«Enriquecida con particulares dones sobrenaturales desde su tierna edad, Santa Hildegarda [1098-1179] profundizó en los secretos de la teología, medicina, música y otras artes, y escribió abundantemente sobre ellas, poniendo de manifiesto la unión entre la Redención y el Hombre.»
San Juan Pablo II
Décima y última hija de un matrimonio noble y próspero, de constitución débil y enfermiza, a los catorce años fue confiada para su educación a Jutta, hija del conde de Spanheim y reclusa en el monasterio de San Disibodo.
El monasterio había sido fundado no mucho tiempo atrás por el arzobispo Willigis de Maguncia para albergar a doce clérigos que se encontraban bajo su cuidado, y en 1108 su sucesor Ruthardo llamó a los benedictinos de la abadía de San Jacobo para habitarlo, lo que obligó a construir un nuevo monasterio; la jovencita Hildegarda vivió esas tareas, circunstancias que pueden haber influido en la concepción arquitectónica de sus visiones, y en los trabajos de construcción de su propio monasterio en San Ruperto. Junto a la edificación para los monjes, y siguiendo una costumbre de época, se puso un claustro para las monjas, una de cuyas dos ventanas daba a la iglesia; desde allí participaban de la celebración del Oficio Divino –tan importante en la vida benedictina–, que conjugaba admirablemente palabra y música: otra influencia fundamental moldeaba así desde temprano el espíritu de Hildegarda. Entre 1112 y 1115 profesa con votos perpetuos y a la muerte de Jutta, en 1136, es elegida abadesa de una comunidad que cuenta con diez religiosas.
Desde sus tres años de edad estuvo dotada del regalo de la visión divina sobre la que, cuando ya contaba más de setenta años, escribió al que sería su secretario, Guiberto de Gembloux, en la carta anteriormente mencionada:
«Y tal como el sol, la luna y las estrellas se reflejan en el agua, así en esta luz [la que ella llama ‘sombra de la luz viviente’] resplandecen para mí los escritos, los sermones, las virtudes y algunas obras de los hombres.
Todo lo que he visto o aprendido en esta visión lo guardo en mi memoria por mucho tiempo y lo recuerdo, porque alguna vez lo he visto y oído. Veo, oigo y conozco simultáneamente, y casi al mismo tiempo que conozco, aprendo. […] Y lo que escribo, lo veo y lo oigo en la visión, y no pongo otras palabras que aquellas que oigo […].
Pero mi alma jamás carece de la luz que llamo ‘sombra de la luz viviente’, y la veo como si contemplara el firmamento sin estrellas en una nube luminosa: en esa luz veo aquello de lo que hablo frecuentemente, y lo que respondo a quienes me interrogan procede del fulgor de la luz viviente.»
Tal es el origen de su sabiduría, de su don de profecía, del conocimiento de las almas; esta es su voz ante los hombres, la autoridad de sus respuestas, la confiada seguridad de sus acciones.
En 1141 recibe una visión que le ordena escribir cuanto ha visto y oído. Luego de dudas y resistencias castigadas con largos períodos de enfermedad, comenzó a escribir Scivias (Conoce los caminos de Dios), con la colaboración del monje Volmar, quien hasta su muerte (1173) será su secretario y amigo. A esta obra, que relata las visiones de la profetisa con ilustraciones de intenso cromatismo (la luz es un elemento fundamental en la vida y la obra de Hildegarda) realizadas por los monjes bajo su dirección, y que ponían en imágenes sus revelaciones, aludiremos luego. Pero algo quiero señalar ahora en cuanto a los dibujos: son inusitados para su época, audaces, y con ciertas características muy definidas, como por ejemplo la permanente presencia de zonas luminosas –habitualmente “fuego brillante”– y zonas oscuras –“fuego tenebroso”–; el rojo como color predominante; el uso de la forma circular para indicar la presencia de la divinidad, la actividad divina, la energía vital que anima al mundo entero, y la forma rectangular con la que se refiere a lo ordenado y estructurado.
