Papa Francisco: Homilía en la Santa Misa de Nochebuena 2015

Papa Francisco: Homilía en la Santa Misa de Nochebuena 2015

En esta noche brilla una «luz grande» (Is 9,1); sobre nosotros resplandece la luz del nacimiento de Jesús. Qué actuales y ciertas son las palabras del profeta Isaías, que acabamos de escuchar: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (Is 9,2). Nuestro corazón estaba ya lleno de alegría mientras esperaba este momento; ahora, ese sentimiento se ha incrementado hasta rebosar, porque la promesa se ha cumplido, por fin se ha realizado. El gozo y la alegría nos aseguran que el mensaje contenido en el misterio de esta noche viene verdaderamente de Dios. No hay lugar para la duda; dejémosla a los escépticos que, interrogando sólo a la razón, no encuentran nunca la verdad. No hay sitio para la indiferencia, que se apodera del corazón de quien no sabe querer, porque tiene miedo de perder algo. La tristeza es arrojada fuera, porque el Niño Jesús es el verdadero consolador del corazón.

Hoy ha nacido el Hijo de Dios: todo cambia. El Salvador del mundo viene a compartir nuestra naturaleza humana, no estamos ya solos ni abandonados. La Virgen nos ofrece a su Hijo como principio de vida nueva. La luz verdadera viene a iluminar nuestra existencia, recluida con frecuencia bajo la sombra del pecado. Hoy descubrimos nuevamente quiénes somos. En esta noche se nos muestra claro el camino a seguir para alcanzar la meta. Ahora tiene que cesar el miedo y el temor, porque la luz nos señala el camino hacia Belén. No podemos quedarnos inermes. No es justo que estemos parados. Tenemos que ir y ver a nuestro Salvador recostado en el pesebre. Este es el motivo del gozo y la alegría: este Niño «ha nacido para nosotros», «se nos ha dado», como anuncia Isaías (cf. 9,5). Al pueblo que desde hace dos mil años recorre todos los caminos del mundo, para que todos los hombres compartan esta alegría, se le confía la misión de dar a conocer al «Príncipe de la paz» y ser entre las naciones su instrumento eficaz.

Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso. Este Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota la luz de la gloria de Dios. Desde aquí, comienza para los hombres de corazón sencillo el camino de la verdadera liberación y del rescate perpetuo. De este Niño, que lleva grabados en su rostro los rasgos de la bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre, brota para todos nosotros sus discípulos, como enseña el apóstol Pablo, el compromiso de «renunciar a la impiedad» y a las riquezas del mundo, para vivir una vida «sobria, justa y piadosa» (Tt2,12).

En una sociedad frecuentemente ebria de consumo y de placeres, de abundancia y de lujo, de apariencia y de narcisismo, Él nos llama a tener un comportamiento sobrio, es decir, sencillo, equilibrado, lineal, capaz de entender y vivir lo que es importante. En un mundo, a menudo duro con el pecador e indulgente con el pecado, es necesario cultivar un fuerte sentido de la justicia, de la búsqueda y el poner en práctica la voluntad de Dios. Ante una cultura de la indiferencia, que con frecuencia termina por ser despiadada, nuestro estilo de vida ha de estar lleno de piedad, de empatía, de compasión, de misericordia, que extraemos cada día del pozo de la oración.

Que, al igual que el de los pastores de Belén, nuestros ojos se llenen de asombro y maravilla al contemplar en el Niño Jesús al Hijo de Dios. Y que, ante Él, brote de nuestros corazones la invocación: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8).

Papa Francisco: Homilía en la Santa Misa de Nochebuena 2015, 
Basílica Vaticana, Jueves 24 de diciembre de 2015


Evangelio del día: Y la «Palabra» se hizo carne

Evangelio del día: Y la «Palabra» se hizo carne

Juan 1, 1-18. Segundo Domingo después de Navidad. El nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo es la demostración del deseo de unión de Dios a cada hombre y mujer para comunicarnos su vida y su alegría.

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él, al declarar: «Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo». De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Eclesiástico, Eclo 24, 1-2.8-12

Salmo: Sal 147, 12-15.19-20

Segunda lectura: Carta de san Pablo a los Efesios, Ef 1, 3-6.15-18

Oración introductoria

Gracias, Señor, por esta Navidad. Creo que te hiciste niño para redimirme y mostrarme el amor de Dios Padre. Hoy, como aquellos pastores de Belén, me anuncias la gran noticia: «hoy ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor», ilumina mi oración para saber contemplar este maravilloso misterio de amor.

Petición

Dame la gracia de ir a tu encuentro en esta oración, con las mismas disposiciones que tuvieron los pastores: humildad y apertura

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La liturgia de este domingo nos vuelve a proponer, en el Prólogo del Evangelio de san Juan, el significado más profundo del Nacimiento de Jesús. Él es la Palabra de Dios que se hizo hombre y puso su «tienda», su morada entre los hombres. Escribe el evangelista: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). En estas palabras, que no dejan de asombrarnos, está todo el cristianismo. Dios se hizo mortal, frágil como nosotros, compartió nuestra condición humana, excepto en el pecado, pero cargó sobre sí mismo los nuestros, como si fuesen propios. Entró en nuestra historia, llegó a ser plenamente Dios-con-nosotros. El nacimiento de Jesús, entonces, nos muestra que Dios quiso unirse a cada hombre y a cada mujer, a cada uno de nosotros, para comunicarnos su vida y su alegría.

Así Dios es Dios con nosotros, Dios que nos ama, Dios que camina con nosotros. Éste es el mensaje de Navidad: el Verbo se hizo carne. De este modo la Navidad nos revela el amor inmenso de Dios por la humanidad. De aquí se deriva también el entusiasmo, nuestra esperanza de cristianos, que en nuestra pobreza sabemos que somos amados, visitados y acompañados por Dios; y miramos al mundo y a la historia como el lugar donde caminar juntos con Él y entre nosotros, hacia los cielos nuevos y la tierra nueva. Con el nacimiento de Jesús nació una promesa nueva, nació un mundo nuevo, pero también un mundo que puede ser siempre renovado. Dios siempre está presente para suscitar hombres nuevos, para purificar el mundo del pecado que lo envejece, del pecado que lo corrompe. En lo que la historia humana y la historia personal de cada uno de nosotros pueda estar marcada por dificultades y debilidades, la fe en la Encarnación nos dice que Dios es solidario con el hombre y con su historia. Esta proximidad de Dios al hombre, a cada hombre, a cada uno de nosotros, es un don que no se acaba jamás. ¡Él está con nosotros! ¡Él es Dios con nosotros! Y esta cercanía no termina jamás. He aquí el gozoso anuncio de la Navidad: la luz divina, que inundó el corazón de la Virgen María y de san José, y guio los pasos de los pastores y de los magos, brilla también hoy para nosotros.

En el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios hay también un aspecto vinculado con la libertad humana, con la libertad de cada uno de nosotros. En efecto, el Verbo de Dios pone su tienda entre nosotros, pecadores y necesitados de misericordia. Y todos nosotros deberíamos apresurarnos a recibir la gracia que Él nos ofrece. En cambio, continúa el Evangelio de san Juan, «los suyos no lo recibieron» (v. 11). Incluso nosotros muchas veces lo rechazamos, preferimos permanecer en la cerrazón de nuestros errores y en la angustia de nuestros pecados. Pero Jesús no desiste y no deja de ofrecerse a sí mismo y ofrecer su gracia que nos salva. Jesús es paciente, Jesús sabe esperar, nos espera siempre. Ésto es un mensaje de esperanza, un mensaje de salvación, antiguo y siempre nuevo. Y nosotros estamos llamados a testimoniar con alegría este mensaje del Evangelio de la vida, del Evangelio de la luz, de la esperanza y del amor. Porque el mensaje de Jesús es éste: vida, luz, esperanza y amor.

Que María, Madre de Dios y nuestra Madre de ternura, nos sostenga siempre, para que permanezcamos fieles a la vocación cristiana y podamos realizar los deseos de justicia y de paz que llevamos en nosotros al incio de este nuevo año.

