Retablo narrativo en siete confesiones
Las pequeñas confesiones
de santa Mónica
Conversaciones de una madre con san Ambrosio

Una madre cuenta su vida ante Ambrosio, la confiesa ante Dios y la entrega a las mujeres.
Nota al lector
Esta obra se inspira en los testimonios de san Agustín y en las noticias históricas conservadas sobre santa Mónica. Las conversaciones con san Ambrosio y numerosos detalles de la vida cotidiana son una recreación literaria. Se han compuesto procurando respetar el mundo romano-africano del siglo IV, la fe de los personajes y los hechos fundamentales de sus vidas. Educado con agustinos, la vida de Santa Mónica siempre estuvo presente en mi vida. Espero que disfrutéis del pequeño relato y de las ilustraciones, trabajadas con mucho respeto, con herramientas de inteligencia artificial.
El autor
Prólogo
Una mujer llegada de África

«Soy Mónica, de Tagaste. He venido buscando a mi hijo».
La mujer permaneció de pie junto a una de las columnas de la basílica cuando los demás comenzaron a salir. Había escuchado al obispo sin perder una palabra, aunque más de una vez tuvo que inclinarse hacia una joven para preguntarle qué había dicho. No era el latín lo que le costaba. Era aquella voz grave que descendía, se apagaba y volvía a levantarse entre el rumor de la multitud.
Cuando terminó la celebración, avanzó con los demás. Llevaba el manto sujeto bajo la barbilla, como las mujeres de su tierra, y el cansancio de muchos caminos endureciéndole el rostro. Un diácono le pidió que esperase. Ella esperó.
Ambrosio la recibió junto a una puerta lateral. Había hablado durante largo tiempo, atendido varias disputas y escuchado peticiones suficientes para llenar otra jornada. Sin embargo, al verla, no dio muestras de prisa.
—Soy Mónica, de Tagaste —dijo ella—. He venido buscando a mi hijo.
El obispo apoyó una mano sobre el respaldo de la silla, sin sentarse.
—Entonces tú eres la madre de Agustín.
Mónica bajó los ojos. No esperaba que conociera su nombre.
—¿Ha hablado de mí?
—No mucho. Los hijos hablan poco de sus madres cuando temen que ellas puedan explicar quiénes son.
Ella quiso sonreír, pero le temblaron los labios.
—¿Viene a escucharos?
—Viene a escuchar cómo hablo. Algún día escuchará lo que digo.
—¿Y cuánto tardará ese día?
Ambrosio la miró con una severidad que no era falta de compasión.
—Tú has cruzado el mar. Yo no puedo prometerte que él cruce hoy la distancia que lleva dentro.
La respuesta no la consoló. Quizá por eso confió en aquel hombre.
Durante los meses siguientes, Mónica volvió muchas veces a la basílica. Algunas tardes encontraba a Ambrosio rodeado de escribientes; otras, hablando con magistrados o con mujeres que solicitaban ayuda. No siempre podía recibirla. Cuando lo hacía, ella le contaba algún episodio de su vida, no porque creyera que su pasado fuera importante, sino porque necesitaba comprender cómo había llegado hasta Milán detrás de un hijo que llevaba años huyendo de ella y de Dios.
Ambrosio preguntaba poco. Nunca le permitió presentarse como una madre sin culpa ni como una esposa sin ira. Tampoco dejó que confundiera la esperanza con el dominio sobre la vida de los suyos.
—Hablas como si hubieras sostenido tú sola a tu familia —le dijo una tarde.
—Muchas veces así lo sentí.
—Sentirlo no lo convierte en verdad.
Entonces Mónica calló. Al cabo de un momento respondió:
—Por eso necesito contarlo. Para descubrir dónde estaba Dios mientras yo creía que estaba sola.
Primera confesión
La niña de Tagaste

Dios comenzó a buscar a Mónica antes de que ella supiera que podía perderse.
—Nací en una casa cristiana —comenzó Mónica—, aunque eso no quiere decir que todos fuéramos santos.
Ambrosio dejó el cálamo. Fuera, bajo el pórtico, la lluvia golpeaba las losas.
—Es una aclaración conveniente para casi todas las familias cristianas.
Tagaste era una ciudad pequeña, rodeada de tierras ásperas y campos que reverdecían cuando llegaban las lluvias. En casa de sus padres se hablaba latín, se respetaban las costumbres romanas y se recordaba con orgullo que la fe no había entrado en la familia el día anterior. Pero en el mercado, en los caminos y entre los trabajadores de las fincas persistían palabras antiguas de África. Mónica creció entre ambos mundos sin sentir que tuviera que elegir uno.
Sus padres confiaron la educación de las niñas a una criada anciana. Había llevado a la espalda al padre de Mónica cuando era pequeño y, con los años, había adquirido en la casa una autoridad que no necesitaba alzar la voz para hacerse obedecer.
—Era más severa que mi madre —recordó Mónica—. No nos permitía beber ni siquiera agua fuera de las comidas. Decía que, si nos acostumbrábamos a satisfacer cada sed, algún día tendríamos las llaves de la despensa y de la bodega, y entonces ya no sería agua lo que buscaríamos.
—Una pedagogía rigurosa.
—En África hace calor, padre. Nos parecía una forma lenta de martirio.
