Juan Pablo II, el papa querido, «Magno» apelado por muchos, ha sido beatificado por su sucesor inmediato, SS Benedicto XVI, en una multitudinaria celebración en Roma. Católicos y no católicos de todo el mundo celebran este gran honor, por el que la Iglesia universal ofrece el testimonio y la vida del nuevo beato como ejemplo para todos los hombres de buena voluntad. A continuación, ofrecemos la homilía de la Misa en la que el papa Benedicto elevó a los altares a su amigo y antecesor.
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Queridos hermanos y hermanas.
Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.
Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.
Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.
«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.
Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).
También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.
Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).
El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.
Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.
Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Iglesia.
¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Desde el Palacio nos has bendecido muchas veces en esta Plaza. Hoy te rogamos: Santo Padre: bendícenos. Amén.
Meditaciones de san Juan Pablo II, quien , siendo todavía cardenal, en marzo de 1976, las predicó durante unos ejercicios espirituales en el Vaticano. Asistía, entre otros, el entonces pontífice Pablo VI. Esta meditaciones de Karol Wojtyla sobre el Via Crucis fueron publicados en Signo de Contradicción (BAC, Madrid, 1978).
En esta meditación trataremos de seguir las huellas del Señor en el camino que va desde el pretorio de Pilato hasta el lugar llamado «Calavera», Gólgota en hebreo (Jn 19, 17). Hoy día este camino es visitado por los peregrinos que de todo el mundo acuden a Tierra Santa.
También Su Santidad lo recorrió, rodeado de una enorme muchedumbre de habitantes de Jerusalén y de peregrinos. El Vía Crucis de nuestro Señor Jesucristo está históricamente vinculado a los sitios que El hubo de recorrer. Pero hoy día ha sido trasladado también a muchos otros lugares, donde los fieles del divino Maestro quieren seguirle en espíritu por las calles de Jerusalén. En algunos santuarios, como en el que recordábamos en días anteriores, el Calvario de Zebrzydowska, la devoción de los fieles a la Pasión ha reconstruido el Vía Crucis con estaciones muy alejadas entre sí. Habitualmente en nuestras iglesias las estaciones son catorce, como en Jerusalén entre el pretorio y la basílica del Santo Sepulcro. Ahora nos detendremos espiritualmente en estas estaciones, meditando el misterio de Cristo cargado con la cruz.
I. Estación: Jesús condenado a muerte
La sentencia de Pilato fue dictada bajo la presión de los sacerdotes y de la multitud. La condena a muerte por crucifixión debería de haber satisfecho sus pasiones y ser la respuesta al grito: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale!» (Mc 15, 13-14, etc.). El pretor romano pensó que podría eludir el dictar sentencia lavándose las manos, como se había desentendido antes de las palabras de Cristo cuando éste identificó su reino con la verdad, con el testimonio de la verdad (Jn 18, 38). En uno y otro caso Pilato buscaba conservar la independencia, mantenerse en cierto modo «al margen». Pero eran sólo apariencias. La cruz a la que fue condenado Jesús de Nazaret (Jn 19, 16), así como su verdad del reino (Jn 18, 36-37), debía de afectar profundamente al alma del pretor romano. Esta fue y es una Realeza, frente a la cual no se puede permanecer indiferente o mantenerse al margen.
El hecho de que a Jesús, Hijo de Dios, se le pregunte por su reino, y que por esto sea juzgado por el hombre y condenado a muerte, constituye el principio del testimonio final de Dios que tanto amó al mundo (cf. Jn 3, 16).
También nosotros nos encontramos ante este testimonio, y sabemos que no nos es lícito lavarnos las manos.
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
II. Estación: Jesús carga con la cruz
Empieza la ejecución, es decir, el cumplimiento de la sentencia. Cristo, condenado a muerte, debe cargar con la cruz como los otros dos condenados que van a sufrir la misma pena: «Fue contado entre los pecadores» (Is 53, 12). Cristo se acerca a la cruz con el cuerpo entero terriblemente magullado y desgarrado, con la sangre que le baña el rostro, cayéndole de la cabeza coronada de espinas. Ecce Homo! (Jn 19, 5). En Él se encierra toda la verdad del Hijo del hombre predicha por los profetas, la verdad sobre el siervo de Yavé anunciada por Isaías: «Fue traspasado por nuestras iniquidades… y en sus llagas hemos sido curados» (Is 53, 5). Está también presente en Él una cierta consecuencia, que nos deja asombrados, de lo que el hombre ha hecho con su Dios. Dice Pilato: «Ecce Homo» (Jn 19, 5): «¡Mirad lo que habéis hecho de este hombre!» En esta afirmación parece oírse otra voz, como queriendo decir: «¡Mirad lo que habéis hecho en este hombre con vuestro Dios!»
Resulta conmovedora la semejanza, la interferencia de esta voz que escuchamos a través de la historia con lo que nos llega mediante el conocimiento de la fe. Ecce Homo!
Jesús, «el llamado Mesías» (Mt 27, 17), carga la cruz sobre sus espaldas (Jn 19, 17). Ha empezado la ejecución.
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
III. Estación: Jesús cae por primera vez
Jesús cae bajo la cruz. Cae al suelo. No recurre a sus fuerzas sobrehumanas, no recurre al poder de los ángeles. «¿Crees que no puedo rogar a mi Padre, quien pondría a mi disposición al punto más de doce legiones de ángeles?» (Mt 26, 53). No lo pide. Habiendo aceptado el cáliz de manos del Padre (Mc 14, 36, etc.), quiere beberlo hasta las heces. Esto es lo que quiere. Y por esto no piensa en ninguna fuerza sobrehumana, aunque al instante podría disponer de ellas. Pueden sentirse dolorosamente sorprendidos los que le habían visto cuando dominaba a las humanas dolencias, a las mutilaciones, a las enfermedades, a la muerte misma. ¿Y ahora? ¿Está negando todo eso? Y, sin embargo, «nosotros esperábamos», dirán unos días después los discípulos de Emaús (Lc 24, 21). «Si eres el Hijo de Dios…» (Mt 27, 40), le provocarán los miembros del Sanedrín. «A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse» (Mc 15, 31; Mt 27, 42), gritará la gente.
Y él acepta estas frases de provocación, que parecen anular todo el sentido de su misión, de los sermones pronunciados, de los milagros realizados. Acepta todas estas palabras, decide no oponerse. Quiere ser ultrajado. Quiere vacilar. Quiere caer bajo la cruz. Quiere. Es fiel hasta el final, hasta los mínimos detalles, a esta afirmación: «No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (cf. Mc 14, 36, etc. ).
