Evangelio del día: La semilla y la tierra del corazón

Evangelio del día: La semilla y la tierra del corazón

La semilla y la tierra del corazón

Mateo 13, 18-23 · Viernes de la 16.ª semana del Tiempo Ordinario

Cristo desea que su Palabra entre en nuestra vida, germine y crezca. Dios realiza la obra de la gracia, pero espera que le permitamos trabajar, removiendo las piedras, las espinas y cuanto impide que la semilla produzca fruto abundante.

Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Escuchad lo que significa la parábola del sembrador.

Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.

El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta enseguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto: ya sea ciento, ya sesenta, ya treinta por uno».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Palabra central

«El que escucha la Palabra y la comprende produce fruto».

Lecturas de la liturgia

Primera lectura Libro del Éxodo, Éx 20, 1-17
Salmo Sal 19 (18), 8-11

Oración preparatoria

Señor, la semilla de tu Palabra siempre produce buenos frutos. No permitas que las distracciones me arrebaten cuanto deseas revelarme en esta oración. Prepara el terreno de mi corazón para que pueda escuchar, comprender y responder. ¡Ven, Espíritu Santo!

Petición

Señor, dame tu gracia para que la semilla de tu amor se multiplique en mi vida.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos jóvenes:

Al veros hoy aquí, me viene a la mente la historia de san Francisco de Asís. Ante el crucifijo oye la voz de Jesús, que le dice: «Ve, Francisco, y repara mi casa». El joven Francisco responde con prontitud y generosidad a esta llamada del Señor: «Repara mi casa».

Pero ¿qué casa? Poco a poco se da cuenta de que no se trataba de trabajar como albañil para reparar un edificio de piedra, sino de ofrecer su contribución a la vida de la Iglesia. Se trataba de ponerse a su servicio, amándola y trabajando para que en ella se reflejara cada vez más el rostro de Cristo.

También hoy el Señor sigue necesitando a los jóvenes para su Iglesia. Queridos jóvenes, el Señor os necesita. También hoy llama a cada uno de vosotros a seguirlo en su Iglesia y a ser misioneros.

El Señor hoy os llama. No llama al montón, sino a cada uno personalmente. Escuchad en el corazón qué os dice.

Pienso que podemos aprender algo de lo sucedido durante estos días, cuando tuvimos que cancelar, a causa del mal tiempo, la celebración de esta vigilia en el Campus Fidei de Guaratiba.

¿No estaría el Señor queriendo decirnos que el verdadero campo de la fe no es un lugar geográfico, sino que somos nosotros? Sí, es verdad. Cada uno de nosotros, vosotros, yo, todos, somos el campo de la fe de Dios.

A partir de esta imagen pensé en tres figuras que pueden ayudarnos a comprender mejor qué significa ser discípulos misioneros: el campo como lugar donde se siembra; el campo como lugar de entrenamiento; y el campo como obra de construcción.

1. El campo como lugar donde se siembra

Todos conocemos la parábola de Jesús que habla de un sembrador que salió a sembrar. Algunas semillas cayeron al borde del camino, entre piedras o en medio de espinas, y no llegaron a desarrollarse; otras cayeron en tierra buena y produjeron mucho fruto.

Jesús mismo explicó su significado: la semilla es la Palabra de Dios sembrada en nuestro corazón. Hoy, todos los días, pero de un modo especial hoy, Jesús siembra.

Cuando aceptamos la Palabra de Dios, somos el campo de la fe. Por favor, dejad que Cristo y su Palabra entren en vuestra vida. Dejad entrar la semilla de la Palabra de Dios; dejad que germine y crezca.

Dios lo hace todo, pero nosotros debemos permitirle trabajar en el crecimiento de la semilla.

Jesús nos dice que las semillas que cayeron al borde del camino, entre piedras o en medio de espinas no dieron fruto. Creo que podemos preguntarnos con sinceridad: ¿qué clase de terreno somos y qué clase de terreno queremos ser?

Quizá a veces somos como el camino: escuchamos al Señor, pero nada cambia en nuestra vida, porque nos dejamos aturdir por tantos reclamos superficiales.

Cada uno debe responder en su corazón: ¿soy un joven o una joven aturdido por el ruido y la superficialidad?

