Evangelio del día: Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Evangelio del día: Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Mateo 26, 14-75; 27, 1-66. Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. ¿Dónde está mi corazón?… Que esta pregunta nos acompañe durante toda esta Semana Santa.

Procesión Mateo 21, 1-11

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, y enseguida encontraréis una burra atada, y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, contestadle: “El Señor los necesita, y los devolverá pronto”».

Esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:

«Decid a la hija de Sión:

“Mira a tu rey, que viene a ti,

humilde, montado en una burra,

en un pollino, hijo de acémila”».

Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la burra y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó.

La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino.

Y la gente que iba delante y detrás gritaba:

«¡Hosanna al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Hosanna en las alturas!».

Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó, preguntando:

«¿Quién es este?».

Y la gente decía:

«Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».

Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén. Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: «¿Por qué lo desatan?», respondan: «El Señor lo necesita». Los enviados partieron y encontraron todo como él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron: «¿Por qué lo desatan?». Y ellos respondieron: «El Señor lo necesita». Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino. Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían:»¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!». Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Pero él respondió: «Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Misa [Mateo 26, 14-75; 27, 1-66]

Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo. El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?». El respondió: «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: «El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos». Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará». Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?». El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!». Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, Maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman, esto es mi Cuerpo». Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre». Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monto de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: «Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea». Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás». Jesús le respondió: «Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Pedro le dijo: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos los discípulos dijeron lo mismo. Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: «Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar». Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo». Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: «¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estén prevenidos y oren para no caer en tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil». Se alejó por segunda vez y suplicó: «Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad». Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: «Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar». Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado la señal: «Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo». Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: «Salud, Maestro», y lo besó. Jesús le dijo: «Amigo, ¡cumple tu cometido!». Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús le dijo: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?». Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: «¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron». Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo. Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: «Este hombre dijo: «Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días»». El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?». Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: «Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo». Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?». Ellos respondieron: «Merece la muerte». Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: «Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó». Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Galileo». Pero él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé lo que quieres decir». Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: «Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno». Y nuevamente Pedro negó con juramento: «Yo no conozco a ese hombre». Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: «Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona». Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: «Antes que cante el gallo, me negarás tres veces». Y saliendo, lloró amargamente. 

Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron. Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: «He pecado, entregando sangre inocente». Ellos respondieron: «¿Qué nos importa? Es asunto tuyo». Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: «No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre». Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado «del alfarero», para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy «Campo de sangre». Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el «Campo del alfarero», como el Señor me lo había ordenado. Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». El respondió: «Tú lo dices». Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: «¿No oyes todo lo que declaran contra ti?». Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador. En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: «¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?». El sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: «No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho». Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: «¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?». Ellos respondieron: «A Barrabás». Pilato continuó: «¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?». Todos respondieron: «¡Que sea crucificado!». El insistió: «¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Que sea crucificado!». Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes». Y todo el pueblo respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un mano rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: «Salud, rey de los judíos». Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa «lugar del Cráneo», le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo. Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: «Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!». De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: «Yo soy Hijo de Dios». También lo insultaban los ladrones crucificados con él. Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: «Elí, Elí, lemá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías». En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber. Pero los otros le decían: «Espera, veamos si Elías viene a salvarlo». Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu. Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: «¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!». Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María –la madre de Santiago y de José– y la madre de los hijos de Zebedeo. Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro. A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: «Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: «A los tres días resucitaré». Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: ¡Ha resucitado!». Este último engaño sería peor que el primero». Pilato les respondió: «Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente». Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

Lecturas

Primera lectura: Libro de Isaías, Is 50, 4-7

Salmo: Sal 22(21), 8-9.17-24

Segunda lectrua: Carta de San Pablo a los Filipenses, Flp 2, 6-11

Oración introductoria

Ven, Espíritu Santo, ilumina mi mente y, sobre todo, mi corazón. No quiero ser un simple espectador, pasivo, indiferente, que hoy aclama ¡Hosanna! Bendito el que viene… para abandonarte o traicionarte en un par de días más.

Petición

Jesús, que esta oración me dé la fuerza de voluntad para decidirme a seguirte siempre de manera apasionada y fiel.

Meditación del Santo Padre Francisco

Esta semana comienza con una procesión festiva con ramos de olivo: todo el pueblo acoge a Jesús. Los niños y los jóvenes cantan, alaban a Jesús.

Pero esta semana se encamina hacia el misterio de la muerte de Jesús y de su resurrección. Hemos escuchado la Pasión del Señor. Nos hará bien hacernos una sola pregunta: ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo ante mi Señor? ¿Quién soy yo ante Jesús que entra con fiesta en Jerusalén? ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O guardo las distancias? ¿Quién soy yo ante Jesús que sufre?

Hemos oído muchos nombres, tantos nombres. El grupo de dirigentes religiosos, algunos sacerdotes, algunos fariseos, algunos maestros de la ley, que habían decidido matarlo. Estaban esperando la oportunidad de apresarlo. ¿Soy yo como uno de ellos?

También hemos oído otro nombre: Judas. Treinta monedas. ¿Yo soy como Judas? Hemos escuchado otros nombres: los discípulos que no entendían nada, que se durmieron mientras el Señor sufría. Mi vida, ¿está adormecida? ¿O soy como los discípulos, que no entendían lo que significaba traicionar a Jesús? ¿O como aquel otro discípulo que quería resolverlo todo con la espada? ¿Soy yo como ellos? ¿Soy yo como Judas, que finge amar y besa al Maestro para entregarlo, para traicionarlo? ¿Soy yo, un traidor? ¿Soy como aquellos dirigentes que organizan a toda prisa un tribunal y buscan falsos testigos? ¿Soy como ellos? Y cuando hago esto, si lo hago, ¿creo que de este modo salvo al pueblo?

¿Soy yo como Pilato? Cuando veo que la situación se pone difícil, ¿me lavo las manos y no sé asumir mi responsabilidad, dejando que condenen – o condenando yo mismo – a las personas?

¿Soy yo como aquel gentío que no sabía bien si se trataba de una reunión religiosa, de un juicio o de un circo, y que elige a Barrabás? Para ellos da igual: era más divertido, para humillar a Jesús.

¿Soy como los soldados que golpean al Señor, le escupen, lo insultan, se divierten humillando al Señor?

¿Soy como el Cireneo, que volvía del trabajo, cansado, pero que tuvo la buena voluntad de ayudar al Señor a llevar la cruz?

¿Soy como aquellos que pasaban ante la cruz y se burlaban de Jesús : «¡Él era tan valiente!… Que baje de la cruz y creeremos en él»? Mofarse de Jesús…

¿Soy yo como aquellas mujeres valientes, y como la Madre de Jesús, que estaban allí y sufrían en silencio?

¿Soy como José, el discípulo escondido, que lleva el cuerpo de Jesús con amor para enterrarlo?

¿Soy como las dos Marías que permanecen ante el sepulcro llorando y rezando?

¿Soy como aquellos jefes que al día siguiente fueron a Pilato para decirle: «Mira que éste ha dicho que resucitaría. Que no haya otro engaño», y bloquean la vida, bloquean el sepulcro para defender la doctrina, para que no salte fuera la vida?

¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de estas personas me parezco? Que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana.

Santo Padre Francisco: Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Homilía del domingo, 13 de abril de 2014

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

¡Queridos hermanos y hermanas!

El Domingo de Ramos es el gran pórtico que nos lleva a la Semana Santa, la semana en la que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos y ofrecer a todos el don de la redención. Sabemos por los evangelios que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce, y que poco a poco se había ido sumando a ellos una multitud creciente de peregrinos. San Marcos nos dice que ya al salir de Jericó había una «gran muchedumbre» que seguía a Jesús (cf. 10,46).

En la última parte del trayecto se produce un acontecimiento particular, que aumenta la expectativa sobre lo que está por suceder y hace que la atención se centre todavía más en Jesús. A lo largo del camino, al salir de Jericó, está sentado un mendigo ciego, llamado Bartimeo. Apenas oye decir que Jesús de Nazaret está llegando, comienza a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí» (Mc 10,47). Tratan de acallarlo, pero en vano, hasta que Jesús lo manda llamar y le invita a acercarse. «¿Qué quieres que te haga?», le pregunta. Y él contesta: «Rabbuní, que vea» (v. 51). Jesús le dice: «Anda, tu fe te ha salvado». Bartimeo recobró la vista y se puso a seguir a Jesús en el camino (cf. v. 52). Y he aquí que, tras este signo prodigioso, acompañado por aquella invocación: «Hijo de David», un estremecimiento de esperanza atraviesa la multitud, suscitando en muchos una pregunta: ¿Este Jesús que marchaba delante de ellos a Jerusalén, no sería quizás el Mesías, el nuevo David? Y, con su ya inminente entrada en la ciudad santa, ¿no habría llegado tal vez el momento en el que Dios restauraría finalmente el reino de David?

También la preparación del ingreso de Jesús con sus discípulos contribuye a aumentar esta esperanza. Como hemos escuchado en el Evangelio de hoy (cf. Mc 11,1-10), Jesús llegó a Jerusalén desde Betfagé y el monte de los Olivos, es decir, la vía por la que había de venir el Mesías. Desde allí, envía por delante a dos discípulos, mandándoles que le trajeran un pollino de asna que encontrarían a lo largo del camino. Encuentran efectivamente el pollino, lo desatan y lo llevan a Jesús. A este punto, el ánimo de los discípulos y los otros peregrinos se deja ganar por el entusiasmo: toman sus mantos y los echan encima del pollino; otros alfombran con ellos el camino de Jesús a medida que avanza a grupas del asno. Después cortan ramas de los árboles y comienzan a gritar las palabras del Salmo 118, las antiguas palabras de bendición de los peregrinos que, en este contexto, se convierten en una proclamación mesiánica: «¡Hosanna!, bendito el que viene en el nombre del Señor. ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (vv. 9-10). Esta alegría festiva, transmitida por los cuatro evangelistas, es un grito de bendición, un himno de júbilo: expresa la convicción unánime de que, en Jesús, Dios ha visitado su pueblo y ha llegado por fin el Mesías deseado. Y todo el mundo está allí, con creciente expectación por lo que Cristo hará una vez que entre en su ciudad.

