Juan 8, 1-11. Lunes de la 5ª. semana del Tiempo de Cuaresma. Nuestro Señor Jesucristo nos perdona acariciando las heridas de nuestros pecados.
Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a el. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?». Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra». E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor». «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de Daniel 13, 1-9.15-17.19-30.33-62
Salmo: Sal 23(22), 1.3a-3b.4-6
Oración introductoria
Confío mi pasado a tu misericordia, el presente a tu amor y el futuro a tu providencia. Jesús, en este día vengo a pedirte la paz, la prudencia, la fuerza, la sabiduría y la humildad para ser un mejor cristiano. Revísteme de tu gracia, Señor, y haz que en este día yo te glorifique con mis buenas obras.
Petición
Señor, concédeme la gracia de valorar tu amor misericordioso. Concédeme, Dios mío, la fuerza para no caer en las tentaciones y la humildad para pedir perdón por mis pecados.
Meditación del Santo Padre Francisco
«Dios perdona no con un decreto sino con una caricia». Y con la misericordia «Jesús va incluso más allá de la ley y perdona acariciando las heridas de nuestros pecados». A esta gran ternura divina el Papa Francisco dedicó la homilía [del día de hoy].
«Las lecturas de hoy —explicó el Pontífice— nos hablan del adulterio», que junto a la blasfemia y la idolatría era considerado «un pecado gravísimo en la ley de Moisés», sancionado «con la pena de muerte» por lapidación. El adulterio, en efecto, «va contra la imagen de Dios, la fidelidad de Dios», porque «el matrimonio es el símbolo, y también una realidad humana de la relación fiel de Dios con su pueblo». Así, «cuando se arruina el matrimonio con un adulterio, se ensucia esta relación entre Dios y el pueblo». En ese tiempo era considerado «un pecado grave» porque «se ensuciaba precisamente el símbolo de la relación entre Dios y el pueblo, de la fidelidad de Dios».
En el pasaje evangélico propuesto en la liturgia (Jn 8, 1-11), que relata la historia de la mujer adúltera, «encontramos a Jesús que estaba sentado allí, entre mucha gente, y hacía las veces de catequista, enseñaba». Luego «se acercaron los escribas y los fariseos con una mujer que llevaban delante de ellos, tal vez con las manos atadas, podemos imaginar». Y, así, «la colocaron en medio y la acusaron: ¡he aquí una adúltera!». Se trataba de una «acusación pública». Y, relata el Evangelio, hicieron una pregunta a Jesús: «¿Qué tenemos que hacer con esta mujer? Tú nos hablas de bondad pero Moisés nos dijo que tenemos que matarla». Ellos «decían esto —destacó el Pontífice— para ponerlo a prueba, para tener un motivo para acusarlo». En efecto, «si Jesús decía: sí, adelante con la lapidación», tenían la ocasión de decir a la gente: «pero este es vuestro maestro tan bueno, mira lo que hizo con esta pobre mujer». Si, en cambio, «Jesús decía: no, pobrecilla, perdonadla», he aquí que podían acusarlo «de no cumplir la ley». Su único objetivo era «poner precisamente a prueba y tender una trampa» a Jesús. «A ellos no les importaba la mujer; no les importaban los adulterios». Es más, «tal vez algunos de ellos eran adúlteros».
Por su parte, a pesar de que había mucha gente alrededor, «Jesús quería permanecer solo con la mujer, quería hablar al corazón de la mujer: es la cosa más importante para Jesús». Y «el pueblo se había marchado lentamente» tras escuchar sus palabras: «El que esté sin pecado, que tire la primera piedra».
«El Evangelio con una cierta ironía —comentó el obispo de Roma— dice que todos se marcharon, uno por uno, comenzando por los más ancianos». He aquí, entonces, «el momento de Jesús confesor». Queda «solo con la mujer», que permanecía «allí en medio». Mientras tanto, «Jesús estaba inclinado y escribía con el dedo en el polvo de la tierra. Algunos exegetas dicen que Jesús escribía los pecados de estos escribas y fariseos. Tal vez es una imaginación». Luego «se levantó y miró» a la mujer, que estaba «llena de vergüenza, y le dijo: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? Estamos solos, tú y yo. Tú ante Dios. Sin acusaciones, sin críticas: tú y Dios».
