Dispuestas a morir

Dispuestas a morir

Se trata de una estudiante católica de Tienstsihn perteneciente a la Legión de María. Se llama Cecilia.

Los comunistas la citan a juicio y la encarcelan.

Un día que la dejan en libertad cuenta: «Me han agotado a fuerza de largos y maliciosos interrogatorios. Yo me encomendaba a la Virgen, y estaba dispuesta a morir, antes que apostar. Como no podían obtener lo que querían, quisieron intimidarme con las armas. Me colocaron delante de una tapia. Doce soldados armados se alinearon frente a mí, apuntándome con sus fusiles. El comisario dio la orden de fuego, y sonó una descarga cerrada. Todas las balas se estrellaron contra la tapia. Yo, pasado el primer instante de susto sonreí. —¿Te ríes?, rugió el comisario. ¿No tienes miedo a morir? —No, respondió Cecilia; yo estaba preparada para esto, y pensé que me ibas a mandar al paríso. —El comisario movió la cabeza con disgusto, despachó a los soldados y me mandó a casa».

Unos meses después Cecilia fue nuevamente detenida.

La llevaron a una gran plaza, llena de gran muchedumbre, convocada ex profeso. Allí se verificó el juicio popular. Se la acusó de querer coaccionar a una amiga pagana, Oha, a aceptar sus ideas cristianas. Oha estaba presente entre la multitud. Cecilia no perdió la serenidad. Volvió sus ojos dulces hacia la amiga, y después dijo en alta voz: «La fe que yo tengo es para mí un bien superior a ningún otro, y yo quiero tanto a mi amiga, que deseo proporcionarle este bien».

En la plaza se hizo un gran silencio. Toda la gente tenía los ojos fijos en Cecilia. Oha no pudo contenerse; de un salto se plantó en el tablado y las dos amigas se abrazaron y besaron largo rato. Después Oha, enlazando su brazo al cuello de su amiga, se volvió a los comisarios diciendo: «Esta es la verdad, y muy pronto yo seré también cristiana».

Entonces ocurrió lo indecible. La muchedumbre, encendida por aquel testimonio de fortaleza, acomenzó a aplaudir frenéticamente. Tuvieron que disolver el acto apresuradamente, clausurando el juicio pupular.

Cecilia y Oha fueron encerradas ambas en una cárcel, en un lugar de la China comunista. Nadie ha vuelto a saber de ellas.

*  *  *

Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios. II Parte: Historia, n.º 5».

Historias para amar, páginas 29-30


Con María, el día de los Santos Inocentes

Con María, el día de los Santos Inocentes

Existen, en nuestra vida, dolores que nos resultan incomprensibles, atroces, injustos y, sobre todo, inmerecidos. Pero, sea cual fuere la reacción que tengamos frente al dolor, él sigue allí, y nos atraviesa el alma como una afilada espada. Hoy mi dolor y mi tristeza no me dejan verte, María, como ansía mi corazón, pero sé que estas allí, aunque no pueda sentirte, estas detrás de mi dolor para sostenerme, para transformar el llanto en camino hacia al Padre.

—En profecía cumplida… —dices a mi corazón, mas no comprendo.

—Hoy voy a hablarte de esos dolores incomprensibles que desgarran el alma y que luego, por la misericordia de Dios, se transforman en camino.

—Háblame Señora, que mi alma tiene tanta sed de tu compañía. Mi alma ansía caminos que no encuentro en la oscuridad de esta noche demasiado larga.

—Yo conozco bien las noches largas. Te hablaré de una en especial, que me pareció eterna. De una noche anunciada, tan anunciada como la nochebuena, pero olvidada luego por muchos y, lo que me desgarra el alma, una recordación tomada hoy, por tantos, como excusa para bromas.

Esta vez temo seguirte, no sé si tendré valor, pero igualmente me llevas… me llevas… y estamos nuevamente en el recinto de Belén. Vemos como José está despidiendo a tres extraños extranjeros que le habían llevado a tu hijo oro, como símbolo de su dignidad y gran valor, incienso, como símbolo de su comunión con Dios y mirra, para preparar el aceite sagrado de su unción. Tres extraños venidos de lejanas tierras siguiendo una estrella, tres extraños que, buscando al Rey de la Vida, fueron a preguntarle a un rey embriagado de poder, el camino para hallarlo… y, sin quererlo, despertaron en él fantasmas olvidados… la profecía, la profecía de Belén…

Los extranjeros, que el mundo llamará más tarde los tres Reyes Magos, parten a su tierra por otro camino, evitando pasar cerca del palacio de Herodes, quien los aguarda como un tigre al acecho, para saltar sobre el pequeño Rey desconocido que amenaza su seguridad.

Entramos a la precaria vivienda. José nos sigue y comienza a trabajar, pues el dueño de la finca le había encargado unos arreglos y le pagaría un buen precio por ellos. José tiene los pies sobre la tierra, sabe que debe alimentar a su familia y para ello sólo conoce un modo: su trabajo.

Tú, María, te dispones a preparar la cena. José no aparta la mirada de su labor, pero es evidente que sus pensamientos están en otro sitio, quizás detrás de los muros de un palacio, tratando de leer los pensamientos de un hombre fuera de sí, mas nada te dice. La cena transcurre en paz. La presencia de esos hombres y sus obsequios han dejado más preguntas que respuestas…¿Quiénes eran? ¿Por qué habían venido? ¿Cuál era el real significado de su presencia?… quizás representan a todos aquellos que no pertenecen al pueblo de Israel y para cuya Salvación también ha venido este niño. Demasiados acontecimientos y pocas explicaciones. La pareja se dispone a descansar pues al día siguiente deberán iniciar el camino hacia Jerusalén, para realizar la purificación de María, tal como lo establece la Ley.