La niña obedecía, al menos cuando la anciana podía verla. Al crecer, comenzaron a enviarla a buscar vino para la mesa. Mónica acercaba los labios al recipiente y probaba una gota. No le gustaba demasiado; lo hacía por travesura, por el placer de quebrantar una prohibición sin ser descubierta. Una gota se convirtió en un sorbo, y el sorbo, repetido cada día, comenzó a parecerle necesario.
Una criada joven que la acompañaba lo sabía. Cierta vez discutieron. La muchacha, irritada, la llamó borrachina.
Mónica levantó la mano para golpearla, pero se detuvo. No le dolió la intención de la criada, sino la verdad que había en el insulto.
—No volví a hacerlo —dijo—. Durante años me avergoncé de que Dios hubiera tenido que corregirme por boca de alguien que quería herirme.
—¿Y ahora?
—Ahora me avergüenzo menos. He aprendido que Dios no espera a que las palabras sean amables para servirse de ellas.
La anciana criada le enseñó también a rezar, a guardar silencio durante la lectura de la Escritura y a no considerar la limosna una generosidad, sino una deuda con el pobre. Su enseñanza no tenía delicadeza, pero sí consistencia. Mónica aprendió que la vida cristiana se sostenía con costumbres antes de convertirse en sentimiento: levantarse, rezar, servir, contener la lengua, pedir perdón y comenzar de nuevo.
No recordaba un momento concreto en el que hubiera decidido pertenecer a Cristo. Su fe había crecido dentro de ella como la lengua que hablaba o el modo de cubrirse la cabeza al salir. Sin embargo, llegó un día en que comprendió que la fe recibida debía convertirse en una respuesta propia.
—Yo quería una vida tranquila —confesó—. Una casa ordenada, tiempo para orar y pocas voces alrededor.
—Y Dios te dio a Patricio y a Agustín.
Mónica rió por primera vez desde que había empezado a hablar.
—Dios tiene una manera extraña de escuchar los deseos.
Ambrosio volvió a tomar el cálamo.
—Quizá escucha el deseo que hay debajo del deseo. Pediste una vida en la que pudieras servirlo. Lo demás lo añadiste tú.
Mónica miró la lluvia. Pensó en la anciana, en el frescor de la bodega y en la palabra que la había avergonzado cuando era niña.
—Señor —murmuró—, comenzaste a buscarme antes de que yo supiera que podía perderme.
Segunda confesión
El hombre que eligieron para mí

No llegó a un hogar construido: llegó a una casa que debía aprender a sostener.
La siguiente conversación comenzó a causa de una boda. Una familia había acudido a la basílica para pedir la bendición de Ambrosio, y la novia no parecía tener más años de los que tenía Mónica cuando sus padres le hablaron de Patricio.
—No lloraba —dijo Mónica cuando la muchacha se alejó—. Yo tampoco lloré.
—¿Querías hacerlo?
—No delante de mi madre.
Había oído el nombre de Patricio antes de conocerlo. Era decurión de Tagaste, propietario modesto, trabajador, preocupado por conservar la posición de su familia. Se decía que tenía ambición y facilidad para la cólera. También circulaban otras noticias que las mujeres interrumpían cuando entraba una joven.
Mónica comprendió que sus padres habían valorado la conveniencia del matrimonio. Patricio pertenecía a una casa respetable, poseía recursos suficientes y podía proporcionar estabilidad. Ella aportaría una educación cristiana, capacidad para gobernar el hogar y una familia de antigua raigambre. Nadie le preguntó si lo amaba. Tampoco ella esperaba que se lo preguntasen.
—Mi padre me explicó las ventajas —dijo—. Mi madre me habló de los deberes. Después me preguntaron si obedecería.
—¿Y obedeciste?
—Dije que sí antes de saber cuánto me costaría.
No recordaba a Patricio como un hombre desagradable durante aquellos primeros encuentros. Sabía presentarse, hablaba con seguridad y poseía una energía que podía confundirse con fortaleza. Era mayor que ella y la observaba como quien examina algo que pronto estará bajo su responsabilidad.
La víspera de la boda, Mónica permaneció despierta junto a su madre. Quiso preguntarle qué debía hacer si su marido no la quería, pero no encontró palabras que no le parecieran infantiles. Su madre le enseñó las llaves que algún día llevaría y enumeró cuanto tendría que aprender: las provisiones, las telas, las cuentas, los criados, las visitas, los enfermos de la casa, la relación con los clientes de Patricio y, por encima de todo, la convivencia con su suegra.
—Me hablaba de una casa —dijo Mónica—. Yo creía que me hablaba de un matrimonio.
—En vuestro mundo eran casi la misma cosa.
—Sí. El hogar no lo formaban solamente dos personas. Entraban los padres, los hijos esperados, los criados, las propiedades, las obligaciones y hasta los muertos cuyo nombre había que conservar. Yo no fui entregada únicamente a un hombre. Fui introducida en una casa que tenía memoria antes de conocerme.
El día de la boda, Mónica vio a Patricio recibir felicitaciones, discutir sobre gastos y reír con sus amigos. Buscó en él alguna señal que le permitiera confiar. La encontró cuando el hombre se apartó para ayudar a levantarse a un anciano. Fue un gesto pequeño, quizá inconsciente, pero ella lo conservó.