Entre los años 1146 y 1147 escribe a San Bernardo en busca de comprensión y seguridad, y él le contesta de manera un tanto impersonal, pero la alienta y recomienda su trabajo al Papa cisterciense Eugenio III quien, enterado del asunto, había enviado una comisión a Disibodenberg para examinarla. Los informes son favorables, y el propio pontífice, que se encuentra presidiendo un sínodo en Tréveris, lee públicamente un fragmento de Scivias y la exhorta a continuar escribiendo. A partir de ese momento comienza para la abadesa, que cuenta ya con cincuenta años, una etapa de actividad febril: cartas de diversa índole y destinatarios, visitas que recibe y las que realiza fuera del monasterio, la composición musical… y, en 1150, la fundación de su propio monasterio en San Ruperto, circunstancia que le trajo muchos problemas con su anterior convento, que no quería dejarla marchar por motivos de conveniencia económica, y de prestigio. Hildegarda era un foco de atracción del que no querían desprenderse.
Su correspondencia
Podríamos ya aquí detenernos en algunos puntos, como por ejemplo, en su correspondencia. Variados son los temas: dirección espiritual, respuestas a preguntas de diversa índole, solución de problemas de vida o bien de cuestiones intelectuales (el maestro de teología y más tarde obispo Odo de Soissons, por ejemplo, la consulta: “Tenemos la confianza de pedirte algo: muchos sostienen que la paternidad y la divinidad de Dios son atributos de Dios, pero no son Dios mismo. No tardes en exponernos y transmitirnos lo que sepas de esto desde lo celestial.” Se trata de una tesis de Gilberto de la Porrée, discutida por entonces en las escuelas y en el concilio de Reims). También son diversos los destinatarios (reyes, nobles, Papas, estudiosos, prelados, monjes y monjas, laicos), y la procedencia geográfica de los corresponsales de la abadesa. Pero ella es siempre la misma persona inspirada por el amor a la Verdad y al Bien, que procura las obras de la Justicia. Así, al emperador Federico Barbarroja le escribe:
«Oh rey, sé el soldado, el caballero armado que combate valientemente al demonio, para que no te disperses y que tu reino terrestre no haya de sufrir. […] Rechaza la avaricia, escoge la abstinencia, eso que el Rey de reyes en verdad ama. Pues es muy necesario que tú seas prudente en toda ocasión. En efecto, en visión mística yo te veo viviendo toda suerte de trastornos y contrariedades a los ojos de tus contemporáneos; sin embargo tendrás, en el tiempo de tu reinado, cuanto conviene para los asuntos terrenales. Ten cuidado entonces de que el Soberano Rey no te derribe a tierra a causa de la ceguera de tus ojos, que no ven cómo usar rectamente el cetro de tu reino que tienes en tu mano. Sé tal que la gracia de Dios no te falte jamás.»
Asombra la libertad con que esta monja, que se describe a sí misma como una frágil mujer, enfermiza y angustiosamente insegura, se dirige a ese hombre robusto y sólido, al poderoso soberano que, asombrosamente también, con tanto respeto la recibe. En efecto, recientemente elegido emperador Federico I Barbarroja, quiso entrevistarse con Hildegarda en el palacio de Ingelsheim, y desde entonces conservó en todo momento una actitud deferente hacia ella y la apoyó en todas sus dificultades, a pesar de las reconvenciones que le dirigirá la abadesa con motivo de sus enfrentamientos con el Papado. Pero también al Papa Anastasio IV, quien le ha escrito saludándola y felicitándola por los dones que Dios le ha concedido, le responde con duras expresiones por su indolencia frente a los desórdenes del clero y a la impunidad que parecen gozar los cátaros:
«Oh hombre, que te has cansado de reprimir la jactancia de los hombres soberbios que se han puesto bajo tu protección, ¿por qué no haces revivir a los náufragos que no pueden emerger de sus dificultades si no reciben ayuda? ¿Y por qué no cortas tú la raíz del mal que ahoga las hierbas buenas y útiles, las que tienen gusto dulce y suave olor? Tú descuidas a la hija del rey, es decir, la justicia, amada por los poderes superiores y que te había sido confiada. Tú permites que esta hija del rey sea arrojada a tierra, que la diadema y el ornamento de su túnica sean destrozados por la grosería de las costumbres extrañas de esos hombres que ladran como los perros y que, como los gallos que a veces intentan cantar de noche, emiten el necio llamado de su voz […].»
