Santa Lidia: La mujer que abrió su casa a Dios

Santa Lidia: La mujer que abrió su casa a Dios

RELATO ILUSTRADO PARA LA FAMILIA

Santa Lidia

La mujer que abrió su casa a Dios

Una historia de escucha, Bautismo, trabajo honrado y hospitalidad en los comienzos de la Iglesia.

Santa Lidia descubrió que una casa, un trabajo y unos bienes puestos al servicio de Dios pueden convertirse en instrumentos para anunciar el Evangelio.

Presentación para las familias

Hay santos cuya vida está llena de viajes, milagros y grandes acontecimientos. De otros, en cambio, conocemos solamente unas pocas escenas. Santa Lidia pertenece a este segundo grupo. El libro de los Hechos de los Apóstoles apenas le dedica unos versículos, pero lo que cuenta basta para descubrir a una mujer extraordinaria: trabajadora, atenta a la voz de Dios, decidida y generosa.

Lidia vivía en Filipos, una importante ciudad de Macedonia, aunque procedía de Tiatira. Se dedicaba al comercio de tejidos o productos de púrpura, una mercancía valiosa en el mundo antiguo. Tenía una casa capaz de recibir huéspedes y parece haber gozado de una posición económica desahogada. Sin embargo, aquello que la convirtió en una figura inolvidable no fue su riqueza, sino el uso que hizo de ella después de encontrarse con Cristo.

Un sábado, Lidia salió de la ciudad y se dirigió junto al río, donde varias mujeres se reunían para orar. Allí escuchó la predicación de san Pablo. El Señor abrió su corazón, ella acogió la fe, recibió el Bautismo con los suyos y ofreció inmediatamente su casa a los misioneros. Más adelante, aquella casa aparece como lugar de reunión y consuelo para los primeros cristianos de Filipos.

Este relato desarrolla esas breves noticias bíblicas en forma de cuento. Los diálogos, las descripciones del mercado y algunos personajes secundarios son recreaciones literarias. No pretenden añadir datos históricos desconocidos, sino ayudar a las familias a imaginar el ambiente en el que pudo desarrollarse la historia. El núcleo de cuanto se narra procede de Hechos de los Apóstoles 16,11-15 y 16,35-40.

Santa Lidia nos enseña que Dios no llama solamente en lugares extraordinarios. Puede entrar en nuestra vida mientras trabajamos, compramos, enseñamos, limpiamos la casa, cuidamos de alguien o conversamos con nuestra familia. Cuando una persona abre de verdad el corazón al Señor, también comienza a abrir sus manos, su tiempo y su hogar a los demás.

El corazón de su historia

El Señor abrió el corazón de Lidia para que acogiera la Palabra anunciada por san Pablo. Después, ella abrió las puertas de su casa. Su historia puede comprenderse en ese doble movimiento: recibir a Dios y hacer sitio a los demás.

Cómo leer este relato en familia

El relato puede leerse seguido, como un cuento, o dividirse en cinco encuentros. Cada capítulo corresponde a una ilustración y termina con dos breves apartados. «Descubrimos la fe» ayuda a comprender lo que Dios realiza en la vida de Lidia. «Hoy podemos hacerlo nosotros» propone una aplicación sencilla para la vida familiar.

Conviene que una persona lea el relato en voz alta y que los demás observen la ilustración. Después puede leerse el comentario catequético sin prisa. No es necesario responder a todas las preguntas ni convertir la lectura en una clase. Basta con dejar que la historia suscite una conversación sincera.

Antes de comenzar, la familia puede hacer la señal de la cruz y pedir:

«Señor Jesús, abre nuestro corazón para que escuchemos tu Palabra y sepamos recibirte en nuestra vida».

Mirar

Contemplar primero la ilustración y descubrir los detalles principales de la escena.

Escuchar

Leer el relato sin prisas, respetando el ritmo propio de un cuento familiar.

Comprender

Relacionar la historia con la fe de la Iglesia mediante el comentario catequético.

Vivir

Elegir un gesto sencillo que lleve la enseñanza a la vida de la familia.

1. La comerciante de la púrpura

El sol acababa de aparecer sobre los tejados de Filipos cuando Lidia abrió las puertas de su almacén. A aquella hora, las calles todavía estaban tranquilas. Solo se escuchaban las ruedas de algún carro, las voces de los panaderos y el ruido de los comerciantes que levantaban sus puestos.

Dentro del local, varias telas estaban colocadas con cuidado sobre una mesa de madera. Algunas tenían tonos rojizos; otras, un color violeta profundo que parecía cambiar con la luz. Eran tejidos valiosos, destinados a personas que podían pagar un precio elevado por ellos. La púrpura no era un color cualquiera. En el mundo antiguo se asociaba con la riqueza, la dignidad y el poder.

—Coloca las piezas más delicadas lejos de la entrada —indicó Lidia a una joven ayudante—. Hoy habrá mucho movimiento en el mercado.

El trabajo honrado no solo produce bienes: también forma el corazón y sirve a otras personas.

Lidia conocía bien su oficio. Había aprendido a distinguir la calidad de una tela con solo rozarla entre los dedos. Sabía calcular los gastos de un viaje, negociar con proveedores y reconocer cuándo un cliente hablaba con sinceridad. Había nacido en Tiatira, una ciudad famosa por sus talleres y sus tintes, pero desde hacía tiempo vivía en Filipos, una colonia romana próspera y llena de viajeros.

Su trabajo le había permitido reunir una buena casa y dirigir su propio negocio. Algunos la admiraban por su inteligencia; otros la respetaban por su firmeza. Ella procuraba tratar justamente a quienes trabajaban con ella y no engañar a los compradores. Sabía que una moneda ganada con engaño podía llenar una bolsa, pero dejaba vacío el corazón.

Aquella mañana entró en el almacén un hombre acompañado de dos sirvientes. Quería una tela para una celebración importante y examinó durante largo rato las piezas más caras.

—Esta es la mejor que tengo —dijo Lidia, extendiendo un paño púrpura—. El color resistirá y el tejido está bien trabajado.

El hombre observó la tela y preguntó el precio. Después intentó rebajarlo tanto que los ayudantes de Lidia se miraron con inquietud. Ella no se enfadó.

—Puedo ajustar una parte —respondió—, pero no puedo venderla por menos de lo que ha costado producirla. Detrás de esta tela hay muchas horas de trabajo y varias familias que deben recibir un pago justo.

El cliente comprendió que no lograría engañarla. Finalmente aceptó un precio razonable y salió satisfecho.

Cuando el almacén quedó vacío, una de las jóvenes sonrió.

—Podrías habérsela vendido mucho más cara. Parecía dispuesto a pagar.

—Podría haberlo hecho —contestó Lidia—, pero una buena comerciante no es la que obtiene todo lo posible de cada persona. Es la que puede volver a mirar a sus clientes sin avergonzarse.

Lidia era una mujer religiosa. El Dios de Israel había despertado en ella una búsqueda sincera. No conocía todavía a Jesucristo, pero deseaba vivir rectamente y reservaba un tiempo para la oración. Los sábados acostumbraba a reunirse con otras mujeres fuera de la ciudad, junto al río. Allí rezaban y escuchaban las Escrituras que alguna de ellas podía recordar o explicar.

Aunque su negocio marchaba bien, Lidia sabía que las telas, las monedas y la consideración social no podían responder a las preguntas más hondas. Había días en los que, después de cerrar el almacén, recorría las habitaciones de su casa y sentía que algo le faltaba. No era una nueva mercancía ni una venta más importante. Su corazón buscaba una verdad que todavía no sabía nombrar.

Aquella semana, mientras ordenaba las telas, una amiga le recordó:

—Mañana es sábado. Nos reuniremos junto al río.

—Allí estaré —respondió Lidia.

No podía imaginar que aquella sencilla decisión iba a cambiar su vida, la de su familia y la historia de la Iglesia en Europa.

Antes de conocer a san Pablo, Lidia ya procuraba trabajar honradamente y buscaba a Dios con un corazón sincero.

Descubrimos la fe

Dios puede encontrarnos en medio de la vida ordinaria. El trabajo de Lidia no era un obstáculo para la fe. Era el lugar concreto en el que desarrollaba sus capacidades, se relacionaba con otras personas y administraba los bienes que había recibido.

La Iglesia enseña que el trabajo humano participa de la obra creadora de Dios cuando se realiza con dignidad, justicia y espíritu de servicio. No todo depende de cuánto dinero se gana o de la importancia social de una profesión. Lo decisivo es trabajar sin engañar, respetar a las personas y procurar que nuestros talentos produzcan un bien verdadero.

Lidia también nos ayuda a comprender que la riqueza no convierte automáticamente a una persona en mala, del mismo modo que la pobreza no la hace automáticamente buena. El peligro aparece cuando los bienes ocupan el lugar de Dios, endurecen el corazón o se acumulan sin atender a quienes sufren. Los bienes materiales encuentran su sentido más profundo cuando se administran responsablemente y se ponen al servicio del amor.

Hoy podemos hacerlo nosotros

En una familia, todos realizan alguna clase de trabajo: los adultos ejercen una profesión, buscan empleo, cuidan la casa o atienden a otras personas; los niños y jóvenes estudian, colaboran y aprenden a cumplir sus responsabilidades.

Podemos preguntarnos:

¿Hacemos bien nuestras tareas aunque nadie nos vigile?

¿Tratamos con respeto a quienes trabajan para nosotros o nos prestan un servicio?

¿Sabemos dar gracias por los bienes que tenemos?

¿Compartimos algo de lo nuestro con quienes lo necesitan?

Durante esta semana, cada miembro de la familia puede elegir una tarea cotidiana y realizarla con especial cuidado, ofreciéndosela a Dios.

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2. Un encuentro junto al río

A la mañana siguiente, Lidia dejó el negocio en manos de sus ayudantes y salió por una de las puertas de Filipos. El camino descendía suavemente hacia el río. La ciudad iba quedando atrás, con sus edificios, sus puestos y el ir y venir de los soldados romanos.

Junto al agua se había reunido un pequeño grupo de mujeres. No tenían una gran sinagoga ni un lugar solemne. Se sentaron cerca de la orilla, donde el murmullo del río acompañaba la oración. Algunas se conocían desde hacía años. Otras acudían solo de vez en cuando. Todas compartían el deseo de buscar al Dios verdadero.

Aquel día vieron acercarse a varios viajeros. Eran san Pablo y sus compañeros, que habían llegado a Macedonia después de atravesar el mar. No llevaban riquezas ni vestían como personajes importantes. Parecían cansados por el camino, pero hablaban con una convicción que llamó la atención de las mujeres.

Pablo las saludó y se sentó con ellas.

—Venimos a anunciaros una buena noticia —comenzó—. El Dios de Israel ha cumplido sus promesas. Jesús, el Mesías, murió y resucitó. En Él, Dios ofrece la salvación a todos los pueblos.

Lidia levantó la mirada. Había escuchado hablar de la esperanza de Israel, pero nunca había oído anunciar que las promesas se hubieran cumplido. Pablo explicó que Jesús había acogido a los pecadores, curado a los enfermos y anunciado el Reino de Dios. Contó que había sido crucificado y que Dios lo había resucitado de entre los muertos.

Las palabras no eran fáciles de comprender. Sin embargo, Lidia sintió que no estaba escuchando una teoría más. Aquel anuncio respondía de algún modo a la búsqueda que la acompañaba desde hacía años. El Dios al que ella intentaba acercarse había salido a su encuentro.

—¿Dices que este mensaje es también para nosotros? —preguntó una de las mujeres—. ¿No solo para quienes pertenecen al pueblo de Israel?

—Cristo ha venido para todos —respondió Pablo—. En Él, nadie queda excluido por su origen, su lengua o su condición. Dios llama a cada persona a recibir la fe y comenzar una vida nueva.

Lidia permanecía en silencio. Recordó sus viajes, los mercados, las conversaciones con personas de tierras muy distintas. Había aprendido que debajo de vestidos ricos o pobres, de acentos diversos y costumbres diferentes, todos llevaban preguntas parecidas. Todos deseaban ser amados. Todos conocían el miedo, la culpa y la muerte.

Pablo continuó hablando de Jesús. No intentaba entretenerlas ni obtener nada de ellas. Daba testimonio de alguien que había transformado su propia vida. El antiguo perseguidor de los cristianos se había convertido en apóstol porque Cristo resucitado había salido a su encuentro.

Mientras escuchaba, Lidia comprendió que Dios no era una idea lejana. La conocía, la había acompañado en sus caminos y ahora le hablaba mediante aquellos misioneros. El libro de los Hechos lo expresa con una frase sencilla y profunda: el Señor abrió el corazón de Lidia para que aceptara lo que Pablo decía.

La reunión se prolongó más de lo habitual. Algunas mujeres hicieron preguntas. Otras guardaron silencio. Cuando llegó el momento de regresar a la ciudad, Lidia se acercó a Pablo.

—Quiero saber más acerca de Jesús —dijo—. No deseo escuchar estas palabras y volver a vivir como si nada hubiera ocurrido.

Pablo la miró con alegría.

—La fe es un regalo de Dios, pero también pide una respuesta. Cristo te llama a confiar en Él, a recibir el Bautismo y a vivir como discípula suya.

Lidia volvió a su casa recorriendo el mismo camino de siempre, pero todo parecía distinto. El río seguía corriendo, las murallas de Filipos continuaban en su lugar y los comerciantes aún gritaban sus ofertas. Sin embargo, en su interior había comenzado algo nuevo.

Durante mucho tiempo había buscado a Dios. Ahora descubría que Dios la había buscado primero.

Mientras san Pablo anunciaba a Jesucristo, el Señor abrió el corazón de Lidia para que acogiera la Palabra.

Descubrimos la fe

La conversión de Lidia comienza con la escucha. Ella no se limita a oír sonidos: presta atención, permite que la Palabra la cuestione y reconoce que Dios le está hablando. San Lucas deja claro que la fe no nace únicamente de la inteligencia o del esfuerzo humano. Es el Señor quien abre el corazón, aunque espera que la persona responda libremente.

