Segunda Catequesis de Benedicto XVI sobre san Juan el Evangelista

Segunda Catequesis de Benedicto XVI sobre san Juan el Evangelista

Antes de las vacaciones comencé a esbozar pequeños retratos de los doce Apóstoles. Los Apóstoles eran compañeros de camino de Jesús, amigos de Jesús, y su camino con Jesús no era sólo un camino exterior, desde Galilea hasta Jerusalén, sino un camino interior, en el que aprendieron la fe en Jesucristo, no sin dificultad, pues eran hombres como nosotros. Pero precisamente por eso, porque eran compañeros de camino de Jesús, amigos de Jesús que en un camino no fácil aprendieron la fe, son también para nosotros guías que nos ayudan a conocer a Jesucristo, a amarlo y a tener fe en él.

Ya he hablado de cuatro de los doce Apóstoles: de Simón Pedro, de su hermano Andrés, de Santiago, el hermano de Juan, y del otro Santiago, llamado «el Menor», el cual escribió una carta que forma parte del Nuevo Testamento. Y comencé a hablar de san Juan evangelista, exponiendo en la última catequesis antes de las vacaciones los datos esenciales que trazan las fisonomía de este Apóstol. Ahora quisiera centrar la atención en el contenido de su enseñanza. Los escritos de los que quiero hablar hoy son el Evangelio y las cartas que llevan su nombre.

Un tema característico de los escritos de san Juan es el amor. Por esta razón decidí comenzar mi primera carta encíclica con las palabras de este Apóstol: «Dios es amor (Deus caritas est) y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Es muy difícil encontrar textos semejantes en otras religiones. Por tanto, esas expresiones nos sitúan ante un dato realmente peculiar del cristianismo.

Ciertamente, Juan no es el único autor de los orígenes cristianos que habla del amor. Dado que el amor es un elemento esencial del cristianismo, todos los escritores del Nuevo Testamento hablan de él, aunque con diversos matices. Pero, si ahora nos detenemos a reflexionar sobre este tema en san Juan, es porque trazó con insistencia y de manera incisiva sus líneas principales. Así pues, reflexionaremos sobre sus palabras.

Desde luego, una cosa es segura: san Juan no hace un tratado abstracto, filosófico, o incluso teológico, sobre lo que es el amor. No, él no es un teórico. En efecto, el verdadero amor, por su naturaleza, nunca es puramente especulativo, sino que hace referencia directa, concreta y verificable, a personas reales. Pues bien, san Juan, como Apóstol y amigo de Jesús, nos muestra cuáles son los componentes, o mejor, las fases del amor cristiano, un movimiento caracterizado por tres momentos.

El primero atañe a la Fuente misma del amor, que el Apóstol sitúa en Dios, llegando a afirmar, como hemos escuchado, que «Dios es amor» (1 Jn 4, 8. 16). Juan es el único autor del Nuevo Testamento que nos da una especie de definición de Dios. Dice, por ejemplo, que «Dios es Espíritu» (Jn 4, 24) o que «Dios es luz» (1 Jn 1, 5). Aquí proclama con profunda intuición que «Dios es amor». Conviene notar que no afirma simplemente que «Dios ama» y mucho menos que «el amor es Dios». En otras palabras, Juan no se limita a describir la actividad divina, sino que va hasta sus raíces.

Además, no quiere atribuir una cualidad divina a un amor genérico y quizá impersonal; no sube desde el amor hasta Dios, sino que va directamente a Dios, para definir su naturaleza con la dimensión infinita del amor. De esta forma san Juan quiere decir que el elemento esencial constitutivo de Dios es el amor y, por tanto, que toda la actividad de Dios nace del amor y está marcada por el amor: todo lo que hace Dios, lo hace por amor y con amor, aunque no siempre podamos entender inmediatamente que eso es amor, el verdadero amor.

Ahora bien, al llegar a este punto, es indispensable dar un paso más y precisar que Dios ha demostrado concretamente su amor al entrar en la historia humana mediante la persona de Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros. Este es el segundo momento constitutivo del amor de Dios. No se limitó a declaraciones orales, sino que —podemos decir— se comprometió de verdad y «pagó» personalmente. Como escribe precisamente san Juan, «tanto amó Dios al mundo, —a todos nosotros— que dio a su Hijo único» (Jn 3, 16). Así, el amor de Dios a los hombres se hace concreto y se manifiesta en el amor de Jesús mismo.

