Cristo es iluminado: dejémonos iluminar junto con él; Cristo se hace bautizar: descendamos al mismo tiempo que él, para ascender con él.
Juan está bautizando, y Cristo se acerca; tal vez para santificar al mismo por quien va a ser bautizado; y, sin duda, para sepultar en las aguas a todo el viejo Adán, santificando el Jordán antes de nosotros y por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consagra mediante el Espíritu y el agua.
Juan se niega, Jesús insiste. Entonces: Soy yo el que necesito que tú me bautices, le dice la lámpara al Sol, la voz a la Palabra, el amigo al Esposo, el mayor entre los nacidos de mujer al Primogénito de toda la creación, el que había saltado de júbilo en el seno materno al que había sido ya adorado cuando estaba en él, el que era y habría de ser precursor al que se había manifestado y se manifestará. Soy yo el que necesito que tú me bautices; y podría haber añadido: «Por tu causa.» Pues sabía muy bien que habría de ser bautizado con el martirio; o que, como a Pedro, no sólo le lavarían los pies.
1. La contemplación del misterio del nacimiento del Salvador ha impulsado al pueblo cristiano no sólo a dirigirse a la Virgen santísima como a la Madre de Jesús, sino también a reconocerla como Madre de Dios. Esa verdad fue profundizada y percibida, ya desde los primeros siglos de la era cristiana, como parte integrante del patrimonio de la fe de la Iglesia, hasta el punto de que fue proclamada solemnemente en el año 431 por el concilio de Éfeso.
En la primera comunidad cristiana, mientras crece entre los discípulos la conciencia de que Jesús es el Hijo de Dios, resulta cada vez más claro que María es la Theotokos, la Madre de Dios. Se trata de un título que no aparece explícitamente en los textos evangélicos, aunque en ellos se habla de la «Madre de Jesús» y se afirma que él es Dios (Jn 20, 28, cf. 5, 18; 10, 30. 33). Por lo demás, presentan a María como Madre del Emmanuel, que significa Dios con nosotros (cf. Mt 1, 2223).
Ya en el siglo III, como se deduce de un antiguo testimonio escrito, los cristianos de Egipto se dirigían a María con esta oración: «Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios: no desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen gloriosa y bendita» (Liturgia de las Horas). En este antiguo testimonio aparece por primera vez de forma explícita la expresión Theotokos, «Madre de Dios».
En la mitología pagana a menudo alguna diosa era presentada como madre de algún dios. Por ejemplo, Zeus, dios supremo, tenía por madre a la diosa Rea. Ese contexto facilitó, tal vez, en los cristianos el uso del título Theotokos, «Madre de Dios» , para la madre de Jesús. Con todo, conviene notar que este título no existía, sino que fue creado por los cristianos para expresar una fe que no tenía nada que ver con la mitología pagana, la fe en la concepción virginal, en el seno de María, de Aquel que era desde siempre el Verbo eterno de Dios.
2. En el siglo IV, el termino Theotokos ya se usa con frecuencia tanto en Oriente como en Occidente. La piedad y la teología se refieren cada vez más a menudo a ese término, que ya había entrado a formar parte del patrimonio de fe de la Iglesia.
Por ello se comprende el gran movimiento de protesta que surgió en el siglo V cuando Nestorio puso en duda la legitimidad del título «Madre de Dios». En efecto, al pretender considerar a María sólo como madre del hombre Jesús, sostenía que sólo era correcta doctrinalmente la expresión «Madre de Cristo». Lo que indujo a Nestorio a ese error fue la dificultad que sentía para admitir la unidad de la persona de Cristo y su interpretación errónea de la distinción entre las dos naturalezas ―divina y humana― presentes en él.
El concilio de Éfeso, en el año 431, condenó sus tesis y, al afirmar la subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única persona del Hijo, proclamó a María Madre de Dios.
3. Las dificultades y las objeciones planteadas por Nestorio nos brindan la ocasión de hacer algunas reflexiones útiles para comprender e interpretar correctamente ese titulo. La expresión Theotokos, que literalmente significa «la que ha engendrado a Dios», a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina. El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz.
Así pues, al proclamar a María «Madre de Dios», la Iglesia desea afirmar que ella es la «Madre del Verbo encarnado, que es Dios». Su maternidad, por tanto, no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana.
