por Catequesis en Familia | 28 Mar, 2026 | La Biblia
Mateo 26, 14-75; 27, 1-66. Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. ¿Dónde está mi corazón?… Que esta pregunta nos acompañe durante toda esta Semana Santa.
Procesión Mateo 21, 1-11
Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, y enseguida encontraréis una burra atada, y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, contestadle: “El Señor los necesita, y los devolverá pronto”».
Esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:
«Decid a la hija de Sión:
“Mira a tu rey, que viene a ti,
humilde, montado en una burra,
en un pollino, hijo de acémila”».
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la burra y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó.
La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino.
Y la gente que iba delante y detrás gritaba:
«¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!».
Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó, preguntando:
«¿Quién es este?».
Y la gente decía:
«Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».
Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén. Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: «¿Por qué lo desatan?», respondan: «El Señor lo necesita». Los enviados partieron y encontraron todo como él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron: «¿Por qué lo desatan?». Y ellos respondieron: «El Señor lo necesita». Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino. Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían:»¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!». Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Pero él respondió: «Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Misa [Mateo 26, 14-75; 27, 1-66]
Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo. El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?». El respondió: «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: «El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos». Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará». Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?». El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!». Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, Maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman, esto es mi Cuerpo». Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre». Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monto de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: «Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea». Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás». Jesús le respondió: «Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Pedro le dijo: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos los discípulos dijeron lo mismo. Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: «Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar». Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo». Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: «¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estén prevenidos y oren para no caer en tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil». Se alejó por segunda vez y suplicó: «Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad». Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: «Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar». Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado la señal: «Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo». Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: «Salud, Maestro», y lo besó. Jesús le dijo: «Amigo, ¡cumple tu cometido!». Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús le dijo: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?». Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: «¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron». Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo. Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: «Este hombre dijo: «Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días»». El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?». Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: «Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo». Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?». Ellos respondieron: «Merece la muerte». Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: «Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó». Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Galileo». Pero él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé lo que quieres decir». Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: «Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno». Y nuevamente Pedro negó con juramento: «Yo no conozco a ese hombre». Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: «Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona». Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: «Antes que cante el gallo, me negarás tres veces». Y saliendo, lloró amargamente.
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron. Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: «He pecado, entregando sangre inocente». Ellos respondieron: «¿Qué nos importa? Es asunto tuyo». Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: «No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre». Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado «del alfarero», para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy «Campo de sangre». Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el «Campo del alfarero», como el Señor me lo había ordenado. Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». El respondió: «Tú lo dices». Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: «¿No oyes todo lo que declaran contra ti?». Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador. En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: «¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?». El sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: «No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho». Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: «¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?». Ellos respondieron: «A Barrabás». Pilato continuó: «¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?». Todos respondieron: «¡Que sea crucificado!». El insistió: «¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Que sea crucificado!». Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes». Y todo el pueblo respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un mano rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: «Salud, rey de los judíos». Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa «lugar del Cráneo», le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo. Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: «Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!». De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: «Yo soy Hijo de Dios». También lo insultaban los ladrones crucificados con él. Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: «Elí, Elí, lemá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías». En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber. Pero los otros le decían: «Espera, veamos si Elías viene a salvarlo». Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu. Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: «¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!». Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María –la madre de Santiago y de José– y la madre de los hijos de Zebedeo. Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro. A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: «Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: «A los tres días resucitaré». Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: ¡Ha resucitado!». Este último engaño sería peor que el primero». Pilato les respondió: «Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente». Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.
Lecturas
Primera lectura: Libro de Isaías, Is 50, 4-7
Salmo: Sal 22(21), 8-9.17-24
Segunda lectrua: Carta de San Pablo a los Filipenses, Flp 2, 6-11
Oración introductoria
Ven, Espíritu Santo, ilumina mi mente y, sobre todo, mi corazón. No quiero ser un simple espectador, pasivo, indiferente, que hoy aclama ¡Hosanna! Bendito el que viene… para abandonarte o traicionarte en un par de días más.
Petición
Jesús, que esta oración me dé la fuerza de voluntad para decidirme a seguirte siempre de manera apasionada y fiel.
Meditación del Santo Padre Francisco
Esta semana comienza con una procesión festiva con ramos de olivo: todo el pueblo acoge a Jesús. Los niños y los jóvenes cantan, alaban a Jesús.
