Evangelio del día: Acción de gracias al Padre
Mateo 11, 25-27
Miércoles de la 15.ª semana del Tiempo Ordinario
Jesucristo alaba al Padre porque es «Señor del cielo y de la tierra» y porque ha querido revelar los misterios de su amor a quienes los reciben con un corazón sencillo y humilde.
En aquella ocasión, Jesús tomó la palabra y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas de la liturgia
| Primera lectura | Libro del Éxodo, Éx 3, 1-6.9-12 |
| Salmo | Sal 103 (102) |
Oración introductoria
Gracias, Padre, por el don de la fe, que me lleva a buscarte humildemente en la oración. Dame la fuerza necesaria para vivirla con autenticidad, porque quiero amarte con todo mi corazón y con toda mi mente. Confío plenamente en que me mostrarás el camino para conocer y cumplir tu voluntad.
Petición
Señor, dame un corazón abierto a las inspiraciones de tu Santo Espíritu.
Meditación de san Juan Pablo II
«Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, porque así te plugo».
1. Dispensadores de la revelación y del amor de Dios
Deseo, queridos hermanos y hermanas, pronunciar con vosotros estas palabras de bendición que Cristo Jesús dirige al Padre.
Lo bendice porque el Padre es «Señor del cielo y de la tierra». Y lo bendice por el don de la revelación. En cierto sentido, la revelación es el primer fruto de la complacencia de Dios sobre los hombres. Dios se ha complacido desde la eternidad en el hombre y, por ello, se ha revelado en el tiempo a sí mismo y ha dado a conocer los planes misericordiosos de su voluntad.
«Dispuso Dios en su sabiduría —enseña el Concilio Vaticano II— revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen partícipes de la naturaleza divina».
Vosotros, educadores en la fe, cumplís un servicio especial a la revelación divina, sacando inspiración de esa eterna complacencia que reside en Dios mismo.
Sois al mismo tiempo discípulos y apóstoles de Cristo. A él, precisamente, «le ha sido entregado todo» por el Padre. En él ha manifestado el Padre cuanto debía ser revelado a la humanidad desde el tesoro de su divina complacencia: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Queridos hermanos y hermanas: el Hijo desea revelaros toda la verdad del amor de Dios para que vosotros la anunciéis a los demás hombres, puesto que sois educadores en la fe.
2. Una tradición fecunda de educación cristiana
Unidos en ese amor del Padre, me encuentro hoy con los pastores de esta región, con todos los que tenéis en España la importantísima misión de educar en la fe y con vosotros, aquí presentes, procedentes sobre todo de las diócesis de Andalucía Oriental y de Murcia.
Un marco estupendo para este encuentro nos lo ofrece la bella ciudad de Granada, una de las joyas artísticas de España, que evoca acontecimientos trascendentales en la historia de la nación y de su unidad.
Conozco la antiquísima tradición de la fe cristiana de estas Iglesias, el testimonio admirable de vuestros mártires y la vitalidad reflejada ya en el Concilio de Elvira, en los albores del siglo IV.
Aquella fe recibida en los primeros tiempos del cristianismo sigue arraigada en la vida personal y familiar y en la religiosidad popular de vuestras gentes, expresada sobre todo en la devoción a los misterios de la Pasión del Señor, en la Eucaristía y en el amor filial a la Virgen María.
Para ayudar a mantener y fortalecer esa fe, estas tierras han tenido la fortuna de contar con ejemplares educadores cristianos. Entre ellos, fray Hernando de Talavera, el célebre arzobispo catequista que tan bien supo exponer los misterios cristianos a judíos y musulmanes.
En tiempos más recientes habéis dado a la educación en la fe maestros de gran talla, como el obispo de Málaga, don Manuel González; el admirable pedagogo don Andrés Manjón, fundador de las escuelas y del Seminario de Maestros del Ave María; y el insigne padre Pedro Poveda, fundador de la benemérita Institución Teresiana.
Ellos se unieron a otros admirables educadores cristianos procedentes de otras partes de España, entre ellos san Antonio María Claret y don Daniel Llorente. Son figuras luminosas que se adelantaron a la renovación catequética de tiempos posteriores, culminada en el Concilio Vaticano II, y que siguen siendo ejemplo elocuente para quienes hoy deben continuar la misión de educar en la fe a las nuevas generaciones.
