por SS Francisco | 29 Ene, 2016 | Catequesis Magisterio
“Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt 9,13).
Las obras de misericordia en el camino jubilar
1. María, icono de una Iglesia que evangeliza porque es evangelizada
En la Bula de convocación del Jubileo invité a que «la Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios» (Misericordiae vultus, 17). Con la invitación a escuchar la Palabra de Dios y a participar en la iniciativa «24 horas para el Señor» quise hacer hincapié en la primacía de la escucha orante de la Palabra, especialmente de la palabra profética. La misericordia de Dios, en efecto, es un anuncio al mundo: pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio. Por eso, en el tiempo de la Cuaresma enviaré a los Misioneros de la Misericordia, a fin de que sean para todos un signo concreto de la cercanía y del perdón de Dios.
María, después de haber acogido la Buena Noticia que le dirige el arcángel Gabriel, canta proféticamente en el Magnificat la misericordia con la que Dios la ha elegido. La Virgen de Nazaret, prometida con José, se convierte así en el icono perfecto de la Iglesia que evangeliza, porque fue y sigue siendo evangelizada por obra del Espíritu Santo, que hizo fecundo su vientre virginal. En la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con una bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales.
2. La alianza de Dios con los hombres: una historia de misericordia
El misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios, en efecto, se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión visceral, especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo del Pacto y es preciso ratificar la alianza de modo más estable en la justicia y la verdad. Aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempeña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel. Son justamente las imágenes familiares —como en el caso de Oseas (cf. Os 1-2)— las que expresan hasta qué punto Dios desea unirse a su pueblo.
Este drama de amor alcanza su culmen en el Hijo hecho hombre. En él Dios derrama su ilimitada misericordia hasta tal punto que hace de él la «Misericordia encarnada» (Misericordiae vultus, 8). En efecto, como hombre, Jesús de Nazaret es hijo de Israel a todos los efectos. Y lo es hasta tal punto que encarna la escucha perfecta de Dios que el Shemà requiere a todo judío, y que todavía hoy es el corazón de la alianza de Dios con Israel: «Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-5). El Hijo de Dios es el Esposo que hace cualquier cosa por ganarse el amor de su Esposa, con quien está unido con un amor incondicional, que se hace visible en las nupcias eternas con ella.
Es éste el corazón del kerygma apostólico, en el cual la misericordia divina ocupa un lugar central y fundamental. Es «la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado» (Exh. ap. Evangelii gaudium, 36), el primer anuncio que «siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis» (ibíd., 164). La Misericordia entonces «expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer» (Misericordiae vultus, 21), restableciendo de ese modo la relación con él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa.
3. Las obras de misericordia
La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. Por eso, expresé mi deseo de que «el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (ibíd., 15). En el pobre, en efecto, la carne de Cristo «se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado» (ibíd.). Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias (cf. Ex 3,5); más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.
Ante este amor fuerte como la muerte (cf. Ct 8,6), el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino parar sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa (cf. Lc 16,20-21), y que es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco «seréis como Dios» (Gn 3,5) que es la raíz de todo pecado. Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar. Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.
La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. A través de este camino también los «soberbios», los «poderosos» y los «ricos», de los que habla el Magnificat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos. Sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre —engañándose— cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer. Sin embargo, siempre queda el peligro de que, a causa de un cerrarse cada vez más herméticamente a Cristo, que en el pobre sigue llamando a la puerta de su corazón, los soberbios, los ricos y los poderosos acaben por condenarse a sí mismos a caer en el eterno abismo de soledad que es el infierno. He aquí, pues, que resuenan de nuevo para ellos, al igual que para todos nosotros, las lacerantes palabras de Abrahán: «Tienen a Moisés y los Profetas; que los escuchen» (Lc 16,29). Esta escucha activa nos preparará del mejor modo posible para celebrar la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte del Esposo ya resucitado, que desea purificar a su Esposa prometida, a la espera de su venida.
No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez (cf. Lc 1,48), reconociéndose como la humilde esclava del Señor (cf. Lc 1,38).
Vaticano, 4 de octubre de 2015
Fiesta de San Francisco de Assis

Fuente: vatican.va
por CeF | 23 Ene, 2016 | Catequesis Liturgia
La indulgencia jubilar se gana:
- Realizando una breve peregrinación, como signo de sincera conversión, para entrar por la Puerta Santa abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por cada obispo diocesano;
- Cada vez que un fiel viva personalmente una de las obras de misericordia corporales o espirituales obtendrá la indulgencia jubilar.
Condiciones generales para los fieles:
- Estos actos deben estar unidos, ante todo, al Sacramento de la Penitencia y a la celebración de la Eucaristía, con una reflexión sobre la misericordia.
- Será necesario también añadir la profesión de fe (el Credo) y una oración por el Papa y sus intenciones.
- La indulgencia se puede ganar para uno mismo o para un difunto (sólo una por día).
Los que están impedidos para llegar a la Puerta Santa:
- Los enfermos y las personas ancianas y solas que no pueden salir de casa: vivir con fe y gozosa esperanza este momento de prueba, recibiendo la Comunión o participando en la Santa Misa a través de los medios de comunicación.
- Los presos, que experimentan la limitación de su libertad. En las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia cada vez que atraviesen la puerta de su celda, invocando sinceramente la misericordia de Dios.
(Cfr. Carta del Papa al Presidente del Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización, 1-IX-2015)
por SS Francisco | 10 Ene, 2016 | Catequesis Magisterio
También este año, en la Fiesta del Bautismo del Señor, la solemnidad de la Capilla Sixtina del Palacio Apostólico se adorna con la ternura de algunos recién nacidos, bautizados por el Papa Francisco, prosiguiendo una tradición instaurada por San Juan Pablo II y que prosiguió asimismo Benedicto XVI.
En vísperas del domingo con el que concluye el tiempo de Navidad, nos preparamos a la fiesta del Bautismo del Señor, en la que la Iglesia nos invita a contemplar a Jesucristo, el Hijo amado de Dios, su predilecto, para redescubrir el significado de nuestro Bautismo. Y nos preparamos con esta exhortación del Papa Francisco:
«Invito a todos a experimentar en la vida de cada día la gracia que recibimos en el Bautismo, siendo verdaderos hermanos y hermanas en Cristo y verdaderos miembros de la Iglesia»
Ésta era su invitación, dando comienzo a una serie de catequesis sobre los sacramentos que son el centro de la fe cristiana, «por los que Dios comunica su gracia, se hace presente y actúa en nuestra vida». En la audiencia general del 8 de enero de 2015, reflexionando sobre el Bautismo, hizo hincapié en que «los siete sacramentos de la Iglesia prolongan en la historia la acción salvífica y vivificante de Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo»:
«El Bautismo es el sacramento sobre el que se fundamenta nuestra fe y nos hace miembros vivos de Cristo y de su Iglesia. No es un simple rito o un hecho formal, es un acto que afecta en profundidad la existencia. Por él, nos sumergimos en la fuente inagotable de vida, que proviene de la muerte de Jesús. Así podemos vivir una vida nueva, de comunión con Dios y con los hermanos. Aunque muchos no tenemos el mínimo recuerdo de la celebración de este sacramento, estamos llamados a vivir cada día aspirando a la vocación que en él recibimos.