Pero esta semana se encamina hacia el misterio de la muerte de Jesús y de su resurrección. Hemos escuchado la Pasión del Señor. Nos hará bien hacernos una sola pregunta: ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo ante mi Señor? ¿Quién soy yo ante Jesús que entra con fiesta en Jerusalén? ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O guardo las distancias? ¿Quién soy yo ante Jesús que sufre?
Hemos oído muchos nombres, tantos nombres. El grupo de dirigentes religiosos, algunos sacerdotes, algunos fariseos, algunos maestros de la ley, que habían decidido matarlo. Estaban esperando la oportunidad de apresarlo. ¿Soy yo como uno de ellos?
También hemos oído otro nombre: Judas. Treinta monedas. ¿Yo soy como Judas? Hemos escuchado otros nombres: los discípulos que no entendían nada, que se durmieron mientras el Señor sufría. Mi vida, ¿está adormecida? ¿O soy como los discípulos, que no entendían lo que significaba traicionar a Jesús? ¿O como aquel otro discípulo que quería resolverlo todo con la espada? ¿Soy yo como ellos? ¿Soy yo como Judas, que finge amar y besa al Maestro para entregarlo, para traicionarlo? ¿Soy yo, un traidor? ¿Soy como aquellos dirigentes que organizan a toda prisa un tribunal y buscan falsos testigos? ¿Soy como ellos? Y cuando hago esto, si lo hago, ¿creo que de este modo salvo al pueblo?
¿Soy yo como Pilato? Cuando veo que la situación se pone difícil, ¿me lavo las manos y no sé asumir mi responsabilidad, dejando que condenen – o condenando yo mismo – a las personas?
¿Soy yo como aquel gentío que no sabía bien si se trataba de una reunión religiosa, de un juicio o de un circo, y que elige a Barrabás? Para ellos da igual: era más divertido, para humillar a Jesús.
¿Soy como los soldados que golpean al Señor, le escupen, lo insultan, se divierten humillando al Señor?
¿Soy como el Cireneo, que volvía del trabajo, cansado, pero que tuvo la buena voluntad de ayudar al Señor a llevar la cruz?
¿Soy como aquellos que pasaban ante la cruz y se burlaban de Jesús : «¡Él era tan valiente!… Que baje de la cruz y creeremos en él»? Mofarse de Jesús…
¿Soy yo como aquellas mujeres valientes, y como la Madre de Jesús, que estaban allí y sufrían en silencio?
¿Soy como José, el discípulo escondido, que lleva el cuerpo de Jesús con amor para enterrarlo?
¿Soy como las dos Marías que permanecen ante el sepulcro llorando y rezando?
¿Soy como aquellos jefes que al día siguiente fueron a Pilato para decirle: «Mira que éste ha dicho que resucitaría. Que no haya otro engaño», y bloquean la vida, bloquean el sepulcro para defender la doctrina, para que no salte fuera la vida?
¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de estas personas me parezco? Que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana.
Santo Padre Francisco: Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
Homilía del domingo, 13 de abril de 2014
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
¡Queridos hermanos y hermanas!
El Domingo de Ramos es el gran pórtico que nos lleva a la Semana Santa, la semana en la que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos y ofrecer a todos el don de la redención. Sabemos por los evangelios que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce, y que poco a poco se había ido sumando a ellos una multitud creciente de peregrinos. San Marcos nos dice que ya al salir de Jericó había una «gran muchedumbre» que seguía a Jesús (cf. 10,46).
En la última parte del trayecto se produce un acontecimiento particular, que aumenta la expectativa sobre lo que está por suceder y hace que la atención se centre todavía más en Jesús. A lo largo del camino, al salir de Jericó, está sentado un mendigo ciego, llamado Bartimeo. Apenas oye decir que Jesús de Nazaret está llegando, comienza a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí» (Mc 10,47). Tratan de acallarlo, pero en vano, hasta que Jesús lo manda llamar y le invita a acercarse. «¿Qué quieres que te haga?», le pregunta. Y él contesta: «Rabbuní, que vea» (v. 51). Jesús le dice: «Anda, tu fe te ha salvado». Bartimeo recobró la vista y se puso a seguir a Jesús en el camino (cf. v. 52). Y he aquí que, tras este signo prodigioso, acompañado por aquella invocación: «Hijo de David», un estremecimiento de esperanza atraviesa la multitud, suscitando en muchos una pregunta: ¿Este Jesús que marchaba delante de ellos a Jerusalén, no sería quizás el Mesías, el nuevo David? Y, con su ya inminente entrada en la ciudad santa, ¿no habría llegado tal vez el momento en el que Dios restauraría finalmente el reino de David?