3. Conducir a todos hacia el misterio de Cristo
Esa misión, que es un deber eclesial —«¡Ay de mí si no evangelizara!»—, sigue teniendo en nuestros días una importancia trascendental. Su finalidad es conducir a los fieles —niños, jóvenes y adultos—, a través de las diversas formas de catequesis y educación cristiana, hacia el centro de la revelación: Jesucristo.
Por eso escribí en mi primera encíclica: «El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas, y particularmente en la nuestra, es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con el hecho profundo de la Redención cumplida en Cristo Jesús».
Tal misión no es privativa de los ministros sagrados o del mundo religioso, sino que debe abarcar los ámbitos de los laicos, de la familia y de la escuela. Todo cristiano ha de participar en la tarea de formación cristiana y sentir la urgencia de evangelizar, tarea que no es motivo de gloria personal, sino una responsabilidad recibida.
Hoy es especialmente necesaria y urgente esta tarea, que debe ayudar a cada cristiano a mantener y desarrollar su fe en medio de las rápidas transformaciones sociales y culturales que la sociedad española está experimentando.
Para ello hay que potenciar la educación en la fe, impartiendo una formación religiosa profunda, estableciendo una conexión orgánica entre la catequesis infantil, juvenil y de adultos, y acompañando el crecimiento cristiano durante toda la vida. Una permanente minoría de edad cristiana y eclesial no puede resistir las embestidas de una sociedad crecientemente secularizada.
La catequesis de jóvenes y adultos debe ayudar a convertir en convicciones profundas y personales aquellos sentimientos y vivencias que quizá no quedaron suficientemente arraigados durante la niñez.
Así encuentra la tarea educativa toda su amplitud, conduciendo a todos hacia la novedad de la vida en Cristo. La fe cristiana comporta para el creyente una búsqueda y una aceptación personal de la verdad, superando la tentación de vivir en la duda sistemática y sabiendo que su fe no parte de meras ilusiones, opiniones falibles o incertidumbres, sino de la Palabra de Dios, que ni engaña ni puede engañarse.
Por ello, la catequesis debe ofrecer también certezas sencillas pero sólidas, que ayuden a buscar cada vez más y mejor el conocimiento del Señor.
Desde ahí ha de abrirse al cristiano una perspectiva nueva que abarque y oriente toda su existencia, ofreciéndole con el programa cristiano «razones para vivir y razones para esperar». En esta línea encuentra su puesto de honor el educador católico, que debe orientar sus esfuerzos hacia una formación integral capaz de ofrecer las respuestas de la Revelación sobre el sentido del hombre, de la historia y del mundo.
Clave catequética
La formación cristiana no puede reducirse a transmitir información religiosa. Debe conducir a una adhesión personal a Cristo, transformar sentimientos iniciales en convicciones y acompañar al creyente durante todas las etapas de su vida.
4. Acompañar los momentos decisivos de la vida
Aunque la educación en la fe es una tarea que abarca toda la vida, hay momentos del proceso cristiano que necesitan una atención particular: la iniciación cristiana, la adolescencia, la elección de estado y otras circunstancias de especial relieve en la vida personal; también después de una crisis religiosa o cuando se han vivido experiencias dolorosas.
Son momentos que deben seguirse con mayor cuidado para hacer oír oportunamente a cada persona la llamada de Dios.
Para poder ofrecer esta ayuda eficaz es necesario formar sólidamente a los catequistas y educadores, dándoles una adecuada preparación bíblica, teológica y antropológica, y enseñándoles ante todo a vivir personalmente la fe, para catequizar después con la palabra y, sobre todo, con una vida íntegramente cristiana.
Esta actitud exige, por una parte, una entrega total a la vivencia de la fe y, por otra, una entrega al servicio de la fe y de los demás. El Apóstol lo subraya cuando afirma: «Siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles».
Utilizando la palabra «siervo», san Pablo destaca la entrega total al servicio de la fe y de aquellos a quienes sirve. Aún son más elocuentes sus palabras: «Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles; me he hecho todo para todos para salvar, como sea, a algunos».
