por Guillermo Mirecki | 10 May, 2026 | La Biblia
Juan 15, 26; 16, 4. Lunes de la 6.ª semana de Pascua. Testimoniar a Cristo es la esencia de la Iglesia.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí. Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio». Les he dicho esto para que no se escandalicen. Serán echados de las sinagogas, más aún, llegará la hora en que los mismos que les den muerte pensarán que tributan culto a Dios. Y los tratarán así porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Les he advertido esto para que cuando llegue esa hora, recuerden que ya lo había dicho. No les dije estas cosas desde el principio, porque yo estaba con ustedes».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 16, 11-15
Salmo: Sal 149(148), 1-6.9
Oración introductoria
Creo en Ti, Señor, y te amo, por eso, parafraseando al Papa Francisco, «pido al Padre misericordioso que pueda vivir plenamente la fe que he recibido como un regalo en el día de mi bautismo para ser capaz de dar un testimonio alegre, libre y valiente de mi fe». (Santo Padre Francisco el 20 marzo de 2013).
Petición
Espíritu Santo, ayúdame a creer en Ti por los que no creen, a amarte por los que no te aman, y a confiar en Ti por los que no esperan en tu Palabra.
Meditación del Santo Padre Francisco
Testimoniar a Cristo es la esencia de la Iglesia que, de otro modo, acabaría siendo sólo una estéril «universidad de la religión» impermeable a la acción del Espíritu Santo. Lo volvió a afirmar el Papa Francisco en la misa del martes 6 de mayo, en la Casa Santa Marta.
La meditación sobre la fuerza del testimonio surgió del pasaje de los Hechos de los apóstoles (7, 51-8,1a) que relata el martirio de Esteban. A sus perseguidores, que no creían, Esteban dijo: «Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos. Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo». Y precisamente «estas palabras —comentó el Pontífice—, de una forma u otra, las había dicho Jesús, incluso literalmente: como eran vuestros padres así sois vosotros; ¿hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran?».
Los perseguidores, destacó el Santo Padre, ciertamente no eran personas serenas, con el corazón en paz. No es que no estaban de acuerdo con lo que Esteban predicaba: ¡odiaban!». Y «este odio —explicó el Papa— había sido sembrado en su corazón por el diablo. Es el odio del demonio contra Cristo».
Precisamente «en el martirio —continuó— se ve clara esta lucha entre Dios y el demonio. Se ve en este odio. No era una discusión serena». Por lo demás, hizo notar, «ser perseguidos, ser mártires, dar la vida por Jesús es una de las bienaventuranzas». Tanto que «Jesús no dijo a los suyos: «Pobrecillos si os suceden estas cosas». No, Él dijo: «Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. ¡Alegraos!»».
Es evidente, pues, que «el demonio no puede soportar la santidad de la Iglesia». Y en contra de Esteban —dijo el Papa— suscitó odio en el corazón de esas personas, para perseguir, para insultar, para calumniar. Y así mataron a Esteban», el cual «murió como Jesús, perdonando».
«Martirio, en la tradición de la palabra griega, significa testimonio», explicó el Pontífice. Y «así podemos decir que para un cristiano el camino va por las huellas de este testimonio de Jesús para dar testimonio de Él». Un testimonio que muchas veces termina con el sacrificio de la vida.
La cuestión central, argumentó el Pontífice, es que el cristianismo no es una religión «de sólo ideas, de pura teología, de estética, de mandamientos. Nosotros somos un pueblo que sigue a Jesucristo y da testimonio, quiere dar testimonio de Jesucristo. Y este testimonio algunas veces llega a costar la vida». Al respecto, el relato del martirio de Esteban es elocuente. Así, pues, «al morir Esteban, se desató la persecución contra todos». Los perseguidores «se sentían fuertes: el demonio suscitaba en ellos el desatar esta violenta persecución». Una persecución tan brutal que, «a excepción de los apóstoles que permanecieron allí, en el lugar, los cristianos se dispersaron por la región de Judea y Samaría». Precisamente «la persecución hizo que los cristianos fuesen lejos». Y a las personas que encontraban les «decían el por qué» de su fuga, «explicaban el Evangelio, daban testimonio de Jesús. Y comenzó la misión de la Iglesia. Muchos se convertían al escuchar a esta gente».
