por Parroquia Inmaculada Concepción de Monte Grande | 11 Feb, 2014 | Catequesis Artículos
Cristo dispensa su salvación mediante los sacramentos y de manera muy especial, a los que sufren enfermedades o tienen una discapacidad, a través de la gracia de la Unción de los Enfermos. Para cada uno, el sufrimiento es siempre un extraño. Su presencia nunca se puede domesticar. Por eso es difícil de soportar y, más difícil aún —como lo han hecho algunos grandes testigos de la santidad de Cristo— acogerlo como ingrediente de nuestra vocación o, como lo ha formulado Bernadette, aceptar «sufrir todo en silencio para agradar a Jesús». Para poder decir esto hay que haber recorrido un largo camino en unión con Jesús. Desde ese momento, en compensación, es posible confiar en la misericordia de Dios tal como se manifiesta por la gracia del Sacramento de los Enfermos. Bernadette misma, durante una vida a menudo marcada por la enfermedad, recibió este sacramento en cuatro ocasiones. La gracia propia del mismo consiste en acoger en sí a Cristo médico. Sin embargo, Cristo no es médico al estilo de mundo. Para curarnos, Él no permanece fuera del sufrimiento padecido; lo alivia viniendo a habitar en quien está afectado por la enfermedad, para llevarla consigo y vivirla junto con el enfermo. La presencia de Cristo consigue romper el aislamiento que causa el dolor. El hombre ya no está solo con su desdicha, sino conformado a Cristo que se ofrece al Padre, como miembro sufriente de Cristo y participando, en Él, al nacimiento de la nueva creación.
Sin la ayuda del Señor, el yugo de la enfermedad y el sufrimiento es cruelmente pesado. Al recibir la Unción de los Enfermos, no queremos otro yugo que el de Cristo, fortalecidos con la promesa que nos hizo de que su yugo será suave y su carga ligera (cf. Mt 11,30). Invito a los que recibirán la Unción de los Enfermos durante esta Misa a entrar en una esperanza como ésta.
Santo Padre emérito Benedicto XVI
Santa Misa con los enfermos. Homilía del lunes 15 de septiembre de 2008
Basílica de Nuestra Señora del Rosario, Lourdes
Viaje apostólico a Francia con ocasión del 150 Aniversario de las apariciones de Lourdes
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Curso sobre los sacramentos. La Unción de los Enfermos
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Catequesis sobre el Sacramento de la Unción de los enfermos
¿Qué es la unción de los enfermos?
Dios Padre nos ama tanto que ha querido dejarnos un sacramento especial para cuando nos acercamos a esos momentos tan difíciles para cualquier persona: la enfermedad grave y la muerte. La unción de los enfermos es el sacramento que da fuerza, ánimo y consuelo a una persona enferma y la prepara, si es necesario, para una santa muerte.
¿Cuándo empezó la unción de los enfermos?
Durante su vida, Jesús siempre mostró un gran amor por aquellos que padecían algún mal, que tenían alguna enfermedad o dolor. Recuerda que el Evangelio nos cuenta cómo Jesús curó a paralíticos, ciegos y otros enfermos.
Esta preocupación por los enfermos, el Señor, la comunica a sus discípulos. Jesús, en dos momentos del Evangelio, les decía lo que debían hacer con los enfermos:
- «(…) y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo» (Mc.6,13).
- «(…) impondrán las manos sobre los enfermos, y los curarán» (Mc.16,18).
El apóstol Santiago nos cuenta la costumbre que ya existía entre los primeros cristianos con estas palabras: «Si alguno entre ustedes está enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración que nace de la fe salvará al enfermo, el Señor lo aliviará, y si tuviera pecados, le serán perdonados» (Sant 5, 14-15).
¿Qué piensa Jesús sobre el dolor?
Jesús nunca se quejó, nunca se rebeló ante el sufrimiento, ante el dolor del alma o del cuerpo. Con su propia vida él nos enseñó que el dolor tiene un sentido. Desde que él lo asumió libremente, dio UN SENTIDO NUEVO AL DOLOR.
