Propósitos para toda la familia en el Tiempo de Cuaresma

Propósitos para toda la familia en el Tiempo de Cuaresma

«Jesús indica cuáles son los instrumentos útiles para realizar la auténtica renovación interior y comunitaria: las obras de caridad (limosna), la oración y la penitencia (el ayuno)».

«Esos gestos exteriores, que se deben realizar para agradar a Dios y no para lograr la aprobación y el consenso de los hombres, son gratos a Dios si expresan la disposición del corazón para servirle sólo a él, con sencillez y generosidad».

«Ciertamente, el ayuno al que la Iglesia nos invita en este tiempo fuerte no brota de motivaciones de orden físico o estético, sino de la necesidad de purificación interior que tiene el hombre, para desintoxicarse de la contaminación del pecado y del mal; para formarse en las saludables renuncias que libran al creyente de la esclavitud de su propio yo; y para estar más atento y disponible a la escucha de Dios y al servicio de los hermanos. Por esta razón, la tradición cristiana considera el ayuno y las demás prácticas cuaresmales como «armas» espirituales para luchar contra el mal, contra las malas pasiones y los vicios».

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Miércoles de Ceniza, 21 de febrero de 2007

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Os presentamos esta serie de propósitos elaborada por el Departamento de Religión del colegio Eraín para vivir el espíritu de la Cuaresma en familia. Esta lista de propósitos puede ser modificada para adaptarse a las particularidades cotidianas de cada famiia y así poder establecer propósitos comunes para cada día de la Cuaresma.


Propósitos para la cuaresma

Miércoles de Ceniza:

Asistiré con toda mi familia a la iglesia para recibir la ceniza.

Jueves después de Ceniza:

Leeré un pasaje del evangelio sobre la Pasión de Jesús para conocer más de Él.

Viernes después de Ceniza:

Haré un sacrificio en la comida por amor a Jesús.

Sábado después de Ceniza:

Rezaré un misterio del Rosario por todos los que están alejados de Jesús.

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 Primera semana del Tiempo de Cuaresma

I Domingo de Cuaresma:

Me confesaré con mucha devoción para renovar mi amistad con Jesús.

Lunes I semana de Cuaresma: 

Cumpliré con mis responsabilidades con alegría y sin quejarme.

Martes I semana de Cuaresma: 

Haré un acto de caridad con alguien más sin que nadie se de cuenta.

Miércoles I semana de Cuaresma: 

Hablaré sólo cosas buenas y positivas de los demás.

Jueves I semana de Cuaresma: 

Rezaré un Padrenuestro con toda mi familia antes de comer pidiendo por las familias que no están unidas.

Viernes I semana de Cuaresma: 

Haré un sacrificio por amor a Jesús.

Sábado I semana de Cuaresma: 

Rezaré un misterio del Rosario ofreciéndolo por los que están en pecado mortal.

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 Segunda semana del Tiempo de Cuaresma

II Domingo de Cuaresma: 

Visitaré a Jesús durante 15 minutos en el sagrario.

Lunes II semana de Cuaresma: 

Daré algo mío a alguien que lo necesite más que yo.

Martes II semana de Cuaresma: 

Cumpliré con mis responsabilidades con alegría y sin quejarme.

Miércoles II semana de Cuaresma:

Haré un acto de caridad sin que nadie se de cuenta. 

Jueves II semana de Cuaresma: 

Leeré un pasaje del evangelio sobre la Pasión de Jesús para conocer más de Él.

Viernes II semana de Cuaresma: 

Rezaré el Vía Crucis.

Sábado II semana de Cuaresma: 

Rezaré un misterio del Rosario por los sacerdotes y misioneros.

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 Tercera semana del Tiempo de Cuaresma

III Domingo de Cuaresma:

Invitaré a misa a algún familiar o amigo que esté alejado de Dios.

Lunes III semana de Cuaresma: 

Ordenaré aquella área de mi casa que tengo más descuidada.

Martes III semana de Cuaresma: 

En la comida platicaremos de las cosas buenas que hemos recibido de Dios.

Miércoles III semana de Cuaresma: 

Haré un acto de caridad por alguien más sin que se den cuenta.

Jueves III semana de Cuaresma: 

Hablaré sólo cosas buenas y positivas de los demás.

Viernes III semana de Cuaresma: 

Perdonaré de corazón a todas las personas con las que pueda estar enojada o alejada.

Sábado III semana de Cuaresma: 

Rezaré un misterio del Rosario ofreciéndolo por todos los que aún no están bautizados.

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 Cuarta semana del Tiempo de Cuaresma

IV Domingo de Cuaresma:

Comulgaré con mucha devoción.

Lunes IV semana de Cuaresma: 

Leeré un pasaje del evangelio sobre la Pasión de Jesús para conocer más de Él.

Martes IV semana de Cuaresma: 

Cumpliré con mis responsabilidades con alegría y sin quejarme.

Miércoles IV semana de Cuaresma: 

Daré algo mío a alguien que lo necesite más que yo.

Jueves IV semana de Cuaresma: 

Rezaremos en familia antes de ir a dormir pidiendo por las familias desunidas.

Viernes IV semana de Cuaresma: 

Rezaré el Vía Crucis.

Sábado IV semana de Cuaresma: 

Rezaré un misterio del Rosario ofreciéndolo por los que están en pecado mortal.

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 Quinta semana del Tiempo de Cuaresma

V Domingo de Cuaresma:

Visitaré a Jesús durante 15 minutos en el sagrario.

Lunes V semana de Cuaresma: 

Haré un sacrificio en la comida por amor a Jesús.

Martes V semana de Cuaresma: 

Cumpliré con todas mis responsabilidades con alegría y sin quejarme.

Miércoles V semana de Cuaresma: 

Compartiré un consejo con alguien que lo necesite.

Jueves V semana de Cuaresma: 

Rezaré un Padrenuestro por el Santo Padre.

Viernes V semana de Cuaresma: 

Haré tres sacrificios ofreciéndolos por el arrepentimiento de los pecadores.

Sábado V semana de Cuaresma: 

Rezaré un misterio del Rosario por el arrepentimiento de las personas que ofenden a Dios.

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 Semana Santa: Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo 

Domingo de Ramos:

Participaré de los oficios del Domingo de Ramos.

Lunes Santo: 

Escribiré una carta para cada uno de los miembros de mi familia agradeciéndoles por su amor.

Martes Santo: 

Haré un sacrificio en la comida por amor a Jesús.

Miércoles Santo: 

Haré un acto de caridad sin que nadie se de cuenta.

Jueves Santo: 

Asistiré a los oficios para agradecer a Jesús que se quedó en la Eucaristía.

Viernes Santo: 

Rezaré el Vía Crucis en una iglesia.

Sábado Santo:

 Rezaré un Rosario para acompañar a María en su dolor.

Domingo de Resurrección: 

¡ALEGRÍA! Asistiré a misa para celebrar la victoria de Jesús sobre el pecado.

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Artículo original: ¿Qué es la Cuaresma?

