El viaje del demonio

El viaje del demonio

Camino de la ciudad, andaba enteramente solo un viajero. Era a la puesta del sol.

El rostro del viajero era siniestro; bajo sus espesas cejas erizadas, brillaban sus ojos cual si fueran ascuas. Horrible sonrisa se dibujaba en sus labios; y, centelleantes, como briznas de acero enrojecidas al horno, tenía erizados sus cabellos.

De las arrugas de su cráneo manaba un sudor infecto, cuyas gotas corrían el suelo como la mordedura de un ácido.

A su paso temblaba la tierra y producía extraños ruidos; las aves interrumpían sus cantos y ocultaban a sus pequeñuelos bajo sus alas; los árboles gemían como en los días en que el viento ruge de cólera, y la hierba, en el espacio en que era cubierta por la sombra del caminante, quedaba negra como si hubiera sido quemada por una lluvia de carbones encendidos.

Cuando, al pasar junto a una fuente, el viajero hundió en ella la extremidad de su bastón, el agua se puso a hervir de pronto; se vio subir por el aire una espesa niebla y el líquido quedó turbio como el fango de un pantano.

Mientras caminaba, cantaba el viajero una canción de aire desconocido, siniestro, capaz de infundir pavor a los hombres más valientes; esta impía canción asustó a los ecos, y no se atrevieron a repetirla.

Caminaba asomándose a todas las ventanas de las casas en que, dormidos o despiertos, había seres humanos; y a medida que se asomaba, salía de su boca como un humo espeso que, atravesando las paredes penetraban en el alma de los que allí estaban y daba a su fisonomía un no sé qué extraño y aterrador.

Mas en las casas en donde, ello no obstante, nada parecía haber cambiado, se oían sonidos apenas articulados que parecían blasfemias.

Luego se enderazaba el caminante rechinando los dientes, y continuaba su camino, sin dejar de visitar ninguna casa.

Mas he aquí que a veces se detenía temblando, y luego retrocedía espantado… Es que había visto en la cuna del niño, o a la cabecera de una piadosa madre, Un crucifijo. Sus odiosos rasgos se contraían un instante, luego continuaba su camino, yendo siempre de casa en casa.

Terminado su viaje, se sentó a la puerta de la ciudad, prorrumpió en una aguda carcajada y murmuró: Mi amo estará satisfecho.

Este viajero era un emisario del infierno, que tenía por misión sembrar el pecado.

Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios n.º 5»
en Historias para amar, pp. 14-15.


Los niños y la Liturgia: Elementos de una celebración de la Palabra (II)

Los niños y la Liturgia: Elementos de una celebración de la Palabra (II)

Esta columna es contiuación de la anterior dedicada a los elementos de celebración de la palabra con niños.


E. El clima festivo

Una celebración es algo muy diferente de una ceremonia aburrida y pesada. ¡Cuánto más si los que participan son niños! La celebración para el niño significa siempre fiesta y alegría. Incluso para los adultos, una fiesta implica algo extraordinario; todo el ambiente luce distinto: el aseo y la limpieza, la decoración, la música, los cantos, la vestimenta, etc.

Para lograr ese clima festivo es importante cuidar que el marco físico sea digno y diferente. Todo el ambiente debe hablar de algo distinto. Se pueden disponer de almohadones, láminas, alfombras, flores, velas, guirnaldas, alguna imagen religiosa, música de fondo, etc.

En cada celebración se usarán símbolos distintos y variados, pero buscando no poner demasiados signos por celebración, ya que puede dispersar a los niños.

El lugar para una celebración con niños debe elegirse cuidadosamente, de acuerdo a lo que se celebra. Preparar el lugar para la celebración, puede ser una hermosa ocasión para un trabajo en conjunto con niños y padres.

Evidentemente, lo más importante de un clima festivo es la disposición interior de los niños (que en esta edad se logra a través de gestos, cantos, aplausos, etc.), y no solamente con objetos externos.


F. La oración

Toda celebración deberá conducir al encuentro con Dios, que será personal y comunitario. En cualquier celebración que hagamos con los niños, debe existir un espacio, aunque sea breve, para la oración personal, para la oración silenciosa.

Los niños tienen que acostumbrarse poco a poco, a lograr espacios de silencio interior; y del mismo modo, deben tener sus primeras experiencias de oración comunitaria. Los niños saben que la comunidad, la familia, los amigos, los demás también están para rezar con uno, para compartir alegrías y dolores, para rezar juntos por una intención personal. Un niño, por ejemplo, que pide a sus amigos que recen por su gatito enfermo está generando un acto salvífico del amor de Dios.

Es muy importante que los niños puedan hacer oración y expresar en voz alta sus propias preocupaciones, sus propias intenciones. Estas oraciones espontáneas de petición, de alabanza y de agradecimiento, muy queridas por los niños y, estoy convencido, que por Dios también, van a ir despertando el sentido comunitario de la oración. Es de lamentable constatar que a medida que pasan los años, más nos vamos alejando de la oración comunitaria, compartida desde la vida.


G. El compromiso personal y comunitario

El compromiso personal y comunitario es el fruto normal de la celebración, que se ha de dar en cada niño. A veces, será propuesto por el catequista, pero respetando la forma de expresión de cada uno.

Este compromiso debe ser muy concreto, por ejemplo, compartir una golosina con mi compañero en la próxima merienda, ayudar a mamá a ordenar mis juguetes, etc.; evaluable, es decir, que el niño y el catequista puedan saber si se cumplió o no; y cercano, o sea, no muy lejano en el tiempo.

Muchas veces, en los niños, el compromiso se manifiesta a través de expresiones corporales como: acompañar los cantos con todo el cuerpo, dibujar el compromiso o exteriorizarlo con una dramatización, un signo, una postura, un póster o un gesto comunitario.

De esta manera, teniendo presentes los componentes esenciales de una Celebración de la Palabra con participación de niños, podremos adentrarnos en su preparación. Es importante aclarar que estos elementos deberán estar presentes tanto en una celebración sencilla, que bien puede ser familiar como en una celebración más grande, como puede ser una celebración en la parroquia, escuela o barrio. Lo que habrá que variar será la profundidad y extensión, pero todos estos elementos deberán estar presentes, de alguna manera u otra.


(De la Serie «Los niños y la Liturgia», columna 7.ª)

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Todas las catequesis de Luis María Benavides

Catequesis en camino – Sitio web de Luis María Benavides


María, la primera en recibir la Luz de Cristo

María, la primera en recibir la Luz de Cristo

En el primer día del año, la liturgia hace resonar en toda la Iglesia extendida por el mundo la antigua bendición sacerdotal que hemos escuchado en la primera lectura: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz» (Nm 6,24-26). Esta bendición fue confiada por Dios, a través de Moisés, a Aarón y a sus hijos, es decir, a los sacerdotes del pueblo de Israel. Es un triple deseo lleno de luz, que brota de la repetición del nombre de Dios, el Señor, y de la imagen de su rostro. En efecto, para ser bendecidos hay que estar en la presencia de Dios, recibir sobre sí su Nombre y permanecer bajo el cono de luz que parte de su rostro, en el espacio iluminado por su mirada, que difunde gracia y paz.

Esta es también la experiencia que han tenido los pastores de Belén, que aparecen de nuevo en el Evangelio de hoy. Han tenido la experiencia de encontrarse en la presencia de Dios, de su bendición, no en la sala de un palacio majestuoso, delante de un gran soberano, sino en un establo, delante de un «niño acostado en el pesebre» (Lc 2,16). Ese niño, precisamente, irradia una luz nueva, que resplandece en la oscuridad de la noche, como podemos ver en tantas pinturas que representan el Nacimiento de Cristo. La bendición, en efecto, viene de él: de su nombre, Jesús, que significa «Dios salva», y de su rostro humano, en el que Dios, el Omnipotente Señor del cielo y de la tierra, ha querido encarnarse, esconder su gloria bajo el velo de nuestra carne, para revelarnos plenamente su bondad (cf. Tt 3,4).

María, la virgen, esposa de José, que Dios ha elegido desde el primer instante de su existencia para ser la madre de su Hijo hecho hombre, ha sido la primera en ser colmada de esta bendición. Ella es, como la saluda santa Isabel, «bendita entre las mujeres» (Lc 1,42). Toda su vida está bajo la luz del Señor, en radio de acción del nombre y el rostro de Dios encarnado en Jesús, el «fruto bendito de su vientre». Así nos la presenta el Evangelio de Lucas: completamente dedicada a conservar y meditar en su corazón todo lo que se refiere a su hijo Jesús (cf. Lc 2,19.51). El misterio de su maternidad divina, que celebramos hoy, contiene de manera sobreabundante aquel don de gracia que toda maternidad humana lleva consigo, de modo que la fecundidad del vientre se ha asociado siempre a la bendición de Dios. La Madre de Dios es la primera bendecida y es ella quien lleva la bendición; es la mujer que ha acogido en ella a Jesús y lo ha dado a luz para toda la familia humana. Como reza la Liturgia: «Y, sin perder la gloria de su virginidad, derramó sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo, Señor nuestro» (Prefacio I de Santa María Virgen).

María es madre y modelo de la Iglesia, que acoge en la fe la Palabra divina y se ofrece a Dios como «tierra fecunda» en la que él puede seguir cumpliendo su misterio de salvación. También la Iglesia participa en el misterio de la maternidad divina mediante la predicación, que esparce por el mundo la semilla del Evangelio, y mediante los sacramentos, que comunican a los hombres la gracia y la vida divina. La Iglesia vive de modo particular esta maternidad en el sacramento del Bautismo, cuando engendra los hijos de Dios por el agua y el Espíritu Santo, el cual exclama en cada uno de ellos: «Abbà, Padre» (Ga 4,6). La Iglesia, al igual que María, es mediadora de la bendición de Dios para el mundo: la recibe acogiendo a Jesús y la transmite llevando a Jesús. Él es la misericordia y la paz que el mundo no se puede dar por sí mismo y que es tan necesaria siempre, o más que el pan.