Dios continúa hablándonos por medio de la Sagrada Escritura, la predicación de la Iglesia, la liturgia, el testimonio de otros cristianos y los acontecimientos de la vida. Para escuchar de verdad necesitamos silencio interior. Un corazón lleno únicamente de prisas, ruido o preocupaciones puede tener dificultades para reconocer la voz de Dios.

San Pablo y sus compañeros tampoco llegaron a Filipos por casualidad. El Espíritu Santo guiaba su misión. Ellos anunciaron el Evangelio, pero no podían obligar a nadie a creer. El misionero ofrece la Palabra; Dios actúa en lo profundo; la persona responde con libertad. Así continúa creciendo la Iglesia.

Hoy podemos hacerlo nosotros

En casa podemos escuchar muchas cosas y, sin embargo, prestar atención a muy pocas. A veces miramos una pantalla mientras otra persona nos habla. Oímos el Evangelio en Misa, pero enseguida olvidamos lo que decía. Rezamos deprisa sin dejar un momento de silencio.

La familia puede escoger una frase breve del Evangelio del domingo, leerla dos veces y guardar un minuto de silencio. Después, cada uno puede decir solamente una palabra o una idea que le haya llamado la atención.

También podemos preguntarnos:

¿Hay algo que Dios lleva tiempo intentando mostrarme?

¿Escucho con respeto cuando otra persona me habla?

¿Reservamos algún momento de silencio para rezar?

La fe de Lidia comenzó junto a un río, en una reunión muy sencilla. Dios no necesita grandes escenarios para tocar un corazón dispuesto.

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3. Una familia recibe el Bautismo

Durante los días siguientes, Pablo y sus compañeros continuaron enseñando. Lidia escuchaba con atención y después hablaba con los suyos. Les contaba quién era Jesús, cómo había entregado su vida y cómo Dios lo había resucitado.

En su casa vivían familiares, servidores y personas que dependían de ella. En el mundo antiguo, la palabra «casa» podía incluir un grupo más amplio que la familia formada por padres e hijos. Todos habían observado que algo estaba cambiando en Lidia. Seguía ocupándose del negocio y tomando decisiones, pero lo hacía con una paz nueva.

Una tarde reunió a los suyos.

—Durante años he buscado al Dios verdadero —les dijo—. Ahora he escuchado el anuncio de Jesucristo y creo que en Él se han cumplido las promesas de Dios. Quiero recibir el Bautismo.

Nadie respondió inmediatamente. Una anciana de la casa, que conocía bien a Lidia, fue la primera en hablar.

—Desde que escuchas a esos viajeros, pareces más alegre. Pero también más seria, como si hubieras encontrado algo que no quieres perder.

—He encontrado a alguien —respondió Lidia—. A Cristo.

Los misioneros explicaron a la casa el significado de la fe. No se trataba de añadir un dios más a los muchos que se veneraban en el Imperio. Creer en Jesús significaba reconocerlo como Señor, abandonar los ídolos y comenzar una vida nueva. Significaba aceptar que la salvación no podía comprarse, sino que era un don recibido por la gracia de Dios.

Finalmente llegó el día del Bautismo.

Junto al agua, Lidia confesó su fe. La comerciante de púrpura, acostumbrada a negociar precios y calcular ganancias, se presentó ante Dios con las manos vacías. No llevaba una mercancía que ofrecer ni una obra con la que comprar su amor. Recibía gratuitamente una vida nueva.

Después fueron bautizados los de su casa. El agua corrió sobre sus cabezas mientras invocaban el nombre de Jesucristo. La familia que había compartido techo, trabajo y alimento comenzaba ahora a compartir también la fe.

Lidia contempló a los suyos y comprendió que aquel era el bien más valioso que había entrado nunca en su hogar. Sus telas podían deteriorarse. Las monedas podían perderse. Los negocios podían cambiar. Pero la vida recibida de Cristo estaba destinada a la eternidad.

Al regresar a casa, no hubo una celebración llena de ostentación. Prepararon comida, encendieron las lámparas y dieron gracias a Dios. Las mismas habitaciones de siempre parecían nuevas. No porque hubieran cambiado las paredes, sino porque quienes vivían dentro habían comenzado a mirar su existencia de otro modo.

Uno de los más jóvenes preguntó:

—¿Qué debemos hacer ahora?

Pablo respondió:

—Permaneced unidos a Cristo. Escuchad su Palabra, orad, compartid el pan, amaos unos a otros y no tengáis miedo de dar testimonio de vuestra fe.

Lidia guardó aquellas palabras. Comprendió que el Bautismo no era el final de un camino, sino el comienzo. Ser cristiana no consistiría únicamente en recordar aquel día junto al agua. Tendría que aprender a pensar, trabajar, perdonar, decidir y compartir según el Evangelio.

A la mañana siguiente volvió a abrir el almacén. Las telas seguían en su sitio y los clientes continuaban llegando. Exteriormente, la jornada se parecía a muchas otras. Pero Lidia ya no pertenecía solo a sí misma. Había sido incorporada a Cristo y a la gran familia de la Iglesia.

La primera cristiana conocida de Filipos comenzaba su nueva vida en el mismo lugar donde había vivido siempre.

Lidia recibió el Bautismo con los suyos y comenzó una vida nueva como discípula de Jesucristo.

Descubrimos la fe

El Bautismo no es solamente una ceremonia de bienvenida ni una costumbre familiar. Por él somos liberados del pecado, nacemos a la vida nueva de los hijos de Dios, quedamos unidos a Jesucristo y nos incorporamos a la Iglesia. Es un don que transforma nuestra identidad, aunque después necesitemos toda la vida para aprender a vivir de acuerdo con esa gracia.

Cuando san Lucas cuenta que fue bautizada la casa de Lidia, muestra también la dimensión familiar de la fe. Cada persona responde libremente a Dios, pero nadie vive el cristianismo completamente aislado. La fe se recibe, se comparte y se sostiene dentro de una comunidad. Los adultos tienen la responsabilidad de transmitirla con sus palabras y, sobre todo, con su manera de vivir.

La familia de Lidia no se hizo perfecta de un día para otro. El Bautismo no elimina automáticamente los problemas, las diferencias de carácter o el cansancio. Sin embargo, introduce una fuerza nueva: la gracia de Cristo, que permite comenzar de nuevo, pedir perdón y aprender a amarse como miembros de una misma familia de Dios.

Hoy podemos hacerlo nosotros

Muchas personas conocen la fecha de su cumpleaños, pero no recuerdan el día de su Bautismo. Podemos buscar las partidas, fotografías o recuerdos familiares y descubrir cuándo fuimos bautizados, en qué parroquia y quiénes fueron nuestros padrinos.

La familia puede colocar una vela cerca de una cruz o una imagen de Cristo, encenderla durante la oración y dar gracias por el Bautismo de cada uno.

Podemos decir juntos:

«Gracias, Señor, porque por el Bautismo nos hiciste hijos tuyos y miembros de tu Iglesia. Ayúdanos a vivir cada día como discípulos de Jesús».

También conviene preguntarnos si nuestra manera de vivir permite reconocer que somos cristianos. El Bautismo no es solo algo que ocurrió en el pasado. Es una gracia que debemos hacer fructificar hoy.

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4. Una casa siempre abierta

Después del Bautismo, Lidia habló con Pablo y sus compañeros antes de que regresaran a predicar por la ciudad.

—Si consideráis que mi fe en el Señor es sincera, venid a alojaros en mi casa.

Pablo dudó. Los misioneros estaban acostumbrados a viajar con poco y no querían convertirse en una carga. Además, sabían que aceptar hospitalidad podía despertar comentarios o comprometer a quienes los recibían.

La fe se vuelve visible cuando encuentra una puerta abierta, una mesa compartida y tiempo para escuchar.

—Agradecemos tu generosidad —respondió—, pero somos varios y no queremos causarte dificultades.

Lidia no se dio por vencida.

—Mi casa tiene espacio. Dios me ha dado bienes y ahora comprendo mejor para qué pueden servir. Vosotros me habéis anunciado a Cristo. Permitidme que os reciba como hermanos.

Insistió con tanta sinceridad que finalmente aceptaron.

Los ayudantes prepararon una habitación, extendieron esteras limpias y dispusieron agua para que los viajeros pudieran lavarse después del camino. En la mesa colocaron pan, aceitunas, fruta y otros alimentos sencillos. Nada se presentó como una exhibición. Lidia quería que los misioneros descansaran y encontraran un hogar.

Aquella noche, alrededor de la mesa, la conversación se prolongó. Pablo relató algunos de sus viajes y habló de las comunidades cristianas que nacían en distintas ciudades. Silas explicó cómo los discípulos se ayudaban unos a otros. Los miembros de la casa hicieron preguntas sobre la vida de Jesús y la celebración de la fe.

Lidia escuchaba y observaba. Hasta entonces había pensado en su casa como el fruto de muchos años de trabajo: un lugar seguro para vivir, guardar sus mercancías y atender a sus asuntos. Ahora descubría una misión nueva. Aquellas puertas podían abrirse para servir al Evangelio.

Durante los días siguientes, la casa se llenó de actividad. Los misioneros salían para anunciar a Cristo y regresaban cansados. Algunas personas interesadas por su predicación acudían para conversar. Otras necesitaban consuelo o ayuda. Lidia no podía resolver todos los problemas, pero ofrecía lo que tenía: espacio, alimento, relaciones, capacidad de organización y una acogida sin humillar a nadie.

No todos en Filipos miraban con simpatía a los predicadores. Hablar de Jesucristo como Señor podía resultar peligroso en una colonia orgullosa de su identidad romana. Además, la predicación de Pablo terminó provocando la oposición de quienes veían amenazados sus intereses. Pablo y Silas fueron golpeados y encarcelados.

La noticia llegó a casa de Lidia.

—Los han metido en prisión —dijo uno de los criados, entrando apresuradamente—. Muchos tienen miedo de que persigan también a quienes los han recibido.

Durante unos instantes, la casa quedó en silencio. Lidia comprendió el riesgo. Podía cerrar las puertas, ocultar su relación con los apóstoles y proteger su negocio. Nadie habría considerado extraña una decisión prudente.

Pero recordó su Bautismo. Recordó el agua, la confesión de fe y la alegría de haber recibido a Cristo.

—No retiraremos nuestra amistad porque ahora estén sufriendo —dijo—. Rezaremos por ellos y ayudaremos en lo que podamos.

Aquella noche, mientras Pablo y Silas oraban en la cárcel, la casa de Lidia también permaneció en oración. No sabían cómo terminaría todo. Su fe era todavía joven, pero ya estaba siendo probada.

Después de los acontecimientos de la prisión, las autoridades ordenaron liberar a los misioneros. Pablo y Silas, antes de abandonar la ciudad, fueron a casa de Lidia. Allí se encontraron con los hermanos, los animaron y se despidieron.

Cuando Lidia los vio entrar, cansados pero libres, dio gracias a Dios. Su casa había sido refugio antes de la dificultad y volvió a ser lugar de consuelo después de ella.

Entonces comprendió plenamente una verdad que había comenzado a descubrir el día de su conversión: abrir la puerta a los discípulos de Cristo era abrirla al mismo Señor.

La fe llevó a Lidia a abrir su casa y poner sus bienes al servicio de los misioneros y de la primera comunidad cristiana.

Descubrimos la fe

La hospitalidad cristiana no consiste únicamente en ofrecer una habitación o preparar una comida. Es la disposición a hacer espacio al otro en nuestra vida. Significa reconocer su dignidad, escuchar sus necesidades y compartir sin hacerle sentir inferior.

Lidia no abandonó necesariamente su negocio ni renunció a todos sus bienes. El libro de los Hechos muestra algo quizá más exigente: permitió que la fe transformara la finalidad de cuanto poseía. Su casa dejó de ser un espacio reservado únicamente a sus intereses y se convirtió en un instrumento para la misión.

Esta escena recuerda las palabras de Jesús: «Fui forastero y me hospedasteis». Cristo se hace presente de un modo especial en quien necesita acogida, consuelo, alimento, compañía o protección. No todas las familias pueden recibir huéspedes en casa, pero todas pueden cultivar un corazón hospitalario.

La generosidad de Lidia tampoco fue ingenua. Abrir su hogar a los misioneros implicaba un riesgo real. La caridad cristiana necesita prudencia, pero la prudencia no debe convertirse en una excusa permanente para no ayudar a nadie.

Hoy podemos hacerlo nosotros

Nuestra casa puede estar muy ordenada y, sin embargo, ser un lugar cerrado donde nadie encuentra tiempo, escucha o cariño. También puede ser sencilla y convertirse en un verdadero hogar para quienes entran.

La hospitalidad familiar puede tomar formas pequeñas:

Invitar a comer o merendar a una persona que vive sola.

Recibir con atención a un familiar al que vemos poco.

Escuchar sin mirar el teléfono.

Acoger a un compañero nuevo.

Colaborar con la parroquia en la atención a familias necesitadas.

Preparar una habitación, una mesa o incluso una conversación pensando en el bien de otra persona.

La familia puede escoger esta semana un gesto concreto de acogida. No hace falta organizar algo extraordinario. Basta con abrir un espacio verdadero en nuestra agenda y en nuestro corazón.

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5. Una pequeña Iglesia en casa

Después de la partida de Pablo y Silas, la ciudad recuperó poco a poco su ritmo habitual. Los comerciantes volvieron a discutir precios en el mercado, los magistrados atendieron nuevos asuntos y los viajeros atravesaron Filipos sin saber lo que había comenzado allí.

Pero en la casa de Lidia nada volvió a ser exactamente igual.

Los cristianos de la ciudad necesitaban reunirse. Eran todavía pocos y no tenían templos. Algunos habían escuchado a Pablo junto al río. Otros se habían acercado después. Había personas de distintas edades, orígenes y condiciones. Lo que los unía no era una amistad anterior ni un interés comercial, sino la fe en Jesucristo.

Una tarde fueron llegando discretamente. Lidia los recibió en la entrada. En una habitación amplia habían colocado lámparas, bancos sencillos y una mesa. Sobre ella había pan y una copa. No era un salón reservado a invitados importantes. Se había convertido en un lugar para la comunidad.

