Para iniciar este tiempo de Pacua, os ofrecemos esta pequeña catequesis inicial, basada en las palabras del Papa Emérito Benedicto XVI durante la Pascua del pasado año, y elaborada por el Rvdo. D. José Martínez Colín para churchforum.org, de donde la recojemos para nuestra página.
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Para saber
En su mensaje de Pascua del Domingo de Resurrección del año 2012, el Papa Emérito Benedicto XVI nos envió el siguiente saludo: «Queridos hermanos y hermanas, Jesús, crucificado y resucitado, nos repite hoy este anuncio gozoso: «He resucitado, estoy siempre contigo ¡Aleluya!»».
Con ello nos invita a no perder la presencia de Dios en nuestras vidas, sino a procurar encontrarlo en el quehacer diario.
Anteriormente, el Papa, recordando a San Agustín, decía que este santo escribió un libro importante llamado La Ciudad de Dios. Lo escribió cuando habían invadido Roma y muchos se preguntaban por qué Dios no los había ayudado. El Santo responde que el Reino de Dios no es de este mundo. Es decir, las guerras, desastres o dolores no significan que Dios nos abandona. El mal no es introducido al mundo por Dios, sino por el hombre libre que no obra según el querer de Dios. Sin embargo, Dios no nos abandona y su Providencia sabe cuándo y cómo actuar.
A continuación, un relato nos ayudará a reflexionar al respecto.
Para pensar
Se cuenta que una vez un hombre, era perseguido por varios malhechores que querían matarlo. El hombre ingresó a una cueva la cual se subdividía, a su vez, en varias. Los malhechores empezaron a buscarlo por las cuevas anteriores de la que el se encontraba.
Al sentirse atrapado, elevó desesperado una plegaria a Dios, de la siguiente manera: «Dios todopoderoso, haz que dos ángeles bajen y tapen la entrada, para que no entren a matarme«». En ese momento escuchó a los hombres acercándose a la cueva en la que él se encontraba, y vio que apareció una arañita.
La arañita empezó a tejer una telaraña en la entrada. El hombre volvió a elevar otra plegaria, esta vez más angustiado: «Señor, te pedí ángeles, no una araña». Y continuó: «Señor, por favor, con tu mano poderosa coloca un muro fuerte en la entrada para que los hombres no puedan entrar a matarme». Abrió los ojos esperando ver el muro tapando la entrada, y observo a la arañita tejiendo la telaraña. Estaban ya los malhechores ingresando en la cueva anterior de la que se encontraba el hombre y este quedó aterrado esperando su muerte.
Cuando los malhechores estuvieron frente a la cueva que se encontraba el hombre, ya la arañita había tapado toda la entrada, entonces se escuchó que uno de ellos decía: «Vamos, entremos a esta cueva». Pero otro de ellos le contestó: «No. No ves que hasta hay telarañas. Se ve que nadie ha entrado en esta cueva por años. Sigamos buscando en las demás cuevas».
En ocasiones esperamos que la respuesta de Dios sea según nuestro pobre pensar, olvidándonos de que Dios es infinitamente más sabio y poderoso. Pensemos cómo es nuestra oración al Señor.
Para vivir
El Papa nos exhorta a sentirnos en presencia de Dios: «Que nadie cierre el corazón a la omnipotencia de este amor redentor. Jesucristo ha muerto y resucitado por todos: ¡Él es nuestra esperanza! Esperanza verdadera para cada ser humano. Hoy… Jesús resucitado nos envía también a todas partes como testigos de su esperanza y nos garantiza: Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20)».
El niño, Jacobo, dirigió se a su padre bajando la ladera pedregosa que se extendía desde Jericó en la valle, hasta Jerusalén sobre la montaña. Su padre, Ezra, quedó ciego al nacer. Desde la madrugada hasta el anochecer de cada día, se sentaba en una roca, siempre la misma roca, rogando por comida o dinero a los peregrinos en el camino. Algunos días eran escasos los peregrinos y solamente recibía pocos denarios, pero hoy había varios grupos viajando a Jerusalén para celebrar la Pascua.
Jacobo dejó a su padre y subió la ladera otra vez, al lugar donde cuidaba al rebaño de su vecino. Jacobo vivía con su padre Ezra, su madre Anna y sus hermanitos en una casucha cerca de la aldea Beth. Eran muy pobres, a veces no tenían nada más que un puñado de arroz en toda la casa.
Jacobo pasó todo el día en el campo cuidando las ovejas y los corderos recién nacidos. Era casi el anochecer cuando se dio cuenta de que faltaba un cordero. La oveja madre balaba lastimosamente y Jacobo salió en busca de la pequeña que se había extraviado de su madre. Cuando la halló ya era tarde y el sol se ponía detrás de la cuidad de Jerusalén. Bajó la ladera con saltos rápidos para regresar a casa con su padre.
Llegó al camino y corrió sobre el polvo y las piedras hacia la roca donde su padre siempre le esperaba, pero cuando llegó, ¡la roca estaba vacía! ¡Su padre no estaba ahí! Jacobo se detuvo, temblando de temor. ¿Había tratado papá de regresar sólo a casa, escalando la colina llena de rocas y espinos? Se le ocurrió algo peor: ¿Lo atacaron unos ladrones al ciego indefenso, robaron su dinero y lo tiraron a un precipicio? Entonces Jacobo levantó su mirada y vio a un hombre acercándose a él por el camino de Jerusalén. Caminaba erguido, pisando con cuidado pero también con decisión y protegiendo sus ojos como de una luz brillantísima. Parecía ser alguien digno de confianza y Jacobo se acercó para pedir su ayuda.
Entonces, cuando se juntaron, Jacobo se paró sorprendido. ¡Era su padre, Ezra!