Si seguimos a Jesús y permanecemos en la Iglesia, con nuestros límites y fragilidades, es gracias a los sacramentos por los que nos convertimos ennuevas criaturas y somos revestidos de Cristo».
Fuente: Radio Vaticano
por SS Francisco | 6 Ene, 2016 | Catequesis Magisterio
Hemos escuchado en la primera lectura que el Señor se preocupa por sus hijos como un padre: se preocupa de dar a sus hijos un alimento sustancioso. A través del profeta Dios dice: «¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?» (Is 55, 2). Dios, como un buen papá y una buena mamá, quiere dar cosas buenas a sus hijos. ¿Y qué es este alimento sustancioso que nos da Dios? Es su Palabra: su Palabra nos hace crecer, nos hace dar buenos frutos en la vida, como la lluvia y la nieve hacen bien a la tierra y la hacen fecunda (cf. Is 55, 10-11). Así vosotros, padres, y también vosotros, padrinos y madrinas, abuelos, tíos, ayudaréis a estos niños a crecer bien si les dais la Palabra de Dios, el Evangelio de Jesús. ¡Y darlo también con el ejemplo! Todos los días, adquirid el hábito de leer un pasaje del Evangelio, pequeño, y llevad siempre con vosotros un pequeño Evangelio en el bolsillo, en la cartera, para poder leerlo. Y este será el ejemplo para los hijos, ver a papá, a mamá, a los padrinos, al abuelo, a la abuela, a los tíos, leer la Palabra de Dios.
Vosotras mamás dad a vuestros hijos la leche —incluso ahora, si lloran por hambre, amamantadlos, tranquilos. Damos gracias al Señor por el don de la leche, y rezamos por las madres —son muchas, lamentablemente— que no están en condiciones de dar de comer a sus hijos. Recemos y tratemos de ayudar a estas madres. Así, pues, lo que hace la leche en el cuerpo, la Palabra de Dios lo hace en el espíritu: la Palabra de Dios hace crecer la fe. Y gracias a la fe somos engendrados por Dios. Es lo que sucede en elBautismo. Hemos escuchado al apóstol Juan: «Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios» (1 Jn 5, 1). En esta fe son bautizados vuestros hijos. Hoy es vuestra fe, queridos padres, padrinos y madrinas. Es la fe de la Iglesia, en la cual estos pequeños reciben el Bautismo. Pero mañana, con la gracia de Dios, será su fe, su personal «sí» a Jesucristo, que nos dona el amor del Padre.
Decía: es la fe de la Iglesia. Esto es muy importante. El Bautismo nos introduce en el cuerpo de la Iglesia, en el pueblo santo de Dios. Y en este cuerpo, en este pueblo en camino, la fe se transmite de generación en generación: es la fe de la Iglesia. Es la fe de María, nuestra Madre, la fe de san José, de san Pedro, de san Andrés, de san Juan, la fe de los Apóstoles y de los mártires, que llegó hasta nosotros, a través del Bautismo: una cadena de trasmisión de fe. ¡Es muy bonito esto! Es un pasar de mano en mano la luz de la fe: lo expresaremos dentro de un momento con el gesto de encender las velas en el gran cirio pascual. El gran cirio representa a Cristo resucitado, vivo en medio de nosotros. Vosotras, familias, tomad de Él la luz de la fe para transmitirla a vuestros hijos. Esta luz la tomáis en la Iglesia, en el cuerpo de Cristo, en el pueblo de Dios que camina en cada época y en cada lugar. Enseñad a vuestros hijos que no se puede ser cristiano fuera de la Iglesia, no se puede seguir a Jesucristo sin la Iglesia, porque la Iglesia es madre, y nos hace crecer en el amor a Jesucristo.
Un último aspecto surge con fuerza de las lecturas bíblicas de hoy: en el Bautismo somos consagrados por el Espíritu Santo. La palabra «cristiano» significa esto, significa consagrado como Jesús, en el mismo Espíritu en el que fue inmerso Jesús en toda su existencia terrena. Él es el «Cristo», el ungido, el consagrado, los bautizados somos «cristianos», es decir consagrados, ungidos. Y entonces, queridos padres, queridos padrinos y madrinas, si queréis que vuestros niños lleguen a ser auténticos cristianos, ayudadles a crecer «inmersos» en el Espíritu Santo, es decir, en el calor del amor de Dios, en la luz de su Palabra. Por eso, no olvidéis invocar con frecuencia al Espíritu Santo, todos los días. «¿Usted reza, señora?» —«Sí» —«¿A quién reza?» —«Yo rezo a Dios» —Pero «Dios», así, no existe: Dios es persona y en cuanto persona existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. «¿Tú a quién rezas?» —«Al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo». Normalmente rezamos a Jesús. Cuando rezamos el «Padrenuestro», rezamos al Padre. Pero al Espíritu Santo no lo invocamos tanto. Es muy importante rezar al Espíritu Santo, porque nos enseña a llevar adelante la familia, los niños, para que estos niños crezcan en el clima de la Trinidad santa. Es precisamente el Espíritu quien los lleva adelante. Por ello no olvidéis invocar a menudo al Espíritu Santo, todos los días. Podéis hacerlo, por ejemplo, con esta sencilla oración: «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Podéis hacer esta oración por vuestros niños, además de hacerlo, naturalmente, por vosotros mismos.
Cuando decís esta oración, sentís la presencia maternal de la Virgen María. Ella nos enseña a invocar al Espíritu Santo, y a vivir según el Espíritu, como Jesús. Que la Virgen, nuestra madre, acompañe siempre el camino de vuestros niños y de vuestras familias. Así sea.
Homilía del Papa Francisco en la Fiesta del Bautismo del Señor,
Capilla Sixtina, domingo, 11 de enero de 2015
por SS Francisco | 2 Ene, 2016 | Catequesis Magisterio
Salve, Mater misericordiae!