La maternidad es una relación entre persona y persona: una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra. Por ello, María, al haber engendrado según la naturaleza humana a la persona de Jesús, que es persona divina, es Madre de Dios.
4. Cuando proclama a María «Madre de Dios», la Iglesia profesa con una única expresión su fe en el Hijo y en la Madre. Esta unión aparece ya en el concilio de Éfeso; con la definición de la maternidad divina de María los padres querían poner de relieve su fe en la divinidad de Cristo. A pesar de las objeciones, antiguas y recientes, sobre la oportunidad de reconocer a María ese título, los cristianos de todos los tiempos, interpretando correctamente el significado de esa maternidad, la han convertido en expresión privilegiada de su fe en la divinidad de Cristo y de su amor a la Virgen.
En la Theotokos la Iglesia, por una parte, encuentra la garantía de la realidad de la Encarnación, porque, como afirma san Agustín, «si la Madre fuera ficticia, sería ficticia también la carne (…) y serían ficticias también las cicatrices de la resurrección» (Tract. in Ev. Ioannis, 8, 67). Y, por otra, contempla con asombro y celebra con veneración la inmensa grandeza que confirió a María Aquel que quiso ser hijo suyo. La expresión «Madre de Dios» nos dirige al Verbo de Dios, que en la Encarnación asumió la humildad de la condición humana para elevar al hombre a la filiación divina. Pero ese título, a la luz de la sublime dignidad concedida a la Virgen de Nazaret, proclama también la nobleza de la mujer y su altísima vocación. En efecto, Dios trata a María como persona libre y responsable y no realiza la encarnación de su Hijo sino después de haber obtenido su consentimiento.
Siguiendo el ejemplo de los antiguos cristianos de Egipto, los fieles se encomiendan a Aquella que, siendo Madre de Dios, puede obtener de su Hijo divino las gracias de la liberación de los peligros y de la salvación.
Queda poco para que celebremos el acontecimiento más importante en la historia de la Humanidad: el nacimiento del Divino Niño Jesús. Por este motivo, os proponemos unas cuantas láminas para que los niños de la casa se entretengan coloreando al Niño.
Podéis acceder a las imágenes en tamaño grande, pulsando sobre los títulos o sobre las propias imágenes.
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Oración al Divino Niño Jesús
Divino Niño Jesús Dios de mi corazón y modelo de mi conducta,
estate siempre conmigo para separarme del mal y hacerme semejante a Ti,
haciendo que crezca en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres.
Os presentamos, para esta Navidad, un maravilloso villancico: Corre Caballito. Es uno de los aguinaldos clásicos venezolanos y fue dado a conocer por la agrupación Serenata Guayanesa. Corre caballito evoca toda aquella inocencia de nuestra infancia donde un simple palo de escoba se convertía en nuestra imaginación en un brioso caballo que nos llevaba a mundos de fantasía y que mejor momento que la navidad para ir cabalgando a ese Belén de cerros de papel, casitas de cartón y corcho, pozos de espejos llenos de paticos nadando para ver al niño Jesús.
Esta celebración que presentamos está indicada para realizar durante el tiempo de Adviento. Puede llevarse a cabo tanto en la iglesia como en una sala adecuadamente organizada.
Preparativos
Una mesa amplia con un atril preparados con sentido festivo (el atril es para colocar más tarde la Biblia sobre él; y la mesa es para colocar sobre ella la Corona de Adviento).
Hay que adornar previamente el lugar y procurar que haya suficientes velas pequeñas para todos los asistentes. De igual modo, hay que preparar copias suficientes con los textos de la celebración para todos los participantes.
El lugar litúrgico al inicio debe estar con escasa luz. Al encender la vela de la Corona de Adviento, se encenderán todas las luces. Entonces, colocar un cirio encendido (más grande que los demás) junto a la Biblia del atril.
Cada participante (niña o niño) deberá tener un ejemplar de la Biblia o de los Evangelios.
«El árbol de Navidad es la reunión de las esperanzas de toda la familia. El Niño Dios lo ve y está contento: sonríe y comparte con todos nosotros el día de su cumpleaños». Con unas u otras palabras, mi madre nos recordaba de esta manera el significado que tiene para los cristianos el abeto adornado en estas fechas.