«Jacobo», llamó Ezra, «¡Puedo ver! Estaba por el camino, escuchando a la gente que pasaba, y oí decir que venía Jesús de Nazaret, así le llamé por su nombre. ‘¿Qué quieres?’ él me preguntó. ‘Maestro, quiero ver,’ le dije. Entonces, hijo, me tocó en los ojos y lento, muy lentamente empecé a ver: primero sólo sombras, entonces personas, y arboles, y colinas — ¡todo! Seguí a la muchedumbre que caminaba para Jerusalén, deseando verlo. Lo tenía que hacer, Jacobo. Pero él se perdió entre la gente y yo tenía que regresar. Jacobo, ¿fue él el Mesías esperado? ¿El hombre que me dio la vista? ¿Fue él el Mesías esperado?». Jacobo y su padre ascendieron lentamente el camino pedregoso a su casa, preguntándose.
¡Qué alegría en la casa de Jacobo esa noche! Jacobo pasó los siguientes días mostrando a su padre las ovejas y los corderos y todas las flores en la colina. Le mostró las estrellas por la noche y le indicó las torres de Jerusalén. «Es tan bueno el Señor», dijo Ezra.
Unos días después, llegó la fiesta de la Pascua, y aunque apenas tenían con qué celebrar, sus corazones se rebosaron con gratitud a Dios.
«Quiero ir a Jerusalén en busca de Jesús», dijo Jacobo.
Su padre Ezra lo miró y dijo: «Pienso que tú debes ir, Jacobo. Debes buscar a Jesús y darle gracias por todos nosotros».
«Te vas después del sábado», dijo su madre Anna.
Muy temprano el domingo, la mañana después del sábado, Jacobo salió para Jerusalén. Ya había mucha gente en la calle de la ciudad, pero él siguió a un grupo de peregrinos y pronto llegó al atrio del templo. Se detuvo entre el tumulto de gritos, cantos y regateo. El niño se desconcertó. ¿Dónde iba a encontrar a Jesús? Entonces fue a un fariseo pasando por la multitud en dirección al santuario. Y le rogó, «Por favor, ¿dónde puedo encontrar a Jesús de Nazaret?».
El alto y orgulloso hombre miró hacia abajo. «¿Quién eres tú?», preguntó al niño.
«Soy Jacobo, hijo de Ezra, y busco Jesús de Nazaret».
El fariseo lo tomó del brazo y lo llevó a un rincón sin ruido atrás de una columna. «Jacobo», dijo, «no se debe ni mencionar ese nombre en el Templo. Aquel hombre ha sido azotado y crucificado por el gobernador romano. Y no hay más que decir».
«Pero…», replicó Jacobo, «a mi padre le dio la vista».
«Jacobo hijo de Ezra», dijo el orgulloso fariseo, «vete a casa y no cuentes eso nunca a nadie».
Lo empujó en dirección a la salida.
El niño salió del templo sollozando, y con los ojos llenos de lágrimas corrió y corrió a tropezones y sin dirección por las calles de Jerusalén, hasta que chocó con alguien. Cuando recobró el aliento, se halló en los brazos de una mujer.
«¿Qué te molesta, hijo?» ella le preguntó. Jacobo miró su cara llena de cariño y le contó todo.
Dulcemente, ella tomó su mano y le guio a su casa, donde había otras mujeres, y cuando terminó la cena que ella ofreció, dijo: «Sí, es verdad que la guardia romana llevó a nuestro Jesús, lo azotó y lo crucificó, pero sabemos que él fue el tan esperado Mesías. Hoy, cuando nuestras hermanas fueron al lugar de entierro, descubrieron que habían quitado la piedra que cubría el sepulcro. Un ángel estaba allí, y les dijo que Jesús había resucitado de entre los muertos, exactamente como él prometió. Es cierto que Jesús resucitó, y lo hemos visto y él nos habló. Jacobo, dile a tu padre que Jesús, quien le quitó su ceguera, fue el prometido Hijo de Dios».
«Si hubiera estado allí, habría luchado por Jesús», dijo Jacobo.
«Hijo, todavía puedes luchar por él, pero no con armas contra los romanos. Solo puedes luchar por él con amor, como él nos enseñó».
Al oír estas palabras, las lágrimas de Jacobo se convirtieron en alegría. Fuera de la ciudad de Jerusalén, lejos de la multitud trastornada, escandalosa y aglomerada en angostas calles; descendiendo por el camino, subiendo y bajando la colinita, Jacobo se apuró para contarles a su padre Ezra y a su madre Anna todo lo que había oído.
Este libro electrónico es una publicación de Plough Publishing House, Rifton, NY 12471 EUA (www.plough.com) y Robertsbridge, East Sussex, TN32 5DR, RU.
Queridos hermanos y hermanas, Feliz y santa Pascua.
El anuncio del ángel a las mujeres resuena en la Iglesia esparcida por todo el mundo: « Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí. Ha resucitado… Venid a ver el sitio donde lo pusieron» (Mt 28,5-6).
Esta es la culminación del Evangelio, es la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza: si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor; toda la misión de la Iglesia se quedaría sin brío, pues desde aquí ha comenzado y desde aquí reemprende siempre de nuevo. El mensaje que los cristianos llevan al mundo es este: Jesús, el Amor encarnado, murió en la cruz por nuestros pecados, pero Dios Padre lo resucitó y lo ha constituido Señor de la vida y de la muerte. En Jesús, el Amor ha vencido al odio, la misericordia al pecado, el bien al mal, la verdad a la mentira, la vida a la muerte.
Por esto decimos a todos: «Venid y veréis». En toda situación humana, marcada por la fragilidad, el pecado y la muerte, la Buena Nueva no es sólo una palabra, sino un testimonio de amor gratuito y fiel: es un salir de sí mismo para ir al encuentro del otro, estar al lado de los heridos por la vida, compartir con quien carece de lo necesario, permanecer junto al enfermo, al anciano, al excluido… «Venid y veréis»: El amor es más fuerte, el amor da vida, el amor hace florecer la esperanza en el desierto.