El obispo de Roma recordó al respecto que «uno de los padres de la Iglesia dijo: la sangre de los mártires es semilla de los cristianos». Y es precisamente eso lo que sucede: «Se desata la persecución, los cristianos se dispersan y con su testimonio predican la fe». Porque, destacó el Papa, «el testimonio siempre es fecundo»: lo es cuando tiene lugar en la vida cotidiana, pero también cuando se vive en las dificultades o cuando conduce incluso a la muerte. La Iglesia, por lo tanto, «es fecunda y madre cuando da testimonio de Jesucristo. En cambio, cuando la Iglesia se cierra en sí misma, se cree —digámoslo así— una universidad de la religión con muchas ideas hermosas, con muchos hermosos templos, con muchos bellos museos, con muchas cosas hermosas, pero no da testimonio, se hace estéril».
Los Hechos de los apóstoles puntualizan «que Esteban estaba lleno del Espíritu Santo». Y, en efecto, «no se puede dar testimonio sin la presencia del Espíritu Santo en nosotros. En los momentos difíciles, cuando tenemos que elegir la senda justa, cuando tenemos que decir que «no» a tantas cosas que tal vez intentan seducirnos, está la oración al Espíritu Santo: es Él quien nos hace fuertes para caminar por la senda del testimonio».
El Papa Francisco, como conclusión, recordó cómo de las «dos imágenes» propuestas por la liturgia —Esteban que muere y los cristianos que dan testimonio por doquier— brotan para cada uno algunas preguntas: «¿Cómo es mi testimonio? ¿Soy un cristiano testigo de Jesús o soy un simple miembro de esta secta? ¿Soy fecundo porque doy testimonio o permanezco estéril porque no soy capaz de dejar que el Espíritu Santo me lleve adelante en mi vocación cristiana?».
Santo Padre Francisco: El testimonio del cristiano
Homilía del martes, 6 de mayo de 2014
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
III. Vida moral y testimonio misionero
2044 La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. “El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios” (AA 6).
2045 Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo (cf Ef 1, 22), contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles (cf LG 39), “hasta que lleguemos al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo” (Ef 4, 13).
2046 Llevando una vida según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, “Reino de justicia, de verdad y de paz” (Solemnidad de N. Señor Jesucristo Rey del Universo, Prefacio: Misal Romano). Esto no significa que abandonen sus tareas terrenas, sino que, fieles a su Maestro, las cumplen con rectitud, paciencia y amor.
Catecismo de la Iglesia Católica
Diálogo con Cristo
Señor, todo cristiano está llamado a dar testimonio de fe, de amor y de santidad. Ojalá que quien se acerque a nosotros se quede marcado para siempre, no por nuestra personalidad o nuestras cualidades, sino porque somos reflejo del amor de Ti al hombre, a todo hombre. Que se diga de nosotros lo mismo que se decía sobre los primeros cristianos: «¡Mirad, cómo se aman!».
Propósito
Viviré con especial intensidad este día, ofreciendo todo para que el mensaje del Año de la fe llegue a más personas.
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por Catequesis en Familia | 25 Abr, 2026 | La Biblia
Juan 10, 1-10. Cuarto Domingo del Tiempo de Pascua. La puerta del Señor es estrecha porque Jesús nos pide abrir nuestro corazón a Él, reconocernos pecadores, necesitados de su salvación, de su perdón, de su amor, de tener la humildad de acoger su misericordia y dejarnos renovar por Él.
En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz». Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 2, 14.36-41
Salmo: Sal 23(22), 1-6
Segunda lectura: Epístola I de San Pedro, 1 Pe 2, 20-25
Oración preparatoria
Padre, gracias por la encarnación de tu Hijo, nuestro Redentor y porque nos diste a María como madre. Confío en tu misericordia y por esto te quiero ofrecer en mi oración mi amor, débil y manchado por mi egoísmo y soberbia, pero dispuesto a escucharte y entrar por esa puerta estrecha que me señales.
Petición
Espíritu Santo, que no vacile y nunca tenga miedo a tus inspiraciones.
