Historias de la Eucaristía: El milagro de los peces

Historias de la Eucaristía: El milagro de los peces

En una noche de julio de 1348, una tormenta amenazaba el pueblito de Alboraya. En una sencilla casa, un hombre moribundo esperaba el sacramento de la Eucaristía; el párroco del lugar sabía cuán necesario era para el enfermo recibir el socorro del Cuerpo de Cristo y hacia allí se dirigió apresuradamente…

Cuando el párroco administró el sagrado sacramento y se disponía a regresar a la parroquia, empezó a llover… Apretando fuertemente contra su pecho el cáliz con tres hostias consagradas, corrió de regreso a la parroquia. El camino estaba completamente embarrado y tenía que atravesar un pequeño río que solo tenía como puente un exiguo tablón de madera. La crecida del río llegaba hasta el tablón; no obstante el párroco decidió cruzarlo… pero a mitad de camino resbaló y cayó, perdiendo el cáliz con las hostias consagradas que la corriente se llevó río abajo.

Desesperado, el párroco se arrojó en pos del cáliz tratando de rescatar las tres hostias… pero fueron vanos sus esfuerzos y el cáliz desapareció en el agua.

Muchas personas del pueblo ayudaron al párroco esa noche para encontrar el cáliz. Ya al alba, lograron hallar el cáliz, pero… ¡estaba vacío!

¡Cuánta pena ante la pérdida de las hostias consagradas!

Las buenas gentes del pueblito organizaron actos de reparación y honra a la sagrada Eucaristía. El Señor vio su fe y se apiadó de ellos respondiendo con un gran milagro…

A la luz de la aurora, en la desembocadura del río en el mar, todas las gentes del pueblo observaron extasiados tres pececillos erguidos contra la corriente… Cada uno sostenía una hostia consagrada en su boca entreabierta. Todos cayeron de rodillas y con el corazón inundado de felicidad y amor por la Eucaristía, dando gracias y alabando al Señor mientras los peces se mantenían inmóviles en medio de la corriente.

Mientras la muchedumbre cantaba al Señor, los peces se acercaron a la orilla depositando las tres hostias en las manos del sacerdote. Entonces, todas las personas se dirigieron en procesión hasta la parroquia…

«¿Quién negará de este pan el Misterio, cuando un mudo pez nos predica la fe?»

*  *  *

Adaptación de la versión publicada por Angelina de María.

También podéis leer la versión de El poético milagro de los peces de Alboraya divulgada por Escolano, que es la más difundida y de carácter más histórico.

El príncipe feliz, de Óscar Wilde

El príncipe feliz, de Óscar Wilde

En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.

Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.

Por todo lo cual era muy admirada.

—Es tan hermoso como una veleta —observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte—. Ahora, que no es tan útil —añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.

Y realmente no lo era.

—¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? —preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna—. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.

—Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz —murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.

—Verdaderamente parece un ángel —decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.

—¿En qué lo conocéis —replicaba el profesor de matemáticas— si no habéis visto uno nunca?

—¡Oh! Los hemos visto en sueños —respondieron los niños.

Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.

Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad.

Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.

Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.

—¿Quieres que te ame? —dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.

Y el Junco le hizo un profundo saludo.

Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.

Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.

—Es un enamoramiento ridículo —gorjeaban las otras golondrinas—. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.

Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.

Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.

Una vez que se fueron sus amigas, se sintió muy sola y empezó a cansarse de su amante.

—No sabe hablar —decía ella—. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.

Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.

—Veo que es muy casero —murmuraba la Golondrina—. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.

—¿Quieres seguirme? —preguntó por último la Golondrina al Junco.

Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.

—¡Te has burlado de mí! —le gritó la Golondrina—. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!

Y la Golondrina se fue.

Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.

—¿Dónde buscaré un abrigo? —se dijo—. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.

Entonces divisó la estatua sobre la columnita.

—Voy a cobijarme allí —gritó— El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.

Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.

—Tengo una habitación dorada —se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.

Y se dispuso a dormir.

Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.

—¡Qué curioso! —exclamó—. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.

Entonces cayó una nueva gota.

—¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? —dijo la Golondrina—. Voy a buscar un buen copete de chimenea.

Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.

La Golondrina miró hacia arriba y vio… ¡Ah, lo que vio!

Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.

Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad.

—¿Quién sois? —dijo.

—Soy el Príncipe Feliz.

—Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? —preguntó la Golondrina—. Me habéis empapado casi.

—Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre —repitió la estatua—, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.

—Allí abajo —continuó la estatua con su voz baja y musical—, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.

—Me esperan en Egipto —respondió la Golondrina—. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.

—Golondrina, Golondrina, Golondrinita – dijo el Príncipe—, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

—No creo que me agraden los niños —contestó la Golondrina—. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.

Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.

—Mucho frío hace aquí —le dijo—; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.

—Gracias, Golondrinita —respondió el Príncipe.

Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.

Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.

Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.

Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.

—¡Qué hermosas son las estrellas —la dijo— y qué poderosa es la fuerza del amor!

—Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial —respondió ella—. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!

Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.

Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio.

La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.

—¡Qué fresco más dulce siento! —murmuró el niño—. Debo estar mejor.

Y cayó en un delicioso sueño.

Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.

—Es curioso —observa ella—, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.

Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía.

Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.

—¡Notable fenómeno! —exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente—. ¡Una golondrina en invierno!

Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.

Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!…

—Esta noche parto para Egipto —se decía la Golondrina.

Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.

Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.

Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:

—¡Qué extranjera más distinguida!

Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.

—¿Tenéis algún encargo para Egipto? —le gritó—. Voy a emprender la marcha.

—Golondrina, Golondrina, Golondrinita —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarás otra noche conmigo?

—Me esperan en Egipto —respondió la Golondrina—. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata.Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.

—Golondrina, Golondrina, Golondrinita —dijo el Príncipe—, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.

—Me quedaré otra noche con vos —dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón—. ¿Debo llevarle otro rubí?

—¡Ay! No tengo más rubíes —dijo el Príncipe—. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.

—Amado Príncipe —dijo la Golondrina—, no puedo hacer eso.

Y se puso a llorar.

—¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! —dijo el Príncipe—. Haz lo que te pido.

Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.

El joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.

—Empiezo a ser estimado —exclamó—. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.

Y parecía completamente feliz.

Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.

Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.

—¡Ah, iza! —gritaban a cada caja que llegaba al puente.

—¡Me voy a Egipto! —les gritó la Golondrina.

Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.

—He venido para deciros adiós —le dijo.

—¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! —exclamó el Príncipe—. ¿No te quedarás conmigo una noche más?

—Es invierno —replicó la Golondrina— y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.

—Allá abajo, en la plazoleta —contestó el Príncipe Feliz—, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.

—Pasaré otra noche con vos —dijo la Golondrina—, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo.

—¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! —dijo el Príncipe—. Haz lo que te mando.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.

Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.

—¡Qué bonito pedazo de cristal! —exclamó la niña,y corrió a su casa muy alegre.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.

– Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.

—No, Golondrinita —dijo el pobre Príncipe—. Tienes que ir a Egipto.

—Me quedaré con vos para siempre —dijo la Golondrina.

Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños.

Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.

—Querida Golondrinita —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.

Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.

Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras.

Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.

—¡Qué hambre tenemos! —decían.

—¡No se puede estar tumbado aquí! —les gritó un guardia.

Y se alejaron bajo la lluvia.

Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.

—Estoy cubierto de oro fino —dijo el Príncipe—; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.

Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.

Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.

—¡Ya tenemos pan! —gritaban.

Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.

Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían.

Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.

La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.

Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.

Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.

—¡Adiós, amado Príncipe! —murmuró—. Permitid que os bese la mano.

—Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina —dijo el Príncipe—. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.

—No es a Egipto adonde voy a ir —dijo la Golondrina—. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad?

Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.

En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.

El hecho es que la coraza de plomo se habla partidoen dos. Realmente hacia un frío terrible.

A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad.

Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!

—¡Sí, está verdaderamente andrajoso! —dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.

Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.

—El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado —dijo el alcalde— En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.

—¡Lo mismo que un pordiosero! —repitieron a coro los concejales.

—Y tiene a sus pies un pájaro muerto —prosiguió el alcalde—. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.

Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.

Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.

—¡Al no ser ya bello, de nada sirve! —dijo el profesor de estética de la Universidad.

Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal.

—Podríamos —propuso— hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.

—O la mía —dijo cada uno de los concejales.

Y acabaron disputando.

—¡Qué cosa más rara! —dijo el oficial primero de la fundición—. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho.

Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.

—Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad —dijo Dios a uno de sus ángeles.

Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.

—Has elegido bien —dijo Dios—. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.

El monte de las ánimas

El monte de las ánimas

La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.

Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.

Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.

Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

I

-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.

-¡Tan pronto!

-A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.

Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

-Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.

Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

II

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.

Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

-Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte… Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía… ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar… ¿Lo quieres?

-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo… que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:

-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:

-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.

-¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro… Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:

-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

-Sí.

-Pues… ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.

-¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

-No sé…. en el monte acaso.

-¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el Monte de las Ánimas!

Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:

-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche… esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas… ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:

-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!

Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:

-Adiós Beatriz, adiós… Hasta pronto.

-¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

III

Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.

Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.

Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.

Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.

-¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos intentó dormir…; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.

El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!

IV

Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

Ser misioneros

Ser misioneros

Cristo Dijo,»Id por todo el mundo y predicad el evangelio». Los cristianos hemos obedecido la voz de  Jesús, hemos atravesado mares y ríos, montañas y cordilleras, sabanas y desiertos,  nos introdujimos en el centro de la tierra buscando a los desfavorecidos dejados del mundo y lejos de Dios.

En las caras de los más pobres encontramos felicidad, sin tener tanto como otros, y es que si se aprende a no tener se desea menos,  encontramos paz, humildad, paciencia, abnegación, entrega…

Y es que en su mundo también estaba Dios, no lo conocían como tal, pero en sus mentes y en el fondo de sus corazones había un secreto guardado.

No tenían leyes, ni preceptos, ni mandamientos, pero la ley de la naturaleza les guiaba en su sendero. A veces surgían las disputas naturales entre seres humanos y las resolvían a su manera, mas simple y sencilla quizás pero de todo corazón.

Algunos pueblos adoraban a su manera a dioses materiales porque intuían al ser superior, y les guardaban unos ritos como nosotros podemos hacerlo al Dios verdadero. Yo creo que en su misericordia Dios les oía como si a El realmente se refiriesen.

Pero nos olvidamos de seguir regando la semilla primitiva y ser misionero lo entendimos por salir fuera y dar a conocer a Dios a los demás, ¿ y nosotros?, ¿le conocemos?

Muchos  estamos en el mundo civilizado sin ser conscientes de la riqueza de ser cristianos, cuando tenemos un problema y no sabemos afrontarlo nos damos cuenta de la verdadera carencia.

Andamos por el mundo sin saber a donde vamos, las prisas de la vida nos invaden y aprisionan, nos dejamos influir por lo material olvidando la parte espiritual, no tenemos tiempo para meditar y lo dejamos aparcado para mas adelante, ¡cuando halla tiempo!, pasamos de todo, no miramos alrededor ni a las personas que tenemos cerca, todo lo que no sea «necesario» es aplazado hasta mejores momentos, pero esos momentos no llegan, estamos atenazados con trivialidades olvidando lo realmente importante.

Miramos hacia dentro y el exterior no lo vemos, somos egoístas sin darnos cuenta, si así nos comportamos consigo mismos el prójimo nos trae sin cuidado.

Ser misionero es estar en todo momento pendiente de proclamar  la palabra, de ayudar, aconsejar, acompañar, amar…

Lo desalentador es que no llenamos los vasos y tenemos sed, no podemos dar de beber  porque estamos sedientos, vacíos por dentro, secos, y una higuera seca es una higuera estéril, somos responsables de la soledad de los seres queridos que no atendemos, de la tristeza que no alegramos, de los caminos torcidos que no enderezamos, del amor que no damos…

Y al final nos examinaran del amor…

Fuente: Autorescatolicos.org

Creed en Dios (Leyenda 11)

Creed en Dios (Leyenda 11)

Cantiga provenzal

Yo fui el verdadero Teobaldo de Montagut,
barón do Forteastell. Noble ó
villano, señor ó pechero, tú, cualquiera
que seas, que te detienes un instante al
borde de mi sepultura, cree en Dios, como yo he
creido, y ruégale por mí».

*  *  *

I

Nobles aventureros, que puesta la lanza en la cuja, caída la visera del casco y jinetes sobre un corcel poderoso, recorréis la tierra sin más patrimonio que vuestro nombre clarísimo y vuestro montante, buscando honra y prez en la profesión de las armas; si al atravesar el quebrado valle de Alontagut os han sorprendido en él la tormenta y la noche, y habéis encontrado un refugio en las ruinas del monasterio que aún se ve en su fondo, oidme.

II

Pastores, que seguís con lento paso vuestras ovejas que pacen derramadas por las colinas y las llanuras; si al conducirlas al borde del trasparente riachuelo que corre, forcejea y salta por entre los peñascos del valle de Montagut en el rigor del verano, y en una siesta de fuego habéis encontrado la sombra y el reposo al pie de las derruidas arcadas del monasterio, cuyos musgosos pilares besan las ondas, oidme.

III

Niñas de las cercanas aldeas, lirios silvestres que crecéis felices al abrigo de vuestra humildad; si en la mañana del santo Patrono de estos lugares, al bajar al valle de Montagut á coger tréboles y margaritas con que embellecer su retablo, venciendo el temor que os inspira el sombrío monasterio que se alza en sus peñas, habéis penetrado en su claustro mudo y desierto para vagar entre sus abandonadas tumbas, á cuyos bordes crecen las margaritas más dobles y los jacintos más azules, oidme.

IV

Tú, noble caballero, tal vez el resplandor de un relámpago; tú, pastor errante, calcinado por los rayos del sol; tú, en fin, hermosa niña, cubierta aún con gotas de rocío semejantes á lágrimas, todos habréis visto en aquel santo lugar una tumba, una tumba humilde. Antes la componían una piedra tosca y una cruz de palo; la cruz ha desaparecido, y sólo queda la piedra. En esa tumba, cuya inscripción es el mote de mi canto, reposa en paz el último barón de Fortcastell, Teobaldo de Montagut, del cual voy á referiros la peregrina historia.