O quizá somos como el terreno pedregoso: acogemos a Jesús con entusiasmo, pero somos inconstantes ante las dificultades y no tenemos valor para ir contracorriente. Cada uno debe responder en su corazón: ¿tengo valor o soy cobarde?

O somos como el terreno lleno de espinas: las cosas y las pasiones negativas sofocan en nosotros las palabras del Señor.

¿Tengo en mi corazón la costumbre de jugar a dos bandas, intentando quedar bien con Dios y, al mismo tiempo, con el diablo? ¿Quiero recibir la semilla de Jesús mientras sigo regando las espinas y las malas hierbas que nacen en mi corazón?

Hoy, sin embargo, estoy seguro de que la semilla puede caer en tierra buena. Hemos escuchado testimonios que muestran cómo la semilla cayó en buen terreno.

Tal vez alguno piense: «Padre, yo no soy tierra buena; soy una calamidad, estoy lleno de piedras, espinas y malas hierbas». Puede que así sea en la superficie, pero prepara un pequeño espacio de tierra buena, deja que la semilla caiga allí y verás cómo germina.

Sé que queréis ser buena tierra, cristianos de verdad, no cristianos a tiempo parcial, ni cristianos almidonados, con la nariz levantada, que parecen cristianos, pero en el fondo no hacen nada.

No cristianos de fachada, que son pura apariencia, sino cristianos auténticos.

Sé que no queréis vivir en la ilusión de una libertad débil, arrastrada por la moda y las conveniencias del momento. Sé que apuntáis a lo alto y deseáis tomar decisiones definitivas que den pleno sentido a la vida.

Hagamos una cosa: miremos en silencio el corazón y digamos cada uno a Jesús que queremos recibir la semilla.

Digámosle: «Jesús, mira las piedras que hay, mira las espinas y las malas hierbas; pero mira también este pequeño espacio de tierra que te ofrezco para que entre la semilla».

Dejemos entrar en silencio la semilla de Jesús. Recordad este momento. Cada uno sabe el nombre de la semilla que ha entrado. Dejadla crecer y Dios la cuidará.

2. El campo como lugar de entrenamiento

El campo, además de ser un lugar de siembra, es un lugar de entrenamiento. Jesús nos pide que lo sigamos durante toda la vida, que seamos sus discípulos y que juguemos en su equipo.

A la mayoría de vosotros os gusta el deporte. En Brasil, como en otros países, el fútbol es una pasión nacional. ¿Qué hace un jugador cuando es llamado para formar parte de un equipo? Tiene que entrenarse, y entrenarse mucho.

Así es nuestra vida de discípulos del Señor. San Pablo escribe: «Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una corona incorruptible».

Jesús nos ofrece algo más grande que la Copa del Mundo: una vida fecunda y feliz, y un futuro con él que no tendrá fin.

Pero nos pide que paguemos la entrada. La entrada consiste en entrenarnos para estar en forma, afrontar sin miedo todas las situaciones de la vida y dar testimonio de nuestra fe.

Nos entrenamos mediante el diálogo con él, mediante la oración. Cada uno debe preguntarse en su corazón: ¿yo rezo?, ¿hablo con Jesús?, ¿tengo miedo al silencio?, ¿dejo que el Espíritu Santo hable en mi corazón?

¿Pregunto a Jesús: «Qué quieres que haga? ¿Qué quieres de mi vida?»? Esto es entrenarse. Preguntadle a Jesús y hablad con él.

Y, si cometéis un error, si resbaláis o hacéis algo malo, no tengáis miedo. Decidle: «Jesús, mira lo que he hecho; ¿qué debo hacer ahora?».

Hablad siempre con Jesús, en las buenas y en las malas, cuando hacéis algo bueno y cuando hacéis algo malo. No tengáis miedo. Eso es la oración.

También nos entrenamos mediante los sacramentos, que hacen crecer en nosotros su presencia, y mediante el amor fraterno: saber escuchar, comprender, perdonar, acoger y ayudar a todos, sin excluir ni marginar.

Oración, sacramentos y ayuda a los demás: este es el entrenamiento para seguir a Jesús.

3. El campo como obra de construcción

El campo es también una obra de construcción. Cuando nuestro corazón es tierra buena que recibe la Palabra de Dios y cuando nos esforzamos por vivir como cristianos, experimentamos algo grande: nunca estamos solos.

