Orientaciones para que los padres puedan acoger, explicar y transmitir en casa el valor de cada vida humana
Contemplación: La joven embarazada no ocupa un rincón aislado: permanece dentro del movimiento familiar. El abuelo que necesita una silla, el niño que riega y quienes preparan la mesa muestran distintas formas de dependencia y cuidado. La parra no es un adorno añadido; hace visible que una misma vida recorre generaciones diferentes y que cada una recibe algo que no se ha dado a sí misma.
En la familia, cada generación recibe la vida de otra y aprende a entregarla: acogiendo al que llega, sosteniendo al que lo necesita y preparando juntos una mesa donde nadie sobra.
Hay conversaciones familiares que parecen surgir de pronto: «Mamá, estoy embarazada»; «Nos vamos a vivir juntos»; «No esperéis nietos»; «Necesitamos ayuda médica para tener un hijo». Sin embargo, casi nunca empiezan ese día. Detrás hay años de educación, ejemplos observados, silencios, heridas, deseos y preguntas. Por eso este artículo no ofrece respuestas de emergencia para ganar una discusión. Quiere ayudar a los padres a crear en casa un lenguaje común con el que hablar de la familia, el amor y la vida humana antes, durante y después de las decisiones difíciles.
La fe cristiana no contempla la vida familiar desde fuera. Jesucristo quiso nacer, crecer y ser educado en una familia; conoció sus trabajos, vínculos y preocupaciones. León XIV recuerda que en la familia aprendemos a amar y desarrollamos la capacidad de servir a la vida.1 El Magisterio no inventa esa realidad: reconoce su verdad y ayuda a custodiarla cuando el miedo, la presión social o el poder técnico pueden oscurecerla.
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1. Toda persona es deseada por Dios
En el lenguaje corriente hablamos de hijos «deseados» o «no deseados». La expresión puede describir el estado de ánimo de unos adultos, pero nunca determina el valor del hijo. Una persona puede llegar antes de lo previsto, en medio de una crisis o sin haber sido buscada; aun así, su dignidad no depende del proyecto de otros. El hijo no empieza a valer cuando alguien lo acepta. Es ya alguien, no algo disponible para la aprobación.2
Esta verdad exige algo más que condenar el aborto. León XIV ha pedido proteger a todos los niños no nacidos y ofrecer apoyo efectivo a las mujeres para que puedan acoger la vida.3 Cuando una hija dice «Estoy embarazada», la primera respuesta familiar debería salvarla del aislamiento: escuchar, serenarse, protegerla de presiones y comenzar a ordenar juntos la realidad. Defender al hijo incluye sostener a su madre, exigir la responsabilidad del padre y movilizar la ayuda familiar, eclesial y profesional necesaria.
Para vivirlo en casa
Aviso a los padres: no permitáis que el miedo al qué dirán sea la primera voz que escuche una hija embarazada.
Clave para los padres: acoged primero a las personas; después habrá tiempo para reconocer responsabilidades, pedir perdón y ordenar el futuro.
Idea para la familia: haced una lista privada de personas y recursos a los que podríais acudir ante un embarazo difícil.
Para transmitir a los hijos: «Nada que nos cuentes hará que dejemos de amarte; la verdad puede ser difícil, pero la afrontaremos contigo».
Las formas de convivencia cambian, pero las necesidades humanas fundamentales permanecen: ser amado de manera estable, pertenecer, cuidar y ser cuidado, recibir un nombre y una historia. La familia fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer no es una pieza de museo ni una convención intercambiable. Une el amor de los esposos con la apertura a la generación y crea una red de vínculos entre generaciones en la que el niño puede descubrirse como hijo, hermano, nieto y miembro de una comunidad.4
León XIV llama a la familia fundamento de la sociedad y primera escuela de socialidad.5 Esto no significa idealizar hogares sin conflictos ni despreciar a quienes viven situaciones frágiles. Significa reconocer qué bien necesita protección y acompañar con verdad y misericordia las heridas reales. También significa explicar a los hijos que el matrimonio no es solo una fiesta ni un sentimiento privado: es una promesa pública de fidelidad, ayuda mutua y apertura responsable a la vida.
Contemplación: La fotografía de la boda no es un recuerdo cerrado: de aquella promesa han nacido rostros, parentescos y una historia que ahora los hijos reciben. La abuela amplía la escena hacia el pasado y los adolescentes la abren hacia el futuro. Mirar juntos las fotografías expresa que pertenecer a una familia significa recibir una memoria y aprender a continuarla libremente.
La promesa de los esposos no queda encerrada en el día de la boda: crea un hogar estable, enlaza generaciones y ofrece a los hijos una historia desde la que pueden comprender quiénes son.
Para vivirlo en casa
Aviso a los padres: si solo habláis del matrimonio para lamentar su crisis, los hijos difícilmente descubrirán su belleza.
Clave para los padres: contad también qué os llevó a comprometeros y qué habéis aprendido al permanecer juntos.