Indudablemente no se andaba con vueltas la abadesa. Me parece igualmente interesante traer expresiones de alguna de las tantas cartas que le fueron dirigidas. Así, la de Felipe de Alsacia, conde de Flandes, hombre cruel, ambicioso y remiso en el cumplimiento de sus deberes para con la Iglesia, pero que no desdeña recurrir a Hildegarda y lo hace en estos términos:
«Vuestra santidad habrá sabido que estoy pronto para hacer todo lo que pueda para complaceros, pues vuestra conversación santa y vuestra vida muy recta han resonado muy frecuentemente en mis oídos con suavísimo renombre. […] Se aproxima para mí el tiempo en que debo emprender el camino de Jerusalén […]. Os pido entonces humildemente que, de acuerdo a lo que os ha concedido la misericordia divina, preguntéis a Dios qué debo hacer, y que por el portador de esta carta tengáis a bien decirme vuestro consejo, qué debo hacer y cómo, para que el nombre de la cristiandad sea exaltado en mi tiempo, y se rechace la dura ferocidad de los Sarracenos, y si será útil para mí que yo permanezca en esa tierra o bien que regrese. Bienvenida en Cristo, hermana amada, y sabed que mucho deseo escuchar vuestro consejo, y que tengo la más grande confianza en vuestras oraciones.»
Notable carta, que muy a las claras manifiesta el predicamento de que gozaba Hildegarda entre sus contemporáneos.
Sus escritos: la medicina
Entre los años 1151 y 1158 terminó de escribir Scivias y elaboró sus escritos médicos: Liber simplicis medicinae o Physica, y el Liber compositae medicinae, Causae et curae, en los que trata de los elementos de la naturaleza; de las divisiones de las cosas creadas; del cuerpo humano y sus alimentos; de las causas, síntomas y tratamientos de las enfermedades y, además, propone y trabaja finamente una tipología femenina según los cuatro temperamentos tradicionales, pero distinguiendo entre varón y mujer y relacionando sus observaciones con las características sexuales de uno y otro. o
También toma en cuenta para su análisis la condición social y la educación de la mujer, y lo mismo hace cuando aborda el estudio del amor humano –que valora grandemente, en contraste con la opinión de su época– combinando características fisiológicas y psíquicas. Tratamiento audaz, innovador y realista del tema, por cierto. En su libro Hildegarde de Bingen. Conscience inspirée du XIIe siècle, la medievalista Régine Pernoud se refiere a este tópico de los conocimientos médicos de nuestra monja, y nos recuerda que el interés por la medicina y su práctica no era ajeno a las preocupaciones de una abadesa benedictina del siglo XII, pues formaba parte de sus responsabilidades al frente del monasterio el cuidado de la salud de quienes estaban a su cargo. Pero los trabajos de Hildegarda presentan otro enfoque, ya que ella buscaba en todo momento establecer relaciones entre lo producido por la naturaleza y los seres humanos, cuyo equilibrio y salud le importaban en primer término. Y esto es lo que ha interesado a los hombres de nuestro tiempo, haciendo de ella una mujer muy contemporánea.
Adelantándose a la homeopatía, a las flores de Bach y a otras manifestaciones medicinales, al describir plantas, animales, piedras Hildegarda se detiene en las cualidades y en su propiedad curativa, ya que el uso del elemento en que se halle la cualidad faltante a la persona enferma restablecerá el equilibrio perdido y le devolverá la salud. Por otra parte, conocedora de su interacción no separa los estados anímicos de los males corporales, trabajando ambos en la curación del enfermo. Busca en algunas plantas el medio para curar la melancolía, que fundamentalmente proviene de la bilis negra mal eliminada; por eso se producen alteraciones en el metabolismo, y se cae en la depresión. De la bilis provienen, además, los ataques de gota o los de reumatismo, y los accesos de cólera. La abadesa da una serie de prescripciones para eliminar la bilis: comidas bien preparadas –destaca la importancia de un buen régimen alimenticio–, y también algún medicamento, como la rosa mezclada con salvia en una muy pequeña proporción, reducidas ambas a polvo: en los casos de cólera, poner bajo la nariz de la persona afectada, pues la salvia apacigua, y la rosa alegra. ¿No estamos acaso ante la aromaterapia?