Yo estoy allí, con ellos, no puedo dormir, siento miedo… conozco la historia… la he escuchado mil veces de labios de los sacerdotes. La he leído, pero no es lo mismo estar… estar… y todos, de alguna manera, alguna vez en la vida, también estamos dentro de esta historia… sólo que, enceguecidos por nuestro propio dolor, no nos damos cuenta.

A la mañana siguiente parten hacia Jerusalén, María me hace señas de que los siga. El camino es largo, el niño, pequeño aún. El animal que nos acompaña va cargado de las pocas pertenencias de los padres y, en su mayor parte, de los pañales y ropita del bebé, recibida generosamente de la esposa del dueño del pesebre.

Luego de la ceremonia del Templo volvimos a Belén, José se nota nervioso… no como quien desconfía de la protección de Dios, sino como un padre responsable que sólo desea actuar correctamente y no sabe cómo, pues presiente que Herodes no ha olvidado la presencia de los extranjeros, ni se quedará quieto ante lo que él considera una amenaza.

Durante los siguientes tres días la familia se dedica a organizar el retorno a Nazaret. José termina sus trabajos pendientes, consiguiendo de esta manera dinero para el viaje y retribuyendo, al mismo tiempo, la hospitalidad al dueño del pesebre, quien sólo pide como pago, el arreglo de una vieja mesa labrada herencia de su padre, trabajo realizado impecablemente por José.

Los planes del Señor y nuestros propios planes no van siempre por iguales caminos. La noche del tercer día no aparenta nada en especial, sólo un cielo cargado de nubarrones amenazantes. Hace frío, María amamanta a su niño y lo recuesta bien calentito en la cuna hecha por su esposo, y una blanca piel de cordero cubre las demás mantas con las que la joven madre abriga a su pequeño. El matrimonio cena al tiempo que comenta los últimos acontecimientos. José tiene largos silencios que inquietan el corazón de María quien, como esposa prudente, no pregunta. Tiran las mantas en el suelo y se disponen a dormir, yo hago lo mismo, María me besa la frente y me dice «Valor, amiga, lo necesitarás…» es la noche de la locura, pero igualmente me quedo dormida… lástima, no tuve el valor de esperar despierta, como tantas veces en la vida en las que no tengo el valor de dominar mi voluntad.

Me despiertan los gritos de José. El hombre está sentado en el suelo, empapado en sudor, su rostro está aterrado pero es solo por un instante… enseguida se pone en pie, da vueltas en el recinto tratando de ordenar sus pensamientos, seguidamente despierta a María, la toma por los hombros al tiempo que le clama en voz baja:

—¡María, María! Por el amor de Dios, ¡despiértate, María!— y la sacude casi con violencia.

Ella abre los ojos y se asusta…

—¿Qué pasa, José? ¡Por Dios! ¿Por qué hablas de esa forma? ¡Jesús, Jesús! ¿Le pasó algo al niño?

—No, pero le pasará si sigues allí acostada… María… he tenido un sueño, que no fue un sueño en realidad… un hombre vestido de blanco me clamaba que te tomara a ti y al niño y huyera a Egipto, pues Herodes busca al niño para matarlo.

—¡Matarlo!… Dios mío, José, que atroz pesadilla.

—María, esposa mía ¡Nos vamos a Egipto! ¡Y nos vamos ya! ¿Comprendes? ¡Ya!.

—¿Qué dices?, José… ¿Te das cuenta la distancia que nos separa de Egipto, que es medianoche, afuera arrecia el viento y el frío cala los huesos?…

—María ¿Confías en mí?

—José, confío en ti más que en nadie en esta tierra.

—Entonces, amada mía, junta todo y vámonos, los soldados se aproximan cada minuto, por cada palabra que decimos ellos están un metro más cerca… y vienen a matarlo… y no están jugando, pues un loco asesino les ha ordenado deshacerse de Jesús… la pregunta es ¿Cómo lo encontraran? Mientras a ese loco no se le ocurra… ¡Dios no puedo ni pensarlo!

—Mientras no se le ocurra matarlos a todos…— y María se estremece tanto que José debe sostenerla para que no caiga.

Yo estoy inmóvil, hubiera querido traerles un vehículo, un helicóptero, sacarlos prontamente de allí, pero eso pasa en las películas y esto es la vida real. Los padres (ahora me voy dando cuenta la clase de padre que Dios eligió para Jesús, un Hombre con mayúsculas) preparan todo prontamente, llevan sólo lo indispensable, deben dejar muebles, cuna, todo lo hecho por José. El oro de los magos les permitiría establecerse en Egipto. Dios siempre tan previsor, nos manda las pruebas y los medios para enfrentarlas. Salimos, el viento me termina de despertar, tengo varias mantas puestas encima, pero tiemblo como una hoja, parece que el corazón se me saldrá del pecho en cualquier momento. Montan los animales, María me hizo un lugar en el suyo… partimos… se ve poco, pero se ve, hay luna llena, los nubarrones ya no están, José se encamina hacia Egipto a través de la desértica región, apura el paso, no hay miradas extrañas que noten nuestra presencia. El hombre anda varias horas a marcha forzada, de tanto en tanto mira hacia atrás, con angustia, casi con desesperación. Yo, yo estoy muerta de miedo… veo soldados por todas partes… sé de sobra que no nos alcanzarán… pero una cosa es leerlo y otra estar… estar…

