Oración en familia
Los Siete Dolores de María
Caminar con la Madre junto a Jesús

Una Madre que permanece
Hay dolores que no podemos evitar. Llegan sin pedir permiso y atraviesan la vida. María también conoció ese dolor. Simeón se lo anunció con una imagen que la Iglesia nunca ha olvidado: una espada atravesaría su alma.
Rezar los Siete Dolores no consiste en mirar desde lejos cuánto sufrió María. Consiste en quedarse junto a ella: mirar lo que ella mira, caminar cuando ella camina y permanecer cuando ya no queda nada que hacer.
Recorre despacio estas siete escenas. Deja que la Palabra de Dios abra cada una y permite después que la mirada de María te enseñe a mirar. Si reconoces en alguna de sus espadas una herida tuya, llévala contigo hasta Jesús.
Cómo rezar los Siete Dolores
Busca un momento de calma. Lee primero la Palabra de Dios. Después entra en la contemplación sin apresurarte. Cuando llegue el silencio, detente de verdad.
Al final de cada dolor, presenta tu petición y reza un Ave María. Puedes rezar el ejercicio completo o detenerte con más tiempo en uno de los Dolores.
Primer dolor
La profecía de Simeón
Una espada atravesará tu alma

Palabra de Dios — Lc 2,22-35
Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».
Sagrada Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.
Contempla
Mira a María. Ha venido al Templo con José y lleva a Jesús entre sus brazos. Es todavía muy pequeño. Escucha a Simeón hablar de luz, de salvación, de gloria… y de pronto escucha también otra cosa: su Hijo será signo de contradicción. Y una espada atravesará su propia alma.
Mira al Niño y mira a su Madre. María no sabe todavía cómo llegará esa espada ni cuándo. Solo sabe que el camino de su Hijo no será fácil. Amar a Jesús significará también aceptar que no podrá protegerlo de todo.
Quizá tú también conozcas ese miedo. Quieres a alguien y sabes que no puedes evitarle cada sufrimiento. Quédate junto a María. Ella permanece con Jesús. Permanece tú también, incluso cuando no puedas saber qué vendrá mañana.
Guarda un momento de silencio.
Pide con María
Madre, cuando el temor por quienes amo me haga sufrir antes de tiempo, enséñame a confiar. Que no pretenda dominar su camino, sino acompañarlo con amor y ponerlo, como tú, en las manos de Dios.
Dios te salve, María…
María, Madre dolorosa, enséñanos a permanecer junto a Jesús.
Segundo dolor
La huida a Egipto
Levántate, toma al niño y a su madre

Palabra de Dios — Mt 2,13-15
Cuando ellos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».
Sagrada Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.
Contempla
Mira a María. La noche se convierte en una huida. José ha recibido el aviso: Herodes busca al Niño para matarlo. No hay tiempo para despedidas. Hay que tomar a Jesús y marcharse.
Mira cómo María lo estrecha contra sí mientras dejan atrás lo conocido. El Hijo de Dios necesita ser protegido. El camino es incierto, pero María no queda paralizada. Camina con José y guarda a Jesús.
Tal vez también tú hayas tenido que abandonar una seguridad, un proyecto o una etapa de la vida. Camina un poco junto a María. No conoce el final del viaje; conoce a Aquel que lleva consigo. Abraza lo esencial y continúa.
Guarda un momento de silencio.
Pide con María
Madre, acompaña a quienes han tenido que dejar su hogar, su seguridad o sus proyectos. Cuando mi camino cambie sin que yo lo haya elegido, ayúdame a llevar conmigo a Jesús y a seguir confiando.
Dios te salve, María…
María, Madre dolorosa, enséñanos a permanecer junto a Jesús.
Tercer dolor
Jesús perdido y hallado en el Templo
Tu padre y yo te buscábamos angustiados

Palabra de Dios — Lc 2,41-52
Sagrada Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.
Contempla
Mira a María. Busca a Jesús entre parientes y conocidos y no está. Vuelve sobre sus pasos. Pregunta. Recorre de nuevo el camino. Pasa una noche, otra… Su Hijo no está y María continúa buscándolo.
Al tercer día lo encuentra en el Templo. Jesús está allí, sereno. María no disimula lo que ha vivido: lo han buscado angustiados. La respuesta de Jesús abre un misterio todavía mayor. María guarda sus palabras en el corazón.
Quizá hayas buscado también a Jesús y te haya parecido que no estaba. No conviertas esa ausencia en despedida. Mira a María: sigue buscando. Y cuando encuentres a Jesús, escucha incluso aquello que todavía no entiendes.
Guarda un momento de silencio.
Pide con María
Madre, cuando me parezca haber perdido a Jesús, no dejes que me acostumbre a su ausencia. Enséñame a buscarlo con perseverancia y a guardar su palabra incluso cuando todavía no la comprenda.
Dios te salve, María…
María, Madre dolorosa, enséñanos a permanecer junto a Jesús.
Cuarto dolor
María encuentra a Jesús camino del Calvario
María sigue a su Hijo