Comenzaron dando gracias a Dios. Recordaron las enseñanzas de los apóstoles y hablaron de Jesús. Algunos conocían fragmentos de las Escrituras. Otros repetían los relatos que habían escuchado de Pablo: la muerte del Señor, su resurrección, las apariciones a los discípulos y el mandato de anunciar el Evangelio.

También compartían sus preocupaciones. Una mujer temía la reacción de su familia. Un hombre había perdido clientes porque se negaba a participar en ciertas prácticas injustas. Otro no comprendía bien cómo perdonar a quien lo había tratado mal.

Lidia no tenía respuesta para todo. No era apóstol ni había recibido una formación prolongada. Era una cristiana recién bautizada que ponía sus dones al servicio de los demás. Sabía organizar, escuchar, reunir personas y cuidar de que nadie quedara olvidado.

—Pablo nos enseñó que somos un solo cuerpo en Cristo —recordó—. Si uno sufre, no podemos comportarnos como si no ocurriera nada.

Aquella comunidad comenzó a atender a quienes tenían necesidad. Unos aportaban alimentos. Otros acompañaban a los enfermos. Quienes sabían leer ayudaban a los demás a conocer las Escrituras. Las personas que tenían más compartían con las que tenían menos.

En ocasiones surgían desacuerdos. No todo era sencillo en la primera comunidad cristiana. Algunos querían imponer sus costumbres. Otros hablaban demasiado y escuchaban poco. Había temores, cansancio y diferencias de carácter. Entonces recordaban que la casa no les pertenecía solo a ellos. Era una casa abierta a Cristo.

Con el paso del tiempo, las noticias de san Pablo llegaron de nuevo a Filipos. Los creyentes supieron que continuaba anunciando el Evangelio en otras ciudades y que sufría por su misión. La comunidad no se olvidó de él. Los filipenses destacaron por su generosidad y lo ayudaron en diferentes momentos.

Podemos imaginar a Lidia escuchando una carta del apóstol, rodeada por los hermanos. Tal vez reconoció en aquellas palabras el mismo fuego que había percibido junto al río. Pablo los invitaba a vivir unidos, a alegrarse en el Señor y a tener los mismos sentimientos de Cristo.

Mientras alguien leía, Lidia miró la estancia. Recordó el día en que aquellas paredes solo protegían su familia y sus mercancías. Ahora acogían oración, enseñanza, consuelo y caridad. Su casa se había convertido en una pequeña Iglesia.

No sabemos cuánto tiempo vivió santa Lidia ni cómo terminaron sus días. La Sagrada Escritura no cuenta más. Pero tampoco hace falta inventar grandes hazañas. Había escuchado la Palabra, había recibido el Bautismo y había abierto su casa. Con esos gestos sencillos, Dios había preparado un hogar para el Evangelio en Europa.

Probablemente Lidia continuó trabajando. Seguiría examinando telas, hablando con proveedores y atendiendo a sus responsabilidades. Pero cada jornada tenía ahora una orientación nueva. Sus manos administraban bienes que pertenecían a Dios. Su mesa podía reunir a los hermanos. Su puerta recordaba que siempre debía quedar espacio para Cristo.

Muchos siglos después, los cristianos continúan pronunciando su nombre. No porque fuera la primera en alcanzar un récord humano, sino porque estuvo entre las primeras personas de aquella región que dejaron entrar a Jesucristo en toda su vida.

Primero abrió el corazón.

Después abrió su casa.

Y Dios abrió, a través de ella, un camino para muchos otros.

La casa de Lidia se convirtió en lugar de encuentro, oración y consuelo para los primeros cristianos de Filipos.

Descubrimos la fe

Los primeros cristianos se reunían con frecuencia en casas particulares. Allí escuchaban la enseñanza apostólica, oraban, compartían sus bienes y celebraban la fe. La casa de Lidia aparece en el libro de los Hechos como un punto de referencia para los hermanos de Filipos.

Por esta razón podemos reconocer en ella una imagen temprana de la Iglesia doméstica. La familia cristiana no sustituye a la parroquia ni vive aislada del resto de la Iglesia. Al contrario, participa en su misión cuando hace presente a Cristo en la vida cotidiana.

Una casa se convierte en Iglesia doméstica cuando en ella se aprende a rezar, se perdona, se escucha la Palabra, se cuida a los débiles y se comparte con quien lo necesita. No depende de tener muchos objetos religiosos ni de realizar actividades complicadas. Depende de que Jesucristo sea recibido como verdadero Señor de la vida familiar.

Santa Lidia muestra también la importancia de los laicos en la evangelización. Ella no predicó como san Pablo ni viajó como los apóstoles. Sirvió desde su propia vocación, con su casa, su trabajo, sus relaciones y sus capacidades. La Iglesia crece cuando cada bautizado descubre qué dones ha recibido y los pone al servicio del Evangelio.

Hoy podemos hacerlo nosotros

Podemos revisar qué lugar ocupa Dios en nuestra casa. Tal vez hay una cruz o una imagen, pero rara vez rezamos juntos. Tal vez asistimos a Misa, pero no hablamos nunca de lo que hemos escuchado. O quizá ya existen pequeños gestos de fe que debemos cuidar y agradecer.

Una familia no necesita realizar largas reuniones. Puede comenzar con acciones sencillas:

Bendecir la mesa.

Rezar juntos antes de dormir.

Leer el Evangelio del domingo.

Celebrar los aniversarios de Bautismo.

Pedir perdón antes de terminar el día.

Interesarse por una persona enferma o necesitada.

Participar en la vida de la parroquia.

La pregunta final no es solo si nuestra casa tiene las puertas abiertas, sino si quienes entran en ella pueden encontrar respeto, paz, alegría y una señal del amor de Cristo.

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Lo que nos enseña santa Lidia

Una Mujer Que Supo Escuchar A Dios

Lidia no conoció a Jesús durante su vida pública. Recibió el Evangelio mediante la predicación de san Pablo. Esto nos recuerda que Cristo continúa saliendo al encuentro de las personas a través de su Iglesia.

Su primera gran virtud fue escuchar. No se defendió de antemano ni rechazó lo nuevo por miedo. Tampoco aceptó superficialmente cualquier palabra. Prestó atención, permitió que Dios actuara en ella y respondió con una decisión concreta.

El Trabajo También Puede Ser Camino De Santidad

La profesión de Lidia forma parte de su identidad en el relato bíblico. San Lucas la presenta como comerciante de púrpura. Su vida cristiana no comenzó cuando abandonó el mundo del trabajo, sino cuando permitió que Cristo iluminara su manera de vivirlo.

La santidad cotidiana se construye con honradez, responsabilidad, justicia y servicio. Un cristiano no puede separar su fe de la forma en que trata a sus empleados, compañeros, clientes, alumnos, pacientes o proveedores.

La Riqueza Es Un Regalo Para Servir

No sabemos exactamente qué fortuna poseía Lidia, pero su actividad y su capacidad para alojar a varias personas indican que disponía de recursos. La Escritura no cuenta que renunciara a ellos. Cuenta que los puso al servicio de la misión.

El problema no consiste solo en tener mucho o poco. Una persona puede apegarse a una gran fortuna o a unas pocas cosas. La pregunta cristiana es: ¿qué lugar ocupan los bienes en mi corazón y para qué los utilizo?

El dinero puede alimentar el egoísmo, pero también sostener una familia, crear trabajo digno, ayudar a los pobres, apoyar la evangelización y aliviar muchos sufrimientos. Santa Lidia comprendió que el verdadero valor de los bienes se manifiesta en el modo de administrarlos y compartirlos.

Una Familia Puede Acercar A Otras Personas A Cristo

La conversión de Lidia alcanzó a su casa. Después, su hogar recibió a los misioneros y reunió a los creyentes. Una decisión personal produjo frutos comunitarios.

Cada familia tiene limitaciones y heridas. Ninguna debe compararse con una imagen irreal de perfección. Sin embargo, incluso una familia frágil puede realizar gestos que abran camino al Evangelio: rezar, perdonar, escuchar, servir, recibir a alguien y participar en la comunidad cristiana.

PRIMERO EL CORAZÓN, DESPUÉS LA CASA

La secuencia de la historia es importante. Lidia no practicó una simple hospitalidad humana y después recibió una felicitación religiosa. Primero el Señor abrió su corazón; después ella abrió su casa.

La caridad cristiana nace del encuentro con Cristo. Cuando reconocemos cuánto hemos recibido gratuitamente, dejamos de considerar nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestros bienes como una propiedad cerrada. Todo puede convertirse en respuesta agradecida al amor de Dios.

Don recibido Respuesta de Lidia Aplicación familiar
La Palabra Escucha y cree Reservar tiempo para escuchar a Dios
El Bautismo Comienza una vida nueva Vivir conscientemente la gracia bautismal
Los bienes Los comparte con generosidad Administrar y compartir responsablemente
La casa La abre a la comunidad Practicar la acogida y la hospitalidad

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Actividad para vivir en familia

Nuestra Casa También Puede Ser Una Iglesia Doméstica

Objetivo

Descubrir un modo concreto de abrir nuestra casa o nuestra vida familiar a Dios y a los demás, siguiendo el ejemplo de santa Lidia.

Duración

Entre veinte y treinta minutos para la conversación inicial. El gesto de hospitalidad puede realizarse durante la semana.

Materiales

Una Biblia.

Una vela.

Una hoja de papel.

Un bolígrafo o rotulador.

Preparación

La familia se reúne cerca de una mesa. Se coloca la Biblia abierta y una vela encendida. Si hay niños pequeños, un adulto se responsabiliza de la vela.

Paso 1. Escuchamos

Leer Hechos de los Apóstoles 16,13-15.

Aquí insertar Hechos 16,13-15, versión de la Conferencia Episcopal Española.

Paso 2. Recordamos

Cada persona responde brevemente:

¿Qué abrió primero el Señor en la historia de Lidia?

¿Qué abrió después Lidia?

¿Qué puso al servicio de los demás?

Paso 3. Miramos nuestra casa

En una hoja se dibuja una puerta grande. Dentro se escriben las cosas buenas que nuestra familia ya puede compartir: tiempo, comida, conversación, conocimientos, compañía, oración, transporte, ayuda escolar, cuidado de niños, atención a mayores u otras posibilidades reales.

No se trata de escribir lo que hacen otras familias, sino aquello que nosotros podemos ofrecer responsablemente.

Paso 4. Elegimos un gesto

La familia escoge una acción concreta y realizable durante los próximos siete días. Por ejemplo:

Invitar a merendar a alguien que necesita compañía.

Llamar o visitar a un familiar enfermo.

Preparar una bolsa de alimentos para Cáritas.

Recibir con especial atención a una persona nueva en la parroquia o en el colegio.

Ofrecer ayuda a una familia que atraviesa una dificultad.

Reservar una tarde sin pantallas para escuchar y estar juntos.

El gesto debe ser sencillo, acordado por todos y adecuado a la situación de la familia.

Paso 5. Rezamos

Cada persona puede decir en voz alta el nombre de alguien a quien desea encomendar. Después se reza:

«Señor Jesús, tú abriste el corazón de santa Lidia y ella abrió su casa a tus discípulos. Enséñanos a reconocer todo lo que hemos recibido y a compartirlo con alegría. Haz de nuestra familia un hogar donde tú seas escuchado, amado y servido. Amén».

Fruto Esperado

Comprender que la Iglesia doméstica no es una idea abstracta. Se hace visible mediante pequeños actos de oración, escucha, hospitalidad y servicio.

Para Evitar

No convertir la actividad en una competición sobre quién es más generoso.

No prometer una ayuda que la familia no pueda realizar.

No obligar a contar situaciones personales delicadas.

No reducir la hospitalidad a recibir visitas en casa. También podemos abrir tiempo, atención y ayuda desde otros lugares.

Variante Para Niños Pequeños

Cada niño dibuja una puerta abierta y, detrás de ella, una escena en la que su familia recibe o ayuda a alguien. Los adultos escriben debajo una frase dictada por el niño: «Nuestra casa está abierta cuando…».

Variante Para Adolescentes

Conversar sobre las puertas que solemos cerrar: el grupo de amigos, el tiempo, las redes sociales, la atención a quien es diferente o la disponibilidad para ayudar. Elegir una acción que implique acoger a alguien que suele quedar al margen.

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Oración a santa Lidia

Santa Lidia,
tú escuchaste la predicación de san Pablo
y el Señor abrió tu corazón
para recibir a Jesucristo.
Enséñanos a escuchar la Palabra de Dios
con atención, humildad y alegría.
Tú recibiste el Bautismo con los tuyos
y comenzaste una vida nueva.
Ayuda a nuestras familias
a recordar y vivir la gracia bautismal.
Tú abriste tu casa a los apóstoles
y pusiste tus bienes al servicio del Evangelio.
Alcánzanos un corazón generoso,
capaz de compartir sin orgullo
y de recibir a los demás con respeto.
Intercede por quienes trabajan,
por quienes dirigen negocios
y por quienes administran bienes,
para que actúen siempre con justicia
y busquen el bien de todos.
Haz que nuestros hogares
sean pequeñas Iglesias domésticas:
lugares de oración y perdón,
de escucha y esperanza,
de acogida y caridad.
Santa Lidia,
primera creyente de Filipos,
ruega por nosotros
y acompáñanos en el camino hacia Cristo.
Amén.

Jaculatoria familiar

Santa Lidia, enséñanos a abrir el corazón y la casa al Señor.

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Fuentes, recursos y notas

Sagrada Escritura

  • Hechos de los Apóstoles 16,11-15.
  • Hechos de los Apóstoles 16,35-40.
  • Carta de san Pablo a los Filipenses, especialmente 1,1-11; 2,1-11 y 4,10-20.
  • Para los textos bíblicos literales de la edición definitiva: Sagrada Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.

Magisterio y documentos de la Iglesia

  • Francisco. Audiencia general, 30 de octubre de 2019. Catequesis sobre el viaje de san Pablo a Macedonia y la conversión de Lidia.
  • Catecismo de la Iglesia Católica, especialmente los números dedicados al Bautismo, la vocación de los laicos, la familia cristiana, el trabajo y el uso de los bienes materiales.
  • Martirologio Romano. Memoria de santa Lidia de Tiatira.

