APRENDE, COMPRENDE Y COLOREA
La infancia y juventud de san Agustín
Mis juegos, mis travesuras y una pregunta que no me dejaba tranquilo

Antes de comenzar
Hola. Soy Agustín. Viví hace muchísimo tiempo en el norte de África y escribí un libro para contar mi vida. Se llama Confesiones.
No pienses que fui un niño perfecto. Me gustaba jugar, ganar, discutir y hacer lo primero que se me ocurría. Mi madre me habló de Jesús desde pequeño. Yo lo conocía, pero no siempre le hacía mucho caso. ¿Quieres saber qué pasó? Pues ven, que empieza mi historia.
Mi vida fue complicada… ¡y llegué a ser santo!
Mi vida fue complicada porque era caprichoso, inquieto, orgulloso y muy gamberro. Casi siempre sabía lo que estaba bien, pero hacía lo primero que se me pasaba por la cabeza. Y, aun así —aunque te parezca increíble—, llegué a ser santo.
¡Imagínate que yo, con siete años, hubiera podido mirar mi futuro! Primero habría visto a un obispo llamado Ambrosio bautizándome en Milán.
—¿Ese señor que se bautiza soy yo? ¡Pero si tiene barba!
Después me habría visto de vuelta en África, viviendo con mis amigos, leyendo la Biblia y rezando. Y luego… ¡obispo de Hipona! Yo, que buscaba cualquier excusa para no ir a clase, acabaría predicando y escribiendo tantos libros que ocuparían una estantería enorme.
¿Cómo pudo pasar todo eso? Porque Dios nunca se cansó de buscarme. Ahora voy a contarte cómo empezó.
PRIMERA PARTE
Cuando yo era niño
Libro I de las Confesiones
1. Cuando mandaba sin saber hablar
Mi madre dice que, cuando era bebé, ya sabía mandar. Si quería que me cogieran, levantaba los brazos. Si tenía hambre, lloraba. Y si nadie corría enseguida… lloraba más fuerte.
—Agustín, no puedo adivinarlo todo —decía mi madre.
Yo no entendía sus palabras, pero seguro que contestaba: «¡Buaaa!». Poco a poco fui escuchando a los mayores. Señalaban una jarra y decían «agua». Patricio entraba por la puerta y yo oía «padre». Probé a repetir los sonidos y un día… ¡hablé!
Aprender palabras me ayudó a pedir las cosas. Aprender a esperar sin enfadarme me llevó bastante más tiempo.

Agustín te ayuda a mirar
Los bebés lloran porque no saben hablar. Cuando crecemos podemos pedir las cosas con cariño y aprender una palabra difícil, pero muy útil: «espera».
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Agustín se lo cuenta a padres y catequistas
Agustín adulto reflexiona con mucha severidad sobre los deseos del bebé. Aquí no atribuimos culpa al lactante. La escena permite hablar del crecimiento: del grito a la palabra, y de la exigencia a la espera.
✦ Después aprendí otra palabra. No me gustaba nada: «escuela»… ✦
2. La pelota podía esperar; yo, no
Me encantaba jugar a la pelota. También me encantaba ganar. Si otro niño decía que la pelota había salido, yo veía clarísimo que seguía dentro.
—¡Agustín, eso es trampa!
—¿Trampa? ¡Pero si casi no ha salido!
Entonces alguien pronunciaba las palabras terribles:
—¡La clase ha empezado!
Yo rezaba para que el maestro no me castigara y prometía estudiar muchísimo. En cuanto pasaba el peligro, volvía a pensar en la pelota.
No me faltaba inteligencia. Me faltaban ganas de parar a tiempo.

Agustín te ayuda a mirar
Jugar es estupendo. Hacer trampas, no tanto. Jesús puede ayudarnos a jugar limpio, saber perder y terminar primero lo que debemos hacer.
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Agustín se lo cuenta a padres y catequistas
El centro es la competitividad y la dificultad de asumir responsabilidades. Los castigos escolares pertenecen al contexto antiguo y no deben presentarse como modelo educativo.
✦ Un día no pude jugar. Me dolía tanto la barriga que solo pensé en Jesús… ✦
3. El día que pedí el bautismo
Mi madre me había hablado de Jesús desde muy pequeño. Yo llevaba su cruz sobre la frente y era catecúmeno, pero todavía no estaba bautizado.
Un día me puse muy enfermo. Me dolía tanto el vientre que pensé que podía morir.
—Mamá, quiero recibir el bautismo.
Mónica comenzó a prepararlo todo. Patricio todavía no tenía su misma fe, pero no se opuso. Y justo entonces… me curé.
En aquella época muchas familias esperaban para bautizar a sus hijos. Por eso mi bautismo quedó para más adelante. Bastante más adelante: ¡tardé casi veinticinco años!
Pero aquel día quedó guardado dentro de mí: cuando tuve miedo, llamé a Jesús.

