Orar haciendo poesía

Orar haciendo poesía

Taller de oración

Orar haciendo poesía


«A veces basta una hoja en blanco para comenzar una conversación con Dios.»


Todos aprendemos a hablar. Nadie necesita que le enseñen a expresar una alegría, una preocupación o una pregunta cuando siente la confianza suficiente para hacerlo. Con la oración ocurre algo parecido. Muchas veces pensamos que rezar consiste únicamente en aprender unas fórmulas o repetir unas palabras que la Iglesia nos ha transmitido desde hace siglos. Y es verdad que esas oraciones forman parte de un tesoro inmenso que merece la pena conocer. Pero la oración también es un encuentro personal con Dios, una conversación que va creciendo poco a poco hasta hacerse tan natural como hablar con alguien que nos conoce y nos quiere de verdad.

En este Taller de oración iremos descubriendo distintos caminos que pueden ayudarte a rezar. Algunos pertenecen a la gran tradición de la Iglesia y otros nacen de experiencias muy sencillas que cualquiera puede vivir. En estas páginas vamos a detenernos en una de ellas: la poesía. No para aprender literatura ni para convertirnos en escritores, sino para descubrir que escribir unas palabras dirigidas a Cristo puede convertirse, muchas veces sin que apenas nos demos cuenta, en una de las formas más sinceras de oración.

¿Y si este verano hicieras silencio?

Cuando pensamos en el verano solemos imaginar vacaciones, viajes, playa, piscina, excursiones o tardes con los amigos. Todo eso forma parte de estos meses y es bueno disfrutarlo. Sin embargo, entre tantos momentos de actividad aparecen otros muy distintos: una tarde tranquila, un paseo al atardecer, una noche de estrellas, el rumor del mar, el silencio de una iglesia o simplemente la calma de una habitación. Son instantes que muchas veces pasan desapercibidos porque vivimos pendientes del siguiente plan, del siguiente vídeo o de la siguiente notificación del teléfono. Sin embargo, cuando dejamos de correr durante unos minutos, descubrimos que el silencio no está vacío. Poco a poco empezamos a escuchar mejor lo que llevamos dentro y comprendemos que también ahí puede esperar Dios.

Quizá nunca te hayas planteado aprovechar uno de esos momentos para rezar de una forma diferente. No hace falta buscar un lugar extraordinario ni esperar a sentir algo especial. Basta con detenerse un momento, respirar con calma y dejar que el corazón hable con sencillez. Muchas veces la oración comienza precisamente así: sin grandes discursos, sin emociones espectaculares y sin fórmulas complicadas. Comienza cuando una persona decide regalar unos minutos de su tiempo a Dios y descubre que Él siempre estaba allí, esperándola con paciencia.

Cuando un poema se convierte en oración

Cuando hablamos de oración es normal pensar en el padrenuestro, el rosario, la adoración eucarística o la lectura del Evangelio. Todas ellas son formas preciosas de rezar que han acompañado a millones de cristianos a lo largo de los siglos. Sin embargo, la oración no consiste únicamente en repetir unas palabras. También es abrir el corazón delante de Dios y hablar con Él con la misma confianza con la que hablamos con alguien que nos conoce profundamente. Algunas personas descubren que les resulta más fácil hacerlo cuando escriben. El papel les ayuda a ordenar las ideas, a poner nombre a los sentimientos y a expresar aquello que quizá les costaría decir en voz alta.

Seguramente alguna vez has escrito unas líneas para no olvidar un momento importante, para entender mejor lo que estabas viviendo o simplemente porque necesitabas desahogarte. Cuando esas palabras se dirigen a Cristo empiezan a adquirir un significado nuevo. Poco a poco dejan de ser solo un recuerdo o una reflexión personal y se convierten en un diálogo con Él. No hace falta que sean versos perfectos ni que tengan una gran belleza literaria. Lo importante es que nazcan de la verdad con la que una persona se presenta delante de Dios y le habla con toda sencillez.

No tengas miedo a la poesía

La palabra poesía puede imponer un poco. Es fácil pensar en autores famosos, libros difíciles o poemas que parecen escritos solamente para especialistas. También puedes creer que hace falta conocer muchas reglas, elegir palabras complicadas o conseguir que todos los versos rimen perfectamente. Sin embargo, la poesía nació mucho antes que las clases de Literatura y que los manuales de métrica. Desde siempre, las personas han buscado una forma de expresar aquellas alegrías, preguntas, tristezas y esperanzas que el lenguaje de cada día no consigue explicar por completo.

No necesitas escribir como un gran poeta para comenzar. Puedes hacerlo con unas pocas líneas, utilizando palabras sencillas y hablando de aquello que realmente estás viviendo. Más adelante descubrirás que la rima, el ritmo y las distintas estrofas pueden ayudarte a encontrar la forma más adecuada para expresar lo que llevas dentro. Pero también comprenderás que la belleza de un poema no depende solamente de la técnica. Nace, sobre todo, de la verdad con la que una persona abre su corazón delante de Dios.

Rezar con la inteligencia y con el corazón

Cuando escribes un poema no utilizas únicamente las palabras. Mientras buscas la expresión que mejor transmite lo que quieres decir, también pones en marcha la memoria, la imaginación, la inteligencia y la sensibilidad. Recuerdas experiencias, eliges imágenes, relacionas pensamientos y procuras que cada frase exprese con precisión aquello que llevas dentro. Si esas palabras están dirigidas a Dios, todo ese esfuerzo deja de ser solamente un ejercicio creativo y puede convertirse en una forma de rezar con toda la persona.

Quizá por eso tantos santos y tantos escritores cristianos encontraron en la poesía un lenguaje especialmente apropiado para la oración. No escribían solamente para demostrar su talento ni para crear una obra hermosa. Escribían porque deseaban hablar con Dios y necesitaban encontrar palabras capaces de expresar lo que sentían. Algunos de aquellos poemas llegaron a formar parte de las grandes obras de la literatura, pero antes de ser admirados por su belleza fueron la oración sincera de una persona que buscaba a Cristo con la inteligencia y con el corazón.

Atrévete a empezar

No hace falta esperar a sentir una inspiración extraordinaria para escribir tu primer poema. Tampoco necesitas encontrar un lugar perfecto ni disponer de mucho tiempo. Busca una libreta, siéntate unos minutos en un sitio tranquilo y comienza a escribir como si estuvieras manteniendo una conversación con Jesús. Puedes darle gracias por algo que hayas vivido ese día, contarle una preocupación, pedirle ayuda para una decisión importante o hablarle de una persona que necesite tu oración. No pienses todavía en si las palabras son bonitas o si los versos riman. En este momento lo importante no es hacer literatura, sino aprender a hablar con Dios con la mayor sinceridad posible.

Es posible que al principio escribas solamente unas pocas líneas. No te preocupes. La oración también crece poco a poco. Con el paso del tiempo descubrirás que esas páginas conservan mucho más que unos cuantos versos. En ellas quedarán reflejadas las preguntas que te hacías, las alegrías que compartías con Cristo y el camino que has ido recorriendo junto a Él. Muchas personas guardan durante años esos cuadernos porque, al volver a leerlos, descubren cómo Dios ha ido actuando en su vida con una delicadeza que quizá entonces no llegaron a percibir.

Tu primer poema

Antes de pasar la página, prueba una cosa muy sencilla. Escribe un poema dirigido a Jesús. No pienses en cuántos versos tendrá ni en si todas las palabras riman. Comienza simplemente por aquello que hoy desearías decirle. Tal vez quieras darle las gracias por una amistad, pedirle fuerza para superar una dificultad, hablarle de un sueño o contarle una preocupación que llevas tiempo guardando. No tengas prisa. Deja que las palabras aparezcan poco a poco, igual que sucede en una conversación cuando existe confianza entre dos personas.

