Catequesis mariana: María, hija predilecta del Padre

Catequesis mariana: María, hija predilecta del Padre

1. Pocos días después de la inauguración del gran jubileo, me alegra iniciar hoy la primera audiencia general del año 2000 expresando a todos los presentes mi más cordial deseo para el Año jubilar: que constituya realmente un «tiempo fuerte» de gracia, reconciliación y renovación interior.

El año pasado, el último de los que dedicamos a la preparación inmediata del jubileo, profundizamos juntos en el misterio del Padre. Hoy, al concluir ese ciclo de reflexiones y casi como una especial introducción a las catequesis del Año santo, queremos hablar una vez más con amor sobre la persona de María.

En ella, «hija predilecta del Padre» (Lumen gentium, 53), se manifestó el plan divino de amor para la humanidad. El Padre, al destinarla a convertirse en la madre de su Hijo, la eligió entre todas las criaturas y la elevó a la más alta dignidad y misión al servicio de su pueblo.

Este plan del Padre comienza a manifestarse en el «Protoevangelio», cuando, después de la caída de Adán y Eva, Dios anuncia que pondrá enemistad entre la serpiente y la mujer: el hijo de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente (cf. Gn 3, 15).

La promesa comienza a realizarse en la Anunciación, cuando el ángel dirige a María la propuesta de convertirse en Madre del Salvador.

2. «Alégrate, llena de gracia» (Lc 1, 28). Las primeras palabras que el Padre dirige a María, a través del ángel, son una fórmula de saludo que se puede entender como una invitación a la alegría, invitación que recuerda la que dirigió a todo el pueblo de Israel el profeta Zacarías: «¡Alégrate sobremanera, hija de Sión; grita de júbilo, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey» (Za 9, 9; cf. también So 3, 14-18). Con estas primeras palabras dirigidas a María, el Padre revela su intención de comunicar a la humanidad la alegría verdadera y definitiva. La alegría propia del Padre, que consiste en tener a su lado al Hijo, es ofrecida a todos, pero ante todo es encomendada a María, para que desde ella se difunda a la comunidad humana.

3. En María la invitación a la alegría está vinculada al don especial que había recibido del Padre: «Llena de gracia». La expresión griega, con acierto, suele traducirse «llena de gracia», pues se trata de una abundancia que alcanza su máximo grado.

Podemos notar que la expresión suena como si constituyera el nombre mismo de María, el «nombre» que le dio el Padre desde el origen de su existencia. En efecto, desde su concepción su alma está colmada de todas las bendiciones, que le permitirán un camino de eminente santidad a lo largo de toda su existencia terrena. En el rostro de María se refleja el rostro misterioso del Padre. La ternura infinita de Dios-Amor se revela en los rasgos maternos de la Madre de Jesús.

4. María es la única madre que puede decir, hablando de Jesús, «mi hijo», como lo dice el Padre: «Tú eres mi Hijo» (Mc 1, 11). Por su parte, Jesús dice al Padre: «AbbừPapá» (cf. Mc 14, 36), mientras dice «mamá» a María, poniendo en este nombre todo su afecto filial.

En la vida pública, cuando deja a su madre en Nazaret, al encontrarse con ella la llama «mujer», para subrayar que él ya sólo recibe órdenes del Padre, pero también para declarar que ella no es simplemente una madre biológica, sino que tiene una misión que desempeñar como «Hija de Sión» y madre del pueblo de la nueva Alianza. En cuanto tal, María permanece siempre orientada a la plena adhesión a la voluntad del Padre.

No era el caso de toda la familia de Jesús. El cuarto evangelio nos revela que sus parientes «no creían en él» (Jn 7, 5) y san Marcos refiere que «fueron a hacerse cargo de él, pues decían: «Está fuera de sí»» (Mc 3, 21). Podemos tener la certeza de que las disposiciones íntimas de María eran completamente diversas. Nos lo asegura el evangelio de san Lucas, en el que María se presenta a sí misma como la humilde «esclava del Señor» (Lc 1, 38). Desde esta perspectiva se ha de leer la respuesta que dio Jesús cuando «le anunciaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte»» (Lc 8, 20; cf. Mt 12, 46-47; Mc 3, 32); Jesús respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8, 21). En efecto, María es un modelo de escucha de la palabra de Dios (cf. Lc 2, 19. 51) y de docilidad a ella.

