Evangelio del día: Cuando parece que Dios desoye nuestras plegarias

Evangelio del día: Cuando parece que Dios desoye nuestras plegarias

Evangelio del día

Vigésimo domingo del Tiempo Ordinario

Mateo 15, 21-28

También nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a tener confianza y gritar asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!».

Evangelio

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos». Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel». Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!». Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros». Ella respondió: «¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!». Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!». Y en ese momento su hija quedó curada.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Isaías, Is 56, 1.6-7

Salmo: Sal 67(66), 2-3.5.6.8

Segunda lectura: Carta de San Pablo a los Romanos, Rom 11, 13-15.29-32

Oración introductoria

Mi fe, frente a las dificultades, se debilita, cuando debería crecer. Humildemente recurro a ti, Señor y Padre mío, suplicando la intercesión de san José, para que esta oración me ayude a aumentar mi fe, acrecentar mi esperanza y, sobre todo, sea el medio para crecer en mi caridad, en mi amor a Ti y a los demás.

Petición

¡Señor, hazme un testigo fiel de mi fe!

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

El pasaje evangélico de este domingo comienza con la indicación de la región a donde Jesús se estaba retirando: Tiro y Sidón, al noroeste de Galilea, tierra pagana. Allí se encuentra con una mujer cananea, que se dirige a él pidiéndole que cure a su hija atormentada por un demonio (cf. Mt 15, 22). Ya en esta petición podemos descubrir un inicio del camino de fe, que en el diálogo con el divino Maestro crece y se refuerza. La mujer no tiene miedo de gritar a Jesús: «Ten compasión de mí», una expresión recurrente en los Salmos (cf. 50, 1); lo llama «Señor» e «Hijo de David» (cf. Mt 15, 22), manifestando así una firme esperanza de ser escuchada. ¿Cuál es la actitud del Señor frente a este grito de dolor de una mujer pagana? Puede parecer desconcertante el silencio de Jesús, hasta el punto de que suscita la intervención de los discípulos, pero no se trata de insensibilidad ante el dolor de aquella mujer. San Agustín comenta con razón: «Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo» (Sermo 77, 1: PL 38, 483). El aparente desinterés de Jesús, que dice: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel» (v. 24), no desalienta a la cananea, que insiste: «¡Señor, ayúdame!» (v. 25). E incluso cuando recibe una respuesta que parece cerrar toda esperanza —«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26)—, no desiste. No quiere quitar nada a nadie: en su sencillez y humildad le basta poco, le bastan las migajas, le basta sólo una mirada, una buena palabra del Hijo de Dios. Y Jesús queda admirado por una respuesta de fe tan grande y le dice: «Que se cumpla lo que deseas» (v. 28).

Queridos amigos, también nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a abrirnos y acoger con libertad el don de Dios, a tener confianza y gritar asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!». Es el camino que Jesús pidió que recorrieran sus discípulos, la cananea y los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos, cada uno de nosotros. La fe nos abre a conocer y acoger la identidad real de Jesús, su novedad y unicidad, su Palabra, como fuente de vida, para vivir una relación personal con él. El conocimiento de la fe crece, crece con el deseo de encontrar el camino, y en definitiva es un don de Dios, que se revela a nosotros no como una cosa abstracta, sin rostro y sin nombre; la fe responde, más bien, a una Persona, que quiere entrar en una relación de amor profundo con nosotros y comprometer toda nuestra vida. Por eso, cada día nuestro corazón debe vivir la experiencia de la conversión, cada día debe vernos pasar del hombre encerrado en sí mismo al hombre abierto a la acción de Dios, al hombre espiritual (cf. 1 Co 2, 13-14), que se deja interpelar por la Palabra del Señor y abre su propia vida a su Amor.

Queridos hermanos y hermanas, alimentemos por tanto cada día nuestra fe, con la escucha profunda de la Palabra de Dios, con la celebración de los sacramentos, con la oración personal como «grito» dirigido a él y con la caridad hacia el prójimo. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, a la que mañana contemplaremos en su gloriosa asunción al cielo en alma y cuerpo, para que nos ayude a anunciar y testimoniar con la vida la alegría de haber encontrado al Señor.

Benedicto XVI

Ángelus del dominto, 14 de agosto de 2011

Propósito

En las dificultades de este día, hacer un acto de fe y pedir con confianza la ayuda de Dios.

Diálogo con Cristo

Señor, sólo con la fe, la humildad, la confianza y la perseverancia en nuestra oración, a pesar de todas las dificultades —como la mujer cananea— es como penetramos hasta el corazón de Dios y sólo así es como escuchas nuestras plegarias.
La Asunción de la Virgen María: El canto de la esperanza llevado a su plenitud

La Asunción de la Virgen María: El canto de la esperanza llevado a su plenitud

CATEQUESIS EN FAMILIA

La Asunción de la Virgen María

El canto de la esperanza llevado a su plenitud

María, asunta en cuerpo y alma, muestra anticipadamente la promesa de la Resurrección

Cómo utilizar esta catequesis

La solemnidad de la Asunción proclama que María, al terminar su vida terrena, fue llevada por Dios en cuerpo y alma a la gloria del cielo. Esta catequesis recorre primero las verdades de fe que permiten comprender ese don y contempla después la vida de María hasta su glorificación. No buscamos acumular privilegios aislados: en ella descubrimos la obra de Cristo plenamente acogida y el futuro que Dios prepara para su Iglesia.

El itinerario puede trabajarse en familia, en la parroquia o en grupos de poscomunión. La Parte I ofrece una explicación doctrinal breve; la Parte II narra y contempla; la Parte III propone cuatro experiencias realizables; la Parte IV guía una lectio divina; y la Parte V reúne oraciones y poemas. Las notas finales permiten al catequista comprobar, ampliar y matizar cada afirmación sin cargar innecesariamente el texto principal.

Objetivo Qué queremos comprender y vivir
Conocer Distinguir los dogmas marianos y reconocer que todos dependen de Cristo.
Contemplar Seguir la respuesta libre de María desde la Anunciación hasta Pentecostés y la Asunción.
Vivir Aprender a interceder, agradecer, acompañar y sostener la esperanza cristiana.
Orar Acoger la promesa de la resurrección y confiar a María la unidad de la familia y de la Iglesia.

Distinción necesaria. La Sagrada Escritura y el Magisterio fundamentan la doctrina. Los escritos apócrifos, las tradiciones piadosas y las revelaciones privadas pueden iluminar la contemplación, pero no poseen la misma autoridad ni añaden nuevas verdades obligatorias a la fe.

PARTE I

Comprender

Los dogmas marianos y la esperanza de la Asunción

1. María en el misterio de Cristo y de la Iglesia

La Iglesia no contempla a María como una figura separada de Jesús. Todo lo que recibió procede de la iniciativa de Dios y de la única salvación realizada por Cristo. Elegida para ser la Madre del Hijo, María creyó, respondió y caminó con Él; por eso su vida ayuda a comprender quién es Jesús y qué hace la gracia en una criatura que la acoge libremente.1

Dentro de la Iglesia, María es a la vez miembro y madre: fue redimida por su Hijo, pero cooperó de una manera enteramente singular en el nacimiento y crecimiento de su Cuerpo. El Concilio la presenta como modelo de fe, esperanza y caridad; cuando la veneración mariana es verdaderamente cristiana, atrae hacia Cristo, su sacrificio y el amor del Padre.2

Para el catequista. Si una explicación sobre María pudiera mantenerse igual suprimiendo a Jesucristo, está mal orientada. Comienza por la obra de Dios, muestra la respuesta de María y termina siempre conduciendo al Hijo.

2. María, Madre de Dios

Cuando Isabel llama a María «la madre de mi Señor», reconoce que el hijo llevado en su seno es verdaderamente el Señor. La Iglesia confesó esta fe llamándola Theotokos, Madre de Dios: no porque María sea origen de la divinidad, sino porque dio a luz según la carne a la persona eterna del Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre.3

La maternidad divina ilumina los demás dones marianos. Dios preparó a María para una misión irrepetible y ella la aceptó con libertad. Su grandeza no consiste en ocupar el lugar de Cristo, sino en la relación que Él quiso establecer con ella: el Hijo de Dios es realmente hijo de María, y María permanece para siempre Madre del Verbo encarnado.4

Ficha catequética. María no es «madre de Dios» como si hubiera existido antes que Él. Es Madre de Jesús, y Jesús es una sola persona divina con dos naturalezas, divina y humana. El título protege ante todo la verdad sobre Cristo.

3. La virginidad perpetua de María

Los Evangelios anuncian que Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María Virgen. La Iglesia expresa la totalidad de este misterio confesando que María fue virgen antes del parto, en el parto y después del parto. No se trata de despreciar el matrimonio o el cuerpo, sino de reconocer el origen divino de Jesús y la consagración completa de María a la misión recibida.5

Su virginidad es también signo de una fecundidad nueva: Jesús nace por iniciativa gratuita de Dios, aunque María no sea pasiva y entregue verdaderamente su cuerpo y su vida. En ella se anticipa la Iglesia virgen y madre, que recibe la Palabra con fe y engendra nuevos hijos mediante el anuncio y el Bautismo.6

Consejo catequético. La expresión bíblica «hermanos de Jesús» no obliga a pensar en otros hijos de María: en el mundo bíblico puede designar parientes próximos. Explícalo con serenidad, sin convertir el capítulo en una polémica.

4. La Inmaculada Concepción: redimida de la manera más sublime

La Inmaculada Concepción significa que María fue preservada de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción. Este privilegio fue una gracia totalmente gratuita de Dios, concedida en atención a los méritos de Jesucristo. La «llena de gracia» no queda fuera de la salvación: todo cuanto posee le llega de su Hijo.7

Nosotros somos liberados del pecado; María fue preservada de caer bajo su dominio. Por eso la tradición habla de una redención anticipada y más sublime: la Cruz de Cristo actúa también en ella, no después de una caída personal, sino preparándola para responder con una libertad sanada a la maternidad divina.8

«Preservada inmune de toda mancha de la culpa original».

No confundir. La Inmaculada Concepción se refiere a la concepción de María en el seno de su madre. La concepción virginal se refiere a Jesús, concebido en María por obra del Espíritu Santo.

5. María cooperó libremente en la obra de la salvación

Dios no utilizó a María como un instrumento sin voluntad. Ella cooperó por su fe y obediencia libres: aceptó la Encarnación, presentó a Jesús, intercedió en Caná, permaneció junto a la Cruz y oró con la Iglesia naciente. Esta colaboración es maternal y única, pero todo su valor procede de Cristo y está subordinado a Él.9

Jesucristo es el único Redentor y su sacrificio no necesita añadidos. Por eso la nota doctrinal Mater Populi fidelis considera inoportuno el título «Corredentora»: puede dar a entender una segunda fuente de salvación. La doctrina que debemos transmitir es más clara: María es la primera y máxima colaboradora de Cristo, porque recibe su gracia y sirve a su obra sin reemplazarla ni completarla.10

Para explicarlo. No digas que María «salvó junto con Jesús». Di que Jesús nos redimió y que María cooperó con Él de manera singular, recibiendo primero la salvación y entregándose después a su servicio.

6. La Asunción de María en cuerpo y alma

Pío XII definió que María, «terminado el curso de su vida terrena», fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial. La fórmula afirma la glorificación completa de María, pero no decidió como dogma si murió antes. La tradición oriental habla de su Dormición; muchos autores occidentales sostienen también su muerte, siempre unida de manera singular a la victoria del Hijo.11

La Asunción no significa que María abandonara la tierra por su propio poder, como Cristo en la Ascensión. Significa que Dios la llevó a la plenitud y le concedió una participación singular en la Resurrección de Jesús. Lo que en ella ya se ha cumplido anticipa la resurrección corporal prometida a todos los redimidos.12

Palabras exactas del dogma. «La Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial».

7. De la Inmaculada Concepción a la Asunción

El Génesis presenta al ser humano creado para vivir en amistad con Dios. La muerte entra en la historia ligada al pecado, aunque la criatura nunca poseyó una inmortalidad independiente: la vida era y sigue siendo don de Dios. Después de la caída, el cuerpo vuelve al polvo, y toda la creación queda a la espera de la liberación prometida.13

María fue preservada del pecado original y permaneció unida a su Hijo desde la Encarnación hasta la Cruz. Su cuerpo dio al Verbo la carne con la que murió y resucitó; por eso la tradición percibió una profunda conveniencia entre su maternidad, su santidad y su glorificación. La corrupción del sepulcro no tendría la última palabra sobre aquella de quien Cristo recibió su cuerpo.14

Sin embargo, la Asunción no se demuestra como una consecuencia automática de la Inmaculada Concepción. Es un privilegio libremente concedido y revelado por Dios. Vista desde toda la historia de María, aparece como el final plenamente coherente de una vida entregada a Cristo y como anticipación de aquello que la gracia quiere realizar en la Iglesia entera.15

Clave catequética. María no es una excepción que se aleja de nosotros. Es la primera criatura en la que aparece plenamente el destino que Cristo abre para todos: la comunión con Dios alcanzará también a nuestro cuerpo.

8. La mujer del Magníficat: el canto de la esperanza

León XIV contempla a María ante Isabel: nada ha cambiado todavía en la situación política de su pueblo, pero todo ha cambiado dentro de ella. Al saberse habitada por Dios, María aprende a ver lo invisible y canta como ya realizadas las obras del Señor. Su Magníficat mira la historia desde los humildes, los hambrientos, los heridos y los exiliados; no adopta la óptica de quienes parecen dominarla.16

El Papa la llama «poetisa y profetisa de la redención» y nos invita a ser, con su misma fe, tejedores de esperanza. La Asunción confirma ese canto: Dios elevó realmente a la humilde esclava y mostró en ella «una magnífica humanidad habitada por Dios». María glorificada acompaña a la Iglesia dentro de una historia todavía herida y garantiza que el poder secreto del Evangelio será revelado al final.17

María nos enseña a mirar la historia desde abajo y a reconocer en ella la obra invisible de Dios.

Para el catequista. El Magníficat no es una revancha de pobres contra ricos. Anuncia la justicia de Dios, que desbarata el orgullo, levanta a los pequeños y llama a todos a convertirse. La esperanza cristiana no huye del sufrimiento: aprende a mirarlo desde la promesa de la Resurrección.

Volver al índice ↑

PARTE II

Contemplar en María

Una vida enteramente abierta a Dios

Los Evangelios hablan de María con sobriedad. Para seguir su vida debemos distinguir lo que procede de la Escritura, lo que pertenece a la tradición antigua y lo que nace de la contemplación espiritual. Esta diferencia no empobrece el relato: nos permite recibir cada testimonio con su verdadero valor y contemplar sin presentar como historia segura lo que la Iglesia nunca definió como tal.

1. El nacimiento inmaculado de María

La fe de la Iglesia comienza por una afirmación precisa: desde el primer instante de su existencia, María fue preservada del pecado original. La Sagrada Escritura no cuenta su nacimiento, pero contempla su vocación desde el saludo «llena de gracia».18

El Protoevangelio de Santiago, escrito cristiano del siglo II que no pertenece al canon bíblico, llama Joaquín y Ana a sus padres. Narra su aflicción por no tener descendencia, la promesa recibida y el nacimiento de la niña. Estas escenas influyeron profundamente en la liturgia y el arte cristianos.19

La venerable María de Jesús de Ágreda contempla con gran amplitud la elección, concepción y nacimiento de María. Su obra puede ayudar a orar si se lee como meditación espiritual vinculada a revelaciones privadas, nunca como un quinto Evangelio ni como crónica histórica verificable.20

En la casa de Joaquín y Ana no tiene por qué haber signos extraordinarios visibles. Una niña necesita brazos, alimento y cuidados; precisamente en esa pequeñez comienza a crecer la mujer que dará carne al Hijo de Dios. La gracia no destruye lo humano: lo prepara y lo lleva a plenitud.

En una casa sencilla comienza, por pura gracia, una historia enteramente abierta a Dios.

Para contemplar. Dios prepara sus obras grandes dentro de vidas pequeñas. Da gracias por quienes cuidaron tu infancia y pide aprender a reconocer la gracia que crece sin hacer ruido.

2. «Hágase en mí»: el sí de María

En Nazaret, Gabriel saluda a María como «llena de gracia» y anuncia que concebirá al Hijo del Altísimo. Ella se turba y discierne; no responde con ligereza. Su pregunta no es falta de fe, sino búsqueda de cómo podrá realizarse la llamada de Dios.21

El ángel anuncia la acción del Espíritu Santo y ofrece como signo el embarazo de Isabel. María escucha una misión que compromete su cuerpo, su relación con José y toda su vida. Dios espera de ella una respuesta verdaderamente humana y libre.22

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Con este sí, María no domina el futuro ni recibe explicadas todas sus dificultades. Se entrega a la Palabra y comienza a llevar en su seno al Salvador. La obediencia cristiana aparece aquí como confianza activa, inteligente y disponible.

La gracia llama; María pregunta, escucha y entrega libremente su vida.

Aplicación personal. Ante una decisión importante, no confundas confianza con precipitación. Pregunta, discierne y, cuando reconozcas la voluntad de Dios, responde con libertad.

3. La Visitación y el Magníficat

María parte deprisa hacia la montaña de Judá. La primera consecuencia de llevar a Jesús no es encerrarse en sí misma, sino ponerse en camino para acompañar a Isabel. La fe recibida se hace servicio concreto y presencia cercana.23

Al oír su saludo, el niño salta de alegría en el seno de Isabel. Llena del Espíritu Santo, Isabel reconoce a María como «la madre de mi Señor» y proclama bienaventurada su fe. María lleva silenciosamente a Cristo, y la presencia del Salvador despierta el gozo antes incluso de que pueda ser visto.24

Entonces brota el Magníficat. María relee su propia pequeñez dentro de las promesas hechas a Abraham y descubre la fidelidad de Dios atravesando las generaciones. No se atribuye la grandeza: proclama que el Poderoso ha hecho obras grandes en ella.

León XIV muestra el alcance de esa mirada. Los romanos siguen dominando y las heridas de su pueblo continúan, pero María contempla ya la victoria secreta de Dios. Desde los pobres y los humillados se convierte en poetisa y profetisa de la redención, y enseña a la Iglesia a tejer esperanza dentro de la historia.25

L

Quien lleva a Cristo aprende a ver la historia desde los pequeños y descubre en ella la obra invisible de Dios.

Para conversar. ¿A quién puedes visitar esta semana? ¿Qué obra de Dios reconoces hoy aunque todavía continúen los problemas?

4. María durante la vida pública de Jesús: las bodas de Caná

En una boda de Caná, María advierte que falta el vino. No espera a que los novios sufran públicamente la vergüenza ni convierte su necesidad en espectáculo. Su intercesión comienza por una mirada atenta a lo que falta.26

«No tienen vino», dice a Jesús. La respuesta del Hijo conduce hacia su «hora», que alcanzará plenitud en la Cruz. María no exige ni determina cómo debe actuar; confía y dirige a los servidores hacia Él.

«Haced lo que Él os diga». Esta es la forma propia de la mediación materna de María: descubre la necesidad, la presenta a Cristo y nos conduce a obedecerlo. Su presencia no ocupa el centro del signo, sino que ayuda a reconocer al Hijo.27

Cuando el agua se convierte en vino, los discípulos creen en Jesús. La intercesión de María desemboca así en la fe y en una alegría renovada. También hoy podemos confiarle nuestras necesidades, sabiendo que ella acompaña nuestras plegarias y las presenta maternalmente ante el único Salvador.28

María ve la necesidad, la confía a Jesús y nos enseña a hacer lo que Él diga.

Aplicación familiar. La oración de intercesión no sustituye la ayuda. Pregunta qué «vino» falta en una casa cercana y qué servicio puedes ofrecer sin humillar a nadie.

5. María al pie de la Cruz y ante el cuerpo de Jesús

En el Calvario, María permanece junto a la Cruz. No puede evitar el sufrimiento de su Hijo ni comprenderlo desde fuera; lo acompaña con la fe dolorosa de quien entregó toda su vida al designio de Dios. La espada anunciada por Simeón atraviesa ahora su alma.29

Jesús le dice: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», y entrega María al discípulo amado. Al pie de la Cruz, su maternidad recibe una amplitud nueva: acoge al discípulo y, en él, a la comunidad creyente. No añade nada al sacrificio de Cristo; consiente y sirve desde el lugar que el Hijo le confía.30

José de Arimatea y Nicodemo bajan el cuerpo y preparan apresuradamente la sepultura. Los Evangelios no describen a María sosteniéndolo, pero la tradición artística de la Piedad expresa con sobriedad una verdad humana: la madre que estuvo junto a la Cruz no queda indiferente ante el cuerpo herido de su Hijo.31

La escena no termina en el dolor cerrado. María conserva la Palabra cuando todo parece contradecirla. En el umbral del sepulcro representa a la Iglesia que espera durante el gran silencio, sin negar la muerte y sin dejar que la muerte pronuncie la última palabra.

María no explica el dolor desde lejos: permanece, sostiene y espera junto a la Iglesia.