Cuando termines de escribir, guarda esa hoja con cariño. Quizá dentro de unos años vuelvas a leerla y descubras que, más allá de la calidad de aquellos versos, quedó escrito algo mucho más importante: un momento de encuentro con Dios. La poesía puede ayudarte a encontrar palabras para rezar, pero el verdadero valor de ese poema no estará en su belleza literaria, sino en la sinceridad con la que hayas abierto tu corazón delante de Cristo.

Claro. Y creo que es mejor así. El problema era que, de repente, el documento dejaba de hablar con el chaval y empezaba a hablar como una bibliografía. Vamos a mantener la misma voz hasta el final.

¿Y ahora qué?

Si has llegado hasta aquí, quizá te haya entrado la curiosidad por probar esta forma de rezar. No hace falta que escribas un poema todos los días ni que conviertas la poesía en una obligación. Como cualquier amistad, la relación con Dios también necesita libertad. Habrá días en los que te resulte muy fácil escribir y otros en los que apenas se te ocurran unas pocas palabras. No pasa nada. Lo importante no es la cantidad de versos que llenen una página, sino que esas palabras nazcan de un corazón que quiere encontrarse con Cristo.

También descubrirás que no eres el primero que ha recorrido este camino. Mucho antes que nosotros, hombres y mujeres de todas las épocas buscaron palabras para expresar su amor a Dios. Algunos llegaron a escribir algunos de los poemas más bellos de nuestra lengua. No los leas pensando que algún día tendrás que escribir como ellos. Acércate a sus obras como quien conversa con personas que pueden enseñarte a rezar desde su propia experiencia.

Si quieres seguir caminando…

Si esta forma de rezar te ha ayudado, quizá te apetezca seguir descubriendo cómo otras personas encontraron en la poesía un camino para acercarse a Dios. No los leas pensando que tendrás que escribir como ellos. Cada persona tiene su propia voz y cada oración nace de una historia distinta. Acércate a sus poemas como quien conversa con amigos que, desde siglos diferentes, pueden enseñarte a mirar a Cristo con una sensibilidad nueva.

En la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes encontrarás las obras de san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, fray Luis de León, Lope de Vega, Jacint Verdaguer, Gerardo Diego y Claudio Rodríguez, entre otros muchos autores. Descubrirás que cada uno escribe de una manera diferente, pero todos coinciden en algo: cuando la belleza nace de un corazón creyente, también puede convertirse en una forma de oración.

Si además deseas conocer un poco mejor cómo funcionan la rima, el ritmo o las distintas estrofas de la poesía castellana, puedes consultar la Real Academia Española y sus obras de referencia. Aprender esas herramientas puede ayudarte a escribir con mayor libertad, pero no olvides que la técnica nunca sustituye a la sinceridad. Las reglas enseñan a escribir poemas; la oración nace cuando una persona decide abrir su corazón delante de Dios.

Ahora te toca a ti

A lo largo de estas páginas has descubierto una forma distinta de rezar. Quizá nunca habías pensado que una libreta y un bolígrafo podían convertirse también en un lugar de encuentro con Dios. Ahora ya sabes que no hace falta ser un gran poeta para empezar. Solo hace falta dedicar unos minutos de silencio, hablar con sinceridad y atreverse a poner por escrito aquello que llevas dentro.

Cuando cierres este documento, no pienses que has terminado una lectura. Piensa, más bien, que acabas de encontrar una posibilidad que quizá nunca habías imaginado. El siguiente paso ya no consiste en leer otra página, sino en abrir una libreta y comenzar a escribir la primera. Nadie puede hacerlo por ti. Ningún poeta, ningún santo, ningún catequista. Ese primer poema solo puedes escribirlo tú, porque solo tú conoces lo que hoy llevas en el corazón. Tal vez, mientras buscas las palabras para escribirlo, descubras que Dios ya llevaba mucho tiempo esperando esa conversación.

No guardes este documento pensando que ya has aprendido una forma nueva de oración. Guárdalo cuando hayas escrito tu primer poema. Ese será el verdadero comienzo de este taller.

Catequesis: Vicios y virtudes (10): La soberbia

Catequesis: Vicios y virtudes (10): La soberbia

La soberbia. La humildad que abre el corazón a la gracia

Itinerario catequético de Confirmación · Vicios y virtudes

Basada en la Audiencia general del papa Francisco,
«Los vicios y las virtudes. La soberbia»,
6 de marzo de 2024.

Índice

  1. Presentación de la sesión
    1. Una altura que termina aislando
    2. Objetivos de la sesión
    3. Carismas trabajados
    4. Destinatarios, duración y posibilidades de uso
  2. Fundamentos bíblicos y catequéticos
    1. La soberbia como autoexaltación
    2. «Seréis como dioses»
    3. El soberbio juzga y desprecia
    4. Pedro: del alarde a las lágrimas
    5. Dios da su gracia a los humildes
  3. Imágenes bíblicas comentadas
    1. Imagen bíblica I · «Seréis como dioses»
    2. Imagen bíblica II · «Aunque todos caigan…»
    3. Imagen bíblica III · «Pedro lloró amargamente»
    4. Imagen bíblica IV · El Magnificat
  4. Imágenes catequéticas comentadas
    1. Imagen I · Yo estoy por encima
    2. Imagen II · No acepto que me corrijan
    3. Imagen III · Cuando el pedestal se cae
    4. Imagen IV · Aprender a bajar
    5. Portada · Baja del pedestal
  5. Desarrollo práctico y actividades
    1. Mi pedestal interior
    2. Aprender a recibir corrección
    3. Reconocer el bien de otros sin juzgar
    4. Oración de humildad
  6. Lectio divina, oración y conclusión
    1. Lectio divina
    2. Conclusión general
    3. Notas

I. Presentación de la sesión

Una altura que termina aislando

La soberbia ocupa un lugar especial entre los vicios porque pretende situar al ser humano por encima de los demás e incluso frente a Dios.1 Francisco la presenta como una enfermedad del corazón que hace creer a la persona que se basta a sí misma y que puede convertirse en la medida de todas las cosas. Desde esa falsa altura resulta difícil escuchar, aprender, pedir perdón o dejarse ayudar.

Esta sesión propone recorrer el camino contrario. La Sagrada Escritura muestra que Dios no humilla al soberbio para destruirlo, sino para abrirle un camino nuevo. La verdadera grandeza no consiste en subir cada vez más, sino en descubrir que la humildad abre el corazón y que únicamente la gracia de Dios puede sostener una vida verdaderamente libre.

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Objetivos de la sesión

Esta catequesis pretende ayudar a descubrir que la soberbia no consiste únicamente en sentirse superior a los demás. Francisco muestra que su raíz es más profunda: el corazón termina creyendo que puede vivir sin Dios y sin necesidad de los otros.2 El objetivo principal será reconocer esa autosuficiencia interior y abrirse al camino de la humildad cristiana.

A lo largo de la sesión los participantes contemplarán cómo la Palabra de Dios desmonta esa falsa grandeza mediante la verdad, el arrepentimiento y la gracia. Las imágenes, las actividades y la lectio divina conducirán progresivamente a comprender que la verdadera altura del cristiano consiste en dejar actuar a Dios y en vivir desde la humildad.

Carismas trabajados

Toda la sesión gira alrededor de cinco actitudes evangélicas que aparecen de manera constante en la audiencia de Francisco: la humildad, la verdad sobre uno mismo, la docilidad para dejarse corregir, la confianza en la gracia y la capacidad de reconocer que todo bien recibido procede finalmente de Dios.3

Estos carismas no buscan disminuir la personalidad ni apagar los talentos de nadie. Al contrario, permiten utilizarlos con libertad, sin necesidad de imponerse continuamente a los demás. Cuando desaparece la soberbia, también crecen la fraternidad y el espíritu de servicio, que constituyen el verdadero estilo de Jesucristo.