5. La Virgen conservó y renovó con perseverancia la completa disponibilidad que había expresado en la Anunciación. El inmenso privilegio y la excelsa misión de ser Madre del Hijo de Dios no cambiaron su conducta de humilde sumisión al plan del Padre. Entre los demás aspectos de ese plan divino, ella asumió el compromiso educativo implicado en su maternidad. La madre no es sólo la que da a luz, sino también la que se compromete activamente en la formación y el desarrollo de la personalidad del hijo. Seguramente, el comportamiento de María influyó en la conducta de Jesús. Se puede pensar, por ejemplo, que el gesto del lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 4-5), que dejó a sus discípulos como modelo para seguir (cf. Jn 13, 14-15), reflejaba lo que Jesús mismo había observado desde su infancia en el comportamiento de María, cuando ella lavaba los pies a los huéspedes, con espíritu de servicio humilde.

Según el testimonio del evangelio, Jesús, en el período transcurrido en Nazaret, estaba «sujeto» a María y a José (cf. Lc 2, 51). Así recibió de María una verdadera educación, que forjó su humanidad. Por otra parte, María se dejaba influir y formar por su hijo. En la progresiva manifestación de Jesús descubrió cada vez más profundamente al Padre y le hizo el homenaje de todo el amor de su corazón filial. Su tarea consiste ahora en ayudar a la Iglesia a caminar como ella tras las huellas de Cristo.

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Santo Padre Juan Pablo II

Audiencia General del miércoles, 5 de enero de 2000

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Catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II

Catequesis mariana: La santísima Virgen María y la vida consagrada

Catequesis mariana: La santísima Virgen María y la vida consagrada

1. La relación que todo fiel, como consecuencia de su unión con Cristo, mantiene con María santísima queda aún más acentuada en la vida de las personas consagradas. Se trata de un aspecto esencial de su espiritualidad, expresada más directamente en el título de algunos institutos, que toman el nombre de María, llamándose sus hijos o hijas, siervos o siervas, apóstoles, etc. Muchos institutos reconocen y proclaman el vínculo con María como particularmente arraigado en su tradición de doctrina y devoción, ya desde sus orígenes. En todos existe la convicción de que la presencia de María tiene una importancia fundamental tanto para la vida espiritual de cada alma consagrada, como para la consistencia, la unidad y el progreso de toda la comunidad.

2. Hay sólidas razones para ello, incluso en la sagrada Escritura. En la Anunciación, el ángel Gabriel define a María gratia plena (kecharitoméne: Lc 1, 28), aludiendo explícitamente a la acción soberana y gratuita de la gracia (cf. encíclica Redemptoris Mater, 7). María fue elegida en virtud de un singular amor divino. Si es totalmente de Dios y vive para él, es porque antes que nada Dios tomó posesión de ella, ya que quiso convertirla en el lugar privilegiado de su relación con la humanidad en la Encarnación. Así pues, María recuerda a los consagrados que la gracia de la vocación es un don que no han merecido. Dios es quien los ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10. 19), con un amor gratuito, que debe suscitar su acción de gracias.

María es también el modelo de la acogida de la gracia por parte de la criatura humana. En ella, la gracia misma produjo el «sí» de la voluntad, la adhesión libre, la docilidad consciente del «fiat» que la llevó a una santidad cada vez mayor durante su vida. María no puso obstáculos a ese crecimiento; siempre siguió las inspiraciones de la gracia e hizo suyas las intenciones divinas. Siempre cooperó con Dios. Con su ejemplo, enseña a los consagrados a no desaprovechar ninguna de las gracias recibidas, a responder cada vez con más generosidad a la llamada divina, y a dejarse inspirar, mover y guiar por el Espíritu Santo.

3. María es la que ha creído, como reconoce su prima Isabel. Esta fe le permite colaborar en la realización del plan de Dios, que, de acuerdo con las previsiones humanas, parecía «imposible» (cf. Lc 1, 37); y así se llevó a cabo el misterio de la venida del Salvador al mundo. El gran mérito de la Virgen santísima consiste en haber cooperado a su venida por una senda que ella misma, al igual que los demás mortales, no sabía cómo podía recorrerse. María creyó, y «el Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14) por obra del Espíritu Santo (cf. Redemptoris Mater, 12-14).

También los que aceptan la llamada a la vida consagrada necesitan una gran fe. Para comprometerse en el camino de los consejos evangélicos, es preciso creer en Aquel que llama a vivirlos y en el destino superior que él ofrece. Para entregarse completamente a Cristo, hay que reconocer en él al Señor y Maestro absoluto, que puede pedirlo todo, porque puede hacerlo todo para traducir en realidad lo que pide.

Así pues, María, modelo de fe, guía a los consagrados en el camino de la fe.

4. María es la Virgen de las vírgenes (Virgo virginum). Ya desde los primeros siglos de la Iglesia, ha sido reconocida como modelo de la virginidad consagrada.

La voluntad de María de conservar la virginidad es sorprendente en un ambiente donde ese ideal no se hallaba difundido. Su decisión es fruto de una gracia especial del Espíritu Santo, que suscitó en su corazón el deseo de ofrecerse totalmente a sí misma, en alma y cuerpo, a Dios, realizando así, del modo más elevado y humanamente inimaginable, la vocación de Israel a desposarse con Dios, a pertenecerle de forma total y exclusiva como su pueblo.

