El juicio divino

El juicio divino

Una vez vio fray León en sueños los preparativos para el juicio divino. Veía a los ángeles que tocaban trompetas y otros varios instrumentos y congregaban grandísima muchedumbre en un campo. A un lado colocaron una escala roja que llegaba de la tierra al cielo, y a la parte opuesta otra que era blanca, y bajaba del cielo a la tierra. En la cima de la roja apareció Cristo en ademán de un Señor ofendido y muy irritado. San Francisco estaba en la misma escala algunas gradas más debajo de Cristo, y bajando más, llamaba y decía con gran voz y fervor:

—Venid, frailes míos, venid confiadamente, no temáis, venid y acercaos al Señor, que os llama.

Al oír a san Francisco, corrieron a su encuentro los frailes y subían, muy confiados, por la escalera roja. Pero, cuando ya estaban todos en ella, comenzaron a caerse, quien del tercer escalón, quien del cuarto, quien del quinto o del sexto, y caían todos, uno tras otro, de suerte que no quedó ninguno en la escala.

A vista de tal desgracia, movido san Francisco a compasión de sus frailes, como padre piadoso, rogaba por sus hijos al Juez para que tuviese misericordia de ellos. Y Cristo le mostraba las llagas sangrientas y le decía:

—Mira lo que me han hecho tus frailes.

El santo, después de insistir un poco en la misma súplica bajó algunas gradas, y llamando a los frailes que habían caído de la escala roja, les decía:

—Levantaos, hijos y hermanos míos, tened confianza, no os desaniméis, corred seguros a la escala blanca y subid por ella, que así seréis admitidos en el Reino de los Cielos.

Corrieron los frailes, enseñados por su Padre, a la dicha escala, y en la cima apareció, piadosa y clemente, la gloriosa Virgen María, Madre de Jesucristo, y los recibió. Y así entraron sin ninguna dificultad en el Reino Eterno.

* * *


Noticias Cristianas: «Historias para amar a la Virgen»

en Historias para amar, página 50.

Hacer una sociedad con Dios

Hacer una sociedad con Dios

¿Habéis intentado alguna vez comprender bien el siguiente versículo del Evangelio: Buscad primeramente el reino de Dios, y lo restante se os dará por añadidura? ¿Y ante la Sagrada Eucaristía os habéis dicho: He aquí las palabras del Señor, y todo lo que Él dice es verdad. Si me ocupo, pues, en Dios, en su gloria, en una palabra, en sus asuntos, Dios se ocupará en los míos, y entonces cuán tranquilo estaré, cuán fuerte seré, cuán dichosa será mi vida?

Escuchad una historia:

Se trata de dos hermanos; los dos se querían mucho, y bajo el cuidado de su madre los dos oraban, trabajaban, jugaban juntos, hasta la edad en que empezaron la carrera.

Uno se hizo sacerdote, el otro continuó el oficio de su padre y se dedicó a la joyería.

Honrado y hábil, el obrero artista tuvo pronto rica clientela; pero se asoció con un lapidario, el cual le arrastró a tales especulaciones, que en menos de seis meses, encontrándose a las puertas de la bancarrota, y no viendo delante de sí más que la miseria y la deshonra, perdió toda la energía y estaba a punto de abandonarse a la desesperación.

Acudió su hermano, y le dijo:

—Hay un medio de levantarte.

—¿Cuál? —preguntó el comerciante súbitamente impresionado.

—Asociarte esta vez con un hombre rico, hábil y honrado.

—Ta no se encuentran con esas cualidades.

—Conozco uno.

—¿Quién es?

—¡Dios!

El joyero miró a su hermano con una sonrisa que parecía decir: ¡No te burles de mí!

—No me chanceo —dijo el sacerdote; —inténtalo.

—Lo que necesito es dinero.

—¿Por ventura le falta a Dios? —Hombre de poca fe, ¿qué arriesgas? ¡Inténtalo!

El joyero aceptó. El sacerdote redactó un acta de debida forma de asociación comercial con Dios, asegurándole, si el comercio marchaba, la mitad de los beneficios.

El contrato fue firmado, de una parte, por el joyero, y, de la otra, por el sacerdote en nombre de Dios.

Al día siguiente un deudor hizo una restitución a la hora de la muerte; ocho días después, llegó un pedido considerable; el dinero restituido sirvió para las primeras compras.

El trabajo se hizo con un ardor y una habilidad inconcebibles:

Me siento como impulsado —decía el artista.

Es que su asociado le ayudaba.

Confiando en este auxilio, que para él era tangible y real, notaba que crecía su inteligencia, su fuerza de voluntad, su destreza… Volvía el bienestar, y aun la fortuna.

Y mantuvo su palabra; y cada año dio a los pobres, por conducto de su hermano, la mitad de sus beneficios.

¿Por qué no intentar una sociedad semejante?

Toda sociedad supone:

Amistad entre los asociados.

Un capital común.

1.º La amistad. Por parte de Dios. ¿No veis que hay amistad tierna, real y práctica sobre todo? ¿No se entreaga Dios enteramente a vosotros? Y entregarse ¿no es amistad?

De vuestra parte. ¡Ah, si vaciláis en entregaros a Dios, en dejarle hacer lo que quiera de vosotros; si murmuráis contra los acontecimientos que permite, contra las personas de que os rodea… no le amáis bastante!

2.º El capital. Por parte de vosotros, deberá consistir en el celo para dar a conocer a Dios, en la caridad para soportar, cuidar, amar a los hijos de Dios, es decir, a nuestro prójimo, en la aplicación al deber cotidiano con espíritu de sumisión a su voluntad.

Por parte de Dios… no sé precisamente lo que Dios pondría, pero lo que sé es que una vez constituida seriamente la sociedad, se produce en el alma una sensación de paz que aleja toda inquietud, una fuerza que nada quebranta, una actividad asombrosa para el trabajo.

Se siente uno apoyado por un ser invisible, pero poderoso, y lo que hacemos, está realmente mejor hecho.

Lo que se llama éxito material puede faltar alguna vez, pero ya no experimentamos aquellas decepciones que otras veces humillaban y desanimaban; no solamente nos mostramos tranquilos, siempre dispuestos a continuar el trabajo cotidiano, sino que estamos seguros de que hay un provecho real aun en el fracaso.

Una vez más ¿por qué no intentar una sociedad con Dios?

*  *  *


Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios n.º 5»

en Historias para amar, pp. 27-29.


En el corazón de una madre

En el corazón de una madre

Hay un pajarito que en medio de los rigores del invierno, cuando las demás aves han emigrado por temor de la nieve y de los hielos, se queda único señor del bosque, y por esta razón se le llama el pajarito del frío.