Con esta gozosa certeza, nos dirigimos hoy a ti, Señor resucitado.
Ayúdanos a buscarte para que todos podamos encontrarte, saber que tenemos un Padre y no nos sentimos huérfanos; que podemos amarte y adorarte.
Ayúdanos a derrotar el flagelo del hambre, agravada por los conflictos y los inmensos derroches de los que a menudo somos cómplices.
Haznos disponibles para proteger a los indefensos, especialmente a los niños, a las mujeres y a los ancianos, a veces sometidos a la explotación y al abandono.
Haz que podamos curar a los hermanos afectados por la epidemia de Ébola en Guinea Conakry, Sierra Leona y Liberia, y a aquellos que padecen tantas otras enfermedades, que también se difunden a causa de la incuria y de la extrema pobreza.
Consuela a todos los que hoy no pueden celebrar la Pascua con sus seres queridos, por haber sido injustamente arrancados de su afecto, como tantas personas, sacerdotes y laicos, secuestradas en diferentes partes del mundo.
Conforta a quienes han dejado su propia tierra para emigrar a lugares donde poder esperar en un futuro mejor, vivir su vida con dignidad y, muchas veces, profesar libremente su fe.
Te rogamos, Jesús glorioso, que cesen todas las guerras, toda hostilidad pequeña o grande, antigua o reciente.
Te pedimos por Siria: la amada Siria, que cuantos sufren las consecuencias del conflicto puedan recibir la ayuda humanitaria necesaria; que las partes en causa dejen de usar la fuerza para sembrar muerte, sobre todo entre la población inerme, y tengan la audacia de negociar la paz, tan anhelada desde hace tanto tiempo.
Jesús glorioso, te rogamos que consueles a las víctimas de la violencia fratricida en Irak y sostengas las esperanzas que suscitan la reanudación de las negociaciones entre israelíes y palestinos.
Te invocamos para que se ponga fin a los enfrentamientos en la República Centroafricana, se detengan los atroces ataques terroristas en algunas partes de Nigeria y la violencia en Sudán del Sur.
Y te pedimos por Venezuela, para que los ánimos se encaminen hacia la reconciliación y la concordia fraterna.
Que por tu resurrección, que este año celebramos junto con las iglesias que siguen el calendario juliano, te pedimos que ilumines e inspires iniciativas de paz en Ucrania, para que todas las partes implicadas, apoyadas por la Comunidad internacional, lleven a cabo todo esfuerzo para impedir la violencia y construir, con un espíritu de unidad y diálogo, el futuro del País. Que como hermanos puedan hoy cantar Хрhctос Воскрес.
Te rogamos, Señor, por todos los pueblos de la Tierra: Tú, que has vencido a la muerte, concédenos tu vida, danos tu paz. Queridos hermanos y hermanas, feliz Pascua.
Acabamos de celebrar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. El Viernes Santo se nos revela el gran amor de Dios en su Hijo, que dio su vida para la salvación de todos los hombres. Al conmemorar la muerte de Cristo se experimentó dolor y tristeza, pero al mismo tiempo que vemos al crucificado también vemos a aquél quien vencerá la muerte y resucitará. Cristo crucificado, es el siervo doliente que ha soportado el peso de todas nuestras rebeldías y que, sin embargo, lo ha hecho por amor y por nuestra salvación.
Las celebraciones que se llevaron a cabo el Viernes Santo, nos hicieron poner nuestros ojos en Jesús crucificado, la cruz significa entrega total, donación, renuncia y sacrificio, sin embargo, la cruz es fuente de salvación y vida. La muerte de Jesús no es la última palabra de Dios, pues Él devuelve la vida a aquél que murió injustamente, Dios manifiesta su gran amor en la muerte y resurrección de Jesús y así en el árbol de la cruz no se encuentra la muerte, sino la vida y salvación para todos.
Durante el Sábado Santo esperamos la resurrección, no es una espera pasiva, sino un tiempo en el que se aguarda con ansia el triunfo de Cristo sobre la muerte, esperamos impacientemente la victoria definitiva de Jesús. Así, la meditación y contemplación del sepulcro están marcadas por la esperanza. Nuestra fe no se queda estancada en la muerte y el sepulcro, sino que es dinamizada y potenciada por quien venció la muerte y será el viviente para siempre.
Ahora bien, la resurrección de Cristo es simbolizada por la luz, por el fuego nuevo, que ahuyenta las tinieblas de la muerte y resucita victorioso. La luz, elemento natural, se convierte en símbolo de vida, felicidad, alegría y esperanza. Entonces, iluminar la noche con el Cirio Pascual, es representar la victoria de Cristo sobre la muerte, y estar envueltos en la luz de Cristo que nos llena de gozo y esperanza.
El Cirio Pascual significa pues, que Cristo resucitado está presente con nosotros aquí y ahora, simboliza la victoria de la vida sobre la muerte, abriendo e iluminando nuestro caminar en el seguimiento de Cristo.
Las inscripciones del Cirio Pascual: las letras del alfabeto griego, alfa y omega, y el año son símbolos que nos hacen tener presente que Cristo está entre nosotros ahora y por toda la eternidad, así mismo, nos recuerdan que Él es el principio y fin de todas las cosas, los cinco granos que se clavan en el Cirio Pascual, simbolizan las cinco llagas de Cristo muerto y resucitado.
Jesús ya no yace en el sepulcro. Él es la luz del mundo, el vencedor de la muerte que nos ha obtenido la salvación. Y así como Cristo es luz del mundo, todos los cristianos estamos llamados también a serlo, con la luz de Cristo, disipemos la oscuridad de nuestro corazón y llenémonos de ella, pues sólo esta luz puede iluminarnos y guiarnos por el camino verdadero que nos lleva a la vida, sólo la luz de Cristo puede eliminar nuestra oscuridad interior y llevar una vida de acuerdo a nuestro ser como cristianos.