Idea para la familia: elegid tres fotografías y reconstruid la historia familiar que hay detrás de ellas.
Para transmitir a los hijos: «El amor no se hace menos libre cuando promete; se vuelve capaz de sostener una vida».
La defensa de la vida no se apoya únicamente en que una religión la mande. La razón puede reconocer que el ser humano posee valor por lo que es, no por su tamaño, edad, salud, autonomía, utilidad o aceptación social. Si la dignidad dependiera de capacidades ya desarrolladas, quienes duermen, enferman, envejecen o necesitan ayuda valdrían menos. En cambio, la igualdad humana exige una dignidad anterior al rendimiento.6
Desde la concepción comienza la existencia de un organismo humano vivo con desarrollo propio y continuo.7 La fe añade una luz decisiva: cada persona es creada a imagen de Dios, llamada por su nombre y destinada a una comunión eterna. Por eso León XIV afirma que el derecho a la vida es fundamento imprescindible de los demás derechos.8 Los padres pueden mostrar a sus hijos que aquí fe y razón no compiten: la razón reconoce a uno de los nuestros; la fe permite contemplarlo además como don de Dios.
Para vivirlo en casa
Aviso a los padres: evitad reducir esta conversación a consignas políticas; enseñad a razonar con respeto.
Clave para los padres: preguntad qué ocurriría si el valor de alguien dependiera de que otro lo deseara o lo considerara útil.
Idea para la familia: conversad sobre quién necesita más cuidado en vuestro entorno y por qué su dependencia no disminuye su dignidad.
Para transmitir a los hijos: «No cuidamos a una persona porque sea fuerte; la cuidamos porque es persona».
4. Cuando los hijos anuncian decisiones inesperadas
«Nos vamos a vivir juntos» puede llegar a la mesa como una decisión ya tomada. Los padres no tienen que fingir que todo les parece bien para conservar la relación, ni convertir una conversación en un juicio definitivo sobre sus hijos. Pueden preguntar por el compromiso, la estabilidad, el modo de sostenerse y el lugar que ocupa el matrimonio. Acoger al hijo no obliga a aprobar cada decisión; decir la verdad tampoco autoriza a humillar, amenazar o retirar el afecto.9
Algo semejante ocurre ante un embarazo inesperado, el rechazo radical de la maternidad o la paternidad, o una relación que preocupa seriamente. El objetivo no es pronunciar una frase perfecta, sino mantener abierto un camino hacia el bien. A veces será necesario reconocer errores educativos propios; otras, establecer límites en la convivencia o buscar ayuda de un sacerdote, un orientador familiar católico o un profesional competente. Los hijos adultos necesitan padres que sigan siendo padres: cercanos, claros, prudentes y capaces de esperar.
Contemplación: Ningún personaje mira hacia otro lado. El teléfono apartado, las manos abiertas y las tres tazas indican que la conversación importa más que la reacción inmediata. La pequeña planta florida no elimina la tensión; recuerda que un vínculo puede seguir creciendo cuando se protege el espacio de la escucha. La verdad todavía no ha resuelto el problema, pero ya evita que cada uno quede encerrado en su postura.
Los padres pueden disentir sin retirar el amor: escuchar con serenidad mantiene abierto el camino por el que la verdad, la responsabilidad y una posible rectificación podrán entrar.
Para vivirlo en casa
Aviso a los padres: no respondáis en los primeros minutos con amenazas o decisiones irreversibles.
Clave para los padres: distinguid siempre entre la dignidad del hijo, que permanece, y el juicio moral sobre una conducta concreta.
Idea para la familia: acordad una regla: los asuntos graves se hablan sin insultos, sin teléfonos y dejando a cada uno terminar.
Para transmitir a los hijos: «Queremos comprenderte y seguir a tu lado; precisamente porque te amamos, no te diremos que todo da igual».
La paternidad responsable no equivale a tener el mayor número posible de hijos ni a excluirlos por comodidad. Pide a los esposos discernir delante de Dios sus condiciones físicas, psicológicas, económicas y sociales, respetando la verdad del amor conyugal. Puede llevar a acoger generosamente una familia numerosa o, por motivos serios y mediante medios moralmente lícitos, aplazar temporalmente un nuevo nacimiento. Esa decisión pertenece a los esposos; ni los abuelos ni el ambiente social deben convertirla en presión o curiosidad constante.10
La infertilidad merece especial delicadeza. El deseo de un hijo es bueno, pero ningún hijo es un derecho ni un producto que pueda encargarse. Las técnicas que sustituyen el acto conyugal y generan embriones para seleccionarlos, congelarlos o descartarlos no respetan plenamente la dignidad de la procreación ni la del hijo.11 León XIV ha denunciado las prácticas que explotan el origen de la vida y convierten la gestación en servicio negociable.12La medicina debe ayudar a la fecundidad sin dominar su origen.
