Mateo 1, 16.18-21.24a. Solemnidad de san José. La misión que Dios confía a José es la de ser custodio de María y Jesús. ¿Cómo ejerce José esta custodia?: con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende. ¿Cómo vive José su vocación como custodio de María y de Jesús?: con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio.
Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo. Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no han vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados». Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado.
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Lecturas
Primera lectura: Segundo libro de Samuel, 2 Sam 7, 4-5a.12-14a.16
Salmo: Sal 89(88), 2-5.27.29
Segunda lectura: Carta de san Pablo a los Romanos, Rom 4, 13.16-18.22
Oración introductoria
Oh mi Dios, encomiendo mi oración a san José y tu santísima Madre, porque ellos supieron ser
fieles a tu amor. No se desanimaron ante las dificultades y supieron caminar en el claroscuro de la fe. Envía tu Espíritu Santo para que sea su inspiración la brújula de mi oración.
Petición
Señor, dame la fe y la humildad de María y José.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas
Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.
Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y otras comunidades religiosas. Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.
Hemos escuchado en el Evangelio que «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo» (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).
¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como en los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús.
¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, para salvaguardar la creación.
Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios.
Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.
Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.
Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.
Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.
En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza» (Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.
Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.
Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Rezad por mí. Amén.
Santo Padre Francisco: Solemnidad de San José
Homilía del martes, 19 de marzo de 2013
Meditación de san Juan Pablo II
Cuando María, poco después de la anunciación, se dirigió a la casa de Zacarías para visitar a su pariente Isabel, mientras la saludaba oyó las palabras pronunciadas por Isabel «llena de Espíritu Santo» (Lc 1, 41). Además de las palabras relacionadas con el saludo del ángel en la anunciación, Isabel dijo: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1, 45). Estas palabras han sido el pensamiento-guía de la encíclica Redemptoris Mater, con la cual he pretendido profundizar en las enseñanzas del Concilio Vaticano II que afirma: «La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz» y «precedió» a todos los que, mediante la fe, siguen a Cristo.
Ahora, al comienzo de esta peregrinación, la fe de María se encuentra con la fe de José. Si Isabel dijo de la Madre del Redentor: «Feliz la que ha creído», en cierto sentido se puede aplicar esta bienaventuranza a José, porque él respondió afirmativamente a la Palabra de Dios, cuando le fue transmitida en aquel momento decisivo. En honor a la verdad, José no respondió al «anuncio» del ángel como María; pero hizo como le había ordenado el ángel del Señor y tomó consigo a su esposa. Lo que él hizo es genuina «obediencia de la fe» (cf. Rom 1, 5; 16, 26; 2 Cor 10, 5-6).
Se puede decir que lo que hizo José le unió en modo particularísimo a la fe de María. Aceptó como verdad proveniente de Dios lo que ella ya había aceptado en la anunciación. El Concilio dice al respecto: «Cuando Dios revela hay que prestarle «la obediencia de la fe», por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por él». La frase anteriormente citada, que concierne a la esencia misma de la fe, se refiere plenamente a José de Nazaret.
El, por tanto, se convirtió en el depositario singular del misterio «escondido desde siglos en Dios» (cf. Ef 3, 9), lo mismo que se convirtió María en aquel momento decisivo que el Apóstol llama «la plenitud de los tiempos», cuando «envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» para «rescatar a los que se hallaban bajo la ley», «para que recibieran la filiación adoptiva» (cf. Gál 4, 4-5). «Dispuso Dios —afirma el Concilio— en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2 Pe 1, 4)».
De este misterio divino José es, junto con María, el primer depositario. Con María —y también en relación con María— él participa en esta fase culminante de la autorrevelación de Dios en Cristo, y participa desde el primer instante. Teniendo a la vista el texto de ambos evangelistas Mateo y Lucas, se puede decir también que José es el primero en participar de la fe de la Madre de Dios, y que, haciéndolo así, sostiene a su esposa en la fe de la divina anunciación. El es asimismo el que ha sido puesto en primer lugar por Dios en la vía de la «peregrinación de la fe», a través de la cual, María, sobre todo en el Calvario y en Pentecostés, precedió de forma eminente y singular.
La vía propia de José, su peregrinación de la fe, se concluirá antes, es decir, antes de que María se detenga ante la Cruz en el Gólgota y antes de que Ella, una vez vuelto Cristo al Padre, se encuentre en el Cenáculo de Pentecostés el día de la manifestación de la Iglesia al mundo, nacida mediante el poder del Espíritu de verdad. Sin embargo, la vía de la fe de José sigue la misma dirección, queda totalmente determinada por el mismo misterio del que él junto con María se había convertido en el primer depositario. La encarnación y la redención constituyen una unidad orgánica e indisoluble, donde el «plan de la revelación se realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí». Precisamente por esta unidad el Papa Juan XXIII, que tenía una gran devoción a san José, estableció que en el Canon romano de la Misa, memorial perpetuo de la redención, se incluyera su nombre junto al de María, y antes del de los Apóstoles, de los Sumos Pontífices y de los Mártires.