«Solo la luz de Cristo podrá ayudarnos a captar y contemplar la realidad desde la perspectiva del amor a Dios y a nuestros hermanos», unidos a Cristo seamos nosotros luz del mundo, ciudad puesta en alto (Cfr. Mt 5, 13-16) e iluminemos y disipemos con acciones y obras concretas las tinieblas de nuestro mundo.
He aquí lo que es la Pascua: el éxodo, el paso del hombre de la esclavitud del pecado, del mal, a la libertad del amor y la bondad. Porque Dios es vida, sólo vida, y su gloria somos nosotros: es el hombre vivo (cf. san Ireneo, Adv. haereses, 4,20,5-7). Queridos hermanos y hermanas, Cristo murió y resucitó una vez para siempre y por todos, pero el poder de la resurrección, este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien, debe ponerse en práctica en todos los tiempos, en los momentos concretos de nuestra vida, en nuestra vida cotidiana. Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios y del prójimo, cuando no se es consciente de ser custodio de todo lo que el Creador nos ha dado y nos da. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos (cf. Ez 37,1-14).
La Resurrección es fuente de profunda alegría. A partir de ella, los cristianos no podemos vivir más con caras tristes.
Importancia de la fiesta
El Domingo de Resurrección o de Pascua es la fiesta más importante para todos los católicos, ya que con la Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra religión. Cristo triunfó sobre la muerte y con esto nos abrió las puertas del Cielo. En la Misa dominical recordamos de una manera especial esta gran alegría. Se enciende el Cirio Pascual que representa la luz de Cristo resucitado y que permanecerá prendido hasta el día de la Ascensión, cuando Jesús sube al Cielo.
La Resurrección de Jesús es un hecho histórico, cuyas pruebas entre otras, son el sepulcro vacío y las numerosas apariciones de Jesucristo a sus apóstoles. Cuando celebramos la Resurrección de Cristo, estamos celebrando también nuestra propia liberación. Celebramos la derrota del pecado y de la muerte. En la resurrección encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos puede preocupar?
Cualquier sufrimiento adquiere sentido con la Resurrección, pues podemos estar seguros de que, después de una corta vida en la tierra, si hemos sido fieles, llegaremos a una vida nueva y eterna, en la que gozaremos de Dios para siempre. San Pablo nos dice: «Si Cristo no hubiera resucitado, vana seria nuestra fe» (I Corintios 15,14). Si Jesús no hubiera resucitado, sus palabras hubieran quedado en el aire, sus promesas hubieran quedado sin cumplirse y dudaríamos que fuera realmente Dios. Pero, como Jesús sí resucitó, entonces sabemos que venció a la muerte y al pecado; sabemos que Jesús es Dios, sabemos que nosotros resucitaremos también, sabemos que ganó para nosotros la vida eterna y de esta manera, toda nuestra vida adquiere sentido.
La Resurrección es fuente de profunda alegría. A partir de ella, los cristianos no podemos vivir más con caras tristes. Debemos tener cara de resucitados, demostrar al mundo nuestra alegría porque Jesús ha vencido a la muerte. La Resurrección es una luz para los hombres y cada cristiano debe irradiar esa misma luz a todos los hombres haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico. Debemos estar verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo.
Con el Domingo de Resurrección comienza un Tiempo pascual, en el que recordamos el tiempo que Jesús permaneció con los apóstoles antes de subir a los cielos, durante la fiesta de la Ascensión.
¿Cómo se celebra el Domingo de Pascua?
Se celebra con una Misa solemne en la cual se enciende el cirio pascual, que simboliza a Cristo resucitado, luz de todas las gentes. En algunos lugares, muy de mañana, se lleva a cabo una procesión que se llama «del encuentro». En ésta, un grupo de personas llevan la imagen de la Virgen y se encuentran con otro grupo de personas que llevan la imagen de Jesús resucitado, como símbolo de la alegría de ver vivo al Señor.
En algunos países, se acostumbra celebrar la alegría de la Resurrección escondiendo dulces en los jardines para que los niños pequeños los encuentren, con base en la leyenda del «conejo de pascua».
La costumbre más extendida alrededor del mundo, para celebrar la Pascua, es la regalar huevos de dulce o chocolate a los niños y a los amigos.
A veces, ambas tradiciones se combinan y así, el buscar los huevitos escondidos simboliza la búsqueda de todo cristiano de Cristo resucitado.
[…] Hemos llegado ya al corazón de la Semana Santa, culmen del camino cuaresmal. Mañana entraremos en el Triduo Pascual, los tres días santos en los que la Iglesia conmemora el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. El Hijo de Dios, al hacerse hombre por obediencia al Padre, llegando a ser en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (cf. Hb 4, 15), aceptó cumplir hasta el fondo su voluntad, afrontar por amor a nosotros la pasión y la cruz, para hacernos partícipes de su resurrección, a fin de que en él y por él podamos vivir para siempre en la consolación y en la paz. Os exhorto, por tanto, a acoger este misterio de salvación, a participar intensamente en el Triduo pascual, fulcro de todo el año litúrgico y momento de gracia especial para todo cristiano; os invito a buscar en estos días el recogimiento y la oración, a fin de beber más profundamente en este manantial de gracia. Al respecto, con vistas a las festividades inminentes, todo cristiano está invitado a celebrar el sacramento de la Reconciliación, momento de especial adhesión a la muerte y resurrección de Cristo, para poder participar con mayor fruto en la santa Pascua.