Catequesis mariana: El Espíritu Santo en la Visitación

Catequesis mariana: El Espíritu Santo en la Visitación

(Para el 31 de mayo, fiesta de la Visitación de Nuestra Señora)

El Espíritu Santo en el episodio de la visitación

1. La verdad acerca del Espíritu Santo aparece claramente en los textos evangélicos que describen algunos momentos de la vida y de la misión de Cristo. Ya nos hemos detenido a reflexionar sobre la concepción virginal y sobre el nacimiento de Jesús por obra del Espíritu Santo. Hay otras páginas en el «evangelio de la infancia» en las que conviene fijar nuestra atención, porque en ellas se pone de relieve de modo especial la acción del Espíritu Santo.

Una de estas es seguramente la página en que el evangelista Lucas narra la visita de María a Isabel. Leemos que «en aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá» (Lc 1, 39). Por lo general se cree que se trata de la localidad de Ain-Karim, a 6 kilómetros al oeste de Jerusalén. María acude allí para estar al lado de su pariente Isabel, mayor que ella. Acude después de la Anunciación, de la que la visitación resulta casi un complemento. En efecto, el ángel había dicho a María: «Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril porque ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1, 36-37).

María se puso en camino «con prontitud» para dirigirse a la casa de Isabel, ciertamente por una necesidad del corazón, para prestarle un servicio afectuoso, como de hermana, en aquellos meses de avanzado embarazo. En su espíritu sensible y gentil florece el sentimiento de la solidaridad femenina, característico de esa circunstancia. Pero sobre ese fondo psicológico se inserta probablemente la experiencia de una especial comunión establecida entre ella e Isabel con el anuncio del ángel: el hijo que esperaba Isabel será precursor de Jesús y el que lo bautizará en el Jordán.

2. Gracias a esa comunión de espíritu se explica por qué el evangelista Lucas se apresura a poner de relieve la acción del Espíritu Santo en el encuentro de las dos futuras madres: María «entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo» (Lc 1, 40-41). Esta acción del Espíritu Santo, experimentada por Isabel de modo particularmente profundo en el momento del encuentro con María, está en relación con el misterioso destino del hijo que lleva en su seno. Ya el padre del niño, Zacarías, al recibir el anuncio del nacimiento de su hijo durante su servicio sacerdotal en el templo, escuchó que el ángel le decía: «Estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1, 15). En el momento de la visitación, cuando María cruza el umbral de la casa de Isabel (y juntamente con ella lo cruza también Aquel que ya es el «fruto de su seno»), Isabel experimenta de modo sensible aquella presencia del Espíritu Santo. Ella misma lo atestigua en el saludo que dirige a la joven madre que llega a visitarla.

3. En efecto, según el evangelio de Lucas, Isabel «exclamando con gran voz, dijo: ‘Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!’» (Lc 1, 42-45).

En pocas líneas el evangelista nos da a conocer el estremecimiento de Isabel, el salto de gozo del niño en su seno, la intuición, al menos confusa, de la identidad mesiánica del niño que María lleva en su seno, y el reconocimiento de la fe de María en la revelación que le hizo el Señor. Lucas usa desde esta página el título divino de «Señor» no sólo para hablar de Dios que revela y promete («Las palabras del Señor»), sino también del hijo de María, Jesús, a quien el Nuevo Testamento atribuye ese título sobre todo una vez resucitado (cf. Hch 2, 36; Flp 2, 11). Aquí él debe aún nacer. Pero Isabel, igual que María, percibe su grandeza mesiánica.

4. Eso significa que Isabel, «llena de Espíritu Santo», es introducida en las profundidades del misterio de la venida del Mesías. El Espíritu Santo obra en ella esta particular iluminación, que encuentra expresión en el saludo dirigido a María. Isabel habla como si hubiese sido partícipe y testigo de la Anunciación en Nazaret. Define con sus palabras la esencia misma del misterio que en aquel momento se realizó en María. Al decir «¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?», llama «mi Señor» al niño que María (desde hacía poco) lleva en su seno. Y además proclama a María misma «bendita entre las mujeres», y añade: «Feliz la que ha creído», como queriendo aludir a la actitud y al comportamiento de la esclava del Señor, que responde al ángel con su «fiat»«Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

5. El texto de Lucas manifiesta su convicción de que tanto en María como en Isabel actúa el Espíritu Santo, que las ilumina e inspira. Así como el Espíritu hizo percibir a María el misterio de la maternidad mesiánica realizada en la virginidad, de la misma manera da a Isabel la capacidad de descubrir a Aquel que María lleva en su seno y lo que María está llamada a ser en la economía de la salvación: la «Madre del Señor». Y le da el transporte interior que la impulsa a proclamar ese descubrimiento «con gran voz» (Lc 1, 42), con aquel entusiasmo y aquella alegría que son también fruto del Espíritu Santo. La madre del futuro predicador y bautizador del Jordán atribuye ese gozo al niño que desde hace seis meses lleva en su seno: «saltó de gozo el niño en mi seno». Pero tanto el hijo como la madre se encuentran unidos en una especie de simbiosis espiritual, por la que el júbilo del niño casi contagia a la que lo concibió, e Isabel lanza aquel grito con el que expresa el gozo que la une a su hijo en lo más íntimo, como atestigua Lucas.

6. Siempre según la narración de Lucas, del alma de María brota un canto de júbilo, el Magnificat, en el que también ella expresa su alegría: «Mi espíritu se alegra en Dios mi salvador» (Lc 1, 47). Educada como estaba en el culto de la palabra de Dios, conocida mediante la lectura y la meditación de la Sagrada Escritura, María en aquel momento sintió que subían de lo más hondo de su alma los versos del cántico de Ana, madre de Samuel (cf. 1 S 2, 1-10) y de otros pasajes del Antiguo Testamento, para dar expresión a los sentimientos de la «hija de Sión», que en ella encontraba la más alta realización. Y eso lo comprendió muy bien el evangelista Lucas gracias a las confidencias que directa o indirectamente recibió de María. Entre estas confidencias debió de estar la de la alegría que unió a las dos madres en aquel encuentro, como fruto del amor que vibraba en sus corazones. Se trataba del Espíritu-Amor trinitario, que se revelaba en los umbrales de la «plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4), inaugurada en el misterio de la encarnación del Verbo. Ya en aquel feliz momento se realizaba lo que Pablo diría después: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz» (Ga 5, 22).

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Santo Padre Juan Pablo II

Audiencia General del miércoles 13 de junio de 1990

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Catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II

Catequesis mariana: María en las bodas de Caná

Catequesis mariana: María en las bodas de Caná

1. En el episodio de las bodas de Caná, san Juan presenta la primera intervención de María en la vida pública de Jesús y pone de relieve su cooperación en la misión de su Hijo.

Ya desde el inicio del relato, el evangelista anota que «estaba allí la madre de Jesús» (Jn 2, 1) y, como para sugerir que esa presencia estaba en el origen de la invitación dirigida por los esposos al mismo Jesús y a sus discípulos (cf. Redemptoris Mater, 21), añade: «Fue invitado a la boda también Jesús con sus discípulos» (Jn 2, 2). Con esas palabras, san Juan parece indicar que en Caná, como en el acontecimiento fundamental de la Encarnación, María es quien introduce al Salvador.