Cuenta una tradición que en una ocasión en que el sol estaba escondido detrás de unas nubes grises, y una niebla fría envolvía como una gasa sutil árboles y casas, salió a pasear por el bosque el Genio del Frío para gozarse en su obra: cuando hirió sus oídos el alegre canto del pajarillo.

— ¿Dónde pasaste la noche?, le preguntó.

—Entré en una cuadra. Y ¡qué calentito se estaba allí!

—Donde entras tú, también podré entrar yo, gruñó el Frío, al siguiente día se encontró en el bosque al reyezuelo, destrenzando arpegios y trinos como si tal cosa.

—¡Demonio de bicho!, pensó para su capote el Frío. Dime bribón: ¿No te has muerto todavía?

El pajarillo, reyezuelo del bosque, siguió lanzando al aire sus primorosos gorjeos.

—¿Qué cantas?, preguntó de mal talante el Frío. ¿Dónde has pasado la noche que tan cantarín estás?

—Me acurruqué en un huequecito que había en el techo de un lavadero en que las lavanderas habían hecho hervir la lejía.

—Bueno, bueno. Ya llegaré yo también hasta allí, volvió a gruñir el Frío mientras se alejaba.

¡Cómo heló aquella noche! Hasta el agua cliente de la lejía se enfrió y llegó a helarse.

A la mañana siguiente el pajarillo cantaba nuevamente. El Frío, asombrado, vencido, le volvió a preguntar airado:

—Pero, ¿no has muerto?

—¿Morir? ¿Por qué?

—¿Pues dónde pasaste la noche?

—Estuve junto al corazón de una madre, que tenía estrechamente abrazado a su chiquitín, para defenderlo del frío. Te aseguro que lugar más caliente no lo hubiera podido encontrar.

El Frío exclamó con visible mal humor: ¡Este es un sitio a donde yo jamás podré llegar!

Y tenía razón, porque el frío de la indiferencia o del olvido podrá llegar a muchos corazones, pero jamás al corazón de una madre.


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Noticias Cristianas: «Historias para amar al prójimo n.º 6»

en Historias para amar, pp. 87.

Pesadilla

Pesadilla

En tiempo de S. Gregorio vivía un estudiante a quien, en su infancia, su buena madre había educado muy cristianamente inculcándole una tierna devoción a la gloriosa Virgen María.

No obstante, como quedó huérfano siendo aún muy joven, fue arrastrado por el torbellino de la vida; y aunque de vez en cuando invocaba a la Madre de Dios, llevaba una vida bastante desordenada.

La Virgen, como buena madre de todos los huérfanos, tuvo compasión de él; y una noche en que se había acostado muy tarde por haber estado de francachela, tuvo la visión, en sueños, del Juicio Final.

Vio cómo la mayor desolación se esparcía por toda la tierra; cómo se desbordaban los mares y ríos, los volcanes arrojaban fuego y lava, los astros caían del firmamento, ciudades enteras quedaban sepultadas con todos sus habitantes, las montañas se hundían con horrísono estruendo, y el hambre, la guerra, la peste, la miseria y la muerte cundían por doquier.

En tan terribles instantes, cuando ya en el mundo no quedaba un ser viviente, bajaban los ángeles del cielo tocando unas largas y potentes trompetas, a cuyo sonido se levantaban todos los muertos tomando carne mortal. Entonces, en una nube de gloria vio descender al divino Crucificado, quien, sentado en un trono que formaban las nubes, iba juzgando a unos y a otros, Allí se veía cómo iban saliendo las faltas y los pecados de todos, y cómo ni los padres podían salvar a los hijos, ni los hijos a los padres; cada uno era responsable de sus propios actos.

Jesucristo los iba enviando, unos a la derecha y otros a la izquierda; los de la derecha marchaban derechitos a la gloria del Padre, y los de la izquierda eran sepultados en los profundos infiernos, donde debían arder eternamente y ser martirizados por los demonios.

El joven se encontraba entre la multitud de almas que habían de ser juzgadas. Mirándose a sí mismo y comprendiendo que por todos sus pecados estaba irremisiblemente condenado, no sabía qué hacer para salvarse y se iba corriendo hacia atrás, con el fin de retardar más su condenación.

Tanto y tanto retrocedió, que al final se vio separado de la gente y se encontró completamente solo.

Levantando los ojos hacia arriba, como buscando alguna ayuda, distinguió a la gloriosa Virgen María, y empezó a dar gritos diciéndole que tuviera compasión de él; que puesto que Ella era abogada de los pecadores, intercediese cerca de su divino Hijo para que le perdonase y le permitiese entrar en la Gloria ya que todo el mundo sabía que a su Madre no le negaba nada.

La Virgen, con una dulce sonrisa, le prometió interceder por él; pero le dijo que habría que hacer mucha penitencia como desagravio a la Divina Majestad por lo mucho que la había ofendido.

El joven se lo prometió así, y desapareciendo de sus ojos la divina visión, sintió que le llamaban ante el Tribunal de Dios.

La impresión que le produjo aquella llamada le despertó, y al levantarse y mirarse en el espejo pudo comprobar que sus cabellos, que eran negros como el ébano, se habían vuelto blancos como la nieve de las colinas. El estudiante comprendió claramente que había recibido un aviso de la Santísima Virgen para que se corrigiera y cambiara de vida; y abandonando todos los bienes terrenos, entró en una orden religiosa y murió santamente.

La noticia de lo sucedido cundió muy pronto por toda la ciudad; ante tal hecho muchos hicieron penitencia y glorificaron más y más a la soberana Reina de los Cielos.

¡Cuántos seres, si pudieran ver claramente su alma, como el estudiante de la leyenda, se quedarían horripilados al ver la sentencia que les espera en el Juicio de Dios!


* * *


Noticias Cristianas: «Historias para amar a la Virgen n.º 2» en Historias para amar, pp. 36-38.

El viaje del demonio

El viaje del demonio

Camino de la ciudad, andaba enteramente solo un viajero. Era a la puesta del sol.

El rostro del viajero era siniestro; bajo sus espesas cejas erizadas, brillaban sus ojos cual si fueran ascuas. Horrible sonrisa se dibujaba en sus labios; y, centelleantes, como briznas de acero enrojecidas al horno, tenía erizados sus cabellos.

De las arrugas de su cráneo manaba un sudor infecto, cuyas gotas corrían el suelo como la mordedura de un ácido.