Un matrimonio sin hijos no es un matrimonio inútil. Puede buscar diagnóstico y tratamientos éticamente aceptables, conocer alternativas de acompañamiento médico respetuoso, discernir la adopción o el acogimiento y descubrir otras formas reales de fecundidad.13 Nada de esto elimina el dolor, que no debe cubrirse con frases piadosas rápidas. La familia extensa está llamada a acompañar sin interrogatorios y sin insinuar que el sufrimiento se debe a falta de fe.
Contemplación: La carpeta médica existe y tiene importancia, pero permanece en segundo plano. Los esposos no contemplan una pantalla ni un procedimiento: se miran y se sostienen. Los capullos cerrados y las flores abiertas del jazmín hablan de una esperanza que no puede forzarse. La imagen invita a distinguir entre poner la ciencia al servicio de la fecundidad y exigir que produzca un hijo.
Ante la infertilidad, la medicina puede diagnosticar, curar y acompañar; el amor de los esposos custodia que el hijo continúe siendo recibido como persona y como don, nunca reclamado como resultado.
Para vivirlo en casa
Aviso a los padres y abuelos: preguntar continuamente «¿para cuándo los niños?» puede herir una intimidad que desconocéis.
Clave para los padres: al explicar la reproducción asistida, no ridiculicéis el dolor de quien desea un hijo; distinguid la buena intención de la valoración moral del procedimiento.
Idea para la familia: presentad en la oración a matrimonios que esperan un hijo y a niños que necesitan acogida, sin señalar a nadie.
Para transmitir a los hijos: «La ciencia es buena cuando cura y sirve a la persona; necesita límites cuando empieza a fabricar, seleccionar o descartar vidas».
No basta con que la escuela «enseñe algo» sobre afectividad, sexualidad o reproducción. Importa qué idea de persona, libertad, cuerpo y amor transmite. Una información técnicamente correcta puede resultar incompleta si presenta el cuerpo como material disponible, separa sistemáticamente sexualidad y compromiso o reduce la responsabilidad a evitar consecuencias. Los padres son los primeros educadores y no deben delegar esta tarea por vergüenza o falta de preparación.14Educar exige presencia anterior a la crisis.
Esto no se resuelve con una conversación única ni con vigilancia obsesiva. Se educa al hablar del respeto al cuerpo desde pequeños, al mostrar ternura y fidelidad entre los esposos, al corregir contenidos degradantes y al responder con palabras verdaderas, proporcionadas a cada edad. León XIV pide a los padres coherencia: comportarse como desean que sus hijos se comporten y educarlos para una libertad orientada al bien.15El ejemplo familiar interpreta las palabras, para confirmarlas o desmentirlas.
Para vivirlo en casa
Aviso a los padres: si vosotros no abrís un espacio confiable, internet y el grupo de amigos responderán antes.
Clave para los padres: interesaos por los materiales escolares y explicad vuestras razones sin desacreditar personalmente a los profesores.
Idea para la familia: reservad conversaciones breves y naturales según la edad, sin convertir cada pregunta en una conferencia.
Para transmitir a los hijos: «Puedes preguntarnos sobre el cuerpo, el amor y la sexualidad; si no sabemos responder, buscaremos juntos una fuente segura».
7. La vida y la familia necesitan una sociedad que las sostenga
La familia es anterior al Estado, pero no puede sostener sola todas sus cargas. Una sociedad que desea hijos y después deja aisladas a las madres, penaliza laboralmente la maternidad, dificulta la vivienda y abandona a quienes cuidan formula un discurso contradictorio. León XIV reclama políticas familiares capaces de superar tanto la intervención estatal excesiva como el individualismo.16Proteger la familia no es imponer una devoción privada, sino cuidar un bien del que dependen la educación, la solidaridad y el futuro común.
También hay que hablar con verdad sobre la mortalidad materna y el aborto inseguro. Este causa muertes y lesiones graves, especialmente en contextos pobres; las cifras deben manejarse con rigor y nunca emplearse como arma propagandística.17 Pero la respuesta cristiana no puede consistir en hacer más segura la eliminación del hijo. Debe proteger simultáneamente las dos vidas, mejorar la atención sanitaria, combatir la pobreza y ofrecer alternativas reales. Ninguna mujer debería sentirse obligada a elegir entre su futuro y la vida de su hijo.18
La responsabilidad comienza cerca: una familia puede colaborar con iniciativas de apoyo a embarazadas, acompañar a una madre sola, facilitar ropa o cuidados, ayudar a conciliar y promover en la parroquia una red discreta de acogida. La defensa pública de la vida se vuelve creíble cuando adquiere nombres, horarios, recursos y manos disponibles.
Contemplación: La madre no permanece al margen mientras otros deciden por ella: participa y conserva su iniciativa. La ropa, la cesta y los turnos escritos traducen una convicción moral en ayudas verificables. Las edades y procedencias distintas muestran que la acogida compromete a toda la comunidad. Las flores blancas del alféizar continúan el hilo de la vida, pero aquí esa vida necesita organización, constancia y manos concretas.