El significado y el papel que asume la presencia de la Virgen se manifiesta cuando llega a faltar el vino. Ella, como experta y solícita ama de casa, inmediatamente se da cuenta e interviene para que no decaiga la alegría de todos y, en primer lugar, para ayudar a los esposos en su dificultad. Dirigiéndose a Jesús con las palabras: «No tienen vino» (Jn 2, 3), María le expresa su preocupación por esa situación, esperando una intervención que la resuelva. Más precisamente, según algunos exegetas, la Madre espera un signo extraordinario, dado que Jesús no disponía de vino.

2. La opción de María, que habría podido tal vez conseguir en otra parte el vino necesario, manifiesta la valentía de su fe porque, hasta ese momento, Jesús no había realizado ningún milagro, ni en Nazaret ni en la vida pública.

En Caná, la Virgen muestra una vez más su total disponibilidad a Dios. Ella que, en la Anunciación, creyendo en Jesús antes de verlo, había contribuido al prodigio de la concepción virginal, aquí, confiando en el poder de Jesús aún sin revelar, provoca su «primer signo», la prodigiosa transformación del agua en vino.

De ese modo, María precede en la fe a los discípulos que, como refiere san Juan, creerán después del milagro: Jesús «manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos» (Jn 2, 11). Más aún, al obtener el signo prodigioso, María brinda un apoyo a su fe.

3. La respuesta de Jesús a las palabras de María: «Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Todavía no ha llegado mi hora » (Jn 2, 4), expresa un rechazo aparente, €como para probar la fe de su madre.

Según una interpretación, Jesús, desde el inicio de su misión, parece poner en tela de juicio su relación natural de hijo, ante la intervención de su madre. En efecto, en la lengua hablada del ambiente, esa frase da a entender una distancia entre las personas, excluyendo la comunión de vida. Esta lejanía no elimina el respeto y la estima; el término «mujer», con el que Jesús se dirige a su madre, se usa en una acepción que reaparecerá en los diálogos con la cananea (cf. Mt 15, 28), la samaritana (cf. Jn 4, 21), la adúltera (cf. Jn 8, 10) y María Magdalena (cf. Jn 20, 13), en contextos que manifiestan una relación positiva de Jesús con sus interlocutoras.

Con la expresión: «Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti?», Jesús desea poner la cooperación de María en el plano de la salvación que, comprometiendo su fe y su esperanza, exige la superación de su papel natural de madre.

4. Mucho más fuerte es la motivación formulada por Jesús: «Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2, 4).

Algunos estudiosos del texto sagrado, siguiendo la interpretación de san Agustín, identifican esa «hora» con el acontecimiento de la Pasión. Para otros, en cambio, se refiere al primer milagro en que se revelaría el poder mesiánico del profeta de Nazaret. Hay otros, por último, que consideran que la frase es interrogativa y prolonga la pregunta anterior: «¿Qué nos va a mí y a ti? ¿no ha llegado ya mi hora?» (Jn 2, 4). Jesús da a entender a María que él ya no depende de ella, sino que debe tomar la iniciativa para realizar la obra del Padre. María, entonces, dócilmente deja de insistir ante él y, en cambio, se dirige a los sirvientes para invitarlos a cumplir sus órdenes.

En cualquier caso, su confianza en el Hijo es premiada. Jesús, al que ella ha dejado totalmente la iniciativa, hace el milagro, reconociendo la valentía y la docilidad de su madre: «Jesús les dice: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta el borde» (Jn 2, 7). Así, también la obediencia de los sirvientes contribuye a proporcionar vino en abundancia.

La exhortación de María: «Haced lo que él os diga», conserva un valor siempre actual para los cristianos de todos los tiempos, y está destinada a renovar su efecto maravilloso en la vida de cada uno. Invita a una confianza sin vacilaciones, sobre todo cuando no se entienden el sentido y la utilidad de lo que Cristo pide.

De la misma manera que en el relato de la cananea (cf. Mt 15, 24-26) el rechazo aparente de Jesús exalta la fe de la mujer, también las palabras del Hijo «Todavía no ha llegado mi hora», junto con la realización del primer milagro, manifiestan la grandeza de la fe de la Madre y la fuerza de su oración.

El episodio de las bodas de Caná nos estimula a ser valientes en la fe y a experimentar en nuestra vida la verdad de las palabras del Evangelio: «Pedid y se os dará» (Mt 7, 7; Lc 11, 9).

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Santo Padre Juan Pablo II

Audiencia General del miércoles 26 de febrero de 1997

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Catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II


Catequesis mariana: El Misterio de la Encarnación

Catequesis mariana: El Misterio de la Encarnación

El Espíritu Santo y María en la concepción virginal de Jesús 

1. Todo el «evento» de Jesucristo se explica mediante la acción del Espíritu Santo, como se dijo en la catequesis anterior. Por esto, una lectura correcta y profunda del «evento» de Jesucristo ―y de cada una de sus etapas― es para nosotros el camino privilegiado para alcanzar el pleno conocimiento del Espíritu Santo. La verdad sobre la tercera Persona de la Santísima Trinidad la leemos sobre todo en la vida del Mesías: de Aquel que fue «consagrado con el Espíritu» (cf. Hch 10, 38). Es una verdad especialmente clara en algunos momentos de la vida de Cristo, sobre los cuales reflexionaremos también en las catequesis sucesivas. El primero de estos momentos es la misma Encarnación, es decir, la venida al mundo del Verbo de Dios, que en la concepción asumió la naturaleza humana y nació de María por obra del Espíritu Santo: «Conceptus de Spiritu Sancto, natus ex Maria Virgine», como decimos en el Símbolo de la fe.

2. Es el misterio encerrado en el hecho del que nos habla el evangelio en las dos redacciones de Mateo y de Lucas, a las que acudimos como fuentes substancialmente idénticas, pero a la vez complementarias. Si se atiende al orden cronológico de los acontecimientos narrados se tendría que comenzar por Lucas; pero para la finalidad de nuestra catequesis es oportuno tomar como punto de partida el texto de Mateo, en el cual se da la explicación formal de la concepción y del nacimiento de Jesús (quizá en relación con las primeras habladurías que circulaban en los ambientes judíos hostiles). El Evangelista escribe: «La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1, 18). El Evangelista añade que a José le informó de este hecho un mensajero divino: «El Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo’» (Mt 1, 20).

La intención de Mateo es, por tanto, afirmar de modo inequivocable el origen divino de ese hecho, que él atribuye a la intervención del Espíritu Santo. Esta es la explicación que hizo texto para las comunidades cristianas de los primeros siglos, de las cuales provienen tanto los Evangelios como los símbolos de la fe, las definiciones conciliares y las tradiciones de los Padres.

A su vez, el texto de Lucas nos ofrece una precisión sobre el momento y el modo en el que la maternidad virginal de María tuvo origen por obra del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 26-38). He aquí las palabras del mensajero, que narra Lucas: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35).