Meditación del Santo Padre Francisco
La imagen de la puerta se repite varias veces en el Evangelio y se refiere a la de la casa, del hogar doméstico, donde encontramos seguridad, amor, calor. Jesús nos dice que existe una puerta que nos hace entrar en la familia de Dios, en el calor de la casa de Dios, de la comunión con Él. Esta puerta es Jesús mismo (cf. Jn 10, 9). Él es la puerta. Él es el paso hacia la salvación. Él conduce al Padre. Y la puerta, que es Jesús, nunca está cerrada, esta puerta nunca está cerrada, está abierta siempre y a todos, sin distinción, sin exclusiones, sin privilegios. Porque, sabéis, Jesús no excluye a nadie. Tal vez alguno de vosotros podrá decirme: «Pero, Padre, seguramente yo estoy excluido, porque soy un gran pecador: he hecho cosas malas, he hecho muchas de estas cosas en la vida». ¡No, no estás excluido! Precisamente por esto eres el preferido, porque Jesús prefiere al pecador, siempre, para perdonarle, para amarle. Jesús te está esperando para abrazarte, para perdonarte. No tengas miedo: Él te espera. Anímate, ten valor para entrar por su puerta. Todos están invitados a cruzar esta puerta, a atravesar la puerta de la fe, a entrar en su vida, y a hacerle entrar en nuestra vida, para que Él la transforme, la renueve, le done alegría plena y duradera.
En la actualidad pasamos ante muchas puertas que invitan a entrar prometiendo una felicidad que luego nos damos cuenta de que dura sólo un instante, que se agota en sí misma y no tiene futuro. Pero yo os pregunto: nosotros, ¿por qué puerta queremos entrar? Y, ¿a quién queremos hacer entrar por la puerta de nuestra vida? Quisiera decir con fuerza: no tengamos miedo de cruzar la puerta de la fe en Jesús, de dejarle entrar cada vez más en nuestra vida, de salir de nuestros egoísmos, de nuestras cerrazones, de nuestras indiferencias hacia los demás. Porque Jesús ilumina nuestra vida con una luz que no se apaga más. No es un fuego de artificio, no es un flash. No, es una luz serena que dura siempre y nos da paz. Así es la luz que encontramos si entramos por la puerta de Jesús.
Cierto, la puerta de Jesús es una puerta estrecha, no por ser una sala de tortura. No, no es por eso. Sino porque nos pide abrir nuestro corazón a Él, reconocernos pecadores, necesitados de su salvación, de su perdón, de su amor, de tener la humildad de acoger su misericordia y dejarnos renovar por Él. Jesús en el Evangelio nos dice que ser cristianos no es tener una «etiqueta». Yo os pregunto: vosotros, ¿sois cristianos de etiqueta o de verdad? Y cada uno responda dentro de sí. No cristianos, nunca cristianos de etiqueta. Cristianos de verdad, de corazón. Ser cristianos es vivir y testimoniar la fe en la oración, en las obras de caridad, en la promoción de la justicia, en hacer el bien. Por la puerta estrecha que es Cristo debe pasar toda nuestra vida.
A la Virgen María, Puerta del Cielo, pidamos que nos ayude a cruzar la puerta de la fe, a dejar que su Hijo transforme nuestra existencia como transformó la suya para traer a todos la alegría del Evangelio.
Santo Padre Francisco: Sobre el tema de la Salvación
Ángelus del domingo, 25 de agosto de 2013
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
CREO EN JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS
ARTÍCULO 2
“Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR”
I. Jesús
430 Jesús quiere decir en hebreo: «Dios salva». En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). Ya que «¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?»(Mc 2, 7), es Él quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.
431 En la historia de la salvación, Dios no se ha contentado con librar a Israel de «la casa de servidumbre» (Dt 5, 6) haciéndole salir de Egipto. Él lo salva además de su pecado. Puesto que el pecado es siempre una ofensa hecha a Dios (cf. Sal 51, 6), sólo Él es quien puede absolverlo (cf. Sal 51, 12). Por eso es por lo que Israel, tomando cada vez más conciencia de la universalidad del pecado, ya no podrá buscar la salvación más que en la invocación del nombre de Dios Redentor (cf. Sal 79, 9).
432 El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la Persona de su Hijo (cf. Hch 5, 41; 3 Jn 7) hecho hombre para la Redención universal y definitiva de los pecados. Él es el Nombre divino, el único que trae la salvación (cf. Jn 3, 18; Hch 2, 21) y de ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha unido a todos los hombres por la Encarnación (cf. Rm 10, 6-13) de tal forma que «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4, 12; cf. Hch 9, 14; St 2, 7).