A su paso temblaba la tierra y producía extraños ruidos; las aves interrumpían sus cantos y ocultaban a sus pequeñuelos bajo sus alas; los árboles gemían como en los días en que el viento ruge de cólera, y la hierba, en el espacio en que era cubierta por la sombra del caminante, quedaba negra como si hubiera sido quemada por una lluvia de carbones encendidos.

Cuando, al pasar junto a una fuente, el viajero hundió en ella la extremidad de su bastón, el agua se puso a hervir de pronto; se vio subir por el aire una espesa niebla y el líquido quedó turbio como el fango de un pantano.

Mientras caminaba, cantaba el viajero una canción de aire desconocido, siniestro, capaz de infundir pavor a los hombres más valientes; esta impía canción asustó a los ecos, y no se atrevieron a repetirla.

Caminaba asomándose a todas las ventanas de las casas en que, dormidos o despiertos, había seres humanos; y a medida que se asomaba, salía de su boca como un humo espeso que, atravesando las paredes penetraban en el alma de los que allí estaban y daba a su fisonomía un no sé qué extraño y aterrador.

Mas en las casas en donde, ello no obstante, nada parecía haber cambiado, se oían sonidos apenas articulados que parecían blasfemias.

Luego se enderazaba el caminante rechinando los dientes, y continuaba su camino, sin dejar de visitar ninguna casa.

Mas he aquí que a veces se detenía temblando, y luego retrocedía espantado… Es que había visto en la cuna del niño, o a la cabecera de una piadosa madre, Un crucifijo. Sus odiosos rasgos se contraían un instante, luego continuaba su camino, yendo siempre de casa en casa.

Terminado su viaje, se sentó a la puerta de la ciudad, prorrumpió en una aguda carcajada y murmuró: Mi amo estará satisfecho.

Este viajero era un emisario del infierno, que tenía por misión sembrar el pecado.

Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios n.º 5»
en Historias para amar, pp. 14-15.


Reconstruir el mundo

Reconstruir el mundo

Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba  resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas.

Cierto día, su hijo de siete años invadió su santuario decidido a ayudarlo con el trabajo.  El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lugar.  Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle, con el objetivo de distraer su atención.  De repente, encontró una  revista en cuya contratapa había un mapa del mundo, ¡justo lo que precisaba!

Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de  cinta se lo entregó a su hijo diciendo:

Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto, para que lo repares sin ayuda de nadie.

Entonces, calculó que al pequeño le llevaría un par de horas componer el mapa, y él tendría una tarde tranquila para seguir pensando e investigando sobre los problemas más acuciantes del mundo.

Pero, para su sorpresa, no  fue así.  Pasados algunos minutos, escuchó la voz del niño que lo llamaba  calmadamente:

¡Papá, papá, ya hice todo!  ¡Conseguí terminarlo!

Al principio, el padre no dio crédito a las palabras del niño.  Pensó que sería imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes.  Desconfiado, el científico levantó la vista de sus  anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño.

¡Para su gran asombro, el mapa estaba completo! Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había  sido capaz?

¡Hijito, tú no sabías cómo era el mundo!  ¿Cómo lograste armarlo?

Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la  revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era.

¡Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo…!

Basado en Mamerto Menapace: «Solución Sencilla», Inventario de cuentos, p. 13.

*  *  *


Para la reflexión personal

¡Cuántas veces necesitamos tomar distancia de las cuestiones que nos aquejan o preocupan y las soluciones aparecen a la vista!  Quizás, se trate de dar vuelta los problemas, para encontrar el costado más sencillo y el comienzo de una resolución.  Hay veces que es cuestión de barajar de vuelta y observar las cosas desde un punto de vista diferente.  Lo individual involucra lo social, lo micro se ve reflejado en lo macro, lo pequeño en lo grande y viceversa.

Evidentemente los problemas del mundo se solucionan cuando resolvemos los problemas del hombre.  La solución, sin embargo, está en los hombres mismos.  El cosmos tiene en sí el germen para resolver los grandes problemas que acucian a la humanidad.  Dios nos ha regalado todas nuestras capacidades para ponerlas al servicio de la humanidad, especialmente de los más necesitados.

El sentido último del trabajo del hombre en el mundo es completar la creación de Dios, de manera que todos los hombres y mujeres puedan vivir con dignidad y armonía.  En el compromiso y en la acción concreta; en el hombre como artífice y cocreador de su historia, se encuentra el destino de la humanidad.


Para compartir en familia o en grupo

  1. ¿Cuál es el problema del mundo que más nos preocupa?  Realizar un listado en común.
  2. ¿En qué medida podemos hacer algo para solucionar parte de esos problemas?
  3. Enumerar, grupalmente, cinco acciones concretas, a nuestro alcance que pueden ayudarnos a resolver dichos problemas.
  4. De las cinco acciones planteadas, elegir una para llevar a la práctica entre todos.
  5. Plantearnos un proyecto en común para desarrollar; teniendo en cuenta objetivos, cursos de acción, responsabilidades, plazos, etc. para emprender dicho proyecto.


Valores en juego

Armonía.  Ecología.  Paz.  Respeto.  Responsabilidad.


El gigante egoísta: el valor de la generosidad

El gigante egoísta: el valor de la generosidad

Os presentamos el cuento de El gigante egoísta, una bonita historia para que los niños aprendan el valor de la generosidad. 

El gigante egoísta

Todas las tardes al salir de la escuela los niños tenían la costumbre de ir a jugar al jardín del gigante.

Era un jardín grande y bello, con suave y verde hierba. Acá y allá, sobre la hierba, brotaban preciosas flores semejantes a estrellas, y había doce melocotoneros que en primavera se cubrían de delicadas flores color rosa y perla, y que en otoño daban sabroso fruto.

Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan melodiosamente que los niños dejaban de jugar para escucharles.

—¡Qué felices somos aquí! —se gritaban unos a otros. 

Un día regresó el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, y se había quedado con él durante siete años. Al cabo de los siete años había agotado todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar, vio a los niños que estaban jugando en el jardín.

—¿Qué estáis haciendo aquí? —gritó con voz muy bronca.

Y los niños se escaparon corriendo.

—¡Mi jardín es mi jardín! —exclamó el gigante—; cualquiera puede entender eso, y no permitiré que nadie más que yo juegue en él.

Así que lo cercó con una alta tapia, y puso este letrero:


SE PERSEGUIRÁ A LOS TRANSGRESORES


Era un gigante muy egoísta.

Los pobres niños no tenían ya dónde jugar. Intentaron jugar en la carretera, pero la carretera estaba muy polvorienta y llena de duros guijarros, y no les gustaba. Solían dar vueltas alrededor del alto muro cuando terminaban las clases y hablaban del bello jardín que había al otro lado.