3. Entretanto notamos que la sencillez, viveza y concisión con las que Mateo y Lucas refieren las circunstancias concretas de la Encarnación del Verbo, de la que el prólogo del IV Evangelio ofrecerá después una profundización teológica, nos hacen descubrir qué lejos está nuestra fe del ámbito mitológico al que queda reducido el concepto de un Dios que se ha hecho hombre, en ciertas interpretaciones religiosas, incluso contemporáneas. Los textos evangélicos, en su esencia, rebosan de verdad histórica por su dependencia directa o indirecta de testimonios oculares y sobre todo de María, como de fuente principal de la narración. Pero, al mismo tiempo, dejan trasparentar la convicción de los Evangelistas y de las primeras comunidades cristianas sobre la presencia de un misterio, o sea, de una verdad revelada en aquel acontecimiento ocurrido «por obra del Espíritu Santo». El misterio de una intervención divina en la Encarnación, como evento real, literalmente verdadero, si bien no verificable por la experiencia humana, más que en el «signo» (cf. Lc 2, 12) de la humanidad, de la «carne», como dice Juan (1, 14), un signo ofrecido a los hombres humildes y disponibles a la atracción de Dios. Los Evangelistas, la lectura apostólica y post-apostólica y la tradición cristiana nos presentan la Encarnación como evento histórico y no como mito o como narración simbólica. Un evento real, que en la «plenitud de los tiempos» (cf. Ga 4, 4) actuó lo que en algunos mitos de la antigüedad podía presentirse como un sueño o como el eco de una nostalgia, o quizá incluso de un presagio sobre una comunión perfecta entre el hombre y Dios. Digamos sin dudar: la Encarnación del Verbo y la intervención del Espíritu Santo, que los autores de los evangelios nos presentan como un hecho histórico a ellos contemporáneo, son consiguientemente misterio, verdad revelada, objeto de fe.

4. Nótese la novedad y originalidad del evento también en relación con las escrituras del Antiguo Testamento, las cuales hablaban sólo de la venida del Espíritu (Santo) sobre el futuro Mesías: «Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh» (Is 11, 1-2); o bien: «El espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh» (Is 61, 1). El evangelio de Lucas habla, en cambio, de la venida del Espíritu Santo sobre María, cuando se convierte en la Madre del Mesías. De esta novedad forma parte también el hecho de que la venida del Espíritu Santo esta vez atañe a una mujer, cuya especial participación en la obra mesiánica de la salvación se pone de relieve. Resalta así al mismo tiempo el papel de la Mujer en la Encarnación y el vínculo entre la Mujer y el Espíritu Santo en la venida de Cristo. Es una luz encendida también sobre el misterio de la Mujer, que se deberá investigar e ilustrar cada vez más en la historia por lo que se refiere a María, pero también en sus reflejos en la condición y misión de todas las mujeres.

5. Otra novedad de la narración evangélica se capta en la confrontación con las narraciones de los nacimientos milagrosos que nos transmite el Antiguo Testamento (cf. por ejemplo, 1 S 1, 4-20; Jc 13, 2-24). Esos nacimientos se producían por el camino habitual de la procreación humana, aunque de modo insólito, y en su anuncio no se hablaba del Espíritu Santo. En cambio, en la anunciación de María en Nazaret, por primera vez se dice que la concepción y el nacimiento del Hijo de Dios como hijo suyo se realizará por obra del Espíritu Santo. Se trata de concepción y nacimiento virginales, como indica ya el texto de Lucas con la pregunta de María al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1, 34). Con estas palabras María afirma su virginidad, y no sólo como hecho, sino también, implícitamente, como propósito.

Se comprende mejor esa intención de un don total de sí a Dios en la virginidad, si se ve en ella un fruto de la acción del Espíritu Santo en María. Esto se puede percibir por el saludo mismo que el ángel le dirige: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 28). El Evangelista también dirá del anciano Simeón que «este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo» (Lc 2, 25). Pero las palabras dirigidas a María dicen mucho más: afirman que Ella estaba «transformada por la gracia»«establecida en la gracia». Esta singular abundancia de gracia no puede ser más que el fruto de una primera acción del Espíritu Santo como preparación al misterio de la Encarnación. El Espíritu Santo hace que María esté perfectamente preparada para ser la Madre del Hijo de Dios y que, en consideración de esta divina maternidad, Ella sea y permanezca virgen. Es otro elemento del misterio de la Encarnación que se trasluce del hecho narrado por los evangelios.

6. Por lo que se refiere a la decisión de María en favor de la virginidad nos damos cuenta mejor que se debe a la acción del Espíritu Santo si consideramos que en la tradición de la Antigua Alianza, en la que Ella vivió y se educó, la aspiración de las «hijas de Israel», incluso por lo que se refiere al culto y a la Ley de Dios, se ponía más bien en el sentido de la maternidad, de forma que la virginidad no era un ideal abrazado e incluso ni siquiera apreciado. Israel estaba totalmente invadido del sentimiento de espera del Mesías, de forma que la mujer estaba psicológicamente orientada hacia la maternidad incluso en función del adviento mesiánico, la tendencia personal y étnica subía así al nivel de la profecía que penetraba la historia de Israel, pueblo en el que la espera mesiánica y la función generadora de la mujer estaban estrechamente vinculadas. Así, pues, el matrimonio tenía una perspectiva religiosa para las «hijas de Israel».

Pero los caminos del Señor eran diversos. El Espíritu Santo condujo a María precisamente por el camino de la virginidad, por el cual Ella está en el origen del nuevo ideal de consagración total ―alma y cuerpo, sentimiento y voluntad, mente y corazón― en el pueblo de Dios en la Nueva Alianza, según la invitación de Jesús, «por el Reino de los Cielos» (Mt 19, 12). De este nuevo ideal evangélico hablé en la Carta Apostólica Mulieris dignitatem (n. 20).

7. María, Madre del Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo, permanece como Virgen el insustituible punto de referencia para la acción salvífica de Dios. Tampoco nuestros tiempos, que parecen ir en otra dirección, pueden ofuscar la luz de la virginidad (el celibato por el Reino de Dios) que el Espíritu Santo ha inscrito de modo tan claro en el misterio de la Encarnación del Verbo. Aquel que, «concebido del Espíritu Santo, nació de María Virgen» , debe su nacimiento y existencia humana a aquella maternidad virginal que hizo de María el emblema viviente de la dignidad de la mujer, la síntesis de las dos grandezas, humanamente inconciliables ―precisamente la maternidad y la virginidad― y como la certificación de la verdad de la Encarnación. María es verdadera madre de Jesús, pero sólo Dios es su padre, por obra del Espíritu Santo.

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Santo Padre Juan Pablo II

Audiencia General del miércoles 4 de abril de 1990

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Catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II

 

Catequesis mariana: La Santidad perfecta de María

Catequesis mariana: La Santidad perfecta de María

1. En María, llena de gracia, la Iglesia ha reconocido a la «toda santa, libre de toda mancha de pecado, (…) enriquecida desde el primer instante de su concepción con una resplandeciente santidad del todo singular» (Lumen gentium, 56).

Este reconocimiento requirió un largo itinerario de reflexión doctrinal, que llevó a la proclamación solemne del dogma de la Inmaculada Concepción.