La defensa de la vida adquiere credibilidad cuando una comunidad transforma sus palabras en compañía, alimentos, tiempo y oportunidades para que la madre pueda acoger a su hijo sin quedar sola.
Para vivirlo en casa
Aviso a los padres: no acostumbréis a los hijos a defender causas únicamente con opiniones publicadas en una pantalla.
Clave para los padres: enseñad a comprobar cifras, distinguir fuentes y reconocer el sufrimiento real incluso cuando discrepamos de una solución.
Idea para la familia: elegid una ayuda concreta y sostenible a una iniciativa que acompañe a madres, niños o familias vulnerables.
Para transmitir a los hijos: «Defender la vida significa también hacer sitio, compartir y ayudar a cargar con las dificultades».
Una cultura de la vida no se construye únicamente en debates extraordinarios. Crece cuando un hijo sabe que puede contar la verdad sin perder a sus padres; cuando los esposos disciernen su fecundidad con generosidad y responsabilidad; cuando la ciencia sirve sin apropiarse del origen humano; cuando el abuelo dependiente sigue ocupando su lugar y cuando una mujer embarazada encuentra apoyo antes que juicio.
León XIV ha recordado que en la familia la fe se transmite junto con la vida, como el pan de la mesa y los afectos del corazón.19 Esa transmisión no exige padres que tengan preparada cada respuesta. Necesita adultos capaces de escuchar, formarse, reconocer límites y volver juntos al Evangelio. La familia sirve a la vida cuando aprende a recibir a cada persona como don, también en la fragilidad y cuando su llegada altera nuestros planes.
Padres, hablad de estas cuestiones antes de que se conviertan en una urgencia. Mostrad a vuestros hijos que la verdad no es enemiga de la ternura y que la misericordia nunca llama bien al mal. Construid un hogar donde sea posible preguntar, rectificar, pedir ayuda y comenzar de nuevo. Así, entre conversaciones imperfectas y fidelidades cotidianas, vuestra casa podrá convertirse en un verdadero santuario de la vida.20
Para terminar
«Señor de la vida, danos un corazón capaz de acoger, una inteligencia que busque la verdad y unas manos dispuestas a sostener a cada persona que confíes a nuestra familia».
Notas
León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026: la vocación al amor se manifiesta de modo privilegiado en la familia, donde aprendemos a amar y a servir a la vida.
Cf. san Juan Pablo II, Evangelium vitae, 20 y 22-23: la dignidad de la vida no puede quedar sometida al arbitrio del más fuerte ni a criterios de eficiencia, utilidad o deseo.
León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026: el objetivo debe ser proteger a todos los niños no nacidos y apoyar de manera efectiva y concreta a las mujeres para que puedan acoger la vida.
Cf. Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Dignitas personae, 5-7. El respeto debido a cada ser humano se fundamenta en su dignidad personal y no únicamente en una confesión religiosa.
Cf. Dignitas personae, 4-5. El documento distingue prudentemente la cuestión filosófica de la definición formal de persona de la obligación moral de reconocer y respetar desde la concepción la dignidad propia del ser humano.
León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026: la tutela del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano.
Cf. Francisco, Amoris laetitia, 307-312. El acompañamiento y la integración de la fragilidad no eliminan la necesidad de proponer con claridad el ideal cristiano del matrimonio.
San Pablo VI, Humanae vitae, 10 y 16. La paternidad responsable considera las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, dentro del respeto al orden moral.
León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026. El Papa aplica esta crítica tanto a la explotación del origen de la vida como a la gestación subrogada, que reduce al niño a producto y convierte la gestación en servicio negociable.
Cf. Francisco, Amoris laetitia, 178-181, sobre la fecundidad ampliada del amor conyugal, la adopción y la acogida.
Cf. san Juan Pablo II, Carta a las familias, 16; y Catecismo de la Iglesia Católica, 1653: los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos.
Organización Mundial de la Salud, «Abortion», actualización del 8 de diciembre de 2025; y «Maternal mortality», actualización del 7 de abril de 2025. Estas referencias acreditan exclusivamente los datos sanitarios; no se emplean como fuente de valoración moral.
León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026: los recursos públicos deberían sostener a las madres y las familias y ofrecer apoyo concreto para acoger la vida.
Cf. Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 231: la familia fundada en el matrimonio es santuario de la vida y ámbito propio para acogerla, protegerla y ayudarla a desarrollarse.
Fuentes
Sagrada Escritura: Gn 1,26-28; Sal 127; Sal 139,13-16; Lc 1,39-45; Mt 19,4-6; Ef 5,21-33.
Organización Mundial de la Salud, «Maternal mortality», actualización del 7 de abril de 2025; «Abortion», actualización del 8 de diciembre de 2025. Se emplean únicamente para comprobar la dimensión sanitaria del aborto inseguro y de la mortalidad materna, no como fuente doctrinal o moral.
