Una catequesis para descubrir la gloria de Cristo, fortalecer la fe y aprender a seguir al Señor en la vida cotidiana.
La Transfiguración revela por un instante la gloria divina de Jesucristo y fortalece la fe de los discípulos antes del camino hacia la Cruz.
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Presentación
La Transfiguración del Señor es uno de los momentos más luminosos del Evangelio. En la cima de un monte, Jesucristo permite que tres de sus discípulos contemplen durante unos instantes el resplandor de su divinidad. Aquella experiencia no fue un espectáculo extraordinario reservado a unos pocos, sino un regalo de Dios para fortalecer su fe antes del escándalo de la Cruz y enseñarles que el camino del discípulo siempre conduce a la gloria de la Resurrección.
Esta catequesis invita a recorrer ese mismo camino espiritual. A través de la Palabra de Dios, la enseñanza de la Iglesia, la contemplación de las imágenes, las actividades y la oración, niños, jóvenes y adultos descubrirán que también hoy el Señor sigue llamándonos a subir con Él al monte de la oración para escuchar su voz, renovar nuestra esperanza y regresar a la vida cotidiana con una fe más firme, una caridad más generosa y una alegría que ilumine a quienes nos rodean.
Idea principal
La Transfiguración revela que Jesucristo es el Hijo amado del Padre y fortalece la fe de quienes están llamados a seguirlo hasta la Cruz y la Resurrección.
Aplicación catequética y familiar
Cada familia cristiana está llamada a buscar momentos de silencio, oración y escucha del Evangelio para descubrir la presencia de Cristo y llevar su luz a la vida diaria.
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Cómo utilizar esta catequesis
Modalidad de uso
Duración
Material necesario
Recomendaciones
Familia
45–60 min
Biblia, esta catequesis y un lugar tranquilo para la oración.
Leer juntos, dialogar con calma y finalizar con la oración en familia.
Catequesis parroquial
60–75 min
Biblia, proyección de imágenes y material para la actividad.
Combinar la explicación con el diálogo y el trabajo en grupo.
Uso personal
30–45 min
Biblia y cuaderno para anotaciones.
Realizar la Lectio divina y concluir con un compromiso concreto.
Centro educativo
50–60 min
Biblia y recursos audiovisuales.
Favorecer la participación y relacionar el Evangelio con la vida cotidiana.
Puede utilizarse para…
Catequesis familiar, grupos parroquiales, clases de Religión, formación de adultos, preparación litúrgica de la fiesta del 6 de agosto y oración personal.
No está pensado para…
Sustituir la lectura del Evangelio, la participación en la Eucaristía o la formación sistemática del Catecismo, sino para ayudar a comprender y vivir con mayor profundidad el misterio de la Transfiguración.
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Objetivos
Descubrir el significado de la Transfiguración dentro de la vida pública de Jesucristo.
Reconocer en Jesús al Hijo amado del Padre.
Fortalecer la fe para afrontar las dificultades de la vida cristiana.
Aprender a escuchar la Palabra de Dios.
Animar a la oración y a la vida sacramental.
Transformar la contemplación de Cristo en compromiso cotidiano.
Carismas que desarrolla
Escucha de la Palabra.
Contemplación.
Esperanza cristiana.
Confianza en Dios.
Vida de oración.
Testimonio del Evangelio.
Destinatarios
Esta catequesis está dirigida principalmente a familias cristianas, catequistas, parroquias, profesores de Religión, movimientos apostólicos y a cualquier persona que desee profundizar en el misterio de la Transfiguración del Señor desde la Sagrada Escritura, la enseñanza de la Iglesia y la oración.
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Índice
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Parte I. Comprender la Transfiguración del Señor
1. ¿Qué celebra la Iglesia el 6 de agosto?
Cada 6 de agosto, la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor, el momento en que Jesucristo manifestó ante Pedro, Santiago y Juan el resplandor de su gloria. Su rostro brilló como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Moisés y Elías aparecieron conversando con Él, mientras una nube luminosa envolvía a los discípulos y la voz del Padre revelaba quién era Jesús: su Hijo amado, a quien todos deben escuchar.1
La Transfiguración no aparta a Cristo del camino que conduce a Jerusalén, sino que descubre su sentido. Antes de que los discípulos contemplen el dolor de la Pasión, reciben un anticipo de la Resurrección. La Iglesia celebra así la gloria divina escondida en la humanidad de Jesús y recuerda que la Cruz no es el final, sino el paso hacia la vida plena. También nosotros necesitamos esta luz para permanecer fieles cuando la fe atraviesa la dificultad, el cansancio o la incertidumbre.2
Idea principal
La Transfiguración manifiesta la gloria de Jesucristo y fortalece la fe de sus discípulos antes de la Pasión.