El término «hecha llena de gracia» que el ángel aplica a María en la Anunciación se refiere al excepcional favor divino concedido a la joven de Nazaret con vistas a la maternidad anunciada, pero indica más directamente el efecto de la gracia divina en María, pues fue colmada, de forma íntima y estable, por la gracia divina y, por tanto, santificada. El calificativo «llena de gracia» tiene un significado densísimo, que el Espíritu Santo ha impulsado siempre a la Iglesia a profundizar.

2. En la catequesis anterior puse de relieve que en el saludo del ángel la expresión llena de gracia equivale prácticamente a un nombre: es el nombre de María a los ojos de Dios. Según la costumbre semítica, el nombre expresa la realidad de las personas y de las cosas a que se refiere. Por consiguiente, el título llena de gracia manifiesta la dimensión más profunda de la personalidad de la joven de Nazaret: de tal manera estaba colmada de gracia y era objeto del favor divino, que podía ser definida por esta predilección especial.

El Concilio recuerda que a esa verdad aludían los Padres de la Iglesia cuando llamaban a María la toda santa, afirmando al mismo tiempo que era «una criatura nueva, creada y formada por el Espíritu Santo» (Lumen gentium, 56).

La gracia, entendida en su sentido de gracia santificante que lleva a cabo la santidad personal, realizó en María la nueva creación, haciéndola plenamente conforme al proyecto de Dios.

3. Así, la reflexión doctrinal ha podido atribuir a María una perfección de santidad que, para ser completa, debía abarcar necesariamente el origen de su vida.

A esta pureza original parece que se refería un obispo de Palestina, que vivió entre los años 550 y 650, Theoteknos de Livias. Presentando a María como «santa y toda hermosa»«pura y sin mancha», alude a su nacimiento con estas palabras: «Nace como los querubines la que está formada por una arcilla pura e inmaculada» (Panegírico para la fiesta de la Asunción, 5-6).

Esta última expresión, recordando la creación del primer hombre, formado por una arcilla no manchada por el pecado, atribuye al nacimiento de María las mismas características: también el origen de la Virgen fue puro e inmaculado, es decir, sin ningún pecado. Además, la comparación con los querubines reafirma la excelencia de la santidad que caracterizó la vida de María ya desde el inicio de su existencia.

La afirmación de Theoteknos marca una etapa significativa de la reflexión teológica sobre el misterio de la Madre del Señor. Los Padres griegos y orientales habían admitido una purificación realizada por la gracia en María tanto antes de la Encarnación (san Gregorio Nacianceno, Oratio 38, 16) como en el momento mismo de la Encarnación (san Efrén, Javeriano de Gabala y Santiago de Sarug). Theoteknos de Livias parece exigir para María una pureza absoluta ya desde el inicio de su vida. En efecto, la mujer que estaba destinada a convertirse en Madre del Salvador no podía menos de tener un origen perfectamente santo, sin mancha alguna.

4. En el siglo VIII, Andrés de Creta es el primer teólogo que ve en el nacimiento de María una nueva creación. Argumenta así: «Hoy la humanidad, en todo el resplandor de su nobleza inmaculada, recibe su antigua belleza. Las vergüenzas del pecado habían oscurecido el esplendor y el atractivo de la naturaleza humana; pero cuando nace la Madre del Hermoso por excelencia, esta naturaleza recupera, en su persona, sus antiguos privilegios, y es formada según un modelo perfecto y realmente digno de Dios. (…) Hoy comienza la reforma de nuestra naturaleza, y el mundo envejecido, que sufre una transformación totalmente divina, recibe las primicias de la segunda creación» (Sermón I, sobre el nacimiento de María).

Más adelante, usando la imagen de la arcilla primitiva, afirma: «El cuerpo de la Virgen es una tierra que Dios ha trabajado, las primicias de la masa adamítica divinizada en Cristo, la imagen realmente semejante a la belleza primitiva, la arcilla modelada por las manos del Artista divino» (Sermón I, sobre la dormición de María).

La Concepción pura e inmaculada de María aparece así como el inicio de la nueva creación. Se trata de un privilegio personal concedido a la mujer elegida para ser la Madre de Cristo, que inaugura el tiempo de la gracia abundante, querido por Dios para la humanidad entera.

Esta doctrina, recogida en el mismo siglo VIII por san Germán de Constantinopla y por san Juan Damasceno, ilumina el valor de la santidad original de María, presentada como el inicio de la redención del mundo.

De este modo, la reflexión eclesial ha recibido y explicitado el sentido auténtico del título llena de gracia, que el ángel atribuye a la Virgen santa. María está llena de gracia santificante, y lo está desde el primer momento de su existencia. Esta gracia, según la carta a los Efesios (Ef 1, 6), es otorgada en Cristo a todos los creyentes. La santidad original de María constituye el modelo insuperable del don y de la difusión de la gracia de Cristo en el mundo.

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Santo Padre Juan Pablo II

Audiencia General del miércoles, 15 de mayo de 1996

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Catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II


Catequesis mariana: María, la «llena de gracia»

Catequesis mariana: María, la «llena de gracia»

1. En el relato de la Anunciación, la primera palabra del saludo del ángel ―Alégrate― constituye una invitación a la alegría que remite a los oráculos del Antiguo Testamento dirigidos a la hija de Sión. Lo hemos puesto de relieve en la catequesis anterior, explicando también los motivos en los que se funda esa invitación: la presencia de Dios en medio de su pueblo, la venida del rey mesiánico y la fecundidad materna. Estos motivos encuentran en María su pleno cumplimiento.

El ángel Gabriel, dirigiéndose a la Virgen de Nazaret, después del saludo «alégrate», la llama «llena de gracia». Esas palabras del texto griego: «alégrate» «llena de gracia», tienen entre sí una profunda conexión: María es invitada a alegrarse sobre todo porque Dios la ama y la ha colmado de gracia con vistas a la maternidad divina.

La fe de la Iglesia y la experiencia de los santos enseñan que la gracia es la fuente de alegría y que la verdadera alegría viene de Dios. En María, como en los cristianos, el don divino es causa de un profundo gozo.

2. «Llena de gracia»: esta palabra dirigida a María se presenta como una calificación propia de la mujer destinada a convertirse en la madre de Jesús. Lo recuerda oportunamente la constitución Lumen gentium, cuando afirma: «La Virgen de Nazaret es saludada por el ángel de la Anunciación, por encargo de Dios, como ‘llena de gracia’» (n. 56).

El hecho de que el mensajero celestial la llame así confiere al saludo angélico un valor más alto: es manifestación del misterioso plan salvífico de Dios con relación a María. Como escribí en la encíclica Redemptoris Mater: «La plenitud de gracia indica la dádiva sobrenatural, de la que se beneficia María porque ha sido elegida y destinada a ser Madre de Cristo» (n. 9).

Llena de gracia es el nombre que María tiene a los ojos de Dios. En efecto, el ángel, según la narración del evangelista san Lucas, lo usa incluso antes de pronunciar el nombre de María, poniendo así de relieve el aspecto principal que el Señor ve en la personalidad de la Virgen de Nazaret.