San Juan escribe también: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). En virtud de este amor oblativo y total, nosotros hemos sido radicalmente rescatados del pecado, como escribe asimismo san Juan: «Hijos míos, (…) si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1 Jn 2, 1-2; cf. 1 Jn 1, 7).

El amor de Jesús por nosotros ha llegado hasta el derramamiento de su sangre por nuestra salvación. El cristiano, al contemplar este «exceso» de amor, no puede por menos de preguntarse cuál ha de ser su respuesta. Y creo que cada uno de nosotros debe preguntárselo siempre de nuevo.

Esta pregunta nos introduce en el tercer momento de la dinámica del amor: al ser destinatarios de un amor que nos precede y supera, estamos llamados al compromiso de una respuesta activa, que para ser adecuada ha de ser una respuesta de amor. San Juan habla de un «mandamiento». En efecto, refiere estas palabras de Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34).

¿Dónde está la novedad a la que se refiere Jesús? Radica en el hecho de que él no se contenta con repetir lo que ya había exigido el Antiguo Testamento y que leemos también en los otros Evangelios: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19, 18; cf. Mt 22, 37-39; Mc 12, 29-31; Lc 10, 27). En el mandamiento antiguo el criterio normativo estaba tomado del hombre («como a ti mismo»), mientras que, en el mandamiento referido por san Juan, Jesús presenta como motivo y norma de nuestro amor su misma persona: «Como yo os he amado».

Así el amor resulta de verdad cristiano, llevando en sí la novedad del cristianismo, tanto en el sentido de que debe dirigirse a todos sin distinciones, como especialmente en el sentido de que debe llegar hasta sus últimas consecuencias, pues no tiene otra medida que el no tener medida.

Las palabras de Jesús «como yo os he amado» nos invitan y a la vez nos inquietan; son una meta cristológica que puede parecer inalcanzable, pero al mismo tiempo son un estímulo que no nos permite contentarnos con lo que ya hemos realizado. No nos permite contentarnos con lo que somos, sino que nos impulsa a seguir caminando hacia esa meta.

Ese áureo texto de espiritualidad que es el librito de la tardía Edad Media titulado La imitación de Cristo escribe al respecto: «El amor noble de Jesús nos anima a hacer grandes cosas, y mueve a desear siempre lo más perfecto. El amor quiere estar en lo más alto, y no ser detenido por ninguna cosa baja. El amor quiere ser libre, y ajeno de toda afición mundana (…), porque el amor nació de Dios, y no puede aquietarse con todo lo criado, sino con el mismo Dios. El que ama, vuela, corre y se alegra, es libre y no embarazado. Todo lo da por todo; y todo lo tiene en todo; porque descansa en un Sumo Bien sobre todas las cosas, del cual mana y procede todo bien» (libro III, cap. 5).

¿Qué mejor comentario del «mandamiento nuevo», del que habla san Juan? Pidamos al Padre que lo vivamos, aunque sea siempre de modo imperfecto, tan intensamente que contagiemos a las personas con quienes nos encontramos en nuestro camino.

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Juan, el teólogo

Catequesis de Benedicto XVI sobre san Juan el Evangelista

Audiencia General

Miércoles 9 de agosto de 2006

Felicita la Navidad con Fano

Felicita la Navidad con Fano

Crear una tarjeta digital navideña con los más pequeños es una bonita y sencilla manera de pasar un rato agradable con los hijos y sorprender a papá o mamá enviándosela por correo electrónico. Para ello os presentamos una manera muy fácil de crear una tarjeta navideña mediante una simple técnica de composición gráfica que los más pequeños aprenderán rápida e intuitivamente.


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Tarjetas navideñas con ilustraciones de Fano

Tarjeta 1 Tarjeta 2
Felicita la Navidad con Fano: tarjeta 1. Felicita la Navidad con Fano: tarjeta 2.
Tarjeta 3 Tarjeta 4
Felicita la Navidad con Fano: tarjeta 3. Felicita la Navidad con Fano: tarjeta 4.

Cómo crear una sencilla felicitación navideña 

  1. Descargar la imagen de vuestra elección (pulsando sobre la imagen o sobre el título obtendréis la imagen en tamaño real para seguidamente «Guardarla como»).
  2. Abrir el programa de Windows: Paint.
  3. Abrir la imagen desde Paint.
  4. Seleccionar el comanto «Texto» y las propiedades de vuestra elección.
  5. Escribir el texto de vuestra elección.
  6. Colocar y ajustar el texto en la imagen.
  7. Y ya está… simplemente enviar la imagen por correo desde Paint (comando «Enviar en correo electrónico». 

