La fe, la esperanza y la caridad
Dinámica sobre las virtudes teologales
Dinámica sobre las virtudes teologales, especialmente pensada para preadolescentes de hasta 12 años. La propuesta reúne una exposición inicial, un cuento simbólico, una lectura bíblica sobre la caridad, poemas y oraciones, y una oración final para recoger todo el camino.
Índice

Presentación de la dinámica
Esta dinámica propone trabajar las tres virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— mediante explicación, narración, diálogo, lectura bíblica, oración y compromiso. No se trata sólo de que los niños memoricen tres palabras, sino de ayudarles a descubrir que estas virtudes sostienen el camino cristiano.
La estructura puede utilizarse en una sola sesión amplia o fragmentarse en varios encuentros. La narración de las tres piedras ayuda a comprender que la fe, la esperanza y la caridad no son adornos espirituales, sino dones necesarios para atravesar el desierto de la vida y llegar a Dios.
1.ª Parte: La fe, la esperanza y la caridad
Comenzad con una exposición doctrinal sencilla de las tres virtudes teologales. Conviene explicar que son llamadas “teologales” porque tienen a Dios como origen, motivo y fin.
| Fe | Nos hace creer en Dios y en todo lo que Él ha revelado. Es la confianza del hijo que escucha al Padre y camina apoyado en su palabra. |
| Esperanza | Nos hace desear la vida eterna y confiar en la ayuda de Dios para llegar a ella. Sostiene el corazón cuando el camino se vuelve difícil. |
| Caridad | Nos hace amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Dios. Es la mayor de las virtudes porque permanece para siempre. |
Para esta primera parte pueden utilizarse fuentes catequéticas sobre las virtudes teologales. Lo importante es que la explicación no quede en ideas abstractas, sino que prepare el cuento posterior: la fe ayuda a confiar, la esperanza ayuda a seguir y la caridad enseña a darse.
2.ª Parte: Cuento «Las tres piedras»
Las tres piedras
Cuentan que el primer árabe que cruzó el desierto se encontró junto a una cueva con un anciano de aspecto venerable que le preguntó:
—Joven, ¿a dónde vas?
—Quiero cruzar el desierto.
El anciano quedó pensativo un momento y añadió:
—Deseas algo difícil. Para cruzar el desierto te harán falta tres cosas. Toma estas piedras. Este topacio es la fe, amarillo como las arenas del desierto; esta esmeralda es la esperanza, verde como las hojas de las palmeras; y este rubí es la caridad, rojo como el sol de poniente. Anda siempre hacia el sur y encontrarás el oasis de Náscara, donde vivirás feliz. Pero no pierdas ninguna de las piedras; si no, no llegarás a tu destino.
El hombre se puso en camino y recorrió miles y miles de leguas a través de las dunas amarillentas sobre su camello.
Un día le asaltó una duda:
—¿No me habrá engañado el anciano? ¿Y si no existiera el oasis que me prometió y el desierto no tuviera fin?
Ya iba a volverse cuando notó que algo se le había caído sobre la arena. Era el topacio. El joven se bajó para cogerlo y pensó:
—No, no. Tengo que confiar en la promesa del anciano. Seguiré mi camino.
Pasaron muchos días. El sol, el viento y el frío de la noche le iban agotando. Sus fuerzas desfallecían y ni una palmera ni una fuente se veían por el horizonte sin fin. Ya iba a dejarse caer del camello para aguardar la muerte bajo su sombra, cuando notó que se le caía algo al suelo. Era la esmeralda. El joven se bajó a recogerla y se dijo:
—Tengo que ser fuerte; tal vez, un poco más allá estará el oasis. Si no sigo, moriré sin remedio. Mientras tenga un soplo de vida, seguiré.
Continuó el joven el camino, cuando encontró un pequeño charco de agua junto a una palmera. Ya iba a lanzarse sobre el charco, cuando vio los ojos de su camello, suplicantes y tiernos como los de un hombre, pidiendo el agua. Pensó entonces que debería tener piedad del animal desfallecido, pues él aún podía resistir, y dejó que bebiera aquellos pocos sorbos.
Cuál no sería su asombro cuando el camello cayó muerto a sus pies. El agua estaba corrompida. En el suelo notó el joven que brillaba el rubí y lo recogió, dando gracias al cielo por haber recompensado su generosidad con el camello.
Al alzar la vista, vio a lo lejos unas palmeras. Era el oasis de Náscara. Al llegar, encontró junto a una limpia fuente al anciano de la cueva, que le sonrió alegremente.
