Mateo 9, 18-26
Lunes de la 14.ª semana del Tiempo Ordinario
Cuidar a los más débiles, a los más frágiles, es signo de verdadera civilización, humana y cristiana.
Evangelio del día
Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: «Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá».
Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: «Con sólo tocar su manto, quedaré curada».
Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado». Y desde ese instante la mujer quedó curada.
Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: «Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme». Y se reían de él.
Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 28, 10-22a.
Salmo: Sal 91(90).
Oración introductoria
Señor, eres mi Salvador y Redentor. Creo que en este justo momento estabas esperando que dejara todo para tener un momento de oración; por eso me acerco con fe, confianza y mucho amor. Te ofrezco esta meditación por aquellos que temen acercarse a Ti.
Petición
Jesús, te pido una fe que toque y transforme mi vida entera.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas:
Quiero iniciar mi visita a Asís con vosotros. ¡Os saludo a todos! Hoy es la fiesta de san Francisco, y yo elegí, como Obispo de Roma, llevar su nombre. He aquí el motivo por el cual hoy estoy aquí: mi visita es sobre todo una peregrinación de amor, para rezar ante la tumba de un hombre que se despojó de sí mismo y se revistió de Cristo.
Siguiendo el ejemplo de Cristo, san Francisco amó a todos, especialmente a los más pobres y abandonados; amó con estupor y sencillez la creación de Dios. Al llegar aquí a Asís, en las puertas de la ciudad, se encuentra este Instituto, que se llama precisamente «Seráfico», un sobrenombre de san Francisco. Lo fundó un gran franciscano, el beato Ludovico de Casoria.
Y es justo partir de aquí. San Francisco, en su Testamento, dice: «El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecado, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo».
La sociedad, lamentablemente, está contaminada por la cultura del descarte, que se opone a la cultura de la acogida. Y las víctimas de la cultura del descarte son precisamente las personas más débiles, más frágiles.
En esta Casa, en cambio, veo en acción la cultura de la acogida. Cierto, incluso aquí no será todo perfecto, pero se colabora juntos por la vida digna de personas con graves dificultades. Gracias por este signo de amor que nos ofrecéis: éste es el signo de la verdadera civilización, humana y cristiana.
Poner en el centro de la atención social y política a las personas más desfavorecidas. A veces, en cambio, las familias se encuentran solas al hacerse cargo de ellas. ¿Qué hacer? Desde este lugar donde se ve el amor concreto, digo a todos: multipliquemos las obras de la cultura de la acogida, obras animadas ante todo por un profundo amor cristiano, amor a Cristo Crucificado, a la carne de Cristo.
Servir con amor y con ternura a las personas que tienen necesidad de tanta ayuda nos hace crecer en humanidad, porque ellas son auténticos recursos de humanidad. San Francisco era un joven rico, tenía ideales de gloria, pero Jesús, en la persona de aquel leproso, le habló en silencio, y le cambió.
Le hizo comprender lo que verdaderamente vale en la vida: no las riquezas, la fuerza de las armas, la gloria terrena, sino la humildad, la misericordia, el perdón.
Aquí, queridos hermanos y hermanas, quiero leeros algo personal, una de las más bellas cartas que he recibido, un don de amor de Jesús. Me la escribió Nicolás, un muchacho de 16 años, discapacitado de nacimiento, que vive en Buenos Aires.
«Querido Francisco: soy Nicolás y tengo 16 años; como yo no puedo escribirte, pedí a mis padres que lo hicieran en mi lugar, porque ellos son las personas que más me conocen.
Te quiero contar que cuando tenía 6 años, en mi Colegio que se llama Aedin, el padre Pablo me dio la primera Comunión y este año, en noviembre, recibiré la Confirmación, una cosa que me da mucha alegría.
Todas las noches, desde que tú me lo has pedido, pido a mi ángel de la guarda, que se llama Eusebio y que tiene mucha paciencia, que te proteja y te ayude.
Me gustaría mucho ir a verte y recibir tu bendición y un beso: sólo esto. Te mando muchos saludos y sigo pidiendo a Eusebio que te cuide y te dé fuerza. Besos. Nico».
En esta carta, en el corazón de este muchacho está la belleza, el amor, la poesía de Dios. Dios se revela a quien tiene corazón sencillo, a los pequeños, a los humildes, a quien nosotros a menudo consideramos últimos.
En la capilla de este Instituto, el obispo ha querido que se tenga la adoración eucarística permanente: el mismo Jesús que adoramos en el Sacramento, le encontramos en el hermano más frágil, de quien aprendemos, sin barreras y complicaciones, que Dios nos ama con la sencillez del corazón.
Gracias a todos por este encuentro. Os llevo conmigo, en el afecto y en la oración. Pero también vosotros rezad por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen y san Francisco os protejan.
Santo Padre Francisco
Encuentro con los niños discapacitados y enfermos ingresados en el Instituto Seráfico
Discurso del viernes, 4 de octubre de 2013
Catecismo de la Iglesia Católica
VI. El amor de los pobres
2443. Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: «A quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda». Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres.
2444. El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús y en su atención a los pobres.
2445. El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta.
«Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros […]. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres» (St 5, 1-6).
2446. San Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: «No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida; […] lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos».
«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (San Gregorio Magno).
2447. Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar y confortar son obras espirituales de misericordia; también lo son perdonar y sufrir con paciencia.
Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, y enterrar a los muertos.
2448. Bajo sus múltiples formas —indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte—, la miseria humana es signo de la debilidad congénita del hombre y de su necesidad de salvación.
2449. En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas corresponde a la exhortación del Deuteronomio: «Debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra».
El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: «Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, somos buen olor de Cristo».
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Rezar por las personas enfermas, especialmente por las que están cerca de mí.
Diálogo con Cristo
Señor, el oficial romano y la mujer con flujo de sangre me recuerdan lo maravilloso que es vivir con fe. Tú sabes exactamente qué es lo que necesito, mas esperas que me acerque a Ti y con confianza te pida lo que creo necesitar.
Por eso te suplico el don de una fe viva, que no olvide nunca que Tú eres mi Amigo fiel, el compañero que va conmigo siempre, mi Padre bueno que vela continuamente sobre mí.
Para seguir profundizando
- Evangelio del día en Catholic.net
- Evangelio del día
- Orden de Predicadores – Evangelio del día
- Evangeli.net
Idea para vivir el Evangelio de hoy
Cristo se deja tocar por quien se acerca con fe y toma de la mano a quien todos dan por perdido. La fe cristiana no mira al débil como carga, sino como lugar donde Cristo quiere manifestar su vida.