*  *  *

I

Cuando la noble condesa de Montagut estaba en cinta de su primogénito Teobaldo, tuvo un ensueño misterioso y terrible. Acaso un aviso de Dios; tal vez una vana fantasía, que el tiempo realizó más adelante. Soñó que en su seno engendraba una serpiente, una serpiente monstruosa que, arrojando agudos silbidos, y ora arrastrandose entre la menuda hierba, ora replegándose sobre sí misma para saltar, huyó de su vista, escondiéndose al fin entre unas zarzas.

— ¡Allí está! ¡allí está! gritaba la condesa en su horrible pesadilla, señalando á sus servidores la zarza en que se había escondido el asqueroso reptil.

Cuando sus servidores llegaron presurosos al punto que la noble dama, inmóvil y presa de un profundo terror, les señalaba aún con el dedo, una blanca paloma se levantó de entre las breñas y se remontó á las nubes.

La serpiente había desaparecido.

II

Teobaldo vino al mundo. Su madre murió al darlo á luz, su padre pereció algunos años después en una emboscada, peleando como bueno contra los enemigos de Dios.

Desde este punto, la juventud del primogénito de Fortcastell sólo puede compararse á un huracán. Por donde pasaba se veía señalando su camino un rastro de lágrimas y de sangre. Ahorcaba á sus pecheros, se batía con sus iguales, perseguía á las doncellas, daba de palos á los monges, y en sus blasfemias y juramentos ni dejaba Santo en paz ni cosa sagrada que no maldijese.

III

Un día en que salió de caza, y que, como era su costumbre, hizo entrar á guarecerse de la lluvia á toda su endiablada comitiva de pajes licenciosos, arqueros desalmados y siervos envilecidos, con perros, caballos y gerifaltes, en la iglesia de una aldea de sus dominios, un venerable sacerdote, arrostrando su cólera y sin temer los violentos arranques de su carácter impetuoso, le conjuró en nombre del cielo y llevando una hostia consagrada en sus manos, á que abandonase aquel lugar y fuese á pie y con un bordón de romero á pedir al Papa la absolución de sus culpas.

— ¡Déjame en paz, viejo loco! exclamó Teobaldo al oirle; déjame en paz; ó ya que no he encontrado una sola pieza durante el día, te suelto mis perros y te cazo como á un jabalí para distraerme.

IV

Teobaldo era hombre de hacer lo que decía. El sacerdote, sin embargo, se limitó á contestarle: — Haz lo que quieras, pero ten presente que hay un Dios que castiga y perdona, y que si muero á tus manos, borrará mis culpas del libro de su indignación, para escribir tu nombre y hacerte expiar tu crimen.

— ¡Un Dios que castiga y perdona! prorumpió el sacrilego barón con una carcajada. Yo no creo en Dios, y para darte una prueba voy á cumplirte lo que te he prometido; porque aunque poco rezador, soy amigo de no faltar á mis palabras. ¡Raimundo! ¡Gerardo! ¡Pedro! Azuzad la jauría, dadme el venablo, tocad el alalí en vuestras trompas, que vamos á darle caza á este imbécil, aunque se suba á los retablos de sus altares.

V

Ya después de dudar un instante y á una nueva orden de su señor, comenzaban los pajes á desatar los lebreles, que aturdían la iglesia con sus ladridos; ya el barón había armado su ballesta riendo con una risa de Satanás, y el venerable sacerdote, murmurando una plegaria, elevaba sus ojos al cielo y esperaba tranquilo la muerte, cuando se oyó fuera del sagrado recinto una vocería horrible, bramidos de trompas que hacían señales de ojeo, y gritos de ¡Al jabalí! — ¡Por las breñas! — ¡Hacia el monte! Teobaldo, al anuncio de la deseada res, corrió á las puertas del santuario, ebrio de alegría; tras él fueron sus servidores, y con sus servidores los caballos y los lebreles.

VI

— ¿Por dónde va el jabalí? preguntó el barón subiendo á su corcel, sin apoyarse en el estribo ni desarmar la ballesta.— Por la cañada que se extiende al pie de esas colinas, le respondieron. Sin escuchar la última palabra, el impetuoso cazador hundió su acicate de oro en el ijar del caballo, que partió al escape. Tras él partieron todos.

Los habitantes de la aldea, que fueron los primeros en dar la voz de alarma, y que al aproximarse el terrible animal se habían guarecido en sus chozas, asomaron tímidamente la cabeza á los quicios de sus ventanas; y cuando vieron desaparecer la infernal comitiva por entre el follaje de la espesura, se santiguaron en silencio.

VII

Teobaldo iba delante de todos. Su corcel, más ligero ó más castigado que los de sus servidores, seguía tan de cerca á la res, que dos ó tres veces, dejándole la brida sobre el cuello al fogoso bruto, se había empinado sobre los estribos, y echádose al hombro la ballesta para herirlo. Pero el jabalí, al que sólo divisaba á intervalos entre los espesos matorrales, tornaba á desaparecer de su vista para mostrársele de nuevo fuera del alcance de su arma.

Así corrió muchas horas, atravesó las cañadas del valle y el pedregoso lecho del río, é internándose en un bosque inmenso, se perdió entre sus sombrías revueltas, siempre fijos los ojos en la codiciada res, siempre creyendo alcanzarla, siempre viéndose burlado por su agilidad maravillosa.

VIII

Por último, pudo encontrar una ocasión propicia; tendió el brazo y voló la saeta, que fué á clavarse temblando en el lomo del terrible animal, que dio un salto y un espantoso bufido. — ¡Muerto está! exclama con un grito de alegría el cazador, volviendo á hundir por la centésima vez el acicate en el sangriento ijar de su caballo; ¡muerto está! en balde huye. El rastro de la sangre que arroja marca su camino. Y esto diciendo, comenzó á hacer en la bocina la señal del triunfo para que la oyesen sus servidores.

En aquel instante el corcel se detuvo, flaquearon sus piernas, un ligero temblor agitó sus contraídos músculos, cayó al suelo desplomado, arrojando por la hinchada nariz cubierta de espuma un caño de sangre.

Había muerto de fatiga, había muerto cuando la carrera del herido jabalí comenzaba á acortarse; cuando bastaba un solo esfuerzo más para alcanzarlo.

IX

Pintar la ira del colérico Teobaldo, sería imposible. Repetir sus maldiciones y sus blasfemias, sólo repetirlas, fuera escandaloso é impío. Llamó á grandes voces á sus servidores, y únicamente le contestó el eco en aquellas inmensas soledades, y se arrancó los cabellos y se mesó las barbas, presa de la más espantosa desesperación. — Le seguiré á la carrera, aun cuando haya de reventarme, exclamó al fin, armando de nuevo su ballesta y disponiéndose á seguir á la res; pero en aquel momento sintió ruido á sus espaldas; se entreabrieron las ramas de la espesura, y se presentó á sus ojos un paje que traía del diestro un corcel negro como la noche.

— El cielo me lo envía, dijo el cazador, lanzándose sobre sus lomos ágil como un gamo. El paje, que era delgado, muy delgado, y amarillo como la muerte, se sonrió de una manera extraña al presentarle la brida.

X

El caballo relinchó con una fuerza que hizo estremecer el bosque, dio un bote increíble, un bote en que se levantó más de diez varas del suelo, y el aire comenzó á zumbar en los oídos del jinete, como zumba una piedra arrojada por la honda. Había partido al escape; pero á un escape tan rápido, que temeroso de perder los estribos y caer á tierra turbado por el vértigo, tuvo que cerrar los ojos y agarrarse con ambas manos á sus flotantes crines.

Y sin agitar sus riendas, sin herirle con el acicate ni animarlo con la voz, el corcel corría, corríasin detenerse. ¿Cuánto tiempo corrió Teobaldo con él, sin saber por dónde, sintiendo que las ramas le abofeteaban el rostro al pasar, y los zarzales desgarraban sus vestidos, y el viento silbaba á su alrededor? Nadie lo sabe.

XI

Cuando, recobrado el ánimo, abrió los ojos un instante para arrojar en torno suyo una mirada inquieta, se encontró lejos, muy lejos de Montagut, y en unos lugares para él completamente extraños. El corcel corría, corría sin detenerse, y árboles, rocas, castillos y aldeas pasaban á su lado como una exhalación. Nuevos y nuevos horizontes se abrían ante su vista; horizontes que se borraban para dejar lugar á otros más y más desconocidos. Valles angostos, erizados de colosales fragmentos de granito que las tempestades habían arrancado de la cumbre de las montañas; alegres campiñas, cubiertas de un tapiz de verdura y sembradas de blancos caseríos; desiertos sin límites, donde hervían las arenas calcinadas por los rayos de un sol de fuego; vastas soledades, llanuras inmensas, regiones de eternas nieves, donde los gigantescos témpanos asemejaban, destacándose sobre un ciélo gris y oscuro, blancos fantasmas que extendían sus brazos para asirle por los cabellos al pasar; todo esto, y mil y mil otras cosas que yo no podré deciros, vio en su fantástica carrera, hasta tanto que envuelto en una niebla oscura, dejó de percibir el ruido que producían los cascos del caballo al herir la tierra.

*  *  *

I

Nobles caballeros, sencillos pastores, hermosas niñas que escucháis mi relato, si os maravilla lo que os cuento, no creáis que es una fábula tejida á mi antojo para sorprender vuestra credulidad; de boca en boca ha llegado hasta mí esta tradición, y la leyenda del sepulcro que aún subsiste en el monasterio de Montagut, es un testimonio irrecusable de la veracidad de mis palabras.

Creed, pues, lo que he dicho, y creed lo que aún me resta por decir, que es tan cierto como lo anterior, aunque más maravilloso. Yo podré acaso adornar con algunas galas de la poesía el desnudo esqueleto de esta sencilla y terrible historia, pero nunca me apartaré un punto de la verdad á sabiendas.

II

Cuando Teobaldo dejó de percibir las pisadas de su corcel y se sintió lanzado en el vacío, no pudo reprimir un involuntario estremecimiento de terror. Hasta entonces había creído que los objetos que se representaban á sus ojos eran fantasmas de su imaginación, turbada por el vértigo, y que su corcel corría desbocado, es verdad, pero corría sin salir del término de su señorío. Ya no le quedaba duda de que era el juguete de un poder sobrenatural que le arrastraba sin que supiese á dónde, á través de aquellas nieblas oscuras, de aquellas nubes de formas caprichosas y fantásticas, en cuyo seno, que se iluminaba á veces con el resplandor de un relámpago, creía distinguir las hirvientes centellas, próximas á desprenderse.

El corcel corría, ó mejor dicho, nadaba en aquel océano de vapores caliginosos y encendidos, y las maravillas del cielo comenzaron á desplegarse unas tras otras ante los espantados ojos de su jinete.

III

Cabalgando sobre la nubes, vestidos de luengas rúnicas con orlas de fuego, suelta al huracán la encendida cabellera, y blandiendo sus espadas que relampagueaban arrojando chispas de cárdena luz, vio á los ángeles, ministros de la cólera del Señor, cruzar como un formidable ejército sobre las alas de la tempestad.

Y subió más alto, y creyó divisar á lo lejos las tormentosas nubes semejantes á un mar de lava, y oyó mugir el trueno á sus pies como muge el Océano azotando la roca desde cuya cima le contempla el atónito peregrino.

IV

Y vio el arcángel, blanco como la nieve, que sentado sobre un inmenso globo de cristal, lo dirige por el espacio en las noches serenas, como un bajel de plata sobre la superficie de un lago azul.

Y vio el sol volteando encendido sobre ejes de oro en una atmósfera de colores y de fuego, y en su foco á los ígneos espíritus que habitan incólumes entre las llamas, y desde su ardiente seno entonan al Criador himnos de alegría.

Vio los hilos de luz imperceptibles que atan los liombres á las estrellas, y vio el arco iris, echado como un puente colosal sobre el abismo que separa al primer cielo del segundo.

V

Por una escala misteriosa vio bajar las almas á la tierra; vio bajar muchas, y subir pocas. Cada una de aquellas almas inocentes iba acompañada de un arcángel purísimo que le cubría con la sombra de sus alas. Los que tornaban solos, tornaban en silencio y con lágrimas en los ojos; los que no, subían cantando como suben las alondras en las mañanas de Abril.

Después las tinieblas rosadas y azules que flotaban en el espacio, como cortinas de gasa trasparente, se rasgaron como el día de gloria se rasga en nuestros templos el velo de los altares, y el paraíso de los justos se ofreció á sus miradas deslumbrador y magnífico.

VI

Allí estaban los santos profetas que habréis visto groseramente esculpidos en las portadas de piedra de nuestras Catedrales; allí las vírgenes luminosas, que intenta en vano copiar de sus sueños el pintor en los vidrios de colores de las ojivas; allí los querubines, con sus largas y flotantes vestiduras y sus limbos de oro, como los de las tablas de los altares; allí, en fin, coronada de estrellas, vestida de luz, rodeada de todas las gerarquías celestes, y hermosa sobre toda ponderación. Nuestra Señora de Monserrat, la Madre de Dios, la Reina de los arcángeles, el amparo de los pecadores y el consuelo de los afligidos.

VII

Más allá el paraíso de los justos, más allá el trono do se asienta la Virgen María. El ánimo de Teobaldo se sobrecogió temeroso, y un hondo pavor se apoderó de su alma. La eterna soledad, el eterno silencio viven en aquellas regiones, que conducen al misterioso santuario del Señor. Decuando en cuando azotaba su frente una ráfaga de aire, frío como la hoja de un puñal, que crispaba sus cabellos de horror y penetraba hasta la médula de sus huesos; ráfagas semejantes á las que anunciaban á los profetas la aproximación del espíritu divino. Al fin llegó á un punto donde creyó percibir un rumor sordo, que pudiera compararse al zumbido lejano de un enjambre de abejas, cuando, en las tardes del otoño, revolotean en derredor de las últimas flores.

VIII

Atravesaba esa fantástica región adonde van todos los acentos de la tierra, los sonidos que decimos que se desvanecen, las palabras que juzgamos que se pierden en el aire, los lamentos que creemos que nadie oye.

Aquí, en un círculo armónico, flotan las plegarias de los niños, las oraciones de las vírgenes, los salmos de los piadosos eremitas, las peticiones de los humildes, las castas palabras de los limpios de corazón, las resignadas quejas de los que padecen, los ayes de los que sufren y los himnos de los que esperan. Teobaldo oyó entre aquellas voces que palpitaban aún en el éter luminoso, la voz de su santa madre, que pedía á Dios por él; pero no oyó la suya.

IX

Mas allá hirieron sus oídos con un estrépito discordante mil y mil acentos ásperos y roncos, blasfemias, gritos de venganzas, cantares de orgías, palabras lúbricas, maldiciones de la desesperación, amenazas de impotencia y juramentos sacrilegos de la impiedad.

