Evangelio del día: Manso y humilde de corazón

Evangelio del día: Manso y humilde de corazón

Mateo 11, 28-30

Jueves de la 15.ª semana del Tiempo Ordinario

Jesús promete alivio y consuelo a todos los que están cansados, pero también nos invita a tomar su yugo y aprender de su corazón manso y humilde. El descanso que ofrece Cristo no consiste en huir de las cargas, sino en aprender a llevarlas con él y desde su amor.

El yugo del Señor consiste en cargar fraternalmente con el peso de los demás. Quien ha recibido el consuelo de Cristo está llamado a convertirse en descanso para sus hermanos, sin aumentar sus cargas con juicios, críticas, indiferencia o imposiciones personales.

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas de la liturgia

Primera lectura Libro del Éxodo, Éx 3, 13-20
Salmo Sal 105 (104)

Oración introductoria

Señor, gracias por ofrecerme tu consuelo, tu compañía y tu infinita misericordia. Te ofrezco humildemente mi corazón y mi vida entera. Ilumina mi oración, porque quiero seguir el camino que me lleve a vivir en plenitud el amor.

Petición

Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de este domingo encontramos la invitación de Jesús. Dice así: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Cuando Jesús dice esto, tiene ante sus ojos a las personas que encuentra todos los días por los caminos de Galilea: mucha gente sencilla, pobres, enfermos, pecadores y marginados.

Esta gente lo ha seguido siempre para escuchar su palabra, una palabra que daba esperanza. Las palabras de Jesús dan siempre esperanza. También lo seguían para tocar, aunque sólo fuera, el borde de su manto.

Jesús mismo buscaba a estas multitudes cansadas y agobiadas, como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 35-36). Las buscaba para anunciarles el Reino de Dios y para curar a muchos en el cuerpo y en el espíritu. Ahora los llama a todos a su lado: «Venid a mí», y les promete alivio y consuelo.

Esta invitación de Jesús se extiende hasta nuestros días, para llegar a muchos hermanos y hermanas oprimidos por condiciones precarias de vida, por situaciones existenciales difíciles y, a veces, privados de puntos de referencia válidos.

En los países más pobres, pero también en las periferias de los países más ricos, se encuentran muchas personas cansadas y agobiadas bajo el peso insoportable del abandono y la indiferencia. La indiferencia: ¡cuánto mal hace a los necesitados la indiferencia humana! Y es todavía peor la indiferencia de los cristianos.

En los márgenes de la sociedad son muchos los hombres y mujeres probados por la indigencia, pero también por la insatisfacción ante la vida y por la frustración. Muchos se ven obligados a emigrar de su patria, poniendo en riesgo su propia vida.

Muchos más cargan cada día el peso de un sistema económico que explota al hombre y le impone un yugo insoportable, que unos pocos privilegiados no quieren llevar.

A cada uno de estos hijos del Padre que está en los cielos, Jesús repite: «Venid a mí todos vosotros». Lo dice también a quienes poseen todo, pero tienen el corazón vacío y sin Dios. También a ellos Jesús dirige esta invitación: «Venid a mí».

La invitación de Jesús es para todos, pero se dirige de manera especial a quienes sufren más.

Tomar el yugo de Cristo

Jesús promete dar alivio a todos, pero nos hace también una invitación que es como un mandamiento: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29).

El yugo del Señor consiste en cargar con el peso de los demás mediante el amor fraterno. Una vez recibido el alivio y el consuelo de Cristo, estamos llamados, a nuestra vez, a convertirnos en descanso y consuelo para los hermanos, con una actitud mansa y humilde, a imitación del Maestro.

La mansedumbre y la humildad del corazón nos ayudan no sólo a cargar con el peso de los demás, sino también a no cargar sobre ellos nuestros puntos de vista personales, nuestros juicios, nuestras críticas o nuestra indiferencia.

Una pregunta para la vida

¿Las personas que viven conmigo encuentran en mí descanso, acogida y consuelo, o aumento sus cargas mediante mis críticas, mis exigencias, mi impaciencia o mi indiferencia?

Invoquemos a María santísima, que acoge bajo su manto a todas las personas cansadas y agobiadas, para que, mediante una fe iluminada y testimoniada en la vida, podamos ser alivio para cuantos tienen necesidad de ayuda, de ternura y de esperanza.

Santo Padre Francisco

Ángelus del domingo, 6 de julio de 2014

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, en el Evangelio, el Señor Jesús nos repite unas palabras que conocemos muy bien, pero que siempre nos conmueven: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11, 28-30).

Cuando Jesús recorría los caminos de Galilea anunciando el Reino de Dios y curando a muchos enfermos, sentía compasión de las muchedumbres, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 35-36).

Esa mirada de Jesús parece extenderse hasta hoy, hasta nuestro mundo. También hoy se posa sobre tanta gente oprimida por condiciones de vida difíciles y privada de puntos de referencia válidos para encontrar un sentido y una meta a su existencia.

