¿Habéis intentado alguna vez comprender bien el siguiente versículo del Evangelio: Buscad primeramente el reino de Dios, y lo restante se os dará por añadidura? ¿Y ante la Sagrada Eucaristía os habéis dicho: He aquí las palabras del Señor, y todo lo que Él dice es verdad. Si me ocupo, pues, en Dios, en su gloria, en una palabra, en sus asuntos, Dios se ocupará en los míos, y entonces cuán tranquilo estaré, cuán fuerte seré, cuán dichosa será mi vida?
Escuchad una historia:
Se trata de dos hermanos; los dos se querían mucho, y bajo el cuidado de su madre los dos oraban, trabajaban, jugaban juntos, hasta la edad en que empezaron la carrera.
Uno se hizo sacerdote, el otro continuó el oficio de su padre y se dedicó a la joyería.
Honrado y hábil, el obrero artista tuvo pronto rica clientela; pero se asoció con un lapidario, el cual le arrastró a tales especulaciones, que en menos de seis meses, encontrándose a las puertas de la bancarrota, y no viendo delante de sí más que la miseria y la deshonra, perdió toda la energía y estaba a punto de abandonarse a la desesperación.
Acudió su hermano, y le dijo:
—Hay un medio de levantarte.
—¿Cuál? —preguntó el comerciante súbitamente impresionado.
—Asociarte esta vez con un hombre rico, hábil y honrado.
—Ta no se encuentran con esas cualidades.
—Conozco uno.
—¿Quién es?
—¡Dios!
El joyero miró a su hermano con una sonrisa que parecía decir: ¡No te burles de mí!
—No me chanceo —dijo el sacerdote; —inténtalo.
—Lo que necesito es dinero.
—¿Por ventura le falta a Dios? —Hombre de poca fe, ¿qué arriesgas? ¡Inténtalo!
El joyero aceptó. El sacerdote redactó un acta de debida forma de asociación comercial con Dios, asegurándole, si el comercio marchaba, la mitad de los beneficios.
El contrato fue firmado, de una parte, por el joyero, y, de la otra, por el sacerdote en nombre de Dios.
Al día siguiente un deudor hizo una restitución a la hora de la muerte; ocho días después, llegó un pedido considerable; el dinero restituido sirvió para las primeras compras.
El trabajo se hizo con un ardor y una habilidad inconcebibles:
Me siento como impulsado —decía el artista.
Es que su asociado le ayudaba.
Confiando en este auxilio, que para él era tangible y real, notaba que crecía su inteligencia, su fuerza de voluntad, su destreza… Volvía el bienestar, y aun la fortuna.
Y mantuvo su palabra; y cada año dio a los pobres, por conducto de su hermano, la mitad de sus beneficios.
¿Por qué no intentar una sociedad semejante?
Toda sociedad supone:
Amistad entre los asociados.
Un capital común.
1.º La amistad. Por parte de Dios. ¿No veis que hay amistad tierna, real y práctica sobre todo? ¿No se entreaga Dios enteramente a vosotros? Y entregarse ¿no es amistad?
De vuestra parte. ¡Ah, si vaciláis en entregaros a Dios, en dejarle hacer lo que quiera de vosotros; si murmuráis contra los acontecimientos que permite, contra las personas de que os rodea… no le amáis bastante!
2.º El capital. Por parte de vosotros, deberá consistir en el celo para dar a conocer a Dios, en la caridad para soportar, cuidar, amar a los hijos de Dios, es decir, a nuestro prójimo, en la aplicación al deber cotidiano con espíritu de sumisión a su voluntad.
Por parte de Dios… no sé precisamente lo que Dios pondría, pero lo que sé es que una vez constituida seriamente la sociedad, se produce en el alma una sensación de paz que aleja toda inquietud, una fuerza que nada quebranta, una actividad asombrosa para el trabajo.
Se siente uno apoyado por un ser invisible, pero poderoso, y lo que hacemos, está realmente mejor hecho.
Lo que se llama éxito material puede faltar alguna vez, pero ya no experimentamos aquellas decepciones que otras veces humillaban y desanimaban; no solamente nos mostramos tranquilos, siempre dispuestos a continuar el trabajo cotidiano, sino que estamos seguros de que hay un provecho real aun en el fracaso.
Una vez más ¿por qué no intentar una sociedad con Dios?
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Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios n.º 5»
en Historias para amar, pp. 27-29.