Un ejemplo podría ser el siguiente:

Felicita la Navidad con Fano

Por último, recordad que los derechos de las ilustraciones pertenecen al gran Fano, por lo que os rogamos que déis a las imágenes un uso privado y en ningún caso comercial.

Éxito del DVD «El Credo: La Fe de la Iglesia».  Se prepara ya una segunda edición.

Éxito del DVD «El Credo: La Fe de la Iglesia». Se prepara ya una segunda edición.

Madrid, 10 de diciembre 2012.

Hoy ha salido al público el esperado vídeo ‘El Credo: La Fe de la Iglesia’, que expresa en imágenes originales el mensaje del Año de la Fe convocado por el Papa. Los pedidos iniciales de este DVD han desbordado las previsiones, obligando a la productora Goya Producciones a preparar de inmediato una segunda edición.

El DVD, que contiene 15 novedosos vídeos de cinco minutos explicando cada uno un artículo del Credo, ha suscitado comentarios diversos en el mundo católico.

Para el arzobispo de Santiago de Compostela, Julián Barrio, este vídeo «ayudará sin duda a revitalizar la fe, confesarla, celebrarla y testimoniarla, dando razón de ella a través de la caridad que se fundamenta en la esperanza».

El arzobispo de Valencia, Carlos Osoro, opina que este DVD, elaborado como aportación al Año de la Fe, «es una herramienta que puede ser utilizada tanto en el trabajo pastoral como en el ámbito educativo».

Por su parte, el arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol, considera que los vídeos que integran El Credo: la Fe de la Iglesia «pueden ser muy útiles para la catequesis de adultos y también de jóvenes».

El Credo – La Fe de la Iglesia – Trailer


La fuerte demanda de este DVD, tanto de España como de América Latina se explica, según el director de Goya Producciones, Andrés Garrigó, «porque venía siendo indispensable disponer de un buen audiovisual para explicar qué propone la Iglesia como verdades eternas».

Los 15 vídeos de cinco minutos del DVD ‘El Credo: La Fe de la Iglesia’ empiezan con una rápida encuesta a pie de calle, y responden enseguida con imágenes a los interrogantes que se plantean sobre Dios, el hombre y la eternidad. El punto de partida es el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. Un folleto dentro del DVD explica cómo presentarlo a grupos de personas.

El DVD «El Credo: La Fe de la Iglesia» esta ya a la venta en librerías y también se puede adquirir en la web www.encristiano.com.


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Más información en:

www.goyaproducciones.com

Josemaría Muñoz / Daniel Martínez

91 548 3875

Colorea el Portal de Belén

Colorea el Portal de Belén

Con motivo de la proximidad de la Navidad, os presentamos las siguientes láminas para colorear el Portal de Belén.

Podéis obtener las imágenes en tamaño real pulsando directamente sobre cada imagen o sobre el título de la imagen.


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Portales de Belén para colorear

Portal de Belén 1

Portal de Belén 2

Portal de Belén 1 Portal de Belén 2

Portal de Belén 3

Portal de Belén 4

Portal de Belén 3 Portal de Belén 4

Fuente original: Dibujos para imprimir y colorear

La Biblia más infantil: Reyes, el rey Salomón

La Biblia más infantil: Reyes, el rey Salomón

Absalón y la encina

David tuvo dos hijos, Absalón y Salomón. Absalón no era bueno, y se peleó con su padre porque quería ser el rey. Perdió y, cuando salía huyendo de la ciudad a caballo, se le enredó el pelo en un árbol, pues lo tenía muy largo, y le cogieron prisionero.



«Que no me pelee con nadie»

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El rey SalomónEl rey Salomón

Cuando David murió, Salomón fue el nuevo rey. Dios, como estaba muy contento con él porque era bueno, le dijo: «Pídeme lo que quieras». Salomón contestó: «Quiero saber mandar bien a tu pueblo». A Dios le gustó que Salomón no fuera egoísta y no pidiera cosas para él. Entonces, además de hacerle sabio, le dio riquezas y le hizo muy poderoso.


