por Catequesis en Familia | 11 Sep, 2015 | Postcomunión Dinámicas
Este árbol de la Cruz nos salva, a todos nosotros, de las consecuencias de aquel otro árbol, donde comenzó la autosuficiencia, el orgullo, la soberbia de querer conocer – nosotros – todo, según nuestra mentalidad, según nuestros criterios, y también según esa presunción de ser y de llegar a ser los únicos seres del mundo.
Santo Padre Francisco
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Para un cristiano, exaltar la cruz quiere decir entrar en comunión con la totalidad del amor incondicional de Dios por el hombre.
Santo Padre emérito Benedicto XVI
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La Cruz es fruto de la libertad y amor de Jesús. No era necesaria. Jesús la ha querido para mostrarnos su amor y su solidaridad con el dolor humano. Para compartir nuestro dolor y hacerlo redentor.
Jesús no ha venido a suprimir el sufrimiento: el sufrimiento seguirá presente entre nosotros. Tampoco ha venido para explicarlo: seguirá siendo un misterio. Ha venido para acompañarlo con su presencia. En presencia del dolor y muerte de Jesús, el Santo, el Inocente, el Cordero de Dios, no podemos rebelarnos ante nuestro sufrimiento ni ante el sufrimiento de los inocentes, aunque siga siendo un tremendo misterio.
Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
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Comparte tus problemas con Jesucristo
Con motivo de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz animamos a niños, pero también a jóvenes y adultos, a compartir y ofrecer a Jesucristo nuestros desánimos y desalientos.
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Para que los más pequeños de la familia también se entretengan, os proponemos que coloreen esta lámina del Santo Padre Francisco portando la cruz.
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por Catequesis en Familia | 11 Sep, 2015 | La Biblia
Lucas 9, 1-6. Miércoles de la 25.ª semana del Tiempo Ordinario. El Señor no nos abandonará jamás. Así pues nuestro caminar debe hacerse perseverante gracias a la esperanza que infunde fortaleza.
Jesús convocó a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar a toda clase de demonios y para curar las enfermedades. Y los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos, diciéndoles: «No lleven nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tampoco dos túnicas cada uno. Permanezcan en la casa donde se alojen, hasta el momento de partir. Si no los reciben, al salir de esas ciudad sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos». Fueron entonces de pueblo en pueblo, anunciando la Buena Noticia y curando enfermos en todas partes.
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primra lectura: Libro de Esdras, Esd 9, 5-9
Salmo (Tomado del Libro de Tobías), Tob 13, 2-4.6
Oración introductoria
Señor, quiero ponerme en camino para predicar tu Reino con mi testimonio de vida. Inicio poniendo en tus manos mi intención y te pido, en esta oración, que me concedas un corazón generoso y seguro de su misión, para la cual sólo necesito de tu gracia.
Petición
Jesús, dame tu gracia para ser un auténtico discípulo y misionero de tu amor.
Meditación del Santo Padre Francisco
La vergüenza ante Dios, la oración para implorar la misericordia divina y la plena confianza en el Señor. Son estos los puntos fundamentales de la reflexión propuesta por el Papa Francisco en la misa que, el [día de hoy] por la mañana, celebró en la capilla de Santa Marta con los cardenales Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales, y Béchara Boutros Raï, patriarca de Antioquía de los Maronitas, junto a un grupo de obispos maronitas llegados de Líbano, Siria, Tierra Santa y otros países de cada continente.
Al comentar las lecturas de la liturgia (Esdras 9, 5-9; Lucas 9, 1-6), el Santo Padre dijo que, en particular, el pasaje del libro de Esdras le hacía pensar en los obispos maronitas y, como es habitual, resumió su pensamiento en torno a tres conceptos. Ante todo la actitud de vergüenza y confusión de Esdras ante Dios, hasta el punto de no poder levantar la mirada hacia Él. Vergüenza y confusión de todos nosotros por los pecados cometidos, que nos han llevado a la esclavitud pues hemos servido a ídolos que no son Dios.
La oración es el segundo concepto. Siguiendo el ejemplo de Esdras, que, de rodillas, alza las manos hacia Dios implorando misericordia, así debemos hacer nosotros por nuestros innumerables pecados. Una oración que, observó el Papa, hay que elevar por la paz en Líbano, en Siria y en todo Oriente Medio. Es la oración siempre y en toda situación, precisó, el camino que debemos recorrer para afrontar los momentos difíciles, como las pruebas más dramáticas y la oscuridad que a veces nos envuelve en situaciones imprevisibles. Para hallar la vía de salida de todo ello, como subrayó el Pontífice, hay que orar incesantemente.
Finalmente, confianza absoluta en Dios que jamás nos abandona. Es el tercer concepto propuesto por el Santo Padre. Estemos seguros, dijo, de que el Señor está con nosotros y, por lo tanto, nuestro caminar debe hacerse perseverante gracias a la esperanza que infunde fortaleza. La palabra de los pastores será tranquilizadora para los fieles: el Señor no nos abandonará jamás.
Después de la comunión, el cardenal Béchara Boutros Raï dirigió al Santo Padre un agradecimiento y un saludo muy cordial en nombre de los obispos participantes, de todos los maronitas y de todo Líbano, confirmando su fidelidad a Pedro y a su sucesor «que nos sostiene en nuestro camino frecuentemente espinoso». En particular dio las gracias al Papa por el fuerte impulso que ha dado a la búsqueda de la paz: «Su oración y exhortación por la paz en Siria y en Oriente Medio ha sembrado esperanza y consuelo».
Santo Padre Francisco: La oración por la paz en Oriente Medios
Meditación del miércoles, 25 de septiembre de 2013
Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI
Jesús no solamente envió a sus discípulos a curar a los enfermos (cf. Mt 10,8; Lc 9,2; 10,9), sino que instituyó también para ellos un sacramento específico: la Unción de los enfermos. La Carta de Santiago atestigua ya la existencia de este gesto sacramental en la primera comunidad cristiana (cf. St 5,14-16). Si la Eucaristía muestra cómo los sufrimientos y la muerte de Cristo se han transformado en amor, la Unción de los enfermos, por su parte, asocia al que sufre al ofrecimiento que Cristo ha hecho de sí para la salvación de todos, de tal manera que él también pueda, en el misterio de la comunión de los santos, participar en la redención del mundo. La relación entre estos sacramentos se manifiesta, además, en el momento en que se agrava la enfermedad: «A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático». En el momento de pasar al Padre, la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo se manifiesta como semilla de vida eterna y potencia de resurrección: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,54). Puesto que el santo Viático abre al enfermo la plenitud del misterio pascual, es necesario asegurarle su recepción. La atención y el cuidado pastoral de los enfermos redunda sin duda en beneficio espiritual de toda la comunidad, sabiendo que lo que hayamos hecho al más pequeño se lo hemos hecho a Jesús mismo (cf. Mt 25,40).