Falta poco para el amanecer. De pronto se escucha un galope cercano, se ve la arena removida por los cascos del animal que se acerca, es un jinete solitario, pero se dirige, peligrosamente, hacia nosotros. José nos recomienda calma, y no decir el nombre del niño. Por fin llega el personaje, un hombre más bien anciano, con la mirada perdida… loco… pobre infeliz… solo decía:

—¡Madres, corran, corran con sus hijos! ¡Huyan!…

José baja de su asno y se acerca al pobre hombre:

—¿Qué le ocurre, amigo? ¿Se siente usted bien?…

—¡Huyan, huyan mujeres con sus hijos! Sangre… muerte… niños muertos, en todo Belén… niños degollados, atravesadas sus carnecitas por las espadas de los soldados… no escapó ni uno… todo Belén es un grito… solo los pequeños murieron… los menores de dos años… ¿Por qué? ¿Por qué, Dios?— grita desgarradoramente el infeliz mirando al cielo— Huyan mujeres… huyan… corran… corran…

El pobre desquiciado comienza a cabalgar nuevamente repitiendo el ya inútil consejo. Tanto horror le ha enloquecido. Se pierde en el paisaje, queriendo huir de los macabros recuerdos pero no hay lugar en donde uno pueda esconderse de los recuerdos.

José y María se miran, abundantes lágrimas caen por sus mejillas, se abrazan y abrazan al niño. Es la noche más larga, más atroz, más cruel, que les ha tocado vivir a ambos. Es la noche anunciada por el profeta Jeremías:

«En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen porque ya no existen» (Mt 2, 18).

La travesía dura largos días, María se esconde muchas veces a llorar para que José no la vea… no quiere preocuparlo, más su corazón de madre está destrozado. Recuerda la espada anunciada por el anciano Simeón… ya ha comenzado a lastimarla. También veo a José llorar a escondidas, es el llanto de un hombre que se siente impotente ante la injusticia, es el llanto de un hombre justo clamando justicia.

Las primeras casas del poblado egipcio se divisan a la distancia. La noche larga ha terminado, el niño está a salvo, momentáneamente.

—Amiga— dices María, mirándome a los ojos, (mientras tus ropas y las mías vuelven a estos tiempos y el ruido de los automóviles nos sorprende frente la parroquia de Luján, en mi barrio) gracias por compartir conmigo esta noche, una de las más duras de mi tiempo en esta tierra. Realmente, cuesta ver a Dios detrás de tanto dolor, cuesta poder encontrarlo para que nos tome de la mano, cuesta no enloquecer como ese pobre viejo del desierto… cuesta, buena amiga, pero no es imposible, es más, es el único camino. Dios, tras el dolor que nos causan los seres humanos. Dios, sosteniendo. Dios, poniendo rosas sobre tantas espinas. Dios, transformando el dolor en camino de salvación. Dios, permitiendo que nuestra angustia ayude a otros a superar la suya. Cuando tu alma tenga más preguntas que respuestas, más dolor del que crees poder soportar, más soledad que compañía, más desilusión que sueños entonces, más que nunca, búscalo; que siempre habrá un Egipto donde puedas esconderte hasta que pase el temporal.

—Señora y apenas si puedo contener mis lágrimas— ¡Cuánto, cuánto me amas, cuánto me cuidas, cuánto me enseñas! ¿Te dije ya cuánto te amo?— y me arrojo en tus brazos y lloro por los niños muertos, lloro por mí, lloro por la humanidad.

Mientras te alejas, y yo seco mis lágrimas, un grupo de jóvenes pasa riéndose de uno de ellos, al tiempo que le dicen «¡Qué la inocencia te valga! Ja,ja,ja» típico comentario de las bromas del Día de los Inocentes.

Tengo ganas de gritar, ganas de decirles que el origen de esa recordación es la sangre de niños pequeños derramada por Jesús, pero siento que no vale la pena; prefiero escribir este relato, escribirlo para que tú, después de leerlo, ya no rías con las bromas de los 28 de diciembre. Porque si tú no ríes, si le cuentas esta historia a un amigo y él ya tampoco ríe… entonces… entonces algo habrá cambiado en este mundo… porque recordando a nuestros mártires, los honramos.

Nota de la autora: «Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de «Cerrar los ojos y verla» o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna.»

Si quieres contactar con la autora: susanaratero@yahoo.com.ar

Fuente: Cuento original en mercaba.org.

Una bella leyenda

Una bella leyenda

Existe en Noruega una bella leyenda.

Una mañana muy de mañana, el ángel vigilante nocturno del paraíso se presentó delante del trono de Dios y pidió permiso para hablar.

—¿Ocurre alguna novedad? —le dijo el Altísimo.

—Señor, contestó el ángel, un grupo de santos se ha levantado iracundo de sus tronos, ha arrojado violentamente la corona que llevaban en la cabeza y, en actitud de protesta, se han ido al confín del paraíso.

—¿De qué protestan?

—Dicen que un alma santa se la ha sepultado en el infierno.

—Veamos, dijo el Señor.

Se levantó el Señor y, precedido del ángel, cruzó, con asombro de los bienaventurados, todas las estancias celestiales hasta llegar al confín del cielo, desde cuyo brocal se atisbaba, en el fondo tenebroso el lugar horrible donde sufren eternamente los condenados. Junto al brocal estaban los santos en actitud de protesta y rebeldía. Preguntó el Señor la causa de su conducta. Por todos habló uno, repitiendo exactamente las palabras del ángel.

—Bien —dijo el Señor, por una vez hagamos una excepción.

