Evangelio del día: Jesús y el Padre son Uno

Evangelio del día: Jesús y el Padre son Uno

Juan 10, 22-30. Martes de la 4.ª semana del Tiempo de Pascua. Pidamos al Señor la gracia de la docilidad y que el Espíritu Santo nos ayude a defendernos de este otro «mal espíritu» de la suficiencia, del orgullo, de la soberbia, de la cerrazón del corazón al Espíritu Santo.

Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón. Los Judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 11, 19-26

Salmo: Sal 87(86), 1-7

Oración introductoria

Jesús, creo que eres el que dices ser: Hijo de Dios y Redentor de todos los hombres. Gracias por concederme el don de la fe. Viniste al mundo para que las ovejas perdidas, pudiéramos encontrarte. Gracias. Me diste el conocimiento de saber quién soy y lo que valgo… todo un Dios se hizo hombre para salvarme. Sal hoy a mi encuentro en esta oración para mostrarme el camino que debo seguir.

Petición

Ayúdame, Señor, a saber escucharte siempre que me llames.

Meditación del Santo Padre Francisco

El Espíritu Santo siempre está en acción. Corresponde al cristiano acogerlo o no. Pero la diferencia está y se ve: si se le acoge con docilidad, de hecho, se vive en la alegría y en la apertura a los demás; en cambio un modo de actuar cerrado, de «aristocracia intelectual», que pretende comprender las cosas de Dios sólo con la cabeza, conduce a una separación de la realidad de la Iglesia. A tal punto que ya no se cree, ni siquiera ante un milagro. Son estas las dos actitudes, opuestas entre sí, que el Papa Francisco presentó en la misa que celebró el [día de hoy] en la capilla de la Casa Santa Marta.

Las lecturas de la liturgia (Hechos de los apóstoles 11, 19-26 y Juan 10, 22-30), como explicó el obispo de Roma, «muestran un díptico: dos grupos de personas». En el pasaje de los Hechos se encuentran, ante todo, quienes «se habían dispersado con motivo de la persecución que se desató» tras el martirio de Esteban. «Se habían dispersado» pero «llevaron por todas partes la semilla del Evangelio», dirigiéndose, sin embargo, sólo a los judíos. «Y luego, de modo natural», continuó el Pontífice, «algunos de ellos, gente de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles que Jesús es el Señor». Y «así, lentamente, abrieron las puertas a los griegos, a los paganos».

Cuando esta noticia llegó a la Iglesia de Jerusalén, mandaron a Bernabé a Antioquía «para realizar una visita de inspección» y verificar personalmente lo que estaba sucediendo. Los Hechos refieren que «todos se alegraron» y que «una multitud considerable se adhirió al Señor».

En pocas palabras, afirmó el Papa, para evangelizar a «esta gente no dijo: vayamos primero a los judíos, luego a los griegos, luego a los paganos y más tarde a todos», sino que «se dejó conducir por el Espíritu Santo: fue dócil al Espíritu Santo». Obrando así, «una cosa surge de la otra», y luego «la otra, la otra también», y así «acaban abriendo las puertas a todos». Incluso «a los paganos —precisó— que, en su mentalidad, eran impuros». Esos cristianos «abrían las puertas a todos» sin hacer distinciones.

Y «este —explicó el Pontífice— es el primer grupo de personas» que presenta la liturgia. Quienes lo componen son personas «dóciles al Espíritu Santo», que «van adelante como lo hizo Pablo», con una «cierta naturalidad». Porque, destacó, «algunas veces el Espíritu Santo nos impulsa a hacer cosas grandes, como impulsó a Felipe a bautizar a ese señor de Etiopía» y «como impulsó a Pedro a ir a bautizar a Cornelio». Otras «veces el Espíritu Santo nos conduce suavemente». Por ello la verdadera virtud, afirmó, «está en dejarse conducir por el Espíritu Santo: no poner resistencia al Espíritu Santo, ser dóciles al Espíritu Santo». Seguros, sin embargo, de que «el Espíritu Santo actúa hoy en la Iglesia, actúa hoy en nuestra vida». Tal vez, continuó el Papa, «alguno de vosotros podrá decirme: ¡nunca lo he visto! Presta atención a lo que sucede, a lo que te viene a la mente, a lo que surge en el corazón: cosas buenas, es el Espíritu quien te invita a ir por ese camino». Pero, cierto, «es necesaria la docilidad al Espíritu Santo».