Para contemplar. Recuerda a una madre que haya perdido a un hijo o a una familia atravesada por el duelo. Pronuncia sus nombres y confíalos en silencio a María.

6. María y la alegría privada de la Resurrección

Los Evangelios nombran varias apariciones de Jesús resucitado, pero no relatan una aparición a su Madre. Este silencio debe respetarse: no estamos ante un episodio expresamente revelado ni ante una verdad que el cristiano deba creer como parte del Credo.32

Desde antiguo, sin embargo, autores cristianos y tradiciones litúrgicas consideraron conveniente un encuentro del Resucitado con María. San Ignacio de Loyola invitó a contemplarlo y san Juan Pablo II explicó que resulta legítimo pensar que María pudo ser la primera persona a quien Jesús se apareció.33

Esta aparición tendría un carácter familiar y privado. Las apariciones narradas por los Evangelios forman a los testigos públicos de la Resurrección; el encuentro con María pertenecería al ámbito íntimo entre el Hijo y la Madre que compartió su camino desde Nazaret hasta el Calvario.

La contemplación no intenta llenar curiosamente un vacío. Ayuda a pasar con María del Sábado Santo a la Pascua y a reconocer que la fidelidad de Dios supera cuanto podemos ver. Su esperanza no fue una ilusión: el cuerpo entregado en la Cruz vive para siempre.

La Iglesia contempla con legítima esperanza el abrazo que la Escritura dejó en el silencio.

Nota para el catequista. Presenta siempre esta escena con expresiones como «la tradición contempla», «resulta legítimo pensar» o «podemos imaginar en la oración». No digas «el Evangelio cuenta» ni «sabemos históricamente».

7. María en la Iglesia naciente: Pentecostés

Después de la Ascensión, los apóstoles regresan a Jerusalén y perseveran unidos en la oración «con María, la madre de Jesús». Su presencia no es ornamental: la mujer que acogió al Espíritu en la Anunciación acompaña ahora la espera de la comunidad.34

En Pentecostés, el viento, el fuego y la Palabra transforman a quienes estaban reunidos. María no ocupa el lugar de Pedro ni recibe una misión paralela; permanece en el corazón orante de la Iglesia, sosteniendo la comunión desde su maternidad y su fe.35

Los apóstoles salen hacia pueblos distintos, pero todos parten de una misma casa y de un mismo Espíritu. La maternidad de María no encierra: ayuda a mantener unidos a quienes serán enviados por caminos diversos.

En torno a ella puede reconocerse simbólicamente a toda la Iglesia. Antes de su Asunción, María ha aprendido a reunir sin retener y acompañar sin sustituir. Esa comunión prepara la imagen final de los apóstoles congregados alrededor de su Dormición.

La Madre de Jesús ora dentro de la Iglesia y ayuda a sus hijos a recibir un mismo Espíritu.

Aplicación comunitaria. Una comunidad unida no es una comunidad uniforme. Pide a María aprender a sostener la comunión cuando las vocaciones, edades y tareas son diferentes.

8. La Dormición y la Asunción de María

La Sagrada Escritura no narra el final de la vida terrena de María. Desde los primeros siglos, las Iglesias de Oriente celebraron su Dormición y conservaron relatos sobre los apóstoles reunidos en torno a ella. Esos textos no son crónicas contemporáneas, pero testimonian una convicción antigua y ampliamente celebrada: la Madre del Señor no quedó sometida a la corrupción del sepulcro.36

Jerusalén y Éfeso conservan tradiciones sobre sus últimos años. La Iglesia no ha definido dónde terminó su vida, y tampoco ha convertido todos los detalles de los relatos de la Dormición en materia de fe. Podemos recibir su núcleo espiritual sin fingir una precisión histórica que las fuentes no ofrecen.

La tradición imagina a los apóstoles convocados desde distintos lugares para acompañar a María. En torno a su lecho aparecen las misiones dispersas de la única Iglesia. María, que había orado con ellos en el Cenáculo, vuelve a reunirlos en nombre de una comunión mayor que la distancia y el tiempo.37

Al terminar el curso de su vida, Dios la asume en cuerpo y alma. No es una huida del mundo ni la liberación de un alma prisionera en el cuerpo. Toda la persona de María entra en la gloria, porque Cristo salva a la persona entera y promete una creación renovada.38

La Madre glorificada no se aleja de sus hijos. Desde el cielo continúa su servicio y su intercesión, mientras la Iglesia peregrina espera la resurrección. En ella, la humilde mujer del Magníficat se convierte en signo de esperanza cierta y de consuelo para el Pueblo de Dios.39

Reunida la Iglesia en torno a su Madre, Dios muestra en María el destino glorioso de sus hijos.

Para llevar a la vida. La Asunción no nos invita a olvidar la tierra, sino a vivir de modo que nuestros cuerpos, relaciones, trabajos y sufrimientos puedan ser ofrecidos a la transformación de Dios.

Volver al índice ↑

PARTE III

Aplicar a la vida

Cuatro actividades sobre la devoción y la intercesión de María

1. María reúne a sus hijos: mapa vivo de advocaciones

Las advocaciones no son vírgenes diferentes, sino diversos modos históricos de invocar a la única Madre de Jesús. Esta actividad permite descubrir cómo María ha acompañado la fe de pueblos y familias y cómo cada advocación conduce hacia algún aspecto de Cristo y del Evangelio.

Ficha de la actividad

Objetivo: reconocer la unidad de la devoción mariana, recuperar la memoria religiosa de las familias y convertirla en oración por la Iglesia.

Modalidad: familiar, parroquial o grupal.

Duración: 35-45 minutos.

Materiales: lámina con los mapas, etiquetas de tres colores, lápices, hilo azul o lana y estampas aportadas por las familias.

Fruto: un mapa común de advocaciones y un pequeño compromiso de investigación y transmisión de la fe.

Desarrollo

1. Recuperar una historia. Cada participante elige una advocación vinculada a su familia, parroquia, localidad o país. Explica brevemente quién se la enseñó, en qué celebración la recuerda o qué lugar ocupa en su hogar. Si desconoce su origen, la coloca en «Advocaciones por investigar».

2. Situarla en el mapa. Se utiliza una etiqueta azul para las advocaciones familiares, oro para las patronas de parroquias o localidades y blanco para las procedentes de otros países. Una línea de hilo puede unir cada advocación con el lugar donde vive actualmente la familia.

3. Descubrir lo que anuncia. El grupo escoge tres advocaciones de lugares diferentes y responde: ¿qué acontecimiento recuerda?, ¿qué dice de María?, ¿qué aspecto de la vida de Jesús ayuda a contemplar?, ¿cómo conduce a la oración, los sacramentos o la caridad?

4. Pasar del mapa a la comunión. Se completa en voz alta: «Con este nombre, María nos ayuda a mirar a Jesús cuando…». Después se identifica una necesidad actual de cada lugar señalado: guerra, emigración, pobreza, persecución, soledad, falta de vocaciones o división social.

Compromiso. Una familia o un pequeño grupo investiga durante la semana una de las advocaciones pendientes y comunica después lo aprendido. También puede recuperar una oración o costumbre familiar vinculada a ella.

Cierre orante. Todos rodean el mapa y rezan un avemaría. Entre sus dos partes se nombran pausadamente los lugares y las necesidades descubiertas.

2. «No tienen vino»: escuela de intercesión y servicio

María advierte en Caná una necesidad que los demás todavía no han visto. La presenta a Jesús sin ocupar su lugar y orienta a los servidores hacia Él. La intercesión cristiana comienza aprendiendo a mirar con atención y discreción, pero nos dispone también a hacer lo que Cristo nos muestre.

Ficha de la actividad

Objetivo: aprender a reconocer una necesidad, presentarla a Jesús y responder mediante una ayuda respetuosa.

Modalidad: reflexión personal y trabajo en pequeños grupos.

Duración: 30-35 minutos, más el compromiso semanal.

Materiales: una jarra vacía, Biblia, tiras de papel, sobres y cuatro tarjetas con situaciones cercanas.

Fruto: una petición confiada y un gesto concreto de servicio para los siete días siguientes.

La jarra vacía representa aquello que falta y que quizá nadie se atreve a nombrar. No se trata de adivinar la vida ajena, sino de reconocer necesidades sin juzgar ni divulgar intimidades.

Mirar, presentar y responder

1. Ver lo que falta. Cada pequeño grupo recibe una situación: una persona sola, una familia con dificultades materiales, dos personas enfrentadas o alguien que ha perdido la esperanza. Responde: ¿qué necesidad visible aparece?, ¿qué necesidad más profunda podría existir?, ¿qué ayuda sería respetuosa y cuál resultaría invasiva?

2. Presentar la necesidad. Cada participante piensa en una persona o situación real. Sin escribir nombres ni detalles privados, completa una tira: «Jesús, mira a quien necesita…». Las peticiones se doblan y se depositan en la jarra.

3. Escuchar a Cristo. Se proclama lentamente Jn 2,1-11. Después de las palabras «Haced lo que Él os diga», se guarda un minuto de silencio.

4. Elegir una respuesta. Cada persona escribe dentro de un sobre una acción pequeña y verificable: llamar, escuchar, preparar una comida, acompañar una gestión, pedir perdón, ofrecer transporte o preguntar qué ayuda se necesita realmente.

Antes de cerrar el sobre

Comprueba el compromiso: ¿puedo cumplirlo?, ¿respeta la libertad del otro?, ¿une mi oración con una acción posible? Interceder no autoriza a controlar la vida de nadie.

Revisión. El sobre se abre al final de la semana. En el siguiente encuentro puede compartirse lo aprendido, pero nunca la intimidad de la persona acompañada.

Cierre orante. El grupo responde: «María, enséñanos a mirar; Jesús, enséñanos a servir». Se termina diciendo: «Señor, muéstranos qué debemos hacer y danos humildad para hacerlo».

3. Un Magníficat tejido entre generaciones

El Magníficat no es una lista de éxitos personales. María reconoce que Dios ha obrado en su pequeñez, recuerda su misericordia a través de las generaciones y contempla la historia desde quienes suelen quedar abajo. La familia compondrá su propio cántico a partir de la gratitud, las heridas y la esperanza compartidas.

Ficha de la actividad

Objetivo: reconocer la misericordia de Dios en la historia familiar y transmitir esperanza entre generaciones.

Modalidad: familiar o grupal, con una conversación previa.

Duración: 40-50 minutos, además de la preparación.

Materiales: Biblia, camino de papel, tarjetas y bolígrafos.

Fruto: un Magníficat familiar de ocho a doce versos y una acción que una a dos generaciones.

Preparación: escuchar a otra generación

Durante la semana, cada participante conversa con una persona de otra generación. Le pregunta: «¿Cuándo sentiste que Dios o alguna persona te sostenía?» y «¿Qué esperanza quisieras transmitir a quienes vienen detrás?». Basta anotar una frase o un pequeño acontecimiento que pueda compartirse con permiso.

La mesa de memoria

1. Sobre una mesa se extiende un camino de papel dividido en tres momentos: «Quienes nos precedieron», «Nuestra familia hoy» y «Quienes vendrán después».

2. Cada participante coloca su recuerdo en el lugar correspondiente. Pueden reconocerse ayudas recibidas y también migraciones, enfermedades, desempleo, conflictos, pérdidas o épocas de escasez.

3. Se proclama Lc 1,46-55 y se buscan tres huellas: una persona humilde que sostuvo a otros, un momento en que alguien compartió lo poco que tenía y una situación que todavía necesita justicia, reconciliación o esperanza.

4. Cada persona escribe una frase bajo uno de estos comienzos: «Te alabamos, Señor, porque…», «Tu misericordia nos alcanzó cuando…», «Enséñanos a reconocer y acompañar a…» o «Confiamos en ti mientras…».

Componer y proclamar

Con las frases se compone un Magníficat familiar de ocho a doce versos. No es necesario rimar ni imitar literalmente el texto bíblico. Una persona proclama las estrofas de alabanza y gratitud; otra, las que nombran las necesidades; todos responden: «Tu misericordia llega de generación en generación».

Compromiso. La familia escoge una acción que una generaciones durante la semana: realizar una visita, cocinar juntos, recuperar una oración familiar, escuchar una historia antigua o ayudar a alguien que se ha quedado solo.

Cuidado catequético. Nadie está obligado a contar un recuerdo doloroso. La memoria agradecida no niega las heridas, no justifica el daño ni exige reconciliaciones fingidas. Cuando aparezca una situación delicada, se acoge sin interrogar y se protege la intimidad.

4. La esperanza tiene rostro: aprender a acompañar

La Asunción permite hablar de la muerte sin reducir la esperanza a una frase fácil. María está glorificada en cuerpo y alma; por eso creemos que Dios no desecha nuestra historia ni nuestro cuerpo, sino que promete transformarlos en la resurrección. Esta esperanza no elimina el duelo: nos enseña a permanecer junto a quien sufre.

Ficha de la actividad

Objetivo: aprender a acompañar el sufrimiento sin negarlo, explicarlo desde fuera ni ofrecer consuelos fáciles.

Modalidad: reflexión grupal, elaboración personal y compromiso de acompañamiento.

Duración: 40-50 minutos, más el gesto semanal.

Materiales: imagen de la Asunción, Biblia, tarjetas, sobres, bolígrafos y una vela blanca.

Fruto: una tarjeta personal y una oferta concreta de compañía.

1. Aprender a estar cerca

El grupo escucha tres respuestas y comenta qué efecto podría producir cada una en una persona que sufre:

«No estés triste; seguro que todo se arregla».

«Dios sabe por qué hace las cosas».

«No sé cómo quitarte este dolor, pero quiero permanecer contigo».

No se busca ridiculizar a quien utiliza palabras poco acertadas, sino descubrir que la esperanza cristiana no consiste en negar el sufrimiento. A veces, la primera forma de esperanza es no abandonar.

2. Escuchar una promesa

Se contempla la imagen de la Asunción y se proclama 1 Cor 15,42-44.53-57 o Ap 21,1-5. Cada participante escoge una expresión breve que pueda sostener a una persona sin convertirla en una promesa de curación inmediata.

«Cuando tengo miedo, necesito recordar…»

«La Asunción de María me ayuda a esperar…»

«Cuando alguien sufre, puedo acompañarlo mediante…»

3. Preparar un acompañamiento real

Cada persona piensa en alguien enfermo, anciano, solo o en duelo y toma cuatro decisiones: a quién acompañará, qué gesto realizará, cuándo lo hará y cómo respetará su libertad. Puede ofrecer una visita breve, una llamada, comida, transporte, compañía para ir a Misa o tiempo para escuchar.

Después redacta una tarjeta con una frase personal, una promesa bíblica breve y una oferta concreta. No se explica el sufrimiento ajeno ni se afirma que «todo irá bien». El mensaje debe comunicar: «Tu vida importa y no estás solo».

Modelo orientativo.

«María asunta nos recuerda que el amor de Dios es más fuerte que la muerte. No quiero darte explicaciones fáciles, sino acompañarte. Esta semana puedo visitarte o llamarte el día que tú prefieras».

4. Orar, enviar y revisar

Las tarjetas, todavía dentro de sus sobres, se colocan alrededor de la imagen. Se enciende la vela y se pronuncian únicamente los nombres de pila de las personas por quienes se desea rezar. Todos responden: «Santa María de la esperanza, acompáñanos».

Revisión del compromiso. En el encuentro siguiente no se pregunta si la persona «mejoró», sino si supimos escuchar, respetar sus tiempos y cumplir lo ofrecido. Acompañar no consiste en obtener resultados, sino en hacer presente una fidelidad humilde.

Volver al índice ↑

PARTE IV

Escuchar la Palabra

Lectio divina: «Levántate, amada mía, y ven»

1. Prepararnos para escuchar

Busca un lugar sereno y coloca una imagen de la Asunción junto a una Biblia abierta. Respira despacio, deja a un lado las prisas e invoca al Espíritu Santo. No intentamos fabricar una emoción: venimos a escuchar la voz de Dios dentro de su Palabra.

Espíritu Santo,
abre nuestro oído y nuestro corazón;
enséñanos a escuchar la llamada del Señor
y a responder con la fe de María. Amén.

2. Lectio: ¿qué dice el texto?

Cantar de los Cantares 2,8-14

Se escucha la voz del amado que llega atravesando montes y colinas. El invierno ha pasado, aparecen las flores y vuelve el canto. Entonces resuena la invitación: «Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven». La amada, todavía escondida, es llamada a mostrar su rostro y dejar oír su voz.

Lee despacio el pasaje completo en tu Biblia. Observa los verbos de movimiento, los cambios de estación y la repetición de la llamada. En su sentido primero, el poema canta el amor entre el amado y la amada; la tradición creyente lo ha leído también como expresión del amor de Dios por su pueblo y, en la liturgia mariana, como invitación dirigida a María.40

3. Meditatio: ¿qué me dice el Señor?

La voz no llama a despreciar el mundo, sino a salir del invierno y entrar en la vida. En la Asunción, la Iglesia escucha dirigida a María esta invitación: «Levántate y ven». Dios recibe a la mujer que acogió a su Hijo y lleva toda su persona a la primavera definitiva.

Guarda silencio ante estas preguntas:

¿Qué invierno estoy atravesando?

¿Qué me impide levantarme y responder a Dios?

¿Qué signo pequeño de vida nueva está apareciendo ya?

4. Oratio: ¿qué quiero responder?

Habla ahora con Dios. Puedes contarle tus resistencias, pedirle que levante a alguien abatido o darle gracias por una vida que comienza a florecer. Después repite lentamente: «Señor, cuando me llames, enséñame a responder».

María, mujer del sí,
acompáñame cuando el camino esté oculto.
Enséñame a reconocer la voz de tu Hijo
y a levantarme con esperanza. Amén.

5. Contemplatio: permanecer ante el misterio

Mira en silencio a María acogida por Cristo. No busques más palabras. En ella puedes contemplar el destino prometido a la Iglesia: nuestra carne, tantas veces herida y cansada, no está destinada al abandono. Permanece unos minutos ante la fidelidad de Dios que hace nuevas todas las cosas.

6. Actio: vivir como testigos de esperanza

Elige una persona que necesite levantarse. Durante esta semana, llámala, visítala o ayúdala en una tarea concreta. Hazlo sin discursos largos. Que tu presencia pueda decir con hechos: el invierno no dura para siempre.

Compromiso. Nombre de la persona: ____________________. Gesto concreto: ____________________. Día en que lo realizaré: ____________________.

Volver al índice ↑

PARTE V

Orar

María, asunta al cielo, ruega por nosotros

1. Oración en la solemnidad de la Asunción

La liturgia presenta a María como comienzo e imagen de la Iglesia que llegará a su plenitud y como signo de esperanza para el pueblo peregrino. Podemos unirnos a esa oración con estas palabras inspiradas en los textos de la solemnidad:41

Dios todopoderoso y eterno,
que llevaste en cuerpo y alma a la gloria del cielo
a la Inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo,
dirige nuestro corazón hacia ti.

Haz que vivamos atentos a las cosas de lo alto,
sirviendo fielmente en la tierra,
hasta participar con María
de la plenitud de tu gloria. Amén.

2. Bajo tu amparo

Esta oración, una de las invocaciones marianas más antiguas conservadas, expresa con sobriedad la confianza de la Iglesia en la intercesión maternal de María.42

Bajo tu amparo nos acogemos,
santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades;
antes bien, líbranos siempre de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita.

3. Salve, Reina y Madre

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve.
A ti llamamos los desterrados hijos de Eva;
a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos
y, después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María.

4. Poemas clásicos sobre la Asunción

La poesía española ha contemplado la Asunción como subida, encuentro y deseo de seguir a María. Estos versos tradicionalmente atribuidos a fray Luis de León convierten la mirada hacia el cielo en una petición de compañía.43

A la Asunción

Al cielo vais, Señora,
y allá os reciben con alegre canto;
¡oh quién pudiera ahora
asirse a vuestro manto
para subir con vos al monte santo!

La tradición litúrgica aplica también a María la pregunta admirada del Cantar: «¿Quién es esta que sube?». La imagen no nos aparta de Cristo; contempla la obra que Él ha realizado en su Madre y despierta el deseo de alcanzar la misma comunión.

¿Quién es esta que sube,
clara como la aurora?
Es María, la humilde,
a quien su Dios corona.
La tierra no la pierde:
en ella espera y ora.

Composición nueva inspirada en la tradición litúrgica.

5. Oración familiar a María asunta al cielo

María, Madre de Jesús y Madre nuestra,
al terminar tu camino en la tierra
reuniste en torno a ti a los apóstoles:
hombres distintos, llegados de caminos distintos,
pero hijos de una misma Iglesia.

Tú habías orado con ellos en el Cenáculo
y los habías visto partir hacia pueblos lejanos.
Antes de ser llevada al cielo,
volviste a congregarlos como una madre
que no retiene a sus hijos, pero conserva su unidad.

Reúne también a nuestra familia.
Acerca a quienes viven lejos,
reconcilia a quienes se han herido,
sostén a quienes están enfermos
y guarda en Dios a quienes ya han muerto.