Queridos amigos, la paz, en su sentido más pleno y alto, es la suma y la síntesis de todas las bendiciones. Por eso, cuando dos personas amigas se encuentran se saludan deseándose mutuamente la paz. También la Iglesia, en el primer día del año, invoca de modo especial este bien supremo, y, como la Virgen María, lo hace mostrando a todos a Jesús, ya que, como afirma el apóstol Pablo, «él es nuestra paz» (Ef 2,14), y al mismo tiempo es el «camino» por el que los hombres y los pueblos pueden alcanzar esta meta, a la que todos aspiramos. Así pues, llevando en el corazón este deseo profundo, me alegra acogeros y saludaros a todos los que habéis venido a esta Basílica de San Pedro en esta XLV Jornada Mundial de la Paz: Señores Cardenales; Embajadores de tantos países amigos que, como nunca en esta ocasión comparten conmigo y con la Santa Sede la voluntad de renovar el compromiso por la promoción de la paz en el mundo; el Presidente del Consejo Pontificio «Justicia y Paz», que junto al Secretario y los colaboradores trabajan de modo especial para esta finalidad; los demás Obispos y Autoridades presentes; los representantes de Asociaciones y Movimientos eclesiales y todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, de modo particular los que trabajáis en el campo de la educación de los jóvenes. En efecto, como ya sabéis, en mi Mensaje de este año he seguido la perspectiva educativa.

«Educar a los jóvenes en la justicia y la paz» es la tarea que atañe a cada generación y, gracias a Dios, la familia humana, después de las tragedias de las dos grandes guerras mundiales, ha mostrado tener cada vez más consciente de ello, como lo demuestra, por una parte declaraciones e iniciativas internaciones y, por otra, la consolidación en los últimos decenios entre los mismos jóvenes de muchas y diferentes formas de compromiso social en este campo. Para la Comunidad eclesial, educar para la paz forma parte de la misión que ha recibido de Cristo, forma parte integrante de la evangelización, porque el Evangelio de Cristo es también el Evangelio de la justicia y la paz. Pero la Iglesia en los últimos tiempos se ha hecho portavoz de una exigencia que implica a las conciencias más sensibles y responsables por la suerte de la humanidad: la exigencia de responder a un desafío tan decisivo como es el de la educación. ¿Por qué «desafío»? Al menos por dos motivos: en primer lugar, porque en la era actual, caracterizada fuertemente por la mentalidad tecnológica, querer no solo instruir sino educar no se puede presuponer, sino que es una opción; en segundo lugar, porque la cultura relativista plantea una cuestión radical: ¿Tiene sentido todavía educar? Y, después, ¿educar para qué?

Lógicamente no podemos abordar ahora estas preguntas de fondo, a las que ya he tratado de responder en otras ocasiones. En cambio, quisiera subrayar que, frente a las sombras que hoy oscurecen el horizonte del mundo, asumir la responsabilidad de educar a los jóvenes en el conocimiento de la verdad y en los valores fundamentales, significa mirar al futuro con esperanza. En este compromiso por una educación integral, entra también la formación para la justicia y la paz. Los muchachos y las muchachas actuales crecen en un mundo que se ha hecho, por decirlo así, más pequeño, en donde los contactos entre las diferentes culturas y tradiciones son constantes, aunque no siempre dirigidos. Para ellos es hoy más que nunca indispensable aprender el valor y el método de la convivencia pacífica, del respeto recíproco, del diálogo y la comprensión. Por naturaleza, los jóvenes están abiertos a estas actitudes, pero precisamente la realidad social en la que crecen los puede llevar a pensar y actuar de manera contraria, incluso intolerante y violenta. Solo una sólida educación de sus conciencias los puede proteger de estos riesgos y hacerlos capaces de luchar siempre y solo contando con la fuerza de la verdad y el bien. Esta educación parte de la familia y se desarrolla en la escuela y en las demás experiencias formativas. Se trata esencialmente de ayudar a los niños, los muchachos, los adolescentes, a desarrollar una personalidad que combine un profundo sentido de justicia con el respeto del otro, con la capacidad de afrontar los conflictos sin prepotencia, con la fuerza interior de dar testimonio del bien también cuando supone sacrificio, con el perdón y la reconciliación. Así podrán llegar a ser hombres y mujeres verdaderamente pacíficos y constructores de paz.

En esta labor educativa de las nuevas generaciones, una responsabilidad particular corresponde también a las comunidades religiosas. Todo itinerario de formación religiosa auténtica acompaña a la persona, desde su más tierna edad, a conocer a Dios, a amarlo y hacer su voluntad. Dios es amor, es justo y pacífico, y quien quiere honrarlo debe sobre todo comportarse como un hijo que sigue el ejemplo del padre. Un salmo afirma: «El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos … El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia» (Sal 103,6.8). Como Jesús nos ha demostrado con el testimonio de su vida, justicia y misericordia conviven en Dios perfectamente. En Jesús «misericordia y fidelidad» se encuentran, «la justicia y la paz» se besan (cf. Sal 85,11). En estos días la Iglesia celebra el gran misterio de la encarnación: la verdad de Dios ha brotado de la tierra y la justicia mira desde el cielo, la tierra ha dado su fruto (cf. Sal 85,12.13). Dios nos ha hablado en su Hijo Jesús. Escuchemos lo que nos dice Dios: Él «anuncia la paz» (Sal 85,9). La Virgen María hoy nos lo indica, nos muestra el camino: ¡Sigámosla! Y tú, Madre Santa de Dios, acompáñanos con tu protección. Amén.

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Santo Padre emérito Benedicto XVI: Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Homilía del domingo, 1 de enero de 2012

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Nace Jesús – Carta de san Juan Pablo II a los niños

Nace Jesús – Carta de san Juan Pablo II a los niños

¡Queridos niños!

Dentro de pocos días celebraremos la Navidad, fiesta vivida intensamente por todos los niños en cada familia. Este año lo será aún más porque es el Año de la Familia. Antes de que este termine, deseo dirigirme a vosotros, niños del mundo entero, para compartir juntos la alegría de esta entrañable conmemoración.

La Navidad es la fiesta de un Niño, de un recién nacido. ¡Por esto es vuestra fiesta! Vosostros la esperáis con impaciencia y la preparáis con alegría, contando los días y casi las horas que faltan para la Nochebuena de Belén.

Parece que os estoy viendo: preparando en casa, en la parroquia, en cada rincón del mundo el nacimiento, reconstruyendo el clima y el ambiente en que nació el Salvador. ¡Es cierto! En el período navideño el establo con el pesebre ocupa un lugar central en la Iglesia. Y todos se apresuran a acercarse en peregrinación espiritual, como los pastores la noche del nacimiento de Jesús. Más tarde los Magos vendrán desde el lejano Oriente, siguiendo la estrella, hasta el lugar donde estaba el Redentor del universo.

También vosotros, en los días de Navidad, visitáis los nacimientos y os paráis a mirar al Niño puesto entre pajas. Os fijáis en su Madre y en san José, el custodio del Redentor. Contemplando la Sagrada Familia, pensáis en vuestra familia, en la que habéis venido al mundo. Pensáis en vuestra madre, que os dio a luz, y en vuestro padre. Ellos se preocupan de mantener la familia y de vuestra educación. En efecto, la misión de los padres no consiste solo en tener hijos, sino también en educarlos desde su nacimiento.

Queridos niños, os escribo acordándome de cuando, hace muchos años, yo era un niño como vosotros. Entonces yo vivía también la atmósfera serena de la Navidad, y al ver brillar la estrella de Belén corría al nacimiento con mis amigos para recordar lo que sucedió en Palestina hace 2000 años. Los niños manifestábamos nuestra alegría ante todo con cantos. ¡Qué bellos y emotivos son los villancicos, que en la tradición de cada pueblo se cantan en torno al nacimiento! ¡Qué profundos sentimientos contienen y, sobre todo, cuánta alegría y ternura expresan hacia el divino Niño venido al mundo en la Nochebuena! También los días que siguen al nacimiento de Jesús son días de fiesta: así, ocho días más tarde, se recuerda que, según la tradición del Antiguo Testamento, se dio un nombre al Niño: llamándole Jesús.

Después de cuarenta días, se conmemora su presentación en el Templo, como sucedía con todos los hijos primogénitos de Israel. En aquella ocasión tuvo lugar un encuentro extraordinario: el viejo Simeón se acercó a María, que había ido al Templo con el Niño, lo tomó en brazos y pronunció estas palabras proféticas: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc2, 29-32). Después, dirigiéndose a María, su Madre, añadió: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lc 2, 34-35). Así pues, ya en los primeros días de la vida de Jesús resuena el anuncio de la Pasión, a la que un día se asociará también la Madre, María: el Viernes Santo ella estará en silencio junto a la Cruz del Hijo. Por otra parte, no pasarán muchos días después del nacimiento para que el pequeño Jesús se vea expuesto a un grave peligro: el cruel rey Herodes ordenará matar a los niños menores de dos años, y por esto se verá obligado a huir con sus padres a Egipto.

Seguro que vosotros conocéis muy bien estos acontecimientos relacionados con el nacimiento de Jesús. Os los cuentan vuestros padres, sacerdotes, profesores y catequistas, y cada año los revivís espiritualmente durante las fiestas de Navidad, junto con toda la Iglesia: por eso conocéis los aspectos trágicos de la infancia de Jesús.

¡Queridos amigos! En lo sucedido al Niño de Belén podéis reconocer la suerte de los niños de todo el mundo. Si es cierto que un niño es la alegría no solo de sus padres, sino también de la Iglesia y de toda la sociedad, es cierto igualmente que en nuestros días muchos niños, por desgracia, sufren o son amenazados en varias partes del mundo: padecen hambre y miseria, mueren a causa de las enfermedades y de la desnutrición, perecen víctimas de la guerra, son abandonados por sus padres y condenados a vivir sin hogar, privados del calor de una familia propia, soportan muchas formas de violencia y de abuso por parte de los adultos. ¿Cómo es posible permanecer indiferente ante al sufrimiento de tantos niños, sobre todo cuando es causado de algún modo por los adultos?