Santo Padre emérito Benedicto XVI: Eucaristía y Unción de los enfermos
Exhortación apostólica post sinodal Sacramentum caritatis, n. 22
Propósito
Acercar a Cristo, con mi oración y atención, a quien esté pasando por la enfermedad.
Diálogo con Cristo
Señor, el mundo necesita apóstoles santos. La persona «moderna» se caracteriza por su insensibilidad e indiferencia ante las necesidades de los demás. Por eso confío en que esta oración me ayude a pasar mi vida haciendo el bien, pensando bien, hablando bien y dando no sólo lo que tengo, sino sobre todo, lo que soy, con sencillez y generosidad.
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por Catequesis en Familia | 9 Sep, 2015 | La Biblia
Marcos 9, 30-37. Vigésimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario. Pensad en los niños hambrientos en los campos de refugiados; pensad solamente en ello.
Al salir de allí atravesaron la Galilea; Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará». Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas. Llegaron a Cafarnaúm y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: «¿De qué hablaban en el camino?». Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos». Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de la Sabiduría, Sab 2, 12.17-20
Salmo: Sal 54(53), 3-8
Segunda lectura: Carta a Santiago, Sant 3, 16; 4, 3
Oración introductoria
Señor, vengo abrirte mi corazón porque, aunque te he fallado, confío en tu misericordia y creo en tu infinito amor. No quiero tener nunca miedo de acercarme a Ti, porque sólo en Ti podré encontrar la respuesta a los interrogantes de mi vida.
Petición
Señor, permite que sepa imitar tu ejemplo de paciencia, donación y servicio a los demás.
Meditación del Santo Padre Francisco
Escandalizarse por los millones de muertos de la primera guerra mundial tiene poco sentido si uno no se escandaliza también por los muertos de las numerosas pequeñas guerras de hoy. Y son guerras que hacen morir de hambre a muchísimos niños en los campos de refugiados, mientras que los mercaderes de armas hacen fiesta. Es un llamamiento a no ser indiferentes frente a los conflictos que siguen ensangrentando el planeta el que hizo el Pontífice en la misa del martes 25 de febrero.
El hilo conductor fueron las dos lecturas de la liturgia, tomadas de la carta de Santiago (4, 1-10) y del Evangelio de san Marcos (9, 30-37). Precisamente el pasaje evangélico, explicó el Papa, nos induce a la reflexión. En él se narra que los discípulos «discutían» e incluso «disputaban por el camino. Lo hacían para aclarar quién era el más grande entre ellos: por ambición». Así, dijo el Pontífice, «su corazón se alejó». Los discípulos tenían «el corazón alejado», y «cuando el corazón se aleja, nace la guerra». Precisamente ésta es la esencia —subrayó— de la «catequesis que el apóstol Santiago nos propone hoy», haciéndonos esta pregunta directa: «Hermanos míos: ¿de dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros?».
Son palabras que «hacen reflexionar» por su actualidad. En efecto, observó el Papa, «todos los días encontramos guerras en los diarios». Hasta tal punto que ya «los muertos parecen formar parte de una contabilidad diaria». Y nos «hemos acostumbrado a leer estas cosas». Por eso, «si tuviéramos la paciencia de enumerar todas las guerras que en este momento hay en el mundo, seguramente llenaríamos varias páginas».
Ahora «parece que el espíritu de la guerra se ha apoderado de nosotros». Así, «se celebran actos para conmemorar el centenario de aquella gran guerra», con «muchos millones de muertos», y están «todos escandalizados»; sin embargo, también hoy sucede «lo mismo: en lugar de una gran guerra», hay «pequeñas guerras por doquier».
«¿De dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros? ¿No es precisamente de esos deseos de placer que pugnan dentro de vosotros?», se preguntaba Santiago. Sí, respondió el Papa, la guerra nace «dentro», porque «las guerras, el odio, la enemistad no se compran en el mercado. Están aquí, en el corazón». Y recordó que, «cuando éramos niños y en el catecismo nos explicaban la historia de Caín y Abel, todos nos escandalizábamos: ¡éste mató a su hermano, no se puede entender!». Y, sin embargo, «hoy tantos millones de hermanos se matan entre sí. Pero, ¡estamos acostumbrados!». Así, «la gran guerra de 1914 nos escandaliza», mientras que «esta gran guerra casi por doquier, casi escondida —digo—, no nos escandaliza».
«La pasión —dijo de nuevo el Pontífice— nos lleva a la guerra, al espíritu del mundo». Así, «habitualmente, frente a un conflicto, nos encontramos en una situación curiosa», que nos impulsa a «ir adelante para resolverlo discutiendo, con un lenguaje de guerra». En cambio, debería prevalecer «el lenguaje de paz». ¿Y cuáles son las consecuencias? La respuesta del Papa fue neta: «Pensad en los niños hambrientos en los campos de refugiados; pensad solamente en ello. ¡Éste es el fruto de la guerra!». Pero su reflexión fue más allá. Y añadió: «Y, si queréis, pensad en los grandes salones, en las fiestas que hacen los propietarios de las industrias de armas, los que fabrican armas». Por lo tanto, las consecuencias de la guerra son, por una parte, «el niño enfermo, hambriento, en un campo de refugiados», y, por otra, «las grandes fiestas» y la buena vida que se dan los fabricantes de armas.
«Pero, ¿qué sucede en nuestro corazón?», se preguntó el Papa volviendo a proponer la idea fundamental de la carta de Santiago. «El consejo que nos da el apóstol —dijo— es muy sencillo: Acercaos a Dios y Él se acercará a vosotros». Un consejo que se refiere a cada uno, porque este «espíritu de guerra que nos aleja de Dios no está sólo lejos de nosotros», sino que «está incluso en nuestra casa». Como demuestran, por ejemplo, las numerosas «familias destruidas porque el papá y la mamá no son capaces de encontrar el camino de la paz y prefieren la guerra, hacer un juicio». En verdad, «la guerra destruye».