Formamos parte de una familia de hermanos que recorren el mismo camino: somos parte de la Iglesia.

Estos jóvenes no estaban solos. Juntos hicieron un camino y construyeron la iglesia. Juntos realizaron lo que hizo san Francisco: construir y reparar la Iglesia.

Somos parte de la Iglesia; más aún, nos convertimos en constructores de la Iglesia y protagonistas de la historia.

Chicos y chicas, por favor, no os pongáis a la cola de la historia. Sed protagonistas. Jugad hacia delante. Construid un mundo mejor: un mundo de hermanos, justicia, amor, paz, fraternidad y solidaridad.

San Pedro nos dice que somos piedras vivas que forman una casa espiritual. En la Iglesia de Jesús las piedras vivas somos nosotros, y Jesús nos pide que edifiquemos su Iglesia.

Cada uno de nosotros es una piedra viva, una pequeña parte de la construcción. Si falta esa parte, cuando llega la lluvia entra la gotera y el agua se mete en la casa.

Cada piedra viva debe cuidar la unidad y la seguridad de la Iglesia. Y no debemos construir una pequeña capilla donde sólo quepa un grupo reducido.

Jesús nos pide que su Iglesia sea tan grande que pueda acoger a toda la humanidad, que sea la casa de todos.

Jesús me dice a mí, a ti, a cada uno: «Id y haced discípulos a todas las naciones».

Respondámosle: «Sí, Señor, también yo quiero ser una piedra viva. Juntos queremos construir la Iglesia de Jesús. Quiero ir y ser constructor de la Iglesia de Cristo».

El corazón joven quiere construir un mundo mejor. Veo en las noticias que muchos jóvenes, en diversas partes del mundo, salen a las calles para expresar el deseo de una civilización más justa y fraterna.

Son jóvenes que quieren ser protagonistas del cambio. Por favor, no dejéis que otros sean los únicos protagonistas. Vosotros sois quienes tienen el futuro; por vosotros entra el futuro en el mundo.

Os pido que seáis protagonistas de este cambio, que superéis la apatía y ofrezcáis una respuesta cristiana a las inquietudes sociales y políticas que surgen en diversas partes del mundo.

Os pido que seáis constructores del futuro, que trabajéis por un mundo mejor.

Queridos jóvenes, por favor, no miréis la vida desde el balcón. Entrad en ella. Jesús no se quedó en el balcón: se metió en la vida. No miréis la vida desde fuera; entrad en ella como hizo Jesús.

Sin embargo, queda una pregunta: ¿por dónde empezamos? Una vez preguntaron a la madre Teresa qué era lo primero que había que cambiar en la Iglesia.

Le preguntaron: «¿Por qué pared empezamos?». Ella respondió: «Por ti y por mí».

También hoy tomo prestadas sus palabras: ¿empezamos?, ¿por dónde? Por ti y por mí.

Cada uno debe preguntarse en silencio: «Si tengo que empezar por mí, ¿por dónde debo comenzar?».

Que cada uno abra su corazón para que Jesús le diga por dónde debe empezar.

Queridos amigos, no lo olvidéis: vosotros sois el campo de la fe, los atletas de Cristo y los constructores de una Iglesia más hermosa y de un mundo mejor.

Levantemos nuestros ojos hacia la Virgen. Ella nos ayuda a seguir a Jesús y nos da ejemplo con su «sí» a Dios: «Aquí está la esclava del Señor; que se cumpla en mí lo que has dicho». Digámoslo también nosotros junto con María: «Hágase en mí según tu Palabra».

Santo Padre Francisco

Discurso del sábado, 27 de julio de 2013

Claves para comprender el Evangelio

Terreno Sentido espiritual
El camino Representa el corazón endurecido o distraído, que escucha sin acoger ni comprender y deja que la Palabra sea arrebatada.
Las piedras Representan el entusiasmo sin raíces: una fe inicial que no resiste las dificultades, la oposición o el sufrimiento.
Las espinas Son las preocupaciones, ambiciones, riquezas y apegos que ocupan el corazón y ahogan la vida espiritual.
La tierra fértil Es el corazón que escucha, comprende, persevera y permite que la gracia transforme la vida en frutos concretos.
El fruto Se manifiesta en la conversión, la caridad, la fidelidad, el servicio, la misión y una vida coherente con el Evangelio.