Teobaldo atravesó el segimdo círculo con la rapidez que el meteoro cruza el cielo en vnia tarde de verano, por no oir su voz que vibraba allí sonante y atronadora, sobreponiéndose á las otras voces en medio de aquel concierto infernal.

— ¡No creo en Dios! ¡No creo en Dios! decía aún su acento agitándose en aquel océano de blasfemias; y Teobaldo comenzaba á creer.

X

Dejó atrás aquellas regiones y atravesó otras inmensidades llenas de visiones terribles, que ni él pudo comprender ni yo acierto á concebir, y llegó al cabo al último círculo de la espiral de los cielos, donde los serafines adoran al Señor, cubierto el rostro con las triples alas y postrados á sus pies.

Él quiso mirarlo.

Un aliento de fuego abrasó su cara, un mar de luz oscureció sus ojos, un trueno gigante retumbó en sus oídos, y arrancado del corcel y lanzado al vacío como la piedra candente que arroja un volcán, se sintió bajar, y bajar sin caer nunca, ciego, abrasado y ensordecido, como cayó el ángel rebelde cuando Dios derribó el pedestal de su orgullo con un soplo de sus labios.

*  *  *

I

La noche había cerrado, y el viento gemía agitando las hojas de los árboles, por entre cuyas frondosas ramas se deslizaba un suave rayo de luna, cuando Teobaldo, incorporándose sobre el codo y restregándose los ojos como si despertara de un profundo sueño, tendió alrededor una mirada y se encontró en el mismo bosque donde hirió al jabalí, donde cayó muerto su corcel, donde le dieron aquella fantástica cabalgadura que le había arrastrado á unas regiones desconocidas y misteriosas.

Un silencio de muerte reinaba á su alrededor; un silencio que sólo interrumpía el lejano bramido de los ciervos, el temeroso murmullo de las hojas, y el eco de una campana distante que de vez en cuando traía el viento en sus ráfagas.

— Habré soñado, dijo el barón; y emprendió su camino al través del bosque, y salió al fin de la llanura.

II

En lontananza, y sobre las rocas de Montagut, vio destacarse la negra silueta de su castillo, sobre el fondo azulado y trasparente del cielo de la noche. — Mi castillo está lejos y estoy cansado, murmuró; esperaré el día en un lugar cercano, y se dirigió al lugar. — Llamó a la puerta. — ¿Quién sois? le preguntaron. — El barón de Fortcastell, respondió, y se le rieron en sus barbas.- — Llamó á otra. — ¿Quién sois y qué queréis? tornaron á preguntarle. — Vuestro señor, insistió el caballero, sorprendido de que no le conociesen; Teobaldo de Montagut. — ¡Teobaldo de Montagut! dijo colérica su interlocutora, que no era una vieja; ¡Teobaldo de Montagut el del cuento!… ¡Bah!… Seguid vuestro camino , y no vengáis á sacar de su sueño á las gentes honradas para decirles chanzonetas insulsas.

III

Teobaldo, lleno de asombro, abandonó la aldea y se dirigió al castillo, á cuyas puertas llegó cuando apenas clareaba el día. El foso estaba cegado con los sillares de las derruidas almenas; el puente levadizo, inútil ya, se pudría colgado aún de sus fuertes tirantes de hierro, cubiertos de orín por la acción de los años; en la torre del homenaje tañía lentamente una campana; frente al arco principal de la fortaleza y sobre un pedestal de granito se elevaba una cruz; en los muros no se veía un solo soldado; y confuso, y sordo, parecía que de su seno se elevaba como un murmullo lejano, un himno religioso, grave, solemne y magnífico.

— ¡Y este es mi castillo, no hay duda! decía Teobaldo, paseando su inquieta mirada de un punto á otro, sin acertar á comprender lo que le pasaba. ¡Aquel es mi escudo, grabado aún sobre la clave del arco! ¡Ese es el valle de Montagut! Estas tierras que domina, el señorío de Forcastell…

En aquel instante las pesadas hojas de la puerta giraron sobre sus goznes y apareció en su dintel un religioso.

IV

— ¿Quien sois y qué hacéis aquí? preguntó Teobaldo al monge.

— Yo soy, contestó éste, un humilde servidor de Dios, religioso del monasterio de Montagut.

— Pero… interrumpió el barón, Montagut ¿no es un señorío?

— Lo fué, prosiguió el monge… hace mucho tiempo… A su último señor, según cuentan, se le llevó el diablo; y como no tenía á nadie que le sucediese en el feudo, los condes soberanos hicieron donación de estas tierras á los religiosos de nuestra regla, que están aquí desde habrá cosa de ciento á ciento veinte años. Y vos ¿quién sois?

— Yo… balbuceó el barón de Fortcastell, después de un largo rato de silencio; yo soy… un miserable pecador, que arrepentido de sus faltas, viene á confesarlas á vuestro abad, y á pedirle que le admita en el seno de su religión.

Carta de Dios  – En español y em português

Carta de Dios – En español y em português

Tú que eres un ser humano, eres mi milagro. Y eres fuerte, capaz, inteligente y lleno de dones y talentos. Cuenta con tus dones y talentos. Entusiásmate con ellos. Reconócete. Encuéntrate. Acéptate. Anímate. Y piensa que desde este momento puedes cambiar tu vida para bien si te lo propones y te llenas de entusiasmo. Y sobre todo, si te das cuenta de toda la felicidad que puedes conseguir con solo desearlo.

Eres mi creación más grande. ¡Eres mi milagro!

No temas: comienza una nueva vida.

No te lamentes nunca. No te quejes. No te atormentes. No te deprimas. ¿Cómo puedes temer si eres mi milagro?

Estas dotado de poderes desconocidos para todas las criaturas del universo.

¡Eres ÚNICO!. Nadie es igual a ti. Solo en ti está aceptar el camino de la felicidad y enfrentarlo y seguir siempre adelante, hasta el fin, simplemente porque eres libre.

En ti esta el poder de no atarte a las cosas.

Las cosas no hacen la felicidad. Te hice perfecto para que aprovecharas tu capacidad y no para que te destruyeras con las tonterías.

Te di el poder de PENSAR. Te di el poder de IMAGINAR. Te di el poder de AMAR. Te di el poder de CURAR. Te di el poder de DETERMINAR. Te di el poder de PLANIFICAR. Te di el poder de REIR. Te di el poder de HABLAR. Te di el poder de ORAR… Y te situé por encima de los Ángeles, cuando te di el poder de elección. Te di el poder de elegir tu propio destino usando tu voluntad.

¿Qué has hecho de esas tremendas fuerzas que te di?

¡No importa! De hoy en adelante, olvida tu pasado usando sabiamente ese poder de ELECCIÓN.

Elige AMAR en lugar de ODIAR.

Elige REIR en lugar de LLORAR.

Elige CREAR en lugar de DESTRUIR.

Elige ALABAR en lugar de CRITICAR.

Elige PERSEVERAR en lugar de RENUNCIAR.

Elige ACTUAR en lugar de APLAZAR.

Elige CRECER en lugar de CONSUMIRTE.

Elige VIVIR en lugar de MORIR.

Elige BENDECIR en lugar de BLASFEMAR.

Y, aprende a sentir mi presencia en cada acto de tu vida.

Crece cada día un poco más en el optimismo y la esperanza. Deja atras los miedos y los sentimientos de derrota.

Yo estoy a tu lado siempre: LLÁMAME, BÚSCAME, ACUÉRDATE DE MI.

Vivo en ti desde siempre y siempre te estoy esperando para amarte.

Si has de venir hacia mí algún día … ¡Que sea en este momento!

Cada instante que vivas sin mí, es un instante que pierdes paz.

¡Trata de volverte niño: simple, inocente, generoso, con capacidad de asombro y capacidad para convertirte ante la maravilla de sentirte humano!

Porque puedes conocer mi amor, puedes sentir una lágrima, puedes comprender el dolor… ¡No te olvides que eres el milagro! Que te quiero feliz, con misericordia, con piedad, para que este mundo que transitas pueda acostumbrarse a reír, siempre que tú… aprendas a reír… eres mi milagro, entonces usa tus dones y cambia tu medio ambiente, contagiando esperanza y optimismo sin temor, por que… YO ESTOY A TU LADO.

Dios.

*  *  *

Versão em português

Que você é um ser humano, você é meu milagre. E você é forte, capaz, inteligente e cheio de dons e talentos. Ele tem seus dons e talentos. Entusiasmate com eles. Reconheça-se. Meet. Aceite-se. Anime-se. E você acha que a partir deste momento você pode mudar sua vida para melhor se você colocar sua mente e você está cheio de entusiasmo. E especialmente se você perceber toda a felicidade que você pode obter apenas por querer.

Você é a minha maior criação. Você é meu milagre!

Medo não começar uma nova vida.

Não lamentam nunca. Nâo se queixe. Mas não se estresse. Não fique deprimido. Como você pode ter medo se você é meu milagre?

Estes dotado de poderes desconhecidos a todas as criaturas no universo.

Você é único!. Ninguém é como você. É só você aceitar o caminho da felicidade e enfrentá-lo e seguir em frente até o fim, simplesmente porque eles estão livres.

Em que você é o poder não para amarrar as coisas.

As coisas não fazem a felicidade. Você fez perfeito para a sua capacidade e vai levar vantagem, não para vós para vos destruir com o absurdo.

Dei-te o poder de pensar. Dei-te o poder de imaginar. Dei-te o poder de amar. Dei-te o poder de curar. Eu dei-lhe o poder de determinar. Dei-te o poder de planejar. Dei-te o poder de rir. Dei-te o poder de falar. Eu dei-lhe o poder de rezar … E eu excedo Anjos, quando eu dei-lhe o poder de escolha. Dei-te o poder de escolher seu próprio destino usando a sua vontade.

O que você fez com essas forças tremendas que você deu?

Não importa! A partir de agora, esquecer de seu passado sabiamente usando esse poder de escolha.

Escolha AMAR, em vez de ódio.

Escolha rir em vez de lamentar.

Opte por criar, em vez de destruir.

Escolha louvor em vez de criticar.

Escolha perseverar em vez de sair.

Escolha a agir em vez de adiados.

Escolha crescer em vez de consumi-lo.

Escolha viver em vez de morrer.

ABENÇOE escolher em vez de blasfemar.

E aprender a sentir a minha presença em todos os atos de sua vida.

Cresce a cada dia um pouco mais de otimismo e esperança. Deixe para trás os medos e sentimentos de derrota.

Eu estarei sempre convosco: Chame-me, encontrar-me, lembro-me.

Eu vivo em você para sempre e sempre Eu estou esperando por amor.

Se você vir a mim um dia … É a esta hora!

Cada momento você viver sem mim, é um momento que você perde a paz.

Tente se tornar criança: simples, inocente, generoso, com sentimento de admiração e capacidade de se tornar a maravilha do sentimento humano!

Porque você pode saber meu amor, você pode sentir uma lágrima, você pode entender a dor … Não se esqueça que você é o milagre! Eu quero que você feliz, com compaixão, com piedade, por esta transitas mundo pode se acostumar a rir sempre que você … aprender a rir … você é meu milagre, em seguida, usar os seus dons e alterar seu ambiente, espalhando esperança e otimismo sem medo, porque … Eu estou ao seu lado.


Fuente: El Blog de Javier.

Cuentos de Adviento

Cuentos de Adviento

Cuatro domingos antes de Navidad comienza la época de Adviento. Existe una bella forma de celebrarlo en familia con los niños:

En un rincón de la casa, o sobre un mueble o una mesa, se va formando poco a poco el paisaje, que atraviesan caminando, paso a paso cada día, María, José y el burrito a Belén.

Durante la primera semana, se ponen piedras sobre una tela marrón o beige. Las más lindas trazan el camino de María. Durante la segunda semana se añaden las plantas: musgos, palmeritas, flores, arbolitos. La tercera semana se hacen aparecer ovejitas y otros animalitos. Finalmente la cuarta semana, los pastores vienen a ocuparse de sus rebaños, mientras María, José y el burrito, llegaron al pesebre.

Los cuentos de este librillo siguen el desarrollo del paisaje. Ilustran el camino de la época de Adviento y pasan del reino de los elementos al reino vegetal, luego al reino animal para concluir el reino humano.

Ha sido concebido para ser leído a los niños en edad escolar. Es un calendario de adviento contado. De historia en historia conduce hasta la Navidad.

Para los niños más pequeños es aconsejable no elegir más que cuatro historias, para cada semana una. Se la puede ilustrar actuándola en el pequeño paisaje con las figuras.

La alegría de preparar Navidad fue la fuente de inspiración de estos cuentos. Esta despertó en mí, más allá de la necesidad de escribir, el deseo de mostrar de una manera accesible a los niños, que Navidad es un acontecimiento esperado por el mundo entero. Siguiendo el hilo de estas narraciones debería despertarse el sentimiento de que la luz divina, pálida al comienzo de Adviento, va intensificándose de día en día para brillar en todo su esplendor en el momento de Navidad.

Me he inspirado en diferentes historias de navidad conocidas, como por ejemplo en los hermosos del poema del poeta Felix Timmermans, con el cual me siento en deuda….Pero lo que me decidió finalmente a publicar este librito fueron dos ojitos radiantes de niño que creían en los milagros y dos orejitas que querían escuchar siempre más.

George Dreissig

 

*  *  *

Índice

Primera Semana

Camino a Belén

Secreto de la gran piedra

El Milagro de la Fuente

La Canción del Viento

La aguja de plata de luna y el hilo de oro de estrellas

La luz en el farol

Segunda Semana

Las manzanas del paraíso

El Cardo Plateado

El bosque de Espinos

Simples Cebollitas

Los Pinos

El Misterio de las Rosas

Tercera Semana

La Prisa del burrito

La tela de Araña

Las provisiones de la Ardilla

El Perro del Pastor

El Vellón de la Oveja

Los ratones de Navidad

Cuarta Semana

Un Puñado de paja

La sopa de la Mendiga

Los Pastores cerca del Fuego

El Viejo Guarda

El Pequeño Flautista

Los Posaderos de Belén

El Hijo de Dios

 

*  *  *

Primera Semana

Camino a Belén

Eran tres los que estaban en camino: María, José y el burro que trotaba alegremente adelante. José llevaba su bastón. Estaba acostumbrado a caminar largos trayectos a buen paso.