De ahí la invitación del Papa Francisco a «rezar por la paz», por esa «paz que parece haberse convertido solamente en una palabra y nada más». Rezar, pues, «para que esta palabra tenga la capacidad de actuar». Rezar y seguir la exhortación del apóstol Santiago a reconocer «vuestra miseria». De esta miseria –observó el Papa– «provienen las guerras, las guerras en las familias, las guerras en los barrios, las guerras por doquier».
Las palabras de Santiago indican el camino de la verdadera paz. Se lee en la carta del apóstol: «Lamentad vuestra miseria, haced duelo y llorad. Que vuestra risa se convierta en llanto y vuestra alegría en aflicción». Palabras fuertes, que el Pontífice comentó proponiendo un examen de conciencia: «¿Quién de nosotros ha llorado cuando lee un diario, cuando en la televisión ve las imágenes de tantos muertos?».
Por eso, según el Papa Francisco, lo que «debe hacer hoy —hoy, ¡eh!, 25 de febrero, hoy— un cristiano frente a tantas guerras por doquier» es esto: debe humillarse, como escribió Santiago, «ante el Señor»; debe «llorar, entristecerse, humillarse». El Pontífice concluyó su meditación sobre la paz con una invocación al Señor para que nos haga «comprender esto», salvándonos «de acostumbrarnos a las noticias de guerra».
Santo Padre Francisco: Quien hace fiesta para hacer la guerra
Meditación del martes, 25 de febrero de 2014
Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI
Respecto a la «victoria» entendida en términos triunfalistas, Cristo nos sugiere un camino bien diverso, que no pasa a través del poder y la potencia. De hecho, afirma: «Si uno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el siervo de todos». Cristo habla de una victoria a través del amor que sufre, a través del servicio recíproco, la ayuda, la nueva esperanza y el concreto consuelo dado a los últimos, a los olvidados, a los rechazados. Para todos los cristianos, la más alta expresión de tan humilde servicio es Jesucristo mismo, el don total que hace de Sí mismo, la victoria de su amor sobre la muerte, en la cruz, que resplandece en la luz de la mañana de Pascua. Nosotros podemos tomar parte en esta «victoria» transformadora si nos dejamos transformar por Dios, sólo si realizamos una conversión de nuestra vida y la transformación se realiza en forma de conversión.
Santo Padre emérito Benedicto XVI
Meditación del miércoles, 18 de enero de 2012
Propósito
Tener una atención, un acto de servicio, o al menos una sonrisa, con la persona que más me cuesta «soportar», con la sencillez de un niño.
Diálogo con Cristo
Jesús, qué testimonio de paciencia y comprensión ante la debilidad. En vez de valorar el plan de salvación que me propones, me distraigo en lo pasajero, en la tentación del poder, del tener o del aparecer, cuando mi único afán debe ser entregarme con la confianza y docilidad de un niño a mi misión, como discípulo y misionero de tu amor. Te ofrezco éste y todos mis días. Tómame Señor
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por Catequesis en Familia | 5 Sep, 2015 | La Biblia
Juan 19, 25-27. Fiesta de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores. María permaneció firme a los pies de la cruz.
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Carta a los Hebreos, Heb 5, 7-9
Salmo: Sal 31(30), 2-6.15-16.20
Oración introductoria
Dios mío, te busco como te buscó el hijo pródigo. Te pido me concedas la gracia de iniciar mi oración con un gran espíritu de conversión, con un deseo profundo y ardiente de mejorar mi conducta, con la decisión de aprovechar esta meditación como una oportunidad para levantarme y recomenzar, para abandonar el pecado y elegirte en todo a Ti. En una palabra, Señor, ayúdame a amarte más.
Petición
Señor, hazme comprender que tus mandamientos no son preceptos negativos, sino indicaciones concretas para salir de mi egoísmo y así poder entrar en diálogo contigo y los demás.
Meditación del Santo Padre Francisco
Dos mujeres y madres —María y la Iglesia— llevan a Cristo a una tercera mujer, que se asemeja a las primeras dos pero es más «pequeña»: nuestra alma. Con esta imagen todas en femenino el Papa quiso reafirmar que sin la maternidad de María y de la Iglesia no tenemos a Cristo. «Nosotros no somos huérfanos» recordó durante la misa que celebró el lunes 15 de septiembre.
El Papa Francisco evidenció inmediatamente cómo «la Iglesia, en su liturgia, nos lleva dos veces, en dos días, uno detrás del otro, al Calvario»: en efecto, «ayer nos hacía contemplar la cruz de Jesús, hoy a su madre a los pies de la cruz» (Jn 19, 25-27). En particular, «ayer nos hacía decir una palabra: gloriosa». Una palabra que hacía referencia a la «cruz del Señor, porque llevaba a la vida, nos llevaba a la gloria». Pero «hoy la palabra más fuerte de la liturgia es: madre. Gloriosa la cruz; humilde y dócil la madre», que la liturgia celebra hoy como Virgen dolorosa.
San Pablo (Heb 5, 7-9) «destaca tres palabras fuertes al hablar de Jesús como hijo: aprendió, obedeció y sufrió». Jesús, en esencia, «aprendió la obediencia y sufrió». Por lo tanto, «es lo contrario de lo que había ocurrido a nuestro padre Adán, que no había querido aprender lo que el Señor le exigía, que no había querido sufrir ni obedecer». Sobre todo, prosiguió, «este pasaje de la Carta a los Hebreos nos recuerda ese otro pasaje de la Carta a los Filipenses: aún siendo Dios, no retuvo el ser igual a Dios; se despojó y humilló a sí mismo haciéndose siervo. Esta es la gloria de la cruz de Jesús», quien, afirmó el Papa Francisco, «vino al mundo para aprender a ser hombre, y siendo hombre, caminar con los hombres. Vino al mundo para obedecer y obedeció». Pero «esta obediencia la aprendió del sufrimiento».
«Adán salió del paraíso con una promesa —prosiguió— que continuó adelante durante siglos. Hoy, con esta obediencia, con este despojarse a sí mismo y humillarse de Jesús, esa promesa se hace esperanza». Y «el pueblo de Dios camina con esperanza cierta».