«Ayúdame a no ser egoísta»

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El Arca de la AlianzaEl Arca de la Alianza

Salomón hizo el reino muy grande. Construyó el templo de Jerusalén y puso allí el Arca de la Alianza y rezaba ante ella. Y Dios estaba contento porque era obediente. Además, como era muy sabio, hacía justicia muy bien.




«Quiero rezar muy bien y tenerte siempre contento»

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El juicio de SalomónEl juicio de Salomón

Había dos mujeres que vivían juntas y tenían cada una un niño recién nacido. Uno se murió, y su madre le quitó el niño a la otra. Empezaron a discutir, porque las dos decían que el niño era suyo. Las llevaron delante de Salomón, que dijo: «Traed la espada, partid al niño por la mitad y dadle un trozo a cada mujer». Una de ellas dijo enseguida: «¡No! ¡Que no maten a mi hijo! Que se lo den a la otra». Entonces Salomón supo que ésta era la verdadera madre e hizo que le entregaran al niño. Cuando la gente se enteró de lo sucedido, daban gracias a Dios por haberles dado un rey tan sabio.

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De La Biblia más infantil, Casals, 1999. Páginas 55 a 58

Coordinador: Pedro de la Herrán

Texto: Miguel Álvarez y Sagrario Fernández Díaz

Dibujos: José Ramón Sánchez y Javier Jerez


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En el corazón de una madre

En el corazón de una madre

Hay un pajarito que en medio de los rigores del invierno, cuando las demás aves han emigrado por temor de la nieve y de los hielos, se queda único señor del bosque, y por esta razón se le llama el pajarito del frío.

Cuenta una tradición que en una ocasión en que el sol estaba escondido detrás de unas nubes grises, y una niebla fría envolvía como una gasa sutil árboles y casas, salió a pasear por el bosque el Genio del Frío para gozarse en su obra: cuando hirió sus oídos el alegre canto del pajarillo.

— ¿Dónde pasaste la noche?, le preguntó.

—Entré en una cuadra. Y ¡qué calentito se estaba allí!

—Donde entras tú, también podré entrar yo, gruñó el Frío, al siguiente día se encontró en el bosque al reyezuelo, destrenzando arpegios y trinos como si tal cosa.

—¡Demonio de bicho!, pensó para su capote el Frío. Dime bribón: ¿No te has muerto todavía?

El pajarillo, reyezuelo del bosque, siguió lanzando al aire sus primorosos gorjeos.

—¿Qué cantas?, preguntó de mal talante el Frío. ¿Dónde has pasado la noche que tan cantarín estás?

—Me acurruqué en un huequecito que había en el techo de un lavadero en que las lavanderas habían hecho hervir la lejía.

—Bueno, bueno. Ya llegaré yo también hasta allí, volvió a gruñir el Frío mientras se alejaba.

¡Cómo heló aquella noche! Hasta el agua cliente de la lejía se enfrió y llegó a helarse.

A la mañana siguiente el pajarillo cantaba nuevamente. El Frío, asombrado, vencido, le volvió a preguntar airado:

—Pero, ¿no has muerto?

—¿Morir? ¿Por qué?

—¿Pues dónde pasaste la noche?

—Estuve junto al corazón de una madre, que tenía estrechamente abrazado a su chiquitín, para defenderlo del frío. Te aseguro que lugar más caliente no lo hubiera podido encontrar.

El Frío exclamó con visible mal humor: ¡Este es un sitio a donde yo jamás podré llegar!

Y tenía razón, porque el frío de la indiferencia o del olvido podrá llegar a muchos corazones, pero jamás al corazón de una madre.


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Noticias Cristianas: «Historias para amar al prójimo n.º 6»

en Historias para amar, pp. 87.

Catequesis sobre san Andrés, apóstol

Catequesis sobre san Andrés, apóstol

Queridos hermanos y hermanas:

En las últimas dos catequesis hemos hablado de la figura de san Pedro. Ahora, en la medida en que nos permiten las fuentes, queremos conocer un poco más de cerca también a los otros once apóstoles. Por tanto, hoy hablamos del hermano de Simón Pedro, san Andrés, quien también era uno de los doce.

Lo primero que impresiona en Andrés es el nombre: no es hebreo, como uno se esperaría, sino griego, signo indicativo de una cierta apertura cultural de su familia.

Nos encontramos en Galilea, donde el idioma y la cultura griega están bastante presentes. En las listas de los doce, Andrés se encuentra en segundo lugar, en Mateo (10,1-4) y en Lucas (6,13-16), o en el cuarto lugar, en Marcos (3,13-18) y en los Hechos de los Apóstoles (1,13-14). En todo caso, sin duda tenía un gran prestigio dentro de las primeras comunidades cristianas.