Cuando el cansancio nos incline hacia la tierra,
recuérdanos la llamada de tu Hijo:
«Levántate y ven».
Enséñanos a trabajar por un mundo más humano
sin perder la esperanza del cielo.

Tú, asunta en cuerpo y alma,
muéstranos que ningún gesto de amor se pierde,
que nuestros cuerpos están llamados a la gloria
y que la muerte no puede romper para siempre
la comunión de quienes viven en Cristo.

María, mujer del Magníficat,
haz de nuestra casa un lugar de fe,
de servicio, de oración y de esperanza,
hasta que Dios reúna a toda su Iglesia
en la casa del Padre. Amén.

Oración de nueva composición para esta catequesis.

Volver al índice ↑

CONCLUSIÓN

María, imagen de la humanidad habitada por Dios

Desde su concepción inmaculada hasta su Asunción, María recibió todo de Dios y respondió con una libertad cada vez más entregada. Fue Madre de Dios, siempre Virgen, discípula, intercesora y compañera de la Iglesia. Ninguno de estos títulos la separa de Cristo: cada uno muestra una forma de pertenecerle y de servir a su obra.

Su vida atravesó la incertidumbre, el servicio, la alegría, la incomprensión y la Cruz. El Magníficat nació antes de que las dificultades hubieran desaparecido. María pudo cantar porque aprendió a reconocer la acción invisible y fiel de Dios dentro de una historia dominada aparentemente por otros poderes.

La Asunción revela el cumplimiento de aquella esperanza. La mujer humilde es elevada; la Madre que llevó a Cristo en su cuerpo participa plenamente de su Resurrección; la creyente que reunió a los apóstoles aparece como imagen de la Iglesia futura. Su glorificación proclama que Dios salva nuestra humanidad entera, también corporal, frágil y herida.

Por eso María no nos invita a escapar de este mundo. León XIV la presenta como compañera de quienes tejen esperanza, comparten lo que son y tienen y permiten que el Reino tome forma. Mirando a la Asunta, podemos servir hoy con los pies en la tierra y el corazón abierto al cielo, testimoniando la belleza de una humanidad habitada por Dios.

María asunta al cielo,
signo de esperanza cierta y de consuelo,
ruega por nosotros.

Volver al índice ↑

Fuentes y bibliografía

Biblia. Sagrada Biblia. Madrid: Conferencia Episcopal Española.

Catecismo de la Iglesia Católica. Catecismo de la Iglesia Católica. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 1997.

Concilio Vaticano II. Lumen gentium. 21 de noviembre de 1964.

Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Mater Populi fidelis. 4 de noviembre de 2025.

León XIV. Magnifica humanitas. 15 de mayo de 2026.

Pío IX. Ineffabilis Deus. 8 de diciembre de 1854.

Pío XII. Munificentissimus Deus. 1 de noviembre de 1950.

Pablo VI. Marialis cultus. 2 de febrero de 1974.

Juan Pablo II. Redemptoris Mater. 25 de marzo de 1987.

María de Jesús de Ágreda. Mística Ciudad de Dios. Primera parte, libros I-II.

Protoevangelio de Santiago. Siglo II.

Las imágenes y la maquetación de este documento se han realizado con herramientas de inteligencia artificial, con apoyo de ChatGPT.

Notas

1. Confrontar Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 52-53; Catecismo de la Iglesia Católica, 487.

2. Confrontar Lumen gentium, 63-65 y 68; allí María aparece como miembro eminente, tipo y modelo de la Iglesia.

3. Confrontar Lc 1,43; Concilio de Éfeso (431), DS 250-251; Catecismo, 466 y 495.

4. Confrontar san Cirilo de Alejandría, segunda carta a Nestorio; Lumen gentium, 56; Catecismo, 494.

5. Confrontar Mt 1,18-25; Lc 1,26-38; Catecismo, 496-501. La fórmula «antes, en y después del parto» pertenece a la confesión constante de la Iglesia.

6. Confrontar Lumen gentium, 63-64; san Ildefonso de Toledo, De virginitate perpetua Sanctae Mariae.

7. Confrontar Lc 1,28; Pío IX, Ineffabilis Deus; Catecismo, 490-491.

8. Confrontar Lumen gentium, 53; Catecismo, 492: María fue «redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo».

9. Confrontar Lumen gentium, 56-58 y 61; Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 38-39.

10. Confrontar Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Mater Populi fidelis, 17-22. El documento considera siempre inoportuno usar «Corredentora» para definir la cooperación de María.

11. Confrontar Pío XII, Munificentissimus Deus, 44; Juan Pablo II, audiencia general del 2 de julio de 1997. La definición no resuelve dogmáticamente la cuestión de la muerte de María.

12. Confrontar Catecismo, 966; Lumen gentium, 59. La Asunción es participación singular en la Resurrección del Hijo y anticipación de la resurrección de los cristianos.

13. Confrontar Gn 2,7-9.16-17; 3,19.22-24; Sab 2,23-24; Rom 5,12; Catecismo, 1008.

14. Confrontar Munificentissimus Deus, 27 y 30; Pío XII recoge la tradición que relaciona maternidad divina, virginidad, santidad e incorrupción corporal.

15. Confrontar Munificentissimus Deus, 5 y 40-44; Catecismo, 966.

16. Confrontar León XIV, Magnifica humanitas, 243-244.

17. Confrontar León XIV, Magnifica humanitas, 244-245; Lumen gentium, 68-69.

18. Confrontar Lc 1,28; Pío IX, Ineffabilis Deus; Catecismo, 490-493.

19. Confrontar Protoevangelio de Santiago, 1-7. Es un apócrifo cristiano del siglo II, no un libro inspirado ni una biografía contemporánea de María.

20. Confrontar María de Jesús de Ágreda, Mística Ciudad de Dios, primera parte, libros I-II. Sobre las revelaciones privadas, confrontar Catecismo, 66-67.

21. Confrontar Lc 1,26-34. La pregunta de María se distingue de la incredulidad de Zacarías por la respuesta del ángel y por el desenlace del relato.

22. Confrontar Lc 1,35-38; Lumen gentium, 56; Catecismo, 484-486 y 494.

23. Confrontar Lc 1,39-40; Francisco, exhortación apostólica Evangelii gaudium, 288, sobre María como mujer orante y servicial.

24. Confrontar Lc 1,41-45.

25. Confrontar Lc 1,46-55; León XIV, Magnifica humanitas, 243-245.

26. Confrontar Jn 2,1-3; Mater Populi fidelis, 41.

27. Confrontar Jn 2,4-11; Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 21.

28. Confrontar Lumen gentium, 60 y 62; Mater Populi fidelis, 37-42. La intercesión de María depende enteramente de la mediación única de Cristo.

29. Confrontar Lc 2,34-35; Jn 19,25.

30. Confrontar Jn 19,26-27; Lumen gentium, 58; Redemptoris Mater, 23.

31. Confrontar Jn 19,38-42. La presencia de María sosteniendo el cuerpo de Jesús pertenece a la contemplación artística y espiritual de la Piedad; el Evangelio no describe ese gesto.

32. Confrontar Mt 28; Mc 16; Lc 24; Jn 20-21; 1 Cor 15,3-8. Ninguna de estas listas menciona expresamente una aparición a María.

33. Confrontar san Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, 218-225 y 299; Juan Pablo II, audiencia general del 21 de mayo de 1997, «María y la Resurrección de Cristo». El Papa presenta esta posibilidad como deducción legítima, no como dato evangélico expreso.

34. Confrontar Hch 1,12-14.

35. Confrontar Hch 2,1-11; Lumen gentium, 59; Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio, 19.

36. Confrontar los relatos antiguos del Transitus Mariae y la tradición litúrgica de la Dormición. Para su recepción doctrinal, confrontar Munificentissimus Deus, 15-27.

37. La reunión milagrosa de los apóstoles pertenece a los relatos tradicionales de la Dormición y a su iconografía; no procede de los Hechos de los Apóstoles ni forma parte de la definición dogmática.

38. Confrontar Munificentissimus Deus, 44; Catecismo, 966 y 988-1019, sobre la resurrección de la carne.

39. Confrontar Lumen gentium, 62 y 68; Benedicto XVI, Ángelus del 15 de agosto de 2007.

40. Confrontar Cant 2,8-14. La aplicación mariana es una lectura espiritual y litúrgica posterior que no elimina el sentido nupcial propio del poema.

41. Confrontar Misal Romano, solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, oración colecta y prefacio; Lumen gentium, 68. La oración aquí ofrecida es una adaptación catequética, no una reproducción destinada a sustituir el texto litúrgico oficial.

42. El Sub tuum praesidium está atestiguado en un papiro griego antiguo y constituye una de las primeras oraciones conservadas que invocan a María como Madre de Dios.

43. «Al cielo vais, Señora» se transmite tradicionalmente entre las poesías atribuidas a fray Luis de León. Dada la complejidad de algunas atribuciones antiguas, se mantiene expresamente la fórmula «tradicionalmente atribuido».

Volver al índice ↑

Evangelio del día: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre

Evangelio del día: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre

Evangelio del día

Viernes de la 19.ª semana del Tiempo Ordinario

Mateo 19, 3-12

Vivir juntos es un arte, un camino paciente, hermoso y fascinante.

Evangelio

Se acercaron a él algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le dijeron: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?». El respondió: «¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer; y que dijo: «Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne»? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido». Le replicaron: «Entonces, ¿por qué Moisés prescribió entregar una declaración de divorcio cuando uno se separa?». El les dijo: «Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era sí. Por lo tanto, yo les digo: El que se divorcia de su mujer, a no ser en caso de unión ilegal, y se casa con otra, comete adulterio». Los discípulos le dijeron: «Si esta es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse». Y él les respondió: «No todos entienden este lenguaje, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido. En efecto, algunos no se casan, porque nacieron impotentes del seno de su madre; otros, porque fueron castrados por los hombres; y hay otros que decidieron no casarse a causa del Reino de los Cielos. ¡El que pueda entender, que entienda!».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Josué, Jos 24, 1-13

Salmo: Sal 136(135), 1-3.16-18.21-24

Oración introductoria

Señor, quiero encontrarme contigo en este momento de oración, esperando tener la docilidad de corazón para no convertir esta meditación en un interrogatorio, en exigencias, en quejas o para pedirte lo que creo necesitar. ¡Ven Espíritu Santo!

Petición

Jesús, ayúdame a nunca ser duro de corazón.

Meditación del Santo Padre Francisco

1. El miedo del «para siempre»

Santidad, son muchos los que hoy piensan que prometerse fidelidad para toda la vida sea una empresa demasiado difícil; muchos sienten que el desafío de vivir juntos para siempre es hermoso, fascinante, pero demasiado exigente, casi imposible. Le pedimos su palabra que nos ilumine sobre esto.

Agradezco el testimonio y la pregunta. Os explico: ellos me enviaron las preguntas con antelación. Se comprende. Así, yo pude reflexionar y pensar una respuesta un poco más sólida. Es importante preguntarse si es posible amarse «para siempre». Ésta es una pregunta que debemos hacer: ¿es posible amarse «para siempre»? Muchas personas hoy tienen miedo de hacer opciones definitivas. Un joven decía a su obispo: «Yo quiero llegar a ser sacerdote, pero sólo por diez años». Tenía miedo a una opción definitiva. Pero es un miedo general, propio de nuestra cultura. Hacer opciones para toda la vida, parece imposible. Hoy todo cambia rápidamente, nada dura largamente. Y esta mentalidad lleva a muchos que se preparan para el matrimonio a decir: «estamos juntos hasta que dura el amor», ¿y luego? Muchos saludos y nos vemos. Y así termina el matrimonio. ¿Pero qué entendemos por «amor»? ¿Sólo un sentimiento, uno estado psicofísico? Cierto, si es esto, no se puede construir sobre ello algo sólido. Pero si en cambio el amor es una relación , entonces es una realidad que crece, y podemos incluso decir, a modo de ejemplo, que se construye como una casa. Y la casa se construye juntos, no solos. Construir significa aquí favorecer y ayudar el crecimiento. Queridos novios, vosotros os estáis preparando para crecer juntos, construir esta casa, vivir juntos para siempre. No queréis fundarla en la arena de los sentimientos que van y vienen, sino en la roca del amor auténtico, el amor que viene de Dios. La familia nace de este proyecto de amor que quiere crecer como se construye una casa, que sea espacio de afecto, de ayuda, de esperanza, de apoyo. Como el amor de Dios es estable y para siempre, así también el amor que construye la familia queremos que sea estable y para siempre. Por favor, no debemos dejarnos vencer por la «cultura de lo provisional». Esta cultura que hoy nos invade a todos, esta cultura de lo provisional. ¡Esto no funciona! Por lo tanto, ¿cómo se cura este miedo del «para siempre»? Se cura día a día, encomendándose al Señor Jesús en una vida que se convierte en un camino espiritual cotidiano, construido por pasos, pasos pequeños, pasos de crecimiento común, construido con el compromiso de llegar a ser mujeres y hombres maduros en la fe. Porque, queridos novios, el «para siempre» no es sólo una cuestión de duración. Un matrimonio no se realiza sólo si dura, sino que es importante su calidad. Estar juntos y saberse amar para siempre es el desafío de los esposos cristianos. Me viene a la mente el milagro de la multiplicación de los panes: también para vosotros el Señor puede multiplicar vuestro amor y donarlo a vosotros fresco y bueno cada día. ¡Tiene una reserva infinita de ese amor! Él os dona el amor que está en la base de vuestra unión y cada día lo renueva, lo refuerza. Y lo hace aún más grande cuando la familia crece con los hijos. En este camino es importante y necesaria la oración, siempre. Él para ella, ella para él y los dos juntos. Pedid a Jesús que multiplique vuestro amor. En la oración del Padrenuestro decimos: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Los esposos pueden aprender a rezar también así: «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día», porque el amor cotidiano de los esposos es el pan, el verdadero pan del alma, el que les sostiene para seguir adelante. Y la oración: ¿podemos ensayar para saber si sabemos recitarla? «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día». ¡Todos juntos! [novios: «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día»]. ¡Otra vez! [novios: «Señor, danos hoy nuestro amor de cada día»]. Ésta es la oración de los novios y de los esposos. ¡Enséñanos a amarnos, a querernos! Cuanto más os encomendéis a Él, tanto más vuestro amor será «para siempre», capaz de renovarse, y vencerá toda dificultad. Esto pensé deciros, respondiendo a vuestra pregunta. ¡Gracias!

2. Vivir juntos: el «estilo» de la vida matrimonial

Santidad, vivir juntos todos los días es hermoso, da alegría, sostiene. Pero es un desafío que hay que afrontar. Creemos que es necesario aprender a amarse. Hay un «estilo» de la vida de la pareja, una espiritualidad de lo cotidiano que queremos aprender. ¿Puede ayudarnos en esto, Padre Santo?

Vivir juntos es un arte, un camino paciente, hermoso y fascinante. No termina cuando os habéis conquistado el uno al otro… Es más, es precisamente entonces cuando inicia. Este camino de cada día tiene normas que se pueden resumir en estas tres palabras que tú has dicho, palabras que ya he repetido muchas veces a las familias, y que vosotros ya podéis aprender a usar entre vosotros: permiso, o sea, «puedo», tú dijiste gracias, y perdón .

«¿Puedo, permiso?». Es la petición gentil de poder entrar en la vida de otro con respeto y atención. Es necesario aprender a preguntar: ¿puedo hacer esto? ¿Te gusta si hacemos así, si tomamos esta iniciativa, si educamos así a los hijos? ¿Quieres que salgamos esta noche?… En definitiva, pedir permiso significa saber entrar con cortesía en la vida de los demás. Pero escuchad bien esto: saber entrar con cortesía en la vida de los demás. Y no es fácil, no es fácil. A veces, en cambio, se usan maneras un poco pesadas, como ciertas botas de montaña. El amor auténtico no se impone con dureza y agresividad. En las Florecillas de san Francisco se encuentra esta expresión: «Has de saber, hermano carísimo, que la cortesía es una de las propiedades de Dios… la cortesía es hermana de la caridad, que extingue el odio y fomenta el amor» (Cap. 37). Sí, la cortesía conserva el amor. Y hoy en nuestras familias, en nuestro mundo, a menudo violento y arrogante, hay necesidad de mucha más cortesía. Y esto puede comenzar en casa.

«Gracias». Parece fácil pronunciar esta palabra, pero sabemos que no es así. ¡Pero es importante! La enseñamos a los niños, pero después la olvidamos. La gratitud es un sentimiento importante: ¿recordáis el Evangelio de Lucas? Una anciana, una vez, me decía en Buenos Aires: «la gratitud es una flor que crece en tierra noble». Es necesaria la nobleza del alma para que crezca esta flor. ¿Recordáis el Evangelio de Lucas? Jesús cura a diez enfermos de lepra y sólo uno regresa a decir gracias a Jesús. Y el Señor dice: y los otros nueve, ¿dónde están? Esto es válido también para nosotros: ¿sabemos agradecer? En vuestra relación, y mañana en la vida matrimonial, es importante tener viva la conciencia de que la otra persona es un don de Dios, y a los dones de Dios se dice ¡gracias!, siempre se da gracias. Y con esta actitud interior decirse gracias mutuamente, por cada cosa. No es una palabra gentil que se usa con los desconocidos, para ser educados. Es necesario saber decirse gracias, para seguir adelante bien y juntos en la vida matrimonial.

«Perdón». En la vida cometemos muchos errores, muchas equivocaciones. Los cometemos todos. Pero tal vez aquí hay alguien que jamás cometió un error. Levante la mano si hay alguien allí, una persona que jamás cometió un error. Todos cometemos errores. ¡Todos! Tal vez no hay un día en el que no cometemos algún error. La Biblia dice que el más justo peca siete veces al día. Y así cometemos errores… He aquí entonces la necesidad de usar esta sencilla palabra: «perdón». En general, cada uno de nosotros es propenso a acusar al otro y a justificarse a sí mismo. Esto comenzó con nuestro padre Adán, cuando Dios le preguntó: «Adán ¿tú has comido de aquel fruto? ». «¿Yo? ¡No! Es ella quien me lo dio». Acusar al otro para no decir «disculpa », «perdón». Es una historia antigua. Es un instinto que está en el origen de muchos desastres. Aprendamos a reconocer nuestros errores y a pedir perdón. «Perdona si hoy levanté la voz»; «perdona si pasé sin saludar»; «perdona si llegué tarde», «si esta semana estuve muy silencioso», «si hablé demasiado sin nunca escuchar»; «perdona si me olvidé»; «perdona, estaba enfadado y me la tomé contigo». Podemos decir muchos «perdón» al día. También así crece una familia cristiana. Todos sabemos que no existe la familia perfecta, y tampoco el marido perfecto, o la esposa perfecta. No hablemos de la suegra perfecta… Existimos nosotros, pecadores. Jesús, que nos conoce bien, nos enseña un secreto: no acabar jamás una jornada sin pedirse perdón, sin que la paz vuelva a nuestra casa, a nuestra familia. Es habitual reñir entre esposos, porque siempre hay algo, hemos reñido. Tal vez os habéis enfadado, tal vez voló un plato, pero por favor recordad esto: no terminar jamás una jornada sin hacer las paces. ¡Jamás, jamás, jamás! Esto es un secreto, un secreto para conservar el amor y para hacer las paces. No es necesario hacer un bello discurso. A veces un gesto así y… se crea la paz. Jamás acabar… porque si tú terminas el día sin hacer las paces, lo que tienes dentro, al día siguiente está frío y duro y es más difícil hacer las paces. Recordad bien: ¡no terminar jamás el día sin hacer las paces! Si aprendemos a pedirnos perdón y a perdonarnos mutuamente, el matrimonio durará, irá adelante. Cuando vienen a las audiencias o a misa aquí a Santa Marta los esposos ancianos que celebran el 50° aniversario, les pregunto: «¿Quién soportó a quién?» ¡Es hermoso esto! Todos se miran, me miran, y me dicen: «¡Los dos!» Y esto es hermoso. Esto es un hermoso testimonio.

3. El estilo de la celebración del Matrimonio

Santidad, en estos meses estamos haciendo muchos preparativos para nuestra boda. ¿Puede darnos algún consejo para celebrar bien nuestro matrimonio?

Haced todo de modo que sea una verdadera fiesta —porque el matrimonio es una fiesta—, una fiesta cristiana, no una fiesta mundana. El motivo más profundo de la alegría de ese día nos lo indica el Evangelio de Juan: ¿recordáis el milagro de las bodas de Caná? A un cierto punto faltó el vino y la fiesta parecía arruinada. Imaginad que termina la fiesta bebiendo té. No, no funciona. Sin vino no hay fiesta. Por sugerencia de María, en ese momento Jesús se revela por primera vez y hace un signo: transforma el agua en vino y, haciendo así, salva la fiesta de bodas. Lo que sucedió en Caná hace dos mil años, sucede en realidad en cada fiesta de bodas: lo que hará pleno y profundamente auténtico vuestro matrimonio será la presencia del Señor que se revela y dona su gracia. Es su presencia la que ofrece el «vino bueno», es Él el secreto de la alegría plena, la que calienta verdaderamente el corazón. Es la presencia de Jesús en esa fiesta. Que sea una hermosa fiesta, pero con Jesús. No con el espíritu del mundo, ¡no! Esto se percibe, cuando el Señor está allí.