Fuente de partida facilitada para este relato

«Santa Lidia. Discípula de san Pablo. Comerciante», publicado en sagradafamilia.net.

El texto recibido ha servido como punto de partida temático, especialmente para presentar el trabajo de Lidia, su relación con la púrpura y el uso cristiano de la riqueza. El relato definitivo se ha reelaborado a partir del testimonio de los Hechos de los Apóstoles y de la catequesis de la Iglesia.

Otros recursos de Catequesis en Familia

Antes de la publicación definitiva, incorporar los enlaces a todos los contenidos propios relacionados con:

  • Santa Lidia.
  • San Pablo.
  • El libro de los Hechos de los Apóstoles.
  • El Bautismo.
  • La Iglesia doméstica.
  • El trabajo cristiano.
  • La hospitalidad.
  • El uso responsable de los bienes.

Recursos digitales recomendados

  • Santa Sede. Audiencia general del papa Francisco del 30 de octubre de 2019, dedicada a la llegada del Evangelio a Filipos y a la conversión de Lidia.
  • Santa Sede. Materiales bíblicos y catequéticos sobre los Hechos de los Apóstoles.
  • Conferencia Episcopal Española. Sagrada Biblia, versión oficial.

Nota de transparencia y agradecimiento

Las imágenes y la maquetación de este documento se realizarán con el apoyo de herramientas de inteligencia artificial. ChatGPT ha colaborado en la preparación del relato, el programa gráfico y la futura organización visual del documento, bajo la revisión y dirección editorial de Catequesis en Familia.

Evangelio del día: Lunes Santo

Evangelio del día: Lunes Santo

Juan 12, 1-11. Lunes Santo – Semana Santa. El amor no calcula, no mide, no repara en gastos, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca sólo el bien del otro, vence la mezquindad, la cicatería, los resentimientos, la cerrazón que el hombre lleva a veces en su corazón.

Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: «¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?». Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. Jesús le respondió: «Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre». Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús a causa de él.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Isaías, Is 42, 1-7

Salmo: Sal 27(26), 1-3.13-14

Oración introductoria

Dame, Señor, la sabiduría y fuerza de voluntad para saber dedicar el mejor tiempo de este día a la oración. Sé que vendrás a mi encuentro para transformarme. ¡Gracias por tu bondad y misericordia!

Petición

Señor, que no me ciegue como Judas. Tú eres lo mejor de mi vida, dame un corazón abierto a tu gracia y un alma generosa que sepa corresponder a tu infinito amor.

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

El Evangelio recién proclamado nos conduce a Betania, donde, como apunta el evangelista, Lázaro, Marta y María ofrecieron una cena al Maestro (cf. Jn 12, 1). Este banquete en casa de los tres amigos de Jesús se caracteriza por los presentimientos de la muerte inminente: los seis días antes de Pascua, la insinuación del traidor Judas, la respuesta de Jesús que recuerda uno de los piadosos actos de la sepultura anticipado por María, la alusión a que no lo tendrían siempre con ellos, el propósito de eliminar a Lázaro, en el que se refleja la voluntad de matar a Jesús. En este relato evangélico hay un gesto sobre el que deseo llamar la atención: María de Betania, «tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos» (12, 3). El gesto de María es la expresión de fe y de amor grandes por el Señor: para ella no es suficiente lavar los pies del Maestro con agua, sino que los unge con una gran cantidad de perfume precioso que —como protestará Judas— se habría podido vender por trescientos denarios; y no unge la cabeza, como era costumbre, sino los pies: María ofrece a Jesús cuanto tiene de mayor valor y lo hace con un gesto de profunda devoción. El amor no calcula, no mide, no repara en gastos, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca sólo el bien del otro, vence la mezquindad, la cicatería, los resentimientos, la cerrazón que el hombre lleva a veces en su corazón.

María se pone a los pies de Jesús en humilde actitud de servicio, como hará el propio Maestro en la última Cena, cuando, como dice el cuarto Evangelio, «se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una jofaina y se puso a lavar los pies de los discípulos» (Jn 13, 4-5), para que —dijo— «también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (v. 15): la regla de la comunidad de Jesús es la del amor que sabe servir hasta el don de la vida. Y el perfume se difunde: «Toda la casa —anota el evangelista— se llenó del olor del perfume» (Jn 12, 3). El significado del gesto de María, que es respuesta al amor infinito de Dios, se expande entre todos los convidados; todo gesto de caridad y de devoción auténtica a Cristo no se limita a un hecho personal, no se refiere sólo a la relación entre el individuo y el Señor, sino a todo el cuerpo de la Iglesia; es contagioso: infunde amor, alegría y luz.

«Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11): al acto de María se contraponen la actitud y las palabras de Judas, quien, bajo el pretexto de la ayuda a los pobres oculta el egoísmo y la falsedad del hombre cerrado en sí mismo, encadenado por la avidez de la posesión, que no se deja envolver por el buen perfume del amor divino. Judas calcula allí donde no se puede calcular, entra con ánimo mezquino en el espacio reservado al amor, al don, a la entrega total. Y Jesús, que hasta aquel momento había permanecido en silencio, interviene a favor del gesto de María: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura» (Jn 12, 7). Jesús comprende que María ha intuido el amor de Dios e indica que ya se acerca su «hora», la «hora» en la que el Amor hallará su expresión suprema en el madero de la cruz: el Hijo de Dios se entrega a sí mismo para que el hombre tenga vida, desciende a los abismos de la muerte para llevar al hombre a las alturas de Dios, no teme humillarse «haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz» (Flp 2, 8). San Agustín, en el Sermón en el que comenta este pasaje evangélico, nos dirige a cada uno, con palabras apremiantes, la invitación a entrar en este circuito de amor, imitando el gesto de María y situándonos concretamente en el seguimiento de Jesús. Escribe san Toda alma que quiera ser fiel, únase a María para ungir con perfume precioso los pies del Señor… Unja los pies de Jesús: siga las huellas del Señor llevando una vida digna. Seque los pies con los cabellos: si tienes cosas superfluas, dalas a los pobres, y habrás enjugado los pies del Señor» (In Ioh. evang., 50, 6).

Santo Padre Benedicto XVI

Homilía del lunes, 29 de marzo de 2010

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

IV. Perseverar en el amor

2742 “Orad constantemente” (1 Ts 5, 17), “dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5, 20), “siempre en oración y suplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos” (Ef 6, 18).“No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar” (Evagrio Pontico, Capita practica ad Anatolium, 49). Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes:

2743 Orar es siempre posible: El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado que está con nosotros “todos los días” (Mt 28, 20), cualesquiera que sean las tempestades (cf Lc 8, 24). Nuestro tiempo está en las manos de Dios:

«Conviene que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o mientras da un paseo: igualmente el que está sentado ante su mesa de trabajo o el que dedica su tiempo a otras labores, que levante su alma a Dios: conviene también que el siervo alborotador o que anda yendo de un lado para otro, o el que se encuentra sirviendo en la cocina […], intenten elevar la súplica desde lo más hondo de su corazón» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 6).

2744 Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado (cf Ga 5, 16-25). ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser “vida nuestra”, si nuestro corazón está lejos de él?

«Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil […]. Es imposible […] que el hombre […] que ora […] pueda pecar» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 5).

«Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente» (San Alfonso María de Ligorio, Del gran mezzo della preghiera, pars 1, c. 1)).

2745 Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado. “Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15, 16-17).

«Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos cumplir el mandato: “Orad constantemente”» (Orígenes, De oratione, 12, 2).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Si hoy tengo un pensamiento negativo sobre una persona, orar y buscar una cualidad de ella para alabarle.

Diálogo con Cristo

Jesús, esta Semana Santa es una excelente oportunidad para dedicar más tiempo a fijarme en los demás, como ha propuesto el Papa. Dame tu luz para emprender una labor de fermento en mi propia familia, en mi propio ambiente, para vivir un cristianismo más dinámico, más apasionado, que no mida el esfuerzo o sacrificio. Dame la generosidad de María, que supo escoger siempre la mejor parte.

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Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

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 Sesión de catequesis para niños: María unge los pies de Jesús

Basada en Juan 12, 1-11 y en la imagen catequética

En esta escena del Evangelio vemos a Jesús en casa de sus amigos: Marta, María y Lázaro. Todo parece tranquilo, pero ocurre algo muy especial: María se acerca a Jesús, rompe un frasco de perfume muy caro y unge sus pies, secándolos con su cabello. Es un gesto lleno de amor, de respeto y de adoración. Sin embargo, no todos lo entienden. Judas critica lo que ha hecho María. Jesús, en cambio, la defiende. Esta catequesis ayudará a los niños a descubrir qué significa amar de verdad a Jesús.

1. Título

“Amar a Jesús con todo el corazón”

2. Objetivo

Que los niños comprendan que amar a Jesús significa darle lo mejor de uno mismo, y que aprendan a distinguir entre el amor verdadero y las críticas vacías o falsas.

3. Edad

Niños de 7 a 10 años (Primera Comunión).

4. Duración

60 minutos.

5. Materiales

  • Imagen catequética
  • Biblia
  • Folios y colores
  • Un pequeño frasco (simbolizando perfume)

6. Texto del Evangelio (resumen adaptado)

Jesús estaba en casa de Lázaro. María tomó un perfume muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con su cabello. La casa se llenó del buen olor del perfume. Pero Judas dijo: “¿Por qué no se ha vendido este perfume para dar el dinero a los pobres?”. Jesús respondió: “Déjala. Ella ha hecho esto por amor”.

7. Miramos la imagen

El catequista invita a observar:

  • ¿Qué está haciendo María?
  • ¿Cómo está Jesús?
  • ¿Qué hace el hombre que habla (Judas)?
  • ¿Qué se nota en la cara de María?

Se guía a los niños a descubrir que María actúa con amor profundo, mientras Judas critica sin entender.

8. Explicación sencilla

María quiere muchísimo a Jesús. Por eso no le da algo cualquiera: le da algo muy valioso. Pero lo más importante no es el perfume… es su amor.

Judas, en cambio, parece que habla bien, pero en realidad no ama a Jesús. Critica, pero no comprende.

Jesús enseña que cuando alguien ama de verdad, ese amor es bueno y hermoso.

9. Desarrollo

Actividad 1. ¿Qué es amar de verdad?

Los niños dicen cosas que hacen cuando quieren mucho a alguien (papás, amigos, Jesús).

Actividad 2. Mi “perfume” para Jesús

Cada niño dibuja algo que puede ofrecer a Jesús: una oración, una ayuda, portarse bien, perdonar…

Actividad 3. Diferenciar actitudes

El catequista plantea situaciones:

“Ayudo sin que me vean” / “Critico a otros”

Los niños identifican cuál se parece a María y cuál a Judas.

Actividad 4. Lectio divina

¿Qué dice el texto? María ama y unge a Jesús.

¿Qué me dice Jesús? Que le ame de verdad.

¿Qué le digo yo? “Jesús, quiero quererte mucho”.

¿A qué me invita? A dar lo mejor de mí.

10. Aplicación a la Primera Comunión

Cuando recibes a Jesús en la Comunión, haces algo parecido a María: lo recibes con amor. No necesitas perfume, pero sí un corazón limpio, alegre y lleno de cariño.

11. Oración

Jesús,
quiero amarte como María,
con todo mi corazón.
Ayúdame a darte lo mejor de mí,
y a no criticar a los demás.
Quiero recibirte bien
en la Comunión.
Amén.

12. Mensaje final

Amar a Jesús es darle lo mejor de ti.

13. Para el catequista

No te engañes aquí: este Evangelio es clave. Aquí se ve la diferencia entre religiosidad superficial (Judas) y amor verdadero (María). Si el niño capta esto, has ganado mucho terreno para la Primera Comunión.

 

 

 

Evangelio del día: Generosidad de la viuda

Evangelio del día: Generosidad de la viuda

Marcos 12, 38-44. Sábado de la 9.ª semana del Tiempo Ordinario. En la viuda que entrega sus dos moneditas al tesoro del templo podemos ver la «imagen de la Iglesia» que debe ser pobre, humilde y fiel.

En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y les decía: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad». Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Tobías, Tb 12, 1.5-15.20

Salmo (tomado del Libro de Tobías): Tb 13, 2.6.7.8

Oración introductoria

Espíritu Santo, ilumina esta oración para que no la convierta en un momento de vanidad, autocomplacencia o en un ritual sin sentido, como acostumbraban los fariseos. Dame la fortaleza para saber desprenderme de lo que me impida crecer en el amor.

Petición

Señor, dame la gracia de ser generoso, sin cálculos egoístas.

Meditación del Santo Padre Francisco

En la viuda que entrega sus dos moneditas al tesoro del templo podemos ver la «imagen de la Iglesia» que debe ser pobre, humilde y fiel. Parte del Evangelio del día, tomado del capítulo 21 de san Lucas (1-4), la reflexión del Papa Francisco durante la misa del [día de hoy]. En la homilía hizo referencia al pasaje donde Jesús, «tras largas discusiones» con los saduceos y los discípulos en relación a los escribas y a los fariseos que «se complacían en ocupar los primeros puestos, los primeros asientos en las sinagogas, en los banquetes, en ser saludados», alzando los ojos «vio a una viuda». El «contraste» es inmediato y «fuerte» respecto a los «ricos que echaban sus donativos en el tesoro del templo». Precisamente la viuda es «la persona más fuerte aquí, en este pasaje».

De la viuda, explicó el Pontífice, «se dice dos veces que era pobre: dos veces. Y pasaba necesidad». Es como si el Señor hubiese querido destacar a los doctores de la ley: «Tenéis muchas riquezas de vanidad, de apariencia o incluso de soberbia. Esta es pobre…». Pero «en la Biblia el huérfano y la viuda son las figuras de los más marginados» así como también los leprosos, y «por ello hay muchos mandamientos para ayudar, para ocuparse de las viudas, de los huérfanos». Y Jesús «mira a esta mujer sola, vestida con sencillez» y «que echa todo lo que tenía para vivir: dos moneditas». El pensamiento vuela también a otra viuda, la de Sarepta, «que había recibido al profeta Elías y había dado todo lo que tenía antes de morir: un poco de harina y aceite…».