Dios salvará a la humanidad con las caídas de Cristo bajo la cruz.
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
IV. Estación: Jesús encuentra a su Madre
La Madre. María se encuentra con su Hijo en el camino de la cruz. La cruz de Él es su cruz, la humillación de Él es la suya, suyo el oprobio público de Jesús. Es el orden humano de las cosas. Así deben sentirlo los que la rodean y así lo capta su corazón: «… y una espada atravesará tu alma» (Lc 2, 35). Las palabras pronunciadas cuando Jesús tenía cuarenta días se cumplen en este momento. Alcanzan ahora su plenitud total. Y María avanza, traspasada por esta invisible espada, hacia el Calvario de su Hijo, hacia su propio Calvario. La devoción cristiana la ve con esta espada clavada en su corazón, y así la representa en pinturas y esculturas. ¡Madre Dolorosa!
«¡Oh tú que has padecido junto con Él!», repiten los fieles, íntimamente convencidos de que así justamente debe expresarse el misterio de este sufrimiento. Aunque este dolor le pertenezca y le afecte en lo más profundo de su maternidad, sin embargo, la verdad plena de este sufrimiento se expresa con la palabra «com-pasión». También ella pertenece al mismo misterio: expresa en cierto modo la unidad con el sufrimiento del Hijo.
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
V. Estación: Simón Cireneo ayuda a Jesús
Simón de Cirene, llamado a cargar con la cruz (cf. Mc 15, 21; Lc 23, 26), no la quería llevar ciertamente. Hubo que obligarle. Caminaba junto a Cristo bajo el mismo peso. Le prestaba sus hombros cuando los del condenado parecían no poder aguantar más. Estaba cerca de él: más cerca que María o que Juan, a quien, a pesar de ser varón, no se le pide que le ayude. Le han llamado a él, a Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, como refiere el evangelio de Marcos (Mc 15, 21). Le han llamado, le han obligado.
¿Cuánto duró esta coacción? ¿Cuánto tiempo caminó a su lado, dando muestras de que no tenía nada que ver con el condenado, con su culpa, con su condena? ¿Cuánto tiempo anduvo así, dividido interiormente, con una barrera de indiferencia entre él y ese Hombre que sufría? «Estaba desnudo, tuve sed, estaba preso» (cf. Mt 25, 35-36), llevaba la cruz… ¿La llevaste conmigo?… ¿La has llevado conmigo verdaderamente hasta el final?
No se sabe. San Marcos refiere solamente el nombre de los hijos del Cireneo y la tradición sostiene que pertenecían a la comunidad de cristianos allegada a San Pedro (cf. Rom 16, 13).
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
VI. Estación: La Verónica limpia su rostro
La tradición nos habla de la Verónica. Quizá ella completa la historia del Cireneo. Porque lo cierto es que –aunque, como mujer, no cargara físicamente con la cruz y no se la obligara a ello– llevó sin duda esta cruz con Jesús: la llevó como podía, como en aquel momento era posible hacerlo y como le dictaba su corazón: limpiándole el rostro.
Este detalle, referido por la tradición, parece fácil de explicar: en el lienzo con el que secó su rostro han quedado impresos los rasgos de Cristo. Puesto que estaba todo él cubierto de sudor y sangre, muy bien podía dejar señales y perfiles. Pero el sentido de este hecho puede ser interpretado también de otro modo, si se considera a la luz del sermón escatológico de Cristo. Son muchos indudablemente los que preguntarán: «Señor, ¿cuándo hemos hecho todo esto?» Y Jesús responderá: «Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). El Salvador, en efecto, imprime su imagen sobre todo acto de caridad, como sobre el lienzo de la Verónica.
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
VII. Estación: Jesús cae por segunda vez
«Yo soy un gusano, no un hombre; el oprobio de los hombres y el desecho del pueblo» (Sal 22, 7): las palabras del Salmista-profeta encuentran su plena realización en estas estrechas, arduas callejuelas de Jerusalén, durante las últimas horas que preceden a la Pascua. Ya se sabe que estas horas, antes de la fiesta, son extenuantes y las calles están llenas de gente. En este contexto se verifican las palabras del Salmista, aunque nadie piense en ellas. No paran mientes en ellas ciertamente todos cuantos dan pruebas de desprecio, para los cuales este Jesús de Nazaret que cae por segunda vez bajo la cruz se ha hecho objeto de escarnio.
Y Él lo quiere, quiere que se cumpla la profecía. Cae, pues, exhausto por el esfuerzo. Cae por voluntad del Padre, voluntad expresada asimismo en las palabras del Profeta. Cae por propia voluntad, porque «¿cómo se cumplirían, si no, las Escrituras?» (Mt 26, 54): «Soy un gusano y no un hombre» (Sal 22, 7); por tanto, ni siquiera «Ecce Homo» (Jn 19, 5); menos aún, peor todavía.
El gusano se arrastra pegado a tierra; el hombre, en cambio, como rey de las criaturas, camina sobre ella. El gusano carcome la madera: como el gusano, el remordimiento del pecado roe la conciencia del hombre.
Remordimiento por esta segunda caída.
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
VIII. Estación: Jesús y las mujeres de Jerusalén
Es la llamada al arrepentimiento, al verdadero arrepentimiento, al pesar, en la verdad del mal cometido. Jesús dice a las hijas de Jerusalén que lloren a su vista: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lc 23, 28). No podemos quedarnos en la superficie del mal, hay que llegar a su raíz, a las causas, a la más honda verdad de la conciencia.
Esto es justamente lo que quiere darnos a entender Jesús cargado con la cruz, que desde siempre «conocía lo que en el hombre había» (Jn 2, 25) y siempre lo conoce. Por esto Él debe ser en todo momento el más cercano testigo de nuestros actos y de los juicios que sobre ellos hacemos en nuestra conciencia. Quizá nos haga comprender incluso que estos juicios deben ser ponderados, razonables, objetivos –dice: «No lloréis»–; pero, al mismo tiempo, ligados a todo cuanto esta verdad contiene: nos lo advierte porque es El el que lleva la cruz.
Señor, ¡dame saber vivir y andar en la verdad!
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
IX. Estación: Tercera caída
«Se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Cada estación de esta Vía es una piedra miliar de esa obediencia y ese anonadamiento.
Captamos el grado de este anonadamiento cuando leemos las palabras del Profeta: «Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su camino, y Yavé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros» (Is 53, 6).