Desde entonces el cristiano sabe que la enfermedad no es una maldición, sino que puede ser un MEDIO DE SANTIFICACIÓN, un medio para acercarse más a Dios. Pero ¿cómo? Desde que Jesús ofreció su dolor para la salvación de todos nosotros, cualquier persona puede ofrecer su enfermedad por su salvación o por la de los demás. La enfermedad y el dolor, adquieren así un valor que en si mismo no poseía.
Además, la enfermedad puede también ayudarnos a que nos preparemos mejor para nuestro encuentro con el Señor de nuestra vida.
Jesús, en una muestra más de amor, quiso dejarnos el SACRAMENTO DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS para vivir mejor estos momentos.
¿Cuándo se recibe el Sacramento de la Unción de los enfermos?
La Unción se recibe cuando se comienza a estar en peligro de muerte por causa de enfermedad o por la vejez. Es importante no esperar a que la persona esté agonizando. En esto la familia es muy importante, ya que son ellos, los que sin miedo, tienen que llamar al Sacerdote cuando la persona no lo puede hacer por si misma.
Este Sacramento se puede volver a recibir, luego de unos meses, si la enfermedad se agrava. En el caso de que se lo haya recibido por vejez, y no haya enfermedades graves, también puede volver a recibirse cada dos años.
¿Cómo se hace la unción de los enfermos?
Primero debes saber que solo el SACERDOTE puede dar este sacramento. En el caso de que la persona no pueda ir a la Parroquia, los familiares más directos, llaman al padre para que vaya a donde se encuentra el enfermo o el anciano. El padre unge con el Óleo de los enfermos (el óleo es un aceite de oliva que es bendecido por el Obispo el jueves santo) la frente y las manos del enfermo y dice la siguiente oración:
«Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad».
Recordemos una vez más que no es bueno pensar que este sacramento debe darse cuando la persona ya esta muriendo, pues la Iglesia recomienda que se de al comienzo de la enfermedad, para que la persona lo reciba con lucidez (o sea que sé de cuenta) y fervor, ya que la unción ayuda también, si así Dios lo quisiere, para curar la enfermedad.
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Fuente original: Parroquia Inmaculada Concepción de Monte Grande
por CeF | 8 Feb, 2014 | Catequesis Artículos
288. La eficacia de la catequesis es y será siempre un don de Dios, mediante la obra del Espíritu del Padre y del Hijo.
Esta total dependencia de la catequesis respecto de la intervención de Dios la enseña el Apóstol Pablo a los corintos cuando les recuerda: « Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento. De modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer » (1 Co 3, 6-7).
No hay catequesis posible, como no hay evangelización, sin la acción de Dios por medio de su Espíritu. (246) En la práctica catequética, ni las técnicas pedagógicas más avanzadas, ni siquiera un catequista con la personalidad humana más atrayente, pueden reemplazar la acción silenciosa y discreta del Espíritu Santo. (247) « El es, en verdad, el protagonista de toda la misión eclesial »; (248) El es el principal catequista; El es el « maestro interior » de los que crecen hacia el Señor. (249) En efecto, El es el « principio inspirador de toda obra catequética y de los que la realizan ». (250)
289. Por ello, en la entraña misma de la espiritualidad del catequista están la paciencia y la confianza en que es Dios mismo quien hace que la semilla de la Palabra de Dios que ha sido sembrada en tierra buena y labrada con amor, nazca, crezca y de fruto. El evangelista Marcos es el único en recoger una parábola en la que Jesús muestra, una tras otra, las etapas del desarrollo gradual y constante de la semilla sembrada: « El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra: duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz porque ha llegado la siega » (Mc 4, 26-29).
290. La Iglesia, que tiene la responsabilidad de catequizar a los que creen, invoca al Espíritu del Padre y del Hijo, suplicándole que haga fructificar y fortalezca interiormente tantos trabajos que, por todas partes, se llevan a cabo en favor del crecimiento de la fe y del seguimiento de Jesucristo Salvador.
