Mateo 10, 34-42; 11, 1
Lunes de la 15.ª semana del Tiempo Ordinario
El combate que Jesús está decidido a librar no es contra hombres ni poderes humanos, sino contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así, los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.
El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.
El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá recompensa de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas de la liturgia
| Primera lectura | Libro del Éxodo, Éx 1, 8-14.22 |
| Salmo | Sal 124 (123), 1-8 |
Oración introductoria
Señor, gracias por este momento de oración. Concédeme la luz necesaria para salir de esa falsa paz en la que acomodo mi vida, evitando el compromiso auténtico de la fe. Espíritu Santo, lléname de tu gracia para que pueda comprender lo que hoy quieres decirme por medio del Evangelio.
Petición
Señor, concédeme que mi entrega en el Regnum Christi esté marcada siempre por el sello de la generosidad y la alegría.
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
En el Evangelio de este día hay una expresión de Jesús que siempre atrae nuestra atención y que es necesario comprender bien. Mientras va de camino hacia Jerusalén, donde le espera la muerte en cruz, Cristo dice a sus discípulos: «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división». Y añade: «En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra» (Lc 12, 51-53).
Quien conozca, aunque sea mínimamente, el Evangelio de Cristo sabe que es un mensaje de paz por excelencia. Jesús mismo, como escribe san Pablo, «es nuestra paz» (Ef 2, 14), muerto y resucitado para derribar el muro de la enemistad e inaugurar el Reino de Dios, que es amor, alegría y paz. ¿Cómo se explican entonces esas palabras suyas? ¿A qué se refiere el Señor cuando dice —según la redacción de san Lucas— que ha venido a traer la «división», o —según la redacción de san Mateo— la «espada»? (Mt 10, 34).
Esta expresión de Cristo significa que la paz que vino a traer no es sinónimo de simple ausencia de conflictos. Al contrario, la paz de Jesús es fruto de una lucha constante contra el mal. El combate que Jesús está decidido a librar no es contra hombres o poderes humanos, sino contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás. Quien quiera resistir a este enemigo permaneciendo fiel a Dios y al bien debe afrontar necesariamente incomprensiones y, a veces, auténticas persecuciones.
Por eso, todos los que quieran seguir a Jesús y comprometerse sin componendas en favor de la verdad deben saber que encontrarán oposiciones y se convertirán, sin buscarlo, en signo de división entre las personas, incluso en el seno de sus propias familias. En efecto, el amor a los padres es un mandamiento sagrado, pero, para vivirlo de modo auténtico, no debe anteponerse jamás al amor a Dios y a Cristo.
De este modo, siguiendo los pasos del Señor Jesús, los cristianos se convierten en «instrumentos de su paz», según la célebre expresión de san Francisco de Asís. No de una paz inconsistente y aparente, sino real, buscada con valentía y tenacidad en el esfuerzo cotidiano por vencer el mal con el bien (cf. Rom 12, 21), pagando personalmente el precio que esto implica.
La Virgen María, Reina de la paz, compartió hasta el martirio del alma la lucha de su Hijo Jesús contra el Maligno, y sigue compartiéndola hasta el fin de los tiempos. Invoquemos su intercesión materna para que nos ayude a ser siempre testigos de la paz de Cristo, sin llegar jamás a componendas con el mal.
Santo Padre Benedicto XVI
Ángelus del domingo, 19 de agosto de 2007
Para comprender correctamente este Evangelio
Jesús no bendice la violencia ni la discordia. La «espada» simboliza la decisión que exige la verdad. Quien elige seguir a Cristo puede encontrar resistencia, pero no debe responder con odio. El discípulo combate el mal mediante la fe, la oración, la caridad y la perseverancia.
Catecismo de la Iglesia Católica
VII. «Y líbranos del mal»
2850. La última petición a nuestro Padre está también contenida en la oración de Jesús: «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Jn 17, 15). Esta petición concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el «nosotros», en comunión con toda la Iglesia y para la salvación de toda la familia humana. La Oración del Señor no cesa de abrirnos a las dimensiones de la economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el drama del pecado y de la muerte se vuelve solidaridad en el Cuerpo de Cristo, en «comunión con los santos».
2851. En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El «diablo» (diá-bolos) es aquel que «se atraviesa» en el designio de Dios y en su obra de salvación cumplida en Cristo.
2852. «Homicida […] desde el principio […], mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44), «Satanás, el seductor del mundo entero» (Ap 12, 9), es aquel por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y por cuya definitiva derrota toda la creación será «liberada del pecado y de la muerte».
«El Señor, que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas, también os protege y os guarda contra las astucias del Diablo que os combate, para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios no tema al demonio. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”».
San Ambrosio
De sacramentis, 5, 30
2853. La victoria sobre el «príncipe de este mundo» (Jn 14, 30) se adquirió de una vez para siempre en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo está «echado abajo» (Jn 12, 31).
El Maligno se lanza en persecución de la Mujer, pero no consigue alcanzarla: la nueva Eva, «llena de gracia» del Espíritu Santo, es preservada del pecado y de la corrupción de la muerte. Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22, 17.20), ya que su Venida nos librará definitivamente del Maligno.
2854. Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros, de los que él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo.
«Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo».
Misal Romano, embolismo del rito de la Comunión
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Hoy renunciaré a algo que me agrade especialmente y lo ofreceré por una persona que necesite encontrarse con Dios.
Diálogo con Cristo
Señor, bien sabes que quiero ser santo, pero fácilmente olvido que la santidad se fragua en la renuncia, la abnegación y la generosidad; en el desinterés y el olvido de mí mismo para favorecer el bien de los demás. Permíteme comprobar que hay mayor felicidad en dar que en recibir y ayúdame a edificar mi santidad mediante la práctica cotidiana de las virtudes que engrandecen mi amor a Ti y al prójimo, especialmente a ese prójimo cercano que tantas veces olvido.
Palabra para guardar en el corazón
«El que pierda su vida por mí, la encontrará».
Para seguir profundizando
- Evangelio del día en Catholic.net
- Evangelio del día
- Orden de Predicadores: Evangelio del día
- Evangeli.net