Pero, ¿cuál es el contenido, la resonancia más profunda de este grito de júbilo? La respuesta está en toda la Escritura, que nos recuerda cómo el Mesías lleva a cumplimiento la promesa de la bendición de Dios, la promesa originaria que Dios había hecho a Abraham, el padre de todos los creyentes: «Haré de ti una gran nación, te bendeciré… y en ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gn 12,2-3). Es la promesa que Israel siempre había tenido presente en la oración, especialmente en la oración de los Salmos. Por eso, el que es aclamado por la muchedumbre como bendito es al mismo tiempo aquel en el cual será bendecida toda la humanidad. Así, a la luz de Cristo, la humanidad se reconoce profundamente unida y cubierta por el manto de la bendición divina, una bendición que todo lo penetra, todo lo sostiene, lo redime, lo santifica.

Podemos descubrir aquí un primer gran mensaje que nos trae la festividad de hoy: la invitación a mirar de manera justa a la humanidad entera, a cuantos conforman el mundo, a sus diversas culturas y civilizaciones. La mirada que el creyente recibe de Cristo es una mirada de bendición: una mirada sabia y amorosa, capaz de acoger la belleza del mundo y de compartir su fragilidad. En esta mirada se transparenta la mirada misma de Dios sobre los hombres que él ama y sobre la creación, obra de sus manos. En el Libro de la Sabiduría, leemos: «Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste;… Tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida» (Sb 11,23-24.26).

Volvamos al texto del Evangelio de hoy y preguntémonos: ¿Qué late realmente en el corazón de los que aclaman a Cristo como Rey de Israel? Ciertamente tenían su idea del Mesías, una idea de cómo debía actuar el Rey prometido por los profetas y esperado por tanto tiempo. No es de extrañar que, pocos días después, la muchedumbre de Jerusalén, en vez de aclamar a Jesús, gritaran a Pilato: «¡Crucifícalo!». Y que los mismos discípulos, como también otros que le habían visto y oído, permanecieran mudos y desconcertados. En efecto, la mayor parte estaban desilusionados por el modo en que Jesús había decidido presentarse como Mesías y Rey de Israel. Este es precisamente el núcleo de la fiesta de hoy también para nosotros. ¿Quién es para nosotros Jesús de Nazaret? ¿Qué idea tenemos del Mesías, qué idea tenemos de Dios? Esta es una cuestión crucial que no podemos eludir, sobre todo en esta semana en la que estamos llamados a seguir a nuestro Rey, que elige como trono la cruz; estamos llamados a seguir a un Mesías que no nos asegura una felicidad terrena fácil, sino la felicidad del cielo, la eterna bienaventuranza de Dios. Ahora, hemos de preguntarnos: ¿Cuáles son nuestras verdaderas expectativas? ¿Cuáles son los deseos más profundos que nos han traído hoy aquí para celebrar el Domingo de Ramos e iniciar la Semana Santa?

Queridos jóvenes que os habéis reunido aquí. Esta es de modo particular vuestra Jornada en todo lugar del mundo donde la Iglesia está presente. Por eso os saludo con gran afecto. Que el Domingo de Ramos sea para vosotros el día de la decisión, la decisión de acoger al Señor y de seguirlo hasta el final, la decisión de hacer de su Pascua de muerte y resurrección el sentido mismo de vuestra vida de cristianos. Como he querido recordar en el Mensaje a los jóvenes para esta Jornada – «alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4) –, esta es la decisión que conduce a la verdadera alegría, como sucedió con santa Clara de Asís que, hace ochocientos años, fascinada por el ejemplo de san Francisco y de sus primeros compañeros, dejó la casa paterna precisamente el Domingo de Ramos para consagrarse totalmente al Señor: tenía 18 años, y tuvo el valor de la fe y del amor de optar por Cristo, encontrando en él la alegría y la paz.

Queridos hermanos y hermanas, que reinen particularmente en este día dos sentimientos: la alabanza, como hicieron aquellos que acogieron a Jesús en Jerusalén con su «hosanna»; y el agradecimiento, porque en esta Semana Santa el Señor Jesús renovará el don más grande que se puede imaginar, nos entregará su vida, su cuerpo y su sangre, su amor. Pero a un don tan grande debemos corresponder de modo adecuado, o sea, con el don de nosotros mismos, de nuestro tiempo, de nuestra oración, de nuestro estar en comunión profunda de amor con Cristo que sufre, muere y resucita por nosotros. Los antiguos Padres de la Iglesia han visto un símbolo de todo esto en el gesto de la gente que seguía a Jesús en su ingreso a Jerusalén, el gesto de tender los mantos delante del Señor. Ante Cristo – decían los Padres –, debemos deponer nuestra vida, nuestra persona, en actitud de gratitud y adoración. En conclusión, escuchemos de nuevo la voz de uno de estos antiguos Padres, la de san Andrés, obispo de Creta: «Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo… Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas… Ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria. Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: «Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor»» (PG 97, 994). Amén.

Santo Padre Benedicto XVI

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Homilía del domingo, 1 de abril de 2012

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

III. Jesús y la fe de Israel en el Dios único y Salvador

587 Si la Ley y el Templo de Jerusalén pudieron ser ocasión de «contradicción» (cf. Lc 2, 34) entre Jesús y las autoridades religiosas de Israel, la razón está en que Jesús, para la redención de los pecados —obra divina por excelencia—, acepta ser verdadera piedra de escándalo para aquellas autoridades (cf. Lc 20, 17-18; Sal 118, 22).

588 Jesús escandalizó a los fariseos comiendo con los publicanos y los pecadores (cf. Lc 5, 30) tan familiarmente como con ellos mismos (cf. Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1). Contra algunos de los «que se tenían por justos y despreciaban a los demás» (Lc 18, 9; cf. Jn 7, 49; 9, 34), Jesús afirmó: «No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (Lc 5, 32). Fue más lejos todavía al proclamar frente a los fariseos que, siendo el pecado una realidad universal (cf. Jn 8, 33-36), los que pretenden no tener necesidad de salvación se ciegan con respecto a sí mismos (cf. Jn 9, 40-41).

589 Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es especialmente al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, «¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?» (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).

590 Sólo la identidad divina de la persona de Jesús puede justificar una exigencia tan absoluta como ésta: «El que no está conmigo está contra mí» (Mt 12, 30); lo mismo cuando dice que él es «más que Jonás […] más que Salomón» (Mt 12, 41-42), «más que el Templo» (Mt 12, 6); cuando recuerda, refiriéndose a que David llama al Mesías su Señor (cf. Mt 12, 36-37), cuando afirma: «Antes que naciese Abraham, Yo soy» (Jn 8, 58); e incluso: «El Padre y yo somos una sola cosa» (Jn 10, 30).

591 Jesús pidió a las autoridades religiosas de Jerusalén que creyeran en él en virtud de las obras de su Padre que él realizaba (Jn 10, 36-38). Pero tal acto de fe debía pasar por una misteriosa muerte a sí mismo para un nuevo «nacimiento de lo alto» (Jn 3, 7) atraído por la gracia divina (cf. Jn 6, 44). Tal exigencia de conversión frente a un cumplimiento tan sorprendente de las promesas (cf. Is 53, 1) permite comprender el trágico desprecio del Sanedrín al estimar que Jesús merecía la muerte como blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus miembros obraban así tanto por «ignorancia» (cf. Lc 23, 34; Hch 3, 17-18) como por el «endurecimiento» (Mc 3, 5; Rm 11, 25) de la «incredulidad» (Rm 11, 20).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

¿A dónde vas a ir esta Semana Santa? ¿a la playa? ¿a la discoteca? No estoy diciendo que esto esté mal necesariamente, pero sí que podría estar mucho mejor. No basta con no pecar y con no hacer mal a nadie. Creo que bastantes de nosotros deberíamos cambiar –un poco al menos– nuestro modo de concebir y de pasar estos días. No son simples días de vacación, aunque no dudo que los tengamos merecidos. Pero aquí estamos hablando de algo mucho más profundo. Cristo va a ir a la cruz esta Semana Santa. Y tú, ¿a dónde?

Diálogo con Cristo

Jesús mío, se inicia un tiempo especial para crecer en el amor, en todos los sentidos. Permite que sepa desprenderme de todo lo que me impida entregarme plenamente a los demás, especialmente a aquellos con los que voy a pasar esta Semana Santa. Quiero desgastarme, trabajar y luchar, desde mi vocación, para que tu mensaje de amor alcance al mayor número posible de hombres y mujeres.

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Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

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Catequesis infantil sobre Mateo 21, 1-11

Jesús entra en Jerusalén como Rey humilde y Salvador

Esta catequesis infantil está basada en el Evangelio de san Mateo 21, 1-11 y en la imagen catequética de la entrada de Jesús en Jerusalén. La escena muestra a Jesús entrando en la ciudad montado en un burrito, mientras la gente lo aclama con alegría, extiende mantos en el camino y agita ramas. Es una escena llena de gozo, pero también muy profunda, porque enseña que Jesús es Rey, aunque no como los reyes de este mundo. Él viene humilde, en paz, y entra en Jerusalén para entregarse por amor y salvarnos.

1. Miramos la imagen

Antes de leer el Evangelio, conviene contemplar la imagen con calma.

Podemos fijarnos en varios detalles:

  • Jesús aparece en el centro, montado en un burrito.
  • Lleva túnica blanca y manto rojo.
  • La gente lo recibe con alegría y levanta ramas.
  • Algunos ponen mantos en el suelo para honrarlo.
  • Los bocadillos muestran los gritos de alabanza: “¡Hosanna!” y “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”.

Se puede preguntar a los niños:

  • ¿Quién aparece en el centro de la imagen?
  • ¿Va Jesús en un caballo grande o en un burrito?
  • ¿Cómo está la gente: alegre o triste?
  • ¿Qué llevan en las manos?
  • ¿Por qué creéis que todos reciben así a Jesús?

2. Escuchamos el Evangelio

En este Evangelio, Jesús se acerca a Jerusalén y manda a sus discípulos buscar una burra y un pollino. Todo sucede como Él lo había dispuesto. El Evangelio dice:

«Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una burra, en un pollino, hijo de acémila”».

