Evangelio del día: No temáis
Evangelio del día
Mateo 10, 24-33 · Domingo de la 12.ª semana del Tiempo Ordinario
El temor de Dios no es miedo servil, sino abandono humilde, respetuoso y confiado en la bondad del Padre que nos quiere mucho.
Evangelio
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!
No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna.
¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.
Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».

Lecturas
- Primera lectura: Libro de Jeremías, Jer 20, 10-13.
- Salmo: Sal 69(68).
- Segunda lectura: Carta de san Pablo a los Romanos, Rom 5, 12-15.
Oración introductoria
Dame, Señor, la fe, la esperanza y la caridad para vivir el estilo de vida que me propone tu Evangelio. La mentira domina al mundo con medios cada vez más veloces y sofisticados, mientras la evangelización parece tomar un ritmo lento. Ilumina mi oración para que me dé luz y fuerza para responder con prontitud y generosidad a lo que me toca hacer.
Petición
Señor, dame la valentía necesaria para cumplir tu voluntad en cada momento de mi vida.
Meditación del Santo Padre Francisco
El don del temor de Dios no significa tener miedo de Dios. Dios es Padre, nos ama, quiere nuestra salvación y perdona siempre. El temor de Dios es el don del Espíritu que nos recuerda nuestra pequeñez ante Dios y nos enseña a abandonarnos con humildad, respeto y confianza en sus manos.
Cuando el Espíritu Santo entra en el corazón, infunde consuelo y paz. Nos hace sentir como niños en brazos de su padre. Así comprendemos que el temor de Dios no produce angustia, sino docilidad, reconocimiento y alabanza.
Este don nos ayuda a descubrir que todo viene de la gracia y que nuestra fuerza verdadera está en seguir a Jesucristo. El Espíritu abre el corazón para que entren el perdón, la misericordia, la bondad y la caricia del Padre, porque somos hijos infinitamente amados.
El temor de Dios no hace cristianos tímidos ni apagados. Al contrario, genera valentía y fuerza. Nos convierte en discípulos convencidos y entusiastas, no sometidos por miedo, sino conquistados por el amor de Dios.
Pero este don también funciona como una alarma ante la obstinación en el pecado. Cuando alguien vive para el dinero, el poder, la vanidad, la corrupción o la explotación de otros, el santo temor de Dios le recuerda que un día todo acaba y que deberá rendir cuentas ante Dios.
Pidamos la gracia de unir nuestra voz a la de los pobres, acoger el don del temor de Dios y reconocernos revestidos de la misericordia y el amor de Dios, nuestro Padre.
Santo Padre Francisco
Audiencia General del miércoles, 11 de junio de 2014
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
También nosotros, en la oración, debemos ser capaces de llevar ante Dios nuestras fatigas, el sufrimiento de algunas situaciones, el compromiso cotidiano de seguirlo y el peso del mal que vemos dentro y alrededor de nosotros. Él nos da esperanza, nos hace sentir su cercanía y nos concede una luz para el camino.
Cada día, en el Padrenuestro, pedimos: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Reconocemos que hay una voluntad de Dios para nosotros y que esa voluntad debe convertirse cada día más en la referencia de nuestro querer y de nuestro ser.
La tierra se vuelve «cielo», lugar de la presencia del amor, de la bondad, de la verdad y de la belleza divina, sólo cuando en ella se hace la voluntad de Dios.
Santo Padre Benedicto XVI
Audiencia General del miércoles, 1 de febrero de 2012
Catecismo de la Iglesia Católica
El combate de la oración
2725. La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. La oración es un combate contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador, que intenta separarnos de la unión con Dios.
I. Obstáculos para la oración
2726-2728. En el combate de la oración afrontamos conceptos erróneos, mentalidades mundanas y fracasos interiores. Algunos reducen la oración a psicología, concentración o ritual; otros se desalientan porque no comprenden que la oración viene también del Espíritu Santo. La respuesta es luchar con humildad, confianza y perseverancia.
II. La humilde vigilancia de la oración
2729-2731. La distracción, la sequedad y la falta de gusto forman parte del camino. La distracción revela aquello a lo que el corazón está apegado; la sequedad puede purificar la fe. El combate se decide cuando elegimos a quién queremos servir.
2732-2733. La tentación más frecuente es la falta de fe, que se manifiesta cuando otros trabajos y cuidados parecen más urgentes que la oración. También aparece la acedia, fruto de la pereza espiritual y de la negligencia del corazón.
III. La confianza filial
2734-2737. La confianza filial se prueba en la tribulación. A veces creemos que Dios no escucha, pero la oración nos invita a preguntarnos qué imagen tenemos de Dios: si lo buscamos como medio para nuestros deseos o como Padre de Jesucristo.
2738-2741. La oración cristiana se apoya en la Pasión y la Resurrección de Cristo. Jesús ora en nosotros y con nosotros; todas nuestras peticiones quedan unidas a su oración filial ante el Padre.
IV. Perseverar en el amor
2742-2745. «Orad constantemente». Este ardor sólo puede venir del amor humilde, confiado y perseverante. Orar es siempre posible, es una necesidad vital y es inseparable de la vida cristiana.
V. La oración en la hora de Jesús
2746-2751. En la hora de su Pasión, Jesús ora al Padre. Su oración sacerdotal abarca toda la economía de la salvación. En ella nos revela el misterio de la vida de oración: conocer al Padre y al Hijo, y entrar en comunión con su amor.
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Pedir a Dios la fuerza para salir de mí mismo y poder adecuar, sin temor, mi voluntad a la suya.
Diálogo con Cristo
Jesús, te reconozco como mi Dios y Señor. Acepto el estilo de vida propuesto en tu Evangelio como el camino que me puede llevar a la santidad. Pero es un camino arduo y contracorriente, porque el mal tiene muchas caras y las tentaciones se multiplican. Ayúdame a no quejarme, a tener sabiduría y fortaleza, a defender siempre tu verdad y a buscar medios eficaces para mi formación permanente, para convertirme en un verdadero discípulo y misionero.