Comprendemos el grado de este anonadamiento cuando vemos que Jesús cae una vez más, la tercera, bajo la cruz. Cuando pensamos en quién es el que cae, quién yace entre el polvo del camino bajo la cruz, a los pies de gente hostil que no le ahorra humillaciones y ultrajes…
¿Quién es el que cae? ¿Quién es Jesucristo? «Quien, existiendo en forma de Dios, no reputó como botín codiciable ser igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2, 6-8).
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
X. Estación: Jesús, despojado de sus vestidos
Cuando Jesús, despojado de sus vestidos, se encuentra ya en el Gólgota (cf. Mc 15, 24, etc.), nuestros pensamientos se dirigen hacia su Madre: vuelven hacia atrás, al origen de este cuerpo que ya ahora, antes de la crucifixión, es todo él una llaga (cf. Is 52 ,14). El misterio de la Encarnación: el Hijo de Dios toma cuerpo en el seno de la Virgen (cf. Mt 1, 23; Lc 1, 26-38). El Hijo de Dios habla al Padre con las palabras del Salmista: «No te complaces tú en el sacrificio y la ofrenda… pero me has preparado un cuerpo» (Sal 40, 8-7; Heb 10, 5). El cuerpo del hombre expresa su alma. El cuerpo de Cristo expresa el amor al Padre: «Entonces dije: ‘¡Heme aquí que vengo!’… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Sal 40, 9; Heb 10, 7). «Yo hago siempre lo que es de su agrado» (Jn 8, 29). Este cuerpo desnudo cumple la voluntad del Hijo y la del Padre en cada llaga, en cada estremecimiento de dolor, en cada músculo desgarrado, en cada reguero de sangre que corre, en todo el cansancio de sus brazos, en los cardenales de cuello y espaldas, en el terrible dolor de las sienes. Este cuerpo cumple la voluntad del Padre cuando es despojado de sus vestidos y tratado como objeto de suplicio, cuando encierra en sí el inmenso dolor de la humanidad profanada.
El cuerpo del hombre es profanado de varias maneras.
En esta estación debemos pensar en la Madre de Cristo, porque bajo su corazón, en sus ojos, entre sus manos el cuerpo del Hijo de Dios ha recibido una adoración plena.
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
XI. Estación: Jesús clavado en la cruz
«Han taladrado mis manos y mis pies y puedo contar todos mis huesos» (Sal 22, 17-18). «Puedo contar…»: ¡qué palabras proféticas! Sabemos que este cuerpo es un rescate. Un gran rescate es todo este cuerpo: las manos, los pies y cada hueso. Todo el Hombre en máxima tensión: esqueleto, músculos, sistema nervioso, cada órgano, cada célula, todo en máxima tensión. «Yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré a todos a mí» (Jn 12, 32). Palabras que expresan la plena realidad de la crucifixión. Forma parte de ésta también la terrible tensión que penetra las manos, los pies y todos los huesos: terrible tensión del cuerpo entero que, clavado como un objeto a los maderos de la cruz, va a ser aniquilado hasta el fin, en las convulsiones de la muerte. Y en la misma realidad de la crucifixión entra todo el mundo que Jesús quiere atraer a Sí (cf. Jn 12, 32). El mundo está sometido a la gravitación del cuerpo, que tiende por inercia hacia lo bajo.
Precisamente en esta gravitación estriba la pasión del Crucificado. «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba» (Jn 8, 23). Sus palabras desde la cruz son: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
XII. Estación: Jesús muere
Jesús clavado en la cruz, inmovilizado en esta terrible posición, invoca al Padre (cf. Mc 15, 34; Mt 27, 46; Lc 23, 46). Todas las invocaciones atestiguan que El es uno con el Padre. «Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10, 30); «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14, 9); «Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también» (Jn 5, 17).
He aquí el más alto, el más sublime obrar del Hijo en unión con el Padre. Sí: en unión, en la más profunda unión, justamente cuando grita: Eloí, Eloí, lama sabachtani?: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Mt 27, 46). Este obrar se expresa con la verticalidad del cuerpo que pende del madero perpendicular de la cruz, con la horizontalidad de los brazos extendidos a lo largo del madero transversal. El hombre que mira estos brazos puede pensar que con el esfuerzo abrazan al hombre y al mundo.
Abrazan.
He aquí el hombre. He aquí a Dios mismo. «En El… vivimos y nos movemos y existimos» (Act 17, 28). En El: en estos brazos extendidos a lo largo del madero transversal de la cruz.
El misterio de la Redención.
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
XIII. Estación: Jesús en brazos de su Madre
En el momento en que el cuerpo de Jesús es bajado de la cruz y puesto en brazos de la Madre, vuelve a nuestra mente el momento en que María acogió el saludo del ángel Gabriel: «Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús… Y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre… y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 31-33). María sólo dijo: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38), como si desde el principio hubiera querido expresar cuanto estaba viviendo en este momento.
En el misterio de la Redención se entrelazan la gracia, esto es, el don de Dios mismo, y «el pago» del corazón humano. En este misterio somos enriquecidos con un Don de lo alto (Sant 1, 17) y al mismo tiempo somos comprados con el rescate del Hijo de Dios (cf. 1 Cor 6, 20; 7, 23; Act 20, 28). Y María, que fue más enriquecida que nadie con estos dones, es también la que paga más. Con su corazón.
A este misterio está unida la maravillosa promesa formulada por Simeón cuando la presentación de Jesús en el templo: «Una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2, 35).
También esto se cumple. ¡Cuántos corazones humanos se abren ante el corazón de esta Madre que tanto ha pagado!
Y Jesús está de nuevo todo él en sus brazos, como lo estaba en el portal de Belén (cf. Lc 2, 16), durante la huida a Egipto (cf. Mt 2, 14), en Nazaret (cf. Lc 2, 39-40).
La Piedad.
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
XIV. Estación: Entierro de Jesús
Desde el momento en que el hombre, a causa del pecado, se alejó del árbol de la vida (cf. Gén 3), la tierra se convirtió en un cementerio. Tantos sepulcros como hombres. Un gran planeta de tumbas.
En las cercanías del Calvario había una tumba que pertenecía a José de Arimatea (cf. Mt 27, 60). En este sepulcro, con el consentimiento de José, depositaron el cuerpo de Jesús una vez bajado de la cruz (cf. Mc 15, 42-46, etc.). Lo depositaron apresuradamente, para que la ceremonia acabara antes de la fiesta de Pascua (cf. Jn 19, 31), que empezaba en el crepúsculo.