Jesús da la Verdad

El Niño, que en Navidad contemplamos en el pesebre, con el paso del tiempo fue creciendo. A los doce años, como sabéis, subió por primera vez, junto con María y José, de Nazaret a Jerusalén con motivo de la fiesta de la Pascua. Allí, mezclado entre la multitud de peregrinos, se separó de sus padres y, con otros chicos, se puso a escuchar a los doctores del Templo, como en una «clase de catecismo». En efecto, las fiestas eran ocasiones adecuadas para transmitir la fe a los muchachos de la edad, más o menos, de Jesús. Pero sucedió que, en esta reunión, el extraordinario Adolescente venido de Nazaret no solo hizo preguntas muy inteligentes, sino que él mismo comenzó a dar respuestas profundas a quienes le estaban enseñando. Sus preguntas y sobre todo sus respuestas asombraron a los doctores del Templo. Era la misma admiración que, en lo sucesivo, suscitaría la predicación pública de Jesús: el episodio del Templo de Jerusalén no es otra cosa que el comienzo y casi el preanuncio de lo que sucedería algunos años más tarde.

Queridos chicos y chicas, coetáneos del Jesús de doce años, ¿no vienen a vuestra mente, en este momento, las clases de religión que se dan en la parroquia y en la escuela, clases a las que estáis invitados a participar? Quisiera, pues, haceros algunas preguntas: ¿cuál es vuestra actitud ante las clases de religión? ¿Os sentís comprometidos como Jesús en el Templo cuando tenía doce años? ¿Asistís a ellas con frecuencia en la escuela o en la parroquia? ¿Os ayudan en esto vuestros padres?

Jesús a los doce años quedó tan cautivado por aquella catequesis en el Templo de Jerusalén que, en cierto modo, se olvidó hasta de sus padres. María y José, regresando con otros peregrinos a Nazaret, se dieron cuenta muy pronto de su ausencia. La búsqueda fue larga. Volvieron sobre sus pasos y solo al tercer día lograron encontrarlo en Jerusalén, en el Templo. «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando » (Lc 2, 48). ¡Qué misteriosa es la respuesta de Jesús y cómo hace pensar! « ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2, 49). Era una respuesta difícil de aceptar. El evangelista Lucas añade simplemente que María «conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (2, 51). En efecto, era una respuesta que se comprendería solo más tarde, cuando Jesús, ya adulto, comenzó a predicar, afirmando que por su Padre celestial estaba dispuesto a afrontar todo sufrimiento e incluso la muerte en cruz.

Jesús volvió de Jerusalén a Nazaret con María y José, donde vivió sujeto a ellos (cf. Lc 2, 51). Sobre este período, antes de iniciar la predicación pública, el Evangelio señala solo que «progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52).

Queridos chivos, en el Niño que contempláis en el nacimiento podéis ver ya al muchacho de doce años que dialoga con los doctores en el Templo de Jerusalén. El es el mismo hombre adulto que más tarde, con treinta años, comenzará a anunciar la palabra de Dios, llamará a los doce Apóstoles, será seguido por multitudes sedientas de verdad. A cada paso confirmará su maravillosa enseñanza con signos de su potencia divina: devolverá la vista a los ciegos, curará a los enfermos e incluso resucitará a los muertos. Entre ellos estarán la joven hija de Jairo y el hijo de la viuda de Naim, devuelto vivo a su apenada madre.

Es justamente así: este Niño, ahora recién nacido, cuando sea grande, como Maestro de la Verdad divina, mostrará un afecto extraordinario por los niños. Dirá a los Apóstoles: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis», y añadirá: «Porque de los que son como estos es el Reino de Dios» (Mc 10, 14). Otra vez, estando los Apóstoles discutiendo sobre quién era el más grande, pondrá en medio de ellos a un niño y dirá: «Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos» (Mt 18, 3). En aquella ocasión pronunciará también palabras severísimas de advertencia: «Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar» (Mt 18, 6).

¡Qué importante es el niño para Jesús! Se podría afirmar desde luego que el Evangelio está profundamente impregnado de la verdad sobre el niño. Incluso podría ser leído en su conjunto como el «Evangelio del niño».

En efecto, ¿qué quiere decir: «Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos»? ¿Acaso no pone Jesús al niño como modelo incluso para los adultos? En el niño hay algo que nunca puede faltar a quien quiere entrar en el Reino de los cielos. Al cielo van los que son sencillos como los niños, los que como ellos están llenos de entrega confiada y son ricos de bondad y puros. Solo estos pueden encontrar en Dios un Padre y llegar a ser, a su vez, gracias a Jesús, hijos de Dios.

¿No es este el mensaje principal de la Navidad? Leemos en san Juan: «Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (1, 14); y además: «A todos los que le recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (1, 12). ¡Hijos de Dios! Vosotros, queridos niños, sois hijos e hijas de vuestros padres. Ahora bien, Dios quiere que todos seamos hijos adoptivos suyos mediante la gracia. Aquí está la fuente verdadera de la alegría de la Navidad, de la que os escribo ya al término del Año de la Familia. Alegraos por este «Evangelio de la filiación divina». Que, en este gozo, las próximas fiestas navideñas produzcan abundantes frutos, en el Año de la Familia.


Jesús se da a sí mismo

Queridos amigos, la Primera Comunión es sin duda alguna un encuentro inolvidable con Jesús, un día que se recuerda siempre como uno de los más hermosos de la vida. La Eucaristía, instituida por Cristo la víspera de su pasión durante la Ultima Cena, es un sacramento de la Nueva Alianza, más aún, el más importante de los sacramentos. En ella el Señor se hace alimento de las almas bajo las especies del pan y del vino. Los niños la reciben solemnemente la primera vez -en la Primera Comunión- y se les invita a recibirla después cuantas más veces mejor para seguir en amistad íntima con Jesús.

Para acercarse a la Sagrada Comunión, como sabéis, se debe haber recibido el Bautismo: este es el primer sacramento y el más necesario para la salvación. ¡Es un gran acontecimiento el Bautismo! En los primeros siglos de la Iglesia, cuando los que recibían el Bautismo eran sobre todo los adultos, el rito se concluía con la participación en la Eucaristía, y tenía la misma solemnidad que hoy acompaña a la Primera Comunión. Más adelante, al empezar a administrar el Bautismo principalmente a los recién nacidos -es también el caso de muchos de vosotros, queridos niños, que por tanto no podéis recordar el día de vuestro Bautismo- la fiesta más solemne se trasladó al momento de la Primera Comunión. Cada muchacho y cada muchacha de familia católica conoce bien esta costumbre: la Primera Comunión se vive como una gran fiesta familiar. En este día se acercan generalmente a la Eucaristía, junto con el festejado, los padres, los hermanos y hermanas, los demás familiares, los padrinos y, a veces también, los profesores y educadores.

El día de la Primera Comunión es además una gran fiesta en la parroquia. Recuerdo como si fuese hoy mismo cuando, junto con otros muchachos de mi edad, recibí por primera vez la Eucaristía en la Iglesia parroquial de mi pueblo. Es costumbre hacer fotos familiares de este acontecimiento para así no olvidarlo. Por lo general, las personas conservan estas fotografías durante toda su vida. Con el paso de los años, al hojearlas, se revive la atmósfera de aquellos momentos; se vuelve a la pureza y a la alegría experimentadas en el encuentro con Jesús, que se hizo por amor Redentor del hombre.

¡Cuántos niños en la historia de la Iglesia han encontrado en la Eucaristía una fuente de fuerza espiritual, a veces incluso heroica! ¿Cómo no recordar, por ejemplo, los niños y niñas santos, que vivieron en los primeros siglos y que aún hoy son conocidos y venerados en toda la Iglesia? Santa Inés, que vivió en Roma; santa Agueda, martirizada en Sicilia; san Tarsicio, un muchacho llamado con razón el mártir de la Eucaristía, porque prefirió morir antes que entregar a Jesús sacramentado, a quien llevaba consigo.

Y así, a lo largo de los siglos hasta nuestros días, no han faltado niños y muchachos entre los santos y beatos de la Iglesia. Al igual que Jesús muestra en el Evangelio una confianza particular en los niños, así María, la Madre de Jesús, ha dirigido siempre, en el curso de la historia, su atención maternal a los pequeños. Pensad en santa Bernardita de Lourdes, en los niños de La Salette y, ya en este siglo, en Lucía, Francisco y Jacinta de Fátima.

Os hablaba antes del «Evangelio del niño», ¿acaso no ha encontrado este en nuestra época una expresión particular en la espiritualidad de santa Teresa del Niño Jesús? Es propiamente así: Jesús y su Madre eligen con frecuencia a los niños para confiarles tareas de gran importancia para la vida de la Iglesia y de la humanidad. He citado solo a algunos universalmente conocidos, pero ¡cuántos otros hay menos célebres! Parece que el Redentor de la humanidad comparte con ellos la solicitud por los demás: por los padres, por los compañeros y compañeras. El siempre atiende su oración. ¡Qué enorme fuerza tiene la oración de un niño! Llega a ser un modelo para los mismos adultos: rezar con confianza sencilla y total quiere decir rezar como los niños saben hacerlo.

Llego ahora a un punto importante de esta Carta: al terminar el Año de la Familia, queridos amigos pequeños, deseo encomendar a vuestra oración los problemas de vuestra familia y de todas las familias del mundo. Y no solo esto, tengo también otras intenciones que confiaros. El Papa espera mucho de vuestras oraciones. Debemos rezar juntos y mucho para que la humanidad, formada por varios miles de millones de seres humanos, sea cada vez más la familia de Dios, y pueda vivir en paz. He recordado al principio los terribles sufrimientos que tantos niños han padecido en este siglo, y los que continúan sufriendo muchos de ellos también en este momento. Cuántos mueren en estos días víctimas del odio que se extiende por varias partes de la tierra: por ejemplo en los Balcanes y en diversos países de África. Meditando precisamente sobre estos hechos, que llenan de dolor nuestros corazones, he decidido pediros a vosotros, queridos niños y muchachos, que os encarguéis de la oración por la paz. Lo sabéis bien: el amor y la concordia construyen la paz, el odio y la violencia la destruyen. Vosotros detestáis instintivamente el odio y tendéis hacia el amor: por esto el Papa está seguro de que no rechazaréis su petición, sino que os uniréis a su oración por la paz en el mundo con la misma fuerza con que rezáis por la paz y la concordia en vuestras familias.