El Jueves Santo es el día en que se conmemora la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial. Por la mañana, cada comunidad diocesana, congregada en la iglesia catedral en torno a su obispo, celebra la Misa Crismal, en la que se bendicen el santo Crisma, el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos. Desde el Triduo Pascual y durante todo el año litúrgico, estos óleos se usarán para los sacramentos del Bautismo, la Confirmación, las Ordenaciones sacerdotal y episcopal, y la Unción de los enfermos; así se evidencia que la salvación, transmitida por los signos sacramentales, brota precisamente del Misterio pascual de Cristo. En efecto, hemos sido redimidos con su muerte y resurrección y, mediante los sacramentos, bebemos en esa misma fuente salvífica. Durante la Misa Crismal, mañana, tiene lugar también la renovación de las promesas sacerdotales. En todo el mundo, cada sacerdote renueva los compromisos que asumió el día de su Ordenación, para consagrarse totalmente a Cristo en el ejercicio del sagrado ministerio al servicio de los hermanos. Acompañemos a nuestros sacerdotes con nuestra oración.
El Jueves Santo, por la tarde, comienza efectivamente el Triduo Pascual, con la memoria de la Última Cena, en la que Jesús instituyó el Memorial de su Pascua, cumpliendo así el rito pascual judío. De acuerdo con la tradición, cada familia judía, reunida en torno a la mesa en la fiesta de Pascua, come el cordero asado, conmemorando la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto; así, en el Cenáculo, consciente de su muerte inminente, Jesús, verdadero Cordero pascual, se ofrece a sí mismo por nuestra salvación (cf. 1 Co 5, 7). Al pronunciar la bendición sobre el pan y sobre el vino, anticipa el sacrificio de la cruz y manifiesta la intención de perpetuar su presencia en medio de los discípulos: bajo las especies del pan y del vino, se hace realmente presente con su cuerpo entregado y con su sangre derramada. Durante la Última Cena los Apóstoles son constituidos ministros de este sacramento de salvación; Jesús les lava los pies (cf. Jn 13, 1-25), invitándolos a amarse los unos a los otros como él los ha amado, dando la vida por ellos. Repitiendo este gesto en la liturgia, también nosotros estamos llamados a testimoniar efectivamente el amor de nuestro Redentor.
El Jueves Santo, por último, se concluye con la adoración eucarística, recordando la agonía del Señor en el huerto de Getsemaní. Al salir del Cenáculo, Jesús se retiró a orar, solo, en presencia del Padre. Los Evangelios narran que, en ese momento de comunión profunda, Jesús experimentó una gran angustia, un sufrimiento tal que le hizo sudar sangre (cf. Mt 26, 38). Consciente de su muerte inminente en la cruz, siente una gran angustia y la cercanía de la muerte. En esta situación aparece también un elemento de gran importancia para toda la Iglesia. Jesús dice a los suyos: permaneced aquí y velad. Y esta invitación a la vigilancia atañe precisamente a este momento de angustia, de amenaza, en la que llegará el traidor, pero también concierne a toda la historia de la Iglesia. Es un mensaje permanente para todos los tiempos, porque la somnolencia de los discípulos no sólo era el problema de ese momento, sino que es el problema de toda la historia. La cuestión es en qué consiste esta somnolencia, en qué consistiría la vigilancia a la que el Señor nos invita. Yo diría que la somnolencia de los discípulos a lo largo de la historia consiste en cierta insensibilidad del alma ante el poder del mal, una insensibilidad ante todo el mal del mundo. Nosotros no queremos dejarnos turbar demasiado por estas cosas, queremos olvidarlas; pensamos que tal vez no sea tan grave, y olvidamos. Y no es sólo insensibilidad ante el mal, mientras deberíamos velar para hacer el bien, para luchar por la fuerza del bien. Es insensibilidad ante Dios: esta es nuestra verdadera somnolencia; esta insensibilidad ante la presencia de Dios que nos hace insensibles también ante el mal. No sentimos a Dios —nos molestaría— y así naturalmente no sentimos tampoco la fuerza del mal y permanecemos en el camino de nuestra comodidad. La adoración nocturna del Jueves Santo, el estar velando con el Señor, debería ser precisamente el momento para hacernos reflexionar sobre la somnolencia de los discípulos, de los defensores de Jesús, de los apóstoles, de nosotros, que no vemos, no queremos ver toda la fuerza del mal, y que no queremos entrar en su pasión por el bien, por la presencia de Dios en el mundo, por el amor al prójimo y a Dios.
Luego, el Señor comienza a orar. Los tres apóstoles —Pedro, Santiago y Juan— duermen, pero alguna vez se despiertan y escuchan el estribillo de esta oración del Señor: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». ¿Qué es mi voluntad? ¿Qué es tu voluntad, de la que habla el Señor? Mi voluntad es «que no debería morir», que se le evite ese cáliz del sufrimiento; es la voluntad humana, de la naturaleza humana, y Cristo siente, con toda la conciencia de su ser, la vida, el abismo de la muerte, el terror de la nada, esta amenaza del sufrimiento. Y siente el abismo del mal más que nosotros, que tenemos esta aversión natural contra la muerte, este miedo natural a la muerte. Además de la muerte, siente también todo el sufrimiento de la humanidad. Siente que todo esto es el cáliz que debe beber, que debe obligarse a beber, aceptar el mal del mundo, todo lo que es terrible, la aversión contra Dios, todo el pecado. Y podemos entender que Jesús, con su alma humana, sienta terror ante esta realidad, que percibe en toda su crueldad: mi voluntad sería no beber el cáliz, pero mi voluntad está subordinada a tu voluntad, a la voluntad de Dios, a la voluntad del Padre, que es también la verdadera voluntad del Hijo. Así Jesús, en esta oración, transforma la aversión natural, la aversión contra el cáliz, contra su misión de morir por nosotros; transforma esta voluntad natural suya en voluntad de Dios, en un «sí» a la voluntad de Dios. El hombre de por sí siente la tentación de oponerse a la voluntad de Dios, de tener la intención de seguir su propia voluntad, de sentirse libre sólo si es autónomo; opone su propia autonomía a la heteronomía de seguir la voluntad de Dios. Este es todo el drama de la humanidad. Pero, en realidad, esta autonomía está equivocada y este entrar en la voluntad de Dios no es oponerse a sí mismo, no es una esclavitud que violenta mi voluntad, sino que es entrar en la verdad y en el amor, en el bien. Y Jesús tira de nuestra voluntad, que se opone a la voluntad de Dios, que busca autonomía; tira de nuestra voluntad hacia lo alto, hacia la voluntad de Dios. Este es el drama de nuestra redención, que Jesús eleva hacia lo alto nuestra voluntad, toda nuestra aversión contra la voluntad de Dios, y nuestra aversión contra la muerte y el pecado, y la une a la voluntad del Padre: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». En esta transformación del «no» en un «sí», en esta inserción de la voluntad de la criatura en la voluntad del Padre, él transforma la humanidad y nos redime. Y nos invita a entrar en este movimiento suyo: salir de nuestro «no» y entrar en el «sí» del Hijo. Mi voluntad está allí, pero es decisiva la voluntad del Padre, porque esta es la verdad y el amor.
