Evangelio del día: Venimos ante Ti como el publicano

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Lucas 18, 9-14. Sábado de la 3.ª semana del Tiempo de Cuaresma. «Ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador»: esta es la oración que nosotros debemos hacer todos los días, con la conciencia de que somos pecadores, con pecados concretos, no teóricos.

Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: «Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas». En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!». Les aseguro que este último volvió a sus casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Oseas, Os 6, 1-6

Salmo: Sal 51(50), 3-4.18-21

Oración introductoria

Señor, hoy como el publicano y el fariseo, me acerco a Ti a orar. Me acerco, porque sé que sin Ti nada puedo, como Tú mismo nos lo dijiste. Señor, yo llevo en mi interior un fariseo y un publicano. Tú conoces mi debilidad y cómo a veces, sin yo quererlo, caigo y te ofendo; otras, me esfuerzo por hacer tu Voluntad, pero cuántas veces en este interés por agradarte me busco a mí mismo. Señor, sin Ti nada puedo, y como me doy cuenta de ello, me acerco una vez más para presentarme como soy y dejar que Tú lleves las riendas de mi vida. Tú toma lo bueno que me has dado, para mayor gloria tuya, pero también hazte cargo de mi debilidad y utilízala también en favor tuyo; pues, como San Pablo decía, «cuando soy débil es cuando soy fuerte», porque Tú tienes un mayor protagonismo. Señor, yo sólo quiero ser tu instrumento.

Petición

Señor, toma mi vida y guíala por el camino que lleva a Ti; que en cada momento mi actuar vaya dirigido a cumplir tu Voluntad con alegría y sencillez.

Meditación del Santo Padre Francisco

«Intelectuales sin talento, “eticistas” sin bondad, portadores de bellezas de museo»: éstas son las categorías de «hipócritas que tanto reprende Jesús». Las indicó el Papa Francisco en la misa del 19 de junio, por la mañana, en la capilla de la Domus Sanctae Marthae, deteniéndose en la hipocresía, que existe también en la Iglesia, y en el daño que produce. El Pontífice recordó que «el Señor en el Evangelio habla numerosas veces de la hipocresía» y «contra los hipócritas».

Existen «los hipócritas de la casuística: son los intelectuales de la casuística», que «no cuentan con la inteligencia de encontrar y explicar a Dios»; permanecen sólo en la «casuística: “hasta aquí se puede, hasta aquí no se puede”»; son «cristianos intelectuales sin talento». Otros, en cambio, son los de los preceptos, que llevan al pueblo de Dios por un camino sin salida —prosiguió—. Son «eticistas» sin bondad. No saben lo que es la bondad. Son «eticistas»: «se debe hacer esto, esto, esto…». «Llenan de preceptos», pero «sin bondad». Y se adornan con «mantos, con muchas cosas para aparentar ser majestuosos, perfectos»; sin embargo «no tienen sentido de la belleza. Llegan sólo a una belleza de museo».

«El Señor habla de otra clase de hipócritas, quienes se mueven en ámbito sacro». Este caso es el más grave —advirtió el Santo Padre—, porque roza el pecado contra el Espíritu Santo. «El Señor habla de ayuno, oración y limosna —dijo—: los tres pilares de la piedad cristiana, de la conversión interior que la Iglesia nos propone a todos en Cuaresma. Y en este camino están los hipócritas, que presumen al hacer ayuno, al dar limosna, al rezar. Pienso que cuando la hipocresía llega a ese punto, en la relación con Dios estamos bastante cerca del pecado contra el Espíritu Santo. Éstos no saben de belleza, no saben de amor, no saben de verdad; son pequeños, viles».

No todo está perdido. Una ayuda para emprender «el camino contrario» viene de lo que dice Pablo en su segunda carta a los Corintios (9, 6-11): «nos habla de largueza, de alegría —prosiguió el Santo Padre—. Todos hemos tenido la tentación de la hipocresía. Todos. Todos los cristianos. Pero todos tenemos también la gracia, la gracia que viene de Jesucristo, la gracia de la alegría, la gracia de la magnanimidad, de la largueza». Pues bien: si «el hipócrita no sabe lo que es la alegría, no sabe lo que es la largueza, no sabe lo que es la magnanimidad», Pablo nos indica un camino alternativo hecho precisamente «de alegría, largueza y magnanimidad».