433 El Nombre de Dios Salvador era invocado una sola vez al año por el sumo sacerdote para la expiación de los pecados de Israel, cuando había asperjado el propiciatorio del Santo de los Santos con la sangre del sacrificio (cf. Lv 16, 15-16; Si 50, 20; Hb 9, 7). El propiciatorio era el lugar de la presencia de Dios (cf. Ex 25, 22; Lv 16, 2; Nm 7, 89; Hb 9, 5). Cuando san Pablo dice de Jesús que «Dios lo exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre» (Rm 3, 25) significa que en su humanidad «estaba Dios reconciliando al mundo consigo» (2 Co 5, 19).
434 La Resurrección de Jesús glorifica el Nombre de Dios «Salvador» (cf. Jn 12, 28) porque de ahora en adelante, el Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder soberano del «Nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2, 9). Los espíritus malignos temen su Nombre (cf. Hch 16, 16-18; 19, 13-16) y en su nombre los discípulos de Jesús hacen milagros (cf. Mc 16, 17) porque todo lo que piden al Padre en su Nombre, Él se lo concede (Jn 15, 16).
435 El Nombre de Jesús está en el corazón de la plegaria cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula Per Dominum nostrum Jesum Christum… («Por nuestro Señor Jesucristo…»). El «Avemaría» culmina en «y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». La oración del corazón, en uso en Oriente, llamada «oración a Jesús» dice: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador». Numerosos cristianos mueren, como santa Juana de Arco, teniendo en sus labios una única palabra: «Jesús».
II. Cristo
436 Cristo viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido». Pasa a ser nombre propio de Jesús porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Este era el caso de los reyes (cf. 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13; 1 R 1, 39), de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas (cf. 1 R 19, 16). Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cf. Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (cf. Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (cf. Za 4, 14; 6, 13) pero también como profeta (cf. Is 61, 1; Lc 4, 16-21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.
437 El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2, 11). Desde el principio él es «a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo»(Jn 10, 36), concebido como «santo» (Lc 1, 35) en el seno virginal de María. José fue llamado por Dios para «tomar consigo a María su esposa» encinta «del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo» (Mt 1, 20) para que Jesús «llamado Cristo» nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16; cf. Rm 1, 3; 2 Tm 2, 8; Ap 22, 16).
438 La consagración mesiánica de Jesús manifiesta su misión divina. «Por otra parte eso es lo que significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobreentendido Él que ha ungido, Él que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: Él que ha ungido, es el Padre. Él que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 18, 3). Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena, en el momento de su bautismo, por Juan cuando «Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10, 38) «para que él fuese manifestado a Israel» (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo dieron a conocer como «el santo de Dios» (Mc 1, 24; Jn 6, 69; Hch 3, 14).
439 Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico «hijo de David» prometido por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9. 15). Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho (cf. Jn 4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente política (cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).
440 Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre (cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del cielo» (Jn 3, 13; cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13), a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28; cf. Is 53, 10-12). Por esta razón, el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc 23, 39-43). Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36).
III. Hijo único de Dios
441 Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es un título dado a los ángeles (cf. Dt 32, 8; Jb 1, 6), al pueblo elegido (cf. Ex 4, 22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb 18, 13), a los hijos de Israel (cf. Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2 S 7, 14; Sal 82, 6). Significa entonces una filiación adoptiva que establece entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad particular. Cuando el Rey-Mesías prometido es llamado «hijo de Dios» (cf. 1 Cro 17, 13; Sal2, 7), no implica necesariamente, según el sentido literal de esos textos, que sea más que humano. Los que designaron así a Jesús en cuanto Mesías de Israel (cf. Mt 27, 54), quizá no quisieron decir nada más (cf. Lc 23, 47).
442 No ocurre así con Pedro cuando confiesa a Jesús como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16) porque Jesús le responde con solemnidad «no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: «Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles…» (Ga 1,15-16). «Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios» (Hch 9, 20). Este será, desde el principio (cf. 1 Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20, 31) profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16, 18).
443 Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?», Jesús ha respondido: «Vosotros lo decís: yo soy» (Lc 22, 70; cf. Mt 26, 64; Mc 14, 61). Ya mucho antes, Él se designó como el «Hijo» que conoce al Padre (cf. Mt 11, 27; 21, 37-38), que es distinto de los «siervos» que Dios envió antes a su pueblo (cf. Mt 21, 34-36), superior a los propios ángeles (cf. Mt 24, 36). Distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás «nuestro Padre» (cf. Mt 5, 48; 6, 8; 7, 21; Lc 11, 13) salvo para ordenarles «vosotros, pues, orad así: Padre Nuestro» (Mt6, 9); y subrayó esta distinción: «Mi Padre y vuestro Padre» (Jn 20, 17).