También María «la madre, la nueva Eva, como Pablo mismo la llama, participa de este camino del hijo: aprendió, sufrió y obedeció». Ella «se convierte en madre». Podríamos decir que es «ungida como madre» —afirmó el Pontífice— y lo mismo vale para la Iglesia.
Por lo tanto, esta es «nuestra esperanza: nosotros no somos huérfanos, tenemos madres»: ante todo María. Y luego la Iglesia, que es madre «cuando realiza el mismo camino de Jesús y María: el camino de la obediencia, el camino del sufrimiento, y cuando tiene esa actitud de aprender continuamente el camino del Señor».
«Estas dos mujeres —María y la Iglesia— llevan adelante la esperanza que es Cristo, nos dan a Cristo, engendran a Cristo en nosotros» reafirmó el obispo de Roma. Así, «sin María, no estaría Jesucristo; sin la Iglesia, no podemos ir adelante». Son «dos mujeres y dos madres».
«María —explicó el Papa Francisco— permaneció firme a los pies de la cruz, estaba unida al hijo porque lo había aceptado y sabía, más o menos, que le esperaba una espada: Simeón se lo había anunciado». María es la «madre firmísima», continuó, «que nos da seguridad en este camino de aprendizaje, de sufrimiento y de obediencia». Y también la Iglesia madre «permanece firme cuando adora a Jesucristo y nos guía, nos enseña, nos cubre, nos ayuda en este camino de la obediencia, del sufrimiento, de aprender esta sabiduría de Dios».
Mas aún, afirmó el Pontífice, «también nuestra alma participa de esto, cuando se abre a María y a la Iglesia: según el monje Isaac, el abad de Stella, también nuestra alma es femenina y se asemeja análogamente a María y a la Iglesia». Así, «hoy, contemplando a los pies de la cruz a esta mujer —firmísima en el seguimiento de su hijo en el sufrimiento para aprender la obediencia— miramos a la Iglesia y miramos a nuestra madre». Pero «también miramos nuestra pequeña alma, que jamás se perderá si continúa siendo también una mujer cercana a estas dos grandes mujeres que nos acompañan en la vida: María y la Iglesia».
El Papa Francisco concluyó recordando que, «así como huyeron nuestros padres del paraíso con una promesa, hoy nosotros podemos seguir adelante con una esperanza: la esperanza que nos da nuestra madre María, firme a los pies de la cruz, y nuestra santa madre Iglesia jerárquica».
Santo Padre Francisco: Tres mujeres
Meditación del lunes, 15 de septiembre de 2014
Propósito
Ojalá que nunca le tengamos miedo a Dios y nos acerquemos con inmensa confianza al sacramento de la reconciliación. Él siempre nos acogerá, infinitamente mejor que el padre de la parábola. Sólo así descubriremos el corazón dulce y bondadoso de Dios, nos daremos cuenta de que es incapaz de resistirse a la misericordia y conoceremos, por propia experiencia, ¡¡que Dios es Amor!!
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por Catequesis en Familia | 5 Sep, 2015 | La Biblia
Marcos 8, 27-35. Vigésimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario. Pensar según el mundo es dejar aparte a Dios, no aceptar su designio de amor, es casi impedirle cumplir su sabia voluntad.
Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?. Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas». «Y ustedes, ¿Tú eres el Mesías». Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de Isaías, Is 50, 5-9a
Salmo: Sal 115(114), 1-9
Segunda lectura: Carta a Santiago, Sant 2, 14-18
Oración introductoria
Señor, quiero ir contigo y «perder» mi vida por amor a Ti. No me atrae la cruz, pero creo que Tú eres mi Dios, mi Salvador, mi Amigo y fiel compañero, que ha estado y estará conmigo en todos los momentos de mi vida. Por eso, con mucha fe, esperanza y amor quiero tener este momento de oración.
Petición
Espíritu Santo, transforma mi debilidad en santidad, para poder seguir tu camino.
Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI
¿Cómo es posible que «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» pueda padecer hasta la muerte? El apóstol Pedro se rebela, no acepta este camino, toma la palabra y dice al Maestro: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Aparece evidente la divergencia ente el designio del amor del Padre, que llega hasta el don del Hijo Unigénito en la cruz para salvar a la humanidad, y las expectativas, los deseos y los proyectos de los discípulos. Y este contraste se repite también hoy: cuando la realización de la propia vida está orientada únicamente al éxito social, al bienestar físico y económico ya no se razona según la voluntad de Dios sino según los hombres. Pensar según el mundo es dejar aparte a Dios, no aceptar su designio de amor, es casi impedirle cumplir su sabia voluntad. Por eso Jesús le dice a Pedro una palabra particularmente dura: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí!». El Señor enseña que «el camino de los discípulos es un seguirle a Él, al Crucificado. Pero en los tres Evangelios, este seguirle en el signo de la cruz… como el camino del ‘perderse a sí mismo’, que es necesario para el hombre y sin el cual le resulta imposible encontrarse a sí mismo».
Santo Padre emérito Benedicto XVI
Ángelus del domingo, 28 de agosto de 2011
Propósito
Renovar mi pureza de intención en mis actividades de hoy, y hacer todo para cumplir la voluntad de Dios en mi vida.
Diálogo con Cristo
Señor, quiero que seas todo para mí. Moldea mi corazón al tuyo para que pueda valorar y experimentar todos los acontecimientos desde tu perspectiva. Ayúdame a amarte sobre todas las cosas para estar listo para seguirte en los momentos de dificultad; cuando se necesite un sacrificio personal o renuncia, sosténme para poder seguir tu camino.
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por catolicosfirmesensufe.org | 5 Sep, 2015 | Postcomunión Narraciones
—¡Qué bueno estuvo el culto hoy Jorge!
—Cierto Eduardo, esa enseñanza del pastor sobre el rey David fue genial. ¡Qué gran hombre de Dios!
—Sabes Jorge, desde que dejé de ser católico me siento mejor: ya no fumo, no le pego a mi esposa, no trato mal a mis hijos. Definitivamente cuando era católico no sentía a Dios en mi corazón. Es más ni leía la Biblia.
—Es verdad Eduardo, esas misas aburridas, repitiendo lo mismo, y qué fastidio esa idolatría a María. Nada que ver con la María de la Biblia. Deberíamos mostrarle a los católicos que están errados…
—Ojalá Dios nos diera la oportunidad algún día de colocar a María como ella es realmente.
