Mateo 19, 27-29
Fiesta de san Benito, patrón de Europa
El gran monje sigue siendo un verdadero maestro que enseña el arte de vivir el verdadero humanismo.
Evangelio del día
Pedro, tomando la palabra, dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?».
Jesús les respondió: «Les aseguro que en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna».

Lecturas
Primera lectura: Proverbios 2, 1-9
Salmo: Sal 34(33), 2-6.9.12-15
Oración introductoria
Señor, ayúdame a no temer y a perseverar en el camino del amor, como hizo san Benito, para que llegue a ser digno a tus ojos.
Petición
Señor, no dejes nunca que desconfíe de Ti a causa de mis temores; por eso, al igual que tu siervo san Benito, te pido que me concedas fortaleza para mantenerme en el camino de la esperanza.
Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy voy a hablar de san Benito, fundador del monacato occidental y patrono de Europa. Comienzo citando una frase de san Gregorio Magno que, refiriéndose a san Benito, dice: «Este hombre de Dios, que brilló sobre esta tierra con tantos milagros, no resplandeció menos por la elocuencia con la que supo exponer su doctrina» (Diálogos, II, 36). El gran Papa escribió estas palabras en el año 592; el santo monje había muerto cincuenta años antes y todavía seguía vivo en la memoria de la gente y, sobre todo, en la floreciente familia religiosa que fundó. San Benito de Nursia, con su vida y su obra, ejerció una influencia fundamental en el desarrollo de la civilización y de la cultura europea.
La fuente más importante sobre su vida es el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio Magno. No es una biografía en el sentido clásico. Según las ideas de su época, san Gregorio quiso ilustrar, mediante el ejemplo de un hombre concreto —precisamente san Benito—, la ascensión a las cumbres de la contemplación que puede realizar quien se abandona en manos de Dios. Por tanto, nos presenta un modelo de vida humana como ascensión hacia la cumbre de la perfección.
En el libro de los Diálogos, san Gregorio Magno narra también muchos milagros realizados por el santo. Tampoco en este caso quiere simplemente contar algo extraño, sino demostrar cómo Dios, advirtiendo, ayudando e incluso corrigiendo, interviene en las situaciones concretas de la vida del hombre. Quiere mostrar que Dios no es una hipótesis lejana, situada en el origen del mundo, sino que está presente en la vida de cada persona.
Clave espiritual: san Benito no enseña a huir de la historia, sino a contemplarla desde Dios para descubrir cómo vivir en ella con verdad, paz y responsabilidad.
Esta perspectiva del «biógrafo» se explica también a la luz del contexto general de su tiempo: entre los siglos V y VI, el mundo sufría una tremenda crisis de valores y de instituciones, provocada por el derrumbamiento del Imperio romano, por la invasión de nuevos pueblos y por la decadencia de las costumbres. Al presentar a san Benito como «astro luminoso», san Gregorio quería indicar, en aquella tremenda situación, el camino de salida de la «noche oscura de la historia».
De hecho, la obra del santo, y especialmente su Regla, fueron una auténtica levadura espiritual que cambió, con el paso de los siglos y mucho más allá de los confines de su patria y de su época, el rostro de Europa. Tras la caída de la unidad política creada por el Imperio romano, suscitó una nueva unidad espiritual y cultural: la de la fe cristiana compartida por los pueblos del continente. De este modo nació la realidad que llamamos Europa.
Un joven que sólo quería agradar a Dios
La fecha del nacimiento de san Benito se sitúa alrededor del año 480. Procedía, según dice san Gregorio, de la región de Nursia. Sus padres, de clase acomodada, lo enviaron a estudiar a Roma. Sin embargo, no permaneció mucho tiempo en la Ciudad Eterna. San Gregorio explica que al joven Benito le disgustaba el estilo de vida disoluto de muchos compañeros de estudios y no quería caer en sus mismos errores. Sólo quería agradar a Dios: soli Deo placere desiderans.
Antes de concluir sus estudios, san Benito dejó Roma y se retiró a la soledad de los montes situados al este de la ciudad. Después de una primera estancia en Effide, hoy Affile, donde se unió durante algún tiempo a una comunidad religiosa, se hizo eremita en la cercana Subiaco. Allí vivió durante tres años, completamente solo, en una gruta que, desde la alta Edad Media, constituye el corazón del monasterio llamado Sacro Speco.