La expresión «llena de gracia» traduce la palabra griega «kexaritomene», la cual es un participio pasivo. Así pues, para expresar con más exactitud el matiz del término griego, no se debería decir simplemente llena de gracia, sino «hecha llena de gracia» «colmada de gracia», lo cual indicaría claramente que se trata de un don hecho por Dios a la Virgen. El término, en la forma de participio perfecto, expresa la imagen de una gracia perfecta y duradera que implica plenitud. El mismo verbo, en el significado de «colmar de gracia», es usado en la carta a los Efesios para indicar la abundancia de gracia que nos concede el Padre en su Hijo amado (cf. Ef 1, 6). María la recibe como primicia de la Redención (cf. Redemptoris Mater, 10).

3. En el caso de la Virgen, la acción de Dios resulta ciertamente sorprendente. María no posee ningún título humano para recibir el anuncio de la venida del Mesías. Ella no es el sumo sacerdote, representante oficial de la religión judía, y ni siquiera un hombre, sino una joven sin influjo en la sociedad de su tiempo. Además, es originaria de Nazaret, aldea que nunca cita el Antiguo Testamento y que no debía gozar de buena fama, como lo dan a entender las palabras de Natanael que refiere el evangelio de san Juan: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1, 46).

El carácter extraordinario y gratuito de la intervención de Dios resulta aún más evidente si se compara con el texto del evangelio de san Lucas que refiere el episodio de Zacarías. Ese pasaje pone de relieve la condición sacerdotal de Zacarías, así como la ejemplaridad de vida, que hace de él y de su mujer Isabel modelos de los justos del Antiguo Testamento: «Caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor» (Lc 1, 6).

En cambio, ni siquiera se alude al origen de María. En efecto, la expresión «de la casa de David» (Lc 1, 27) se refiere sólo a José. No se dice nada de la conducta de María. Con esa elección literaria, san Lucas destaca que en ella todo deriva de una gracia soberana. Cuanto le ha sido concedido no proviene de ningún título de mérito, sino únicamente de la libre y gratuita predilección divina.

4. Al actuar así, el evangelista ciertamente no desea poner en duda el excelso valor personal de la Virgen santa. Más bien, quiere presentar a María como puro fruto de la benevolencia de Dios, quien tomó de tal manera posesión de ella, que la hizo, como dice el ángel, llena de gracia. Precisamente la abundancia de gracia funda la riqueza espiritual oculta en María.

En el Antiguo Testamento, Yahveh manifiesta la sobreabundancia de su amor de muchas maneras y en numerosas circunstancias. En María, en los albores del Nuevo Testamento, la gratuidad de la misericordia divina alcanza su grado supremo. En ella la predilección de Dios, manifestada al pueblo elegido y en particular a los humildes y a los pobres, llega a su culmen.

La Iglesia, alimentada por la palabra del Señor y por la experiencia de los santos, exhorta a los creyentes a dirigir su mirada hacia la Madre del Redentor y a sentirse como ella amados por Dios. Los invita a imitar su humildad y su pobreza, para que, siguiendo su ejemplo y gracias a su intercesión, puedan perseverar en la gracia divina que santifica y transforma los corazones.

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Santo Padre Juan Pablo II

Audiencia General del miércoles, 8 de mayo de 1996

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Catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II

Catequesis mariana: La nueva Hija de Sión

Catequesis mariana: La nueva Hija de Sión

1. En el momento de la Anunciación María, «excelsa Hija de Sión» (Lumen gentium, 55), recibe el saludo del ángel como representante de la humanidad, llamada a dar su consentimiento a la encarnación del Hijo de Dios.

La primera palabra que el ángel le dirige es una invitación a la alegría: chaire, es decir, alégrate. El término griego fue traducido al latín con Ave, una sencilla expresión de saludo, que no parece corresponder plenamente a las intenciones del mensajero divino y al contexto en que tiene lugar el encuentro.

Ciertamente, chaire era también una fórmula de saludo, que solían usar a menudo los griegos, pero las circunstancias extraordinarias en que es pronunciada no pertenecen al clima de un encuentro habitual. En efecto, no conviene olvidar que el ángel es consciente de que trae un anuncio único en la historia de la humanidad; de ahí que un saludo sencillo y usual sería inadecuado. Por el contrario, parece más apropiado a esa circunstancia excepcional la referencia al significado originario de la expresión chaire, que es alégrate.

Como han notado constantemente sobre todo los Padres griegos citando varios oráculos proféticos, la invitación a la alegría conviene especialmente al anuncio de la venida del Mesías.

2. El pensamiento se dirige, ante todo, al profeta Sofonías. El texto de la Anunciación presenta un paralelismo notable con su oráculo: «¡Exulta, hija de Sión, da voces jubilosas, Israel; alégrate con todo el corazón, hija de Jerusalén!» (So 3, 14). Ese oráculo incluye una invitación a la alegría: «Alégrate con todo el corazón» (v. 14); una alusión a la presencia del Señor: «El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti» (v. 15); la exhortación a no tener miedo: «No temas, Sión. No desmayen tus manos» (v. 16); y la promesa de la intervención salvífica de Dios: «En medio de ti está el Señor como poderoso salvador» (v. 17). Las semejanzas son tan numerosas y exactas que llevan a reconocer en María a la nueva hija de Sión, que tiene pleno motivo para alegrarse porque Dios ha decidido realizar su plan de salvación.

Una invitación análoga a la alegría, aunque en un contexto diverso, viene de la profecía de Joel: «No temas, suelo; alégrate y regocíjate, porque el Señor hace grandezas (…). Sabréis que en medio de Israel estoy yo» (Jl 2, 21. 27).

3. También es significativo el oráculo de Zacarías, citado a propósito del ingreso de Jesús en Jerusalén (cf. Mt 21, 5; Jn 12, 15). En él el motivo de la alegría es la venida del rey mesiánico: «¡Alégrate sobremanera, hija de Sión; grita de júbilo, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey, justo y victorioso, humilde (…). Proclamará la paz a las naciones» (Za 9, 9­10).

Por último, de la numerosa posteridad, signo de bendición divina, el libro de Isaías hace brotar el anuncio de alegría para la nueva Sión: «Regocíjate, estéril que no das a luz; rompe en gritos de júbilo y alegría, la que no ha tenido los dolores, porque son más numerosos los hijos de la abandonada que los de la casada, dice el Señor» (Is 54, 1).

Los tres motivos de la invitación a la alegría la presencia salvífica de Dios en medio de su pueblo, la venida del rey mesiánico y la fecundidad gratuita y superabundante— encuentran en María su plena realización y legitiman el rico significado que la tradición atribuye al saludo del ángel. Éste, invitándola a dar su asentimiento a la realización de la promesa mesiánica y anunciándole la altísima dignidad de Madre del Señor, no podía menos de exhortarla a la alegría. En efecto, como nos recuerda el Concilio: «Con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación. Es el momento en que el Hijo de Dios tomó de María la naturaleza humana para librar al hombre del pecado por medio de los misterios vividos en su carne» (Lumen gentium, 55).