El Pontífice volvió a componer la escena narrada por el Evangelio: «Una mujer pobre en medio de los poderosos, en medio de los doctores, de los sacerdotes, de los escribas… también en medio de los ricos que echaban sus donativos, e incluso algunos para hacerse ver». A ellos les dijo Jesús: «Este es el camino, este es el ejemplo. Esta es la senda por la que vosotros tenéis que ir». Surge fuerte el «gesto de esta mujer que le pertenecía totalmente a Dios, como la viuda Ana que recibió a Jesús en el Templo: toda para Dios. Su esperanza estaba sólo en el Señor».

«El Señor puso de relieve la persona de la viuda», dijo el Papa Francisco, y continuó: «Me gusta ver aquí, en esta mujer, una imagen de la Iglesia». Sobre todo la «Iglesia pobre, porque la Iglesia no debe tener otras riquezas más que su Esposo»; luego la «Iglesia humilde, como lo eran las viudas de ese tiempo, porque en esa época no existía la pensión, no existían las ayudas sociales, nada». En cierto sentido la Iglesia «es un poco viuda, porque espera a su Esposo que volverá». Cierto, «tiene a su Esposo en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en los pobres: pero espera que regrese».

¿Qué es lo que impulsa al Papa a «ver en esta mujer la figura de la Iglesia»? El hecho de que «no era importante: el nombre de esta viuda no aparecía en los periódicos, nadie la conocía, no tenía títulos… nada. Nada. No brillaba con luces propias». Y la «gran virtud de la Iglesia» debe ser precisamente la «de no brillar con luz propia», sino reflejar «la luz que viene de su Esposo». Tanto más que «a lo largo de los siglos, cuando la Iglesia quiso tener luz propia, se equivocó». Lo decían incluso «los primeros Padres», la Iglesia es «un misterio como el de la luna. La llamaban mysterium lunae: la luna no tiene luz propia; la recibe siempre del sol».

Cierto, especificó el Papa, «es verdad que algunas veces el Señor puede pedir a su Iglesia que tenga, que procure un poco de luz propia», como cuando pidió «a la viuda Judit que se quitara las vestiduras de viuda y se pusiera vestidos de fiesta para cumplir una misión». Pero, dijo, «permanece siempre la actitud de la Iglesia hacia su Esposo, hacia el Señor». La Iglesia «recibe la luz de allá, del Señor» y «todos los servicios que realizamos» le sirven a ella para «recibir esa luz». Cuando a un servicio le falta esta luz «no esá bien», porque «hace que la Iglesia se haga rica, o poderosa, o que busque el poder, o que se equivoque de camino, como sucedió muchas veces en la historia, y como sucede en nuestra vida cuando queremos tener otra luz, que no es precisamente la del Señor: una luz propia».

El Evangelio, destacó el Papa, presenta la imagen de la viuda precisamente en el momento en el que «Jesús comienza a sentir las resistencias de la clase dirigente de su pueblo: los saduceos, los fariseos, los escribas, los doctores de la ley». Y es como si Él dijera: «Sucede todo esto, pero mirad allí», hacia esa viuda. La confrontación es fundamental para reconocer la verdadera realidad de la Iglesia que «cuando es fiel a la esperanza y a su Esposo, se alegra de recibir la luz que viene de Él, de ser —en este sentido— viuda: esperando ese sol que vendrá».

Por lo demás, «no por casualidad la primera confrontación fuerte que Jesús tuvo en Nazaret, después de la que tuvo con Satanás, fue por nombrar a una viuda y por nombrar a un leproso: dos marginados». Había «muchas viudas en Israel, en ese tiempo, pero sólo Elías fue invitado por la viuda de Sarepta. Y ellos se enfadaron y querían matarlo».

Cuando la Iglesia, concluyó el Papa Francisco, es «humilde» y «pobre», y también cuando «confiesa sus miserias —que, además, todos las tenemos— la Iglesia es fiel». Es como si ella dijera: «Yo soy oscura, pero la luz me viene de allí». Y esto, añadió el Pontífice, «nos hace mucho bien». Entonces «recemos a esta viuda que está en el cielo, seguro», a fin de que «nos enseñe a ser Iglesia de ese modo», renunciando a «todo lo que tenemos» y a no tener «nada para nosotros» sino «todo para el Señor y para el prójimo». Siempre «humildes» y «sin gloriarnos de tener luz propia», sino «buscando siempre la luce que viene del Señor».

Santo Padre Francisco: ¿De dónde viene la luz?

Meditación del lunes, 24 de noviembre de 2014

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

VI. El amor de los pobres

2443 Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: “A quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda” (Mt 5, 42). “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10, 8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (cf Mt 25, 31-36). La buena nueva “anunciada a los pobres” (Mt 11, 5; Lc 4, 18)) es el signo de la presencia de Cristo.

2444 “El amor de la Iglesia por los pobres […] pertenece a su constante tradición” (CA 57). Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas (cf Lc 6, 20-22), en la pobreza de Jesús (cf Mt 8, 20), y en su atención a los pobres (cf Mc 12, 41-44). El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de “hacer partícipe al que se halle en necesidad” (Ef 4, 28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (cf CA 57).

2445 El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta:

«Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste» (St 5, 1-6).

2446 San Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: “No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida; […] lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos” (In Lazarum, concio 2, 6). Es preciso “satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia” (AA 8):

«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (San Gregorio Magno, Regula pastoralis, 3, 21, 45).

2447 Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58, 6-7; Hb 13, 3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17, 22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6, 2-4):

«El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo» (Lc 3, 11). «Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros» (Lc 11, 41). «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos o hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?» (St 2, 15-16; cf Jn 3, 17).

2448 “Bajo sus múltiples formas —indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte—, la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado de Adán y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los «más pequeños de sus hermanos». También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia, 68).

2449 En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas (año jubilar, prohibición del préstamo a interés, retención de la prenda, obligación del diezmo, pago cotidiano del jornalero, derecho de rebusca después de la vendimia y la siega) corresponden a la exhortación del Deuteronomio: “Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra” (Dt 15, 11). Jesús hace suyas estas palabras: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis” (Jn 12, 8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos antiguos: “comprando por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias […]” (Am 8, 6), sino que nos invita a reconocer su presencia en los pobres que son sus hermanos (cf Mt 25, 40):

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: “Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, somos buen olor de Cristo”.

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Ser especialmente generoso en mi ofrenda en la limosna de la misa de hoy o de mañana domingo.

Diálogo con Cristo

Jesús, dame tu gracia para transformar mi espíritu en la generosidad para vivir en una constante preocupación por tus intereses y por las necesidades de los demás. Que incremente mis actos de servicio y caridad, sin buscar nunca ventajas personales ni llamar la atención.

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La Iglesia es un organismo espiritual concreto que prolonga en el espacio y en el tiempo la oblación del Hijo de Dios, un sacrificio aparentemente insignificante respecto a las dimensiones del mundo y de la historia, pero decisivo a los ojos de Dios.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

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El príncipe feliz, de Óscar Wilde

El príncipe feliz, de Óscar Wilde

En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.

Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.

Por todo lo cual era muy admirada.

—Es tan hermoso como una veleta —observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte—. Ahora, que no es tan útil —añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.

Y realmente no lo era.

—¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? —preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna—. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.

—Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz —murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.

—Verdaderamente parece un ángel —decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.

—¿En qué lo conocéis —replicaba el profesor de matemáticas— si no habéis visto uno nunca?

—¡Oh! Los hemos visto en sueños —respondieron los niños.

Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.

Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad.

Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.

Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.

—¿Quieres que te ame? —dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.

Y el Junco le hizo un profundo saludo.

Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.

Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.

—Es un enamoramiento ridículo —gorjeaban las otras golondrinas—. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.

Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.

Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.

Una vez que se fueron sus amigas, se sintió muy sola y empezó a cansarse de su amante.

—No sabe hablar —decía ella—. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.

Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.

—Veo que es muy casero —murmuraba la Golondrina—. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.

—¿Quieres seguirme? —preguntó por último la Golondrina al Junco.

Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.

—¡Te has burlado de mí! —le gritó la Golondrina—. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!

Y la Golondrina se fue.

Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.

—¿Dónde buscaré un abrigo? —se dijo—. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.

Entonces divisó la estatua sobre la columnita.

—Voy a cobijarme allí —gritó— El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.

Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.

—Tengo una habitación dorada —se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.

Y se dispuso a dormir.

Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.

—¡Qué curioso! —exclamó—. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.

Entonces cayó una nueva gota.

—¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? —dijo la Golondrina—. Voy a buscar un buen copete de chimenea.

Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.

La Golondrina miró hacia arriba y vio… ¡Ah, lo que vio!

Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.

Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad.

—¿Quién sois? —dijo.

—Soy el Príncipe Feliz.

—Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? —preguntó la Golondrina—. Me habéis empapado casi.

—Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre —repitió la estatua—, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.

—Allí abajo —continuó la estatua con su voz baja y musical—, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.

—Me esperan en Egipto —respondió la Golondrina—. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.

—Golondrina, Golondrina, Golondrinita – dijo el Príncipe—, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

—No creo que me agraden los niños —contestó la Golondrina—. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.

Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.

—Mucho frío hace aquí —le dijo—; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.

—Gracias, Golondrinita —respondió el Príncipe.

Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.

Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.

Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.

Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.

—¡Qué hermosas son las estrellas —la dijo— y qué poderosa es la fuerza del amor!

—Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial —respondió ella—. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!

Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.

Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio.

La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.

—¡Qué fresco más dulce siento! —murmuró el niño—. Debo estar mejor.

Y cayó en un delicioso sueño.

Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.

—Es curioso —observa ella—, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.

Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía.

Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.

—¡Notable fenómeno! —exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente—. ¡Una golondrina en invierno!

Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.

Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!…

—Esta noche parto para Egipto —se decía la Golondrina.

Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.

Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.

Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:

—¡Qué extranjera más distinguida!

Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.

—¿Tenéis algún encargo para Egipto? —le gritó—. Voy a emprender la marcha.

—Golondrina, Golondrina, Golondrinita —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarás otra noche conmigo?

—Me esperan en Egipto —respondió la Golondrina—. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata.Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.

—Golondrina, Golondrina, Golondrinita —dijo el Príncipe—, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.

—Me quedaré otra noche con vos —dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón—. ¿Debo llevarle otro rubí?

—¡Ay! No tengo más rubíes —dijo el Príncipe—. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.

—Amado Príncipe —dijo la Golondrina—, no puedo hacer eso.

Y se puso a llorar.

—¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! —dijo el Príncipe—. Haz lo que te pido.

Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.

El joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.

—Empiezo a ser estimado —exclamó—. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.

Y parecía completamente feliz.

Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.

Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.

—¡Ah, iza! —gritaban a cada caja que llegaba al puente.

—¡Me voy a Egipto! —les gritó la Golondrina.

Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.

—He venido para deciros adiós —le dijo.

—¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! —exclamó el Príncipe—. ¿No te quedarás conmigo una noche más?

—Es invierno —replicó la Golondrina— y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.

—Allá abajo, en la plazoleta —contestó el Príncipe Feliz—, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.

—Pasaré otra noche con vos —dijo la Golondrina—, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo.

—¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! —dijo el Príncipe—. Haz lo que te mando.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.

Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.

—¡Qué bonito pedazo de cristal! —exclamó la niña,y corrió a su casa muy alegre.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.

– Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.

—No, Golondrinita —dijo el pobre Príncipe—. Tienes que ir a Egipto.

—Me quedaré con vos para siempre —dijo la Golondrina.

Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños.

Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.

—Querida Golondrinita —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.

Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.

Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras.

Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.

—¡Qué hambre tenemos! —decían.

—¡No se puede estar tumbado aquí! —les gritó un guardia.

Y se alejaron bajo la lluvia.

Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.

—Estoy cubierto de oro fino —dijo el Príncipe—; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.

Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.

Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.

—¡Ya tenemos pan! —gritaban.

Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.

Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían.

Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.

La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.

Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.

Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.

—¡Adiós, amado Príncipe! —murmuró—. Permitid que os bese la mano.

—Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina —dijo el Príncipe—. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.

—No es a Egipto adonde voy a ir —dijo la Golondrina—. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad?

Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.

En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.

El hecho es que la coraza de plomo se habla partidoen dos. Realmente hacia un frío terrible.

A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad.

Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!

—¡Sí, está verdaderamente andrajoso! —dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.

Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.

—El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado —dijo el alcalde— En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.

—¡Lo mismo que un pordiosero! —repitieron a coro los concejales.

—Y tiene a sus pies un pájaro muerto —prosiguió el alcalde—. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.

Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.

Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.

—¡Al no ser ya bello, de nada sirve! —dijo el profesor de estética de la Universidad.

Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal.

—Podríamos —propuso— hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.

—O la mía —dijo cada uno de los concejales.

Y acabaron disputando.

—¡Qué cosa más rara! —dijo el oficial primero de la fundición—. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho.

Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.

—Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad —dijo Dios a uno de sus ángeles.

Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.

—Has elegido bien —dijo Dios—. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.

Evangelio del día: la «imagen de la Iglesia»

Evangelio del día: la «imagen de la Iglesia»

Marcos 12, 38-44. Trigésimo segundo Domingo del Tiempo Ordinario. En la viuda que entrega sus dos moneditas al tesoro del templo podemos ver la «imagen de la Iglesia» que debe ser pobre, humilde y fiel.

En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y les decía: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad». Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Primer Libro de Reyes, 1 Re 17, 10-16

Salmo: Sal 146(145), 7-10

Segunda lectura: Carta a los Hebreos, Heb 9, 24-28

Oración introductoria

Espíritu Santo, ilumina esta oración para que no la convierta en un momento de vanidad, autocomplacencia o en un ritual sin sentido, como acostumbraban los fariseos. Dame la fortaleza para saber desprenderme de lo que me impida crecer en el amor.

Petición

Señor, dame la gracia de ser generoso, sin cálculos egoístas.