—¿Lo amaste por aquel gesto? —preguntó Ambrosio.
—No. Pero comprendí que había algo que amar, aunque todavía estuviera escondido.
Al entrar por primera vez en la casa de Patricio, las criadas la miraron con curiosidad y la madre de él con cautela. Le entregaron responsabilidades, no autoridad. Debía vigilar el trabajo de otras mujeres, responder del orden y aprender costumbres que nadie se molestaba en explicarle porque todos las consideraban evidentes.
—Era la esposa del señor —dijo Mónica—, pero durante mucho tiempo me sentí como la primera de sus servidoras. Si algo salía bien, la casa funcionaba como siempre. Si salía mal, era la joven africana que no sabía gobernarla.
—¿Cuándo comenzó a ser tu casa?
Mónica pensó un momento.
—Cuando dejé de esperar que alguien me concediera un lugar y empecé a responder por quienes vivían dentro. No fue el día en que recibí las llaves. Fue el día en que una criada enfermó y comprendí que también ella me había sido confiada.
Ambrosio asintió.
—La autoridad cristiana comienza cuando el cuidado pesa más que el privilegio.
—Entonces tardé en tener autoridad, pero no tanto como ellos creyeron.
Tercera confesión
Aprender a vivir con Patricio

Mónica no convirtió el silencio en olvido: esperó hasta que la verdad pudiera ser escuchada.
Una tarde llegó a la basílica una mujer con el velo echado muy hacia delante. Habló largo rato con un diácono y se marchó sin levantar el rostro. Mónica siguió con la mirada su paso apresurado.
—En Tagaste venían a verme mujeres así —dijo después—. Algunas no podían ocultar lo ocurrido, aunque lo intentaran.
Ambrosio esperó.
—Me preguntaban cómo conseguía que Patricio me respetara. Conocían su carácter. Lo oían desde la calle cuando se encolerizaba y no comprendían que, siendo él como era, en mi rostro no aparecieran las respuestas que otros maridos dejaban en los de sus esposas.
—¿Qué les decías?
—Que no hablasen cuando sus maridos ya no podían escuchar. Que esperasen. Que una palabra verdadera, pronunciada en medio de la ira, suele desperdiciarse.
—¿Y bastaba?
—No siempre. Nunca les dije que bastara.
Patricio regresaba algunas noches irritado por las obligaciones públicas, por una deuda que no había cobrado o por la humillación de tener que mantener una apariencia más rica que su hacienda. Bastaba un gasto inesperado o una orden mal cumplida para encenderlo. Mónica aprendió pronto que intentar justificarse mientras él gritaba solo añadía palabras al incendio.
Guardaba silencio. No como quien reconoce que el otro tiene razón, sino como quien se niega a entregar su propia lengua a la misma cólera. Cuando Patricio recobraba el dominio, ella volvía sobre lo sucedido. Algunas veces él aceptaba la explicación; otras, salía de la habitación. Pero comenzó a saber que el silencio de su esposa no significaba olvido.
—¿Nunca te enfadaste? —preguntó Ambrosio.
Mónica lo miró casi ofendida.
—Muchas veces. Una mujer puede callarse y estar pronunciando dentro un discurso más largo que cualquiera de los vuestros.
—¿Y qué hacías con ese discurso?
—Al principio lo repetía mientras trabajaba. Después aprendí a llevarlo a la oración. No para que Dios me diera la razón. Para que separase la razón de mi orgullo.
Más difícil que la ira fue aquello de lo que no se hablaba. Había ausencias que Patricio explicaba mal, perfumes que no pertenecían a la casa y sonrisas que se interrumpían cuando Mónica se acercaba. Ella conocía lo suficiente del mundo para no pedir una confesión que solo habría añadido mentira a la herida.
—¿Lo supiste con certeza? —preguntó Ambrosio.
Mónica alisó el borde de su manto.
—Una esposa conoce cuándo su marido regresa entero a su casa y cuándo deja algo de sí fuera. No necesitaba nombres.
No lo contó a sus padres. Volver a la casa paterna no era una solución sencilla ni deseaba convertir su matrimonio en una disputa entre familias. Tampoco quiso servirse de la culpa de Patricio para gobernarlo. Rezó por él, pero hubo noches en que su oración se parecía más a una acusación.
—Le pedía a Dios que lo cambiara —dijo—. Tardé en comprender que también tenía que pedirle que no permitiera que el pecado de mi marido decidiera en qué mujer iba a convertirme.
La suegra de Mónica agravaba las tensiones. Algunas criadas llevaban hasta ella palabras deformadas, esperando obtener ventajas de la rivalidad entre ambas mujeres. La anciana creía que su nuera pretendía apartarla de su hijo. Mónica soportó durante un tiempo sus reproches; luego comenzó a servirla con una constancia que hizo cada vez menos creíbles las acusaciones. Cuando la suegra descubrió el engaño, reprendió a quienes habían sembrado la discordia y terminó tratando a Mónica como a una hija.
Patricio observó aquella reconciliación. También vio que su esposa administraba sin despilfarro, ayudaba a los pobres sin abandonar las necesidades de la casa y educaba a los hijos sin enseñarles a despreciar a su padre pagano. Criticaba sus muchas oraciones, pero nunca consiguió considerarlas inútiles. Poco a poco dejó de verla como a la muchacha que habían elegido para él.