He aquí, luego, el segundo grupo de personas del «díptico» propuesto por la liturgia. Un grupo, explicó el obispo de Roma, compuesto por «intelectuales que se acercan a Jesús en el templo: los doctores de la ley». Son hombres que tenían «siempre un problema porque no acababan de comprender, daban vueltas sobre las mismas cosas, porque creían que la religión era una cosa sólo de cabeza, de ley, de hacer mandamientos, de cumplir mandamientos y nada más». Ellos, continuó el Pontífice, «no imaginaban que existiese el Espíritu Santo». Y, así, —se lee en el Evangelio de Juan— «rodeándolo, le preguntaban: ¿hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente». A lo que «Jesús respondió con toda naturalidad: «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí»». Como si dijera: «Mirad a quienes recibieron un milagro, mirad las cosas que yo hago, las palabras que digo». Esos hombres, en cambio, miraban «sólo lo que tenían en la cabeza». Y así, «daban vueltas con argumentaciones, querían discutir». Para ellos, en efecto, «todo estaba en la cabeza, todo es intelecto».

La cuestión, afirmó el Pontífice, es que «en esta gente no está el corazón, no está el amor a la belleza, no está la armonía. Es gente que sólo quiere explicaciones». Pero si también «tú les das explicaciones» he aquí que inmediatamente «ellos, no convencidos, vuelven con otra pregunta». De este modo «dan vueltas, dan vueltas, como dieron vueltas alrededor de Jesús toda la vida, hasta el momento en que lograron detenerlo y matarlo». Se trata, continuó, de personas que «no abren el corazón al Espíritu Santo» y que «creen que las cosas de Dios se pueden comprender sólo con la cabeza, con las ideas, con las propias ideas: son orgullosos, creen saberlo todo y lo que no entra en su inteligencia no es verdad». Hasta el punto que «puedes resucitar a un muerto delante de ellos, pero no creen».

En el Evangelio se ve que «Jesús va más allá y dice algo muy fuerte: ¿por qué no creéis? Vosotros no creéis porque no formáis parte de mis ovejas. Vosotros no creéis porque no sois del pueblo de Israel, habéis salido del pueblo». Y continuó: «Os consideráis puros, y no podéis creer así». El Señor evidencia claramente su actitud que «cierra el corazón»: por esto «negaron al pueblo». Jesús les dijo: «Vosotros sois como vuestros padres que mataron a los profetas». Porque «cuando llegaba un profeta que decía algo que no les gustaba, lo mataban».

El verdadero problema, destacó el Pontífice, es que «esta gente se había separado del pueblo de Dios y por ello no podía creer». En efecto, «la fe es un don de Dios, pero la fe viene si tú estás en su pueblo; si tú estás ahora en la Iglesia; si tú eres ayudado por los sacramentos, por la asamblea; si tú crees que esta Iglesia es el pueblo de Dios». En cambio, «esta gente se había separado, no creía en el pueblo de Dios: creía sólo en sus cosas y así había construido todo un sistema de mandamientos que arrojaban fuera a la gente y no la dejaban entrar en la Iglesia, en el pueblo». Con esta actitud «no podían creer» y este es el pecado de «resistir al Espíritu Santo».