Palabra de Dios — Lc 23,26-31
Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. Entonces empezarán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?».
Sagrada Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.
Contempla
Mira a María. Mira cómo busca entre la multitud el rostro de su Hijo. Jesús avanza cargado con la cruz… Sus ojos se encuentran y los dos comprenden. No se dicen nada. ¿Qué podrían decirse más?
María sabe que no puede detener ese camino. No puede apartar la cruz de los hombros de Jesús ni recorrer el camino en su lugar. Solo puede hacer una cosa: seguir a su Hijo.
Quédate junto a ella. Tal vez conozcas la impotencia de ver sufrir a alguien que amas. No siempre podrás quitar la cruz ni encontrar palabras. A veces amar será seguir caminando a su lado.
Guarda un momento de silencio.
Pide con María
Madre, cuando no pueda quitar el sufrimiento de quien amo, enséñame a no huir. Que sepa estar cerca, acompañar sin invadir y caminar a su lado hasta donde sea necesario.
Dios te salve, María…
María, Madre dolorosa, enséñanos a permanecer junto a Jesús.
Quinto dolor
María junto a la Cruz
Ahí tienes a tu hijo

Palabra de Dios — Jn 19,25-27
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
Sagrada Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.
Contempla
Mira a María. Ha seguido a Jesús hasta el Calvario y ahora está junto a la cruz. No puede acercarse para aliviar sus heridas. No puede darle agua ni apartar los clavos. Puede permanecer.
Escucha a Jesús. En medio de su agonía mira a su Madre y mira al discípulo amado. Incluso desde la cruz, Jesús entrega. María recibe una nueva misión precisamente cuando su corazón está siendo atravesado por el dolor. Sigue siendo Madre cuando todo parece terminar.
Quédate allí. No apartes enseguida los ojos del Crucificado. Hay momentos en los que la fe no consiste en comprender, sino en permanecer con Jesús. María puede enseñarte a no abandonar la cruz cuando amar duele.
Guarda un momento de silencio.
Pide con María
Madre, cuando llegue la hora de permanecer sin poder arreglar nada, sostén mi fe. Enséñame a quedarme junto a Jesús y a recibir, aun en medio del dolor, a quienes él confíe a mi amor.
Dios te salve, María…
María, Madre dolorosa, enséñanos a permanecer junto a Jesús.
Sexto dolor
María recibe el cuerpo de Jesús
María acoge a su Hijo muerto

Palabra de Dios — Lc 23, 50-53
Había un hombre, llamado José, que era miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo (este no había dado su asentimiento ni a la decisión ni a la actuación de ellos); era natural de Arimatea, ciudad de los judíos, y aguardaba el reino de Dios. Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía.
Sagrada Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.
Contempla
Mira a María. Hace unas horas podía mirar a su Hijo a los ojos. Ahora bajan de la cruz su cuerpo herido. María lo recibe. Las manos que tantas veces la buscaron ya no pueden estrechar las suyas.
No tengas prisa por apartar la mirada. Ese cuerpo es el mismo que llevó en su seno, el que sostuvo cuando era niño, el que vio crecer en Nazaret. Ahora vuelve a descansar sobre ella después de haber sido entregado por nosotros.
Acércate también tú. Hay dolores ante los que las palabras sobran. Cuando ya no puedas cambiar lo ocurrido, todavía podrás amar, sostener, cuidar, rezar. Quédate con María y mira con ella a Jesús.
Guarda un momento de silencio.
Pide con María
Madre, acompaña a quienes sostienen una pérdida que ya no pueden remediar. Enséñame a recibir incluso el dolor que no puedo cambiar y a ponerlo, contigo, ante Jesús.
Dios te salve, María…
María, Madre dolorosa, enséñanos a permanecer junto a Jesús.
Séptimo dolor
Jesús es depositado en el sepulcro
María espera en el silencio

Palabra de Dios — Lc 23,53-56
Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía. Era el día de la Preparación y estaba para empezar el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Al regresar, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron de acuerdo con el precepto.
Sagrada Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.
Contempla
Mira a María. Ha recibido el cuerpo de Jesús y ahora tiene que dejarlo partir. Lo llevan al sepulcro. La piedra cerrará la entrada y María ya no podrá siquiera tocar a su Hijo.
Mira cómo termina el día. Después del ruido del Calvario llega un silencio inmenso. No hay una explicación que pueda llenar ese vacío. María queda ante una tumba. Y, sin embargo, no abandona a Dios.
Quizá conozcas también el silencio de después: cuando ya pasó aquello que temías y solo queda aprender a vivir con lo sucedido. Quédate junto a María. No adelantes la mañana. Espera con ella. También la fe sabe permanecer en la oscuridad.
Guarda un momento de silencio.
Pide con María
Madre, cuando llegue a mi vida el silencio de una pérdida, enséñame a esperar sin exigir respuestas inmediatas. Guarda mi fe cuando no vea nada y ayúdame a permanecer en las manos de Dios.
Dios te salve, María…
María, Madre dolorosa, enséñanos a permanecer junto a Jesús.
Madre, enséñanos a permanecer
María, Madre de Jesús y Madre nuestra, has conocido el dolor sin dejar de amar. Cuando una espada atraviese nuestro corazón, quédate a nuestro lado.
Enséñanos a confiar cuando tememos, a caminar cuando todo cambia, a buscar cuando parece que hemos perdido a Jesús, a acompañar cuando no podemos quitar la cruz, a permanecer cuando amar duele, a acoger lo que ya no podemos cambiar y a esperar en silencio cuando todavía no vemos la luz.
Llévanos siempre hasta tu Hijo. Que nuestras heridas no cierren el corazón, sino que nos hagan más capaces de reconocer el sufrimiento de los demás y de permanecer junto a ellos.
María, Madre dolorosa, enséñanos a permanecer junto a Jesús. Amén.
Fuentes
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC.
Evangelio según san Lucas — Conferencia Episcopal Española.
Evangelio según san Mateo — Conferencia Episcopal Española.
Evangelio según san Juan — Conferencia Episcopal Española.
Las imágenes y la maquetación de este documento se han realizado con herramientas de inteligencia artificial.