Entre todas las tumbas esparcidas por los continentes de nuestro planeta, hay una en la que el Hijo de Dios, el hombre Jesucristo, ha vencido a la muerte con la muerte. O mors! ero mors tua!: «Muerte, ¡yo seré tu muerte!» (1 antif. Laudes del Sábado santo). El árbol de la Vida, del que el hombre fue alejado por su pecado, se ha revelado nuevamente a los hombres en el cuerpo de Cristo. «Si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo» (Jn 6, 51).
Aunque se multipliquen siempre las tumbas en nuestro planeta, aunque crezca el cementerio en el que el hombre surgido del polvo retorna al polvo (cf. Gén 3, 19), todos los hombres que contemplan el sepulcro de Jesucristo viven en la esperanza de la Resurrección.
V. Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Aceptación de la muerte
Señor, Dios mío, ya desde ahora acepto de buena voluntad, como venida de tu mano, cualquier género de muerte que quieras enviarme, con todas sus angustias, penas y dolores.
¿Nos dejamos iluminar por la fe de María, que es nuestra Madre? ¿O bien la pensamos lejana, demasiado distinta de nosotros? En los momentos de dificultad, de prueba, de oscuridad, ¿la miramos a ella como modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y sólo nuestro bien? Pensemos en esto, tal vez nos hará bien volver a encontrar a María como modelo y figura de la Iglesia en esta fe que ella tenía.
«Llegado a este momento final de mi existencia en la tierra, seguramente que ninguno de ustedes va a creer que me voy a atrever a decir lo que no es cierto. Les declaro pues, que el mejor camino para conseguir la salvación es pertenecer a la religión cristiana, ser católico. Y como mi Señor Jesucristo me enseñó con sus palabras y sus buenos ejemplos a perdonar a los que nos han ofendido, yo declaro que perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a todos los que han contribuido a nuestro martirio, y les recomiendo que ojalá se hagan instruir en nuestra santa religión y se hagan bautizar».
San Pablo Miki
* * *
Fueron 26, martirizados el mismo día, 5 de febrero del año 1597.
En el año 1549 San Francisco Javier llegó al Japón y convirtió a muchos paganos.
Ya en el año 1597 eran varios los miles de cristianos en aquel país. Y llegó al gobierno un emperador sumamente cruel y vicioso, el cual ordenó que todos los misioneros católicos debían abandonar el Japón en el término de seis meses. Pero los misioneros, en vez de huir del país, lo que hicieron fue esconderse, para poder seguir ayudando a los cristianos. Fueron descubiertos y martirizados brutalmente. Los que murieron en este día en Nagasaki fueron 26. Tres jesuitas, seis franciscanos y 16 laicos católicos japoneses, que eran catequistas y se habían hecho terciarios franciscanos.
Los mártires jesuitas fueron: San Pablo Miki, un japonés de familia de la alta clase social, hijo de un capitán del ejército y muy buen predicador: San Juan Goto y Santiago Kisai, dos hermanos coadjutores jesuitas. Los franciscanos eran: San Felipe de Jesús, un mexicano que había ido a misionar al Asia. San Gonzalo García que era de la India, San Francisco Blanco, San Pedro Bautista, superior de los franciscanos en el Japón y San Francisco de San Miguel.
Entre los laicos estaban: un soldado: San Cayo Francisco; un médico: San Francisco de Miako; un Coreano: San Leon Karasuma, y tres muchachos de trece años que ayudaban a misa a los sacerdotes: los niños: San Luis Ibarqui, San Antonio Deyman, y San Totomaskasaky, cuyo padre fue también martirizado.
A los 26 católicos les cortaron la oreja izquierda, y así ensangrentados fueron llevados en pleno invierno a pie, de pueblo en pueblo, durante un mes, para escarmentar y atemorizar a todos los que quisieran hacerse cristianos.
Al llegar a Nagasaki les permitieron confesarse con los sacerdotes, y luego los crucificaron, atándolos a las cruces con cuerdas y cadenas en piernas y brazos y sujetándolos al madero con una argolla de hierro al cuello. Entre una cruz y otra había la distancia de un metro y medio.
La Iglesia Católica los declaró santos en 1862.
Testigos de su martirio y de su muerte lo relatan de la siguiente manera: «Una vez crucificados, era admirable ver el fervor y la paciencia de todos. Los sacerdotes animaban a los demás a sufrir todo por amor a Jesucristo y la salvación de las almas. El Padre Pedro estaba inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos, en acción de gracias a la bondad de Dios, y entre frase y frase iba repitiendo aquella oración del salmo 30: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». El hermano Gonzalo rezaba fervorosamente el Padre Nuestro y el Avemaría».
Al Padre Pablo Miki le parecía que aquella cruz era el púlpito o sitio para predicar más honroso que le habían conseguido, y empezó a decir a todos los presentes (cristianos y curiosos) que él era japonés, que pertenecía a la compañía de Jesús, o sociedad de los Padres jesuitas, que moría por haber predicado el evangelio y que le daba gracias a Dios por haberle concedido el honor tan enorme de poder morir por propagar la verdadera religión de Dios. A continuación añadió las siguientes palabras:
«Llegado a este momento final de mi existencia en la tierra, seguramente que ninguno de ustedes va a creer que me voy a atrever a decir lo que no es cierto. Les declaro pues, que el mejor camino para conseguir la salvación es pertenecer a la religión cristiana, ser católico. Y como mi Señor Jesucristo me enseñó con sus palabras y sus buenos ejemplos a perdonar a los que nos han ofendido, yo declaro que perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a todos los que han contribuido a nuestro martirio, y les recomiendo que ojalá se hagan instruir en nuestra santa religión y se hagan bautizar».
Luego, vueltos los ojos hacia sus compañeros, empezó a darles ánimos en aquella lucha decisiva; en el rostro de todos se veía una alegría muy grande, especialmente en el del niño Luis; éste, al gritarle otro cristiano que pronto estaría en el Paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo. El niño Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado los santísimos nombres de Jesús, José y María, se pudo a cantar los salmos que había aprendido en la clase de catecismo. A otros se les oía decir continuamente: «Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía». Varios de los crucificados aconsejaban a las gentes allí presentes que permanecieran fieles a nuestra santa religión por siempre.
Luego los verdugos sacaron sus lanzas y asestaron a cada uno de los crucificados dos lanzazos, con lo que en unos momentos pusieron fin a sus vidas.
El pueblo cristiano horrorizado gritaba: ¡Jesús, José y María!
