Diario de un caballero en los Carmelitas

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Relato histórico para jóvenes

Diario de un caballero en los Carmelitas

París, agosto-septiembre de 1792

Una comunidad de sacerdotes, un caballero católico y tres semanas de vida común, oración y miedo en medio de la Revolución Francesa.


Nota al lector
Charles-Régis-Mathieu de La Calmette, conde de Valfons, existió realmente. También existieron los obispos, sacerdotes y religiosos que aparecen en estas páginas, y existió la prisión instalada en el antiguo convento de los Carmelitas de París. Los acontecimientos fundamentales que desembocaron en la matanza del 2 de septiembre de 1792 pertenecen a la historia.

El diario que sigue es una recreación literaria. Allí donde las fuentes conservan hechos, se respetan; donde guardan silencio, el relato reconstruye conversaciones, gestos y escenas posibles. El propósito no es convertir a los prisioneros en estatuas de mármol, sino intentar acompañarlos durante las semanas en que todavía comieron, discutieron, rezaron, hicieron bromas, sintieron miedo y esperaron salir con vida.

I. La puerta

11 de agosto de 1792, muy entrada la noche


Escribo sentado en el borde de un colchón que hace cuatro horas no sabía que existía. Lo hemos colocado contra la pared de una habitación demasiado estrecha para tantos hombres y, como no hay mesa libre, apoyo estas hojas sobre una caja de madera. La vela que me alumbra está encajada en el cuello de una botella. Cada vez que alguien abre la puerta, la corriente inclina la llama y las sombras de las sotanas atraviesan la pared como figuras que llegaran tarde a una procesión.

Guilleminet duerme a pocos pasos de mí, o al menos eso parece. No se ha desvestido. Conserva las manos juntas sobre el pecho y el cabello gris, aplastado contra la pared, le da un aspecto más viejo que esta mañana. Al otro lado de la sala, un sacerdote corpulento intenta acomodar una manta sobre un hombre anciano cuyos pies se han hinchado durante el día. Dos jóvenes siguen hablando junto a la ventana. Uno tiene la voz ronca; el otro responde tan deprisa que parece querer terminar todas las frases antes de que alguien venga a detenerlas.

Huele a cera, a madera vieja, a lana húmeda y al sudor de un día que ninguno esperaba terminar aquí. Desde el corredor llegan pasos, preguntas y, de vez en cuando, el nombre de algún sacerdote que alguien busca. La casa todavía conserva algo de convento en la forma de los muros y en el silencio que aparece cuando las voces se apagan; pero esta noche es una prisión.

Esta mañana estábamos en casa. Esta noche somos presos en los Carmelitas.

París lleva dos días sin parecer París. Después del asalto de las Tullerías, las noticias corren con mayor rapidez que quienes las cuentan. El rey está perdido, dicen unos; otros aseguran que todavía se restablecerá el orden. Los prusianos avanzan. Hay armas escondidas. Hay conspiradores en todas partes. Los aristócratas esperan al enemigo, los sacerdotes refractarios preparan una traición y media ciudad sospecha de la otra media. Cada persona que entra por una puerta parece traer una versión nueva y, sin embargo, todas terminan en la misma palabra: traición.

Esta mañana, mientras Guilleminet ordenaba unos papeles, vi desde su ventana a una mujer que caminaba deprisa con una cesta. Al pasar ante una iglesia cerrada, redujo el paso, miró a ambos lados y se santiguó sin detenerse. Fue un movimiento rápido, casi clandestino. Después siguió su camino.

Aquel gesto me impresionó más que los fusiles.

Durante toda mi vida las iglesias de París han estado ahí como las fuentes, los mercados y los puentes. Uno podía caminar desde una parroquia hasta un convento, cruzarse con un sacerdote que llevaba los sacramentos a un enfermo, pasar junto a un colegio religioso y oír una campana que no necesitaba explicación. La Sorbona, Saint-Sulpice, los seminarios, las abadías y las innumerables casas religiosas formaban parte de la ciudad y también de nuestra manera de entenderla. Ahora muchas siguen en pie, pero algunas han perdido a quienes las habitaban, otras han cambiado de manos y otras permanecen cerradas. París conserva sus piedras mientras empieza a perder la vida que las llenaba.

Guilleminet me había pedido que no saliera. Jean-Antoine Guilleminet no es un hombre corpulento y nunca ha necesitado levantar la voz para hacerse obedecer. Tiene el rostro fino, los ojos castaños, el cabello ya gris y la manera de escuchar de quien lleva muchos años dejando que otros descarguen ante él lo que no dirían a nadie. Cuando se preocupa, aprieta un poco los labios antes de hablar.

—Charles, hoy no salgas.

—Un antiguo capitán de caballería debería saber reconocer el peligro.

—Precisamente por eso debería evitarlo.

—He sobrevivido a cosas peores que una calle de París.

—Y yo he sobrevivido a muchos penitentes. Ninguno de los dos debería abusar de la Providencia.

Iba a responderle cuando llamaron. Fueron tres golpes secos. No violentos. Seguros. Guilleminet cerró el libro que tenía delante y levantó la vista. En la calle se oyeron varios pasos.

—Charles, si entran, no discutas.

—Eso va contra mi carácter.

—Lo sé. Ése es el problema.

Los hombres que nos interrogaron no fueron especialmente feroces. Eso habría simplificado las cosas. Cumplían una tarea y hacían preguntas: nombres, domicilios, relaciones, sacerdotes, opiniones y juramentos. Siempre los juramentos.

Yo he jurado en mi vida. Un oficial sabe lo que significa. Quizá precisamente por eso me cuesta comprender que alguien trate un juramento como si fuese el recibo de una mercancía. La Constitución Civil del Clero había cambiado diócesis, elecciones y dependencias eclesiásticas, y después se exigió a muchos sacerdotes que juraran fidelidad a aquel nuevo orden. Roma lo había rechazado. Unos sacerdotes prestaron el juramento; otros se negaron. Desde entonces, la división había bajado de las asambleas a las parroquias y de las parroquias a las familias.

He conocido hombres buenos entre los que juraron y entre los que no. Ésa es quizá la parte más dolorosa. Sería mucho más cómodo que todos los cobardes estuvieran de un lado y todos los santos del otro, pero Dios no parece haber organizado el mundo para comodidad de nuestros juicios.

Nos llevaron por las calles con otros detenidos. Guilleminet caminaba delante de mí. En una esquina volvió la cabeza y esperó hasta que quedé a su altura.

—No tienes obligación de venir conmigo.

—Padre, ya estamos detenidos.