444 Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el Bautismo y la Transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado» (Mt 3, 17; 17, 5). Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Único de Dios» (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna (cf. Jn 10, 36). Pide la fe en «el Nombre del Hijo Único de Dios» (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 39), porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título «Hijo de Dios».
445 Después de su Resurrección, su filiación divina aparece en el poder de su humanidad glorificada: «Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su Resurrección de entre los muertos» (Rm 1, 4; cf. Hch 13, 33). Los apóstoles podrán confesar «Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad «(Jn 1, 14).
IV. Señor
446 En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés (cf. Ex 3, 14), YHWH, es traducido por Kyrios [«Señor»]. Señorse convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título «Señor» para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (cf. 1 Co 2,8).
447 El mismo Jesús se atribuye de forma velada este título cuando discute con los fariseos sobre el sentido del Salmo 109 (cf. Mt 22, 41-46; cf. también Hch 2, 34-36; Hb 1, 13), pero también de manera explícita al dirigirse a sus Apóstoles (cf. Jn 13, 13). A lo largo de toda su vida pública sus actos de dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado, demostraban su soberanía divina.
448 Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole «Señor». Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: «Señor mío y Dios mío» (Jn20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: «¡Es el Señor!» (Jn 21, 7).
449 Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio (cf. Hch 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre convienen también a Jesús (cf. Rm 9, 5; Tt 2, 13; Ap 5, 13) porque Él es de «condición divina» (Flp 2, 6) y porque el Padre manifestó esta soberanía de Jesús resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo a su gloria (cf. Rm 10, 9;1 Co 12, 3; Flp 2,11).
450 Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia (cf. Ap 11, 15) significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César no es el «Señor» (cf. Mc 12, 17; Hch 5, 29). » La Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda historia humana se encuentra en su Señor y Maestro» (GS 10, 2; cf. 45, 2).
451 La oración cristiana está marcada por el título «Señor», ya sea en la invitación a la oración «el Señor esté con vosotros», o en su conclusión «por Jesucristo nuestro Señor» o incluso en la exclamación llena de confianza y de esperanza: Maran atha («¡el Señor viene!») o Marana tha («¡Ven, Señor!») (1 Co 16, 22): «¡Amén! ¡ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 20).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Prepararme con un buen examen de conciencia y poner en mi agenda de actividades la fecha de mi próxima confesión.
Diálogo con Cristo
Jesucristo, no debo temer a la muerte porque ella es el paso que me acerca a lo que más he buscado en mi vida: gozar en plenitud de tu presencia. La vida es corta y tengo que aprovecharla para amarte y servirte, fortaleciéndome diariamente con la oración y los sacramentos. Confío en Ti y te digo que puedes venir a buscarme cuando Tú quieras, como Tú quieras y donde Tú quieras.
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por Guillermo Mirecki | 18 Abr, 2026 | Primera comunión Dinámicas
El camino de Emaús: Palabra, encuentro y Eucaristía
Basada en Lucas 24, 13-35 y en la imagen catequética del camino de Emaús
1. Introducción
El relato de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) es uno de los textos más ricos de toda la Sagrada Escritura para comprender la vida cristiana. En él se condensa el camino de la fe: caminar con Cristo, escuchar su Palabra, reconocerlo en la fracción del pan y anunciarlo con alegría.
Los discípulos caminan tristes, desorientados. Han perdido la esperanza. Pero Cristo se acerca, camina con ellos y transforma su corazón. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, «Cristo resucitado es el principio de nuestra justificación» (CEC, 654), es decir, el que devuelve sentido a la vida.
San Juan Pablo II explicaba que este pasaje es modelo de toda catequesis: «Jesús mismo se hace compañero de camino y explica las Escrituras» (cf. Dies Domini, 39). No es solo una historia: es lo que Cristo sigue haciendo hoy.
La clave de esta sesión es clara y profunda:
Jesús camina conmigo, me enseña y se me da en la Eucaristía.
2. Objetivos
Objetivo general: Descubrir el camino cristiano como encuentro con Cristo en la Palabra y en la Eucaristía.
- Conocer Lc 24, 13-35.
- Comprender el proceso interior de los discípulos.
- Descubrir la importancia de la Palabra de Dios.