1. Tratando de la figura de María en el Antiguo Testamento, el Concilio (cf. Lumen gentium, 55) se refiere al conocido texto de Isaías, que ha atraído de modo particular la atención de los primeros cristianos: «He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7, 14).
En el contexto del anuncio del ángel, que invita a José a tomar consigo a María su esposa, «porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo», Mateo atribuye un significado cristológico y mariano al oráculo. En efecto, añade: «Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que quiere decir: ‘Dios con nosotros’» (Mt 1, 22-23).
2. Esta profecía, en el texto hebreo, no anuncia explícitamente el nacimiento virginal del Emmanuel. En efecto, el vocablo usado (almah) significa simplemente una mujer joven, no necesariamente una virgen. Además, es sabido que la tradición judaica no proponía el ideal de la virginidad perpetua, ni había expresado nunca la idea de una maternidad virginal.
Por el contrario, en la traducción griega, el vocablo hebreo se tradujo con el término párthenos, virgen. En este hecho, que podría parecer simplemente una particularidad de la traducción, debemos reconocer una misteriosa orientación dada por el Espíritu Santo a las palabras de Isaías, para preparar la comprensión del nacimiento extraordinario del Mesías. La traducción con el término virgen se explica basándose en el hecho de que el texto de Isaías prepara con gran solemnidad el anuncio de la concepción y lo presenta como un signo divino (cf. Is 7, 10-14), suscitando la espera de una concepción extraordinaria. Ahora bien, que una mujer joven conciba un hijo después de haberse unido al marido no constituye un hecho extraordinario. Por otra parte, el oráculo no alude de ningún modo al marido. Esa formulación sugería, por tanto, la interpretación que después se dio en la versión griega.
3. En el contexto original, el oráculo de Isaías 7, 14 constituía la respuesta divina a una falta de fe del rey Acaz, que, frente a la amenaza de una invasión de los ejércitos de los reyes vecinos, buscaba su salvación y la de su reino en la protección de Asiria. Al aconsejarle que pusiera su confianza sólo en Dios, y renunciara a la temible intervención asiria, el profeta Isaías lo invita en nombre del Señor a un acto de fe en el poder divino: «Pide para ti una señal del Señor tu Dios…». Ante el rechazo del rey, que prefiere buscar la salvación en la ayuda humana, el profeta pronuncia el célebre oráculo: «Oíd, pues, casa de David: ¿Os parece poco cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7, 13-14).
El anuncio del signo del Emmanuel, Dios con nosotros, implica la promesa de la presencia divina en la historia que encontrará su pleno significado en el misterio de la encarnación del Verbo.
4. En el anuncio del nacimiento prodigioso del Emmanuel, la indicación de la mujer que concibe y da a luz muestra cierta intención de unir la madre al destino del hijo ―un príncipe destinado a establecer un reino ideal, el reino mesiánico―, y permite vislumbrar un designio divino particular, que destaca el papel de la mujer.
En efecto, el signo no es sólo el niño, sino también la concepción extraordinaria, revelada después en el parto, acontecimiento pleno de esperanza que subraya el papel central de la madre.
Además, el oráculo del Emmanuel se ha de entender en la perspectiva que abrió la promesa hecha a David, promesa que se lee en el segundo libro de Samuel. Aquí el profeta Natán promete al rey el favor divino para su descendiente: «Él constituirá una casa para mi Nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre y él será para mí hijo» (2 S 7, 13-14).
Ante la estirpe davídica, Dios quiere desempeñar una función paternal, que manifestará su significado pleno y auténtico en el Nuevo Testamento, con la encarnación del Hijo de Dios en la familia de David (cf. Rm 1, 3).
5. El mismo profeta Isaías, en otro texto muy conocido, reafirma el carácter excepcional del nacimiento del Emmanuel. Estas son sus palabras: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y es su nombre «Maravilla de consejero», «Dios fuerte», «Padre perpetuo» «Príncipe de paz»» (Is 9, 5). Así, en la serie de nombres dados al niño, el profeta expresa las cualidades de su misión real: sabiduría, fuerza, benevolencia paterna y acción pacificadora.
Aquí ya no se nombra a la madre, pero la exaltación del hijo, que da al pueblo todo lo que puede esperarse en el reino mesiánico, la comparte también la mujer que lo ha concebido y dado a luz.
6. Del mismo modo, un famoso oráculo de Miqueas alude al nacimiento del Emmanuel. Dice el profeta: «Mas tú Belén de Efratá, aunque eres la menor entre las aldeas de Judá, de ti ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño. Por eso él los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz…» (Mi 5 1-2). En estas palabras resuena la espera de un parto rebosante de esperanza mesiánica, en el que se resalta, una vez más el papel de la madre, recordada y exaltada explícitamente por el admirable acontecimiento que trae gozo y salvación.
7. El favor que Dios concedió a los humildes y a los pobres (cf. Lumen gentium, 55) preparó de un modo más general la maternidad virginal de María.
