Evangelio del día: Fiesta de san Lucas, evangelista

Evangelio del día: Fiesta de san Lucas, apóstol y evangelistaLucas 10, 1-9. Fiesta de San Lucas, apóstol y evangelista. Al Igual que el apóstol, para todos los cristianos también «es necesario que Él crezca y yo disminuya». 

Después de esto, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: «¡Que descienda la paz sobre esta casa!». Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: «El Reino de Dios está cerca de ustedes».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Segunda Carta de san Pablo a Timoteo, 2 Tim 4, 9-17a

Salmo: Sal 145(144), 10-13.17-18

Oración introductoria

Padre, que san Lucas, modelo de entrega a la predicación del Evangelio hasta la muerte, nos ayude a llevar a todas las almas al conocimiento de Cristo.

Petición

San Lucas, ayúdamos a seguir tu ejemplo y acercarnos a la Virgen, que sea Ella quien nos ayude a conocer más a Jesús.

Meditación del Santo Padre Francisco

Una peregrinación singular es la que indicó el Papa Francisco durante la misa celebrada el viernes 18 de octubre por la mañana en Santa Marta. Es la visita a las residencias donde se hospedan sacerdotes y religiosas ya ancianos. Se trata de auténticos «santuarios de apostolicidad y de santidad —dijo el Obispo de Roma— que tenemos en la Iglesia», por lo tanto adonde vale la pena ir como «en peregrinación». Esta indicación fue el punto de llegada de una reflexión que partió de la comparación entre las lecturas de la liturgia del día: el pasaje del Evangelio de Lucas (10, 1-9) —en el que se relata «el inicio de la vida apostólica», cuando los discípulos fueron llamados y eran «jóvenes, fuertes y alegres»— y el pasaje de la segunda carta de san Pablo a Timoteo (4, 10-17) en el que el apóstol, ya cercano al «ocaso de su existencia», profundiza sobre el «final de la vida apostólica». De esta comparación se entiende —explicó el Papa— que todo «apóstol tiene un inicio alegre, entusiasta, con Dios dentro; pero no se le ahorra el ocaso». Y —confió— «a mí me hace bien pensar en el ocaso del apóstol».

Por lo tanto dirigió el pensamiento a «tres imágenes»: Moisés, Juan el Bautista y Pablo. Moisés es «ese jefe del pueblo de Dios, valiente, que luchaba contra los enemigos y luchaba también con Dios para salvar al pueblo. Es fuerte, pero al final se encuentra solo en el monte Nebo mirando la tierra prometida», en la que en cambio no puede entrar. En cuanto a Juan Bautista, tampoco a él «en los últimos tiempos se le ahorran angustias». Se pregunta si se ha equivocado, si ha tomado el verdadero camino, y a sus amigos les pide que vayan a preguntar a Jesús: «¿Eres tú o debemos esperar todavía?». Está atormentado por la angustia; hasta el punto de que «el hombre más grande nacido de mujer», como le definió Cristo mismo, acaba «bajo el poder de un gobernante débil, ebrio y corrupto, sometido al poder de la envidia de una adúltera y del capricho de una bailarina».

Finalmente está Pablo, quien confía a Timoteo toda su amargura. Para describir su sufrimiento, el Obispo de Roma usó la expresión: «no está en el séptimo cielo». Y propuso las palabras del apóstol: «Hijo mío, Demas me ha abandonado, enamorado de este mundo presente; Crescente se marchó a Galacia; Tito a Dalmacia; Lucas es el único que está conmigo. Toma a Marcos y tráelo contigo, pues me es útil para el ministerio. El manto que dejé, tráelo cuando vengas, y también los libros y los pergaminos. Alejandro, el herrero, se ha portado muy mal conmigo. Guárdate de él también tú, porque se opuso vehementemente a nuestras palabras». El Papa prosiguió recordando el relato que Pablo hace del proceso: «En mi primera defensa, nadie estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron. Mas el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje». Una imagen que, según el Pontífice, contiene en sí el «ocaso» de todo apóstol: «solo, abandonado, traicionado»; asistido sólo por el Señor que «no abandona, no traiciona», porque «Él es fiel, no puede renegar de sí mismo».

La grandeza del apóstol —subrayó el Papa— está por lo tanto en hacer con la vida lo que Juan el Bautista decía: «es necesario que Él crezca y yo disminuya». En efecto, el apóstol es aquél «que da la vida para que el Señor crezca. Y al final está el ocaso». Fue así también para Pedro —observó el Papa Francisco—, a quien Jesús predijo: «Cuando seas viejo, te llevarán adonde tú no quieres ir».

La meditación sobre las fases finales de la vida de estos personajes sugirió así al Santo Padre «el recuerdo de esos santuarios de apostolicidad y de santidad que son las residencias de los sacerdotes y de las religiosas». Estructuras que acogen —añadió— «a buenos sacerdotes y buenas religiosas, envejecidos, con el peso de la soledad, que esperan que venga el Señor a llamar a la puerta de sus corazones». Lamentablemente —comentó el Papa— tendemos a olvidar estos santuarios: «no son sitios bellos, porque uno ve qué nos espera». Pero al contrario, «si miramos más en lo profundo, son bellísimos», por la riqueza de humanidad que hay dentro. Visitarles, por lo tanto, significa hacer «verdaderas peregrinaciones hacia estos santuarios de santidad y de apostolicidad», en la misma medida de las peregrinaciones que se hacen a los santuarios marianos o a aquellos dedicados a los santos.

«Pero me pregunto —añadió el Papa—, ¿nosotros, cristianos, tenemos deseo de hacer una visita —¡que será una verdadera peregrinación!— a estos santuarios de santidad y de apostolicidad que son las residencias de los sacerdotes y de las religiosas? Uno de vosotros me decía, hace días, que cuando iba a un país de misión, acudía al cementerio y veía todas las tumbas de los ancianos misioneros, sacerdotes y religiosas, allí desde hace 50, 100, 200 años, desconocidos. Y me decía: “Pero todos estos pueden ser canonizados, porque al final cuenta sólo esta santidad cotidiana, esta santidad de todos los días”».

En las residencias «estas religiosas y estos sacerdotes —dijo el Papa— esperan al Señor un poco como Pablo: un poco tristes, realmente, pero también con una cierta paz, con el rostro alegre». Precisamente por esto hace «bien a todos pensar en esta etapa de la vida que es el ocaso del apóstol» Y, concluyendo, pidió rogar al Señor que custodie a los sacerdotes y a las religiosas que se hallan en la fase final de su existencia, a fin de que puedan repetir al menos otra vez: «sí, Señor, quiero seguirte».

Santo Padre Francisco: El ocaso del apóstol

Meditación del viernes, 18 de octubre de 2013

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

I Cristo, palabra única de la Sagrada Escritura

101 En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas: «La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (DV 13).

102 A través de todas las palabras de la sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se da a conocer en plenitud (cf. Hb 1,1-3):

«Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo (San Agustín, Enarratio in Psalmum,103,4,1).

103 Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf. DV 21).

104 En la sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV24), porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13). «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos» (DV 21).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Pedir a María, nuestra Madre, que lleve a Jesús todas nuestras intenciones de ser mejores portadores del Evangelio.

Diálogo con Cristo

Jesús, sólo llevándote en mi corazón podré transmite tu paz, tan necesaria en el mundo convulsionado por la violencia y la inseguridad. Por intercesión de san Lucas, concédeme que todos mis pensamientos, palabras y obras siembren la paz, principalmente en mi propia familia

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