¡Alabad el nombre del Señor!

Permitidme, queridos chicos y chicas, que al final de esta Carta recuerde unas palabras de un salmo que siempre me han emocionado: ¡Laudate pueri Dominum! ¡Alabad niños al Señor, alabad el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre. De la salida del sol hasta su ocaso, sea loado el nombre del Señor! (cf. Sal 113/112, 1-3). Mientras medito las palabras de este salmo, pasan delante de mi vista los rostros de los niños de todo el mundo: de oriente a occidente, de norte a sur. A vosotros, mis pequeños amigos, sin distinción de lengua, raza o nacionalidad, os digo: ¡Alabad el nombre del Señor!

Puesto que el hombre debe alabar a Dios ante todo con su vida, no olvidéis lo que Jesús muchacho dijo a su Madre y a José en el Templo de Jerusalén: «¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2, 49). El hombre alaba al Señor siguiendo la llamada de su propia vocación. Dios llama a cada hombre, y su voz se deja sentir ya en el alma del niño: llama a vivir en el matrimonio o a ser sacerdote; llama a la vida consagrada o tal vez al trabajo en las misiones… ¿Quién sabe? Rezad, queridos muchachos y muchachas, para descubrir cuál es vuestra vocación, para después seguirla generosamente.

¡Alabad el nombre del Señor! Los niños de todos los continentes, en la noche de Belén, miran con fe al Niño recién nacido y viven la gran alegría de la Navidad. Cantando en sus lenguas, alaban el nombre del Señor. De este modo se difunde por toda la tierra la sugestiva melodía de la Navidad. Son palabras tiernas y conmovedoras que resuenan en todas las lenguas humanas; es como un canto festivo que se eleva por toda la tierra y se une al de los Angeles, mensajeros de la gloria de Dios, sobre el portal de Belén: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes El se complace» (Lc 2, 14). El Hijo predilecto de Dios se presenta entre nosotros como un recién nacido; en torno a El los niños de todas las Naciones de la tierra sienten sobre sí mismos la mirada amorosa del Padre celestial y se alegran porque Dios los ama. El hombre no puede vivir sin amor. Está llamado a amar a Dios y al prójimo, pero para amar verdaderamente debe tener la certeza de que Dios lo quiere.

¡Dios os ama, queridos muchachos! Quiero deciros esto al terminar el Año de la Familia y con ocasión de estas fiestas navideñas que son particularmente vuestras.

Os deseo unas fiestas gozosas y serenas; espero que en ellas viváis una experiencia más intensa del amor de vuestros padres, de los hermanos y hermanas, y de los demás miembros de vuestra familia. Que este amor se extienda después a toda vuestra comunidad, mejor aún, a todo el mundo, gracias a vosotros, queridos muchachos y niños. Así el amor llegará a quienes más lo necesitan, en especial a los que sufren y a los abandonados. ¿Qué alegría es mayor que el amor? ¿Qué alegría es más grande que la que tú, Jesús, pones en el corazón de los hombres, y particularmente de los niños, en Navidad?

¡Levanta tu mano, divino Niño,

bendice a estos pequeños amigos tuyos,

bendice a los niños de toda la tierra!

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San Juan Pablo II: Nace Jesús (carta a los niños)

Ciudad del Vaticano, 13 de diciembre de 1994


Los niños y la Liturgia: Elementos de una celebración de la Palabra (I)

Los niños y la Liturgia: Elementos de una celebración de la Palabra (I)

En las próximas columnas analizaremos los elementos constitutivos de las Celebraciones de la Palabra para niños.

Estos son, entonces, algunos factores que considero indispensables y que forman parte integrante de toda celebración de la Palabra.

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Celebración de la palabra: elementos indispensables

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1. La Palabra de Dios

    Toda celebración supone un encuentro comunitario en torno a la Palabra de Dios, para expresar juntos la fe y para celebrar la vida, también algo que ha sucedido o se ha aprendido en catequesis.

    No es un mero teatro o representación sino que es un verdadero encuentro: Dios se hace presente, se revela a los hombres a través de su Palabra (Jn1, 1-14). Las Sagradas Escrituras dan fe de la actuación de Dios en la vida de los hombres. Dios actuó en favor de su pueblo y se introdujo en su historia. La Biblia es el principal modo como la Iglesia ha interpretado, reconocido y conservado la Revelación de Dios.

    Por todo lo expuesto, una celebración donde falte la Palabra de Dios carece totalmente de sentido. En nuestro caso, por tratarse de niños, el texto de la Palabra de Dios debe ser breve y elocuente, pero nunca estará ausente.


    2. La comunidad o asamblea

      Otro elemento importante que hay que tener en cuenta en una celebración es la asamblea o comunidad, la gente que quiere celebrar algo. En nuestro caso, los niños son los verdaderos protagonistas. Si no logramos que participen plenamente, se transformarán en meros espectadores. Todo debe estar pensado en función de ellos.

      Los niños deben sentirse convocados, invitados, llamados en nombre del Señor a participar con todos sus sentidos en lo que van a realizar y celebrar.


      3. Motivo o tema

        Siempre existe un motivo para celebrar, cualquier tema puede ser celebrado: un hecho ocurrido, por el que queremos dar gracias a Dios, un acontecimiento, una experiencia que hayamos vivido o un tema aprendido en la catequesis… Lo importante es que la celebración tenga que ver con lo que el niño vive y aprende.

        Todos los temas de la catequesis pueden ser celebrados. Al concluir cada eje o núcleo catequístico convendría realizar una celebración. Las fiestas litúrgicas como la Pascua, Pentecostés, Navidad, la Epifanía, el Santo patrono…, son ocasiones privilegiadas para tener una celebración especial.

        Al tratarse de niños, todo debe girar en torno a una sola idea, clara, concisa y sencilla. Cada celebración debe presentar un solo tema. Hay que evitar esa tendencia a desarrollar varios temas en una sola celebración, cosa que confunde a los niños y los dispersa.


        4. El gesto sacramental

          El gesto sacramental es un signo actuante y eficaz de la acción salvífica de Dios. No es un rito mágico ni supersticioso. Solo produce su efecto si la persona está bien dispuesta y preparada para recibirlo.

          Todo encuentro con Dios se expresa por y a través de gestos rituales o gestos sagrados (hacer la señal de la cruz, saludar, encender un cirio, arrodillarse, darse la paz, extender los brazos, besar una imagen, rociar con agua bendita, etc.).

          Las celebraciones de los niños tendrán gran variedad y riqueza de gestos. Es imprescindible que los niños conozcan bien el significado de los gestos que realizarán durante la celebración. De cuando en cuando será necesario volver a profundizar el significado de los mismos, ya que la rutina puede transformar un gesto valioso en una práctica ritual y sin sentido.

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          El artículo continúa en:

          Los niños y la Liturgia: Elementos de una celebración de la Palabra (II)


          (De la Serie «Los niños y la Liturgia», columna 6.ª)

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          Todas las catequesis de Luis María Benavides

          Catequesis en camino – Sitio web de Luis María Benavides


          Santa Margarita de Escocia, la reina de los pobres

          Santa Margarita de Escocia, la reina de los pobres

          De estirpe regia y de santos. Por parte de padre emparenta con la realeza inglesa y por parte de madre con la de Hungría. Los santos son, por parte de padre, san Eduardo —llamado el «Confesor»— que era su bisabuelo y, por parte de madre, san Esteban, rey de Hungría.

          Nació del matrimonio habido entre Eduardo y Agata, en Hungría, con fecha difícil de determinar. Su padre nunca llegó a reinar, porque al ser llamado por la nobleza inglesa para ello, resulta que el normando Guillermo el Conquistador invade sus tierras, se corona rey e impone el juramento de fidelidad; al poco tiempo murió Eduardo de muerte natural.

          Pero esta situación fue la que hizo que Margarita llegara a ser reina de Escocia por casarse con el rey. Su madre había previsto y dispuesto que la familia regresara al continente al quedarse viuda tras la muerte de su esposo y, bien sea por necesidad de puerto a causa de tempestades, bien por la confianza en la buena acogida de la casa real escocesa, el caso es que atracaron en Escocia y allí se enamoró el rey Malcon III de Margarita y se casó con ella.

          Es una mujer ejemplar en la corte y con la gente paño de lágrimas. Se la conoce delicada en el cumplimiento de sus obligaciones de esposa; esmerada en la educación de los hijos, les dedica todo el tiempo que cada uno necesita; sabe estar en el sitio que como a reina le corresponde en el trato con la nobleza y asume responsabilidades cristianas que le llenan el día. Señalan sus hagiógrafos las continuas preocupaciones por los más necesitados: visita y consuela enfermos llegando a limpiar sus heridas y a besar sus llagas; ayuda habitualmente a familias pobres y numerosas; socorre a los indigentes con bienes propios y de palacio hasta vender sus joyas. Lee a diario los Libros Santos, los medita y lo que es mejor ¡se esfuerza por cumplir las enseñanzas de Jesús! De ellos saca las luces y las fuerzas. De hecho, su libro de rezos, un precioso códice decorado con primor —milagrosamente recuperado sin sufrir daño del lecho del río en que cayó— se conserva en la biblioteca bodleiana de Oxford (Inglaterra).

          También se ocupó de restaurar iglesias y levantar templos, destacando la edificación de la abadía de Dunferline.

          Puso también empeño en eliminar del reino los abusos que se cometían en materia religiosa y se esforzó en poner fin a las abundantes supersticiones; para ello, convocó concilios con la intención de que los obispos determinaran el modo práctico de exponer todo y sólo lo que manda la Iglesia y las enseñanzas de los Padres.