Los pobres poniendo toda su confianza en el Señor, anticipan con su actitud el significado profundo de la virginidad de María, que, renunciando a la riqueza de la maternidad humana, esperó de Dios toda la fecundidad de su propia vida.
Así pues, el Antiguo Testamento no contiene un anuncio formal de la maternidad virginal, que se reveló plenamente sólo en el Nuevo Testamento. Sin embargo, el oráculo de Isaías (Is 7, 14) prepara la revelación de este misterio, y, en este sentido se precisó en la traducción griega del Antiguo Testamento. El evangelio de Mateo, citando el oráculo traducido de este modo, proclama su perfecto cumplimiento mediante la concepción de Jesús en el seno virginal de María.
2258 La vida humana ha de ser tenida como sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente(Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, intr. 5).
102. Al final de esta Encíclica, la mirada vuelve espontáneamente al Señor Jesús, «el Niño nacido para nosotros» (cf. Is 9, 5), para contemplar en El «la Vida» que «se manifestó» (1 Jn 1, 2). En el misterio de este nacimiento se realiza el encuentro de Dios con el hombre y comienza el camino del Hijo de Dios sobre la tierra, camino que culminará con la entrega de su vida en la Cruz: con su muerte vencerá la muerte y será para la humanidad entera principio de vida nueva.
Quien acogió «la Vida» en nombre de todos y para bien de todos fue María, la Virgen Madre, la cual tiene por tanto una relación personal estrechísima con el Evangelio de la vida. El consentimiento de María en la Anunciación y su maternidad son el origen mismo del misterio de la vida que Cristo vino a dar a los hombres (cf. Jn 10, 10). A través de su acogida y cuidado solícito de la vida del Verbo hecho carne, la vida del hombre ha sido liberada de la condena de la muerte definitiva y eterna.
Por esto María, «como la Iglesia de la que es figura, es madre de todos los que renacen a la vida. Es, en efecto, madre de aquella Vida por la que todos viven, pues, al dar a luz esta Vida, regeneró, en cierto modo, a todos los que debían vivir por ella».
Al contemplar la maternidad de María, la Iglesia descubre el sentido de su propia maternidad y el modo con que está llamada a manifestarla. Al mismo tiempo, la experiencia maternal de la Iglesia muestra la perspectiva más profunda para comprender la experiencia de María como modelo incomparable de acogida y cuidado de la vida.
«Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer vestida del sol» (Ap 12, 1): la maternidad de María y de la Iglesia
103. La relación recíproca entre el misterio de la Iglesia y María se manifiesta con claridad en la «gran señal» descrita en el Apocalipsis: «Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (12, 1). En esta señal la Iglesia ve una imagen de su propio misterio: inmersa en la historia, es consciente de que la transciende, ya que es en la tierra el «germen y el comienzo» del Reino de Dios. La Iglesia ve este misterio realizado de modo pleno y ejemplar en María. Ella es la mujer gloriosa, en la que el designio de Dios se pudo llevar a cabo con total perfección.
La «Mujer vestida del sol» —pone de relieve el Libro del Apocalipsis— «está encinta» (12, 2). La Iglesia es plenamente consciente de llevar consigo al Salvador del mundo, Cristo el Señor, y de estar llamada a darlo al mundo, regenerando a los hombres a la vida misma de Dios. Pero no puede olvidar que esta misión ha sido posible gracias a la maternidad de María, que concibió y dio a luz al que es «Dios de Dios», «Dios verdadero de Dios verdadero». María es verdaderamente Madre de Dios, la Theotokos, en cuya maternidad viene exaltada al máximo la vocación a la maternidad inscrita por Dios en cada mujer. Así María se pone como modelo para la Iglesia, llamada a ser la «nueva Eva», madre de los creyentes, madre de los «vivientes» (cf. Gn 3, 20).
La maternidad espiritual de la Iglesia sólo se realiza —también de esto la Iglesia es consciente— en medio de «los dolores y del tormento de dar a luz» (Ap 12, 2), es decir, en la perenne tensión con las fuerzas del mal, que continúan atravesando el mundo y marcando el corazón de los hombres, haciendo resistencia a Cristo: «En El estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn 1, 4-5).
Como la Iglesia, también María tuvo que vivir su maternidad bajo el signo del sufrimiento: «Este está puesto… para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lc 2, 34-35). En las palabras que, al inicio de la vida terrena del Salvador, Simeón dirige a María está sintéticamente representado el rechazo hacia Jesús, y con El hacia María, que alcanzará su culmen en el Calvario. «Junto a la cruz de Jesús» (Jn 19, 25), María participa de la entrega que el Hijo hace de sí mismo: ofrece a Jesús, lo da, lo engendra definitivamente para nosotros. El «sí» de la Anunciación madura plenamente en la Cruz, cuando llega para María el tiempo de acoger y engendrar como hijo a cada hombre que se hace discípulo, derramando sobre él el amor redentor del Hijo: «Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»» (Jn 19, 26).