El Apóstol es un hombre realista; comprende que su esfuerzo solamente produce frutos parciales. Sin embargo, se entrega enteramente: «Todo lo hago por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes».
El Evangelio no solamente se transmite: se participa de él. Quien más profundamente participa, lo transmite de manera más madura; y quien más generosamente lo transmite, participa más profundamente.
En definitiva, anunciar el Evangelio y servir a la fe consiste en acercar a Cristo a los hombres y acercar los hombres a Cristo. Entonces se cumplen sus palabras: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».
5. Familia, parroquia y escuela
Dentro del vasto campo de la educación en la fe, los obispos españoles, en su última asamblea plenaria, han elegido como tarea prioritaria el servicio a la fe y han llamado la atención sobre la importancia de la transmisión del mensaje cristiano mediante la catequesis y la educación religiosa escolar.
Es un campo que merece una gran solicitud pastoral. No cabe duda de que la parroquia debe continuar su misión privilegiada de formar en la fe, ni de que los padres deben ser los primeros catequistas de sus hijos. Sin embargo, tampoco puede olvidarse la transmisión del mensaje de salvación mediante la enseñanza religiosa en la escuela, tanto privada como pública.
Esto es particularmente importante en un país en el que la gran mayoría de los padres solicita la enseñanza religiosa para sus hijos durante el período escolar. Tal enseñanza habrá de impartirse con la debida discreción y con pleno respeto a la justa libertad de conciencia, pero respetando al mismo tiempo el derecho primordial de los padres, primeros responsables de la educación de sus hijos.
Por su parte, los maestros y educadores católicos pueden desempeñar también en el campo religioso un papel de primera importancia. En ellos confían tantos padres y confía la Iglesia para lograr una formación integral de la infancia y de la juventud, de la que depende en gran medida que el mundo futuro esté más cerca o más lejos de Jesucristo.
6. Jesús revela sus misterios a los pequeños
«Yo te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y las revelaste a los pequeños». Estas palabras han abierto nuestro encuentro. A lo largo de él ha estado siempre presente en nuestra mente la figura de un vasto e importantísimo sector de los educandos en la fe: los niños.
Vosotros, queridos niños y niñas de España, sois los primeros en conocer tantas cosas de la Revelación que permanecen ocultas a los mayores. Sois, por ello, los predilectos de Jesús. En vosotros, los pequeños, alabó él al Padre, porque os ha hecho partícipes de verdades y experiencias que están ocultas a los sabios.
Ante vuestra bondad, sencillez, sinceridad y amor a todos, proclamaba: «Dejad a los niños y no les impidáis acercarse a mí, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos».
Vuestra inocencia y ausencia de mal hicieron también decir a Jesús que «si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos».
Al hablaros desde Granada, dentro de este acto dedicado a la educación en la fe, el Papa quiere deciros que os tiene muy presentes en su mente y en su corazón. Desea recomendaros que pongáis mucho empeño en vuestra formación catequética, tanto en la parroquia como en la escuela o colegio y en la instrucción religiosa recibida de vuestros padres.
Así aprenderéis poco a poco a conocer y amar a Jesús, a dirigiros diariamente a él con vuestras oraciones, a invocar a nuestra Madre del cielo, la Virgen María, y a comportaros bien en cada momento para agradar a Dios, que siempre nos contempla con mirada de Padre.
Yo rezo por vosotros, os envío un abrazo y una bendición como amigo de los niños y os pido que recéis también por mí.
7. «¡Ay de mí si no evangelizara!»
Queridos educadores en la fe: ante este estupendo panorama de un mundo que necesita ser catequizado y acercado a Cristo; ante tantos adultos, jóvenes y niños que reclaman una entrega fiel a la causa del Evangelio, resuenan con especial vigor las palabras del Apóstol: «Si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino una necesidad que se me impone. ¡Ay de mí si no evangelizara!».
Ojalá estas palabras se graben profundamente en vuestros corazones.
El Apóstol continúa: «Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría recompensa; pero si lo hago por encargo, desempeño una misión que me ha sido confiada».
