Evangelio del día: El juicio de los fariseos

por

Catequesis en familia - Inicio 5 Catequesis familiar 5 La Biblia 5 Evangelio del día: El juicio de los fariseos

El signo de Jonás

Mateo 12, 38-42 · Lunes de la 16.ª semana del Tiempo Ordinario

Cuando Jesús habla de una «generación perversa», se refiere a quienes ponen su confianza únicamente en su justicia personal, sus méritos y sus propias obras. Esta actitud es una grave enfermedad espiritual que conduce a la hipocresía y a la falsa seguridad de creernos cristianos limpios, perfectos y superiores a los demás.

Evangelio

En aquel tiempo, algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: «Maestro, queremos que nos hagas ver un signo».

Él les respondió: «Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del gran pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches.

El día del juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás.

El día del juicio, la reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Palabra central

«No se le dará otro signo que el del profeta Jonás».

Lecturas de la liturgia

Primera lectura Libro del Éxodo, Éx 14, 5-18
Salmo Cántico del Éxodo, Éx 15, 1-6

Oración introductoria

Señor, humildemente te suplico perdón por todas mis faltas. Ilumina mi oración para que no caiga en la mezquindad farisaica de pedir constantemente pruebas de tu amor. Creo en Ti, confío plenamente en tu misericordia y te amo sobre todas las cosas.

Petición

Jesús resucitado, dame la fe y tu gracia para crecer en el amor.

Meditación del Santo Padre Francisco

Hay una grave enfermedad que amenaza a los cristianos: el «síndrome de Jonás», aquello que nos hace sentir perfectos y limpios, como recién salidos de la tintorería, frente a quienes juzgamos pecadores y, por tanto, condenados a arreglárselas solos y sin nuestra ayuda.

Jesús, en cambio, recuerda que para salvarnos es necesario seguir el signo de Jonás, es decir, la misericordia del Señor. Este es, en sustancia, el sentido de la reflexión propuesta por el papa Francisco.

Comentando las lecturas de la liturgia, el Pontífice partió de aquella «palabra fuerte» con la que Jesús se dirige a un grupo de personas llamándolas «generación perversa».

Es una palabra que casi parece un insulto. Jesús, tan bueno, tan humilde y tan manso, pronuncia una expresión muy severa. Sin embargo, no se refería a la gente que lo seguía, sino a los doctores de la ley, a quienes buscaban ponerlo a prueba y hacerlo caer en una trampa.

Eran personas que pedían signos y pruebas. Jesús les responde que el único signo que recibirán será el signo de Jonás.

El síndrome de Jonás

Antes de explicar el signo de Jonás, el papa Francisco invita a reflexionar sobre otro detalle que se desprende del relato evangélico: aquello que el profeta llevaba en su corazón.

Jonás no quería ir a Nínive y huyó en dirección contraria. Pensaba que tenía las ideas muy claras: «La doctrina es esta y se debe creer esto. Si ellos son pecadores, que se las arreglen. Yo no tengo nada que ver».

Este es el síndrome de Jonás, y Jesús lo condena. Quienes padecen esta enfermedad espiritual no desean verdaderamente la salvación de las personas a las que consideran pecadoras.

Dios dice a Jonás que los habitantes de Nínive son personas necesitadas, ignorantes y pecadoras. Pero Jonás insiste en reclamar justicia: «Yo observo todos los mandamientos; ellos que se las arreglen».

La verdadera santidad no se encierra en sí misma: busca con misericordia la conversión y la salvación de los demás.

El síndrome de Jonás golpea a quienes no sienten celo por la conversión de la gente y buscan una santidad que el Papa denomina «santidad de tintorería»: bella, ordenada y aparentemente perfecta, pero sin el celo que conduce a anunciar al Señor.

Ante esta generación enferma del síndrome de Jonás, Jesús promete precisamente el signo de Jonás. El Evangelio de Mateo explica que, como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así el Hijo del hombre permanecerá en el seno de la tierra.

La referencia es clara: Jesús en el sepulcro, su muerte y su resurrección. Este es el signo que Cristo promete frente a la hipocresía y frente a una religiosidad que se considera perfecta por sus propios méritos.

La falsa seguridad del fariseo

Para aclarar esta enseñanza, el Obispo de Roma se refiere a la parábola del fariseo y del publicano que oran en el templo. El fariseo se siente tan seguro de sí mismo que da gracias a Dios por no ser como los demás.

El publicano, en cambio, permanece a distancia y sólo se atreve a decir: «Señor, ten piedad de mí, que soy un pecador».

El signo que Jesús promete es su perdón, ofrecido mediante su muerte y su resurrección. Es la misericordia que Dios había reclamado desde antiguo: «Misericordia quiero y no sacrificios».

El verdadero signo de Jonás es aquel que nos da la confianza de estar salvados por la sangre de Cristo. Hay muchos cristianos que piensan que están salvados únicamente por lo que hacen y por sus propias obras.

Las obras son necesarias, pero son consecuencia y respuesta al amor misericordioso que nos salva. Las obras solas, separadas de la gracia y de la misericordia de Dios, no son suficientes.