Mi familia proviene de muchos lugares, por lo que tradiciones muy diversas eran vividas en nuestro hogar. Una de mis bisabuelas era una hugonote francesa que se convirtió al catolicismo al casarse con mi bisabuelo. Vivieron en la Navarra francesa y luego en Burdeos y ellos, polaco y francesa, crearon una peculiar familia que recabó en España.
Mi abuela Zelinne fue quien introdujo la costumbre del árbol de Navidad, con el sentido que luego mis padres recogieron.
El árbol de Navidad era el esfuerzo común de toda la familia: su obtención, su decorado, su mantenimiento, etc.
Todo el trabajo comenzaba unas semanas antes de Navidad. Mi madre se organizaba muy bien para que jugáramos o trabajáramos a su alrededor durante todo el año. En esas semanas, la movilización de enanos era general, y la razón no era otra que fabricar los adornos para el abeto. Sí que teníamos unas bolas de cristal y alguna cintilla de espumillón… pero esos adornos eran secundarios. Mi madre nos enseñó que los adornos del árbol de Navidad son expresión de nuestro agradecimiento a Dios por todo lo que habíamos recibido de Él durante el año. Por eso no podían guardarse de año en año, sino que había que hacer adornos nuevos cada Navidad. No era, desde luego, un derroche… había para todos los gustos.
Los adornos más bonitos y sabrosos eran unos Reyes Magos planos de caramelo que mis hermanas hacían con unos moldes en la cocina, sobre un mármol. También elaboraban ángeles y pastorcillos… en el abeto siempre se montaba como un pequeño belén colgado de sus ramas. Para que no se estropearan, los envolvían en papel de celofán… y terminaban devorados el día de los Reyes. También hacían estrellas de pan de jengibre, bolitas de mazapán envueltas en platillas y otros dulces… la decoración de Navidad era un manjar para todos. En la cocina también se hacía un adorno polaco, las «oplatek», hojas de oblea con imágenes navideñas, que se regalan en Polonia como símbolo de comunión en estas fechas. Es una tradición bonita: te comes literalmente las felicitaciones navideñas en la cena de Nochebuena. Bueno, en mi casa se colgaban algunas del árbol como adornos.
Los pequeños hacíamos estrellas y ángeles con platillas y cartulina, flores con papel pinocho, etcétera, etcétera.
Mi madre bordaba en punto de cruz el adorno principal: un marquito redondo en el que colocaba recortada una imagen de la Sagrada Familia. «Este adorno –nos decía– es el que da sentido a todos los demás: se los ofrecemos a ellos».
El paso siguiente era la obtención de un abeto. Mi padre solía ir a una finca de unos amigos que tenían abetos cuando mis hermanos mayores eran chiquitines. Más tarde, en mi niñez, bajábamos a la Escuela de Ingenieros Forestales en la Ciudad Universitaria… toda una excursión, porque había que, al menos, llevarlo a casa andando y entre los que fuéramos con él. Todo requería un pequeño sacrificio: sin este esfuerzo común de toda la familia, la simbología del árbol se desvanece y pasa a formar parte del decorado.
El día 23 de diciembre tenía que estar todo preparado: durante la tarde decorábamos el árbol que se coronaba con un pináculo de cristal. En el centro, el bordado de mi madre, con todos los adornos alrededor: tenía que haber adornos de todos y cada uno, del mayor al más pequeño… siempre había un chupete colgando, algún «madelman» de pastor o de rey o un «barriguitas» de angelote. Durante toda la Navidad el árbol era un signo visible y presente en toda la casa. Su olor, a abeto, chocolate y caramelo, es imborrable.
A los pies del árbol mi madre colocaba una figura del Niño Jesús, en un pesebrillo y con flores alrededor… El regalo de Nochebuena en mi casa se lo ofrecíamos la familia entera al Niño Jesús, que acababa de nacer, con el árbol y sus adornos.
Con motivo de las próximas fiestas de Navidad, os ofrecemos las siguientes láminas para que los niños de la familia se diviertan coloreando el árbol de Navidad.
Os deseamos a todos feliz Navidad y que los Reyes Magos sean buenos con toda la familia.
Podéis acceder a las láminas en tamaño real pulsando sobre los títulos de cada imagen y también en las propias imágenes.
1. Nuestra peregrinación espiritual de hoy se dirige al santuario de la Virgen de Guadalupe, que se encuentra en ciudad de México, en el cerro del Tepeyac. Es el centro mariano más famoso de toda América, uno de los más visitados en todo el orbe católico.