El Espíritu Santo la preparó para su maternidad extraordinaria por medio de la virginidad, porque, según el plan eterno de Dios, un alma virginal debía acoger al Hijo de Dios en su encarnación. El ejemplo de María ayuda a comprender la belleza de la virginidad y estimula a los llamados a la vida consagrada a seguir ese camino. Es tiempo de volver a valorar, a la luz de María, la virginidad. Es tiempo de volverla a proponer a los chicos y a las chicas como un serio proyecto de vida. María sostiene con su ayuda a los que se comprometen en ella, les hace comprender la nobleza de la entrega total del corazón a Dios, y afianza continuamente su fidelidad, incluso en las horas de dificultad y de peligro.

5. María se dedicó por completo durante muchos años al servicio de su Hijo: le ayudó a crecer y a prepararse para su misión en la casa y en la carpintería de Nazaret (cf. Redemptoris Mater, 17). En Caná le pidió que manifestara su poder de Salvador y obtuvo su primer milagro en favor de un matrimonio que se encontraba en un apuro (cf. Redemptoris Mater, 18 y 23); nos señaló el camino de la perfecta docilidad a Cristo, diciendo: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). En el Calvario estuvo cerca de Jesús como madre. En el cenáculo, junto con los discípulos de Jesús, pasó en oración el tiempo de la espera del Espíritu Santo, prometido por él.

Por consiguiente, María muestra a los consagrados la senda de la entrega a Cristo en la Iglesia como familia de fe, caridad y esperanza, y les alcanza las maravillas de la manifestación del poder soberano de su Hijo, nuestro Señor y Salvador.

6. La nueva maternidad conferida a María en el Calvario es un don que enriquece a todos los cristianos, pero tiene un valor más marcado para los consagrados. Juan, el discípulo predilecto, había ofrecido todo su corazón y todas sus fuerzas a Cristo. Al oír las palabras: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19, 26), María acogió a Juan como hijo suyo, y comprendió también que esa nueva maternidad abarcaba a todos los discípulos de Cristo. Su comunión de ideales con Juan y con todos los consagrados permite a su maternidad expandirse en plenitud.

María se comporta como Madre muy atenta para ayudar a los que han consagrado a Cristo todo su amor. Manifiesta una gran solicitud en sus necesidades espirituales. Socorre también a las comunidades, como a menudo atestigua la historia de los institutos religiosos. A ella, que se hallaba presente en la comunidad primitiva (cf. Hch 1, 14), le agrada permanecer en medio de todas las comunidades reunidas en el nombre de su Hijo. En particular, vela por la conservación y expansión de su caridad.

Las palabras de Jesús al discípulo predilecto: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27) cobran especial profundidad en la vida de las personas consagradas, que están invitadas a considerar a María como su madre y a amarla como Cristo la amó. Más en particular, como Juan, están llamadas a «acogerla en su casa» (literalmente, «entre sus bienes») (Jn 19, 27). Sobre todo deben hacerle un lugar en su corazón y en su vida. Deben tratar de desarrollar cada vez más sus relaciones con María, modelo y madre de la Iglesia, modelo y madre de las comunidades, modelo y madre de cada uno de los llamados por Cristo a seguirlo.

Amadísimos hermanos, ¡cuán hermosa, venerable y, en cierto modo, envidiable es esta posición privilegiada de los consagrados bajo el manto y en el corazón de María! Oremos para obtener que la Virgen esté siempre con ellos y brille cada vez más como estrella luminosa de su vida.

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Santo Padre Juan Pablo II

Audiencia General del miércoles 29 de marzo de 1995

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Catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II


Catequesis mariana: El Espíritu Santo y María

Catequesis mariana: El Espíritu Santo y María

El Espíritu Santo y María, tipo de la relación personal entre Dios y todo hombre

Amadísimos hermanos:

Resuena en estos días el canto pascual del aleluya, de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.

Sí. ¡Cristo en verdad ha resucitado!

En este clima de renacimiento espiritual, os exhorto a dejaros penetrar por el Misterio de la Pascua, acontecimiento salvífico fundamental de nuestra fe cristiana. Ojalá que, así como ese misterio ilumina con renovado fulgor las vicisitudes de la vida y el camino de toda la humanidad, ilumine también vuestros corazones.

Jesús, el Resucitado, da la paz, da su Espíritu, principio de la vida nueva que conduce a los creyentes por el camino de la santidad.

Por esto, llenaos de gozo profundo «mientras alcanzais la meta de vuestra fe, la salvación de las almas» (1 P 1, 9).