—Sabes a qué me refiero.

Sí. Lo sabía. Antes de todo esto yo había buscado una vida más retirada y su casa había terminado siendo también la mía. No iba a descubrir ahora, porque una patrulla llamara a la puerta, que nuestra amistad tenía condiciones. No le contesté. Un caballero no necesita explicar cada cosa que hace.

El antiguo convento de los carmelitas descalzos de la calle Vaugirard apareció al final de la marcha con una familiaridad extraña. Conocía el lugar como se conocen tantos edificios de París sin haber vivido nunca en ellos. Al cruzar la entrada comprendí que no entrábamos en un convento, aunque los corredores, la iglesia y el jardín conservaran todavía su memoria. Entrábamos en una prisión improvisada dentro de una casa religiosa.

La llegada tuvo poco de solemne. Había guardianes que intentaban ordenar a los recién llegados, colchones apoyados contra los muros, bultos, jarras y sacerdotes que preguntaban por otros sacerdotes. Un canónigo de buen porte discutía con un hombre que quería saber su nombre; detrás esperaba un párroco con una sotana tan gastada que el negro se había vuelto gris. Un anciano buscaba dónde sentarse mientras dos jóvenes apartaban paquetes para hacerle sitio. Más allá, alguien reconoció a un antiguo compañero y los dos se abrazaron con una alegría que durante unos segundos hizo olvidar dónde estaban.

Guilleminet señaló discretamente a un hombre de rostro largo y facciones nobles, de unos cincuenta años, que hablaba con varios sacerdotes. Era François-Joseph de La Rochefoucauld, obispo de Beauvais. La ropa no podía ocultar la educación de un hombre acostumbrado desde joven a ciertos ambientes, pero allí no tenía nada de personaje de corte. Parecía cansado y, aun así, prestaba atención a cada recién llegado.

Guilleminet se acercó a saludarlo. Yo me quedé medio paso atrás.

—¿Y este caballero? —preguntó el obispo.

—Monsieur de Valfons —respondió Guilleminet—. Un amigo.

—Un preso —corregí.

La Rochefoucauld me examinó un instante y sonrió.

—Entonces tendrá que acostumbrarse a malas compañías.

Fue la primera vez que reí en todo el día.

Ahora casi todos duermen. En la calle se oye un tambor que se aleja hacia el norte. No sé cuánto estaremos aquí. Algunos dicen que serán unos días. Otros hablan de deportación. Yo solo sé que mañana tendremos que encontrar más agua.

II. Una casa improvisada

12 de agosto, por la noche


Dormir junto a tantos hombres produce una música que ningún compositor se atrevería a firmar. El anciano de los pies hinchados ronca con la regularidad de una pieza de artillería; otro habla mientras duerme y alguien se levantó cuatro veces buscando agua. Cada movimiento hace crujir las tablas y cada vez que uno consigue conciliar el sueño otro decide reorganizar su colchón.

Sin embargo, poco antes del amanecer ocurrió algo que ha cambiado el recuerdo de la noche. Alguien comenzó a rezar en voz baja. No vi quién. Una segunda voz respondió desde la oscuridad y después una tercera. Los sacerdotes fueron despertando y uniéndose a las palabras. Yo seguí las respuestas que conocía y guardé silencio cuando no sabía continuar. Todavía no había luz suficiente para distinguir bien los rostros; solo veía hombres incorporados sobre los colchones, alguna cabeza inclinada y una mano que buscaba a tientas el breviario.

Durante unos minutos, la prisión volvió a recordar que había sido convento.

Después empezó el día verdadero: conseguir agua, distribuir comida, mover colchones, buscar un lugar para los mayores y recibir nuevos detenidos. Ésta es la clase de cosas que los historiadores olvidarán. Escribirán decretos, ministros y movimientos de tropas, pero probablemente no escribirán quién encontró una jarra para que un sacerdote anciano pudiera lavarse. Y, sin embargo, una comunidad empieza por una jarra.

A media mañana corrió por las salas el nombre del arzobispo de Arlés. Jean-Marie du Lau acababa de llegar. Lo vi poco después: un hombre de cincuenta y tres años, de estatura algo superior a la media, rostro alargado, frente amplia y expresión atenta. Tenía algo de hombre acostumbrado a la responsabilidad, pero no de hombre que necesitara demostrarla. Su dignidad se reconocía antes por el modo en que los demás se acercaban que por cualquier gesto suyo.

Lo comprobé una hora más tarde. Un sacerdote joven estaba sentado cerca de una ventana, angustiado porque no sabía nada de su madre. Du Lau se acomodó a su lado. No le dio una exhortación ni le aseguró que todo saldría bien. Lo escuchó durante un buen rato, hizo dos o tres preguntas y, al final, rezaron juntos. El joven se levantó sin parecer más alegre, pero sí menos solo.

Eso es gobernar mejor que muchas órdenes.

También conocí a François-Louis Hébert. Es eudista, de edad parecida a du Lau, aunque su aspecto resulta más severo. Tiene el rostro enjuto y una manera de mirar que parece pesar una respuesta antes de permitirle salir. Su nombre circula acompañado inevitablemente por el del rey. Durante la comida alguien recordó su relación con la corte. Hébert dejó el cuenco y respondió sin irritarse:

—Aquí no hay confesores de reyes. Hay sacerdotes presos.

—Y un conde —añadí desde mi sitio.

Me miró de arriba abajo con una seriedad que duró apenas un segundo.

—Eso tiene remedio.

Varias personas rieron. Yo también.

Por la tarde nos permitieron salir al jardín. Después de tantas horas entre paredes, la claridad obligó a entrecerrar los ojos. El espacio es mayor de lo que había imaginado desde dentro: árboles, caminos de grava, zonas de sombra y un pequeño oratorio hacia el fondo. Los muros lo rodean todo y desde aquí parecen mucho más altos que desde la calle. Algunos sacerdotes empezaron a caminar en grupos de dos o tres; otros se sentaron bajo los árboles. Un anciano cerró los ojos y dejó que el aire le diera en la cara.

Durante unos minutos, si uno conseguía no mirar a los guardias, aquello podía parecer un retiro. No lo era. Pero esta noche pienso que quizá podamos decidir qué clase de hombres seremos mientras permanezcamos aquí.

13 de agosto, después de la oración de la tarde


La prisión empieza a tener costumbres. Nos levantamos casi a la misma hora. Los sacerdotes rezan el Oficio y yo me uno a ellos en lo que puedo. Después comienza la batalla diaria por las cosas pequeñas: agua, alimento, limpieza, un sitio donde sentarse, una manta para quien ha pasado mala noche. Los obispos comen lo mismo que todos y hombres que hasta hace poco gobernaban comunidades esperan su turno para lavarse.