          «Gracias, Dios mío, porque me das paciencia para soportar tantas desgracias juntas». Esta fue su frase cuando le comunicaron la muerte de su esposo y de su hijo Eduardo en una acción bélica. Fue cuando marcharon a recuperar el castillo de Aluwick, en Northumberland, del que se había apoderado el usurpador Guillermo. Ella soportaba en aquellos momentos la larga y penosísima enfermedad que le llevó a la muerte el año 1093, en Edimburgo.

          Es la reina Margarita la patrona de Escocia, canonizada por el papa Inociencio IV en el año 1250. Pero no pueden venerarse sus reliquias por desconocerse el lugar donde reposan. Por la manía que tenían los antiguos de desarmar los esqueletos de los santos, su cráneo —que perteneció a María Estuardo— se perdió con la Revolución francesa, porque lo tenían los jesuitas en Douai y, desde luego, no salieron muy bien parados sus bienes. El cuerpo tampoco se pudo encontrar cuando lo pidió Gelliers, arzobispo de Edimburgo, a Pío XI, aunque se sabe que se trasladó a España por empeño de Felipe II quien mandó tallar un sepulcro en El Escorial para los restos de Margarita y de su esposo.

          Aunque les duela esa carencia de reliquias a los escoceses, tienen sin embargo el orgullo de disfrutar en su historia de las grandes virtudes de una mujer que supo primar su condición cristiana a su condición de reina. O mejor, que ser reina no fue dificultad para vivir hasta lo más hondo su responsabilidad de cristiana. O aún más, supo desde la posición más alta ser testigo de Cristo. Y eso es mucho en cualquier momento de la Historia. ¿No será la gente como ella los que se llaman pobres de espíritu?

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          Santa Margarita de Escocia (vídeo 1)

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          Santa Margarita de Escocia (vídeo 2)

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          Los niños y la Liturgia: Consideraciones para las celebraciones con niños

          Los niños y la Liturgia: Consideraciones para las celebraciones con niños

          «Puesto que la vida plenamente cristiana no se puede pensar sin la participación en las acciones litúrgicas en la que los fieles congregados en uno celebran el Misterio Pascual, la iniciación religiosa de los niños no debe ser ajena a ese fin. La Iglesia, que bautiza a los niños, confiada en los dones que este Sacramento da, debe cuidar que los bautizos crezcan en la comunión con Cristo y los hermanos, de cuya comunión es signo y prenda la participación en la mesa eucarística, a la cual se preparan los niños o en cuya significación son Introducidos más profundamente. La cual formación litúrgica y eucarística no es lícito separar de la educación universal, humana y cristiana, más aún, sería nociva sí la formación eucarística careciera de tal fundamento…»

          Sagrada Congregación para el Culto Divino:
          Directorio Litúrgico para las Misas con Participación de Niños
          n. 8

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          Dadas las características de los niños, es imprescindible tener en cuenta algunas apreciaciones particulares al momento de pensar y realizar una Celebración de la Palabra.

          1. Ante todo las celebraciones deben ser breves, simples, con ritmo, alegres y vividas intensamente.

          2. Conviene cuidar mucho los cantos dramatizados con todo el cuerpo, los gestos vividos, los cortos y profundos momentos de oración, la proclamación solemne de la Palabra de Dios, la participación de los padres y familiares y el aire de fiesta propio de toda celebración catequética.

          3. El tema de la celebración debe ser cuidadosamente elegido, respondiendo no solo a las necesidades e intereses de los niños, sino también, en la medida de lo posible a los temas catequísticos que se están tratando en la catequesis y a los tiempos litúrgicos.

          4. Se ha de procurar una gran ilación entre los cantos, los gestos, la Palabra de Dios, el compromiso; es decir, la celebración debe girar en torno a un solo tema, claro y concreto. No es cuestión de recargar la celebración con gestos complicados ni con extensas explicaciones. Los niños son simples y sencillos. No les compliquemos las cosas.

          5. Es muy importante respetar el propio ritmo de los niños. No hay que desanimarse ni apurarse. No siempre las cosas salen como uno quisiera, porque en el fondo los niños son los verdaderos protagonistas y eso vale mucho en la celebración catequística.

          6. Pensar muy bien la ubicación, la participación de los niños durante la celebración; de manera que todos los niños y niñas se sientan partícipes y convocados durante la misma.

          7. Es muy importante buscar y explicar el significado de los gestos que realizamos. En este sentido los gestos, la valorización, el cuidado y la oportunidad de los mismos son un vehículo privilegiado para la celebración de la fe. El niño entra en el mundo de la liturgia cargado de signos. La catequesis debe cargar de contenido al gesto para que no resulte vacío.

          8. Desafortunadamente, la rutina o la falta de conocimiento terminan por anular el sentido de los gestos que, en otros tiempos fueron muy valiosos. Con los niños, continuamente hay que detenerse en los gestos sagrados que utilizamos. Nos tomaremos el tiempo que sea necesario para que los interioricen y, si es necesario, los recreen permanentemente. Muchas veces, podrán inventarse gestos junto con los niños; lo importante es que les ayuden a expresar mejor la fe y, por tanto, el amor de Dios.

          9. Es importantísimo que nosotros primero conozcamos el sentido de dichos gestos y los hagamos con detenimiento; luego, se los transmitiremos lentamente y con gran dignidad. Nosotros debemos siempre hacer y vivir los gestos con los niños. El gesto es, para el niño, un medio mucho más significativo que la palabra. Además, el gesto permite al niño expresar lo que no puede decir con palabras o dar más fuerza al sentido de las mismas.

          10. Lo que interesa es que los niños vivan la fiesta porque Dios los ama. Qué la celebración sea para ellos la fiesta del encuentro con sus amigos y con Dios. En resumen, qué la celebración sea una forma de vivir y de expresar la propia fe.

          11. Lo central sigue siendo es espíritu celebrativo, la búsqueda del misterio insondable de Dios, a través de los gestos y signos sagrados, a través de los cantos, a través de los momentos de oración personal y comunitaria; esencialmente, a través de la escucha de la Palabra de Dios en comunidad.


          (De la Serie «Los niños y la Liturgia», columna 5.ª)

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          Catequesis en camino – Sitio web de Luis María Benavides


          Parábola del buen Samaritano – Dibujos para colorear

          Parábola del buen Samaritano – Dibujos para colorear

          La parábola del Buen Samaritano es idónea para desarrollar diversas dinámicas de catequesis familiar, especialmente con los más pequeños y aquellos que preparan su Primera Comunión. En este artículo ofrecemos a padres y catequistas una serie de dibujos para colorear para que los más pequeños se diviertan coloreando y aprendiendo la parábola.

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          Dibujos para colorear

          Buensamaritano001-mini Buensamaritano002-mini Buensamaritano003-mini
          Buensamaritano004-mini buensamaritano011-mini buensamaritano012-mini
          buensamaritano013-mini buensamaritano014-mini buensamaritano015-mini

          Parábola del buen samaritano en el Evangelio según san Lucas

          Lc 10, 25–37

          25 Un maestro de la Ley, que quería ponerlo a prueba, se levantó y le dijo: «Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?» 26 Jesús le dijo: «¿Qué está escrito en la Escritura? ¿Qué lees en ella?» 27 El hombre contestó: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» 28 Jesús le dijo: «¡Excelente respuesta! Haz eso y vivirás.» 29 El otro, que quería justificar su pregunta, replicó: «¿Y quién es mi prójimo?» 30 Jesús empezó a decir: «Bajaba un hombre por el camino de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron hasta de sus ropas, lo golpearon y se marcharon dejándolo medio muerto. 31 Por casualidad bajaba por ese camino un sacerdote; lo vió, dio un rodeo y siguió. 32 Lo mismo hizo un levita que llegó a ese lugar: lo vio, dio un rodeo y pasó de largo. 33 Un samaritano también pasó por aquel camino y lo vio, pero éste se compadeció de él. 34 Se acercó, curó sus heridas con aceite y vino y se las vendó; después lo montó sobre el animal que traía, lo condujo a una posada y se encargó de cuidarlo. 35 Al día siguiente sacó dos monedas y se las dio al posadero diciéndole: «Cuídalo, y si gastas más, yo te lo pagaré a mi vuelta.» 36 Jesús entonces le preguntó: «Según tu parecer, ¿cuál de estos tres se hizo el prójimo del hombre que cayó en manos de los salteadores?» 37 El maestro de la Ley contestó: «El que se mostró compasivo con él.» Y Jesús le dijo: «Vete y haz tú lo mismo.»

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          Catequesis sobre la vida y misión de san Antonio María Claret

          Catequesis sobre la vida y misión de san Antonio María Claret

          Señor y Padre mío, que te conozca y te haga conocer, que te ame y te haga amar; que te sirva y te haga servir; que te alabe y te haga alabar por todas las criaturas.

          Oración Apostólica de San Antonio María Claret

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          Su vida ejemplar y su ímpetu misionero hacen de san Antonio María de Claret y Clará un modelo idóneo para los aires de la Nueva Evangelización.

          Sobre su vida y misión, mariología.org presenta una serie de dinámicas catequéticas de gran interés para catequistas, profesores de religión y padres cristianos.

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          Primera parte. Autobiografía

          1. Soy Antonio María Claret y Clará

          Nací el quinto de once hermanos en la villa de Sallent (Barcelona) el 23 de diciembre de 1807. Mis padres se llamaban Juan Claret y Josefa Clará, casados, honrados y temerosos de Dios y muy amantes de la Eucaristía y de la Virgen María. Fui bautizado a los pocos días de mi nacimiento, el día 25 de diciembre, en la pila bautismal de la parroquia de Santa María de Sallent. Me pusieron por nombre Antonio. Yo después añadí el de María por mi amor a la Virgen.