Directorio General para la Catequesis
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Mensaje del Papa Francisco a los catequistas
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¿Qué es la catequesis? – Programa Cara a Cara
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por CeF | Fuentes varias | 8 Feb, 2014 | Confirmación Vida de los Santos
«Dios quiere probaros como al oro en el crisol. El fuego va consumiendo la ganga del oro, pero el oro bueno permanece y aumenta su valor. De igual modo se comporta Dios con su siervo bueno que espera y persevera en la tribulación. El Señor lo levanta y le devuelve, ya en este mundo, el ciento por uno de todo lo que dejó por amor suyo, y después le da la vida eterna».
San Jerónimo Emiliani
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San Jerónimo Emiliani nació en Venecia el 1486. Huérfano de padre en tierna edad, fue sabiamente educado en la fe cristiana por la madre, Dionora Morosini, mujer de sentimientos muy elevados. En 1506, entró en la vida pública, dedicándose sobre todo al ejercicio de las armas. Pasó a ser soldado de la Serenísima República, y en 1511 fue enviado a la fortaleza de Castelnuovo de Quero, situada a la orilla del Piave, con carácter de Gobernador regente.
En el Santuario de la ‘Madonna Grande’ en Treviso, Jerónimo promete solemnemente de entregarse totalmente al servicio de Dios y del prójimo. Al volver a Venecia, repartió su patrimonio a los pobres y se asoció a la Compañía del Divino Amor, que se dedicaba, en particular, a la asistencia de los enfermos ‘incurables’. También él contrajo, en este servicio, una grave enfermedad, que superó gracias a su robusta fibra, y con nuevas energías volvió al servicio de la caridad.
Su corazón, muy sensible a todas las miserias humanas quedó profundamente impresionado viendo la deplorable condición de muchísimos niños, faltos de padres y abandonados al destino. Empezó a dar asilo a unos de estos huérfanos, en su propia casa; y en seguida, como el número iba aumentando, abrió para ellos una casa cerca de la Iglesia de San Basilio y otra cerca de la Iglesia de San Roque, en Venecia. A los huérfanos, el Santo enseñaba los primeros elementos del saber y al mismo tiempo las nociones fundamentales de la fe cristiana. Además procuraba que aprendieran un oficio, para que pudieran entrar a formar parte de la sociedad, como elementos vivos y activos, aptos para desenvolver con dignidad su personalidad humana y cristiana. Fundó y asistió muchos orfelinatos en todo Italia y también en algunas regiones fuera de ella.
Cuando el Santo se dio cuenta que se iba debilitando físicamente y que tenía que dejar ya sus andanzas apostólicas de caridad, escogió como morada predilecta el pequeño pueblo de Somasca, cerca de Lecco. En este lugar, su ardiente fervor espiritual, podía contar con soledad, oración y meditación. Murió santamente al amanecer del 8 de Febrero de 1537 a la edad de 51 años, víctima de su misma caridad. Beatificado en 1747, fue proclamado Santo en el año 1767. El Papa Pío XI lo proclamó «Patrono Universal de los huérfanos y de la Juventud abandonada». Su Fiesta se celebra cada año el 8 de Febrero, día de su tránsito al cielo.
Artículo original en Aciprensa.
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Otros recursos en la red
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Oración a san Jerónimo Emiliani
Señor, Dios de las misericordias, que hiciste a san Jerónimo Emiliani padre y protector de los huérfanos, concédenos, por su intercesión, la gracia de permanecer siempre fieles al espíritu de adopción que nos hace verdaderamente hijos tuyos. Por nuestro Señor Jesucristo.
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Recursos audiovisuales
Vida de San Jerónimo Emiliani narrada
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Vida de San Jerónimo Emiliani (solo texto)
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Vida de San Jerónimo Emiliani (cómic para niños)
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Himno a San Jerónimo Emiliani
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por SS Pablo VI | CeF | Fuentes varias | 7 Feb, 2014 | Confirmación Vida de los Santos
Os presentamos la homilía que el beato Pablo VI pronunció sobre la figura del beato Pío IX, el papa de la Inmaculada y del Concilio Vaticano I, en el centenario de su muerte.
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La circunstancia que hoy nos congrega en esta Basílica Patriarcal es la celebración centenaria del dies natalis de un predecesor nuestro, el cual —como leemos en la lápida que en su honor colocó el cabildo vaticano cerca de la estatua del Príncipe de los Apóstoles— Petri annos in pontificatu romano unos aequavit (el único que igualó los años de Pedro en el pontificado romano).