Al mismo tiempo, sin embargo, es bueno que vuestro matrimonio sea sobrio y ponga de relieve lo que es verdaderamente importante. Algunos están más preocupados por los signos exteriores, por el banquete, las fotos, los vestidos y las flores… Son cosas importantes en una fiesta, pero sólo si son capaces de indicar el verdadero motivo de vuestra alegría: la bendición del Señor sobre vuestro amor. Haced lo posible para que, como el vino de Caná, los signos exteriores de vuestra fiesta revelen la presencia del Señor y os recuerden a vosotros y a todos los presentes el origen y el motivo de vuestra alegría.

Pero hay algo que tú has dicho y que quiero retomar al vuelo, porque no quiero dejarlo pasar. El matrimonio es también un trabajo de todos los días, podría decir un trabajo artesanal, un trabajo de orfebrería, porque el marido tiene la tarea de hacer más mujer a su esposa y la esposa tiene la tarea de hacer más hombre a su marido. Crecer también en humanidad, como hombre y como mujer. Y esto se hace entre vosotros. Esto se llama crecer juntos. Esto no viene del aire. El Señor lo bendice, pero viene de vuestras manos, de vuestras actitudes, del modo de vivir, del modo de amaros. ¡Hacernos crecer! Siempre hacer lo posible para que el otro crezca. Trabajar por ello. Y así, no lo sé, pienso en ti que un día irás por las calles de tu pueblo y la gente dirá: «Mira aquella hermosa mujer, ¡qué fuerte!…». «Con el marido que tiene, se comprende». Y también a ti: «Mira aquél, cómo es». «Con la esposa que tiene, se comprende». Es esto, llegar a esto: hacernos crecer juntos, el uno al otro. Y los hijos tendrán esta herencia de haber tenido un papá y una mamá que crecieron juntos, haciéndose —el uno al otro— más hombre y más mujer.

Santo Padre Francisco

Discurso del viernes, 14 de febrero de 2014

Propósito

Concretar algunos medios para propiciar la oración familiar: bendecir los alimentos, reflexionar el Evangelio del domingo, rezar el rosario, ir a misa juntos, peregrinación a un santuario mariano, etc.

Diálogo con Cristo

Jesús, concédeme vivir la auténtica caridad fraterna, especialmente con mi familia y amigos. Que nos ayudemos unos a otros a vivir santamente y a perseverar en nuestra vocación cristiana.
San Máximo el Confesor: Una voluntad entregada a Dios

San Máximo el Confesor: Una voluntad entregada a Dios

Catequesis en familia · Santos de la Iglesia

San Máximo el Confesor

Una voluntad entregada a Dios
Monje, consejero y defensor de la Encarnación

«La verdad por la que san Máximo se entregó tiene un rostro: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre».

Imagen de portada Una vida entregada por la verdad de Cristo

San Máximo el Confesor: monje, consejero y defensor de la humanidad íntegra de Jesucristo.

Comentario para el catequista. El códice reúne oración, estudio y enseñanza; el monasterio recuerda la vocación; Constantinopla sitúa el conflicto eclesial e imperial; la cruz expresa la entrega. La integridad corporal evita definir al santo únicamente por la violencia que padeció.

Idea para la familia. Antes de comenzar, cada persona escoge uno de los cuatro elementos —hábito, códice, ciudad o cruz— y dice qué espera descubrir a través de él.

Una voluntad unida a Dios puede entregarse por la verdad sin dejar de ser libre.

Cuestiones catequéticas:

  1. ¿Qué aspectos de la vida de Máximo anticipa la portada?
  2. ¿Por qué aparece con un libro?
  3. ¿Qué diferencia existe entre entregar la vida y buscar el sufrimiento?

Cómo utilizar esta catequesis

San Máximo el Confesor nos conduce desde la escucha de la llamada de Dios hasta la entrega perseverante por la verdad. Esta catequesis no propone admirar desde lejos a un sabio antiguo: invita a conocer mejor a Jesucristo, a formar la conciencia y a descubrir que la libertad alcanza su plenitud cuando aprende a decir sí a Dios sin dejar de ser verdaderamente humana.1

Objetivo general

Reconocer que la verdad de Jesucristo merece ser conocida, confesada y defendida, y aprender de san Máximo a entregarse por ella con sabiduría, caridad y perseverancia.

Objetivos catequéticos

  • Comprender la vocación como llamada, elección y plenitud.
  • Descubrir el don del consejo y aprender a darlo y recibirlo.
  • Confesar a Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre.
  • Comprender, con lenguaje accesible, sus dos voluntades.
  • Traducir la fidelidad cristiana en decisiones concretas.

 

Carisma o enseñanza Qué aprenderemos
Vocación monástica Renunciar no significa empobrecer la vida, sino elegir el camino en el que Dios lleva nuestros dones a plenitud.
Don del consejo El buen consejo nace de la escucha, la oración, el estudio y el amor a la libertad del otro.
Paz en el desorden La santidad no depende de vivir en una época tranquila, sino de permanecer unido a Cristo.
Defensa de la Encarnación Si Cristo no posee una humanidad completa, tampoco habría asumido y salvado completamente nuestra humanidad.
Confesión de la fe La verdad se defiende con firmeza y caridad, sin violencia, orgullo ni componendas.


Recorrido de la catequesis

Escuchar la llamada → aprender a aconsejar → buscar la santidad en el desorden → conocer la verdad de Cristo → conformar la voluntad con la de Dios → entregarse por la verdad.

Destinatarios Modo de uso
Familias con hijos de distintas edades Leer por partes durante varias reuniones, elegir una actividad y concluir con la lectio y la oración.
Grupos parroquiales y catequistas Distribuir los fundamentos en dos sesiones y dedicar otra a la biografía visual y a la aplicación.
Adultos y jóvenes Realizar una lectura personal, seguir las notas y escoger una decisión concreta de fidelidad.

Dos claves antes de empezar

Confesor de la fe no significa aquí sacerdote que escucha confesiones. La Iglesia llama confesor a quien ha padecido persecución por Cristo y ha sostenido públicamente la fe, aunque no haya muerto en la ejecución misma. Máximo sufrió proceso, mutilación y destierro; murió poco después, agotado por cuanto había padecido.

La cuestión de las dos voluntades de Cristo puede parecer difícil. Bastará mantener una idea clara: Jesús es una sola Persona, el Hijo eterno de Dios, y posee una naturaleza divina y una naturaleza humana completas. Por eso quiere como Dios y quiere también como hombre; su voluntad humana coopera libremente con la divina.2

Breve cronología del siglo VII

c. 580
Nacimiento de Máximo
610–628
Guerra entre persas y bizantinos
c. 626–645
Desplazamientos y expansión árabe
645
Disputa con Pirro
649
Sínodo de Letrán
653–655
Arresto y muerte de san Martín I
662
Condena y muerte de Máximo
680–681
Constantinopla III confiesa las dos voluntades de Cristo
Parte I — Comprender
Fundamentos de esta catequesis

Conocer la verdad para poder entregarse por ella

La verdad cristiana no es una teoría que debamos conservar en una vitrina. En el centro de la fe está Jesucristo mismo, el Hijo de Dios que se hizo hombre, murió y resucitó por nosotros. Conocer la verdad significa entrar en relación con Él, recibir su palabra y aprender a mirar toda la vida desde su Evangelio. Por eso, la formación cristiana no acumula datos: conduce a una comunión viva con Cristo.3

Nadie llega de pronto a entregar la vida por una verdad que apenas conoce. La fidelidad se prepara en decisiones pequeñas: rezar cuando cuesta, estudiar la fe cuando sería más cómodo repetir una opinión, escuchar una corrección y mantener una palabra dada. La conciencia bien formada aprende a reconocer el bien; la voluntad educada aprende a elegirlo; y la gracia hace posible una perseverancia superior a nuestras fuerzas.

La entrega cristiana tampoco es amor al sufrimiento. El discípulo no busca ser perseguido ni convierte la firmeza en dureza. Se entrega porque ha descubierto un bien mayor y porque ama más a Cristo que a su propia seguridad. Cuando llega una prueba, no improvisa una identidad heroica: permanece en la verdad que ya vivía y permite que su vida se convierta en testimonio humilde y fecundo.

1. La vocación cristiana: una llamada que conduce a la plenitud

Una llamada de Dios

Toda vocación comienza en la iniciativa de Dios: Él conoce a cada persona, le regala la vida y la llama a la santidad. La pregunta cristiana no es únicamente «¿qué quiero hacer?», sino también «¿para qué me ha creado Dios?». Discernir exige escuchar la Palabra, mirar los dones recibidos, reconocer las necesidades de la Iglesia y del mundo y dejarse acompañar. La vocación personal desarrolla la vocación bautismal común: vivir como hijo de Dios y discípulo de Cristo.4

Una renuncia libre

Elegir un camino verdadero implica dejar otros caminos posibles. Quien se casa renuncia a formar otras familias; quien abraza la vida monástica deja bienes, proyectos y vínculos legítimos para pertenecer enteramente a Dios. Esa renuncia no desprecia lo abandonado: manifiesta que un amor concreto merece una elección completa. La libertad madura no consiste en mantener indefinidamente todas las opciones abiertas, sino en ser capaz de entregarse y permanecer en lo elegido.

Una vocación que lleva a plenitud

Dios no llama para reducir a la persona, sino para llevarla a su verdad más profunda. Los talentos no desaparecen: se ordenan al servicio del amor. El estudio puede convertirse en servicio a la fe; la palabra, en consejo; la fortaleza, en perseverancia. La vocación es así completiva: permite que la persona llegue a ser, por la gracia, aquello para lo que fue creada. La renuncia evangélica no deja un hueco vacío; abre espacio para una fecundidad que no habíamos imaginado.

La vocación monástica no aparta al cristiano de la Iglesia: convierte toda su existencia en oración y servicio para la Iglesia.

Volver al índice

2. El don del consejo: ayudar a encontrar el camino de Dios

Los dones del Espíritu Santo

En el bautismo y la confirmación recibimos al Espíritu Santo, que actúa en nosotros con sus dones. El don de consejo dispone la inteligencia práctica para reconocer lo que conviene hacer según Dios, especialmente cuando una situación es compleja y no basta aplicar una regla mecánica. No reemplaza la prudencia, el estudio ni la responsabilidad; los eleva y hace al cristiano dócil a la inspiración divina.5

El buen consejo

Aconsejar no es mandar desde fuera ni fabricar una copia de uno mismo. Quien aconseja cristianamente escucha, pregunta, ayuda a distinguir el bien y respeta la libertad de quien debe decidir. El buen consejo ilumina sin dominar: ofrece verdad con caridad y recuerda que la última conciencia responsable no pertenece al consejero. Tampoco confunde acompañamiento con adulación; si existe un error grave, busca corregir para recuperar al hermano, no para vencerlo.

Prepararse para aconsejar y aprender a recibir consejo

El consejo necesita raíces. La oración purifica las intenciones; el estudio evita hablar desde la ignorancia; el silencio enseña a no responder antes de comprender. Quien acompaña debe distinguir entre la doctrina de la Iglesia, una conclusión prudencial y una preferencia propia. Esta honestidad convierte la sabiduría aprendida en un servicio y evita que la autoridad espiritual se transforme en manipulación religiosa.

Corregir un error no exige humillar a quien se equivoca. Se puede mostrar una contradicción, pedir razones, presentar la enseñanza de la Iglesia y dar tiempo para que la verdad sea acogida. El criterio no es la satisfacción de «tener razón», sino el bien del otro y la comunión. Por eso, el consejo cristiano une firmeza doctrinal y paciencia pastoral.

Solo aconseja bien quien también sabe recibir consejo. La autosuficiencia vuelve ciega la inteligencia y endurece la voluntad. Una familia aprende el don de consejo cuando padres e hijos pueden hablar sin miedo, cuando se pide perdón por un juicio precipitado y cuando todos aceptan contrastar sus decisiones con la Palabra de Dios. La humildad de escuchar protege la libertad interior y hace posible un discernimiento compartido.

Volver al índice

3. Buscar la santidad en una sociedad desquiciada

El cristiano no necesita que el mundo esté en orden para buscar la santidad. Las guerras, los desplazamientos, las crisis políticas, la propaganda y el miedo pueden arrancar seguridades, pero no impiden amar a Dios y al prójimo. En tiempos confusos resulta más necesario custodiar la paz interior, sostener a los heridos, estudiar antes de juzgar y vivir la fe en comunidad. La esperanza cristiana no niega el desastre: afirma que Cristo sigue siendo Señor de la historia.

Cuando una sociedad pierde referencias, aparecen soluciones rápidas que prometen paz a cambio de silencio. El discípulo distingue entre la concordia verdadera y la tranquilidad aparente. No convierte cada desacuerdo político en dogma, pero tampoco permite que el poder decida qué debe creer la Iglesia. La fidelidad exige formar la conciencia, permanecer en comunión eclesial y negarse a comprar seguridad al precio de oscurecer la verdad de Cristo.

El mundo del siglo VII Trabajo cristiano necesario
Guerras entre los imperios persa y bizantino Perseverar sin permitir que el miedo gobierne toda la vida.
Destrucción, migraciones y comunidades heridas Acoger, acompañar, enseñar y reconstruir la comunión.
Expansión árabe y pérdida de territorios Vivir la fe en circunstancias nuevas sin encerrarse en la nostalgia.
Intervención imperial en la doctrina Distinguir el servicio político del juicio propio de la Iglesia sobre la fe.
Divisiones eclesiales y agotamiento social Buscar la unidad sin sacrificar la verdad ni la caridad.

Volver al índice

4. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre

El Hijo se hizo verdaderamente hombre

La fe confiesa que Jesucristo es una sola Persona divina, el Hijo eterno del Padre, en dos naturalezas: divina y humana. Su humanidad no es un vestido exterior ni una apariencia. Jesús tuvo un cuerpo verdadero, una inteligencia humana, afectos humanos y una voluntad humana. Trabajó con manos humanas, pensó con inteligencia humana y amó con corazón humano. Lo humano no fue absorbido por lo divino: fue asumido por el Hijo para nuestra salvación.6

Cristo posee voluntad divina y voluntad humana

Querer pertenece a la naturaleza: Dios quiere divinamente y el ser humano quiere humanamente. Puesto que Cristo posee ambas naturalezas completas, posee voluntad divina y voluntad humana. No son dos personas que negocian entre sí, ni dos voluntades enemigas. Es el único Hijo quien quiere según cada una de sus naturalezas; su voluntad humana, libre y real, coopera sin oposición con la voluntad divina que comparte con el Padre y el Espíritu Santo.7

Cristo quiso humanamente nuestra salvación

Getsemaní permite contemplar esta verdad sin reducirla a una fórmula. Jesús no representa una obediencia fingida: experimenta angustia, ora y dice al Padre «no se haga mi voluntad, sino la tuya». Su voluntad humana no desaparece; se entrega libremente. El Hijo quiso humanamente beber el cáliz por amor, y así sanó desde dentro nuestra resistencia al bien. En su sí, la libertad humana alcanza su verdad más alta.8

¿Por qué importaban tanto las dos voluntades?

Porque está en juego nuestra salvación. Como expresaron los Padres: lo que no ha sido asumido no ha sido sanado. Si Cristo careciera de voluntad humana, una parte decisiva de nuestra humanidad quedaría fuera de la Encarnación. Al confesar sus dos voluntades, la Iglesia protege tres verdades inseparables: Cristo es plenamente Dios, Cristo es plenamente hombre y su humanidad coopera libremente en la obra de nuestra salvación.

Volver al índice

5. Conformar libremente nuestra voluntad con la voluntad de Dios

La voluntad de Dios no es un destino impersonal que cae sobre nosotros. Es el designio de un Padre que conoce, llama y conduce. A veces solo vemos una parte del camino y la obediencia atraviesa oscuridad o sufrimiento; sin embargo, la fe no dice «todo da igual», sino «puedo confiar en Aquel que me ama». Buscar su voluntad supone atender los mandamientos, las obligaciones de estado, la enseñanza de la Iglesia y las circunstancias concretas, sin convertir una impresión subjetiva en mensaje indiscutible de Dios.

La obediencia cristiana no anula la libertad. Una libertad incapaz de comprometerse queda prisionera de sus impulsos; una voluntad educada puede reconocer el bien y entregarse a él. Decir sí a Dios no nos hace menos humanos, pues en Cristo contemplamos que la obediencia perfecta es también libertad humana perfecta. La gracia no sustituye nuestra decisión: la sana, la fortalece y la hace capaz de amar hasta el final.

Conformar la voluntad es un aprendizaje diario. Comienza al preguntar, antes de una decisión: «Señor, ¿qué es bueno?, ¿qué sirve mejor?, ¿qué me acerca a ti?». Continúa al contrastar, pedir consejo y aceptar límites. Culmina al elegir y perseverar sin volver obsesivamente sobre una decisión bien tomada. Así, la oración se vuelve vida y nuestra voluntad aprende a querer con Cristo aquello que el Padre quiere para la salvación y el bien.

Volver al índice

6. La verdad de la fe no se decide por conveniencia

La Iglesia no inventa la Revelación según las necesidades de cada época: recibe, custodia, comprende y transmite lo que Dios ha manifestado definitivamente en Cristo. Escritura y Tradición forman un único depósito confiado a la Iglesia, cuyo Magisterio lo sirve. Por eso, la verdad revelada se recibe con obediencia creyente y se estudia con inteligencia; no depende de una votación, una presión política o la utilidad inmediata.9

Las fórmulas doctrinales no pretenden encerrar el misterio, sino impedir que sea mutilado. Una palabra aparentemente técnica puede proteger algo vital: que María es Madre de Dios, que Cristo es una Persona en dos naturalezas o que posee dos voluntades. Aprender el vocabulario de la fe permite decir con precisión quién es Jesús y reconocer las reducciones que, aun presentadas como soluciones pacíficas, terminan empobreciendo la realidad de la salvación.

La unidad cristiana no puede construirse contra la verdad, pero la verdad tampoco autoriza la falta de caridad. El diálogo busca comprender, distinguir y recuperar al hermano; no disfraza el error, ni convierte al interlocutor en enemigo. La paz eclesial nace cuando todos se dejan juzgar por Cristo. Es una unidad en la verdad y en el amor, no un silencio impuesto para evitar dificultades ni una victoria del más fuerte sobre el más débil.

Volver al índice

7. Confesar a Cristo y educar una familia fiel

Confesar a Cristo significa reconocerlo públicamente con la palabra y con la vida. Hay confesiones sencillas: hacer la señal de la cruz sin vergüenza, explicar con serenidad una convicción, negarse a una injusticia o cumplir un deber costoso. En ocasiones excepcionales, la confesión conduce a perder prestigio, libertad o seguridad. El cristiano no busca la prueba, pero aprende a no negar al Señor cuando llega y a sostener la verdad con mansedumbre y respeto.

Una familia fiel aprende a escuchar junta. Reza, estudia la fe, pregunta, consulta a personas prudentes y crea un espacio donde se pueden reconocer dudas sin burla. Los padres no sustituyen la conciencia de los hijos: la forman; los hijos no confunden autonomía con aislamiento: aprenden a recibir experiencia. Dar y recibir consejo, pedir perdón y revisar una decisión convierten el hogar en una escuela de discernimiento y en una comunidad de confianza.

Permanecer unidos a Cristo y a la Iglesia protege de dos extremos: acomodarse a cualquier presión o erigirse en juez solitario de todos. La fidelidad católica no es obstinación individualista. Busca la comunión con los pastores, contrasta sus razones y distingue entre el depósito de la fe y los propios gustos. Solo quien ha aprendido a conocer y amar la verdad puede llegar a entregarse por ella con una firmeza verdaderamente cristiana.

La confesión de la fe no comienza ante un tribunal: comienza en las pequeñas decisiones con las que damos a Cristo el primer lugar.

Volver al índice

Parte II — Contemplar en el santo
Biografía visual de san Máximo el Confesor

1. Entre dos tradiciones sobre su juventud

San Máximo nació hacia el año 580. La biografía transmitida durante siglos lo sitúa en Constantinopla, dentro de una familia noble, y relaciona su sólida formación con un posible servicio en la corte imperial. Otra vida antigua, conservada en siríaco y hostil al santo, lo hace originario de Palestina. Los historiadores estudian ambas tradiciones y no todas las piezas encajan con certeza. Por eso conviene distinguir entre lo seguro y lo probable: la verdad histórica no necesita fingir exactitud, y la prudencia ante las fuentes forma parte de la misma honradez que admiramos en Máximo.10

Sí es indudable que poseyó una cultura extraordinaria: conocía la Escritura, la tradición patrística, la filosofía y las grandes cuestiones de su tiempo. Su pensamiento posterior no surgió de una improvisación. La inteligencia fue para él un don que debía ponerse al servicio de Cristo. El comienzo de su vida nos recuerda que la formación también puede ser vocación, siempre que no se convierta en vanidad y se deje ordenar por la búsqueda de Dios.