Meditación del Santo Padre Francisco

En la viuda que entrega sus dos moneditas al tesoro del templo podemos ver la «imagen de la Iglesia» que debe ser pobre, humilde y fiel. Parte del Evangelio del día, tomado del capítulo 21 de san Lucas (1-4), la reflexión del Papa Francisco durante la misa del [día de hoy]. En la homilía hizo referencia al pasaje donde Jesús, «tras largas discusiones» con los saduceos y los discípulos en relación a los escribas y a los fariseos que «se complacían en ocupar los primeros puestos, los primeros asientos en las sinagogas, en los banquetes, en ser saludados», alzando los ojos «vio a una viuda». El «contraste» es inmediato y «fuerte» respecto a los «ricos que echaban sus donativos en el tesoro del templo». Precisamente la viuda es «la persona más fuerte aquí, en este pasaje».

De la viuda, explicó el Pontífice, «se dice dos veces que era pobre: dos veces. Y pasaba necesidad». Es como si el Señor hubiese querido destacar a los doctores de la ley: «Tenéis muchas riquezas de vanidad, de apariencia o incluso de soberbia. Esta es pobre…». Pero «en la Biblia el huérfano y la viuda son las figuras de los más marginados» así como también los leprosos, y «por ello hay muchos mandamientos para ayudar, para ocuparse de las viudas, de los huérfanos». Y Jesús «mira a esta mujer sola, vestida con sencillez» y «que echa todo lo que tenía para vivir: dos moneditas». El pensamiento vuela también a otra viuda, la de Sarepta, «que había recibido al profeta Elías y había dado todo lo que tenía antes de morir: un poco de harina y aceite…».

El Pontífice volvió a componer la escena narrada por el Evangelio: «Una mujer pobre en medio de los poderosos, en medio de los doctores, de los sacerdotes, de los escribas… también en medio de los ricos que echaban sus donativos, e incluso algunos para hacerse ver». A ellos les dijo Jesús: «Este es el camino, este es el ejemplo. Esta es la senda por la que vosotros tenéis que ir». Surge fuerte el «gesto de esta mujer que le pertenecía totalmente a Dios, como la viuda Ana que recibió a Jesús en el Templo: toda para Dios. Su esperanza estaba sólo en el Señor».

«El Señor puso de relieve la persona de la viuda», dijo el Papa Francisco, y continuó: «Me gusta ver aquí, en esta mujer, una imagen de la Iglesia». Sobre todo la «Iglesia pobre, porque la Iglesia no debe tener otras riquezas más que su Esposo»; luego la «Iglesia humilde, como lo eran las viudas de ese tiempo, porque en esa época no existía la pensión, no existían las ayudas sociales, nada». En cierto sentido la Iglesia «es un poco viuda, porque espera a su Esposo que volverá». Cierto, «tiene a su Esposo en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en los pobres: pero espera que regrese».

¿Qué es lo que impulsa al Papa a «ver en esta mujer la figura de la Iglesia»? El hecho de que «no era importante: el nombre de esta viuda no aparecía en los periódicos, nadie la conocía, no tenía títulos… nada. Nada. No brillaba con luces propias». Y la «gran virtud de la Iglesia» debe ser precisamente la «de no brillar con luz propia», sino reflejar «la luz que viene de su Esposo». Tanto más que «a lo largo de los siglos, cuando la Iglesia quiso tener luz propia, se equivocó». Lo decían incluso «los primeros Padres», la Iglesia es «un misterio como el de la luna. La llamaban mysterium lunae: la luna no tiene luz propia; la recibe siempre del sol».

Cierto, especificó el Papa, «es verdad que algunas veces el Señor puede pedir a su Iglesia que tenga, que procure un poco de luz propia», como cuando pidió «a la viuda Judit que se quitara las vestiduras de viuda y se pusiera vestidos de fiesta para cumplir una misión». Pero, dijo, «permanece siempre la actitud de la Iglesia hacia su Esposo, hacia el Señor». La Iglesia «recibe la luz de allá, del Señor» y «todos los servicios que realizamos» le sirven a ella para «recibir esa luz». Cuando a un servicio le falta esta luz «no esá bien», porque «hace que la Iglesia se haga rica, o poderosa, o que busque el poder, o que se equivoque de camino, como sucedió muchas veces en la historia, y como sucede en nuestra vida cuando queremos tener otra luz, que no es precisamente la del Señor: una luz propia».

El Evangelio, destacó el Papa, presenta la imagen de la viuda precisamente en el momento en el que «Jesús comienza a sentir las resistencias de la clase dirigente de su pueblo: los saduceos, los fariseos, los escribas, los doctores de la ley». Y es como si Él dijera: «Sucede todo esto, pero mirad allí», hacia esa viuda. La confrontación es fundamental para reconocer la verdadera realidad de la Iglesia que «cuando es fiel a la esperanza y a su Esposo, se alegra de recibir la luz que viene de Él, de ser —en este sentido— viuda: esperando ese sol que vendrá».

Por lo demás, «no por casualidad la primera confrontación fuerte que Jesús tuvo en Nazaret, después de la que tuvo con Satanás, fue por nombrar a una viuda y por nombrar a un leproso: dos marginados». Había «muchas viudas en Israel, en ese tiempo, pero sólo Elías fue invitado por la viuda de Sarepta. Y ellos se enfadaron y querían matarlo».

Cuando la Iglesia, concluyó el Papa Francisco, es «humilde» y «pobre», y también cuando «confiesa sus miserias —que, además, todos las tenemos— la Iglesia es fiel». Es como si ella dijera: «Yo soy oscura, pero la luz me viene de allí». Y esto, añadió el Pontífice, «nos hace mucho bien». Entonces «recemos a esta viuda que está en el cielo, seguro», a fin de que «nos enseñe a ser Iglesia de ese modo», renunciando a «todo lo que tenemos» y a no tener «nada para nosotros» sino «todo para el Señor y para el prójimo». Siempre «humildes» y «sin gloriarnos de tener luz propia», sino «buscando siempre la luce que viene del Señor».

Santo Padre Francisco: ¿De dónde viene la luz?

Meditación del lunes, 24 de noviembre de 2014

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

[…]

En el centro de la liturgia de la Palabra de este domingo, trigésimo segundo del tiempo ordinario, encontramos el personaje de la viuda pobre, o más bien, nos encontramos ante el gesto que realiza al echar en el tesoro del templo las últimas monedas que le quedan. Un gesto que, gracias a la mirada atenta de Jesús, se ha convertido en proverbial: «el óbolo de la viuda» es sinónimo de la generosidad de quien da sin reservas lo poco que posee. Ahora bien, antes quisiera subrayar la importancia del ambiente en el que se desarrolla ese episodio evangélico, es decir, el templo de Jerusalén, centro religioso del pueblo de Israel y el corazón de toda su vida. El templo es el lugar del culto público y solemne, pero también de la peregrinación, de los ritos tradicionales y de las disputas rabínicas, como las que refiere el Evangelio entre Jesús y los rabinos de aquel tiempo, en las que, sin embargo, Jesús enseña con una autoridad singular, la del Hijo de Dios. Pronuncia juicios severos, como hemos escuchado, sobre los escribas, a causa de su hipocresía, pues mientras ostentan gran religiosidad, se aprovechan de la gente pobre imponiéndoles obligaciones que ellos mismos no observan. En suma, Jesús muestra su afecto por el templo como casa de oración, pero precisamente por eso quiere purificarlo de usos impropios, más aún, quiere revelar su significado más profundo, vinculado al cumplimiento de su misterio mismo, el misterio de su muerte y resurrección, en la que él mismo se convierte en el Templo nuevo y definitivo, el lugar en el que se encuentran Dios y el hombre, el Creador y su criatura.

El episodio del óbolo de la viuda se enmarca en ese contexto y nos lleva, a través de la mirada de Jesús, a fijar la atención en un detalle que se puede escapar pero que es decisivo: el gesto de una viuda, muy pobre, que echa en el tesoro del templo dos moneditas. También a nosotros Jesús nos dice, como en aquel día a los discípulos: ¡Prestad atención! Mirad bien lo que hace esa viuda, pues su gesto contiene una gran enseñanza; expresa la característica fundamental de quienes son las «piedras vivas» de este nuevo Templo, es decir, la entrega completa de sí al Señor y al prójimo; la viuda del Evangelio, al igual que la del Antiguo Testamento, lo da todo, se da a sí misma, y se pone en las manos de Dios, por el bien de los demás. Este es el significado perenne de la oferta de la viuda pobre, que Jesús exalta porque da más que los ricos, quienes ofrecen parte de lo que les sobra, mientras que ella da todo lo que tenía para vivir (cf. Mc 12, 44), y así se da a sí misma.

Queridos amigos, a partir de esta imagen evangélica, deseo meditar brevemente sobre el misterio de la Iglesia, del templo vivo de Dios, y de esta manera rendir homenaje a la memoria del gran Papa Pablo VI, que consagró a la Iglesia toda su vida. La Iglesia es un organismo espiritual concreto que prolonga en el espacio y en el tiempo la oblación del Hijo de Dios, un sacrificio aparentemente insignificante respecto a las dimensiones del mundo y de la historia, pero decisivo a los ojos de Dios. Como dice la carta a los Hebreos, también en el texto que acabamos de escuchar, a Dios le bastó el sacrificio de Jesús, ofrecido «una sola vez», para salvar al mundo entero (cf. Hb 9, 26.28), porque en esa única oblación está condensado todo el amor del Hijo de Dios hecho hombre, como en el gesto de la viuda se concentra todo el amor de aquella mujer a Dios y a los hermanos: no le falta nada y no se le puede añadir nada. La Iglesia, que nace incesantemente de la Eucaristía, de la entrega de Jesús, es la continuación de este don, de esta sobreabundancia que se expresa en la pobreza, del todo que se ofrece en el fragmento. Es el Cuerpo de Cristo que se entrega totalmente, Cuerpo partido y compartido, en constante adhesión a la voluntad de su Cabeza. Me alegra saber que estáis profundizando en la naturaleza eucarística de la Iglesia, guiados por la carta pastoral de vuestro obispo.

Esta es la Iglesia que el siervo de Dios Pablo VI amó con amor apasionado y trató de hacer comprender y amar con todas sus fuerzas. Releamos su «Meditación ante la muerte», donde, en la parte conclusiva, habla de la Iglesia. «Puedo decir —escribe— que siempre la he amado… y que para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiese». Es el tono de un corazón palpitante, que sigue diciendo: «Quisiera finalmente abarcarla toda en su historia, en su designio divino, en su destino final, en su compleja, total y unitaria composición, en su consistencia humana e imperfecta, en sus desdichas y sufrimientos, en las debilidades y en las miserias de tantos hijos suyos, en sus aspectos menos simpáticos y en su esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Cuerpo místico de Cristo. Querría —continúa el Papa— abrazarla, saludarla, amarla en cada uno de los seres que la componen, en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra; bendecirla». Y a ella le dirige las últimas palabras como si se tratara de la esposa de toda la vida: «Y, ¿qué diré a la Iglesia, a la que debo todo y que fue mía? Las bendiciones de Dios vengan sobre ti; ten conciencia de tu naturaleza y de tu misión; ten sentido de las necesidades verdaderas y profundas de la humanidad; y camina pobre, es decir, libre, fuerte y amorosa hacia Cristo» (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de agosto de 1979, p. 12).

¿Qué se puede añadir a palabras tan elevadas e intensas? Sólo quisiera subrayar esta última visión de la Iglesia «pobre y libre», que recuerda la figura evangélica de la viuda. Así debe ser la comunidad eclesial para que logre hablar a la humanidad contemporánea. En todas las etapas de su vida, desde los primeros años de sacerdocio hasta el pontificado, Giovanni Battista Montini se interesó de modo muy especial por el encuentro y el diálogo de la Iglesia con la humanidad de nuestro tiempo. Dedicó todas sus energías al servicio de una Iglesia lo más conforme posible a su Señor Jesucristo, de modo que, al encontrarse con ella, el hombre contemporáneo pudiera encontrarse con Jesús, porque de él tiene necesidad absoluta. Este es el anhelo profundo del concilio Vaticano II, al que corresponde la reflexión del Papa Pablo VI sobre la Iglesia. Él quiso exponer de forma programática algunos de sus aspectos más importantes en su primera encíclica, Ecclesiam suam, del 6 de agosto de 1964, cuando aún no habían visto la luz las constituciones conciliares Lumen gentium y Gaudium et spes.

Con aquella primera encíclica el Pontífice se proponía explicar a todos la importancia de la Iglesia para la salvación de la humanidad, y al mismo tiempo, la exigencia de entablar entre la comunidad eclesial y la sociedad una relación de mutuo conocimiento y amor (cf. Enchiridion Vaticanum, 2, p. 199, n. 164). «Conciencia», «renovación», «diálogo»: estas son las tres palabras elegidas por Pablo VI para expresar sus «pensamientos» dominantes —como él los define— al comenzar su ministerio petrino, y las tres se refieren a la Iglesia. Ante todo, la exigencia de que profundice la conciencia de sí misma: origen, naturaleza, misión, destino final; en segundo lugar, su necesidad de renovarse y purificarse contemplando el modelo que es Cristo; y, por último, el problema de sus relaciones con el mundo moderno (cf. ib., pp. 203-205, nn. 166-168). Queridos amigos —y me dirijo de modo especial a los hermanos en el episcopado y en el sacerdocio—, ¿cómo no ver que la cuestión de la Iglesia, de su necesidad en el designio de salvación y de su relación con el mundo, sigue siendo hoy absolutamente central? Más aún, ¿cómo no ver que el desarrollo de la secularización y de la globalización han radicalizado aún más esta cuestión, ante el olvido de Dios, por una parte, y ante las religiones no cristianas, por otra? La reflexión del Papa Montini sobre la Iglesia es más actual que nunca; y más precioso es aún el ejemplo de su amor a ella, inseparable de su amor a Cristo. «El misterio de la Iglesia —leemos en la encíclica Ecclesiam suam— no es mero objeto de conocimiento teológico, sino que debe ser un hecho vivido, del cual el alma fiel, aun antes que un claro concepto, puede tener una como connatural experiencia» (ib., p. 229, n. 178). Esto presupone una robusta vida interior, que es «el gran manantial de la espiritualidad de la Iglesia, su modo propio de recibir las irradiaciones del Espíritu de Cristo, expresión radical e insustituible de su actividad religiosa y social, e inviolable defensa y renaciente energía en su difícil contacto con el mundo profano» (ib., p. 231, n. 179). Precisamente el cristiano abierto, la Iglesia abierta al mundo, tienen necesidad de una robusta vida interior.