Cuando el 7 de febrero de 1878, al atardecer de un día invernizo, expiró el siervo de Dios Giovanni Mastai Ferretti, Papa Pío IX, concluyeron con él las tres largas e intensas décadas —exactamente treinta y dos años— de un servicio pontifical que domina literalmente la escena del siglo XIX.
Fue éste un siglo lleno de presagios para la Iglesia y para el mundo. En efecto, al comienzo encontramos el pontificado de Pío VII, de más de veinte años de duración, atravesado en gran parte por el turbión de la vicisitud napoleónica, que marca una fatigosa sacudida también para la sociedad. Al final del siglo encontramos el pontificado del inolvidable Papa León XIII, que duró también veinticinco años, cuando el mundo se asomaba ya al nuevo siglo. En el medio, en un centro a la vez real e ideal, advertimos la amable figura del Papa Pío IX, en torno al cual se alternan sucesos gloriosos y sufridas tribulaciones, que constituyen tanto la trama de su vida como el ritmo y la respiración de la Iglesia y, en general, de la familia humana en aquel tiempo.
La complejidad de los hechos acontecidos y de los problemas planteados en el transcurso de tan largo pontificado es materia aún abierta bajo el aspecto histórico, es decir, del pasado, a la perdurante reflexión y a las profundas investigaciones de una bibliografía seria y documentada. Pero quizás sea necesario —nos atrevemos a pensar— un ulterior y no breve período de decantación para que se ensanche la perspectiva, para que haya más luz, para que se comprendan plenamente los acontecimientos y sus más profundas y verdaderas motivaciones, de tal modo que, disipado todo residuo de animosidad personal o de prejuicio, pueda emerger la personalidad de este Pontífice en su dimensión de autenticidad humana, de irradiante bondad y de virtud ejemplar.
Pero nosotros nos hemos reunido ahora —repetimos— con el fin de conmemorar su nacimiento para el cielo, ocurrido hace un siglo, cuando su alma de apóstol, al toque del Avemaría, abandonó el cuerpo cargado ya de años y fatigas. Esto quiere decir que limitaremos nuestra atenta evocación y nuestra devota meditación al perfil espiritual y apostólico de un Pontífice que fue tan amado, y a las empresas que, con invicto valor, acometió para el incremento de la fe católica y para el bien de la santa Iglesia. Nos alegra que a esta ceremonia asista una conspicua y calificada representación junto con los obispos de la región de las Marcas, la tierra que vio nacer al Papa Mastai.
El prelado que en junio de 1840, tras un Cónclave brevísimo, fue elevado al supremo pontificado, era un auténtico hombre de Dios, que se distinguía por sus eminentes dotes de piedad religiosa y de ardiente celo por las almas.
En la plenitud aún de sus fuerzas, llevaba a la misión de paternidad universal que se le había encomendado el fervor de una fe profunda, una rica experiencia pastoral madurada en el trato asiduo con las poblaciones de las sedes episcopales de Espoleto e Imola, que antes había ocupado, y el conocimiento directo de los problemas que estaban aflorando tanto dentro de la comunidad eclesial como en la organización del Estado de la Iglesia; pero llevaba, sobre todo, el ansia de servir a la causa de Cristo y de su Evangelio. «Servir a la Iglesia: ésta fue la única ambición de Pío IX», ha escrito un historiador autorizado (cf. Roger Aubert, Il Pontificato di Pio IX; ed. ital., Turín, 1970, parte 1, pág. 450). Eso explica su infatigable entrega a los deberes del ministerio apostólico, aun los más gravosos y más arduos: cualidad constante que ha de reconocérsele, no sin admiración, por encima de los impulsos mismos del carácter humano y de las dificultades objetivas con que topó su actuación de Pastor y de Soberano.
La figura de Pío IX, cien años después de su muerte, parece reconocible ya en una doble fisonomía convencional y fiel a la realidad: la de Papa derrotado bajo el derrumbamiento del poder temporal con el que en cierto modo se había identificado el pontificado romano, y la de Papa que renace en su aspecto propio, nunca traicionado, pero ahora más palmario y evidente, de Pastor de un pueblo que por sí mismo y en la opinión pública no sabía bien si llamarse o cómo llamarse cristiano.