Destinatarios, duración y posibilidades de uso

El material está pensado principalmente para grupos de Confirmación, pero puede adaptarse con facilidad a la pastoral juvenil, colegios católicos, movimientos, convivencias y catequesis familiares. Cada bloque constituye una unidad completa, de modo que el catequista puede desarrollar la sesión íntegra o distribuirla en varias reuniones según las necesidades del grupo y el tiempo disponible.

Uso Aplicación recomendada
Sesión completa Una jornada o encuentro de Confirmación.
Dos encuentros Fundamentos e imágenes; actividades y lectio divina.
Trabajo familiar Lectura compartida, imágenes y actividades adaptadas.
Uso escolar Selección de imágenes, textos bíblicos y dinámicas.

Las imágenes ocupan un lugar esencial dentro de esta serie. Las nuevas generaciones comprenden con gran facilidad los mensajes transmitidos visualmente cuando están iluminados por la Palabra de Dios. Por eso cada ilustración ha sido concebida como un recurso catequético que ayuda a la contemplación y como un apoyo para el diálogo, no como un simple elemento decorativo.4

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II. Fundamentos bíblicos y catequéticos

La soberbia como autoexaltación

Francisco presenta la soberbia como la raíz de muchos otros pecados porque lleva al ser humano a colocarse en un lugar que no le corresponde.5 El soberbio deja de reconocerse criatura y empieza a pensar que no necesita aprender, cambiar o recibir ayuda. Poco a poco convierte su propio criterio en la medida de la verdad y su propia voluntad en el centro de la vida.

Por eso la soberbia resulta especialmente peligrosa. Mientras otros vicios pueden hacer sufrir a quien los padece, la soberbia además dificulta reconocer el propio problema. El corazón termina convencido de que siempre tiene razón y pierde la capacidad de escuchar. Allí donde desaparece la docilidad, también comienza a apagarse la acción de la gracia.

Marcos 7, 20-23

«Y decía: “Lo que sale de dentro del hombre, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, maldades, fraude, desenfreno, envidia, difamación, soberbia, insensatez. Todas esas maldades salen de dentro y manchan al hombre”».

Jesús sitúa la soberbia entre los males que nacen del corazón humano. No la presenta como un defecto superficial ni como un simple rasgo de carácter, sino como una actitud interior que termina contaminando la manera de pensar, de hablar y de relacionarse. La conversión comienza cuando dejamos de justificar nuestras actitudes y permitimos que Dios ilumine la verdad del corazón y sane nuestra vida interior.

La humildad cristiana no consiste en despreciarse ni en negar las cualidades personales. Consiste en vivir desde la verdad, reconociendo que todo bien recibido es un don. Quien acepta esta realidad puede crecer sin necesidad de imponerse, porque descubre que la verdadera grandeza consiste siempre en permanecer unido a Dios.

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«Seréis como dioses»

Francisco sitúa el origen de la soberbia en la primera tentación narrada por la Sagrada Escritura.6 La serpiente no invita simplemente a desobedecer un mandato; propone algo mucho más profundo: que el ser humano deje de recibir su vida como un don y pretenda ocupar el lugar de Dios. La soberbia nace cuando aparece la ilusión de la autosuficiencia y se rompe la confianza filial.

Esta tentación continúa presente en todas las épocas. Cada vez que una persona piensa que ya no necesita escuchar, obedecer o dejarse enseñar, vuelve a resonar aquella antigua promesa. El problema no consiste en querer crecer, sino en pretender hacerlo prescindiendo de Dios. La soberbia promete una grandeza aparente, pero termina produciendo una profunda soledad.

Génesis 3, 1-7

«La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: “¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?”. La mujer respondió a la serpiente: “Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en medio del jardín nos ha dicho Dios: ‘No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis’”. La serpiente replicó a la mujer: “No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y el mal”. La mujer vio que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría; tomó de su fruto y comió; dio también a su marido, que estaba con ella, y él comió. Entonces se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.»

La frase «seréis como dioses» resume el mecanismo de toda soberbia. El ser humano deja de aceptar su condición de hijo y desea convertirse en dueño absoluto de su existencia. En ese momento ya no recibe la realidad con gratitud, sino que intenta dominarla desde sí mismo. La relación con Dios deja de basarse en la confianza para apoyarse únicamente en la propia voluntad.

El remedio comienza cuando recuperamos la actitud de la criatura que sabe que todo lo ha recibido. La humildad no disminuye la dignidad humana; la protege. Solo quien reconoce que depende del amor de Dios puede vivir con verdadera libertad, crecer sin miedo y descubrir que la obediencia confiada conduce siempre a la plenitud de la vida.

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El soberbio juzga y desprecia

Una vez que la soberbia ocupa el corazón, ya no basta con sentirse importante; necesita compararse continuamente con los demás.7 Francisco explica que el soberbio termina despreciando a quienes considera inferiores y juzgando con facilidad sus errores. Desde esa posición elevada, la persona deja de mirar a los otros como hermanos y comienza a tratarlos como rivales o inferiores, creyéndose con derecho a juzgar.

La consecuencia es el aislamiento. Quien siempre necesita tener razón acaba perdiendo la capacidad de escuchar y de aprender. Poco a poco desaparecen la gratitud, la paciencia y la misericordia, porque el corazón ya no contempla la realidad desde Dios, sino desde una superioridad imaginaria y una autosuficiencia creciente.

Mateo 7, 1-5

«No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis la usarán con vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga de tu ojo; entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.»

Jesús no prohíbe ayudar al hermano ni corregir con caridad. Lo que denuncia es la actitud de quien se coloca por encima de los demás y olvida su propia fragilidad. La imagen de la viga y la mota desenmascara una mirada deformada que exagera los defectos ajenos mientras ignora la propia necesidad de conversión.

La humildad devuelve la verdad a nuestras relaciones. Quien reconoce sus propios límites puede corregir con misericordia, pedir perdón cuando se equivoca y aceptar también las correcciones que recibe. Solo un corazón que renuncia a ocupar el primer puesto aprende a vivir desde la fraternidad cristiana y desde la compasión evangélica.

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Pedro: del alarde a las lágrimas

Francisco encuentra en san Pedro uno de los ejemplos más luminosos para comprender la derrota de la soberbia.8 Antes de la Pasión, el apóstol está convencido de que su fidelidad es mayor que la de los demás y asegura que jamás abandonará a Jesús. Sin darse cuenta, apoya toda su seguridad en sus propias fuerzas y no en la gracia del Señor.

La caída de Pedro no representa un fracaso definitivo, sino el comienzo de una auténtica conversión. Cuando descubre su debilidad, deja de confiar únicamente en sí mismo y aprende a apoyarse en Cristo. La humildad nace precisamente cuando el corazón abandona la autosuficiencia y acepta vivir desde la verdad de su fragilidad.

Mateo 26, 31-35

«Entonces Jesús les dice: “Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: ‘Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño’. Pero, cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea”. Pedro replicó: “Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré”. Jesús le dijo: “En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces”. Pedro insistió: “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré”. Y lo mismo dijeron todos los discípulos.»

Pedro compara su fidelidad con la de los demás y se considera incapaz de fallar. Jesús, sin humillarlo, le revela la verdad sobre sí mismo. La escena enseña que la soberbia espiritual puede esconderse incluso detrás de un gran amor al Señor cuando ese amor se apoya más en la confianza en uno mismo que en la misericordia de Dios.

Las lágrimas de Pedro, que contemplaremos más adelante, no son un signo de derrota, sino el comienzo de una vida nueva. Dios no rechaza al que cae y reconoce humildemente su pecado. Al contrario, puede reconstruir sobre ese corazón una fidelidad mucho más firme, porque ya no descansa sobre el orgullo humano, sino sobre la gracia que sostiene.