—¿Cuándo supiste que te respetaba? —preguntó Ambrosio.
—El día en que cambió una decisión delante de otros hombres después de escucharme. No dijo que yo tuviera razón. Dijo: «En mi casa se hará así». Pero lo que se hizo era lo que yo le había pedido.
Con los años hubo entre ellos momentos de ternura que Mónica guardaba con más pudor que sus heridas. Patricio sabía hacer reír a los niños, se sacrificó para que Agustín estudiara y, cuando no estaba preso de sí mismo, podía ser generoso. Mónica se aferró a esas virtudes, no para negar sus defectos, sino para mostrarle el hombre que todavía podía llegar a ser.
Antes de morir pidió entrar en la Iglesia. Mónica lo acompañó durante la preparación y presenció su bautismo. No preguntó a Dios por qué había esperado tanto. Durante un breve tiempo rezaron al mismo Señor.
—¿Fuiste feliz con él? —preguntó Ambrosio.
—No sé responder con una sola palabra. Sufrí por él, sufrí con él y también recibí bienes que no habrían existido sin nuestra vida común. Cuando murió, no lloré solamente al hombre que había sido. Lloré al hombre en quien comenzaba a convertirse.
Ambrosio inclinó la cabeza.
—Eso también es amar: no confundir a una persona con el peor de sus días.
Cuarta confesión
Una casa dividida

Mónica aprendió que también una madre puede ser injusta cuando tiene miedo.
—Tu hijo ha venido hoy —dijo Ambrosio.
Mónica dejó de ordenar los pliegues del manto.
—¿Agustín?
—Tienes otro hijo en Milán, según me han contado, pero no es él quien llena todos tus silencios.
La observación le dolió porque era cierta.
—Navigio ha vivido demasiadas veces a la sombra de su hermano —reconoció—. Y mi hija también.
Había tenido tres hijos que sobrevivieron a la infancia. Agustín fue el primero, inquieto desde niño, capaz de hacer preguntas que agotaban a los adultos y de olvidar cualquier obligación si había un juego cerca. Navigio poseía una naturaleza más serena. Su hija —a la que la familia llamaba Perpetua— aprendió pronto a observar los estados de ánimo de la casa y a deslizarse entre ellos sin provocar nuevas tormentas.
—Agustín exigía que lo mirásemos —dijo Mónica—. Los otros dos aprendieron a no exigirlo. Esa fue una de mis faltas.
—¿No los amabas?
—Los amaba. Pero el hijo que amenaza con caer ocupa más espacio que el que camina sin ruido. Una madre puede terminar premiando con toda su atención al que más la hiere.
La casa estaba dividida por la fe, aunque Mónica procuraba que no lo pareciera. Enseñaba a los niños el nombre de Cristo, rezaba con ellos y los llevaba a la iglesia. Patricio quería que respetasen las ceremonias públicas y no entendía por qué su esposa se resistía a ciertos usos que todos consideraban normales. Discutían sobre el bautismo. Como muchos cristianos de su tiempo, temían que recibirlo demasiado pronto hiciera más graves las culpas posteriores; pero en el caso de Patricio también pesaba su distancia de la Iglesia.
Cuando Agustín enfermó gravemente siendo niño, pidió el bautismo. Mónica dispuso cuanto pudo para que lo recibiera. Al mejorar, la iniciación fue aplazada. Ella aceptó entonces una prudencia que años después ya no supo juzgar sin dolor.
—Creímos protegerlo —dijo—. Dejamos para mañana el remedio porque temíamos que volviera a enfermar. Y volvió a enfermar de otro modo.
—No cargues sobre aquella decisión todo cuanto vino después —respondió Ambrosio—. El bautismo no habría suprimido su libertad.
Patricio se enorgullecía de la inteligencia del muchacho. Hizo sacrificios para enviarlo a estudiar, porque veía en él la posibilidad de elevar el nombre de la familia. Mónica también deseaba su formación, pero temía que aprendiera a dominar las palabras sin aprender a gobernarse.
Entre ambos padres existía una alianza incompleta. Patricio impulsaba el talento de Agustín; Mónica intentaba orientar su alma. Algunas veces parecían trabajar juntos. Otras, cada uno construía un hijo diferente.
Mientras tanto, había ropa que repartir, cuentas que ajustar, tierras que vigilar, enfermedades, visitas, nacimientos y funerales. La fe de Mónica no se vivía fuera de esos trabajos. Rezaba al levantarse, encomendaba a sus hijos mientras preparaba las tareas de la jornada y hacía llegar alimentos a quienes los necesitaban. Aprendió a no abandonar la casa para ejercer la caridad ni a utilizar la casa como excusa para no ejercerla.
Con el tiempo, los tres hijos hicieron suya la fe de maneras diferentes. Navigio permaneció junto a la familia y acompañaría después a Agustín. Perpetua se casó, enviudó y acabaría dirigiendo una comunidad de mujeres. Agustín, en cambio, parecía necesitar recorrer todos los caminos antes de reconocer aquel que su madre le había mostrado de niño.
—Dices «mis hijos» —observó Ambrosio—, pero cuando hablas con Dios dices casi siempre «mi hijo».