(Evangelio según san Mateo 21, 5)

Los discípulos hicieron lo que Jesús les mandó, trajeron la burra y el pollino, pusieron encima sus mantos y Jesús se montó.

Entonces el Evangelio sigue diciendo:

«La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino».

(Evangelio según san Mateo 21, 8)

Y la gente gritaba con alegría:

«¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!»

(Evangelio según san Mateo 21, 9)

Cuando Jesús entró en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba:

«¿Quién es este?»

(Evangelio según san Mateo 21, 10)

Y la gente respondía:

«Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».

(Evangelio según san Mateo 21, 11)

3. ¿Qué enseña este Evangelio?

Jesús es Rey, pero un Rey humilde

Jesús entra en Jerusalén como Rey, pero no viene con soldados, ni montado en un caballo de guerra, ni buscando poder humano. Viene montado en un burrito, en señal de humildad y de paz. Esto enseña a los niños que Jesús reina con amor, sencillez y mansedumbre.

La gente reconoce que Jesús viene de Dios

Los gritos de la multitud no son cualquier grito. La gente está reconociendo que Jesús viene en nombre del Señor. Por eso lo aclaman y lo reciben con alegría.

Jesús viene a entregarse por nosotros

Aunque la escena es festiva, este Evangelio también nos prepara para la Pasión. Jesús entra en Jerusalén sabiendo que allí entregará su vida por nuestra salvación. Por eso, la alegría del Domingo de Ramos tiene un sentido muy profundo.

Nosotros también estamos llamados a recibir a Jesús

No basta con mirar la escena desde fuera. Este Evangelio invita a los niños a preguntarse si ellos también quieren abrir su corazón a Jesús y recibirlo con alegría.

4. Explicación sencilla para niños

Podemos explicarlo así:

Jesús llegó a Jerusalén y muchas personas salieron a recibirlo. Estaban muy contentas. Ponían mantos en el suelo, agitaban ramas y gritaban que Jesús venía en nombre de Dios.

Pero Jesús no quiso entrar como los reyes orgullosos. Entró montado en un burrito. Así enseñó que Él es un Rey humilde, bueno y cercano.

Jesús venía a Jerusalén para hacer algo muy grande: dar su vida por nosotros. Por eso lo recibimos con alegría, con amor y con gratitud.

Este Evangelio enseña que Jesús quiere entrar también en nuestro corazón. Quiere que lo recibamos con fe, con alegría y con amor.

5. Lo que nos enseña la imagen

Jesús en el centro

La imagen coloca a Jesús en el centro, porque Él es el centro de toda la escena y debe ser también el centro de la vida cristiana.

El burrito

El burrito es muy importante. Enseña que Jesús viene con humildad. No busca impresionar, sino salvar.

La alegría de la gente

Los rostros alegres, las ramas y los mantos muestran que la entrada de Jesús es una fiesta. Los niños comprenden así que seguir a Jesús no es una tristeza, sino una alegría grande.

Los gritos de “Hosanna”

Los bocadillos ayudan a entender que la gente aclama a Jesús como enviado de Dios. “Hosanna” es un grito de alabanza y súplica. Es como decir: “¡Sálvanos, Señor!”.

6. Aplicación para la vida de los niños

Este Evangelio también habla a los niños de hoy.

Nos enseña:

  • que debemos recibir a Jesús con alegría,
  • que Jesús es Rey, pero un Rey humilde,
  • que seguir a Jesús es caminar con paz y amor,
  • que también nosotros podemos aclamarlo con nuestra oración,
  • que debemos abrirle el corazón cada día.

Se puede decir a los niños:

Cuando rezas, vas a Misa, obedeces a Dios, haces el bien y hablas con amor, estás extendiendo tu “manto” delante de Jesús y lo estás recibiendo en tu vida.

7. Preguntas para dialogar con los niños

  • ¿Cómo entra Jesús en Jerusalén?
  • ¿Por qué no entra como un rey orgulloso?
  • ¿Qué hacía la gente para recibirlo?
  • ¿Qué significa gritar “Hosanna”?
  • ¿Cómo puedes tú recibir a Jesús en tu vida?
  • ¿Qué te enseña el burrito de Jesús?

8. Frases para aprender de memoria

«Mira a tu rey, que viene a ti, humilde.»

(Evangelio según san Mateo 21, 5)

«¡Hosanna al Hijo de David!»

(Evangelio según san Mateo 21, 9)

«¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»

(Evangelio según san Mateo 21, 9)

Jesús es un Rey humilde y quiere entrar en mi corazón.

9. Actividad catequética

Actividad: “Recibo a Jesús con alegría”.

Materiales: papel, colores, tijeras y ramas de papel o cartulina.

Se invita a los niños a dibujar la entrada de Jesús en Jerusalén o a hacer una pequeña rama de palma de papel. En ella pueden escribir una frase como estas:

  • “¡Hosanna, Jesús!”
  • “Quiero recibirte con alegría.”
  • “Jesús, entra en mi corazón.”

Después, cada niño puede explicar qué significa para él recibir a Jesús como Rey.

10. Oración final para niños

Señor Jesús,
Tú entraste en Jerusalén
como Rey humilde y bueno.
Yo quiero recibirte con alegría,
con mi oración,
con mi amor
y con mi corazón abierto.
Hazme sencillo como Tú,
y enséñame a seguirte siempre.
Amén.

11. Conclusión

El Evangelio de Mateo 21, 1-11 enseña a los niños que Jesús entra en Jerusalén como Rey, pero de una manera humilde, pacífica y llena de amor. La imagen catequética ayuda a ver la alegría de la gente, las ramas, los mantos y el burrito, y todo ello muestra que Jesús es verdaderamente el enviado de Dios.

Esta escena nos invita a recibir a Jesús con fe y alegría, no solo en una fiesta, sino todos los días de nuestra vida. La gran invitación de esta catequesis es clara y sencilla:

Recibe a Jesús con alegría, aclámalo como Rey y síguelo con un corazón humilde.

La Biblia más infantil: La Pasión de Jesús (I)

La Biblia más infantil: La Pasión de Jesús (I)

 

El domingo de Ramos

El Domingo de RamosLa noticia del gran milagro llegó a todas partes. Cuando Jesús entró en la Ciudad de Jerusalén montado en un borriquillo, la gente salió a recibirle con palmas y ramos, cantando: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

 

 

«¡Bendito seas, Señor!»

*  *  *

 

La Última CenaLa Última Cena

El Jueves Santo, un día antes de morir, Jesús se reunió con los Apóstoles y les invitó a cenar. Sería la Última Cena. Jesús les dijo: «Tenía muchas ganas de estar con vosotros esta noche…». Y les enseñó muchas cosas, que sus amigos nunca olvidarán.

 

 

 

«¡Jesús: que tenga muchas ganas de estar contigo!»

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Jesús nos deja la EucaristíaJesús nos deja la Eucaristía

Después, Jesús, que nos quiere mucho, y todo lo puede, convirtió el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, y se los dio a sus discípulos. Los Apóstoles recibieron entonces su Primera Comunión. Jesús nos deja la Eucaristía para así quedarse siempre con nosotros. Él está en el Sagrario y podemos ir a visitarle.

 

«Jesús, gracias porque te has quedado en el Sagrario»

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Jesús nos da el Mandamiento NuevoJesús nos da el Mandamiento Nuevo

Después de hacer aquel gran milagro, Jesús quiere que aprendamos su última lección: «Un nuevo mandamiento os doy: amaos los unos a los otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis discípulos». Todos los cristianos formamos una gran familia y hemos de querernos mucho, ayudándonos unos a otros, en especial a los más necesitados.

 

«Jesús, ayúdame a querer a todos»

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De La Biblia más infantil, Casals, 1999. Páginas 106 a 109

Coordinador: Pedro de la Herrán

Texto: Miguel Álvarez y Sagrario Fernández Díaz

Dibujos: José Ramón Sánchez y Javier Jerez

 

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La Biblia más infantil: Milagros de Jesús (III)

La Biblia más infantil: Milagros de Jesús (III)

Marta y María

En un pueblecito llamado Betania, vivían tres hermanos: Marta, María y Lázaro, a los que Jesús quería mucho. Un día le llegó a Jesús una triste noticia: «Lázaro ha muerto». Entonces Jesús fue a Betania, donde le recibieron las dos hermanas llorando. Marta le dijo: «Si hubieras estado aquí, Lázaro no habría muerto». Jesús respondió: «No te preocupes, Lázaro resucitará».

 

«Que mis hermanos y yo seamos muy amigos tuyos»

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Jesús resucita a Lázaro

Jesús resucita a Lázaro

Jesús fue hasta el sepulcro y mandó quitar la piedra. El sepulcro donde estaba enterrado Lázaro era una cueva con una piedra tapando la entrada. Las hermanas le advirtieron que ya olía mal, pues llevaba cuatro días muerto. Pero obedecieron y abrieron la cueva. Jesús gritó con fuerte voz: «Lázaro, sal fuera». Y Lázaro salió vivo, vendado de pies y manos.

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De La Biblia más infantil, Casals, 1999. Páginas 104 a 105

Coordinador: Pedro de la Herrán

Texto: Miguel Álvarez y Sagrario Fernández Díaz

Dibujos: José Ramón Sánchez y Javier Jerez

 

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Catequesis sobre Santa Catalina de Suecia, discípula fiel

Catequesis sobre Santa Catalina de Suecia, discípula fiel

Vocación, pureza y fidelidad en el camino cristiano


Objetivo de la sesión

Ayudar a los jóvenes a descubrir que la vocación cristiana es una llamada personal de Dios que se vive en fidelidad cotidiana, aprendiendo de santa Catalina de Suecia a unir pureza, discernimiento, vida interior y continuidad en la misión de la Iglesia.

Duración total:
Introducción (8 min) – Uso (5 min) – Hagiografía (18 min) – Profundización teológica y vocacional (20 min) – Lectura de la imagen (8 min) – Actividades (25 min) – Oración (10 min)


Introducción

El ser humano busca constantemente sentido: qué hacer con su vida, hacia dónde ir, qué decisiones tomar. Sin embargo, la fe cristiana enseña que la vida no es un proyecto propio que se inventa, sino una llamada que se descubre. El Señor dice: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Jn 15,16, Biblia CEE).