El Señor dio orden al ángel de que bajara al infierno y rescatara al «alma santa». Se lanzó el ángel al abismo, abrió sus alas y fue descendiento lenta y majestuosamente. A medida que descendía se iluminaban las regiones oscuras. Por fin se llegó a ver claramente el fondo mismo de la sima donde los proscritos se agitaban entre dolores horrendos.

Al ver el ángel, comprendieron que se trataba de rescatar a alguno, y todos pugnaban por ser los afortunados.

Planeó el ángel sobre aquel agitado e inmenso mar de cabezas hasta que descubrió la persona que buscaba. Con rápido movimiento la tomó por la cintura y la sacó de la muchedumbre de los atormentados. A pesar de la rapidez de su acción, no pudo evitar el ángel que otras almas se agarraran al alma privilegiada y en racimo surgieran todas hacia la altura del paraíso.

La persona elegido no vio con buenos ojos que otras participasen de su ventura. Y se agitaba violentamente, obligando a las otras almas a caer de nuevo una a una en el abismo. Ya estaba el ángel cerca del brocal desde donde le contemplaban los santos rebeldes. Sólo un alma había logrado continuar asida el alma santa. Pero en un movimiento más violento de ésta obligó a aquella desgraciada a desprenderse también y a caer en el infierno danto horribles alaridos. Mas, en el instante en que la última alma se desprendió de la que había de ser favorita el ángel alzó su brazo y dejó que aquella «alma santa» cayera de nuevo en la mansión del dolor.

Los santos que contemplaban la escena quedaron espantados. Se volvieron al Señor, el cual, clavando en ellos una durísima mirada, les dijo con voz severa: «Un juicio sin misericordia para aquellos que no saben tener misericordia».

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Noticias Cristianas: «Historias para amar al prójimo. Historia, n.º 8»

Historias para amar, páginas 88-90

El rosario de un mártir

El rosario de un mártir

El jesuita P. Juan Ogilvia, padeció duros tormentos y la muerte misma por la fe de cristo, en Glasgow, el día 10 de marzo de 1615.

El crimen de que se le acusó, y por el cual fue condenado, consistía en haber enseñado públicamente la doctrina de la Iglesia que establece la diferencia entre los dos poderes, civil y religioso, y que la autoridad espiritual corresponde al Papa, puesto por Dios para gobernar las almas, y no al rey, que a la sazón era Jacobo I de Inglaterra.

Caminando hacia el cadalso, se le acercó un pastor protestante que le dirigió la palabra, dándole a entender con apacibles maneras la gran compasión que inspiraba su desgraciada suerte.

El P. Ogilvia, simulando tener algún miedo, le contestó en voz baja:

—Si dependiese de mí el morir o no morir… nada puedo hacer ya en el trance en que me veo. Me han declarado reo de alta traición y no tengo más remedio que morir.

—Traición, traición… —dijo el protestante; creed, no hay nada de eso; lo que habéis de hacer es abjurar del Papismo y todo se os perdonará y aun os colmarán de favores.

—¿Os burláis de mí? —dijo el Padre.

—No —replicó el pastor; —os hablo formalmente y en nombre de nuestro arzobispo, que me ha encargado os dijera que, si os pasabais a nuestra iglesia, os daría una buena prebenda.

En esto habían ya llegado al lugar del suplicio, el protestante le importunaba a que mirase por sí, pues tan fácil le era salvarse de la muerte; el jesuita le respondía que de buena gana vendría en ello, si así pudiese salvar también su honra.

—Pero ya os he dicho —decía el hereje— que seréis luego colmado de honores.

—Pues, entonces, decid en alta voz a los que están aquí presentes a este lúgubre espectáculo lo que me acabáis de decir en particular.

—No hay inconveniente; lo haré con gusto.

El jesuita, de pie sobre el cadalso, tendiendo su mano hacia la muchedumbre que en torno se rebullía, impuso silencio; callaron todos, y dijo el Padre en voz alta:

—Señores: escuchad la proposición que me hacen.

Y el ministro protestante dijo también en voz alta y con gran solemnidad:

—Prometo, en nombre de nuestro arzobispo, al doctor Ogilvia, que, si quiere y se resuelve a ser de los nuestros, obtendrá en galardón una rica prebenda.

—¿Lo oís todos —dijo el Padre— y estáis prontos a dar de ello fe cuando fuere necesario?

—Sí, lo hemos oído —clamó la multidud— y daremos testimonio. Bajad, Ogilvia, bajad de ese patíbulo.

Los católicos allí presentes se estremecieron de horror; los herejes batían palmas de triunfo, gozosos por la adquisición para su secta de un hombre tan señalado en saber y elocuencia.

—Entonces —replicó el P. Ogilvia— ¿ya no seré acusado de traición, ya no seré perseguido por traidor al rey?

—No, no; gritaron de todas partes.

—De manera que si estoy en este infame lugar, ¿es solo por defender la religión católica, y que mi único crimen es haber defendido la fe romana?

—Sí, si —exclamaron llenos de alegría. En tanto los católicos, con la cabeza baja, avergonzados y confusos, se disponían para retirarse por no ver la escena que temían.

El P. Ogilvia, con voz más fuerte, resplandeciente de júbilo, dijo en medio de un profundo silencio:

—He conseguido más de lo que deseaba: sólo muero por mi religión, por mi fe solamente, que por ella daría mil vidas, si mil vidas tuviera; la única que tengo tomadla y arrancádmela, pero no me arrancaréis mi religión católica, que es la única verdadera.

Al oír estas palabras, los católicos aplaudieron rebosando de alegría y satisfacción, los protestantes rugieron de cólera; el pastor, corrido y confuso, dio orden al verdugo que cumpliese al punto su oficio.