He vuelto a leer un libro sobre ti: San Francisco de Sales y nuestro corazón de carne. Lo escribió, en su tiempo, Henry Bordeaux, de la Academia de Francia.
Pero, ya antes, tú mismo habías escrito que tenías un «corazón de carne», que se enternecía, comprendía, que tenía en cuenta la realidad y sabía que los hombres no son espíritus puros, sino seres de carne y hueso. Con ese corazón humano amaste los libros y el arte, escribiste con finísima sensibilidad, animando incluso a tu amigo, el obispo Camus, a escribir novelas. Te inclinaste hacia todos para dar a todos algo.
Ya cuando eras estudiante universitario en Padua, te habías propuesto no evitar ni abreviar jamás ninguna conversación con nadie por antipático y aburrido que fuera. Te habías propuesto, asimismo, «es modesto sin insolencia, libre sin hosquedad, dulce sin afectación, complaciente sin debilidad».
Sacerdote, misionero y obispo, entregaste tu tiempo a los demás: niños, pobres, enfermos, pecadores, herejes, burgueses, nobles, prelados, príncipes.Mantuviste la palabra. A tu padre, que te había elegido como esposa a una rica y graciosa heredera, le respondiste amablemente: «Papá, he visto a mademoiselle, pero creo que merece algo mejor que yo».
Encontraste, como todos, incomprensiones y contradicciones: «El corazón de carne» sufría, pero seguía amando a sus contradictores. «Si una persona me sacase por odio el ojo izquierdo—escribiste—, creo que la seguiría mirando amablemente con el derecho. Si me sacara también éste, todavía me quedaría el corazón para amarla».
Para muchos, esto es la cima de la perfección. Pero, para ti, la cima es otra, pues, como escribiste, «el hombre es la perfección del universo; el espíritu es la perfección del hombre; el amor es la perfección del espíritu; el amor de Dios es la perfección del amor». Por eso, para ti, la cima, la perfección y la excelencia del universo es amar a Dios.
Estás, pues, a favor del primado del amor divino. ¿Se trata de hacer buena a la gente? Que comiencen por amar a Dios. Una vez que este amor se haya encendido y afirmado en el corazón, todo lo demás vendrá por añadidura.
La medicina moderna dice: no se puede curar una enfermedad local si no se intenta recuperar la salud de todo el cuerpo mediante una higiene general y fuertes reconstituyentes, tales como la transfusión de sangre. En esta misma línea escribiste: «El león es un animal poderoso, lleno de recursos. Por lo mismo, puede dormir sin temor tanto en una guarida escondida como al borde de una senda transitada por otros animales». Y concluiste: «Sed, pues, leones espirituales. Llenaos de fuerza, de amor de Dios, y no tendréis que temer a esos animales que son los defectos».
Este es, según tú, el método de Santa Isabel de Hungría. Esta princesa tuvo que frecuentar, por deber de Estado, bailes y diversiones cortesanas, pero sacó de ellas ventajas espirituales en vez de daños. ¿Por qué? Porque «tal viento (de las tentaciones), los grandes fuegos (del amor divino) se extienden, mientras que los pequeños se apagan».
Los novios de este mundo dicen: «contigo pan y cebolla». Más tarde ven que el pan y la cebolla, ¡ay!, no bastan y que ya no quieren vivir juntos, porque el corazón se ha enfriado.
Escribiste también: «En cuanto la reina de las abejas sale al campo, todo su pequeño pueblo la rodea. Así, el amor de Dios no entra en un corazón sin que todo el cortejo de las demás virtudes se aposente en él». Para ti, prescribir las virtudes a un alma carente del amor de Dios es como recetar de repente el atletismo a un organismo débil. Reforzar el organismo con el amor de Dios significa, en cambio, preparar al campeón y lanzarlo con garantías hacia las cotas más altas de la santidad.
Pero ¿qué amor de Dios? Hay uno hecho de suspiros, de píos gemidos, de lánguidas miradas al cielo. Hay otro viril, franco, hermano gemelo del que poseía Cristo cuando decía en el huerto: «Hágase tu voluntad y no la mía». Este es el único amor de Dios que tú recomiendas.
En tu opinión, quien ama a Dios debe embarcarse en su nave, resuelto a seguir la ruta señalada por sus mandamientos, por las directrices de quien lo representa y por las situaciones y circunstancias de la vida que El permite.
Una vez imaginaste que entrevistabas a Margarita cuando estaba para embarcarse hacia el Oriente con su marido San Luis IX, rey de Francia:
—¿A dónde va, señora?
—Adonde vaya el rey.
—Pero ¿sabe exactamente a dónde va el rey?
—Me lo ha dicho de un modo vago. Sin embargo, no me preocupa saber a dónde va; lo único que me apremia es ir con él.
—Pero, entonces, señora, ¿no sabe de qué viaje se trata?
—No; sólo sé que voy en compañía de mi querido señor y marido.
—Su marido va a Egipto, se detendrá en Damieta, en Acre y en otros muchos lugares. ¿No tiene también usted, señora, la intención de ir allí?
—Realmente, no. No tengo otra intención que la de estar junto a mi rey. Los lugares adonde vaya me tienen sin cuidado. Lo único que me importa es que él estará allí. Más que ir a ningún sitio, yo le sigo. No quiero el viaje, sino que me basta la presencia del rey.
Ese rey es Dios, y Margarita somos nosotros si de veras amamos a Dios. ¡Y cuántas veces y de cuántos modos volviste sobre esta idea! «Sentirse con Dios como un niño en los brazos de la madre; que nos lleve en el brazo derecho o en el brazo izquierdo da lo mismo, dejémoslo a su voluntad». ¿Y si la Virgen confiase el Niño Jesús a una monja? Te lo preguntaste una vez y respondiste: «La monja no querría soltarlo, pero haría mal. El viejo Simeón recibió en brazos al Niño Jesús con mucha alegría, pero con la misma alegría lo devolvió en seguida. Así, nosotros no debemos lamentar demasiado restituir el cargo, el puesto, el oficio, cuando caduca el plazo y nos lo reclaman».
En el castillo de Dios tratemos de aceptar cualquier puesto: cocineros o fregones de cocina, camareros, mozos de cuadra, panaderos. Si al Rey le place llamarnos a su Consejo privado, allí iremos, pero sin entusiasmarnos demasiado, sabiendo que la recompensa no depende del puesto, sino de la fidelidad con que sirvamos.