Orientación catequética y familiar
La familia puede celebrar esta fiesta contemplando a Cristo con admiración y recordando, especialmente en los momentos difíciles, que su luz permanece presente aunque no siempre resulte visible.
En la Transfiguración, Jesús no se convierte en alguien distinto ni recibe una gloria que antes no poseía. Durante unos instantes, permite que sus discípulos contemplen la divinidad que permanece velada bajo su humanidad. El mismo Maestro que camina con ellos, se cansa, siente hambre y comparte la vida cotidiana es el Hijo eterno del Padre. La luz no llega desde fuera para adornarlo: brota de su propia persona y revela quién es verdaderamente.3
Este misterio ayuda a comprender que en Cristo se encuentran sin separación la verdadera humanidad y la verdadera divinidad. Los discípulos ven el rostro conocido de Jesús iluminado por una gloria que supera cuanto podían imaginar. También nosotros estamos llamados a reconocer la presencia divina de Cristo en lo cotidiano: en su Palabra, en la Eucaristía, en la oración y en las personas que necesitan nuestro amor. La fe aprende a descubrir lo extraordinario de Dios dentro de la sencillez de cada día.4
Idea principal
Jesucristo manifiesta en la Transfiguración la gloria divina que posee desde siempre como Hijo eterno del Padre.
Orientación catequética y familiar
La familia puede aprender a contemplar a Cristo en las realidades sencillas de cada día y a reconocer su presencia en la oración, los sacramentos, el perdón y el servicio mutuo.
En la Biblia, el monte es el lugar del encuentro con Dios. En la cima del Sinaí, Moisés recibió la Ley; el profeta Elías descubrió la presencia del Señor en la brisa suave; y ahora Jesús conduce a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto para revelarles el misterio de su persona. La subida simboliza el camino interior del creyente: dejar por un momento el ruido, las preocupaciones y las prisas para abrir el corazón a la escucha de Dios.5
Sin embargo, el Evangelio enseña que nadie permanece siempre en la montaña. Después de contemplar la gloria de Cristo, los discípulos descienden con Él para continuar el camino hacia Jerusalén. La oración transforma la vida, pero no nos aleja del mundo; al contrario, nos prepara para vivir con mayor fe, esperanza y caridad allí donde Dios nos ha puesto. Quien escucha al Señor en el silencio aprende después a reconocer su voz en medio de la vida cotidiana.6
Idea principal
El monte representa el encuentro con Dios, la escucha de su Palabra y la preparación del corazón para la misión.
Orientación catequética y familiar
Reservar cada día un momento para la oración en familia ayuda a escuchar mejor al Señor y a afrontar con serenidad las responsabilidades, las dificultades y las alegrías de la vida.
En el momento culminante de la Transfiguración, una nube luminosa envuelve a Jesús y a los discípulos. Desde ella se escucha la voz del Padre, que confirma solemnemente la identidad de Cristo: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo». Estas palabras reúnen toda la historia de la salvación y muestran que Jesús es la revelación definitiva de Dios. Ya no basta con admirar sus milagros o recordar sus enseñanzas: el discípulo está llamado a escuchar su voz, acoger su Palabra y dejar que transforme toda su vida.7
La orden del Padre conserva hoy toda su fuerza. En medio de tantas voces que reclaman nuestra atención, el cristiano aprende a distinguir la de Jesucristo y a reconocer en ella el camino seguro hacia la felicidad. Escuchar al Señor significa confiar en Él, obedecer su Evangelio y dejar que ilumine nuestras decisiones, incluso cuando el camino resulte exigente. La verdadera fe comienza cuando la Palabra de Cristo deja de ser una simple enseñanza para convertirse en criterio de vida.8
Idea principal
El Padre revela a Jesucristo como su Hijo amado e invita a todos los hombres a escuchar su Palabra.