Los títulos empiezan a valer poco. Me gusta.

Esta mañana un sacerdote enfermó del estómago. En menos de un minuto tenía a tres compañeros alrededor, todos llenos de caridad y ninguno de conocimientos prácticos. Uno quería darle comida, otro abrigarlo y un tercero preguntaba si debían buscar un médico.

—Agua —dije—. Y aire. Dejad de rodearlo como si estuvierais esperando un milagro.

Guilleminet apareció detrás de mí.

—Habla el médico.

—Habla un hombre que ha visto soldados enfermos.

—Que es casi lo mismo.

El enfermo se rio, lo cual me pareció buena señal.

Por la tarde movimos varios colchones y bancos. El trabajo, aunque sea pequeño, mejora el ánimo; he visto demasiados cuarteles para ignorarlo. Du Lau agarró un extremo de un banco hasta que dos sacerdotes se lo quitaron. El arzobispo protestó, los otros protestaron más y ganaron.

Después llegó otro grupo de detenidos y durante casi una hora el corredor pareció una posada en día de feria. Un sulpiciano reconoció a un antiguo alumno; dos sacerdotes que habían estudiado juntos se abrazaron; alguien preguntó por un vicario de Saint-Roch; otro gritó el nombre de un compañero desde el otro extremo; corrieron noticias de quienes estaban en la Abadía, en Saint-Firmin y en otras prisiones, y los que ya llevábamos aquí dos días empezamos, sin darnos cuenta, a comportarnos como anfitriones de una casa que tampoco era nuestra.

Uno de los recién llegados era un antiguo jesuita. Otro pertenecía a una congregación que la Revolución había dejado sin casa. Un sacerdote muy joven preguntó dónde debía dormir y Chevreux, a quien todavía no conocía bien, le señaló su propio sitio mientras buscaba otro para sí. Todo ocurrió con más movimiento que solemnidad: paquetes que cambiaban de mano, mantas dobladas, nombres repetidos, hombres que se hacían sitio en bancos ya ocupados.

Al caer la tarde rezamos. Las voces llenaron una parte de la antigua casa religiosa que durante el día había sido dormitorio, comedor y almacén. Mientras respondía con los demás pensé que fuera de estos muros están deshaciendo muchas de las formas visibles de la Iglesia. Aquí dentro, sin proponérnoslo, estamos construyendo una pequeñísima.

14 de agosto


El jardín ha sido hoy nuestro salón, nuestro claustro y nuestra plaza pública. Hacía calor y, a media tarde, el sol caía de lleno sobre el centro, de modo que casi todos caminábamos junto a los árboles. Algunos sacerdotes paseaban leyendo; otros se habían sentado en bancos o directamente en el suelo. El pequeño oratorio del fondo empieza a atraer siempre a los mismos, aunque nadie se haya repartido los lugares.

Allí vi con atención por primera vez a Séverin Girault. Es franciscano, de cuerpo más bien ligero y movimientos vivos. Su rostro no tiene nada de solemne. Cuando lee el breviario mueve un poco los labios y camina sin levantar demasiado los pies de la grava. De vez en cuando alza la cabeza, mira alrededor y vuelve al libro. Tiene esa costumbre de las personas que rezan andando y parecen saber dónde pisan sin dejar de leer.

Yo paseé con Guillaume-Antoine Delfaud. Su aspecto no recuerda al de un político, aunque había sido diputado. Es un hombre de mediana edad, de expresión inteligente y algo cansada, que frunce ligeramente el ceño cuando una pregunta le parece demasiado sencilla.

—¿Estuvo usted a favor de la Revolución? —le pregunté.

Se detuvo.

—¿De cuál?

—¿Cuántas hay?

—Ésa es precisamente la cuestión.

Seguimos caminando. Me habló de 1789 como alguien que estuvo allí y no como hablan ahora los partidarios o enemigos de aquellos meses. Había abusos que corregir, cargas injustas y esperanzas de reforma. Muchos hombres sinceros habían creído que era posible cambiar Francia sin destruirla y corregir determinadas cosas sin romper con la Iglesia.

—¿Y después?

Delfaud miró hacia el muro.

—Después quisieron reorganizar la Iglesia como quien reorganiza una administración provincial.

—Y llegó el juramento.

—Y llegó el juramento.

Por la noche la cuestión volvió durante la cena. Un sacerdote, irritado por una noticia llegada de fuera, llamó traidores a quienes habían jurado. Hébert dejó la cuchara. La conversación de las mesas próximas se apagó poco a poco.

—No todos —dijo.

—Han jurado.

—He dicho que no todos son traidores.

—¿Entonces qué son?

Hébert tardó un instante antes de responder. Algunos estarán equivocados, dijo; otros habrán tenido miedo; otros estarán convencidos de haber obrado bien. El juramento podía ser ilícito sin que nosotros conociéramos por completo el corazón de cada hombre que lo había prestado.

Delfaud añadió desde más lejos que tampoco nosotros debíamos hablar como si desconociéramos el miedo. Aquello desarmó la discusión. Un sacerdote contó entonces la historia de un antiguo compañero de seminario que había jurado; lo había querido como a un hermano y ahora evitaban encontrarse. Otro habló de su parroquia, dividida entre quienes seguían al antiguo cura y quienes acudían al constitucional. Los decretos terminaban siempre teniendo un rostro.

Esta noche comprendo mejor algo que hasta ahora había visto desde fuera: la Iglesia francesa no está solamente siendo perseguida. Está herida por dentro.

III. La fiesta de la Virgen

15 de agosto, fiesta de la Asunción

Nunca había pasado la Asunción de Nuestra Señora en una cárcel. Quizá por eso recordaré siempre esta mañana.

Los hombres se levantaron con una disposición distinta. Algunos procuraron asearse mejor; uno reparó como pudo el borde de su sotana y otro cedió parte del agua que había guardado a un compañero que había llegado tarde. Nadie había dispuesto una ceremonia especial, pero se notaba que era fiesta en la manera de preparar las cosas pequeñas. Hasta el dormitorio parecía menos desordenado cuando terminamos de recoger los colchones.

La oración tuvo otro peso. Las voces no siempre coincidían y varios hombres estaban cansados, pero precisamente por eso resultaba más hermoso. Yo me situé detrás, como suelo hacer aquí. Ellos son sacerdotes; algunos llevan toda su vida rezando esas horas. Yo respondo cuando puedo y escucho cuando no sé continuar.