—Dios los bendiga hijos de Dios.
—Oh pero Eduardo, ¿que es esa luz tan fuerte?, ¡no puedo ver!
—No sé Jorge, parece un sol.
—Soy un ángel enviado por el Señor. Ha escuchado su oración y quiere darles la oportunidad de que puedan mostrar a la Virgen como ustedes creen que debe ser. Pero a cambio el Señor quiere que ustedes construyan un lugar de oración, donde ustedes quisieran orar y que Nuestro Señor Jesucristo se manifestara.
—Como no mi Señor. Para ti todo, claro lo haremos.
—Si Jorge, vamos a ponernos a trabajar por la obra.
—Bueno Eduardo, lo primero que debemos quitarle a la Virgen de los católicos es esa corona, ni que fuera reina. El único Rey de reyes es Cristo nuestro Señor.
—Cierto Jorge. Lo segundo que vamos a hacer es quitarle eso de «Inmaculada». ¿Quien diría esa blasfemia? ¿Que tal estos católicos? Hacer creer que María nació sin pecado como si Cristo no hubiera muerto por sus pecados.
—Eduardo, lo tercero sería quitarle ese título de «Madre de Dios». ¿Acaso Dios tiene madre? ¿Acaso María es más que Dios?
—Y por último nada de estar orándole, fue una buena mujer pero está muerta esperando la resurrección final.
—Eduardo, ¡creo que, ahora sí, esta María es la de la Biblia!
—Muy bien Jorge, ahora vamos a construirle al Señor Jesús su lugar de culto. Debemos hacerlo lo mejor posible. Tú sabes que para Dios es lo mejor. Así como Salomón usó los mejores materiales para construir el Templo. Así debemos hacer nosotros.
—Exacto. Vamos a comprar los materiales más finos y de mejor calidad. Estoy seguro que el Señor nos va a premiar por querer darle lo mejor a Él.
Tiempo después….
—Dios les bendiga hijos de Dios.
—¡Eduardo regresó el ángel!, mira
—Ya terminamos la obra que nos encomendó el Señor. Y también moldeamos a la Virgen como debe ser según la Biblia y no como esos paganos católicos.
—El Señor pide que se presenten ante él.
—Oh Jorge, qué momento más hermoso.
—Pero… ¿Señor Jesús por qué lloras?
—¿Hicimos mal lo que nos encomendaste?
—Queridos míos. Los amo como a nada en el mundo. Saben que no escatimé en hacerme hombre para poder salvarlos derramando mi sangre en la Cruz. Los he estado observando en todo lo que hacían, y me pone triste ver cómo despreciaban la obra de mi Padre y se gloriaban de su obra humana.
—Pero Señor…no entendemos.
—Miren lo que hicieron con mi madre. Mi Padre celestial escogió para mi venida a la Tierra a una mujer especial. La pensó desde antes de fundar el mundo, la preparó para esa misión que era recibirme y cuidarme, educarme y hasta el último instante de mi vida en la Tierra estuvo conmigo. Pero ustedes la cambiaron:
– Le quitaron la corona que mi mismo Padre le dio. ¿Acaso no saben que la Reina es la madre del Rey? ¿No han leído la Biblia que tanto dicen leer? Si ustedes proclaman en 2 Tim 2, 12 que reinarán conmigo ¿por qué se atreven a no dejarla reinar a ella también? Si ella no es Reina, no es mi madre porque la madre del Rey es la Reina. ¿Es esa la madre que quieren para mí?
—Le quitaron su inmaculada concepción. Y con eso también van en contra de la Palabra. ¿No saben que nada impuro entra en la presencia de Dios? Si ella estuviera contaminada de pecado, ¿cómo creen que yo hubiera estado en su vientre? ¿Cómo pueden pensar que mi Padre me hubiera enviado a un vientre pecador? Dios le aplicó a mi madre de manera preventiva los méritos de mi redención. ¿Si ella es una pecadora cómo pudo darme su carne? ¿Es esa la madre que quieren para mí?
—Le quitaron su maternidad divina. ¡Ay! eso sí que me duele. Cuantas veces ustedes en sus oraciones no me proclaman como su Dios y Salvador, y ahora vienen a decir que la mujer por la que vine al mundo no es la madre de Dios. ¿Acaso para ustedes ya dejé ser de Dios? ¿o ella ya dejó de ser mi madre? Si ella no es madre de Dios entonces que soy yo para ustedes? ¿Esa es la madre que quieren para mí?
—Le quitaron su intercesión y la declararon muerta. ¿Acaso no leen en la Palabra que Dios es un Dios de vivos no de muertos? ¿Se les olvida que mi primer milagro en Canaán lo hice porque ella me lo pidió como madre? Así como al pie de la cruz estuvo esperando recibirme en sus brazos, así está ella ahora orando ante mi por ustedes incluso.
—¿Esa es la madre que quieren para mí? Si ustedes hubieran tenido que escogerme una madre, me hubieran escogido a una pecadora? ¿A una que no daría a luz al Verbo Divino?, cuyo ¿no sería Rey por ella no ser reina? Cómo me duele mis hijos que eso es lo que ustedes me darían como madre.
—Señor, de verdad que no lo habíamos visto así. De verdad que no entendíamos a la Virgen. Nos habíamos enceguecido por adorarte sólo a ti que no queríamos descubrir el papel de tu madre en el plan de Salvación .
—Sí Señor, yo también me siento muy mal. Verte llorar por lo que hicimos, y saber que es lo que hacen muchos hermanos nuestros que se dicen llamar cristianos y no valoramos a tu madre como sí hacen los católicos.
—Queridos míos, y más doloroso aun es ver que la construcción que ustedes hicieron fue con los mejores materiales; ahí no escatimaron gastos, buscaron lo mejor y más fino. Quisieron glorificarme dándome un lugar digno de mi, pero en cambio el lugar que mi Padre quiso para mí, ese vientre inmaculado les parecía absurdo y anti-bíblico.
—Ay Señor. Ya por favor no sigas que sentimos un nudo en la garganta. Perdónanos, te prometo que de ahora en adelante le daré a tu madre el lugar que se merece, y eso sólo puedo hacerlo en una sola Iglesia. ¡Te amo Jesús!!