La mujer no se proclama víctima de «una falsa acusación», no se defiende afirmando: «yo no cometí adulterio». No, «ella reconoce su pecado» y responde a Jesús: «Ninguno, Señor, me ha condenado». A su vez Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más, para no pasar un mal momento, para no pasar tanta vergüenza, para no ofender a Dios, para no ensuciar la hermosa relación entre Dios y su pueblo».
Así, pues, «Jesús perdona. Pero aquí hay algo más que el perdón. Porque como confesor Jesús va más allá de la ley». En efecto, «la ley decía que ella tenía que ser castigada». Pero Él «va más allá. No le dice: no es pecado el adulterio. Ni tampoco la la condena con la ley». Precisamente «este es el misterio de la misericordia de Jesús».
Y «Jesús para tener misericordia» va más allá de «la ley que mandaba la lapidación»; y dice a la mujer que se marche en paz. «La misericordia —explicó el Papa— es algo difícil de comprender: no borra los pecados», porque para borrar los pecados «está el perdón de Dios». Pero «la misericordia es el modo como perdona Dios». Porque «Jesús podía decir: yo te perdono, anda. Como dijo al paralítico: tus pecados están perdonados». En esta situación «Jesús va más allá» y aconseja a la mujer «que no peque más». Y «aquí se ve la actitud misericordiosa de Jesús: defiende al pecador de los enemigos, defiende al pecador de una condena justa».
Esto, añadió el Pontífice, «vale también para nosotros». Y afirmó: «¡Cuántos de nosotros tal vez mereceríamos una condena! Y sería incluso justa. Pero Él perdona». ¿Cómo? «Con esta misericordia» que «no borra el pecado: es el perdón de Dios el que lo borra», mientras que «la misericordia va más allá». Es «como el cielo: nosotros miramos al cielo, vemos muchas estrellas, pero cuando sale el sol por la mañana, con mucha luz, las estrellas no se ven». Y «así es la misericordia de Dios: una gran luz de amor, de ternura». Porque «Dios perdona no con un decreto, sino con una caricia». Lo hace «acariciando nuestras heridas de pecado porque Él está implicado en el perdón, está involucrado en nuestra salvación».
Con este estilo, concluyó el Papa, «Jesús es confesor». No humilla a la mujer adúltera, «no le dice: qué has hecho, cuándo lo has hecho, cómo lo has hecho y con quién lo has hecho». Le dice en cambio «que se marche y que no peque más: es grande la misericordia de Dios, es grande la misericordia de Jesús: nos perdona acariciándonos».
Santo Padre Francisco: El perdón en una caricia
Meditación del lunes, 7 de abril de 2014
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
[…] la liturgia nos propone, este año, el episodio evangélico de Jesús que salva a una mujer adúltera de la condena a muerte (Jn 8, 1-11). Mientras está enseñando en el Templo, los escribas y los fariseos llevan ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio, para la cual la ley de Moisés preveía la lapidación. Esos hombres piden a Jesús que juzgue a la pecadora con la finalidad de «ponerlo a prueba» y de impulsarlo a dar un paso en falso. La escena está cargada de dramatismo: de las palabras de Jesús depende la vida de esa persona, pero también su propia vida. De hecho, los acusadores hipócritas fingen confiarle el juicio, mientras que en realidad es precisamente a él a quien quieren acusar y juzgar. Jesús, en cambio, está «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14): él sabe lo que hay en el corazón de cada hombre, quiere condenar el pecado, pero salvar al pecador, y desenmascarar la hipocresía.
El evangelista san Juan pone de relieve un detalle: mientras los acusadores lo interrogan con insistencia, Jesús se inclina y se pone a escribir con el dedo en el suelo. San Agustín observa que el gesto muestra a Cristo como el legislador divino: en efecto, Dios escribió la ley con su dedo en las tablas de piedra (cf. Comentario al Evangelio de Juan, 33, 5). Jesús, por tanto, es el Legislador, es la Justicia en persona. Y ¿cuál es su sentencia? «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». Estas palabras están llenas de la fuerza de la verdad, que desarma, que derriba el muro de la hipocresía y abre las conciencias a una justicia mayor, la del amor, en la que consiste el cumplimiento pleno de todo precepto (cf. Rm 13, 8-10). Es la justicia que salvó también a Saulo de Tarso, transformándolo en san Pablo (cf. Flp 3, 8-14).