Su origen se sitúa en el alba de la evangelización del Nuevo Mundo, cuando los creyentes en el Evangelio eran todavía una pequeñísima grey. La Virgen Santa se apareció en aquellos años a un indio campesino, Juan Diego, y lo envió al obispo, del lugar para manifestarle su deseo de tener allá arriba, sobre la colina, un templo dedicado a Ella. El obispo, antes de hacer caso al mensaje, pidió una «señal» entonces Juan Diego, por orden de la «Señora de los cielos», fue a coger un ramo de rosas, en el mes de diciembre, sobre la árida colina, a dos mil metros de altura. Habiendo encontrado, con comprensible sorpresa, las rosas, se las llevó. Fue entonces cuando en la rústica tilma del indio, tejida con fibras vegetales, se vio la imagen que hoy se venera con el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe. Representa a María como una joven mujer de rostro moreno que lleva en el seno al Hijo divino a punto de nacer. Ella es quien lo da al mundo para la salvación de todos.
2. María dijo a Juan Diego, y hoy lo repite a todos los cristianos: «¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo?». La Virgen se presentaba así como Madre de Jesús y Madre de los hombres.
De hecho, con la aparición de María en el cerrillo del Tepeyac, comenzó en todo el antiguo territorio Azteca un movimiento excepcional de conversiones al Evangelio, con repercusiones en toda América Centro-Meridional, y hasta el lejano archipiélago de Filipinas. Por eso, en mi primer viaje a aquel continente, llamé a Nuestra Señora de Guadalupe «Estrella de la Evangelización» y « Madre de la Iglesia en América Latina».
3. La Virgen de Guadalupe sigue siendo aún hoy el gran signo de la cercanía de Cristo, al invitar a todos los hombres a entrar en comunión con Él, para tener acceso al Padre. Al mismo tiempo, María es la voz que invita a los hombres a la comunión entre ellos, dentro del respeto de los recíprocos derechos y con una justa coparticipación de los bienes de la tierra.
Hoy le pedimos a la Virgen que indique a la Iglesia los caminos mejores que hay que recorrer para realizar una nueva evangelización, te imploramos la gracia de servir a esta causa sublime con renovado espíritu misionero.
A María le pedimos también que sostenga el esfuerzo de cuantos trabajan por la consolidación de la justicia y de la solidaridad en las relaciones entre los hombres, pues Dios quiere hacer de ellos una única familia en Cristo.
El 9 de diciembre de 1531, el indio Juan Diego es llamado por la Virgen en el Cerro del Tepeyac, quien le dice: «Juanito, el mas pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen Santa María y quiero que se me construya un TEMPLO aquí, para en él mostrar y dar mi amor y auxilio a todos ustedes».
Ella le envió con el señor Obispo Zumárraga, quien le pidió que trajera una SEÑAL o prueba para saber si la Señora era de verdad la Virgen.
El martes 12 de diciembre le envió la prueba pedida: unas rosas frescas y su imagen estampada en el burdo ayate de Juan Diego.
El Obispo cumplió la promesa: el 26 de diciembre el retrato de la Virgen fue trasladado a la ermita o templo. Hoy en día, la imagen es venerada por millones de mexicanos en la gran Basílica de Guadalupe.
El ayate de Juan Diego era de una tela de fibra de maguey que dura 20 años. A pesar del descuido y malos tratos (el cuadro estuvo 116 años sin vidrio y a una altura donde lo podían tocar todas las personas) la imagen de la Virgen Guadalupana sigue hoy intacta recibiendo diariamente a todos los mexicanos en su casa del Tepeyac.
¿Quién fue Juan Diego?
El milagro de la Virgen de Guadalupe no puede ser aceptado sin aceptar la existencia real de Juan Diego.
Juan Diego fue el INDÍGENA ESCOGIDO POR DIOS para recibir el mensaje de la Virgen, de manera que los pobladores de estas tierras conocieran la fe cristiana.