Santo Padre Francisco

Ángelus del domingo, 5 de enero de 2014

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo —segundo después de Navidad y primero del año nuevo— me alegra renovar a todos mi deseo de todo bien en el Señor. No faltan los problemas, en la Iglesia y en el mundo, al igual que en la vida cotidiana de las familias. Pero, gracias a Dios, nuestra esperanza no se basa en pronósticos improbables ni en las previsiones económicas, aunque sean importantes. Nuestra esperanza está en Dios, no en el sentido de una religiosidad genérica, o de un fatalismo disfrazado de fe. Nosotros confiamos en el Dios que en Jesucristo ha revelado de modo completo y definitivo su voluntad de estar con el hombre, de compartir su historia, para guiarnos a todos a su reino de amor y de vida. Y esta gran esperanza anima y a veces corrige nuestras esperanzas humanas.

De esa revelación nos hablan hoy, en la liturgia eucarística, tres lecturas bíblicas de una riqueza extraordinaria: el capítulo 24 del Libro del Sirácida, el himno que abre la Carta a los Efesios de san Pablo y el prólogo del Evangelio de san Juan. Estos textos afirman que Dios no sólo es el creador del universo —aspecto común también a otras religiones— sino que es Padre, que «nos eligió antes de crear el mundo (…) predestinándonos a ser sus hijos adoptivos» (Ef 1, 4-5) y que por esto llegó hasta el punto inconcebible de hacerse hombre: «El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14). El misterio de la Encarnación de la Palabra de Dios fue preparado en el Antiguo Testamento, especialmente donde la Sabiduría divina se identifica con la Ley de Moisés. En efecto, la misma Sabiduría afirma: «El creador del universo me hizo plantar mi tienda, y me dijo: «Pon tu tienda en Jacob, entra en la heredad de Israel»» (Si 24, 8). En Jesucristo, la Ley de Dios se ha hecho testimonio vivo, escrita en el corazón de un hombre en el que, por la acción del Espíritu Santo, reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad (cf. Col 2, 9).

Queridos amigos, esta es la verdadera razón de la esperanza de la humanidad: la historia tiene un sentido, porque en ella «habita» la Sabiduría de Dios. Sin embargo, el designio divino no se cumple automáticamente, porque es un proyecto de amor, y el amor genera libertad y pide libertad. Ciertamente, el reino de Dios viene, más aún, ya está presente en la historia y, gracias a la venida de Cristo, ya ha vencido a la fuerza negativa del maligno. Pero cada hombre y cada mujer es responsable de acogerlo en su vida, día tras día. Por eso, también 2010 será un año más o menos «bueno» en la medida en que cada uno, de acuerdo con sus responsabilidades, sepa colaborar con la gracia de Dios. Por lo tanto, dirijámonos a la Virgen María, para aprender de ella esta actitud espiritual. El Hijo de Dios tomó carne de ella, con su consentimiento. Cada vez que el Señor quiere dar un paso adelante, junto con nosotros, hacia la «tierra prometida», llama primero a nuestro corazón; espera, por decirlo así, nuestro «sí», tanto en las pequeñas decisiones como en las grandes. Que María nos ayude a aceptar siempre la voluntad de Dios, con humildad y valentía, a fin de que también las pruebas y los sufrimientos de la vida contribuyan a apresurar la venida de su reino de justicia y de paz.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Ángelus del domingo, 3 de enero de 2010

Propósito

Con una alegre creatividad, celebrar la Navidad con auténtico espíritu cristiano.

Diálogo con Cristo

Jesús, contemplar el misterio de la Navidad me confirma el gran amor que tienes por cada uno de nosotros. Me doy cuenta de que Tú viniste al mundo para amar y para enseñarme a amar. Ayúdame a vivir como Tú en la entrega generosa y delicada a los demás, que mi actitud sea como la de los pastores, que corra presuroso a procurar el bien en todos y en cada uno de los miembros de mi familia.

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Evangelio del día: Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Evangelio del día: Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Lucas 2, 16-21. Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Tiempo de Navidad (1 de enero). María está desde siempre presente en el corazón, en la devoción y, sobre todo, en el camino de fe del pueblo cristiano.

Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de que decían los pastores. Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido. Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se el puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Angel antes de su concepción.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Números, Núm 6, 22-27

Salmo: Sal 67(66), 2-8

Segunda lectura: Carta de san Pablo a los Gálatas, Gál 4, 4-7

Oración introductoria

Gracias, Señor, por permitir que inicie este año buscando tener un momento de intimidad contigo en la oración. Invoco a tu santísima Madre para que me ayude a contemplar su ejemplo y virtudes. Ruego al Espíritu Santo que infunda en mí su luz y fortaleza para crecer en la humildad de los pastores.

Petición

Señor, ayúdame a incrementar mi amor por María.

Meditación del Santo Padre Francisco

La primera lectura que hemos escuchado nos propone una vez más las antiguas palabras de bendición que Dios sugirió a Moisés para que las enseñara a Aarón y a sus hijos: «Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,24-25). Es muy significativo escuchar de nuevo esta bendición precisamente al comienzo del nuevo año: ella acompañará nuestro camino durante el tiempo que ahora nos espera. Son palabras de fuerza, de valor, de esperanza. No de una esperanza ilusoria, basada en frágiles promesas humanas; ni tampoco de una esperanza ingenua, que imagina un futuro mejor sólo porque es futuro. Esta esperanza tiene su razón de ser precisamente en la bendición de Dios, una bendición que contiene el mejor de los deseos, el deseo de la Iglesia para todos nosotros, impregnado de la protección amorosa del Señor, de su ayuda providente.

El deseo contenido en esta bendición se ha realizado plenamente en una mujer, María, por haber sido destinada a ser la Madre de Dios, y se ha cumplido en ella antes que en ninguna otra criatura.

Madre de Dios. Este es el título principal y esencial de la Virgen María. Es una cualidad, un cometido, que la fe del pueblo cristiano siempre ha experimentado, en su tierna y genuina devoción por nuestra madre celestial.

Recordemos aquel gran momento de la historia de la Iglesia antigua, el Concilio de Éfeso, en el que fue definida con autoridad la divina maternidad de la Virgen. La verdad sobre la divina maternidad de María encontró eco en Roma, donde poco después se construyó la Basílica de Santa María «la Mayor», primer santuario mariano de Roma y de todo occidente, y en el cual se venera la imagen de la Madre de Dios —la Theotokos— con el título de Salus populi romani. Se dice que, durante el Concilio, los habitantes de Éfeso se congregaban a ambos lados de la puerta de la basílica donde se reunían los Obispos, gritando: «¡Madre de Dios!». Los fieles, al pedir que se definiera oficialmente este título mariano, demostraban reconocer ya la divina maternidad. Es la actitud espontánea y sincera de los hijos, que conocen bien a su madre, porque la aman con inmensa ternura. Pero es algo más: es el sensus fidei del santo pueblo fiel de Dios, que nunca, en su unidad, nunca se equivoca.

María está desde siempre presente en el corazón, en la devoción y, sobre todo, en el camino de fe del pueblo cristiano. «La Iglesia… camina en el tiempo… Pero en este camino —deseo destacarlo enseguida— procede recorriendo de nuevo el itinerario realizado por la Virgen María» (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 2). Nuestro itinerario de fe es igual al de María, y por eso la sentimos particularmente cercana a nosotros. Por lo que respecta a la fe, que es el quicio de la vida cristiana, la Madre de Dios ha compartido nuestra condición, ha debido caminar por los mismos caminos que recorremos nosotros, a veces difíciles y oscuros, ha debido avanzar en «la peregrinación de la fe» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. Lumen gentium, 58).

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: «He ahí a tu madre» (Jn 19,27). Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre. En aquella hora en la que la fe de los discípulos se agrietaba por tantas dificultades e incertidumbres, Jesús les confió a aquella que fue la primera en creer, y cuya fe no decaería jamás. Y la «mujer» se convierte en nuestra Madre en el momento en el que pierde al Hijo divino. Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres, buenos y malos, a todos, y los ama como los amaba Jesús. La mujer que en las bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los demás. María se convierte así en fuente de esperanza y de verdadera alegría.

La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María. A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz y de Dios; y la invocamos todos juntos :, y os invito a invocarla tres veces, imitando a aquellos hermanos de Éfeso, diciéndole: ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! Amén.

Santo Padre Francisco

Homilía del miércoles, 1 de enero de 2014

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas

«Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros». Así, con estas palabras del Salmo 66, hemos aclamado, después de haber escuchado en la primera lectura la antigua bendición sacerdotal sobre el pueblo de la alianza. Es particularmente significativo que al comienzo de cada año Dios proyecte sobre nosotros, su pueblo, la luminosidad de su santo Nombre, el Nombre que viene pronunciado tres veces en la solemne fórmula de la bendición bíblica. Resulta también muy significativo que al Verbo de Dios, que «se hizo carne y habitó entre nosotros» como la «luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9.14), se le dé, ocho días después de su nacimiento – como nos narra el evangelio de hoy – el nombre de Jesús (cf. Lc 2,21).