El lazo de sangre entre Pedro y Andrés, así como la llamada común que les dirigió Jesús, son mencionados expresamente en los Evangelios. Puede leerse: «Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Seguidme, y yo os haré pescadores de hombres»» (Mateo 4,18-19; Marcos 1,16-17). Por el cuarto Evangelio sabemos otro detalle importante: en un primer momento, Andrés era discípulo de Juan Bautista; y esto nos muestra que era un hombre que buscaba, que compartía la esperanza de Israel, que quería conocer más de cerca la palabra del Señor, la presencia del Señor. Era verdaderamente un hombre de fe y de esperanza; y un día escuchó que Juan Bautista proclamaba a Jesús como «el cordero de Dios» (Juan 1, 36); entonces, se movió, y junto a otro discípulo, cuyo nombre no es mencionado, siguió a Jesús, quien que era llamado por Juan «cordero de Dios». El evangelista refiere: «vieron donde vivía y se quedaron con él» (Juan 1, 37-39). Andrés, por tanto, disfrutó de momentos de intimidad con Jesús. La narración continúa con una observación significativa: «Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo», y le condujo hacia Jesús (Juan 1,40-43), demostrando inmediatamente un espíritu apostólico fuera de lo común. Andrés, por tanto, fue el primer apóstol que recibió la llamada y siguió a Jesús. Por este motivo la liturgia de la Iglesia bizantina le honra con el apelativo de «Protóklitos», que significa el «primer llamado». Por la relación fraterna entre Pedro y Andrés, la Iglesia de Roma y la Iglesia de Constantinopla se sienten de manera especial como Iglesias hermanas entre sí. Para subrayar esta relación, mi predecesor, el Papa Pablo VI, en 1964, restituyó la insigne reliquia de san Andrés, hasta entonces custodiada en la Basílica vaticana, al obispo metropolita ortodoxo de la ciudad de Patrás, en Grecia, donde según la tradición, el apóstol fue crucificado.

Las tradiciones evangélicas mencionan particularmente el nombre de Andrés en otras tres ocasiones, permitiéndonos conocer algo más de este hombre. La primera es la de la multiplicación de los panes en Galilea. En aquella ocasión, Andrés indicó a Jesús la presencia de un muchacho que tenía cinco panes de cebada y dos peces: muy poco –constató– para toda la gente que se había congregado en aquel lugar (Cf. Juan 6, 8-9). Vale la pena subrayar el realismo de Andrés: había visto al muchacho, es decir, ya le había planteado la pregunta: «Pero, ¿qué es esto para toda esta gente?» (ibídem) y se dio cuenta de la falta de recursos. Jesús, sin embargo, supo hacer que fueran suficientes para la multitud de personas que habían ido a escucharle.

La segunda ocasión fue en Jerusalén. Saliendo de la ciudad, un discípulo le mostró el espectáculo de los poderosos muros que sostenían el Templo. La respuesta del Maestro fue sorprendente: dijo que de esos muros no quedaría piedra sobre piedra. Entonces Andrés, junto a Pedro, Santiago y Juan, le preguntó: «Dinos cuándo sucederá esto y cuál será la señal de que ya están por cumplirse todas estas cosas» (Marcos 13,1-4). Como respuesta a esta pregunta, Jesús pronunció un importante discurso sobre la destrucción de Jerusalén y sobre el final del mundo, invitando a sus discípulos a leer con atención los signos del templo y a mantener siempre una actitud vigilante. De este episodio podemos deducir que no tenemos que tener miedo de plantear preguntas a Jesús, pero al mismo tiempo, tenemos que estar dispuestos a acoger las enseñanzas incluso sorprendentes y difíciles que Él nos ofrece.

En los Evangelios se registra, por último, una tercera iniciativa de Andrés. El escenario sigue siendo Jerusalén, poco antes de la Pasión. Con motivo de la fiesta de la Pascua, narra Juan, habían venido a la ciudad santa algunos griegos, quizá prosélitos o temerosos de Dios, para adorar al Dios de Israel en la fiesta de Pascua.