María, la dulce madre de Jesús, hacía como podía para ir a su ritmo, pero sus pies tropezaban a menudo con las piedras del camino. Cerraba los dientes para esconder su dolor. Dejó escapar una lágrima que no consiguió retener. El pequeño burro no se enteró de nada y José tampoco: estaba atento para no perder el camino. El ángel que acompañaba a los viajeros vio que María lloraba. Entonces se inclinó hacia ella y le dijo: ¿”Por qué lloras pequeña amada de Dios? Estás camino a Belén; allá el niño Jesús vendrá al mundo. ¿No estás feliz de esto?” María le respondió: “El pensamiento de que el Niño va a nacer me colma de alegría. Lo que me entristece son estos guijarros contra los que tropiezo y me lastiman los pies”.

Tras estas palabras, el ángel se volvió hacia las piedras. Los miró con sus ojos celestiales radiantes de luz. Y he aquí, las piedras se transformaron bajo su mirada: sus ángulos y sus aristas cortantes se redondearon y tomaron reflejos coloreados. Algunas llegaron a ser incluso transparentes como el cristal y centelleaban sobre el camino, iluminadas por el ángel.

Entonces María avanzó con paso seguro. Delante de ella el camino lucía e irradiaba y ya ningún dolor vino a molestar su andar hacia Belén.

*  *  *

Secreto de la gran piedra

Un día, yendo María y José hacia Belén, se encontraron con una piedra norme. Estaba en medio del camino y lo ocupaba todo. Así es que todos los que por ahí pasaban o tenían que buscarse un sendero entre los arbustos de ambos lados, o trepar por la poderosa piedra.

Esta piedra tiene una historia muy especial.

Cuando se estaba construyendo el camino, siete hombres fuertes tuvieron que tratar con mucho esfuerzo hasta que la echaron a un lado. Pero al día siguiente, cuando volvieron al trabajo, la piedra se encontraba otra vez en el mismo lugar de antes, como si siempre hubiera estado allí. Entonces los hombres protestaron furiosos, se arremangaron y repitieron el duro trabajo. Pero al día siguiente la encontraron donde había estado antes. Estaban rojos de cólera, y con todas sus fuerzas la hicieron rodar nuevamente fuera del camino. Al día siguiente volvió a estar donde siempre había estado. Esta vez no se enojaron, sino que se miraron desconcertados por este misterio. Decidieron entonces ir donde un ermitaño que vivía en el bosque y le contaron lo que había sucedido. El les escuchó atentamente, asintiendo con la cabeza y con aire comprensivo les dijo:

“Aquel que debe apartar del camino esta enorme piedra no ha llegado aún. Por lo tanto dejad la piedra donde está y permitid que aquel que tiene la misión de hacerlo, la haga rodar fuera del camino”.

Los hombres volvieron a su cantero y siguieron su consejo, así la piedra quedó allí, en el medio, apesadumbrando a muchos viajeros.

También María y José se detuvieron delante de la piedra, pues José no podía hacerla rodar, ni siquiera con la ayuda del burrito.

Cuando estaba ahí, pensativos delante de esta enorme piedra, José tocó sin darse cuenta la piedra con su bastón. Era un golpe muy liviano, pero no bien la hubo tocado, esta se quebró en dos partes, cayendo cada una d e las dos mitades a ambos lados del camino. Y ahora se podía observar que la poderosa piedra estaba llena de cristales que brillaban refulgentes a la luz del sol.

Poco tiempo después, el ermitaño pasó por este camino. Cuando vio la piedra quebrada y los cristales que brillaban en su interior, sus ojos se iluminaron y se dijo: “Aquel a quien estaba destinado abrir el camino ha aparecido”, y su corazón se llenó de alegría y esperanza.

*  *  *

El Milagro de la Fuente

En aquella época en que María y José y también el pequeño burro caminaban en dirección a Belén, no existía el agua corriente.

Las mujeres tomaban su cántaro e iban a sacar de la fuente. Allí se encontraban para charlar. La fuente era un lugar de encuentro, el sitio en que intercambiaban las últimas novedades.

Esa tarde, Ruth tomó su cántaro para ir a la fuente. Desde que salió de su casa fue deslumbrada por la luz intensa de una estrella. Esa tenía tal resplandor que las otras estrellas, y la luna incluso, parecían completamente pálidas. Ruth maravillada, se quedó quieta en el lugar. No podía despegar sus ojos de esta estrella resplandeciente. Se olvidó de la hora y de lo que tenía que hacer. ¿Qué mensaje anunciaba este astro luminoso?

El viento la sacó de su sueño. Tomó su cántaro y se dirigió rápidamente hacia la fuente. Allá no había nadie. Todos habían vuelto de sus casas. Ruth colgó ágilmente su cántaro a la cadena, y se detuvo: la estrella se reflejaba en el fondo del pozo. El agua brillaba allá dentro como el oro. La joven maravillada murmuró:

“¡Que luminoso resplandor, si por lo menos la abuela lo pudiese ver!”

Pero la abuela estaba sentada en casa, en su sillón. Sus piernas debilitadas por la edad, casi no la podían sostener. Ruth dejó deslizar lentamente su cántaro en el pozo para no enturbiar el agua.

Cuando lo volvió a subir, la joven se maravilló otra vez. Pues el agua del cántaro brillaba tanto como el oro. Entonces mojó la punta de su dedo y la probó: el agua tenía el mismo gusto que de costumbre. Ruth levantó su cántaro y volvió rápidamente a casa. En cuanto abrió la puerta gritó: “¡Abuela, mira lo que te traigo!” Y le hizo contemplar el agua que relucía como oro puro.”¡Mira! Ha guardado el destello de la estrella para que tu la pudieses ver”.

La anciana miró el agua pensativamente y dijo: “¿Cuál será esta luz que comienza a brillar sobre el mundo y que al agua pura le gusta conservar su destello?” Después volviéndose hacia Ruth añadió: “he aquí que yo veo el reflejo de tus ojos. Guárdalo como lo más precioso”.

La noticia del agua de oro se extendió rápidamente y todos venían a sacar de ella. Sacaban cantidades pero el agua de oro no se agotaba. Guardó su resplandor hasta… ¿hasta cuándo justamente? Hasta el día en que el niño Jesús nació en belén. Desde entonces él empezó a iluminar el mundo con su luz.

*  *  *

La Canción del Viento

María, casi nunca había salido de Nazaret, y le costaba viajar a tierra extranjera. Hasta este día nunca había tenido que mendigar para encontrar un techo, y jamás había dormido al borde del camino. Los días se le hacían muy penosos. El sol brillaba sobre el mundo mientras que maría y José se apuraban por llegar a Belén. Pero en la noche María extrañaba.

Acostada en la oscuridad María pensaba en Nazaret: en su casita, en los rosales del jardín, en el aroma del jazmín bajo la ventana, en el murmullo del viento que jugaba entre el follaje de los árboles y en los arbustos desde bailaba entre las espigas.

¡El viento era un gran y viejo amigo! Por las mañana antes de que María se levantase entraba por la ventana abierta. Murmuraba dulcemente o soplaba enojado y María no tenía necesidad de mirar el cielo, pues sabría que tiempo habría según el olor o la humedad que traía. Pero aquí, en un país extranjero el viento parecía diferente, un viento que María no conocía y entonces se sentía más sola todavía.

Pero, ¿no es cierto que el viento sopla donde quiere?

Pues aunque parezca imposible, el mismo viento que rodeaba a María sentía su tristeza; ¿Cómo reconfortarla? Retuvo su soplo y reflexionó largo tiempo.

Normalmente tendría que soplar todo lo que pudiera y entra en todos los rincones por todas las fisuras. Sin embargo le parecía que María se sentía tan sola lejos de su país natal…

De repente, entonó otra canción. Cantó a la primavera de Nazaret, al grano que germina, a las corolas que se abren, a la gloria de las flores, al murmullo de las abejas. Y ese canto tan dulce, tan pleno de amor reconfortó el corazón de maría y se durmió feliz.

¡Que buen viento! No puede dejar de ocuparse de María, la dulce madre de Jesús.

No hay que extrañarse que cuando se acerca el tiempo de navidad, el viento entona cánticos primaverales. Canta para maría, para que no se sienta tan sola y abandonada sobre tierra extranjera.

*  *  *

La aguja de plata de luna y el hilo de oro de estrellas

Con discreta veneración miraba José a su querida esposa y al misterio de este niño Jesús que llevaba bajo su corazón.

Hacía lo posible para hacerle a María la vida más bella y más fácil. Hubiera deseado ofrecerles lindos adornos y hermosos vestidos, como los ricos ofrecen a sus esposas. Pero José era pobre, no tenía un centavo. Esto le entristecía por momentos; sin embargo María jamás se quejaba de no tener nada para adornarse.

Desde que estaban en camino hacia Belén sufría cada día su pobreza.

A veces no tenían que comer y quedaban con hambre porque nadie les daba.

Otras veces, llegaban cerca de un pueblo y a su llegada, las puertas de las casas se cerraban. Entonces no les quedaba más que dormir afuera bajo las estrellas. En estos momentos José se decía bajito: “Dios ha escogido a María para que de a luz a su Hijo y tú haces una mendiga”. “¡Si sólo tuviese un poco de dinero…!

El ofrecería algo a María, algo bonito. ¿Qué podría vender? No poseía nada superfluo aparte de, puede ser… su bastón. El lo había cortado en el bosque. ¿Encontraría a alguien que se lo comprara?

Una noche en que María y José dormían al aire libre, José tuvo un sueño.

Soñó que un hombre venía galopando en el hombro para despertarlo. Debía ser muy rico, sus vestidos eran soberbios. Sin embargo su mirada era amistosa, sin la menor conmiseración. José le preguntó: ¿En que le puedo servir?”. El extranjero le respondió: “Deseo comprar tu bastón, me han dicho que lo vendías”. José se inclinó para buscar su bastón. ¡Que sorpresa: encontró un bastón forjado en oro y plata y magníficamente trabajado! ¿Donde estaba y que había pasado con su viejo bastón esculpido? José tendió al extranjero el maravilloso bastón.

El hombre dijo: “En este momento te lo voy a pagar”. Con estas palabras levantó su mano derecha, y de pronto el cielo se puso a resonar, e hilos de oro empezaron a descender de las estrellas. El hombre los tomó delicadamente y los ovilló en el bastón. Luego levantó la mano izquierda. La luna creciente vino a posarse y tomó la forma de una aguja de plata. “Toma esto como pago”, y con esas palabras, desapareció José, muy sorprendido, contemplaba este precioso regalo con el que no sabía muy bien que hacer. Pero ya, hilo y aguja se movían entre sus manos, el hilo de oro se enhebró solo en la guja de plata y ésta se puso a bordar. Bordaba estrellas sobre el manto azul de María. Cuando el hilo se hubo terminado, las estrellas brillaban en el manto tal como lo hacen en el cielo durante la noche. Entonces la aguja se elevó de nuevo hacia las estrellas y volvió a ser la luna creciente.

¡Que sueño maravilloso! Por la mañana, José se despertó de buen humor. Encontró su viejo bastón a su lado. ¡Que transformado había aparecido durante la noche! de repente, su mirada percibió el manto de María: Mil estrellas brillaban sobre el pobre tejido. María y José las contemplaban con la misma alegría: ¡Que maravilla! María dijo: “Ahora este manto es demasiado hermoso para mi”.

Así, a pesar de la pobreza de José, María pudo llevar un manto esplendido estrellado, el de la reina de los cielos.

*  *  *

La luz en el farol

Al caer la noche, Tito el posadero tomó su farol para ir al establo y renovar el heno de Remo, el buey. Al prender la vela, Tito se dio cuenta que estaba casi consumida.

“Por esta noche alcanzará”, murmuró.

Atravesó el patio acompañado de la pequeña llama que disipaba la oscuridad alrededor de él. Tito penetró en el establo y colgó el farol en un gancho del techo. Después con su rastrillo repartió el heno en el pesebre. De pronto escuchó un ruido que venía de la casa; su mujer lo llamaba: Tito, ¿Dónde estás? Han llegado huéspedes”. En ese momento, dejó caer el heno y tomó el farol pero justo la llama clara de la vela se elevó por última vez para volver a caer enseguida y desaparecer.”¡Que le vamos a hacer!” gruñó Tito en la oscuridad. Dejó el farol colgado sobre el pesebre y se apresuró a atravesar el patio para volver entrar a la casa.

Al día siguiente, Tito no pensó más en el farol. Sin embargo en la noche se acordó que lo había dejado en el establo, colgado arriba del pesebre. Se fue a buscar una nueva vela y atravesó el patio.

Allí se dio cuenta que brillaba una luz detrás de la ventana del establo. Sorprendido se frotó la cabeza pues él había visto muy bien como la vela se extinguía la noche anterior. Llamó a su mujer para mostrarle la extraña luz. Los dos juntos fueron al establo para verla más cerca.” Que raro, esta luz brilla para nada y para nadie” murmuró Tito. Y la mujer añadió: “Quién sabe porque esta llama no se extingue. No la molestemos. Esperemos que se consuma por si sola”.

Es así como, la víspera de Navidad, cuando maría y José, seguidos por el pequeño asno, buscaron albergue para pasar allí la noche, descubrieron el establo suavemente iluminado, que parecía esperarlos… Y la luz continuó brillando hasta después del nacimiento del niño para iluminar el mundo alrededor de él.

Sin duda querrán saber que luz es esta que brillaba con tanto fervor. ¿Una vela? ¡Por supuesto que no! Por lo menos no una vela común como las otras. No, yo se los voy a contar: aunque no se lo imaginen, una pequeña estrella se había deslizado en el farol. Destellaba allí con amor, pues quería estar allí para el nacimiento de Jesús.

Si Tito hubiese mirado bien, la habría visto el también.

*  *  *

Segunda Semana

Las manzanas del paraíso

En el jardín del Paraíso, había un árbol que nadie tocaba: era el árbol de Dios. Portaba manzanas rojas, las más bellas que pueden imaginar. Todos los animales y los pájaros que pasaban cerca de este árbol detenían su curso o vuelo para contemplarlo, por lo bello que era: En aquel tiempo Adán y Eva vivían en este jardín. Iban a menudo a admirar el árbol, cuyos frutos estaban reservados para dios. Un día, la serpiente había convencido a Eva de cortar una manzana del árbol y probarla. Después le había dado a Adán, el cual probó también. Entonces el árbol, de repente había perdido su esplendor. Y cuando Adán y Eva fueron arrojados del Paraíso, el jardín estaba triste por su bello árbol.¿Que acto temerario! Los frutos del árbol habían palidecido de terror, se habían vuelto pequeños y duros, y su gusto jugoso y azucarado se había vuelto amargo como la hiel.