—¡Qué felices éramos allí! —se decían.

Luego llegó la primavera y todo el campo se llenó de florecillas y de pajarillos.

Solo en el jardín del gigante egoísta seguía siendo invierno. A los pájaros no les interesaba cantar en él, ya que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. En una ocasión una hermosa flor levantó la cabeza por encima de la hierba, pero cuando vio el letrero sintió tanta pena por los niños que se volvió a deslizar en la tierra y se echó a dormir. Los únicos que se alegraron fueron la nieve y la escarcha.

—La primavera se ha olvidado de este jardín —exclamaron—, así que viviremos aquí todo el año.

La nieve cubrió la hierba con su gran manto blanco, y la escarcha pintó todos los árboles de plata. Luego invitaron al viento del Norte a vivir con ellas, y acudió. Iba envuelto en pieles, y bramaba todo el día por el jardín, y soplaba sobre las chimeneas hasta que las tiraba.

—Este es un lugar delicioso —dijo—. Tenemos que pedir al granizo que nos haga una visita.

Y llegó el granizo. Todos los días, durante tres horas, repiqueteaba sobre el tejado del castillo hasta que rompió casi toda la pizarra, y luego corría dando vueltas y más vueltas por el jardín tan deprisa como podía. Iba vestido de gris, y su aliento era como el hielo.

—No puedo comprender por qué la primavera se retrasa tanto en llegar —decía el gigante egoísta cuando sentado a la ventana contemplaba su frío jardín blanco—. Espero que cambie el tiempo.

Pero la primavera no llegaba nunca, ni el verano. El otoño dio frutos dorados a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.

—Es demasiado egoísta —decía.

Así es que siempre era invierno allí, y el viento del Norte y el granizo y la escarcha y la nieve danzaban entre los árboles.

Una mañana, cuando estaba el gigante en su lecho, despierto, oyó una hermosa música. Sonaba tan melodiosa a su oído que pensó que debían de ser los músicos del rey que pasaban. En realidad era solo un pequeño pardillo que cantaba delante de su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar a un pájaro en su jardín que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de danzar sobre su cabeza, y el viento del Norte dejó de bramar, y llegó hasta él un perfume delicioso a través de la ventana abierta.

—Creo que la primavera ha llegado por fin —dijo el gigante.

Y saltó del lecho y se asomó. ¿Y qué es lo que vio?

Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha de la tapia, los niños habían entrado arrastrándose, y estaban sentados en las ramas de los árboles. En cada árbol de los que podía ver había un niño pequeño. Y los árboles estaban tan contentos de tener otra vez a los niños, que se habían cubierto de flores y mecían las ramas suavemente sobre las cabezas infantiles. Los pájaros revoloteaban y gorjeaban de gozo, y las flores se asomaban entre la hierba verde y reían. Era una bella escena.

Solo en un rincón seguía siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y había en él un niño pequeño; era tan pequeño, que no podía llegar a las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor, llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía enteramente cubierto de escarcha y de nieve, y el viento del Norte soplaba y bramaba sobre su copa.

—Trepa, niño —decía el árbol—, e inclinaba las ramas lo más que podía.

Pero el niño era demasiado pequeño. Y el corazón del gigante se enterneció mientras miraba.
—¡Qué egoísta he sido! —se dijo—; ahora sé por qué la primavera no quería venir aquí. Subiré a ese pobre niño a la copa del árbol y luego derribaré la tapia, y mi jardín será el campo de recreo de los niños para siempre jamás.

Realmente sentía mucho lo que había hecho.

Así que bajó cautelosamente las escaleras y abrió la puerta principal muy suavemente y salió al jardín. Pero cuando los niños le vieron se asustaron tanto que se escaparon todos corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno. Solo el niño pequeño no corrió, pues tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio llegar al gigante. Y el gigante se acercó a él silenciosamente por detrás y le cogió con suavidad en su mano y le subió al árbol. Y al punto el árbol rompió en flor, y vinieron los pájaros a cantar en él; y el niño extendió sus dos brazos y rodeó con ellos el cuello del gigante, y le besó.

Y cuando vieron los otros niños que el gigante ya no era malvado, volvieron corriendo, y con ellos llegó la primavera.

—El jardín es vuestro ahora, niños —dijo el gigante.

Y tomó un hacha grande y derribó la tapia.

Y cuando iba la gente al mercado a las doce encontró al gigante jugando con los niños en el más bello jardín que habían visto en su vida.

Jugaron todo el día, y al atardecer fueron a decir adiós al gigante.

—Pero ¿dónde está vuestro pequeño compañero —preguntó él—, el niño que subí al árbol? Era al que más quería el gigante, porque le había besado.

—No sabemos —respondieron los niños—; se ha ido.

—Tenéis que decirle que no deje de venir mañana —dijo el gigante.

Pero los niños replicaron que no sabían dónde vivía, y que era la primera vez que le veían; y el gigante se puso muy triste.

Todas las tardes, cuando terminaban las clases, los niños iban a jugar con el gigante. Pero al pequeño a quien él amaba no se le volvió a ver. El gigante era muy cariñoso con todos los niños; sin embargo, echaba en falta a su primer amiguito, y a menudo hablaba de él.

—¡Cómo me gustaría verle! —solía decir.

Pasaron los años, y el gigante se volvió muy viejo y muy débil. Ya no podía jugar, así que se sentaba en un enorme sillón y miraba jugar a los niños, y admiraba su jardín.

—Tengo muchas bellas flores —decía—, pero los niños son las flores más hermosas.

Una mañana de invierno miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno, pues sabía que era tan solo la primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
De pronto, se frotó los ojos, como si no pudiera creer lo que veía, y miró, y miró.

Ciertamente era un espectáculo maravilloso. En el rincón más lejano del jardín había un árbol completamente cubierto de flores blancas; sus ramas eran todas de oro, y de ellas colgaba fruta de plata, y al pie estaba el niño al que el gigante había amado.

Bajó corriendo las escaleras el gigante con gran alegría, y salió al jardín.

Atravesó presurosamente la hierba y se acercó al niño. Y cuando estuvo muy cerca su rostro enrojeció de ira, y dijo: —¿Quién se ha atrevido a herirte? Pues en las palmas de las manos del niño había señales de dos clavos, y las señales de dos clavos estaban asimismo en sus piececitos.

—¿Quién se ha atrevido a herirte? —gritó el gigante—; dímelo y cogeré mi gran espada para matarle.