Este es tu pensamiento. A algunos les parecerá una especie de fatalismo oriental. Pero no lo es. «La voluntad humana—escribiste—es dueña de sus amores, como una doncella es dueña de sus enamorados, que la piden por esposa. Eso antes de que escoja. Pero, una vez hecha la elección y convertida en mujer casada, la situación se invierte: de dueña que era se convierte en súbdita y queda a la merced de quien en otro tiempo fue su presa».
«También la voluntad puede elegir el amor a su gusto, pero, una vez que se declara por uno, queda sometida a él. Con todo, en la voluntad existe siempre una libertad que no se da en la mujer casada, pues la voluntad puede rechazar su amor siempre que quiere», incluso el amor de Dios, eliminando así todo fatalismo.
¡Si te oyeran los políticos! Estos miden las acciones por su éxito. «¿Tiene éxito? Entonces, vale». Tú, en cambio, dices: «La acción, incluso si no tiene éxito, vale con tal que esté hecha por amor de Dios. El mérito de llevar la cruz no está en el peso de ésta, sino en el modo de llevarla. Puede haber más mérito en llevar una pequeña cruz de paja que una grande de hierro. El comer, el beber> el pasear> si se hacen por amor de Dios, pueden valer más que el ayuno y los golpes de disciplina».
Pero tú fuiste aún más allá al decir que, en cierto sentido, el amor de Dios puede incluso cambiar las cosas, haciendo buenas las acciones de por sí indiferentes o peligrosas. Tal es el caso del juego de azar y del baile (el de tus tiempos, naturalmente), si se hace «por distracción y no por afición, por poco tiempo y no hasta cansarse y aturdirse, y ocasionalmente, de modo que no se vuelva ocupación lo que debe ser diversión».
Así, pues, hay que fijarse en la calidad de las acciones, no en su grandeza y número. ¿Has leído lo que escribió Rabelais, casi contemporáneo tuyo, sobre las devociones que le habían enseñado al joven Gargantúa? «Veintiséis o treinta misas oídas al día, una serie de Kyrie eleison, que hubiera sido suficiente para dieciséis ermitaños». Si lo leíste, diste también tu respuesta, enseñando a tus monjas: «Está bien avanzar, pero no multiplicando las prácticas de piedad, sino perfeccionándolas. El año pasado ayunasteis tres veces a la semana; este año queréis ayunar el doble, y aún os quedan días en la semana. Pero ¿qué vais a hacer el año que viene? ¿Vais a ayunar nueve días a la semana o dos veces al día? Tened cuidado. Es una locura desear morir mártir en las Indias y, mientras tanto, descuidar los deberes cotidianos».
En otras palabras: menos devociones y más devoción. El alma no es tanto un pozo que hay que llenar cuanto una fuente que hay que hacer brotar.
Y no sólo el alma de las monjas. Con estos principios, la santidad deja de ser un privilegio de los conventos y se hace poder y deber de todos. No se torna empresa fácil (¡es la vía de la cruz!), pero sí ordinaria: unos pocos la llevan a cabo con acciones y deseos heroicos, al modo de las águilas, que planean en los altos cielos; la mayoría la realiza con el cumplimiento de los deberes comunes de cada día, pero no de una manera común, al modo de las palomas que vuelan de tejado en tejado.
¿Por qué desear el vuelo del águila, los desiertos, los claustros severos, si no estás llamado a ello? No hagamos como las enfermas neuróticas, que quieren cerezas en otoño y uvas en primavera. Apliquémonos a lo que Dios nos pide según el estado en que estemos. «Señora—escribiste—, hay que acortar un poco las oraciones, para no comprometer los quehaceres de la casa, listáis casada; pues sed esposa totalmente, sin excesiva verecundia. No aburráis a los vuestros quedándoos demasiado tiempo en la iglesia. Tened una devoción tal que incluso vuestro marido pueda llegar a amarla, pero esto sólo sucederá si siente que sois suya».
Y, para concluir, he aquí el ideal del amor de Dios vivido en medio del mundo: que estos hombres y mujeres tengan alas para volar hacia Dios con la oración amorosa; que tengan también pies para caminar amablemente con los demás hombres; y que no tengan un «ceño fruncido», sino caras sonrientes, conscientes de que se dirigen a la alegre casa del Señor.
Noviembre 1972
* * *
Francisco de Sales, doctor y santo de la Iglesia (1567-1622), estudió con los jesuítas en París y, más tarde, en la Universidad de Padua, donde se doctoró en derecho civil. Emprendida la carrera eclesiástica, fue nombrado obispo de Ginebra y trabajó por la conversión de los calvinistas. Consagró la mayor parte de su tiempo a los niños, a los pobres y a los enfermos. Fundó, con santa Juana Francisca Frêmiot de Chantal, la Orden de la Visitación (conocidas como salesas o visitadinas). Escribió diversas obras de carácter espiritual, entre las que destacan: Introducción a la vida devota y Tratado del amor de Dios.
«San Pablo se dedicó al anuncio del Evangelio sin ahorrar energías, afrontando una serie de duras pruebas, que él mismo enumera en la segunda carta a los Corintios (cf. 2 Co 11, 21-28). Por lo demás, él mismo escribe: ‘Todo esto lo hago por el Evangelio’ (1 Co 9, 23), ejerciendo con total generosidad lo que él llama ‘la preocupación por todas las Iglesias’ (2 Co 11, 28). Su compromiso sólo se explica con un alma verdaderamente fascinada por la luz del Evangelio, enamorada de Cristo, un alma sostenida por una convicción profunda: es necesario llevar al mundo la luz de Cristo, anunciar el Evangelio a todos».
El llamado «Apóstol de las gentes», es decir, de las naciones, no conoció a Jesús durante su vida terrena en Jerusalén o por los caminos de Galilea, como los Doce apóstoles. Es el primero que tuvo como experiencia sólo la del Resucitado, la misma que tendrán luego todos los cristianos. Este judío nacido en Tarso (hoy Turquía oriental), que recibió del rabino Gamaliel el Viejo una enseñanza rigurosa de la Ley y que es un ciudadano romano, recibe como misión concreta la de ir a predicar la Palabra de Dios a todos los hombres: primero en Antioquía y en Asia menor, luego en Grecia y Roma. Con Pablo, en pocos años y de modo ardiente, «la ley sale de Sión y la palabra de Dios de Jerusalén», como había profetizado Miqueas (4,2). Y «sale» con un doble sentido del término. Pablo va a dar testimonio de las enseñanzas de sus padres y de lo que ha experimentado: ¡Cristo ha resucitado!