Así el manzano debía volver a encontrar un día de su belleza. Cientos de años más tarde uno de sus brotes se plantó en el jardín de María y José en Nazaret. El arbolito desmirriado creció. Cada año daba frutos pálidos, duros y amargos, que nadie comía ni siquiera el burrito. Un día de primavera el ángel vino al encuentro de María y le anunció que ella sería la madre de Jesús. Cuando atravesaba el jardín, el ángel pasó cerca del manzano y susurró: “Prepárate, manzanito, pues el tiempo de tu miseria ha terminado. En Navidad, el hijo de Dios vendrá al mundo.

Recuerda que eres el árbol que porta los frutos de Dios”.

En el curso de las semanas siguientes, María y José, muy asombrados, pudieron observar como el árbol se erguía, y florecía con tal magnificencia que se podía pensar que se podía venir abajo por la carga de las flores. Su follaje se llenó entonces de trinar y el zumbido de las abejas que llegaban de lejos atraídas por la golosina, para libar sus flores.

Después vino el tiempo en que la frondosidad del árbol escondió lo que se estaba preparando.

Y cuando maduraron sus frutos, no eran ya pequeños y duros sino muy grandes y con una forma redonda y hermosa. Y he aquí que las manzanas se fueron coloreando. Al principio eran de un rosa delicado que se volvía cada vez más intenso; y al final, tenían mejillas de un rojo radiante. ¿Sabéis porque llegaron a ser tan rojas? Es muy sencillo: estaban felices de poder ser de nuevo los frutos de dios, quien iba a venir pronto a la Tierra. María recogió sus frutos en un canasto, y viendo que eran tan firmes y tan buenos, les dijo a José: “Vamos a guardarlas para el niño”. Y cuando partieron hacia Belén, María y José cargaron sobre el lomo del burro una bolsa de manzanas para el niño. Ellos no las tocaron ni cuando tuvieron hambre.

He aquí como el manzano fue liberado de su maldición. Hoy dona sus frutos a los hombres. Cada año sin embargo quedan algunas para el Niño Jesús: las más rojas. Muestran, en particular, cuanto se alegra el manzano de que Dios haya venido al mundo.

*  *  *

El Cardo Plateado

Cuando Dios creó las flores, les preguntó a cada una: “¿Cómo te vamos a vestir?” Algunas querían ser grandes y robustas, otras deseaban exhalar dulces perfumes. Una prefería tener flores rojas, otras azules y otras también blancas. Y Dios concedía todos sus deseos.

Así fue como un día se dirigió a una flor: “Tú, pequeña criatura, dime tus deseos más queridos. “¿Quieres crecer o quedarte pequeña? ¿Quieres llevar flores rojas, amarillas o azules?”

“Yo sólo tengo un deseo”, respondió la planta. Me encantaría conservar mis flores hasta el nacimiento del niño Jesús si es posible. En cuanto al resto, me presto a todo: tanto a trepar como a llevar espinas”.

Amablemente Dios sonrió creó… al cardo mariano.

Este cardo crece en el suelo, sus hojas están llenas de espinas, pero sus flores brillan como estrellas de plata que se abren justo en Navidad, para saludar al niño Jesús.

*  *  *

El bosque de Espinos

En el camino que los llevaba a Belén, María y José atravesaron un bosque. Los árboles se dirigían secos y delgados hacia el cielo. A la altura de los hombres, entre los troncos, abundan arbustos espinosos. Duros y nudosos, entremezclaban sus ramas que, en lugar de hojas, tenían enormes espinas agudas. Estas molestaban el paso de los viajeros y desgarraban sus vestidos. ¡El pobre burro!, no podía hacerse más delgado y no tenía ninguna posibilidad de evitar que las espinas que le arañaban la piel. Finalmente se detuvo, rechazando dar un paso más. María y José le suplicaron, después se enojaron. En vano; el burro, testarudo, quedaba en su sitio. Lanzaba su “hi-han” despiadado cuando José le daba con su bastón para hacerle avanzar.

Entonces, José la emprendió con los arbustos espinosos. ¡Después de todo ellos eran los que hacían su marcha tan penosa! Pero María le puso su mano sobre el brazo y le dijo: “Querido José, no te enojes contra estos pobres arbustos. No tienen otra que llevar espinas sobre esta tierra tan árida. Si sólo tuviesen con que apaciguarse, estoy segura que nos acogerían con hermosísimas rosas a nosotros y a nuestros hijos.”Dicho esto, levantó sus ojos al cielo y rogó:

“Dios Bienamado, que tu bondad nos llegue como rocío sobre estos pobres arbustos, para que puedan transformarse como lo desean”

Apenas María había terminado su oración, una dulce llovizna cayó del cielo. A medida que iban saciando su sed, los arbustos perdían sus espinas, dando lugar a soberbias rosas, cuyos colores brillaban en derredor y cuyo perfume llenaba el aire de gran alegría. Dieron gracias a Dios por este milagro y el burrito feliz aspiraba el aire embelezado; y lleno de coraje, emprendió su trote en dirección a Belén.

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Simples Cebollitas

Un mercader volvía de viaje. Había visitado países lejanos y traía los brazos cargados de regalos. Habían objetos y tejidos raros, especias exóticas y joyas. Cada uno de los miembros de la familia recibió algo extraordinario. Pero a su mujer, el mercader le ofreció una simple bolsa de tela. “Cuídala bien”, le dijo. “Parece que la bolsa posee dones de profecía. Nos anunciará la venida del Rey de los Reyes”. La mujer quedó muy sorprendida. A veces llevaba la bolsita tosca a su oreja y la miraba por todas las costuras, pero no encontraba nada de particular.

Un día, el mercader se ausentó por un nuevo viaje. Su mujer tomó la bolsita y se internó furtivamente en el bosque. Cuando se sintió escondida de todas las miradas, abrió la bolsa.

¿Saben que encontró allí? ¡Cebollas!, simples cebollitas. “¿Este era todo su secreto?, gritó decepcionada. Esparció las cebollitas sobre el campo y se volvió a su casa.

Las cebollitas quedaron olvidadas en el camino en el medio del bosque. Expuestas al viento y a la intemperie, fueron pronto cubiertas de polvo y tierra.

Ocurrió que en el camino que conducía a María y José a Belén atravesaba justamente este bosque. Y lo que el mercader había predicho ocurrió. Las cebollitas se abrieron bajo el paso de María y de ellas salieron pequeñas flores blancas y plateadas que iluminaban el suelo como si hubiera sido sembrado de estrellas.

Hoy todavía florecen estas pequeñas flores y anuncian la venida del Rey de los Reyes.

Florecen en algunos países en Navidad y se les llama” Rosas de Navidad”.

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Los Pinos

Cuando dios creó a los árboles los proveyó de raíces y ramas. Las unas se afirmaban a la tierra, las otras se elevaban hacia el cielo, pues ellos habían venido de allá y no debían olvidarse jamás de su verdadera patria. Desde entonces, los árboles tienden sus ramas hacia lo alto como una plegaria silenciosa y perpetua, recordando a su Creador.

El pino, hace mucho tiempo, hacía lo mismo y, dirigiendo hacia arriba sus largas y anchas ramas dominaba incluso a los otros árboles. Pero esto es diferente hoy en día; ¿saben por qué?

Ocurrió así:

Una noche, María la dulce madre de Jesús y José, su marido, se encontraban en un gran bosque de pinos. Estaban lejos de toda casa y no habían encontrado albergue esa noche. Entonces se acostaron al pie de un árbol para tratar de dormir. Pero se levantó un viento fresco que se hacía cada vez más fuerte. Incluso acercándose mucho al tronco de os árboles elevados, no se estaba protegido. Entonces María, en su angustia, se puso a acariciar el tronco del árbol que le protegía y dijo: “Perdóname que interrumpa la plegaria que diriges a nuestro padre. Pero mira: Dios mismo se ha inclinado hacia la tierra. Yo llevo a su hijo bajo mi corazón. Y tiene necesidad de tu ayuda”. Con las palabras de María, un estremecimiento recorrió todo el árbol.

Lentamente, muy lentamente, fue volviendo sus ramas hacia el suelo, de forma que pareciese un enorme techo. El pino había perdido sus agujillas siempre una vez al año, pero aquí comenzaron a crecer. Así, las ramas del pino sirvieron de abrigo a María y José durante la noche. Y desde ese día, el pino nunca pierde sus agujillas.

*  *  *

El Misterio de las Rosas

¡Con que alegría había visto María florecer las rosas sobre el seto espinoso del bosque! Había juntado un ramillete que llevaba en su brazo bajo su manto para que estuviesen protegidas. Y las rosas permanecían frescas y guardaban su silencioso perfume para María.

Cuando maría y José se encontraban cerca de Jerusalén, encontraron en el camino a dos soldados romanos que marchaban a paso firme como grandes señores y gritaban: ¿Paso a la armada romana!

Uno de ellos golpeó el lomo del burrito. El pobre animal, asustado se echo al un lado, aunque el camino era bien ancho. Uno de ellos se dirigió a maría con un tono burlón: “¿Hermosa, que escondes ahí? Déjame ver un poco”. Y metió la mano bajo el manto de María, pero la retiró de golpe gritando. Se había herido los dedos con las espinas. ¿Qué escondes ahí pues? Gruño blanco de rabia. María abrió su manto y apareció un ramo de espinas. Pensaba en el día que había florecido. ¿No le había enviado Dios un aliento benefactor para permitirles expandirse? ¿Qué les había sucedido ahora? María estaba apenada y José sentía su tristeza. Le puso la mano dulcemente en su hombro y le dijo para consolarla: “No te apenes María, han florecido durante mucho tiempo para ti. Ahora que solo quedan espinas tíralas”.

Pero María sacudió la cabeza y respondió” Ahora conozco el secreto de las rosas, ¿Cómo voy a poder separarme de ellas?”

Y con cuidado recubrió con su manto el ramo, que no tenía necesidad de ser protegido. Las palabras del soldado resonaban todavía en su corazón:” La gente podía pensar lo que quisiese. Estas espinas María las había visto florecer, ¿Por qué las iba a despreciar ahora? Un dulce perfume d e rosas subió hasta María. Echó una mirada prudente bajo su manto: ¡Que esplendor! Las ramas estaban de nuevo cubiertas de flores. En el establo de Belén, cuando el niño Jesús vino al mundo, los capullitos florecían aún.

*  *  *


Tercera Semana

La Prisa del burrito

¿Conoces a los burros? Son caprichosos. Robustos y resistentes se les puede cargar con bultos pesados. Pero a veces se obstinan. Entonces se vuelven sordos para todo: Tanto como para las súplicas como para los retos. Aunque trates de hacerlos avanzar: ellos arraigan sus patas y no se mueven ni un paso. Si tratas de tirar de ellos como si trataras de empujarlos: ¡Nada que hacer! Entonces te desesperas, y de nuevo adorables, fieles y entregados. Toda testarudez ha desaparecido como por encanto.

El pequeño burro de maría y José era como todos los burros: testarudo caprichoso y adorable. El viaje a belén hubiera sido largo y difícil con un animal como éste, si no hubiese sido que de repente se volvió dulce y dócil. Y esto fue así:

José había cargado el burrito. Había puesto todo lo que iba a necesitar durante el viaje. El pequeño asno se había quedado firme y tranquilo. Parecía ser el más dulce, el más amable de los burros de Nazaret. José tomó la brida en su mano; era hora de irse. En este momento el burrito se empecinó en sus patas y rechazó dar un paso. José le acarició, después le retó, pero en vano; el burrito no hacía el menor movimiento. María probó suerte. Rascó sus crines entre las orejas. “Ven”, le decía, “vamos, ven, ya es hora, el camino es largo”. Pero nada que hacer, el burrito quedó inamovible.

Cuando la situación parecía desesperada, el ángel Gabriel intervino. Así como si nada se apreció ante el burrito y le dijo: “El viaje hasta Belén será penoso. El trayecto será largo para tus patitas flacas. Es preferible que te quedes aquí, has tenido razón para estar testarudo. Yo voy a llamar algunos ángeles que te llevarán tu carga”. Después añadió: “¡Que pena que tu no estarás cerca del Niño Jesús cuando nazca!” ¡No escucharás cantar a los ángeles! ¡No comerás del heno del pesebre, el buen heno que servirá de colchón al Niño Jesús!”

¿El canto de los ángeles? ¿Acaso los ángeles cantan ya? Levantó su hocico al viento: sí, le parecía sentir el olor del heno. Entonces partió al trote encabezando al grupo. Todo su empecinamiento se había olvidado. Ahora tenía prisa por llegar a Belén. Al atardecer hubiera preferido no descansar. Y por la mañana, antes de que l sol hubiera salido, él era siempre el primero que se despertaba. Decía: “¡hi-han!”, “¡hi-han”!, que quería decir: “Levantarse ya es hora”. Salgamos hacia Belén, vamos a escuchar a los ángeles y a probar el buen heno”.

¡Ah, sí! Los asnos son capaces de muchas cosas, cuando lo ángeles les hablan.

*  *  *

La tela de Araña

Una noche, María y José habían encontrado en una cueva refugio para dormir. Al entrar, una gran araña pasó delante de ellos. José quiso cazarla con su bastón. María le dijo dulcemente:” Deja este animalito en paz, José. Lo que Dios ha creado no me va a dar miedo. Además la cueva es bastante grande para todos”. Poco después se acostaron.

Esa noche el viento sopló violentamente: Quitaba l polvo de las estrellas: El cielo debía estar reluciente para el nacimiento del niño Jesús. En Navidad, los astros debían brillar como oro puro. Así el viento soplaba con todas sus fuerzas.

En la cueva, María estaba temblando de frío y no podía dormirse. Estaba bien envuelta en su manto bordado de estrellas, pero el viento se filtraba por todas partes. José acostado a su lado dormía profundamente y no se daba cuenta de nada.

Pero alguien percibió lo que allí pasaba: la araña.

Ella portaba a María en su pequeño corazón, por haber pronunciado palabras tan protectoras para ellas. Así se puso a trabajar y tejió una tela maravillosa en la entrada de la cueva. Tal vez piensan, que una tela de araña no resiste el viento. Pues bien, esta sí, hacía el efecto de una gruesa cortina. Era tan fina y tan sólida que el viento no se filtraba más al interior de la cueva. Y María se durmió enseguida.