—¡No! —respondió el niño—; estas son las heridas del amor.

—¿Quién eres tú? —dijo el gigante, y le embargó un extraño temor, y se puso de rodillas ante el niño.

Y el niño sonrió al gigante y le dijo: —Tú me dejaste una vez jugar en tu jardín; hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

Y cuando llegaron corriendo los niños aquella tarde, encontraron al gigante que yacía muerto bajo el árbol, completamente cubierto de flores blancas.

*  *  *

Para la catequesis familiar

Este maravilloso cuento de Óscar Wilde plantea, en lenguaje sencillo y con preciosas imágenes literarias, el tema de la generosidad. En las dos partes del cuento aparece el protagonista, el gigante, adornado por un vicio —el egoísmo— y su virtud contraria —la generosidad—. El gigante egoísta está enfadado y oscurece todo lo que tiene a su alrededor: la alegría y la luz se alejan de él… solo la lluvia, el granizo y el viento se alían con én; sin embargo, el gigante generoso procura alegría para todos, sabe valorar las cosas sencillas y entrega su vida a hacer el bien a los demás… y, por ello, recibe el más fabuloso premio, el Paraíso.

Estas preguntas pueden servirte para hacer catequesis con tus hijos:

  • ¿Por qué crees que al gigante no le gusta que los niños jueguen en su jardín? ¿Es que acaso lo quiere todo para él solo?
  • ¿Es feliz el gigante con su solitario jardín?
  • ¿Por qué crees que el invierno acampa en el jardín y la primavera no quiere entrar en él?
  • ¿Qué hace cambiar de actitud al gigante para que permita que los niños jueguen en su jardín?
  • ¿Quién es el niño amiguito del gigante? ¿Es también amigo tuyo?
  • ¿Quiere el gigante a su amiguito? ¿También tú?
  • ¿Sabes por qué son heridas de amor las que tiene el amiguito del gigante?
  • ¿Sabes qué es el Paraíso? ¿Por qué el Niño se lleva al gigante a ese lugar?
  • Y tú, ¿cómo eres… avinagrado como el gigante egoísta o dichoso como el gigante generoso?


    La última tarde del verano: Una narración sobre la camaradería y la confianza

    La última tarde del verano: Una narración sobre la camaradería y la confianza

    — Mañana comienza el curso otra vez.

    — Sí. Se acabó la buena vida…

    — Ha sido un verano alucinante, pero no puede acabar así, sin nada que hacer.

    — ¿Se te ocurre algo para aprovechar la tarde?…

    Juan Pablo y Alejandro —estudiantes de bachillerato desde el pasado año, amigos desde críos y getxotarras de toda la vida— se encontraban en el acantilado de punta Galea reclinados sobre el manillar de sus motos, muy cerca del faro. Allí se habían detenido, justo al borde del acantilado, y, cuando se plantearon qué hacer aquella tarde, llevaban ya un buen rato charlando acerca de los sucesos más sobresalientes de los últimos días. De su conversación se traslucía la típica sensación de nostalgia de quienes comprueban que todo lo bueno pasa, que el tiempo nunca se detiene y que lo vivido jamás vuelve atrás. 

    — No se me ocurre nada, dijo Juan Pablo con displicencia. Y seguidamente añadió: Voy a echar mucho de menos a Marta.

    — Y yo a Nekane.

    — Marta vale un riñón y estoy supercolao, tío… ¿Y tú?

    — Yo creo que también. Y hasta Navidades no les veremos…

    Eran las cuatro de la tarde. El sol lucía esplendente a su izquierda, por encima de los montes de Triano. Soplaba una leve brisa. En toda la bóveda celeste no se veía una sola nube y la mar, adornada por algunos veleros que navegaban plácidamente, se mostraba sosegada y tranquila. Abajo, en la reducida playa que Juan Pablo y Alejandro tenían a sus pies, el agua se limitaba a acariciar la arena, una y otra vez, con un delicado y paciente ir y venir. Tan solo de vez en cuando, el murmullo que producían algunas olas al chocar contra la base del acantilado, alteraba el calmoso silencio que inundaba de paz y de serenidad aquella tarde.

    — Tenemos que hacer algo, comentó Juan Pablo.

    — ¿Por qué no vamos al cine?

    — ¿Al cine? ¿Con la tarde que hace? Si me meto en un sitio cerrao a estas horas, un día como hoy, seguro que me entra la depre.

    — La verdad es que a mí tampoco me apetece nada encerrarme…

    Las miradas de los dos amigos deambulaban de un lado para otro, a su aire, sin más pretensiones que la de ir cambiando las imágenes que se imprimían momentáneamente en las retinas de sus ojos y, aunque hablaban y hablaban, sus mentes trabajaban al ralentí, como si se mantuvieran en un obligado punto muerto. Y así transcurrieron unos cuantos minutos más hasta que, de pronto, mientras los ojos de Juan Pablo realizaban uno de aquellos movimientos inconscientes, la mirada se le quedó prendada y fija sobre una de las paredes grisáceas del acantilado. Una pared imponente que se alzaba desde el mar hasta la altura a la que ellos se estaban y que terminaba no muy lejos del lugar en el que ellos se encontraban, justo a su derecha. Es una bonita pared. Y se podría subir. No parece difícil, pensó Juan Pablo para sí. Pero no tenemos material aquí y sería una locura intentarlo con esta vestimenta…

    — Aleks, ¿qué te parece si subimos esa pared?

    — ¿Cuál de ellas?

    — Aquella. La que está agrietada. La que tiene multitud de ranuras horizontales y verticales. La que parece que ha sido construida con muchos adoquines.

    — Pero es muy vertical y no tenemos botas, ni nada de material. Además, hace mucho calor. El sol tiene que pegar fuerte ahí abajo. Da de plano…

    Poco después Juan Pablo y Alejandro arrancaron las motos y a las cinco se encontraban ya de nuevo al borde del acantilado con sus botas de monte, un par de sombreros y una pequeña máquina de fotos, de las de usar y tirar. Luego, tras unir las motos y los cascos con sus respectivos candados, guardaron las llaves con cuidado en lo más hondo de los bolsillos de sus pantalones y se acercaron hasta el mismo borde del acantilado. Allí se quedaron extasiados, en silencio, durante un buen rato. Observando la pared. El aburrimiento y el desencanto habían desaparecido ya del rostro de ambos amigos y en los dos se palpaba ahora un estado de ánimo especial, algo así como una amalgama de sensaciones encontradas. Por una lado, la ilusión por lograr el atrayente objetivo que se habían propuesto y, por otro, un naciente e incómodo nerviosismo que se resistían a aceptar y, menos aún, a reconocer. Pero era evidente que sus corazones latían ahora un poco más deprisa que cuando tomaron la decisión de conquistar la pared.