12. Ha llegado el momento de aludir, en el entramado de la presente Carta a las Familias, a dos cuestiones relacionadas entre sí. Una, la más genérica, se refiere a la civilización del amor; la otra, más específica, se refiere a la paternidad y maternidad responsables.
Hemos dicho ya que el matrimonio entraña una singular responsabilidad para el bien común: primero el de los esposos, después el de la familia. Este bien común está representado por el hombre, por el valor de la persona y por todo lo que representa la medida de su dignidad. El hombre lleva consigo esta dimensión en cada sistema social, económico y político. Sin embargo, en el ámbito del matrimonio y de la familia esa responsabilidad se hace, por muchas razones, más «exigente» aún. No sin motivo la Constitución pastoralGaudium et spes habla de «promover la dignidad del matrimonio y de la familia». El Concilio ve en esta «promoción» una tarea tanto de la Iglesia como del Estado; sin embargo, en toda cultura, es ante todo un deber de las personas que, unidas en matrimonio, forman una determinada familia. La «paternidad y maternidad responsables» expresan un compromiso concreto para cumplir este deber, que en el mundo actual presenta nuevas características.
En particular, la paternidad y maternidad se refieren directamente al momento en que el hombre y la mujer, uniéndose «en una sola carne», pueden convertirse en padres. Este momento tiene un valor muy significativo, tanto por su relación interpersonal como por su servicio a la vida. Ambos pueden convertirse en procreadores —padre y madre— comunicando la vida a un nuevo ser humano. Las dos dimensiones de la unión conyugal, la unitiva y la procreativa, no pueden separarse artificialmente sin alterar la verdad íntima del mismo acto conyugal.
Esta es la enseñanza constante de la Iglesia, y los «signos de los tiempos», de los que hoy somos testigos, ofrecen nuevos motivos para confirmarlo con particular énfasis. San Pablo, tan atento a las necesidades pastorales de su tiempo, exigía con claridad y firmeza «insistir a tiempo y a destiempo» (cf. 2 Tim 4, 2), sin temor alguno por el hecho de que «no se soportara la sana doctrina» (cf. 2 Tim 4, 3). Sus palabras son bien conocidas a quienes, comprendiendo profundamente las vicisitudes de nuestro tiempo, esperan que la Iglesia no sólo no abandone «la sana doctrina», sino que la anuncie con renovado vigor, buscando en los actuales «signos de los tiempos» las razones para su ulterior y providencial profundización.
Muchas de estas razones se encuentran ya en las mismas ciencias que, del antiguo tronco de la antropología, se han desarrollado en varias especializaciones, como la biología, psicología, sociología y sus ramificaciones ulteriores. Todas giran, en cierto modo, en torno a la medicina, que es, a la vez, ciencia y arte (ars medica), al servicio de la vida y de la salud de la persona. Pero las razones insinuadas aquí emergen sobre todo de la experiencia humana que es múltiple y que, en cierto sentido, precede y sigue a la ciencia misma.
Los esposos aprenden por propia experiencia lo que significan la paternidad y maternidad responsables; lo aprenden también gracias a la experiencia de otras parejas que viven en condiciones análogas y se han hecho así más abiertas a los datos de las ciencias. Podría decirse que los «estudiosos» aprenden casi de los «esposos», para poder luego, a su vez, instruirlos de manera más competente sobre el significado de la procreación responsable y sobre los modos de practicarla.
Este tema ha sido tratado ampliamente en los Documentos conciliares, en la Encíclica Humanae vitae, en las «Proposiciones» del Sínodo de los Obispos de 1980, en la Exhortación apostólica Familiaris consortio, y en intervenciones análogas, hasta la Instrucción Donum vitae de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La Iglesia enseña la verdad moral sobre la paternidad y maternidad responsables, defendiéndola de las visiones y tendencias erróneas difundidas actualmente. ¿Por qué hace esto la Iglesia? ¿Acaso porque no se da cuenta de las problemáticas evocadas por quienes en este ámbito sugieren concesiones y tratan de convencerla también con presiones indebidas, si no es incluso con amenazas? En efecto, se reprocha frecuentemente al Magisterio de la Iglesia que está ya superado y cerrado a las instancias del espíritu de los tiempos modernos; que desarrolla una acción nociva para la humanidad, más aún, para la Iglesia misma. Por mantenerse obstinadamente en sus propias posiciones —se dice—, la Iglesia acabará por perder popularidad y los creyentes se alejarán cada vez más de ella.
Pero, ¿cómo se puede sostener que la Iglesia, y de modo especial el Episcopado en comunión con el Papa, sea insensible a problemas tan graves y actuales? Pablo VI veía precisamente en éstos cuestiones tan vitales que lo impulsaron a publicar la Encíclica Humanae vitae. El fundamento en que se basa la doctrina de la Iglesia sobre la paternidad y maternidad responsables es mucho más amplio y sólido. El Concilio lo indica ante todo en sus enseñanzas sobre el hombre cuando afirma que él «es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma» y que «no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino es en la entrega sincera de sí mismo». Y esto porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y redimido por el Hijo unigénito del Padre, hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación.