También la preparación del ingreso de Jesús con sus discípulos contribuye a aumentar esta esperanza. Como hemos escuchado en el Evangelio de hoy (cf. Mc 11,1-10), Jesús llegó a Jerusalén desde Betfagé y el monte de los Olivos, es decir, la vía por la que había de venir el Mesías. Desde allí, envía por delante a dos discípulos, mandándoles que le trajeran un pollino de asna que encontrarían a lo largo del camino. Encuentran efectivamente el pollino, lo desatan y lo llevan a Jesús. A este punto, el ánimo de los discípulos y los otros peregrinos se deja ganar por el entusiasmo: toman sus mantos y los echan encima del pollino; otros alfombran con ellos el camino de Jesús a medida que avanza a grupas del asno. Después cortan ramas de los árboles y comienzan a gritar las palabras del Salmo 118, las antiguas palabras de bendición de los peregrinos que, en este contexto, se convierten en una proclamación mesiánica: «¡Hosanna!, bendito el que viene en el nombre del Señor. ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (vv. 9-10). Esta alegría festiva, transmitida por los cuatro evangelistas, es un grito de bendición, un himno de júbilo: expresa la convicción unánime de que, en Jesús, Dios ha visitado su pueblo y ha llegado por fin el Mesías deseado. Y todo el mundo está allí, con creciente expectación por lo que Cristo hará una vez que entre en su ciudad.
Pero, ¿cuál es el contenido, la resonancia más profunda de este grito de júbilo? La respuesta está en toda la Escritura, que nos recuerda cómo el Mesías lleva a cumplimiento la promesa de la bendición de Dios, la promesa originaria que Dios había hecho a Abraham, el padre de todos los creyentes: «Haré de ti una gran nación, te bendeciré… y en ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gn 12,2-3). Es la promesa que Israel siempre había tenido presente en la oración, especialmente en la oración de los Salmos. Por eso, el que es aclamado por la muchedumbre como bendito es al mismo tiempo aquel en el cual será bendecida toda la humanidad. Así, a la luz de Cristo, la humanidad se reconoce profundamente unida y cubierta por el manto de la bendición divina, una bendición que todo lo penetra, todo lo sostiene, lo redime, lo santifica.
Podemos descubrir aquí un primer gran mensaje que nos trae la festividad de hoy: la invitación a mirar de manera justa a la humanidad entera, a cuantos conforman el mundo, a sus diversas culturas y civilizaciones. La mirada que el creyente recibe de Cristo es una mirada de bendición: una mirada sabia y amorosa, capaz de acoger la belleza del mundo y de compartir su fragilidad. En esta mirada se transparenta la mirada misma de Dios sobre los hombres que él ama y sobre la creación, obra de sus manos. En el Libro de la Sabiduría, leemos: «Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste;… Tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida» (Sb 11,23-24.26).
Volvamos al texto del Evangelio de hoy y preguntémonos: ¿Qué late realmente en el corazón de los que aclaman a Cristo como Rey de Israel? Ciertamente tenían su idea del Mesías, una idea de cómo debía actuar el Rey prometido por los profetas y esperado por tanto tiempo. No es de extrañar que, pocos días después, la muchedumbre de Jerusalén, en vez de aclamar a Jesús, gritaran a Pilato: «¡Crucifícalo!». Y que los mismos discípulos, como también otros que le habían visto y oído, permanecieran mudos y desconcertados. En efecto, la mayor parte estaban desilusionados por el modo en que Jesús había decidido presentarse como Mesías y Rey de Israel. Este es precisamente el núcleo de la fiesta de hoy también para nosotros. ¿Quién es para nosotros Jesús de Nazaret? ¿Qué idea tenemos del Mesías, qué idea tenemos de Dios? Esta es una cuestión crucial que no podemos eludir, sobre todo en esta semana en la que estamos llamados a seguir a nuestro Rey, que elige como trono la cruz; estamos llamados a seguir a un Mesías que no nos asegura una felicidad terrena fácil, sino la felicidad del cielo, la eterna bienaventuranza de Dios. Ahora, hemos de preguntarnos: ¿Cuáles son nuestras verdaderas expectativas? ¿Cuáles son los deseos más profundos que nos han traído hoy aquí para celebrar el Domingo de Ramos e iniciar la Semana Santa?