    — Le llamaremos la escalada Parasol. Por la marca de los sombreros, dijo Juan Pablo mientras se ajustaba el suyo.

    — Yo me encargo de la máquina. ¿Por dónde llegamos hasta la base de la pared?

    — Por ahí hay un sendero que baja hasta la playa.

    — Te sigo…

    El camino que tomaron serpentea por una zona en la que las rocas se alternan con tramos de barro pisado y con hierba a medio crecer, y por él descendieron con cautela hasta el nivel del mar. Luego, atravesando la playa en diagonal, se dirigieron hacia la base de la pared mientras realizaban comentarios jocosos sobre la acogida que su hazaña tendría entre sus compañeros de clase al día siguiente. No se lo van a creer, decía. Va a ser flipante, tío. Pero, a medida que se acercaban a ella y la iban examinando con mayor detenimiento, se fue instalando en sus espíritus, junto al natural respeto por la escalada que iban a realizar, un molesto y manifiesto recelo. Advirtieron entonces, con especial claridad, que la arena de la playa crujía y se quejaba bajo la suela de sus botas, y que sus cuellos y sus espaldas acusaban ya el poderoso impacto de los rayos del sol.

    — No es totalmente vertical, dijo Juan Pablo para animarse. Y desde aquí abajo parece menos alta que desde arriba, aunque impone lo suyo. Yo creo que podemos subirla.

    — Espera a que estemos más cerca, porque yo todavía no lo tengo muy claro.

    — Podríamos iniciar la escalada por el mismo centro de la pared y tratar de alcanzar el pequeño rellano que se ve hacia la mitad de la subida.

    — ¿Y luego? ¿Por dónde seguimos?

    — Ya veremos si se puede continuar por la directa. O en diagonal hacia la derecha, por aquellas lajas inclinadas.

    — Habrá que ver cómo se encuentra la piedra, porque parece que está bastante suelta.

    — Sí. Y es posible que, cuando estemos a media pared, nos tengamos que bajar.

    — Eso me temo yo. Y ya sabes tú que bajar suele ser mucho más difícil que subir…

    Cuando llegaron a la base miraron hacia arriba con el gesto serio y el ceño fruncido y, durante unos momentos, mientras cada uno estudiaba los detalles de la pared con renovado interés, permanecieron en silencio. Palpaban la roca y escrutaban el murallón de arriba abajo y de derecha a izquierda, siguiendo con su imaginación todas las rutas que les parecían teóricamente practicables. Rutas que no sabían si algún otro ser humano las había diseñado y recorrido antes pero que, en sus jóvenes mentes, aparecían como posibles, como la solución al reto que se habían propuesto aquella última tarde del verano.

    La mole de piedra que intentaban subir es imponente vista desde cualquier lugar. Se eleva unos treinta o cuarenta metros por encima de la playa, pero ninguno de los dos amigos se atrevió a manifestar, en aquellos momentos, la profunda turbación que le provocaba el inminente asalto. La parte superior del muro que pretendían trepar la veían lejos, muy lejos, allá arriba, pero fascinante, recortada con nitidez sobre el luminoso y lejano azul del cielo.

    — Habrá que decidirse, comentó Juan Pablo, que era quien solía tomar la iniciativa cuando se enfrentaban con situaciones comprometidas.

    — Espera un momento, que quiero sacar un par de fotos antes de empezar.

    — Saca alguna con el mar al fondo. Para que la línea del horizonte sirva de referencia a la verticalidad de la pared.

    — Ponte por ahí y mira hacia donde yo estoy, para que el sol te ilumine la cara…

    Alejandro sacó varias fotos y, tras comprobar y comentar que habían quedado chulas, muy chulas, se guardó la cámara en el bolsillo superior de su vieja camisa de monte, se ajustó bien el sombrero y se apretó de nuevo, con fuerza, los cordones de las botas. Después se acercó hasta donde estaba Juan Pablo y comenzaron los dos a subir por la pared con cuidado, despacio. Juan Pablo iba por delante, abriendo la vía. Alejandro por detrás, siguiendo sus presas. Juan Pablo parecía seguro, concentrado en lo que hacía. Alejandro, sin embargo, notó en aquellos momentos una molesta e inquietante sensación a la altura del estómago…

    — Las presas no están muy claras y la piedra no es de fiar. Ten cuidado que está muy rota, comentó Juan Pablo en voz alta mientras trepaba y ganaba altura metro a metro.

    — Pues sube despacio y asegura bien cada paso. Siempre tres presas seguras.

    — Aleks, ten cuidado con los mechones de hierba. Se salen. No te fíes de ninguno de ellos. Coge piedra.

    — Debiéramos haber traído una cuerda. Y algunas clavijas para asegurarnos…

    Juan Pablo, que se encontraba ya a unos quince metros del suelo, pensaba lo mismo que Alejandro, pero no quiso decírselo. Su ímpetu, su entusiasmo y sus ganas de vivir, le arrastraban con cierta frecuencia a situaciones excesivamente arriesgadas, a situaciones cuyas consecuencias no había previsto y analizado con la suficiente reflexión. Pero era de natural optimista y no gustaba de lamentarse. Era de esas personas a las que les cuesta mucho dar marcha atrás cuando se proponen alcanzar una meta y toman la decisión de llegar hasta ella. Bien es verdad que, aunque a veces pecaba de precipitado, tenía a su favor que era valiente y tenaz, muy tenaz. Y siempre se las ingeniaba para sacarle el máximo partido a las circunstancias en las que se encontraba. No era de los que pierden el tiempo con lamentaciones estériles acerca de lo que podría haber sido o de lo que se podría haber hecho. Además, ya era tarde para volver en busca de una cuerda y unas clavijas.

    — Ya estoy llegando a la repisa. Hay sitio para los dos.

    — Pues espera ahí quieto que yo quiero descansar antes de seguir.

    — Yo ya estoy. Me he puesto de espaldas a la pared… Aleks, el panorama es espectacular… Y tenemos compañía. Hay gente mirando hacia aquí.

    — Seguro que alguno pensará que estamos locos.

    — Seguro. Sube con cuidado hasta aquí, porque hay mucha piedra suelta.