He aquí, ratificó el Papa, estos «dos grupos de gente». Por una parte están «los de la dulzura: la gente dulce, humilde, abierta y dócil al Espíritu Santo». Por otra parte, en cambio, está la «gente orgullosa, suficiente, soberbia, alejada del pueblo, aristocrática intelectualmente, que ha cerrado las puertas y resiste al Espíritu Santo». Su actitud «no es terquedad, es algo más: es tener el corazón duro». Y esto es incluso «más peligroso». Jesús les alerta diciendo expresamente: «Vosotros tenéis el corazón endurecido»; y lo dijo «también a los discípulos de Emaús».

Precisamente «mirando a estos dos grupos», concluyó el Papa Francisco, «pidamos al Señor la gracia de la docilidad al Espíritu Santo para seguir adelante en la vida, ser creativos, ser alegres». Los duros de corazón, en cambio, no son alegres sino que están siempre serios. Y, advirtió el Pontífice, «cuando hay tanta seriedad no está el Espíritu de Dios». Por lo tanto, al Señor «pidamos la gracia de la docilidad y que el Espíritu Santo nos ayude a defendernos de este otro mal espíritu de la suficiencia, del orgullo, de la soberbia, de la cerrazón del corazón al Espíritu Santo».

Santo Padre Francisco: Aquellos que abren las puertas

Meditación del martes, 13 de mayo de 2014

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

Jesús habla de sí como del buen Pastor que da la vida eterna a sus ovejas (cf. Jn 10, 28). La imagen del pastor está muy arraigada en el Antiguo Testamento y es muy utilizada en la tradición cristiana. Los profetas atribuyen el título de «pastor de Israel» al futuro descendiente de David; por tanto, posee una indudable importancia mesiánica (cf. Ez 34, 23). Jesús es el verdadero pastor de Israel porque es el Hijo del hombre, que quiso compartir la condición de los seres humanos para darles la vida nueva y conducirlos a la salvación. Al término «pastor» el evangelista añade significativamente el adjetivo kalós, hermoso, que utiliza únicamente con referencia a Jesús y a su misión. También en el relato de las bodas de Caná el adjetivo kalós se emplea dos veces aplicado al vino ofrecido por Jesús, y es fácil ver en él el símbolo del vino bueno de los tiempos mesiánicos (cf. Jn 2, 10).

«Yo les doy (a mis ovejas) la vida eterna y no perecerán jamás» (Jn 10, 28). Así afirma Jesús, que poco antes había dicho: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (cf. Jn 10, 11). San Juan utiliza el verbo tithénai, ofrecer, que repite en los versículos siguientes (15, 17 y 18); encontramos este mismo verbo en el relato de la última Cena, cuando Jesús «se quitó» sus vestidos y después los «volvió a tomar» (cf. Jn 13, 4. 12). Está claro que de este modo se quiere afirmar que el Redentor dispone con absoluta libertad de su vida, de manera que puede darla y luego recobrarla libremente.

Cristo es el verdadero buen Pastor que dio su vida por las ovejas —por nosotros—, inmolándose en la cruz. Conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él, como el Padre lo conoce y él conoce al Padre (cf. Jn 10, 14-15). No se trata de mero conocimiento intelectual, sino de una relación personal profunda; un conocimiento del corazón, propio de quien ama y de quien es amado; de quien es fiel y de quien sabe que, a su vez, puede fiarse; un conocimiento de amor, en virtud del cual el Pastor invita a los suyos a seguirlo, y que se manifiesta plenamente en el don que les hace de la vida eterna (cf. Jn 10, 27-28).

Santo Padre Benedicto XVI: Sobre el concepto del «pastor»

Homilía del IV Domingo de Pascua, 29 de abril de 2007

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

II La revelación de Dios como Trinidad

El Padre revelado por el Hijo

238 La invocación de Dios como «Padre» es conocida en muchas religiones. La divinidad es con frecuencia considerada como «padre de los dioses y de los hombres». En Israel, Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo (Cf. Dt 32,6; Ml 2,10). Pues aún más, es Padre en razón de la Alianza y del don de la Ley a Israel, su «primogénito» (Ex 4,22). Es llamado también Padre del rey de Israel (cf. 2 S 7,14). Es muy especialmente «el Padre de los pobres», del huérfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa (cf. Sal 68,6).