Queridos jóvenes que os habéis reunido aquí. Esta es de modo particular vuestra Jornada en todo lugar del mundo donde la Iglesia está presente. Por eso os saludo con gran afecto. Que el Domingo de Ramos sea para vosotros el día de la decisión, la decisión de acoger al Señor y de seguirlo hasta el final, la decisión de hacer de su Pascua de muerte y resurrección el sentido mismo de vuestra vida de cristianos. Como he querido recordar en el Mensaje a los jóvenes para esta Jornada – «alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4) –, esta es la decisión que conduce a la verdadera alegría, como sucedió con santa Clara de Asís que, hace ochocientos años, fascinada por el ejemplo de san Francisco y de sus primeros compañeros, dejó la casa paterna precisamente el Domingo de Ramos para consagrarse totalmente al Señor: tenía 18 años, y tuvo el valor de la fe y del amor de optar por Cristo, encontrando en él la alegría y la paz.
Queridos hermanos y hermanas, que reinen particularmente en este día dos sentimientos: la alabanza, como hicieron aquellos que acogieron a Jesús en Jerusalén con su «hosanna»; y el agradecimiento, porque en esta Semana Santa el Señor Jesús renovará el don más grande que se puede imaginar, nos entregará su vida, su cuerpo y su sangre, su amor. Pero a un don tan grande debemos corresponder de modo adecuado, o sea, con el don de nosotros mismos, de nuestro tiempo, de nuestra oración, de nuestro estar en comunión profunda de amor con Cristo que sufre, muere y resucita por nosotros. Los antiguos Padres de la Iglesia han visto un símbolo de todo esto en el gesto de la gente que seguía a Jesús en su ingreso a Jerusalén, el gesto de tender los mantos delante del Señor. Ante Cristo – decían los Padres –, debemos deponer nuestra vida, nuestra persona, en actitud de gratitud y adoración. En conclusión, escuchemos de nuevo la voz de uno de estos antiguos Padres, la de san Andrés, obispo de Creta: «Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo… Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas… Ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria. Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: «Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor»» (PG 97, 994). Amén.
Santo Padre Benedicto XVI
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
Homilía del domingo, 1 de abril de 2012
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
III. Jesús y la fe de Israel en el Dios único y Salvador
587 Si la Ley y el Templo de Jerusalén pudieron ser ocasión de «contradicción» (cf. Lc 2, 34) entre Jesús y las autoridades religiosas de Israel, la razón está en que Jesús, para la redención de los pecados —obra divina por excelencia—, acepta ser verdadera piedra de escándalo para aquellas autoridades (cf. Lc 20, 17-18; Sal 118, 22).
588 Jesús escandalizó a los fariseos comiendo con los publicanos y los pecadores (cf. Lc 5, 30) tan familiarmente como con ellos mismos (cf. Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1). Contra algunos de los «que se tenían por justos y despreciaban a los demás» (Lc 18, 9; cf. Jn 7, 49; 9, 34), Jesús afirmó: «No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (Lc 5, 32). Fue más lejos todavía al proclamar frente a los fariseos que, siendo el pecado una realidad universal (cf. Jn 8, 33-36), los que pretenden no tener necesidad de salvación se ciegan con respecto a sí mismos (cf. Jn 9, 40-41).
589 Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es especialmente al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, «¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?» (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).
590 Sólo la identidad divina de la persona de Jesús puede justificar una exigencia tan absoluta como ésta: «El que no está conmigo está contra mí» (Mt 12, 30); lo mismo cuando dice que él es «más que Jonás […] más que Salomón» (Mt 12, 41-42), «más que el Templo» (Mt 12, 6); cuando recuerda, refiriéndose a que David llama al Mesías su Señor (cf. Mt 12, 36-37), cuando afirma: «Antes que naciese Abraham, Yo soy» (Jn 8, 58); e incluso: «El Padre y yo somos una sola cosa» (Jn 10, 30).