Para examinar la vida

¿Qué sucede en mí después de escuchar la Palabra? ¿La olvido enseguida, la abandono cuando aparecen dificultades o permito que las preocupaciones la ahoguen? ¿Qué piedra, espina o distracción necesito retirar para ofrecer a Dios un terreno más fértil?

Catecismo de la Iglesia Católica

I. Cristo, Palabra única de la Sagrada Escritura

101. En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla con palabras humanas: «La Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (Dei Verbum, 13).

102. A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una Palabra, su Verbo único, en quien se da a conocer plenamente.

«Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las Escrituras, y que es un mismo Verbo el que resuena en la boca de todos los escritores sagrados. Él, siendo desde el principio Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo».

San Agustín
Enarratio in Psalmum, 103, 4, 1

103. Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida distribuido en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo.

104. En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza, porque en ella no recibe solamente una palabra humana, sino lo que realmente es: la Palabra de Dios. «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos».

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Pondré hoy un medio concreto para crecer en la virtud contraria a mi defecto dominante. Elegiré una acción pequeña, realista y verificable, y la ofreceré al Señor como preparación de una tierra más fértil.

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, aunque creo que Tú eres lo más importante de mi vida, tengo que reconocer que fácilmente permito que otras cosas ocupen el lugar que sólo a Ti te corresponde.

Dejo que tu semilla sea ahogada por las espinas de mi debilidad cuando permito que mis sentimientos, preocupaciones o deseos gobiernen mis acciones en lugar de la fe y de mis convicciones.

Fortalece mi voluntad para que mi vida sea esa tierra buena donde la semilla de tu amor crezca y produzca frutos abundantes.

Idea para vivir el Evangelio de hoy

Dios siembra generosamente su Palabra; mi tarea es abrirle espacio, retirar los obstáculos y permitir que su gracia transforme mi vida.

Para seguir profundizando

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La parábola del sembrador: colorea y aprende

La parábola del sembrador: colorea y aprende

Dinámica bíblica de verano para niños

La parábola del sembrador

Aprendemos y coloreamos Mateo 13,1-23

1. Presentación del cuaderno

Este cuaderno propone una manera sencilla y agradable de acercar a los niños a la parábola del sembrador. Primero escucharemos el Evangelio completo y, después, iremos contemplando y coloreando cada escena. Las imágenes ayudarán a reconocer dónde cae la semilla y qué sucede con ella.

La segunda lámina de cada grupo representa la explicación que ofrece el propio Jesús. Así, los niños no aprenden una interpretación inventada, sino la enseñanza evangélica: la semilla es la Palabra del Reino y los distintos terrenos muestran las diversas maneras de recibirla en el corazón.

Para padres y catequistas: conviene leer cada fragmento lentamente, observar juntos el dibujo y dejar que el niño coloree sin prisas. Después se puede formular la pregunta propuesta y escuchar su respuesta, sin convertir esta dinámica de verano en una clase larga.

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2. El Evangelio: Mateo 13,1-23

Antes de abrir los lápices de colores, escuchamos la Palabra de Dios. El relato se lee completo para que los niños descubran que las imágenes del cuaderno forman parte de una única enseñanza de Jesús.

Salió el sembrador a sembrar

1 Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. 2 Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. 3 Les habló muchas cosas en parábolas:

«Salió el sembrador a sembrar. 4 Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. 5 Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; 6 pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. 7 Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. 8 Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. 9 El que tenga oídos, que oiga».

10 Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?».

11 Él les contestó: «A vosotros se os ha dado conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. 12 Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. 13 Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. 14 Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:

“Oiréis con los oídos sin entender;
miraréis con los ojos sin ver;
15 porque está embotado el corazón de este pueblo,
son duros de oído,
han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos,
ni oír con los oídos,
ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.

16 Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. 17 En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

18 Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: 19 si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. 20 Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; 21 pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por causa de la palabra, enseguida sucumbe. 22 Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. 23 Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».

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3. Jesús enseña desde la barca

Mucha gente quería escuchar a Jesús. Para que todos pudieran verlo y oírlo, subió a una barca y se sentó mientras la multitud permanecía en la orilla. Desde allí comenzó a hablarles del Reino de los cielos mediante imágenes tomadas de la vida diaria.