Tras la fiesta de la conversión de san Pablo, os presentamos estos textos y dibujos que exponen la vida completa de este «pilar» fundamental de la cristiandad.
A eso de medianoche, Pablo y Silas, de pie puestos en oración, alababan a Dios mientras los demás presos estaban escuchando. De repente se sintió un gran terremoto, tal que se movían hasta los cimientos de la cárcel. En aquel instante se les cayeron a todos los presos las cadenas y se abrieron todas las puertas.
En esto despertó el carcelero y al ver abiertas las puertas de la cárcel, creyendo que se habían escapado los presos, desenvainando su espada se iba a suicidar. Viéndolo Pablo, le gritó diciendo: «¡Quieto! No te hagas daño, pues todos estamos aquí». Entonces, comprendiendo el milagro, se arrojó a los pies del Apóstol diciendo: «¡Señor! ¿Qué debo hacer para salvarme?». Pablo le dijo: «Cree en el Señor Jesús y te salvarás». Y enseñándole la doctrina cristiana a él y a todos los de su casa, en aquella misma hora de la noche se bautizó con toda su familia. Después el carcelero invitó a Pablo y a Silas a su habitación, les lavó las llagas y luego les sirvió la cena, alegrándose con todos los suyos de haber creído en Dios.
Habiendo llegado Pablo a Atenas, predicaba en las sinagogas y enseñaba en la plaza pública a todas las gentes. Se les acercaban muchos curiosos preguntando: «¿Qué novedad nos trae éste? ¿Qué dice este charlatán?». Al fin, cogiéndole en medio le llevaron al Areópago, diciendo: «¿Podremos saber qué doctrina predicas?». Pablo empezó diciendo: «Ciudadanos atenienses, en todo veo que son muy religiosos, pues al recorrer la ciudad y contemplar sus monumentos he visto un altar con esta inscripción: ‘Al Dios desconocido’. Pues bien, lo que veneran sin conocerlo es lo que yo les voy a anunciar».
«El Dios que ha hecho el mundo y todo lo que hay en él, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos de los hombres, ni es servido por manos humanas como si necesitase algo. Él es el que a todos nos da la vida y el aliento y todas las cosas, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos»… Al oírle hablar de la resurrección de los muertos algunos se burlaban, pero otros, sin embargo, se convirtieron y creyeron, entre los cuales estaba san Dionisio el Areopagita.
Habiéndose reunido el Sanedrín para juzgar a Pablo, dijo Pablo: «Hermanos, puedo aseguramos que delante de Dios, de nada me remuerde la conciencia». Entonces el príncipe de los sacerdotes mandó pegarle en la boca. Y Pablo respondió: «Herirte ha Dios a ti, pared blanqueada. ¿Tú estás sentado para juzgarme según la ley, y contra la ley mandas herirme?». Viendo Pablo que parte de los asistentes eran fariseos y parte saduceos, y sabiendo que los unos no se llevan bien con los otros porque los fariseos creen en la resurrección y los saduceos no creen, exclamó en medio de ellos: «Hermanos míos, yo soy fariseo, hijo de fariseos, y por causa de mi esperanza en la resurrección de los muertos es por lo que voy a ser condenado». Estas palabras de Pablo suscitaron tal discusión entre ellos que se armó un gran griterío y algunos fariseos decían: «Nada malo hallamos en él, ¿acaso no le pudo hablar algún ángel?». Más tarde, para poder escapar de los judíos, hubo de apelar al César, pero antes fue presentado al rey Agripa, al que Festo le apercibía que contra él no había más acusaciones, que ciertas disputas tocantes a la superstición judía y sobre un cierto difunto llamado Jesús, que Pablo afirmaba estar vivo.
Cuando llevaban a Pablo preso a Roma, el barco naufragó cerca de Malta y todos se salvaron. Al llegar a la isla hicieron una hoguera para secarse las ropas y protegerse del frío. Entonces Pablo cogió unos sarmientos para echarlos al fuego, pero había debajo una víbora muy venenosa y le mordió en una mano. Cuando los bárbaros vieron la víbora colgada de la mano de Pablo, se dijeron unos a otros: «Este hombre debe ser un criminal o un homicida, pues qué habiéndose salvado del mar, la venganza de los dioses es que no quieren que viva». Y estaban esperando que por momentos cayera muerto en el suelo. Pero al ver que pasaba el tiempo y nada le sucedía, mudando de opinión, decían que era un dios, y empezaron a tratarle con mucho respeto y veneración. El rey de la isla tenía un hijo enfermo y Pablo haciendo oración por él lo curó. Entonces, empezaron a llevarle todos los enfermos de la isla y a todos los curaba, por cuyo motivo Ie hicieron muchos honores, y cuando volvieron a embarcar le dieron todo lo que necesitaban.
Sin duda que san Pablo fue el más grande apóstol que ha tenido el cristianismo. Se puede decir que casi recorrió medio mundo predicando el Evangelio y fundando comunidades cristianas que cuando iba a otro lugar no olvidada y les escribía sus famosas cartas llenas de sabiduría. Incesantemente animaba a unos y a otros, haciéndoles ver que «es necesario pasar por muchos trabajos para llegar al Reino de Dios», pero que «por muchos que sean los trabajos, no tienen comparación con aquella Sublime gloria venidera que esperamos». Y les añadía: «Para, mí la vida es Cristo, y la muerte es la ganancia; pues si bien el continuar viviendo es fruto de apostolado, no sé qué elegir, porque me siento como apremiado por ambas partes. Por un lado deseo la muerte para estar con Cristo en el cielo, lo que sin duda es lo mejor para mí; pero por el otro lado, el continuar viviendo lo juzgo más necesario para vosotros». Tanto luchó que pudo decir: «He combatido bien, he terminado mi carrera. Ya sólo me aguarda la corona que me otorgará el Señor». Cuando un pelotón de soldados acababa de crucificar a Pedro en la ciudad de Roma, otro pelotón sacaba a Pablo a las afueras de Roma para pedirle la vida por Cristo, aunque de otra manera. Esta vez el privilegio de ser ciudadano romano le privó de la gloria de la cruz que tanto honró en vida, y su cabeza rodó por el suelo al filo de la espada del verdugo.
Las ilustraciones y los textos son autoría del Hermano Roque Miguel Vernaz, religioso de la Congregación de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey.
Con motivo de la fiesta de la conversión de san Pablo, os presentamos estos textos y dibujos que exponen la vida completa de este «pilar» fundamental de la cristiandad.