591 Jesús pidió a las autoridades religiosas de Jerusalén que creyeran en él en virtud de las obras de su Padre que él realizaba (Jn 10, 36-38). Pero tal acto de fe debía pasar por una misteriosa muerte a sí mismo para un nuevo «nacimiento de lo alto» (Jn 3, 7) atraído por la gracia divina (cf. Jn 6, 44). Tal exigencia de conversión frente a un cumplimiento tan sorprendente de las promesas (cf. Is 53, 1) permite comprender el trágico desprecio del Sanedrín al estimar que Jesús merecía la muerte como blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus miembros obraban así tanto por «ignorancia» (cf. Lc 23, 34; Hch 3, 17-18) como por el «endurecimiento» (Mc 3, 5; Rm 11, 25) de la «incredulidad» (Rm 11, 20).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
¿A dónde vas a ir esta Semana Santa? ¿a la playa? ¿a la discoteca? No estoy diciendo que esto esté mal necesariamente, pero sí que podría estar mucho mejor. No basta con no pecar y con no hacer mal a nadie. Creo que bastantes de nosotros deberíamos cambiar –un poco al menos– nuestro modo de concebir y de pasar estos días. No son simples días de vacación, aunque no dudo que los tengamos merecidos. Pero aquí estamos hablando de algo mucho más profundo. Cristo va a ir a la cruz esta Semana Santa. Y tú, ¿a dónde?
Diálogo con Cristo
Jesús mío, se inicia un tiempo especial para crecer en el amor, en todos los sentidos. Permite que sepa desprenderme de todo lo que me impida entregarme plenamente a los demás, especialmente a aquellos con los que voy a pasar esta Semana Santa. Quiero desgastarme, trabajar y luchar, desde mi vocación, para que tu mensaje de amor alcance al mayor número posible de hombres y mujeres.
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Catequesis infantil sobre Mateo 21, 1-11
Jesús entra en Jerusalén como Rey humilde y Salvador
Esta catequesis infantil está basada en el Evangelio de san Mateo 21, 1-11 y en la imagen catequética de la entrada de Jesús en Jerusalén. La escena muestra a Jesús entrando en la ciudad montado en un burrito, mientras la gente lo aclama con alegría, extiende mantos en el camino y agita ramas. Es una escena llena de gozo, pero también muy profunda, porque enseña que Jesús es Rey, aunque no como los reyes de este mundo. Él viene humilde, en paz, y entra en Jerusalén para entregarse por amor y salvarnos.
1. Miramos la imagen
Antes de leer el Evangelio, conviene contemplar la imagen con calma.
Podemos fijarnos en varios detalles:
- Jesús aparece en el centro, montado en un burrito.
- Lleva túnica blanca y manto rojo.
- La gente lo recibe con alegría y levanta ramas.
- Algunos ponen mantos en el suelo para honrarlo.
- Los bocadillos muestran los gritos de alabanza: “¡Hosanna!” y “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”.
Se puede preguntar a los niños:
- ¿Quién aparece en el centro de la imagen?
- ¿Va Jesús en un caballo grande o en un burrito?
- ¿Cómo está la gente: alegre o triste?
- ¿Qué llevan en las manos?
- ¿Por qué creéis que todos reciben así a Jesús?
2. Escuchamos el Evangelio
En este Evangelio, Jesús se acerca a Jerusalén y manda a sus discípulos buscar una burra y un pollino. Todo sucede como Él lo había dispuesto. El Evangelio dice:
«Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una burra, en un pollino, hijo de acémila”».
(Evangelio según san Mateo 21, 5)
Los discípulos hicieron lo que Jesús les mandó, trajeron la burra y el pollino, pusieron encima sus mantos y Jesús se montó.
Entonces el Evangelio sigue diciendo:
«La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino».
(Evangelio según san Mateo 21, 8)
Y la gente gritaba con alegría:
«¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!»
(Evangelio según san Mateo 21, 9)
Cuando Jesús entró en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba:
«¿Quién es este?»