Orientación catequética y familiar
Escuchar juntos el Evangelio, comentarlo con sencillez y procurar vivirlo cada día convierte el hogar en una verdadera escuela de discípulos de Jesús.
La experiencia de la Transfiguración no termina en la cima del monte. Después de contemplar la gloria del Señor, Jesús conduce nuevamente a sus discípulos por el camino que lleva a Jerusalén. Allí les esperan la Pasión, la Cruz y, finalmente, la Resurrección. La gloria contemplada fortalece la fe para afrontar la prueba; no evita el sufrimiento, sino que ayuda a comprender que el amor de Dios es más fuerte que el dolor y que toda fidelidad encuentra su plenitud en la vida eterna.9
También nosotros estamos llamados a bajar del monte llevando en el corazón la luz de Cristo. La oración, la Eucaristía y la escucha del Evangelio no nos apartan de nuestras responsabilidades, sino que nos preparan para vivirlas con esperanza. El discípulo que ha contemplado al Señor vuelve al mundo para servir, sembrando paz, alegría y confianza allí donde Dios lo ha enviado. Esa es la verdadera misión que nace de toda experiencia auténtica de encuentro con Cristo.10
Idea principal
La contemplación de la gloria de Cristo impulsa al cristiano a vivir con esperanza y a servir a los demás en la vida cotidiana.
Orientación catequética y familiar
La mejor manera de prolongar la Transfiguración en la vida diaria es llevar al hogar, al trabajo, a la escuela y a la parroquia la luz recibida en la oración, convirtiendo cada gesto de amor en un reflejo de Cristo.
Jesús llama a tres de sus discípulos para compartir con ellos un momento decisivo de su misión.
Todo comienza con una invitación. Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y los conduce hacia un monte alto, lejos del ruido y de las ocupaciones habituales. No les explica lo que van a vivir ni les adelanta lo que sucederá en la cima. Simplemente les pide que lo acompañen. Como tantas veces ocurre en el Evangelio, el Señor no revela primero todas las respuestas; antes invita a caminar con Él. La fe empieza aceptando esa llamada confiada que abre el corazón a la acción de Dios.
También hoy Cristo continúa invitando a cada persona a subir con Él. Esa subida comienza cuando dedicamos un tiempo a la oración, participamos en la Eucaristía, escuchamos el Evangelio o buscamos sinceramente la voluntad del Padre. Ningún discípulo puede contemplar la gloria de Cristo permaneciendo inmóvil. El encuentro con el Señor exige ponerse en camino y dejar que Él marque el ritmo de nuestra vida. Solo quien acepta seguirlo descubrirá la luz que transforma el corazón.
Idea principal
Toda experiencia profunda de Dios comienza respondiendo con confianza a la llamada de Jesucristo.
Aplicación catequética
Ayudar a descubrir que seguir a Jesús supone reservar un tiempo para Él, escuchar su Palabra y confiar en que siempre conduce a un bien mayor, aunque todavía no comprendamos el camino.
Pregunta para dialogar
¿Qué cosas podrían ayudarnos esta semana a «subir con Jesús» y dedicar un momento de verdadero encuentro con Él?
Mientras los cuatro continúan ascendiendo, el paisaje se vuelve cada vez más silencioso. Los discípulos todavía no lo saben, pero dentro de unos instantes contemplarán algo que cambiará para siempre su manera de mirar a Jesús.
2. Dejamos atrás el ruido para encontrarnos con Dios
El camino hacia Dios comienza dejando atrás el ruido para abrir el corazón al silencio y a la oración.
A medida que ascienden, el bullicio del valle va desapareciendo. Solo se escuchan el viento, los pasos sobre el sendero y la respiración de quienes caminan. Jesús prepara a sus discípulos sin pronunciar apenas una palabra. El silencio se convierte en un verdadero maestro, porque ayuda a descubrir aquello que tantas veces queda oculto entre las preocupaciones y las prisas. Dios no suele imponerse con estruendo; espera pacientemente a que el corazón encuentre un espacio donde pueda escuchar su voz.
También nuestras familias necesitan subir de vez en cuando a ese monte interior. No siempre será un lugar físico; muchas veces bastará con apagar el teléfono, cerrar la televisión, dejar a un lado las prisas y dedicar unos minutos a la oración compartida. Quien aprende a hacer silencio descubre que Dios nunca deja de hablar. En ese encuentro sencillo nace una paz que después acompaña el trabajo, el estudio, las dificultades y las alegrías de cada jornada.