- Reconocer a Cristo en la Eucaristía.
- Despertar el deseo de anunciar a Jesús.
3. Edad y duración
Edad: 7-10 años
Duración: 70-80 minutos
4. Materiales
- Imagen catequética horizontal
- Biblia (CEE)
- Cartulinas y rotuladores
- Vela encendida
- Pan sencillo (signo pedagógico)
5. Fuentes
Sagrada Escritura (CEE):
«Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos» (Lc 24, 15)
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?» (Lc 24, 32)
«Lo reconocieron al partir el pan» (Lc 24, 35)
Tradición:
San Gregorio Magno enseña: «Arde el corazón cuando la Escritura se abre» (Homilías sobre los Evangelios). La Palabra de Dios no es información: transforma.
El Concilio Vaticano II recuerda que «la Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura como el mismo Cuerpo del Señor» (Dei Verbum, 21), mostrando la profunda unidad entre Palabra y Eucaristía.
6. Sentido catequético
El camino de Emaús revela la estructura de la vida cristiana: primero, Cristo se acerca; después, explica la Escritura; finalmente, se da en el pan. Esta secuencia es la misma de la Misa: Liturgia de la Palabra y Liturgia Eucarística.
Santo Tomás de Aquino enseña que los sacramentos «realizan lo que significan» (Suma Teológica). Por eso, en la fracción del pan no hay símbolo vacío: Cristo está realmente presente.
La catequesis debe ayudar a los niños a descubrir que la Misa no es algo externo, sino el lugar donde Cristo camina con nosotros hoy.
7. Observamos la imagen

Se guarda silencio. No se explica inmediatamente.
Microguion:
“¿Quién va en el centro?”
“¿Qué está haciendo Jesús?”
“¿Cuándo lo reconocen?”
Se conduce a los niños a ver el proceso: caminar → escuchar → reconocer.
8. Explicación del Evangelio
Los discípulos caminan tristes porque no han comprendido lo que ha pasado. Jesús se acerca, pero ellos no lo reconocen (Lc 24, 16). Esto muestra que la fe no es automática: necesita abrirse.
Entonces Jesús explica las Escrituras (Lc 24, 27). Aquí está una clave: la Palabra de Dios ilumina la vida.
Finalmente, en la mesa, «tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio» (Lc 24, 30). En ese momento lo reconocen. Este gesto anticipa claramente la Eucaristía.
San Juan Pablo II afirma: «La Iglesia vive de la Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 1). Es decir, ahí encontramos realmente a Cristo.
9. Desarrollo y actividades
Actividad 1. “Jesús camina conmigo” (15 min)
Objetivo: Descubrir la cercanía de Cristo.
Texto: «Jesús se acercó y caminaba con ellos» (Lc 24, 15)
Desarrollo: Los niños dibujan un camino y se representan caminando con Jesús.
Microguion:
“Jesús no está lejos… camina contigo.”
Clave: Cristo está presente en la vida cotidiana.
Actividad 2. “El corazón que arde” (20 min)
Objetivo: Comprender el efecto de la Palabra.
Texto: «¿No ardía nuestro corazón?» (Lc 24, 32)
Desarrollo: Leer el texto lentamente. Cada niño escribe o dibuja qué le ayuda a acercarse a Jesús.
Indicaciones catequista: crear silencio real y lectura pausada.
Clave doctrinal: la Palabra transforma el corazón.
Actividad 3. “Lo reconocieron al partir el pan” (20 min)
Objetivo: Descubrir la Eucaristía.
Texto: «Lo reconocieron al partir el pan» (Lc 24, 35)
Desarrollo: Mostrar pan sencillo. Explicar el gesto de Jesús.
Microguion:
“Esto no es solo pan… en la Misa es Jesús.”
Clave: presencia real de Cristo.
Actividad 4. “Volvieron a Jerusalén” (15 min)
Objetivo: Comprender la misión.
Texto: «Se levantaron y volvieron» (Lc 24, 33)
Desarrollo: Pensar acciones concretas para vivir la fe.
Microguion:
“Quien encuentra a Jesús, cambia.”
10. Lectio divina
Texto: Lc 24, 30-32
Meditación guiada:
“Jesús está contigo…”
“Te habla…”
“Parte el pan…”
Oración:
“Señor, quédate conmigo.”
11. Relación con la Eucaristía
Este pasaje es una explicación de la Misa. Primero escuchamos la Palabra, luego recibimos a Cristo.