El derrumbamiento del poder temporal parecía indebido y grave, y comprometía la independencia, la libertad y la funcionalidad del Papado. Amenaza ésta que pesó sobre la Sede Apostólica hasta los días de la Conciliación, manteniendo vivo con nostálgica amargura el recuerdo de los siglos en que el poder temporal había sido escudo defensivo del espiritual y al mismo tiempo tutor del territorio de la Italia central, en el que había conservado el recuerdo y el porte civil de la tradición clásica romana, favoreciendo el ensamblaje de los Estados del continente, alimentando una conciencia unitaria de la civilización dimanante del humanismo grecorromano y, sobre todo, fomentando la fe católica en las almas y en las costumbres.
Pero el desarrollo histórico y civil de los pueblos y al final, después de la Revolución Francesa y de la evolución post-napoleónica, a mediados del siglo XIX, su madurez constitucional, no permitían ya al Estado Pontificio el ejercicio de una hegemonía ideológica ni de una primacía temporal.
El intento de implicar al Estado Pontificio en una guerra nacional fracasó ante la vigilante conciencia del Papa acerca de su misión propia, religiosa, no política, y mucho menos militar (alocución del 29 de abril de 1848); de ahí la inquietud revolucionaria que tuvo su triste epílogo en el asesinato de Pellegrino Rossi (el 15 de noviembre) y en la subsiguiente huida del Papa a Gaeta (25 de noviembre). No hacemos ahora la historia de aquella desdichada vicisitud. Nos basta destacar que, cuando el Papa regresó a Roma (12 de abril de 1850), ya no estaba eh condiciones de repetir las serenas palabras de dos años antes (11 de febrero de 1848): «Gran Dios, bendecid a Italia». Con el alma llena de amargura por los sufrimientos padecidos y por la experiencia adversa reanudó, ciertamente, hasta el 20 de septiembre de 1870, su autoridad de soberano temporal, pero ajeno ya a las corrientes de ideas y políticas de su tiempo; y la nueva situación nacional no sosegó el espíritu enojado del afligido Pontífice.
La herida infligida entonces al Papado llegó también a gran parte del pueblo y de la Iglesia entera, atormentando durante largos años su conciencia cívica y su sentimiento católico.
Pero precisamente en aquella situación paradójica se renovó el prodigio de la inmortalidad de Pedro («Yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo», había dicho Jesús: Mt 28, 20). Todo el pontificado de Pío IX puede decirse que fue una revelación de las inexhaustas energías que el Papado y la Iglesia poseen como algo propio para una historia siempre nueva.
Una apertura de dilatada generosidad fue la nota más destacada de su servicio, la cual, fundiéndose con las innatas características de cordialidad y buen sentido, heredadas de su tierra y de su gente, sirvió para granjearle la devoción de las clases humildes y populares y paulatinamente, en medida creciente, de las multitudes de los hijos de la Iglesia.
Si nos fijamos ahora en los principales objetivos de la férvida acción pastoral de Pío IX, hemos de mencionar ante todo al clero, al que el Papa, ayudado por tantos insignes obispos diocesanos, dedicó con feliz intuición de las necesidades prioritarias, una atención especial, como demuestran no pocos documentos de su pontificado.
Así fue como se elevó grandemente la figura del sacerdote, que ya se educaba normalmente en el ambiente del seminario y, formado allí en la vida interior y en la obediencia, se mostraría después, en el campo del trabajo, más consciente de sus responsabilidades y siempre cercano a su grey, no ya predestinado al disfrute tranquilo de fáciles prebendas eclesiásticas, sino a una cura pastoral más ardua y más asidua y amorosa.
No en vano se habla de «clero piano», tal no sólo por el hábito que viste; de hecho se puede afirmar con exactitud y documentar de modo seguro que fue un clero más disciplinado, más piadoso y más celoso que en el pasado. Aunque se advierta indudablemente alguna laguna, no se puede negar esta mejoría cualitativa en la espiritualidad y en el ministerio de los sacerdotes, los cuales, superando visiones estrechas y particularistas, sienten cada vez más la necesidad de coordinar los esfuerzos y las iniciativas.