Agustín te ayuda a mirar
En el bautismo, Jesús nos une a Él y nos hace hijos de Dios en su Iglesia. Pregunta en casa por tu bautismo. Tal vez tú no lo recuerdes, pero Dios sí.
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Agustín se lo cuenta a padres y catequistas
La catequesis debe centrarse en el deseo del niño y en la gracia del bautismo. El aplazamiento se explica como costumbre histórica, sin juzgar a Mónica ni asustar con la enfermedad.
✦ Volví a la escuela y descubrí que una historia podía hacerme llorar más que un golpe en la rodilla… ✦
4. Lloré por una reina que no conocía
Aprender letras y números me parecía pesadísimo. El griego, peor. Pero cuando el maestro contaba las aventuras de los héroes, yo abría bien los oídos.
Así conocí a Eneas y a Dido, la reina de Cartago. Cuando Dido murió de tristeza, me eché a llorar.
—Agustín, sabes que es una historia, ¿verdad?
—¡Claro que lo sé! Pero es tristísima.
Lloraba por una reina de un cuento y después podía discutir con un compañero como si nada. Las historias me habían enseñado a sentir. Todavía tenían que enseñarme a mirar a quien tenía cerca.

Agustín te ayuda a mirar
Las historias nos ayudan a comprender lo que sienten otras personas. Jesús también contaba parábolas. Después de emocionarnos, podemos mirar alrededor y preguntar: «¿Quién me necesita?»
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Agustín se lo cuenta a padres y catequistas
No se desprecia la literatura que formó al futuro escritor. El paso catequético es sencillo: distinguir emoción y compasión activa, y llevar la sensibilidad hacia las personas reales.
SEGUNDA PARTE
A los dieciséis años me creía mayor
Libro II de las Confesiones
5. Un año entero sin escuela
Al volver de Madaura tuve que esperar un año en casa. Mi padre estaba reuniendo dinero para enviarme a estudiar a Cartago.
Yo tenía dieciséis años, llevaba la toga viril y me creía muy mayor. Un año sin escuela me pareció una idea estupenda. Salía con mis amigos, regresaba tarde y escuchaba los consejos de mi madre con media oreja.
—Agustín, no juegues con el cariño de nadie.
—Sí, mamá.
Sus palabras entraban por un oído y salían corriendo por el otro. Seguro que iban a buscar a mis amigos.
Yo pensaba que ser libre era hacer lo que quisiera. Aún no sabía que también hay que aprender a elegir.

Agustín te ayuda a mirar
Ser libre no es obedecer a cada capricho. A veces un buen consejo nos ahorra un buen golpe. Aunque, como puedes ver, yo tardé bastante en descubrirlo.
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Agustín se lo cuenta a padres y catequistas
El episodio reúne impulsividad, deseo de reconocimiento y expectativas familiares. La advertencia de Mónica se traduce para esta edad en cuidar el cariño ajeno y escuchar antes de decidir.
✦ Una noche vimos unas peras detrás de una tapia. No teníamos hambre. Pero teníamos una idea… ✦
6. La noche de las peras
—¿Nos atrevemos?
Mis amigos miraron el peral. Después me miraron a mí. Las peras no eran nuestras y eso hacía que parecieran mucho más interesantes.
—¡Vamos!
Saltamos la tapia en silencio. Bueno, intentamos hacerlo en silencio. Uno se enganchó la ropa y a otro le entró la risa. Arrancamos un montón de peras. Apenas comimos alguna; la mayoría terminó en el suelo y parte se la dimos a unos cerdos.
No queríamos la fruta. Queríamos hacer juntos algo prohibido y salir corriendo.
Yo solo quizá no habría entrado. Con la pandilla, en cambio, todo parecía más fácil.