Estamos aquí reunidos en este nombre. Saludo de corazón a todos los presentes, en primer lugar a los ilustres Embajadores del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. Saludo con afecto al Cardenal Bertone, mi Secretario de Estado, y al Cardenal Turkson, junto a todos los miembros del Pontificio Consejo Justicia y Paz; a ellos les agradezco particularmente su esfuerzo por difundir el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que este año tiene como tema «Bienaventurados los que trabajan por la paz».

A pesar de que el mundo está todavía lamentablemente marcado por «focos de tensión y contraposición provocados por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado», así como por distintas formas de terrorismo y criminalidad, estoy persuadido de que «las numerosas iniciativas de paz que enriquecen el mundo atestiguan la vocación innata de la humanidad hacia la paz. El deseo de paz es una aspiración esencial de cada hombre, y coincide en cierto modo con el deseo de una vida humana plena, feliz y lograda… El hombre está hecho para la paz, que es un don de Dios. Todo esto me ha llevado a inspirarme para este mensaje en las palabras de Jesucristo: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9)» (Mensaje, 1). Esta bienaventuranza «dice que la paz es al mismo tiempo un don mesiánico y una obra humana …Se trata de paz con Dios viviendo según su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior con el prójimo y con toda la creación» (ibíd., 2 y 3). Sí, la paz es el bien por excelencia que hay que pedir como don de Dios y, al mismo tiempo, construir con todas las fuerzas.

Podemos preguntarnos: ¿Cuál es el fundamento, el origen, la raíz de esta paz? ¿Cómo podemos sentir la paz en nosotros, a pesar de los problemas, las oscuridades, las angustias? La respuesta la tenemos en las lecturas de la liturgia de hoy. Los textos bíblicos, sobre todo el evangelio de san Lucas que se ha proclamado hace poco, nos proponen contemplar la paz interior de María, la Madre de Jesús. A ella, durante los días en los que «dio a luz a su hijo primogénito» (Lc 2,7), le sucedieron muchos acontecimientos imprevistos: no solo el nacimiento del Hijo, sino que antes un extenuante viaje desde Nazaret a Belén, el no encontrar sitio en la posada, la búsqueda de un refugio para la noche; y después el canto de los ángeles, la visita inesperada de los pastores. En todo esto, sin embargo, María no pierde la calma, no se inquieta, no se siente aturdida por los sucesos que la superan; simplemente considera en silencio cuanto sucede, lo custodia en su memoria y en su corazón, reflexionando sobre eso con calma y serenidad. Es esta la paz interior que nos gustaría tener en medio de los acontecimientos a veces turbulentos y confusos de la historia, acontecimientos cuyo sentido no captamos con frecuencia y nos desconciertan.

El texto evangélico termina con una mención a la circuncisión de Jesús. Según la ley de Moisés, un niño tenía que ser circuncidado ocho días después de su nacimiento, y en ese momento se le imponía el nombre. Dios mismo, mediante su mensajero, había dicho a María –y también a José– que el nombre del Niño era «Jesús» (cf. Mt 1,21; Lc 1,31); y así sucedió. El nombre que Dios había ya establecido aún antes de que el Niño fuera concebido se le impone oficialmente en el momento de la circuncisión. Y esto marca también definitivamente la identidad de María: ella es «la madre de Jesús», es decir la madre del Salvador, del Cristo, del Señor. Jesús no es un hombre como cualquier otro, sino el Verbo de Dios, una de las Personas divinas, el Hijo de Dios: por eso la Iglesia ha dado a María el título de Theotokos, es decir «Madre de Dios».

La primera lectura nos recuerda que la paz es un don de Dios y que está unida al esplendor del rostro de Dios, según el texto del Libro de los Números, que transmite la bendición utilizada por los sacerdotes del pueblo de Israel en las asambleas litúrgicas. Una bendición que repite tres veces el santo nombre de Dios, el nombre impronunciable, y uniéndolo cada vez a dos verbos que indican una acción favorable al hombre: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine el Señor su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (6,24-26). La paz es por tanto la culminación de estas seis acciones de Dios en favor nuestro, en las que vuelve el esplendor de su rostro sobre nosotros.

Para la sagrada Escritura, contemplar el rostro de Dios es la máxima felicidad: «lo colmas de gozo delante de tu rostro», dice el salmista (Sal 21,7). Alegría, seguridad y paz, nacen de la contemplación del rostro de Dios. Pero, ¿qué significa concretamente contemplar el rostro del Señor, tal y como lo entiende el Nuevo Testamento? Quiere decir conocerlo directamente, en la medida en que es posible en esta vida, mediante Jesucristo, en el que se ha revelado. Gozar del esplendor del rostro de Dios quiere decir penetrar en el misterio de su Nombre que Jesús nos ha manifestado, comprender algo de su vida íntima y de su voluntad, para que vivamos de acuerdo con su designio de amor sobre la humanidad. Lo expresa el apóstol Pablo en la segunda lectura, tomada de la Carta a los Gálatas (4,4-7), al hablar del Espíritu que grita en lo más profundo de nuestros corazones: «¡Abba Padre!». Es el grito que brota de la contemplación del rostro verdadero de Dios, de la revelación del misterio de su Nombre. Jesús afirma: «He manifestado tu nombre a los hombres» (Jn 17,6). El Hijo de Dios que se hizo carne nos ha dado a conocer al Padre, nos ha hecho percibir en su rostro humano visible el rostro invisible del Padre; a través del don del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, nos ha hecho conocer que en él también nosotros somos hijos de Dios, como afirma san Pablo en el texto que hemos escuchado: «Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba Padre!»» (Ga 4,6).

Queridos hermanos, aquí está el fundamento de nuestra paz: la certeza de contemplar en Jesucristo el esplendor del rostro de Dios Padre, de ser hijos en el Hijo, y de tener así, en el camino de nuestra vida, la misma seguridad que el niño experimenta en los brazos de un padre bueno y omnipotente. El esplendor del rostro del Señor sobre nosotros, que nos da paz, es la manifestación de su paternidad; el Señor vuelve su rostro sobre nosotros, se manifiesta como Padre y nos da paz. Aquí está el principio de esa paz profunda –«paz con Dios»– que está unida indisolublemente a la fe y a la gracia, como escribe san Pablo a los cristianos de Roma (cf. Rm 5,2). No hay nada que pueda quitar a los creyentes esta paz, ni siquiera las dificultades y sufrimientos de la vida. En efecto, los sufrimientos, las pruebas y las oscuridades no debilitan sino que fortalecen nuestra esperanza, una esperanza que no defrauda porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

Que la Virgen María, a la que hoy veneramos con el título de Madre de Dios, nos ayude a contemplar el rostro de Jesús, Príncipe de la Paz. Que nos sostenga y acompañe en este año nuevo; que obtenga para nosotros y el mundo entero el don de la paz. Amén.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Homilía del martes, 1 de enero de 2013

Propósito

Si queremos salir de estas Navidades «glorificando y alabando a Dios por todo lo que hemos visto y oído» y de habernos encontrado con Cristo niño, hace falta desprendimiento de nosotros mismos, humildad y oración. Y así, todos los que nos escuchen se maravillarán de las cosas que les decimos.

Diálogo con Cristo

Gracias, Señor, porque hoy me muestras la fe de la Virgen, que meditaba todos los acontecimientos en su corazón. Y los pastores, qué gran lección de humildad y de amor. No preguntan, no cuestionan, con sencillez aceptan el anuncio y salen maravillados después de contemplar a Jesús. Permite, Señor, que en este nuevo año sepa cultivar la unión contigo en la oración, para que pueda verte en todos los acontecimientos. Para ello sé que se necesita más que el deseo o la buena intención, tengo que hacer una opción radical por la oración, que me lleve a dedicarte lo mejor de mi tiempo.

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Evangelio del día: En el Templo con la profetisa Ana

Evangelio del día: En el Templo con la profetisa Ana

Lucas 2, 36-40. Tiempo de Navidad (30 de diciembre). Los abuelos son la sabiduría de la familia, son la sabiduría de un pueblo. Y un pueblo que no escucha a los abuelos es un pueblo que muere. ¡Escuchar a los abuelos!