Con este saludo nos dirigimos a la Virgen María en la Basílica romana dedicada a ella con el título de Madre de Dios. Es el comienzo de un antiguo himno, que cantaremos al final de esta santa Eucaristía, de autor desconocido y que ha llegado hasta nosotros como una oración que brota espontáneamente del corazón de los creyentes: «Dios te salve, Madre de misericordia, Madre de Dios y Madre del perdón, Madre de la esperanza y Madre de la gracia, Madre llena de santa alegría». En estas pocas palabras se sintetiza la fe de generaciones de personas que, con sus ojos fijos en el icono de la Virgen, piden su intercesión y su consuelo.
Hoy más que nunca resulta muy apropiado que invoquemos a la Virgen María, sobre todo como Madre de la Misericordia. La Puerta Santa que hemos abierto es de hecho una puerta de la Misericordia. Quien atraviesa ese umbral está llamado a sumergirse en el amor misericordioso del Padre, con plena confianza y sin miedo alguno; y puede recomenzar desde esta Basílica con la certeza –¡con la certeza!– de que tendrá a su lado la compañía de María. Ella es Madre de la misericordia, porque ha engendrado en su seno el Rostro mismo de la misericordia divina, Jesús, el Emmanuel, el Esperado de todos los pueblos, el «Príncipe de la Paz» (Is 9,5). El Hijo de Dios, que se hizo carne para nuestra salvación, nos ha dado a su Madre, que se hace peregrina con nosotros para no dejarnos nunca solos en el camino de nuestra vida, sobre todo en los momentos de incertidumbre y de dolor.
María es Madre de Dios, es Madre de Dios que perdona, que ofrece el perdón, y por eso podemos decir que es Madre del perdón. Esta palabra –«perdón»–, tan poco comprendida por la mentalidad mundana, indica sin embargo el fruto propio y original de la fe cristiana. El que no sabe perdonar no ha conocido todavía la plenitud del amor. Y sólo quien ama de verdad puede llegar a perdonar, olvidando la ofensa recibida. A los pies de la cruz, María vio cómo su Hijo se ofrecía totalmente a sí mismo, dando así testimonio de lo que significa amar como lo hace Dios. En aquel momento escuchó unas palabras pronunciadas por Jesús y que probablemente nacían de lo que ella misma le había enseñado desde niño: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc23,34). En aquel momento, María se convirtió para todos nosotros en Madre del perdón. Ella misma, siguiendo el ejemplo de Jesús y con su gracia, fue capaz de perdonar a los que estaban matando a su Hijo inocente.
Para nosotros, María es en un icono de cómo la Iglesia debe extender el perdón a cuantos lo piden. La Madre del perdón enseña a la Iglesia que el perdón ofrecido en el Gólgota no conoce límites. No lo puede detener la ley con sus argucias, ni los saberes de este mundo con sus disquisiciones. El perdón de la Iglesia ha de tener la misma amplitud que el de Jesús en la Cruz, y el de María a sus pies. No hay alternativa. Por este motivo, el Espíritu Santo ha hecho que los Apóstoles sean instrumentos eficaces de perdón, para que todo lo que hemos obtenido por la muerte de Jesús pueda llegar a todos los hombres, en cualquier momento y lugar (cf. Jn20,19-23).
El himno mariano, por último, continúa diciendo: «Madre de la esperanza y Madre de la gracia, Madre llena de santa alegría». La esperanza, la gracia y la santa alegría son hermanas: son don de Cristo, es más, son otros nombres suyos, escritos, por así decir, en su carne. El regalo que María nos hace al darnos a Jesucristo es el del perdón que renueva la vida, que permite cumplir de nuevo la voluntad de Dios, y que llena de auténtica felicidad. Esta gracia abre el corazón para mirar el futuro con la alegría de quien espera. Es lo que nos enseña el Salmo: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. […]Devuélveme la alegría de tu salvación» (51, 12.14). La fuerza del perdón es el auténtico antídoto contra la tristeza provocada por el rencor y la venganza. El perdón nos abre a la alegría y a la serenidad porque libera el alma de los pensamientos de muerte, mientras el rencor y la venganza perturban la mente y desgarran el corazón quitándole el reposo y la paz. Qué malo es el rencor y la venganza.
Atravesemos, por tanto, la Puerta Santa de la Misericordia con la certeza de que la Virgen Madre nos acompaña, la Santa Madre de Dios, que intercede por nosotros. Dejémonos acompañar por ella para redescubrir la belleza del encuentro con su Hijo Jesús. Abramos nuestro corazón de par en par a la alegría del perdón, conscientes de la esperanza cierta que se nos restituye, para hacer de nuestra existencia cotidiana un humilde instrumento del amor de Dios.
Y con amor de hijos aclamémosla con las mismas palabras pronunciadas por el pueblo de Éfeso, en tiempos del histórico Concilio: «Santa Madre de Dios». Y os invito a que, todos juntos, pronunciemos esta aclamación tres veces, fuerte, con todo el corazón y el amor. Todos juntos: «Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios».
Homilía del Santo Padre Francisco en la Santa Misa de la Apertura de la Puerta Santa, Jubileo Extraordinario de la Misericordia, Basílica de Santa María la Mayor, 1 de enero de 2016
por Luis M. Benavides | 29 Dic, 2015 | Catequesis Liturgia
Queremos vivir este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor: Misericordiosos como el Padre. El evangelista refiere la enseñanza de Jesús: “Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso”. Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz. Para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida… Así entonces, misericordiosos como el Padre es el lema del Año Santo. En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio… Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía. Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos; “misericordiosos como el Padre…

(Misericordiae Vultus, 11 y 13)
* * *
Misericordiosos como el Padre
Escuchamos al Papa Francisco
Queremos vivir este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor: Misericordiosos como el Padre. El evangelista refiere la enseñanza de Jesús: “Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso”. Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz. Para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida… Así entonces, misericordiosos como el Padre es el lema del Año Santo. En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio… Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía. Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos; “misericordiosos como el Padre…
Misericordiae Vultus, 11 y 13.
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Escuchamos la Palabra de Dios
Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos. Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.
Evangelio de Lucas 6,36-38
Un salmo para alabar
A cada estrofa del salmo repetimos:
Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre.
Bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura;
Él colma tu vida de bienes,
y tu juventud se renueva como el águila.
El Señor hace obras de justicia
y otorga el derecho a los oprimidos;
Él mostró sus caminos a Moisés
y sus proezas al pueblo de Israel.
El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
no acusa de manera inapelable
ni guarda rencor eternamente;
no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas.