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Dios da su gracia a los humildes

La audiencia concluye mostrando que la soberbia nunca tiene la última palabra.9 Dios no abandona al hombre encerrado en sí mismo, sino que le ofrece continuamente la posibilidad de volver a empezar. La humildad no consiste en pensar mal de uno mismo, sino en aceptar con alegría la verdad de que todo lo bueno procede de Dios. Solo un corazón que reconoce esa realidad permanece abierto a la gracia y disponible para la acción del Espíritu.

Francisco recuerda que los santos nunca se consideraron superiores a nadie. Cuanto más cerca estuvieron de Dios, mayor fue su conciencia de haber recibido todo como un regalo. La humildad no empequeñece a la persona; la libera del peso de tener que demostrar continuamente su valor. Así desaparece el deseo de ocupar el primer puesto y nace una confianza serena sostenida por la misericordia divina.

Santiago 4, 6-10

«Pero él da una gracia mayor. Por eso dice la Escritura: “Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes”. Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Purificaos las manos, pecadores; limpiaos el corazón, los indecisos. Reconoced vuestra miseria, haced duelo y llorad. Que vuestra risa se convierta en duelo y vuestra alegría en abatimiento. Humillaos ante el Señor, y él os ensalzará.»

Santiago resume en pocas palabras todo el itinerario espiritual de esta sesión. Dios no combate la soberbia con otra forma de poder, sino ofreciendo una gracia que solo puede ser acogida por quien reconoce su necesidad. La verdadera elevación comienza cuando el creyente acepta ponerse en manos de Dios y abandonar la ilusión de bastarse a sí mismo.

Este será también el hilo conductor de toda la sesión. Desde la tentación del paraíso hasta las lágrimas de Pedro, la Escritura muestra que el orgullo siempre conduce al aislamiento, mientras que la humildad abre el camino del encuentro con Dios. Allí donde el hombre deja de ocupar el centro, puede comenzar una vida nueva sostenida por la gracia de Cristo y orientada al servicio de los hermanos.

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III. Imágenes bíblicas comentadas

Imagen bíblica I · «Seréis como dioses»

La imagen representa el instante decisivo de la tentación. Eva contempla el fruto mientras escucha la promesa de la serpiente: «seréis como dioses». Francisco recuerda que la soberbia comienza precisamente aquí: cuando el ser humano deja de recibir la vida como un regalo y desea convertirse en dueño absoluto de sí mismo.10 La escena no habla únicamente del primer pecado, sino de toda autosuficiencia humana y de toda confianza apartada de Dios.

El catequista puede invitar a contemplar el rostro de Eva antes de tomar el fruto. El verdadero combate ocurre en el corazón, donde la mentira parece más atractiva que la confianza. La soberbia siempre promete una libertad mayor, pero termina alejando al hombre de Aquel que es la fuente de toda vida. Solo la obediencia confiada conserva la verdadera libertad.

Imagen bíblica II · «Aunque todos caigan…»

Pedro aparece hablando con una seguridad absoluta delante de Jesús y de los demás discípulos. Sus palabras brotan de un amor sincero, pero también de una confianza excesiva en sus propias fuerzas. Francisco utiliza este episodio para mostrar que incluso una persona buena puede caer cuando apoya toda su esperanza en su propia capacidad y olvida la fragilidad humana.

La mirada serena de Jesús contrasta con el entusiasmo de Pedro. Cristo no humilla a su discípulo ni ridiculiza su generosidad; simplemente le revela una verdad que todavía desconoce sobre sí mismo. La escena enseña que la humildad comienza cuando aceptamos que incluso nuestras mejores intenciones necesitan ser sostenidas por la gracia de Dios y por una confianza perseverante.

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Imagen bíblica III · «Pedro lloró amargamente»

La escena se sitúa inmediatamente después de la negación de Pedro. Ya no aparecen los criados ni el patio del sumo sacerdote como protagonistas. Todo se concentra en el apóstol, que ha descubierto la verdad sobre sí mismo. Francisco subraya que este momento no representa el fracaso definitivo de Pedro, sino el nacimiento de una humildad auténtica y de una confianza renovada en el Señor.11

Las lágrimas de Pedro no nacen de la desesperación, sino del encuentro entre su pecado y la misericordia de Cristo. El discípulo comprende que no puede sostenerse únicamente con sus propias fuerzas. Precisamente por eso comienza una vida nueva. La caída deja de ser un motivo de orgullo herido para convertirse en una escuela de humildad y en un camino de conversión.

Imagen bíblica IV · «Ha mirado la humildad de su esclava»

La última imagen bíblica cambia completamente el escenario. Frente al orgullo que pretende elevarse, aparece María proclamando el Magnificat. Ella no habla de sus propios méritos, sino de las maravillas que Dios ha realizado en su vida. Su canto resume el camino contrario al de la soberbia: toda verdadera grandeza nace cuando el corazón reconoce la primacía de Dios y responde con una gratitud humilde.

Francisco recuerda que los santos nunca buscaron ocupar el primer puesto. María es el modelo perfecto porque toda su existencia remite al Señor. El Magnificat anuncia que Dios derriba la soberbia y eleva a los humildes, no para invertir simplemente los papeles, sino para construir un mundo donde la verdadera grandeza consiste en servir con sencillez y en dejar actuar a la gracia.

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IV. Imágenes catequéticas comentadas

Imagen I · Yo estoy por encima

La protagonista aparece ligeramente elevada sobre unos escalones mientras observa a sus compañeros desde cierta distancia. No hay gestos agresivos ni desprecio exagerado; basta la expresión de suficiencia y la separación física para comprender el mensaje. La soberbia comienza muchas veces cuando dejamos de sentirnos parte del grupo y empezamos a pensar que ocupamos un lugar superior o que merecemos un trato diferente.

Francisco recuerda que esta actitud termina aislando a la persona. Quien necesita situarse continuamente por encima de otros acaba perdiendo la capacidad de aprender de ellos. La verdadera grandeza no consiste en sobresalir a cualquier precio, sino en reconocer que todos hemos recibido dones distintos para construir juntos una auténtica fraternidad y una comunidad cristiana.

Imagen II · No acepto que me corrijan

La misma adolescente escucha a una catequista que intenta orientarla después de un error. Sin embargo, mantiene los brazos cruzados y evita la mirada de quien le habla. La escena no muestra un enfado explosivo, sino algo más frecuente: la dificultad para admitir que otra persona pueda ayudarnos a crecer. La soberbia convierte cualquier corrección en una amenaza personal y no en una oportunidad de aprendizaje.

El comentario de esta imagen permite abrir un diálogo muy cercano a la experiencia de los adolescentes. Padres, profesores, entrenadores y catequistas corrigen porque desean el bien del joven. Aprender a escuchar con humildad no disminuye la libertad; al contrario, ayuda a crecer con mayor madurez. Solo quien acepta dejarse enseñar desarrolla una verdadera sabiduría y una confianza humilde.

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Imagen III · Cuando el pedestal se cae

La protagonista aparece ahora sola, sentada en el suelo de un pasillo del instituto después de haber vivido un fracaso que no esperaba. No hay humillación pública ni dramatismo exagerado. La imagen quiere mostrar el instante en que desaparece la falsa seguridad construida sobre la propia superioridad. Francisco recuerda que muchas veces la vida permite estas caídas para romper una autosuficiencia ilusoria y abrir el corazón a una verdad más profunda.12

La escena invita a comprender que equivocarse no significa perder la dignidad. Cuando aceptamos nuestros límites sin escondernos detrás del orgullo, comienza una verdadera conversión. La caída deja de ser únicamente una derrota y puede convertirse en el primer paso hacia una humildad sincera y una vida más libre.

Imagen IV · Aprender a bajar

La última imagen muestra a la misma joven en una capilla, sentada cerca del Sagrario mientras Jesús permanece a su lado. Ya no necesita ocupar el lugar más alto ni demostrar nada. La conversación transcurre en silencio. Toda la composición expresa que Cristo no humilla al soberbio, sino que lo invita a abandonar voluntariamente el pedestal para descubrir la alegría de la humildad y la cercanía de Dios.