Jesús habló de un sembrador, de semillas y de distintos terrenos. Eran cosas conocidas por quienes lo escuchaban, pero encerraban una enseñanza más profunda: Dios siembra su Palabra y desea que encuentre un corazón dispuesto a recibirla.

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4. «El que tenga oídos, que oiga»

Con estas palabras, Jesús pide algo más que escuchar sonidos. Nos invita a prestar atención, comprender y acoger lo que Dios quiere enseñarnos. El Evangelio se escucha de verdad cuando encuentra un lugar en nuestra vida y comienza a transformarla.

Padres y catequistas han recibido la hermosa responsabilidad de sembrar la Palabra en los niños. Esa misión exige transmitir con claridad y fidelidad la doctrina católica y las enseñanzas de Jesucristo, sin reducirlas a opiniones personales ni sustituirlas por mensajes más cómodos. El sembrador no cambia la semilla: la entrega con esperanza y confía su crecimiento a Dios.

Escuchar a Jesús es dejar que su Palabra entre en el corazón.

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5. El sembrador sale a sembrar

El sembrador recorre el campo con la bolsa llena y arroja la semilla generosamente. No se la guarda para sí: la reparte por todas partes esperando que germine y produzca una buena cosecha. Así actúa Dios, que ofrece su Palabra a todos.

El sembrador sale a sembrar.

Mientras coloreas: fíjate en la bolsa, en la mano abierta y en las semillas que se extienden por el campo. Dios también siembra su Palabra con generosidad.

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6. La semilla junto al camino

Una parte de la semilla cayó sobre el camino. El suelo estaba duro y la semilla quedó a la vista, sin poder entrar en la tierra. Los pájaros la encontraron y se la comieron antes de que pudiera germinar.

Observa antes de colorear: las semillas están sobre la superficie. No encuentran tierra donde hundirse ni raíces con las que comenzar a crecer.

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7. ¿Qué significa la semilla junto al camino?

Jesús explica que esta semilla representa a quien escucha la Palabra del Reino, pero no llega a comprenderla. La Palabra ha sido sembrada en su corazón, pero permanece allí sin ser acogida.

Entonces viene el Maligno y roba lo que Dios había sembrado. Por eso, en el dibujo, las semillas aparecen dentro de un corazón mientras una figura oscura trata de llevárselas.

Piensa un momento: cuando escuchas el Evangelio, ¿procuras comprender lo que Jesús quiere enseñarte?

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8. La semilla en terreno pedregoso

Otra parte de la semilla cayó en un terreno lleno de piedras, donde había muy poca tierra. La semilla germinó enseguida y nació una pequeña planta, pero no pudo echar raíces profundas.

Cuando salió el sol, la planta comenzó a secarse. Parecía que había crecido con fuerza, pero no tenía raíces capaces de alimentarla y sostenerla.

Observa antes de colorear: fíjate en la poca tierra que hay entre las piedras y en la pequeña planta que intenta mantenerse viva.

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9. ¿Qué significa el terreno pedregoso?

Jesús dice que este terreno representa a quien escucha la Palabra y la recibe enseguida con alegría, pero no permite que eche raíces profundas en su vida.

Cuando llegan una dificultad, una burla o un esfuerzo que exige ser fiel a Jesús, esa persona se desanima y abandona. La Palabra había comenzado a crecer, pero no tenía raíces capaces de sostenerla.

Piensa un momento: ¿sigues confiando en Jesús cuando hacer el bien exige esfuerzo o cuando otros no te comprenden?

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10. La semilla entre las zarzas

Otra parte de la semilla cayó entre zarzas. La semilla comenzó a crecer, pero a su alrededor también crecieron las ramas espinosas, que fueron ocupando todo el espacio.

Las zarzas se enredaron alrededor de la planta y acabaron ahogándola. Aunque había empezado a brotar, ya no podía recibir bien la luz ni crecer con libertad.

Observa antes de colorear: busca las semillas entre las ramas, las espinas, las hojas, las flores y las moras. Todo ha crecido tanto que apenas queda espacio para la planta buena.

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11. ¿Qué significan las zarzas?