239 Al designar a Dios con el nombre de «Padre», el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios.

240 Jesús ha revelado que Dios es «Padre» en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador; Él es eternamente Padre en relación a su Hijo único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27).

241 Por eso los Apóstoles confiesan a Jesús como «el Verbo que en el principio estaba junto a Dios y que era Dios» (Jn 1,1), como «la imagen del Dios invisible» (Col 1,15), como «el resplandor de su gloria y la impronta de su esencia» Hb 1,3).

242 Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es «consubstancial» al Padre (Símbolo Niceno: DS 125), es decir, un solo Dios con él. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó «al Hijo Único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS 150).

El Padre y el Hijo revelados por el Espíritu

243 Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de «otro Paráclito» (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación (cf. Gn 1,2) y «por los profetas» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS 150), estará ahora junto a los discípulos y en ellos (cf. Jn 14,17), para enseñarles (cf. Jn 14,16) y conducirlos «hasta la verdad completa» (Jn 16,13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.

244 El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre (cf. Jn 14,26; 15,26; 16,14). El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús (cf. Jn 7,39), revela en plenitud el misterio de la Santa Trinidad.

245 La fe apostólica relativa al Espíritu fue proclamada por el segundo Concilio Ecuménico en el año 381 en Constantinopla: «Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre» (DS 150). La Iglesia reconoce así al Padre como «la fuente y el origen de toda la divinidad» (Concilio de Toledo VI, año 638: DS 490). Sin embargo, el origen eterno del Espíritu Santo está en conexión con el del Hijo: «El Espíritu Santo, que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma sustancia y también de la misma naturaleza […] por eso, no se dice que es sólo el Espíritu del Padre, sino a la vez el espíritu del Padre y del Hijo» (Concilio de Toledo XI, año 675: DS 527). El Credo del Concilio de Constantinopla (año 381) confiesa: «Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria» (DS 150).

246 La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu «procede del Padre y del Hijo (Filioque)». El Concilio de Florencia, en el año 1438, explicita: «El Espíritu Santo […] tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo y procede eternamente tanto del Uno como del Otro como de un solo Principio y por una sola espiración […]. Y porque todo lo que pertenece al Padre, el Padre lo dio a su Hijo único al engendrarlo a excepción de su ser de Padre, esta procesión misma del Espíritu Santo a partir del Hijo, éste la tiene eternamente de su Padre que lo engendró eternamente» (DS 1300-1301).

247 La afirmación del Filioque no figuraba en el símbolo confesado el año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina y alejandrina, el Papa san León la había ya confesado dogmáticamente el año 447 (cf. Quam laudabilitier: DS 284) antes incluso que Roma conociese y recibiese el año 451, en el concilio de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII y XI). La introducción del Filioque en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano por la liturgia latina constituye, todavía hoy, un motivo de no convergencia con las Iglesias ortodoxas.

248 La tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen primero del Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al Espíritu como «salido del Padre» (Jn 15,26), esa tradición afirma que éste procede del Padre por el Hijo (cf. AG 2). La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice «de manera legítima y razonable» (Concilio de Florencia, 1439: DS 1302), porque el orden eterno de las personas divinas en su comunión consubstancial implica que el Padre sea el origen primero del Espíritu en tanto que «principio sin principio» (Concilio de Florencia 1442: DS 1331), pero también que, en cuanto Padre del Hijo Único, sea con él «el único principio de que procede el Espíritu Santo» (Concilio de Lyon II, año 1274: DS 850). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo misterio confesado.

