Santa Inés, patrona de los adolescentes, con recursos audiovisuales

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Santa Inés, admirada de todo el mundo y tan celebrada en toda la Iglesia, nació en Roma, hacia el fin del tercer siglo, de padres nobles, ricos y virtuosos. Las grandes dotes que desde luego descubrieron en su hija, contribuyeron no poco a aumentar el desvelo con que se aplicaron a cuidar de su educación.

Criáronla en gran amor a la religión cristiana, y desde sus más tiernos años formó Inés una idea cabal del estado feliz de la virginidad.

Las instrucciones de sus padres sólo sirvieron para fomentar las impresiones de la gracia. El Espíritu Santo había inspirado en aquel tierno corazón unos sentimientos tan nobles y tan cristianos, que a los diez años de su edad parecía haber llegado a una consumada y eminente perfección. Amó a Dios, dice San Ambrosio, desde que pudo conocerl

Viola un día por accidente Procopio, hijo de Sinfronio, gobernador de Roma, y quedó tan ciegamente enamorado de ella, que resolvió tomarla por esposa. Informado el padre de la calidad y de las grandes prendas de la doncella, aprobó mucho el pensamiento de su hijo; pero era menester el consentimiento de Inés. El primer paso que dio Procopio fue enviarle un rico regalo, declarándole al mismo tiempo el fin de sus honestos deseos. Pero el desaire que le hizo en no recibirlo, y el desprecio con que se lo volvió, no produjeron otro efecto que el de aumentar su pasión. Sirvióse de cuantos artificios pudo y de cuantos medios, discurrió para conquistarla: ruegos, promesas, amenazas, todo lo empleó; pero todo inútilmente.e, y se puede decir que le conoció desde que nació. Las diversiones de la niñez eran únicamente los ejercicios de la devoción más tierna. Fue niña en los años, pero no en las inclinaciones ni en los sentimientos. Su rara hermosura añadía nuevos realces a su modestia. Era extraordinaria su piedad, y la extrema ternura con que amó a la Reina de las vírgenes, casi desde la cuna, la inspiró un amor y una estimación tan grande de la virginidad, que apenas tenía uso de razón, cuando se resolvió a no admitir nunca otro esposo que a sólo Jesucristo. No tenía más que trece años, cuando su hermosura y su raro mérito hacían gran ruido en la corte.

El último recurso de que se valió fue buscar modo para hablarla él mismo, no dudando que al cabo se rendiría a sus ternuras y a sus solicitaciones. Pero todo cuanto pudo sugerirle una pasión ciega, vehemente y persuasiva, sólo sirvió para desengañarle de la ineficacia de sus mayores esfuerzos; porque, animada Inés de un espíritu y de una firmeza muy superior a sus años, le dijo con resolución: Apártate de mí, aguijón del pecado, tentador importuno y ministro del padre de las tinieblas. No te canses en aspirar a la mano de una doncella, que ya está prometida a un Esposo inmortal, único Dueño de todo el Universo, y que sólo dispensa sus favores a las vírgenes puras y castas.

Una resolución tan majestuosa y una respuesta tan desengañada como poco prevenida, llenó a Procopio de desesperación. Exaltada furiosamente su pasión, se dejó poseer de una cruel melancolía. El padre, que le amaba con extremo, resolvió valerse de su autoridad para lograr el beneplácito de los padres y el consentimiento de la hija. La llamó a su casa, y, habiéndola recibido con toda la atención que correspondía a su calidad y a su mérito:

No ignorarás, le dijo, el fin para que te he llamado. Mi hijo desea apasionadamente ser dichoso mereciendo tu mano. Tu nobleza y la noticia que tengo de todas tus 3 buenas prendas me hacen aprobar gustoso su acertada elección. Paréceme que tampoco tú podrás aspirar a mejor partido; y no me persuado que serás tan enemiga de ti misma, que no abraces al instante esta proposición. Inés, a quien el Cielo había dotado de prudencia y discreción superiores a sus pocos años, respondió con singular modestia, pero con igual resolución: que conocía bien la grande honra y la mucha merced que se le hacía en pensar en ella; pero que ya tenía escogido Esposo mucho más noble y más rico que Procopio; que, a la verdad, las riquezas de tal Esposo no eran de este mundo; pero por lo mismo eran mucho más preciosas, y que la virginidad, que ella estimaba más que todas las coronas del universo, era la única dote que su Esposo la pedía. Quedó confuso el gobernador, mostrando no entender quién era aquel Esposo de quien Inés le hablaba; y un caballero, que se hallaba presente, le dijo: Señor, esta doncella es cristiana, y desde su niñez está criada en las extravagancias de esta secta; con que no dudéis que ese divino Esposo de quien habla es el Dios de los cristianos.