Esta imagen resume el itinerario de toda la sesión. El objetivo no consiste en destruir la personalidad, sino en liberarla del peso de tener que ser siempre la mejor. Cuando dejamos de buscar el primer puesto, descubrimos que Dios puede llenar el corazón con una paz mucho más profunda. La verdadera grandeza comienza cuando aprendemos a dejarnos conducir por Cristo y a vivir desde su gracia.

Portada · Baja del pedestal

La portada reúne en una sola composición todo el recorrido catequético. A un lado aparece la adolescente sobre unos escalones, convencida de que la altura le proporciona seguridad. Al otro, la misma joven desciende mientras Jesús le tiende la mano con serenidad. Él no la obliga a bajar ni la avergüenza delante de nadie. Simplemente la invita a descubrir que la verdadera altura nace de la humildad del corazón.

La imagen sintetiza la enseñanza de Francisco con un lenguaje accesible para adolescentes. La soberbia promete elevarnos por encima de los demás, pero termina aislándonos. Cristo, en cambio, nos enseña a bajar para encontrarnos con Dios y con los hermanos. Solo quien renuncia a ocupar siempre el primer puesto puede experimentar una libertad verdadera y una alegría que permanece.

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V. Desarrollo práctico y actividades

Actividad 1 · Mi pedestal interior

La soberbia suele comenzar en pensamientos que casi nunca expresamos en voz alta. Esta actividad ayuda a descubrir esas actitudes interiores sin convertir la sesión en un juicio sobre nadie. El objetivo consiste en reconocer aquellos momentos en los que buscamos ocupar el primer puesto o creemos que nuestra opinión vale más que la de los demás.

Elemento Desarrollo
Objetivo Reconocer manifestaciones cotidianas de la soberbia.
Duración 20-25 minutos.
Materiales Papel, bolígrafos y una caja.

Cada participante escribe de forma anónima una situación en la que le cuesta aceptar una corrección, pedir perdón o reconocer que otra persona tenía razón. Después se introducen los papeles en una caja y el catequista lee algunos ejemplos para dialogar sobre ellos sin identificar a nadie. La finalidad no es buscar culpables, sino descubrir cómo actúan la autosuficiencia y el orgullo cotidiano.

Microguion para el catequista

«Todos tenemos un pequeño pedestal del que nos cuesta bajar. El problema no es equivocarse, sino creer que nunca necesitamos cambiar. Dios siempre puede construir algo nuevo cuando aceptamos vivir en la verdad.»

Como compromiso, cada joven escribirá una actitud concreta que desea cambiar durante la semana. No se compartirá con el grupo. Será un ejercicio personal de crecimiento que ayude a pasar de la conciencia del problema a una conversión concreta.

Actividad 2 · Aprender a recibir corrección

La humildad se aprende especialmente dentro de la familia. Esta propuesta invita a descubrir que una corrección hecha con cariño puede convertirse en una ayuda para crecer. El objetivo no es provocar discusiones, sino aprender a escuchar con un corazón abierto y con una actitud agradecida.

Elemento Desarrollo
Objetivo Aceptar con serenidad una corrección recibida con cariño.
Duración Una semana.
Aplicación En casa, con padres o personas de confianza.

Durante la semana cada participante pedirá a un familiar que le indique una actitud concreta que debería mejorar. La única condición será escuchar sin interrumpir ni justificarse. Después anotará aquello que más le haya ayudado a comprender. Este ejercicio enseña que reconocer los propios límites no disminuye la dignidad, sino que fortalece la madurez personal y la confianza mutua.

Microguion para la familia

«Corregir no significa humillar. Significa ayudar a crecer. Cuando la corrección nace del amor y es recibida con humildad, fortalece a toda la familia.»

En la siguiente sesión no será necesario explicar cuál fue la corrección recibida. Bastará compartir cómo cambió la manera de escuchar. El verdadero aprendizaje consiste en pasar de la defensa permanente a la disponibilidad para crecer.

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Actividad 3 · Reconocer el bien de otros sin juzgar

La soberbia necesita compararse continuamente con los demás. Por eso esta actividad propone exactamente el camino contrario: aprender a valorar sinceramente las cualidades ajenas. El objetivo es descubrir que reconocer el bien presente en otra persona no disminuye nuestro valor, sino que fortalece la fraternidad cristiana y educa el corazón agradecido.

Elemento Desarrollo
Objetivo Aprender a admirar los dones de otras personas.
Duración 20 minutos.
Ámbito Grupo de Confirmación o comunidad parroquial.

Cada participante recibe el nombre de otro compañero y escribe dos cualidades concretas que haya observado en él durante el curso. No se admiten frases genéricas; deben referirse a hechos reales. Después, quien lo desee puede leer su tarjeta en voz alta. La dinámica ayuda a abandonar la comparación constante y a descubrir la riqueza de los demás como un regalo para toda la comunidad.

Microguion para el catequista

«El orgullo siempre pregunta quién está por encima y quién está por debajo. Jesús hace una pregunta distinta: ¿qué regalo ha puesto Dios en cada persona para que todos podamos crecer juntos?»

La puesta en común concluirá recordando que Dios distribuye los dones para el bien de toda la Iglesia. Cuando aprendemos a alegrarnos por las capacidades de los demás, desaparece la necesidad de competir y nace una comunión más profunda y una alegría compartida.

Actividad 4 · El gesto escondido

La soberbia busca ser vista; la humildad aprende a hacer el bien incluso cuando nadie aplaude. Esta propuesta invita a experimentar durante una semana la libertad que nace al realizar un servicio oculto. El objetivo es descubrir que el amor cristiano encuentra su fuerza en la mirada de Dios y no en el reconocimiento humano.

Elemento Desarrollo
Objetivo Servir sin buscar reconocimiento.
Duración Una semana.
Aplicación Casa, colegio, parroquia o entorno cotidiano.

Cada joven elegirá un servicio concreto que realizará sin contarlo a nadie: ayudar en casa, acompañar a una persona sola, colaborar discretamente en la parroquia o facilitar el trabajo de otra persona. En la siguiente sesión no se preguntará qué hizo cada uno, sino qué sintió al actuar sin esperar felicitaciones. El ejercicio ayuda a pasar del deseo de sobresalir a la alegría de servir.

Microguion para el catequista

«La humildad no consiste en ocultar los talentos, sino en ponerlos al servicio de los demás sin convertirlos en un motivo para sentirse superior. Dios ve lo que muchas veces nadie más ve.»

La sesión termina invitando a conservar este hábito durante las semanas siguientes. La humildad no se aprende mediante grandes gestos extraordinarios, sino a través de pequeñas decisiones cotidianas que van desplazando el centro desde el propio yo hacia Dios y hacia los demás. Así crecen la libertad interior y el amor auténtico.

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VI. Lectio divina

Toda esta sesión conduce finalmente al encuentro personal con Cristo. Después de contemplar la caída de Adán y Eva, la experiencia de san Pedro y el ejemplo luminoso de la Virgen María, llega el momento de dejar que sea la Palabra quien ilumine nuestro propio corazón. La lectio divina ayudará a reconocer dónde permanece todavía la autosuficiencia y cómo Dios ofrece siempre el camino de la humildad que salva.13

El texto principal será la enseñanza de la carta de Santiago, porque resume admirablemente el mensaje desarrollado por Francisco: Dios resiste a los soberbios y concede su gracia a quienes se dejan transformar por Él. Como texto de apoyo utilizaremos el Magnificat, donde María proclama que el Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.14

Preparación

Buscar un lugar de silencio, hacer la señal de la cruz e invocar al Espíritu Santo. Pedir la gracia de mirar la propia vida con verdad y de dejarse conducir por Cristo.