Mientras rezaban pensé en las iglesias de Francia. Algunas seguirían abiertas. Otras tendrían sacerdotes constitucionales. Otras estarían cerradas. En alguna casa, quizá, un sacerdote celebraría a escondidas mientras una familia vigilaba la puerta. Francia seguía siendo católica y, sin embargo, cada vez más católicos empezaban a preguntarse dónde podían vivir su fe sin convertirse en sospechosos.

Después de la oración, du Lau habló con varios de nosotros. No hizo política ni enumeró los peligros. Nos pidió solamente que no permitiéramos que el resentimiento entrara en nuestra oración. Aquello produjo un silencio incómodo, quizá porque todos entendimos que era una petición más difícil que ayunar.

Por la tarde hubo un rato de verdadera alegría. Uno de los sacerdotes recordó una fiesta de la Virgen en su pueblo, con campanas que habían tocado desde antes del amanecer. Otro contó que, siendo seminarista, había cantado tan mal un solo que su superior le prohibió repetirlo durante años. Girault añadió una anécdota todavía peor y hasta Chevreux, que suele sonreír con discreción, dejó escapar una carcajada.

Ambroise-Augustin Chevreux tiene más de sesenta años y el cuerpo de quien ha pasado la vida entre estudio, gobierno y disciplina monástica. No es alto y ha empezado a inclinar ligeramente los hombros hacia delante. Su rostro es ancho en la frente y más estrecho en la barbilla; el cabello, ya escaso, deja ver una cabeza que parece demasiado grande cuando busca sus anteojos. Tiene unas manos finas, acostumbradas a los libros, y una paciencia que a veces parece ironía.

—No sabía que los benedictinos se rieran así —le dije.

—Nos lo permitían antes de la supresión —respondió.


La risa duró poco. Al caer la noche empezamos a oír ruido desde la calle. Primero lejano. Después más próximo. Voces, pasos, alguna canción revolucionaria, golpes que no sabíamos si procedían de nuestra puerta. La conversación se fue apagando.

Alguien dijo que venían a por nosotros.

Un sacerdote joven palideció. Otro se arrodilló inmediatamente. Un tercero cerró la ventana. Nadie dio una orden, pero en pocos minutos la sala estaba rezando. Confieso que sentí miedo. No vergüenza: miedo. He estado frente a hombres armados. En campo abierto, el peligro tiene una dirección. Uno ve de dónde puede venir el disparo. Detrás de una puerta cerrada, la imaginación dispone de demasiado tiempo.

Guilleminet se acercó a mí.

—¿Todo bien?

—Perfectamente.

—Mientes muy mal.

—Eso es porque fui educado para otras cosas.

La puerta se abrió.

Entraron más presos.

Durante unos segundos nadie habló. Los recién llegados estaban agotados, algunos asustados, mientras nosotros seguíamos arrodillados como si hubiéramos estado esperando la muerte. Entonces un sacerdote viejo empezó a reír. Intentó contenerse y no pudo. Otro se contagió. Después otro. Yo mismo acabé riendo. Los recién llegados nos miraban como si hubieran entrado en una casa de locos.

Tal vez lo sea. Esta noche hay menos suelo libre y más voces en la oración.

17 de agosto

Ya tenemos costumbres. Eso significa que llevamos aquí demasiado tiempo.

La mañana comienza con la oración. Después llegan las cosas pequeñas: buscar agua, distribuir lo que haya para comer, limpiar, ayudar a los mayores, averiguar quién necesita algo. A media mañana se forman grupos. Algunos leen. Otros hablan. Los más cansados duermen. Cuando llega la hora del paseo, todos parecen revivir.

El jardín se ha convertido en el lugar donde realmente nos conocemos. En las habitaciones uno busca sitio. En la iglesia se reza. En el jardín se habla.

Hoy escuché una discusión sobre los sacerdotes constitucionales que empezó con mucha teología y terminó con dos hombres recordando a un antiguo compañero de seminario. La historia se repite: las palabras grandes acaban teniendo nombres propios. Uno de ellos dijo que aquel sacerdote había sido bueno. El otro respondió que precisamente por eso le dolía tanto verlo del otro lado.

Al mediodía ayudé a repartir el alimento. Un párroco joven quiso dejar su parte para un anciano; el anciano se negó. Discutieron tanto que amenazaba con enfriarse lo poco que teníamos.

—Divídanlo —dije.

Los dos me miraron como si hubiera descubierto una nueva rama de la filosofía.

La vida común necesita menos héroes y más sentido práctico.


Por la tarde vi llegar a Pierre-Louis de La Rochefoucauld, obispo de Saintes y hermano de François-Joseph. Se parecen lo suficiente para que cualquiera descubra el parentesco, aunque Pierre-Louis tiene el rostro algo más lleno y una manera más rápida de moverse. Su primera preocupación no fue dónde dormir, sino encontrar a su hermano. Cuando se vieron, no hubo grandes palabras. François-Joseph le puso una mano en el brazo y Pierre-Louis apretó los labios como si tuviera demasiadas cosas que decir delante de demasiada gente.

Aquella noche cenaron cerca uno del otro. En otro lugar habría sido natural ver juntos a dos hermanos obispos de una gran familia. Aquí resultaba distinto: compartían la misma comida, el mismo dormitorio y la misma incertidumbre que un vicario desconocido de una parroquia pequeña.

Creo que por eso esta prisión cambia tan deprisa a quienes entran. No borra quiénes somos, pero obliga a descubrir cuánto pesa realmente cada diferencia.

19 de agosto


He pasado buena parte de la tarde con Chevreux. Nos sentamos cerca de uno de los árboles. A cierta distancia dos sacerdotes caminaban recitando juntos y, más allá, Girault leía mientras daba vueltas por su itinerario habitual.

Chevreux habló de Saint-Germain-des-Prés como un hombre habla de la casa donde creció. No describía solamente un edificio. Recordaba la biblioteca, el orden de los estudios, los hermanos, los trabajos empezados y otros que nunca pudieron terminar. Durante años había sido superior de la Congregación de Saint-Maur. Ahora aquella estructura que parecía destinada a durar más que cualquiera de sus miembros había desaparecido por decreto.

—¿Le duele? —le pregunté.

—Naturalmente.

—No lo parece.

Me miró por encima de los anteojos.

—Mi querido Valfons, a cierta edad uno aprende que el dolor no mejora porque se exhiba.