Elegir entre el síndrome y el signo de Jonás

El síndrome de Jonás afecta a quienes confían únicamente en su justicia personal y en sus obras. Cuando Jesús habla de una generación perversa, se refiere a todos aquellos que llevan dentro este síndrome.

Esta actitud conduce a la hipocresía y a una suficiencia espiritual que nos hace creer que somos cristianos limpios y perfectos porque realizamos determinadas obras y observamos externamente los mandamientos.

El signo de Jonás, en cambio, es la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo muerto y resucitado por nuestra salvación.

El Papa recuerda también que san Pablo se presenta como apóstol no por sus estudios o sus méritos, sino por una llamada. Del mismo modo, todos los cristianos han sido llamados por Jesucristo.

El signo de Jonás nos llama a realizar una elección: ¿queremos vivir encerrados en el síndrome de Jonás o acoger el signo de Jonás, es decir, la misericordia de Cristo que muere, resucita, perdona y llama a la conversión?

Santo Padre Francisco

El síndrome de Jonás

Homilía del lunes, 14 de octubre de 2013

Claves para comprender el Evangelio

Clave Sentido cristiano
Pedir un signo Los escribas y fariseos no buscan creer, sino poner a prueba a Jesús. Su petición nace de la desconfianza y de un corazón cerrado.
Jonás Su permanencia en el vientre del pez anticipa la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo.
Nínive Sus habitantes escucharon la predicación y se convirtieron. Representan a quienes acogen humildemente la llamada de Dios.
La reina del Sur Recorrió una gran distancia para escuchar la sabiduría de Salomón. Su búsqueda contrasta con la indiferencia de quienes tienen delante a Cristo.
Jesús es mayor Cristo es más que Jonás y más que Salomón. En Él se manifiestan plenamente la misericordia, la sabiduría y la salvación de Dios.

Para examinar la vida

¿Pido continuamente a Dios pruebas de su amor? ¿Me considero mejor que otras personas por cumplir determinados preceptos? ¿Busco sinceramente la conversión de quienes están alejados o prefiero juzgarlos y abandonarlos?

Catecismo de la Iglesia Católica

IV. Perseverar en el amor

2742. «Orad constantemente» (1 Ts 5, 17), «dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5, 20), «siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos» (Ef 6, 18).

«No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar» (Evagrio Póntico, Capita practica ad Anatolium, 49).

Este ardor incansable sólo puede proceder del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el combate del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe luminosas y vivificantes.

Orar es siempre posible

2743. Orar es siempre posible. El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado, que está con nosotros «todos los días» (Mt 28, 20), cualesquiera que sean las tempestades. Nuestro tiempo está en las manos de Dios.

«Conviene que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o mientras da un paseo; igualmente, el que está sentado ante su mesa de trabajo o dedica su tiempo a otras labores debe levantar su alma a Dios. Conviene también que quien anda de un lado para otro o sirve en la cocina intente elevar la súplica desde lo más hondo de su corazón».

San Juan Crisóstomo
De Anna, sermón 4, 6

Orar es una necesidad vital

2744. Orar es una necesidad vital. Si no nos dejamos conducir por el Espíritu, caemos en la esclavitud del pecado. ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser nuestra vida si nuestro corazón está lejos de Él?

«Nada vale tanto como la oración: hace posible lo que es imposible y fácil lo que es difícil. Es imposible que el hombre que ora pueda pecar».

San Juan Crisóstomo
De Anna, sermón 4, 5

«Quien ora se salva ciertamente; quien no ora se condena ciertamente».

San Alfonso María de Ligorio
Del gran medio de la oración

Oración y vida cristiana son inseparables

2745. Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor.

Es la misma conformidad filial y amorosa con el designio de amor del Padre; la misma unión transformante en el Espíritu Santo, que nos configura cada vez más con Cristo Jesús; y el mismo amor a todos los hombres con el que Jesús nos ha amado.

«Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis unos a otros» (Jn 15, 16-17).

«Ora continuamente quien une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos cumplir el mandato: “Orad constantemente”».

Orígenes
De oratione, 12, 2

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

No reduciré mi oración únicamente a la petición. Dedicaré también un momento a contemplar, adorar y agradecer a Dios su amor, reconociendo todo lo que ya ha realizado en mi vida.

Diálogo con Cristo

Señor, en vez de pedirte continuamente pruebas de tu amor, debo exigirme medios concretos para crecer en la humildad y en la caridad, que son los mejores caminos para evitar el pecado.

Cuando me arrepiento, reconozco que he fallado en el amor. Me duele haber correspondido tan pobremente a quien es todo amor. Con frecuencia olvido que estás presente en mi corazón mediante la gracia santificante.

Gracias por tu paciencia. Quiero amarte más durante este día. Ayúdame a estar atento a tu presencia y a hablar contigo en medio de mis tareas, alegrías y dificultades.

Idea para vivir el Evangelio de hoy

No necesito exigir nuevas pruebas del amor de Dios. El signo definitivo ya me ha sido dado: Jesucristo muerto y resucitado por mi salvación.

Para seguir profundizando

✠ ✠ ✠
Novedad
Cuadernos, recursos y guía
Amigos de Jesús
La Biblia de los más pequeños
Cuentos de Casals
Recomendamos
Editorial Combel
Editorial Casals