Santa Catalina de Suecia vivió profundamente esta verdad. No buscó su propio camino, sino que aprendió a escuchar a Dios en cada etapa de su vida.

Hoy la pregunta es clara: ¿estoy viviendo lo que quiero… o lo que Dios quiere para mí?


Uso de la catequesis

Esta sesión puede dividirse en dos bloques: vocación y pureza, y discernimiento y fidelidad. El catequista debe ayudar a los jóvenes a pasar de una fe superficial a una fe que implica decisiones reales.


Hagiografía


Santa Catalina de Suecia nació en el siglo XIV, hija de santa Brígida, en un ambiente profundamente cristiano. Desde joven aprendió el valor de la oración, la vida interior y la obediencia a Dios.

Fue dada en matrimonio, pero vivió esta realidad de forma profundamente cristiana, manteniendo con su esposo una vida de continencia por mutuo acuerdo, mostrando que el amor humano está llamado a orientarse hacia Dios. San Pablo enseña que “el que no está casado se preocupa de las cosas del Señor… el casado se preocupa de las cosas del mundo” (1 Cor 7,32-33, Biblia CEE), lo que ayuda a comprender la radicalidad de su opción.

Tras enviudar, acompañó a su madre a Roma, donde vivió una etapa decisiva de su vida espiritual. Allí descubrió la universalidad de la Iglesia, profundizó en la oración y aprendió a vivir en fidelidad cotidiana.

Roma fue para ella una escuela interior: aprendió a permanecer, a obedecer y a escuchar a Dios en lo concreto.

Tras la muerte de su madre, asumió la continuidad de su obra con fidelidad, regresando a Suecia y colaborando en la vida del monasterio de Vadstena. Su vida no estuvo marcada por grandes gestos visibles, sino por una fidelidad constante. El Señor enseña: “El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel” (Lc 16,10, Biblia CEE).

Santa Catalina muestra que la santidad consiste en continuar lo que Dios ha comenzado, con humildad y perseverancia.


Profundización teológica y vocacional

La vocación cristiana es una llamada personal de Dios. La Sagrada Escritura afirma: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pe 1,16, Biblia CEE), y el Concilio Vaticano II enseña que “todos los fieles están llamados a la santidad” (Lumen Gentium, 40).

La vida de santa Catalina permite comprender tres dimensiones fundamentales de la vocación. En primer lugar, la vocación como llamada: el joven Samuel responde diciendo “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10, Biblia CEE), mostrando que la vocación nace de la escucha. En segundo lugar, la vocación como respuesta: la Virgen María dice “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38, Biblia CEE), revelando que la vocación exige disponibilidad. En tercer lugar, la vocación como fidelidad: el Señor pide “Permaneced en mi amor” (Jn 15,9, Biblia CEE), indicando que la vocación es un camino continuo.

La tradición de la Iglesia confirma esta enseñanza. San Agustín explica que el corazón humano está inquieto hasta descansar en Dios, mientras san Gregorio Magno enseña que el verdadero crecimiento espiritual consiste en vivir lo que se cree con coherencia. Benedicto XVI resume esta tradición al afirmar que “la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir en comunión con Cristo” (Audiencia General, 13 de abril de 2011).

Santa Catalina vivió esta vocación en diferentes formas: en el matrimonio vivido en castidad, en la vida consagrada y en la fidelidad a la misión recibida en la Iglesia.


Lectura catequética de la imagen

La imagen presenta a santa Catalina en oración en Roma, en actitud de recogimiento y apertura a Dios. La postura de oración indica vida interior, el aura manifiesta la presencia de Dios, Roma representa la Iglesia universal y la figura de santa Brígida expresa la continuidad espiritual.

El catequista debe guiar a los jóvenes a contemplar, identificarse, escuchar y responder. No se trata solo de mirar la imagen, sino de dejar que hable al corazón.


Actividades catequéticas

1. Discernir la propia vida

Tiempo: 10 minutos
Materiales: papel y bolígrafo

Cada joven responde por escrito: ¿qué quiero ser en la vida?, ¿qué quiere Dios de mí?, ¿he rezado alguna vez por mi vocación? El catequista debe insistir en que la vocación no se inventa, sino que se descubre en la oración y en la escucha.

Objetivo: despertar el discernimiento vocacional.


2. Taller de pureza y libertad interior

Tiempo: 10 minutos

Se proclama el texto: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8, Biblia CEE). A partir de ahí, el catequista guía la reflexión: ¿qué ocupa mi corazón?, ¿soy libre o estoy condicionado por el ambiente?, ¿busco a Dios o solo lo superficial?

Objetivo: comprender la pureza como libertad interior.


3. Fidelidad en lo cotidiano

Tiempo: 5 minutos

Cada joven escribe una acción concreta que puede mejorar en su vida diaria. El catequista explica que la santidad comienza en lo pequeño, en lo que nadie ve.

Objetivo: concretar la vida cristiana.


4. Lectio divina

Tiempo: 10 minutos

Se proclama: “Permaneced en mí, y yo en vosotros” (Jn 15,4, Biblia CEE). Se deja un momento de silencio, seguido de una oración personal y un compromiso concreto.

Objetivo: interiorizar la Palabra de Dios.


Oraciones

Santa Catalina de Suecia,
modelo de pureza y fidelidad,
enséñanos a escuchar la voz de Dios,
a responder con generosidad,
y a vivir con un corazón limpio y sencillo.
Ruega por nosotros.

Señor Jesús,
Tú que llamas a cada uno por su nombre,
ayúdanos a descubrir nuestra vocación,
a seguirte sin miedo,
y a permanecer fieles hasta el final.

Espíritu Santo,
luz de nuestras decisiones,
guía nuestros pasos,
ilumina nuestro camino,
y haznos discípulos fieles de Cristo.


Conclusión

Santa Catalina nos enseña que la santidad consiste en escuchar a Dios, responder con generosidad y permanecer fieles en el camino.


Consejos

Padres: acompañar sin imponer.
Jóvenes: buscar a Dios con sinceridad.
Catequistas: enseñar a discernir.

Autor: Guillermo Mirecki

 

La Biblia más infantil: Milagros de Jesús (II)

La Biblia más infantil: Milagros de Jesús (II)

El paralítico (I)

Estaba Jesús explicando el Evangelio en casa de unos amigos. La casa estaba llena y no cabía nadie más. Fuera de la casa, estaba un paralítico que había oído hablar de Jesús y deseaba entrar. Unos amigos le ayudaron, metiéndole por una ventana y lo pusieron a los pies de Jesús. Jesús le dijo: «Confía en mí, tus pecados te son perdonados».

 

«Que yo también te acerque a mis amigos»

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El paralítico (II)

El paralítico (II)

También estaban allí unos fariseos, para ver lo que hacía Jesús y espiarle. Los fariseos pensaron: «Éste miente, pues sólo Dios puede perdonar los pecados». Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «¿Por qué pensáis mal? ¿Qué es más fácil: perdonar los pecados o curar al paralítico y que ande?». Y para que vieran que es el Hijo de Dios y que puede perdonar los pecados, dijo al paralítico: «¡Levántate, coge tu camilla y vete a casa!». El paralítico se puso en pie muy contento y se fue a su casa.

«Jesús, perdóname cuanto me he portado mal»

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La hija de Jairo (I)La hija de Jairo (I)

Otro día, Jairo, que era uno de los jefes de la sinagoga, se acercó llorando porque su hija se le estaba muriendo. Jesús le acompañó. Cuando llegó a la casa, la niña ya había muerto, pero Él les dijo a los que lloraban y daban gritos: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino dormida». Algunos se reían de Él. Pero Jesús entró en el cuarto de la niña…

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La hija de Jairo (II)La hija de Jairo (II)

La cogió de la mano… y la niña resucitó. Como Jesús es Dios, tiene poder sobre la vida y sobre la muerte. No tiene más que mandar. Por eso le bastó decirle a la hija de Jairo: «Niña, ¡levántate!». Y la niña muerta se levantó enseguida y se puso a andar. Y todos quedaron asombrados ante el poder de Jesús.

 

«Jesús, qué grande es tu poder»

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Multiplicación de los panesMultiplicación de los panes

Un día estaba Jesús hablando a mucha gente. Se iba haciendo de noche y estaban lejos de sus casas. Jesús les dijo a los Apóstoles que mandaran a todos sentarse y les dieran de cenar. Pero sólo tenían cinco panes y dos peces. Jesús bendijo los panes y los peces y se multiplicaron de tal manera, que los Apóstoles los repartieron y comieron todos y además sobró.

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Oración «Bendición de la mesa»

El niño Jesús, que nació en Belen,

Bendiga esta mesa y a nosotros también.

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De La Biblia más infantil, Casals, 1999. Páginas 94 a 98

Coordinador: Pedro de la Herrán

Texto: Miguel Álvarez y Sagrario Fernández Díaz

Dibujos: José Ramón Sánchez y Javier Jerez

 

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«Padre Nuestro» – Partitura para niños

«Padre Nuestro» – Partitura para niños

Nuestra oración con mucha frecuencia es petición de ayuda en las necesidades. Y es incluso normal para el hombre, porque necesitamos ayuda, tenemos necesidad de los demás, tenemos necesidad de Dios. De este modo, es normal para nosotros pedir algo a Dios, buscar su ayuda. Debemos tener presente que la oración que el Señor nos enseñó, el «Padre nuestro», es una oración de petición, y con esta oración el Señor nos enseña las prioridades de nuestra oración, limpia y purifica nuestros deseos, y así limpia y purifica nuestro corazón. Ahora bien, aunque de por sí es normal que en la oración pidamos algo, no debería ser exclusivamente así. También hay motivo para agradecer y, si estamos un poco atentos, vemos que de Dios recibimos muchas cosas buenas: es tan bueno con nosotros que conviene, es necesario darle gracias. Y debe ser también oración de alabanza: si nuestro corazón está abierto, a pesar de todos los problemas, también vemos la belleza de su creación, la bondad que se manifiesta en su creación. Por lo tanto, no sólo debemos pedir, sino también alabar y dar gracias: sólo de este modo nuestra oración es completa.