Imagen 1 Una juventud entre dos tradiciones

La juventud de Máximo está rodeada de preguntas históricas, pero su formación y su entrega al estudio aparecen con claridad en toda su obra.

Comentario para el catequista. La imagen enseña también método: no todo detalle repetido por una tradición posee el mismo grado de certeza. Mostrar esta prudencia no debilita la catequesis; educa en el amor a la verdad.

Idea para la familia. Hablad de una historia familiar que se cuente de distintas maneras. ¿Cómo distinguir un recuerdo seguro, una interpretación y un dato que todavía no conocemos?

La prudencia histórica también es una forma de servir a la verdad.

Cuestiones catequéticas:

  1. ¿Qué dones intelectuales recibió Máximo?
  2. ¿Por qué no debemos inventar una certeza cuando las fuentes discrepan?
  3. ¿Cómo puedes poner tu estudio al servicio de Dios?

Volver al índice

2. Una llamada que lo conduce al monasterio

La tradición constantinopolitana presenta a Máximo desempeñando un alto servicio como secretario del emperador Heraclio. Aunque ese dato se formula hoy con cautela, expresa bien la alternativa que afrontó: poseía preparación para una carrera brillante y, sin embargo, escogió el monasterio. Hacia los primeros años del siglo VII entró en la comunidad de Crisópolis, frente a Constantinopla. Su renuncia no fue una huida de sus capacidades, sino la decisión de entregarlas a una llamada más profunda.

En el monasterio, el antiguo prestigio dejaba de ordenar las relaciones. Máximo debía aprender obediencia, estabilidad, silencio, trabajo y oración común. La vocación monástica le permitió unificar una inteligencia poderosa y un corazón deseoso de Dios. Allí comenzó la larga educación de su voluntad: no para dejar de querer, sino para querer libremente el bien y permitir que toda su persona se convirtiera en ofrenda a Cristo.

Imagen 2 La llamada al monasterio

Elegir la vida monástica no anuló los dones de Máximo: los ordenó enteramente a Dios y al servicio de la Iglesia.

Comentario para el catequista. Evítese contraponer una corte «mala» y un monasterio «bueno». El núcleo es la llamada personal y la renuncia libre a bienes legítimos.

Idea para la familia. Cada miembro escribe un don recibido y una manera concreta de ponerlo al servicio de los demás.

Dios llama a una plenitud que exige elegir y permanecer.

Cuestiones catequéticas:

  1. ¿A qué renunció Máximo?
  2. ¿Por qué una renuncia puede hacer fecunda la vida?
  3. ¿Qué pequeña elección fiel te pide hoy Dios?

Volver al índice

3. La escuela del silencio, la oración y el estudio

La vida monástica dio a Máximo un ritmo: salmos, liturgia, lectura, trabajo, ayuno y fraternidad. No estudió para dominar a otros, sino para purificar la mirada y contemplar cómo todas las cosas encuentran su unidad en Cristo. La Escritura y los Padres alimentaron una teología que nunca quiso ser separada de la vida. Su obra sobre la caridad muestra que el conocimiento cristiano se verifica cuando el corazón aprende a amar sin dejarse gobernar por las pasiones.11

En aquella escuela aprendió a escuchar antes de hablar. El silencio no era ausencia, sino atención: a Dios, a las mociones del propio corazón y a las necesidades de los hermanos. De esa unión entre oración, ascética y estudio nació su capacidad para orientar. Quien pide consejo no necesita una respuesta brillante, sino una palabra verdadera que nazca de una vida puesta ante Dios.

Imagen 3 La escuela del silencio

La sabiduría de san Máximo se preparó durante años en la oración, el estudio, la ascesis y la vida fraterna.

Comentario para el catequista. Relacionar formación y santidad. Estudiar la doctrina sin orar puede endurecer; orar despreciando la formación puede dejar a la persona indefensa ante el error.

Idea para la familia. Preparad durante una semana un rincón y un tiempo breve de silencio, Evangelio y petición por quien necesite consejo.

Quien aprende a escuchar a Dios puede aprender a aconsejar a sus hermanos.

Cuestiones catequéticas:

  1. ¿Qué cuatro elementos formaron a Máximo?
  2. ¿Por qué oración y estudio deben permanecer unidos?
  3. ¿Escuchas antes de dar una respuesta?

Volver al índice

4. Un monje en un mundo sacudido por la guerra

El monasterio no quedó al margen de la historia. Las campañas persas estremecieron el Imperio y obligaron a muchas comunidades a desplazarse. Máximo abandonó su lugar de estabilidad y recorrió distintos territorios del Mediterráneo oriental hasta establecerse durante un tiempo en el norte de África. Más tarde contempló otra transformación inmensa: el avance árabe alteró regiones enteras y dejó a numerosos cristianos bajo nuevas autoridades. La vocación que parecía ligada a un claustro se ejerció en caminos, puertos y comunidades heridas.

El desplazamiento podía haberlo encerrado en la nostalgia. En cambio, convirtió su formación en servicio. Enseñó, escribió cartas, sostuvo a monjes y laicos y colaboró con quienes defendían la fe. Su estabilidad ya no dependía de un edificio: se apoyaba en Cristo. La santidad de Máximo no esperó a que pasara la crisis; creció en medio de ella y mostró que la paz interior no es inmovilidad, sino fidelidad capaz de caminar.

Imagen 4 Un mundo sacudido

Las guerras arrancaron a Máximo de la estabilidad exterior, pero no pudieron apartarlo de su vocación ni de su servicio a la Iglesia.

Comentario para el catequista. No convertir el siglo VII en decorado exótico. La imagen debe abrir una conversación sobre desplazados, miedo, pérdida de seguridades y responsabilidad cristiana.

Idea para la familia. Elegid una acción concreta de acogida o ayuda a una familia que vive inestabilidad.

La santidad no espera a que el mundo esté en orden.

Cuestiones catequéticas:

  1. ¿Qué perdió Máximo al desplazarse?
  2. ¿Qué conservó?
  3. ¿Cómo puede una familia transmitir paz sin negar los problemas?

Volver al índice

5. El consejero que ayudaba a ordenar el corazón

En África, Máximo se relacionó con san Sofronio, futuro patriarca de Jerusalén, y con numerosas personas que acudían a él. Sus cartas muestran un consejero atento a cuestiones doctrinales, decisiones personales y conflictos eclesiales. No ofrecía recetas rápidas. Ayudaba a mirar la realidad desde Cristo, a distinguir los movimientos del corazón y a reconocer cómo el amor propio desordenado puede disfrazarse de prudencia. Su autoridad nacía de haber combatido primero dentro de sí.

La enseñanza sobre la caridad ocupaba el centro. Para Máximo, amar a Dios transforma la manera de relacionarse con cada criatura; el prójimo deja de ser instrumento, amenaza o rival. Por eso, aconsejar era también ayudar a ordenar el amor: poner a Dios primero, acoger al hermano y usar las cosas según su verdadero fin. La teología se convertía en medicina espiritual y en servicio a la libertad.

Imagen 5 Consejero de almas

San Máximo aconsejaba desde una inteligencia formada, una oración perseverante y un amor que respetaba la libertad.

Comentario para el catequista. Subrayar la postura corporal de escucha. Aconsejar comienza por comprender; una cita correcta dicha sin escuchar puede no responder a la necesidad real.

Idea para la familia. Practicad cinco minutos de escucha sin interrumpir: una persona cuenta una decisión y la otra solo pregunta para comprender.

El buen consejo no se apodera de una vida: ayuda a descubrir el bien.

Cuestiones catequéticas:

  1. ¿Qué diferencia hay entre aconsejar y mandar?
  2. ¿Por qué el consejero debe rezar y estudiar?
  3. ¿A quién puedes pedir un consejo prudente?

Volver al índice

6. Una doctrina nacida de la oración y de la caridad

Máximo escribió sobre la vida ascética, la caridad, la oración, la liturgia, la interpretación de la Escritura y el misterio de Cristo. En la Mistagogía contempló la Iglesia y la liturgia como lugar de unidad; en los Capítulos sobre la caridad enseñó el combate contra las pasiones; en sus grandes respuestas y Ambigua mostró cómo la creación encuentra en el Verbo su sentido. No eran compartimentos: todo convergía en Cristo, que une sin confundir y lleva la creación al Padre.12

Esa visión tenía consecuencias concretas. Una persona dominada por el rencor divide lo que Dios llama a la comunión; quien se reconcilia deja que Cristo ordene el mundo comenzando por su propio corazón. La ortodoxia no queda así reducida a fórmulas, aunque necesita fórmulas verdaderas. Se hace caridad, liturgia y vida. En Máximo, la precisión doctrinal protegía una realidad vivida: el encuentro salvador de Dios y el hombre.

Imagen 6 La caridad ordena el corazón

Para san Máximo, conocer a Cristo conduce a ordenar el corazón, reconciliarse y amar al prójimo con obras.

Comentario para el catequista. Evitar que la escena sugiera que la caridad sustituye la doctrina. Precisamente porque Cristo es verdadero, su verdad transforma las relaciones.

Idea para la familia. Elegid una relación que necesite un gesto de reconciliación y preparadlo con oración y prudencia.

La verdadera teología conduce a la caridad concreta.

Cuestiones catequéticas:

  1. ¿Qué acciones muestra la imagen?
  2. ¿Cómo se relacionan con el conocimiento de Cristo?
  3. ¿Qué pasión desordenada necesitas combatir?

Volver al índice

7. Defender la humanidad verdadera de Cristo

Después de las divisiones surgidas en torno a Calcedonia, algunos gobernantes y eclesiásticos buscaron fórmulas de compromiso. Primero se habló de una sola operación en Cristo; después, de una sola voluntad. La intención política era recuperar unidad, pero la solución ponía en peligro la humanidad completa del Señor. Máximo comprendió que una paz comprada con ambigüedad cristológica no curaría la división y terminaría oscureciendo el Evangelio.

Su reflexión volvía una y otra vez a Cristo. Si el Verbo asumió nuestra naturaleza, asumió también una voluntad humana. En Getsemaní, esa voluntad se manifiesta real y libre: siente el peso del cáliz y se entrega al Padre. No existe rebelión pecaminosa en Jesús; existe una humanidad completa que lleva nuestra obediencia a su plenitud. Defender las dos voluntades era defender que el Hijo quiso humanamente nuestra salvación.

La controversia exigía precisión. Máximo distinguió naturaleza y persona, voluntad natural y modo personal de querer. Pero el corazón de su argumentación podía expresarse sencillamente: Cristo no salva al hombre desde fuera; entra plenamente en nuestra condición y sana nuestra libertad mediante su sí. La doctrina protegía la esperanza de que nuestra voluntad también puede ser curada por la gracia.

Imagen 7 Cristo en Getsemaní

Getsemaní muestra que Jesucristo posee una voluntad verdaderamente humana y la entrega libremente al Padre por nuestra salvación.

Comentario para el catequista. Aclarar que no se representa una aparición a Máximo. La composición une al teólogo con el pasaje bíblico que ilumina el contenido de su defensa.

Idea para la familia. Repetid despacio la frase de Jesús ante una decisión concreta, dejando un minuto de silencio antes de hablar.

Cristo quiso humanamente nuestra salvación.

Cuestiones catequéticas:

  1. ¿Qué palabras de Jesús muestran su entrega?
  2. ¿Su voluntad humana desaparece o coopera?
  3. ¿Qué cambia en nuestra vida saber que Cristo ha sanado la obediencia humana?

Volver al índice

8. La disputa con Pirro

Hacia 645, en Cartago, Máximo mantuvo una disputa pública con Pirro, antiguo patriarca de Constantinopla y defensor del monotelismo. El encuentro no consistió en insultos ni consignas. Ambos expusieron argumentos, examinaron las consecuencias de las fórmulas y recurrieron a la tradición de la Iglesia. Máximo mostró que negar la voluntad humana de Cristo mutilaba su humanidad. El diálogo fue firme porque la verdad importaba, y respetuoso porque quien se equivocaba seguía siendo un hermano al que recuperar.

Pirro reconoció entonces sus errores y pidió un camino para rectificar, aunque después volvió a la posición anterior. El resultado posterior no invalida el método: la corrección cristiana ofrece razones, deja espacio a la libertad y no garantiza la perseverancia del otro. Máximo no buscó una victoria escénica. Quiso que la verdad iluminara una inteligencia y restableciera la comunión. Así ejerció el don de consejo en una controversia pública de enorme gravedad eclesial.

Imagen 8 La disputa con Pirro

La disputa de Cartago muestra una defensa firme de la fe que no renuncia a escuchar ni a buscar la recuperación del hermano.

Comentario para el catequista. Puede usarse para enseñar a debatir: formular la tesis del otro con justicia, ofrecer razones y distinguir persona, argumento y consecuencias.

Idea para la familia. Elegid un desacuerdo no grave y practicad la regla: cada uno debe explicar primero la postura del otro de manera que el otro la reconozca.

Corregir cristianamente no busca aplastar: busca recuperar al hermano.

Cuestiones catequéticas:

  1. ¿Qué hizo posible un diálogo verdadero?
  2. ¿Por qué firmeza y respeto no se excluyen?
  3. ¿Cómo reaccionas cuando alguien rectifica?

Volver al índice

9. Roma y el Sínodo de Letrán

Máximo viajó a Roma y colaboró con el papa san Martín I. En 649, el sínodo celebrado en Letrán condenó tanto el monoenergismo como el monotelismo y rechazó el Typos imperial, que prohibía discutir sobre una o dos operaciones y voluntades en Cristo. Obispos de distintas regiones estudiaron la cuestión y confesaron juntos la fe. La actuación de Máximo muestra que su firmeza no era individualismo: trabajó en comunión con la Iglesia y puso su ciencia al servicio de una confesión eclesial común.13

El poder imperial pretendía imponer silencio en nombre de la paz. Pero una autoridad política no puede resolver por decreto quién es Jesucristo. Martín y Máximo comprendieron que callar en ese punto no era neutralidad. Había llegado el momento de confesar. Oriente y Occidente se encontraron así en torno a la verdad de la Encarnación, recordándonos que la verdadera comunión no nace de la uniformidad forzada, sino de recibir juntos la fe apostólica.

Imagen 9 Roma y Letrán

En el Sínodo de Letrán, san Máximo puso su formación al servicio de la confesión común de la fe junto al papa san Martín I.

Comentario para el catequista. Explicar que fue un sínodo romano, no el sexto concilio ecuménico. Constantinopla III llegaría décadas después y confirmaría la doctrina.

Idea para la familia. Buscad en el Catecismo el número 475 y leedlo juntos: la fe recibida nos une con cristianos de siglos y lugares distintos.

La verdad se custodia en comunión con la Iglesia.

Cuestiones catequéticas:

  1. ¿Por qué no bastaba la opinión privada de Máximo?
  2. ¿Qué protegía el sínodo?
  3. ¿Cómo nos ayuda hoy el Magisterio?

Volver al índice

10. Procesos, presiones y destierros

San Martín I fue detenido, conducido a Constantinopla, humillado y desterrado a Crimea, donde murió en 655. Máximo fue arrestado y sometido a interrogatorios en los que las acusaciones políticas se mezclaban con la presión religiosa. Se intentó presentarlo como enemigo del emperador y separarlo de quienes compartían su confesión. El anciano monje respondió sin reclamar poder para sí: pedía que se examinara la verdad de la fe.

Los jueces y enviados insistieron en que aceptara la fórmula imperial o, al menos, guardara silencio. Máximo conocía el precio de negarse. Hubo destierros, traslados, aislamiento y nuevas tentativas de doblegarlo. La perseverancia no eliminó el cansancio ni la soledad; los atravesó. Su paz no era insensibilidad, sino una voluntad sostenida por la gracia y convencida de que la conveniencia no puede cambiar quién es Cristo.

En el último proceso, en 662, fue condenado a la mutilación de la lengua y de la mano derecha: precisamente los medios con los que había hablado y escrito. La catequesis no necesita recrearse en el daño. Basta comprender el propósito de la pena: silenciar su testimonio. Después fue enviado a Lazica, en la región del Cáucaso. Murió el 13 de agosto de aquel año, con unos ochenta y dos años, agotado por los sufrimientos. Le arrebataron la voz y la escritura, pero no pudieron arrebatarle la confesión ya vivida.14

Imagen 10 Ante el tribunal y camino del destierro

Ni el proceso ni el destierro lograron que san Máximo aceptara una paz aparente construida sobre el silencio acerca de Cristo.

Comentario para el catequista. Distinguir firmeza de fanatismo: Máximo argumenta, apela a la fe de la Iglesia y acepta sufrir; no busca violencia ni impone la fe por la fuerza.

Idea para la familia. Recordad una presión social pequeña y ensayad una respuesta breve, verdadera y respetuosa.

La paz verdadera no se compra silenciando a Cristo.

Cuestiones catequéticas:

  1. ¿Qué pretendían conseguir las presiones?
  2. ¿De dónde nacía la serenidad de Máximo?
  3. ¿Cómo se puede resistir sin odiar?

Imagen 11 Entrega y fecundidad

Quisieron privar a Máximo de la palabra y de la escritura; su confesión permaneció y la Iglesia reconoció después la verdad que había defendido.

Comentario para el catequista. La escena final reúne dos tiempos para expresar fecundidad. No debe presentarse como una visión profética ni sugerir que Máximo asistió al concilio de 680–681.

Idea para la familia. Encended una vela y dad gracias por quienes han transmitido la fe pagando un precio. Formulad después una petición por los cristianos perseguidos.

Una vida entregada por la verdad no queda estéril.

Cuestiones catequéticas:

  1. ¿Qué intentaron arrebatar a Máximo?
  2. ¿Por qué su testimonio siguió hablando?
  3. ¿Qué verdad de Cristo estaba protegiendo?

Volver al índice

11. Una entrega por Cristo que la Iglesia reconoció

Dieciocho años después de la muerte de Máximo, el tercer Concilio de Constantinopla confesó solemnemente que en Cristo existen dos voluntades naturales y dos operaciones naturales, sin división ni oposición. La voluntad humana sigue y se somete libremente a la divina. La Iglesia no convirtió a Máximo en vencedor de una disputa personal; reconoció que había servido fielmente la verdad de la Encarnación que pertenecía al depósito apostólico.15

Por eso es venerado como Padre de la Iglesia y Confesor. Su grandeza no se reduce al último sufrimiento. Toda su vida preparó aquel momento: la vocación acogida, el silencio, el estudio, la caridad, el consejo, el diálogo y la comunión eclesial. La entrega final fue el fruto maduro de muchas decisiones. Su testimonio anuncia que la verdad tiene un rostro y que una voluntad unida a Cristo puede permanecer libre incluso cuando el poder pretende encadenar la palabra.

Contemplar para recordar
Máximo aprendió a escuchar; quien escucha puede aconsejar; quien vive unido a Dios permanece santo en el desorden; quien conoce a Cristo defiende la Encarnación; y quien la defiende con toda su vida termina entregándose por Él.

Volver al índice

Parte III — Aplicar a la vida
Actividades familiares

1. Escuchar una llamada y tomar una decisión

Objetivo Distinguir deseo, don, llamada, renuncia y compromiso; experimentar que una elección buena puede conducir a mayor libertad.
Destinatarios Familias y grupos desde 10 años; con niños menores, usar solo dos casos y dibujos.
Tiempo 55–70 minutos.
Materiales Folios, tarjetas, bolígrafos, una Biblia y cinco objetos pequeños que representen opciones.
Preparación El adulto prepara tres casos realistas: elección de un servicio, renuncia a una actividad y decisión de pedir ayuda.

Entrada

Colocad los objetos en el centro. Cada uno elige uno y explica por qué. Después se plantea una regla: al elegirlo, renuncia por ahora a los demás. La experiencia permite descubrir que toda elección real incluye una renuncia, pero también abre una relación o tarea que no existiría si nunca decidiéramos.

Microguion de apertura. «Hoy no vamos a adivinar nuestra vocación. Vamos a aprender cómo se escucha y cómo se decide. Dios no juega a escondernos su voluntad: nos ha dado inteligencia, libertad, personas que ayudan y una Iglesia que nos acompaña».

Desarrollo

  1. Mirar los dones. Cada participante divide un folio en tres: «lo que hago bien», «lo que me da alegría profunda» y «lo que otros necesitan de mí».
  2. Escuchar los casos. Se lee cada situación y se identifican: bien posible, miedo, renuncia necesaria, consejo que conviene pedir y primer paso.
  3. La brújula del discernimiento. Se contrastan cuatro preguntas: ¿es conforme al Evangelio?, ¿cumple mis deberes?, ¿sirve al bien real?, ¿puedo presentarlo a Dios con paz?
  4. Una decisión pequeña. Cada uno escribe una acción realizable durante siete días. No se exige compartir asuntos íntimos.
  5. Contraste. En parejas, uno pregunta y el otro decide; el primero no da consejos hasta haber resumido bien lo escuchado.
Microguion para una renuncia. «No digas solo qué pierdes. Nombra qué bien eliges. La renuncia cristiana se comprende desde el amor al que deja espacio».
Microguion de cierre. «San Máximo no dejó de ser inteligente cuando entró en el monasterio. Puso su inteligencia dentro de una entrega. Pidamos que nuestros dones encuentren también su lugar verdadero».