Los antiguos jesuitas conocen otra clase de pérdida. Su Compañía fue suprimida mucho antes de que esta Revolución comenzara. Algunos llevan casi veinte años viviendo después de haber visto desaparecer jurídicamente aquello a lo que habían entregado la vida. Lanfant, Bonnaud, Delfaud y los hermanos Guérin du Rocher forman parte de ese mundo de sacerdotes que, después de perder una orden religiosa, han seguido sirviendo como han podido.

Esta prisión está llena de hombres que han perdido conventos, colegios, cargos, rentas, parroquias y seguridades. No hablan de ello durante todo el día; si lo hicieran serían insoportables. Discuten por una manta, buscan una cuchara, se quejan del calor y se ríen. Después llega la oración, y entonces uno comprende que no rezan porque nada les importe.

Rezan porque les importa.

21 de agosto


Hoy me han reprendido.

Había poca comida y esperé al final. No pensé que nadie lo notara. Guilleminet lo notó.

—Otra vez.

—¿Qué?

—Otra vez el último.

—Padre, son sacerdotes.

—Y tú tienes hambre.

—También ellos.

Guilleminet dejó el cuenco sobre la mesa y me miró con esa paciencia suya que suele anunciar una frase desagradable.

—Charles, la humildad puede convertirse en orgullo si uno está demasiado satisfecho de ser humilde.

Eso dolió. Por tanto, probablemente era verdad.

Me senté. Girault estaba cerca. Partió su pan y me acercó un trozo.

—Obedezca a su confesor, monsieur le comte.

—Cuando habla así, padre, echo de menos el ejército.

—¿Porque allí obedecía?

—Porque allí al menos podía protestar.

Se rio. No fue una risa discreta; echó un poco la cabeza hacia atrás y durante unos segundos consiguió que varios miraran hacia nosotros. Después cerró el breviario, que había dejado junto al plato, y siguió comiendo.

He anotado esto porque quiero recordar su risa. No sé por qué.

IV. Nuestro jardín

24 de agosto


La prisión tiene ya su geografía. Sé dónde entra el sol por la mañana, qué escalón cruje en el corredor, dónde se sienta Chevreux cuando le duelen las piernas y por qué lado del jardín prefiere caminar Girault con el breviario. Sé quién ronca, quién madruga, quién olvida beber agua y quién necesita que otro le recuerde comer. Esto me preocupa un poco: un lugar empieza a convertirse en casa cuando uno deja de pensar dónde están las cosas.

Esta mañana ayudé a un sacerdote a remendar una prenda. «Ayudé» quizá sea una palabra generosa: sostuve la tela mientras él cosía. Mi educación militar no incluyó las artes de la aguja. Cuando tiré demasiado, me amenazó con coserme a mí mismo a la manga. Le respondí que sería una manera eficaz de impedirme escapar.

La idea de escapar aparece de vez en cuando. No como plan común. Como posibilidad. Se habla de deportación. Algunos creen que nos enviarán fuera de Francia; otros piensan que nos liberarán cuando pase la tensión. Los más pesimistas ya no discuten. Escuchan.

París nos llega convertido en rumores: Verdún, prusianos, traidores, aristócratas, sacerdotes, conspiraciones. Cada noticia parece necesitar un enemigo y nosotros hemos aprendido que, cuando una ciudad tiene miedo, basta repetir un nombre muchas veces para que empiece a parecer culpable.

Esta tarde me senté cerca del pequeño oratorio. Desde allí se ve una parte del jardín que ya me resulta querida. Dos sacerdotes discutían sobre san Pablo; un tercero dormía sentado; Girault pasó leyendo; los hermanos Guérin du Rocher conversaban algo más lejos y Pierre-Louis caminaba despacio con François-Joseph. De vez en cuando alguien se acercaba a du Lau, que parecía no conseguir nunca un paseo entero para sí mismo.

Me pregunté qué pensarían los antiguos carmelitas si pudieran vernos. Seguramente se asombrarían del desorden. Quizá reconocerían más cosas de las que imaginamos.

26 de agosto


Nos han retirado más objetos relacionados con el culto. La noticia corrió por las salas acompañada primero de indignación y después de esa actividad práctica que aquí suele aparecer cuando ya no sirve protestar.

Alguien consiguió dos piezas de madera y, con poco más, preparó una cruz. No era hermosa. Tampoco pretendía serlo. La madera tenía marcas y uno de los travesaños no quedó perfectamente recto. La fijamos donde pudiéramos verla al rezar.

Nadie dijo nada cuando terminamos. No hacía falta.

En mis años de oficial llevaba objetos que indicaban quién era: uniforme, espada, insignias. Uno se acostumbra a pensar que ciertas cosas forman parte de la persona. Aquí casi todos hemos ido perdiendo signos exteriores: comunidades disueltas, casas cerradas, cargos suprimidos, prendas retiradas, libros confiscados.

Y al final queda una cruz hecha con dos trozos de madera.

Esta noche rezamos frente a ella. Después uno de los sacerdotes leyó unas páginas sobre antiguos mártires. Lo hizo sin teatralidad, casi con cansancio. Precisamente por eso impresionó. Nadie necesitó que nos explicaran por qué se leían aquellos textos ahora.

No sé si estamos preparándonos para morir. Tal vez dentro de una semana nos deporten y, dentro de un mes, recordemos con vergüenza nuestros temores. Pero empiezo a comprender por qué algunos quieren estar preparados para ambas cosas.

28 de agosto


Du Lau me preguntó hoy por qué escribo.

Estábamos en el jardín. Él acababa de despedirse de dos sacerdotes y yo había sacado estas hojas para anotar algo que temía olvidar.

—¿Un diario?

—No sé si merece ese nombre.

—¿Por qué lo hace?

Miré el papel. Al principio, le dije, escribía para ordenar los días. Aquí se parecen demasiado unos a otros y, a la vez, ninguno es igual. Ahora escribía porque empezaba a tener miedo de olvidar.

—Entonces escriba los nombres.

—Son demasiados.

—Escriba los que pueda.

No hice una lista esta noche. Preferí recordarlos mientras ordenábamos la habitación. François-Joseph y Pierre-Louis aparecieron juntos, discutiendo sobre dónde debía dormir el primero; Hébert pidió una manta para otro antes de buscar la suya; Chevreux volvió a perder los anteojos y los encontramos debajo de un libro; Delfaud se quedó de pie junto a la ventana porque otro hombre necesitaba el banco; Girault entró con el breviario bajo el brazo; los hermanos Guérin du Rocher ayudaron a mover un colchón, y Guilleminet, que había pasado buena parte del día escuchando confesiones, se sentó por fin junto a mí.

