Mateo 11, 20-24
Martes de la 15.ª semana del Tiempo Ordinario
El juicio final ya está en acción: comienza ahora, en el curso de nuestra existencia, cada vez que acogemos o rechazamos la gracia que Dios nos ofrece.
Entonces Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, porque no se habían convertido:
«¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre vosotras se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras.
Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. Pues os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas de la liturgia
| Primera lectura | Libro del Éxodo, Éx 2, 1-15a |
| Salmo | Sal 69 (68) |
Oración introductoria
Jesús, ayúdame a hacer de esta meditación un verdadero diálogo de amor. Eres mi refugio ante el calor abrasante y ante las dificultades de la vida. Sé que cuento contigo para levantarme cuando tropiezo y que guiarás mis pasos hoy y siempre. Concédeme vivir confiado en tu misericordia y responder con sinceridad a tu llamada a la conversión.
Petición
Señor, dame la gracia de buscarte con un corazón sincero.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy quisiera iniciar la última serie de catequesis sobre nuestra profesión de fe, tratando la afirmación «Creo en la vida eterna». En especial, me detengo en el juicio final. No debemos tener miedo: escuchemos lo que nos dice la Palabra de Dios.
Al respecto, leemos en el Evangelio de Mateo: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él […], serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda […]. Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna» (Mt 25, 31-33.46).
Cuando pensamos en el regreso de Cristo y en su juicio final, que manifestará hasta sus últimas consecuencias el bien que cada uno haya realizado o haya omitido realizar durante su vida terrena, percibimos que nos encontramos ante un misterio que nos sobrepasa y que ni siquiera logramos imaginar. Es un misterio que casi instintivamente suscita en nosotros temor y tal vez también ansiedad.
Sin embargo, si reflexionamos bien sobre esta realidad, descubrimos que ensancha el corazón del cristiano y constituye un gran motivo de consolación y confianza.
El testimonio de las primeras comunidades cristianas resuena, al respecto, más sugestivo que nunca. Acompañaban las celebraciones y las oraciones con la aclamación Maranathà, una expresión formada por dos palabras arameas que, según cómo se pronuncien, pueden entenderse como una súplica —«¡Ven, Señor!»— o como una certeza alimentada por la fe: «Sí, el Señor viene; el Señor está cerca».
Es la exclamación con la que culmina toda la Revelación cristiana, al término de la maravillosa contemplación que nos ofrece el Apocalipsis de san Juan (cf. Ap 22, 20). En este caso es la Iglesia, esposa, quien, en nombre de toda la humanidad y como primicia, se dirige a Cristo, su esposo, deseando ser envuelta por su abrazo: el abrazo de Jesús, plenitud de vida y de amor.
Si pensamos en el juicio desde esta perspectiva, todo miedo y vacilación disminuye y deja espacio a la espera y a una profunda alegría. Será precisamente el momento en el que finalmente seremos juzgados preparados para ser revestidos de la gloria de Cristo, como con un vestido nupcial, y conducidos al banquete, imagen de la plena y definitiva comunión con Dios.
Un segundo motivo de confianza nos lo da la constatación de que, en el momento del juicio, no estaremos solos. Jesús mismo anuncia en el Evangelio de Mateo que, al final de los tiempos, quienes lo hayan seguido tendrán sitio en su gloria para juzgar juntamente con él (cf. Mt 19, 28).
El apóstol Pablo, al escribir a la comunidad de Corinto, afirma: «¿Habéis olvidado que los santos juzgarán el universo? […] Cuánto más, asuntos de la vida cotidiana» (1 Cor 6, 2-3). Qué hermoso es saber que en esa circunstancia, además de Cristo, nuestro Paráclito y nuestro Abogado ante el Padre, podremos contar con la intercesión y la benevolencia de tantos hermanos y hermanas que nos precedieron en el camino de la fe.
Los santos ya viven en presencia de Dios, en el esplendor de su gloria, e interceden por nosotros, que todavía vivimos en la tierra. ¡Cuánto consuelo suscita en nuestro corazón esta certeza! La Iglesia es verdaderamente una madre y, como una madre, busca el bien de sus hijos, sobre todo de los más alejados y afligidos, hasta encontrar su plenitud en el cuerpo glorioso de Cristo con todos sus miembros.