Idea principal
El silencio prepara el corazón para reconocer la presencia de Dios y acoger su Palabra.
Aplicación catequética
Crear pequeños momentos de silencio en la vida familiar ayuda a descubrir que la oración no consiste solo en hablar con Dios, sino también en aprender a escucharlo.
Pregunta para dialogar
¿Qué ruidos o distracciones nos impiden escuchar mejor a Jesús y cómo podríamos reducirlos en nuestra vida diaria?
Cuando alcanzan la parte más alta del monte, los discípulos levantan la vista hacia Jesús. Todo parece igual que unos instantes antes, pero están a punto de contemplar un acontecimiento que ningún ser humano había presenciado hasta entonces.
Durante unos instantes, Jesús deja que sus discípulos contemplen la gloria divina que siempre habita en Él.
De pronto, todo cambia. Mientras Jesús permanece en oración, su rostro comienza a brillar y sus vestidos se vuelven de un blanco deslumbrante. No se trata de una luz que cae sobre Él, sino de una claridad que nace de su propia persona y revela el misterio que hasta entonces permanecía oculto. Junto a Él aparecen Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas, mostrando que toda la historia de la salvación encuentra su cumplimiento en Cristo. Los discípulos contemplan la escena en silencio, conscientes de que están viviendo un momento que jamás podrán olvidar.
También nosotros estamos llamados a descubrir esa misma gloria, aunque de un modo distinto. Cada vez que escuchamos el Evangelio, participamos en la Eucaristía o dedicamos un tiempo a la oración, Cristo nos permite contemplar con los ojos de la fe la belleza de su presencia. La verdadera luz no deslumbra; transforma el corazón. Quien se deja iluminar por el Señor aprende poco a poco a mirar a las personas, los acontecimientos y la propia vida con los ojos de Dios.
Idea principal
La Transfiguración manifiesta que Jesucristo es el cumplimiento de toda la historia de la salvación y el verdadero Hijo de Dios.
Aplicación catequética
Enseñar a contemplar a Cristo con los ojos de la fe ayuda a descubrir que su luz sigue presente hoy en la Palabra, los sacramentos y la vida de la Iglesia.
Pregunta para dialogar
¿Cuándo has sentido alguna vez que Dios iluminaba tu corazón o te ayudaba a comprender algo importante de tu vida?
Mientras los discípulos siguen contemplando aquella luz indescriptible, una emoción inmensa invade el corazón de Pedro. Desea que aquel momento no termine nunca y, movido por el entusiasmo, toma la palabra.
La voz del Padre revela que Jesús es su Hijo amado e invita a todos los discípulos a escucharlo.
Pedro, lleno de alegría, desea que aquel momento no termine nunca y propone levantar tres tiendas para permanecer allí junto a Jesús, Moisés y Elías. Mientras todavía está hablando, una nube luminosa cubre a todos con su sombra y hace comprender a los discípulos que el verdadero centro de la escena no es el entusiasmo humano, sino la iniciativa de Dios. Entonces se escucha la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo». Con estas palabras desaparecen todas las dudas: Jesús es el Mesías esperado, el Hijo eterno del Padre y la Palabra definitiva que Dios dirige a la humanidad.11
La voz del Padre sigue resonando hoy en la Iglesia cada vez que se proclama el Evangelio. Escuchar a Cristo no consiste únicamente en conocer sus enseñanzas, sino en dejar que orienten nuestras decisiones, nuestros afectos y nuestra manera de vivir. El discípulo madura cuando aprende a escuchar antes de hablar, a acoger antes de juzgar y a confiar antes de comprenderlo todo. Así, la Palabra del Señor se convierte en la luz que guía el camino de cada día.12
Idea principal
El Padre presenta solemnemente a Jesucristo como su Hijo amado y pide a todos los hombres que escuchen su Palabra.
Aplicación catequética
Aprender a escuchar el Evangelio con atención y ponerlo en práctica es el camino más seguro para crecer en la amistad con Jesucristo.
Pregunta para dialogar
¿Qué podemos hacer en nuestra familia para escuchar con más atención la voz de Jesús y vivir lo que nos enseña?
Ante aquella presencia tan grande, los tres discípulos quedan profundamente sobrecogidos. La alegría deja paso al temor reverente y, sin poder sostener la mirada, caen rostro en tierra.