Hildegarda vincula la enfermedad a la maldad, y dice que aquella sería producto de esta, a la que presenta como un desarreglo interior, una quiebra de la belleza y la armonía interiores que constituyen la salud del hombre y su estado natural. Por eso, la preservación de la salud es una tarea cotidiana de vigilancia, que involucra al espíritu y al cuerpo juntamente. En esa consideración psicosomática da gran importancia a la alimentación, que incluye el ayuno –alivianado con cocimientos de legumbres, jugo de frutas y tisanas variadas– purificador del organismo, el cual debe hacerse con cierta periodicidad, a fin de eliminar los excesos y recuperar el equilibrio y la consiguiente calma. Mucho quedaría por decir sobre la medicina de Hildegarda, pero será en otro lugar. Sigamos, pues, adelante.
La música
También compuso por entonces la Symphonia armoniae caelestium revelationum (Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales), ciclo de unas setenta canciones litúrgicas –antífonas, secuencias, responsorios, himnos– dedicado a Dios Padre, la Virgen y el Hijo, el Espíritu Santo, los coros angélicos y los santos. La Dra. Nancy Fierro (Colegio del Monte Sta. María, Los Ángeles, California) nos recuerda que, para esta singular compositora, la música es un medio privilegiado: para recrear la armonía que el hombre pierde muchas veces al día, para dirigir nuevamente hacia el cielo los corazones que han perdido su camino, para centrarlos en Dios como su punto de referencia. Al cantar y ejecutar música se integran espíritu, corazón y cuerpo, se pacifican las discordias, se celebra la vida y se tributa alabanza a Dios. Si bien algunas obras de Hildegarda adoptan el estilo del canto llano o gregoriano, como los Cantos para la fiesta de Santa Úrsula, la mayoría de ellas se caracteriza por desenvolverse tocando los extremos de un registro muy ancho, dilatando y contrayendo las frases melódicas para crear las bóvedas o arcos de elevación, con contornos a veces angulares, todo lo cual representa no poca dificultad para los cantantes. Más tarde tendremos oportunidad de volver sobre el significado de la música para Hildegarda. Por ahora, veamos cómo transcurría su vida en esa etapa que se inicia con la fundación de su monasterio en Rupertsberg, superadas las desinteligencias y trabas que encontrara en Disibodenberg.
Tres giras de predicaciones tienen lugar entre 1158 y 1163 y clero y pueblo escucharán admirados a esa monja que les predica en las iglesias y en las plazas. Esta es una faceta muy interesante de la personalidad de Hildegarda, un hecho singular, como ya hemos dicho, que conocemos a través de la correspondencia a que dio lugar. Su presencia era solicitada por los sacerdotes y sus obispos, y también por los abades de los monasterios, conocedores todos ellos de su fama cimentada en su carácter de visionaria, en su vasta cultura –que ella afirmaba no poseer– y en la claridad de su vida. Pero Hildegarda, si bien respondía a los requerimientos, no los sentía como un halago sino como una misión, y hablaba sin concesiones, advirtiendo al clero su negligencia en lo que hacía a practicar el bien y enseñarlo, y señalando los males que aquejaban a la Cristiandad, interpretándolos como advertencias divinas para la conversión, antes del castigo.
El mundo, creación divina. El hombre como microcosmos
Los viajes y las predicaciones alternaron con la escritura de su segunda obra profética, el Liber vitae meritorum (Libro de los méritos de la vida), descripción de la vida cristiana en términos del combate espiritual entre virtudes y vicios que retoma el tema de la Psicomaquia de Prudencio (siglo IV), pero en el contexto de una visión cristológica; y con el comienzo de la tercera: Liber divinorum operum (Libro de las obras divinas), que finalizaría diez años después, verdadera teología del macrocosmos y del hombre como microcosmos –ambos en íntima correspondencia expresada en forma de paralelismos–, del hombre como cima de la creación divina y espejo del esplendor del mundo. También esta obra, al igual que Scivias, está profusamente ilustrada en el manuscrito Lucca, del siglo XIII, pero no es segura la autoría de Hildegarda en este caso, por la disparidad que a veces se observa entre la visión y el dibujo que la ilustra; sin embargo, se maneja la hipótesis de que pudieron existir bocetos de la monja, que habrían servido de modelo a los responsables de la edición. La atención a la naturaleza con una mirada que busca lo divino en ella es característica del siglo XII. El P. Chenu –según refiere Mateo Fox, O.P.