Preguntas para compartir

  • ¿Qué diferencia hay entre un impulso y una llamada que madura?
  • ¿Qué renuncia hace posible tu decisión?
  • ¿Quién puede aconsejarte sin decidir por ti?
  • ¿Cuál es el primer paso verificable?

Conviene hacer

  • Respetar los procesos y los silencios.
  • Proponer decisiones pequeñas y comprobables.
  • Distinguir vocación de gusto pasajero.
  • Recordar la mediación de la Iglesia.

Debe evitarse

  • Forzar revelaciones personales.
  • Presentar cada emoción como señal divina.
  • Usar el miedo o la culpa.
  • Decidir la vocación de otra persona.

Compromiso y evaluación

El compromiso se formula así: «Durante siete días haré ______ para escuchar o responder mejor a Dios». Al finalizar la semana se revisa sin premiar el éxito externo: ¿la decisión era clara?, ¿se pidió ayuda?, ¿se comprendió mejor el bien elegido? Se ha alcanzado el objetivo si el participante puede explicar que elegir no destruye la libertad, sino que puede convertirla en entrega.

Señor, tú me conoces y me llamas.
Enséñame a escuchar sin miedo,
a elegir el bien con libertad
y a permanecer en aquello que me confías. Amén.

2. El consejo que ayuda a reconocer la verdad

Objetivo Distinguir consejo, imposición, manipulación, adulación, indiferencia y acompañamiento cristiano.
Destinatarios Familias con adolescentes, grupos juveniles y adultos; adaptable desde 9 años.
Tiempo 65–80 minutos.
Materiales Seis tarjetas con escenas, Biblia, reloj y ficha de escucha.
Preparación Repartir roles y asegurar que los casos no reproduzcan conflictos íntimos del grupo.

Entrada: seis voces

Ante el caso «una amiga te pide ayuda porque quiere abandonar una responsabilidad importante», se leen seis respuestas: «haz lo que yo te digo»; «da igual, todo está bien»; «si me quisieras, me obedecerías»; «eres perfecta, no necesitas revisar nada»; «cuéntame qué ocurre y pensemos qué bien está en juego»; «no quiero meterme». El grupo pone nombre a cada voz y explica sus efectos.

Microguion. «Un consejo no es bueno solo porque su conclusión sea correcta. Importan la verdad, la intención, el modo, el respeto a la libertad y la disposición a acompañar».

Desarrollo

  1. Escucha de tres minutos. En parejas, uno expone un caso ficticio. El otro solo puede preguntar: «¿Qué ha ocurrido?», «¿qué bien deseas?» y «¿qué consecuencias prevés?».
  2. Resumen fiel. El oyente comienza: «Si te he entendido bien…». La persona corrige el resumen.
  3. Mapa del consejo. Se identifican hechos, valores cristianos, deberes, opciones, riesgos y personas competentes.
  4. Consejo limitado. El consejero distingue: «La fe enseña…», «me parece prudente…», «esto es solo una preferencia mía…».
  5. Respuesta libre. Quien recibe agradece, pregunta y decide qué debe seguir contrastando.
  6. Corrección caritativa. Se ensaya una frase para señalar un error sin atacar: «Creo que esta decisión puede dañar… porque… ¿podemos revisarla?».
Microguion ante un error. «No suavices tanto la verdad que deje de ayudar, ni la digas de un modo que haga imposible escucharla. Busca recuperar al hermano, no descargar tu enfado».

Casos sugeridos

Caso Pregunta central
Copiar en un examen para no perder una beca ¿Puede una necesidad justificar una acción injusta?
Compartir una información privada «por su bien» ¿Quién tiene derecho a saberla y qué ayuda real se necesita?
Abandonar un grupo por una humillación ¿Conviene salir, dialogar, denunciar o pedir mediación?
Publicar una respuesta impulsiva en redes ¿Sirve a la verdad y a la caridad o solo al desahogo?

Conviene hacer

  • Escuchar y resumir antes de aconsejar.
  • Distinguir doctrina, prudencia y gusto.
  • Remitir a profesionales cuando corresponde.
  • Rezar sin usar la oración para aplazar indefinidamente.

Debe evitarse

  • Invocar a Dios para imponer una preferencia.
  • Prometer secreto cuando existe riesgo grave.
  • Confundir consejo espiritual con terapia o asesoría jurídica.
  • Hacer del ejercicio un juicio sobre personas ausentes.

Compromiso y evaluación

Cada participante elige una práctica: escuchar sin interrumpir, pedir consejo a una persona prudente o rectificar un consejo dominador. El objetivo se alcanza si puede identificar al menos cuatro diferencias entre acompañar y manipular y si formula una corrección que mantenga juntas verdad y caridad.

Espíritu Santo, don de consejo,
haznos humildes para escuchar,
sabios para distinguir el bien
y caritativos para decir la verdad. Amén.

3. Permanecer en la verdad cuando resulta difícil

Objetivo Reconocer la entrega por la verdad como fidelidad a Cristo, distinguirla del fanatismo y preparar respuestas concretas ante presiones.
Destinatarios Familias, jóvenes y adultos; desde 12 años para la versión completa.
Tiempo 75–90 minutos.
Materiales Tarjetas de presión, Catecismo, Biblia, papel grande y rotuladores.
Preparación Elegir casos proporcionados; nunca pedir a un menor que revele una situación de riesgo delante del grupo.

Entrada: el precio de una frase

Se presenta esta situación: «En un grupo se ridiculiza una verdad cristiana. Si respondes, puedes perder aceptación; si callas, nadie sabrá que existe otra mirada». No se exige hablar siempre. El grupo debe distinguir entre callar por prudencia, hablar por caridad, reaccionar por orgullo y buscar una ayuda mejor. La cuestión no es parecer valiente, sino servir verdaderamente a la verdad.

Microguion. «San Máximo no defendió una ocurrencia suya. Había rezado, estudiado, dialogado y permanecido en comunión con la Iglesia. Antes de resistir una presión, debemos saber qué defendemos, por qué y de qué manera».

Desarrollo

  1. Semáforo de la presión. Verde: diferencia legítima; ámbar: presión que exige prudencia; rojo: petición de negar la fe o cometer una injusticia.
  2. Los cinco apoyos. Para cada caso se anotan: verdad en juego, fuente cristiana, persona de consejo, modo caritativo y coste posible.
  3. Respuesta en tres tiempos. Pausa y oración breve; frase clara; paso posterior. Ejemplo: «No puedo participar en eso porque dañaría a una persona. Prefiero que busquemos otra solución. Si quieres, te explico mis razones».
  4. Contraste con Cristo. Se lee Lucas 22,42 y se pregunta qué distingue el sí de Cristo de la pasividad.
  5. Proyecto familiar. Elegir una verdad que se expresará en una obra durante una semana: dignidad de cada persona, honestidad, cuidado del débil o fidelidad a la oración.
  6. Memoria agradecida. Nombrar testigos cristianos que unieron firmeza, caridad y sufrimiento sin odio.
Microguion para reconducir el heroísmo. «No buscamos situaciones peligrosas ni provocamos conflictos. La confesión cristiana acepta el coste necesario del bien; no disfruta con el enfrentamiento ni desprecia la propia vida».

Casos graduados

  • Un compañero pide que confirmes una mentira para evitar consecuencias.
  • Una conversación digital convierte a una persona en objeto de burla.
  • Alguien exige ocultar una injusticia usando la lealtad familiar como presión.
  • Se te invita a presentar como doctrina católica una opinión que no lo es.
  • Una práctica profesional habitual contradice la dignidad de una persona.

Conviene hacer

  • Verificar la verdad antes de defenderla.
  • Proteger al vulnerable y pedir ayuda.
  • Escoger el momento y el medio adecuados.
  • Aceptar un coste proporcionado sin odio.

Debe evitarse

  • Confundir provocación con testimonio.
  • Buscar el sufrimiento o exponerse temerariamente.
  • Defender opiniones propias como dogmas.
  • Usar lenguaje humillante o deshumanizador.

Compromiso y evaluación

La familia formula: «Esta semana confesaremos que ______ mediante ______». Al revisar, preguntará: ¿la acción era verdadera?, ¿fue caritativa?, ¿requirió alguna renuncia?, ¿nos unió más a Cristo? El objetivo se alcanza si el grupo puede explicar que la entrega por la verdad es un acto de amor y libertad, no una búsqueda de conflicto, y si concreta una obra que haga visible la verdad confesada.

Jesucristo, Verdad encarnada,
líbranos del miedo y del orgullo.
Danos claridad para confesarte,
caridad para no herir
y fortaleza para permanecer. Amén.

Volver al índice

Parte IV — Escuchar la Palabra
Lectio divina

1. «No se haga mi voluntad, sino la tuya»

Preparación — Entrar en el huerto

Colocad la Biblia abierta y una luz sencilla. Guardad dos minutos de silencio. No intentéis fabricar una emoción. Pedid la gracia de acompañar a Jesús en su oración y de escuchar cómo su voluntad verdaderamente humana se entrega al Padre. Esta lectio no estudia desde fuera una controversia: entra en el misterio que san Máximo quiso custodiar para toda la Iglesia.

Microguion. «Señor Jesús, venimos con nuestras resistencias, miedos y deseos. Déjanos permanecer contigo y aprender de tu sí».

Lucas 22, 39-46

Salió y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: «Orad, para no caer en tentación». Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la tristeza, y les dijo: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en tentación».

Texto: Sagrada Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.16

Lectio — ¿Qué dice el texto?

Leed una primera vez sin interrupciones. En la segunda lectura, una persona nombra los verbos de Jesús: sale, se encamina, pide que oren, se aparta, se arrodilla, ora, se levanta, vuelve y despierta a los discípulos. Jesús no aparece arrastrado por un destino ciego. Entra conscientemente en la hora y actúa. Su angustia es real, y también lo es su decisión de permanecer ante el Padre.

Mirar el texto:

  • ¿Qué hace Jesús «como de costumbre»?
  • ¿Qué pide dos veces a sus discípulos?
  • ¿Qué desea y qué entrega al Padre?
  • ¿Qué cambia después de la oración?

Meditatio — ¿Qué nos dice el Señor?

Contempla la frase central. Jesús dice «mi voluntad» y «la tuya»: no porque en Él haya pecado o rebelión, sino porque su voluntad humana es real. Siente naturalmente rechazo ante el sufrimiento y la muerte; sin embargo, la entrega libremente al designio salvador. San Máximo comprendió que aquí se custodia la integridad de nuestra humanidad. Cristo quiso como hombre lo que, como Hijo, quiere divinamente con el Padre y el Espíritu.

Ahora mira tus propias resistencias. Tal vez sabes qué es bueno y, sin embargo, deseas escapar; o quizá llamas «voluntad de Dios» a lo que simplemente te resulta cómodo. La oración no borra mágicamente el conflicto: permite presentarlo al Padre, recibir fortaleza y elegir. El sí cristiano no es pasividad. Es obediencia consciente y amorosa, capaz de levantarse y dar el siguiente paso.

Dejarse interpelar:

  • ¿Qué cáliz concreto querrías evitar?
  • ¿Hay una obligación buena ante la que estás huyendo?
  • ¿Confundes alguna vez obediencia con no pensar?
  • ¿Qué consejo necesitas recibir antes de decidir?

Guardad tres minutos de silencio. No compartáis todavía.

Oratio — ¿Qué respondemos?

Cada persona puede completar en voz baja: «Padre, si es posible, aparta de mí…; pero ayúdame a querer…». Después se intercalan peticiones breves: por quien discierne una vocación, por quien necesita consejo, por las familias en guerra o desplazamiento, por quienes sufren presión a causa de la fe y por quienes deben corregir un error con caridad.

Padre, no permitas que el miedo decida por nosotros.
Une nuestra voluntad a la de tu Hijo.
Danos luz para conocer la verdad,
humildad para recibir consejo
y fortaleza para entregarnos por amor. Amén.

Contemplatio — Permanecer junto a Cristo

No añadáis explicaciones. Mirad la Biblia o la imagen de Getsemaní y repetid al ritmo de la respiración: al inspirar, «Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre»; al espirar, «conforma mi voluntad con la tuya». Permaneced cinco minutos. Si aparece distracción, regresad suavemente a la invocación. La contemplación aprende de san Máximo a unir inteligencia, oración y vida.

Actio — Una decisión de fidelidad

La escucha termina en una acción. Escribe una sola decisión para las próximas cuarenta y ocho horas: pedir consejo, cumplir un deber evitado, rectificar una mentira, estudiar una enseñanza de la Iglesia o sostener a alguien que permanece fiel. Debe ser concreta, prudente y verificable. La entrega por la verdad comienza cuando el sí de la oración toma cuerpo en una obra.

Fórmula de la decisión: «Para conformar mi voluntad con la de Dios, antes de ______ haré ______ y pediré ayuda a ______».

Para compartir en familia

  • ¿Qué palabra del texto se ha quedado contigo?
  • ¿Cómo se relacionan oración, consejo y decisión?
  • ¿Por qué la voluntad humana de Cristo es una buena noticia?
  • ¿Qué forma concreta tomará nuestro sí familiar?

Orientación para familias y catequistas

No presentar «hágase tu voluntad» como resignación ante abusos, violencia o decisiones arbitrarias de otra persona. La voluntad de Dios nunca legitima el mal. Ante una situación de riesgo se debe buscar protección y ayuda competente. Tampoco convertir la lectio en una clase sobre terminología cristológica: la doctrina ilumina el texto y el texto permite encontrarse con Cristo vivo. El fruto buscado es una obediencia libre, lúcida y confiada.

Volver al índice

Parte V — Orar con la Iglesia
Oraciones

1. Oración tradicional para pedir los dones del Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Envía tu Espíritu y serán creados.
Y renovarás la faz de la tierra.

Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus hijos
con la luz del Espíritu Santo,
haznos dóciles a sus inspiraciones
para gustar siempre el bien
y gozar de su consuelo.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

2. Oración para pedir el don de consejo

Espíritu Santo,
guía interior de los hijos de Dios,
concédenos el don de consejo.

Haznos dóciles a tu voz,
prudentes al decidir,
humildes para escuchar
y generosos para seguir el bien.

Que nunca impongamos nuestra voluntad a los demás
ni llamemos voluntad de Dios a nuestros deseos.
Enséñanos a orientar con verdad y caridad
y a dejarnos orientar dentro de la Iglesia.
Amén.

Oración de nueva composición inspirada en la doctrina tradicional sobre el don de consejo; no se presenta como texto litúrgico antiguo.

3. Oración a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre

Señor Jesucristo,
Hijo eterno del Padre
y verdadero hijo de María:

tú trabajaste con manos humanas,
pensaste con inteligencia humana,
actuaste con voluntad humana
y nos amaste con corazón humano.

En Getsemaní entregaste libremente tu voluntad al Padre.
Sana nuestras resistencias,
ordena nuestros deseos
y llévanos contigo hacia el sí perfecto del amor.

Verdadero Dios y verdadero hombre,
ten piedad de nosotros. Amén.

4. Soneto familiar inspirado en san Máximo

Cuando tu voz, Señor, llama y convida,
abre el oído fiel de nuestra casa;
que el miedo no detenga lo que pasa
ni el brillo aparte el alma de la vida.

Sea tu luz consejo y sea medida,
verdad que por la caridad se abraza;
que Cristo, Dios y hombre, en quien se enlaza
lo eterno con la carne redimida,

conforme nuestro humano entendimiento,
eduque el corazón y la querencia
y haga libre el sí de cada intento.

Concédenos, Máximo, tu paciencia:
confesar al Señor en el tormento
y hacer de la verdad nuestra existencia.

Soneto de nueva composición para esta catequesis.

5. Letanías de san Máximo el Confesor

Estas letanías son una composición occidental nueva. Sus invocaciones se inspiran en la biografía y en títulos presentes en la tradición litúrgica oriental —«campeón de la ortodoxia», «maestro de pureza y verdadera adoración», «sabio padre» y «ornamento de los monjes»—, pero no reproducen ni pretenden sustituir un oficio bizantino.17

Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.
San Máximo, confesor de Cristo, ruega por nosotros.
Monje entregado enteramente a Dios, ruega por nosotros.
Discípulo de la Escritura y de los Padres, ruega por nosotros.
Maestro de oración y de caridad, ruega por nosotros.
Sabio consejero de monjes y laicos, ruega por nosotros.
Servidor de la comunión de la Iglesia, ruega por nosotros.
Defensor de la humanidad verdadera de Cristo, ruega por nosotros.
Testigo de sus dos voluntades y operaciones, ruega por nosotros.
Compañero de san Sofronio, ruega por nosotros.
Colaborador de san Martín I, ruega por nosotros.
Maestro firme y respetuoso en el diálogo, ruega por nosotros.
Confesor ante los poderosos, ruega por nosotros.
Perseverante en los procesos y destierros, ruega por nosotros.
Silenciado por los hombres y escuchado por la Iglesia, ruega por nosotros.
Padre sapientísimo, ruega por nosotros.
Ornamento de los monjes, ruega por nosotros.
Campeón de la fe íntegra, ruega por nosotros.
Testigo de una libertad unida a Dios, ruega por nosotros.

Para que aprendamos a escuchar la llamada de Dios, intercede por nosotros.
Para que demos y recibamos buenos consejos, intercede por nosotros.
Para que conozcamos y amemos la fe de la Iglesia, intercede por nosotros.
Para que confesemos la verdad con caridad, intercede por nosotros.
Para que permanezcamos fieles cuando cueste, intercede por nosotros.
Para que conformemos nuestra voluntad con la del Padre, intercede por nosotros.

Oremos. Dios todopoderoso, que concediste a san Máximo confesar la humanidad íntegra de tu Hijo y permanecer fiel en el sufrimiento, concédenos, por su intercesión, conocer la verdad, vivirla en la caridad y entregarnos a ti con libertad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

6. Oración final de la catequesis

Señor Jesucristo,
verdadero Dios y verdadero hombre,
enséñanos a conocer tu verdad,
a confesarla con caridad
y a permanecer fieles cuando cueste.
Por intercesión de san Máximo,
haz de nuestra vida una entrega generosa a ti.
Amén.

Volver al índice

Parte VI — Concluir
Entregarse por la verdad

1. Entregarse por la verdad

San Máximo no entregó su vida por una fórmula abstracta. Defendió la verdad completa de Jesucristo: verdadero Dios y verdadero hombre. Sabía que negar su voluntad humana significaba reducir la Encarnación y oscurecer la manera en que el Hijo asumió, sanó y condujo nuestra libertad hacia el Padre.

Su última confesión fue preparada por toda una vida. Escuchó la vocación, renunció, oró, estudió, aconsejó, dialogó y sirvió a la comunión de la Iglesia. Cuando el poder le exigió silencio, permaneció en aquello que ya había aprendido a amar. La entrega por la verdad no fue un gesto aislado, sino el fruto de una voluntad educada por la gracia.

También una familia cristiana está llamada a conocer la fe, vivirla con caridad y confesarla cuando resulta costosa. No todos compareceremos ante un tribunal, pero todos decidimos cada día qué lugar ocupa Cristo. San Máximo nos enseña que una vida entregada no queda perdida: la verdad acogida se vuelve libertad, servicio y fecundidad para la Iglesia.

La verdad por la que san Máximo se entregó tiene un rostro: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Volver al índice

Fuentes y bibliografía

Sagrada Escritura

Magisterio y concilios

  • Benedicto XVI. «San Máximo el Confesor». Audiencia general, 25 de junio de 2008.
  • Iglesia católica. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 464–483. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 1997.
  • Concilio de Calcedonia. «Definición de fe». En Heinrich Denzinger y Peter Hünermann, El Magisterio de la Iglesia: Enchiridion symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, nn. 300–302. Barcelona: Herder, 1999.
  • Tercer Concilio de Constantinopla. «Exposición de fe». En Denzinger y Hünermann, El Magisterio de la Iglesia, nn. 553–559.
  • Concilio Vaticano II. Dei Verbum. Constitución dogmática sobre la divina Revelación, 18 de noviembre de 1965.

Obras de san Máximo y fuentes antiguas

  • Máximo el Confesor. Centurias sobre la caridad. En Patrologia Graeca 90, cols. 959–1080.
  • Máximo el Confesor. Mistagogía. En Patrologia Graeca 91, cols. 657–718.
  • Máximo el Confesor. Disputa con Pirro. En Patrologia Graeca 91, cols. 288–353.
  • Allen, Pauline, y Bronwen Neil, eds. Maximus the Confessor and His Companions: Documents from Exile. Oxford Early Christian Texts. Oxford: Oxford University Press, 2002.