Jesús transforma el temor de los discípulos en confianza y los anima a levantarse para continuar el camino.
La manifestación de la gloria de Dios llena de asombro a los tres discípulos. Comprenden que están ante un misterio que supera toda experiencia humana y caen rostro en tierra, sobrecogidos por un santo temor. Entonces sucede uno de los gestos más delicados de todo el Evangelio: Jesús se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no tengáis miedo». Antes de enseñarles una nueva lección, el Señor les ofrece su cercanía. La gloria divina no aplasta al hombre; al contrario, lo levanta y le devuelve la paz.13
También nosotros experimentamos muchas veces el miedo: miedo al fracaso, al sufrimiento, a la enfermedad, al futuro o a reconocer nuestras propias debilidades. Cristo responde hoy del mismo modo que en el monte: se acerca, nos toca mediante su gracia y nos invita a confiar. La fe no elimina todas las dificultades, pero cambia la manera de afrontarlas, porque quien camina con Jesús sabe que nunca está solo y que el amor de Dios siempre tiene la última palabra.14
Idea principal
El encuentro con Jesucristo no conduce al miedo, sino a la confianza que nace de sentirse amado por Dios.
Aplicación catequética
Educar en la fe significa ayudar a descubrir que Jesús siempre se acerca para sostenernos, especialmente cuando atravesamos momentos de dificultad o incertidumbre.
Pregunta para dialogar
¿Cuáles son nuestros miedos y cómo podemos ponerlos en las manos de Jesús con mayor confianza?
Los discípulos levantan la cabeza. La visión ha desaparecido. Ya solo está Jesús junto a ellos. Comienza entonces el descenso del monte, donde deberán aprender a vivir cada día aquello que han contemplado durante unos instantes.
6. Bajamos del monte para seguir a Cristo en la vida cotidiana
La experiencia de la Transfiguración continúa cuando el discípulo vuelve a la vida diaria siguiendo los pasos de Cristo.
El camino de la Transfiguración termina donde comienza la misión. Jesús desciende del monte con sus discípulos y les pide que, por el momento, no cuenten a nadie lo que han visto hasta después de su Resurrección. La experiencia recibida deberá madurar en el silencio y comprenderse plenamente a la luz de la Cruz. La contemplación prepara para el compromiso. Quien ha descubierto la gloria de Cristo ya no puede vivir igual, porque sabe que incluso los momentos más difíciles están iluminados por la esperanza de la vida nueva.15
También nosotros descendemos del monte cada vez que termina la oración, la Eucaristía o un retiro espiritual. Allí comienza el verdadero testimonio. La luz recibida debe reflejarse en la vida cotidiana: en la paciencia con la familia, en el trabajo bien hecho, en el perdón ofrecido, en la ayuda a quien sufre y en la alegría de sabernos hijos de Dios. La Transfiguración no nos invita a huir del mundo, sino a volver a él con un corazón transformado para que otros puedan descubrir, a través de nosotros, el rostro luminoso de Cristo.16
Idea principal
La experiencia del encuentro con Cristo culmina cuando el discípulo vuelve a la vida diaria dispuesto a vivir el Evangelio.
Aplicación catequética
Cada oración, cada Eucaristía y cada encuentro con el Señor deben traducirse en pequeños gestos de amor, servicio y esperanza que hagan presente a Cristo en el hogar, la escuela, el trabajo y la parroquia.
Pregunta para dialogar
¿Qué gesto concreto podemos realizar esta semana para que quienes viven con nosotros descubran un poco mejor la luz de Cristo?
La subida al monte ha terminado, pero el camino del discípulo continúa cada día. La misma voz que resonó en la nube sigue invitándonos hoy a escuchar a Jesús, confiar en Él y caminar tras sus pasos hasta alcanzar la gloria que el Padre tiene preparada para todos sus hijos.
La Transfiguración no es solamente un acontecimiento que contemplamos con admiración, sino un misterio que transforma la vida de quienes se dejan conducir por Jesucristo. Después de escuchar la Palabra, recorrer el camino del monte y descubrir la gloria del Señor, llega el momento de responder personalmente. Las siguientes actividades pretenden ayudar a que esta catequesis no termine al cerrar estas páginas, sino que continúe en la vida familiar, en la parroquia, en la escuela y en cada decisión cotidiana.