El ilustre confesor de la fe católica se mantuvo suavemente sereno y apacible. En sus labios florecía una dulce y avasalladora sonrisa; los ojos los tenía vueltos al cielo. La encantadora tranquilidad de su espíritu no era menor que la invencible fortaleza de su alma.

El ejecutor pidió perdón al mártir, y éste le abrazó; antes de atarle las manos, arrojó el P. Ogilvia sus rosarios al pueblo, y fueron a dar en medio del pecho a un joven calvinista que viajaba entonces por Escocia, el barón Juan de Ekersdorff, que fue después gobernador de Tréveris y amigo íntimo del archiduque Leopoldo, hermano de Fernando III.

Ya muy anciano, dijo lo siguiente al P. Boleslao Balbino, de la Compañía de Jesús:

—Cuando la ejecución del P. Ogilvia, sus rosarios me dieron en el pecho, y hubiera podido cogerlos si la impetuosidad de los católicos, que me los arrancaron a viva fuerza, me lo hubiera permitido. No pensaba entonces cambiar de religión; pero aquellos rosarios me habían herido el corazón, y desde aquel momento no hallé reposo ni tuve paz. Perturbada mi conciencia, me decía: «¿Por qué los rosarios del P. Ogilvia cayeron sobre mí y no sobre otra persona?». Y esta idea, durante muchos años no me abandonó un solo momento, y me hice católico. Atribuyo mi conversión a estos rosarios, que compraría a cualquier precio, y que por nada cedería si llegasen a mis manos.

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Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios. II Parte: Historia, n.º 10»

Historias para amar, páginas 32-34


El trabajo

El trabajo

Eran dos hermanos que oyeron el mismo día la voz de Dios, que los llamaba a la vida perfecta y, sin demora alguna, con prontitud y generosidad, abandonaron todas las cosas y se retiraron a la soledad del campo a servir a Él solo. A fuerza de rudos trabajos cultivaban un campo, roturaron unas tierras yermas y baldías; cosechaban legumbres y cuando necesitaban para alimentarse sobriamente; además confeccionaban las ropas con que se cubrían, limpiaban con esmero su rústica cabaña y leían las Sagradas Escrituras. El resto del tiempo lo dedicaban a la oración y a la meditación de las cosas divinas.

Esta vida de retiro y de piedad no satisfizo, sin embargo, a uno de ellos, Juan, «el menor», el cual soñaba con éxtasis y visiones y casi consideraba indignos de sí aquellos trabajos que realizaba con su hermano y aquellas lecturas, a las cuales se entregaban.

Así, pues, un día le dijo claramente:

—Siento decirte, hermano, que nuestra vida me parece demasiado común; vivimos como los demás hombres; nos preocupamos demasiado de las cosas terrenas. De ahora en adelante quiero ocuparme sólo de las cosas divinas. Iré a otra parte a vivir como los ángeles, únicamente por amor de Dios. Quiero pasar así los días de mi vida. Aspiro a la sola contemplación de la grandeza inefable de Dios. Adiós, hermano; mi vocación me llama a una vida más perfecta, a una vida angélica… Un efecto desagradable produjeron estas palabras en el hermano mayor, el cual se esforzó inútilmente en disuadirle y detenerle a su lado. Juan, firmemente convencido de la sublimidad del estado al cual quería consagrarse, no se dejó desviar de su propósito. Partió, pues, sin ni siquiera pensar que su vocación pudiera ser un engaño del demonio de la pereza. Marchó, pero afortunadamente no solo. Iba con él el santo Ángel de la Guarda, decidido a no abandonarle y hacerle volver de su temeridad.

En su nuevo retiro pasó el primer día completamente entregado a la oración ya al meditación.

Sólo, al atardecer, se sintió algo desconcertado al ver que no llegaba al cuervo a traerle un buen trozo de pan, como en otro tiempo lo hiciera con san Pablo, el ermitaño.

Le parecía natural que el Señor le diese esa mísera recompensa, ya que él lo había dejado todo por servirle.

Para cenar, tuvo que contentarse con un puñado de raíces silvestres. Una gran piedra le sirvió de colchón durante la noche. Mas era tal la fuerza de su vocación que ofreció al Señor privaciones y se durmió con la persuasión íntima de que llegaría a ser un gran santo.

Su ángel, sin embargo, no dormía; velaba a su lado, no solo para alejar los animales del desierto y las enfermedades, a las cuales imprudentemente se exponía por dormir al raso, sino también para instruirle y corregirle. En las horas de la noche le mandó un sueño, durante el cual vio un cuervo —el cuervo de san Pablo— que revoloteando sobre las arenas movedizas, llevaba un pan blanco en el pico. Juan, hambriento, hacía esfuerzos constantes para cogerlo, pero el ave huía siempre de sus manos, graznando estas palabras.

—Dios, mi amo y Señor, me envía a los ancianos que ponen sus energías a su servicio, no a los jóvenes que tienen brazos robustos para trabajar.

Este sueño turbó bastante a Juan que, al despertarse, se sintió menos satisfecho que al dormirse; por otra parte, tenía los miembros ateridos por el frío de la noche y su estómago estaba vacío. Su ángel le sugirió que aceptase todas las privaciones con espíritu de penitencia, ya que se había retirado al desierto para santificarse.

Llegó el segundo día, Juan multiplicó sus oraciones; se entregó a la meditación más concentrada y absorta y eso, no obstante, el éxtasis tan deseado y el cuervo con el alimento en el pico no se presentaron. Juan pensó que tal vez había tenido distracciones voluntarias en la oración, y por eso Dios no le regalaba con las visiones y los éxtasis tan deseados.