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casa en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Epístola I de san Juan, 1 Jn 2, 12-17

Salmo: Sal 96(95), 7-10

Oración preparatoria

Ven, Espíritu Santo, que esta oración me fortalezca para evitar actitudes de indolencia, desidia o pereza y me ayude a comprender el valor del tiempo. Te ofrezco esmerarme por saber aprovechar cada minuto de mi vida para darte gloria, sirviendo con alegría y mucho amor a los demás; con tu gracia, sé que lo voy a lograr.

Petición

Cristo, dame la gracia de sentir el apremio por hacer rendir al máximo el tiempo que Dios me concede.

Meditación del Santo Padre Francisco

Y para concluir, aquí adelante se encuentra el icono de la Presentación de Jesús en el Templo. Es un icono realmente hermoso e importante. Contemplémoslo y dejémonos ayudar por esta imagen. Como todos ustedes, también los protagonistas de esta escena han hecho su camino: María y José se han puesto en marcha, como peregrinos a Jerusalén, para cumplir la ley del Señor; del mismo modo el viejo Simeón y la profetisa Ana, también ella muy anciana, han llegado al Templo llevados por el Espíritu Santo. La escena nos muestra este encuentro de tres generaciones, el encuentro de tres generaciones: Simeón tiene en brazos al Niño Jesús, en el cual reconoce al Mesías, y Ana aparece alabando a Dios y anunciando la salvación a quien espera la redención de Israel. Estos dos ancianos representan la fe como memoria. Y yo les pregunto: «¿Ustedes escuchan a los abuelos? ¿Abren su corazón a la memoria que nos transmiten los abuelos? Los abuelos son la sabiduría de la familia, son la sabiduría de un pueblo. Y un pueblo que no escucha a los abuelos es un pueblo que muere. ¡Escuchar a los abuelos! María y José son la familia santificada por la presencia de Jesús, que es el cumplimiento de todas las promesas. Toda familia, como la de Nazaret, forma parte de la historia de un pueblo y no podría existir sin las generaciones precedentes. Y por eso hoy tenemos aquí a los abuelos y a los niños. Los niños aprenden de los abuelos, de la generación precedente.

Queridas familias, también ustedes son parte del pueblo de Dios. Caminen con alegría junto a este pueblo. Permanezcan siempre unidas a Jesús y den testimonio de Él a todos. Les agradezco que hayan venido. Juntos, hagamos nuestras las palabras de San Pedro, que nos dan y nos seguirán dando fuerza en los momentos difíciles: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). Con la gracia de Cristo, vivan la alegría de fe. El Señor les bendiga y María, nuestra Madre, les proteja y les acompañe. Gracias.

Santo Padre Francisco

Discurso del sábado, 26 de octubre de 2013

Propósito

Pedir a María, nuestra Madre, que lleve a Jesús todas nuestras intenciones de ser mejores portadores del Evangelio.

Diálogo con Cristo

Jesús, sólo llevándote en mi corazón podré transmite tu paz, tan necesaria en el mundo convulsionado por la violencia y la inseguridad. Por intercesión de san Lucas, concédeme que todos mis pensamientos, palabras y obras siembren la paz, principalmente en mi propia familia

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Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

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Guía para vivir el Año Santo de la Misericordia junto al Papa Francisco: Diciembre 2015

Guía para vivir el Año Santo de la Misericordia junto al Papa Francisco: Diciembre 2015

“El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia.  La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios.  Ninguno como María ha conocido la profundidad el misterio de Dios hecho hombre.  Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne.  La Madre del Crucificado-Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor.

firmafrancisco


(Misericordiae Vultus, 24)

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La Virgen de Guadalupe, Madre de la Misericordia

Virgen de Guadalupe

Escuchamos al Papa Francisco

“El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia.  La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios.  Ninguno como María ha conocido la profundidad el misterio de Dios hecho hombre.  Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne.  La Madre del Crucificado-Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor.

Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús.  Su canto de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende “de generación en generación” (Lc 1,50). También nosotros estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María.  Esto nos servirá de consolación y de apoyo mientras atravesaremos la Puerta Santa para experimentar los frutos de la misericordia divina.

Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús.  El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios.  María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir ninguno.  Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús.”

Misericordiae Vultus, 24

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Escuchamos la Palabra de Dios

“Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí.  Jesús también fue invitado con sus discípulos.  Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino».  Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía».  Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga».  Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una.  Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde.  “Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete”.  Así lo hicieron.  El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: “siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento”. Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea.  Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.”

Evangelio de Juan 2, 1-11

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Un salmo para alabar  

A cada estrofa del salmo repetimos:

¡Felices los que van por un camino intachable,

los que siguen la ley del Señor!

¡Cuánto amo tu ley,

todo el día la medito!

Tus mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos,

porque siempre me acompañan.

Soy más prudente que todos mis maestros,

porque siempre medito tus prescripciones.

Soy más inteligente que los ancianos,

porque observo tus preceptos.

Yo aparto mis pies del mal camino,

para cumplir tu palabra.

No me separo de tus juicios,

porque eres tú el que me enseñas.

¡Qué dulce es tu palabra para mi boca,

es más dulce que la miel!

Tus preceptos me hacen comprender:

por eso aborrezco el camino de la mentira.

Salmo 119, 97-103 

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Para reflexionar y/o compartir en grupo

  1. ¿De qué manera creemos que la Virgen María entró en el santuario de la misericordia junto a su hijo, Jesús?
  2. ¿Qué sentimientos nos despierta el hecho de saber que tenemos a María de Guadalupe, nuestra querida Madre, intercediendo por nosotros frente a su hijo, Jesús?
  3. ¿Por qué creemos que la Virgen María es conocida como la madre del Amor y de la Misericordia?
  4. ¿Qué implica para nuestras vidas responder al pedido de la Virgen María, que nos dice: “Haga lo que Jesús les diga”?
  5. Compartimos en común todo lo reflexionado y, entre todos, buscamos alguna forma de expresarle nuestro amor y agradecimiento a la Virgen María de Guadalupe, por permitir con su “sí” que la Misericordia entre en el mundo.

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Intenciones

A cada intención respondemos: ¡María de Guadalupe, Madre de la Misericordia, ayúdanos a mostrar la ternura de Dios a nuestros hermanos!

  • Te pedimos, bienaventurada Virgen María, que cuides y protejas al Papa Francisco, para que siga siendo un testigo preclaro de la Misericordia Divina. Oremos…
  • Madre bondadosa de Guadalupe, te pedimos que acompañes e ilumines a la Iglesia, para que testimonie con alegría y sencillez el gran amor que Dios nos ha manifestado.  Oremos…
  • Madre del Amor, haz que vivamos el misterio de Dios hecho hombre y ayúdanos a plasmarlo en nuestras vidas testimoniando con misericordia a nuestros hermanos.  Oremos…
  • Madre de la Misericordia, te pedimos que seamos fieles a nuestro compromiso con la vida; que tengamos para con nuestros hermanos la ternura de Dios en la mirada y que nuestros actos los realicemos con alegría.  Oremos…
  • Madre de la Compasión, así como fuiste preparada desde siempre para ser alianza entre Dios y los hombres, danos fuerza y decisión para trabajar por la reconciliación y la paz entre todos nuestros compatriotas.  Oremos…
  • Madre de la Comprensión, te pedimos que intercedas por nosotros y todos los que amamos, para que nos ayudes nuestro peregrinar; de manera que vivamos en el perdón y el amor de Dios, por siempre.  Oremos…

Agregamos nuestras intenciones personales y comunitarias…

Rezamos un Padrenuestro, La Salve (Salve Regina) y el Gloria.

Repetimos con convicción la advocación: ¡Jesús, en vos confío!  ¡Jesús, en vos confío!  ¡Jesús, en vos confío!

Oración: Madre de la Misericordia, que la alegría de tus actos sean los que imitemos, que la fidelidad de tu vida divina sea la que nos guíe en nuestras vidas.  María ayúdanos para que seamos testigos de la Misericordia Divina, que mostremos el rostro de tu Hijo a nuestros hermanos, que la parte divina de nuestra humanidad crezca cada vez con más fuerza dentro nuestro por la fuerza de tu amor.  Madre, así como fuiste preparada desde siempre para ser puente entre Dios y los hombres, danos tu fuerza para trabajar por la reconciliación y el perdón.  Ayúdanos a incluir a tu hijo amado, Jesús, en nuestras vidas y en la de nuestros hermanos, de manera que todos seamos capaces de vivir en el amor, siendo misericordiosos como el Padre.  ¡Te lo pedimos por Cristo, Nuestro Señor! ¡Amén! 