Al despertarse vio la tela araña. “Gracias a ti yo he podido dormir”, le dijo. “Eres buena, gracias”. La araña escondida en una grieta de la roca estaba colmada de alegría.

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Las provisiones de la Ardilla

La ardilla había juntado abundante reservas de nueces. Las había escondido acá y allá y las había recubierto cuidadosamente de ramas, de tierra y de hojas.

Era importante que las provisiones estuvieran en un lugar seguro, protegidas y bien escondidas. Pero he ahí que la ardilla era incapaz, ella misma, de encontrar sus escondrijos. ¡Que pena!, la naturaleza le había ofrecido una mesa ricamente provista, y ahora, estaba sin nada. La ardilla no encontraba más que viejos restos. Y a pesar de sus provisiones, sufría de hambre. Esto era bien fastidioso, sólo podía hacer una cosa, una cosa que no le gustaba nada: tenía que aventurarse a ir a las casa de los hombres en busca de algún alimento.

Fue así como un día la ardilla fue testigo de una triste escena. Unas personas pobres habían golpeado a la puerta de un albergue para pedir ayuda. La posadera fue a abrir, los injurió y los echó a grandes gritos. La ardilla percibió sus rostros tan tristes y se sintió tan mal. En su corazoncito deseaba ayudarles. ¡Si por lo menos pudiese volver a encontrar sus provisiones!

Salió saltando hacia el bosque y se puso a buscar una vez más. Y de repente se hizo bien fácil. No era que le había vuelto la memoria, sino que allí donde había escondido las nueces le parecía ver pequeñas lucecitas. La ardilla fue ahí a escarbar y volvió a encontrar sus reservas. Llenó sus carrillos de nueces y fue a encontrar a los viajeros. Estaba un poco temerosa, pero su timidez se fundió bajo las dulce miradas de María y José.

Con presteza, saltó cerca de ellos y dejó en el camino 2 nueces para cada uno de ellos. Dirán sin duda alguna: ¡Dos nueces es muy poco para un estómago vació ¡ Pero lo que se da con amor siempre es más de lo que parece. María y José le agradecieron a la ardillita. Comieron sus nueces y su hambre quedó calmada.

Desde ese día, la ardilla tuvo la vida más fácil. Cuando se ponía a buscar sus provisiones escondidas, el suelo se iluminaba suavemente por los lugares donde estaban y nunca más escarbó en vano.

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El Perro del Pastor

Mará y José seguían caminando hacia Belén y buscaban un albergue para pasar la noche. Aquel día todavía no habían encontrado nada y pensaban dormir otra vez al aire libre. José percibió entonces, a la sombra del crepúsculo, una casita no iluminada y así, maría y José se acercaron llenos de esperanzas. Era un aprisco, una casita de pastor. Poco importaba si encontraban allí techo y calor. Pero no habían contado con Finod era el perro del pastor. Durante el día, cuidaba las ovejas en el prado. Por la noche, cazaba a los merodeadores y a los ladrones que se aproximaban al establo. Desde que olfateó a María y a José, Finod se levantó de un salto y sacudió violentamente la cadena que lo mantenía atado. Corrió de inmediato donde los intrusos de manera amenazante. Sus “gua gua” significaban: “Tengan cuidado, aquí estoy yo, el dueño. ¡NO se acerquen!”.

Ante estos ladridos furiosos, José levantó los hombros y se dio media vuelta diciendo a María:”¡No hay esperanzas! Este guardián sin dudas es más intratable todavía que un hombre de corazón duro”. María quedó inmovilizada también. Finod estaba orgulloso de sí mismo, pues tenía a los extraños a la distancia. María insistió entonces y dijo: “José trataremos igualmente, estamos agotados. Sin techo no conciliaremos el sueño”.

Dicho y hecho; se dirigió al establo con paso tranquilos.

Finod entró al establo en una rabia loca. Ladraba y tiraba de la cadena en dirección a María, cuando de repente pasó algo inesperado. Antes de que José hubiese podido intervenir, María había llegado cerca del perro. Y ¿que hacía Finod? Observaba a María que avanzaba a su encuentro y movía la cola alegremente. Cuando María estuvo muy cerca, Finod dio unos brincos hacia ella, como un cabrito y después se acostó sobre su lomo. María se inclinó hacia él y le acarició su vientre.

Cuando José se aproximó a ellos, Finod le gruño por última vez, pero la dulce mano de la madre de Jesús le calmó enseguida. María dijo a José : “¡ Mira como ha tirado este tontuelo! Su cuello está todo herido”. María rozó sus llagas con sus dedos. El perro no se quejó ni siquiera por el contacto.

Finod se hubiese quedado toda la noche a los pies de María, si hubiese podido. Pero su lugar no estaba en el establo, lo sabía muy bien. Entonces se acostó afuera contar la puerta. Su corazón latía fuerte de alegría; ¡Que gran responsabilidad tenía! ¿No iba a proteger esa noche a la madre de Jesús?.

Tempranito por la mañana, el pastor vino a preocuparse por sus ovejas. De lejos fue testigo de un cuadro sorprendente. La puerta del establo se abrió, un hombre y una mujer salieron de allí seguidos por un burrito. Finod, el famoso perro guardián, saltó a su encuentro moviendo la cola, y lamió las manos de la mujer. En el interior del establo, las ovejas balaban cosa que no hacen a menos que se acerque una persona a la que conozcan y que la quieran. El pastor observó la escena como en un sueño. Cuando volvió en sí, María y José habían desaparecido. El pastor se dirigió a su perro:” Y bien Finod, ¿Quiénes eran tus huéspedes?”Si hubiese entendido el lenguaje de los perros, Finod le hubiera revelado seguramente lo que había pasado esa noche en el establo.

Cuando el pastor se inclinó hacia el perro, vio que las heridas de su cuello habían sido curadas durante la noche. Y se quedó más sorprendido todavía.

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El Vellón de la Oveja

Copo- blanco era la ovejita más linda de todo el rebaño. Su lana era efectivamente la más blanca y la más luminosa. Pero esto era todo lo que la distinguía de las otras ovejas, con las cuales iba de buena gana al prado todas las mañanas. A la noche volvía a entrar dócilmente al establo. Llegó el tiempo de la esquila y Copo-blanco se volvió irreconocible. Mientras que las demás ovejas se dejaban esquilar, Copo-blanco huía en cuanto tendían la mano hacia su vellón. No había nada que hacer, no quería dar su lana. El pastor se cansó de correr finalmente tras de ella: “Puesto que Copo-blanco no se dejaba atrapar, que se quede con su abrigo de invierno. Veremos como soporta los calores del verano”.

Las ovejas esquiladas pacían el prado. Se habían hecho grandes fardos de su lana que se vendían en el mercado. Copo-blanco se paseaba con su vellón. El verano llegó y el calor era a veces agobiante. La pequeña ovejita buscaba siempre el frescor de las sombras y el pastor se dio cuenta de que Copo-blanco sufría. El le hubiera librado con gusto de su gruesa lana. Pero cuando Copo-blanco veía las tijeras huía lejos. ¿Porqué quería guardar su bella lana blanca?.

Llegó el momento en que María y José se habían refugiado en el albergue para pasar allí la noche. Al día siguiente, Copo-blanco fue al pastor y no lo dejaba en paz, buscando hacerle comprender que ahora deseaba ser esquilada. “Este no es el momento” dijo el pastor. Pero Copo-blanco no dejaba de insistir. En vano, se hacía el pastor el sordo. La ovejita se puso entonces muy triste.

Rechazaba ser alimentada y nadie podía llevarla a comer. El pastor suspiró: “Entonces hay que hacer tú voluntad”.

Buscó las tijeras y se puso a esquilar a la oveja. Copo-blanco se quedaba completamente tranquila, dócil como el cordero más dulce. Cuando terminó guardó la lana muy bien, como algo precioso. La quería vender en el próximo mercado. Pero ahí que pasó un tiempo y el día del mercado llegó; ¿Dónde estaba pues el hermoso vellón? ¡El pastor hacía ya mucho que lo había ofrecido!

…El día de Navidad, él había ido a Belén, al establo y había llevado la lana al niño Jesús. Entonces comprendió a quién Copo-blanco reservaba su precioso vellón.

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Los ratones de Navidad

Había en Belén un establo muy viejo y destartalado. Ahí vivía el buen Remus. El heno y la paja estaban esparcidos por el suelo. En un rincón había un pesebre: el comedero de Remus.

Es en este establo donde debía nacer el niño Jesús. Antes del gran día, el ángel Gabriel vino a ver el establo del lugar. ¡Que desorden! exclamó asustado y molesto:” ¡En este lugar miserable el hijo de Dios no puede venir al mundo! Remus, córrete: es necesario que este lugar esté limpio y arreglado”. El buey contemplaba al ángel con sus ojos redondos y grandes y continuaba comiendo tranquilamente. El establo había estado siempre como estaba; ¿por qué ahora había que cambiar todo?

El ángel Gabriel se hubiera puesto manos a la obra el mismo. Pero las manos de los ángeles están tejidas de luz y no pueden agarrar nada. ¿A quien pedir ayuda? Hubo de repente un ligero silbido. El ángel miró alrededor de él: en un rincón del establo, percibió un ratoncito que salía de su agujero. Había visto al ángel y llamaba a sus hijitos:

“¡Rápido vengan a ver la aparición celestial!”, Gabriel se dirigió entonces a los ratoncitos y les pidió:”¿Quieren ayudarme?¡Miren el desorden de este establo !Es necesario que en Navidad todo esté en orden para el nacimiento del Niño Jesús.

Los ratones no se hicieron rogar. Salieron rápido de su agujero. Cada uno tomó una pajita, la llevaba y volvía enseguida para buscar otra. En poco tiempo, el viejo establo estuvo limpio. El buey tuvo que confesar que jamás se había sentido tan a gusto. El ángel Gabriel alabó a los ratones y les dijo:” Puesto que han trabajado tan bien, se llamará de ahora en adelante: los Ratones de Navidad. Cuando el niño Jesús venga al mundo, ustedes serán los primeros que podrán contemplarlo”.

En cuanto a los ratones, felices, esperaron Navidad con impaciencia.

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Cuarta Semana

Un puñado de paja

Una noche, María y josé golpearon a la puerta de la granja. Buscaban asilo por una noche. El campesino que les abrió era un hombre tosco. Tenía el corazón duro y no le gustaba servir a nadie. A primera vista comprendió que era gente pobre. “No tienen nada para pagar”, se dijo. Entonces les ofreció un rincón del patio y gruñó con un tono poco acogedor:”Sólo pueden acostarse en el suelo bajo este techo”. María pidió amablemente:“¿No tendrá un poco de paja para cubrir el suelo helado?”.

El campesino la miró a con los ojos irradiando ira.

“Está bien”, les dijo finalmente, “tendrán un puñado de paja pero ni una brizna más”. El mismo fue a la granja y de su enorme montón de paja sacó algunas briznas que le dio a José y volvió a entrar en su casa cerrando la puerta de un golpe.

José miró la paja, y se puso triste, pues había tan poco que no sabía que hacer con ella. María las tomó dulcemente en sus manos, y las esparció por el suelo. Fue suficiente así para María y José; hasta quedó un poco de paja para la cama del burrito. Y muy pronto se durmieron.

Al día siguiente, María y José pasaron por la casa del hospedero tan poco amable para darle las gracias y después reemprendieron su camino. El campesino los había despedido refunfuñando. Cuando, más tarde, salió al patio, su mirada cayó sobre la brizna de paja que habían quedado en el suelo: una aquí otra allá, un puñadito por todas partes y por todos lados. ¡Lo extranjeros ni siquiera habían juntado la paja! El campesino estaba por enojarse, cuando se dio cuenta que la paja brillaba en forma rara. Fue a mirar de más cerca: ¡cada brizna de paja era de oro puro! Las levantó, las sopesó y después se golpeó la frente: “¡Que estúpido que eres!” gritó. “Si hubiese propuesto a esta gente dormir en la granja, ahora, toda la paja se hubiese convertido en oro”.

Pero lo que estaba hecho, estaba hecho y el campesino del corazón duro pensó entonces en vender estas briznas de oro. Las envolvió en un pañuelo y salió hacia el pueblo. “Es poco”, se decía “pero voy a conseguir un buen precio”. Después de haber buscado bien y discutido con no poca personas, encontró un orfebre que le propuso una buena suma. El campesino se frotaba las manos: ¡que beneficio iba a sacar del mal servicio que había ofrecido! Pero cuando desató el paño a la vista del orfebre se echó a reír con toda su alma, burlándose de él.

Así fue como el campesino no llevó a su casa más que burlas; y las conservó más tiempo que el regalo de la Santa Familia que había querido vender.

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La sopa de la Mendiga

En el pueblo ninguno era más pobre que Rebeca, pues sólo poseía los vestidos que llevaba. Y esto era muy poco. La blusa y la falda estaban desgarradas, las medias y las sandalias llenas de agujeros. Todos los habitantes del pueblo la conocían y Rebeca conocía a cada uno de ellos.

Cuando tenía hambre sabía donde golpear y tenía la costumbre de dormir afuera. Aún en invierno sabía donde encontrar un refugio. ¡Que vida miserable! Sin embargo, Rebeca llevaba esta vida de hace muchos años y no sentía envidia, ni la necesidad de cambiar lo que fuese.

A un campesino que un día se había apiadado de su suerte, ella le había respondido: “Tú suerte por un lado es más penosa que la mía, en todo caso yo no la conozco”. Y como el campesino la miraba sorprendido, le explicó: Todos ustedes han sido mendigados por mi una vez, en cambio yo no he sido mendigada jamás por nadie”.

Le puso bajo su brazo la hogaza de pan que le había dado y se fue con una sonrisa maliciosa.

Poco después de esta anécdota, comenzó a reinar una gran hambre en el país. La gente no tenía casi con que alimentarse. Cuando llegaba rebeca, su presencia provocaba una situación molesta y se le cedía de mala gana unos restos de comida. Tenía que golpear en muchas puertas para saciar su hambre. Un día recibió un poco de sopa caliente que llegaba hasta la mitad del cuenco. ¡Que suerte! Se había sentado al borde del camino para comerla, cuando vio unos viajeros que venían hacia donde ella estaba. Un hombre, una mujer y un pequeño asno. Lo han adivinado: eran María y José que caminaban hacia Belén. ¡Que sombría era la cara del hombreY la de la mujer era pálida y hundida! A Rebeca le dio pena y les habló así: “¡Eh buenas gentes! ¿Por qué están tan tristes? ¿Qué es lo que les pasa?. José miraba a Rebeca sin decir una palabra. Sus ojos fijos en el cuenco, parecían medir la sopa. María respondió dulcemente: “Estamos al límite de nuestras fuerzas. La marcha es penosa cuando no se ha comido.”