Aquella noche se sintió feliz de tener para cenar un huevo de avestruz, hallado entre la arena caliente: no estaba muy fresco, que digamos; pero, ¿no había venido para hacer penitencia? Era muy natural que la hiciese, lo más terrible para él fue la falta de agua: ni una gota para apagar la sed. ¿Qué hacían los serafines del cielo, a quienes él quería imitar en el desierto? Pensó para sus adentros.

Su Ángel de la Guarda recogió este pensamiento, este deseo de saber y lo presentó en el trono de Dios. A su regreso, Juan dormía y en sus sueños veía animarse el desierto y poblarse de una multitud inmensa de ángeles. Uno de ellos le rozó con las alas y él trató de detenerle.

—No dispongo de tiempo, hermano —dijo el ángel— tengo que trabajar.

Otros dos se encorvaban ante el peso de una hermosa canastilla, llena de aureolas radiantes.

—Deteneos, hermanos; ¿qué lleváis?

—No podemos detenernos; tenemos una orden que cumplir: con estas aureolas hemos de coronar a los que han sudado en su labor diaria.

Otros tenían la misión de abrir las corolas de las flores, de cuidar los nidos de las aves, de consolar a los afligidos, aliviar a los enfermos, gobernar los Estados…. Todos trabajaban lo mismo en el cielo que en la tierra.

Amaneció al tercer día, sin que llegasen las alegrías espirituales que el futuro santo esperaba. Su espíritu estaba en una tensión continua; sentía el tormento del hambre, de la sed y del frío; la desilusión más terrible se cebaba en sus alma; lejos de descansar, experimentaba dolores agudos en todo el cuerpo. Pues, ¿qué tenía Dios contra él, que consumía todas las horas en su servicio? Así preguntaba angustiado y abrumado por una tristeza infinita, cuando en las horas de la noche le mandó su ángel custodio un tercer sueño.

Durante él se vio transportado a Nazaret y, sin ser visto, penetró en las santa casa de María: la Virgen estaba hilando con sus blancas manos la túnica inconsútil para su divino Hijo.

A través de un respiradero vio también el taller. San José estaba encorvado sobre el banco de la carpintería y Jesús, que con una sola señal hubiera podido llamar a una legión de ángeles, manejaba la garlopa y demás herramientas vulgares del oficio paterno.

Se despertó sobresaltado. ¿Para qué ha trabajado Nuestro Señor, sino para darnos ejemplo y para cumplir el precepto impuesto al primer hombre y en él a toda la humanidad «Comerás el pan con el sudor de tu rostro»?

Al llegar el cuarto día, sin casi darse cuenta, Juan había emprendido el regreso hacia la cabaña de su hermano. Mas, sintiéndose extenuado y sin fuerzas, trató de olvidar la tierra, meditando sobre las bellezas del cielo. Entonces el Ángel de la Guarda le inspiró estos pensamientos.

Sobre un trono de nubes, rodeado de serafines y querubines, Dios reina, en medio de su gloria infinita, recibe los hosannas de los bienaventurados y ve sus súplicas. Desde el seno de esa gloria dirige todas las cosas: cuida de que nada se interfiera para poner en peligro el equilibrio admirable y complicado del universo; su solicitud se extiende a todas las criaturas, hasta las más pequeñas que viven en el fondo del mar o en las entrañas de la tierra; sujeta a la tempestad, pronta y dispuesta para trastornar la naturaleza; dice a las aguas del océano: «Llegaréis hasta aquí y no pasaréis de los límites establecidos»; impera a los astros y endereza la florecilla, inclinada sobre sus tallo.

Juan se concentró en sí mismo para aplicarse el fruto de la meditación

—¿Cómo? —pensó—. ¡Yo desprecio el trabajo, yo que soy un miserable gusanillo de la tierra, mientras el Dios omnipotente, el Creador de todas las cosas, está operando siempre, realiza un trabajo infinito con la infinitud de su poder!

Al amanecer del quinto día, extenuado, sí, pero del todo cambiado, con andar vacilante y casi arrastrándose, se acercó a la cabaña de su hermano y llamó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó su morador.

—Soy yo, Juan, tu hermano.

—¿Qué? ¿No te has convertido en un ángel?

—Todavía no; pero al menos he adquirido el convencimiento de que, para asemejarse a los ángeles del Señor, es preciso unir el trabajo a la plegaria y a la contemplación.

Y así lo hizo durante todas sus vida.

* * *


Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios. I Parte: Cuentos y leyendas, n.º 2», en Historias para amar, páginas 7-11.

¿Cómo es el cielo?

¿Cómo es el cielo?

Katheryn era una pequeña niña a la cual le encantaba investigar y preguntar todo.

Un dia se hizo la gran pregunta:

—¿Cómo es el cielo? ¿Qué pasa allá arriba? ¿Jesús camina entre las nubes? Mmmm ¿Por qué no se cae?

Entonces Kathetyn pensó y pensó hasta que decidió conversar con la persona indicada.

—¡Ya lo tengo! —dijo— ¡le voy a preguntar a Dios!

Y la niña se puso de rodillas y comenzó su charla:

—Querido Dios, necesito hacerte unas preguntas… ¿Tú crees que tienes tiempo para responderme?

A lo que Dios respondió:

—Buen día, pequeña Katheryn, ¡claro que tengo tiempo! ¡toda la eternidad para oírte!

Y Kathy respondió entonces:

—Bueno, ¡ahí va! ¿Cómo es el cielo?… ¿Se puede caminar allá arriba sin caernos?