Cuanto se alza el cielo sobre la tierra,
así de inmenso es su amor por os que lo temen;
cuanto dista el oriente del occidente,
así aparta de nosotros nuestros pecados.
Salmo 103, 1-12
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Para reflexionar y/o compartir en grupo
- ¿Por qué el Papa afirma que ser misericordiosos es un programa de vida?
- ¿Qué consecuencias tiene para nuestras vidas esa opción?
- ¿Podemos alcanzar la felicidad a través de la misericordia? ¿De qué manera?
- Realizamos un listado de acciones misericordiosas u obras de misericordia que podemos realizar aquí y ahora en nuestras vidas. Las compartimos con los demás.
- Del listado, elegimos un par y vemos la forma de llevarlas a la práctica.
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Intenciones
A cada intención respondemos: ¡Señor, ayúdanos a ser misericordiosos como el Padre!
- Te pedimos por el Papa Francisco, para que pueda seguir llevando adelante, con alegría y entrega, el testimonio de la gran misericordia que Dios Padre nos tiene. Oremos…
- Haz, Señor, que toda tu Iglesia pueda transmitir a todo el mundo el gran amor y la eterna misericordia que Dios tiene con cada uno de nosotros. Oremos…
- Permite, Señor, que mediante la escucha atenta a tu Palabra, podamos contemplar tu gran misericordia y asumirla como propio estilo de vida. Oremos…
- Ayúdanos a no juzgar a los demás y a devolver bien por mal. Oremos…
- Te pedimos por todos aquellos que nos han hecho mal, para que podamos perdonarlos y acercarnos de corazón a ello. Oremos…
- Perdona nuestras faltas así como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido; de manera que la misericordia y el perdón llenen nuestras vidas y no permitan alcanzar la felicidad eterna. Oremos…
Agregamos nuestras intenciones personales y comunitarias…
Rezamos un Padrenuestro, un Avemaría y el Gloria
Repetimos con convicción la advocación: ¡Jesús, en vos confío! ¡Jesús, en vos confío! ¡Jesús, en vos confío!
Oración: Señor de la Misericordia, te pedimos que nos ayudes a ser generosos, a dar una medida rebosantes, a entregar nuestras vidas al servicio de los demás, como Tú lo hiciste. Enséñanos a no juzgar y condenar a los demás y permítenos tener un corazón misericordioso como el Padre. ¡A ti, que vives y reinas, por los siglos de los siglos! ¡Amén! ¡Aleluya!
Señal de la Cruz
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Compromiso personal del mes
Este mes de enero voy a visitar a un pariente o un amigo que me hizo daño alguna vez y demostrarle que lo quiero. También podré pedirle perdón a aquella persona con la que no he obrado correctamente u otro compromiso similar.
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Para memorizar y rezar durante el mes
¡María de Guadalupe, ayúdanos a ser misericordiosos como tu Hijo Jesús lo fue, a ejemplo de Dios Padre!
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La misericordia en los santos
San Luis Gonzaga (1568-1591). Lavaba y consolaba a los moribundos. Primogénito del marqués de Castiglione, dejó sus cortes ducales por la Compañía de Jesús. Como estudiante del Colegio Romano, pedía limosna para los pobres y cuidaba de los apestados. Él mismo transportaba, lavaba y consolaba a los moribundos. Temiendo por la salud de Luis, su superior le prohibió continuar el trabajo con las víctimas de la peste. Trabajó entonces en diversos hospitales donde tales víctimas normalmente no eran aceptadas. A pesar de ellos, algunos meses después murió de agotamiento a causa de este ministerio.
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Un cuento para rumiar
El rey y el pobre
En Persia, se cuenta la historia del gran Cosroes II, apodado “el grande”. Tenía fama de justo y le encantaba mezclarse con el pueblo, pasando desapercibido para compartir y dar solución a sus problemas.
En cierta ocasión, se vistió de pobre y al pasar por la cocina observó en un rincón una angosta puerta, desconocida hasta entonces para él. Descendió el largo, lóbrego y húmedo trecho de escaleras que conducían a un sótano -de reducidas dimensiones y calor asfixiante- en el que un carbonero, sentado sobre un montón de cenizas, atendía la caldera de palacio.
Cosroes se sentó a su lado y comenzó a conversar. Llegó la hora de comer y el fogonero sacó un sucio pan moreno y áspero y una jarra de agua que -sin pensarlo- compartió con su visitante. Ellos comieron y conversaron tranquilamente. El Shah se marchó, pero continuó visitando al carbonero con frecuencia, movido por la compasión que sentía por aquel hombre solitario. Amablemente, Cosroes le dio consejo y el carbonero le abrió todo su corazón y amó a aquel amigo, tan bondadoso y sabio, pero tan pobre como él.
Finalmente, Cosroes pensó: “este hombre que vive permanentemente recluido en el sótano, cumpliendo de forma abnegada con su trabajo, con total aceptación de su destino y sin que una sola queja salga de sus labios, merece una gran recompensa. Le diré quién soy a ver qué presente me pide…”
Al otro día, le dijo al carbonero:
–Crees que soy pobre, pero soy tu Shah; ¡pídeme lo que quieras…! –le explicó Cosroes. El gobernante esperaba que le pidiera algo grande, pero el hombre se quedó sentado, inmóvil, petrificado, mirándolo con amor y asombro.
Entonces el Shah, posando una mano sobre su hombro, volvió a insistir:
–¿No entiendes? Te puedo hacer rico y noble, puedo poner una ciudad en tus manos, te puedo hacer gobernador… ¿No tienes nada que pedir?
El hombre respondió amablemente:
–¡Sí, mi señor, he entendido! Lo que no entiendo es cómo tu que gobiernas gran parte de la tierra, tus ejércitos son los más poderosos y mandas sobre cientos de miles de personas, puedes haber salido de tu palacio y de tu gloria para sentarte conmigo en este lóbrego cuartucho, comer mi tosca comida y preocuparte por si estoy feliz o apenado. Ni tú mismo me puedes dar nada más valioso. La emoción que embargaba su espíritu enmudeció sus palabras e inclinándose, en señal de respeto, depositó a sus pies dos brillantes lágrimas. Entrecortadamente, continuó balbuceando:
–A otros les puedes otorgar ricos presentes; pero a mí, a mí me has dado a ti mismo; lo único que te puedo pedir es que nunca me quites este regalo de tu amistad y de tu amor, no necesito otra cosa…
Adaptación de una leyenda persa, autor desconocido
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Para disfrutar del buen cine
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DIRECTOR
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PROTAGONISTAS
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Título Original / Otro Título
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AÑO
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DURACIÓN
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GÉNERO
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LIFICACIÓN
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| Elefante blanco |
argent
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Pablo Trapero
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Ricardo Darín / J. Renier
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2012
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106 min.