Entonces, mudando el gobernador de tono y de modales: Ya veo ahora, dijo a Inés, qué es lo que te tiene trastornada la razón y alucinado el espíritu. Déjate, hija mía, de esas ideas frívolas de virginidad; déjate de esos supersticiosos fantasmones con que esa secta llena las cabezas de todos los que la siguen. Sean nuestros dioses desde hoy en adelante el único objeto de tus cultos; sean sus máximas la regla de tus dictámenes y de tus operaciones. No hagas obstinación de la ceguedad; tiende los brazos a la fortuna que te los alarga, brindándote con una elevación de tanta honra para ti.

Reflexiona bien lo que desprecias, y hazte cargo de que, si lo abrazas, ocuparás un lugar distinguido en la ciudad cabeza del Universo; poseerás grandes riquezas; serás 4una de las primeras señoras del mundo, y harás dichoso a todo tu linaje. Por lo demás, añadió en tono impetuoso y severo, sólo tienes veinticuatro horas de término para tomar resolución: escoge ser la primera dama de Roma, ó expirar infamemente en los más crueles tormentos.

« Señor, le replicó Santa Inés, no he menester tanto tiempo para determinarme, porque mi resolución ya está tomada; desde luego os declaro que no admitiré jamás a otro esposo que a Jesucristo, así como nunca reconoceré a otro Dios que al soberano Creador de Cielo y Tierra. Y me admiro tengáis valor para proponer a una persona de razón que adore a unos dioses de palo y de piedra. No penséis atemorizarme con la amenaza de los mayores suplicios; porque, si reconozco en mí alguna ambición, es únicamente la de añadir la corona de mártir a la de virgen. Niña soy, y soy flaca; pero confío en la gracia de mi Señor Jesucristo, que me dará fuerzas para morir por su amor.»

Atónito quedó el gobernador al oír respuesta tan animosa; pero, volviendo de su primer asombro, quiso hacer la última tentativa. Como la Santa mostraba tanto amor a la virginidad, le pareció que nada la intimidaría tanto como amenazarla con que haría fuese violada su entereza; y así le dijo: Escoge una de dos: ó casarte con Procopio, ó ser deshonrada en el lugar infame de las malas mujeres, antes de expirar en los tormentos.

«Tengo colocada toda mi confianza en mi divino Esposo Jesucristo, respondió la Santa. El es poderoso para librarme de tus violencias, y El es tan celoso de la pureza de sus esposas, que no permitirá les quiten un tesoro que dimana de Él, y que está debajo de su custodia. Vuestros dioses hediondos y malvados os inspiran semejantes infamias; pero el Dios de la pureza, a quien yo sirvo, sabrá librarme de vuestros impíos intentos.»

Rebosando Sinfronio en cólera y furor, mandó que al instante la cargasen de cadenas. Al punto trajeron los ministros una multitud de argollas, grillos y esposas, que con el ruido y con la vista hacían estremecer; pero Inés no mudó de color ni de semblante ni de lenguaje en presencia de los verdugos y de los instrumentos. Se mantuvo serena en medio de aquel funesto aparato; y oprimida con el peso de las cadenas estaba libre, porque no se habían hecho aquellos hierros para un cuerpecillo tan pequeño. Enternecíanse todos, sin poder contener las lágrimas, hasta los mismos paganos; pero Inés no podía disimular su alegría, agobiada por las cadenas.

Lleváronla como arrastrando al templo, para que ofreciese sacrificio a los ídolos; pero esto sólo sirvió para que confesase más públicamente a Jesucristo en presencia de mayor concurso. Moviéronla por fuerza la mano; mas ella hizo la señal de la cruz, levantando, por decirlo así, este trofeo sobre los mismos altares de los demonios.

Confuso el gobernador con la constancia de aquella doncellita, sin darse por vencido, se puso más furioso.

Creyendo, y con razón, que el lugar infame de las mujeres perdidas la causaría más horror que la misma muerte, la hizo conducir a él; pero un ángel la defendió y, desprendiéndose de lo alto una celestial luz, convirtió aquel hediondo lugar en oratorio, santificado con las oraciones y con los votos de la santa virgen.

Sólo Procopio, más osado que los demás, se atrevió a entrar con resolución de profanarle; pero al instante cayó muerto a los pies de la Santa. Llenó de consternación a todo caso tan espantoso. Traspasado de dolor el prefecto con la muerte de su hijo, mudó las bravatas en súplicas y en ruegos, y pidió a Inés que resucitase a Procopio. Apenas levantó los ojos y las 6manos al Cielo, cuando volvió a la vida el infeliz y ya dichoso mancebo, porque volvió publicando en alta voz que todos los dioses de los gentiles eran vanos y quiméricos, y que no había otro verdadero Dios sino el que adoraban los cristianos.

