por Catequesis en Familia | 11 Ago, 2025 | Despertar religioso Cancionero, Despertar religioso Encuentros
Estamos en primavera y está a punto de acabar el mes de mayo y yo aun me acuerdo de cuando iba al colegio, que era público, y lo celebrábamos con un acto tan peculiar que hoy en día ha quedado solo en el recuerdo, y era algo que podría denominar como: «Con flores a María».
En el pasillo del colegio, todos los meses de mayo nos ponían una imagen de la Virgen, y en clase, nuestro profesor, nos contaba que ese mes estaba dedicado a la Virgen, y se hacía una ofrenda de flores, es decir, podíamos llevar un ramo y ofrecérselas a ella.
Yo me iba para casa con la noticia:
¡¡Mamá, mamá, tengo que llevar un ramo de flores al cole!!
Y claro está mi madre con su paciencia infinita, me traía un ramo del pueblo, con ese olor que embriagaba toda mi casa, aun recuerdo esas lilas, con ese aroma penetrante…
Creo recordar que era el viernes cuando se llevaban las flores, y ahí me tenéis a mí, con el ramo en la mano tieso para que no se me estropease, no dejaba que se acercara nadie tenía que llegar intacto al homenaje.
Nos ponían en fila e íbamos cantando todos hasta la imagen de la virgen, donde depositábamos las flores. Que orgullosa me sentía, con esa candidez de esos pocos años que tenía…
No recordaba muy bien cómo era la letra, pero lo he encontrado y estoy segura que a más de uno os suena:
Venid y vamos todos con flores a porfía,
con flores a María, que Madre nuestra es (bis).
De nuevo aquí nos tienes, purísima doncella,
más que la luna, bella, postrados a tus pies.
Venimos a ofrecerte las flores de este suelo,
con cuánto amor y anhelo, Señora, tú lo ves.
Por ellas te rogamos, si cándidas te placen,
las que en la gloria nacen, en cambio, tú nos des.
Testimonio en el blog ¿Naciste en los años 60?
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«Venid y vamos todos con flores a María» – Versión coral
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«Venid y vamos todos con flores a María» – Partitura


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«Venid y vamos todos con flores a María» – Letra y acordes

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Recursos para «Primeros pasos con Jesús»
por Catequesis en Familia | 1 Oct, 2016 | La Biblia
Lucas 17, 11-19. Vigésimo octavo Domingo del Tiempo Ordinario. Lo que tenemos es sólo porque Dios es inmensamente generoso con nosotros.
Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pesaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?». Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Segundo Libro de Reyes, 2 Re 5, 14-17
Salmo: Sal 98(97), 1-4
Segunda lectura: Segunda Carta de san Pablo a Timoteo, 2 Tim 2, 8-13
Oración introductoria
¡Gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra, por este momento de oración! ¡Gracias por el don de tu amistad, de tu gracia y de tu misericordia! Concédeme que nunca sea un hijo ingrato o indiferente a los innumerables dones que me regalas, como es el poder tener este encuentro de amor contigo en la oración.
Petición
Señor, dame un corazón agradecido, contigo y con los demás.
Meditación del Santo Padre Francisco
Pensemos en los dos discípulos de Emaús: el rostro triste, un caminar errante, sin esperanza. Pero Jesús no les abandona: recorre a su lado el camino, y no sólo. Con paciencia explica las Escrituras que se referían a Él y se detiene a compartir con ellos la comida.
Éste es el estilo de Dios: no es impaciente como nosotros, que frecuentemente queremos todo y enseguida, también con las personas. Dios es paciente con nosotros porque nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos.
A mí me produce siempre una gran impresión releer la parábola del Padre misericordioso, me impresiona porque me infunde siempre una gran esperanza.
Santo Padre Francisco, Homilía del 7 de abril de 2013
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
El evangelio de este domingo presenta a Jesús que cura a diez leprosos, de los cuales sólo uno, samaritano y por tanto extranjero, vuelve a darle las gracias (cf. Lc 17, 11-19). El Señor le dice: «Levántate, vete: tu fe te ha salvado» (Lc 17, 19). Esta página evangélica nos invita a una doble reflexión.
Ante todo, nos permite pensar en dos grados de curación: uno, más superficial, concierne al cuerpo; el otro, más profundo, afecta a lo más íntimo de la persona, a lo que la Biblia llama el «corazón», y desde allí se irradia a toda la existencia. La curación completa y radical es la «salvación». Incluso el lenguaje común, distinguiendo entre «salud» y «salvación», nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud; en efecto, es una vida nueva, plena, definitiva.
Además, aquí, como en otras circunstancias, Jesús pronuncia la expresión: «Tu fe te ha salvado». Es la fe la que salva al hombre, restableciendo su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se manifiesta en el agradecimiento. Quien sabe agradecer, como el samaritano curado, demuestra que no considera todo como algo debido, sino como un don que, incluso cuando llega a través de los hombres o de la naturaleza, proviene en definitiva de Dios. Así pues, la fe requiere que el hombre se abra a la gracia del Señor; que reconozca que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra: «gracias»!
Jesús cura a los diez enfermos de lepra, enfermedad en aquel tiempo considerada una «impureza contagiosa» que exigía una purificación ritual (cf. Lv 14, 1-37). En verdad, la lepra que realmente desfigura al hombre y a la sociedad es el pecado; son el orgullo y el egoísmo los que engendran en el corazón humano indiferencia, odio y violencia. Esta lepra del espíritu, que desfigura el rostro de la humanidad, nadie puede curarla sino Dios, que es Amor. Abriendo el corazón a Dios, la persona que se convierte es curada interiormente del mal.
Santo Padre Benedicto XIV
Ángelus del Domingo, 14 de octubre de 2007
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
IV. La oración de acción de gracias
2637 La acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia que, al celebrar la Eucaristía, manifiesta y se convierte cada vez más en lo que ella es. En efecto, en la obra de salvación, Cristo libera a la creación del pecado y de la muerte para consagrarla de nuevo y devolverla al Padre, para su gloria. La acción de gracias de los miembros del Cuerpo participa de la de su Cabeza.
2638 Al igual que en la oración de petición, todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias. Las cartas de san Pablo comienzan y terminan frecuentemente con una acción de gracias, y el Señor Jesús siempre está presente en ella. “En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (1 Ts 5, 18). “Sed perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Col 4, 2).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Ojalá que de hoy en adelante seamos más agradecidos con Dios nuestro Señor y con todas aquellas personas que nos hacen algún favor. Pero conscientes de que la gratitud, si es genuina, nos debe llevar también a compartir con los demás las cosas que Dios nos regala con tanta generosidad.
Diálogo con Cristo
Señor, permite que sepa reconocer los muchos dones que me has dado, utilizarlos bien y darte gracias por ellos. Tú no necesitas mi agradecimiento, soy yo quien necesita reconocer que, sin tu gracia, nada puedo y de nada me sirven los dones terrenales que pueda tener.
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