Catecismo de la Iglesia Católica

Diálogo con Cristo

Señor, me muestras el camino que debo seguir, si quiero ser feliz. Sin embargo, desconfío en que realmente Tú lleves mi carga. Necesito verte y escucharte, no con mis sentidos sino con mi espíritu, para que cuando vengan los problemas te busque inmediatamente en la oración, porque eres la roca sobre el cual puedo edificar mi vida.

Propósito

Al terminar el día, o cuando pueda disponer de un tiempo, hacer una reflexión sobre mis actividades y, sobre todo, de mis actitudes en el día: ¿seguí la voluntad de Dios?

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Evangelio del día en «Catholic.net»

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Catequesis: Jesús resucitado envía a anunciar

Catequesis: Jesús resucitado envía a anunciar

Sesión de catequesis de Primera Comunión sobre Marcos 16, 9-15

El encuentro con Jesús resucitado y la misión de anunciarlo

1. Introducción

El Evangelio de san Marcos, en su capítulo final, nos sitúa ante uno de los momentos más decisivos de la historia: Jesús ha resucitado y comienza a manifestarse a sus discípulos. No se trata solo de apariciones sorprendentes, sino de encuentros que transforman el corazón y abren una misión. María Magdalena, los discípulos y los Once reciben el anuncio de que Cristo vive. Sin embargo, el texto muestra también la dificultad para creer. Algunos dudan, otros no aceptan el testimonio. Y en medio de esa debilidad, Jesús no abandona a los suyos, sino que los envía: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio» (Mc 16, 15).

Este pasaje es muy adecuado para la catequesis de Primera Comunión, porque presenta tres elementos esenciales de la vida cristiana: el encuentro con Jesús resucitado, la necesidad de creer en Él y la llamada a anunciarlo. El niño no solo debe aprender verdades, sino descubrir que Jesús vive y que quiere una relación personal con él. Además, esta catequesis permite mostrar que la fe no siempre es fácil: incluso los primeros discípulos tuvieron dificultades, pero el Señor los sostuvo y los envió.

La imagen catequética en estilo cómic que utilizamos ayuda a recorrer paso a paso este Evangelio. No es una ilustración decorativa, sino una herramienta pedagógica que permite contemplar la historia, detenerse en cada escena y comprender mejor el mensaje. A través de ella, los niños pueden entrar en la experiencia de María Magdalena, reconocer a Jesús resucitado y comprender que también ellos están llamados a anunciarlo con su vida.

2. Objetivos

Objetivo general: Que los niños descubran que Jesús ha resucitado, que vive hoy y que llama a cada uno a creer en Él y a anunciarlo.

  • Comprender que Jesús resucitado se aparece realmente a sus discípulos.
  • Descubrir que la fe implica confiar en el testimonio y en la palabra de Jesús.
  • Reconocer que todos los cristianos están llamados a anunciar el Evangelio.
  • Relacionar la presencia de Jesús resucitado con la Eucaristía.
  • Fomentar una actitud de confianza, alegría y misión.

3. Edad y duración

Edad: 7–10 años.

Duración: 75–90 minutos.

4. Materiales

  • Imagen catequética tipo cómic (Mc 16, 9-15).
  • Biblia.
  • Papel y colores.
  • Cruz o imagen de Jesús.
  • Vela.

5. Fuentes bíblicas y doctrinales

El texto central es Marcos 16, 9-15. En él se narra cómo Jesús resucitado se aparece primero a María Magdalena, luego a otros discípulos, y finalmente a los Once, a quienes reprocha su incredulidad y envía a anunciar el Evangelio. Este pasaje conecta con otros relatos de la Resurrección, como Juan 20 y Lucas 24. En todos ellos aparece un mismo mensaje: Cristo vive, se hace presente y transforma a quienes lo encuentran.