No es necesario realizar todas las propuestas en una sola sesión. Cada familia, grupo o catequista podrá elegir aquellas que mejor respondan a su realidad. Lo importante no es completar una tarea, sino permitir que el Evangelio ilumine la inteligencia, fortalezca la fe y anime a vivir con mayor fidelidad la llamada del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo».
Idea principal
Las actividades ayudan a convertir la contemplación del misterio en una experiencia concreta de crecimiento cristiano.
Orientación catequética
Cada actividad debe favorecer el diálogo, la participación y el compromiso, evitando que la catequesis se reduzca a una explicación teórica.
1. Actividad personal: descubrir la divinidad de Jesucristo
Objetivo
Ayudar a reconocer que Jesucristo no es únicamente un gran maestro o un personaje extraordinario de la historia, sino el verdadero Hijo de Dios hecho hombre.
Entrega a cada participante una hoja con una imagen de Cristo o invítalo a contemplar durante unos minutos un crucifijo o un icono del Señor. Después, proponle que escriba dos listas. En la primera anotará todo aquello que el Evangelio muestra sobre la humanidad de Jesús: sus gestos, sus palabras, sus sentimientos y su cercanía a las personas. En la segunda recogerá los signos que manifiestan su divinidad: los milagros, el perdón de los pecados, la Transfiguración, la Resurrección y las afirmaciones del Padre.
Una vez terminada la reflexión, cada participante redactará una breve respuesta personal a esta pregunta: «¿Quién es Jesucristo para mí?». No se trata de copiar una definición aprendida, sino de expresar con sencillez cómo ha ido creciendo su fe al contemplar la Transfiguración y qué significa creer que Jesús es verdaderamente el Hijo amado del Padre.
Material necesario
Biblia, una imagen de Jesucristo o un crucifijo, papel y bolígrafo.
Compromiso
Durante esta semana dedicaré unos minutos cada día a contemplar a Jesucristo y terminaré la oración repitiendo con fe: «Señor, creo que Tú eres el Hijo amado del Padre».
2. Actividad en familia: llevar la luz de Cristo al hogar
Objetivo
Descubrir que la luz contemplada en la Transfiguración debe reflejarse en la convivencia diaria mediante pequeños gestos de amor, alegría, servicio y reconciliación.
Reúnanse todos los miembros de la familia alrededor de una vela encendida o de un cirio, colocado en un lugar visible. Después de leer juntos la frase del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo», cada persona dirá una acción concreta de otro miembro de la familia por la que da gracias a Dios. No se trata de elogiar grandes éxitos, sino de descubrir la presencia del Señor en los pequeños gestos cotidianos: una ayuda recibida, una palabra amable, una muestra de paciencia, un perdón ofrecido o un servicio realizado con alegría.
A continuación, cada uno elegirá un pequeño compromiso para hacer más luminosa la vida del hogar durante la semana. Puede ser colaborar espontáneamente en una tarea doméstica, dedicar más tiempo al diálogo, rezar juntos cada noche o esforzarse por evitar discusiones innecesarias. Al terminar, todos rezarán un Padrenuestro dando gracias porque Cristo continúa iluminando la vida de la familia y pidiendo la gracia de reflejar esa misma luz en el trato diario.
Material necesario
Una vela o un cirio, una Biblia y una hoja para anotar el compromiso familiar de la semana.
Compromiso
Elegiremos un gesto concreto que ayude a que nuestro hogar sea un reflejo de la luz de Cristo y revisaremos juntos al final de la semana cómo hemos vivido ese propósito.
3. Actividad para la catequesis o el grupo: el secreto revelado del Señor
Objetivo
Comprender por qué Jesús pidió a sus discípulos que no hablaran de la Transfiguración hasta después de su Resurrección y descubrir que hoy ese «secreto» se ha convertido en una misión para toda la Iglesia.
El catequista comenzará preguntando al grupo qué cosas importantes han guardado alguna vez en secreto y por qué lo hicieron. Después leerá el mandato de Jesús al bajar del monte: «No contéis a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.» Se abrirá un diálogo para descubrir que los discípulos todavía no podían comprender plenamente el significado de la Transfiguración mientras no contemplaran la Cruz y la Resurrección. Solo entonces aquel misterio podría anunciarse con toda su fuerza al mundo entero.