San Juan Pablo II
Capítulo II. El depositario del misterio de Dios
Exhortación Apostólica Redemptoris Custos sobre la figura y la misión de san José
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
EL HOMBRE , IMAGEN DE DIOS
1701 “Cristo, […] en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22, 1). En Cristo, “imagen del Dios invisible” (Col 1,15; cf 2 Co 4, 4), el hombre ha sido creado “a imagen y semejanza” del Creador. En Cristo, redentor y salvador, la imagen divina alterada en el hombre por el primer pecado ha sido restaurada en su belleza original y ennoblecida con la gracia de Dios (GS 22).
1702 La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unidad de las personas divinas entre sí (cf. Capítulo segundo).
1703. Dotada de un alma “espiritual e inmortal” (GS 14), la persona humana es la “única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma”(GS 24, 3). Desde su concepción está destinada a la bienaventuranza eterna.”
1704 La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino. Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien (cf GS 15, 2).
1705 En virtud de su alma y de sus potencias espirituales de entendimiento y de voluntad, el hombre está dotado de libertad, “signo eminente de la imagen divina” (GS 17).
1706 Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa “a hacer […] el bien y a evitar el mal”(GS 16). Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad de la persona humana.
1707 “El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia”(GS 13, 1). Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza lleva la herida del pecado original. Ha quedado inclinado al mal y sujeto al error.
«De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas». (GS 13, 2)
1708 Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado. Nos mereció la vida nueva en el Espíritu Santo. Su gracia restaura en nosotros lo que el pecado había deteriorado.
1709 “El que cree en Cristo es hecho hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la unión con su Salvador, el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo.
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Esforzarme por hacer mi estudio o trabajo, dentro o fuera de casa, con dedicación y esfuerzo.
Diálogo con Cristo
Señor, vivir treinta años oculto en Nazaret, bajo la custodia de María y de José, me muestran el tipo de obediencia, pronta, alegre y heroica que debe caracterizar mi vida. Ayúdame a saber acoger con docilidad y prontitud las consignas del Papa, de Sr. Obispo y de mis directores, sabiendo que Dios bendice la docilidad y la obediencia humilde.
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Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
Evangelio del día en «Evangeli.net»
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Evandelio de día y catequesis infantil sobre San José
Esta catequesis infantil quiere ayudar a los niños a mirar con amor a San José, a conocer su misión en la Sagrada Familia y a descubrir por qué la Iglesia lo ama tanto. La imagen nos lo presenta cercano, protector, fuerte y lleno de ternura. San José no habla en el Evangelio, pero sus obras hablan por él. Fue el esposo fiel de la Virgen María, el padre de Jesús en la tierra y el custodio del Redentor.
1. Miramos la imagen
Antes de explicar nada, conviene detenerse a contemplar la imagen.
Podemos invitar a los niños a fijarse en estos detalles:
- San José aparece cerca de Jesús y de María.
- Su rostro transmite paz, amor y responsabilidad.
- Su actitud no es de mando orgulloso, sino de cuidado y servicio.
- Jesús aparece seguro junto a él.
- La imagen enseña que San José protege a la Sagrada Familia.
Preguntas para comenzar:
- ¿Quién aparece en la imagen?
- ¿Cómo está San José: enfadado, distraído o atento?
- ¿Qué creéis que siente San José por Jesús y por María?
- ¿Por qué es importante que esté junto a ellos?
2. ¿Quién fue San José?
San José fue el esposo de la Virgen María y el padre de Jesús en la tierra. Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo, pero Dios quiso que creciera en una verdadera familia. Por eso confió a San José una misión inmensa: cuidar de María, proteger a Jesús, trabajar por ellos, guiarlos y servirles con amor.
San José no fue padre de Jesús como los demás padres, pero sí fue su verdadero padre en la vida diaria: lo llevó en brazos, lo protegió, le enseñó a trabajar, lo acompañó en la oración y lo ayudó a crecer.
3. Escuchamos la Palabra de Dios
La justicia de San José
«José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.»
(Evangelio según san Mateo 1, 19)
La misión que Dios le confía
«Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”.»
(Evangelio según san Mateo 1, 20-21)
San José protege al Niño Jesús
«Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.»
(Evangelio según san Mateo 2, 13-14)
Jesús vivía con José y María
«Él regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón.»
(Evangelio según san Lucas 2, 51)
4. ¿Qué nos enseñan estos textos?