Hay otro elemento de esta oración que me parece importante. Los tres testimonios han conservado —como se puede constatar en la Sagrada Escritura— la palabra hebrea o aramea con la que el Señor habló al Padre; lo llamó: «Abbá», padre. Pero esta fórmula, «Abbá», es una forma familiar del término padre, una forma que sólo se usa en familia, que nunca se había usado refiriéndose a Dios. Aquí vemos la intimidad de Jesús, que habla en familia, habla verdaderamente como Hijo con el Padre. Vemos el misterio trinitario: el Hijo que habla con el Padre y redime a la humanidad.
Otra observación. La carta a los Hebreos nos ha dado una profunda interpretación de esta oración del Señor, de este drama de Getsemaní. Dice: estas lágrimas de Jesús, esta oración, estos gritos de Jesús, esta angustia, todo esto no es simplemente una concesión a la debilidad de la carne, como se podría decir. Precisamente así realiza la función del Sumo Sacerdote, porque el Sumo Sacerdote debe llevar al ser humano, con todos sus problemas y sufrimientos, a la altura de Dios. Y la carta a los Hebreos dice: con todos estos gritos, lágrimas, sufrimientos, oraciones, el Señor ha llevado nuestra realidad a Dios (cf. Hb 5, 7 ss). Y usa la palabra griega prospherein, que es el término técnico para indicar lo que debe hacer el Sumo Sacerdote: ofrecer, alzar sus manos.
Precisamente en este drama de Getsemaní, donde parece que ya no está presente la fuerza de Dios, Jesús realiza la función del Sumo Sacerdote. Y dice además que en este acto de obediencia, es decir, de conformación de la voluntad natural humana a la voluntad de Dios, se perfecciona como sacerdote. Y usa de nuevo la palabra técnica para ordenar sacerdote. Precisamente así se convierte realmente en el Sumo Sacerdote de la humanidad y así abre el cielo y la puerta a la resurrección.
Si reflexionamos sobre este drama de Getsemaní, podemos ver también el gran contraste entre Jesús con su angustia, con su sufrimiento, y el gran filósofo Sócrates, que permanece tranquilo y no se turba ante la muerte. Y esto parece lo ideal. Podemos admirar a este filósofo, pero la misión de Jesús era otra. Su misión no era esa total indiferencia y libertad; su misión era llevar en sí todo nuestro sufrimiento, todo el drama humano. Y por eso precisamente esta humillación de Getsemaní es esencial para la misión del hombre-Dios. Él lleva en sí nuestro sufrimiento, nuestra pobreza, y la transforma según la voluntad de Dios. Y así abre las puertas del cielo, abre el cielo: esta tienda del Santísimo, que hasta ahora el hombre ha cerrado contra Dios, queda abierta por este sufrimiento y obediencia de Jesús. Estas son algunas observaciones para el Jueves Santo, para nuestra celebración de la noche del Jueves Santo.
El Viernes Santo conmemoraremos la pasión y la muerte del Señor; adoraremos a Cristo crucificado; participaremos en sus sufrimientos con la penitencia y el ayuno. «Mirando al que traspasaron» (cf. Jn 19, 37), podremos acudir a su corazón desgarrado, del que brota sangre y agua, como a una fuente; de ese corazón, de donde mana el amor de Dios para cada hombre, recibimos su Espíritu. Acompañemos, por tanto, también nosotros a Jesús que sube al Calvario; dejémonos guiar por él hasta la cruz; recibamos la ofrenda de su cuerpo inmolado.
Por último, en la noche del Sábado Santo celebraremos la solemne Vigilia Pascual, en la que se nos anuncia la resurrección de Cristo, su victoria definitiva sobre la muerte, que nos invita a ser en él hombres nuevos. Al participar en esta santa Vigilia, en la noche central de todo el año litúrgico, conmemoraremos nuestro Bautismo, en el que también nosotros hemos sido sepultados con Cristo, para poder resucitar con él y participar en el banquete del cielo (cf. Ap 19, 7-9).
Queridos amigos, hemos tratado de comprender el estado de ánimo con que Jesús vivió el momento de la prueba extrema, para descubrir lo que orientaba su obrar. El criterio que guió cada opción de Jesús durante toda su vida fue su firme voluntad de amar al Padre, de ser uno con el Padre y de serle fiel; esta decisión de corresponder a su amor lo impulsó a abrazar, en toda circunstancia, el proyecto del Padre, a hacer suyo el designio de amor que le encomendó para recapitular en él todas las cosas, para reconducir a él todas las cosas. Al revivir el Triduo santo, dispongámos a acoger también nosotros en nuestra vida la voluntad de Dios, conscientes de que en la voluntad de Dios, aunque parezca dura, en contraste con nuestras intenciones, se encuentra nuestro verdadero bien, el camino de la vida. Que la Virgen Madre nos guíe en este itinerario, y nos obtenga de su Hijo divino la gracia de poder entregar nuestra vida por amor a Jesús, al servicio de nuestros hermanos. Gracias.