—Porque Agustín todavía está en peligro.
—¿Y los demás no necesitan tus oraciones?
Mónica guardó silencio.
—Sí —admitió—. También una madre puede ser injusta cuando tiene miedo.
Aquella noche, al regresar a la casa, encontró a Navigio revisando unas cuentas. Se sentó junto a él y preguntó por su viaje, por su cansancio y por lo que deseaba hacer al volver a África. Navigio levantó la vista, sorprendido por preguntas tan sencillas.
Mónica comprendió que llevaba años pidiendo a Dios que le devolviera un hijo mientras otros seguían esperando que su madre volviera a mirarlos.
Quinta confesión
El hijo que se alejaba

Mientras Mónica pedía que el viaje se impidiera, Dios llevaba a Agustín hacia el lugar donde podría escucharlo.
Agustín había escuchado a Ambrosio interpretar un pasaje de la Escritura y salió de la basílica sin buscar a su madre. Mónica lo vio perderse entre la gente.
—Antes discutía conmigo —dijo—. Ahora sabe que puede herirme sin pronunciar una palabra.
—Quizá no todo cuanto hace tiene como finalidad herirte.
—Ya lo sé. Pero a las madres nos cuesta aceptar que la vida de un hijo pueda no estar hablando siempre de nosotras.
Cuando Agustín llegó a Cartago, tenía la edad en que un joven cree que la distancia lo ha librado de toda mirada. Mónica comenzó a recibir noticias: brillaba en los estudios, frecuentaba los espectáculos, se dejaba arrastrar por sus compañeros y vivía con una mujer. Después supo que había nacido un niño.
La noticia de Adeodato llegó envuelta en explicaciones. Mónica no necesitó todas. Pensó primero en el desorden de Agustín; después, en la joven que había dado a luz lejos de su propia familia; finalmente, en el niño, que no tenía culpa de la forma en que había llegado.
—¿La recibiste? —preguntó Ambrosio.
—No como ella merecía. Vi antes el pecado de mi hijo que la soledad de aquella mujer. Con el tiempo aprendí a quererla, aunque entre nosotras siempre quedó algo que ninguna sabía nombrar.
Agustín permaneció unido a ella durante años. No era una aventura pasajera, pero tampoco un matrimonio que su familia pudiera aceptar fácilmente según las diferencias de condición y los proyectos puestos en él. Adeodato creció inteligente y atento, con una claridad que asombraba a su padre y desarmaba a su abuela.
—Dios me dio un nieto en medio de aquello que yo solo sabía lamentar —dijo Mónica—. Tardé demasiado en darle gracias.
Más honda todavía fue la herida del maniqueísmo. Agustín regresó hablando de dos principios enfrentados, de una luz prisionera y de una materia atribuida al mal. Pronunciaba aquellas ideas con la seguridad de quien cree haber superado la fe sencilla de su madre.
Mónica escuchó hasta que dejó de poder hacerlo.
—Mientras vivas bajo este techo, no hablarás contra la fe que lo sostiene —le dijo.
Agustín respondió con una sonrisa que le pareció más insolente que un grito. Ella le cerró las puertas de la casa.
—¿Te arrepientes? —preguntó Ambrosio.
—Me arrepiento de la ira con que lo hice. No sé si me arrepiento de haberle mostrado que el error también tiene consecuencias.
Aquellos días soñó que se encontraba llorando sobre una regla de madera. Un joven luminoso se acercó y le preguntó la causa de su tristeza. Cuando ella habló de la perdición de su hijo, él le indicó que mirara: Agustín estaba de pie junto a ella. Al contárselo, su hijo quiso apropiarse incluso del sueño.
—Significa que tú llegarás a ser lo que soy —dijo.
—No me dijeron que la madre iría adonde estaba el hijo —respondió Mónica—, sino que el hijo estaría donde estaba la madre.
Agustín quedó impresionado por la rapidez de la respuesta, pero no abandonó sus creencias. Mónica permitió que volviera a su mesa y continuó rezando.
Buscó a un obispo conocedor de los maniqueos y le rogó que discutiera con el joven. El obispo se negó. Le explicó que Agustín estaba demasiado satisfecho con su reciente aprendizaje para escuchar una refutación. Ella insistió hasta cansarlo.
—Vete en paz —le dijo finalmente—. No puede perderse el hijo de tantas lágrimas.
Mónica conservó aquellas palabras como una promesa, aunque probablemente el obispo solo pretendía poner fin a la conversación.
—¿Cuántas veces se las repetiste a Dios? —preguntó Ambrosio.
—Tantas que terminé diciéndoselas como si Dios las hubiera pronunciado.
—Ahí está el peligro de las madres piadosas. Pedís una gracia y después explicáis al Señor cuándo, dónde y de qué manera debe concederla.
Mónica apretó los labios.
—¿Qué debía hacer? ¿Contemplar cómo se perdía?
—Orar, hablar cuando pudiera escucharte y amarlo sin llamar amor al deseo de gobernarlo. Nada de eso es poco.
La marcha de Agustín a Roma llevó aquel conflicto hasta el límite. En el puerto, él fingió que iba a despedir a un amigo y dejó a su madre orando en una capilla cercana. Mientras Mónica pedía a Dios que impidiera el viaje, la nave se alejó en la oscuridad.