(Evangelio según san Mateo 21, 10)
Y la gente respondía:
«Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».
(Evangelio según san Mateo 21, 11)
3. ¿Qué enseña este Evangelio?
Jesús es Rey, pero un Rey humilde
Jesús entra en Jerusalén como Rey, pero no viene con soldados, ni montado en un caballo de guerra, ni buscando poder humano. Viene montado en un burrito, en señal de humildad y de paz. Esto enseña a los niños que Jesús reina con amor, sencillez y mansedumbre.
La gente reconoce que Jesús viene de Dios
Los gritos de la multitud no son cualquier grito. La gente está reconociendo que Jesús viene en nombre del Señor. Por eso lo aclaman y lo reciben con alegría.
Jesús viene a entregarse por nosotros
Aunque la escena es festiva, este Evangelio también nos prepara para la Pasión. Jesús entra en Jerusalén sabiendo que allí entregará su vida por nuestra salvación. Por eso, la alegría del Domingo de Ramos tiene un sentido muy profundo.
Nosotros también estamos llamados a recibir a Jesús
No basta con mirar la escena desde fuera. Este Evangelio invita a los niños a preguntarse si ellos también quieren abrir su corazón a Jesús y recibirlo con alegría.
4. Explicación sencilla para niños
Podemos explicarlo así:
Jesús llegó a Jerusalén y muchas personas salieron a recibirlo. Estaban muy contentas. Ponían mantos en el suelo, agitaban ramas y gritaban que Jesús venía en nombre de Dios.
Pero Jesús no quiso entrar como los reyes orgullosos. Entró montado en un burrito. Así enseñó que Él es un Rey humilde, bueno y cercano.
Jesús venía a Jerusalén para hacer algo muy grande: dar su vida por nosotros. Por eso lo recibimos con alegría, con amor y con gratitud.
Este Evangelio enseña que Jesús quiere entrar también en nuestro corazón. Quiere que lo recibamos con fe, con alegría y con amor.
5. Lo que nos enseña la imagen
Jesús en el centro
La imagen coloca a Jesús en el centro, porque Él es el centro de toda la escena y debe ser también el centro de la vida cristiana.
El burrito
El burrito es muy importante. Enseña que Jesús viene con humildad. No busca impresionar, sino salvar.
La alegría de la gente
Los rostros alegres, las ramas y los mantos muestran que la entrada de Jesús es una fiesta. Los niños comprenden así que seguir a Jesús no es una tristeza, sino una alegría grande.
Los gritos de “Hosanna”
Los bocadillos ayudan a entender que la gente aclama a Jesús como enviado de Dios. “Hosanna” es un grito de alabanza y súplica. Es como decir: “¡Sálvanos, Señor!”.
6. Aplicación para la vida de los niños
Este Evangelio también habla a los niños de hoy.
Nos enseña:
- que debemos recibir a Jesús con alegría,
- que Jesús es Rey, pero un Rey humilde,
- que seguir a Jesús es caminar con paz y amor,
- que también nosotros podemos aclamarlo con nuestra oración,
- que debemos abrirle el corazón cada día.
Se puede decir a los niños:
Cuando rezas, vas a Misa, obedeces a Dios, haces el bien y hablas con amor, estás extendiendo tu “manto” delante de Jesús y lo estás recibiendo en tu vida.
7. Preguntas para dialogar con los niños
- ¿Cómo entra Jesús en Jerusalén?
- ¿Por qué no entra como un rey orgulloso?
- ¿Qué hacía la gente para recibirlo?
- ¿Qué significa gritar “Hosanna”?
- ¿Cómo puedes tú recibir a Jesús en tu vida?
- ¿Qué te enseña el burrito de Jesús?
8. Frases para aprender de memoria
«Mira a tu rey, que viene a ti, humilde.»
(Evangelio según san Mateo 21, 5)
«¡Hosanna al Hijo de David!»
(Evangelio según san Mateo 21, 9)
«¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»
(Evangelio según san Mateo 21, 9)
Jesús es un Rey humilde y quiere entrar en mi corazón.
9. Actividad catequética
Actividad: “Recibo a Jesús con alegría”.
Materiales: papel, colores, tijeras y ramas de papel o cartulina.