Texto principal

Santiago 4, 6-10

«Pero él da una gracia mayor. Por eso dice la Escritura: «Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes». Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Purificaos las manos, pecadores; limpiaos el corazón, los indecisos. Reconoced vuestra miseria, haced duelo y llorad. Que vuestra risa se convierta en duelo y vuestra alegría en abatimiento. Humillaos ante el Señor, y él os ensalzará.»

Texto de apoyo

Lucas 1, 46-52

«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.»

Meditación

Pregúntate con sinceridad: ¿qué situaciones me cuesta aceptar porque hieren mi orgullo? ¿Cómo reacciono cuando alguien me corrige, cuando otro recibe un reconocimiento o cuando descubro que me he equivocado? La Palabra invita a mirar esos momentos no con vergüenza, sino con la confianza de quien desea caminar hacia una verdad más profunda y una humildad verdadera.

Contempla también a María. Toda su grandeza nace de haber permitido que Dios actuara en su vida. Ella no busca ocupar el primer lugar, sino servir con alegría. Su Magnificat enseña que la auténtica libertad aparece cuando dejamos de construir nuestra vida sobre el orgullo y comenzamos a apoyarnos únicamente en la gracia del Señor y en la confianza filial.

Conclusión general

La soberbia promete una grandeza que nunca puede ofrecer. Quien intenta elevarse por encima de Dios o de los demás termina encerrándose en sí mismo. Francisco nos recuerda que el verdadero camino cristiano sigue exactamente la dirección contraria: reconocer con gratitud todo lo recibido y dejar que Dios transforme el corazón.15 Así nacen la humildad y la alegría del Evangelio.

Al terminar esta sesión podemos pedir al Señor una gracia muy sencilla: aprender a bajar del pedestal cada día. Solo quien deja de colocarse en el centro descubre la libertad de vivir como hijo de Dios y hermano de todos. Ese es el camino que recorrieron Pedro, María y todos los santos: una vida sostenida por la gracia y una humildad que conduce al amor.

Notas

  1. Francisco, Audiencia general. Los vicios y las virtudes: la soberbia, 6 de marzo de 2024. Presentación de la soberbia como raíz de numerosos pecados.
  2. Ibíd. Reflexión sobre la falsa autosuficiencia y la necesidad de la humildad.
  3. Ibíd. La humildad como disposición para recibir la gracia de Dios.
  4. Ibíd. Aplicación pastoral de la virtud de la humildad en la vida cotidiana.
  5. Marcos 7, 20-23.
  6. Génesis 3, 1-7 y Francisco, Audiencia general, 6 de marzo de 2024.
  7. Mateo 7, 1-5.
  8. Mateo 26, 31-35 y 69-75.
  9. Santiago 4, 6-10.
  10. Francisco, comentario sobre la tentación original y el deseo de «ser como dioses».
  11. Francisco, comentario sobre san Pedro como camino de purificación de la soberbia.
  12. Ibíd. La caída aceptada con humildad como comienzo de una vida nueva.
  13. Francisco, síntesis espiritual de la audiencia del 6 de marzo de 2024.
  14. Lucas 1, 46-52.
  15. Francisco, conclusión de la audiencia: la humildad abre el corazón a la gracia.

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Evangelio del día: Cuando llegue el Espíritu Santo

Evangelio del día: Cuando llegue el Espíritu Santo

Juan 16, 12-15. Miércoles de la 6.ª semana del Tiempo de Pascua. El Espíritu Santo nos hace entrar en una comunión cada vez más profunda con Jesús, donándonos la inteligencia de las cosas de Dios.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: «Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 17, 15.22; 18, 1

Salmo: Sal 148(147), 1-2.11-14

Oración introductoria

Señor, creo que estás presente aquí y ahora, dispuesto a derramar tu luz en mi oración. Tengo la confianza en que me darás la gracia que necesito para crecer en el amor y poder así dar el testimonio que puede acercar a otros a querer experimentar también tu presencia. Gracias por tu amor, por tu inmensa generosidad, te ofrezco mi vida y todo mi esfuerzo.

Petición

Espíritu Santo, aumenta mi fe para que ninguna distracción me aparte del gozo de poder experimentar tu cercanía y tu amor.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!:

Hoy quisiera reflexionar sobre la acción que realiza el Espíritu Santo al guiar a la Iglesia y a cada uno de nosotros a la Verdad. Jesús mismo dice a los discípulos: el Espíritu Santo «os guiará hasta la verdad» (Jn16, 13), siendo Él mismo «el Espíritu de la Verdad» (cf. Jn 14, 17; 15, 26; 16, 13).

Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico respecto a la verdad. Benedicto XVI habló muchas veces de relativismo, es decir, de la tendencia a considerar que no existe nada definitivo y a pensar que la verdad deriva del consenso o de lo que nosotros queremos. Surge la pregunta: ¿existe realmente «la» verdad? ¿Qué es «la» verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos encontrarla? Aquí me viene a la mente la pregunta del Procurador romano Poncio Pilato cuando Jesús le revela el sentido profundo de su misión: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38). Pilato no logra entender que «la» Verdad está ante él, no logra ver en Jesús el rostro de la verdad, que es el rostro de Dios. Sin embargo, Jesús es precisamente esto: la Verdad, que, en la plenitud de los tiempos, «se hizo carne» (Jn 1, 1.14), vino en medio de nosotros para que la conociéramos. La verdad no se aferra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona.

Pero, ¿quién nos hace reconocer que Jesús es «la» Palabra de verdad, el Hijo unigénito de Dios Padre? San Pablo enseña que «nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!”, sino por el Espíritu Santo» (1 Co 12, 3). Es precisamente el Espíritu Santo, el don de Cristo Resucitado, quien nos hace reconocer la Verdad. Jesús lo define el «Paráclito», es decir, «aquel que viene a ayudar», que está a nuestro lado para sostenernos en este camino de conocimiento; y, durante la última Cena, Jesús asegura a los discípulos que el Espíritu Santo enseñará todo, recordándoles sus palabras (cf. Jn 14, 26).

¿Cuál es, entonces, la acción del Espíritu Santo en nuestra vida y en la vida de la Iglesia para guiarnos a la verdad? Ante todo, recuerda e imprime en el corazón de los creyentes las palabras que dijo Jesús, y, precisamente a través de tales palabras, la ley de Dios —como habían anunciado los profetas del Antiguo Testamento— se inscribe en nuestro corazón y se convierte en nosotros en principio de valoración en las opciones y de guía en las acciones cotidianas; se convierte en principio de vida. Se realiza así la gran profecía de Ezequiel: «os purificaré de todas vuestras inmundicias e idolatrías, y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo… Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos» (36, 25-27). En efecto, es del interior de nosotros mismos de donde nacen nuestras acciones: es precisamente el corazón lo que debe convertirse a Dios, y el Espíritu Santo lo transforma si nosotros nos abrimos a Él.

El Espíritu Santo, luego, como promete Jesús, nos guía «hasta la verdad plena» (Jn 16, 13); nos guía no sólo al encuentro con Jesús, plenitud de la Verdad, sino que nos guía incluso «dentro» de la Verdad, es decir, nos hace entrar en una comunión cada vez más profunda con Jesús, donándonos la inteligencia de las cosas de Dios. Y esto no lo podemos alcanzar con nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos será superficial. La Tradición de la Iglesia afirma que el Espíritu de la Verdad actúa en nuestro corazón suscitando el «sentido de la fe» (sensus fidei) a través del cual, como afirma el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio, se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida, la profundiza con recto juicio y la aplica más plenamente en la vida (cf. Const. dogm. Lumen gentium, 12). Preguntémonos: ¿estoy abierto a la acción del Espíritu Santo, le pido que me dé luz, me haga más sensible a las cosas de Dios? Esta es una oración que debemos hacer todos los días: «Espíritu Santo haz que mi corazón se abra a la Palabra de Dios, que mi corazón se abra al bien, que mi corazón se abra a la belleza de Dios todos los días». Quisiera hacer una pregunta a todos: ¿cuántos de vosotros rezan todos los días al Espíritu Santo? Serán pocos, pero nosotros debemos satisfacer este deseo de Jesús y rezar todos los días al Espíritu Santo, para que nos abra el corazón hacia Jesús.