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

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Padre Nuestro

Padre nuestro, que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas

como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.

Amén.

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«Padre Nuestro» – Partitura

Obtener partitura en tamaño real
«Padre Nuestro» - Karaoke

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Recursos para «Primeros pasos con Jesús»

 

 

¿Se puede amar «para siempre»? – Santo Padre Francisco

¿Se puede amar «para siempre»? – Santo Padre Francisco

Dios que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,2), que es Amor (cf 1 Jn 4,8.16). Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (cf Gn 1,31). Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. «Y los bendijo Dios y les dijo: «Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla»» (Gn 1,28).

Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 1604

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Audiencia del Santo Padre a los novios con motivo de San Valentín

También podéis visionar el vídeo oficial de Radio Vaticana.

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Preguntas al Santo Padre Francisco

 

El miedo al «para siempre»

Su Santidad, son muchos los que hoy día piensan que prometerse lealtad para toda la vida es una tarea muy difícil; muchos creen que el reto de vivir juntos para siempre es hermoso, encantador, pero demasiado exigente, casi imposible. Le pediría su palabra para que nos ilumine sobre esto.

Gracias por su testimonio y por su pregunta. Me han enviado sus preguntas por adelantado, así que he tenido la oportunidad de reflexionar y pensar una respuesta un poco más sólida.

Es importante preguntarnos si es posible amarnos unos a otros «para siempre». Esta es una pregunta que tenemos que hacernos: ¿Se puede amar a los demás «para siempre»? Hoy día muchas personas tienen miedo de tomar decisiones. Un niño dijo a su obispo: «Quiero ser sacerdote, pero sólo durante diez años».  Tenía miedo de tomar una decisión definitiva. Pero es un temor general, de nuestra propia cultura. Tomar decisiones para toda la vida parece imposible.

Hoy todo está cambiando rápidamente, nada dura para siempre… Y esta mentalidad lleva a muchos que se preparan para el matrimonio diciendo, «hemos estado juntos tanto tiempo como el amor», ¿y luego qué? ¿saludos y nos vemos?… Y así termina el matrimonio. Pero, ¿qué entendemos por «amor»? ¿sólo un sentimiento, una condición física o mental? Claro, si sólo es eso, es imposible construir algo sólido. Pero si el amor es una relación, entonces es una realidad que está creciendo, y también podemos decir a modo de ejemplo que se construye como una casa. Y la casa construida en conjunto —no está solo el edificio— aquí significa estimular y ayudar al crecimiento.

Queridos novios, que se están preparando para crecer juntos, para construir esta casa, para vivir juntos para siempre. No quiero que se fundamenten en la arena de los sentimientos que van y vienen, sino sobre la roca del amor verdadero: el amor que viene de la familia de Dios viene de este proyecto de amor que quiere crecer a medida que construye una casa que es un lugar de afecto, ayuda, esperanza y apoyo. Como también el amor de Dios es permanente y para siempre, por lo que el amor que fundó la familia quiere que sea estable y para siempre. Por favor, no debemos dejarnos vencer por la «cultura de la provisional». !Esta cultura que nos invade hoy, esta cultura de la provisional. Esto está mal! 

Así que, ¿cuál es la manera de curar el miedo del «para siempre»? Preocuparnos cada día, confiando en el Señor Jesús, en una vida que se convierta en un viaje espiritual diario compuesto por pasos —pasos pequeños—, pasos de crecimiento mutuo en los que se comprometan a ser hombres y mujeres maduros de la fe. ¿Por qué, queridos amantes, el «para siempre» es sólo una cuestión de tiempo? Un matrimonio no sólo tiene éxito si dura, también es importante su calidad. Estar juntos y saber cómo aman para siempre es el desafío de los esposos cristianos. Esto me recuerda el milagro de los panes: para ti, el Señor puede multiplicar su amor y donartelo fresco y bueno todos los días. Cuenta con un suministro sin fin. Él te da el amor que es el fundamento de su matrimonio y cada día se renueva, fortalece. Esto hace que sea aún más grande cuando la familia crece con los niños. En este camino es importante la oración, es necesaria siempre. Él, para ella, para él y para ella los dos juntos. Pídanle a Jesús que multiplique su amor. En el Padrenuestro decimos: «Danos hoy nuestro pan de cada día». La novia y el novio pueden aprender a orar: «Señor, danos hoy nuestro amor todos los días», porque el amor de los esposos es el pan de cada día, el verdadero pan del alma, aquello que los apoya para seguir adelante. ¿Podemos hacer la prueba para saber si lo ponemos? «Señor, danos hoy nuestro amor todos los días». ¡Todos juntos! [novios: «Señor, danos hoy nuestro amor todos los días»]. ¡Otra vez! [novios: «Señor, danos hoy nuestro amor todos los días»]. Esta es la oración de las parejas y recién casados que participan. ¡Enséñanos a amar, a amar a los demás! Cuanto más se confía a Él, más su amor será «para siempre», capaz de renovarse, y ganar cada dificultad. Eso es lo que pensé que quería decirles en respuesta a su pregunta.

¡Gracias!

 

¿Existe un «estilo de vida» en el matrimonio?

Santidad, dice que vivir juntos todos los días es agradable, da alegría; pero es un reto. Debemos aprender a amarnos unos a otros porque hay un «estilo» de la vida matrimonial, una espiritualidad de la vida cotidiana que queremos aprender… ¿Nos puede ayudar en esto, el Santo Padre?

La convivencia es un arte, un camino paciente, bello y encantador. Pero no termina cuando se ha conquistado el uno al otro… De hecho, es precisamente entonces cuando comienza. Este viaje diario tiene reglas que se pueden resumir en estas tres palabras —palabras que he repetido muchas veces a las familias—: «permiso», «gracias» y «lo siento».

«Permiso» (pedir permiso – ¿puedo?). Es el tipo de solicitud se puede obtener en la vida de otra persona con respeto y cuidado . Tenemos que aprender a preguntar: ¿puedo hacer esto? Al igual que: ¿podríamos educar a nuestros hijos de esta manera? ¿Quieres que te vaya a buscar esta tarde?… En pocas palabras, significa ser capaz de pedir permiso para entrar en la vida de otros con cortesía. Pero escucha: ser capaz de entrar en la vida de otros con cortesía no es fácil… no es fácil . A veces, en lugar de utilizar los modales, somos pesados como unas botas de senderismo. El verdadero amor no se impone por la dureza y la agresividad. En las Florecillas de San Francisco dice la expresión: «Sepan que la cortesía es una de las propiedades de Dios … y la cortesía es la hermana de la caridad, que apaga el odio y mantiene el amor» ( Cap. 37 ). Sí , la cortesía conserva el amor. Y hoy día en nuestras familias, en nuestro mundo, a menudo violento y arrogante, necesitamos mucha más cortesía. Y esta cortesía puede comenzar en casa.

«Gracias». Parece fácil de decir la palabra «gracias», pero sabemos que no es así; sin embargo, es importante enseñar a los niños porque luego se olvidan. ¡La gratitud es un sentimiento importante! Una anciana me dijo una vez en Buenos Aires: «la gratitud es una flor que crece en la tierra noble». Y es necesaria la nobleza del alma para hacer crecer esta flor. Recuerden que en el Evangelio según san Lucas Jesús sana a diez enfermos de lepra y luego sólo uno de ellos vuelve para dar las gracias al Señor. Jesús dice: «y los otros nueve, ¿dónde están?». Esto también es cierto para nosotros: ¿damos gracias? En vuestra relación, y en el futuro en la vida matrimonial, es importante mantener viva la conciencia de que la otra persona es un don de Dios, y los dones de Dios son para dar las gracias. Y en esta actitud interior la pareja tiene que dar las gracias unos a otros por todo. No es una palabra buena para usar con los extraños, excepto para ser educados. Tenéis que saber cómo dar y decir «gracias», para llevaros bien y manteneros juntos en la vida matrimonial.

«Lo siento». En la vida cometemos muchos errores… ¡tantas equivocaciones! Todos las cometemos. Pero, ¿tal vez hay alguien aquí que nunca ha cometido un error? Levanten la mano si hay alguien, una persona que nunca ha cometido un error… ¡Todos los cometemos! ¡Todos! Tal vez hay días en los que no comentemos un error… La Biblia dice que el hombre más justo peca siete veces al día. He aquí, pues, la necesidad de utilizar esta palabra simple: «lo siento». En general, cada uno de nosotros está dispuesto a acusar a otros y justificarse. Esto comenzó desde nuestro padre Adán cuando Dios le preguntó: «¿Adán, tú has comido de ese fruto?»  «¿Yo? ¡No! Ella me lo dio». Acusándose mutuamente en ver de decir «lo siento», «perdón». Es una vieja historia. Es un instinto que está en el origen de muchos desastres . Aprendamos a reconocer nuestros errores y a pedir disculpas: «Lo siento si te levanté la voz hoy», «Lo siento si me fui sin decir adiós», «lo siento si llego tarde», «si he estado tan callada esta semana», «si hablo demasiado sin escuchar», «perdón, se me olvidó», «estaba enfadado y lo siento por haberla tomado contigo»… Así que tenemos muchos «lo siento» para decir a lo largo del día… Así crece una familia cristiana. Todos sabemos que no hay familia perfecta, e incluso el marido perfecto o la mujer perfecta. No hablemos de la suegra perfecta… Vivimos para nosotros, que somos pecadores. Jesús, que nos conoce bien, nos enseñó un secreto: nunca terminar un día sin pedir perdón, sin traer la paz de vuelta a nuestra casa, a nuestra familia. Hoy día las peleas entre marido y mujer son habituales, siempre hay algún motivo para pelear… tal vez estaba enojado, tal vez voló un plato… pero por favor, recuerden esto: ¡nunca acabar el día sin paz ! ¡Nunca, nunca, nunca! Este es el secreto para mantener el amor y para tener paz. No es necesario hacer un hermoso discurso… A veces, un gesto, etc… es suficiente para que se haga la paz, así de repente. Nunca terminarán los problemas en la casa si no hay paz al final del día… porque si al final del día no se hace la paz, lo que tienes dentro, al día siguiente, es frío y duro y es más difícil hacer la paz que el día anterior. Recuerden bien: ¡nunca acabar el día sin paz! Si aprendemos a pedir perdón y a perdonar a los demás, el matrimonio va a durar, va a ir adelante.