Señal de la Cruz

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Compromiso personal del mes

Este mes de diciembre voy a acercarme a una Iglesia o Santuario para rezar el rosario y  pasar un buen rato junto a  la Virgen María.  También podré colaborar con alguna acción pastoral de la Parroquia más cercana u otro compromiso similar…

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Para memorizar y rezar durante el mes de diciembre

¡María de Guadalupe, ayúdanos a vivir con intensidad este Año Santo!

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La misericordia en los santos 

Beata Madre Teresa de Calcuta (1910-1997).  Solo por amor.  Una señora, impresionada por verla bañar a un leproso, le dijo: -Yo no bañaría a un leproso ni por un millón de dólares.  La Madre Teresa le contestó: -Yo tampoco, porque a un leproso solo se lo puede bañar por amor.

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Un cuento para rumiar

MERIENDA INESPERADA

Mateo, con apenas ocho años, quería conocer a Dios…  Sabía que tendría que hacer un largo viaje para llegar hasta donde Él vive, así que guardó en su mochila pastelitos de chocolate y refrescos de fruta.  Y, a la hora de la siesta, empezó su camino. Cuando había caminado un rato largo, se encontró con una mujer anciana.  Estaba sentada en un banco del parque, sola, contemplando en silencio algunas palomas que picoteaban migajas de pan que ella les arrojaba.

Mateo se sentó junto a ella y abrió su mochila.  Comenzó a beber uno de sus refrescos cuando notó que la anciana le miraba, así que le ofreció uno de ellos.  Ella, agradecida, lo aceptó y le sonrió.  Su sonrisa era muy bella, tanto que el niño quería verla de nuevo, así que le ofreció entonces uno de sus pastelillos. De nuevo, ella le volvió a sonreír.  Mateo estaba encantado, y se quedó toda la tarde junto a ella, comiendo y sonriendo, aunque sin hablar una palabra.  Cuando estaba oscureciendo, Mateo se levantó para irse.

Dio algunos pasos, pero se detuvo; dio vuelta atrás, corrió hacia la anciana y le dio un abrazo.  Ella después de abrazarlo, le dedicó la más grande  sonrisa de su vida.  Cuando Mateo llegó a su casa, su madre quedó sorprendida de la cara de felicidad que traía.  Entonces le preguntó:

–Hijo, ¿qué hiciste hoy que te veo tan feliz?

Mateo le  contestó:

– ¡Hoy merendé con Dios!

Y antes de que su madre reaccionara, añadió:

–Y… ¿sabes? ¡Tiene la sonrisa más hermosa que nunca he visto!»

Mientras tanto, la anciana, también radiante de felicidad, regresó a su casa.  Su hijo se quedó  sorprendido de la expresión de paz que reflejaba en su cara, y le preguntó:

–Mamá, ¿qué hiciste hoy que te ha puesto tan contenta?

La anciana le  contestó:

–¡Comí pastelitos de chocolate con Dios, en  el parque!  Y antes de que su hijo respondiera, añadió: y, ¿sabes…?  ¡Es más joven de lo que yo pensaba…!

Adaptación – Autor desconocido

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Para disfrutar del buen cine

TÍTULO EN CASTELLANO

ORIGEN

DIRECTOR

PROTAGONISTAS

Título Original / Otro Título

AÑO

DURACIÓN

GÉNERO

CALIFICACIÓN

Mientras estés conmigo

USA

Tim Robbins

Sean Penn / Susan Sarandon

Dead Man Walking (Pena de muerte)

1995

125 min

Drama

SAM 18

Amigos intocables

FRANCIA

Nakache / Toledano

François Cluzet / Omar Sy

Intouchables

2011

112 min

DRAMA

SAM 13

Mientras estés conmigo o Pena de muerte. Es un alegato contra la pena muerte, basado en una historia real.  Matthew Poncelet (Sean Penn), es un condenado a la pena capital por el asesinato de dos jóvenes.  En las semanas previas a su ejecución, inicia un profundo diálogo con la Hna. Helen Prejean (Susan Sarandon).  La Hna. Helen intentará que Matthew consiga la absolución y la paz espiritual.  En sus conversaciones, surgen la angustia frente a la espantosa agonía del condenado y la importancia del testimonio cristiano, ofrecido con misericordia, a través de la Hna. Helen.

Intocables.  Philippe (François Cluzet), un aristócrata millonario que se ha quedado tetrapléjico a causa de un accidente, contrata como acompañante terapéutico a Driss (Omar Sy), un inmigrante recién salido de la cárcel, procedente de un barrio marginal.  Dos cosmovisiones opuestas de la vida que, poco a poco, van congeniando hasta lograr una amistad tan disparatada y sólida como inesperada.  La trama nos muestra cómo a través del diálogo sincero, el respeto mutuo y, a la larga, el amor al prójimo, pueden salvar a las personas.

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Guía para vivir el Año Santo de la Misericordia junto al Papa Francisco: Diciembre 2015

Guía para vivir el Año Santo de la Misericordia junto al Papa Francisco: Introducción e índice

Así entonces, misericordiosos como el Padre es el «lema» del Año Santo. En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama.  Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio… El auxilio que invocamos es ya el primer paso de la misericordia de Dios hacia nosotros.  Él viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos.  Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía.  Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos; “misericordiosos como el Padre…

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(Misericordiae Vultus, 11)

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Índice de la Guía 

Previos

Estructura de la guía

Estructura para cada mes

Introducción

Diciembre 2015

Enero 2016

Febrero 2016

Marzo 2016

Abril 2016

Mayo 2016

Junio 2016

Julio 2016

Agosto 2016

Septiembre 2016

Octubre 2016

Noviembre 2016

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Previos

Estructura de la guía 

Con este pequeña guía, pretendemos plantear un recorrido sencillo para vivir mes a mes el Jubileo de la Misericordia, junto al Papa Francisco.  La idea es ir desgranando y saboreando las reflexiones del Papa Francisco, a modo de itinerario, tanto personal como comunitario.  Cada mes está planteado con una estructura muy sencilla, que puede ser adaptada según las necesidades personales o comunitarias.  Lo ideal sería que uno pudiera compartir el ritmo propuesto junto a otros miembros de la familia o comunidad; pero también se puede realizar de manera individual. 

Mensualmente proponemos un texto del Papa Francisco, extraído de la Bula de convocatoria al Año Santo (Misericordiae Vultus).  El texto del Papa, junto a la Palabra de Dios, pretenden interpelarnos y movernos a la reflexión.  A continuación, ofrecemos alguno de los “salmos de la misericordia” que encontramos en el salterio, como expresión de la sabiduría y poesía del Antiguo Testamento.  La idea es que junto a la reflexión, podamos ir entrando en un clima de oración.  Luego, ofrecemos algunas pistas para reflexión y/o acción personal o comunitaria; a la manera de propuestas o cursos de acción.  Seguidamente, presentamos nuestras intenciones; para concluir con la oración, un compromiso personal para el mes y una jaculatoria para memorizar.  Seguidamente contemplamos alguna anécdota o frase de santos, para ver ejemplos vivos de misericordia.  Nos pareció oportuno sugerir un cuento y un par de películas recomendadas; de manera que podamos seguir rumiando y profundizando el tema propuesto en el mes. Y, finalmente, una pequeña ayuda memoria, para tener presente durante el mes..

Por supuesto, que todo son solo sugerencias.  Cada uno, cada familia o cada grupo podrán agregar, quitar, proponer nuevas ideas.  La intención es presentar algunos recursos para que mensualmente podamos vivir el Año Santo, en Iglesia y con alegría, junto al Papa Francisco; de manera que todos podamos ser “Misericordiosos como el Padre”.   Pidamos a María, la Madre de la Misericordia que nos ayude a peregrinar juntos como Pueblo de Dios tras las huellas misericordiosas de su Hijo, Jesús ¡Qué así sea!

Luis M. Benavides

www.luis-benavides.com

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Estructura para cada mes

1. El Papa Francisco nos exhorta
2. Escuchamos la Palabra de Dios
3. Un salmo para alabar y Reflexión personal / comunitaria
4. Intenciones personales / comunitarias. Rezamos un Padrenuestro, un avemaría y el Gloria. Oración conclusiva – …Señal de la Cruz
5. Compromiso personal del mes 
6. La misericordia en los santos
7. Para memorizar y rezar durante el mes
8. Un cuento para rumiar
9. Para disfrutar del buen cine

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Introducción

El Papa Francisco, el sábado 11 de abril 2015 en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, con ocasión de la celebración del Domingo de la Misericordia, sorprendió al mundo con el anuncio de un Año Santo Extraordinario o Jubileo de la Misericordia.  El Sumo Pontífice realizó un gran llamado a toda la grey católica, para que vivamos juntos este Año Santo como un momento especial de gracia, de acercamiento al Señor y de comunión con nuestros hermanos.