Una actividad nueva anima la Iglesia de Pío IX. En efecto, por aquellos años se registran no pocos grupos de oblatos y una floración de sociedades y de asociaciones sacerdotales que promueven en los ministros de Dios el crecimiento «según el espíritu», la perseverancia y la fidelidad a la vocación, la disponibilidad al servicio no sólo según la voluntad, sino también según los deseos de los superiores. En esto hay que ver un válido precedente que influirá después en las directrices jurídicas y pastorales de la Iglesia (cf. C.I.C., cáns. 124-129; Presbyterorum ordinis, núms. 8, 12, 15-17).
La comunión fraterna de los sacerdotes entre sí, preludiando un enlace más orgánico de ellos mismos con los seglares en orden al apostolado, se instaura paralelamente con una recuperación decisiva de las órdenes y de las congregaciones religiosas; estas últimas, precisamente a mediados del siglo pasado, conocen un desarrollo sin precedentes. Si antiguos institutos se recuperan tras las pruebas de las supresiones, de las expulsiones y de los obstáculos que, de formas distintas según los países, obstaculizan su labor en los campos educativo y asistencial, y amenazan incluso la vida contemplativa y monástica, hay que tener presente sobre todo el gran número de institutos masculinos y femeninos que surgen en este mismo período, gracias especialmente al empuje de sacerdotes valientes, no ajenos al espíritu que soplaba desde Roma.
La relación de institutos fundados o aprobados durante el pontificado de Pío IX sería demasiado larga, si quisiéramos reseñarla aquí, y fácilmente incurriríamos en lamentables omisiones. También fue mérito del Pontífice haber promovido la reforma de los institutos existentes, corrigiendo los abusos, eligiendo —a veces con intervenciones personales— superiores capaces, introduciendo la importante norma, incluida después en el Código de Derecho Canónico (cf. can. 574), de que la profesión definitiva de los votos ha de estar precedida por la profesión de los votos simples. Al mismo tiempo, por lo que se refiere a los nuevos institutos, sus preferencias se dirigían hacia los de apostolado activo que tenían como finalidad el cuidado de los pobres, la asistencia a los enfermos, la buena prensa, la enseñanza y las escuelas y, sobre todo, las Misiones.
Así llegamos a las misiones; y a este respecto, ¿cómo olvidar la amplitud que asume, a partir de 1850, la acción evangelizadora de la Iglesia? En efecto, el tiempo de Pío IX es de una fecundísima sazón misionera, la cual nos ofrece nombres prestigiosos y ve a los heraldos del Evangelio moverse hacia todas las partes del mundo, tejiendo, por así decir, una red tupidísima que se extiende desde las dos Américas hasta el Extremo Oriente y desde las regiones de África entonces exploradas hasta el Continente Australiano.
En el mismo período se advierte con claridad entre los católicos la preocupación «unionista», y tienen lugar los primeros llamamientos dirigidos por el Pontífice a las Iglesias de Oriente y de Occidente separadas de Roma. Aunque de ello no se sigan resultados concretos, se inicia con todo un movimiento ecuménico ante litteram que, a la larga, sirve para preparar en la caridad y en la oración los futuros encuentros y contactos entre los hermanos cristianos, contribuyendo al menos a serenar los espíritus, a apaciguar las polémicas, a instaurar el necesario y oportuno clima de fraternidad. Y no se puede silenciar el acercamiento a Roma que se verifica en las Islas Británicas y que, entre otros frutos, produce uno incomparable, el cardenal John Henry Newman, y luego la restauración de la jerarquía católica primero en Inglaterra y después en Escocia.
Pero Pío IX ha pasado a la historia sobre todo por haber sido el Papa de la Inmaculada y del Concilio Vaticano I, y no cabe duda de que hay una conexión religiosa y afinidades internas que enlazan ambos actos del magisterio pontificio.