—Has llegado a tu destino porque has conservado las tres piedras preciosas: la fe, la esperanza y la caridad. ¡Ay de ti si hubieras perdido alguna! Habrías perecido sin remedio.
El anciano, después de darle agua fresca y dátiles, se despidió del joven diciéndole:
—Guarda siempre durante tu vida, junto a tu corazón, el topacio, la esmeralda y el rubí. Así llegarás hasta el paraíso. Nunca los pierdas.
Experiencia humana y diálogo
El hombre, náufrago desde el nacimiento y errante en el desierto, tiene que hacer la gran travesía: el recorrido de su vida. Otros la han realizado antes que él, pero ahora no le acompañan.
Aunque están en su origen y le esperan en su destino, el recorrido lo tiene que hacer él solo. No puede alejarse de su dama de compañía: la soledad. En ese recorrido le pesa la falta de confianza, siente la tentación del abandono y tiene tendencia a pensar sólo en sí mismo.
Tres virtudes humanas vienen en su ayuda: la fe en lo que hace y en sí mismo, una visión esperanzada del futuro en el que entronca su destino, y la donación generosa como actitud vital.
Para el diálogo
- «Quiero cruzar el desierto». ¿En qué se parece la vida de un hombre a la de quien quiere cruzar un desierto?
- «Deseas algo difícil». ¿Las metas difíciles estimulan al hombre?
- «El joven se puso en camino». ¿Cómo ha sido nuestro camino? ¿Cómo ha sido el camino de toda la humanidad?
- «Tengo que confiar en la promesa del anciano». ¿En quién confía cada uno? ¿Y en qué?
- «El anciano ya había llegado». ¿Cómo lo hizo y por qué?
- «Mientras tenga un soplo de vida, seguiré». ¿En qué situaciones hemos dicho lo mismo o nos gustaría decirlo?
- «Has llegado a tu destino porque has conservado las tres piedras». ¿Cómo ha conservado cada uno la fe, la esperanza y la caridad?
- «Guarda esas tres piedras. Así llegarás al paraíso». ¿Qué piedras lleva cada uno en ese camino?
Para la acción: la sopa de piedras
Reescribid la historia, siendo cada uno el protagonista. Señalad cuándo se os ha caído cada piedra y por qué. El joven se baja a recoger las piedras que se le van cayendo en vez de seguir adelante sin ellas; recordad situaciones en que os ha sucedido lo mismo o en que habéis abandonado las piedras.
Unid todo lo anterior a esta preciosa parábola que habla de compartir, de partir y repartir el pan, la vida y la esperanza.
Parábola de la piedra / La sopa de piedras
En un pequeño pueblo, una mujer se llevó una gran sorpresa al ver que había llamado a su puerta un extraño, correctamente vestido, que le pedía algo de comer.
—Lo siento —dijo—, pero ahora mismo no tengo nada en casa.
—No se preocupe —dijo amablemente el extraño—, tengo una piedra de sopa en mi cartera. Si usted me permitiera echarla en un puchero de agua hirviendo, yo haría la más exquisita sopa del mundo. Un puchero muy grande, por favor.
A la mujer le picó la curiosidad, puso el puchero al fuego y fue a contar el secreto de la piedra de sopa a sus vecinas. Cuando el agua rompió a hervir, todo el vecindario se había reunido allí para ver a aquel extraño y su piedra de sopa.
El extraño dejó caer la piedra en el agua, luego probó una pequeña cucharada con verdadera delectación y exclamó:
—¡Deliciosa! Lo único que necesita es unas cuantas patatas.
—¡Yo tengo patatas en mi cocina! —gritó una mujer.
Y en pocos minutos estaba de regreso con una gran fuente de patatas peladas que fueron derechas al puchero.
El extraño volvió a probar el brebaje.
—¡Excelente! —dijo, y añadió pensativamente—. Si tuviéramos un poco de carne, haríamos un cocido de lo más apetitoso…
Otra ama de casa salió zumbando y regresó con un pedazo de carne, que el extraño, tras aceptarlo cortésmente, introdujo en el puchero. Cuando volvió a probar el caldo, puso los ojos en blanco y dijo:
—¡Ah, qué sabroso! Si tuviéramos unas cuantas verduras, sería perfecto, absolutamente perfecto…
Una de las vecinas fue corriendo hasta su casa y volvió con una cesta llena de cebollas y zanahorias. Después de introducir las verduras en el puchero, el extraño probó nuevamente el guiso y, con tono autoritario, dijo:
—La sal.
—Aquí la tiene —le dijo la dueña de la casa.