—Aquí en el cielo todo es hermoso —dijo Dios—, las calles no estan hechas de nubes, por eso no nos caemos. ¡Estas son de oro puro! Tambien hay montañas, lagos, flores, árboles…, ¡Ah, y hasta un mar de cristal!

—¡Guauuu, buenísimo! ¡Buenísimo!… ¿Y se puede correr? —insistió Katheryn.

—Claro que sí… hay mucho pasto y campos de hermosas y extrañas flores con unos aromas que no existen en la tierra.

—¡Genial, Señor! Y la gente que esta allá arriba… ¿qué hacen?— preguntó inocentemente.

—Las personas son muy felices aquí, porque no existe la tristeza y Yo siempre estoy con ellos. Todos los habitantes del cielo pasean, cantan y disfrutan mucho todas las cosas lindas que tengo preparadas.

—Y… ¿en el cielo hay camas? —siguió interrogando.

—¡Ja, ja, ja! —se regocijó Dios al escuchar sus inquisitivas preguntas—. Sí, pequeña, pero solo son para descansar no para dormir ¡porque aquí no existe la noche, siempre es de día.

—Y, ¿hay ángeles?

—Sí, preciosa,  miles de millares… millones de millones… y son muy hermosos.

—¿Hay casas en el cielo? —continuó preguntando la niña.

—Sí, de todo tipo: las hay chicas, grandes y… más grandes, junto a lagos y montañas según su recompensa… por eso recuerda que todo lo que hagan bueno en la tierra tiene su recompensa acá en el cielo.

—¡Ah! Ya sé, Dios, si yo me porto bien y hago caso a mis papis… voy acumulando recompensas en el cielo, ¿verdad, Señor?

—Así es, pequeña Katheryn —respondió Dios.

—Bueno, Señor… esta es mi última pregunta de hoy… ¡no sé si te parecerá rara! ¿Se hacen fiestas en el cielo?

—¡Claro que sí…,  todo el tiempo! —dijo Dios— ¡Cada vez que una persona en la tierra se arrepiente de su mal camino y acepta a mi hijo Jesús como su Salvador! Así que aquí… ¡todos estamos de fiesta! ¡Recuerda siempre lo hermoso que es el cielo y que está hecho solo para recibir a todos quienes adoran a Dios!

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Basado en un cuento de Erica Correa


Pluma al viento

Pluma al viento

Una mujer se acusaba con san Felipe Neri de ser muy dada a la maledicencia.

—¿Cae usted con frecuencia en esa falta?

—Sí, padre, muchas veces.

Al ver tal franqueza, comprendió el santo que había más de ligereza que perversidad, y que era menester convencerla de las deplorables consecuencias de su costumbre.

—Hija, le dijo san Felipe, su culpa es grande, pero es mayor la misericordia de Dios; con la seria voluntad de enmendarse y la gracia de Dios, no dudo que llegará a triunfar de su hábito. Por su penitencia, irá usted al mercado, comprará una gallina recién muerta y con plumas, luego recorrerá las calles de la ciudad con todas sus vueltas y vaya desplumando la gallina y tirando de acá allá las plumas… Hecho, esto, me vendrá a dar cuenta de su cumplimiento como a ministro de Dios.

Inútil decir el asombro de la penitente al recibir tal penitencia de un hombre tan serio y santo.

Fue, pues, al mercado, compró la gallina y la fue desplumando por las calles y volvió a dar cuenta para que le explicara tan curiosa penitencia.

—¡Ah! —Dijo el santo al verla—, ya ha cumplido bien la primera parte que le receté como médico; ahora cumpla la segunda y quedará del todo curada. Vuelva ahora al revés por el mismo camino y recoja todas las plumas que ha tirado.

—¡Pero esto es imposible! Exclamó la pobre mujer sorprendida. Las tiré por todos lados y el viento se las habrá llevado.

¿Cómo volver a encontrarlas?

—¡Bien! Hija mía, respondió el buen religioso, las maledicencias son como estas plumas que usted concede no poder recoger de nuevo. Sus funestas palabras han volado por todos lados, ¡cójalas ahora si puede!… ande… y no peque más.

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Noticias Cristianas: «Historias para amar al prójimo. V Parte: Cuentos y leyendas, n.º 7», en Historias para amar, página 88.

La balanza del juicio

La balanza del juicio

Había un señor rico y poderoso, que vivía en su castillo, del cual no salía sino para guerrear, asolar los campos de sus vecinos, saquear los pueblos y robar a los viajeros.

Era tan malvado y cruel, que nada humano le había quedado en su corazón más que el amor a su mujer, apacible y bella criatura, que pasaba los días y las noches llorando las maldades de su marido y pidiendo a Dios que se las perdonara.

En vano su marido la rodeaba de cuantos goces dan el lujo y la riqueza: de nada disfrutaba la humilde señora; nada quería, nada deseaba sino la conversión de su marido.

En una espantosa noche de invierno, en que el cielo, desencadenando tempestades, parecía querer acabar con la tierra, estaba sentada la señora delante de una gran chimenea, en que ardía una brillante hoguera. El viento mugía entre las torres, cual si le enojara su existencia; las nubes arrojaban sus aguaceros con ira; los relámpagos atravesaban caprichosamente las tinieblas como espíritus malos; todos los vivientes buscaban un abrigo contra la inclemencia de aquella lóbrega noche. El señor del castillo aún no había vuelto de su correría, y su angustiada esposa rezaba con fervor.

Se oyó llamar a la puerta, y poco después un criado entró a la estancia y dijo a su ama que dos pobres religiosos, cansados, casi muertos de frío y necesidad, perdidos en aquel país agreste, pedían ser acogidos en la fortaleza, aunque fuese un establo.