– habla del descubrimiento del carácter sacramental del universo, percibido como una totalidad en la que el todo penetra cada una de sus partes: “Dios lo concibió como un único ser viviente”, dice. En Scivias, Hildegarda pinta al mundo como un huevo cósmico, subrayando la idea de esa totalidad como algo orgánico, vivo, en crecimiento, dinamismo opuesto al universo estático de Platón. En su explicación de la visión alienta el origen divino de la creación, eterna en el seno de la Trinidad y desplegada en el tiempo; la simbología es profusa, característica de todas sus visiones y acorde a su condición de profetisa. Pero en el Libro de las obras divinas el universo tiene la forma de una esfera, figura que le permite un mejor manejo de las proporciones, en relación con las del cuerpo humano (dos dibujos de Hildegarda nos recuerdan, con cuatro siglos de anticipación, el famoso estudio sobre las proporciones del cuerpo humano, de Leonardo da Vinci). Sin embargo, no es precisamente con esos dibujos que se abre el Libro de las obras divinas, sino con una figura humana de pie, con tres cabezas y cuatro alas pintadas de color escarlata. El comentario que la acompaña dice: (
«La figura hablaba en estos términos: ‘Yo soy la energía suprema, la energía ígnea. Soy yo quien ha inflamado cada chispa de vida, y nada mortal ha salido de mí. Yo decido sobre toda realidad. Con mis alas superiores, es decir, con la sabiduría, sobrevuelo el círculo terrestre envolviéndolo, y lo ordeno con justicia. […] En el hombre florece toda la obra de Dios. En el hombre, a quien creó a Su imagen y a Su semejanza, y en quien inscribe –guardando la proporción debida– la totalidad de las criaturas. […] Esa vida que se mueve y obra es Dios. […] La tierra es la materia de la cual Dios hizo al hombre. Si penetro las aguas con mi luz, así el alma penetra el cuerpo todo entero, como el agua penetra la tierra entera. Si soy luz ardiente en el sol y en la luna, así es la inteligencia: ¿no son acaso las estrellas las innumerables palabras de la inteligencia? Y si con mi soplo, como una vida invisible que lo sostiene, despierto el universo a la vida, así por el aire y por el viento subsiste todo lo que nace y crece, sin dejar de ser lo que es ‘[…] Y nuevamente escucho que desde el cielo me dice: ‘Cuando Dios considera al hombre, Le place mucho, porque lo ha creado a Su imagen y según Su semejanza, ya que el hombre tiene que proclamar, por el instrumento de su voz racional, la totalidad de las maravillas divinas. Pues el hombre es la plenitud de la obra divina, y Dios es conocido por el hombre porque Dios creó para él todas las criaturas, y porque le concedió, en el beso del verdadero Amor, proclamarlo por la razón, y alabarlo. Pero le faltaba al hombre una ayuda semejante a él: Dios le dio esta ayuda en el espejo que es la mujer. Esta contiene asimismo todo el género humano que debía desarrollarse en la energía de la fuerza divina, como con esta energía Él había producido al primer hombre. Y así el hombre y la mujer se unen para cumplir juntamente su obra, pues el hombre sin la mujer no se llamaría hombre, ni la mujer sin varón sería llamada mujer. La mujer es la obra del hombre, el hombre es la visión de la consolación femenina, y ninguno de ellos puede ser sin el otro. El hombre significa la divinidad, la mujer la humanidad del Hijo de Dios.”
Maravillosa concepción del hombre y de la mujer, y de su mutua relación que, unidas al profundo sentimiento del mundo como creación divina, se hacen presentes en sus escritos de 1164 contra los cátaros, a pedido de los prelados de Maguncia.
Escribe, predica, cura, funda…
Entretanto, no es fácil imaginar cómo, pero lo cierto es que Hildegarda se da tiempo también para otras actividades: atiende consultas de orden espiritual, cura enfermos, funda en 1165 el monasterio de Eibingen –que visita dos veces por semana– y continúa escribiendo. Las Vidas (de San Disibodo y de San Ruperto), la Expositio Evangeliorum (cincuenta homilías sobre los Evangelios), 38 Solutiones Quaestionum (respuestas a cuestiones sobre textos de la Sagrada Escritura, propuestas por los monjes de Villers a través de Guiberto de Gembloux), son algunos títulos de la vasta producción de la religiosa.