—¡Eduardo, despierta! ¡¡¡Eduardo!!!! Levántate, ya se acabó el culto. Te quedaste dormido
—¡Ay Virgen Santa!
—Oye Eduardo estás loco, deja de decir eso. ¿Acaso tuviste una pesadilla?
—No. Al contrario. Tuve la mejor revelación de mi vida: El llanto de Cristo
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Cuento original de «Católicos firmes en su fe»
por Varios en Internet | 4 Sep, 2015 | Despertar religioso Juegos
La Natividad de la Santísima Virgen María, 8 de septiembre
La Virgen María fue la Madre de Jesús y, con este hecho, se cumplieron las Escrituras y todo lo dicho por los profetas. Dios escogió a esta mujer para ser la Madre de su Hijo. Con ella se aproximó la hora de la salvación. Por esta razón la Iglesia celebra esta fiesta con alabanzas y acciones de gracias.
Un poco de historia
El nacimiento de la Virgen María tuvo privilegios únicos. Ella vino al mundo sin pecado original. María, la elegida para ser Madre de Dios, era pura, santa, con todas las gracias más preciosas. Tenía la gracia santificante, desde su concepción.
Después del pecado original de Adán y Eva, Dios había prometido enviar al mundo a otra mujer cuya descendencia aplastaría la cabeza de la serpiente. Al nacer la Virgen María comenzó a cumplirse la promesa.
La vida de la Virgen María nos enseña a alabar a Dios por las gracias que le otorgó y por las bendiciones que por Ella derramó sobre el mundo. Podemos encomendar nuestras necesidades a Ella.
La fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María se comenzó a celebrar oficialmente con el Papa San Sergio (687-701 d.C.) al establecer que se celebraran en Roma cuaro fiestas en honor de Nuestra Señora: la Anunciación, la Asunción, la Natividad y la Purificación.
Se desconoce el lugar donde nació la Virgen María. Algunos dicen que nació en Nazaret, pero otros opinan que nació en Jerusalén, en el barrio vecino a la piscina de Betesda. Ahí, ahora, hay una cripta en la iglesia de Santa Ana que se venera como el lugar en el que nació la Madre de Dios.
Algo que no debes olvidar
María vino al mundo sin pecado original y con la gracia santificante.
La Virgen María fue escogida para ser la Madre de Dios.
La Virgen María fue pura y santa.
Al nacer la Virgen María se cumplió la promesa de Dios de que mandaría al mundo a una mujer de la que nacería el Salvador para liberarnos del pecado.
Cómo vivir la fiesta en familia
Llevar flores a la Virgen en alguna capilla, en señal de que la amamos y dando gracias a Dios por haberla creado y escogido para esa gran misión.
Pedir a la Santísima Virgen María, para que nos consiga la gracia que más necesitemos en este momento de nuestra vida, como familia.
Artículo original: ¡Feliz cumpleaños, María!
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Colorea y felicita el cumpleaños a la Virgen María
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por Catequesis en Familia | 28 Ago, 2015 | La Biblia
Marcos 7, 31-37. Vigésimotercer domingo del Tiempo Ordinario. La cerrazón del hombre, su aislamiento, no depende sólo de sus órganos sensoriales. Existe una cerrazón interior, que concierne al núcleo profundo de la persona, al que la Biblia llama el «corazón». Esto es lo que Jesús vino a «abrir», a liberar, para hacernos capaces de vivir en plenitud la relación con Dios y con los demás.
Cuando Jesús volvía de al región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa: «Abrete». Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de Isaías 35, 4-7a
Salmo: Sal 145, 7-10
Segunda lectura: Carta a Santiago 2, 1-5
Oración introductoria
Señor, así como apartaste al hombre del Evangelio a un lado de la gente, te pido hoy que me separes de las distracciones, de mis vanas preocupaciones, apártame de todo lo que no seas Tú. Toca mi alma con tus manos, mete tus dedos en los oídos de mi corazón para que me abra a tu gracia y a todo lo que me quieres decir en esta oración.
Petición
Señor, ayúdame a escuchar tu Palabra, a guardarla siempre en mi corazón y a ponerla en práctica.
Meditación del Santo Padre emèrito Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
En el centro del Evangelio de hoy (Mc 7, 31-37) hay una pequeña palabra, muy importante. Una palabra que —en su sentido profundo— resume todo el mensaje y toda la obra de Cristo. El evangelista san Marcos la menciona en la misma lengua de Jesús, en la que Jesús la pronunció, y de esta manera la sentimos aún más viva. Esta palabra es «Effetá», que significa: «ábrete». Veamos el contexto en el que está situada. Jesús estaba atravesando la región llamada «Decápolis», entre el litoral de Tiro y Sidón y Galilea; una zona, por tanto, no judía. Le llevaron a un sordomudo, para que lo curara: evidentemente la fama de Jesús se había difundido hasta allí. Jesús, apartándolo de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua; después, mirando al cielo, suspiró y dijo: «Effetá», que significa precisamente: «Ábrete». Y al momento aquel hombre comenzó a oír y a hablar correctamente (cf. Mc 7, 35). He aquí el significado histórico, literal, de esta palabra: aquel sordomudo, gracias a la intervención de Jesús, «se abrió»; antes estaba cerrado, aislado; para él era muy difícil comunicar; la curación fue para él una «apertura» a los demás y al mundo, una apertura que, partiendo de los órganos del oído y de la palabra, involucraba toda su persona y su vida: por fin podía comunicar y, por tanto, relacionarse de modo nuevo.
Pero todos sabemos que la cerrazón del hombre, su aislamiento, no depende sólo de sus órganos sensoriales. Existe una cerrazón interior, que concierne al núcleo profundo de la persona, al que la Biblia llama el «corazón». Esto es lo que Jesús vino a «abrir», a liberar, para hacernos capaces de vivir en plenitud la relación con Dios y con los demás. Por eso decía que esta pequeña palabra, «Effetá» —«ábrete»— resume en sí toda la misión de Cristo. Él se hizo hombre para que el hombre, que por el pecado se volvió interiormente sordo y mudo, sea capaz de escuchar la voz de Dios, la voz del Amor que habla a su corazón, y de esta manera aprenda a su vez a hablar el lenguaje del amor, a comunicar con Dios y con los demás. Por este motivo la palabra y el gesto del «Effetá» han sido insertados en el rito del Bautismo, como uno de los signos que explican su significado: el sacerdote, tocando la boca y los oídos del recién bautizado, dice: «Effetá», orando para que pronto pueda escuchar la Palabra de Dios y profesar la fe. Por el Bautismo, la persona humana comienza, por decirlo así, a «respirar» el Espíritu Santo, aquel que Jesús había invocado del Padre con un profundo suspiro, para curar al sordomudo.