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drama
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sam 14
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| Si Dios quiere |
ITALIA
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Edoardo Falcone
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M. Giallini / A. Gassman
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Se Dio vuole
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2015
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87 min
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com
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atp
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Elefante blanco. Es la historia de dos curas (Ricardo Darín y J. Renier) comprometidos en la lucha contra la pobreza, en una villa miseria de una barriada de Buenos Aires, donde desarrollan su apostolado y labor social. Juntos, lucharán codo con codo contra la corrupción, un mal endémico de la zona. Su trabajo los enfrentará con la jerarquía eclesiástica y con el poder gubernamental y policial. A pesar de todo, seguirán arriesgando sus vidas para mantener su lealtad con los vecinos del barrio. Esta película nos habla del compromiso que deben tener los cristianos para mejorar la situación de pobreza exclusión en que viven muchos habitantes del planeta. La misericordia, en esta ocasión, toma la forma de compromiso para cambiar las injusticias y las estructuras que hacen el mundo menos humano y de la confianza en que Dios ha soñado un mundo mejor para todos.
Si Dios quiere. Tommaso (M. Giallini) es un cardiólogo renombrado y autoritario, ateo y liberal. Está casado con Carla, ama de casa y madre de sus dos hijos. Uno de ellos, Andrea (Edoardo Pesce), estudiante de medicina, motivado e inspirado en un sacerdote amigo (A. Gassman) revoluciona a toda la familia cuando les cuenta que quiere hacerse cura. Tommaso está decidido a revertir dicha decisión y para ello decide encarar al sacerdote. A partir de ese momento, la película toma profundidad y los diálogos entre el sacerdote y Tommaso cobran notoriedad y trascendencia, hasta que una situación inesperada lleva al cardiólogo a cuestionarse sus ideas y replantearse la no existencia de Dios.
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por SS Francisco | 25 Dic, 2015 | Catequesis Magisterio
En esta noche brilla una «luz grande» (Is 9,1); sobre nosotros resplandece la luz del nacimiento de Jesús. Qué actuales y ciertas son las palabras del profeta Isaías, que acabamos de escuchar: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (Is 9,2). Nuestro corazón estaba ya lleno de alegría mientras esperaba este momento; ahora, ese sentimiento se ha incrementado hasta rebosar, porque la promesa se ha cumplido, por fin se ha realizado. El gozo y la alegría nos aseguran que el mensaje contenido en el misterio de esta noche viene verdaderamente de Dios. No hay lugar para la duda; dejémosla a los escépticos que, interrogando sólo a la razón, no encuentran nunca la verdad. No hay sitio para la indiferencia, que se apodera del corazón de quien no sabe querer, porque tiene miedo de perder algo. La tristeza es arrojada fuera, porque el Niño Jesús es el verdadero consolador del corazón.
Hoy ha nacido el Hijo de Dios: todo cambia. El Salvador del mundo viene a compartir nuestra naturaleza humana, no estamos ya solos ni abandonados. La Virgen nos ofrece a su Hijo como principio de vida nueva. La luz verdadera viene a iluminar nuestra existencia, recluida con frecuencia bajo la sombra del pecado. Hoy descubrimos nuevamente quiénes somos. En esta noche se nos muestra claro el camino a seguir para alcanzar la meta. Ahora tiene que cesar el miedo y el temor, porque la luz nos señala el camino hacia Belén. No podemos quedarnos inermes. No es justo que estemos parados. Tenemos que ir y ver a nuestro Salvador recostado en el pesebre. Este es el motivo del gozo y la alegría: este Niño «ha nacido para nosotros», «se nos ha dado», como anuncia Isaías (cf. 9,5). Al pueblo que desde hace dos mil años recorre todos los caminos del mundo, para que todos los hombres compartan esta alegría, se le confía la misión de dar a conocer al «Príncipe de la paz» y ser entre las naciones su instrumento eficaz.
Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso. Este Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota la luz de la gloria de Dios. Desde aquí, comienza para los hombres de corazón sencillo el camino de la verdadera liberación y del rescate perpetuo. De este Niño, que lleva grabados en su rostro los rasgos de la bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre, brota para todos nosotros sus discípulos, como enseña el apóstol Pablo, el compromiso de «renunciar a la impiedad» y a las riquezas del mundo, para vivir una vida «sobria, justa y piadosa» (Tt2,12).
En una sociedad frecuentemente ebria de consumo y de placeres, de abundancia y de lujo, de apariencia y de narcisismo, Él nos llama a tener un comportamiento sobrio, es decir, sencillo, equilibrado, lineal, capaz de entender y vivir lo que es importante. En un mundo, a menudo duro con el pecador e indulgente con el pecado, es necesario cultivar un fuerte sentido de la justicia, de la búsqueda y el poner en práctica la voluntad de Dios. Ante una cultura de la indiferencia, que con frecuencia termina por ser despiadada, nuestro estilo de vida ha de estar lleno de piedad, de empatía, de compasión, de misericordia, que extraemos cada día del pozo de la oración.
Que, al igual que el de los pastores de Belén, nuestros ojos se llenen de asombro y maravilla al contemplar en el Niño Jesús al Hijo de Dios. Y que, ante Él, brote de nuestros corazones la invocación: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8).
Papa Francisco: Homilía en la Santa Misa de Nochebuena 2015,
Basílica Vaticana, Jueves 24 de diciembre de 2015
por Luis M. Benavides | 17 Dic, 2015 | Catequesis Liturgia
“El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad el misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado-Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor.

(Misericordiae Vultus, 24)
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La Virgen de Guadalupe, Madre de la Misericordia
Escuchamos al Papa Francisco
“El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad el misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado-Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor.
Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús. Su canto de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende “de generación en generación” (Lc 1,50). También nosotros estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María. Esto nos servirá de consolación y de apoyo mientras atravesaremos la Puerta Santa para experimentar los frutos de la misericordia divina.
Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús.”
Misericordiae Vultus, 24
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Escuchamos la Palabra de Dios
“Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino». Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga». Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde. “Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete”. Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: “siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento”. Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.”
Evangelio de Juan 2, 1-11
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Un salmo para alabar
A cada estrofa del salmo repetimos:
¡Felices los que van por un camino intachable,
los que siguen la ley del Señor!
¡Cuánto amo tu ley,
todo el día la medito!
Tus mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos,
porque siempre me acompañan.