Como había sido interesado el gobernador en aquel evidente milagro, no pudo menos de mostrarse favorable a Santa Inés; pero los sacerdotes de los ídolos, que habían concurrido a la voz de aquella maravilla, conmovieron tanto al pueblo contra la santa virgen, tratándola de hechicera, de maga y de sacrílega, que el gobernador, temiendo una sedición, si la libraba, y no atreviéndose a condenar a muerte a la que había dado a su hijo la vida, tomó el partido de retirarse y entregar la causa a Aspasio su teniente. Intimidado éste con los gritos del pueblo, que clamaba contra Inés como contra una maga y hechicera, dio sentencia de que fuese quemada viva.

Preparase la hoguera, llénase el pueblo de expectación y arde en furiosa impaciencia de ver reducida a cenizas a aquella dichosa víctima; pero el fuego la respetó reverente. Divididas las llamas en dos partes, la dejaron intacta en medio del brasero, como se conservaron ilesos los tres mancebos hebreos en el horno de Babilonia; pero, remolinadas después las mismas llamas por uno y otro lado, abrasaron a muchos de los circunstantes que hacían el oficio de verdugos.

En fin, obstinándose siempre los sacerdotes y el pueblo en atribuir tantas maravillas a industria y al artificio del demonio, y temiendo el teniente algún alboroto, mandó que un verdugo la degollase en el mismo lugar donde había de ser quemada. Impaciente entonces la Santa con el ansia de unirse siempre en el Cielo con su divino Esposo, le suplicó que se dignase consumar su 7 sacrificio; y volviéndose al verdugo, que se iba acercando a ella con una especie de temblor y miedo reverencial, le alentó a que cumpliese con su oficio, diciéndole con valor: «Date prisa a destruir este cuerpo que ha tenido la desgracia de agradar a otros ojos que a los de mi divino Esposo Jesucristo, el cual fue siempre el único Dueño de mi corazón. No temas darme una muerte que comienza a ser para mí el principio de una vida eterna»; y levantando amorosamente los ojos hacia el Cielo:

«Recibid, Señor, exclamó, a esta alma que tanto os costó, y a la cual amáis Vos tanto». Al acabar de decir estas palabras, el verdugo, con mano trémula, la pasó la espada por el pecho, y al instante expiró.

No pudo estorbar el furor de los paganos que el cuerpo de la Santa fuese enterrado como con una especie de triunfo. Los muchos milagros que desde luego se obraron en su sepultura aumentaron la devoción de los fieles, y desde entonces se hizo célebre el nombre de Santa Inés en todo el orbe cristiano. El concurso a su sepulcro fue siempre muy numeroso, no solamente de los fieles, sino también de los mismos paganos, que se mezclaban con ellos para entrar a la parte en los milagrosos favores de la Santa.

El más acabado elogio y resumen de la vida de esta Santa nos lo suministra San Jerónimo diciendo: «La vida de Inés ha sido alabada en las iglesias, en las letras y en las lenguas de todos los pueblos, pues venció Juntamente a su edad y al tirano, y consagró por medio del martirio el honor de la castidad».

Dos templos existen en Roma con la advocación de esta virgen mártir. El uno en la plaza Navone, construido en el sitio que ocupó la prisión de la Santa, y en el que obró el milagro de la resurrección de Procopio. El otro templo es una de las siete basílicas primitivas de Roma, situado fuera de la ciudad, en el sitio que ocupó la sepultura de Santa Inés, sobre las catacumbas de la vía Nomentana, construida en tiempo de Constantino el Grande.

A esta basílica son llevados el 21 de Enero todos los años, para ser bendecidos, dos corderos, cuya lana sirve para los palios que los papas remiten a los arzobispos como signo de Jurisdicción sobre los obispos sufragáneos.

Las religiosas de Santa Inés tienen el privilegio de cuidar de estos corderos, uno de los cuales se sirve en la mesa del Papa el día de Pascua, y de tejer con su lana los palios mencionados. Casi todas las reliquias de Santa Inés se conservan en la basílica de la Vía Nomentana. En Francia hay algunas, y en Manresa, en España, hay también algunas desde el año 1372.

P. Juan Croisset, SJ

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Otros recursos en la red

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Recursos audiovisuales

Santa Inés, por el Colegio Erain (España)

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Vida de Santa Inés, por Ricardo Jesús

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Vida de Santa Inés, por miembros del grupo Scout de la Parroquia de Santa Inés de Bello de Antioquia (Colombia)

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