El Catecismo enseña que la Eucaristía es «fuente y culmen de toda la vida cristiana» (CEC, 1324).
Para el niño: en la Comunión encuentro a Jesús vivo.
12. Orientaciones catequista
No precipitar. Dar espacio al silencio. Subrayar el proceso. Evitar moralismos. Llevar siempre a Cristo.
13. Orientaciones padres
Leer el Evangelio en casa. Explicar la Misa. Participar juntos en la Eucaristía.
14. Oración final
Señor Jesús, camina conmigo.
Enséñame tu Palabra.
Haz arder mi corazón.
Y quédate conmigo en la Eucaristía.
Amén.
15. Conclusión
El camino de Emaús es el camino de todo cristiano: Cristo se acerca, habla, se da y envía.
por Guillermo Mirecki | 5 Abr, 2026 | La Biblia
Mateo 28, 8-15. Lunes de la Octava de Pascua. Lunes de la 1.ª semana del Tiempo de Pascua. En aquellos tiempos, en Israel, el testimonio de las mujeres no podía tener valor oficial, jurídico, pero las mujeres vivieron una experiencia de vínculo especial con el Señor, que es fundamental para la vida concreta de la comunidad cristiana, y esto siempre, en todas las épocas, no sólo al inicio del camino de la Iglesia.
Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos. De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense». Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán». Mientras ellas se alejaban, algunos guardias fueron a la ciudad para contar a los sumos sacerdotes todo lo que había sucedido. Estos se reunieron con los ancianos y, de común acuerdo, dieron a los soldados una gran cantidad de dinero, con esta consigna: «Digan así: «Sus discípulos vinieron durante la noche y robaron su cuerpo, mientras dormíamos». Si el asunto llega a oídos del gobernador, nosotros nos encargaremos de apaciguarlo y de evitarles a ustedes cualquier contratiempo». Ellos recibieron el dinero y cumplieron la consigna. Esta versión se ha difundido entre los judíos hasta el día de hoy.
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 2, 14.22-33
Lectura del Salmo: Sal 16(15), 1-2a.5.7-11
Oración introductoria
Cristo, de nuevo me recuerdas que no hay que tener miedo. Bien conoces mi debilidad que produce ese temor que obstaculiza mi esfuerzo por hacer el bien. Por eso te suplico que me des La Luz que busco en esta oración, esa luz de tu resurrección, que me llena de alegría y me fortalece para buscar el bien y la verdad.
Petición
Jesús Resucitado, ilumina mi fe y mi vida.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas:
¡Buenos días y feliz Pascua a todos vosotros! Os agradezco por haber venido también hoy tan numerosos, para compartir la alegría de la Pascua, misterio central de nuestra fe. Que la fuerza de la Resurrección de Cristo llegue a cada persona —especialmente a quien sufre— y a todas las situaciones más necesitadas de confianza y de esperanza.
Cristo ha vencido el mal de modo pleno y definitivo, pero nos corresponde a nosotros, a los hombres de cada época, acoger esta victoria en nuestra vida y en las realidades concretas de la historia y de la sociedad. Por ello me parece importante poner de relieve lo que hoy pedimos a Dios en la liturgia: «Señor Dios, que por medio del bautismo haces crecer a tu Iglesia, dándole siempre nuevos hijos, concede a cuantos han renacido en la fuente bautismal vivir siempre de acuerdo con la fe que profesaron» (Oración Colecta del Lunes de la Octava de Pascua).
Es verdad. Sí; el Bautismo que nos hace hijos de Dios, la Eucaristía que nos une a Cristo, tienen que llegar a ser vida, es decir, traducirse en actitudes, comportamientos, gestos, opciones. La gracia contenida en los Sacramentos pascuales es un potencial de renovación enorme para la existencia personal, para la vida de las familias, para las relaciones sociales. Pero todo esto pasa a través del corazón humano: si yo me dejo alcanzar por la gracia de Cristo resucitado, si le permito cambiarme en ese aspecto mío que no es bueno, que puede hacerme mal a mí y a los demás, permito que la victoria de Cristo se afirme en mi vida, que se ensanche su acción benéfica. ¡Este es el poder de la gracia! Sin la gracia no podemos hacer nada. ¡Sin la gracia no podemos hacer nada! Y con la gracia del Bautismo y de la Comunión eucarística puedo llegar a ser instrumento de la misericordia de Dios, de la bella misericordia de Dios.