Ante el hombre desmemoriado y ante el mundo de la indiferencia y del racionalismo, ajeno o cerrado a la fe y a la gracia, el Pontífice hizo brillar la luz de la Virgen María cual signum magnum de transcendente belleza y, al mismo tiempo, imagen profética del plan de restauración que él, como cabeza visible de la Iglesia, perseguía sin descanso.
Y la celebración del Concilio Vaticano I fue un acontecimiento eclesial de incalculable alcance histórico, cuyas decisiones y definiciones son como faros luminosos en el secular desarrollo de la teología y como otros tantos puntos fijos en el torbellino de los movimientos ideológicos que caracterizan la historia del pensamiento moderno y pusieron las premisas de un dinamismo de estudios y de obras, de pensamiento y de acción que culminaría en nuestra época, en el Concilio Vaticano II, que se remitió expresamente al Vaticano I.
En efecto, es preciso destacar que, promulgando la Constitución ApostólicaPastor Aeternus, Pío IX no hizo sino poner el arquitrabe de esa sólida construcción eclesiológica que fue completada y perfeccionada después por la Constitución Lumen gentium, «magna charta» del Concilio Vaticano II. Esta es una doble continuidad admirable, porque se refiere objetivamente a la Iglesia y también a la doctrina que la Iglesia profesa de sí misma.
Nos agrada igualmente recordar cómo bajo Pío IX, entre otras cosas por la repercusión de las circunstancias histórico-políticas, se esbozó la primera idea de una organización de los católicos no sólo para tutelar los valores de su fe, sino también para promover su colaboración activa con el apostolado jerárquico.
En efecto, justamente en la época «piana» tuvo su origen la Acción Católica, llamada entonces Sociedad de la juventud Católica Italiana, a la que se debe, entre otras cosas, la decisión de fundar lo que a partir de 1874 será la Obra de los Congresos. Se trata, ciertamente, de estructuras embrionarias que se configurarán y desarrollarán en los decenios sucesivos, pero la idea lanzada entonces iba a demostrarse válida.
También desde este punto de vista, igual que por los datos de hecho antes recordados, Pío IX aparece en la historia de la Iglesia como animador diligente y constructor activo, cuyo carisma y cuya herencia se prolongan hasta la edad contemporánea, si es verdad que no poco de cuanto él intuyó, quiso y puso en práctica sigue vivo y perdura todavía hoy.
Concluyamos con un episodio, para nosotros conmovedor, relacionado con nuestra dilecta familia natural.
El año 1871, un jovencito de Brescia fue presentado por sus padres a Pío IX que, movido por su cariño innato hacia la juventud, le puso la mano sobre la cabeza, diciéndole: «Giorgio, también tú aquí, pequeño diputado» (cf. A. Fappani, Pio IX e la famiglia Montini alla luce di documenti inediti, en Pio IX, I, 1972, pág. 317).
Cuarenta y nueve años después, Giorgio, ya diputado efectivo, firmó el registro de los visitantes en el palacio Mastai, casa natal del Papa en Senigallia. Aquel jovencito era nuestro padre…
Así nos une con nuestro venerado predecesor un hilo histórico sutil y peculiar que sirve para explicar el lazo de orden personal y afectivo que, además de los más altos motivos espirituales y eclesiales, nos vincula con el bendito recuerdo y la querida figura de este Pontífice.
Nosotros hemos querido conmemorar hoy a Pío IX para tributarle un homenaje debido, aunque muy inferior a sus méritos, y para manifestar, asimismo, los sentimientos de viva gratitud que el actual Pastor de la Iglesia debe al Pastor de la Iglesia de ayer, que la Iglesia del Concilio Vaticano II debe a la Iglesia del Concilio Vaticano I, que todo el Pueblo de Dios. en la admirable realidad unitaria de la Comunión de los Santos, debe a los fieles y Pastores que le precedieron «en el signo de la fe» y, llevando en la mano esta antorcha luminosa (cf. Mt 25, 1; 5, 15), fueron ya al encuentro de Cristo Señor. Así sea.
Domingo, 5 de marzo de 1978
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Otras fuentes en la red
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Fuentes audiovisuales
Pío IX: oremos por su canonización
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Pío IX: origen de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de María
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Los Papas del Vaticano: Pío IX (Gloria TV)
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