A propósito de la curación de enfermos, hay un caso interesante de relatar, por los medios de los que se vale la abadesa. Hacia el año 1169 unos monjes le escribieron pidiéndole ayuda para Sigewisa, joven mujer poseída por el demonio. Hildegarda supo (“vi y oí la respuesta”) que no puede haber posesión diabólica sino obsesión, trastorno, locura; y no pudiendo acudir personalmente a causa de una enfermedad, les escribió:
«Escuchad entonces, no una respuesta de hombre, sino la de Aquel que vive. Escoged siete sacerdotes a quienes recomienden los méritos de sus vidas, en el nombre y en el orden de Abel, Noé, Abraham, Melquisedec, Jacob y Aarón, los cuales ofrecieron un sacrificio al Dios viviente, y el séptimo en el nombre de Cristo, quien se ha ofrecido sobre la cruz a Dios Padre. Después de ayunos, flagelaciones, plegarias, limosnas y celebraciones de misas, con intención humilde, vestiduras sacerdotales y sus estolas vengan hacia la paciente y pónganse en círculo a su alrededor, cada uno con una vara en su mano, figura del bastón con el que Moisés en Egipto golpeó el Mar Rojo y la piedra, según el mandato de Dios; para que Dios, al igual que allí mostró sus milagros mediante el bastón, rechace aquí por los bastones a este enemigo tan malvado, y Dios sea glorificado. […] Estos sacerdotes serán siete, figurando los dones del Espíritu Santo, a fin de que el Espíritu de Dios, que en el principio se encontraba por encima de las aguas y que inspira el soplo de vida en el rostro del hombre, espire al espíritu inmundo del hombre fatigado.»
La prescripción de Hildegarda surtió efecto por un tiempo, pero luego la mujer volvió a padecer, y los monjes solicitaron a la abadesa que la recibiera, lo que finalmente hizo: “Nos ha asustado la llegada de esta mujer. […] Pero Dios tuvo a bien enviar sobre nosotros el rocío de su dulzura, y hemos podido hacerla entrar y alojarla en la casa de las hermanas sin la ayuda de los hombres. Y después no nos hemos separado de ella, a despecho del horror o de la confusión con que el demonio nos confundía por culpa de nuestros pecados, y a pesar de los nombres odiosos y ridículos con los que pretendía nombrarnos, y del comportamiento de la pobre mujer, y de su pésimo aliento”. Mientras tanto, todo el convento rezaba, ayunaba, daba limosna, desde la Purificación de María (2 de febrero) hasta el Sábado Santo, día en que finalmente y en medio de grandes manifestaciones, la enferma se alivió. La primera parte del tratamiento tenía una presentación dramática que debió causar fuerte impacto en la mente impresionable de la trastornada joven. Luego, la compañía indeficiente de Hildegarda le permitió descargar con gritos, furia y violencia cuanto la oprimía y desbordaba, tornándose entonces receptiva ante las palabras y las actitudes de la abadesa, que poco a poco la llevaron a tranquilizarse y a recuperar la salud del alma y del cuerpo. Armanda Guiducci, al relatar este caso, habla de una puesta en escena de un psicodrama, otros aluden a un exorcismo, pero creo que ambas interpretaciones bien pueden ir de la mano de nuestra inspiradamente moderna abadesa.
En 1173, poco después de su cuarta gira, fallece su secretario Volmar; duro golpe para Hildegarda, que por añadidura tiene otra vez discusiones con los monjes de Disibodenberg por la provisión de un nuevo amanuense. Finalmente, le envían a Godofredo, quien muere al poco tiempo. Viene a ella entonces Guiberto de Gembloux, con quien la anciana monja ya mantenía correspondencia (la famosa carta De modo visionis suae, en respuesta a un pedido del religioso).