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Antes de seguir al grupo, prueba a preguntarte: «¿Haría esto si estuviera solo?». Decir «yo no voy» puede ser más valiente que saltar una tapia.
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Agustín se lo cuenta a padres y catequistas
El núcleo infantil es la fuerza del grupo, no la gravedad material de unas peras. Conviene conversar sobre parar, disentir y reparar, sin transformar la travesura en un drama.
TERCERA PARTE
Cartago: quería probarlo todo
Libro III de las Confesiones
7. ¡En Cartago había demasiado que mirar!
Llegué a Cartago con diecisiete años, una toga, una maleta y los ojos muy abiertos.
Había estudiantes, vendedores, carruajes, escuelas, iglesias, templos y espectáculos. Miraba a la derecha y me perdía lo de la izquierda. Miraba a la izquierda y casi me atropellaba un carro.
Quería ser el mejor orador. También quería amigos, aplausos y aventuras. Conocí a una joven a la que quise durante muchos años y con la que después tuve un hijo, Adeodato.
Toda la ciudad parecía llamarme:
—¡Agustín, mira esto! ¡Ven aquí! ¡Prueba aquello!
Y yo quería ir a todas partes. Mi curiosidad corría muy deprisa. El problema era que yo no siempre llevaba las riendas.

Agustín te ayuda a mirar
Ser curioso es bueno. Pero no todo lo nuevo es bueno por ser nuevo. Antes de correr detrás de algo, podemos parar y pensar: «¿Adónde me lleva?»
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Agustín se lo cuenta a padres y catequistas
La relación de Agustín se menciona con sencillez y dignidad. No se oculta que fue padre ni se introduce contenido afectivo-sexual impropio de esta edad.
✦ En Cartago descubrí un lugar donde pagaba para llorar. Sí: pagaba… y después quería volver. ✦
8. Lloraba en el teatro… y luego quería volver
Me encantaba el teatro. Salían los actores, comenzaba la música y yo entraba en la historia.
Una tarde lloré tanto que un amigo me ofreció algo para comer.
—Toma, Agustín. Vas a quedarte sin fuerzas.
—¡No te rías! ¿No ves que la historia es terrible?
Yo sabía que era mentira. Cuando terminaba la obra, los muertos se levantaban, se quitaban la máscara y se iban a cenar. Pero yo había sufrido, había llorado… y ya quería comprar otra entrada.
Mucho después comprendí que la compasión verdadera no se queda sentada mirando. Se levanta y ayuda.

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Llorar con una película o un cuento no está mal. Pero Jesús nos enseña algo más: mirar alrededor y preguntar quién necesita ayuda de verdad.
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Agustín se lo cuenta a padres y catequistas
No se condena el teatro. Se distingue entre buscar una emoción y practicar la misericordia. Puede relacionarse con cuentos, películas o vídeos que conmueven al niño.
✦ En mi escuela había estudiantes que no necesitaban escenario para montar un espectáculo… ✦
9. Los gamberros de Cartago
Los estudiantes más revoltosos se llamaban «eversores». Su nombre quería decir algo así como «los que lo ponen todo patas arriba». Ya puedes imaginar por qué.
A mí me gustaba ir con ellos. Parecían importantes y todos los conocían. Pero algunas bromas no tenían gracia. Rodeaban a un alumno nuevo, tiraban sus cosas y se reían mientras él intentaba recogerlas.
Yo no hacía aquello. Me quedaba a un lado. Tampoco ayudaba al pobre novato, porque temía que los eversores dejaran de aceptarme.
No reírme era un comienzo. Faltaba lo más difícil: salir del grupo y acercarme.

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Si alguien está solo, puedes sentarte a su lado, ayudarlo o avisar a un adulto. Jesús siempre se acercaba a quienes otros apartaban.
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Agustín se lo cuenta a padres y catequistas
La escena permite hablar de los espectadores del acoso. Se ofrecen acciones pequeñas y seguras; nunca se responsabiliza al niño acosado de detener al grupo.
✦ Yo quería aprender a hablar mejor. Abrí un libro y terminé queriendo vivir mejor. No estaba previsto. ✦
10. El libro que me encendió la cabeza
A los diecinueve años yo era uno de los mejores alumnos. Me gustaba hablar bien y que todos lo supieran.
Compré un libro de Cicerón llamado Hortensio. Pensé que me ayudaría a preparar discursos. Pero el libro hizo otra cosa: me entraron unas ganas enormes de encontrar la sabiduría.
—Quiero conocer la verdad —pensé—. La verdad de verdad, no solo la respuesta de un ejercicio.
Había algo que me faltaba. Busqué por todas sus páginas y no encontré el nombre de Cristo.
Mi madre me había enseñado aquel nombre desde pequeño. Aunque yo me había alejado, Jesús seguía guardado dentro.