Queridos hermanos, ¡qué don tan inestimable para la Iglesia es la lección del siervo de Dios Pablo VI! Y ¡qué alentador es cada vez aprender de su ejemplo! Es una lección que afecta a todos y compromete a todos, según los diferentes dones y ministerios que enriquecen al pueblo de Dios por la acción del Espíritu Santo. En este Año sacerdotal me complace subrayar que esta lección interesa y afecta de manera particular a los sacerdotes, a quienes el Papa Montini reservó siempre un afecto y una atención especiales. En la encíclica sobre el celibato sacerdotal escribió: «»Apresado por Cristo Jesús» (Flp 3, 12) hasta el abandono total de sí mismo en él, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo también en el amor, con que el eterno Sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella. (…) La virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión» (Sacerdotalis caelibatus, 26). Dedico estas palabras del gran Papa a los numerosos sacerdotes de la diócesis de Brescia, aquí bien representados, así como a los jóvenes que se están formando en el seminario. Y quisiera recordar también las palabras que Pablo VI dirigió a los alumnos del Seminario Lombardo, el 7 de diciembre de 1968, mientras las dificultades del posconcilio se añadían a los fermentos del mundo juvenil: «Muchos —dijo— esperan del Papa gestos clamorosos, intervenciones enérgicas y decisivas. El Papa considera que tiene que seguir únicamente la línea de la confianza en Jesucristo, a quien su Iglesia le interesa más que a nadie. Él calmará la tempestad… No se trata de una espera estéril o inerte, sino más bien de una espera vigilante en la oración. Esta es la condición que Jesús escogió para nosotros a fin de que él pueda actuar en plenitud. También el Papa necesita ayuda con la oración» (Insegnamenti VI, [1968], 1189). Queridos hermanos, que los ejemplos sacerdotales del siervo de Dios Giovanni Battista Montini os guíen siempre, y que interceda por vosotros san Arcángel Tadini, a quien acabo de venerar en mi breve visita a Botticino.

[…]

Oremos para que el fulgor de la belleza divina resplandezca en cada una de nuestras comunidades y la Iglesia sea signo luminoso de esperanza para la humanidad del tercer milenio. Que nos alcance esta gracia María, a quien Pablo VI quiso proclamar, al final del concilio ecuménico Vaticano ii, Madre de la Iglesia. Amén.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Homilía del domingo, 8 de noviembre de 2009

Propósito

Ser especialmente generoso en mi ofrenda en la limosna de la misa de hoy o de mañana domingo.

Diálogo con Cristo

Jesús, dame tu gracia para transformar mi espíritu en la generosidad para vivir en una constante preocupación por tus intereses y por las necesidades de los demás. Que incremente mis actos de servicio y caridad, sin buscar nunca ventajas personales ni llamar la atención.

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La Iglesia es un organismo espiritual concreto que prolonga en el espacio y en el tiempo la oblación del Hijo de Dios, un sacrificio aparentemente insignificante respecto a las dimensiones del mundo y de la historia, pero decisivo a los ojos de Dios.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

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San Maximiliano Kolbe: mártir de la generosidad

San Maximiliano Kolbe: mártir de la generosidad

El día 14 de agosto la Iglesia celebra la memoria de san Maximiliano Kolbe, franciscano asesinado en los campos de concentración nazis. Además de la biografía que presentamos a continuación, en este enlace tenéis un documental sobre la vida de este santo mártir.

Niñez

Como sucediera con los padres de Santa Teresita de Lisieux, Luís Martin y Celia Guerin, que queriendo ser religiosos, él en el Gran San Bernardo, fueron disuadidos por los superiores, sin saber que iban a ser padres de una tan gran santa, Ocurrió con María Dabrowska, pensó ser religiosa «para gozar del paraíso junto a las almas puras» ignorando que la Providencia la elegía para se la madre de San Maximiliano, fundador y mártir de la caridad. Pero los problemas políticos de la época lo impidieron, pues los rusos, que habían ocupado Polonia, habían cerrado los conventos y dispersado a los religiosos, y apenas existían conventos y éstos clandestinos. Entonces rezó: «Señor, no quiero imponeros mi voluntad. Si vuestros designios son otros, dadme al menos un marido que no blasfeme, no beba alcohol, ni vaya a la taberna. Esto, Señor, te lo pido incondicionalmente». María deseaba formar una familia cristiana y Dios la escuchó. Se casó con Julio Kolbe, católico fervoroso que dirigía la Tercera Orden Franciscana, en la que ingresó ella también. Julio era un hombre dulce y sensible, casi tímido, y sin vicios. Los jóvenes esposos de la ciudad de Pabiance tenían en un su casa un taller y un altarcito con la imagen de la Virgen de Czestochowa, patrona de Polonia.


Primeros años de Maximiliano

Llegaron los niños: Francisco; Raimundo, José, Valentín y Antonio. Los dos más pequeños murieron prematuramente. Y Raimundo tomaría el nombre de Maximiliano. La casa de los Kolbe era pobre pero llena de amo. Los padres, laboriosos y religiosos educaron con rectitud a los tres niños, llenos de vida y traviesos. El ideal en el que crecieron los jóvenes fue San Francisco de Asís. «Maximiliano deseaba desbordar de alegría como San Francisco; y como Francisco deseaba conversar con los pájaros». Cuenta su madre que una vez le reprochó una travesura: Niño mío, ¡quien sabe lo que sera de ti!. Después, observó que el muchacho había cambiado tan radicalmente, esta desconocido. Teníamos un pequeño altar. Allí se retiraba con disimulo y rezaba llorando. En general, tenia una conducta superior a su edad, siempre recogido y serio, y cuando rezaba, estallaba en lágrimas. Era un verdadero don de lágrimas. Estuve preocupada, pensando si estaría enfermo, y le pregunté: ¿qué te pasa, hijo? ¡Has de contar todo a tu mamita!


Le visita la Virgen

San Maximiliano Kolbe: mártir de la generosidadOcurrió en 1906. Temblando de emoción y con los ojos anegados en lagrimas, me contó: «Mamá, cuando me reprochaste, pedí mucho a la Virgen me dijera lo que seria de mi. Lo mismo en la iglesia, le volví a rogar. Entonces se me apareció la Virgen, con dos coronas: una blanca y otra roja. Me miró con cariño y me preguntó si quería esas dos coronas. La blanca significaba que conservaría la pureza y la roja que seria mártir. Contesté que las aceptaba… las dos. Entonces la Virgen me miro con dulzura y desapareció». teniendo en las manos La misma madre lo relata después del martirio del hijo. » Yo sabia que Maximiliano moriría mártir. El cambio extraordinario en la conducta del muchacho, para mi, atestiguaba que lo que me había contado era. El tenia plena conciencia, y al hablarme, con el rostro radiante demostraba que deseaba morir mártir. Este fascinante encuentro de Maximiliano con su «Madrecita» celestial es la raíz de todo su futuro; es el motor de sus amplios planes; es la fuerza para los vuelos más audaces; es el manantial de su santidad y de su apostolado.


Vocación franciscana

Alrededor de Pascua de 1907 en Pabianice predicaron una Misión r los Franciscanos Conventuales, que se ganaron la admiración de los jóvenes Kolbe. Al final, uno de los frailes, el P. Pellegrino Haczela, anunció que en Leopolis habían abierto un seminario que recibiría a todos los jóvenes que quisieran ser franciscanos. Maximiliano sentía su vocación ya preparada por la Virgen y por la vida Franciscana de su hogar. Entraron en la sacristía los dos hermanos y pidieron a los Misioneros, que los recibieran en la Orden. Sus padres dieron su consentimiento aceptando el gran sacrificio para toda la familia.

Ingresaron en los Frailes Menores Conventuales en Luov, en la Polonia ocupada por Austria. Raimundo tomó el nombre de Maximiliano María. El padre Wilk dice que Maximiliano: «era diligente en el cumplimiento de sus deberes, dotado para las matemáticas, obediente a los profesores, servicial con los compañeros, alegre y equilibrado. Rezaba con recogimiento. Un día ví en una sala, Maximiliano de rodillas ante una gran cruz, absorto en oración.»


La Noche Oscura

Pero entró la crisis en los dos hermanos. Maximiliano llegó a convencerse y convencer a su hermano de abandonar el seminario. ¿La noche oscura del alma?, ¿temor ante un reto que el se tomaba tan en serio que le pareciera por encima de sus fuerzas?, ¿dudas de su opción de las dos coronas cuando se le apareció la virgen?. Cuando iban a hablar con el superior, llegó su madre llena de alegría al verlos. Con satisfacción les cuenta que el hermano menor también va a entrar en la orden. ¡Y ella y su padre también tienen vocación religiosa de manera que toda la familia será Franciscana!. La madre les aseguró que ella siempre oraría por sus hijos. Abrazos y lágrimas acentuaban sus palabras.

Aquella visita disipó todas las dudas en los corazones de los hermanos. Nueve años mas tarde, desde Roma, recuerda aquella visita en una carta a su madre y la considera un » regalo salvador, providencial de la Inmaculada». Su madre tristemente le comunica la salida de su hermano Francisco de la orden.

El 4 de septiembre de 1910, con sus dieciséis años vistió el hábito franciscano, ciñó el cordón de San Francisco, y comenzó su año de noviciado. En 1912, el P. Provincial dispuso que, siguiera sus estudios de filosofía y teología en Roma. Los años romanos serán fecundísimos y decisivos en la vida de Maximiliano. La Virgen le inspira la fundación de La Milicia de la Inmaculada.


Los años de estudio en Roma

En 1917, Maximiliano fundó una asociación de fieles llamada «La Milicia de la Inmaculada», para promover el amor y el servicio a la Inmaculada, y la conversión de las almas. Era el año de las apariciones de la Virgen en Fátima. La Milicia debía responder a la Inmaculada Mediadora para la conversión y santificación de los no católicos, especialmente de los que rechazaban a la Iglesia. Sus miembros se consagraban a la Virgen María y cada día lo vivían ofreciéndolo todo a ella por la conversión de los pecadores y esforzándose por todos los medios por establecer el Reino del Corazón de Jesús en el mundo.

Durante siete años le absorbe el estudio. Terminó sus estudios romanos con dos doctorados, en filosofía, en la Universidad Gregoriana y en teología en el Colegio Seráfico Internacional. No tenia por ello vanidad intelectual pues su deseo era «poder confundir a los incrédulos.

San Maximiliano Kolbe: mártir de la generosidad

«Por la misericordia de Dios y la intercesión de la Inmaculada, el 28 de abril de 1918, fui consagrado sacerdote de nuestro Señor Jesucristo», anota Maximiliano. Celebra su primera Misa en el altar de la Aparición en S. Andrés «delle Fratte», lugar de la conversión de Alfonso Ratisbonne. Es su primer sacrificio eucarístico, a los pies de su Reina inmaculada. Maximiliano gastó su vida en hacer amar Virgen. En 1927 fundó en Polonia la Ciudad de la Inmaculada, una gran organización, que tuvo mucho éxito y una inaudita expansión. Luego funda en Japón otra institución semejante, con igual éxito.

Su formación espiritual sólida y segura había abierto su espíritu a una aguda penetración y profunda contemplación del misterio de Cristo. Como los teólogos franciscanos ama contemplar en el plano salvífico de Dios la Voluntad del Padre por medio del Hijo y del Espíritu Santo de santificar el mundo en el que el Verbo Encarnado Y Redentor constituye el punto final del amor de Dios que se comunica y el punto de convergencia del amor de las criaturas; y en el mismo designio de Dios contemplar la presencia de Maria Inmaculada que está en el vértice de la participación y colaboración en la Encarnación del Redentor y de la acción santificante del Espíritu. Se sentía fuertemente responsable de estar inserto en la historia de la vida de la Iglesia, y ardía en el deseo de instaurar el Reino de Dios bajo el patrocinio de Maria Inmaculada.


Resgreso a Polonia y crecimiento de la Milicia de la Inmaculada

El P. Maximiliano vuelve a Polonia. Tiene 25 años, pero intelectual, moral y espiritualmente, es un hombre cabal. Pero sus pulmones están lesionados. «Ha vuelto enfermizo, débil , sin dar grandes esperanzas de trabajo» escribe el P. Kubit. Pero había vuelto con una fuerza espiritual extraordinaria. Pocos lo comprendían y no faltaron las persecuciones y luchas, las calumnias y obstáculos. «Sin embargo, aunque todo esté en contra nuestra, tenemos, cual faro y brújula la santa obediencia «.


La Milicia de la Inmaculada

Por su delicada salud su orden lo liberó de otros cargos para que pudiera dedicarse a la promoción de la Milicia. «La Milicia de la Inmaculada es todo el ideal de mi vida». Hablaba de ella y exaltaba su misión. Insistía en la necesidad de organizarse invitaba a asociarse. Su «idea fija» lo perseguía, y quería contagiar su entusiasmo a todos.

San Maximiliano Kolbe: mártir de la generosidadEl 7 de octubre de 1919, Fiesta del Rosario, seis hermanos clérigos con su maestro el P. Keller firmaron su adhesión a la Milicia de la Inmaculada. Pese a su pobre salud, fue dada la sesión inaugural de la M.I. el 12 de enero de 1920. En ese día el P. Kolbe pudo cosechar para la Inmaculada la adhesión y consagración de los que él había formado y comunicado su fuego mariano, estudiantes y obreros, soldados y amas de casa. A pesar de la oposición y altibajos, muchos habían sentido una llamada interior de renovación cristiana a la luz de la Inmaculada, y se consagraron para ser «cosa y propiedad» de la Inmaculada, esclavos de Ella, como Ella lo había sido del Señor (Lc 1, 48).