Se invita a los niños a dibujar la entrada de Jesús en Jerusalén o a hacer una pequeña rama de palma de papel. En ella pueden escribir una frase como estas:
- “¡Hosanna, Jesús!”
- “Quiero recibirte con alegría.”
- “Jesús, entra en mi corazón.”
Después, cada niño puede explicar qué significa para él recibir a Jesús como Rey.
10. Oración final para niños
Señor Jesús,
Tú entraste en Jerusalén
como Rey humilde y bueno.
Yo quiero recibirte con alegría,
con mi oración,
con mi amor
y con mi corazón abierto.
Hazme sencillo como Tú,
y enséñame a seguirte siempre.
Amén.
11. Conclusión
El Evangelio de Mateo 21, 1-11 enseña a los niños que Jesús entra en Jerusalén como Rey, pero de una manera humilde, pacífica y llena de amor. La imagen catequética ayuda a ver la alegría de la gente, las ramas, los mantos y el burrito, y todo ello muestra que Jesús es verdaderamente el enviado de Dios.
Esta escena nos invita a recibir a Jesús con fe y alegría, no solo en una fiesta, sino todos los días de nuestra vida. La gran invitación de esta catequesis es clara y sencilla:
Recibe a Jesús con alegría, aclámalo como Rey y síguelo con un corazón humilde.
por Guillermo Mirecki | 23 Mar, 2026 | Confirmación Dinámicas
Vocación, pureza y fidelidad en el camino cristiano
Objetivo de la sesión
Ayudar a los jóvenes a descubrir que la vocación cristiana es una llamada personal de Dios que se vive en fidelidad cotidiana, aprendiendo de santa Catalina de Suecia a unir pureza, discernimiento, vida interior y continuidad en la misión de la Iglesia.
Duración total:
Introducción (8 min) – Uso (5 min) – Hagiografía (18 min) – Profundización teológica y vocacional (20 min) – Lectura de la imagen (8 min) – Actividades (25 min) – Oración (10 min)
Introducción
El ser humano busca constantemente sentido: qué hacer con su vida, hacia dónde ir, qué decisiones tomar. Sin embargo, la fe cristiana enseña que la vida no es un proyecto propio que se inventa, sino una llamada que se descubre. El Señor dice: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Jn 15,16, Biblia CEE).
Santa Catalina de Suecia vivió profundamente esta verdad. No buscó su propio camino, sino que aprendió a escuchar a Dios en cada etapa de su vida.
Hoy la pregunta es clara: ¿estoy viviendo lo que quiero… o lo que Dios quiere para mí?
Uso de la catequesis
Esta sesión puede dividirse en dos bloques: vocación y pureza, y discernimiento y fidelidad. El catequista debe ayudar a los jóvenes a pasar de una fe superficial a una fe que implica decisiones reales.
Hagiografía

Santa Catalina de Suecia nació en el siglo XIV, hija de santa Brígida, en un ambiente profundamente cristiano. Desde joven aprendió el valor de la oración, la vida interior y la obediencia a Dios.
Fue dada en matrimonio, pero vivió esta realidad de forma profundamente cristiana, manteniendo con su esposo una vida de continencia por mutuo acuerdo, mostrando que el amor humano está llamado a orientarse hacia Dios. San Pablo enseña que “el que no está casado se preocupa de las cosas del Señor… el casado se preocupa de las cosas del mundo” (1 Cor 7,32-33, Biblia CEE), lo que ayuda a comprender la radicalidad de su opción.
Tras enviudar, acompañó a su madre a Roma, donde vivió una etapa decisiva de su vida espiritual. Allí descubrió la universalidad de la Iglesia, profundizó en la oración y aprendió a vivir en fidelidad cotidiana.
Roma fue para ella una escuela interior: aprendió a permanecer, a obedecer y a escuchar a Dios en lo concreto.
Tras la muerte de su madre, asumió la continuidad de su obra con fidelidad, regresando a Suecia y colaborando en la vida del monasterio de Vadstena. Su vida no estuvo marcada por grandes gestos visibles, sino por una fidelidad constante. El Señor enseña: “El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel” (Lc 16,10, Biblia CEE).
Santa Catalina muestra que la santidad consiste en continuar lo que Dios ha comenzado, con humildad y perseverancia.