Sí, se trata de un encargo confiado a administradores. Recordad esta expresión: «dispensadores de la Revelación divina». Y dado que esa Revelación nace de la complacencia de Dios hacia los hombres, indirectamente sois también dispensadores de aquella complacencia y de aquel amor eterno.
Habréis de orar y esforzaros para que vuestros educandos en la fe acepten de vosotros no solamente la palabra de la verdad revelada, sino también el amor del que nace la Revelación y que en ella se expresa y se realiza.
Por eso el Apóstol escribe a quienes cumplen este servicio: «¿Cuál es entonces mi recompensa? Precisamente dar a conocer el Evangelio anunciándolo gratuitamente». La recompensa más grande reside, según el Apóstol, en poder anunciar el Evangelio, en poder ser dispensadores de las palabras y del amor de Dios, colaboradores y apóstoles de Jesucristo.
«¡Ay de mí si no evangelizara!».
Queridos educadores en la fe: que Cristo sea la recompensa de vuestras fatigas, cumplidas con desinterés y magnanimidad en todas las Iglesias de España. Que vuestro esfuerzo produzca cosechas del ciento por uno. Así lo pido a la Virgen de las Angustias, patrona de Granada.
San Juan Pablo II
Homilía del 5 de noviembre de 1982
Para guardar en el corazón
La verdadera sabiduría comienza cuando el corazón se hace pequeño, escucha a Cristo y se deja conducir por el Padre.
Catecismo de la Iglesia Católica
«Padre nuestro que estás en el cielo»
I. Acercarse a él con toda confianza
2777. En la liturgia romana se invita a la asamblea eucarística a rezar el Padrenuestro con audacia filial; las liturgias orientales usan y desarrollan expresiones análogas: «Atrevernos con toda confianza», «Haznos dignos de».
Ante la zarza ardiendo se dijo a Moisés: «No te acerques aquí. Quita las sandalias de tus pies» (Ex 3, 5). Este umbral de la santidad divina solamente podía franquearlo Jesús, quien, «después de llevar a cabo la purificación de los pecados» (Hb 1, 3), nos introduce en presencia del Padre: «Aquí estoy yo y los hijos que Dios me dio» (Hb 2, 13).
«La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría meternos bajo tierra, nuestra condición terrena se desharía en polvo, si la autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de su Hijo no nos empujasen a proferir este grito: “Abbá, Padre” (Rm 8, 15). ¿Cuándo la debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios Padre suyo, sino solamente cuando lo íntimo del hombre está animado por el Poder de lo alto?»
San Pedro Crisólogo, Sermón 71, 3
2778. Este poder del Espíritu, que nos introduce en la Oración del Señor, se expresa en las liturgias de Oriente y de Occidente con la bella palabra típicamente cristiana parrhesía: sencillez sin desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde y certeza de ser amado.
II. «¡Padre!»
2779. Antes de hacer nuestra esta primera exclamación de la Oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas imágenes falsas de este mundo. La humildad nos hace reconocer que «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar», es decir, «a los pequeños» (Mt 11, 25-27).
La purificación del corazón concierne a las imágenes paternales o maternales procedentes de nuestra historia personal y cultural, que impregnan nuestra relación con Dios. Dios nuestro Padre trasciende las categorías del mundo creado. Transferir a él, o contra él, nuestras ideas en este campo sería fabricar ídolos para adorarlos o destruirlos. Orar al Padre es entrar en su misterio tal como él es y tal como el Hijo nos lo ha revelado.
«La expresión Dios Padre no había sido revelada jamás a nadie. Cuando Moisés preguntó a Dios quién era, oyó otro nombre. A nosotros este nombre nos ha sido revelado en el Hijo, porque este nombre implica el nuevo nombre del Padre».
Tertuliano, De oratione, 3, 1
2780. Podemos invocar a Dios como «Padre» porque él nos ha sido revelado por su Hijo hecho hombre y su Espíritu nos lo hace conocer. Lo que el hombre no puede concebir ni los poderes angélicos entrever —la relación personal del Hijo con el Padre—, el Espíritu del Hijo nos hace participar de ello a quienes creemos que Jesús es el Cristo y hemos nacido de Dios.