¿Qué es un Año Santo o Jubileo?

El Año Santo o Jubileo, expresa el Papa Francisco, es un tiempo oportuno para cambiar de vida; es un tiempo para dejarse tocar el corazón.  Es una invitación a vivir con alegría la fiesta del perdón y del amor de Dios.  El Jubileo es un acontecimiento religioso y un tiempo privilegiado de gracia, destinado a promover la santidad de todos los cristianos.  Es el año de la reconciliación, de la conversión y de la penitencia sacramental.  En consecuencia, el año de la solidaridad, de la esperanza, de la justicia, del empeño por servir a Dios en el gozo y la paz con los hermanos. 

El deseo del Papa Francisco es que durante este Año Santo nadie se sienta excluido del abrazo de nuestro Padre Dios; que la alegría del perdón sea más grande y más profunda que cualquier resentimiento, miedo o angustia paralizante.  En pocas palabras, que no haya un solo pretexto para vivir alejado de Dios. 

Orígenes del Jubileo o Año Santo

En el Antiguo Testamento, la ley de Moisés había determinado para el pueblo judío un año particular y diferente a los demás, que tenía lugar cada cincuenta años.  Para el pueblo hebreo se trataba, pues, de un año sabático en el cual se descansaba, se perdonaban las deudas, se liberaban los esclavos y se restituían las posesiones a sus antiguos propietarios.  Se establecía un reposo general de la tierra y se permitía a los pobres realizar la cosecha. 

El término “jubileo”

El vocablo “jubileo” tiene dos raíces, una hebrea y otra latina.   La palabra hebrea que aparece en la Biblia es “yobel”. Se refiere al cuerno del carnero que los judíos usaban como trompeta para llamar a una fiesta o anunciar un año excepcional dedicado a Dios.  Asimismo, existe también una palabra latina, “iubilum” (derivada del verbo “jubilare”), que refiere a las exclamaciones de alegría de los pastores ante el nacimiento de Jesús y que terminó por significar alegría, gozo o alabanza.   En el siglo IV, san Jerónimo al traducir la Biblia al latín, reemplazó el término hebreo “yobel” por el término latino “iubilaeus”, con lo que quedó incorporado el matiz de alegría, al significado original que tenía la palabra en el antiguo Israel. 

Jesucristo da sentido pleno al Jubileo

En el Nuevo Testamento, Jesús se presenta como Aquél que lleva a su cumplimiento el Jubileo antiguo, ya que Él ha venido a predicar el año de gracia del Señor y llevarlo a su plenitud.  Jesús da un sentido nuevo y definitivo al jubileo.

¿Cada cuánto se celebra un Año Santo en la Iglesia?

Los jubileos ordinarios son aquellos que se celebran a intervalos regulares.  El primer jubileo celebrado en el marco del cristianismo fue en el año 1300.  Esta tradición se fue acentuando en los siglos siguientes y, al comienzo, se celebraron jubileos cada cincuenta años y, luego, cada veinticinco años, para que todas las personas tuvieran la oportunidad de vivir por lo menos un año santo en su vida, y así ha continuado hasta la fecha.  El último jubileo ordinario tuvo lugar durante el año 2000, proclamado y celebrado por nuestro querido Papa, san Juan Pablo II.  El próximo Año Santo ordinario será en el año 2025.

En ocasiones especiales, un Papa puede proclamar un Año Santo extraordinario, como celebración de un hecho destacado o frente a una necesidad especial.  Por ejemplo, el último jubileo extraordinario fue convocado y posteriormente celebrado por san Juan Pablo II en 1983, al cumplirse el 1950° aniversario de la Redención de Jesucristo.

Indulgencias

El Año Jubilar es una invitación abierta a todos los cristianos y también a los que se encuentran distantes en la fe y desean volver de nuevo a la vida cristiana.  En virtud de ello, en la Iglesia Católica, el Jubileo es un tiempo en que se conceden gracias espirituales singulares (indulgencias) a los fieles que cumplen determinadas condiciones. 

Para ganar una indulgencia es imprescindible un corazón contrito y arrepentido. Se requiere confesión de los pecados, mediante el sacramento de la penitencia o reconciliación y, cuando sea posible, recibir la comunión.

Durante el Año Jubilar, la Iglesia en consecuencia del poder de las llaves, mediante la aplicación de los méritos sobreabundantes de Cristo y de los santos, y mediando una auténtica y sincera conversión por parte del creyente, concede la indulgencia plenaria, que es una gracia que ayuda al cristiano a ponerse en camino con la voluntad de convertirnos y reconciliarnos con Dios.  Esta gracia también puede ser aplicada a los difuntos como signo de amor hacia ellos; en virtud de la comunión de los santos.

La ceremonia de apertura del Jubileo

La ceremonia de comienzo del Año Santo tiene lugar en Roma, a través de una liturgia específica.  El Papa se dirige a la basílica de San Pedro para abrir la llamada “Puerta Santa”, cerrada a cal y canto, que sólo se abre con motivo del Jubileo.  El sumo pontífice toma un martillo (ya utilizado por varios Papas) y da tres golpes diciendo la siguiente fórmula: “Abridme las puertas de la justicia; entrando por ellas confesaré al Señor”.  Se derriba la mampostería que cierra la puerta; el Papa se arrodilla delante de la puerta, mientras los penitenciarios de San Pedro la lavan con agua bendita.  Luego, tomando la cruz, entra a la basílica, acompañado del clero.  Posteriormente, tres cardenales legados que ha enviado el Papa a las otras tres puertas santas, las abren con la misma ceremonia. Estas tres puertas están en la iglesia de San Juan de Letrán, la iglesia de San Pablo Extramuros y la iglesia de Santa María la Mayor.  Al día siguiente, por la mañana el Papa imparte la bendición al pueblo en forma de jubileo.  Expirado el Año Santo se vuelve a cerrar la puerta.  El Papa bendice las piedras y la argamasa, pone la primera piedra y se tapia la puerta.  Ceremonia que se replica en las otras tres puertas santas; hasta el próximo año jubilar.

El Jubileo o Año Santo extraordinario de la Misericordia

Como expresamos anteriormente, el Papa Francisco anunció, en el segundo aniversario de su pontificado, la convocatoria a un Año Santo extraordinario, mediante la bula papal Miseriordiae Vultus (El rostro de la misericordia).  Este Jubileo de la Misericordia se iniciará durante la solemnidad de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre del 2015 y concluirá el 20 de noviembre de 2016, con la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Para profundizar y estar informados, el Vaticano ha preparado un sitio web oficial sobre este Año Santo Extraordinario de la Misericordia:

Este Jubileo de la Misericordia es excepcional, ya que por primera vez en la historia se ofrece la posibilidad de vivirlo fuera de Roma.  El Papa Francisco, ha establecido, que sucesivamente se vayan abriendo diferentes Puertas Santas en las diferentes diócesis del mundo; de manera que a lo ancho y a lo largo del planeta y se abra un idéntica Puerta de la Misericordia.  El Jubileo, por tanto, será celebrado en Roma así como en las Iglesias particulares como signo visible de la comunión de toda la Iglesia. 

El lema del Jubileo: “Misericordiosos como el Padre”

Escuchemos las palabras del Papa Francisco al respecto, que hemos destacado al inicio de esta itroducción:

“Así entonces, misericordiosos como el Padre es el “lema” del Año Santo. En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama.  Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio… El auxilio que invocamos es ya el primer paso de la misericordia de Dios hacia nosotros.  Él viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos.  Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía.  Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos; “misericordiosos como el Padre…” (Misericordiae Vultus, 11).

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Evangelio del día: Dios ha redimido a su pueblo

Evangelio del día: Dios ha redimido a su pueblo

Lucas 1, 67-79. Víspera de Navidad (24 de diciembre). Este es el don sorprendente de la Navidad: Jesús ha venido por cada uno de nosotros y en Él nos ha hecho hermanos.