A continuación, el grupo preparará un pequeño mural dividido en dos columnas. En la primera escribirán aquello que los discípulos aún no comprendían antes de Pascua; en la segunda, lo que la Resurrección les permitió entender definitivamente sobre Jesucristo. Finalmente, cada participante escribirá en una tarjeta una forma concreta de anunciar hoy la alegría del Evangelio en su colegio, su familia, sus amigos o su parroquia. El catequista concluirá recordando que el antiguo secreto del monte ya no debe ocultarse: ahora la Iglesia está llamada a proclamarlo con alegría y valentía.
Material necesario
Biblia, cartulina grande, tarjetas, rotuladores y cinta adhesiva.
Compromiso
Durante esta semana compartiré con una persona una enseñanza o una experiencia que me ayude a dar testimonio de Jesucristo con naturalidad y alegría.
4. Actividad de oración y compromiso: «Escúchenlo»
Objetivo
Acoger personalmente el mensaje central de la Transfiguración y convertir la escucha de Jesucristo en un compromiso concreto para la vida diaria.
Se colocará una Biblia abierta en un lugar destacado y, junto a ella, una vela encendida como recuerdo de la luz de Cristo. Después de unos momentos de silencio, el catequista o uno de los participantes proclamará lentamente las palabras del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo.» La frase se repetirá varias veces, dejando entre una y otra un breve espacio de silencio para que cada persona la haga suya y la lleve al corazón. No se trata de escuchar únicamente con los oídos, sino de disponerse interiormente a dejar que Cristo oriente la propia vida.
A continuación, cada participante escribirá en una tarjeta una decisión concreta que le ayude a escuchar mejor a Jesús durante la próxima semana. Puede consistir en dedicar unos minutos diarios a la oración, leer un pasaje del Evangelio, reconciliarse con alguien, participar con más atención en la Eucaristía o realizar un servicio oculto por amor a Dios. Después, todos depositarán su tarjeta junto a la Biblia y terminarán rezando juntos el Padrenuestro, pidiendo la gracia de permanecer siempre atentos a la voz del Señor.
Material necesario
Biblia, una vela o cirio, tarjetas pequeñas, bolígrafos y un espacio adecuado para la oración en silencio.
Compromiso
Durante esta semana comenzaré cada jornada recordando las palabras del Padre: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo», procurando que una decisión concreta de ese día nazca de la escucha del Evangelio.
La Lectio divina es un encuentro con Jesucristo vivo por medio de su Palabra. No consiste únicamente en leer un texto bíblico, sino en disponerse interiormente para escuchar la voz del Señor, dejar que ilumine el corazón y responder con una vida renovada. Antes de comenzar, conviene buscar un lugar tranquilo, apagar aquello que pueda distraernos y pedir al Espíritu Santo la gracia de comprender el Evangelio con la inteligencia, el corazón y la vida.
La Transfiguración nos conduce al monte donde los discípulos contemplan la gloria de Cristo. También nosotros somos invitados a subir espiritualmente con Pedro, Santiago y Juan. No buscamos una emoción pasajera ni una experiencia extraordinaria, sino permanecer junto a Jesús para escuchar al Padre y dejar que su luz transforme silenciosamente nuestra existencia.
Texto del Evangelio
Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. 2Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 4Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 5Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».6Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 7Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». 8Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 9Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
Mateo 17, 1-9
Lectio
Lee el Evangelio despacio, sin prisas. Si es posible, haz una segunda lectura todavía más pausada. Observa cada detalle: el camino hacia el monte, el silencio, la oración de Jesús, la luz que brota de su rostro, la presencia de Moisés y Elías, la nube luminosa y la voz del Padre. No intentes comprenderlo todo inmediatamente; deja que sea el propio Evangelio quien marque el ritmo de tu contemplación.
Detente especialmente en aquellas palabras o escenas que más llamen tu atención. Pregúntate qué dicen realmente y por qué el Espíritu Santo ha querido conservarlas para la Iglesia. Escucha el relato como si fueras uno de los tres discípulos que acompañan a Jesús y deja que el silencio complete aquello que las palabras no alcanzan a expresar.
Meditatio
El Padre no invita primero a actuar, sino a escuchar. Toda la Transfiguración converge en esa única frase: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo». Antes de cambiar el mundo, antes incluso de comprender el misterio de la Cruz, los discípulos deben aprender a permanecer junto a Jesús y dejar que su Palabra modele lentamente su corazón. La verdadera transformación comienza siempre por la escucha.