Que el cuerpo, unido al alma, cante de viva voz…
Ochenta años tiene ya Hildegarda cuando se ve obligada a afrontar una sentencia de interdicción, pronunciada por los prelados de Maguncia y confirmada en primera instancia por el arzobispo Christian, dada su negativa a exhumar el cadáver de un noble sepultado en el cementerio de Rupertsberg. El hombre había sido excomulgado, pero antes de morir se había reconciliado con la Iglesia y había recibido los sacramentos, hecho que por lo visto los prelados desconocían. Ante la actitud de estos la abadesa se dirigió al lugar de la sepultura, con su báculo trazó sobre ella la señal de la cruz, y luego quitó todo indicio que permitiera individualizarla, para evitar la profanación. Acto seguido comenzó en el monasterio un tiempo de privación de los sacramentos… y del Oficio Divino al modo benedictino, esto es, cantado. Esta dolorosísima situación le dio oportunidad para dirigir una carta a dichos hombres de la Iglesia, en la que les reprocha la medida tomada, y expone su concepción de la música como medio para recuperar el paraíso perdido y, en él, la voz de la alabanza a Dios:
«Para que, en lugar de acordarse de su destierro, los hombres se acordasen de la dulzura y alabanza divinas que antes de su caída alegraban a Adán en la compañía de los ángeles, y para atraerlos hacia ellas, los santos profetas […] no solo compusieron los salmos y cánticos que cantaban para encender la devoción de sus oyentes, sino que también crearon instrumentos musicales de distintas clases con los que producían melodías variadas. Y lo hicieron para que, tanto por el aspecto exterior y las particularidades de esos instrumentos como por el sentido de las palabras que recitaban acompañándose de ellos, sus oyentes, debidamente advertidos y dispuestos por los elementos exteriores, aprendieran algo sobre su realidad interior. A estos santos profetas los imitaron los estudiosos y los sabios, e inventaron con su arte cierta clase de melodías humanas a fin de cantarlas para el deleite del alma […], recordando que en la voz de Adán, antes de su caída, residía toda la armonía y toda la dulzura del arte musical . […] Pero el que lo había engañado –el diablo–, al oír que el hombre había comenzado a cantar por inspiración de Dios y que por ello se transformaría y recordaría la dulzura de los cánticos de la patria celestial, y viendo así que sus perversas maquinaciones fracasarían, se asustó de tal modo que desde entonces no ha dejado de perturbar o impedir la proclamación, la belleza y la dulzura de la alabanza divina y de los cánticos espirituales.
[…]
Por eso vosotros y todos los prelados tenéis que andaros con muchísimo cuidado antes de cerrar con vuestro mandato la boca de una asamblea que canta a Dios […]. Velad para que Satán, que arranca al hombre de la armonía celestial y de las delicias del Paraíso, no os engañe en vuestros juicios. El cuerpo es el vestido del alma que da vida a la voz. Por eso conviene que el cuerpo unido al alma cante de viva voz las alabanzas de Dios. Y puesto que al escuchar algún canto el hombre a menudo suspira y gime porque recuerda la armonía celestial, el profeta [David], considerando atentamente la naturaleza profunda del espíritu y sabiendo que el alma es sinfónica, nos exhorta en un salmo a que proclamemos al Señor con la cítara y toquemos el salterio de diez cuerdas: la cítara, que suena en un tono más bajo, para incitar a la disciplina del cuerpo; el salterio, que emite un sonido más agudo, para alentar el esfuerzo del espíritu; las diez cuerdas, para el cumplimiento de la Ley.»
La música ya estaba presente en la primera obra de Hildegarda, Scivias, que finaliza con un esbozo de drama musical cuyo tema es moral: la lucha del hombre que peregrina en la tierra, acechado por el demonio y defendido por las virtudes, hasta que victorioso llega al Cielo. Hacia 1152 el esbozo tendrá forma acabada en Ordo virtutum (El drama de las virtudes), el más antiguo drama litúrgico cantado (a excepción de los textos que corresponden al demonio, quien por su espíritu opuesto a toda armonía no puede cantar), que habría sido estrenado en la dedicación de la iglesia del monasterio en Rupertsberg. La música está presente durante toda la vida de Hildegarda, que por ella eleva su última voz.
Pero la carta no tuvo buena acogida entre los prelados, y debió pasar casi un año para que el arzobispo, ahora debidamente enterado de todo, levantara la medida. Fatigada por los muchos años y los muchos trabajos, seis meses después, el 17 de septiembre de 1179, Hildegarda perdió su voz en aquella voz de Adán y alabó al Señor en el paraíso finalmente recuperado.
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Conferencia pronunciada el 17 de septiembre de 1998
Institución Cultural Argentino-Germana
Enlace al artículo completo, con fuentes, anotaciones y bibliografía.
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Santa Hildegarda de Bingen, compositora, poeta, naturalista, fundadora de conventos, teóloga, predicadora, taumaturga y exorcista