El «lavatorio de pies» es uno de los principales gestos simbólicos del Jueves Santo. Os ofrecemos estas maravillosas dinámicas realizadas por el magnífico equipo del portal web Educar con Jesús y esperamos que los niños se diviertan aprendiendo este grandisimo gesto de amor de Nuestro Señor Jesucristo.
Podéis acceder a las láminas en tamaño real pulsando sobre los títulos de cada imagen y sobre las propias imágenes.
El «lavatorio de pies» es uno de los principales gestos simbólicos del Jueves Santo; por este motivo os ofrecemos las siguientes láminas para que los niños de la familia se diviertan coloreando y aprendiendo este grandisimo gesto de amor de Nuestro Señor Jesucristo.
Podéis acceder a las láminas en tamaño real pulsando sobre los títulos de cada imagen y sobre las propias imágenes.
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Dibujos para colorear el «lavatorio de pies» de Jueves Santo
Con la celebración de este domingo se inicia la Semana Santa. En la celebración de hoy invitaremos a participar en el Triduo Sacro, aunque se esté fuera del lugar habitual de vivienda, pero al mismo tiempo seremos conscientes de que, para algunos niños y adultos, ésta va a ser la única celebración de Semana Santa y Pascua, dado que el lugar de vacaciones, muchas veces, no favorece la participación en las celebraciones.
En la celebración de hoy distinguiremos con claridad dos partes: la conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén –tono festivo, color rojo, mejor en lugar fuera del templo, con algo o mucho de procesión– y la conmemoración de la Pasión del Señor.
Se cuida, de manera especial, la lectura dialogada del evangelio. Ensayar a unos buenos lectores.
Un signo para la celebración: La cruz procesional adornada con ramos de laurel u olivo. El laurel, palmas o ramas de olivo darán la nota ambiental a la celebración. También se puede destacar algún cartel, que se puede llevar en la procesión, con la expresión: ¡Hosanna!
Una canción para la celebración: «Hosanna, hey» (Cristificación del universo). «Alabaré a mi Señor». Se pueden usar para el momento de la procesión, aclamación con los ramos.
1. Ambientación
Han salido fuera de la Iglesia, o en el lugar acostumbrado, el sacerdote y un grupo de monaguillos. Un monaguillo, u otra persona, lleva la cruz procesional, adornada con ramos de olivo. Otro monaguillo lleva el recipiente con el agua bendita. Estando todos reunidos, y hecho el silencio necesario, un monitor lee la monición.
2. Monición de acogida
Amigos: Con alegría nos hemos reunido en este domingo de Ramos para aclamar a Jesús, como un día fue aclamado en Jerusalén. Después leeremos, por primera vez en esta semana, el relato de su pasión y muerte en la cruz. Os animo a todos a que vivamos estos gestos como algo nuestro, algo que tiene que ver con nosotros. Amigos, con esta celebración iniciamos la Semana Santa. No te quedes fuera de nuestro grupo, anímate y celebra estas fiestas de Pascua.
3. Saludo del sacerdote y bendición de los ramos
El sacerdote saluda cordialmente y, después de decir la oración propuesta en el misal, rocía los ramos con agua bendita. A continuación lee el evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén. Todos tienen los ramos en alto.
4. Evangelio
(Mateo 21, 1-11)
Lectura del santo evangelio según san Mateo:
Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente y encontraréis en seguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!». Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada: «¿Quién es éste?» La gente que venía con él decía: «Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea».
Palabra del Señor
5. Monición
Con la muchedumbre que aclamaba a Jesús en Jerusalén, acompañamos también nosotros con alegría al Señor.
6. Cantos
Se inicia una procesión festiva. Abre la procesión la cruz. Se entonan cantos.
Hosanna, hey
Hosanna-hey, hosanna-ha,
Hosanna-hey, hosanna-hey.
Hosanna-ha. (bis)
Él es el santo,
es el hijo de María,
es el Dios de Israel,
es el hijo de David.
Vamos a Él
con espigas de mil trigos,
y con mil ramos de olivos,
siempre alegres, siempre en paz.
Tambien puede cantarse:
Alabaré a mi Señor
Alabare alabare alabare alabare
alabare a mi señor
Alabare alabare alabare alabare
alabare a mi señor
Juan vio el numero de los redimientos
y todos alababan al señor
unos cantaban otros oraban
y todos alababan al senor
Alabare alabare alabare alabare
alabare a mi señor
Alabare alabare alabare alabare
alabare a mi señor
todos unidosalegres cantamos
gloria y alabansasa al señor
gloria el padre
gloria al hijo
gloria al espiriru dfe amor
Alabare alabare alabare alabare
alabare a mi señor
Alabare alabare alabare alabare
alabare a mi señor
7. Primera lectura
(Filipenses 2, 6-11).
Al llegar al altar, después de haber dicho la oración colecta, cambia el tono de la celebración. Toma protagonismo la lectura de la Pasión. Ésta primera lectura prepara el ambiente.
Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los Filipenses:
Hermanos: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de un esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo ensalzó sobre todo, y todos debemos aclamar: «Jesucristo es el Señor».
Palabra de Dios.
8. Canto.
«Oh, Dios, ¿por qué nos has abandonado? (Cantalapiedra). Se canta o se recita.
Oh, Dios, ¿por qué
nos has abandonado? (bis)
Al vernos nos maltratan,
gritan a nuestro lado,
si esperaron en Dios,
que Él los ponga a salvo.