En los códices indígenas (donde los indios acostumbraban registrar lo que sucedía, con dibujos y símbolos), más tarde en los documentos españoles de historia y a través de la trasmisión oral de generación en generación, se saben varias cosas de la vida de Juan Diego:
Juan Diego Cuauhtlatoatzin nació en el año 1474 en Cuautitlán, se casó con Lucía. Cerca de los 50 años abandonó el culto a los ídolos aztecas para ser bautizado por el Fraile Motolinía en la religión Católica. Su mujer Lucía y su tío Juan Bernardino, a quien después la Virgen curó, también se bautizaron. Todos asistían frecuentemente a la doctrina , que era una clase para enseñar la religión, que los frailes de Tlaltelolco daban a los indios que se habían convertido. Para poder asistir a la doctrina se trasladaron a Tulpetlac, donde murió Lucía.
Desde que vivió las apariciones de la Virgen y «Su Señora del Cielo» le habló, Juan Diego dejó casas y tierra para vivir en un pequeño jacalito junto al Templo Guadalupano, hasta que murió en el año de 1548 a la edad de 74 años.
¿Cómo era Juan Diego?
Algunos años después, se entrevistaron a ancianitos y a parientes de Juan Diego y tanto ellos como otros españoles se refirieron a él como una persona de GRAN HUMILDAD y LLENO DE VIRTUDES, es decir de cualidades buenas y santas.
Juan Diego fue amado de la Virgen, por humilde, servicial, fiel, generoso, buen cristiano, sencillo, devoto y rico en amor. Juan Diego consagró el resto de su vida para cuidar la imagen que la Virgen de Guadalupe quiso regalar a México, ya de nada más quiso saber.
Fue Juan Diego hombre de gran FIDELIDAD y entrega de fe, y siempre fue muy querido y respetado por todos los que visitaban el templo, desde el Obispo y los Frailes hasta las personas que se convertían y se bautizaban; a éstos últimos Juan Diego les daba consejos y les hacía favores.
¿Por qué es tan importante la acción de Juan Diego?
La aparición de la Virgen de Guadalupe en tierras mexicanas, fue el motor que movió a que miles de indígenas que adoraban dioses falsos, se convirtieran. El motivo de la venida de la Virgen fue traerlos a su hijo Jesucristo y llenarlos con el espíritu de la nueva religión.
El Fraile Motolinía escribió que en quince años fueron bautizados muchísimos indígenas.
La acción de Juan Diego es muy importante porque fue el INSTRUMENTO OBEDIENTE que cooperó para hacer posible lo anterior. Durante 17 años , Juan Diego nunca se cansó de repetir las delicadezas de la Virgen y de narrar sus apariciones. De todo México acudían interminables grupos que escucharon de sus labios su maravillosa experiencia. Entonces, lo más importante de Juan Diego es que se convirtió en EL MEJOR EVANGELIZADOR DE MÉXICO.
La Virgen también vino a decirnos a los mexicanos y a través de Juan Diego, que nada debemos temer mientras estemos bajo su protección. Recordemos sus palabras en el Tepeyac:
—¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿ No estás bajo mi sombra y mi resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría?… ¿Tienes necesidad, pues de alguna otra cosa? (Nicán Mopohua)
¡Juan Diego, un santo mexicano!
Para llegar a ser declarado SANTO, la Iglesia hace todo un proceso muy largo y muy laborioso. Se hacen muchas investigaciones, se buscan pruebas. Finalmente se tiene que atribuir un milagro a la persona por santificar. Las personas que entran en este proceso de Canonización (para ser santos), pasan por diferentes etapas:
Primero se les declara Siervos de Dios.
Después se les declara Beatos.
Finalmente se les declara Santos.
Juan Diego fue beatificado (aceptado como Beato) por el Papa Juan Pablo II el 6 de mayo de 1990 y canonizado (aceptado como Santo) el día 31 de Julio de 2002.
Juan Diego, puede proponerse como un ejemplo de vida cristiana, pues nos enseña que todos nosotros, de cualquier raza, color y condición o estado, estamos llamados a la SANTIDAD.
Los mexicanos y todos los cristianos debemos de estar orgullosos de que haya sido reconocido como SANTO, para que invoquemos su intercesión, ya que es quien más cerca está de la Virgen de Guadalupe en el cielo. Imitemos sus virtudes y recordemos que Dios se revela a los HUMILDES y los engrandece.
¡El Papa fua a México a canonizar a Juan Diego!
Fue un gran honor y una gran alegría, el que el Papa Juan Pablo II hiciera un viaje especial a México para la ceremonia en la que Juan Diego sería declarado SANTO. ¡La canonización de Juan Diego fue el 31 de Julio del 2002!