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1. Ya hemos visto que de una correcta y profunda lectura del «acontecimiento» de la Encarnación destaca, junto con la verdad sobre Cristo Hombre-Dios, también la verdad sobre el Espíritu Santo. La verdad sobre Cristo y la verdad sobre el Espíritu Santo constituyen el único misterio de la Encarnación, tal como nos es revelado en el Nuevo Testamento y en especial ―como hecho histórico y biográfico, cargado de reconocida verdad― en la narración de Mateo y de Lucas sobre la concepción y el nacimiento de Jesús. Lo reconocemos en la profesión de fe en Cristo, eterno Hijo de Dios, cuando decimos que se hizo hombre mediante la concepción y el nacimiento de María «por obra del Espíritu Santo».

Este misterio aflora en la narración que el evangelista Lucas dedica a la anunciación de María, como acontecimiento que tuvo lugar en el contexto de una profunda y sublime relación personal entre Dios y María. La narración arroja luz también sobre la relación personal que Dios quiere entablar con todo hombre.

2. Dios, que ha creado y mantiene en vida a todos los seres, según la naturaleza de cada uno, se hace presente «de un modo nuevo» a todo hombre que se abre y le acoge recibiendo el don de la gracia por el cual puede conocerlo y amarlo sobrenaturalmente, como Huésped del alma convertida en su templo santo (cf. santo Tomás, Summa Theologica, I, q. 8, a. 3, ad 4; q. 38, a. 1; q. 43, a. 3). Pero Dios realiza una presencia aún más alta y perfecta ―y casi única― en la humanidad de Cristo, uniéndola a Sí en la persona del eterno Verbo-Hijo (cf. santo Tomás, Summa Theologica, I, q. 8, a. 3, ad 4; III, q. 2, a. 2). Se puede decir que Dios realiza una unión y una presencia especial y privilegiada en María en la Encarnación del Verbo, en la concepción y en el nacimiento de Jesucristo, de quien sólo Él es el padre. Es un misterio que se vislumbra cuando se considera la Encarnación en su plenitud.

3. Volvamos a reflexionar sobre la página de Lucas que describe y documenta una relación personalísima de Dios con la Virgen, a la que su mensajero comunica la llamada a ser la Madre del Mesías Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Por una parte, Dios se comunica a María en la Trinidad de las Personas, que un día Cristo dará a conocer más claramente en su unidad y distinción. El ángel Gabriel, en efecto, le anuncia que por voluntad y gracia de Dios concebirá y dará a luz a Aquel que será reconocido como Hijo de Dios, y que eso tendrá lugar por obra ―es decir, en virtud― del Espíritu Santo, que descendiendo sobre ella hará que se convierta en la Madre humana de este Hijo. El término «Espíritu Santo» resuena en el alma de María como el nombre propio de una Persona: esto constituye una «novedad» en relación con la tradición de Israel y los escritos del Antiguo Testamento, y es un adelanto de revelación para ella, que es admitida a una percepción, por lo menos oscura, del misterio trinitario.

4. En particular, el Espíritu Santo, tal como se nos da a conocer en las palabras de Lucas, reflejo del descubrimiento que de Él hizo María, aparece como Aquel que, en cierto sentido, «supera la distancia» entre Dios y el hombre. Es la Persona en la que Dios se acerca al hombre en su humanidad para «donarse» a él en la propia divinidad, y realizar en el hombre ―en todo hombre― un nuevo modo de unión y de presencia (cf. santo Tomás, Summa Theologica, I, q. 43, a. 3). María es privilegiada en este descubrimiento por razón de la presencia divina y de la unión con Dios que se da en su maternidad. En efecto, con vistas a esa altísima vocación, se le concede la especial gracia que el ángel le reconoce en su saludo (cf. Lc 1, 28). Y todo es obra del Espíritu Santo, principio de la gracia en todo hombre.

En María el Espíritu Santo desciende y obra ―hablando cronológicamente― ya antes de la Encarnación, es decir, desde el momento de su inmaculada concepción. Pero esto tiene lugar en orden a Cristo, su Hijo, en el ámbito supra-temporal del misterio de la Encarnación. La concepción inmaculada constituye para ella, de forma anticipada, la participación en los beneficios de la Encarnación y de la Redención, como culmen y plenitud del «don de sí» que Dios hace al hombre. Y esto se realiza por obra del Espíritu Santo. En efecto, el ángel dice a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35).

5. En la página de Lucas, entre otras estupendas verdades, se encuentra el hecho de que Dios espera un acto de consentimiento de parte de la Virgen de Nazaret. En los libros del Antiguo Testamento que refieren nacimientos en circunstancias extraordinarias, se trata de padres que por su edad no podían ya engendrar la descendencia deseada. Desde el caso de Isaac, nacido en la avanzada vejez de Abraham y de Sara, se llega a los umbrales del Nuevo Testamento con Juan Bautista, nacido de Zacarías e Isabel, que también se encontraban en edad avanzada.