Al amanecer encontró el embarcadero vacío.
—No lloré al principio —contó—. Sentí una quietud terrible. Había atravesado muchas insolencias suyas, pero nunca me había engañado de aquel modo.
—Y, sin embargo, embarcaste detrás de él.
—Sí.
—¿Por qué?
—Durante mucho tiempo dije que era Dios quien me mandaba seguirlo. Ahora no estoy segura. Tal vez fui porque era su madre y todavía no sabía quedarme quieta ante su libertad.
Ambrosio no la corrigió.
—Dios no atendió tu oración aquella noche —dijo al cabo— porque estaba llevando a Agustín al lugar donde escucharía lo que tú ya no podías enseñarle.
Mónica cerró los ojos. Por primera vez comprendió que el silencio de Dios en el puerto quizá no había sido un abandono, sino una respuesta demasiado grande para reconocerla entonces.
Sexta confesión
El mar entre mi hijo y yo

Después de cruzar el mar por su hijo, Mónica descubrió que ya no rezaba sola.
—Tu África se nota en la manera de ofrecer a los mártires —le había dicho Ambrosio.
Mónica llevaba pan, vino y alimentos a los sepulcros, conforme a la costumbre de su tierra. Cuando supo que el obispo había prohibido aquellas prácticas en Milán para evitar excesos y confusiones, obedeció sin protestar. Sustituyó las ofrendas por limosnas y recibió la Eucaristía con el pueblo.
—Pensé que te opondrías —le confesó después Ambrosio.
—No crucé el mar para enseñar al obispo de Milán a gobernar su Iglesia.
—Algunos cruzan distancias menores con propósitos más ambiciosos.
El primer mar lo había cruzado después del engaño de Agustín. La navegación fue dura. Mónica enfermó y los marineros temieron una tormenta. Ella los animó con una seguridad que no sentía enteramente. Había recibido en la oración la convicción de que llegaría con vida.
Cuando desembarcó en Roma, descubrió que su hijo ya había partido hacia Milán. La ciudad le pareció inmensa y ajena. Buscó noticias entre africanos, cristianos y conocidos de Agustín. Cada respuesta abría una nueva distancia.
—¿No pensaste en regresar a Tagaste? —preguntó Ambrosio.
—Muchas veces. Allí estaban mi casa, mis hijos y todo lo que conocía. Pero también sabía que, si regresaba, viviría pendiente de cada barco que llegara de Italia.
Continuó hasta Milán. Cuando por fin encontró a Agustín, él no era el hombre que había dejado África ni todavía el hombre que llegaría a ser. Había abandonado la confianza en los maniqueos, pero no había encontrado reposo. Escuchaba a Ambrosio por su elocuencia, examinaba la fe católica sin entregarse y posponía cada decisión como si pudiera vivir indefinidamente en el umbral.
Mónica comunicó a su hijo, con alegría, que estaba segura de verlo católico antes de morir. Agustín recibió aquellas palabras con menos burla que otras veces. Algo había comenzado a ceder.
La madre observó también que Milán tenía sus propias luchas. La emperatriz Justina, favorable a los arrianos, pretendía una basílica para su culto. El pueblo permaneció junto a Ambrosio, dispuesto a impedir que se apoderaran de ella. Mónica participó en las vigilias. Rezaba y cantaba con los demás mientras fuera crecía la amenaza.
—Habías venido a buscar a tu hijo y terminaste defendiendo una iglesia —dijo Ambrosio.
—Una madre sabe hacer varias cosas al mismo tiempo.
Fue durante aquellas vigilias cuando el pueblo comenzó a cantar himnos y salmos al modo de las Iglesias orientales. Mónica aprendió las melodías. En medio de la incertidumbre experimentó algo que no había sentido durante años: ya no rezaba sola por una casa dividida. Formaba parte de un pueblo que sufría y esperaba unido.
Ambrosio, por su parte, no se convirtió en el director particular de Agustín ni en el consuelo permanente de Mónica. Tenía una Iglesia que gobernar. Algunas veces ella acudía y lo encontraba leyendo en silencio, con los ojos recorriendo el texto sin mover los labios. No se atrevía a interrumpirlo. Otras recibía de él una frase breve y debía vivir varios días de aquella frase.
—Al principio me dolía que no tuvieras más tiempo para mi hijo —reconoció.
—Tu hijo necesitaba escucharme predicar, no tenerme siempre a su disposición.
—Yo pensaba que, si pudierais hablar largamente con él, lo convenceríais.
—Tú también pensaste que lo convencería aquel obispo africano.
Mónica sonrió con resignación.
—He pasado media vida buscando al hombre que dijera a Agustín la frase exacta.
—Y Dios ha pasado esos mismos años enseñándote que una conversión no es una disputa ganada.
En Milán se habló también de casar a Agustín. Su posición como profesor de retórica exigía una unión adecuada. La mujer con la que había vivido tantos años regresó a África, dejando a Adeodato con su padre. Mónica había favorecido la búsqueda de un matrimonio conveniente, pero el dolor de aquella separación no le resultó invisible.
—Creí ordenar su vida —dijo—. Tal vez en aquel momento contribuí a romper algo que, aunque no fuera matrimonio, contenía fidelidad y sufrimiento.