Cuando los acusadores «se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos», Jesús, absolviendo a la mujer de su pecado, la introduce en una nueva vida, orientada al bien: «Tampoco yo te condeno; vete y en adelante no peques más». Es la misma gracia que hará decir al Apóstol: «Una cosa hago: olvido lo que dejé detrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús» (Flp 3, 13-14). Dios sólo desea para nosotros el bien y la vida; se ocupa de la salud de nuestra alma por medio de sus ministros, liberándonos del mal con el sacramento de la Reconciliación, a fin de que nadie se pierda, sino que todos puedan convertirse.
En este Año sacerdotal, deseo exhortar a los pastores a imitar al santo cura de Ars en el ministerio del perdón sacramental, para que los fieles vuelvan a descubrir su significado y belleza, y sean sanados nuevamente por el amor misericordioso de Dios, que «lo lleva incluso a olvidar voluntariamente el pecado, con tal de perdonarnos» (Carta para la convocatoria del Año sacerdotal).
Queridos amigos, aprendamos del Señor Jesús a no juzgar y a no condenar al prójimo. Aprendamos a ser intransigentes con el pecado —¡comenzando por el nuestro!— e indulgentes con las personas. Que nos ayude en esto la santa Madre de Dios, que, exenta de toda culpa, es mediadora de gracia para todo pecador arrepentido.
Santo Padre Benedicto XVI
Ángelus del domingo, 21 de marzo de 2010
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
«CREO EN EL PERDÓN DE LOS PECADOS»
976 El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a su Apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23).
(La Segunda parte del Catecismo tratará explícitamente del perdón de los pecados por el Bautismo, el sacramento de la Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Aquí basta con evocar brevemente, por tanto, algunos datos básicos).
I. Un solo Bautismo para el perdón de los pecados
977 Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará» (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (cf. Rm 4, 25), a fin de que «vivamos también una vida nueva» (Rm 6, 4).
978 «En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la culpa original, sea de cualquier otra cometida u omitida por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir para expiarlas. Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al contrario […] todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal» (Catecismo Romano, 1, 11, 3).
979 En este combate contra la inclinación al mal, ¿quién será lo suficientemente valiente y vigilante para evitar toda herida del pecado? «Puesto que era necesario que, además de por razón del sacramento del bautismo, la Iglesia tuviera la potestad de perdonar los pecados, le fueron confiadas las llaves del Reino de los cielos, con las que pudiera perdonar los pecados de cualquier penitente, aunque pecase hasta el final de su vida» (Catecismo Romano, 1, 11, 4).
980 Por medio del sacramento de la Penitencia, el bautizado puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia:
«Los Padres tuvieron razón en llamar a la penitencia «un bautismo laborioso» (San Gregorio Nacianceno, Oratio 39, 17). Para los que han caído después del Bautismo, es necesario para la salvación este sacramento de la Penitencia, como lo es el Bautismo para quienes aún no han sido regenerados» (Concilio de Trento: DS 1672).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Aprender a perdonar las molestias que me puedan causar los defectos de los demás.
Diálogo con Cristo
Jesucristo, gracias por el infinito amor que me tienes y por todas las veces que me has perdonado. Somos débiles y con facilidad nos alejamos de Ti. Ayúdame, Señor, a caminar por el sendero de tu amor y extiende tu mano para levantarme de la caídas. Te ofrezco mi esfuerzo y la lucha de cada día por ser un mejor cristiano.
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Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
Evangelio del día en «Evangeli.net»
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Catequesis infantil sobre Jn 8, 1-11
Jesús perdona y enseña a no condenar
Esta catequesis infantil está basada en el Evangelio de san Juan 8, 1-11 y en la imagen catequética que muestra a Jesús defendiendo a una mujer pecadora y enseñando a todos una gran lección de misericordia. La escena es muy importante, porque nos ayuda a descubrir que Jesús no aprueba el pecado, pero ama al pecador, lo perdona y le ofrece una vida nueva.
1. Miramos la imagen
Antes de leer el Evangelio, conviene mirar con calma la ilustración.
Podemos fijarnos en varios detalles:
- Jesús aparece sereno, fuerte y lleno de autoridad.
- La mujer está asustada y avergonzada.
- Los hombres llevan piedras y quieren condenarla.
- Poco a poco, las piedras se dejan caer.