4. El relato de la Anunciación nos permite reconocer en María a la nueva hija de Sión, invitada por Dios a una gran alegría. Expresa su papel extraordinario de madre del Mesías; más aún, de madre del Hijo de Dios. La Virgen acoge el mensaje en nombre del pueblo de David, pero podemos decir que lo acoge en nombre de la humanidad entera porque el Antiguo Testamento extendía a todas las naciones el papel del Mesías davídico (cf. Sal 2, 8; 72, 8). En la intención de Dios, el anuncio dirigido a ella se orienta a la salvación universal.

Como confirmación de esa perspectiva universal del plan de Dios, podemos recordar algunos textos del Antiguo y del Nuevo Testamento que comparan la salvación a un gran banquete de todos los pueblos en el monte Sión (cf. Is 25, 6 ss) y que anuncian el banquete final del reino de Dios (cf. Mt 22, 1­10).

Como hija de Sión, María es la Virgen de la alianza que Dios establece con la humanidad entera. Está claro el papel representativo de María en ese acontecimiento. Y es significativo que sea una mujer quien desempeñe esa misión.

5. En efecto, como nueva hija de Sión, María es particularmente idónea para entrar en la alianza esponsal con Dios. Ella puede ofrecer al Señor, más y mejor que cualquier miembro del pueblo elegido, un verdadero corazón de Esposa.

Con María, la hija de Sión ya no es simplemente un sujeto colectivo, sino una persona que representa a la humanidad y, en el momento de la Anunciación, responde a la propuesta del amor divino con su amor esponsal. Ella acoge así, de modo muy particular, la alegría anunciada por los oráculos proféticos, una alegría que aquí, en el cumplimiento del plan divino, alcanza su cima.

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Santo Padre Juan Pablo II

Audiencia General del miércoles, 1 de mayo de 1996

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Catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II

Catequesis mariana: Anuncio de la Maternidad Mesiánica

Catequesis mariana: Anuncio de la Maternidad Mesiánica

1. Tratando de la figura de María en el Antiguo Testamento, el Concilio (cf. Lumen gentium, 55) se refiere al conocido texto de Isaías, que ha atraído de modo particular la atención de los primeros cristianos: «He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7, 14).

En el contexto del anuncio del ángel, que invita a José a tomar consigo a María su esposa, «porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo», Mateo atribuye un significado cristológico y mariano al oráculo. En efecto, añade: «Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que quiere decir: ‘Dios con nosotros’» (Mt 1, 22-23).

2. Esta profecía, en el texto hebreo, no anuncia explícitamente el nacimiento virginal del Emmanuel. En efecto, el vocablo usado (almah) significa simplemente una mujer joven, no necesariamente una virgen. Además, es sabido que la tradición judaica no proponía el ideal de la virginidad perpetua, ni había expresado nunca la idea de una maternidad virginal.

Por el contrario, en la traducción griega, el vocablo hebreo se tradujo con el término párthenos, virgen. En este hecho, que podría parecer simplemente una particularidad de la traducción, debemos reconocer una misteriosa orientación dada por el Espíritu Santo a las palabras de Isaías, para preparar la comprensión del nacimiento extraordinario del Mesías. La traducción con el término virgen se explica basándose en el hecho de que el texto de Isaías prepara con gran solemnidad el anuncio de la concepción y lo presenta como un signo divino (cf. Is 7, 10-14), suscitando la espera de una concepción extraordinaria. Ahora bien, que una mujer joven conciba un hijo después de haberse unido al marido no constituye un hecho extraordinario. Por otra parte, el oráculo no alude de ningún modo al marido. Esa formulación sugería, por tanto, la interpretación que después se dio en la versión griega.

3. En el contexto original, el oráculo de Isaías 7, 14 constituía la respuesta divina a una falta de fe del rey Acaz, que, frente a la amenaza de una invasión de los ejércitos de los reyes vecinos, buscaba su salvación y la de su reino en la protección de Asiria. Al aconsejarle que pusiera su confianza sólo en Dios, y renunciara a la temible intervención asiria, el profeta Isaías lo invita en nombre del Señor a un acto de fe en el poder divino: «Pide para ti una señal del Señor tu Dios…». Ante el rechazo del rey, que prefiere buscar la salvación en la ayuda humana, el profeta pronuncia el célebre oráculo: «Oíd, pues, casa de David: ¿Os parece poco cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7, 13-14).

El anuncio del signo del Emmanuel, Dios con nosotros, implica la promesa de la presencia divina en la historia que encontrará su pleno significado en el misterio de la encarnación del Verbo.

4. En el anuncio del nacimiento prodigioso del Emmanuel, la indicación de la mujer que concibe y da a luz muestra cierta intención de unir la madre al destino del hijo ―un príncipe destinado a establecer un reino ideal, el reino mesiánico―, y permite vislumbrar un designio divino particular, que destaca el papel de la mujer.

En efecto, el signo no es sólo el niño, sino también la concepción extraordinaria, revelada después en el parto, acontecimiento pleno de esperanza que subraya el papel central de la madre.

Además, el oráculo del Emmanuel se ha de entender en la perspectiva que abrió la promesa hecha a David, promesa que se lee en el segundo libro de Samuel. Aquí el profeta Natán promete al rey el favor divino para su descendiente: «Él constituirá una casa para mi Nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre y él será para mí hijo» (2 S 7, 13-14).

Ante la estirpe davídica, Dios quiere desempeñar una función paternal, que manifestará su significado pleno y auténtico en el Nuevo Testamento, con la encarnación del Hijo de Dios en la familia de David (cf. Rm 1, 3).

5. El mismo profeta Isaías, en otro texto muy conocido, reafirma el carácter excepcional del nacimiento del Emmanuel. Estas son sus palabras: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y es su nombre «Maravilla de consejero», «Dios fuerte», «Padre perpetuo» «Príncipe de paz»» (Is 9, 5). Así, en la serie de nombres dados al niño, el profeta expresa las cualidades de su misión real: sabiduría, fuerza, benevolencia paterna y acción pacificadora.

Aquí ya no se nombra a la madre, pero la exaltación del hijo, que da al pueblo todo lo que puede esperarse en el reino mesiánico, la comparte también la mujer que lo ha concebido y dado a luz.

6. Del mismo modo, un famoso oráculo de Miqueas alude al nacimiento del Emmanuel. Dice el profeta: «Mas tú Belén de Efratá, aunque eres la menor entre las aldeas de Judá, de ti ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño. Por eso él los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz…» (Mi 5 1-2). En estas palabras resuena la espera de un parto rebosante de esperanza mesiánica, en el que se resalta, una vez más el papel de la madre, recordada y exaltada explícitamente por el admirable acontecimiento que trae gozo y salvación.

7. El favor que Dios concedió a los humildes y a los pobres (cf. Lumen gentium, 55) preparó de un modo más general la maternidad virginal de María.

Los pobres poniendo toda su confianza en el Señor, anticipan con su actitud el significado profundo de la virginidad de María, que, renunciando a la riqueza de la maternidad humana, esperó de Dios toda la fecundidad de su propia vida.