El Concilio Vaticano II, particularmente atento al problema del hombre y de su vocación, afirma que la unión conyugal —significada en la expresión bíblica «una sola carne»— sólo puede ser comprendida y explicada plenamente recurriendo a los valores de la «persona» y de la «entrega». Cada hombre y cada mujer se realizan en plenitud mediante la entrega sincera de sí mismo; y, para los esposos, el momento de la unión conyugal constituye una experiencia particularísima de ello. Es entonces cuando el hombre y la mujer, en la «verdad» de su masculinidad y femineidad, se convierten en entrega recíproca. Toda la vida del matrimonio es entrega, pero esto se hace singularmente evidente cuando los esposos, ofreciéndose recíprocamente en el amor, realizan aquel encuentro que hace de los dos «una sola carne» (Gén 2, 24).
Ellos viven entonces un momento de especial responsabilidad, incluso por la potencialidad procreativa vinculada con el acto conyugal. En aquel momento, los esposos pueden convertirse en padre y madre, iniciando el proceso de una nueva existencia humana que después se desarrollará en el seno de la mujer. Aunque es la mujer la primera que se da cuenta de que es madre, el hombre con el cual se ha unido en «una sola carne» toma a su vez conciencia, mediante el testimonio de ella, de haberse convertido en padre. Ambos son responsables de la potencial, y después efectiva, paternidad y maternidad. El hombre debe reconocer y aceptar el resultado de una decisión que también ha sido suya. No puede ampararse en expresiones como: «no sé», «no quería», «lo has querido tú». La unión conyugal conlleva en cualquier caso la responsabilidad del hombre y de la mujer, responsabilidad potencial que llega a ser efectiva cuando las circunstancias lo imponen. Esto vale sobre todo para el hombre que, aun siendo también artífice del inicio del proceso generativo, queda distanciado biológicamente del mismo, ya que de hecho se desarrolla en la mujer. ¿Cómo podría el hombre no hacerse cargo de ello? Es necesario que ambos, el hombre y la mujer, asuman juntos, ante sí mismos y ante los demás, la responsabilidad de la nueva vida suscitada por ellos.
Esta es una conclusión compartida por las ciencias humanas mismas. Sin embargo, conviene profundizarla, analizando el significado del acto conyugal a la luz de los mencionados valores de la «persona» y de la «entrega». Esto lo hace la Iglesia con su constante enseñanza, particularmente con la del Concilio Vaticano II.
En el momento del acto conyugal, el hombre y la mujer están llamados a ratificar de manera responsable la recíproca entrega que han hecho de sí mismos con la alianza matrimonial. Ahora bien, la lógica de la entrega total del uno al otro implica la potencial apertura a la procreación: el matrimonio está llamado así a realizarse todavía más plenamente como familia. Ciertamente, la entrega recíproca del hombre y de la mujer no tiene como fin solamente el nacimiento de los hijos, sino que es, en sí misma, mutua comunión de amor y de vida. Pero siempre debe garantizarse la íntima verdad de tal entrega. «Íntima» no es sinónimo de «subjetiva». Significa más bien que es esencialmente coherente con la verdad objetiva de aquéllos que se entregan. La persona jamás ha de ser considerada un medio para alcanzar un fin; jamás, sobre todo, un medio de «placer». La persona es y debe ser sólo el fin de todo acto. Solamente entonces la acción corresponde a la verdadera dignidad de la persona.
Al concluir nuestras reflexiones sobre este tema tan importante y delicado, deseo alentaros particularmente a vosotros, queridos esposos, y a todos aquéllos que os ayudan a comprender y a poner en práctica la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio, sobre la maternidad y paternidad responsables. Pienso concretamente en los Pastores, en tantos estudiosos, teólogos, filósofos, escritores y periodistas, que no se plegan al conformismo cultural dominante, dispuestos valientemente a ir contra corriente. Mi aliento se dirige, además, a un grupo cada vez más numeroso de expertos, médicos y educadores —verdaderos apóstoles laicos—, para quienes promover la dignidad del matrimonio y la familia resulta un cometido importante de su vida. En nombre de la Iglesia expreso a todos mi gratitud. ¿Qué podrían hacer sin ellos los Sacerdotes, los Obispos e incluso el mismo Sucesor de Pedro? De esto me he ido convenciendo cada vez más desde mis primeros años de sacerdocio, cuando sentado en el confesionario empecé a compartir las preocupaciones, los temores y las esperanzas de tantos esposos. He encontrado casos difíciles de rebelión y rechazo, pero al mismo tiempo tantas personas muy responsables y generosas. Mientras escribo esta Carta tengo presentes a todos estos esposos y les abrazo con mi afecto y mi oración.