2781. Cuando oramos al Padre estamos en comunión con él y con su Hijo, Jesucristo. Entonces lo conocemos y reconocemos con admiración siempre nueva. La primera palabra de la Oración del Señor es una bendición de adoración antes de ser una imploración.
La gloria de Dios consiste en que lo reconozcamos como Padre, Dios verdadero. Le damos gracias por habernos revelado su nombre, por habernos concedido creer en él y por haber hecho de nosotros morada de su presencia.
2782. Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho renacer a su vida al adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único. Por el Bautismo nos incorpora al Cuerpo de Cristo y, por la unción de su Espíritu, que se derrama desde la Cabeza a los miembros, hace de nosotros «cristos».
«Dios, que nos ha destinado a la adopción de hijos, nos ha conformado con el Cuerpo glorioso de Cristo. Por tanto, de ahora en adelante, como participantes de Cristo, sois llamados “cristos” con todo derecho».
San Cirilo de Jerusalén
«El hombre nuevo, que ha renacido y vuelto a su Dios por la gracia, dice primero: “¡Padre!”, porque ha sido hecho hijo».
San Cipriano de Cartago
2783. Por la Oración del Señor hemos sido revelados a nosotros mismos al mismo tiempo que nos ha sido revelado el Padre.
«Tú, hombre, no te atrevías a levantar tu rostro hacia el cielo; bajabas los ojos hacia la tierra, y de repente has recibido la gracia de Cristo: todos tus pecados te han sido perdonados. De siervo malo te has convertido en buen hijo. Eleva los ojos hacia el Padre que te ha rescatado por medio de su Hijo y di: Padre nuestro».
San Ambrosio, De sacramentis, 5, 19
2784. El don gratuito de la adopción exige por nuestra parte una conversión continua y una vida nueva. Orar a nuestro Padre debe desarrollar en nosotros el deseo y la voluntad de asemejarnos a él. Creados a su imagen, la semejanza se nos ha dado por gracia y tenemos que responder a ella.
«Es necesario acordarnos, cuando llamemos a Dios “Padre nuestro”, de que debemos comportarnos como hijos de Dios».
San Cipriano de Cartago
«No podéis llamar Padre vuestro al Dios de toda bondad si mantenéis un corazón cruel e inhumano, porque en este caso ya no tenéis en vosotros la señal de la bondad del Padre celestial».
San Juan Crisóstomo
«Es necesario contemplar continuamente la belleza del Padre e impregnar de ella nuestra alma».
San Gregorio de Nisa
2785. Un corazón humilde y confiado nos hace volver a ser como niños, porque es a «los pequeños» a quienes el Padre se revela.
«Es una mirada a Dios y solamente a él, un gran fuego de amor. El alma se hunde y se abisma allí en la santa dilección y habla con Dios como con su propio Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad verdaderamente entrañable».
San Juan Casiano
«Padre nuestro: este nombre suscita en nosotros a la vez el amor, el gusto en la oración y la esperanza de obtener lo que vamos a pedir. ¿Qué puede negar a la oración de sus hijos quien previamente les ha permitido ser sus hijos?».
San Agustín
III. Padre «nuestro»
2786. Padre «nuestro» se refiere a Dios. Este adjetivo, por nuestra parte, no expresa una posesión, sino una relación totalmente nueva con Dios.
2787. Cuando decimos Padre «nuestro», reconocemos que todas las promesas de amor anunciadas por los profetas se han cumplido en la nueva y eterna Alianza en Cristo: hemos llegado a ser su Pueblo y él es nuestro Dios.
Esta relación nueva es una pertenencia mutua dada gratuitamente. Por amor y fidelidad debemos responder a la gracia y a la verdad que nos han sido dadas en Jesucristo.
2788. Como la Oración del Señor es la oración de su Pueblo en los últimos tiempos, ese «nuestro» expresa también la certeza de nuestra esperanza en la última promesa de Dios: en la nueva Jerusalén dirá al vencedor: «Yo seré su Dios y él será mi hijo» (Ap 21, 7).