—No juzgues el pasado fingiendo que entonces conocías cuanto sabes ahora —respondió Ambrosio—. Pero no llames enteramente bueno a lo que produjo una herida solo porque tú buscabas un bien.
Agustín quedó más dividido que antes. Quería la sabiduría, pero no renunciaba a sus deseos; admiraba la continencia y temía vivirla; pedía una vida nueva sin querer todavía que comenzara.
Mónica ya no podía entrar en aquel combate. Había cruzado el mar, encontrado a su hijo y puesto ante él cuanto poseía. Le quedaba esperar.
—Señor —rezó aquella noche—, he seguido sus pasos hasta donde me has permitido. Entra tú ahora donde una madre no puede entrar.
Séptima confesión
Mis lágrimas aprendieron a dar gracias

Había pedido por una conversión y vio a dos generaciones nacer juntas en la gracia.
Agustín no fue a contárselo inmediatamente. Alipio llegó primero. Hablaba deprisa, como si temiera que la noticia pudiera desaparecer antes de terminarla. Mónica comprendió que algo había sucedido en el jardín.
Encontró a su hijo sereno y exhausto. No le explicó cada detalle. Le habló de una voz infantil que repetía «toma y lee», de las palabras del apóstol y de una voluntad que, después de luchar consigo misma durante años, había dejado de resistirse.
Mónica lo abrazó. Luego se apartó para mirarlo.
—¿Es esto lo que querías? —le preguntó él.
Ella estuvo a punto de responder que sí. Pero recordó todas las formas concretas en que había imaginado su conversión y comprendió que ninguna se parecía a aquel hombre desarmado que tenía delante.
—Es más de lo que sabía pedir —dijo.
Cuando se lo contó a Ambrosio, las palabras se atropellaban. El obispo la dejó hablar hasta que se quedó sin voz.
—Has pedido durante años que Dios te devolviera a tu hijo —dijo entonces.
—Sí.
—Y no te lo ha devuelto como era.
—No.
—Te lo ha devuelto nuevo. No intentes ahora decirle cómo debe ser esa novedad.
Agustín esperó a que concluyeran las vacaciones de la vendimia para abandonar discretamente su enseñanza. Después se retiró con los suyos a la finca que Verecundo les había ofrecido en Casiciaco, cerca de Milán. Con él fueron Alipio, Adeodato, Navigio, sus discípulos Licencio y Trigecio, y sus primos Lastidiano y Rústico. Mónica fue también.
En aquella casa rural, rodeada de montes y del frío que anunciaba el invierno, la vida adquirió un ritmo nuevo. Había que organizar las provisiones, distribuir los lugares para dormir, atender a los jóvenes, vigilar a quienes trabajaban en la finca y conseguir que las conversaciones filosóficas no hicieran olvidar la hora de comer. Mónica asumió aquellas tareas con la naturalidad de quien llevaba décadas aprendiendo a sostener una casa.
—Toda vuestra filosofía depende de que alguien recuerde encender el fuego —dijo una mañana.
Licencio rio. Agustín no, porque sabía que su madre tenía razón.
Pero Mónica no se limitó a gobernar lo cotidiano. Participó en las conversaciones. El día del cumpleaños de Agustín se reunieron para hablar de la vida feliz. Los jóvenes respondían con términos aprendidos en las escuelas. Ella escuchaba mientras hilaba.
—Madre —dijo Agustín—, ¿quién posee a Dios?
Mónica levantó los ojos.
—Quien vive bien y cumple su voluntad.
La discusión continuó. Cuando la conversación se volvió demasiado sutil, intervino de nuevo para devolverlos al centro. Agustín la miró con asombro y afirmó que había alcanzado la cima de la filosofía.
—No sabía que fuese filósofa —comentó después Mónica a Ambrosio.
—La sabiduría no pregunta primero dónde aprendiste gramática.
En Casiciaco vio nacer los primeros libros del nuevo Agustín. Durante años había temido que su inteligencia lo alejara para siempre de Cristo; ahora contemplaba cómo esa misma inteligencia buscaba ponerse a su servicio. También veía a Adeodato intervenir con una madurez impropia de sus pocos años, a Navigio participar desde su sensatez y a Alipio compartir el camino de su amigo.
Por primera vez, Mónica tuvo ante sí una casa en la que su familia y los amigos de su hijo vivían orientados hacia Dios. No era Tagaste ni pertenecía a ninguno de ellos. Sin embargo, se parecía al hogar que había intentado construir durante toda su vida.
Al acercarse la Pascua, regresaron a Milán. Agustín, Alipio y Adeodato inscribieron sus nombres para recibir el bautismo. Ambrosio recomendó a Agustín la lectura de Isaías; él intentó comenzarla y tuvo que reconocer que aún no estaba preparado para comprenderla.
Durante la Vigilia Pascual del año 387, Mónica permaneció entre el pueblo. Vio descender a su hijo a las aguas, vio a Alipio y vio también a Adeodato, su nieto, recibido en la misma gracia. Había pedido durante tantos años por una sola conversión y Dios le mostraba dos generaciones naciendo juntas.
Los himnos llenaban la basílica. Agustín lloraba. Mónica también, pero sus lágrimas ya no exigían nada.
Más tarde encontró a Ambrosio junto al baptisterio.
—Padre, ya no sé qué pedir.