Soy más prudente que todos mis maestros,
porque siempre medito tus prescripciones.
Soy más inteligente que los ancianos,
porque observo tus preceptos.
Yo aparto mis pies del mal camino,
para cumplir tu palabra.
No me separo de tus juicios,
porque eres tú el que me enseñas.
¡Qué dulce es tu palabra para mi boca,
es más dulce que la miel!
Tus preceptos me hacen comprender:
por eso aborrezco el camino de la mentira.
Salmo 119, 97-103
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Para reflexionar y/o compartir en grupo
- ¿De qué manera creemos que la Virgen María entró en el santuario de la misericordia junto a su hijo, Jesús?
- ¿Qué sentimientos nos despierta el hecho de saber que tenemos a María de Guadalupe, nuestra querida Madre, intercediendo por nosotros frente a su hijo, Jesús?
- ¿Por qué creemos que la Virgen María es conocida como la madre del Amor y de la Misericordia?
- ¿Qué implica para nuestras vidas responder al pedido de la Virgen María, que nos dice: “Haga lo que Jesús les diga”?
- Compartimos en común todo lo reflexionado y, entre todos, buscamos alguna forma de expresarle nuestro amor y agradecimiento a la Virgen María de Guadalupe, por permitir con su “sí” que la Misericordia entre en el mundo.
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Intenciones
A cada intención respondemos: ¡María de Guadalupe, Madre de la Misericordia, ayúdanos a mostrar la ternura de Dios a nuestros hermanos!
- Te pedimos, bienaventurada Virgen María, que cuides y protejas al Papa Francisco, para que siga siendo un testigo preclaro de la Misericordia Divina. Oremos…
- Madre bondadosa de Guadalupe, te pedimos que acompañes e ilumines a la Iglesia, para que testimonie con alegría y sencillez el gran amor que Dios nos ha manifestado. Oremos…
- Madre del Amor, haz que vivamos el misterio de Dios hecho hombre y ayúdanos a plasmarlo en nuestras vidas testimoniando con misericordia a nuestros hermanos. Oremos…
- Madre de la Misericordia, te pedimos que seamos fieles a nuestro compromiso con la vida; que tengamos para con nuestros hermanos la ternura de Dios en la mirada y que nuestros actos los realicemos con alegría. Oremos…
- Madre de la Compasión, así como fuiste preparada desde siempre para ser alianza entre Dios y los hombres, danos fuerza y decisión para trabajar por la reconciliación y la paz entre todos nuestros compatriotas. Oremos…
- Madre de la Comprensión, te pedimos que intercedas por nosotros y todos los que amamos, para que nos ayudes nuestro peregrinar; de manera que vivamos en el perdón y el amor de Dios, por siempre. Oremos…
Agregamos nuestras intenciones personales y comunitarias…
Rezamos un Padrenuestro, La Salve (Salve Regina) y el Gloria.
Repetimos con convicción la advocación: ¡Jesús, en vos confío! ¡Jesús, en vos confío! ¡Jesús, en vos confío!
Oración: Madre de la Misericordia, que la alegría de tus actos sean los que imitemos, que la fidelidad de tu vida divina sea la que nos guíe en nuestras vidas. María ayúdanos para que seamos testigos de la Misericordia Divina, que mostremos el rostro de tu Hijo a nuestros hermanos, que la parte divina de nuestra humanidad crezca cada vez con más fuerza dentro nuestro por la fuerza de tu amor. Madre, así como fuiste preparada desde siempre para ser puente entre Dios y los hombres, danos tu fuerza para trabajar por la reconciliación y el perdón. Ayúdanos a incluir a tu hijo amado, Jesús, en nuestras vidas y en la de nuestros hermanos, de manera que todos seamos capaces de vivir en el amor, siendo misericordiosos como el Padre. ¡Te lo pedimos por Cristo, Nuestro Señor! ¡Amén!
Señal de la Cruz
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Compromiso personal del mes
Este mes de diciembre voy a acercarme a una Iglesia o Santuario para rezar el rosario y pasar un buen rato junto a la Virgen María. También podré colaborar con alguna acción pastoral de la Parroquia más cercana u otro compromiso similar…
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Para memorizar y rezar durante el mes de diciembre
¡María de Guadalupe, ayúdanos a vivir con intensidad este Año Santo!
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La misericordia en los santos
Beata Madre Teresa de Calcuta (1910-1997). Solo por amor. Una señora, impresionada por verla bañar a un leproso, le dijo: -Yo no bañaría a un leproso ni por un millón de dólares. La Madre Teresa le contestó: -Yo tampoco, porque a un leproso solo se lo puede bañar por amor.
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Un cuento para rumiar
MERIENDA INESPERADA
Mateo, con apenas ocho años, quería conocer a Dios… Sabía que tendría que hacer un largo viaje para llegar hasta donde Él vive, así que guardó en su mochila pastelitos de chocolate y refrescos de fruta. Y, a la hora de la siesta, empezó su camino. Cuando había caminado un rato largo, se encontró con una mujer anciana. Estaba sentada en un banco del parque, sola, contemplando en silencio algunas palomas que picoteaban migajas de pan que ella les arrojaba.
Mateo se sentó junto a ella y abrió su mochila. Comenzó a beber uno de sus refrescos cuando notó que la anciana le miraba, así que le ofreció uno de ellos. Ella, agradecida, lo aceptó y le sonrió. Su sonrisa era muy bella, tanto que el niño quería verla de nuevo, así que le ofreció entonces uno de sus pastelillos. De nuevo, ella le volvió a sonreír. Mateo estaba encantado, y se quedó toda la tarde junto a ella, comiendo y sonriendo, aunque sin hablar una palabra. Cuando estaba oscureciendo, Mateo se levantó para irse.
Dio algunos pasos, pero se detuvo; dio vuelta atrás, corrió hacia la anciana y le dio un abrazo. Ella después de abrazarlo, le dedicó la más grande sonrisa de su vida. Cuando Mateo llegó a su casa, su madre quedó sorprendida de la cara de felicidad que traía. Entonces le preguntó:
–Hijo, ¿qué hiciste hoy que te veo tan feliz?
Mateo le contestó:
– ¡Hoy merendé con Dios!
Y antes de que su madre reaccionara, añadió:
–Y… ¿sabes? ¡Tiene la sonrisa más hermosa que nunca he visto!»
Mientras tanto, la anciana, también radiante de felicidad, regresó a su casa. Su hijo se quedó sorprendido de la expresión de paz que reflejaba en su cara, y le preguntó:
–Mamá, ¿qué hiciste hoy que te ha puesto tan contenta?