    — Tú quieto. Ya voy…

    Alejandro se reunió poco después con Juan Pablo y, tras ponerse también de espaldas a la pared y asentar sus dos pies lo mejor que pudo sobre la pequeña repisa, se limpió, con la manga derecha, las gotas de sudor que corrían por su frente. Luego se puso a mirar hacia la línea del horizonte, intentando relajar las piernas. Después dirigió la vista hacia el camino por el que habían descendido y miró hacia abajo, hacia la playa, con cierta prevención. Entonces pudo comprobar que la altura que habían alcanzado era ya respetable y que, efectivamente, dos grupos de personas se dedicaban a observarles. Cuatro individuos se encontraban situados enfrente, al borde del acantilado —unos cuantos metros por encima de ellos—, y tres más, allá abajo, sobre la misma arena de la playa de donde habían partido. Alejandro no se encontraba nada a gusto en aquella situación, pero como Juan Pablo le sugirió que sacara alguna foto —para la Historia, le dijo— él, con el único fin de satisfacer a su amigo, extrajo con cuidado la cámara de fotos del bolsillo de la camisa y se preparó para sacarlas.

    Poco después, tras sacar varias fotos, Alejandro sintió que el sudor le brotaba de nuevo, esta vez con anormal intensidad y por distintas partes del cuerpo. Y que la tensión de sus muslos, en vez de relajarse, iba a más. Advirtió también entonces, con asombro y estupor, que las dos piernas le comenzaron a temblar al unísono, de manera autónoma y de una forma tal que le pareció que no podría controlarlas. Por un momento pasó por su mente la idea de gritar, y de pedir socorro, pero se contuvo y, dirigiéndose a su amigo, le dijo con voz entrecortada:

    — Juanpa, estoy acojonado…

    — Yo también tengo cierto canguelo, reconoció su amigo… Tenemos un buen patio aquí abajo… Pero no te preocupes que de esta salimos. Seguro que salimos. ¿Cómo ves…

    — Nos hemos metido en un buen lío, le interrumpió Alejandro, que continuaba esforzándose por controlar el movimiento involuntario de sus piernas.

    — Lo mejor será que nos tranquilicemos, y que busquemos una salida segura…

    Juan Pablo se dedicó entonces a intentar que Alejandro se tranquilizara, y a que recobrara el control de las piernas. Luego, cuando le pareció que la situación de Alejandro había mejorado, se giró de nuevo hacia la pared para dejar de mirar al vacío y para buscar alguna salida a la comprometida situación en la que se encontraban. Desde la nueva postura miró hacia lo alto del acantilado y advirtió con sorpresa que, hacia arriba, la inclinación era mayor aún que la que habían superado desde la base hasta el lugar en el que estaban detenidos.

    — La salida por arriba parece posible, pero es bastante arriesgada, comentó entonces Juan Pablo con un tono de voz que pretendía disimular su desazón. La pared se pone casi vertical. ¿Cómo lo ves tú?

    — Por abajo la cosa está muy mal. No se ve bien donde habría que poner los pies. Y las presas para las manos son malas, muy malas.

    — Yo tampoco veo claro un desplazamiento lateral por mi lado, hacia la derecha, añadió Juan Pablo. ¿Cómo está la pared por tu costado?

    — Por la izquierda la pared acaba colgada sobre el mar. Y en la parte de abajo hay rocas. No me gusta nada…

    El verano se les había pasado volando a los dos amigos, pero aquellos momentos se les estaban haciendo eternos. La situación en la que se encontraban había provocado que el nivel de adrenalina de sus cuerpos estuviera muy por encima de lo habitual y ello contribuía a que cada instante que pasaba lo percibieran con especial intensidad. A los dos, por primera vez en sus cortas vidas, les pareció que el tiempo reducía, ostensiblemente, su natural ligereza.

    — No dejemos que cunda el pánico y vamos a pensar en la mejor salida.

    — Ya te he dicho que por abajo está imposible.

    — Pues tendremos que salir por arriba.

    — Tú verás lo que haces, pero antes de moverte de aquí piénsalo bien…

    Juan Pablo miró de nuevo hacia lo alto de la pared. Pensó que ese camino era la mejor salida, la opción menos mala. Quizás la única salida. Pero que tenía que concentrarse al máximo en la operación, porque era evidente que se estaban jugando la vida. Buscó entonces con detenimiento todos los salientes, recovecos y rendijas que ofrecía la pared por encima de su cabeza, hasta los más pequeños. Y, tras repasar, una y otra vez, todas las vías posibles hasta donde alcanzaba su vista, se decidió a subir.

    — Aleks, no te muevas todavía. Voy a intentarlo por arriba. Yo te aviso en cuando llegue.

    — Vale, tío. Pero ten cuidado.

    — Descuida…

    Juan Pablo tragó saliva y respiró hondo. Antes de reanudar el ascenso repasó, un par de veces, cada uno de los movimientos que había pensado realizar. Luego se decidió a abandonar la relativa seguridad de la repisa. Poco a poco, palmo a palmo, armonizando manos y pies, como si fuera un autómata, como si fuera un robot programado única y exclusivamente para adherirse a las rocas y escalar, fue ganando altura. Subía en silencio, con todas las neuronas de su joven cerebro dedicadas a sacarle el máximo partido a las posibilidades que le ofrecía la roca para adherirse a ella e ir venciendo a la implacable gravedad. Escrutaba cada saliente, lo palpaba como hace un ciego para reconocer con sus dedos los detalles de un objeto que ha llegado a sus manos, y luego tensaba sus músculos con extrema suavidad, progresivamente, sin realizar ningún movimiento brusco. Y así ascendía. Ascendía sin pensar en otra cosa que no fuera ascender pegado a la roca. Parecía que su cerebro le transmitía en todo momento las instrucciones precisas. Tranquilo. Con seguridad. Sin prisas….

    — ¡Juanpa! ¿Cómo te va?, le preguntó Alejandro sin mirar hacia arriba y en un momento en el que Juan Pablo se encontraba atascado, intentando superar un paso especialmente difícil.

    — ¡Juanpa! ¿Me oyes?, volvió a gritar Alejandro ante la ausencia de una respuesta de su amigo…

    Juan Pablo se esforzó por no distraerse aunque, por un instante, pensó en Alejandro, en lo nervioso que estaría, solo, unos metros más abajo, en la repisa. Aguantará, dijo para sí, Aleks aguantará. Y continuó, sin responderle, concentrado en su delicada labor de superar el complicado paso que le había detenido en su ascenso. Tres presas seguras siempre. Por lo menos tres presas. Y mientras se repetía, una y otra vez, la misma idea, iba cambiando y probando: Los dos pies y la mano derecha. No, no vale… Los dos pies y la izquierda. No, así no puedo, porque aquí no hay ninguna presa… Las dos manos y el pie izquierdo bien asentados y subo un poco el derecho. Tampoco, esa presa para el pie no aguantará…

    — ¡Juanpa! ¡Juanpa!, volvió a gritar Alejandro con más fuerza desde la repisa.