En la Anunciación a María sucede algo totalmente diverso. María se ha entregado completamente a Dios en la virginidad. Para convertirse en la Madre del Hijo de Dios, no ha de hacer más que lo que se le pide: dar su consentimiento a lo que el Espíritu Santo obrará en ella con su poder divino.

Por eso la Encarnación, obra del Espíritu Santo, incluye un acto de libre voluntad de parte de María, ser humano. Un ser humano (María) responde consciente y libremente a la acción de Dios: acoge el poder del Espíritu Santo.

6. Al pedir a María una respuesta consciente y libre, Dios respeta en ella y, más aún, lleva a la máxima expresión la «dignidad de la causalidad» que Él mismo da a todos los seres y especialmente al ser humano. Y, por otra parte, la hermosa respuesta de María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra» (Lc 1, 38) es ya, en sí misma, un fruto de la acción del Espíritu Santo en ella: en su voluntad, en su corazón. Es una respuesta dada por la gracia y en la gracia, que viene del Espíritu Santo. Pero no por esto deja de ser la auténtica expresión de su libertad de creatura humana, un acto consciente de libre voluntad. La acción interior del Espíritu Santo va orientada a hacer que la respuesta de María ―y de todo ser humano llamado por Dios― sea precisamente la que debe ser, y exprese del modo más completo posible la madurez personal de una conciencia iluminada y piadosa, que sabe donarse sin reserva. Esta es la madurez del amor. El Espíritu Santo, donándose a la voluntad humana como Amor (increado), hace que en el sujeto nazca y se desarrolle el amor creado que, como expresión de la voluntad humana, constituye al mismo tiempo la plenitud espiritual de la persona. María da esta respuesta de amor de modo perfecto, y se convierte, por eso, en el tipo luminoso de la relación personal entre Dios y todo hombre.

7. El «acontecimiento» de Nazaret, descrito por Lucas en el evangelio de la anunciación, es, por consiguiente, una imagen perfecta ―y, podemos decir, el «modelo»― de la relación Dios-Hombre. Dios quiere que, en todo hombre, esta relación se funde en el don del Espíritu Santo, pero también en una madurez personal. En los umbrales de la Nueva Alianza, el Espíritu Santo hace a María un don de inmensa grandeza espiritual y obtiene de ella un acto de adhesión y de obediencia en el amor, que es ejemplar para todos aquellos que son llamados a la fe y al seguimiento de Cristo, ahora que «la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14). Después de la misión terrena de Jesús y después de Pentecostés, en toda la Iglesia del futuro se repetirá para cada hombre la llamada, el «don de sí» de parte de Dios, la acción del Espíritu Santo, que prolongan el acontecimiento de Nazaret, el misterio de la Encarnación. Y siempre será necesario que el hombre responda a la vocación y al don de Dios con aquella madurez personal que se ilumina con el «fiat» de la Virgen de Nazaret durante la Anunciación.

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Santo Padre Juan Pablo II

Audiencia General del miércoles, 18 de abril de 1990

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Catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II

Catequesis marianas del san Juan Pablo II

Catequesis marianas del san Juan Pablo II

¿Nos dejamos iluminar por la fe de María, que es nuestra Madre? ¿O bien la pensamos lejana, demasiado distinta de nosotros? En los momentos de dificultad, de prueba, de oscuridad, ¿la miramos a ella como modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y sólo nuestro bien? Pensemos en esto, tal vez nos hará bien volver a encontrar a María como modelo y figura de la Iglesia en esta fe que ella tenía.

Santo Padre Francisco

Audiencia General del miércoles 23 de octubre de 2013

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En este artículo os presentamos el índice de las catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II que hemos publicado en Catequesis en Familia.

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Catequesis fundamentales

María, Madre de Dios

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Catequesis temáticas

El Espíritu Santo y María

La santísima Virgen María y la vida consagrada

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Catequesis mes de Mayo, mes de María

Para el 1 de mayo: María, hija predilecta del Padre

Para el 2 de mayo: María en el camino hacia el Padre

Para el 3 de mayo: María indica el camino hacia la unión plena con Dios

Para el 5 de mayo: Anuncio de la Maternidad Mesiánica

Para el 6 de mayo: La nueva Hija de Sión

Para el 7 de mayo: María, la «llena de gracia»

Para el 8 de mayo: La Santidad perfecta de María

Para el 9 de mayo: El Misterio de la Encarnación

Para el 26 de mayo: María en las bodas de Caná

Para el 31 de mayo: El Espíritu Santo en la Visitación

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Catequesis sobre la Anunciación del Señor

Catequesis sobre la Anunciación del Señor

En la Anunciación, el Mensajero de Dios la llama «llena de gracia» y le revela este proyecto. María responde «sí» y desde aquel momento la fe de María recibe una luz nueva: se concentra en Jesús, el Hijo de Dios que de ella ha tomado carne y en quien se cumplen las promesas de toda la historia de la salvación. La fe de María es el cumplimiento de la fe de Israel, en ella está precisamente concentrado todo el camino, toda la vía de aquel pueblo que esperaba la redención, y en este sentido es el modelo de la fe de la Iglesia, que tiene como centro a Cristo, encarnación del amor infinito de Dios.