Expresar en la vida el sacramento que hemos recibido: he aquí, queridos hermanos y hermanas, nuestro compromiso cotidiano, pero diría también nuestra alegría cotidiana. La alegría de sentirse instrumentos de la gracia de Cristo, como sarmientos de la vid que es Él mismo, animados por la savia de su Espíritu.
Recemos juntos, en el nombre del Señor muerto y resucitado, y por intercesión de María santísima, para que el Misterio pascual actúe profundamente en nosotros y en este tiempo nuestro, para que el odio deje espacio al amor, la mentira a la verdad, la venganza al perdón, la tristeza a la alegría.
Santo Padre Francisco
Regina Caeli, Lunes del Ángel, 1 de abril de 2013
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
Los evangelistas no describen el acontecimiento de la resurrección en cuanto tal. Ese acontecimiento permanece misterioso, no en el sentido de menos real, sino de oculto, más allá del alcance de nuestro conocimiento: como una luz tan deslumbrante que no se puede observar con los ojos, pues de lo contrario los cegaría. Los relatos comienzan, en cambio, desde que, al alba del día después del sábado, las mujeres se dirigieron al sepulcro y lo encontraron abierto y vacío. San Mateo habla también de un terremoto y de un ángel deslumbrante que corrió la gran piedra de la tumba y se sentó encima de ella (cf. Mt 28, 2). Tras recibir del ángel el anuncio de la resurrección, las mujeres, llenas de miedo y de alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos, y precisamente en aquel momento se encontraron con Jesús, se postraron a sus pies y lo adoraron; y él les dijo: «No temáis; id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (Mt 28, 10). En todos los Evangelios las mujeres ocupan gran espacio en los relatos de las apariciones de Jesús resucitado, como también en los de la pasión y muerte de Jesús. En aquellos tiempos, en Israel, el testimonio de las mujeres no podía tener valor oficial, jurídico, pero las mujeres vivieron una experiencia de vínculo especial con el Señor, que es fundamental para la vida concreta de la comunidad cristiana, y esto siempre, en todas las épocas, no sólo al inicio del camino de la Iglesia.
Modelo sublime y ejemplar de esta relación con Jesús, de modo especial en su Misterio pascual, es naturalmente María, la Madre del Señor. Precisamente a través de la experiencia transformadora de la Pascua de su Hijo, la Virgen María se convierte también en Madre de la Iglesia, es decir, de cada uno de los creyentes y de toda la comunidad.
Santo Padre Benedicto XVI
Regina Caeli. Lunes del Ángel, 8 de abril de 2012
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
II. La Resurrección obra de la Santísima Trinidad
648 La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en la historia. En ella, las tres Personas divinas actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre que «ha resucitado» (Hch 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su humanidad —con su cuerpo— en la Trinidad. Jesús se revela definitivamente «Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos» (Rm1, 3-4). San Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios (cf. Rm 6, 4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por la acción del Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús y la ha llamado al estado glorioso de Señor.
649 En cuanto al Hijo, él realiza su propia Resurrección en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del término) (cf. Mc 8, 31; 9, 9-31; 10, 34). Por otra parte, él afirma explícitamente: «Doy mi vida, para recobrarla de nuevo … Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo» (Jn 10, 17-18). «Creemos que Jesús murió y resucitó» (1 Ts 4, 14).
650 Los Padres contemplan la Resurrección a partir de la persona divina de Cristo que permaneció unida a su alma y a su cuerpo separados entre sí por la muerte: «Por la unidad de la naturaleza divina que permanece presente en cada una de las dos partes del hombre, las que antes estaban separadas y segregadas, éstas se unen de nuevo. Así la muerte se produce por la separación del compuesto humano, y la Resurrección por la unión de las dos partes separadas» (San Gregorio de Nisa, De tridui inter mortem et resurrectionem Domini nostri Iesu Christi spatio; cf. también DS 325; 359; 369; 539).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Que mi testimonio de vida sea un medio de evangelización.
Diálogo con Cristo
Jesús, que la celebración de tu resurrección me renueve en el amor. Que me lleve a un estilo de vida comprometido y responsable en la vivencia de mi fe. Que con perseverancia y astucia busque los medios para que seas conocido y amado por los demás, empezando por mi propia familia, que tanto necesita de mi testimonio y amor.
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Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
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