Profundización teológica y vocacional
La vocación cristiana es una llamada personal de Dios. La Sagrada Escritura afirma: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pe 1,16, Biblia CEE), y el Concilio Vaticano II enseña que “todos los fieles están llamados a la santidad” (Lumen Gentium, 40).
La vida de santa Catalina permite comprender tres dimensiones fundamentales de la vocación. En primer lugar, la vocación como llamada: el joven Samuel responde diciendo “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10, Biblia CEE), mostrando que la vocación nace de la escucha. En segundo lugar, la vocación como respuesta: la Virgen María dice “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38, Biblia CEE), revelando que la vocación exige disponibilidad. En tercer lugar, la vocación como fidelidad: el Señor pide “Permaneced en mi amor” (Jn 15,9, Biblia CEE), indicando que la vocación es un camino continuo.
La tradición de la Iglesia confirma esta enseñanza. San Agustín explica que el corazón humano está inquieto hasta descansar en Dios, mientras san Gregorio Magno enseña que el verdadero crecimiento espiritual consiste en vivir lo que se cree con coherencia. Benedicto XVI resume esta tradición al afirmar que “la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir en comunión con Cristo” (Audiencia General, 13 de abril de 2011).
Santa Catalina vivió esta vocación en diferentes formas: en el matrimonio vivido en castidad, en la vida consagrada y en la fidelidad a la misión recibida en la Iglesia.
Lectura catequética de la imagen
La imagen presenta a santa Catalina en oración en Roma, en actitud de recogimiento y apertura a Dios. La postura de oración indica vida interior, el aura manifiesta la presencia de Dios, Roma representa la Iglesia universal y la figura de santa Brígida expresa la continuidad espiritual.
El catequista debe guiar a los jóvenes a contemplar, identificarse, escuchar y responder. No se trata solo de mirar la imagen, sino de dejar que hable al corazón.
Actividades catequéticas
1. Discernir la propia vida
Tiempo: 10 minutos
Materiales: papel y bolígrafo
Cada joven responde por escrito: ¿qué quiero ser en la vida?, ¿qué quiere Dios de mí?, ¿he rezado alguna vez por mi vocación? El catequista debe insistir en que la vocación no se inventa, sino que se descubre en la oración y en la escucha.
Objetivo: despertar el discernimiento vocacional.
2. Taller de pureza y libertad interior
Tiempo: 10 minutos
Se proclama el texto: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8, Biblia CEE). A partir de ahí, el catequista guía la reflexión: ¿qué ocupa mi corazón?, ¿soy libre o estoy condicionado por el ambiente?, ¿busco a Dios o solo lo superficial?
Objetivo: comprender la pureza como libertad interior.
3. Fidelidad en lo cotidiano
Tiempo: 5 minutos
Cada joven escribe una acción concreta que puede mejorar en su vida diaria. El catequista explica que la santidad comienza en lo pequeño, en lo que nadie ve.
Objetivo: concretar la vida cristiana.
4. Lectio divina
Tiempo: 10 minutos
Se proclama: “Permaneced en mí, y yo en vosotros” (Jn 15,4, Biblia CEE). Se deja un momento de silencio, seguido de una oración personal y un compromiso concreto.
Objetivo: interiorizar la Palabra de Dios.
Oraciones
Santa Catalina de Suecia,
modelo de pureza y fidelidad,
enséñanos a escuchar la voz de Dios,
a responder con generosidad,
y a vivir con un corazón limpio y sencillo.
Ruega por nosotros.
Señor Jesús,
Tú que llamas a cada uno por su nombre,
ayúdanos a descubrir nuestra vocación,
a seguirte sin miedo,
y a permanecer fieles hasta el final.
Espíritu Santo,
luz de nuestras decisiones,
guía nuestros pasos,
ilumina nuestro camino,
y haznos discípulos fieles de Cristo.
Conclusión
Santa Catalina nos enseña que la santidad consiste en escuchar a Dios, responder con generosidad y permanecer fieles en el camino.
Consejos
Padres: acompañar sin imponer.
Jóvenes: buscar a Dios con sinceridad.
Catequistas: enseñar a discernir.
Autor: Guillermo Mirecki