El período de Subiaco, vivido en soledad con Dios, fue para san Benito un momento de maduración. Allí tuvo que soportar y superar las tres tentaciones fundamentales de todo ser humano: la autoafirmación y el deseo de ponerse en el centro, la sensualidad, y la ira unida al deseo de venganza.
San Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido esas tentaciones podía dirigir a los demás palabras útiles para sus necesidades. De este modo, tras pacificar su alma, pudo controlar los impulsos del propio yo y convertirse en artífice de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios en el valle del Anio, cerca de Subiaco.
De la soledad a una misión visible
En el año 529, san Benito dejó Subiaco para establecerse en Montecassino. Algunos han explicado este cambio como una huida de las intrigas de un eclesiástico local envidioso. Sin embargo, esta explicación resulta poco convincente, pues la muerte repentina de aquel hombre no impulsó a san Benito a regresar. En realidad, Benito había entrado en una nueva fase de su maduración interior y de su experiencia monástica.
Según san Gregorio Magno, su salida del remoto valle del Anio hacia el monte Cassino —una altura visible desde lejos— posee un valor simbólico: la vida monástica en el ocultamiento tiene una razón de ser, pero el monasterio también posee una finalidad pública en la vida de la Iglesia y de la sociedad. Debe dar visibilidad a la fe como fuerza capaz de transformar la vida.
Cuando el 21 de marzo del año 547 san Benito concluyó su existencia terrena, dejó, con su Regla y con la familia benedictina que había fundado, un patrimonio que ha dado fruto a través de los siglos y que continúa dándolo en el mundo entero.
San Benito enseña dos movimientos inseparables:
| Entrar en el silencio | Volver al mundo |
| Escuchar a Dios, ordenar el corazón y vencer las propias pasiones. | Servir, educar, construir paz y ofrecer una presencia cristiana visible. |
Oración y vida cotidiana
En todo el segundo libro de los Diálogos, san Gregorio nos muestra cómo la vida de san Benito estaba inmersa en un clima de oración, fundamento de toda su existencia. Sin oración no hay experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de san Benito no era una interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios y, precisamente por eso, nunca perdió de vista los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas.
Al contemplar a Dios comprendió la realidad del hombre y su misión. En su Regla se refiere a la vida monástica como «escuela del servicio del Señor» y pide a sus monjes que «nada se anteponga a la Obra de Dios», es decir, al Oficio divino o Liturgia de las Horas. Sin embargo, subraya que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha que después debe traducirse en la acción concreta: «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos».
Así, la vida del monje se convierte en una simbiosis fecunda entre acción y contemplación, «para que en todo sea glorificado Dios». Frente a una autorrealización fácil y egocéntrica, el compromiso primero e irrenunciable del discípulo de san Benito es la sincera búsqueda de Dios en el camino trazado por Cristo, humilde y obediente, a cuyo amor no debe anteponer nada.
Precisamente así, sirviendo a los demás, el monje se convierte en hombre de servicio y de paz. En el ejercicio de la obediencia vivida con una fe animada por el amor, conquista la humildad. De este modo se configura cada vez más con Cristo y alcanza la auténtica realización como criatura hecha a imagen y semejanza de Dios.
La autoridad como servicio
A la obediencia del discípulo debe corresponder la sabiduría del abad, que en el monasterio «hace las veces de Cristo». Su figura, descrita especialmente en el segundo capítulo de la Regla, con un perfil de belleza espiritual y compromiso exigente, puede considerarse un autorretrato de san Benito, pues —como escribe san Gregorio Magno— «el santo de ninguna manera podía enseñar algo diferente de lo que vivía».
El abad debe ser un padre tierno y, al mismo tiempo, un maestro exigente; un verdadero educador. Aun siendo inflexible contra los vicios, está llamado ante todo a imitar la ternura del Buen Pastor, a «servir más que mandar» y a enseñar todo lo bueno y santo más con obras que con palabras.
Para decidir con responsabilidad, el abad también debe escuchar «el consejo de los hermanos», porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor». Esta disposición hace sorprendentemente moderna una Regla escrita hace casi quince siglos. Quien ejerce responsabilidad pública o privada debe saber escuchar y aprender de lo que escucha.