Santo Padre Francisco

Audiencia General del miércoles 23 de octubre de 2013

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Misterio central de la fe cristiana

En efecto, la encarnación del Hijo de Dios es el misterio central de la fe cristiana, y en él, María ocupa un puesto de primer orden. Pero, ¿cuál es el significado de este misterio? Y, ¿cuál es la importancia que tiene para nuestra vida concreta?

Veamos ante todo qué significa la encarnación. En el evangelio de san Lucas hemos escuchado las palabras del ángel a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios» (Lc 1,35). En María, el Hijo de Dios se hace hombre, cumpliéndose así la profecía de Isaías: «Mirad, la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros»» (Is 7,14). Sí, Jesús, el Verbo hecho carne, es el Dios-con-nosotros, que ha venido a habitar entre nosotros y a compartir nuestra misma condición humana. El apóstol san Juan lo expresa de la siguiente manera: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). La expresión «se hizo carne» apunta a la realidad humana más concreta y tangible. En Cristo, Dios ha venido realmente al mundo, ha entrado en nuestra historia, ha puesto su morada entre nosotros, cumpliéndose así la íntima aspiración del ser humano de que el mundo sea realmente un hogar para el hombre. En cambio, cuando Dios es arrojado fuera, el mundo se convierte en un lugar inhóspito para el hombre, frustrando al mismo tiempo la verdadera vocación de la creación de ser espacio para la alianza, para el «sí» del amor entre Dios y la humanidad que le responde. Y así hizo María como primicia de los creyentes con su «sí» al Señor sin reservas.

Por eso, al contemplar el misterio de la encarnación no podemos dejar de dirigir a ella nuestros ojos, para llenarnos de asombro, de gratitud y amor al ver cómo nuestro Dios, al entrar en el mundo, ha querido contar con el consentimiento libre de una criatura suya. Sólo cuando la Virgen respondió al ángel, «aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), a partir de ese momento el Verbo eterno del Padre comenzó su existencia humana en el tiempo. Resulta conmovedor ver cómo Dios no sólo respeta la libertad humana, sino que parece necesitarla. Y vemos también cómo el comienzo de la existencia terrena del Hijo de Dios está marcado por un doble «sí» a la voluntad salvífica del Padre, el de Cristo y el de María. Esta obediencia a Dios es la que abre las puertas del mundo a la verdad, a la salvación. En efecto, Dios nos ha creado como fruto de su amor infinito, por eso vivir conforme a su voluntad es el camino para encontrar nuestra genuina identidad, la verdad de nuestro ser, mientras que apartarse de Dios nos aleja de nosotros mismos y nos precipita en el vacío. La obediencia en la fe es la verdadera libertad, la auténtica redención, que nos permite unirnos al amor de Jesús en su esfuerzo por conformarse a la voluntad del Padre. La redención es siempre este proceso de llevar la voluntad humana a la plena comunión con la voluntad divina.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Homilía en la Solemnidad de la Anunciación del Señor

Lunes 26 de marzo de 2012

Santa Misa con ocasión del 400º Aniversario del hallazgo de la Virgen de la Caridad del Cobre

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Parábola de los viñadores homicidas – Dinámica audiovisual

Parábola de los viñadores homicidas – Dinámica audiovisual

Esta parábola concluye con una amonestación de Jesús, particularmente severa, dirigida a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos» (Mt 21, 43). Son palabras que hacen pensar en la gran responsabilidad de quien en cada época, está llamado a trabajar en la viña del Señor, especialmente con función de autoridad, e impulsan a renovar la plena fidelidad a Cristo. Él es «la piedra que desecharon los constructores», (cf. Mt 21, 42), porque lo consideraron enemigo de la ley y peligroso para el orden público, pero él mismo, rechazado y crucificado, resucitó, convirtiéndose en la «piedra angular» en la que se pueden apoyar con absoluta seguridad los fundamentos de toda existencia humana y del mundo entero. De esta verdad habla la parábola de los viñadores infieles, a los que un hombre confió su viña para que la cultivaran y recogieran los frutos. El propietario de la viña representa a Dios mismo, mientras que la viña simboliza a su pueblo, así como la vida que él nos da para que, con su gracia y nuestro compromiso, hagamos el bien. San Agustín comenta que «Dios nos cultiva como un campo para hacernos mejores» (Sermo 87, 1, 2: PL 38, 531). Dios tiene un proyecto para sus amigos, pero por desgracia la respuesta del hombre a menudo se orienta a la infidelidad, que se traduce en rechazo. El orgullo y el egoísmo impiden reconocer y acoger incluso el don más valioso de Dios: su Hijo unigénito. En efecto, cuando «les mandó a su hijo —escribe el evangelista Mateo— … [los labradores] agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron» (Mt 21, 37.39). Dios se pone en nuestras manos, acepta hacerse misterio insondable de debilidad y manifiesta su omnipotencia en la fidelidad a un designio de amor, que al final prevé también el justo castigo para los malvados (cf. Mt 21, 41).