 

Consejos para la celebración del matrimonio

Su Santidad, en los últimos meses estamos haciendo muchos preparativos para nuestra boda; ¿puede dar algunos buenos consejos para celebrar nuestro matrimonio?

Asegúrense de que es un verdadero placer, porque la boda es una celebración, una fiesta cristiana. La razón más profunda de la alegría la indica el Evangelio según san Juan: recordar el milagro de las bodas de Caná. En cierto momento se pierde el vino y la ceremonia parece estar en ruinas. ¡Imagínense terminar los festejos bebiendo Té! ¡No, no te vayas! ¡Sin vino no hay fiesta! A sugerencia de María, que es cuando Jesús se revela por primera vez y le da una señal, convierte el agua en vino y, al hacerlo, se convierte en una excepcional fiesta de bodas. Lo que sucedió en Caná hace dos mil años sucede en realidad en cada boda: lo que va a hacer plena y profundamente cierta su boda será la presencia del Señor que se revela y da su gracia. Es su presencia la que ofrece «el buen vino». Él es el secreto de la alegría plena, quien realmente alimenta mi corazón. ¡No es el «espíritu del mundo», no! ¡Es el Señor, cuando el Señor está ahí!

Al mismo tiempo, sin embargo, es bueno que su matrimonio sea sobrio y hacer que se destaque lo que es realmente importante. Algunos están más preocupados por los signos externos del banquete: fotografías, ropa y flores… Estas cosas son importantes en una fiesta, pero sólo si son capaces de señalar la verdadera razón de su alegría: la bendición de Dios en su amor. Asegúrese de que, como el vino de Caná, los signos externos de su celebración revelan la presencia del Señor, que ello sea la razón de su alegría.

Pero hay algo que usted dijo y quiero tomar el vuelo, porque no quiero dejarlo pasar. El matrimonio es también un trabajo de todos los días, es como el trabajo de un orfebre, porque el marido tiene la obligación de hacer más mujer a su esposa y la mujer tiene la tarea de hacer más hombre a su marido. Crecer en humanidad, como hombre y como mujer. Esto se llama crecer juntos. ¡Esto no se hace solo por sí mismo! El Señor lo bendice, pero viene de sus acciones, de sus actitudes, la forma en que vivimos, la forma de amar… ¡Crezcamos! Asegúrense siempre de que el otro va a crecer. ¡Trabajen para esto! 

*  *  *

Santo Padre Francisco

Discurso a las parejas que se están preparando para el matrimonio

Plaza de san Pedro el viernes, 14 de febrero de 2014

 

Santos Cirilo y Metodio, copatrones de Europa

Santos Cirilo y Metodio, copatrones de Europa

Sesión de catequesis: Santos Cirilo y Metodio

Apóstoles de los pueblos eslavos y servidores de la verdad

1. Objetivo de la sesión y duración

Ayudar a los jóvenes y a las familias a descubrir cómo la fe cristiana puede dialogar con la cultura, la lengua y la inteligencia humana, siguiendo el ejemplo de los santos Cirilo y Metodio, misioneros, educadores y buscadores incansables de Dios, de la verdad y del bien común.

Duración total estimada: 55–60 minutos.

2. Introducción

En muchas ocasiones se presenta la fe como algo opuesto a la cultura o al pensamiento. Los santos Cirilo y Metodio demuestran lo contrario: creyeron que Dios habla a todos los pueblos, en todas las lenguas, y que la fe cristiana no destruye lo bueno de una cultura, sino que la purifica y la eleva.

3. Uso de la catequesis

La sesión puede realizarse completa en un solo encuentro o dividirse en dos: una parte histórica-doctrinal y otra práctica y orante. Cada actividad está pensada para adaptarse tanto a jóvenes como a familias.

4. Hagiografía

Cirilo y Metodio nacieron en Tesalónica en el siglo IX. Cirilo destacó por su inteligencia y formación; Metodio por su sentido del gobierno y su vida espiritual. Juntos anunciaron el Evangelio a los pueblos eslavos, defendiendo el uso de la lengua propia en la liturgia y la catequesis (San Juan Pablo II, Slavorum Apostoli, 7).

Oa ofrecemos para su uso la siguiente biografía escrita pos el padre Santiago Morillo S.I.:

Las vidas paralelas de estos dos santos hermanos del siglo IX adquieren relieve de trascendente actualidad en el siglo XX. Son ellos, no sólo apóstoles de los países eslavos, sino también portaestandartes de la fidelidad a Roma en los tiempos borrascosos que preludiaron el cisma oriental. Focio, que había de ser patriarca de Constantinopla y primer promotor de la ruptura bizantina con Roma, fue profesor y jefe eclesiástico de ambos. Supieron ellos a tiempo desligarse del cismático patriarca, para seguir en unión con Roma, centro de la catolicidad. Su táctica marca un hito perenne en los actuales problemas de la unión de los cristianos.

Los hermanos Cirilo y Metodio nacieron en Salónica, hermosa y antigua ciudad de la Macedonia griega, a principios del siglo IX. La ciudad se distinguía por su carácter cosmopolita, y los tesalonicenses aprendían con gusto los mas extraños idiomas, gloriándose de poder entender hasta los bárbaros del Norte y mantener activo comercio con las regiones más recónditas de la Panonia, de la Misia y de la Dacia. El valle del río Vardar, en cuya desembocadura se encuentra la ciudad, forma como un corredor de entrada a la península Balcánica y a la región danubiana. Salónica era por eso plaza fuerte tan celosamente atendida por los emperadores bizantinos, ya que, perdida ella, podía darse por terminada la dominación griega en los Balcanes. Eslavos y búlgaros intentaron varías veces apoderarse de Salónica, pero en su fracaso llegaron a establecerse pacíficamente en los suburbios de la ciudad. Entre estas gentes sencillas aprendieron los dos hermanos el difícil e inculto idioma eslavo.

Su padre se llamaba León y ocupaba el alto cargo de lugarteniente general de la zona militar; hombre versado no sólo en asuntos militares, sino filosóficos y religiosos, en su biblioteca abundaban las obras de los Santos Padres, particularmente las de San Gregorio Nacianceno. Tanto él como su señora eran de noble abolengo y muy piadosos. Tuvieron siete hijos, de los que Metodio era el primero y Cirilo el último. Aquél nació en 815, éste en 826. Lo mismo el nombre de Metodio que el de Cirilo son monásticos; Cirilo se llamaba Constantino, debiendo el nombre de Metodio de empezar igualmente por M, según la costumbre monacal de permutar el nombre propio por otro que empezase por la misma letra.

Muy joven aún, Metodio fue nombrado gobernador de la provincia de la Macedonia interior, en las fronteras de la actual Albania, donde ya se establecían los eslavos. Allí conoció el espíritu y las necesidades de este pueblo.

Cirilo inició sus estudios en Salónica. En ese tiempo leía y releía las obras de San Gregorio Nacianceno, aprendiendo de memoria sus maravillosas composiciones poéticas y aspirando a la sabiduría divina que brillaba en los escritos del maestro. Muerto prematuramente León, cuando Cirilo tenía sólo catorce años, fue éste acogido bajo la protección de Teoctistos, canciller imperial y primer ministro de la emperatriz Teodora, quien le llamó a Constantinopla para completar allí su formación.

Constantinopla estaba en el siglo IX en el apogeo de su esplendor: era, efectivamente, la capital del mundo civilizado y centro importantísimo de cultura cristiana. El patriarcado gozaba de muchísimos privilegios, lo que, unido a la intromisión de los poderes civiles en el terreno eclesiástico, ofrecía terreno propicio a las intrigas y a la venalidad de los altos dignatarios de la Iglesia. Los monjes eran los que preferentemente salvaguardaban la ortodoxia y defendían la Iglesia de las injerencias civiles. El pueblo era profundamente piadoso, datando de entonces el incremento del culto a las sagradas imágenes, con la derrota de la herejía iconoclasta el 19 de febrero de 842. Gobernaba el patriarcado el santo monje Ignacio.

Teoctistos cedió a Cirilo un cuarto en su propio palacio y le inscribió en la universidad Imperial, que funcionaba en la misma corte, no lejos de Santa Sofía. Sus maestros fueron León, el sabio más ilustre de la ciudad, por sobrenombre el Filósofo o el Matemático, y Focio. Este, a despecho de haber alumbrado el cisma oriental, poseía, con todo, una ciencia prodigiosa y grandes méritos en el campo filosófico, histórico y aun teológico. Focio era entonces seglar. Cirilo hizo notables progresos en el conocimiento de la antigüedad clásica y en las obras de los Santos Padres. No pudo, en cambio, mantener relaciones cordiales con el arrogante Focio, que odiaba al canciller, a la emperatriz, al santo patriarca Ignacio y a los monjes en general. A Cirilo le asqueaba la vida oficial y decidió retirarse a un monasterio. Ante las súplicas de Teoctistos y la influencia de la emperatriz demoró Cirilo su retiro. El año 847 recibió la ordenación sacerdotal y fue nombrado bibliotecario patriarcal, archivero curial y secretario del Consejo Eclesiástico. Ante las injusticias de que a diario era testigo en el desempeño de su cargo, Cirilo desapareció misteriosamente. Obligado a regresar a Constantinopla, en el momento en que su maestro Focio era elevado a la dignidad de patriarca, aceptó sustituirle en la cátedra de filosofía; tanto se distinguió en ella que a los veinticinco años era ya universalmente conocido con el sobrenombre de «filósofo».

Durante los reinados de Teodora y Miguel venían del Norte y del Oriente legaciones de pueblos extranjeros a Constantinopla, buscando en Bizancio protección y luz. Los emperadores enviaban embajadores mitad religiosos mitad políticos, para poner trabas a las empresas mahometanas y germanas.