          De los recuerdos de la infancia me llega a la memoria uno que tenía a los cinco años. Yo siempre he sido poco dormilón, y pensaba en la eternidad; pensaba: siempre, siempre, siempre, tendrán que sufrir aquellas personas que mueran alejadas de Dios. Esto me daba mucha lástima, porque yo, naturalmente, soy muy compasivo. Esta idea es la que más me ha hecho y me hace trabajar para que nadie muera alejado de Dios.

          No puedo ver una desgracia, una miseria que no socorra, me quitaré el pan de la boca para darlo a quien lo necesite. Pues si las necesidades corporales me afectan tanto, cuánto más las necesidades espirituales. Si un hijo tuviese un padre muy bueno y viese que sin más le maltratan, ¿no le defendería?.

          Pues ¿qué debo hacer yo para defender a mi Padre Dios? ¿Callar? No sería un buen hijo.

          Me acuerdo que en la guerra de la Independencia, cuando aún tenía cinco años, huía del pueblo a pie cuando avisaban de la llegada de los franceses, y ayudaba a mi abuelo Juan. Cuando era de noche, le advertía de los tropiezos con tanta paciencia y cariño, que mi abuelo estaba muy consolado al ver que yo no le dejaba, ni huía con los demás hermanos y primos.

          Apenas tenía seis años cuando mis padres me mandaron a la escuela. En esos primeros años, el maestro, el sacerdote del pueblo y mis padres, trataban de formar mi entendimiento con la enseñanza de la verdad, y mi corazón con el cuidado de los valores cristianos.

          Otras fechas importantes de mi vida son las siguientes:

          1818 A los diez años recibí la primera comunión.

          1816 Me gustaba ir a la iglesia, rezar y ayudar a los demás.

          1819 Comienzo a trabajar en el pequeño taller textil de mi padre.

          1820 A los doce años, Dios me llamó, yo oí, y me ofrecí.

          1825 Me instalé en Barcelona para perfeccionar mis conocimientos en la industria textil.

          1826 A los dieciocho años la Virgen María me libró de morir ahogado en el mar.

          1829 Fui admitido en el Seminario de Vic (Barcelona).

          1835 El 13 de junio fui ordenado sacerdote en Solsona (Lérida).

          1839 Viajé a Roma para ofrecerme como misionero. Durante unos meses fui novicio jesuita.

          1841 Fui nombrado Misionero Apostólico y evangelicé en Cataluña y en Canarias.

          1849 El 16 de julio, en el Seminario de Vic, con otros cinco sacerdotes, fundé la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. El 4 de agosto fui nombrado Arzobispo de Santiago de Cuba.

          1855 Fundé con Madre Antonia París las Religiosas de María Inmaculada.

          1856 El 1 de febrero fui herido gravemente en un atentado en Holguín (Cuba).

          1857 Fui nombrado confesor de la reina Isabel II. Me trasladé a la corte de Madrid, donde prediqué, confesé, escribí libros, visité enfermos en los hospitales, aconsejé y apoyé iniciativas eclesiales.

          1858 Fundé la Academia de San Miguel, asociación de artistas, escritores y hombres de ciencia al servicio de la evangelización.

          1859 Fui nombrado presidente del Real Monasterio de El Escorial.

          1861 El 26 de agosto recibí la gracia de conservar las especies sacramentales en mi cuerpo.

          1864 Fundé las bibliotecas populares y parroquiales.

          1868 Tras la revolución de septiembre acompañé a la Reina en su destierro a Francia.

          1869 Participé en el Concilio Vaticano I que tuvo lugar en Roma.

          2. Los días de mi conversión

          Cumplidos los diecisiete años, deseoso de adelantar en los conocimientos de la fabricación textil, dije a mi padre que me llevase a Barcelona. Con mis manos ganaba lo que necesitaba para comida, vestidos, libros y maestros. Me puse a estudiar dibujo, gramática castellana y francesa. Se extendió por Barcelona la fama de la habilidad que el Señor me había dado para la fabricación y algunos empresarios contactaron con mi padre para que entrara en sus negocios. Esto le halagó muchísimo porque le venía muy bien a su fábrica de Sallent. Yo le dije a mi padre que todavía era muy joven. En ese tiempo se cumplió en mí aquello del Evangelio de que las espinas habían sofocado el buen trigo. El continuo pensar en máquinas y telares y en composiciones me tenían tan absorto que no acertaba a pensar en otra cosa. Todo mi afán era la fabricación textil. Es verdad que acudía los domingos a misa, pero tenía más máquinas en la cabeza que santos había en el altar.

          En medio de esta barahunda de cosas, estando oyendo la Santa Misa, me acordé de haber leído desde muy niño aquellas palabras del Evangelio: ¿De qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si finalmente pierde su alma?. Esta frase me causó una profunda impresión… fue para mí una flecha que me hirió el corazón; yo pensaba y discurría qué haría, pero no acertaba.

          Me hallé como san Pablo en el camino de Damasco. Me faltaba un Ananías que me dijese lo que había de hacer. Me dirigí a la Casa de san Felipe Neri, di una vuelta por los claustros, vi un cuarto abierto, pedí permiso y entré, y hallé a un Hermano llamado Pablo y le conté lo que me pasaba. Y el buen Hermano me oyó con mucha paciencia y me condujo al P. Amigó. Me oyó mi deseo de cambiar y me sugirió el camino a seguir.

          Se despertaron en mí los deseos de volver a Dios y comprendí que los peligros por los que había pasado en mi estancia en Barcelona habían servido para espabilar mi corazón. Entre ellos, está el accidente que tuve en la playa de la Barceloneta cuando me hallaba paseando por la orilla, y una ola me metió mar adentro estando a punto de ahogarme al no saber nadar. Invoqué a la Virgen María y me vi en la playa sin saber cómo. También me acuerdo de la pasión que tenía por mí la dueña de la casa donde vivía un amigo mío, una mujer joven.

          Entonces me gustaba vestir bien y ser muy elegante. Un día que él no estaba en casa, la dueña dijo que le esperase, y al poco, ella manifestó sus intenciones con palabras y acciones. Inmediatamente salí corriendo de su casa y nunca jamás quise volver. Y por último, recuerdo la traición de mi mejor amigo. Ambos teníamos bastante suerte en la lotería y jugábamos a medias. En cierta ocasión nos tocó un gran premio. Mi amigo, sintiéndose rico y sin decirme nada, apostó todo el dinero en juegos, lo perdió y se empeñó. Para pagar sus deudas, me robó mis libros, mi dinero y mi ropa. Como no le llegaba para saldar su deuda, robó unas joyas en una casa, siendo detenido. Cogieron al ladrón, confesó su delito, y fue condenado. No es posible explicar el golpe que me dio este percance, no tanto por la pérdida de dinero, que era mucho, cuanto por la confusión y vergüenza que me daba. No me atrevía a salir por la calle. Me parecía que todos me miraban y que decían: Ahí va el amigo del que está en la cárcel.

          ¡Cuánto tengo que agradecer a Dios que me haya abierto los ojos a la vida con aquellos desengaños!. Es verdad que entonces me sentí desengañado, fastidiado y aburrido de la mentira de algunos, pero ello me despertó en ansia de buscar lo que de niño siempre quise: Ser misionero.

          Mi padre se enteró por mí de mi deseo de dejar la fabricación. Fue grande su pena porque truncaba su sueño y mi futuro como empresario, pero como era buen cristiano, me dijo que acataba la voluntad de Dios por más que la sentía en su corazón.

          Salí de Barcelona después de haber estado cuatro años llenándome del viento de la vanidad, de elogios y aplausos. A primeros de septiembre de 1829 salí de Barcelona y volví a Sallent. A finales de mes, el día de san Miguel, mi padre me acompañó a Vic donde estudié la carrera eclesiástica como seminarista externo, acogido por el Obispo D. Pablo de Jesús Corcuera. Recuerdo aquel viaje por la tristeza del andar con lluvia y el silencio de mi padre.

          La dirección del Obispo Corcuera y el buen ambiente del Seminario me ayudaron a entrar en un contacto profundo con la Palabra de Dios y a fundamentar mi opción de vida por Cristo en aquellos días en los que las Cortes aprobaban la supresión de todos los Institutos religiosos, se encautaron y subastaron los bienes de la iglesia y se azuzó al pueblo para la quema de conventos y matanza de religiosos. Los días de los comienzos de las guerras carlistas.

          A lo largo de siete años, la guerra asoló vidas, tierras y riqueza. Dividió pueblos y familias, dejando un rastro de odio, venganza y desolación. Cataluña fue un escenario importante en esta guerra. Yo viví todos estos acontecimientos muy de cerca. Mi primer destino como sacerdote fue mi pueblo, Sallent, durante cuatro años. Mi trabajo personal se centraba en la atención a los enfermos y a los pobres, la predicación, la catequesis y los sacramentos.

          La meditación de la Palabra de Dios y las lecturas de la vida de los Santos me ayudaban. Eran muchos los pasajes de la Biblia, pero en especial estos:

          “Yo te elegí y no te abandoné” (Is 41, 9).

          “No temas, que yo estoy contigo; no te acobardes, porque yo soy tu Dios” (Is 41, 10).

          “Yo el Señor tu Dios te tomo de la mano y te digo: No temas” (Is 41, 13).

          “Hijo de hombre: yo te he puesto de centinela en la casa de Israel” (Ez 3).

          “El Espíritu del Señor está sobre mí. El Señor me envió para llevar la Buena Noticia a los pobres y sanar a los contritos de corazón” (Is 61,1).

          En otras muchas partes de la Biblia sentía la voz del Señor que me llamaba y me invitaba a dedicarme sólo a evangelizar. Lo mismo me ocurría cuando hacía la oración.