El caballero de la Inmaculada

El amor a la Inmaculada reclama un medio para comunicarlo y para salvar almas. Hay que llegar a todos y forjar santos que den su vida por amor. Además necesitaban vincularse y formar una verdadera familia espiritual, armarse con una visión clara de los designios de Dios, llegar a una coherencia de vida. Para ello fundó el boletín de enlace. La M.I. debía utilizar todo medio de propaganda y divulgación, para la llegada del reinado de María. «El Caballero de la Inmaculada», así se llamaba la revista, debía tener un aliento amplio y generoso. No sólo debía servir para estrechar vínculos de fervor entre los asociados de la M.I, sino que también debía abrirse a todas las familias de Polonia y del mundo. Enseña Historia de la Iglesia en Cracovia, Polonia. Allí organiza el primer grupo.


Fundador de periódicos, emisoras de radio e imprenta. Al Japón.

El padre Maximiliano fundó dos periódicos. «El Caballero de la Inmaculada», y «El Pequeño diario». Organizó una imprenta en la ciudad de la Inmaculada en Polonia, y se trasladó al Japón y fundó una revista católica que llegó a tener una tirada de 15.000 ejemplares. Un verdadero milagro en ese país donde había pocos católicos. En la guerra mundial la ciudad de Nagasaki, donde él tenía su imprenta, fue destruida por la bomba atómica. Su imprenta quedó intacta.

Cuando los nazis invadieron Polonia, bombardearon la ciudad de la Inmaculada y se llevaron prisionero al padre Maximiliano, con todos sus colabores. El había fundado también una estación de radio y dirigía la revista «El caballero de la Inmaculada», con gran éxito y notable difusión. Todo se lo destruyó la guerra, pero su martirio le consiguió un puesto glorioso en el cielo.


Hecho prisionero

San Maximiliano Kolbe: mártir de la generosidadEl año 1936, siendo director espiritual de Niepokalanów, fue apresado junto a otros frailes y enviado a campos de concentración en Alemania y Polonia. Poco tiempo después, el día de la Inmaculada, es liberado. En 1941 es hecho prisionero otra vez y enviado a la prisión de Pawiak, y luego al campo de concentración de Auschwitz, donde prosiguió su ministerio a pesar de las terribles condiciones de vida. Los nazis trataban a los prisioneros de una manera inhumana y los llamaban por números; a San Maximiliano le asignaron el número 16670. A pesar de los difíciles momentos en el campo su generosidad y su preocupación por los demás nunca le abandonaron.


No hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos.

Jn 15, 13


En el terrorífico campo de concentración de Auschwitz

Un día se fugó un preso. La ley de los alemanes era que por cada preso que se fugara del campo de concentración, tenían que morir diez de sus compañeros. Hicieron el sorteo 1-2-3-4…9…10 y al que le correspondió el número 10 se oyó un grito desgarrador: «Dios mío, yo tengo esposa e hijos. ¿Quién los va a cuidar?»..Fue puesto aparte para echarlo a un sótano a morir de hambre.

El padre Kolbe dijo al oficial: «Yo me ofrezco para reemplazar al compañero que ha sido señalado para morir de hambre». El oficial le respondió: ¿Y por qué? – Porque él tiene esposa e hijos que lo necesitan. Yo soy soltero y solo, y nadie me necesita. El oficial dudó un momento y respondió: Aceptado.

Y Maximiliano Kolbe fue llevado con sus otros nueve compañeros a morir de hambre en un subterráneo. Aquellos tenebrosos días fueron de angustias y agonías continuas. Maximiliano animaba a los demás y rezaba con ellos. Poco a poco fueron muriendo uno tras otro. Después de diez días, sólo él vivía. Como los guardias necesitan ese lugar para otros presos, le pusieron una inyección de cianuro y lo mataron. Era el 14 de agosto de 1941.


Apoteosis

Cuando el Papa Pablo VI lo declaró beato, estuvo presente el hombre por el cual él había ofrecido el sacrificio de su vida. Juan Pablo II, su paisano, lo declaró santo ante una multitud inmensa de polacos.

En este gran santo sí se cumple lo que dijo Jesús: «Si el grano de trigo cae en tierra y muere, produce mucho fruto. Nadie tiene mayor amor que el que ofrece la vida por sus amigos».

*  *  *

El gigante egoísta: el valor de la generosidad

El gigante egoísta: el valor de la generosidad

Os presentamos el cuento de El gigante egoísta, una bonita historia para que los niños aprendan el valor de la generosidad. 

El gigante egoísta

Todas las tardes al salir de la escuela los niños tenían la costumbre de ir a jugar al jardín del gigante.

Era un jardín grande y bello, con suave y verde hierba. Acá y allá, sobre la hierba, brotaban preciosas flores semejantes a estrellas, y había doce melocotoneros que en primavera se cubrían de delicadas flores color rosa y perla, y que en otoño daban sabroso fruto.

Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan melodiosamente que los niños dejaban de jugar para escucharles.

—¡Qué felices somos aquí! —se gritaban unos a otros. 

Un día regresó el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, y se había quedado con él durante siete años. Al cabo de los siete años había agotado todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar, vio a los niños que estaban jugando en el jardín.

—¿Qué estáis haciendo aquí? —gritó con voz muy bronca.

Y los niños se escaparon corriendo.

—¡Mi jardín es mi jardín! —exclamó el gigante—; cualquiera puede entender eso, y no permitiré que nadie más que yo juegue en él.

Así que lo cercó con una alta tapia, y puso este letrero:


SE PERSEGUIRÁ A LOS TRANSGRESORES


Era un gigante muy egoísta.

Los pobres niños no tenían ya dónde jugar. Intentaron jugar en la carretera, pero la carretera estaba muy polvorienta y llena de duros guijarros, y no les gustaba. Solían dar vueltas alrededor del alto muro cuando terminaban las clases y hablaban del bello jardín que había al otro lado.

—¡Qué felices éramos allí! —se decían.

Luego llegó la primavera y todo el campo se llenó de florecillas y de pajarillos.

Solo en el jardín del gigante egoísta seguía siendo invierno. A los pájaros no les interesaba cantar en él, ya que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. En una ocasión una hermosa flor levantó la cabeza por encima de la hierba, pero cuando vio el letrero sintió tanta pena por los niños que se volvió a deslizar en la tierra y se echó a dormir. Los únicos que se alegraron fueron la nieve y la escarcha.

—La primavera se ha olvidado de este jardín —exclamaron—, así que viviremos aquí todo el año.

La nieve cubrió la hierba con su gran manto blanco, y la escarcha pintó todos los árboles de plata. Luego invitaron al viento del Norte a vivir con ellas, y acudió. Iba envuelto en pieles, y bramaba todo el día por el jardín, y soplaba sobre las chimeneas hasta que las tiraba.

—Este es un lugar delicioso —dijo—. Tenemos que pedir al granizo que nos haga una visita.

Y llegó el granizo. Todos los días, durante tres horas, repiqueteaba sobre el tejado del castillo hasta que rompió casi toda la pizarra, y luego corría dando vueltas y más vueltas por el jardín tan deprisa como podía. Iba vestido de gris, y su aliento era como el hielo.

—No puedo comprender por qué la primavera se retrasa tanto en llegar —decía el gigante egoísta cuando sentado a la ventana contemplaba su frío jardín blanco—. Espero que cambie el tiempo.

Pero la primavera no llegaba nunca, ni el verano. El otoño dio frutos dorados a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.

—Es demasiado egoísta —decía.

Así es que siempre era invierno allí, y el viento del Norte y el granizo y la escarcha y la nieve danzaban entre los árboles.

Una mañana, cuando estaba el gigante en su lecho, despierto, oyó una hermosa música. Sonaba tan melodiosa a su oído que pensó que debían de ser los músicos del rey que pasaban. En realidad era solo un pequeño pardillo que cantaba delante de su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar a un pájaro en su jardín que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de danzar sobre su cabeza, y el viento del Norte dejó de bramar, y llegó hasta él un perfume delicioso a través de la ventana abierta.

—Creo que la primavera ha llegado por fin —dijo el gigante.

Y saltó del lecho y se asomó. ¿Y qué es lo que vio?

Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha de la tapia, los niños habían entrado arrastrándose, y estaban sentados en las ramas de los árboles. En cada árbol de los que podía ver había un niño pequeño. Y los árboles estaban tan contentos de tener otra vez a los niños, que se habían cubierto de flores y mecían las ramas suavemente sobre las cabezas infantiles. Los pájaros revoloteaban y gorjeaban de gozo, y las flores se asomaban entre la hierba verde y reían. Era una bella escena.

Solo en un rincón seguía siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y había en él un niño pequeño; era tan pequeño, que no podía llegar a las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor, llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía enteramente cubierto de escarcha y de nieve, y el viento del Norte soplaba y bramaba sobre su copa.

—Trepa, niño —decía el árbol—, e inclinaba las ramas lo más que podía.

Pero el niño era demasiado pequeño. Y el corazón del gigante se enterneció mientras miraba.
—¡Qué egoísta he sido! —se dijo—; ahora sé por qué la primavera no quería venir aquí. Subiré a ese pobre niño a la copa del árbol y luego derribaré la tapia, y mi jardín será el campo de recreo de los niños para siempre jamás.

Realmente sentía mucho lo que había hecho.

Así que bajó cautelosamente las escaleras y abrió la puerta principal muy suavemente y salió al jardín. Pero cuando los niños le vieron se asustaron tanto que se escaparon todos corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno. Solo el niño pequeño no corrió, pues tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio llegar al gigante. Y el gigante se acercó a él silenciosamente por detrás y le cogió con suavidad en su mano y le subió al árbol. Y al punto el árbol rompió en flor, y vinieron los pájaros a cantar en él; y el niño extendió sus dos brazos y rodeó con ellos el cuello del gigante, y le besó.

Y cuando vieron los otros niños que el gigante ya no era malvado, volvieron corriendo, y con ellos llegó la primavera.

—El jardín es vuestro ahora, niños —dijo el gigante.

Y tomó un hacha grande y derribó la tapia.

Y cuando iba la gente al mercado a las doce encontró al gigante jugando con los niños en el más bello jardín que habían visto en su vida.

Jugaron todo el día, y al atardecer fueron a decir adiós al gigante.

—Pero ¿dónde está vuestro pequeño compañero —preguntó él—, el niño que subí al árbol? Era al que más quería el gigante, porque le había besado.

—No sabemos —respondieron los niños—; se ha ido.

—Tenéis que decirle que no deje de venir mañana —dijo el gigante.

Pero los niños replicaron que no sabían dónde vivía, y que era la primera vez que le veían; y el gigante se puso muy triste.

Todas las tardes, cuando terminaban las clases, los niños iban a jugar con el gigante. Pero al pequeño a quien él amaba no se le volvió a ver. El gigante era muy cariñoso con todos los niños; sin embargo, echaba en falta a su primer amiguito, y a menudo hablaba de él.

—¡Cómo me gustaría verle! —solía decir.

Pasaron los años, y el gigante se volvió muy viejo y muy débil. Ya no podía jugar, así que se sentaba en un enorme sillón y miraba jugar a los niños, y admiraba su jardín.

—Tengo muchas bellas flores —decía—, pero los niños son las flores más hermosas.

Una mañana de invierno miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno, pues sabía que era tan solo la primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
De pronto, se frotó los ojos, como si no pudiera creer lo que veía, y miró, y miró.

Ciertamente era un espectáculo maravilloso. En el rincón más lejano del jardín había un árbol completamente cubierto de flores blancas; sus ramas eran todas de oro, y de ellas colgaba fruta de plata, y al pie estaba el niño al que el gigante había amado.

Bajó corriendo las escaleras el gigante con gran alegría, y salió al jardín.

Atravesó presurosamente la hierba y se acercó al niño. Y cuando estuvo muy cerca su rostro enrojeció de ira, y dijo: —¿Quién se ha atrevido a herirte? Pues en las palmas de las manos del niño había señales de dos clavos, y las señales de dos clavos estaban asimismo en sus piececitos.

—¿Quién se ha atrevido a herirte? —gritó el gigante—; dímelo y cogeré mi gran espada para matarle.

—¡No! —respondió el niño—; estas son las heridas del amor.

—¿Quién eres tú? —dijo el gigante, y le embargó un extraño temor, y se puso de rodillas ante el niño.

Y el niño sonrió al gigante y le dijo: —Tú me dejaste una vez jugar en tu jardín; hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

Y cuando llegaron corriendo los niños aquella tarde, encontraron al gigante que yacía muerto bajo el árbol, completamente cubierto de flores blancas.

*  *  *

Para la catequesis familiar

Este maravilloso cuento de Óscar Wilde plantea, en lenguaje sencillo y con preciosas imágenes literarias, el tema de la generosidad. En las dos partes del cuento aparece el protagonista, el gigante, adornado por un vicio —el egoísmo— y su virtud contraria —la generosidad—. El gigante egoísta está enfadado y oscurece todo lo que tiene a su alrededor: la alegría y la luz se alejan de él… solo la lluvia, el granizo y el viento se alían con én; sin embargo, el gigante generoso procura alegría para todos, sabe valorar las cosas sencillas y entrega su vida a hacer el bien a los demás… y, por ello, recibe el más fabuloso premio, el Paraíso.

Estas preguntas pueden servirte para hacer catequesis con tus hijos:

  • ¿Por qué crees que al gigante no le gusta que los niños jueguen en su jardín? ¿Es que acaso lo quiere todo para él solo?
  • ¿Es feliz el gigante con su solitario jardín?
  • ¿Por qué crees que el invierno acampa en el jardín y la primavera no quiere entrar en él?
  • ¿Qué hace cambiar de actitud al gigante para que permita que los niños jueguen en su jardín?
  • ¿Quién es el niño amiguito del gigante? ¿Es también amigo tuyo?
  • ¿Quiere el gigante a su amiguito? ¿También tú?
  • ¿Sabes por qué son heridas de amor las que tiene el amiguito del gigante?
  • ¿Sabes qué es el Paraíso? ¿Por qué el Niño se lleva al gigante a ese lugar?
  • Y tú, ¿cómo eres… avinagrado como el gigante egoísta o dichoso como el gigante generoso?