“¿Por qué no compran comida?” preguntó la mendiga. “¡No tenemos dinero”respondió María. “¿Y por qué no mendigan?, quiso saber Rebeca. María respondió confusa:” Ya lo hemos tratado, pero nadie no has dado nada”. La mendiga asintió con la cabeza: “¡Y sí! Estos momentos son duros, la gente no tiene nada ni para ellos”.

“Miren el poco de sopa que he recibido”. Y les mostró su cuenco a medio llenar. De repente a Rebeca la pasó un pensamiento que todavía nunca le había venido: “Dígame”, les preguntó dulcemente, “¿Tienen un recipiente?” Sí, maría y José habían traído uno.

La mendiga dijo con voz decidida:

“Entonces, vengan, compartamos mi sopa y su pena”.

José le alargó su cuenco. Rebeca vertió lo que necesario para ella. Después en un arrebato de generosidad, vertió un poco más todavía. Ella tenía su cuenco de forma que ni María ni José se dieran cuneta que estaba vacío.

Al mirar a los extranjeros comer su sopa, la mendiga sintió una alegría que jamás había sentido hasta ahora. Por un instante, se olvidó de su propia hambre.

En unos minutos, María y José habían terminado su sopa y ya reemprendían el camino. Rebeca los siguió largo tiempo con la mirada. ¿No le había revelado ese lado de su suerte humana que ella no conocía? Ella, la mendiga Rebeca, había sido mendigada por primera vez en su vida. Finalmente se inclinó para agarrar su cuenco y ¡estaba lleno hasta el borde! Lleno de una rica sopa caliente, a su gisto, una sopa que sació su hambre completamente.

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Los Pastores cerca del Fuego

En los campos, no lejos de Belén, estaban sentados algunos pastores alrededor del fuego, pues refrescaba bastante en la noche.

Sus ovejas descansaban apaciblemente en un gran círculo alrededor de ellos. Sólo sus perros estaban en movimiento e iban de aquí para allá, como bravos perros guardianes.

Samuel, el más joven de los pastores suspiró: “Que lindo sería si la amenaza del lobo….” Jacob sacudió la cabeza irritado: “¿Para que soñar?, replicó “Mientras haya ovejas, habrá lobos para atraparlas”. Entonces el viejo Elías levantó la cabeza blanca. Fijó sus ojos claros en sus compañeros y dijo con un tono misterioso: “¿Quién sabe, quién sabe? Está escrito que un día vendrá, en que lobos y ovejas pacerán juntos apaciblemente.” ¿Cuándo vendrá ese día?”, inquirió enseguida Samuel. El anciano inclinó la cabeza solemnemente: “la escritura dice que el hijo de dios vendrá entre los hombres. Entonces no habrá más odio sobre la Tierra y la paz reinará entre los hombres y los animales. En cuanto a la fecha nadie lo sabe.”

Lo pastores contemplan el fuego pensativos. De repente escucharon a alguien cantar y este canto era tan dulce que les conmovió el corazón. Se volvieron en dirección a la voz: Por el camino que conducía al pueblo, vieron a un anciano, y a una mujer joven: Ella cantaba para el niño que llevaba en un manto azul. Un burrito los acompañaba.

Ella cantaba para el niño que llevaba bajo su corazón y una serena paz colmó el alma de aquellos que la escuchaban.

Los pastores siguieron con la mirada a la mujer hasta que hubo desaparecido.

Después se volvieron y se dieron vuelta hacia el fuego y se dieron cuenta que las ovejas tenían también sus cabezas vueltas hacia Belén. Los perros habían cesado sus idas y venidas y se mantenían tranquilos, con las orejas a la escucha.

De pronto Samuel señaló algo con el dedo. Murmuró:”¡Miren, allá! Ese no es uno de nuestros perros; es el lobo”. Los otros pastores habían seguido su gesto.

Asintieron con la cabeza. Sí, era en efecto un lobo, allá abajo ceca de la s ovejas; prendado como ellas con la magia del canto, miraba hacia Belén. El rostro del anciano Elías se iluminó. “¿No hablábamos de un milagro que nos parecía todavía lejano? Ahora el día está muy cerca. El hijo de Dios va a nacer. No hay ninguna duda, los signos son claros, el lobo parece tranquilamente al lado de los corderos”.

Samuel se volvió hacia el anciano:”Quieres decir, padrecito, que la mujer que cantaba tan maravillosamente era la madre del niño divino?, preguntó.

“Exactamente, eso es lo que yo pienso”, aprobó Elías. “Esta joven mujer debe ser la madre de Dios”. Y en esto, el viejo pastor tenía toda la razón.

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El Viejo Guarda

Simeón, el anciano guarda, estaba sentado a la ventana. Miraba caer la nieve y pensaba en le tiempo pasado. Tenía veinte años y había pasado más de sesenta cuidando las puertas de Belén. Las habría por la mañana con los primeros rayos del sol. Y por la noche con los últimos rayos las volvía a cerrar. ¡Había visto tanta gente entrar y salir gente del pueblo! Con el tiempo, había aprendido distinguir las intenciones de cada uno: buenas o malas. Ahora sus fuerzas le abandonaban y le costaba levantar la gran llave. En cuanto a la puerta, era tan pesada que el anciano Simeón no podía abrirla. Un guarda joven había tomado su puesto. Simeón era sólo era responsable de una pequeña puerta al Este del pueblo. Jamás en su vida la había visto abierta. Sin embargo se le llamaba” la Puerta Alta”. Cuando había comenzado su carrera de guardián, su predecesor le había confiado la llave, y le había recomendado cuidar que no se herrumbrase. Pues añadió:” Un día será necesario abrir la Puerta Alta. Cuando haya llegado el momento, lo sabrás con certeza”.

Durante todo el tiempo de su servicio, Simeón había cuidado la llave.

¿Llegará el momento de abrir la Puerta Alta? Sumido en estos pensamientos el anciano se levanto cuidadosamente de su silla. Fue hacia el armario y sacó a la llave. Después volvió a sentarse en la ventana, mirando caer la nieve silenciosa. Simeón frotaba la nieve con le punta del manto de lana. Era una llave de hierro, pero ahora relucía como una llave de plata. Simeón volvió a pensar en las palabras de su predecesor. “Un día, habrá que abrir la Puerta Alta. Cuando haya llegado el momento lo sabrás”.

Cada vez que pensaba en esto, el anciano se preguntaba si, por descuido, no habría dejado pasar la gran ocasión y no se habría dormido en el momento oportuno.

En ese instante, le pareció que el cielo se aclaraba al Este, como si las nubes de nieve se abriesen en esa dirección. La luz se intensificaba y tomó forma de una puerta alta toda dorada.

Y la puerta se abrió, y un niño pasó por el umbral, miró a su alrededor y luego con su manita hizo un gesto en dirección al viejo guarda. El niño comenzó a descender hacia la Tierra, por un camino que no era visible. Siempre miraba de nuevo a Simeón que observaba la escena estupefacto. De repente el anciano gritó: “¡La Puerta Alta!” El niño se dirige hacia la Puerta Alta, mientras que yo me quedo al calor mirando boquiabierto”. Se levantó con sus viejas piernas lo más rápido posible. Envuelto en su manto de lana, salió en la nieve hacia la muralla del Este del pueblo. En el camino no se cruzó con nadie. No era de extrañar: por el tiempo que hacía, la gente se quedaba en sus casas. El anciano no veía ya la puerta de oro en el cielo, pero hacia el este veía todo el tiempo un resplandor.

Llegó por fin la Puerta Alta. Introdujo la llave que había cuidado tanto, en la cerradura y se abrió fácilmente sin ningún ruido. El niño estaba en el umbral. Tendió su mano pequeña a Simeón: “Gracias por haber escuchado la llamada y haberme abierto la puerta”, le dijo; “mira, yo he dejado también una puerta abierta, es para ti”.

El viejo guarda levantó sus ojos y vio en el cielo la puerta de oro. Estaba abierta, muy grande: un camino luminoso conducía hasta ella. Simeón, radiante de alegría, se dirigió enseguida hacia la puerta de los cielos. El niño le siguió con la mirada hasta hubo desaparecido.

Después de unos días, todo el mundo se preguntaba donde estaría el viejo guarda. Salieron en su busca pero nadie lo encontró- Así, unos extranjeros habían llegado al pueblo: un hombre, una mujer joven, y un burro, que el guarda estaba seguro de no haberlos visto pasar. ¿Cómo habían entrado?

Asombrado, el joven guarda fue a controlar la Puerta Alta: ¡Estaba completamente abierta y la llave había quedado en la cerradura! “¡El viejo Simeón ha debido perder la cabeza! Ha abierto la puerta y se ha ido”, murmuró. “Cerró la puerta llevándose la llave”.

Jamás se dudó que aquél que debía entrar por la Puerta Alta estaba ya en el pueblo.

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El Pequeño Flautista

Daniel paseaba por las calles de Belén tacando su flauta. ¡Que música tan alegre! Aquellos que la escuchaban tenían el corazón contento. Sin embargo nadie envidiaba la suerte de Daniel. Desde su nacimiento, su corazón era débil, lo que no le permitía jugar con otros chicos. Cojeaba un poco de la pierna izquierda y además era ciego. Eso era lo más triste.

Daniel era un muchacho feliz, y su alegría era contagiosa. Una mañana, una espesa niebla envolvía el pueblo. Al miara por las ventanas, los habitantes sólo veían un velo gris. Las callejuelas y los lugares conocidos parecían irreales. Esto no era lindo para nadie, menos para Daniel. La niebla no lo podía detener en casa, al contrario. Ese día, Daniel tenía más que unas ganas de salir. En esa época, todavía no se festejaba la navidad, por supuesto. Pero la alegría que sentía el chico era muy parecida a la que sentimos ala acercarse la fiesta de la luz. El tomó su flauta, y después se dejó guiara por su fino oído. Se dirigió a hacia la puerta del pueblo y fue a sentarse sobre su piedra preferida. Sentado así en medio de la niebla, tocaba en su flauta: “¡Hija de Sión, regocíjate!” En ese momento no era el niño ciego, era una orquesta nupcial que tocaba para el novio real y su joven esposa. Daniel tocaba con todo su corazón y no se dio cuenta de los velos de bruma que flotaban alrededor de él e impedían a la gente ver; él tocaba, ¿pero porqué tocaba? ¡Para que María y José encontraran el camino a la Puerta Alta!

Pues tenía que cumplirse la profecía que decía que encontrarían por esta puerta al pueblo.

María y José se habían perdido en la niebla y erraban al azar en este mundo velado. De repente escucharon el cato de la flauta: “Hija de Sión, regocíjate”. María y José se pararon para escuchar el canto maravilloso; después continuaron la marcha en dirección de donde venía esta dulce música. Enseguida maría percibió, surgiendo de la niebla, la silueta de un muchachito sentado sobre una piedra y con la flauta en los labios: “¿Quién es este enviado d Dios”, se preguntó, “que parece estar aquí para guiarnos?”

Escucharon al pequeño músico sin moverse, sin interrumpirlo. Cuando hubo terminado su canto, Daniel se volvió hacia ellos: “Quienes son ustedes?, le preguntó, “¿Qué hacen aquí?”.

“somos gente pobre; ¿Quieres indicarnos el camino a Belén?”, respondió José.

“Ustedes gente pobre?, dijo el chico asombrado. Durante un momento su mirada parecía examinarlos atentamente. Añadió finalmente: “Están al pie del muro que lo rodea. Siguiéndolo, llegarán delante de la puerta”. María y José percibieron ahora la sombra de la muralla. Agradecieron al pequeño flautista y continuaron su camino. Es así como llegaron a la Puerta alta, la cual encontraron abierta, con la llave plateada en la cerradura… y encontraron el pueblo.

María y José escucharon alejarse el sonido de la flauta. Daniel tocaba más y más. Era necesario que su alegría se expresase, pues habían visto algo maravilloso. Se había sentido bañado por una luz y en ella había percibido a dos personas que llevaban conillos a un niño. Y el niño le había hecho una señal: “¡ven!”. Oh, sí, Daniel iría, iría cuando llegase el momento. Por ahora no podía más que soplar y soplar su flauta, como si con su música, tuviera que disipar la niebla y la ceguera de los hombres.

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Los Posaderos de Belén

María y José habían llegado por fin a Belén. El viaje había sido largo y estaban muy cansado; incluso el pequeño burrito trotaba al lado de ellos preguntaron:”¿Porqué no paramos en alguna parte?” María y José habían golpeado todas las puertas o casi todas. Quedaba un albergue donde todavía no había probado suerte. Era una casita a las afueras del pueblo, con un patio y un viejo establo deteriorado. José se sentía sin ánimo, pero igual golpeó la puerta. Abrió el posadero. María y José vieron que su casa estaba llena. Apenas se atrevían a pedir lo que buscaban. Tito, el posadero, tuvo compasión de ellos pues se veía que estaban extenuados.

¿Dónde podría alojarlos ?Tito se rascó la cabeza y murmuró:”¿Cómo hacer? Hay que conseguir un techo para ellos y su burro. Están muy cansados y tienen necesidad de dormir, yo estoy aquí para acoger a las personas que vienen de lejos. Pero mi albergue está lleno, incluso están durmiendo en los bancos”. Su mirada recorría la oscuridad del patio. De pronto sus ojos se iluminaron: “En frente la lámpara está prendida y después de todo es posible que esté esperándolos a ustedes. ¡Síganme! tendrán una casita sólo para ustedes, o casi. Hay que decir que no es muy grande y cómoda, pero tendrán un techo sobre sus cabezas y paja para acostarse”.

¿A dónde los condujo Tito? Lo han adivinado; al establo del buey Remo; en este viejo establo donde los ratones de Navidad habían puesto orden y donde la pequeña estrella se había acurrucado en el farol y expendía su dulce luz.

Así María, José y su compañero de ruta, el burrito, se instalaron en el establo. Remo, el buey, aceptó su compañía de buena gana. Habían llegado a su meta, y…. ¿qué podía ocurrir ahora?

¡Podía llegar la Navidad!