La anciana le contestó:
–¡Comí pastelitos de chocolate con Dios, en el parque! Y antes de que su hijo respondiera, añadió: y, ¿sabes…? ¡Es más joven de lo que yo pensaba…!
Adaptación – Autor desconocido
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Para disfrutar del buen cine
| TÍTULO EN CASTELLANO |
ORIGEN
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DIRECTOR
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PROTAGONISTAS
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Título Original / Otro Título
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AÑO
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DURACIÓN
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GÉNERO
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CALIFICACIÓN
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| Mientras estés conmigo |
USA
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Tim Robbins
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Sean Penn / Susan Sarandon
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| Dead Man Walking (Pena de muerte) |
1995
|
125 min
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Drama
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SAM 18
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| Amigos intocables |
FRANCIA
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Nakache / Toledano
|
François Cluzet / Omar Sy
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|
Intouchables
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2011
|
112 min
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DRAMA
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SAM 13
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Mientras estés conmigo o Pena de muerte. Es un alegato contra la pena muerte, basado en una historia real. Matthew Poncelet (Sean Penn), es un condenado a la pena capital por el asesinato de dos jóvenes. En las semanas previas a su ejecución, inicia un profundo diálogo con la Hna. Helen Prejean (Susan Sarandon). La Hna. Helen intentará que Matthew consiga la absolución y la paz espiritual. En sus conversaciones, surgen la angustia frente a la espantosa agonía del condenado y la importancia del testimonio cristiano, ofrecido con misericordia, a través de la Hna. Helen.
Intocables. Philippe (François Cluzet), un aristócrata millonario que se ha quedado tetrapléjico a causa de un accidente, contrata como acompañante terapéutico a Driss (Omar Sy), un inmigrante recién salido de la cárcel, procedente de un barrio marginal. Dos cosmovisiones opuestas de la vida que, poco a poco, van congeniando hasta lograr una amistad tan disparatada y sólida como inesperada. La trama nos muestra cómo a través del diálogo sincero, el respeto mutuo y, a la larga, el amor al prójimo, pueden salvar a las personas.
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por Luis M. Benavides | 17 Dic, 2015 | Catequesis Liturgia
Así entonces, misericordiosos como el Padre es el «lema» del Año Santo. En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio… El auxilio que invocamos es ya el primer paso de la misericordia de Dios hacia nosotros. Él viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos. Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía. Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos; “misericordiosos como el Padre…

(Misericordiae Vultus, 11)
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Previos
Estructura de la guía
Con este pequeña guía, pretendemos plantear un recorrido sencillo para vivir mes a mes el Jubileo de la Misericordia, junto al Papa Francisco. La idea es ir desgranando y saboreando las reflexiones del Papa Francisco, a modo de itinerario, tanto personal como comunitario. Cada mes está planteado con una estructura muy sencilla, que puede ser adaptada según las necesidades personales o comunitarias. Lo ideal sería que uno pudiera compartir el ritmo propuesto junto a otros miembros de la familia o comunidad; pero también se puede realizar de manera individual.
Mensualmente proponemos un texto del Papa Francisco, extraído de la Bula de convocatoria al Año Santo (Misericordiae Vultus). El texto del Papa, junto a la Palabra de Dios, pretenden interpelarnos y movernos a la reflexión. A continuación, ofrecemos alguno de los “salmos de la misericordia” que encontramos en el salterio, como expresión de la sabiduría y poesía del Antiguo Testamento. La idea es que junto a la reflexión, podamos ir entrando en un clima de oración. Luego, ofrecemos algunas pistas para reflexión y/o acción personal o comunitaria; a la manera de propuestas o cursos de acción. Seguidamente, presentamos nuestras intenciones; para concluir con la oración, un compromiso personal para el mes y una jaculatoria para memorizar. Seguidamente contemplamos alguna anécdota o frase de santos, para ver ejemplos vivos de misericordia. Nos pareció oportuno sugerir un cuento y un par de películas recomendadas; de manera que podamos seguir rumiando y profundizando el tema propuesto en el mes. Y, finalmente, una pequeña ayuda memoria, para tener presente durante el mes..
Por supuesto, que todo son solo sugerencias. Cada uno, cada familia o cada grupo podrán agregar, quitar, proponer nuevas ideas. La intención es presentar algunos recursos para que mensualmente podamos vivir el Año Santo, en Iglesia y con alegría, junto al Papa Francisco; de manera que todos podamos ser “Misericordiosos como el Padre”. Pidamos a María, la Madre de la Misericordia que nos ayude a peregrinar juntos como Pueblo de Dios tras las huellas misericordiosas de su Hijo, Jesús ¡Qué así sea!
Luis M. Benavides
www.luis-benavides.com
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Estructura para cada mes
1. El Papa Francisco nos exhorta
2. Escuchamos la Palabra de Dios
3. Un salmo para alabar y Reflexión personal / comunitaria
4. Intenciones personales / comunitarias. Rezamos un Padrenuestro, un avemaría y el Gloria. Oración conclusiva –
Señal de la Cruz
5. Compromiso personal del mes
6. La misericordia en los santos
7. Para memorizar y rezar durante el mes
8. Un cuento para rumiar
9. Para disfrutar del buen cine
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Introducción
El Papa Francisco, el sábado 11 de abril 2015 en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, con ocasión de la celebración del Domingo de la Misericordia, sorprendió al mundo con el anuncio de un Año Santo Extraordinario o Jubileo de la Misericordia. El Sumo Pontífice realizó un gran llamado a toda la grey católica, para que vivamos juntos este Año Santo como un momento especial de gracia, de acercamiento al Señor y de comunión con nuestros hermanos.
¿Qué es un Año Santo o Jubileo?
El Año Santo o Jubileo, expresa el Papa Francisco, es un tiempo oportuno para cambiar de vida; es un tiempo para dejarse tocar el corazón. Es una invitación a vivir con alegría la fiesta del perdón y del amor de Dios. El Jubileo es un acontecimiento religioso y un tiempo privilegiado de gracia, destinado a promover la santidad de todos los cristianos. Es el año de la reconciliación, de la conversión y de la penitencia sacramental. En consecuencia, el año de la solidaridad, de la esperanza, de la justicia, del empeño por servir a Dios en el gozo y la paz con los hermanos.
El deseo del Papa Francisco es que durante este Año Santo nadie se sienta excluido del abrazo de nuestro Padre Dios; que la alegría del perdón sea más grande y más profunda que cualquier resentimiento, miedo o angustia paralizante. En pocas palabras, que no haya un solo pretexto para vivir alejado de Dios.