2789. Al decir Padre «nuestro», nos dirigimos personalmente al Padre de nuestro Señor Jesucristo. No dividimos la divinidad, pues el Padre es su fuente y origen; tampoco confundimos las Personas, pues confesamos que nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo en su único Espíritu Santo.
La Santísima Trinidad es consustancial e indivisible. Cuando oramos al Padre, lo adoramos y glorificamos con el Hijo y el Espíritu Santo.
2790. Gramaticalmente, «nuestro» califica una realidad común a varios. No hay más que un solo Dios, reconocido como Padre por quienes, por la fe en su Hijo único, han renacido de él por el agua y por el Espíritu.
La Iglesia es esta nueva comunión de Dios y de los hombres. Unida con el Hijo único, hecho «el primogénito de muchos hermanos» (Rm 8, 29), se encuentra en comunión con un solo y mismo Padre, en un solo y mismo Espíritu.
2791. Por eso, a pesar de las divisiones entre los cristianos, la oración al Padre «nuestro» continúa siendo un bien común y una llamada apremiante para todos los bautizados. En comunión con Cristo por la fe y el Bautismo, los cristianos deben participar en la oración de Jesús por la unidad de sus discípulos.
2792. Si recitamos de verdad el Padrenuestro, salimos del individualismo, porque de él nos libera el Amor que recibimos. El adjetivo «nuestro» al comienzo de la Oración del Señor, así como el «nosotros» de las cuatro últimas peticiones, no excluye a nadie. Para decirlo de verdad debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros.
2793. Los bautizados no pueden rezar al Padre «nuestro» sin llevar ante él a todos aquellos por quienes el Padre ha entregado a su Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras; nuestra oración tampoco debe tenerlas.
Orar a «nuestro» Padre nos abre a las dimensiones de su amor manifestado en Cristo: orar con todos los hombres y por todos los que todavía no lo conocen, para que sean reunidos en la unidad. Esta solicitud divina por todos los hombres y por toda la creación ha inspirado a los grandes orantes y debe ensanchar nuestra oración en un amor sin límites.
IV. «Que estás en el cielo»
2794. Esta expresión bíblica no significa un lugar o un espacio, sino una manera de ser; no el alejamiento de Dios, sino su majestad. Dios Padre no está en esta o aquella parte, sino por encima de todo cuanto el hombre pueda concebir acerca de la santidad divina.
Como es tres veces Santo, está totalmente cerca del corazón humilde y contrito.
«Con razón, las palabras “Padre nuestro que estás en el cielo” hay que entenderlas en relación con el corazón de los justos, en el que Dios habita como en su templo. Por eso también el que ora desea ver que reside en él aquel a quien invoca».
San Agustín
«El cielo bien podía ser también aquellos que llevan la imagen del mundo celestial y en los que Dios habita y se pasea».
San Cirilo de Jerusalén
2795. El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que vivimos cuando oramos al Padre. Él está en el cielo; esa es su morada. La Casa del Padre es, por tanto, nuestra patria.
De la patria de la Alianza el pecado nos desterró y hacia el Padre, hacia el cielo, nos hace volver la conversión del corazón. En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra, porque el Hijo ha bajado del cielo y nos hace subir con él por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión.
2796. Cuando la Iglesia ora diciendo «Padre nuestro que estás en el cielo», profesa que somos el Pueblo de Dios «sentado en el cielo, en Cristo Jesús» (Ef 2, 6), «ocultos con Cristo en Dios» (Col 3, 3) y, al mismo tiempo, gemimos deseando ser revestidos de nuestra morada celestial.
«Los cristianos están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo».
Carta a Diogneto, 5, 8-9
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Imitaré el modelo de evangelización de María, procurando vivir una fe firme, una esperanza viva y una caridad ardiente.
Diálogo con Cristo
Gracias, Espíritu Santo, por tus dones de entendimiento, sabiduría y ciencia. Permite que, siguiendo el ejemplo de María, los utilice para el bien y no para encerrarme en mi orgullo, autosuficiencia o soberbia. Enséñame a no depender únicamente de mí mismo, sino a abandonarme en la misericordia de tu amor, con la confianza con la que un niño descansa serenamente en los brazos de sus padres.
Para seguir profundizando
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