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El Hijo de Dios

La noche caía, la Noche Santa y un gran silencio reinaba sobre la Tierra. Era como si el mundo retuviese su aliento. Pero en el cielo, los ángeles elevaban su mirada hacia las esferas más altas, donde, en medio del círculo de los Querubines y serafines, se erguía el trono de Dios. Y he aquí lo que se había esperado por tanto tiempo, deseado tan ardientemente, se produjo: de pronto el círculo se abrió y el trono de dios se hizo visible para los moradores de los cielos. Del trono surgía alguien tan claro y luminoso, tan sereno y puro, que incluso el lenguaje de los ángeles no sabría describirlo. Miró con benevolencia la ronda de los ángeles que elevaban sus ojos hacia él y no cesaban de adorarlo.

Pero el se hizo a un lado, y la mirada grave y solemne de Dios Padre atravesó las esferas celestes. Delante de El se abrió un camino luminoso que descendía cada vez más hasta llegar a la Tierra. Allí, los Ángeles no vieron más que un establo pobre, donde una mujer y hombre estaban sentados cerca de un pesebre, en compañía de un buey y un asno. El hombre dormía. Pero la mujer dirigía la mirada hacia el cielo, y cuando percibía el camino luminoso, elevó sus brazos. Entonces el ser de luz, el Hijo de Dios que había surgido del trono de Dios, comenzó a descender por él y a medida que bajaba y atravesaba los círculos de todos los ángeles, éstos entonaban un canto cada vez más grandioso.

Al pasar de un círculo a otro, el Hijo de Dios se transformaba sin cesar y primero se volvió semejante a los Serafines, los ángeles más elevados; después era como los Querubines, y fue dejando una tras otra todas las formas de gloria celestial como quien se quita un vestido. Pasó por el círculo de los Arcángeles, para volverse a encontrar en el de los Ángeles, y para dejarlos a ellos también. El pobre establo irradió claridad cuando el Ser de luz se aproximó a María y la cubrió con su sombra luminosa… y su luz se volvió a encontrar en los ojos del Niño. Que la madre de Dios tenía sobre sus rodillas.

Entonces el canto de los ángeles prorrumpió de nuevo en los cielos y la Tierra resonó con su alabanza: “Hoy os ha nacido el Salvador, Cristo, el Señor.”

Jamás desde esta noche, el círculo de los Querubines y de los Serafines se ha vuelto a cerrar. El camino luminoso vuelve a unir desde entonces y para siempre el Trono de Dios a la Tierra y cada año, Cristo desciende desde allí, desde su Padre hacia los hombres, para nacer entre ellos y llegar a ser semejante; y para plantar su luz en los corazones, a fin de que empiece a brillar en sus miradas, como ya brilló otrora en los ojos del Niño Jesús.

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Traducción: Cristina Martínez

La Comunidad de Cristianos, Buenos Aires, 1996

Innsólita canonización o el cirineo nuestro de cada día

Innsólita canonización o el cirineo nuestro de cada día

«Entonces llamaron a uno que pasaba, un cierto Simón de Cirene, que venía de trabajar en el campo, padre de Alejandro y de Rufo, y le obligaron a llevar la cruz…»

Marcos 15, 21

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El viejo Santiagón tenía una casa en las afueras del pueblo, con un banco de carpintero y un colchón de virutas en el que dormía. Comer no era problema, con un poco de pan y queso se las arreglaba; el problema era beber. Porque Santiagón acababa borracho todas las tardes. Una vez hizo un negocio excepcional, cuando murió la vieja que vivía en el primer piso de la casa de enfrente de la suya. La buena mujer le encargó que distribuyera todo lo que tenía entre sus nietos y sobrinos. Santiagón lo hizo, y al final sólo quedó un gran crucifijo de madera de casi metro y medio de altura.

—¿Y qué hacemos con eso?, dijo uno de los herederos a Santiagón señalando el crucifijo.

—Yo creía que tú lo querías.

—No sabría dónde meterlo —dijo el heredero—. Mira a ver qué puedes hacer con él, parece muy antiguo…

Santiagón había visto muy pocos crucifijos en su vida, pero de cualquier manera estaba dispuesto a jurar que aquel era el más feo que había visto nunca. Se lo echó a la espalda y fue de casa en casa, pero nadie lo quería. Así que se lo quiso devolver al heredero, pero éste se lo quitó de encima diciendo:

—Quédate tú con él, yo no quiero saber nada. Si te dan algo por él mejor para ti.

Santiagón dejó el crucifijo en el taller, y en la primera ocasión en que se quedó sin un duro volvió a ir de casa en casa con el crucifijo, a ver si le daban algo por él. Entró en la taberna y lo dejó en una esquina. Al tabernero, que le pedía que le pagase todo lo que le debía, le mintió: Una señora rica me ha dado palabra de comprármelo. En cuanto cobre, te lo pago todo.

Borracho, Santiagón volvió a su casa con el crucifijo a cuestas. Y así, un día tras otro, en que iba de taberna en taberna. Hasta que, viendo que no lo vendía, se puso en camino de peregrinación a Roma con el Cristo a cuestas. Nadie le negaba un poco de pan y de vino. En un pueblo celebraban un banquete de bodas, y Santiagón se coló y se puso ciego de vino. Cuando empezó a despertar de la borrachera, salió a los caminos con el crucifijo a cuestas. Pero empezó a caer una nevada tremenda y, cuando se quiso dar cuenta, no sabía dónde estaba, se había perdido. Miró al Cristo, apoyado en una roca, y le dijo:

En menudo lío os he metido, y estáis todo desnudo, con la que está cayendo…

Se quitó el pañuelo del cuello y limpió la nieve que caía sobre el crucifijo. Luego, se quitó su tabardo y se lo puso al Cristo.

A la mañana siguiente encontraron a Santiagón, que dormía el sueño eterno, acurrucado a los pies de Cristo. Y la gente no entendía cómo era que Santiagón se había quitado su tabardo para cubrir al crucificado. El viejo cura de la aldea se estuvo largo rato mirando aquella estampa, luego hizo sepultar a Santiagón y mandó grabar sobre una piedra estas palabras: Aquí yace un cristiano y no sabemos su nombre, pero Dios lo sabe, porque está escrito en el libro de los bienaventurados…

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Este cuento apareció publicado en Alfa y Omega el 19/04/2001 y se reproduce aquí por cortesía del semanario a quien se agradece su autorización. El cuento pertenece al libro de Alessandro Gnocchi y Mario Palmaro titulado Don Camillo, il Vangelo dei semplici, editado en italiano por la editorial Áncora Editrice. El cardenal Giacomo Biffi, arzobispo de Bolonia, comenta este relato bajo el título «Insólita canonización», y escribe: No debemos olvidarlo jamás: a pesar de la alergia religiosa de la cultura dominante, entre todo lo real, lo más real es Dios. Nada tiene de extraño que descubramos en este relato fulgores teológicos dignos de los más profundos pensadores cristianos: al comienzo, el Cristo —el más horroroso crucifijo del universo— es para Santiagón sólo un objeto inesperado y molesto. Luego, poco a poco, se va convirtiendo en Alguien, en una persona concreta y viva, con la que se riñe, y a la que se le acaba poniendo el propio abrigo. Al final, Cristo no es sólo un amigo, es un hermano al que ayudar, defender, y amar.

Un cuento sobre la devoción a la Santísima Virgen María

Un cuento sobre la devoción a la Santísima Virgen María

—¡Qué bueno estuvo el culto hoy Jorge!

—Cierto Eduardo, esa enseñanza del pastor sobre el rey David fue genial. ¡Qué gran hombre de Dios!

—Sabes Jorge, desde que dejé de ser católico me siento mejor: ya no fumo, no le pego a mi esposa, no trato mal a mis hijos. Definitivamente cuando era católico no sentía a Dios en mi corazón. Es más ni leía la Biblia.

—Es verdad Eduardo, esas misas aburridas, repitiendo lo mismo, y qué fastidio esa idolatría a María. Nada que ver con la María de la Biblia. Deberíamos mostrarle a los católicos que están errados…

—Ojalá Dios nos diera la oportunidad algún día de colocar a María como ella es realmente.

—Dios los bendiga hijos de Dios.

—Oh pero Eduardo, ¿que es esa luz tan fuerte?, ¡no puedo ver!

—No sé Jorge, parece un sol.

—Soy un ángel enviado por el Señor. Ha escuchado su oración y quiere darles la oportunidad de que puedan mostrar a la Virgen como ustedes creen que debe ser. Pero a cambio el Señor quiere que ustedes construyan un lugar de oración, donde ustedes quisieran orar y que Nuestro Señor Jesucristo se manifestara.

—Como no mi Señor. Para ti todo, claro lo haremos.

—Si Jorge, vamos a ponernos a trabajar por la obra.

—Bueno Eduardo, lo primero que debemos quitarle a la Virgen de los católicos es esa corona, ni que fuera reina. El único Rey de reyes es Cristo nuestro Señor.

—Cierto Jorge. Lo segundo que vamos a hacer es quitarle eso de «Inmaculada». ¿Quien diría esa blasfemia? ¿Que tal estos católicos? Hacer creer que María nació sin pecado como si Cristo no hubiera muerto por sus pecados.

—Eduardo, lo tercero sería quitarle ese título de «Madre de Dios». ¿Acaso Dios tiene madre? ¿Acaso María es más que Dios?

—Y por último nada de estar orándole, fue una buena mujer pero está muerta esperando la resurrección final.

—Eduardo, ¡creo que, ahora sí, esta María es la de la Biblia!

—Muy bien Jorge, ahora vamos a construirle al Señor Jesús su lugar de culto. Debemos hacerlo lo mejor posible. Tú sabes que para Dios es lo mejor. Así como Salomón usó los mejores materiales para construir el Templo. Así debemos hacer nosotros.

—Exacto. Vamos a comprar los materiales más finos y de mejor calidad. Estoy seguro que el Señor nos va a premiar por querer darle lo mejor a Él.

Tiempo después….

—Dios les bendiga hijos de Dios.

—¡Eduardo regresó el ángel!, mira

—Ya terminamos la obra que nos encomendó el Señor. Y también moldeamos a la Virgen como debe ser según la Biblia y no como esos paganos católicos.

—El Señor pide que se presenten ante él.

—Oh Jorge, qué momento más hermoso.

—Pero… ¿Señor Jesús por qué lloras?

—¿Hicimos mal lo que nos encomendaste?

—Queridos míos. Los amo como a nada en el mundo. Saben que no escatimé en hacerme hombre para poder salvarlos derramando mi sangre en la Cruz. Los he estado observando en todo lo que hacían, y me pone triste ver cómo despreciaban la obra de mi Padre y se gloriaban de su obra humana.

—Pero Señor…no entendemos.

—Miren lo que hicieron con mi madre. Mi Padre celestial escogió para mi venida a la Tierra a una mujer especial. La pensó desde antes de fundar el mundo, la preparó para esa misión que era recibirme y cuidarme, educarme y hasta el último instante de mi vida en la Tierra estuvo conmigo. Pero ustedes la cambiaron:

– Le quitaron la corona que mi mismo Padre le dio. ¿Acaso no saben que la Reina es la madre del Rey? ¿No han leído la Biblia que tanto dicen leer? Si ustedes proclaman en 2 Tim 2, 12 que reinarán conmigo ¿por qué se atreven a no dejarla reinar a ella también? Si ella no es Reina, no es mi madre porque la madre del Rey es la Reina. ¿Es esa la madre que quieren para mí?

—Le quitaron su inmaculada concepción. Y con eso también van en contra de la Palabra. ¿No saben que nada impuro entra en la presencia de Dios? Si ella estuviera contaminada de pecado, ¿cómo creen que yo hubiera estado en su vientre? ¿Cómo pueden pensar que mi Padre me hubiera enviado a un vientre pecador? Dios le aplicó a mi madre de manera preventiva los méritos de mi redención. ¿Si ella es una pecadora cómo pudo darme su carne? ¿Es esa la madre que quieren para mí?

—Le quitaron su maternidad divina. ¡Ay! eso sí que me duele. Cuantas veces ustedes en sus oraciones no me proclaman como su Dios y Salvador, y ahora vienen a decir que la mujer por la que vine al mundo no es la madre de Dios. ¿Acaso para ustedes ya dejé ser de Dios? ¿o ella ya dejó de ser mi madre? Si ella no es madre de Dios entonces que soy yo para ustedes? ¿Esa es la madre que quieren para mí?

Le quitaron su intercesión y la declararon muerta. ¿Acaso no leen en la Palabra que Dios es un Dios de vivos no de muertos? ¿Se les olvida que mi primer milagro en Canaán lo hice porque ella me lo pidió como madre? Así como al pie de la cruz estuvo esperando recibirme en sus brazos, así está ella ahora orando ante mi por ustedes incluso.

—¿Esa es la madre que quieren para mí? Si ustedes hubieran tenido que escogerme una madre, me hubieran escogido a una pecadora? ¿A una que no daría a luz al Verbo Divino?, cuyo ¿no sería Rey por ella no ser reina? Cómo me duele mis hijos que eso es lo que ustedes me darían como madre.

—Señor, de verdad que no lo habíamos visto así. De verdad que no entendíamos a la Virgen. Nos habíamos enceguecido por adorarte sólo a ti que no queríamos descubrir el papel de tu madre en el plan de Salvación .

—Sí Señor, yo también me siento muy mal. Verte llorar por lo que hicimos, y saber que es lo que hacen muchos hermanos nuestros que se dicen llamar cristianos y no valoramos a tu madre como sí hacen los católicos.

—Queridos míos, y más doloroso aun es ver que la construcción que ustedes hicieron fue con los mejores materiales; ahí no escatimaron gastos, buscaron lo mejor y más fino. Quisieron glorificarme dándome un lugar digno de mi, pero en cambio el lugar que mi Padre quiso para mí, ese vientre inmaculado les parecía absurdo y anti-bíblico.

—Ay Señor. Ya por favor no sigas que sentimos un nudo en la garganta. Perdónanos, te prometo que de ahora en adelante le daré a tu madre el lugar que se merece, y eso sólo puedo hacerlo en una sola Iglesia. ¡Te amo Jesús!!

—¡Eduardo, despierta! ¡¡¡Eduardo!!!! Levántate, ya se acabó el culto. Te quedaste dormido

—¡Ay Virgen Santa!

—Oye Eduardo estás loco, deja de decir eso. ¿Acaso tuviste una pesadilla?

—No. Al contrario. Tuve la mejor revelación de mi vida: El llanto de Cristo

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Cuento original de «Católicos firmes en su fe»