Al verlos así comprendí algo desagradable: ya no son nombres. Son voces, maneras de andar, gestos, pequeñas manías y modos distintos de partir el pan. Eso hace que todo sea más difícil.

29 de agosto


Hoy no ha ocurrido nada importante.

Lo escribo porque, si alguien llega a leer estas páginas, podría imaginar que hemos pasado tres semanas enteras temblando de miedo. No fue así. Hoy hubo aburrimiento. Uno perdió los anteojos —no fue Chevreux esta vez— y media sala los buscó hasta descubrir que los llevaba puestos. Dos sacerdotes discutieron sobre quién había cambiado de sitio una jarra. Un tercero contó una historia tan larga que varios encontramos pretextos para marcharnos.

Después de comer, el jardín estaba cálido y casi silencioso. Me tumbé un momento bajo un árbol. Escuché las hojas, unas voces lejanas y el paso regular de alguien sobre la grava. Guilleminet estaba sentado con los ojos cerrados. Girault leía. Du Lau paseaba con un sacerdote que hablaba demasiado y al que, sin embargo, escuchaba como si no tuviera otra cosa que hacer.

Por primera vez en muchos días sentí paz. No esperanza de que todo terminara bien. Paz. Empiezo a descubrir que no son lo mismo.

V. París se acerca

30 de agosto

Las noticias son peores. No sabemos cuáles son ciertas y cuáles han crecido al pasar de boca en boca, pero eso no disminuye su efecto. Al contrario.

La guerra en las fronteras ha convertido cualquier rumor en una acusación. Se habla de ciudades amenazadas, de ejércitos extranjeros y de conspiradores que esperan dentro de Francia para ayudar al enemigo. Los sacerdotes refractarios aparecen cada vez más en esas historias.

Durante el paseo, un sacerdote joven preguntó a Delfaud si de verdad creían que ellos querían que los prusianos entrasen en París. Delfaud tardó en responder. Cuando una multitud necesita tener miedo de ti, dijo, lo que tú quieras deja de importar.

El joven replicó que ellos también eran franceses.

—Precisamente por eso duele —respondió Delfaud.

Aquella frase me acompañó toda la tarde. Yo también soy francés. He vestido uniforme francés. He servido bajo bandera francesa. Y ahora estoy encerrado con hombres a quienes algunos llaman enemigos de Francia.

Por la noche me costó rezar. No porque dudara de Dios. Estaba enfadado. Guilleminet lo notó antes de que yo mismo quisiera reconocerlo.

—No tienes que sentirte piadoso para rezar.

—Eso es cómodo.

—No. Cómodo sería rezar solamente cuando te apetece.

Me arrodillé junto a los demás. La cólera no desapareció. Pero dejó de mandar.

31 de agosto

Esta mañana volvió a circular la noticia de una posible deportación. Durante unas horas el ánimo cambió. Algunos empezaron a imaginar caminos, fronteras y lugares donde podrían refugiarse. España fue mencionada más de una vez. Otro sacerdote pensaba en Suiza. Un tercero aseguraba que prefería cualquier país donde pudiera celebrar misa sin esconderse.

Hébert escuchaba sin participar. Alguien le preguntó si creía el rumor.

—Creo que quieren que lo creamos.

—¿Qué ganan con eso?

Hébert se encogió ligeramente de hombros.

—Tiempo.

Durante la tarde observé a los hombres de otra manera. Uno escribía una carta que quizá nunca saliera. Otro confesaba a un compañero junto al muro. Los hermanos La Rochefoucauld paseaban despacio. Chevreux estaba sentado, cansado, con los anteojos en la mano. Girault llevaba el breviario, como casi siempre.

Me acerqué a él.

—Padre, ¿no se cansa nunca de ese libro?

Lo cerró sobre un dedo para no perder la página.

—Constantemente.

—No lo parece.

—También me canso de comer y no por eso dejo de hacerlo.

—Comparar el breviario con la cena me parece poco espiritual.

—Eso es porque usted no ha tenido suficiente hambre.

Volvió a leer. Yo seguí caminando. Pensé que echaría de menos a aquel hombre cuando saliéramos.

VI. 1 de septiembre

Hoy nadie ha dicho que mañana saldremos. La esperanza no ha desaparecido, pero ha cambiado de forma.

Por la mañana se habló de nuevo del juramento. No como una discusión teológica. Como una posibilidad concreta. Si nos ofrecieran la libertad a cambio de prestarlo, ¿qué haríamos? La respuesta fue casi unánime: no. Eso no significa que todos la pronunciaran con la misma serenidad.

Vi a un sacerdote joven apartarse después de hablar. Lo encontré más tarde sentado junto al muro del jardín, llorando sin hacer ruido. Me senté a su lado. No le dije que no tuviera miedo. Me habría parecido una crueldad. Él no quería jurar; tampoco quería morir. Las dos cosas podían ser verdad al mismo tiempo.

A lo largo del día fueron aumentando las confesiones. No hubo una orden. Uno buscó a un sacerdote; después otro. La decisión se extendió porque todos comprendimos la misma cosa: si llegaba el momento, queríamos estar preparados.

Yo también me confesé con Guilleminet. No escribiré lo que hablamos. Diré solamente que, al terminar, permaneció un instante con la mano sobre mi hombro.

—Charles, no busques ser valiente mañana.

—¿Qué debo buscar?

—Ser fiel hoy.

No era una respuesta propia de un oficial. Tal vez por eso me hizo bien.

Los hermanos La Rochefoucauld pasaron buena parte de la tarde juntos. Pierre-Louis tenía una expresión que no le había visto antes, y supe que había habido alguna conversación seria sobre la posibilidad de ponerse a salvo o abandonar el lugar. No pregunté. Hay conversaciones que pertenecen a los hermanos.

La oración de esta noche fue distinta, aunque nadie cambió las palabras. Las mismas palabras pueden pesar de otra manera. Uno lloraba sin ruido. Otro mantuvo los ojos cerrados mucho después de terminar. Du Lau permaneció arrodillado. Chevreux tardó en levantarse y dos hombres lo ayudaron sin llamar la atención. Girault había dejado el breviario cerrado sobre las rodillas.

Cuando salimos, el jardín estaba casi oscuro. La grava conservaba todavía algo del calor del día. Desde la calle llegaban voces que no entendíamos y, más lejos, una campana.

He pensado que quizá mañana nos liberen. He pensado que quizá nos deporten. He pensado otra cosa que no quiero escribir.

La cruz de madera está frente a nosotros. Esta noche nadie ha pedido que apaguen pronto la vela.

VII. 2 de septiembre

Por la mañana

He dormido. Eso me sorprende.