Pensemos en María, que «conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19.51). La acogida de las palabras y de las verdades de la fe, para que se conviertan en vida, se realiza y crece bajo la acción del Espíritu Santo. En este sentido es necesario aprender de María, revivir su «sí», su disponibilidad total a recibir al Hijo de Dios en su vida, que quedó transformada desde ese momento. A través del Espíritu Santo, el Padre y el Hijo habitan junto a nosotros: nosotros vivimos en Dios y de Dios. Pero, nuestra vida ¿está verdaderamente animada por Dios? ¿Cuántas cosas antepongo a Dios?

Queridos hermanos y hermanas, necesitamos dejarnos inundar por la luz del Espíritu Santo, para que Él nos introduzca en la Verdad de Dios, que es el único Señor de nuestra vida. En este Año de la fepreguntémonos si hemos dado concretamente algún paso para conocer más a Cristo y las verdades de la fe, leyendo y meditando la Sagrada Escritura, estudiando el Catecismo, acercándonos con constancia a los Sacramentos. Preguntémonos al mismo tiempo qué pasos estamos dando para que la fe oriente toda nuestra existencia. No se es cristiano a «tiempo parcial», sólo en algunos momentos, en algunas circunstancias, en algunas opciones. No se puede ser cristianos de este modo, se es cristiano en todo momento. ¡Totalmente! La verdad de Cristo, que el Espíritu Santo nos enseña y nos dona, atañe para siempre y totalmente nuestra vida cotidiana. Invoquémosle con más frecuencia para que nos guíe por el camino de los discípulos de Cristo. Invoquémosle todos los días. Os hago esta propuesta: invoquemos todos los días al Espíritu Santo, así el Espíritu Santo nos acercará a Jesucristo.

Santo Padre Francisco

Audiencia General del miércoles, 15 de mayo de 2013

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

4. El Espíritu Santo, alma de la Iglesia y principio de comunión

Pero para comprender la misión de la Iglesia hemos de regresar al Cenáculo donde los discípulos permanecían juntos (cf. Lc 24, 49), rezando con María, la «Madre», a la espera del Espíritu prometido. Toda comunidad cristiana tiene que inspirarse constantemente en este icono de la Iglesia naciente. La fecundidad apostólica y misionera no es el resultado principalmente de programas y métodos pastorales sabiamente elaborados y «eficientes», sino el fruto de la oración comunitaria incesante (cf. Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 75). La eficacia de la misión presupone, además, que las comunidades estén unidas, que tengan «un solo corazón y una sola alma» (cf. Hch 4, 32), y que estén dispuestas a dar testimonio del amor y la alegría que el Espíritu Santo infunde en los corazones de los creyentes (cf. Hch 2, 42). El Siervo de Dios Juan Pablo II escribió que antes de ser acción, la misión de la Iglesia es testimonio e irradiación (cf. Enc. Redemptoris missio, 26). Así sucedía al inicio del cristianismo, cuando, como escribe Tertuliano, los paganos se convertían viendo el amor que reinaba entre los cristianos: «Ved –dicen– cómo se aman entre ellos» (cf. Apologético, 39, 7).

Concluyendo esta rápida mirada a la Palabra de Dios en la Biblia, os invito a notar cómo el Espíritu Santo es el don más alto de Dios al hombre, el testimonio supremo por tanto de su amor por nosotros, un amor que se expresa concretamente como «sí a la vida» que Dios quiere para cada una de sus criaturas. Este «sí a la vida» tiene su forma plena en Jesús de Nazaret y en su victoria sobre el mal mediante la redención. A este respecto, nunca olvidemos que el Evangelio de Jesús, precisamente en virtud del Espíritu, no se reduce a una mera constatación, sino que quiere ser «Buena Noticia para los pobres, libertad para los oprimidos, vista para los ciegos…». Es lo que se manifestó con vigor el día de Pentecostés, convirtiéndose en gracia y en tarea de la Iglesia para con el mundo, su misión prioritaria.

Nosotros somos los frutos de esta misión de la Iglesia por obra del Espíritu Santo. Llevamos dentro de nosotros ese sello del amor del Padre en Jesucristo que es el Espíritu Santo. No lo olvidemos jamás, porque el Espíritu del Señor se acuerda siempre de cada uno y quiere, en particular mediante vosotros, jóvenes, suscitar en el mundo el viento y el fuego de un nuevo Pentecostés.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Mensaje a los jóvenes del mundo

XXIII Jornada Mundial de la Juventud

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

III. El Espíritu y la Palabra de Dios en el tiempo de las promesas

702 Desde el comienzo y hasta «la plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4), la Misión conjunta del Verbo y del Espíritu del Padre permanece oculta pero activa. El Espíritu de Dios preparaba entonces el tiempo del Mesías, y ambos, sin estar todavía plenamente revelados, ya han sido prometidos a fin de ser esperados y aceptados cuando se manifiesten. Por eso, cuando la Iglesia lee el Antiguo Testamento (cf. 2 Co 3, 14), investiga en él (cf. Jn 5, 39-46) lo que el Espíritu, «que habló por los profetas» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS 150), quiere decirnos acerca de Cristo.

Por «profetas», la fe de la Iglesia entiende aquí a todos los que fueron inspirados por el Espíritu Santo en el vivo anuncio y en la redacción de los Libros Santos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. La tradición judía distingue la Ley [los cinco primeros libros o Pentateuco], los Profetas [que nosotros llamamos los libros históricos y proféticos] y los Escritos [sobre todo sapienciales, en particular los Salmos] (cf. Lc 24, 44).

En la Creación

703 La Palabra de Dios y su Soplo están en el origen del ser y de la vida de toda creatura (cf. Sal 33, 6; 104, 30; Gn 1, 2; 2, 7; Qo 3, 20-21; Ez 37, 10):

«Es justo que el Espíritu Santo reine, santifique y anime la creación porque es Dios consubstancial al Padre y al Hijo […] A Él se le da el poder sobre la vida, porque siendo Dios guarda la creación en el Padre por el Hijo» (Oficio Bizantino de las Horas. Maitines del Domingo según el modo segundo. Antífonas 1 y 2).

704 «En cuanto al hombre, Dios lo formó con sus propias manos [es decir, el Hijo y el Espíritu Santo] Y Él dibujó trazó sobre la carne moldeada su propia forma, de modo que incluso lo que fuese visible llevase la forma divina» (San Ireneo de Lyon, Demonstratio praedicationis apostolicae, 11: SC 62, 48-49).

El Espíritu de la promesa

705 Desfigurado por el pecado y por la muerte, el hombre continua siendo «a imagen de Dios», a imagen del Hijo, pero «privado de la Gloria de Dios» (Rm 3, 23), privado de la «semejanza». La Promesa hecha a Abraham inaugura la Economía de la Salvación, al final de la cual el Hijo mismo asumirá «la imagen» (cf. Jn 1, 14; Flp 2, 7) y la restaurará en «la semejanza» con el Padre volviéndole a dar la Gloria, el Espíritu «que da la Vida».

706 Contra toda esperanza humana, Dios promete a Abraham una descendencia, como fruto de la fe y del poder del Espíritu Santo (cf. Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38. 54-55; Jn 1, 12-13; Rm4, 16-21). En ella serán bendecidas todas las naciones de la tierra (cf. Gn 12, 3). Esta descendencia será Cristo (cf. Ga 3, 16) en quien la efusión del Espíritu Santo formará «la unidad de los hijos de Dios dispersos» (cf. Jn 11, 52). Comprometiéndose con juramento (cf.Lc 1, 73), Dios se obliga ya al don de su Hijo Amado (cf. Gn 22, 17-19; Rm 8, 32;Jn 3, 16) y al don del «Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda … para redención del Pueblo de su posesión» (Ef 1, 13-14; cf. Ga 3, 14).