Nos dirigimos ahora en oración a María santísima, cuya Natividad celebramos ayer. Por su singular relación con el Verbo encarnado, María está plenamente «abierta» al amor del Señor; su corazón está constantemente en escucha de su Palabra. Que su maternal intercesión nos obtenga experimentar cada día, en la fe, el milagro del «Effetá», para vivir en comunión con Dios y con los hermanos.
Santo Padre emérito Benedicto XVI
Ángelus del domingo, 9 de septiembre de 2012
Propósito
Ojalá que ya no seamos ciegos ni sordomudos, sino que, viendo y escuchando, produzcamos frutos de buenas obras y de caridad verdadera. Son las obras y no sólo las palabras las que dan testimonio de nuestra fe, como nos recuerda el apóstol Santiago: «Muéstrame tu fe sin las obras, que yo por mis obras te mostraré mi fe».
Diálogo con Cristo
Jesús, conducir a una persona a tu encuentro, invitar a los demás a tener una experiencia espiritual de tu amor, ¡qué inmerecida pero maravillosa misión! Concédeme tu gracia para ser un buen instrumento en tus manos.
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Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
Evangelio del día en «Evangeli.net»
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por Santo Padre emérito Benedicto XVI | 23 Ago, 2015 | Catequesis Magisterio
San Agustín (4). Las Obras de san Agustín.
Queridos hermanos y hermanas:
Tras la pausa de los ejercicios espirituales de la semana pasada, hoy volvemos a presentar la gran figura de san Agustín, sobre el que ya he hablado varias veces en las catequesis del miércoles. Es el Padre de la Iglesia que ha dejado el mayor número de obras, y de ellas quiero hablar hoy brevemente. Algunos de los escritos de san Agustín son de fundamental importancia, no sólo para la historia del cristianismo, sino también para la formación de toda la cultura occidental: el ejemplo más claro son las Confesiones, sin duda uno de los libros de la antigüedad cristiana más leídos todavía hoy. Al igual que varios Padres de la Iglesia de los primeros siglos, aunque en una medida incomparablemente más amplia, también el obispo de Hipona ejerció una influencia amplia y persistente, como lo demuestra la sobreabundante tradición manuscrita de sus obras, que son realmente numerosas.
Él mismo las revisó algunos años antes de morir en las Retractationes y poco después de su muerte fueron cuidadosamente registradas en el Indiculus («índice») añadido por su fiel amigo Posidio a la biografía de san Agustín, Vita Augustini. La lista de las obras de san Agustín fue realizada con el objetivo explícito de salvaguardar su memoria mientras la invasión de los vándalos se extendía por toda el África romana y contabiliza mil treinta escritos numerados por su autor, junto con otros «que no pueden numerarse porque no les puso ningún número».
Posidio, obispo de una ciudad cercana, dictaba estas palabras precisamente en Hipona, donde se había refugiado y donde había asistido a la muerte de su amigo, y casi seguramente se basaba en el catálogo de la biblioteca personal de san Agustín. Hoy han sobrevivido más de trescientas cartas del obispo de Hipona, y casi seiscientas homilías, pero estas originalmente eran muchas más, quizá entre tres mil y cuatro mil, fruto de cuatro décadas de predicación del antiguo retórico, que había decidido seguir a Jesús, dejando de hablar a los grandes de la corte imperial para dirigirse a la población sencilla de Hipona.
En años recientes, el descubrimiento de un grupo de cartas y de algunas homilías ha enriquecido nuestro conocimiento de este gran Padre de la Iglesia. «Muchos libros —escribe Posidio— fueron redactados y publicados por él, muchas predicaciones fueron pronunciadas en la iglesia, transcritas y corregidas, ya sea para confutar a herejes ya sea para interpretar las sagradas Escrituras para edificación de los santos hijos de la Iglesia. Estas obras —subraya el obispo amigo— son tan numerosas que a duras penas un estudioso tiene la posibilidad de leerlas y aprender a conocerlas» (Vita Augustini, 18, 9).
Entre la producción literaria de san Agustín —por tanto, más de mil publicaciones subdivididas en escritos filosóficos, apologéticos, doctrinales, morales, monásticos, exegéticos y contra los herejes, además de las cartas y homilías— destacan algunas obras excepcionales de gran importancia teológica y filosófica. Ante todo, hay que recordar las Confesiones, antes mencionadas, escritas en trece libros entre los años 397 y 400 para alabanza de Dios. Son una especie de autobiografía en forma de diálogo con Dios. Este género literario refleja precisamente la vida de san Agustín, que no estaba cerrada en sí misma, dispersa en muchas cosas, sino vivida esencialmente como un diálogo con Dios y, de este modo, una vida con los demás.
El título Confesiones indica ya lo específico de esta autobiografía. En el latín cristiano desarrollado por la tradición de los Salmos, la palabra confessiones tiene dos significados, que se entrecruzan. Confessiones indica, en primer lugar, la confesión de las propias debilidades, de la miseria de los pecados; pero al mismo tiempo, confessiones significa alabanza a Dios, reconocimiento de Dios. Ver la propia miseria a la luz de Dios se convierte en alabanza a Dios y en acción de gracias porque
Dios nos ama y nos acepta, nos transforma y nos eleva hacia sí mismo.
Sobre estas Confesiones, que tuvieron gran éxito ya en vida de san Agustín, escribió él mismo: «Han ejercido sobre mí un gran influjo mientras las escribía y lo siguen ejerciendo todavía cuando las vuelvo a leer. Hay muchos hermanos a quienes gustan estas obras» (Retractationes, II, 6): y tengo que reconocer que yo también soy uno de estos «hermanos». Gracias a las Confesiones podemos seguir, paso a paso, el camino interior de este hombre extraordinario y apasionado por Dios.
Menos difundidas, aunque igualmente originales y muy importantes son, también, las Retractationes, redactadas en dos libros en torno al año 427, en las que san Agustín, ya anciano, realiza una labor de «revisión» (retractatio) de toda su obra escrita, dejando así un documento literario singular y sumamente precioso, pero también una enseñanza de sinceridad y de humildad intelectual.