No dudó el Papa Francisco en referirse «a la hipocresía en la Iglesia». «¡Cuánto mal nos hace a todos!» —exclamó—. Incluso porque «todos nosotros tenemos la posibilidad de convertirnos en hipócritas». Por ello invitó a pensar en Jesús, «que nos habla de rezar en lo secreto, perfumar la cabeza el día del ayuno y no tocar la tromba cuando hacemos una obra buena». En esto, en la oración —aseguró, citando la parábola de Jesús del Evangelio de Lucas (18, 9-14)—, «nos hará bien la imagen tan bella del publicano: “Ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador”. Y esta es la oración que nosotros debemos hacer todos los días, con la conciencia de que somos pecadores, con pecados concretos, no teóricos».

Santo Padre Francisco: Esos tipos de hipócritas

Meditación del miércoles, 19 de junio de 2013

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Esta mañana hemos dejado el aula del Sínodo y hemos venido «al templo para orar»; por esto, nos atañe directamente la parábola del fariseo y el publicano que Jesús relata y el evangelista san Lucas nos refiere (cf. Lc 18, 9-14). Como el fariseo, también nosotros podríamos tener la tentación de recordar a Dios nuestros méritos, tal vez pensando en el trabajo de estos días. Pero, para subir al cielo, la oración debe brotar de un corazón humilde, pobre. Por tanto, también nosotros, al concluir este acontecimiento eclesial, deseamos ante todo dar gracias a Dios, no por nuestros méritos, sino por el don que él nos ha hecho. Nos reconocemos pequeños y necesitados de salvación, de misericordia; reconocemos que todo viene de él y que sólo con su gracia se realizará lo que el Espíritu Santo nos ha dicho. Sólo así podremos «volver a casa» verdaderamente enriquecidos, más justos y más capaces de caminar por las sendas del Señor.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Homilía del domingo, 24 de octubre de 2010

Propósito

Haré una visita al Santísimo en la que, con humildad, le pediré al Señor me enseñe a amarle más y a cumplir su Voluntad.

Diálogo con Cristo

Señor, hoy como el publicano nos acercamos a Ti, pues nos reconocemos débiles y necesitados de Ti, que eres la fuente de toda gracia. Señor, Tú conoces nuestro corazón y sabes que sin Ti nada podemos; por eso, queremos pedirte que te quedes con nosotros, que nos acompañes en todo momento de nuestro día. Señor, queremos amarte, pero a veces no conocemos bien el camino, o nos dejamos llevar por nuestros intereses; por eso, como el publicano, te pedimos: ¡Ten compasión de nosotros! Y escucha nuestra oración.

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El cimiento de la oración va fundado en la humildad, y mientras más se abaja un alma en la oración, más la sube Dios.

Santa Teresa de Avila

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Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

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Catequesis para niños: El fariseo y el publicano

Evangelio: Lucas 18, 9-14

Esta catequesis ayuda a los niños a comprender una enseñanza muy importante de Jesús: Dios no mira las apariencias, sino el corazón. Podemos apoyarnos en la imagen del fariseo y el publicano para explicar visualmente lo que sucede en el Evangelio y ayudarles a descubrir cómo debe ser una oración agradable al Señor.

1. Miramos la imagen

Antes de leer el Evangelio, conviene detenerse a observar bien la escena.

En la imagen aparecen dos hombres que han subido al Templo para rezar:

  • Uno está de pie, con gesto seguro, hablando mucho y mostrándose orgulloso.
  • El otro está arrodillado, con la cabeza inclinada, reconociendo con humildad su pobreza delante de Dios.
  • Jesús contempla la escena y nos enseña qué oración agrada de verdad al Padre.

Se puede invitar a los niños a fijarse en los gestos y preguntarles:

  • ¿Cuál de los dos parece más humilde?
  • ¿Cuál crees que habla con más sinceridad a Dios?
  • ¿Cuál de los dos necesita más la misericordia del Señor?

2. Escuchamos el Evangelio

Jesús contó esta parábola para enseñar a algunas personas que se creían muy buenas y despreciaban a los demás.

Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano.