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Ángelus del domingo, 2 de octubre de 2011

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Ofrecemos un vídeo de dibujos animados donde se relata la parábola recogida en Marcos 12, 1-12 o en Mateo 21, 33-46.

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Viñadores homicidas – Parábola en dibujos

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Texto de la parábola en san Marcos

Y se puso a hablarles en parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores, y se ausentó. Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña. Ellos le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió a otro siervo; también a éste le descalabraron y le insultaron. Y envió a otro y a éste le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: «A mi hijo le respetarán». Pero aquellos labradores dijeron entre sí: «Este es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia.» Le agarraron, le mataron y le echaron fuera de la viña. ¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a los labradores y entregará la viña a otros. ¿No habéis leído esta Escritura: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?» Trataban de detenerle —pero tuvieron miedo a la gente— porque habían comprendido que la parábola la había dicho por ellos. Y dejándole, se fueron.

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Texto de la parábola en san Mateo

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera. Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: «Respetarán a mi hijo». Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: «Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia». Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelve el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?». Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo». Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: «La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos»? Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos». Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

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Parábola del Hijo Pródigo – Dinámica audiovisual

Parábola del Hijo Pródigo – Dinámica audiovisual

Esta parábola habla de la alegría de Dios. Dios es alegre. Interesante esto: ¡Dios es alegre! ¿Y cuál es la alegría de Dios? La alegría de Dios es perdonar, ¡la alegría de Dios es perdonar! Es la alegría de un pastor que reencuentra su oveja; la alegría de una mujer que halla su moneda; es la alegría de un padre que vuelve a acoger en casa al hijo que se había perdido, que estaba como muerto y ha vuelto a la vida, ha vuelto a casa. ¡Aquí está todo el Evangelio! ¡Aquí! ¡Aquí está todo el Evangelio, está todo el cristianismo! Pero mirad que no es sentimiento, no es «buenismo». Al contrario, la misericordia es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del «cáncer» que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual. Sólo el amor llena los vacíos, las vorágines negativas que el mal abre en el corazón y en la historia. Sólo el amor puede hacer esto, y ésta es la alegría de Dios.

Santo Padre Francisco. Ángelus del domingo 15 de septiembre de 2013

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La parábola del hijo pródigo es referencia en toda la Cuaresma. En los siguientes enlaces presentamos diversos audiovisuales, de distintas procedencias y para distintas edades, que abordan este texto evangélico.

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El hijo pródigo – Parábola en dibujos animados

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El hijo pródigo  – Canción del Padre Edgar Larrea

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Texto de la parábola en el Evangelio según san Lucas 14, 1-32

Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos.» Entonces les dijo esta parábola. «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: «Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.» Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión. «O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: «Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido.» Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.» Dijo: «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.» Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. «Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.» Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos, le vió su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: «Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.» Pero el padre dijo a sus siervos: «Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.» Y comenzaron la fiesta. «Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: «Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.» Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: «Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!» «Pero él le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.»»

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El efecto Francisco: el Papa del cambio – DVD de Goya Producciones

El efecto Francisco: el Papa del cambio – DVD de Goya Producciones

Con motivo del primer aniversario de la elección del Papa Francisco Goya Producciones anuncia el lanzamiento a nivel mundial de su nuevo documental «El Efecto Francisco: el Papa del Cambio». Estará disponible a partir del 13 de marzo en español, francés e inglés.

El documental ha sido presentado en el congreso mundial de Signis, la más importante organización de comunicadores audiovisuales, que integra a más de 140 nacionalidades. El congreso ha tenido lugar en Roma y allí televisiones y distribuidoras de DVD de varios países han adquirido los derechos del documental.

Este nuevo film muestra, en 53 minutos, el fulminante ascenso a la cima de la popularidad del entonces poco conocido cardenal argentino. Refleja también el radical cambio de la imagen de la Iglesia que él ha generado. Una encuesta efectuada a pie de calle entre personas de diversas creencias y países lo atestigua .