          3. Mi vocación, misionero apostólico

          Sallent se me quedaba pequeño y decidí marchar a Roma para ser enviado a países de misión. Al llegar a Roma, me preparé con unos ejercicios espirituales y el director de los ejercicios me sugirió que ingresara en la Compañía de Jesús, donde podría realizar mejor mi propósito. A los pocos meses del noviciado, una enfermedad misteriosa hizo que abandonara el Noviciado y regresara a Cataluña. Allí, el Obispo me consiguió de Roma el nombramiento de Misionero Apostólico y comencé la predicación por las tierras catalanas. Cuando las circunstancias políticas hicieron imposible la predicación, viajé a Canarias donde recorrí las islas predicando. Allí me conocían por el nombre de Padrito. Y más tarde, como Arzobispo de Cuba y confesor de la Reina Isabel II, no dejé de vivir y de ser un misionero apostólico por los lugares donde pasaba.

          Yo me digo a mi mismo: Un hijo del Inmaculado Corazón de María es un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa; que desea eficazmente y procura por todos los medios encender a todo el mundo en el fuego del divino amor. Nada le arredra; se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se complace en las calumnias y se alegra en los tormentos. No piensa sino cómo seguirá e imitará a Jesucristo en trabajar, sufrir y en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de los hombres.

          San Antonio María Claret, muere en la abadía cisterciense de Fontfroide (Francia) el 24 de octubre de 1870. Tenía 63 años. Raymond Carr le ha llamado Apóstol de España y la liturgia le canta como Apóstol de fuego. Apóstol de palabra hablada y escrita. De su libro escrito a los treinta años, el Camino recto, se han hecho más de trescientas ediciones. En 1847 fundó la Librería Religiosa para poner al alcance de todos la Palabra de Dios y los libros buenos para toda clase de personas. Y como misionero, no faltaron en todas las etapas de su ministerio apostólico las persecuciones.

          Azorín dijo de él que no hubo otro en la historia contemporánea de España a quien persiguieran más.

          Dios le mantuvo con su gracia y con el amor a la Virgen María, “mi madre, mi maestra y mi madrina; mi todo después de Jesús”.

          Sobre la lápida de su sepultura grabaron esta frase del Papa Gregorio VII: “Amé la justicia y odié la iniquidad; por eso muero en el destierro”.

          El 7 de mayo de 1950 es canonizado por el Papa Pío XII, quien dijo de él: Alma grande, nacida para ensamblar contrastes. Pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante. Fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien conoce el freno de la actividad y de la penitencia. Siempre en la presencia de Dios, aun en medio de su prodigiosa actividad exterior.

          Calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y entre tantas maravillas, como una luz que todo lo ilumina, su devoción a la Madre de Dios.

          Segunda parte: Actividades. Cinco sugerencias

          1. Carta vocacional

          Material: Carta fotocopiada para cada uno de los miembros del grupo con su nombre.

          A __________________ , Un amigo en quien confío.

          Hola.

          Me dirijo a ti porque necesito sacar del coco ideas y sentimientos que me están hirviendo dentro desde hace algún tiempo. Y, como dicen que al escribir se piensa dos veces… me he lanzado a ponértelo por escrito para ver si me aclaro un poco.

          La verdad es que no sé por dónde empezar. Lo haré por lo que está más cerca de mí: YO MISMO. Ser alguien… ser algo… proyecto de vida… Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para repetirnos una y otra vez la misma cantinela: ¿qué vas a hacer en el futuro?

          Lo que veo es que yo no tengo nada claro por dónde tirar. Cuando me pregunto a solas ¿qué tipo de persona quiero ser? Me contesto que quiero ser legal, auténtico, abierto a la vida, a los otros… pero sé que con estas palabras no digo nada. Porque me miro a mí mismo, miro mi vida y encuentro cosas que no me gustan un pelo. A veces me doy asco, no me veo “auténtico”. Son esos defectos que tú bien conoces y que más de una vez me has reprochado, como buen amigo que eres. Te lo agradezco. De verdad, me gustaría cambiar.

          Lo que poco a poco voy teniendo más claro es a quién no quiero parecerme. Tú sabes a quien me refiero. Pero hay que ir a lo positivo.

          Menos mal que voy vislumbrando día a día algunas actitudes y cualidades que me gustaría tener y desarrollar. Pero… (¡maldita sea!… ¿por qué siempre tiene que haber un pero…?) No sé cómo ir asimilándolas. Me parece que me voy fijando y me voy quedando con un rasgo de uno (por ejemplo, la responsabilidad de mi padre o la ternura de mi madre o…), con una actitud de otro o de otra (me gusta la sinceridad con la que se relaciona con los demás Maribel y la generosidad de Toni). Pero, aunque esto me ayuda a clarificarme algo, veo que no avanzo. Quizás necesite a alguien en quien mirarme para aprender de él –aun siendo yo mismo- el modo de ser, la forma de vivir.

          Luego viene lo del “sentido de la vida”. Y me pasa como antes, que me vienen frases hechas: “ser feliz y hacer felices a los que quiero: a mis padres, a Mónica, a ti, a los amigos, incluso a más gente”. Y, también sé que con esta respuesta no he dicho nada. En mí y a mi alrededor veo cosas que no me hacen feliz… y encima están los agoreros que dicen que la felicidad es imposible. Yo no lo creo porque siento la llamada a ser feliz y a hacer felices a otros. Sin embargo, siento que no estoy haciendo todo lo que podría hacer, y me voy comiendo el coco con preguntas como éstas: ¿Tengo derecho a seguir viviendo como estoy viviendo?… ¿no soy demasiado egoísta dedicando mi tiempo libre a lo que lo dedico?…

          A veces mi vida… ¡me parece tan vacía!. Además siento que algunos esperan más de mí, que de alguna manera me necesitan y que no puedo montármelo al margen de ellos. Creo que tengo que cambiar… que tengo que dar otro SENTIDO A MI VIDA.

          De vez en cuando, veo en la TV o leo en alguna revista lo que otros están haciendo… esos que, sin hacer ruido, han encontrado el sentido a su vida en la entrega. Incluso por aquí andan gentes generosas que me llaman la atención. Pero… ¿cómo lo han logrado?… Ellos no se han hecho por generación espontánea; ellos y ellas no han salido de la caja mágica de las sorpresas, ni del frasco de las esencias. Pero me digo: “si ellas y ellos –que son de carne y hueso como yo, lo han conseguido ¿por qué yo no?. Creo que ayudas no han de faltarme, cuento contigo, con José Mari, con Mónica, con Isabel…

          Y me ocurre otra cosa, que a la vez me da alegría y miedo. Me refiero a algunos textos del Evangelio; textos que compartimos en grupo los viernes por la tarde. No sé qué te dirán a ti, pero a mí me dan “mucha caña” –y no precisamente de cerveza, sino de la otra; ya ves por dónde voy. Ellos me dan luz. Comprendo que no puedo construir mi proyecto de vida al margen de ellos. Sé que no es fácil; pero dejándolos de lado, mi vida difícilmente va a merecer la pena.

          Y ahora aparece otro follón. Bueno, vale todo lo anterior está muy bien.

          Pero…. ¿CON QUIÉN VIVIRLO?. De solterones no vamos a ir por la vida (lo hemos comentado muchas veces). Tú sabes lo que yo siento por Mónica: “me muero por sus huesitos y por los que los rodean”. Vivirlo con alguien que tenga tus inquietudes sería maravilloso. También me pregunto si no hay otra manera de enfocar la vida fuera de la pareja. El caso es que muchos lo hacen y son gentes normales, y parecen felices.

          Creo que es hora de ir terminando. Aún quedan otras cosillas , pero no quiero darte más la vara. Ya está bien de rollo. Perdona que te haya escogido para hacerte estas “confesiones”… pero yo no tengo la culpa de que seas mi mejor amigo. ¿La tienes tú?. GRACIAS.

          ¡Ah! Y si conoces a Alguien –quizás un… (olvídalo)-, sencillamente a alguien que pueda orientarme porque conoce bien la vida y todos estos líos… suéltalo. ¿vale?.

          Hasta pronto y, un abrazo.

          Ángel.

          1. Subraya aquello con lo que estés de acuerdo o tú mismo/a hayas vivido.
          2. ¿Qué pistas le darías tú a este amigo?.
          3. ¿Qué te ha llamado la atención?. ¿Hay algo en lo que no estés de acuerdo?.

          2. La vid y los sarmientos

          Material: Una cartulina por grupo en la que esté dibujada una vid con al menos cinco sarmientos.

          Lluvia de ideas sobre lo que más ha llamado la atención de la vida del Padre Claret. En la cara A de la cartulina –donde está dibujada la vid y los sarmientos- se escribe lo más sugerente para la puesta en común de los grupos en cada uno de los sarmientos.

          Sobre la cara B de la cartulina, –procurando que las manos compongan la forma de la vid de la cara A- cada uno de los presentes dibuja el contorno de su mano abierta y en el espacio en blanco de la palma de la mano, escribe algo que puede hacer para dar en su vida un fruto bueno como Claret.

          Puesta en común de los grupos.

          3. Eel discofórum

          Material: Un reproductor de audio, una canción del momento que presente algún problema de hoy, y letra de la canción.

          Audición de la canción.

          Subrayado del texto de la canción donde se presente el problema.

          Lectura de Lucas 4,40: Poniendo sobre ellos las manos, los curaba.

          Debate: ¿Qué podemos hacer nosotros para poner remedio a la situación que describe la canción.

          4. El Manifiesto de la Caridad Cristiana

          Material: un pliego de papel Din-A3 preparado en forma de pergamino.

          El P. Claret tuvo un corazón compasivo y puso de su parte lo que pudo para ayudar a los demás. Vamos a confeccionar un manifiesto sobre la CARIDAD.

          Lectura de la Primera carta a los Corintios, capítulo 13.

          Lluvia de ideas sobre la caridad –con resonancias a la solidaridad de la vida del misionero-.

          Cada uno del grupo elige una idea y escribe un párrafo sobre él con lenguaje de denuncia.

          Se leen las composiciones y se pasan al Dina 3 las aportaciones más sugerentes.

          5. Mural de la esperanza

          Material: Periódicos de los últimos días, cartulina, tijeras y pegamento.

          Búsqueda de noticias que hablen de compromisos personales o sociales con los demás.

          Puesta en común de las noticias recortadas y elección de las tres más interesantes.