Estudios

  • Allen, Pauline, y Bronwen Neil, eds. The Oxford Handbook of Maximus the Confessor. Oxford: Oxford University Press, 2015.
  • Balthasar, Hans Urs von. Liturgia cósmica: Máximo el Confesor. Madrid: Encuentro, 2007.
  • Bathrellos, Demetrios. The Byzantine Christ: Person, Nature, and Will in the Christology of Saint Maximus the Confessor. Oxford: Oxford University Press, 2004.
  • Larchet, Jean-Claude. La divinisation de l’homme selon saint Maxime le Confesseur. Paris: Cerf, 1996.
  • Louth, Andrew. Maximus the Confessor. The Early Church Fathers. London: Routledge, 1996.
  • Sherwood, Polycarp. An Annotated Date-List of the Works of Maximus the Confessor. Studia Anselmiana 30. Rome: Herder, 1952.

Fuentes litúrgicas orientales

Transparencia y agradecimiento. Las imágenes y la maquetación de este documento se han realizado con herramientas de inteligencia artificial, con el apoyo de ChatGPT. La selección doctrinal, la revisión y la responsabilidad editorial corresponden a Catequesis en Familia.

Volver al índice

Notas

  1. Benedicto XVI presenta el núcleo de la enseñanza de Máximo como el paso del «no» autosuficiente al «sí» en el que la voluntad humana se unifica con la divina y alcanza su libertad. Benedicto XVI, «San Máximo el Confesor», audiencia general, 25 de junio de 2008.
  2. Catecismo de la Iglesia Católica (en adelante, CIC), n. 475; Tercer Concilio de Constantinopla, «Exposición de fe», DH 556–559.
  3. Directorio General para la Catequesis, n. 80: la finalidad definitiva de la catequesis es conducir a la comunión e intimidad con Jesucristo.
  4. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, nn. 39–42, sobre la vocación universal a la santidad; CIC, nn. 2012–2014.
  5. CIC, nn. 1830–1831; cf. Is 11,1–2. El don de consejo perfecciona la prudencia y dispone a reconocer el juicio recto en las circunstancias concretas.
  6. CIC, nn. 470–478; Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 22.
  7. CIC, n. 475. La fórmula remite al tercer Concilio de Constantinopla: las dos voluntades y operaciones naturales no se oponen, sino que la voluntad humana sigue y se somete a la divina.
  8. Benedicto XVI, «San Máximo el Confesor». El Papa interpreta Getsemaní como el drama en el que el sí humano de Cristo manifiesta la verdadera libertad.
  9. Concilio Vaticano II, Dei Verbum, nn. 7–10; CIC, nn. 74–100.
  10. Sobre los problemas de las tradiciones biográficas y la llamada Vida siríaca, véase Pauline Allen, «Life and Times of Maximus the Confessor», en The Oxford Handbook of Maximus the Confessor, ed. Pauline Allen y Bronwen Neil (Oxford: Oxford University Press, 2015), 3–18.
  11. Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad, PG 90, 959–1080. La obra enlaza combate ascético, conocimiento y amor del prójimo.
  12. Benedicto XVI, «San Máximo el Confesor»; Hans Urs von Balthasar, Liturgia cósmica: Máximo el Confesor (Madrid: Encuentro, 2007).
  13. El sínodo romano de Letrán de 649 condenó el Typos y confesó dos operaciones y dos voluntades en Cristo. Máximo colaboró activamente; véase Benedicto XVI, «San Máximo el Confesor»; Allen y Neil, Maximus the Confessor and His Companions.
  14. Benedicto XVI resume el proceso de 662, la mutilación de lengua y mano derecha, el destierro a la región de Cólquide y la muerte del santo el 13 de agosto del mismo año. «San Máximo el Confesor». Para los documentos procesales, Allen y Neil, Maximus the Confessor and His Companions.
  15. Tercer Concilio de Constantinopla, «Exposición de fe», DH 553–559; CIC, n. 475.
  16. Conferencia Episcopal Española, Sagrada Biblia, Lc 22,39–46, versión oficial.
  17. El tropario oriental llama a Máximo «campeón de la ortodoxia», «maestro de pureza y de verdadera adoración» y «sapientísimo padre». Orthodox Church in America, «Venerable Maximus the Confessor: Troparion and Kontakion»; Greek Orthodox Archdiocese of America, «Memory of Our Devout Father Maximus the Confessor». Las letanías de este documento son una adaptación devocional nueva.

Volver al comienzo

Evangelio del día: Perdonar setenta veces siete

Evangelio del día: Perdonar setenta veces siete

Evangelio del día

Jueves de la 19.ª semana del Tiempo Ordinario

Mateo 18, 21-35; 19, 1

Dios no se cansa nunca de perdonar (nos perdona setenta veces siete), somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. También así nos pide el Señor que perdonemos a los demás.

Evangelio

Entonces se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?». Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: «Señor, dame un plazo y te pagaré todo». El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: «Págame lo que me debes». El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: «Dame un plazo y te pagaré la deuda». Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: «¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?». E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos». Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Ezequiel, Ez 12, 1-12

Salmo: Sal 78(77), 56-62

Oración introductoria

Dios mío, creo que estás aquí presente. Espero y te suplico humildemente que guíes esta oración. Ayúdame a tener los mismos sentimientos de acogida y misericordia que tuvo tu Hijo, Jesús.

Petición

Jesús, haz mi corazón semejante al tuyo para amar y perdonar a los demás como los amas Tú.

Meditación del Santo Padre Francisco

Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!

Santo Padre Francisco

I. Alegría que se renueva y se comunica, n. 3

Exhortación Apostólica EVANGELII GAUDIUM
sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual

Propósito

Imitar el amor misericordioso de Dios en mi propia vida, con cada persona con la que tenga contacto: familia, compañeros de estudio o trabajo, amigos.

Diálogo con Cristo

Padre mío, lo que puedo llegar a hacer, si dejo actuar tu gracia, es impresionante. Porque contestarle a Pedro que no sólo siete, sino setenta veces siete, es todo un desafío, imposible sin tu gracia e inspiración. Ayúdame a recorrer este camino de amor y misericordia hacia los demás.
Evangelio del día: La corrección fraterna

Evangelio del día: La corrección fraterna

Evangelio del día

Miércoles de la 19.ª semana del Tiempo Ordinario

Mateo 18, 15-20

Existe una corresponsabilidad en el camino de la vida cristiana: cada uno, consciente de sus propios límites y defectos, está llamado a acoger la corrección fraterna y ayudar a los demás con este servicio particular.

Evangelio

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o republicano. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Deuteronomio, Dt 34, 1-12

Salmo: Sal 66(65), 1-5.8.16-17

Oración introductoria

Señor, gracias, por ser tan bueno. Por darme la oportunidad de este momento de oración. Ayúdame a estar atento a las inspiraciones de tu Espíritu Santo. Este día seguramente estará lleno de desafíos y actividades, oportunidades para perdonar y buscar el perdón: con tu gracia lo podré vivir plenamente.

Petición

Concédeme cultivar, Señor, un alma contemplativa, sencilla y alegre para lograr ser un instrumento de tu paz.

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas bíblicas de la misa de este [día] coinciden en el tema de la caridad fraterna en la comunidad de los creyentes, que tiene su fuente en la comunión de la Trinidad. El apóstol san Pablo afirma que toda la Ley de Dios encuentra su plenitud en el amor, de modo que, en nuestras relaciones con los demás, los diez mandamientos y cada uno de los otros preceptos se resumen en esto: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (cf. Rm 13, 8-10). El texto del Evangelio, tomado del capítulo 18 de san Mateo, dedicado a la vida de la comunidad cristiana, nos dice que el amor fraterno comporta también un sentido de responsabilidad recíproca, por lo cual, si mi hermano comete una falta contra mí, yo debo actuar con caridad hacia él y, ante todo, hablar con él personalmente, haciéndole presente que aquello que ha dicho o hecho no está bien. Esta forma de actuar se llama corrección fraterna: no es una reacción a una ofensa recibida, sino que está animada por el amor al hermano. Comenta san Agustín: «Quien te ha ofendido, ofendiéndote, ha inferido a sí mismo una grave herida, ¿y tú no te preocupas de la herida de tu hermano? … Tú debes olvidar la ofensa recibida, no la herida de tu hermano» (Discursos 82, 7).

¿Y si el hermano no me escucha? Jesús en el Evangelio de hoy indica una gradualidad: ante todo vuelve a hablarle junto a dos o tres personas, para ayudarle mejor a darse cuenta de lo que ha hecho; si, a pesar de esto, él rechaza la observación, es necesario decirlo a la comunidad; y si tampoco no escucha a la comunidad, es preciso hacerle notar el distanciamiento que él mismo ha provocado, separándose de la comunión de la Iglesia. Todo esto indica que existe una corresponsabilidad en el camino de la vida cristiana: cada uno, consciente de sus propios límites y defectos, está llamado a acoger la corrección fraterna y ayudar a los demás con este servicio particular.

Otro fruto de la caridad en la comunidad es la oración en común. Dice Jesús: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 19-20). La oración personal es ciertamente importante, es más, indispensable, pero el Señor asegura su presencia a la comunidad que —incluso siendo muy pequeña— es unida y unánime, porque ella refleja la realidad misma de Dios uno y trino, perfecta comunión de amor. Dice Orígenes que «debemos ejercitarnos en esta sinfonía» (Comentario al Evangelio de Mateo 14, 1), es decir en esta concordia dentro de la comunidad cristiana. Debemos ejercitarnos tanto en la corrección fraterna, que requiere mucha humildad y sencillez de corazón, como en la oración, para que suba a Dios desde una comunidad verdaderamente unida en Cristo. Pidamos todo esto por intercesión de María santísima, Madre de la Iglesia.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Ángelus del domingo, 4 de septiembre de 2011

Propósito

Educar a nuestros hijos e hijas haciendo uso de la corrección fraterna.

Diálogo con Cristo

Señor, te pedimos que al corregir, procuremos usar una gran bondad, mansedumbre y miramiento, y de un hondo sentido de la justicia y la equidad.

Si somos corregidos alguna vez —pues también nosotros estamos sometidos a autoridad—, no nos rebelemos ni tomemos a mal la corrección, sino con buen ánimo, con humildad y sencillez, según Tus palabras: «Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor y no te abatas cuando seas por Él reprendido; porque el Señor reprende a los que ama, y castiga a todo el que por hijo acoge» (Hb 12, 5-6; Prov 3, 11-12).

Evangelio del día: ¿Quién es el mayor?

Evangelio del día: ¿Quién es el mayor?

Evangelio del día

Martes de la 19.ª semana del Tiempo Ordinario

Mateo 18, 1-5.10.12-14

El reino de los cielos es la verdad salvífica que Jesucristo ha revelado. El reino de los cielos es la «gracia», o sea, la vida de Dios que Jesucristo ha traído a la humanidad con la encarnación y la redención. El reino de los cielos es la Iglesia, su Cuerpo místico, el Pueblo de Dios que le ama y le sigue. El reino de los cielos es, finalmente, la gloria eterna del Paraíso, a la que toda la humanidad está llamada.

Evangelio

En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?». Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo. Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial. ¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Deuteronomio, Dt 31, 1-8

Salmo (tomado de Deuteronomio): Dt 32, 3-4a.7-9.12

Oración introductoria

Espíritu Santo, dame tu luz en este momento de oración. Con la confianza de un niño pido también la intercesión de mi ángel de la guarda, de modo que tenga la docilidad para escuchar la Palabra y seguirla, como una oveja sigue a su pastor.

Petición

Jesús, concédeme el don de buscar, con la sencillez y la nobleza de un niño, el amor.

Meditación de san Juan Pablo II

Queridísimas hermanas en el Señor:

Me complace meditar con vosotras las enseñanzas y los pensamientos que la liturgia de hoy hace brotar de la Palabra de Dios que hemos escuchado ahora mismo en el santo Evangelio.

1. Jesús nos recuerda ante todo la realidad consoladora del reino de los cielos

La pregunta que los Apóstoles dirigen a Jesús es muy sintomática: «¿Quién será el más grande en el reino de los cielos?».

Se ve que habían discutido entre ellos sobre cuestiones de precedencia, de carrera, de méritos, con una mentalidad todavía terrena e interesada: querían saber quién sería el primero en ese reino del que hablaba siempre el Maestro.

Jesús aprovecha la ocasión para purificar el concepto erróneo que tienen los Apóstoles y para llevarlos al contenido auténtico de su mensaje: el reino de los cielos es la verdad salvífica que El ha revelado; es la «gracia», o sea, la vida de Dios que El ha traído a la humanidad con la encarnación y la redención; es la Iglesia, su Cuerpo místico, el Pueblo de Dios que le ama y le sigue; es, finalmente, la gloria eterna del Paraíso, a la que toda la humanidad está llamada.

Jesús, al hablar del reino de los cielos, quiere enseñarnos que la existencia humana sólo tiene valor en la perspectiva de la verdad, de la gracia y de la gloria futura. Todo debe ser aceptado y vivido con amor y por amor en la realidad escatológica que El ha revelado: «Vended vuestros bienes y dadlos en limosna; haceos bolsas que no se gastan, un tesoro inagotable en los cielos…» (Lc 12, 33). «Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas» (Lc 12, 35).

2. Jesús nos enseña el modo justo para entrar en el reino de los cielos

Cuenta el evangelista San Mateo que «Jesús llamando a sí a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos, ése será el más grande en el reino de los cielos» (Mt 18, 2-4).

Esta es la respuesta desconcertante de Jesús: ¡la condición indispensable para entrar en el reino de los cielos es hacerse pequeños y humildes como niños!

Está claro que Jesús no quiere obligar al cristiano a permanecer en una situación de infantilismo perpetuo, de ignorancia satisfecha, de insensibilidad ante la problemática de los tiempos. Al contrario. Pero pone al niño como modelo para entrar en el reino de los cielos non el valor simbólico que el niño encierra en sí:

— ante todo, el niño es inocente, y el primer requisito para entrar en el reino de los cielos es la vida de «gracia», es decir, la inocencia conservada o recuperada, la exclusión de pecado, que siempre es un acto de orgullo y de egoísmo;

— en segundo lugar, el niño vivé de fe y de confianza en sus padres y se abandona con disposición total a quienes le guían y le aman. Así el cristiano debe ser humilde y abandonarse con total confianza a Cristo y a la Iglesia. El gran peligro, el gran enemigo es siempre el orgullo, y Jesús insiste en la virtud de la humildad, porque ante el Infinito no se puede menos de ser humildes; la humildad es verdad y es, además, signo de inteligencia y fuente de serenidad;

— finalmente, el niño se contenta con las pequeñas cosas que bastan para hacerle feliz: un pequeño éxito, una buena nota merecida, una alabanza recibida le hacen exultar de alegría.

Para entrar en el reino de los cielos es preciso tener sentimientos grandes, inmensos, universales; pero es necesario saberse contentar con las pequeñas cosas, con las obligaciones mandadas por la obediencia, con la voluntad de Dios tal como se manifiesta en el instante que huye, con las alegrías cotidianas que ofrece la Providencia; es necesario hacer de cada trabajo, aunque oculto y modesto, una obra maestra de amor y perfección.

¡Es necesario convertirse a la pequeñez para entrar en el reino de los cielos! Recordemos !a intuición genial de Santa Teresa de Lisieux, cuando meditó el versículo de la Sagrada Escritura: «El que es simple, venga acá» (Prov 9, 4). Descubrió que el sentido de la «pequeñez» era como un ascensor que la llevaría más de prisa y más fácilmente a la cumbre de la santidad: «¡Tus brazos, oh Jesús, son el ascensor que me debe elevar hasta el cielo! Por esto no tengo necesidad en absoluto de hacerme grande; más bien es necesario que permanezca pequeña, que lo sea cada vez más» (Historia de un alma, Manuscrito C, cap. X).

3. Finalmente, Jesús nos infunde el anhelo del reino de los cielos

«¿Qué os parece? —dice Jesús—. Si uno tiene cien ovejas y se le extravía una, ¿no dejará en el monte las noventa y nueve e irá en busca de la extraviada? Y si logra hallarla, cierto que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Así no es voluntad de vuestro Padre, que está en los cielos, que se pierda ni uno solo de estos pequeñuelos» (Mt 18, 12-14).

Son palabras dramáticas y consoladoras al mismo tiempo: Dios ha creado al hombre para hacerle partícipe de su gloria y de su. felicidad infinita; y por esto le ha querido inteligente y libre, «a su imagen y semejanza». Desgraciadamente asistimos con angustia a la corrupción moral que devasta a la humanidad, despreciando especialmente a los pequeños, de quienes habla Jesús.

¿Qué debemos hacer? Imitar al Buen Pastor y afanarnos sin tregua por la salvación de las almas. Sin olvidar la caridad material y la justicia social, debemos estar convencidos de que la caridad más sublime es la espiritual, o sea, el interés por la salvación de las almas.

Y las almas se salvan con la oración y el sacrificio. ¡Esta es la misión de la Iglesia!

San Juan Pablo II

Homilía del martes, 14 de agosto de 1979

Propósito

Ante las tentaciones que se me puedan presentar hoy, pedir a Dios su gracia para evitar, incluso, el pecado venial.

Diálogo con Cristo

Gracias, Señor, por mi ángel de la guarda y por la gran esperanza que surge de esta meditación. La cultura admira a la persona que por su propio esfuerzo tiene éxito, y esto es bueno. Pero, como tu hijo, debo tener una visión más amplia: atesorar esa confianza y dependencia a tu gracia, que es la que realmente logrará la trascendencia de mi vida. Además, siempre recordar que hay muchas ovejas sin pastor que no deben quedarse atrás ni perderse, si en mí está el poder ayudarles a volver o encontrar el redil.

Evangelio del día: El temor de Dios

Evangelio del día: El temor de Dios

Evangelio del día

Domingo de la 19.ª semana del Tiempo Ordinario

Mateo 10, 24-33

El temor de Dios, en cambio, es el don del Espíritu que nos recuerda cuán pequeños somos ante Dios y su amor, y que nuestro bien está en abandonarnos con humildad, con respeto y confianza en sus manos. Esto es el temor de Dios: el abandono en la bondad de nuestro Padre que nos quiere mucho.

Evangelio

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos! No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Jeremías, Jer 20, 10-13

Salmo: Sal 69(68)

Segunda lectura: Carta de san Pablo a los Romanos, Rom 5, 12-15

Oración introductoria

Dame, Señor, la fe, la esperanza y la caridad para vivir el estilo de vida que me propone tu Evangelio. La mentira domina al mundo con medios cada vez más veloces y sofisticados, mientras la evangelización parece tomar un ritmo lento. Por eso te pido que ilumines mi oración, de modo que ésta me dé la luz y fuerza para responder, con prontitud y generosidad, a lo que me toca hacer.

Petición

Señor, dame la valentía necesaria para cumplir tu voluntad en cada momento de mi vida.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El don del temor de Dios, del cual hablamos hoy, concluye la serie de los siete dones del Espíritu Santo. No significa tener miedo de Dios: sabemos bien que Dios es Padre, y que nos ama y quiere nuestra salvación, y siempre perdona, siempre; por lo cual no hay motivo para tener miedo de Él. El temor de Dios, en cambio, es el don del Espíritu que nos recuerda cuán pequeños somos ante Dios y su amor, y que nuestro bien está en abandonarnos con humildad, con respeto y confianza en sus manos. Esto es el temor de Dios: el abandono en la bondad de nuestro Padre que nos quiere mucho.

Cuando el Espíritu Santo entra en nuestro corazón, nos infunde consuelo y paz, y nos lleva a sentirnos tal como somos, es decir, pequeños, con esa actitud —tan recomendada por Jesús en el Evangelio— de quien pone todas sus preocupaciones y sus expectativas en Dios y se siente envuelto y sostenido por su calor y su protección, precisamente como un niño con su papá. Esto hace el Espíritu Santo en nuestro corazón: nos hace sentir como niños en los brazos de nuestro papá. En este sentido, entonces, comprendemos bien cómo el temor de Dios adquiere en nosotros la forma de la docilidad, del reconocimiento y de la alabanza, llenando nuestro corazón de esperanza. Muchas veces, en efecto, no logramos captar el designio de Dios, y nos damos cuenta de que no somos capaces de asegurarnos por nosotros mismos la felicidad y la vida eterna. Sin embargo, es precisamente en la experiencia de nuestros límites y de nuestra pobreza donde el Espíritu nos conforta y nos hace percibir que la única cosa importante es dejarnos conducir por Jesús a los brazos de su Padre.

He aquí por qué tenemos tanta necesidad de este don del Espíritu Santo. El temor de Dios nos hace tomar conciencia de que todo viene de la gracia y que nuestra verdadera fuerza está únicamente en seguir al Señor Jesús y en dejar que el Padre pueda derramar sobre nosotros su bondad y su misericordia. Abrir el corazón, para que la bondad y la misericordia de Dios vengan a nosotros. Esto hace el Espíritu Santo con el don del temor de Dios: abre los corazones. Corazón abierto a fin de que el perdón, la misericordia, la bondad, la caricia del Padre vengan a nosotros, porque nosotros somos hijos infinitamente amados.