En las Teofanías y en la Ley

707 Las Teofanías [manifestaciones de Dios] iluminan el camino de la Promesa, desde los Patriarcas a Moisés y desde Josué hasta las visiones que inauguran la misión de los grandes profetas. La tradición cristiana siempre ha reconocido que, en estas Teofanías, el Verbo de Dios se dejaba ver y oír, a la vez revelado y «cubierto» por la nube del Espíritu Santo.

708 Esta pedagogía de Dios aparece especialmente en el don de la Ley (cf. Ex 19-20; Dt 1-11; 29-30), que fue dada como un «pedagogo» para conducir al Pueblo hacia Cristo (Ga 3, 24). Pero su impotencia para salvar al hombre privado de la «semejanza» divina y el conocimiento creciente que ella da del pecado (cf. Rm 3, 20) suscitan el deseo del Espíritu Santo. Los gemidos de los Salmos lo atestiguan.

En el Reino y en el Exilio

709 La Ley, signo de la Promesa y de la Alianza, habría debido regir el corazón y las instituciones del pueblo salido de la fe de Abraham. «Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza […], seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19,5-6; cf. 1 P2, 9). Pero, después de David, Israel sucumbe a la tentación de convertirse en un reino como las demás naciones. Pues bien, el Reino objeto de la promesa hecha a David (cf. 2 S 7; Sal 89; Lc 1, 32-33) será obra del Espíritu Santo; pertenecerá a los pobres según el Espíritu.

710 El olvido de la Ley y la infidelidad a la Alianza llevan a la muerte: el Exilio, aparente fracaso de las Promesas, es en realidad fidelidad misteriosa del Dios Salvador y comienzo de una restauración prometida, pero según el Espíritu. Era necesario que el Pueblo de Dios sufriese esta purificación (cf. Lc 24, 26); el Exilio lleva ya la sombra de la Cruz en el Designio de Dios, y el Resto de pobres que vuelven del Exilio es una de la figuras más transparentes de la Iglesia.

La espera del Mesías y de su Espíritu

711 «He aquí que yo lo renuevo»(Is 43, 19): dos líneas proféticas se van a perfilar, una se refiere a la espera del Mesías, la otra al anuncio de un Espíritu nuevo, y las dos convergen en el pequeño Resto, el pueblo de los Pobres (cf. So 2, 3), que aguardan en la esperanza la «consolación de Israel» y «la redención de Jerusalén» (cf. Lc 2, 25. 38).

Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las profecías que a Él se refieren. A continuación se describen aquéllas en que aparece sobre todo la relación del Mesías y de su Espíritu.

712 Los rasgos del rostro del Mesías esperado comienzan a aparecer en el Libro del Emmanuel (cf. Is 6, 12) (cuando «Isaías vio […] la gloria» de Cristo Jn 12, 41), especialmente en Is 11, 1-2:

«Saldrá un vástago del tronco de Jesé,
y un retoño de sus raíces brotará.
Reposará sobre él el Espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y de fortaleza,
espíritu de ciencia y temor del Señor».

713 Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del Siervo (cf. Is 42, 1-9; cf. Mt 12, 18-21; Jn 1, 32-34; y también Is 49, 1-6; cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y por último Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12). Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde fuera, sino desposándose con nuestra «condición de esclavos» (Flp 2, 7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.

714 Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo este pasaje de Isaías (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2):

«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,
a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor».

715 Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del «amor y de la fidelidad» (cf. Ez 11, 19; 36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31, 31-34; y Jl 3, 1-5, cuyo cumplimiento proclamará San Pedro la mañana de Pentecostés (cf. Hch 2, 17-21). Según estas promesas, en los «últimos tiempos», el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz.

716 El Pueblo de los «pobres» (cf. So 2, 3; Sal 22, 27; 34, 3; Is 49, 13; 61, 1; etc.), los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías, todo esto es, finalmente, la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas para preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad de corazón del Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor «un pueblo bien dispuesto» (cf. Lc 1, 17).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Hacer una oración de agradecimiento a Dios por el don de mi fe, preferentemente ante el Santísimo.

Diálogo con Cristo

Jesús, no dejes que la pereza o el desaliento dominen mi determinación de vivir siempre en tu presencia. Dame tu gracia y el amor que me mueva a hacer rendir todos los dones con los que has colmado mi vida.

*  *  *

El Espíritu Santo es el don más alto de Dios al hombre,

el testimonio supremo de su amor por nosotros.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

*  *  *

Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

*  *  *

 

Evangelio del día: Jesús nos prepara una morada

Evangelio del día: Jesús nos prepara una morada

Juan 14, 1-6. Viernes de la 4.ª semana del Tiempo de Pascua. Vivir y actuar para la gloria de Dios es la razón y el sentido de toda vida cristiana.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy». Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?». Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 13, 26-33

Salmo: Sal 2, 6-11

Oración introductoria

Señor, sosteniéndome con tu gracia me das la vida y, porque me amas, quieres mostrarme el camino, la verdad y el estilo de vida que me puede llevar a la felicidad. Ilumina mi oración, aparta la distracción para que pueda experimentar tu presencia y tu cercanía.

Petición

Jesús, quiero ser dócil a tus inspiraciones, ¡ilumíname!

Meditación del Santo Padre Francisco

Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida. Cada vez que uno vuelve a descubrirlo, se convence de que eso mismo es lo que los demás necesitan, aunque no lo reconozcan… A veces perdemos el entusiasmo por la misión al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, porque todos hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno… Tenemos un tesoro de vida y de amor que es lo que no puede engañar, el mensaje que no puede manipular ni desilusionar. Es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar. Nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor…

Unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama. En definitiva, lo que buscamos es la gloria del Padre; vivimos y actuamos «para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,6). Si queremos entregarnos a fondo y con constancia, tenemos que ir más allá de cualquier otra motivación. Éste es el móvil definitivo, el más profundo, el más grande, la razón y el sentido final de todo lo demás. Se trata de la gloria del Padre que Jesús buscó durante toda su existencia. Él es el Hijo eternamente feliz con todo su ser «hacia el seno del Padre» (Jn1,18). Si somos misioneros, es ante todo porque Jesús nos ha dicho: «La gloria de mi Padre consiste en que deis fruto abundante» (Jn 15,8). Más allá de que nos convenga o no, nos interese o no, nos sirva o no, más allá de los límites pequeños de nuestros deseos, nuestra comprensión y nuestras motivaciones, evangelizamos para la mayor gloria del Padre que nos ama.

Santo Padre Francisco: Nadie va al Padre, sino por mi

Exhortación apostólica «Evangelii Gaudium»

La alegría del evangelio, números 265 y 267

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

III. Vida moral y testimonio misionero

2044 La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. “El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios” (AA 6).

2045 Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo (cf Ef 1, 22), contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles (cf LG 39), “hasta que lleguemos al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo” (Ef 4, 13).

2046 Llevando una vida según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, “Reino de justicia, de verdad y de paz” (Solemnidad de N. Señor Jesucristo Rey del Universo, Prefacio: Misal Romano). Esto no significa que abandonen sus tareas terrenas, sino que, fieles a su Maestro, las cumplen con rectitud, paciencia y amor.

Catecismo de la Iglesia Católica

Diálogo con Cristo

No soy católico por seguir unos mandamientos o creer en una doctrina, sino por seguir a una persona, que me ama. Jesús, quiero ocupar esa habitación que con tanto amor has preparado para mí. No permitas que sea indiferente a esta maravillosa verdad. Ayúdame a permanecer siempre cerca de Ti, por la frescura y la delicadeza de la vida de gracia, por los momentos de oración y por la fidelidad a las inspiraciones del Espíritu Santo.

Propósito

Ayunar de pesimismo para crecer en la esperanza de que, con Cristo, puedo ser santo.

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