          Son respuestas solidarias de personas o grupos de hoy que apuntan a la construcción del Reino de Dios por parte de la Iglesia.

          ¿Qué podemos hacer nosotros?

          Tercera parte. Celebración y oración para concluir la catequesis

          I. Celebración para concluir la catequesis

          Preparar dos carteles: Uno con el acróstico de la palabra “Misionero/a”, y otro con la oración final.

          MONICION DE ENTRADA.

          Guía de la celebración: Amigos. Después de haber reflexionado sobre la vocación misionera de san Antonio María Claret, venimos ante Dios para orar sobre lo que hemos vivido.

          • Diremos a Jesús que queremos seguirlo…
          • Pediremos a Dios que envíe misioneros… que nos envíe,
          • Y daremos gracias por la vida de los misioneros.

          Guía de la celebración: Amigos, en un instante de silencio orad conmigo.

          “Señor Jesús, aquí estamos cerca de tí… míranos a los ojos… despierta en nosotros un sueño bello; el de seguirte, el de anunciarte como te siguieron y te anunciaron tantos y tantos misioneros en todo el mundo.

          Tú eres nuestro Amigo, y nosotros sabemos que nos amas.

          Enséñanos y ayúdanos a vivir contigo esta celebración”.

          Todos: Amén.

          Se coloca delante el acróstico Misionero.

          M. MUNDO ENTERO.

          I. IDEAL.

          S. SEGUIMIENTO.

          I. ILUSION

          O. ORACION.

          N. NEGACION DE UNO MISMO.

          E. ENVIO. ENTREGA.

          R. RIQUEZA.

          O/A OFRENDA/AMOR.

          Guía de la celebración: Aquí tenemos un acróstico de la palabra misionero. Con él vamos a dar gracias a Dios por los misioneros seguidores de Jesús. Yo diré cada letra… vosotros gritaréis la palabra o palabras que tiene esa letra y luego daremos gracias. Así una tras otra.

          Guía de la celebración: M

          Todos: Mundo Entero.

          Chico: Te damos gracias por los misioneros/as que han respondido a su vocación y están extendidos por el mundo entero y porque ellos miran y aman al mundo entero.

          Te damos gracias, Señor.

          Todos: TE DAMOS GRACIAS , SEÑOR.

          Guía de la celebración: I

          Todos: Ideal

          Chica: Por los misioneros/as que tienen como ideal su vocación universal, haciendo felices a los demás, como lo hizo Jesús. Te damos gracias, Señor.

          Todos: TE DAMOS GRACIAS SEÑOR.

          Guía de la celebración: S

          Todos: Seguimiento.

          Chico: Por los misioneros/as que han seguido a Jesús y siguen con Él a pesar de las dificultades. Te damos gracias, Señor.

          Todos: TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR.

          Guía de la celebración: I

          Todos: Ilusión

          Chica: Por la ilusión con que los misioneros/as viven su vocación; y por la ilusión que ellos trasmiten a los pobres y desesperados. Te damos gracias, Señor.

          Todos: TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR.

          Guía de la celebración: O

          Todos: Oración

          Chico: Por la oración que hacen los misioneros/as para alabar a Dios y para interceder por las gentes de su misión. Te damos gracias, Señor.

          Todos: TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR.

          Guía de la celebración: N

          Todos: Negación de si mismo.

          Chica: Por todos los misioneros/as que han sabido olvidarse de sí mismos, negarse a sí mismos, para seguir a Cristo, hasta dar sus vidas por las gentes de su misión, incluso hasta el martirio. Te damos gracias, Señor.

          Todos: TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR.

          Guía de la celebración: E

          Todos: Envío – Entrega

          Chico: Por los misioneros/as que han acogido con alegría el “envío misionero” y se han entregado en cuerpo y alma a la tarea encomendada. Te damos gracias, Señor.

          Todos: TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR.

          Guía de la celebración: R

          Todos: Riqueza

          Chica: Por los misioneros/as que no han puesto su corazón en las riquezas de este mundo, sino que han hecho de la Palabra de Dios y de sus hermanos más pequeños y humildes su riqueza y su verdadero tesoro. Te damos gracias, Señor.

          Todos: TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR.

          Guía de la celebración: O/A

          Todos: Ofrenda – Amor

          Chico: Por los misioneros/as que han ofrecido a Dios todo cuanto eran y tenían para amar a toda la humanidad con libertad de corazón y luchar por ella cada día de sus vidas. Te damos gracias, Señor.

          Todos: TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR.

          Canto: CRISTO NACE CADA DÍA.

          La Re La

          Habrá tierra que sembrar,

          Re La

          habrá mies que recoger,

          Re

          por muchos años que pasen,

          Do#m Re

          no cambiará nuestra fe,

          La Mi

          la vida es de los que luchan

          La

          por su propio yo vencer.

          Habrá veces que pescar
          y manos para faenar,
          no importará la tormenta
          pues Cristo la calmará,
          seguiremos en la lucha
          por un mundo de hermandad.

          CRISTO NACE CADA DÍA

          Re Mi La La7

          EN LA CARA DEL OBRERO CANSADO

          Re Mi La

          EN EL ROSTRO DE LOS NIÑOS QUE RÍEN JUGANDO

          Re Mi La

          EN CADA ANCIANO QUE TENEMOS AL LADO.

          CRISTO NACE CADA DÍA

          Y POR MUCHO QUE QUERAMOS MATARLO

          NACERÁ DÍA TRAS DÍA, MINUTO A MINUTO

          EN CADA HOMBRE QUE QUIERE ACEPTARLO.

          Hay mucha tierra sembrada,
          el tiempo traerá su fruto,
          ya vendrá quien lo recoja,
          de momento trabajemos
          y si el mundo se acobarda
          nosotros no callaremos.

          {denvideo http://www.youtube.com/watch?v=zTxS22V45u8}

          Guía de la celebración: Oración:

          Todos: LLÁMANOS Y HAZNOS TUS MISIONEROS/AS – Señor la misión es bellísima… pero aunque sea difícil

          T .- LLÁMANOS Y HAZNOS TUS MISIONEROS/AS.

          – Señor, aunque algunos crean que ser misioneros es cosa de locos.

          T .- LLÁMANOS Y HAZNOS TUS MISIONEROS/AS.

          – Señor, porque aún se necesitan muchos más misioneros.

          T .- LLÁMANOS Y HAZNOS TUS MISIONEROS/AS

          – Señor, para reemplazar a cuántos misioneros de Madrid han fallecido.

          T .- LLÁMANOS Y HAZNOS TUS MISIONEROS/AS.

          Guía de la celebración: Señor, con el gran misionero que fue S. Antonio María Claret te decimos:

          G. Que te conozcamos

          T. Y te hagamos conocer

          G. Que te amemos

          T . Y te hagamos amar.

          G. Que te sirvamos

          T. Y te hagamos servir.

          G. Que te alabemos

          T. Y te hagamos alabar de todas las criaturas y por todo el mundo.

          G. Haz, Señor que todos tus seguidores nos convirtamos a ti, que nos pongamos a la escucha de tu pregunta para descubrir nuestra vocación misionera y responder a ella con confianza y alegría.

          Te lo pedimos por la intercesión de S. Antonio María Claret, fiel misionero de tu Hijo Jesucristo.

          T. Amén.

          II. Oración para concluir la catequesis

          (Si no concluye con la celebración).

          TU LLAMADA ENTRE NOSOTROS Tú, Jesús sigues llamando personalmente a cada uno de nosotros, y nos vas incorporando a trabajar en tu mies.

          Nos sentimos convocados a compartir, tu vida, tu Reino, tus proyectos…

          como hijos obedientes del Padre, como hermanos solidarios de los hombres.

          Como tus discípulos, te pedimos: “enséñanos”.

          Queremos oír la voz de Dios, convertirnos en Palabra tuya, tener apertura de corazón y mente, sencillez y rectitud de vida, no encerrarnos en nuestra propia carne y dilatar tu Reino.

          Pon en nuestros labios las palabras de invitación para que nuevos jóvenes te conozcan, experimenten y busquen en ti “camino, verdad y vida”.

          AQUÍ ESTAMOS, SEÑOR.

          Con gozo respondemos a la llamada que en tu Hijo nos diriges y alentados por la fuerza del Espíritu te decimos confiados “Queremos hacer tu voluntad”.

          Danos una mirada limpia, una inteligencia abierta y un corazón ardiente para poder captar y comprender el designio de amor que tienes sobre nuestra comunidad y sobre la misión que nos has encomendado.

          Advertimos las profundas y constantes exigencias, las debilidades y dificultades, conviértalas en estímulo para la acción, la caridad y el fulgor de nuestras vidas.

          Aumenta en nosotros la generosidad y la esperanza y ábrenos a las necesidades más urgentes de los hombres.

          Que acertemos a expresar en nuestra vida el amor universal de Jesucristo, su incondicional entrega y su donación radical.

          Confírmanos en la verdad, danos sed de tu justicia y haznos útiles instrumentos para proclamar el Evangelio, discerniendo en todo tiempo lo que te agrada, lo bueno, lo que es justo y lo que construye tu Reino entre los hombres.

          Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

          Bibliografía

          Antonio María Claret: Autobiografía. Editorial Claret, 1975.

          Antonio María Claret: Escritos autobiográficos. BAC, Madrid, 1981.

          Antonio María Claret: Escritos autobiográficos. BAC, Madrid, 1985.

          Agustín Cabré: Evangelizador de dos mundos. Claret, Barcelona, 1983.

          Jesús Álvarez: Misioneros Claretianos. P. Claretianas, Madrid, 1993.

          Atilano Aláiz: No puedo callar. San Pablo, Madrid, 1995.

          Emilio Vicente Mateu: San Antonio María Claret, Misionero Apostólico. Folleto. Edición revisada por Juventino Rodríguez. Sevilla, 1997.

          Ángel Sanz: Apóstol de fuego. San Antonio María Claret. Folleto. Ediciones Iris de Paz, 2000.

          *  *  *

          Fuente original: mariologia.org