9. Lectura de la Pasión del Señor
(Mateo 26, 14-27, 66)
Lo más apropiado es tomar el texto del Leccionario y, habiéndolo ensayado, leerlo en el modo dialogado. Se puede abreviar siguiendo las indicaciones de los paréntesis. Se podría hacer un momento de silencio destacado cuando se lee la expresión: «Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu». En ese momento puede sonar una música ambiental, que invite a la reflexión, por ejemplo un motivo musical de la banda sonora de «La Misión». También se puede acompañar la lectura de la Pasión con la proyección de algunos dibujos o imágenes de la película «La Pasión» o «Jesús de Nazaret», en los momentos más destacados del relato).
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo
C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. -«¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?» C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
C. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: S. -«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?» C. Él contestó + -«Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: «El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.»» C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: + -«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.» C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: S. -«¿Soy yo acaso, Señor?» C. Él respondió: + -«El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido. » C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: S. -«¿Soy yo acaso, Maestro?» C. Él respondió: + -«Tú lo has dicho.»
C. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: + -«Tornad, comed: esto es mi cuerpo.» C.. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo: + -«Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. » C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.
C. Entonces Jesús les dijo: + -«Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: «Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.» Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.» C. Pedro replicó: S. -«Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.» C. Jesús le dijo: + -«Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. » C . Pedro le replicó: S. -«Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. » C . Y lo mismo decían los demás discípulos.
C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
+ -«Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.» C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo: + -«Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.» C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo: + -«Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.» C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: + -«¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil. » C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: + -«Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.» C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo: + -«Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña: S. -«Al que yo bese, ése es; detenedlo.» C. Después se acercó a Jesús y le dijo: S. -«¡Salve, Maestro!» C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó: + -«Amigo, ¿a qué vienes?» C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: + -«Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.» C. Entonces dijo Jesús a la gente: + -«¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.» C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
C. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron: S. -«Éste ha dicho: «Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días.»» C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: S. -«¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?» C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: S. -«Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.» C. Jesús le respondió: + -«Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.» C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: S. -«Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?» C. Y ellos contestaron: S. -«Es reo de muerte.» C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo: S. -«Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo: S. -«También tú andabas con Jesús el Galileo.» C. Él lo negó delante de todos, diciendo: S. -«No sé qué quieres decir.» C. Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí: S. -«Éste andaba con Jesús el Nazareno.» C. Otra vez negó él con juramento: S. -«No conozco a ese hombre.» C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: S. -«Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.» C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo: S. -«No conozco a ese hombre.» C. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente.
C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
C. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:
S. -«He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.» C. Pero ellos dijeron: S. -«¿A nosotros qué? ¡Allá tú!» C. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron: S. -«No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.» C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.»
C. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó: S. -«¿Eres tú el rey de los judíos?» C. Jesús respondió: + -«Tú lo dices.» C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: S. -«¿No oyes cuántos cargos presentan contra fi?» C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato: S. -«¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías? » C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: S. -«No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.» C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: S. -«¿A cuál de los dos queréis que os suelte?» C. Ellos dijeron: S. -«A Barrabás. » C . Pilato les preguntó: S. -«¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» C. Contestaron todos: S. -«Que lo crucifiquen.» C. Pilato insistió: S. -«Pues, ¿qué mal ha hecho?» C. Pero ellos gritaban más fuerte: S. -«¡Que lo crucifiquen!» C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo: S. -«Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!» C. Y el pueblo entero contestó: S. -«¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
C. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo: S. -«¡Salve, rey de los judíos!» C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
C. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza: S. -«Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.» C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo: S. -«A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?» C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
C. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó: + -«Elí, Elí, lamá sabaktaní.» C. (Es decir: + -«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron: S. -«A Elías llama éste.» C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían: S. -«Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.» C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: S. -«Realmente éste era Hijo de Dios.» C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.
C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: S. -«Realmente éste era Hijo de Dios.» C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.
C. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro.
C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron: S. -«Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: «A los tres días resucitaré.» Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: «Ha resucitado de entre los muertos.» La última impostura sería peor que la primera.» C. Pilato contestó: S. -«Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis. » C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.
Palabra de Dios
10. Comentario
Tiene que ser muy breve.
La celebración ya ofrece suficientes motivos de catequesis.
Animar a no asistir a todo esto como «espectador», sino como alguien que hace suyo estos mensajes y vivencias de la Semana Santa y Pascua. Para ello hemos hecho el camino de la Cuaresma.
11. Oración de los fieles. Peticiones
Para que esta Semana Santa nos llegue al corazón y demos ejemplo de ser seguidores de Jesús. Roguemos al Señor.
Para que toda la Iglesia demos testimonio de nuestra fe en estos días tan importantes para los cristianos. Roguemos al Señor.
Por los niños y niñas, y por los adultos que recibirán el bautismo en estos días. Roguemos al Señor.
Para que esta Semana Santa y las fiestas de Pascua nos ayuden a ser mejores personas en nuestra vida de cada día. Roguemos al Señor.
Por los niños y niñas que no conocen nada de lo que celebramos los cristianos, para que nuestro ejemplo les ayude a conocer a Jesús. Roguemos al Señor.
12. Acción de gracias
Canto: La sal y la luz (Brotes de Olivo).
También se puede hacer silencio y dar gracias.
La sal y la luz
El que me sigue en la vida
sal de la tierra será,
mas si la sal se adultera,
los hombres la pisarán.
Que sea mi vida la sal.
Que sea mi vida la luz.
Sal que sala, luz que brilla.
Sal y fuego es Jesús.
Sois como la luz del mundo,
que a la ciudad alumbra,
ésta se pone en la cima
donde el monte se encumbra.
Que brille así vuestra luz
ante los hombres del mundo,
que palpen las buenas obras
de lo externo a lo profundo.
13. Para la vida
La despedida debe animar a vivir la Semana Santa en clave cristiana, y comunicar a la Asamblea de las celebraciones, oficios y demás actos de la semana.