Cuando estamos invadidos por el temor de Dios, entonces estamos predispuestos a seguir al Señor con humildad, docilidad y obediencia. Esto, sin embargo, no con actitud resignada y pasiva, incluso quejumbrosa, sino con el estupor y la alegría de un hijo que se ve servido y amado por el Padre. El temor de Dios, por lo tanto, no hace de nosotros cristianos tímidos, sumisos, sino que genera en nosotros valentía y fuerza. Es un don que hace de nosotros cristianos convencidos, entusiastas, que no permanecen sometidos al Señor por miedo, sino porque son movidos y conquistados por su amor. Ser conquistados por el amor de Dios. Y esto es algo hermoso. Dejarnos conquistar por este amor de papá, que nos quiere mucho, nos ama con todo su corazón.

Pero, atención, porque el don de Dios, el don del temor de Dios es también una «alarma» ante la pertinacia en el pecado. Cuando una persona vive en el mal, cuando blasfema contra Dios, cuando explota a los demás, cuando los tiraniza, cuando vive sólo para el dinero, para la vanidad, o el poder, o el orgullo, entonces el santo temor de Dios nos pone en alerta: ¡atención! Con todo este poder, con todo este dinero, con todo tu orgullo, con toda tu vanidad, no serás feliz. Nadie puede llevar consigo al más allá ni el dinero, ni el poder, ni la vanidad, ni el orgullo. ¡Nada! Sólo podemos llevar el amor que Dios Padre nos da, las caricias de Dios, aceptadas y recibidas por nosotros con amor. Y podemos llevar lo que hemos hecho por los demás. Atención en no poner la esperanza en el dinero, en el orgullo, en el poder, en la vanidad, porque todo esto no puede prometernos nada bueno. Pienso, por ejemplo, en las personas que tienen responsabilidad sobre otros y se dejan corromper. ¿Pensáis que una persona corrupta será feliz en el más allá? No, todo el fruto de su corrupción corrompió su corazón y será difícil ir al Señor. Pienso en quienes viven de la trata de personas y del trabajo esclavo. ¿Pensáis que esta gente que trafica personas, que explota a las personas con el trabajo esclavo tiene en el corazón el amor de Dios? No, no tienen temor de Dios y no son felices. No lo son. Pienso en quienes fabrican armas para fomentar las guerras; pero pensad qué oficio es éste. Estoy seguro de que si hago ahora la pregunta: ¿cuántos de vosotros sois fabricantes de armas? Ninguno, ninguno. Estos fabricantes de armas no vienen a escuchar la Palabra de Dios. Estos fabrican la muerte, son mercaderes de muerte y producen mercancía de muerte. Que el temor de Dios les haga comprender que un día todo acaba y que deberán rendir cuentas a Dios.

Queridos amigos, el Salmo 34 nos hace rezar así: «El afligido invocó al Señor, Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a quienes lo temen y los protege» (vv. 7-8). Pidamos al Señor la gracia de unir nuestra voz a la de los pobres, para acoger el don del temor de Dios y poder reconocernos, juntamente con ellos, revestidos de la misericordia y del amor de Dios, que es nuestro Padre, nuestro papá. Que así sea.

Santo Padre Francisco

Audiencia General del miércoles, 11 de junio de 2014

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

También nosotros, en la oración debemos ser capaces de llevar ante Dios nuestras fatigas, el sufrimiento de ciertas situaciones, de ciertas jornadas, el compromiso cotidiano de seguirlo, de ser cristianos, y también el peso del mal que vemos en y alrededor de nosotros, porque Él nos da esperanza, nos hace sentir su cercanía, nos da un poco de luz en el camino de la vida. […] Cada día en la oración del Padre Nuestro le pedimos al Señor: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Reconocemos, por ello, que hay una voluntad de Dios con nosotros y para nosotros, una voluntad de Dios en nuestras vidas, que debe convertirse cada día más en la referencia de nuestro querer y de nuestro ser; reconocemos entonces que es en el «cielo» donde se hace la voluntad de Dios y que la «tierra» se vuelve «cielo», lugar de la presencia del amor, de la bondad, de la verdad, de la belleza divina, solo si en ella se hace la voluntad de Dios.

Santo Padre Benedicto XVI

Audiencia General del miércoles, 1 de febrero de 2012

Catecismo de la Iglesia Católica

El combate de la oración

2725 La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El “combate espiritual” de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración.

I. Obstáculos para la oración

2726 En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en nosotros mismos y en torno a nosotros a conceptos erróneos sobre la oración. Unos ven en ella una simple operación psicológica, otros un esfuerzo de concentración para llegar a un vacío mental. Otros la reducen a actitudes y palabras rituales. En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo. Hay quienes buscan a Dios por medio de la oración, pero se desalientan pronto porque ignoran que la oración viene también del Espíritu Santo y no solamente de ellos.

2727 También tenemos que hacer frente a mentalidades de “este mundo” que nos invaden si no estamos vigilantes. Por ejemplo: lo verdadero sería sólo aquello que se puede verificar por la razón y la ciencia (ahora bien, orar es un misterio que desborda nuestra conciencia y nuestro inconsciente); es valioso aquello que produce y da rendimiento (luego, la oración es inútil, pues es improductiva); el sensualismo y el confort adoptados como criterios de verdad, de bien y de belleza (y he aquí que la oración es “amor de la Belleza absoluta” [philocalía], y sólo se deja cautivar por la gloria del Dios vivo y verdadero); y por reacción contra el activismo, se da otra mentalidad según la cual la oración es vista como posibilidad de huir de este mundo (pero la oración cristiana no puede escaparse de la historia ni divorciarse de la vida).

2728 Por último, en este combate hay que hacer frente a lo que es sentido como fracasos en la oración: desaliento ante la sequedad, tristeza de no entregarnos totalmente al Señor, porque tenemos “muchos bienes” (cf Mc 10, 22), decepción por no ser escuchados según nuestra propia voluntad; herida de nuestro orgullo que se endurece en nuestra indignidad de pecadores, difícil aceptación de la gratuidad de la oración, etc. La conclusión es siempre la misma: ¿Para qué orar? Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos.

II. La humilde vigilancia de la oración

Frente a las dificultades de la oración

2729 La dificultad habitual de la oración es la distracción. En la oración vocal, la distracción puede referirse a las palabras y al sentido de estas. La distracción, de un modo más profundo, puede referirse a Aquél al que oramos, tanto en la oración vocal (litúrgica o personal), como en la meditación y en la oración contemplativa. Dedicarse a perseguir las distracciones es caer en sus redes; basta con volver a nuestro corazón: la distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta humilde toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado. El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir (cf Mt 6,21.24).

2730 Mirado positivamente, el combate contra el ánimo posesivo y dominador es la vigilancia, la sobriedad del corazón. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al “hoy”. El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: “Dice de ti mi corazón: busca su rostro” (Sal 27, 8).

2731 Otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es la sequedad. Forma parte de la oración en la que el corazón está desprendido, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro. “El grano de trigo, si […] muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Si la sequedad se debe a falta de raíz, porque la Palabra ha caído sobre roca, no hay éxito en el combate sin una mayor conversión (cf Lc 8, 6.13).

Frente a las tentaciones en la oración

2732 La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de su más profundo deseo. Mientras tanto, nos volvemos al Señor como nuestro único recurso; pero ¿alguien se lo cree verdaderamente? Consideramos a Dios como asociado a la alianza con nosotros, pero nuestro corazón continúa en la arrogancia. En cualquier caso, la falta de fe revela que no se ha alcanzado todavía la disposición propia de un corazón humilde: «Sin mí, no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).

2733 Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedia. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. “El espíritu […] está pronto pero la carne es débil” (Mt 26, 41). Cuanto más alto es el punto desde el que alguien toma decisiones, tanto mayor es la dificultad. El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.

III. La confianza filial

2734 La confianza filial se prueba en la tribulación, ella misma se prueba (cf. Rm 5, 3-5). La principal dificultad se refiere a la oración de petición, al suplicar por uno mismo o por otros. Hay quien deja de orar porque piensa que su oración no es escuchada. A este respecto se plantean dos cuestiones: Por qué la oración de petición no ha sido escuchada; y cómo la oración es escuchada o “eficaz”.

Queja por la oración no escuchada

2735 He aquí una observación llamativa: cuando alabamos a Dios o le damos gracias por sus beneficios en general, no estamos preocupados por saber si esta oración le es agradable. Por el contrario, cuando pedimos, exigimos ver el resultado. ¿Cuál es entonces la imagen de Dios presente en este modo de orar: Dios como medio o Dios como el Padre de Nuestro Señor Jesucristo?

2736 ¿Estamos convencidos de que “nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26)? ¿Pedimos a Dios los “bienes convenientes”? Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta antes de que nosotros se lo pidamos (cf. Mt 6, 8), pero espera nuestra petición porque la dignidad de sus hijos está en su libertad. Por tanto es necesario orar con su Espíritu de libertad, para poder conocer en verdad su deseo (cf Rm 8, 27).

2737 “No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (St 4, 2-3; cf. todo el contexto de St 4, 1-10; 1, 5-8; 5, 16). Si pedimos con un corazón dividido, “adúltero” (St 4, 4), Dios no puede escucharnos porque Él quiere nuestro bien, nuestra vida. “¿Pensáis que la Escritura dice en vano: Tiene deseos ardientes el espíritu que él ha hecho habitar en nosotros” (St 4,5)? Nuestro Dios está “celoso” de nosotros, lo que es señal de la verdad de su amor. Entremos en el deseo de su Espíritu y seremos escuchados:

«No pretendas conseguir inmediatamente lo que pides, como si lograrlo dependiera de ti, pues Él quiere concederte sus dones cunado perseveras en la oración» (Evagrio Pontico, De oratione, 34).

Él quiere «que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que él está dispuesto a darnos» (San Agustín, Epistula 130, 8, 17).

Para que nuestra oración sea eficaz

2738 La revelación de la oración en la Economía de la salvación enseña que la fe se apoya en la acción de Dios en la historia. La confianza filial es suscitada por medio de su acción por excelencia: la Pasión y la Resurrección de su Hijo. La oración cristiana es cooperación con su Providencia y su designio de amor hacia los hombres.

2739 En san Pablo, esta confianza es audaz (cf Rm 10, 12-13), basada en la oración del Espíritu en nosotros y en el amor fiel del Padre que nos ha dado a su Hijo único (cf Rm 8, 26-39). La transformación del corazón que ora es la primera respuesta a nuestra petición.

2740 La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición eficaz. Él es su modelo. Él ora en nosotros y con nosotros. Puesto que el corazón del Hijo no busca más que lo que agrada al Padre, ¿cómo el de los hijos de adopción se apegaría más a los dones que al Dador?

2741 Jesús ora también por nosotros, en nuestro lugar y en favor nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre (cf Hb 5, 7; 7, 25; 9, 24). Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre, y aún más de lo que pedimos: recibimos al Espíritu Santo, que contiene todos los dones.

IV. Perseverar en el amor

2742 “Orad constantemente” (1 Ts 5, 17), “dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5, 20), “siempre en oración y suplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos” (Ef 6, 18). “No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar” (Evagrio Pontico, Capita practica ad Anatolium, 49). Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes:

2743 Orar es siempre posible: El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado que está con nosotros “todos los días” (Mt 28, 20), cualesquiera que sean las tempestades (cf Lc 8, 24). Nuestro tiempo está en las manos de Dios:

«Conviene que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o mientras da un paseo: igualmente el que está sentado ante su mesa de trabajo o el que dedica su tiempo a otras labores, que levante su alma a Dios: conviene también que el siervo alborotador o que anda yendo de un lado para otro, o el que se encuentra sirviendo en la cocina […], intenten elevar la súplica desde lo más hondo de su corazón» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 6).

2744 Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado (cf Ga 5, 16-25). ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser “vida nuestra”, si nuestro corazón está lejos de él?

«Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil […]. Es imposible […] que el hombre […] que ora […] pueda pecar» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 5).

«Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente» (San Alfonso María de Ligorio, Del gran mezzo della preghiera, pars 1, c. 1).

2745 Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado. “Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15, 16-17).

«Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos cumplir el mandato: “Orad constantemente”» (Orígenes, De oratione, 12, 2).

V. La oración en la hora de Jesús

2746 Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre (cf Jn 17). Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, sucedida “una vez por todas”, permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la Hora de Jesús sigue presente en la Liturgia de la Iglesia.

2747 La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración “sacerdotal” de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su “paso” [pascua] hacia el Padre donde él es “consagrado” enteramente al Padre (cf Jn 17, 11.13.19).

2748 En esta oración pascual, sacrificial, todo está “recapitulado” en Él (cf Ef 1, 10): Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en Él por su palabra, la humillación y su gloria. Es la oración de la unidad.

2749 Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la Hora de Jesús llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana (cf Jn 17, 11.13.19.24) debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el «Pantocrátor». Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

2750 Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que Él nos enseña: “¡Padre Nuestro!”. La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padre Nuestro: la preocupación por el Nombre del Padre (cf Jn 17, 6.11.12.26), el deseo de su Reino (la gloria; cf Jn 17, 1.5.10.24.23-26), el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su designio de salvación (cf Jn 17, 2.4.6.9.11.12.24) y la liberación del mal (cf Jn 17, 15).

2751 Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el “conocimiento” indisociable del Padre y del Hijo (cf Jn 17, 3.6-10.25) que es el misterio mismo de la vida de oración.

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Pedir a Dios la fuerza para salir de mí mismo y poder adecuar, sin temor, mi voluntad a la suya.

Diálogo con Cristo

Jesús, te reconozco como mi Dios y Señor, acepto el estilo de vida propuesto en tu Evangelio como el camino que me puede llevar a la santidad. Pero es un camino arduo, contra corriente, porque el mal tiene muchas y nuevas caras y las tentaciones se multiplican. Ataques vienen de todos lados: familia, amigos, medios de comunicación… Pero también para Ti fue difícil, así que ayúdame a no quejarme, a tener la sabiduría y la fortaleza para defender siempre tu verdad y buscar medios eficaces para mi formación permanente, medio por el cual puedo convertirme en un eficaz discípulo y misionero.

Evangelio del día: La fe es como un grano de mostaza

Evangelio del día: La fe es como un grano de mostaza

Evangelio del día

Sábado de la 18.ª semana del Tiempo Ordinario

Mateo 17, 14-20

Para permanecer en el Señor —para permanecer en el amor— es necesario el Espíritu Santo —por parte de Dios—; y por nuestra parte: confesar la fe que es un don y confiarse al Señor Jesús para adorar, alabar y ser personas de esperanza.

Evangelio

Cuando se reunieron con la multitud se le acercó un hombre y, cayendo de rodillas, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, que es epiléptico y está muy mal: frecuentemente cae en el fuego y también en el agua. Yo lo llevé a tus discípulos, pero no lo pudieron curar». Jesús respondió: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo aquí». Jesús increpó al demonio, y este salió del niño, que desde aquel momento quedó curado. Los discípulos se acercaron entonces a Jesús y le preguntaron en privado: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?». «Porque ustedes tienen poca fe», les dijo. «Les aseguro que si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: “Trasládate de aquí a allá”, y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Deuteronomio, Dt 6, 4-13

Salmo: Sal 18(17), 2-4.47.51

Oración introductoria

Señor, me falta fe… para ser perseverante en mi oración, para amar mejor a los demás, para ser fiel a mi misión. Inicio mi oración haciendo silencio en mi corazón; no un silencio vacío, sino lleno de esperanza al estar ante ti, poniéndome humildemente ante tu presencia, con la seguridad de que, por el gran amor que me tienes, fortalecerás mi fe.

Petición

Jesús, dame la gracia de asimilar que la verdadera oración consiste en unir mi voluntad a la de Dios.

Meditación del Santo Padre Francisco

[Queridos hermanos y hermanas:]

[…] «¿Qué es esta fe?». El Papa Francisco recordó al respecto cómo Jesús hablaba de la fe y mostraba la fuerza de la misma, como se deduce de los episodios evangélicos de la mujer hemorroísa, de la cananea, del hombre que se acerca para pedir una curación con fe —«¡es grande tu fe!»— y del ciego de nacimiento. El Señor, recordó, «decía también que el hombre que tiene fe como un grano de mostaza puede mover montañas».

Precisamente «esta fe nos pide dos actitudes: confesar y confiarnos» dijo el Papa. Ante todo «la fe es confesar a Dios; pero al Dios que se ha revelado a nosotros desde el tiempo de nuestros padres hasta ahora: el Dios de la historia». Es lo que afirmamos todos los días en el Credo. Pero —puntualizó el Pontífice— «una cosa es recitar el Credo desde el corazón y otra como loros: creo en Dios, creo en Jesucristo, creo…». El Papa continuó proponiendo un examen de conciencia: «¿Creo en lo que digo? ¿Esta confesión de fe es auténtica o lo digo de memoria porque se debe decir? ¿O creo a medias?».

Por lo tanto, se debe «confesar la fe». Y confesarla «toda, no una parte. ¡Toda!». Pero, añadió, se debe también «custodiarla por entero como llegó a nosotros por el camino de la tradición. ¡Toda la fe!». El Pontífice indicó luego «el signo» para reconocer si confesamos «bien la fe». En efecto «quien confiesa bien la fe, toda la fe, tiene la capacidad de adorar a Dios». Es un «signo» que puede parecer «un poco extraño —comentó el Papa— porque sabemos cómo pedir a Dios, cómo dar gracias a Dios. Pero adorar a Dios, alabar a Dios es algo más. Sólo quien tiene esta fe fuerte es capaz de la adoración».

Precisamente sobre la adoración, destacó el Papa, «me atrevo a decir que el termómetro de la vida de la Iglesia está un poco bajo: nosotros, cristianos, no tenemos mucha capacidad de adorar —algunos sí—, porque en la confesión de la fe no estamos convencidos. O estamos convencidos a medias». Deberíamos, en cambio, recuperar la capacidad «de alabar y adorar» a Dios; incluso porque, añadió el Pontífice, la oración para «pedir y agradecer la hacemos todos».

En cuanto a la segunda actitud, el Papa Francisco recordó cómo «el hombre o la mujer que tiene fe se confía a Dios. Se confía. Pablo, en el momento sombrío de su vida, decía: yo sé bien de quién me he fiado. De Dios. Del Señor Jesús». Y «fiarse —afirmó— nos conduce a la esperanza. Así como la confesión de la fe nos conduce a la adoración y a la alabanza de Dios, el confiarse a Dios nos lleva a una actitud de esperanza».

Sin embargo —alertó el Pontífice— «hay muchos cristianos con una esperanza con demasiada agua», una esperanza aguada que no es «fuerte». ¿Y cuál es la razón de esta «esperanza débil»? Precisamente la falta de «fuerza y valentía para confiarse al Señor». Para ser, por el contrario, «cristianos vencedores», destacó, debemos creer «confesando la fe, y también custodiando la fe, y encomendándonos a Dios, al Señor. Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe».

«Para permanecer en el Señor, para permanecer en el amor —repitió— es necesario el Espíritu Santo, por parte de Dios. Pero por parte nuestra: confesar la fe que es un don y confiarse al Señor Jesús para adorar, alabar y ser personas de esperanza». El Papa Francisco concluyó la homilía con la oración para que «el Señor nos haga comprender y vivir esta hermosa frase» del apóstol Juan que vuelve a proponer la liturgia: «Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe».

Santo Padre Francisco

El credo de los loros

Meditación del viernes, 10 de enero de 2014

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Quién no ve aquí descrito también precisamente nuestro mundo, en el que el cristiano está amenazado por una atmósfera anónima, por «lo que está en el aire», que quiere hacerle ver su fe como ridícula e insensata? ¿Quién no ve que existen contaminaciones del clima espiritual a escala universal que amenazan a la humanidad en su dignidad, incluso en su existencia? Los hombres, y también las comunidades humanas, parecen estar irremediablemente abandonadas a la acción de estos poderes. El cristiano sabe que tampoco puede hacer frente por sí solo a esa amenaza. Pero en la fe, en la comunión con el único verdadero Señor del mundo, se le han dado las «armas de Dios», con las que —en comunión con todo el cuerpo de Cristo— puede enfrentarse a esos poderes, sabiendo que el Señor nos vuelve a dar en la fe el aire limpio para respirar, el aliento del Creador, el aliento del Espíritu Santo, solamente en el cual el mundo puede ser sanado.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Jesús de Nazaret, primera parte, p. 74.

Propósito

Rezar con mucha fe, diariamente, la oración a mi ángel custodio.

Diálogo con Cristo

El ingrediente secreto para tener éxito en cualquier cosa es la fe. No es necesario nada más. Jesús, ahora veo que la oración no es opcional, sino que es el medio por el cual podemos crecer en la fe. Sólo quien reza, es decir, quien confía en Dios, con un amor filial, puede sanarse a sí mismo y a los demás.

✦ ✦ ✦