—Da gracias.
—He dado gracias toda la noche.
—Entonces pide aprender a no retener lo que Dios te ha concedido.
Mónica volvió la mirada hacia Agustín y Adeodato. Comprendió que la gracia no le devolvía a su hijo para que volviera a pertenecerle. Lo entregaba a una misión que ella no alcanzaría a ver.
—Señor —dijo en voz baja—, cuando lloraba por él creía que mis lágrimas lo traían hasta ti. Ahora veo que eras tú quien nos conducía a los dos.
Epílogo
En la ventana de Ostia

Había cruzado el mar detrás de un hijo. Murió junto al mar después de haberlo entregado.
Mi madre no volvió a África.
Partimos de Milán con el propósito de regresar a nuestra tierra y vivir juntos al servicio de Dios. Evodio se había unido a nosotros. Llegamos a Ostia, donde el Tíber entra en el mar, y esperamos una nave.
Una tarde, mi madre y yo nos apoyamos en una ventana desde la que se veía el jardín interior de la casa. Estábamos solos. Hablábamos con gran dulzura de lo que sería la vida eterna de los santos, aquella vida que ningún ojo ha visto ni oído ha escuchado.
Fuimos elevando la conversación por encima de las cosas corporales, por encima del cielo y de los astros, hasta tocar por un instante, con el impulso entero del corazón, la Sabiduría que permanece. Después volvimos al sonido de nuestras voces, donde cada palabra comienza y termina.
Entonces mi madre me dijo:
—Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me retiene en esta vida. Solo deseaba permanecer en ella hasta verte cristiano católico. Dios me lo ha concedido con mayor abundancia de la que esperaba, pues te veo despreciar la felicidad terrena para servirlo. ¿Qué hago ya aquí?
No comprendí que aquellas palabras eran una despedida.
Pocos días después enfermó de fiebre. En un momento de la enfermedad perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, nos encontró a mi hermano y a mí junto a su lecho.
—¿Dónde estaba? —preguntó.
Después nos miró y añadió:
—Enterraréis aquí a vuestra madre.
Navigio, afligido, expresó el deseo de que no muriera lejos de su patria. Ella lo reprendió con los ojos y luego me dijo:
—Mira lo que dice.
Poco después habló con ambos:
—Enterrad este cuerpo donde queráis. No os preocupéis por él. Solo os pido que os acordéis de mí ante el altar del Señor, estéis donde estéis.
Murió al noveno día de su enfermedad, a los cincuenta y seis años. Yo tenía treinta y tres.
Cerré sus ojos. Adeodato rompió a llorar y tuvimos que contenerlo. Yo también quería llorar, pero me parecía impropio despedir con lamentos aquella muerte que ella había recibido sin temor. Solo más tarde, cuando estuve solo, dejé correr las lágrimas que había contenido.
Durante años pensé que mi madre había vivido para conducirme hasta Dios. Ahora sé que Dios se sirvió de mí para conducirla también a ella. Me dio dos veces la vida: primero en su cuerpo y después en su fe. Pero ni siquiera ella fue la fuente de esos dones. Tú, Señor, me los diste por medio de tu sierva.
No te pido que olvides sus faltas porque fuera mi madre. Te pido que la juzgues con misericordia. Ella perdonó cuanto otros le debían; perdona tú también sus deudas. Y a quienes lean estas palabras, concédeles recordarla ante tu altar.
Había cruzado el mar detrás de un hijo. Murió junto al mar después de haberlo entregado.
Notas históricas
- Las conversaciones entre santa Mónica y san Ambrosio son una recreación literaria. Las fuentes atestiguan la veneración de Mónica por el obispo, la estima con que este la trataba y la influencia de su predicación sobre Agustín, pero no conservan una serie de conversaciones como las presentadas aquí.
- Los testimonios antiguos mencionan a Navigio y a una hermana de san Agustín cuyo nombre no transmiten. La denominación Perpetua procede de una tradición posterior y se emplea aquí como recurso narrativo, sin pretender resolver la incertidumbre histórica.
- La relación entre Agustín y la madre de Adeodato duró aproximadamente quince años. Las fuentes no conservan el nombre de esta mujer. Su caracterización en esta obra es deliberadamente sobria y evita atribuirle acciones o palabras no documentadas.
- Casiciaco fue la finca de Verecundo donde Agustín se retiró entre 386 y 387. El círculo incluía a Mónica, Adeodato, Navigio, Alipio, Licencio, Trigecio, Lastidiano y Rústico. Mónica participó en las conversaciones recogidas en los primeros diálogos filosóficos de su hijo.
- El epílogo sigue de cerca, aunque en versión condensada y recreada en español actual, el relato de la conversación de Ostia y de la muerte de Mónica contenido en el libro IX de las Confesiones.
Fuentes
• Agustín de Hipona. Confesiones, especialmente libros I, III, V, VI, VIII y IX.
• Agustín de Hipona. Sobre la vida feliz.
• Agustín de Hipona. Sobre el orden.
• Benedicto XVI. «San Agustín». Audiencia general, 9 de enero de 2008.
• ACI Prensa. «Biografía de santa Mónica».
Las imágenes y la maquetación de este documento se han realizado con herramientas de inteligencia artificial.
Autor: Guillermo Mirecki