De civitate Dei, obra imponente y decisiva para el desarrollo del pensamiento político occidental y para la teología cristiana de la historia, fue escrita entre los años 413 y 426 en veintidós libros. La ocasión fue el saqueo de Roma por parte de los godos en el año 410. Muchos paganos de entonces, y también muchos cristianos, habían dicho: Roma ha caído, ahora el Dios cristiano y los apóstoles ya no pueden proteger la ciudad. Durante la presencia de las divinidades paganas, Roma era caput mundi, la gran capital, y nadie podía imaginar que caería en manos de los enemigos. Ahora, con el Dios cristiano, esta gran ciudad ya no parecía segura. Por tanto, el Dios de los cristianos no protegía, no podía ser el Dios a quien convenía encomendarse. A esta objeción, que también tocaba profundamente el corazón de los cristianos, responde san Agustín con esta grandiosa obra, De civitate Dei, aclarando qué es lo que debían esperarse de Dios y qué es lo que no podían esperar de él, cuál es la relación entre la esfera política y la esfera de la fe, de la Iglesia. Este libro sigue siendo una fuente para definir bien la auténtica laicidad y la competencia de la Iglesia, la grande y verdadera esperanza que nos da la fe.
Este gran libro es una presentación de la historia de la humanidad gobernada por la divina Providencia, pero actualmente dividida en dos amores. Y este es el designio fundamental, su interpretación de la historia, la lucha entre dos amores: el amor a sí mismo «hasta el desprecio de Dios» y el amor a Dios «hasta el desprecio de sí mismo», (De civitate Dei, XIV, 28), hasta la plena libertad de sí mismo para los demás a la luz de Dios. Este es, tal vez, el mayor libro de san Agustín, de una importancia permanente.
Igualmente importante es el De Trinitate, obra en quince libros sobre el núcleo principal de la fe cristiana, la fe en el Dios trino, escrita en dos tiempos: entre los años 399 y 412 los primeros doce libros, publicados sin saberlo san Agustín, el cual hacia el año 420 los completó y revisó toda la obra. En ella reflexiona sobre el rostro de Dios y trata de comprender este misterio de Dios, que es único, el único creador del mundo, de todos nosotros: precisamente este Dios único es trinitario, un círculo de amor. Trata de comprender el misterio insondable: precisamente su ser trinitario, en tres Personas, es la unidad más real y profunda del único Dios.
El libro De doctrina christiana es, en cambio, una auténtica introducción cultural a la interpretación de la Biblia y, en definitiva, al cristianismo mismo, y tuvo una importancia decisiva en la formación de la cultura occidental.
Con gran humildad, san Agustín fue ciertamente consciente de su propia talla intelectual. Pero para él era más importante llevar el mensaje cristiano a los sencillos que redactar grandes obras de elevado nivel teológico. Esta intención profunda, que le guió durante toda su vida, se manifiesta en una carta escrita a su colega Evodio, en la que le comunica la decisión de dejar de dictar por el momento los libros del De Trinitate, «pues son demasiado densos y creo que son pocos los que los pueden entender; urgen más textos que esperamos sean útiles a muchos» (Epistulae, 169, 1, 1). Por tanto, para él era más útil comunicar la fe de manera comprensible para todos, que escribir grandes obras teológicas.
La gran responsabilidad que sentía por la divulgación del mensaje cristiano se encuentra en el origen de escritos como el De catechizandis rudibus, una teoría y también una práctica de la catequesis, o el Psalmus contra partem Donati. Los donatistas eran el gran problema del África de san Agustín, un cisma específicamente africano. Los donatistas afirmaban: la auténtica cristiandad es la africana. Se oponían a la unidad de la Iglesia. Contra este cisma el gran obispo luchó durante toda su vida, tratando de convencer a los donatistas de que incluso la africanidad sólo puede ser verdadera en la unidad. Y para que le entendieran los sencillos, los que no podían comprender el gran latín del retórico, dijo: tengo que escribir incluso con errores gramaticales, en un latín muy simplificado. Y lo hizo, sobre todo en este Psalmus, una especie de poesía sencilla contra los donatistas para ayudar a toda la gente a comprender que sólo en la unidad de la Iglesia se realiza realmente para todos nuestra relación con Dios y crece la paz en el mundo.
En esta producción destinada a un público más amplio reviste particular importancia su gran número de homilías, con frecuencia improvisadas, transcritas por taquígrafos durante la predicación e inmediatamente puestas en circulación. Entre estas destacan las bellísimas Enarrationes in Psalmos, muy leídas en la Edad Media. La publicación de las miles de homilías de san Agustín —con frecuencia sin el control del autor— explica su amplia difusión y su dispersión sucesiva, así como su vitalidad. Inmediatamente las predicaciones del obispo de Hipona, por la fama del autor, se convirtieron en textos sumamente requeridos. Para los demás obispos y sacerdotes servían también de modelos, adaptados a contextos siempre nuevos.
En la tradición iconográfica, un fresco de Letrán que se remonta al siglo VI, representa a san Agustín con un libro en la mano (véase la foto), no sólo para expresar su producción literaria, que tanta influencia ejerció en la mentalidad y en el pensamiento cristianos, sino también para expresar su amor por los libros, por la lectura y el conocimiento de la gran cultura precedente. A su muerte, cuenta Posidio, no dejó nada, pero «recomendaba siempre que se conservara diligentemente para las futuras generaciones la biblioteca de la iglesia con todos sus códices», sobre todo los de sus obras. En estas, subraya Posidio, san Agustín está «siempre vivo» y es muy útil para quien lee sus escritos, aunque —concluye— «creo que pudieron sacar más provecho de su contacto los que lo pudieron ver y escuchar cuando hablaba personalmente en la iglesia, y sobre todo los que fueron testigos de su vida cotidiana entre la gente» (Vita Augustini, 31).
Sí, también a nosotros nos hubiera gustado poderlo escuchar vivo. Pero sigue realmente vivo en sus escritos, está presente en nosotros y de este modo vemos también la permanente vitalidad de la fe por la que dio toda su vida.
Santo Padre emérito Benedicto XVI
Audiencia General del miércoles, 20 de febrero de 2008
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