El Catecismo enseña que la Resurrección es el fundamento de la fe cristiana (cf. CEC, 638) y que sin ella nuestra fe sería vana. Además, la Iglesia recuerda que todos los bautizados participan en la misión de anunciar el Evangelio (cf. Evangelii gaudium, 120).

6. Sentido catequético

Esta sesión no busca solo que los niños conozcan un episodio del Evangelio, sino que entren en él. El punto clave es que comprendan que Jesús está vivo y que ese hecho cambia todo. No es un personaje del pasado, sino alguien presente que habla, llama y envía. Además, el texto permite enseñar algo muy importante: la fe no siempre es inmediata. Los discípulos dudaron, pero Jesús no los rechazó, sino que los ayudó y les confió una misión.

Para un niño de Primera Comunión, esto es fundamental. Puede tener dudas, distraerse o no entender todo, pero Jesús sigue llamándole. La fe crece poco a poco, y se fortalece en la relación con Cristo, especialmente en la Eucaristía.

7. Observamos la imagen

El catequista presenta la imagen como un recorrido visual del Evangelio. Es importante no pasar deprisa por ella, sino detenerse en cada escena, ayudando a los niños a comprender la secuencia completa. Primero se observa en silencio, dejando que los niños miren libremente. Después, el catequista guía la mirada.

Se comienza por la primera escena: María Magdalena en el sepulcro. Se invita a los niños a describir lo que ven: el lugar, la actitud, el momento del día. A continuación se pasa a la siguiente escena, donde se descubre que el sepulcro está vacío. Se puede preguntar qué significa eso. Después se contempla el encuentro con Jesús resucitado, ayudando a notar el cambio en el rostro de María.

En las escenas siguientes se trabaja el paso del anuncio: María va a contar lo que ha visto, pero los discípulos no creen. Aquí es importante detenerse y hacer notar la reacción de los personajes. Finalmente, se llega a la escena del envío, donde Jesús manda anunciar el Evangelio.

Orientación clave para el catequista: no basta con describir; hay que ayudar a interpretar. La imagen tiene un hilo: ver a Jesús, anunciarlo, encontrar dificultades y ser enviados.

Microguion orientativo:

“Primero alguien se encuentra con Jesús.”

“Después lo anuncia con alegría.”

“Otros no creen… pero Jesús vuelve.”

“Y al final, todos son enviados.”

Conviene terminar esta parte haciendo una pregunta directa: “¿En qué escena estás tú?” Esto ayuda a implicar personalmente al niño.

8. Explicación para niños

Jesús ha resucitado. Esto significa que está vivo de verdad, no como un recuerdo, sino como alguien que puede encontrarse con nosotros. María Magdalena fue la primera en verlo. Estaba triste, pero cuando se encontró con Jesús, todo cambió. Salió corriendo a contarlo, porque cuando uno encuentra algo tan grande, no puede guardárselo.

Sin embargo, los discípulos no la creyeron. Esto nos enseña que a veces cuesta creer, incluso cuando alguien nos habla de Jesús. Puede haber dudas, miedo o simplemente falta de atención. Pero Jesús no se enfada ni se aleja. Él vuelve a salir al encuentro de sus amigos, les ayuda a creer y les confía una misión.

Y aquí está lo más importante: Jesús no solo se aparece, sino que envía. Dice: “Id y anunciad”. Esto significa que todos los cristianos tienen una misión. También los niños. No hace falta hacer cosas extraordinarias. Anunciar a Jesús es vivir como Él: decir la verdad, ayudar, perdonar, rezar, hablar de Él con sencillez.

El niño debe comprender que este Evangelio también habla de él. Jesús vive hoy. Quiere encontrarse con él en la oración, en la Misa, en la Comunión. Y cuando lo encuentra, lo envía. Por eso la fe no es solo aprender cosas, sino vivir con Jesús.

9. Actividades

Actividad 1: “Yo he visto al Señor”

Objetivo: Comprender que anunciar a Jesús nace de haberlo encontrado y que ese anuncio se realiza también con la vida.