Cirilo fue escogido el año 851 para acompañar, en calidad de intérprete y consejero, una delegación imperial a la corte del califa de Bagdad.

Coincidiendo con su retorno a Constantinopla se acentúan sus ansias de soledad y sus preocupaciones por la vida monástica. Debió estar en correspondencia con su hermano Metodio, quien, tras los desengaños experimentados en su gobierno, abandonó la carrera administrativa y abrazó la vida monástica, entrando el año 853 en un monasterio del monte Olimpo. Este monte Olimpo no tiene relación alguna con el Olimpo griego, morada de los dioses mitológicos; estaba situado en el Asia Menor, no lejos del mar de Mármara, cerca de la actual ciudad de Brus; era conocido como el Olimpo asiático o bitinio, centro monacal de contemplación y de estudio. Cirilo siguió a su hermano Metodio en las soledades del monasterio.

Fue ésta una época de paz para ambos hermanos, en la que harían grandes acopios de santidad y de ciencia sagrada. Constantinopla, en cambio, era un volcán de pasiones. Bardas, hermano de Teodora, hombre ambicioso e inmoral y tutor de Miguel, legítimo heredero del trono, acabó por encarcelar y asesinar a Teoctistos, expulsar del trono a Teodora, desterrar al patriarca Ignacio y entronizar al arribista Focio. Este no olvidó a los dos hermanos y para captárselos a su bando les ofreció dignidades, que ellos rehusaron valientemente. Focio buscaba desde entonces un pretexto para alejarlos diplomáticamente del Imperio; en esto coincidía con los deseos de ambos hermanos, que no podían reconocer la autoridad de Focio. Pronto se presentó una ocasión oportuna para ello.

El hakán de los kázaros envió, hacia el año 861, una embajada a Constantinopla, solicitando misioneros que confutasen los errores islámicos y judíos. Cirilo y Metodio parecieron los sujetos más aptos para esta empresa; Cirilo como director, Metodio como consejero. A través del Quersoneso, al sur de la península de Crimea, se dirigen el año 861 al país de los kázaros en la costa del mar Negro, entre el Don y el Cáucaso, donde fueron recibidos con todos los honores. Dios bendijo en forma extraordinaria esta misión, en la que los hermanos demostraron dotes excepcionales, además de la santidad de sus vidas, para adaptarse a mentalidades extrañas para aprender lenguas extranjeras y sobre todo para no mezclar en su apostolado la religión con el nacionalismo o la Política. Su labor fue sencillamente cristianizar, a base del respeto a los usos y costumbres de los pueblos. Cirilo escribió entonces una obrita para confutar los errores judaizantes de que estaban contagiados los kázaros. Metodio la tradujo al eslavo, pero de ella no quedan sino pocos fragmentos. Más de 200 dignatarios abrazaron el cristianismo y la amistad entre Bizancio y el kan quedó firmemente cimentada.

Un suceso llenó de alegría el corazón de los hermanos a su paso por Kerson: el hallazgo del cuerpo de San Clemente Romano en unas ruinas de la islita que está frente a la ciudad, en la tarde del 23 de enero. Los sagrados despojos fueron llevados primeramente a la catedral, donde quedó una parte de ellos; la otra la conservó Cirilo, llevándola consigo a Constantinopla y más tarde a Roma.

De vuelta a Constantinopla, el emperador y el patriarca los recibieron con el honor que correspondía al éxito de su misión. Los dos hermanos volvieron a retirarse al monasterio del monte Olimpo, pero su retiro debió de durar poco tiempo.

Entran ahora en escena los pueblos eslavos. Ratislao, príncipe de Moravia, enviará una embajada a Bizancio solicitando también misioneros. Hacia el siglo IX se habían extendido ya los eslavos desde las llanuras de la Rusia meridional, por el norte, hasta el mar Blanco; por el sur, hacia el Adriático y el Egeo; por el occidente habían penetrado hondamente en Alemania y por el este llegaban al Volga. Se habían formado incluso varios Estados eslavos, tanto al norte como al centro y sur de Europa. Entre ellos se distinguía por su creciente poderío la nación morava.

Moravia había sido ya precedentemente cristianizada, al menos en parte, por misioneros alemanes, pero con escaso éxito, debido, sin duda, a la falta general de adaptación al medio ambiente. Es natural que a un pacto entre príncipes se unieran el motivo religioso y el político; el rey moravo soñaba con poner trabas a la expansión germánica, el emperador bizantino acariciaba la idea de extender su influencia entre los pueblos de Centroeuropa. Cirilo y Metodio, ajenos a las miras políticas de ambos reyes, pensaron solamente en cristianizar. Estudiaron mejor las costumbres del país, se hicieron rápidamente cargo del sistema conducente a la evangelización de los eslavos y sacaron la conclusión de que se imponía una liturgia oriental en lengua del país, en consonancia con la doctrina de la adaptación.

La empresa debió ser ardua por muchos conceptos. Primero, por lo que parecía una innovación en metodología misional; segundo, por la oposición de los alemanes.

No debía ser, efectivamente, fácil introducir una liturgia en lengua nativa, dado que no existía alfabeto eslavo. Cirilo, que ya en un principio se había esforzado por transcribir algunas palabras eslavas con la ayuda del alfabeto griego, renueva ahora ahincadamente sus esfuerzos, logrando definitivamente adaptar los caracteres cursivos griegos a la lengua eslava, supliendo con media docena de signos originales los sonidos eslavos inexistentes en la fonética griega. Surge así el alfabeto llamado «glagolita» (de glagol = palabra), con el que tradujeron progresivamente los libros indispensables para el culto y el conocimiento de la Sagrada Escritura. Este milagro lingüístico produjo enorme impresión en la corte bizantina.

El alfabeto «glagolita» no debe confundirse con el «cirílico», basado en la aplicación a la fonética eslava de los signos unciales griegos. Aunque este último lleva el nombre de «cirílico» por San Cirilo, con todo, su autor parece que fue Clemente, uno de sus discípulos. Cirilo es únicamente autor del «glagolita». Digamos de paso que las traducciones de la Sagrada Escritura a la lengua eslava llevan el sello de los mejores códices antiguos conservados por los monjes del monte Olimpo, siendo, aunque tardías, de gran importancia para la crítica textual y para la restauración del texto bíblico original.

El éxito de los dos hermanos entre los moravos fue enorme, pero chocaron con la resistencia tenaz de los misioneros germanos, que veían en ellos dos vagabundos filósofos, perturbadores de la paz religiosa en los terrenos feudos de Germania. Pero el príncipe los protegía con su apoyo, el pueblo los quería, admirando en ellos unos griegos finos, cultos y enérgicos, que hablaban la lengua de su país y les presentaban la palabra de Dios adaptada a su mentalidad. La mies fue tan copiosa que faltaban sacerdotes para tanto fruto de conversiones. Ninguno de los dos era obispo, y Metodio ni siquiera sacerdote.

Con la intención de interesar algún prelado en la empresa de convertir a los eslavos se ponen en camino, acompañados de algunos de sus discípulos; atraviesan la parte inferior de la Panonia, donde entran en relaciones con el príncipe Kocel, que la gobernaba como vasallo del Imperio germánico. Estuvieron allí unos seis meses; Kocel aprendió la escritura eslava y puso bajo el magisterio de Cirilo 50 jóvenes de su séquito, para que les enseñase los libros eslavos y los rudimentos de la fe; él mismo acompañó a los peregrinos hasta las fronteras de su reino y más tarde se había de interesar ante Roma en que Metodio fuese nombrado obispo de Panonia. Al llegar a Venecia encontraron, por el contrario, fría acogida por parte del patriarca y del clero, prevenido ya por los rumores adversos que sobre ellos corrían; estos rumores, en forma concreta de acusación de apostasía y de herejía, habían llegado hasta Roma, promovidos por el clero germano. De no mediar el elemento político, que encendía las pasiones nacionalistas y ofuscaba la inteligencia de la verdad católica, no se explicaría esta hostilidad contra los apóstoles hermanos. Ellos practicaban sencillamente la adaptación, cual lo había hecho Jesucristo, los apóstoles, toda la Iglesia primitiva al evangelizar el mundo; pero, aun dado caso de que en el siglo IX o en los pueblos eslavos no conviniera ya continuar el mismo sistema, una cosa meramente metodológica no es para provocar acusaciones tan graves.

Los dos hermanos continúan viaje a Roma. El recibimiento fue apoteósico y, por ende, inesperado. Había corrido la voz de que eran portadores de las reliquias de San Clemente; el papa Adriano II, numerosos cardenales y obispos, una muchedumbre inmensa de ciudadanos les salieron al encuentro y llevaron procesionalmente el santo cuerpo del papa romano. El Papa tuvo ocasión de conversar largamente con Cirilo, y prendado de su profunda piedad, de su intachable ortodoxia, de su celo apostólico, bendijo largamente a los hermanos y aprobó sus proyectos misioneros. Metodio y otros tres eslavos recibieron la ordenación sacerdotal y celebraron su misa en rito eslavo, los días 5 y 6 de enero, respectivamente, del año 868. Los libros eslavos, bendecidos por el Papa, recibieron como su consagración al ser colocados oficialmente sobre el altar de Santa María ad praesepe (Santa María Mayor). Ante una reunión de cardenales, obispos y teólogos, presidida por el Papa, Cirilo expuso sus proyectos apostólicos; fue aplaudido unánimemente, excepción hecha de los que simpatizaban con el emperador de Alemania, que veían en la nueva liturgia eslava una barrera al poder expansionista de los príncipes germanos.

Se quiso nombrar obispo a Cirilo; pero, enfermo desde la misión a los kázaros, se agravó rápidamente y tras despedirse de su hermano Metodio y de todos los presentes, se durmió en la paz del Señor el 14 de febrero de 869. Antes de morir, y después de recibir los últimos sacramentos hizo la profesión monacal y cambió el nombre de Constantino por el de Cirilo. Los funerales fueron presididos por el mismo Papa, quien mandó que su cuerpo recibiera sepultura en la basílica de San Clemente, junto a las reliquias que él mismo había traído.