Entonces Zacarías, su padre, quedó lleno del Espíritu Santo y dijo proféticamente: «Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su Pueblo, y nos ha dado un poderoso Salvador en la casa de David, su servidor, como lo había anunciado mucho tiempo antes, por boca de sus santos profetas, para salvarnos de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odian. Así tuvo misericordia de nuestros padres y se acordó de su santa Alianza, del juramento que hizo a nuestro padre Abraham de concedernos que, libres de temor, arrancados de las manos de nuestros enemigos, lo sirvamos en santidad y justicia, bajo su mirada, durante toda nuestra vida. Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor preparando sus caminos, para hacer conocer a su Pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados; gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Segundo Libro de Samuel, 2 Sam 7, 1-5.8b-12.14a.16

Salmo: Sal 89(88), 2-5.27.29

Oración introductoria

Bendito seas, Señor, porque siendo Dios te abajas a mi humanidad para que pueda comprender la grandeza de tu amor. Permite que esta oración me prepare a celebrar santamente la Navidad, en el gozo de la fe y animado con el empeño de una conversión sincera.

Petición

Señor, haz que tu Encarnación me transforme en tu amor.

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la santa Navidad ya es inminente. La vigilia de hoy nos prepara para vivir intensamente el misterio que esta noche la liturgia nos invitará a contemplar con los ojos de la fe. En el Niño divino recién nacido, acostado en el pesebre, se manifiesta nuestra salvación. En el Dios que se hace hombre por nosotros, todos nos sentimos amados y acogidos, descubrimos que somos valiosos y únicos a los ojos del Creador. El nacimiento de Cristo nos ayuda a tomar conciencia del valor de la vida humana, de la vida de todo ser humano, desde su primer instante hasta su ocaso natural. A quien abre el corazón a este «niño envuelto en pañales» y acostado «en un pesebre» (cf. Lc 2, 12), él le brinda la posibilidad de mirar de un modo nuevo las realidades de cada día. Podrá gustar la fuerza de la fascinación interior del amor de Dios, que logra transformar en alegría incluso el dolor.

Preparémonos, queridos amigos, para encontrarnos con Jesús, el Emmanuel, Dios con nosotros. Al nacer en la pobreza de Belén, quiere hacerse compañero de viaje de cada uno. En este mundo, desde que él mismo quiso poner aquí su «tienda», nadie es extranjero. Es verdad, todos estamos de paso, pero es precisamente Jesús quien nos hace sentir como en casa en esta tierra santificada por su presencia. Pero nos pide que la convirtamos en una casa acogedora para todos. Este es precisamente el don sorprendente de la Navidad: Jesús ha venido por cada uno de nosotros y en él nos ha hecho hermanos. De ahí deriva el compromiso de superar cada vez más los recelos y los prejuicios, derribar las barreras y eliminar las contraposiciones que dividen o, peor aún, enfrentan a las personas y a los pueblos, para construir juntos un mundo de justicia y de paz.

Con estos sentimientos, queridos hermanos y hermanas, vivamos las últimas horas que nos separan de la Navidad, preparándonos espiritualmente para acoger al Niño Jesús. En el corazón de la noche vendrá por nosotros. Pero su deseo es también venir a nosotros, es decir, a habitar en el corazón de cada uno de nosotros. Para que esto sea posible, es indispensable que estemos disponibles y nos preparemos para recibirlo, dispuestos a dejarlo entrar en nuestro interior, en nuestras familias, en nuestras ciudades. Que su nacimiento no nos encuentre ocupados en festejar la Navidad, olvidando que el protagonista de la fiesta es precisamente él. Que María nos ayude a mantener el recogimiento interior indispensable para gustar la alegría profunda que trae el nacimiento del Redentor. A ella nos dirigimos ahora con nuestra oración, pensando de modo especial en los que van a pasar la Navidad en la tristeza y la soledad, en la enfermedad y el sufrimiento. Que la Virgen dé a todos fortaleza y consuelo.

Santo Padre emérito Bendicto XVI

Ángelus del domingo 24 de diciembre, víspera de Navidad

Propósito

Celebrar con un espíritu auténticamente cristiano esta Noche Buena y que meditemos hondamente en el significado y en el sentido profundo de lo que estamos celebrando.

Diálogo con Cristo

Hoy es 24 de diciembre, me he preocupado para que esté lista y preparada la fiesta de convivencia familiar, pero ¿me he preparado espiritualmente para recibirte en la intimidad de mi corazón? Señor, esta Nochebuena quiero humildemente darte el regalo de mi libertad, no te merezco pero no puedo vivir sin tu amor, sin tu gracia, ven, Señor Jesús.

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Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

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Evangelio del día: Preparando el Nacimiento con María

Evangelio del día: Preparando el Nacimiento con María

Lucas 1, 39-45. Cuarto IV Domingo del Tiempo de Adviento. La Virgen María es causa de nuestra alegría porque trae la alegría más grande: trae a Jesús.

En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de Miqueas, Miq 5, 1-4a

Salmo: Sal 80(79), 2-3.15-19

Segunda lectura: Carta de san Pablo a los Hebreos, Heb 10, 5-10

Oración introductoria

Señor, así como María supo acoger el anuncio del ángel, permite que yo sepa escuchar y aceptar lo que hoy quieres decirme en mi oración, porque mi anhelo es que la verdad de tu Evangelio impregne mi modo de ver, pensar y de actuar.

Petición

Jesús, permite que siempre diga un «sí», alegre y confiado, a lo que Tú quieras pedirme.

Meditación del Santo Padre Francisco

Son muchos los cristianos que no conocen la alegría. Si aprendieran a salir de sí mismos y a dar gracias a Dios, «comprenderían realmente esa alegría que nos hace libres». Este fue el núcleo de la homilía del Papa Francisco en la celebración eucarística del 31 de mayo, fiesta de la Visitación.

«Las dos lecturas del día —apuntó el Pontífice refiriéndose a Sofonías (3, 14-18) y al Evangelio de Lucas (1, 39-56)— nos hablan de alegría, de gozo: «alégrate, grita de alegría», dice Sofonías. Gritar de alegría. ¡Es fuerte esto! «El Señor está contigo»; no temas; «no dejes caer los brazos». El Señor es poderoso; se alegrará por ti». Y en el relato evangélico, la alegría caracteriza la visita de María a Isabel. El Papa se fijó en ese «salto del niño en el seno de Isabel», revelado por ésta a María: «He aquí que en cuanto oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno».

«Todo es alegría. Pero nosotros cristianos —indicó el Obispo de Roma— no estamos muy acostumbrados a hablar de alegría, de gozo. Creo que muchas veces nos gustan más los lamentos. ¿Qué es la alegría? La clave para comprender esta alegría es lo que dice el Evangelio: «Isabel fue colmada de Espíritu Santo». Es el Espíritu Santo quien nos da la alegría».

El Papa habló de otro aspecto de la alegría que nos viene del Espíritu. «Pensemos —dijo— en ese momento en el que la Virgen y san José llevaron a Jesús al templo para cumplir la Ley». Estaban también allí dos ancianos; pero el Evangelio no dice que estos fueron allí para cumplir la Ley, sino más bien impulsados por la «fuerza del Espíritu Santo. El Espíritu les condujo al templo». De modo que, ante Jesús, «hacen una oración de alabanza: éste es el Mesías, ¡bendito sea al Señor! Y hacen también una liturgia espontánea de alegría». Es la fidelidad madurada durante tantos años de espera del Espíritu Santo lo que hace que «este Espíritu venga y les dé la alegría».

«Es precisamente el Espíritu quien nos guía. Él es el autor de la alegría, el creador de la alegría. Y esta alegría en el Espíritu nos da la verdadera libertad cristiana. Sin alegría, nosotros, cristianos, no podemos llegar a ser libres. Nos convertimos en esclavos de nuestras tristezas», constató; en cambio, la alegría cristiana deriva precisamente de la alabanza a Dios. «¿Qué es este alabar a Dios?», se preguntó el Papa. «Alabarle a Él gratuitamente, como es gratuita la gracia que Él nos da» fue su respuesta. Y «la eternidad será esto: alabar a Dios. Pero esto no será aburrido, será bellísimo. Esta alegría nos hace libres».

El Papa concluyó con una observación: «Es precisamente la Virgen quien trae las alegrías. La Iglesia la llama causa de nuestra alegría, causa nostrae letitiae. ¿Por qué? Porque trae nuestra alegría más grande, trae a Jesús. Y trayendo a Jesús hace que «este niño salte de alegría en el seno de la madre». Ella trae a Jesús. Ella con su oración hace que el Espíritu Santo irrumpa. Irrumpe ese día de Pentecostés; estaba allí. Debemos rezar a la Virgen para que al traer a Jesús nos dé la gracia de la alegría, de la libertad; nos dé la gracia de alabar, de hacer oración de alabanza gratuita, porque Él es digno de alabanza, siempre».