A continuación dio otra orden:
—Platos para todo el mundo.
La gente se apresuró a ir a sus casas en busca de platos. Algunas regresaron trayendo incluso pan y frutas.
Luego se sentaron todas a disfrutar de la espléndida comida, mientras el extraño repartía abundantes raciones de su increíble sopa. Todas se sentían extrañamente felices, mientras reían, charlaban y compartían por primera vez su comida. En medio del alborozo, el extraño se escabulló silenciosamente, dejando tras de sí la milagrosa piedra de sopa, que ellas podrían usar siempre que quisieran hacer la más deliciosa sopa del mundo.
3.ª Parte: Lectura sobre la caridad, sobre el amor
Escuchemos a san Pablo en la Primera Carta a los Corintios.
Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe.
Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy.
Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha.
La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad.
Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.
La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía.
Cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo parcial.
Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño.
Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido.
Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad.
Momento de oración: Oramos en silencio. Puede ponerse como fondo para la meditación la canción «Si no tengo amor…», de Brotes de Olivo.
4.ª Parte: Poemas, oraciones y reflexión
Preparad con los niños estos poemas de José Luis Martín Descalzo y haced que los lean en voz alta, cada niño un verso o estrofa.
No temáis al amor
No temáis al amor, nos dice Dios.
No tengáis miedo a lo mejor que hice
cuando construí el mundo.
Tened miedo, más bien, a enturbiarlo,
a enlodarlo, a ajarlo y marchitarlo.
Eso sí que sería una tragedia;
sería como ensuciar mi creación.
Porque el amor es la cosa más bella que salió de mis manos.
Si me faltas Tú
En medio de la sombra y de la herida
me preguntan si creo en Ti. Y digo
que tengo todo cuando estoy contigo:
el sol, la luz, la paz, el bien, la vida.
Sin Ti, el sol es luz descolorida.
Sin Ti, la paz es un cruel castigo.
Sin Ti, no hay bien ni corazón amigo.
Sin Ti, la vida es muerte repetida.
Contigo el sol es luz enamorada
y contigo la paz es paz florida.
Contigo el bien es casa reposada
y contigo la vida es sangre ardida.
Pues, si me faltas Tú, no tengo nada:
ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida.
Tengo todo cuando estoy contigo; si me faltas Tú, no tengo nada…
Oración para aprender a amar
Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida;
cuando tenga sed, dame alguien que precise agua;
cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.
Cuando sufra, dame alguien que necesite consuelo;
cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro;
cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.
Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos;
cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien;
cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.
Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión;
cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender;
cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.
Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos que por todo el mundo viven y mueren pobres y hambrientos.
Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo.
Tarde te amé
¡Tarde te amé,
hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé!
Tú estabas dentro de mí,
pero yo andaba fuera de mí mismo,
y allá afuera te andaba buscando.
Me lanzaba todo deforme
entre las hermosuras que tú creaste.
Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo;
me retenían lejos de ti cosas
que no existirían si no existieran en ti.
Me llamaste, y rompiste mi sordera.
Brillaste con fulgor espléndido,
y expulsaste mi ceguera.
Me inundó tu fragancia
y ahora suspiro por ti.
Te gusté, y tengo hambre y sed.
Me tocaste, y ardí en tu paz.
Después de la lectura y las oraciones, dejad unos momentos de silencio para interiorizar lo rezado.
5.ª Parte: Oración final
Rezad juntos estas oraciones, como cierre de la dinámica sobre las virtudes teologales.
Acto de fe
Dios mío, porque eres verdad infalible,
creo firmemente todo aquello que has revelado
y la Santa Iglesia nos propone para creer.
Creo expresamente en ti, único Dios verdadero,
en tres Personas iguales y distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Y creo en Jesucristo, Hijo de Dios, que se encarnó
y murió por nosotros, el cual nos dará a cada uno,
según los méritos, el premio o el castigo eterno.
Conforme a esta fe quiero vivir siempre.
Señor, acrecienta mi fe.
Acto de esperanza
Dios mío, espero de tu bondad,
por tus promesas y por los méritos de Jesucristo,
nuestro Salvador, la vida eterna y la gracia necesaria
para merecerla con las buenas obras que debo y quiero hacer.
Señor, que pueda gozarte para siempre.
Acto de caridad
Dios mío, te amo con todo el corazón sobre todas las cosas,
porque eres infinitamente bueno y nuestra eterna felicidad:
por amor a ti amo a mi prójimo como a mí mismo,
y perdono las ofensas recibidas.
Señor, haz que yo te ame cada vez más.