    — ¿Qué quieres?

    — ¿Cómo vas?

    — Bien, voy bien. Espera tranquilo, enseguida te explico…

    Ánimo, que puedes. Insiste, se dijo Juan Pablo a sí mismo. Y siguió intentándolo con aquella tenacidad inquebrantable que había manifestado desde muy pequeño y que, en buena parte, había heredado de su madre. Unos cuantos metros más abajo, Alejandro se encontraba cada vez más nervioso y ahora, sin la cercanía de su amigo, le era más difícil controlar el temblor de sus piernas. ¿Por qué tardará tanto? ¡Joder! Me estoy cansando…

    Juan Pablo insistió una vez más y, tras elegir el movimiento que le pareció más idóneo para superar el atasco en el que se encontraba, levantó su pierna izquierda un par de palmos, presionó con fuerza la puntera de la bota contra una pequeña hendidura, tensó lentamente sus dos largos brazos y, con toda la suavidad de la que fue capaz, retiró su pie derecho del pequeño saliente sobre el que se apoyaba. Poco tiempo después pudo gritar con júbilo y con toda la potencia de sus dos pulmones:

    — ¡Aleks! ¡Ya está!… ¡¡Estoy arriba!!… ¿¡¡Alejandro!!?…

    Ni sus gritos de alborozo, ni su llamada, encontraron respuesta. Juan Pablo volvió a gritar y se concentró después en escuchar. Pero no oyó nada. Su amigo Alejandro no respondía. Pasaron así unos segundos que se le hicieron interminables y durante los cuales su alborozo había dejando paso a la extrañeza y al temor. Se quedó como en suspenso, con su mente inundada por el desconcierto y la preocupación. Y pensó en lo peor, en que su amigo se había caído. Pero no recordaba haber oído nada: ningún grito, ningún golpe. Antes de asomarse para intentar ver algo, volvió a gritar con fuerza:

    — ¡Aleks! ¿Me oyes?…

    En aquellos momentos Alejandro no podía responderle. No había sido capaz de esperar a que Juan Pablo terminara su escalada y se había decido a subir por su cuenta. Y, en aquel instante, en aquel preciso instante, se encontraba en el mismo paso, en el mismo delicado paso que, poco antes, había detenido el ascenso de Juan Pablo. Alejandro no podía emplear ni un átomo de atención en contestarle.

    — ¡Aleks! ¿Estás ahí?…

    Mientras continuaba llamándole, Juan Pablo se acercó reptando hasta el borde del acantilado y, al asomarse, pudo ver a su amigo bloqueado y sudoroso en el mismo lugar que tanto le había hecho sufrir a él. Enseguida se percató de la seriedad de la situación y, concentrándose y reuniendo todos los recursos de que fue capaz para ponerse en la piel de su amigo, le fue diciendo: Tranquilo, Aleks. Puedes hacerlo… Es más fácil de lo que parece… Busca con tu pie izquierdo una pequeña hendidura a unos dos palmos por encima de donde lo tienes. Despacio. No hay prisa… Bien, vas bien. Por ahí… Cuando la tengas, presiona fuerte y carga el peso sobre la puntera. Y cuando tengas el pie bien asentado álzate despacio. Y verás luego una buena presa para la mano, a tu izquierda… Ahora, tensa un poco los brazos y sube el pie derecho medio metro…

    Alejandro fue siguiendo, paso a paso, cada una de las indicaciones que le transmitía su amigo. Se fiaba de él. Sabía que Juan Pablo era de los que se tomaba la vida en serio en los momentos importantes. Y fue ascendiendo poco a poco, sin mirar hacia abajo y sin permitir que su mente se detuviera a pensar, ni un solo segundo, en el peligro que corría. Y trepó un metro, y otro, y otro más, hasta que, por fin, llegó al lugar en donde estaba Juan Pablo con el brazo derecho bien extendido y la mano abierta.

    — ¡Ánimo, que ya estás!

    — ¡Joder, tío! ¡Ha sido fuerte!… ¡Muy fuerte!

    — Sí. Ha sido la leche. Respira hondo y recupérate.

    — Lo hemos logrado, pero…

    Juan Pablo y Alejandro se fundieron entonces en un fuerte y sostenido abrazo. Luego, con las manos de cada uno sobre los hombros del otro, se miraron derechamente a los ojos, resoplaron ostensiblemente un par de veces y se dedicaron a sonreír y a realizar gestos y muecas variados que pretendían resumir, inútilmente, todo lo que habían pasado y sentido juntos en aquella pared. Después se sentaron más arriba, alejados del borde del acantilado, sobre un cercano montículo cubierto de hierba. Necesitaban recuperarse del trance vivido y disfrutar de aquel momento histórico con la mayor tranquilidad y seguridad posibles. Y encendieron un par de pitillos…

    La tarde seguía preciosa. El sol aún brillaba en lo alto. Ahora sobre el Serantes. La mar se mantenía tranquila. Cerca del horizonte se divisaba, con toda nitidez, la silueta de un enorme carguero que navegaba plácidamente mostrando al sol su costado de estribor…

    — Este final de verano ha sido único, comentó Juan Pablo.

    — Demasiado emocionante para mí en su recta final, aseguró Alejandro mirándole sonriente, pero con cierto aire de reproche mientras soltaba al aire una nube de humo.

    — Perdona el susto, pero me hacía mucha ilusión subir esta pared.

    — La verdad es que nos hemos librado de una buena por muy poco.

    — Mi padre suele decir —continuó Juan Pablo— que hay que tener las maletas preparadas, que hay que estar siempre preparado.

    — ¿Preparado para qué?, le preguntó Alejandro con extrañeza.

    — ¿¡Para qué va a ser!? Para el salto. Para el gran salto final, le contestó su amigo.

    — Ah, ya… Algún día tendrá que llegar, pero parece que hoy no era nuestro día.

    Entonces, Alejandro, cambiando el tono de su voz, añadió:

    — ¡Juanpa! ¡A los jefes ni mú!

    — Descuida Aleks, ni mú.

    — Y a las tías tampoco.

    — Tampoco. Esto queda entre tú y yo.

    — ¿Y las fotos? ¿Qué hacemos con las fotos?

    — Pásalas a papel y las borramos de la memoria. Luego las guardamos en lugar seguro, para la historia…