La buena señora se sobrecogió, porque sabía que su marido odiaba a los religiosos, y era tan sumisa que ni aun el bien se atrevía a hacer sin su beneplácito. Pero ¿cómo rehusar a los santos varones una súplica tan humilde?

—El señor no lo sabrá -dijo el buen criado, que al ver a su señora suspensa adivinó sus pensamientos-, al rayar el día se irán.

La castellana consintió en ello, encargando al criado los escondiese en la caballeriza más apartada.

No bien hubo salido el criado con los religiosos cuando sonó una trompeta, y el galope de los caballos anunció la llegada del señor. A poco rato entró, y, después de haber trocado su armadura teñida en sangre por un rico vestido de seda forrado de ricas pieles se sentó con su mujer a una mesa profusamente servida de ricos manjares, sobre la cual innumerables bujías blancas, esparcía su melancólica y pura luz.

La castellana, ricamente vestida con su traje de terciopelo verde, bordado en oro y pedrería, no comía; el resplandor de las luces se reflejaba en los brillantes que cubrían su frente y en las lágrimas que surcaban sus mejillas, como otro adorno más porque eran de aquellas con que el corazón hermosea el rostro.

—¿Qué tenéis? –le dijo su marido con cariño.

No respondió.

—¿Temíais por mí en esta noche de espantoso temporal? Pues fuera temores; ya me tenéis sano y salvo aquí.

La hermosa castellana seguía llorando.

Pero él, a quien su ángel bueno había guardad en su corazón el amor a su mujer como un áncora de salvación, se afligió al verla llorar y le dijo.

—Contadme, señora, lo que os aflige, y juro con mi espada enjugar vuestras lágrimas si está en mi poder hacerlo.

—Señor –respondió su mujer- lloro porque, mientras aquí disfrutamos de todos los bienes de la vida, otros carecen de lo necesario, porque, mientras esa llama se levanta viva y alegre y nos envía el calor como una caricia, otros tiritan de frío; mientras estos manjares excitan el paladar con sabrosas exhalaciones, otros, señor, tienen hambre, y por eso se anuda mi garganta y no puedo comer…

—Pero, señora –le dijo su marido-, ¿quién sabéis que se esté muriendo de frío y hambre?

—Dos pobres religiosos, señor, que me pidieron albergue, y que están en la caballeriza.

El marido frunció el ceño.

—¡Frailes! –dijo-. Holgazanes, pancistas, petardistas, que querían regalarse a mis expensas.

—No han pedido más que un techo y un poco de paja.

El castellano llamó a su criado.

—¡Oh, señor, señor! –dijo sollozando la castellana-. No los echéis fuera; ¡acordaos de vuestra promesa!

—Perded cuidado –contestó el marido: comerán, se calentarán, y además me servirán de diversión. ¡Ya veréis!

Mandó enseguida a los criados que les trajesen a su presencia. Vinieron los religiosos. Al verlos el señor, por un impulso involuntario se puso de pie. Comenzó la cena. El más anciano, ya con los cabellos blancos, comenzó a hablar. La chanza enmudeció en los labios del castellano, que oía con toda atención las palabras del religioso.

Terminada la cena, el señor les ofreció las mejores habitaciones, pero los religiosos las rechazaron, diciendo que querían volver a la paja.

—Padre, yo quisiera volver a Dios; -sollozó el castellano- ¡pero es imposible que el Señor perdone mis iniquidades!

—Aunque vuestros pecados –repuso el misionero- excediesen en número a los granos de la arena del mar, a las gotas de agua de las nubes y a las estrellas del cielo, todos los borraría el arrepentimiento y los perdonaría la clemencia de Dios; por eso el pecador endurecido no tiene disculpa, y eso es lo que formará su eterna desesperación.

Entonces el castellano, arrodillándose, confesó sus pecados mientras que abundantes lágrimas de contrición caían de sus ojos sobre la paja en que se había arrodillado.

Cuando el misionero, después de dar gracias al Señor misericordioso, se quedó dormido, se sintió transportado al Divino Tribunal. La Eterna Justicia tenía en la mano la balanza, que pesa el bien y el mal; un alma iba a ser juzgada; era la del castellano. El espíritu infernal, con insolente triunfo, puso en una balanza el cúmulo de sus iniquidades.

Los ángeles buenos se cubrieron la cara con horror y compasión. El alma gimió con dolor. Entonces se acercó el ángel de su guarda, ese ángel tan dulce, tan paciente y tan bello; ese ángel que nos pone el arrepentimiento en el corazón, las lágrimas en los ojos, la limosna en la mano, la oración en los labios; traía algunas pajitas mojadas en lágrimas, las puso en el plato opuesto de la balanza.

El alma se salvó.

Cuando los religiosos se levantaron a la mañana siguiente, hallaron el castillo en consternación. Preguntaron la causa. El castellano había muerto aquella noche.


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Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios n.º 9»

en Historias para amar, pp. 19-21.

Amor y compromiso: video-cuento para niños

Amor y compromiso: video-cuento para niños

Cuento narrado para niños que nos enseña que el amor no es un sentimiento sino un gran compromiso con Dios y con los demás.

El cuento está publicado por Ciudad Oración, que, según su propia descripción, es «una Asociación Civil, regida por las leyes Civiles y por sus propios Estatutos, Fundamentos, amparada en el Derecho natural de libre asociación que Dios les dio a los hombres para buscar fines de beneficio común».

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Amor y compromiso: cuento para niños

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Fuente original: Ciudad Oración