nos permite ver las necesidades de nuestros hermanos y compartir con ellos lo que somos y tenemos.

En un mundo de tinieblas estamos llamados a trabajar por el triunfo de la luz, desde las pequeñas actividades de cada día.

 

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