Jesús explica que las zarzas representan a quien escucha la Palabra, pero permite que otras cosas ocupen poco a poco su corazón.

Las preocupaciones, el deseo de tener cada vez más y la atracción de las riquezas ahogan la Palabra. Por eso la planta buena aparece rodeada por espinas, monedas y joyas, hasta quedar casi escondida.

Piensa un momento: ¿hay algo que ocupe tanto tu atención que ya no te deje tiempo para escuchar a Jesús, rezar o hacer el bien?

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12. La semilla en tierra buena

La última parte de la semilla cayó en tierra buena. Era un suelo fértil, bien preparado y con espacio suficiente para que la semilla pudiera hundirse, germinar y echar raíces.

La planta creció fuerte y dio una cosecha abundante: unas semillas produjeron ciento, otras sesenta y otras treinta por una.

Observa antes de colorear: fíjate en la tierra bien labrada, las hierbas, las flores, las espigas y la vida que llena el campo.

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13. ¿Qué significa la tierra buena?

Jesús termina la parábola con una gran alegría. La tierra buena representa a quien escucha la Palabra de Dios, la comprende y la pone en práctica. Esa persona deja que la semilla crezca cada día en su corazón y produzca mucho fruto.

Por eso el dibujo muestra un gran corazón lleno de vida. Dentro de él, unos niños recogen espigas y frutos con alegría. Es la imagen de quienes han dejado que Jesús transforme su vida y ahora pueden hacer mucho bien a los demás.

Piensa un momento: ¿qué buen fruto puedes ofrecer hoy a tu familia, a tus amigos o a tus compañeros?

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14. ¿Qué clase de tierra quiero ser?

Jesús no contó esta parábola solo para hablar de un sembrador. La contó para que cada uno pudiera preguntarse cómo recibe la Palabra de Dios. Todos podemos mejorar nuestro corazón para que sea una buena tierra donde el Evangelio crezca con fuerza.

Antes de terminar este cuaderno, dedica unos minutos a pensar y responder con sinceridad.

Mi pequeño examen del corazón

¿Escucho con atención cuando se proclama el Evangelio?

¿Procuro comprender lo que Jesús quiere enseñarme?

¿Rezo cada día, aunque sea unos minutos?

¿Intento obedecer a mis padres, ayudar en casa y querer a los demás?

¿Qué buen fruto quiero ofrecer a Jesús esta semana?

No hace falta responder deprisa. Lo importante es pedir al Señor un corazón sencillo, dispuesto a escuchar y a dejarse transformar por su Palabra.

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15. Oración final

Señor Jesús,

haz que mi corazón sea una buena tierra.

Ayúdame a escuchar tu Palabra,
a comprenderla
y a vivirla cada día.

Arranca de mi corazón
todo lo que me aleje de Ti
y haz crecer en mí
el amor, la alegría,
la generosidad y la paz.

Que mi vida dé mucho fruto
para gloria de Dios
y bien de los demás.
Amén.

Enhorabuena. Ya has recorrido toda la parábola del sembrador. Guarda este cuaderno y vuelve a colorearlo o leerlo cuando escuches de nuevo este Evangelio en la Santa Misa. Descubrirás que la Palabra de Dios siempre tiene algo nuevo que enseñarnos.

Evangelio del día: Sembrador de vida

Evangelio del día: Sembrador de vida

Mateo 13, 1-23

Decimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario

Permite a Cristo sembrar en tu corazón. Deja que Él y su Palabra entren verdaderamente en tu vida; permite que la semilla germine, eche raíces, crezca y produzca fruto.

Evangelio del día

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.

Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron enseguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!».

Los discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Por qué les hablas por medio de parábolas?».

Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden.

Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: “Por más que oigan, no comprenderán; por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure”.

Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.

El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta enseguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Palabra central: la semilla es buena y conserva toda su fuerza. La pregunta de la parábola no es si Dios sigue sembrando, sino qué encuentra su Palabra cuando llega a nuestro corazón.

Lecturas

Primera lectura Libro de Isaías, Is 55, 10-11
Salmo Sal 65(64), 10-14
Segunda lectura Carta de san Pablo a los Romanos, Rom 8, 18-23

Oración introductoria

Señor Dios, Tú muestras la luz de tu verdad a quienes andamos extraviados para que podamos volver al buen camino. Concédeme que esta oración me ayude a rechazar todo aquello que impide que la semilla de mi fe crezca y fructifique en obras buenas.