Esperaba pasar la noche escuchando cada ruido de la calle. Sin embargo, después de escribir me tumbé y desperté cuando la sala empezaba a moverse. La mañana ha transcurrido casi como las demás. Quizá eso sea lo más extraño.

Rezamos. Buscamos agua. Comimos lo que había. Alguien se quejó del calor. Un sacerdote preguntó por una prenda que llevaba buscando desde ayer y otro le dijo que probablemente la encontraría cuando dejara de buscarla. Chevreux volvió a extraviar los anteojos. Los tenía sobre una caja. Durante unos minutos reímos y después hubo silencio.

Esperamos el paseo. Nos lo han retrasado. Nadie explica por qué.

Girault lleva el breviario bajo el brazo.

—Hoy le toca a usted repartir el agua —me ha dicho.

—¿Es una orden?

—Una oportunidad de santificarse.

—Preferiría otra.

—Dios no suele consultar.

Guilleminet ha oído la conversación y, por una vez, ha dado la razón a Girault.

Estoy rodeado.

He vuelto un momento a estas hojas porque no sé qué hacer con las manos. Hay ruido fuera, más que esta mañana. Nos dicen que esperemos. Después bajaremos al jardín.

Es extraño: llevo días escribiendo que conozco cada rincón de ese jardín y ahora no deseo bajar.

Guilleminet me llama.

Dejo aquí la pluma.

Aquí terminan las páginas atribuidas a Charles-Régis-Mathieu de La Calmette, conde de Valfons.

VIII. Lo que ocurrió después

La voz que sigue ya no es la de Valfons. Es la reconstrucción retrospectiva de un superviviente de los Carmelitas, inspirada especialmente en el testimonio del abbé de Lapize de La Pannonie.

No escribo estas páginas para continuar el diario de monsieur de Valfons. Nadie podría hacerlo. Charles anotaba por la noche aquello que todavía no comprendía del todo; yo escribo después de saber cómo terminó aquella tarde y qué hombres no volvieron a levantarse.

Mucho tiempo después regresé a los Carmelitas y pregunté por papeles y objetos que hubieran podido conservarse. Entre ellos imaginamos aquí estas hojas. De haber existido realmente, las habría reconocido: durante el cautiverio vi muchas noches a Valfons escribir apartado junto a una ventana o sentado donde encontraba sitio. Nunca pregunté qué escribía. Él tampoco lo ofreció.

Lo que sí puedo contar es lo que ocurrió cuando dejó la pluma.

Aquella tarde, después de la comida, el paseo se retrasó. Cuando finalmente los prisioneros salieron al jardín, la inquietud ya era visible. Cerca de las cuatro empezaron a oírse grandes clamores. A través de las rejas y de las ventanas podían verse hombres armados. Algunos mostraban picas; otros llevaban fusiles, pistolas o sables.

Entonces los sacerdotes comprendieron.


No hubo necesidad de reunirlos ni de pronunciar un discurso. Comenzaron a buscarse unos a otros para recibir la absolución. El miedo no desapareció. Yo mismo tuve mucho miedo, y lo digo porque sería falso convertirnos en hombres que no sentían el cuerpo. Habíamos oído durante días lo que ocurría en París; sabíamos qué podía hacer una muchedumbre armada. La fe no nos quitó ese conocimiento. Nos dio algo que hacer con él.

Yo permanecí cerca de Jean-Marie du Lau. Su serenidad me sostuvo. No era la tranquilidad de un hombre que ignorara el peligro. Lo veía tan claramente como nosotros. Precisamente por eso impresionaba.

La guardia que nos custodiaba dejó de proteger el recinto. Los hombres armados entraron en el jardín. En pocos instantes el lugar que durante tres semanas había servido para pasear, leer y conversar cambió de significado.

Séverin Girault llevaba el breviario. La tradición lo recuerda como la primera víctima. Así lo conservo también yo: el franciscano que había recorrido una y otra vez aquellos senderos leyendo cayó en el mismo jardín donde sus compañeros habían aprendido a reconocer el sonido de sus pasos. La escena duró apenas un instante; lo que vino después hizo imposible detenerse.

Los asaltantes buscaban al arzobispo de Arlés. En medio de la confusión preguntaron por él. Du Lau no trató de esconder su identidad. Se presentó. Hubo acusaciones contra él, palabras que apenas pudieron responderse y, después, golpes. Murió allí, en el jardín, sin que su dignidad consistiera en un gesto teatral, sino en algo mucho más difícil: no abandonar el lugar ni negar quién era cuando sabía lo que podía costarle.

Entonces se rompió cualquier apariencia de control. Algunos sacerdotes corrieron hacia el pequeño oratorio; otros buscaron la iglesia y los corredores; unos pocos intentaron salvarse por los muros. François-Joseph de La Rochefoucauld resultó herido. Pierre-Louis permaneció con su hermano. Quienes los habían visto pasear juntos durante los días anteriores los vieron también afrontar juntos aquella última tarde.

No puedo ordenar todos los recuerdos de aquellos minutos. Conservo unos con una precisión insoportable y otros se han borrado. Recuerdo el ruido de la grava bajo los pies, el olor del jardín caliente, los gritos, un hombre que intentaba ayudar a otro a caminar, el breviario caído de Girault y varias voces que seguían rezando aunque alrededor hubiera hombres armados.

Los supervivientes fueron obligados a regresar hacia la iglesia y las dependencias interiores. Algunos llevaban heridas. Otros se apoyaban en compañeros. Allí continuaron las confesiones y la oración. Fuera se oían insultos y blasfemias; dentro, salmos y absoluciones. No eran dos ejércitos. Era algo más desconcertante: hombres que podían ser asesinados intentando que el odio de fuera no decidiera lo que ocurría dentro de ellos.

Después organizaron un tribunal improvisado. Había una mesa, nombres, preguntas y una salida que conducía hacia quienes esperaban armados. La cuestión del juramento, aquella palabra que había atravesado dos años de historia francesa y tres semanas de conversaciones en los Carmelitas, volvió a reducirlo todo.

Se preguntaba a los sacerdotes si habían jurado. Se les exigía aceptar lo que su conciencia les impedía aceptar. Hubo intentos de explicar que no todos estaban en idéntica situación jurídica y que muchos ni siquiera habían estado obligados de la misma manera. Las distinciones ya no interesaban. La decisión estaba tomada antes de que comenzaran las preguntas.

Entonces fueron saliendo.