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Algunos libros nos hacen reír. Otros nos despiertan preguntas. Para los cristianos, la verdad no es solo una idea: es Jesús.
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Agustín se lo cuenta a padres y catequistas
El Hortensio no convirtió a Agustín, pero cambió lo que deseaba. La formación de Mónica hizo que reconociera la ausencia del nombre de Cristo.
✦ Ya buscaba la verdad. La quería completa, brillante y, si era posible, antes de la cena. ✦
11. «¡Verdad, verdad!»… ¿pero dónde estaba?
Abrí la Biblia esperando encontrar palabras muy elegantes. Me parecieron demasiado sencillas.
En vez de pensar «quizá todavía no la entiendo», pensé «este libro no está a mi altura». Y la cerré. Así de humilde era yo.
Después conocí a unos maestros maniqueos.
—¡Verdad, verdad! Nosotros tenemos todas las respuestas.
Hablaban del sol, de la luna, del bien y del mal. Sus explicaciones eran tan complicadas que me parecieron profundísimas. También pronunciaban el nombre de Jesús, aunque no enseñaban la fe de la Iglesia. Yo los seguí.
Años después escribí: «Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba». La Verdad estaba cerca, pero yo corría detrás de cada promesa.

Agustín te ayuda a mirar
Cuando ya era obispo escribí: «¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva!».
Yo buscaba a Dios por todas partes y Él ya estaba conmigo. Si la Biblia te cuesta, no la cierres como hice yo: pide ayuda.
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Agustín se lo cuenta a padres y catequistas
El capítulo une el rechazo de la Escritura y la atracción maniquea. «Tarde te amé», del libro X, entra como mirada posterior: Dios estaba cerca mientras Agustín buscaba fuera.
✦ Yo creía que ya lo sabía casi todo. Mi madre creía que Dios todavía no había terminado conmigo. Adivina quién tenía razón. ✦
12. Mi madre soñó que yo regresaría
Mónica rezaba y lloraba porque yo me había alejado de la Iglesia. Una noche soñó que estaba sobre una regla de madera. Un joven luminoso se acercó.
—¿Por qué estás triste?
—Por mi hijo.
—Mira.
Mi madre miró y me vio junto a ella. Cuando me contó el sueño, intenté ganarle la discusión.
—Eso significa que tú acabarás pensando como yo.
—No, Agustín. Me dijeron que tú estarías donde estoy yo.
¡Mi madre era rápida! Un obispo también le pidió paciencia y le dijo que no podía perderse el hijo de tantas lágrimas.
Todavía tardé años en regresar. Mónica no podía obligarme. Podía quererme, rezar y esperar.

Agustín te ayuda a mirar
Querer a alguien no significa obligarlo. Podemos decirle la verdad, rezar por él y seguir queriéndolo, incluso cuando tarda en escuchar.
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Agustín se lo cuenta a padres y catequistas
El final no adelanta la conversión. La esperanza de Mónica une oración, palabra, consejo y paciencia; no es control sobre su hijo adulto.
✦ Aquí terminan mis primeros recuerdos. Mi historia todavía no. ✦
Mi corazón todavía seguía buscando
Al terminar estos recuerdos yo tenía diecinueve años. Creía haber encontrado la verdad, pero apenas había comenzado a buscarla.
Dios seguía cerca: en las palabras de Mónica, en mis preguntas y en el nombre de Jesús que no había olvidado. Yo todavía no lo veía. Pero Él no se había marchado.

Así fui creciendo
Me has visto como bebé, niño, escolar, adolescente y joven. Cambié de ropa, de tamaño y de ideas. Mi madre siguió cerca. Jesús también.

Oración con san Agustín
Señor Jesús,
cuando corra sin pensar,
ayúdame a parar.
Cuando todos vayan por un camino,
dame valor para elegir el bien.
Cuando me equivoque,
no te canses de buscarme.
Mi corazón fue creado para ti.
Guíame hacia la verdad
y enséñame a quererte.
Amén.
Fuentes
Agustín de Hipona. Confesiones, libro I.
Agustín de Hipona. Confesiones, libro II.
Agustín de Hipona. Confesiones, libro III.
Agustín de Hipona. Confesiones, libro X, 27, 38: «Tarde te amé».
Benedicto XVI. «San Agustín. 1». Audiencia general, 9 de enero de 2008.
Iglesia católica. Martirologio Romano, elogio de san Agustín, 28 de agosto; y textos propios de su memoria litúrgica.
Relato infantil basado principalmente en los tres primeros libros de las Confesiones. Adaptación y autoría: Guillermo Mirecki. Las imágenes y la maquetación de este documento se han realizado con el apoyo de ChatGPT y herramientas de inteligencia artificial.