San José era justo
El Evangelio llama a José “justo”. Eso significa que era un hombre bueno, fiel, obediente y amigo de Dios. No buscaba hacer su voluntad, sino la voluntad del Señor.
San José escuchaba a Dios
Dios habló a José y él obedeció. No puso excusas. No se enfadó. No dijo que era demasiado difícil. Confió y actuó.
San José protegía a Jesús y a María
Cuando Jesús estaba en peligro, San José lo tomó con María y huyó a Egipto. Fue valiente. Fue cuidadoso. Fue un verdadero protector.
San José enseñó a Jesús la vida de cada día
Jesús quiso vivir en una familia. Quiso tener una madre y un padre en la tierra. San José estuvo con Él en Nazaret, en el trabajo, en la oración y en la vida cotidiana.
5. Explicación sencilla para niños
Podemos explicarlo así:
San José era un hombre muy bueno que amaba mucho a Dios. Dios le confió el tesoro más grande del mundo: Jesús y María. José aceptó esa misión con fe. Cuidó de la Virgen, protegió al Niño Jesús, trabajó para mantener el hogar y vivió siempre cerca del Señor.
San José no necesitó hacer cosas espectaculares para ser santo. Se hizo santo amando, obedeciendo, trabajando y cuidando a su familia. Por eso es un santo tan grande.
6. Lo que vemos en la imagen
San José cuida
La imagen muestra a San José como protector. No está lejos, sino cerca. Está pendiente. Está presente. Esto enseña a los niños que el amor verdadero está atento y protege.
San José ama con ternura
Aunque fue un hombre fuerte y valiente, también fue tierno. La santidad no consiste en ser duro, sino en amar bien.
San José conduce a Jesús
San José ayudó a Jesús a crecer en la vida humana. Esto muestra que Dios quiere servirse de las familias para educar, cuidar y acompañar.
San José vive con humildad
Él no busca brillar, ni llamar la atención. Sirve en silencio. Hace el bien sin presumir. Esa es una de las cosas más hermosas de su ejemplo.
7. ¿Qué pueden aprender los niños de San José?
- A obedecer a Dios con alegría.
- A ayudar en casa sin protestar.
- A cuidar a los pequeños y respetar a la familia.
- A trabajar bien en lo que les toca.
- A vivir con sencillez y sin presumir.
- A rezar con confianza.
Se puede decir a los niños:
Si quieres parecerte a San José, aprende a amar en silencio, a obedecer a Dios y a hacer el bien cada día.
8. Preguntas para dialogar con los niños
- ¿Qué misión le dio Dios a San José?
- ¿Por qué San José fue importante para Jesús?
- ¿Cómo protegió a la Sagrada Familia?
- ¿Qué virtudes vemos en él?
- ¿En qué cosas podemos parecernos a San José?
9. Frases para aprender de memoria
«José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa»
(Evangelio según san Mateo 1, 20)
«Levántate, toma al niño y a su madre»
(Evangelio según san Mateo 2, 13)
San José cuidó de Jesús y de María con amor fiel.
San José es protector de la Sagrada Familia y de nuestras familias.
10. Actividad catequética
Actividad: “Las manos de San José”.
Materiales: folios, colores, tijeras y lápices.
Se pide a los niños que dibujen unas manos grandes. Dentro de una mano escribirán cosas que San José hizo por Jesús y María:
- cuidar,
- proteger,
- trabajar,
- obedecer,
- acompañar,
- rezar.
En la otra mano escribirán cosas que ellos pueden hacer para parecerse a San José:
- ayudar en casa,
- obedecer,
- rezar,
- cuidar a mis hermanos,
- portarme bien,
- ser humilde.
11. Aplicación para la familia
Esta catequesis puede ayudar mucho a las familias. San José enseña a los padres a ser protectores y servidores. Enseña a las madres y a los hijos que la familia es un lugar donde Dios actúa. Enseña a todos que Jesús debe estar en el centro del hogar.
Se puede invitar a cada familia a colocar una imagen de San José en casa y a rezarle cada día una oración breve.
12. Oración final para niños
San José,
padre bueno y protector de Jesús,
cuida de nuestras familias.
Enséñanos a obedecer a Dios,
a ayudar en casa,
a vivir con humildad
y a amar mucho a Jesús y a María.
Ruega por nosotros.
Amén.
13. Conclusión
San José es uno de los santos más grandes de la Iglesia. Dios le confió a Jesús y a María, y él respondió con una vida llena de fe, obediencia, trabajo y amor. La imagen nos ayuda a verlo como padre, protector y servidor fiel. Los textos del Evangelio nos enseñan que no habló mucho, pero amó mucho. Y eso es lo que lo hizo santo.
Por eso, esta catequesis deja una invitación sencilla y profunda para los niños:
Mirad a San José, aprended de su amor y pedidle que cuide siempre de vuestra familia.