No voy a convertir aquella sucesión en una lista. Quien estuvo allí no recuerda una relación de nombres, sino una fila de hombres conocidos. Hébert, tan sobrio durante las discusiones, pasó hacia la salida; Delfaud, que había sabido distinguir entre la Revolución que esperaba y la que estaba viviendo, fue llamado después; Chevreux, el anciano maurista de los anteojos y de Saint-Germain-des-Prés, necesitó ayuda para moverse; los hermanos La Rochefoucauld permanecieron juntos. También salieron sacerdotes cuyo nombre apenas aparece en los libros y que durante aquellos días habían repartido agua, curado a un compañero o cedido una manta.

Y llegó el turno de Charles.

Estaba junto a Guilleminet. Durante las semanas anteriores lo habíamos visto cargar bancos, ordenar colchones, repartir comida y colocarse detrás cuando había que recibir algo. Algunos lo llamaban monsieur le comte; otros, simplemente Valfons. Su antiguo rango militar aparecía en ciertas cosas —la manera de medir un espacio, de reaccionar ante el desorden, de reconocer un arma—, pero nunca utilizó aquella experiencia para ponerse por encima de los sacerdotes entre los que vivía.

Ese día no llevaba espada, ni uniforme, ni insignias. No necesitaba ninguna de esas cosas para seguir siendo un caballero.

Cuando lo llamaron, había un sacerdote delante. Valfons esperó y le dejó el paso. Era un gesto pequeño, casi ridículo en aquel momento, y precisamente por eso quienes lo conocían lo habrían reconocido. Durante semanas había procurado ponerse al final; no iba a empezar a disputarse el primer puesto cuando aquel puesto conducía a la muerte.

Guilleminet lo miró. No sabemos qué palabras pudieron decirse. Una novela podría inventarlas, pero no son necesarias. Habían vivido juntos antes de la prisión, habían llegado juntos a los Carmelitas y compartían ahora la misma decisión. A veces una amistad llega a un punto en que las palabras sobran.

Salieron.

La matanza continuó hasta que el convento, que por la mañana estaba lleno de voces, quedó irreconocible.

Algunos sobrevivieron escondiéndose, alcanzando los muros o escapando en medio de la confusión. Esa supervivencia no fue una elección contra el martirio. Quien pudo salvarse, se salvó; quien quedó en manos de los asesinos afrontó lo que tenía delante. Los testimonios posteriores existen precisamente porque algunos hombres consiguieron salir vivos.

La noche llegó sobre el mismo jardín que Valfons había aprendido a conocer. Ya no estaban Girault caminando con el breviario, ni du Lau escuchando a un sacerdote, ni los hermanos paseando, ni Chevreux buscando un banco donde descansar. Quedaban objetos, huellas de la violencia y, sobre todo, lugares vacíos.

Eso fue lo más difícil de comprender después: no que hubieran muerto «muchos sacerdotes», sino que cada ausencia tenía una forma. Faltaba una voz. Faltaba una risa. Faltaba un paso sobre la grava. Faltaba el hombre que siempre pedía más agua, el que discutía demasiado, el que hablaba poco, el que se sentaba junto al mismo árbol.

Si el cuaderno de Valfons hubiera llegado realmente hasta nosotros, ahí estaría su valor. No habría conservado solamente la muerte de aquellos hombres. Habría conservado algo que la violencia intentó borrar primero: su vida.

Charles había empezado escribiendo porque temía confundir los días. Después du Lau le había pedido que recordara los nombres. Al final habría hecho algo más importante: dejar constancia de que antes de ser mártires fueron hombres que convivieron durante veintidós días, que comieron mal, rezaron juntos, discutieron sobre la Iglesia y Francia, se cuidaron unos a otros, tuvieron esperanza de ser deportados y sintieron miedo cuando comprendieron que quizá no saldrían.

No murieron porque odiaran Francia. Muchos habían servido a Francia y algunos habían participado en los primeros intentos de reformarla. Tampoco murieron porque despreciaran la vida; quienes pudieron escapar lo hicieron. La cuestión había llegado a un punto más sencillo y más terrible: se les pedía afirmar mediante un juramento aquello que no podían aceptar en conciencia.

Valfons había escrito el primer día que un oficial sabe lo que significa jurar. Tal vez ésa sea la frase que mejor explica por qué un antiguo capitán de caballería acabó muriendo entre sacerdotes.

No fue el primero entre ellos. Él nunca quiso serlo.

29

Nota histórica

El diario de Charles-Régis-Mathieu de La Calmette, conde de Valfons, es un recurso literario. No se conserva un diario suyo conocido con estas características. También es una reconstrucción narrativa la recuperación posterior del cuaderno por un superviviente. La segunda voz del relato se inspira especialmente en los testimonios conservados de hombres que sobrevivieron a la matanza de los Carmelitas, entre ellos el abbé de Lapize de La Pannonie.

Son personajes históricos Jean-Marie du Lau, arzobispo de Arlés; François-Joseph y Pierre-Louis de La Rochefoucauld, obispos de Beauvais y Saintes; François-Louis Hébert; Ambroise-Augustin Chevreux; Guillaume-Antoine Delfaud; Séverin Girault; Jean-Antoine Guilleminet; los hermanos Guérin du Rocher y Charles-Régis-Mathieu de La Calmette, conde de Valfons. Las fuentes permiten reconstruir con bastante seguridad el clima de la prisión, la vida común, la oración, los paseos por el jardín, la preparación espiritual de los detenidos, la cruz de madera, la esperanza de deportación y los hechos esenciales del 2 de septiembre.

La tradición histórica sitúa a Séverin Girault, breviario en mano, entre las primeras víctimas del jardín y lo recuerda habitualmente como la primera. En este relato se mantiene esa tradición, pues la cuestión de si fue exactamente el primero o uno de los primeros no altera el significado de los acontecimientos.

La caracterización de Valfons como caballero católico parte de su condición de noble y antiguo oficial, de su profunda vida religiosa y de los testimonios que lo presentan unido a Guilleminet y dispuesto a compartir la suerte de los sacerdotes. Sus pensamientos, sus bromas y sus conversaciones son recreaciones literarias.

Fuentes de trabajo

Diócesis de París, documentación sobre los mártires de septiembre y relato del superviviente abbé de Lapize de La Pannonie.

Fuentes eclesiales e históricas francesas sobre Jean-Marie du Lau, los hermanos La Rochefoucauld, François-Louis Hébert, Ambroise-Augustin Chevreux, Guillaume-Antoine Delfaud, Séverin Girault y Charles-Régis-Mathieu de La Calmette de Valfons.

Las imágenes y la maquetación de este documento se han realizado con ayuda de herramientas de inteligencia artificial.

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