El fariseo rezaba diciendo que daba gracias a Dios porque no era como los demás hombres, y porque cumplía muchas cosas buenas. Incluso comparaba su vida con la del publicano para sentirse superior.

El publicano, en cambio, se quedó más atrás. No se atrevía ni a levantar los ojos al cielo. Se golpeaba el pecho y decía con sencillez:

“¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.”

Entonces Jesús dijo que fue el publicano, y no el fariseo, quien volvió a su casa justificado delante de Dios. Y añadió una enseñanza que no debemos olvidar nunca:

“Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”

3. ¿Qué significa esta parábola?

Jesús nos está enseñando cómo debemos presentarnos ante Dios cuando rezamos.

El fariseo

El fariseo hacía algunas cosas buenas, pero tenía un gran problema en su corazón: estaba lleno de soberbia.

  • Se creía mejor que los demás.
  • Despreciaba al publicano.
  • No hablaba con Dios para pedir ayuda, sino para presumir de sí mismo.

Su oración no agradó a Dios porque le faltaba humildad. En realidad, hablaba mucho de sí mismo y muy poco de la misericordia del Señor.

El publicano

El publicano, por el contrario, sabía que había pecado y necesitaba el perdón de Dios.

  • No presumía de nada.
  • Reconocía sus errores.
  • Pedía compasión con sinceridad.

Su oración agradó a Dios porque era una oración humilde, verdadera y confiada.

4. La gran enseñanza de Jesús

El centro de esta parábola está en esta verdad:

Dios mira el corazón.

A veces nosotros podemos fijarnos en lo exterior: en quién parece mejor, en quién habla más bonito o en quién quiere quedar bien delante de todos. Pero Dios ve lo que hay dentro del alma.

Por eso, al Señor le agrada:

  • un corazón humilde,
  • un corazón que reconoce su pecado,
  • un corazón que pide perdón,
  • un corazón que confía en su misericordia.

5. ¿Qué nos enseña para nuestra vida?

Este Evangelio sirve mucho para la vida de los niños, porque también ellos pueden caer a veces en la comparación, el orgullo o el desprecio hacia otros.

Podemos parecernos al fariseo cuando:

  • nos creemos mejores que otros compañeros,
  • nos burlamos de alguien,
  • juzgamos a otra persona,
  • presumimos de lo bien que hacemos las cosas.

Podemos parecernos al publicano cuando:

  • reconocemos que nos hemos equivocado,
  • pedimos perdón a Dios y a los demás,
  • rezamos con sinceridad,
  • no nos comparamos con nadie.

Jesús quiere que aprendamos a ser sencillos delante de Dios. No hace falta usar muchas palabras. Basta un corazón arrepentido y confiado.

6. Una oración sencilla para los niños

Se puede enseñar a los niños esta oración breve:

“Señor Jesús,
enséñame a tener un corazón humilde.
Perdona mis pecados
y ayúdame a amar a los demás.
Amén.”

También pueden aprender la oración del publicano, que es muy breve y muy profunda:

“Señor, ten piedad de mí, que soy pecador.”

7. Propuesta de diálogo con los niños

Después de contemplar la imagen y escuchar el Evangelio, se puede dialogar con los niños con preguntas sencillas como estas:

  • ¿Por qué el fariseo no agradó a Dios?
  • ¿Qué hizo bien el publicano?
  • ¿Qué significa ser humilde?
  • ¿Pedimos perdón cuando hacemos algo mal?
  • ¿Cómo podemos rezar mejor a Jesús?

8. Actividad catequética

Como actividad, se puede pedir a los niños que dibujen dos corazones:

  • En uno, escribir palabras que se parecen al fariseo: orgullo, presumir, criticar, compararse.
  • En el otro, escribir palabras que se parecen al publicano: humildad, perdón, sinceridad, confianza.

Después, pueden escoger cuál de los dos corazones quiere Jesús que tengamos.

9. Conclusión

Este Evangelio enseña a los niños una verdad preciosa: Dios ama al que se acerca a Él con humildad. No le gusta el orgullo, pero escucha siempre al que reconoce su necesidad y pide misericordia.

Por eso, la lección final puede expresarse con una frase breve y fácil de recordar:

Dios escucha la oración del corazón humilde.

 

 

 

 

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