Así pues, el Antiguo Testamento no contiene un anuncio formal de la maternidad virginal, que se reveló plenamente sólo en el Nuevo Testamento. Sin embargo, el oráculo de Isaías (Is 7, 14) prepara la revelación de este misterio, y, en este sentido se precisó en la traducción griega del Antiguo Testamento. El evangelio de Mateo, citando el oráculo traducido de este modo, proclama su perfecto cumplimiento mediante la concepción de Jesús en el seno virginal de María.

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Santo Padre Juan Pablo II

Audiencia General del miércoles 31 de enero de 1996

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Catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II

Catequesis mariana: María indica el camino hacia la unión plena con Dios

Catequesis mariana: María indica el camino hacia la unión plena con Dios

(Para el 3 de mayo)

María, icono escatológico de la Iglesia

1. Al inicio de este encuentro hemos escuchado una de las páginas más conocidas del Apocalipsis de san Juan. En la mujer encinta, que da a luz un hijo mientras un dragón de color rojo sangre la amenaza a ella y al hijo que ha engendrado, la tradición cristiana, litúrgica y artística, ha visto la imagen de María, la madre de Cristo. Sin embargo, según la primera intención del autor sagrado, si el nacimiento del niño representa la llegada del Mesías, la mujer personifica evidentemente al pueblo de Dios, tanto al Israel bíblico como a la Iglesia. La interpretación mariana no va en perjuicio del sentido eclesial del texto, ya que María es «figura de la Iglesia» (Lumen gentium, 63; cf. san Ambrosio, Expos. Lc, II, 7).

Así pues, en el fondo de la comunidad fiel se descubre el perfil de la Madre del Mesías. Contra María y la Iglesia se cierne el dragón, que evoca a Satanás y al mal, como ya indicó la simbología del Antiguo Testamento; el color rojo es signo de guerra, de matanzas y de sangre derramada; las «siete cabezas» coronadas indican un poder inmenso, mientras que los «diez cuernos» evocan la fuerza impresionante de la bestia descrita por el profeta Daniel (cf. Dn 7, 7), también ella imagen del poder prevaricador que domina en la historia.

2. Por consiguiente, el bien y el mal se enfrentan. María, su Hijo y la Iglesia representan la aparente debilidad y pequeñez del amor, de la verdad y de la justicia. Contra ellos se desencadena la monstruosa energía devastadora de la violencia, la mentira y la injusticia. Pero el canto con el que se concluye el pasaje nos recuerda que el veredicto definitivo lo realizará «la salvación, el poder, el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo» (Ap 12, 10).

Ciertamente, en el tiempo de la historia la Iglesia puede verse obligada a huir al desierto, como el antiguo Israel en marcha hacia la tierra prometida. El desierto es, entre otras cosas, el refugio tradicional de los perseguidos, es el ámbito secreto y sereno donde se ofrece la protección divina (cf. Gn 21, 14-19; 1 R 19, 4-7). Con todo, en este refugio, como subraya el Apocalipsis (cf. Ap 12, 6. 14), la mujer permanece solamente durante un período de tiempo limitado. Así pues, el tiempo de la angustia, de la persecución, de la prueba no es indefinido: al final llegará la liberación y será la hora de la gloria.

Contemplando este misterio desde una perspectiva mariana, podemos afirmar que «María, al lado de su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y modelo, para comprender en su integridad el sentido de su misión» (Congregación para la doctrina de la fe, Libertatis conscientia, 22 de marzo de 1986, n. 97; cf. Redemptoris Mater, 37).

3. Fijemos, por tanto, nuestra mirada en María, icono de la Iglesia peregrina en el desierto de la historia, pero orientada a la meta gloriosa de la Jerusalén celestial, donde resplandecerá como Esposa del Cordero, Cristo Señor. La Madre de Dios, como la celebra la Iglesia de Oriente, es la Odigitria, la que «indica el camino», o sea, Cristo, único mediador para encontrar en plenitud al Padre. Un poeta francés ve en ella «la criatura en su primer honor y en su meta final, tal como salió de Dios en la mañana de su esplendor original» (P. Claudel, La Vierge à midi, ed. Pléiade, p. 540).

En su Inmaculada Concepción, María es el modelo perfecto de la criatura humana que, colmada desde el inicio de la gracia divina que sostiene y transfigura a la criatura (cf. Lc 1, 28), elige siempre, en su libertad, el camino de Dios. En cambio, en su gloriosa Asunción al cielo María es la imagen de la criatura llamada por Cristo resucitado a alcanzar, al final de la historia, la plenitud de la comunión con Dios en la resurrección durante una eternidad feliz. Para la Iglesia, que a menudo siente el peso de la historia y el asedio del mal, la Madre de Cristo es el emblema luminoso de la humanidad redimida y envuelta por la gracia que salva.

4. La meta última de la historia humana se alcanzará cuando «Dios sea todo en todos» (1 Co 15, 28) y, como anuncia el Apocalipsis, «el mar ya no exista» (Ap 21, 1), es decir, cuando el signo del caos destructor y del mal haya sido por fin eliminado. Entonces la Iglesia se presentará a Cristo como «la novia ataviada para su esposo» (Ap 21, 2). Ese será el momento de la intimidad y del amor sin resquebrajaduras. Pero ya ahora, precisamente contemplando a la Virgen elevada al cielo, la Iglesia gusta anticipadamente la alegría que se le dará en plenitud al final de los tiempos. En la peregrinación de fe a lo largo de la historia, María acompaña a la Iglesia como «modelo de la comunión eclesial en la fe, en la caridad y en la unión con Cristo«Eternamente presente en el misterio de Cristo», ella está, en medio de los Apóstoles, en el corazón mismo de la Iglesia naciente y de la Iglesia de todos los tiempos. Efectivamente, «la Iglesia fue congregada en la parte alta del cenáculo con María, que era la Madre de Jesús, y con sus hermanos. No se puede, por tanto, hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con sus hermanos«» (Congregación para la doctrina de la fe, Communionis notio, 28 de mayo de 1992, n. 19; cf. Cromacio de Aquileya, Sermo 30, 1).

5. Así pues, cantemos nuestro himno de alabanza a María, imagen de la humanidad redimida, signo de la Iglesia que vive en la fe y en el amor, anticipando la plenitud de la Jerusalén celestial. «El genio poético de san Efrén el Sirio, llamado «la cítara del Espíritu Santo«, ha cantado incansablemente a María, dejando una impronta todavía presente en toda la tradición de la Iglesia siríaca» (Redemptoris Mater, 31). Es él quien presenta a María como icono de belleza: «Ella es santa en su cuerpo, hermosa en su espíritu, pura en sus pensamientos, sincera en su inteligencia, perfecta en sus sentimientos, casta, firme en sus propósitos, inmaculada en su corazón, eminente, colmada de todas las virtudes» (Himnos a la Virgen María, 1, 4; ed. Th. J. Lamy, Hymni de B. Maria, Malinas 1886, t. 2, col. 520). Que esta imagen resplandezca en el centro de toda comunidad eclesial como reflejo perfecto de Cristo y sea como estandarte elevado entre los pueblos, como «ciudad situada en la cima de un monte» «lámpara sobre el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa» (cf. Mt 5, 14-15).

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Santo Padre Juan Pablo II

Audiencia General del miércoles, 14 de marzo de 2001

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Catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II