Metodio, que, a pesar de ser mayor que su hermano, había sido siempre su fiel ayudante, toma ahora el timón de la desolada misión morava. Si no tenía la preparación teológica y científica de su hermano Cirilo, poseía, en cambio, en alto grado el don de mando y de gobierno. Regresa al Oriente en calidad de «misionero apostólico de los eslavos» y de «legado pontificio», y portando cartas para los príncipes Ratislao, Kocel y Sviatopolk. Llamado nuevamente a Roma, volvió a la Ciudad Eterna acompañado de nobles varones y de veinte candidatos al sacerdocio. Metodio fue consagrado obispo a fines de 869 y nombrado primer arzobispo de Sirmio (Srem), diócesis que se extendía a Moravia, Panonia, Servia y por el norte hasta la Sarmacia (desde la frontera griega hasta más allá de los Cárpatos). Esta archidiócesis debía separar el Oriente bizantino y el Occidente romano-germánico, germen de seculares luchas.

Cuando, en 870, Metodio torna a la misión para tomar posesión de su archidiócesis, encontró las cosas cambiadas. Sviatopolk, tío de Ratislao, había hecho causa común con los príncipes y obispos alemanes; Ratislao, protector fiel de Metodio, fue hecho prisionero y desapareció, sin vestigio, de la escena. Metodio fue encerrado en una torre, donde le hicieron sufrir ultrajes y humillaciones durante dos años y medio, queriéndole obligar a renunciar sus cargos y dignidades. El año 872 tuvo noticias del secuestro el papa Juan VIII, quien mandó bajo excomunión que fuese puesto en libertad; el obispo de Ancona, «legado pontificio ad hoc», le liberó de la cárcel y Metodio prosiguió incansable su obra evangelizadora. Por todas partes era recibido como «enviado del cielo». Sus discípulos se extendieron por el norte entre los ucranianos y polacos, y por el sur entre los panonios, croatas y servios.

Los alemanes arreciaban en sus acusaciones de herejía contra Metodio, y el Papa le impone el sacrificio de abandonar la liturgia eslava. Importaba menos a Metodio el triunfo momentáneo de sus enemigos que el fracaso de una misión tan fecunda; por eso emprendió un nuevo viaje a Roma en 879, para responder de las acusaciones de herejía y de innovación en la liturgia. Juan VIII aprobó enteramente su ortodoxia y su liturgia. Metodio pudo volver justificado a su misión. Hacia el 882 lo encontramos en Constantinopla y poco tiempo después muere entre sus fieles el 6 de abril de 884. Se le hicieron grandiosos funerales con oficios en latín, griego y eslavo: «Reunido el pueblo en masa con cirios y lágrimas, acompañó a su buen pastor. Allí estaban todos, hombres, mujeres, niños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, viudas y huérfanos, extranjeros e indígenas, enfermos y sanos, porque Metodio se había hecho todo para todos, para salvarlos a todos».

Su cuerpo fue llevado posteriormente a Roma y colocado en San Clemente, junto al de su hermano Cirilo. Un cuadro sintetiza su santidad: el alma de Cirilo es presentada al supremo juez por sus dos santos protectores, Miguel y Gabriel, príncipes de las milicias celestiales; San Andrés y San Clemente asisten al trono divino y el hermano Metodio levanta suplicante el cáliz eucarístico en sufragio del difunto. Ambos juntos suelen ser pintados por los iconógrafos bizantinos leyendo y bautizando en Moravia, con un hombre arrodillado a sus pies, que les ofrece pan y sal, según el rito de los eslavos, en signo de amistad.

Los sepulcros de Cirilo y Metodio en Roma son lazo de unión, profesión de ecumenicidad, garantía de esperanza en una no muy lejana recuperación del Oriente cristiano a la obediencia del Papa.

Cirilo y Metodio esperan en Roma la hermosa hora del encuentro y del abrazo. Son como el Oriente hincado en el corazón de Roma. Son como los testigos de una caridad unitiva que traspasa pueblos y coliga siglos.

Además de las fiestas en el día de su muerte (14 de febrero y 6 de abril), se les honra con una fiesta común, lo mismo en la Iglesia oriental que en la latina. León XIII puso sus nombres en el Misal Romano el 25 de octubre de 1880, fijando su fiesta para el 5 de julio, que luego, en diciembre de 1887, fue trasladada al 7 del mismo mes; en el rito, oriental se celebra el 11 de mayo, tanto por los católicos como por los disidentes.

5. Carismas y valores

  • Amor a la verdad y al estudio.
  • Espíritu misionero y dialogante.
  • Servicio fiel a la Iglesia.

6. Actividades desarrolladas

Actividad 1: “Hablar con Dios en mi propia lengua”
Carisma trabajado: inculturación de la fe

Duración estimada: 12–15 minutos.

Contenido para el catequista:
Explicar brevemente que Cirilo y Metodio creyeron que Dios se comunica con cada persona allí donde está: en su lengua, su cultura y su vida cotidiana. Recordar que la oración no es repetir fórmulas sin sentido, sino hablar con Dios con sinceridad.

Contenido para catecúmenos y familia:
Cada participante escribe una breve oración dirigida a Dios con sus propias palabras, expresando una preocupación, una alegría o una petición. Los más jóvenes pueden hacerlo en forma de frase sencilla.

Materiales:
Hojas de papel, bolígrafos o lápices.

Objetivo:
Descubrir que la fe cristiana no es algo lejano, sino una relación personal con Dios que puede expresarse con palabras sencillas y verdaderas.

Actividad 2: “Fe, cultura y vida diaria”
Carisma trabajado: diálogo entre fe y cultura

Duración estimada: 15 minutos.

Contenido para el catequista:
Recordar que Cirilo y Metodio no despreciaron la cultura de los pueblos, sino que la respetaron y la iluminaron con el Evangelio. Invitar a reflexionar cómo vivir la fe hoy sin esconderla ni imponerla.

Contenido para catecúmenos y familia:
En pequeños grupos o en familia, responder a estas preguntas:

  • ¿Dónde es más difícil vivir la fe hoy (instituto, trabajo, redes sociales)?
  • ¿Qué actitudes cristianas pueden marcar la diferencia?

Materiales:
Ninguno, opcionalmente una hoja con las preguntas.

Objetivo:
Ayudar a integrar la fe cristiana en la vida real, aprendiendo a dialogar con respeto y coherencia.

Actividad 3: “Servir como misioneros hoy”
Carisma trabajado: servicio y misión

Duración estimada: 15 minutos.

Contenido para el catequista:
Explicar que la misión de Cirilo y Metodio no fue solo predicar, sino servir con paciencia y entrega. Subrayar que toda familia y todo joven puede ser misionero en lo cotidiano.

Contenido para catecúmenos y familia:
Elegir una acción concreta de servicio para la semana (en casa, con un vecino, en la parroquia). Escribirla y comprometerse a realizarla.

Materiales:
Papel y bolígrafo.

Objetivo:
Pasar de la reflexión a la acción, entendiendo la fe como servicio humilde y constante.

Actividad bíblica: “El Evangelio en la lengua del corazón”
Carisma trabajado: misión evangelizadora e inculturación de la fe

Duración estimada: 15–20 minutos.

Cita bíblica de referencia (proclamación):

«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos».

(Evangelio según san Mateo 28, 19–20; Biblia, traducción oficial de la Conferencia Episcopal Española).

Contenido para el catequista:
Antes de la lectura, explicar brevemente que esta es la gran misión que Jesús confía a la Iglesia. Subrayar que los santos Cirilo y Metodio tomaron este mandato muy en serio y lo vivieron anunciando el Evangelio a pueblos distintos al suyo, respetando su lengua y su cultura. Recordar que “todos los pueblos” significa sin excluir a nadie, y que enseñar implica cercanía, paciencia y amor.

Contenido para catecúmenos y familia:
Después de escuchar la Palabra, se invita a reflexionar juntos a partir de estas preguntas, que pueden responderse en voz alta o por escrito:

  • ¿Qué significa hoy para nosotros “ir” y anunciar el Evangelio?
  • ¿A qué “pueblos” nos envía Jesús en nuestra vida diaria (familia, instituto, trabajo, redes sociales)?
  • ¿Cómo podemos anunciar a Cristo sin imponer, como hicieron Cirilo y Metodio?

Desarrollo concreto de la actividad:

  1. Proclamación lenta y clara del texto bíblico.
  2. Breve silencio (30 segundos) para interiorizar la Palabra.
  3. Diálogo guiado con las preguntas propuestas.
  4. Cada participante escribe una frase que complete: “Esta semana puedo ser misionero cuando…”

Materiales necesarios:
Biblia, papel y bolígrafos.

Objetivo de la actividad:
Ayudar a jóvenes y familias a comprender que la misión de la Iglesia nace directamente del mandato de Cristo y que, siguiendo el ejemplo de los santos Cirilo y Metodio, todos estamos llamados a anunciar el Evangelio con respeto, cercanía y fidelidad, en nuestro propio entorno y con nuestro propio lenguaje.

Nota para el catequista: Esta actividad puede cerrarse rezando juntos el Padrenuestro, recordando que todos los pueblos tienen un mismo Padre.

7. Oraciones

Oración en familia

Santos Cirilo y Metodio,
enseñadnos a buscar a Dios con inteligencia y humildad.
Ayudadnos a vivir la fe con coherencia y servicio.
Amén.

Oración para los jóvenes

Señor Jesús,
abre nuestra mente a la verdad
y nuestro corazón al bien.
Haznos testigos tuyos en nuestra vida diaria.
Amén.

8. Conclusión

La vida de los santos Cirilo y Metodio nos recuerda que la fe cristiana es razonable, cercana y misionera. Hoy, como ayer, Dios sigue llamando a jóvenes y familias a servirle con verdad y generosidad.

9. Consejos finales

  • Para los padres: acompañar con ejemplo y diálogo sereno.
  • Para los jóvenes: no tener miedo de pensar y creer.
  • Para los catequistas: unir claridad doctrinal y cercanía humana.