Santo Padre Francisco: La eternidad no será aburrida

Homilía del viernes, 31 de mayo de 2013

Propósito

Rechazar preocupaciones sobre las que no puedo hacer nada, para actuar confiadamente sobre lo que sí puedo cambiar.

Diálogo con Cristo

Dios mío, gracias por quedarte en la Eucaristía y por darme a María como madre y modelo de mi vida. Contemplar su gozo, su actitud de acogida y aceptación, su humildad, me motivan a exclamar con gozo: heme aquí Señor, débil e infiel, pero lleno de alegría por saber que con tu gracia, las cosas pueden y van a cambiar.

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Evangelio del día: La autoridad de Jesús

Evangelio del día: La autoridad de Jesús

Mateo 21, 23-27. Lunes de la III semana del Tiempo de Adviento. Señor, Dios nuestro, que no falten profetas en tu pueblo; que no olvidemos tu promesa; que no nos cansemos de seguir adelante; que seamos conscientes de que todos nosotros, bautizados, somos profetas. 

Jesús entró en el Templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, para decirle: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado esa autoridad?». Jesús les respondió: «Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. ¿De dónde venía el bautismo de Juan? ¿Del cielo o de los hombres?». Ellos se hacían este razonamiento: «Si respondemos: «Del cielo», él nos dirá: «Entonces, ¿por qué no creyeron en él?». Y si decimos: «De los hombres», debemos temer a la multitud, porque todos consideran a Juan un profeta».  Por eso respondieron a Jesús: «No sabemos». El, por su parte, les respondió: «Entonces yo tampoco les diré con qué autoridad hago esto».

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Lecturas

Primera lectura: Libro de los Números, Núm 24, 2-7.15.17a

Salmo: Sal 25(24), 4-9

Oración introductoria

Señor, quiero ser fiel a tu Palabra y tener un momento de intimidad contigo en la oración. Creo, espero y te amo. Dame tu luz para que sepa guardar el silencio necesario para escuchar lo que hoy me quieres decir.

Petición

Señor, ayúdame a incrementar mi vida de gracia y a vivir siempre de acuerdo a ella.

Meditación del Santo Padre Francisco

Cuando falta la profecía, el clericalismo ocupa su sitio, el rígido esquema de la legalidad que cierra la puerta en la cara al hombre. Por ello la oración para que, en la perspectiva de la Navidad, el espíritu de la profecía se haga sentir en el pueblo.

El Papa Francisco […] quiso recordar que ser profetas es una vocación de todos los bautizados. Y lo hizo, como de costumbre, partiendo de la Palabra de Dios de la liturgia del día. El Pontífice repitió las palabras del libro de los Números (24, 2-7.15-17b) que describen la figura del profeta, «oráculo de Balaán, hijo de Beor, oráculo del hombre de ojos penetrantes; oráculo del que escucha palabras de Dios». He aquí, explicó, «éste es el profeta»: un hombre «que tiene los ojos penetrantes y que escucha y dice las palabras de Dios; que sabe ver en el momento e ir hacia el futuro. Pero antes ha escuchado, ha oído, la Palabra de Dios».

Y, en efecto, «el profeta tiene dentro de sí estos tres momentos». Ante todo «el pasado: el profeta —dijo el Santo Padre— es consciente de la promesa y tiene en su corazón la promesa de Dios, la promesa está viva, la recuerda, la repite». Pero «luego mira al presente, mira a su pueblo y siente la fuerza del espíritu para decir una palabra que le ayude a levantarse, a seguir el camino hacia el futuro».

Por lo tanto, prosiguió el Papa, «el profeta es un hombre de tres tiempos: promesa del pasado, contemplación del presente, valentía para indicar el camino hacia el futuro». Y, recordó, «el Señor siempre cuidó a su pueblo con los profetas en los momentos difíciles, en los momentos que el pueblo estaba desalentado o destruido; cuando el templo ya no estaba; cuando Jerusalén se encontraba bajo el poder de los enemigos; cuando el pueblo se interrogaba: pero Señor, tú nos has prometido esto, ¿y ahora qué sucede?». Al respecto agregó: «Lo mismo tal vez sucedió en el corazón de la Virgen, cuando estaba al pie de la cruz: Señor, tú me dijiste que Él sería el liberador de Israel, el jefe, quien nos daría la redención. ¿Y ahora?».

«En ese momento del pueblo de Israel —continuó el Pontífice— era necesaria la intervención del profeta. Y no siempre el profeta es bien recibido. Muchas veces se le rechaza. Jesús mismo dice a los fariseos que sus padres mataron a los profetas porque decían cosas incómodas, decían la verdad, recordaban la promesa». Pero, afirmó el Papa, «cuando falta la profecía en el pueblo de Dios, falta algo: falta la vida del Señor».

Un ejemplo es la historia del joven Samuel que, «mientras dormía, había oído la llamada del Señor pero no sabía de qué se trataba. Y la Biblia lo dice: en aquellos tiempos «era rara la palabra del Señor y no eran frecuentes las visiones»» (1 Libro di Samuel 3, 1). Era un tiempo en el que «Israel no tenía profetas». Pero, hizo notar el Obispo de Roma, «lo mismo sucede cuando viene un profeta y el pueblo no le recibe», como se lee en el pasaje del Evangelio de Mateo (21, 23-27). «Cuando no hay profecía —comentó— se pone el acento en la legalidad. Y estos sacerdotes fueron a Jesús a pedirle la certificación de legalidad: ¿Con qué autoridad haces estas cosas?». Es como si hubiesen dicho: «Nosotros somos los dueños del templo; ¿con qué autoridad haces estas cosas?». En realidad «no comprendían las profecías, habían olvidado la promesa. No sabían leer los signos del momento, no tenían ni ojos penetrantes ni oído para la Palabra de Dios. Sólo tenían la autoridad».

Así «en el tiempo de Samuel, cuando la Palabra del Señor era rara y las visiones no eran frecuentes, era lo mismo. La legalidad y la autoridad». Y sucedía esto porque «cuando en el pueblo de Dios no hay profecía, el vacío que deja lo ocupa el clericalismo. Es precisamente este clericalismo que pregunta a Jesús: ¿con qué autoridad haces estas cosas, con qué legalidad?». Así, «la memoria de la promesa y la esperanza de seguir adelante se reducen sólo al presente: ni pasado ni futuro y esperanza». Es como si para seguir adelante valiese sólo lo que es «presente», lo que es «legal».

Cierto, explicó el Papa, «tal vez el pueblo de Dios que creía, que iba a rezar al templo, lloraba en su corazón porque no encontraba al Señor. Faltaba la profecía. Lloraba en su corazón como lloraba Ana, la mamá de Samuel, pidiendo la fecundidad del pueblo».

Esa fecundidad, indicó el Pontífice, «que viene de la fuerza de Dios, cuando Él despierta en nosotros la memoria de su promesa y nos impulsa hacia el futuro con la esperanza. Éste es el profeta. Éste es el hombre de ojo penetrante y que escucha las palabras de Dios».

El Papa Francisco concluyó su homilía proponiendo «una oración en estos días que nos preparamos para el Nacimiento del Señor». Una oración al Señor para que —invocó— «no falten profetas en tu pueblo. Todos nosotros, bautizados, somos profetas. Señor, que no olvidemos tu promesa; que no nos cansemos de seguir adelante; que no nos cerremos en las legalidades que cierran las puertas. Señor, libera a tu pueblo del espíritu del clericalismo y ayúdale con el espíritu de profecía».

Santo Padre Francisco: El hombre de ojo penetrante

Homilía del lunes, 16 de diciembre de 2013

Propósito

Revisar mis actividades para saber qué lugar ocupa Dios en mi vida.

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, qué fácilmente puedo negarte el lugar que te corresponde en mi vida. No quiero dejarme envolver por lo transitorio y fugaz para saber dedicar el mayor y el mejor tiempo de mi vida al servicio de los demás, por amor a Ti. Por eso te doy gracias por este momento de oración que me hace reconocer, agradecer y evaluar el uso que estoy dando a todos los talentos con los que has enriquecido mi vida, especialmente el uso de mi tiempo.

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