¿Cuáles son las causas de tan espectacular cambio en la opinión? El documental recoge respuestas de destacados cardenales, de expertos en redes sociales como Gustavo Entrala, de vaticanólogos como John Allen, periodistas como María Ángeles Fernández, o del jefe de prensa del Vaticano Federico Lombardi.

«Para ellos una clave son los hechos y gestos que la gente ha visto hacer a Francisco, que les transmiten sencillez, cercanía, pobreza, esperanza y alegría. Todos admiten que se está notando un efecto Francisco», subraya el director de Goya Producciones Andrés Garrigó.

¿Pero a dónde lleva Francisco a la Iglesia? ¿Qué cambiará? Sobre tales incógnitas el film recoge opiniones de los cardenales de París, Nueva York, Bombay, Lima, Sao Paulo, Santiago de Chile, Quebec, Westminster y Sevilla. Sus respuestas despejan muchas dudas.

Con imágenes entrañables, este documental ofrece también anécdotas, gestos de humor, mensajes, opiniones y claves para comprender un papado ya histórico.

Este es el cuarto documental realizado por Goya Producciones en torno al Papa en un año. El primero, «El Cónclave» apareció tras la renuncia de Benedicto XVI, el segundo «¿Quién es el Papa Francisco?, se tradujo a 14 idiomas, y el tercero «Revolución en Río», es un magistral resumen de la última JMJ. Todos han sido difundidos con éxito en los cinco continentes.

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Adquirir online el DVD «El efecto Francisco»

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Para contactar con Goya Producciones

Página web de Goya Producciones

(+34) 91 548 38 75

(+34) 91 548 38 75

info@goyaproducciones.es


José de Nazaret – Película

José de Nazaret – Película

Y morirá por fin José sin haber visto manifestarse la misión de Jesús. En su silencio quedarán sepultados todos sus padecimientos y esperanzas. La vida de este hombre no ha sido la del que, pretendiendo realizarse a sí mismo, busca en sí solamente los recursos que necesita para hacer de su vida lo que quiere. Ha sido el hombre que se niega a sí mismo, que se deja llevar adonde no quería. No ha hecho de su vida cosa propia, sino algo para dar. No se ha guiado por un plan que hubiera concebido su intelecto, y decidido su voluntad, sino que, respondiendo a los deseos de Dios, ha renunciado a su voluntad para entregarse a la de Otro, la voluntad grandiosa del Altísimo. Pero es exactamente en esta íntegra renuncia de sí mismo donde el hombre se descubre.

Porque tal es la verdad: que solamente si sabemos perdernos, si nos damos, podremos encontrarnos. Cuando esto sucede, no es nuestra voluntad quien prevalece, sino ésa del Padre a la que Jesús se sometió: No se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22,42). Y como entonces se cumple lo que decimos en el Padrenuestro: Hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo, es una parte del Cielo lo que hay en la tierra, porque en ésta se hace lo mismo que en el Cielo. Por esto san José nos ha enseñado, con su renuncia, con su abandono que en cierto modo adelantaba la imitación de Jesús crucificado, los caminos de la fidelidad, de la resurrección y de la vida.

Cuando san José duerme

Homilía del Cardenal Joseph Ratzinger

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José de Nazaret – Sinopsis de la película

Un hombre justo

Los hechos históricos narrados en los primeros capítulos de los evangelios de Mateo y Lucas, desde la perspectiva de José. Como estas fuentes contienen elementos bastantes escuetos acerca del carpintero que fue esposo de María, y que crió a Jesús, los guionistas imaginan con más o menos tino algunas circunstancias razonables en su vida: así, vemos cómo sufre por la violación de una pariente por un soldado romano, elemento que formará parte de sus dades acerca de cómo María ha podido quedar encinta; también le vemos haciendo trabajos para Herodes, o en las puertas del templo de Jerusalén.

El film de Raffaele Mertes se enmarca en el conjunto de otras producciones televisivas de Lux Vide, que trata de acercar la Biblia a un público popular amplio. En tal sentido se cumple sobradamente el objetivo, con un José cuyos sufrimientos comparte el espectador. A veces la Virgen puede parecer algo fría, o extrañar algunas acciones de Jesús niño -su extravío en Jerusalén-, pero el conjunto es grato, y sabe sacar punta a pasajes de la Escritura no demasiado explícitos.

Artículo original en decine21.com

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José de Nazaret  – Ficha y compra en www.dvdbiblia.com

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José de Nazaret – Ficha de la película

Título original: Giuseppe di Nazareth

Duración: 97 min

Género: Drama | Histórico

Año: 1999

País: Italia

Dirección: Raffaele Mertes

Guión: Gareth Jones Gianmario Pagano

Música: Marco Frisina

Fotografía: Giovanni Galasso

Intérpretes: Tobias Moretti Stefania Rivi Ennio Fantastichini Massimo Reale Omar Lahlou Francesco Dominedò

Distribuidora: Karma Films

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