Multitudes extenuadas se encuentran en los países más pobres, probadas por la indigencia. También en los países más ricos son numerosos los hombres y las mujeres insatisfechos, e incluso enfermos de depresión.

Pensemos en los innumerables desplazados y refugiados, y en cuantos emigran arriesgando su propia vida. La mirada de Cristo se posa sobre toda esta gente; más aún, sobre cada uno de estos hijos del Padre que está en los cielos, y repite: «Venid a mí todos…».

El yugo que aligera

Jesús promete que dará a todos descanso, pero pone una condición: «Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».

¿En qué consiste este yugo que, en lugar de pesar, aligera y, en lugar de aplastar, alivia? El yugo de Cristo es la ley del amor, su mandamiento, que ha dejado a sus discípulos (cf. Jn 13, 34; 15, 12).

El verdadero remedio para las heridas de la humanidad —tanto las materiales, como el hambre y las injusticias, como las psicológicas y morales, causadas por un falso bienestar— es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor de Dios.

Por ello es necesario abandonar el camino de la arrogancia y de la violencia utilizada para conquistar posiciones de poder cada vez mayores o para asegurar el éxito a toda costa.

También por respeto al medio ambiente es necesario renunciar al estilo agresivo que ha dominado en los últimos siglos y adoptar una razonable mansedumbre.

Pero, sobre todo, en las relaciones humanas, interpersonales y sociales, la norma del respeto y de la no violencia —es decir, la fuerza de la verdad frente a todo abuso— es la que puede asegurar un futuro digno del hombre.

Queridos amigos, que la Virgen nos ayude a aprender de Jesús la verdadera humildad, a tomar con decisión su yugo ligero, a experimentar la paz interior y a ser, a nuestra vez, capaces de consolar a otros hermanos y hermanas que recorren con fatiga el camino de la vida.

Santo Padre Benedicto XVI

Ángelus del domingo, 3 de julio de 2011

Para guardar en el corazón

Cristo no siempre retira nuestras cargas, pero se coloca bajo ellas con nosotros y nos enseña a llevarlas desde el amor.

Catecismo de la Iglesia Católica

IV. Perseverar en el amor

2742. «Orad constantemente» (1 Ts 5, 17), «dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5, 20), «siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos» (Ef 6, 18).

«No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar» (Evagrio Póntico, Capita practica ad Anatolium, 49).

Este ardor incansable no puede proceder más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el combate del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe luminosas y vivificantes.

Orar es siempre posible

2743. Orar es siempre posible. El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado, que está con nosotros «todos los días» (Mt 28, 20), cualesquiera que sean las tempestades (cf. Lc 8, 24). Nuestro tiempo está en las manos de Dios.

«Conviene que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o mientras da un paseo; igualmente, el que está sentado ante su mesa de trabajo o el que dedica su tiempo a otras labores debe levantar su alma a Dios. Conviene también que el siervo alborotador o el que anda de un lado para otro, o el que se encuentra sirviendo en la cocina, intente elevar la súplica desde lo más hondo de su corazón».

San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 6

Orar es una necesidad vital

2744. Orar es una necesidad vital. Si no nos dejamos conducir por el Espíritu, caemos en la esclavitud del pecado (cf. Ga 5, 16-25). ¿Cómo puede ser el Espíritu Santo nuestra vida si nuestro corazón está lejos de él?

«Nada vale tanto como la oración: hace posible lo que es imposible y fácil lo que es difícil. Es imposible que el hombre que ora pueda pecar».

San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 5

«Quien ora se salva ciertamente; quien no ora se condena ciertamente».

San Alfonso María de Ligorio, Del gran medio de la oración

Oración y vida cristiana son inseparables

2745. Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor.

Es la misma conformidad filial y amorosa con el designio de amor del Padre; la misma unión transformante en el Espíritu Santo, que nos configura cada vez más con Cristo Jesús; y el mismo amor a todos los hombres con el que Jesús nos ha amado.

«Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá. Esto os mando: que os améis unos a otros» (cf. Jn 15, 16-17).

«Ora continuamente quien une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos cumplir el mandato: “Orad constantemente”».

Orígenes, De oratione, 12, 2

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Ante las dificultades que se me presenten hoy, pediré la ayuda de Dios en vez de intentar resolverlo todo desde la autosuficiencia.

Diálogo con Cristo

Encontrar descanso es algo que todos buscamos. Ese descanso no significa que los problemas o los esfuerzos desaparezcan. Quizá las cosas sigan aparentemente igual, pero con Cristo se viven desde una perspectiva diferente.

Gracias, Señor, por ofrecerme tu paz. Para alcanzarla, te pido fe, generosidad, fuerza de voluntad, confianza y, sobre todo, amor. Con estos dones y con tu gracia tendré la fuerza necesaria para vivir tu voluntad.

Para seguir profundizando

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