Otra sugerencia nos llega del Evangelio de san Juan, donde se afirma explícitamente que «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios» (Jn 3, 17-18).
Esto significa que el juicio final ya está en acción: comienza ahora, en el curso de nuestra existencia. Tal juicio se pronuncia en cada instante de la vida, como confirmación de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad y de la consiguiente cerrazón en nosotros mismos.
Si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos quienes nos condenamos. La salvación consiste en abrirse a Jesús, y él nos salva. Si somos pecadores —y lo somos todos—, le pedimos perdón; y si vamos a él con el deseo de ser buenos, el Señor nos perdona.
Pero para ello debemos abrirnos al amor de Jesús, que es más fuerte que cualquier otra cosa. El amor de Jesús es grande, misericordioso y capaz de perdonar. Sin embargo, debemos abrirnos; y abrirse significa arrepentirse, reconocer aquello que no está bien y que hemos hecho.
El Señor Jesús se entregó y sigue entregándose a nosotros para colmarnos de toda la misericordia y de toda la gracia del Padre. Por tanto, podemos convertirnos, en cierto sentido, en jueces de nosotros mismos, autocondenándonos cuando elegimos excluirnos de la comunión con Dios y con los hermanos.
No nos cansemos, por ello, de vigilar nuestros pensamientos y nuestras actitudes, para pregustar ya desde ahora el calor y el esplendor del rostro de Dios —y esto será bellísimo—, que en la vida eterna contemplaremos en toda su plenitud.
Adelante, pensando en este juicio que comienza ahora y que ya ha comenzado. Adelante, haciendo que nuestro corazón se abra a Jesús y a su salvación; adelante sin miedo, porque el amor de Jesús es más grande. Si pedimos perdón por nuestros pecados, él nos perdona. Jesús es así. Adelante, entonces, con esta certeza, que nos conducirá a la gloria del cielo.
Santo Padre Francisco
Audiencia general del miércoles, 11 de diciembre de 2013
Una llamada urgente a la conversión
Las palabras dirigidas a Corozaín, Betsaida y Cafarnaún no nacen del deseo de condenar, sino del dolor de Cristo ante un corazón que permanece cerrado. Haber recibido más luz implica también una responsabilidad mayor: reconocer la visita de Dios y responder con una vida renovada.
Catecismo de la Iglesia Católica
V. El Juicio final
1038. La resurrección de todos los muertos, «de los justos y de los pecadores» (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será «la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz […] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5, 28-29).
Entonces Cristo vendrá «en su gloria acompañado de todos sus ángeles […]. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda […]. E irán estos a un castigo eterno y los justos a una vida eterna» (Mt 25, 31-32.46).
1039. Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta definitivamente al descubierto la verdad de la relación de cada hombre con Dios. El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena.
«Todo el mal que hacen los malos se registra y ellos no lo saben. El día en que “Dios no se callará” […], se volverá hacia los malos: “Yo había colocado sobre la tierra a mis pobres para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado algo a mis miembros, eso habría subido hasta la cabeza”».
San Agustín
Sermo 18, 4, 4
1040. El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Solo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; solo él decidirá su advenimiento. Entonces pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo su palabra definitiva sobre toda la historia.
Conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa sobre todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.
1041. El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios concede todavía a los hombres «el tiempo favorable, el tiempo de salvación» (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios, compromete con la justicia del Reino y anuncia la «bienaventurada esperanza» (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor, que «vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído» (2 Ts 1, 10).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Antes de dormir, haré un breve examen del día y me preguntaré con sinceridad: ¿han sido Dios y su voluntad el centro de mi jornada?
Diálogo con Cristo
Jesús, dame la gracia de vivir en conversión permanente. Ayúdame a colaborar con tu gracia para despojarme del hombre viejo y renunciar a todo aquello que me aleja de Ti. En la medida en que cada día permita que transformes mi corazón, también podré contribuir a transformar el mundo. Te prometo fomentar todo aquello que me haga parecerme más a Ti.
Palabra para guardar en el corazón
La salvación consiste en abrir el corazón a Jesús y dejarse transformar por su misericordia.
Para seguir profundizando
- Evangelio del día en Catholic.net
- Evangelio del día
- Orden de Predicadores: Evangelio del día
- Evangeli.net