Andrés y Felipe, los dos apóstoles con nombres griegos, hacen de intérpretes y mediadores de este pequeño grupo de griegos ante Jesús. La respuesta del Señor a su pregunta parece enigmática, como sucede con frecuencia en el Evangelio de Juan, pero precisamente de este modo se revela llena de significado. Jesús dice a sus discípulos y, por su mediación, al mundo griego: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trino no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto» (Juan 12, 23-24). ¿Qué significan estas palabras en este contexto? Jesús quiere decir: sí, mi encuentro con los griegos tendrá lugar, pero el mío no será un coloquio sencillo y breve con algunas personas, llevadas sobre todo por la curiosidad. Con mi muerte, comparable a la caída en la tierra de un grano de trigo, llegará la hora de mi glorificación. De mi muerte en la cruz surgirá la gran fecundidad: el «grano de trigo muerto» –símbolo de mi crucifixión– se convertirá, en la resurrección, en pan de vida para el mundo: será luz para los pueblos y las culturas. Sí, el encuentro con el alma griega, con el mundo griego, tendrá lugar en esa profundidad a la que hace referencia el grano de trigo que atrae hacia sí las fuerzas de la tierra y del cielo y se convierte en pan. En otras palabras, Jesús profetiza la Iglesia de los griegos, la Iglesia de los paganos, la Iglesia del mundo como fruto de su Pascua.

Tradiciones muy antiguas consideran que Andrés, quien transmitió a los griegos estas palabras, no sólo es el intérprete de algunos griegos en el encuentro con Cristo que acabamos de recordar, sino que es considerado como el apóstol de los griegos en los años que siguieron a Pentecostés; nos dicen que en el resto de su vida fue el anunciador y el intérprete de Jesús para el mundo griego. Pedro, su hermano, llegó a Roma desde Jerusalén, pasando por Antioquía, para ejercer su misión universal; Andrés, por el contrario, fue el apóstol del mundo griego: de este modo, tanto en la vida como en la muerte, se presentan como auténticos hermanos, una fraternidad que se expresa simbólicamente en la relación especial de las sedes de Roma y de Constantinopla, Iglesias verdaderamente hermanas.

Una tradición sucesiva, como decía, narra la muerte de Andrés en Patras, donde también él sufrió el suplicio de la crucifixión. Ahora bien, en aquel momento supremo, como su hermano Pedro, pidió ser colocado en una cruz diferente a la de Jesús. En su caso, se trató de una cruz en forma de equis, es decir, con los dos maderos cruzados diagonalmente, que por este motivo es llamada «cruz de san Andrés». Esto es lo que habría dicho en aquella ocasión, según una antigua narración (inicios del siglo VI), titulada «Pasión de Andrés»:

«Salve, oh Cruz, inaugurada por medio del cuerpo de Cristo, que te has convertido en adorno de sus miembros, como si fueran perlas preciosas. Antes de que el Señor subiera sobre ti, provocabas un temor terreno. Sin embargo, ahora, dotada de un amor celeste, te has convertido en un don. Los creyentes saben cuánta alegría posees, cuántos regalos deparas. Confiado, por tanto, y lleno de alegría, vengo para que tú también me recibas exultante como discípulo de quien fue colgado de ti… Cruz bienaventurada, que recibiste la majestad y la belleza de los miembros del Señor…, tómame y llévame lejos de los hombres y entrégame a mi Maestro para que a través de ti me reciba quien por medio de ti me ha redimido. ¡Salve, oh Cruz, sí, verdaderamente, salve!».

Como podemos ver, nos encontramos ante una espiritualidad cristiana sumamente profunda, que ve en la Cruz, más que un instrumento de tortura, el medio incomparable de una asimilación plena con el Redentor, con el Grano de trigo caído en la tierra. Tenemos que aprender una lección muy importante: nuestras cruces alcanzan valor si son consideradas y acogidas como parte de la cruz de Cristo, si son tocadas por el reflejo de su luz.

Sólo por esa Cruz también nuestros sufrimientos quedan ennoblecidos y alcanzan su verdadero sentido.

Que el apóstol Andrés nos enseñe a seguir a Jesús con prontitud (Cf. Mateo 4, 20; Marcos 1, 18), a hablar con entusiasmo de Él a todos aquellos con los que nos encontramos, y sobre todo a cultivar con Él una relación de auténtica familiaridad, conscientes de que sólo en Él podemos encontrar el sentido último de nuestra vida y de nuestra muerte.

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SS. Benedicto XVI

Audiencia General

Ciudad del Vaticano, Miércoles 14 de junio de 2006