Duración: 15-18 minutos.

Desarrollo: El catequista explica brevemente la actitud de María Magdalena: ve a Jesús y lo anuncia. A continuación, pide a los niños que piensen en momentos en los que pueden “mostrar” a Jesús: ayudando, perdonando, rezando. Cada niño realiza un dibujo de una escena concreta donde él mismo actúa como testigo de Jesús.

Después, algunos niños comparten su dibujo. El catequista ayuda a traducir cada situación en clave cristiana: “Aquí estás mostrando el amor de Jesús”, “Aquí estás perdonando como Él”.

Materiales: papel, colores.

Microguion:

“María Magdalena no se queda callada.”

“Cuando encuentras a Jesús, quieres contarlo.”

“También tú puedes mostrar a Jesús con tu vida.”

Actividad 2: “¿Por qué cuesta creer?”

Objetivo: Ayudar a los niños a reconocer las dificultades para creer y descubrir que Jesús ayuda a superarlas.

Duración: 15-18 minutos.

Desarrollo: El catequista plantea la pregunta: “¿Por qué los discípulos no creyeron?”. Se recogen respuestas. Después se trasladan a situaciones actuales: distracción, miedo, vergüenza, dudas. El catequista explica que la fe no siempre es fácil, pero que Jesús no abandona.

Se invita a los niños a pensar en una dificultad personal para creer o rezar. Se puede hacer en silencio. Luego se concluye con una frase común: “Jesús, ayúdame a creer.”

Microguion:

“Los discípulos también tuvieron dudas.”

“No pasa nada por tener dificultades.”

“Jesús te ayuda a creer.”

Actividad 3: “Enviados”

Objetivo: Comprender que todos los cristianos tienen una misión concreta en su vida diaria.

Duración: 15-18 minutos.

Desarrollo: El catequista recuerda las palabras de Jesús: “Id al mundo entero”. Explica que el “mundo” de los niños es su casa, su colegio, sus amigos. Cada niño escribe una acción concreta que realizará esa semana: ayudar en casa, rezar cada día, decir la verdad, hablar de Jesús.

Se pueden leer algunas en voz alta. El catequista anima a cumplirlo durante la semana.

Microguion:

“Jesús también te envía a ti.”

“Tu misión empieza en lo pequeño.”

“Cada día puedes anunciar a Jesús.”

Actividad 4: Preparación interior

Objetivo: Favorecer el encuentro personal con Jesús resucitado.

Duración: 10-12 minutos.

Desarrollo: Se crea un clima de silencio con una vela encendida. El catequista invita a cerrar los ojos y pensar: “Jesús está vivo y me mira”. Se deja un breve silencio. Después se repite juntos: “Jesús, quiero estar contigo.”

Orientación: mantener el recogimiento, sin prisas ni explicaciones excesivas.

10. Lectio divina

Texto: Mc 16, 15

“Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.”

Se proclama lentamente. Se repite varias veces. Cada niño responde: “Jesús, quiero seguirte.”

11. Relación con la Eucaristía

El mismo Jesús resucitado que aparece en el Evangelio es el que recibimos en la Comunión. No es una idea ni un recuerdo: es Cristo vivo. Por eso la Primera Comunión es un encuentro real con Él. Y quien se encuentra con Jesús recibe también una misión.

12. Orientaciones para el catequista

Evitar superficialidad. Usar la imagen como eje. Insistir en la Resurrección como hecho real. Conectar siempre con la vida del niño.

13. Orientaciones para los padres

Rezar juntos. Hablar de Jesús con naturalidad. Vivir la fe en familia.

14. Oración final

Señor Jesús,
tú has resucitado y estás vivo.
Ayúdame a creer en ti,
a confiar en tu palabra
y a anunciarte con mi vida.
Amén.

15. Conclusión

Jesús vive. Y nos envía. Esta es la alegría del cristiano.