Consejo para la vida familiar y comunitaria: antes de tomar una decisión importante, conviene escuchar sinceramente a los demás, incluso a los más jóvenes. La autoridad cristiana no teme recibir consejo porque sabe que la verdad puede llegar por medio de cualquier hermano.
Una Regla para buscar a Dios
San Benito califica su Regla como «mínima, escrita sólo para el inicio»; pero, en realidad, ofrece indicaciones útiles no sólo para los monjes, sino también para todos los que buscan orientación en su camino hacia Dios. Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario, ha mantenido su fuerza iluminadora hasta nuestros días.
Pablo VI, al proclamar el 24 de octubre de 1964 a san Benito patrono de Europa, quiso reconocer la admirable obra realizada por el santo a través de la Regla en la formación de la civilización y de la cultura europea.
Para crear una unidad nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero también es necesario suscitar una renovación ética y espiritual inspirada en las raíces cristianas del continente. De lo contrario, no se puede reconstruir Europa.
Sin esta savia vital, el hombre queda expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación de querer redimirse por sí mismo. Al buscar el verdadero progreso, escuchemos también hoy la Regla de san Benito como una luz para nuestro camino. El gran monje sigue siendo un verdadero maestro que enseña el arte de vivir el verdadero humanismo.
Santo Padre emérito Benedicto XVI
Audiencia General del miércoles, 9 de abril de 2008
Catecismo de la Iglesia Católica
La vida religiosa
925. Nacida en Oriente en los primeros siglos del cristianismo y vivida en los institutos canónicamente erigidos por la Iglesia, la vida religiosa se distingue de otras formas de vida consagrada por el aspecto cultual, la profesión pública de los consejos evangélicos, la vida fraterna llevada en común y el testimonio dado de la unión de Cristo y de la Iglesia.
926. La vida religiosa nace del misterio de la Iglesia. Es un don que la Iglesia recibe de su Señor y que ofrece como estado de vida estable al fiel llamado por Dios a la profesión de los consejos evangélicos. Así, la Iglesia puede manifestar a Cristo y reconocerse como Esposa del Salvador. La vida religiosa está invitada a significar, bajo sus diversas formas, la caridad misma de Dios en el lenguaje de nuestro tiempo.
927. Todos los religiosos se encuentran entre los colaboradores del obispo diocesano en su misión pastoral. La implantación y la expansión misionera de la Iglesia requieren la presencia de la vida religiosa en todas sus formas. La historia testimonia los grandes méritos de las familias religiosas en la propagación de la fe y en la formación de nuevas Iglesias: desde las antiguas instituciones monásticas y las órdenes medievales hasta las congregaciones modernas.
Para meditar
| Ora | Escucha | Trabaja |
| Pon a Dios en el centro y reserva un tiempo real para encontrarte con Él. | Acoge la Palabra, el consejo prudente y la voz de quienes comparten tu camino. | Convierte la oración en servicio, deber bien hecho, caridad y construcción de paz. |
Propósito
Leer una breve biografía de san Benito cuando me asalte el miedo a apartarme del Señor y recordar que la fidelidad se construye cada día mediante la oración, la obediencia y el servicio.
Diálogo con Cristo
Señor, quiero configurar todo mi ser al programa de vida que propone tu Palabra. Aunque no profese los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia como hizo tu querido siervo san Benito, te prometo no escatimar esfuerzos por conocer las exigencias del Evangelio y conformar con ellas todo mi obrar.
Ayúdame a desterrar de mi vida todo aquello que pueda convertirse en un obstáculo para crecer en el amor a Ti y a los demás. Enséñame a buscarte con sinceridad, a escuchar tu voz, a cumplir mis deberes con fidelidad y a servir con humildad y alegría.
Para seguir profundizando
- Evangelio del día en Catholic.net
- Evangelio del día
- Orden de Predicadores – Evangelio del día
- Evangeli.net
Idea para vivir el Evangelio de hoy
San Benito dejó muchas cosas para seguir a Cristo, pero no se encerró en una vida inútil. Su renuncia se convirtió en oración, cultura, hospitalidad, educación y servicio. Hoy puedo preguntarme: ¿qué debo dejar para que Dios haga más fecunda mi vida?