- Al final, Jesús habla a la mujer con misericordia y le da una oportunidad nueva.
Se puede preguntar a los niños:
- ¿Quién está en el centro de la escena?
- ¿Cómo está la mujer?
- ¿Qué llevan en las manos algunos hombres?
- ¿Qué hace Jesús?
- ¿Cómo termina la historia?
2. Escuchamos el Evangelio
En este Evangelio, unos escribas y fariseos llevan a una mujer que había pecado. Querían poner a Jesús en una situación difícil. Le preguntaron qué había que hacer con ella.
Entonces Jesús dijo una frase muy conocida y muy importante:
«Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.»
(Juan 8, 7)
Al oír esto, se fueron marchando uno tras otro. Entonces Jesús se quedó solo con la mujer y le dijo:
«Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?»
(Juan 8, 10)
Ella respondió que nadie. Y Jesús le dijo:
«Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»
(Juan 8, 11)
3. ¿Qué enseña este Evangelio?
Jesús no quiere que condenemos a los demás
Las personas que llevaron a la mujer estaban mirando solo su pecado. No miraban su propio corazón. Jesús les recordó que todos somos pecadores y que nadie debe creerse mejor que los demás.
Jesús es misericordioso
Jesús no humilla a la mujer ni la trata con dureza. La mira con compasión. La defiende del mal y le ofrece perdón.
Jesús perdona, pero también llama al cambio
Jesús no dice que el pecado sea bueno. Al contrario, le dice claramente: “No peques más”. Eso significa que el perdón de Jesús nos invita a empezar de nuevo y a vivir mejor.
Todos necesitamos perdón
Este Evangelio enseña a los niños que todos nos equivocamos y que todos necesitamos la misericordia de Dios.
4. Explicación sencilla para niños
Unos hombres llevaron a una mujer delante de Jesús para acusarla. Querían condenarla y pensaban que eran mejores que ella.
Pero Jesús les dijo algo que les hizo pensar: que tirara la primera piedra el que no tuviera pecado. Entonces todos comprendieron que también ellos habían hecho cosas malas y se fueron marchando.
Después Jesús habló a la mujer con amor. No la rechazó, sino que la perdonó y le dijo que empezara una vida nueva.
Jesús hace lo mismo con nosotros: nos perdona y nos ayuda a cambiar.
5. Lo que nos enseña la imagen
Primera escena
Jesús se enfrenta a una situación injusta. La mujer está sola y asustada. Jesús la protege con la verdad.
Segunda escena
Los acusadores empiezan a darse cuenta de su propio pecado. Dejan caer las piedras.
Tercera escena
Jesús habla con la mujer con cercanía y respeto. Ya no hay acusaciones.
Cuarta escena
Jesús perdona y da una misión: cambiar de vida.
6. Aplicación para la vida
Este Evangelio nos enseña:
- no juzgar ni burlarnos de los demás,
- mirar primero nuestros propios errores,
- perdonar como Jesús,
- pedir perdón cuando nos equivocamos,
- intentar mejorar cada día.
Jesús quiere que tengamos un corazón bueno y misericordioso.
7. Preguntas para dialogar
- ¿Qué querían hacer con la mujer?
- ¿Qué dijo Jesús?
- ¿Por qué se fueron los hombres?
- ¿Qué hizo Jesús con la mujer?
- ¿Cómo puedes tú perdonar a otros?
8. Frases para aprender
«El que esté sin pecado, que tire la primera piedra»
«Tampoco yo te condeno»
Jesús me perdona y me enseña a perdonar
9. Actividad catequética
Actividad: “Dejo la piedra”
Materiales: papel, colores.
Cada niño dibuja una piedra y escribe dentro algo que quiere cambiar (enfadarse, insultar, no obedecer…).
Después, delante de una imagen de Jesús, dejan la piedra como signo de cambio.
Luego escriben:
“Jesús, quiero cambiar y ser mejor.”
10. Oración final
Señor Jesús,
Tú me amas y me perdonas.
Ayúdame a no juzgar a los demás,
a perdonar de corazón
y a cambiar cuando me equivoco.
Haz mi corazón bueno como el tuyo.
Amén.
11. Conclusión
Jesús nos enseña que no debemos condenar, sino amar y perdonar. Él nos da siempre una nueva oportunidad.
Aprende de Jesús: deja la piedra y ama a los demás.




