Evangelio del día: Así como juzguéis, seréis juzgados

Evangelio del día: Así como juzguéis, seréis juzgados

Evangelio del día

Mateo 7, 1-5 · Lunes de la 12.ª semana del Tiempo Ordinario

¿Quién soy yo para juzgar a los demás? Esta pregunta abre el corazón a la misericordia y nos ayuda a reconocer primero nuestra propia necesidad de perdón.


Evangelio

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «No juzguen, para no ser juzgados. Porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes.

¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Deja que te saque la paja de tu ojo”, si hay una viga en el tuyo?

Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede


Lecturas

  • Primera lectura: Libro del Génesis, Gén 12, 1-9.
  • Salmo: Sal 33(32).

Oración introductoria

Señor, gracias por mostrarme tan claramente las actitudes que deben regular mis relaciones con los demás y, sobre todo, gracias por este nuevo día y por este momento de oración, oportunidad para crecer en mi amor y amistad contigo.

Petición

Señor, limpia mi corazón y pon un nuevo espíritu de bondad, semejante al tuyo.


Meditación del Santo Padre Francisco

¿Quién soy yo para juzgar a los demás? Esta es la pregunta que debemos hacernos para dejar espacio a la misericordia. La misericordia construye paz entre las personas, entre las naciones y dentro de nosotros mismos. Para ser misericordiosos es necesario reconocerse pecadores y abrir el corazón hasta olvidar las ofensas recibidas.

El Papa Francisco recordó que Jesús nos invita a imitar al Padre: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso». Pero esta actitud no es fácil, porque estamos acostumbrados a pasar factura a los demás. Juzgamos, medimos, reclamamos, y muchas veces dejamos poco espacio a la comprensión y a la misericordia.

Para ser misericordiosos son necesarias dos actitudes. La primera es el conocimiento de sí mismo. Reconocer los propios pecados permite comprender mejor la misericordia de Dios. Quien sabe decir «soy pecador» deja de mirar a los demás desde la superioridad.

El Papa recordaba que Adán dio un ejemplo de lo que no se debe hacer: descargar la culpa en otro. Eva, a su vez, culpó a la serpiente. En cambio, el camino cristiano comienza cuando dejamos de justificarnos y reconocemos sinceramente: «lo hice yo». Esta verdad abre la puerta al perdón de Dios.

La segunda actitud es ampliar el corazón. La vergüenza y el arrepentimiento ensanchan el corazón pequeño y egoísta, porque dejan espacio a Dios misericordioso. Quien se reconoce necesitado de misericordia ya no se dedica a condenar a los demás.

La pregunta decisiva es: «¿Quién soy yo para juzgar?». El Señor lo dice con claridad: no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Un corazón grande no se enreda en la vida de los demás, sino que perdona y olvida.

El hombre y la mujer misericordiosos tienen un corazón amplio. Disculpan a los demás y recuerdan sus propios pecados. Cuando alguien les muestra el error de otro, pueden responder interiormente: «yo ya tengo bastante con lo que hice». Esta actitud no niega la verdad, pero la mira desde la misericordia.

Éste es el camino que debemos pedir al Señor. Si las personas, las familias, los barrios y los pueblos tuvieran esta actitud, habría mucha más paz en el mundo y en nuestros corazones, porque la misericordia nos conduce a la paz.

Santo Padre Francisco:
¿Quién soy yo para juzgar a los demás?
Homilía del lunes, 17 de marzo de 2014.


Catecismo de la Iglesia Católica

IV. El juicio erróneo

1790. La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último, se condenaría a sí misma. Pero la conciencia moral puede estar afectada por la ignorancia y formar juicios erróneos sobre actos proyectados o ya cometidos.

1791. Esta ignorancia puede ser imputada a la responsabilidad personal cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia queda casi ciega. En estos casos, la persona es culpable del mal que comete.

1792. El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos ejemplos, la servidumbre de las pasiones, la falsa autonomía de la conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y la falta de conversión y caridad pueden conducir a desviaciones del juicio moral.

1793. Si la ignorancia es invencible o el juicio erróneo no tiene responsabilidad del sujeto moral, el mal cometido no puede imputársele. Pero no deja de ser un mal, una privación y un desorden. Por eso es necesario trabajar por corregir la conciencia moral de sus errores.

1794. La conciencia buena y pura es iluminada por la fe verdadera, porque la caridad procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera.

«Cuanto mayor es el predominio de la conciencia recta, tanto más las personas y los grupos se apartan del arbitrio ciego y se esfuerzan por adaptarse a las normas objetivas de moralidad» (GS 16).

Catecismo de la Iglesia Católica


Propósito

Por amor a Dios, ser misericordioso, no juzgar y perdonar cualquier ofensa que reciba.

Diálogo con Cristo

Jesucristo, dame tu gracia infinita para que juzgue las situaciones de la vida teniendo en cuenta el Reino de los Cielos, al que todos estamos llamados.


Para profundizar