San Pablo era un celoso fariseo llamado Saulo que, no habiendo comprendido la doctrina de Cristo, tenía a los cristianos por herejes que había que exterminar. Jesucristo había dicho: «Llegará el tiempo en que los mismos que les den muerte pensarán que tributan culto a Dios» (Jn 16). Y Pablo era uno de esos que, celoso de la religión judía, perseguía a muerte a los cristianos por todas partes.
Un día se presentó al príncipe de los sacerdotes y le pidió cartas para Damasco, dirigidas a los jefes de las sinagogas, para traer presos a Jerusalén a cuantos hombres y mujeres hallase de la secta de Jesús. Cuando ya llevaba de camino más de doscientos kilómetros y ya estaba cerca de la ciudad de Damasco, sucedió algo así como un rayo que cayó a sus pies y le envolvió con su resplandor. Cayendo en tierra mientras oía una tremenda voz que le decía: «¡Saulo! ¡Saulo! ¿Por qué me persigues?» Él oyó la voz, pero no veía nada, pues el resplandor le había dejado ciego. Y contestó: «¿Quién eres Tú, Señor?» Y el Señor le dijo: «Yo soy Jesús a quien tú persigues; dura cosa es para ti el dar coces contra el aguijón». Él, entonces, temblando y despavorido, dijo: «Señor, ¿qué quieres que haga?» Y el Señor le respondió: «Levántate y entra en la ciudad, donde se te dirá lo que debes hacer».
En Damasco había un santo varón llamado Ananías, al cual le habló el Señor en una visión y le dijo: «Ananías, levántate y vete a la calle llamada Recta, y busca en casa de Judas a un hombre de Tarso, llamado Saulo, que ahora está en oración». Respondió Ananías: «Señor, he oído decir a muchos que ese hombre ha hecho mucho daño a todos los cristianos de Jerusalén y que ha venido aquí con poderes de los príncipes de los sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre». «Vete a encontrarle, añadió el Señor, porque ese mismo es ya un instrumento elegido por Mí para llevar mi nombre a todas las naciones». Marchó Ananías y entrando en la casa que le había dicho el Señor, encontró allí a Saulo e imponiéndole las manos, le dijo: «Saulo, hermano, el Señor Jesús que se te apareció en el camino, me ha enviado para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo». Al momento cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista, y levantándose fue bautizado. Y habiendo tomado aliento, recobró sus fuerzas, y estuvo algunos días con los discípulos que habitaban en Damasco. Después empezó a predicar en las sinagogas diciendo que Jesús es el Hijo de Dios; pero los otros discípulos no se fiaban de él, porque sabían que había encarcelado a muchos en Jerusalén y había ido a Damasco con el mismo propósito.
Todos los que le oían estaban pasmados, y decían: «Pues ¿no es éste aquel que con tanto furor perseguía a los cristianos en Jerusalén y que vino acá con el propósito de llevarnos presos?» Pablo, empero, cada día cobraba nuevo rigor y esfuerzo, y confundía a los judíos que habitaban en Damasco, demostrándoles que Jesús era el Cristo.
Mucho tiempo después, los judíos se conjuraron de mancomún para quitarle la vida. Advirtieron a Pablo de lo que tramaban contra él; y ellos, a fin de salir con su intento de matarle, tenían puestos centinelas día y noche a las puertas de la ciudad: En vista de Io cual los discípulos, tomándole una noche, le descolgaron por el muro metido en un canasto.
Así que llegó de nuevo a Jerusalén, procuraba unirse con los discípulos, mas todos huían de él, no creyendo que se hubiera hecho cristiano, ya que sabían con cuánta saña los había perseguido anteriormente. Por fin, Bernabé lo presentó a los Apóstoles y les contó la milagrosa conversión cuando en el camino de Damasco se le apareció el Señor, y las palabras que le había dicho, y con cuánta firmeza y valentía había procedido en Damasco predicando en el Nombre de Jesús. Y con esto ya lo aceptaron.
Cuando los Apóstoles llegaron a Listra, se encontraron allí con un hombre paralítico que nunca habla andado y ni siquiera podía ponerse en pie, por lo que siempre estaba sentado. Habiendo oído predicar a Pablo, creyó que podría curarle, y el Apóstol al ver su fe le dijo en alta voz: «Levántate y mantente de pie, derecho sobre tus piernas». El, al instante, dando un salto se puso a andar. Las gentes, viendo lo que Pablo acababa de hacer, se pusieron a gritar diciendo: «Estos no son hombres, sino que son dioses que han bajado en figura de hombres». A Bernabé le daban el nombre de Júpiter, y a Pablo el de Mercurio. El sacerdote de Júpiter, trayendo toros adornados con guirnaldas delante de la puerta, junto con todo el pueblo, intentaba ofrecerles sacrificios. Apenas se dieron cuenta de ello Pablo y Bernabé, rasgando sus vestidos, rompieron por medio del gentío, clamando: «Hombres, ¿qué es lo que hacen? Nosotros no somos dioses, sino hombres mortales como vosotros, que venimos a decirles que dejen todas esas deidades y se conviertan al Dios vivo, que creó el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto existe»… Pero, por más que les decían, ellos querían adorarlos y ofrecerles sacrificios, creyendo que quienes tales portentos hacían no podían ser hombres sino dioses.
Sucedió que una esclava jovencita estaba poseída de un espíritu de adivinación, la cual, haciendo de adivina, conseguía para sus amos muchas ganancias. Cuando Pablo y Silas pasaban a la oración, la muchacha los seguía detrás gritando: «Estos hombres son siervos del Dios Altísimo que os anuncian el camino de la salvación». Y así continuó tras ellos por espacio de varios días…
Cansados los apóstoles de oírla todos los días, un día se volvió Pablo hacia ella y le dijo al demonio que tenía dentro: «Yo te mando, en nombre de Jesucristo, que salgas de esta muchacha». En aquel momento la dejó el demonio y se puso bien. Pero sus amos, al ver que se les había acabado el negocio de lo que ganaban con sus adivinanzas, se enfadaron y armaron un gran alboroto en la ciudad diciendo que aquellos hombres estaban enseñando doctrinas extrañas contrarias a sus leyes y tradiciones. La plebe acudió formando gran alboroto y los magistrados mandaron que los azotasen y luego los encarcelasen bien seguros. El carcelero al recibir esta orden los metió en un profundo calabozo, con los pies sujetos al cepo para mayor seguridad.
Las ilustraciones y los textos son autoría del Hermano Roque Miguel Vernaz, religioso de la Congregación de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey.