Evangelio del día: En Jesucristo nuestra alma busca descanso
Evangelio del día
Mateo 11, 25-30 · Decimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario
Tenemos un Dios enamorado de nosotros, que nos acaricia tiernamente y nos enseña a ser pequeños, porque el amor está más en dar que en recibir y más en las obras que en las palabras.
Evangelio
En esa oportunidad, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
Porque mi yugo es suave y mi carga liviana».

Lecturas
- Primera lectura: Libro de Zacarías, Zac 9, 9-10.
- Salmo: Sal 145(144), 1-2.8-11.13cd-14.
- Segunda lectura: Carta de san Pablo a los Romanos, Rom 8, 9.11-13.
Oración preparatoria
Señor Dios, que por medio de la humildad y la sencillez de la fe encontramos nuestra verdadera paz.
Petición
Señor, ayúdame a poner a un lado todas mis distracciones, todo aquello que me separe de Ti.
Meditación del Santo Padre Francisco
Tenemos un Dios «enamorado de nosotros», que nos acaricia tiernamente y nos canta la canción de cuna así como lo hace un papá con su niño. No sólo: Él, primeramente, nos busca, nos espera y nos enseña a ser pequeños, porque «el amor está más en dar que en recibir» y está «más en las obras que en las palabras».
La meditación del Papa se inspiró en la oración colecta recitada durante la liturgia, en la que hemos agradecido al Señor porque nos da la gracia, la alegría de celebrar en el corazón de su Hijo las grandes obras de su amor.
«Amor» es la palabra clave escogida por el obispo de Roma para expresar el significado profundo de la solemnidad del Sagrado Corazón. Hoy es la fiesta del amor de Dios, de Jesucristo: es el amor de Dios por nosotros y amor de Dios en nosotros. Una fiesta que celebramos con alegría.
Dos son los rasgos del amor según el Pontífice. El primero: el amor está más en dar que en recibir. El segundo: el amor está más en las obras que en las palabras.
Cuando decimos que está más en dar que en recibir, es porque el amor siempre se contagia y es recibido por el amado. Y cuando decimos que está más en las obras que en las palabras, es porque el amor siempre da vida, hace crecer.
El Pontífice delineó las características fundamentales del amor de Dios a los hombres. Volvió a proponer algunos pasajes de las lecturas de la liturgia del día, que dos veces nos hablan de los pequeños.
Para entender el amor de Dios es necesaria esta pequeñez de corazón. Jesús lo dice claramente: si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos. El camino justo es hacerse niños, hacerse pequeños, porque solamente en esa pequeñez se puede recibir el amor de Dios.
No es casual que sea el mismo Señor quien, cuando explica su relación de amor, busca hablar como si hablase con un niño. Dios recuerda al pueblo: «yo te he enseñado a caminar como un papá hace con su niño». Se trata precisamente de esa relación de papá a hijo.
El Señor, enamorado de nosotros, usa incluso palabras que parecen una canción de cuna. Nos acaricia diciéndonos: «Estoy contigo, yo te tomo de la mano».
Esta es la ternura del Señor en su amor. En cambio, si nosotros nos sentimos fuertes, jamás tendremos la experiencia de las caricias tan bellas del Señor.
Las palabras del Señor nos hacen entender ese misterioso amor que Él tiene por nosotros. Es Jesús mismo quien nos indica cómo hacer: cuando habla de sí, dice ser manso y humilde de corazón.
Otra verdad que la fiesta del Sagrado Corazón nos recuerda es que Dios nos ha amado primero. Él está siempre antes de nosotros, Él nos espera. Cuando nosotros llegamos, Él está; cuando lo buscamos, Él nos buscó primero.
Estos rasgos pueden ayudarnos a entender el misterio del amor de Dios con nosotros: para expresarse necesita nuestra pequeñez, nuestro abajamiento, y necesita también nuestro asombro cuando lo buscamos y lo encontramos allí esperándonos.