Petición

Jesús, aumenta mi fe, para que aprenda a reconocer tu presencia y a recibir cada circunstancia de mi vida como una ocasión para crecer contigo.


Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos jóvenes, el Señor los necesita. También hoy llama a cada uno de ustedes a seguirlo en su Iglesia y a ser misioneros. El Señor hoy los llama, no al montón, sino a cada uno personalmente. Escuchen en el corazón lo que les dice.

Pienso que podemos aprender algo de lo ocurrido durante estos días: cómo tuvimos que cancelar por el mal tiempo la realización de esta vigilia en el Campus Fidei, en Guaratiba. ¿No estaría el Señor queriendo decirnos que el verdadero campo de la fe no es un lugar geográfico, sino que somos nosotros?

Cada uno de nosotros es Campo de la Fe de Dios. Por eso, partiendo de esta imagen, podemos comprender mejor qué significa ser discípulo y misionero: el campo es, ante todo, el lugar donde se siembra.

El campo donde Dios siembra

Todos conocemos la parábola de Jesús que habla de un sembrador que salió a sembrar. Algunas semillas cayeron al borde del camino, otras entre piedras o en medio de espinas y no llegaron a desarrollarse; pero otras cayeron en tierra buena y dieron mucho fruto.

Jesús mismo explicó el significado de la parábola: la semilla es la Palabra de Dios sembrada en nuestro corazón. Cada día Jesús sigue sembrando. Cuando acogemos la Palabra de Dios, nos convertimos en el Campo de la Fe.

«Dejen que Cristo y su Palabra entren en su vida. Dejen entrar la semilla de la Palabra de Dios; dejen que germine y que crezca».

Dios realiza la obra, pero nosotros debemos permitirle actuar. Él quiere trabajar la tierra del corazón, arrancar lo que impide el crecimiento, abrir surcos nuevos y fortalecer las raíces. La gracia no destruye nuestra libertad: la despierta y pide nuestra respuesta.

¿Qué clase de terreno somos?

Jesús nos dice que las semillas que cayeron al borde del camino, entre piedras o en medio de espinas no dieron fruto. Podemos preguntarnos con sinceridad: ¿qué clase de terreno soy y qué clase de terreno deseo ser?

A veces somos como el camino: escuchamos al Señor, pero nada cambia en nuestra vida porque nos dejamos aturdir por tantos reclamos superficiales. La Palabra pasa cerca, pero no logra entrar; permanece en la superficie y pronto es arrebatada.

Otras veces somos como el terreno pedregoso: acogemos a Jesús con entusiasmo, pero somos inconstantes. Cuando llegan las dificultades, no tenemos el valor de ir a contracorriente y abandonamos lo que habíamos comenzado.

También podemos parecernos al terreno cubierto de espinas: las preocupaciones, las pasiones desordenadas, el deseo de agradar a todos, el apego a las cosas o la búsqueda de comodidad sofocan la Palabra. Queremos recibir la semilla de Jesús mientras seguimos regando las espinas que crecen en el corazón.

Terreno Qué sucede Conversión necesaria
Camino endurecido La Palabra se escucha, pero no llega al interior. Recuperar el silencio, la atención y la escucha verdadera.
Terreno pedregoso Hay entusiasmo inicial, pero faltan raíces y perseverancia. Aceptar el esfuerzo, sostener la oración y permanecer en las pruebas.
Terreno con espinas Las preocupaciones y los apegos ahogan la vida espiritual. Ordenar los afectos, simplificar la vida y elegir lo esencial.
Tierra buena La Palabra es acogida, comprendida y llevada a la vida. Cuidar la gracia, perseverar y dejar que el fruto sirva a los demás.

Un pequeño espacio de tierra buena

Tal vez alguien piense: «Yo no soy tierra buena; estoy lleno de piedras, espinas y maleza». Pero el Señor no pide que todo esté perfectamente preparado antes de acercarse. Basta ofrecerle un pequeño espacio sincero, un rincón del corazón en el que pueda caer la semilla.