Orígenes del Jubileo o Año Santo
En el Antiguo Testamento, la ley de Moisés había determinado para el pueblo judío un año particular y diferente a los demás, que tenía lugar cada cincuenta años. Para el pueblo hebreo se trataba, pues, de un año sabático en el cual se descansaba, se perdonaban las deudas, se liberaban los esclavos y se restituían las posesiones a sus antiguos propietarios. Se establecía un reposo general de la tierra y se permitía a los pobres realizar la cosecha.
El término “jubileo”
El vocablo “jubileo” tiene dos raíces, una hebrea y otra latina. La palabra hebrea que aparece en la Biblia es “yobel”. Se refiere al cuerno del carnero que los judíos usaban como trompeta para llamar a una fiesta o anunciar un año excepcional dedicado a Dios. Asimismo, existe también una palabra latina, “iubilum” (derivada del verbo “jubilare”), que refiere a las exclamaciones de alegría de los pastores ante el nacimiento de Jesús y que terminó por significar alegría, gozo o alabanza. En el siglo IV, san Jerónimo al traducir la Biblia al latín, reemplazó el término hebreo “yobel” por el término latino “iubilaeus”, con lo que quedó incorporado el matiz de alegría, al significado original que tenía la palabra en el antiguo Israel.
Jesucristo da sentido pleno al Jubileo
En el Nuevo Testamento, Jesús se presenta como Aquél que lleva a su cumplimiento el Jubileo antiguo, ya que Él ha venido a predicar el año de gracia del Señor y llevarlo a su plenitud. Jesús da un sentido nuevo y definitivo al jubileo.
¿Cada cuánto se celebra un Año Santo en la Iglesia?
Los jubileos ordinarios son aquellos que se celebran a intervalos regulares. El primer jubileo celebrado en el marco del cristianismo fue en el año 1300. Esta tradición se fue acentuando en los siglos siguientes y, al comienzo, se celebraron jubileos cada cincuenta años y, luego, cada veinticinco años, para que todas las personas tuvieran la oportunidad de vivir por lo menos un año santo en su vida, y así ha continuado hasta la fecha. El último jubileo ordinario tuvo lugar durante el año 2000, proclamado y celebrado por nuestro querido Papa, san Juan Pablo II. El próximo Año Santo ordinario será en el año 2025.
En ocasiones especiales, un Papa puede proclamar un Año Santo extraordinario, como celebración de un hecho destacado o frente a una necesidad especial. Por ejemplo, el último jubileo extraordinario fue convocado y posteriormente celebrado por san Juan Pablo II en 1983, al cumplirse el 1950° aniversario de la Redención de Jesucristo.
Indulgencias
El Año Jubilar es una invitación abierta a todos los cristianos y también a los que se encuentran distantes en la fe y desean volver de nuevo a la vida cristiana. En virtud de ello, en la Iglesia Católica, el Jubileo es un tiempo en que se conceden gracias espirituales singulares (indulgencias) a los fieles que cumplen determinadas condiciones.
Para ganar una indulgencia es imprescindible un corazón contrito y arrepentido. Se requiere confesión de los pecados, mediante el sacramento de la penitencia o reconciliación y, cuando sea posible, recibir la comunión.
Durante el Año Jubilar, la Iglesia en consecuencia del poder de las llaves, mediante la aplicación de los méritos sobreabundantes de Cristo y de los santos, y mediando una auténtica y sincera conversión por parte del creyente, concede la indulgencia plenaria, que es una gracia que ayuda al cristiano a ponerse en camino con la voluntad de convertirnos y reconciliarnos con Dios. Esta gracia también puede ser aplicada a los difuntos como signo de amor hacia ellos; en virtud de la comunión de los santos.
La ceremonia de apertura del Jubileo
La ceremonia de comienzo del Año Santo tiene lugar en Roma, a través de una liturgia específica. El Papa se dirige a la basílica de San Pedro para abrir la llamada “Puerta Santa”, cerrada a cal y canto, que sólo se abre con motivo del Jubileo. El sumo pontífice toma un martillo (ya utilizado por varios Papas) y da tres golpes diciendo la siguiente fórmula: “Abridme las puertas de la justicia; entrando por ellas confesaré al Señor”. Se derriba la mampostería que cierra la puerta; el Papa se arrodilla delante de la puerta, mientras los penitenciarios de San Pedro la lavan con agua bendita. Luego, tomando la cruz, entra a la basílica, acompañado del clero. Posteriormente, tres cardenales legados que ha enviado el Papa a las otras tres puertas santas, las abren con la misma ceremonia. Estas tres puertas están en la iglesia de San Juan de Letrán, la iglesia de San Pablo Extramuros y la iglesia de Santa María la Mayor. Al día siguiente, por la mañana el Papa imparte la bendición al pueblo en forma de jubileo. Expirado el Año Santo se vuelve a cerrar la puerta. El Papa bendice las piedras y la argamasa, pone la primera piedra y se tapia la puerta. Ceremonia que se replica en las otras tres puertas santas; hasta el próximo año jubilar.
El Jubileo o Año Santo extraordinario de la Misericordia
Como expresamos anteriormente, el Papa Francisco anunció, en el segundo aniversario de su pontificado, la convocatoria a un Año Santo extraordinario, mediante la bula papal Miseriordiae Vultus (El rostro de la misericordia). Este Jubileo de la Misericordia se iniciará durante la solemnidad de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre del 2015 y concluirá el 20 de noviembre de 2016, con la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Para profundizar y estar informados, el Vaticano ha preparado un sitio web oficial sobre este Año Santo Extraordinario de la Misericordia:
Este Jubileo de la Misericordia es excepcional, ya que por primera vez en la historia se ofrece la posibilidad de vivirlo fuera de Roma. El Papa Francisco, ha establecido, que sucesivamente se vayan abriendo diferentes Puertas Santas en las diferentes diócesis del mundo; de manera que a lo ancho y a lo largo del planeta y se abra un idéntica Puerta de la Misericordia. El Jubileo, por tanto, será celebrado en Roma así como en las Iglesias particulares como signo visible de la comunión de toda la Iglesia.
El lema del Jubileo: “Misericordiosos como el Padre”
Escuchemos las palabras del Papa Francisco al respecto, que hemos destacado al inicio de esta itroducción:
“Así entonces, misericordiosos como el Padre es el “lema” del Año Santo. En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio… El auxilio que invocamos es ya el primer paso de la misericordia de Dios hacia nosotros. Él viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos. Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía. Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos; “misericordiosos como el Padre…” (Misericordiae Vultus, 11).
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