El Papa Francisco concluyó invitando a rezar al Señor para que dé a cada cristiano la gracia de entender, sentir y entrar en este mundo tan misterioso del amor de Dios, que nos da alegría y nos lleva por el camino de la vida como un niño llevado de la mano.
Santo Padre Francisco: La canción de cuna de Dios
Meditación del viernes, 27 de junio de 2014.
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy en el Evangelio el Señor Jesús nos repite unas palabras que conocemos muy bien, pero que siempre nos conmueven: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Cuando Jesús recorría los caminos de Galilea anunciando el reino de Dios y curando a muchos enfermos, sentía compasión de las muchedumbres, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor. Esa mirada de Jesús parece extenderse hasta hoy, hasta nuestro mundo.
También hoy se posa sobre tanta gente oprimida por condiciones de vida difíciles y desprovista de válidos puntos de referencia para encontrar un sentido y una meta a la existencia. La mirada de Cristo se posa sobre toda esta gente, más aún, sobre cada uno de estos hijos del Padre que está en los cielos, y repite: «Venid a mí todos…».
Jesús promete que dará a todos «descanso», pero pone una condición: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». ¿En qué consiste este yugo, que en lugar de pesar aligera y en lugar de aplastar alivia?
El yugo de Cristo es la ley del amor, es su mandamiento, que ha dejado a sus discípulos. El verdadero remedio para las heridas de la humanidad es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor de Dios.
Por esto es necesario abandonar el camino de la arrogancia, de la violencia utilizada para ganar posiciones de poder cada vez mayor, para asegurarse el éxito a toda costa.
Que la Virgen nos ayude a aprender de Jesús la humildad verdadera, a tomar con decisión su yugo ligero, para experimentar la paz interior y ser, a nuestra vez, capaces de consolar a otros hermanos y hermanas que recorren con fatiga el camino de la vida.
Santo Padre Benedicto XVI: Ángelus del domingo, 3 de julio de 2011.
Catecismo de la Iglesia Católica
III. Dios, «El que es», es verdad y amor
214. Dios, «El que es», se reveló a Israel como el que es «rico en amor y fidelidad». Estos dos términos expresan las riquezas del Nombre divino. En todas sus obras, Dios muestra su benevolencia, su bondad, su gracia, su amor; pero también su fiabilidad, su constancia, su fidelidad y su verdad. Él es la Verdad, porque «Dios es Luz»; Él es Amor, como enseña el apóstol Juan.
215. Dios es la Verdad misma; sus palabras no pueden engañar. Por ello el hombre se puede entregar con toda confianza a la verdad y a la fidelidad de la palabra de Dios en todas las cosas.
216. La verdad de Dios es su sabiduría, que rige todo el orden de la creación y del gobierno del mundo. Dios, único Creador del cielo y de la tierra, es el único que puede dar el conocimiento verdadero de todas las cosas creadas en su relación con Él.
217. Dios es también verdadero cuando se revela: la enseñanza que viene de Dios es «una Ley de verdad». Cuando envíe su Hijo al mundo, será para «dar testimonio de la Verdad».
218. A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito. Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo y de perdonarle su infidelidad y sus pecados.
219. El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo. Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos. Dios ama a su pueblo más que un esposo a su amada; este amor vencerá incluso las peores infidelidades y llegará hasta el don más precioso: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único».
220. El amor de Dios es eterno. «Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti».
221. San Juan irá todavía más lejos al afirmar: «Dios es Amor». El ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo: Él mismo es una eterna comunicación de amor —Padre, Hijo y Espíritu Santo— y nos ha destinado a participar en Él.
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Ante el agobio y cansancio del trabajo o de los problemas diré: Jesús, en ti confío.
Diálogo con Cristo
Señor Jesús, enséñame a someterme siempre a la voluntad del Padre, para encontrar el descanso que me ofreces. Es paradójico cómo busco evitar todo lo que implique pobreza, soledad o fatiga, cuando vividos contigo y por amor a Ti son medios excelentes para crecer en el amor.
Ayúdame a ser manso y humilde de corazón.