Cristo puede comenzar por ese pequeño trozo de tierra. Si se lo entregamos de verdad, la semilla germinará y sus raíces irán transformando el resto del terreno. La santidad no comienza cuando todo está resuelto, sino cuando dejamos que Dios empiece a trabajar.

Momento de silencio

Mira tu corazón y dile a Jesús: «Señor, Tú conoces mis piedras, mis espinas y mis resistencias. Pero mira también este pequeño espacio que hoy te ofrezco. Siembra en él tu Palabra y cuida Tú mismo su crecimiento».

Cristianos auténticos

El Papa Francisco invita a no ser cristianos a tiempo parcial, cristianos de fachada o personas que conservan sólo una apariencia religiosa. La buena tierra representa a quienes permiten que la Palabra alcance las decisiones, los afectos, las relaciones, el trabajo, el estudio y el modo de tratar a los demás.

La libertad verdadera no consiste en dejarse arrastrar por las modas o por las conveniencias del momento. Consiste en poder elegir el bien, permanecer fieles y tomar decisiones que den pleno sentido a la vida.

Cada uno conoce el nombre de la semilla que Jesús quiere depositar hoy en su corazón: quizá una llamada al perdón, a la oración, a la entrega, a la vocación, al servicio, a la reconciliación o a una vida más limpia. Dejemos crecer esa semilla y confiemos en que Dios sabrá cuidarla.

Santo Padre Francisco
Vigilia con los jóvenes del sábado, 27 de julio de 2013
XXVIII Jornada Mundial de la Juventud


Catecismo de la Iglesia Católica

IV. La santidad cristiana

2012. «Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman […] A los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también los llamó; y a los que llamó, a esos también los justificó; a los que justificó, a esos también los glorificó» (Rm 8, 28-30).

2013. «Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (Lumen gentium, 40). Todos son llamados a la santidad: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48).

«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo […] para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos» (Lumen gentium, 40).

2014. El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama «mística», porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos —los «santos misterios»— y, en Él, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él, aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios de la vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar el don gratuito hecho a todos.

2015. El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación, que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas.

«El que asciende no termina nunca de subir; y va paso a paso. No se alcanza nunca el final de lo que es siempre susceptible de perfección. El deseo de quien asciende no se detiene nunca en lo que ya le es conocido».

San Gregorio de Nisa
In Canticum, homilía 8

2016. Los hijos de la Santa Madre Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final y la recompensa de Dios Padre por las obras buenas realizadas con su gracia y en comunión con Jesús. Siguiendo la misma norma de vida, los creyentes comparten la bienaventurada esperanza de aquellos a quienes la misericordia divina congrega en la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén.

Catecismo de la Iglesia Católica

Examen de la tierra del corazón

Antes de pasar al propósito, conviene detenerse en silencio. La parábola no invita a clasificar a los demás, sino a reconocer qué está ocurriendo hoy dentro de nosotros.

  • ¿Qué palabra de Jesús he escuchado muchas veces sin dejar que cambie mi vida?
  • ¿Qué dificultad suele hacerme abandonar mis buenos propósitos?
  • ¿Qué preocupación, apego o costumbre está ahogando mi vida espiritual?
  • ¿Qué fruto concreto quiere producir Dios en mí para bien de los demás?

Propósito

Dedicaré un momento del día a reconocer algún «terreno pedregoso» de mi vida y pensaré una acción concreta para comenzar a retirarlo, de modo que la semilla del amor de Dios pueda echar raíces y crecer en su lugar.

Diálogo con Cristo

Señor, no permitas que la semilla de la fe se vaya ahogando en mi vida. Concédeme descubrir cuáles son las piedras, las espinas y las distracciones que le impiden crecer.

Ayúdame a desprenderme de todo lo que seca la tierra de mi alma y me impide dar frutos de oración, apostolado, caridad y perseverancia. Haz de mi corazón una tierra disponible, profunda y fecunda, donde tu Palabra pueda permanecer y transformar también la vida de quienes me rodean.

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Para seguir profundizando

Idea para vivir el Evangelio de hoy

La tierra buena no es un corazón sin dificultades, sino un corazón que permite a Dios trabajar. Hoy no necesito resolverlo todo: basta con ofrecerle sinceramente un pequeño espacio en el que su Palabra pueda comenzar a crecer.