Pregúntate con sencillez: ¿qué voces ocupan hoy mi corazón? ¿Qué lugar ocupa realmente el Evangelio en mis decisiones? ¿Subo alguna vez al monte de la oración o vivo constantemente rodeado de ruido? Contemplar la gloria de Cristo significa aprender a mirar toda la realidad desde Él, hasta descubrir que incluso los caminos más difíciles pueden iluminarse con la esperanza de la Resurrección.
Oratio
Habla ahora con Jesús con toda confianza. Dale gracias porque ha querido mostrar a sus discípulos la luz de su divinidad y porque continúa manifestándose hoy en la Iglesia, en la Eucaristía y en su Palabra. Pídele que fortalezca tu fe cuando aparezcan el cansancio, el sufrimiento o la duda.
Pide también la gracia de escuchar siempre la voz del Padre, de reconocer a Cristo como centro de tu vida y de no buscar únicamente momentos extraordinarios de consuelo espiritual, sino la fidelidad sencilla de cada día. Pon delante del Señor tu familia, tu parroquia, tus amigos y todas las personas que necesitan descubrir la luz del Evangelio.
Contemplatio
Permanece unos minutos en silencio. No intentes añadir nuevas palabras. Imagina que estás junto a Pedro, Santiago y Juan mientras contemplas a Cristo transfigurado. Deja que su mirada repose sobre ti. Escucha nuevamente la voz del Padre y recibe en el corazón esa invitación que atraviesa los siglos: «Escúchenlo».
Cuando el silencio se haga profundo, contempla cómo Jesús se acerca también a ti, te toca con la misma ternura con que levantó a sus discípulos y repite: «Levántate. No tengas miedo». Permanece unos instantes acogiendo esa paz sin necesidad de decir nada más.
Actio
La contemplación termina siempre convirtiéndose en misión. Igual que los discípulos descendieron del monte para seguir acompañando a Jesús, también tú estás llamado a regresar a la vida cotidiana llevando contigo la luz recibida en la oración. El verdadero fruto de la Lectio divina se reconoce cuando el Evangelio comienza a hacerse visible en las palabras, en las decisiones y en la manera de amar.
Elige un compromiso sencillo para esta semana. Puede consistir en dedicar diariamente unos minutos a la oración silenciosa, leer cada día un breve pasaje del Evangelio, reconciliarte con alguien, participar con mayor atención en la Eucaristía o realizar un acto de caridad oculto. Al descender del monte, recuerda siempre que la luz de Cristo no se guarda para uno mismo: se refleja en la vida de quienes han aprendido a escucharlo.
Toda escucha de la Palabra comienza pidiendo al Espíritu Santo un corazón disponible para acoger a Jesucristo y dejarse transformar por Él.
Señor Jesucristo,
abre mi inteligencia para comprender tu Palabra,
abre mi corazón para acogerla con fe,
abre mi voluntad para ponerla en práctica,
y haz que, escuchándote cada día,
camine siempre hacia Ti.
Amén.
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2. Oración colecta de la fiesta de la Transfiguración del Señor
La liturgia de la Iglesia nos invita a pedir que la contemplación de Cristo glorioso fortalezca nuestra esperanza y nos conduzca a participar un día de su misma gloria.
«Oh, Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los que lo precedieron, y prefiguraste maravillosamente la perfecta adopción de los hijos, concede a tus siervos que, escuchando la voz de tu Hijo amado, merezcamos ser sus coherederos. Por nuestro Señor Jesucristo».
Oración colecta oficial de la fiesta de la Transfiguración del Señor, tomada del Misal Romano.
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3. Oración final en familia
Después de recorrer esta catequesis, la familia pide al Señor que la luz contemplada en el monte permanezca viva en el hogar y acompañe cada jornada.
Cristo, Luz de nuestro andar,
quédate siempre con nosotros;
enséñanos a escuchar
la voz del Padre amoroso.
Y al bajar de nuestro monte,
danos fuerza para amar;
que quien vea nuestra vida
te pueda también encontrar.
La Transfiguración del Señor nos recuerda que la vida cristiana es un camino de esperanza. Igual que Pedro, Santiago y Juan, también nosotros somos invitados a subir al monte para encontrarnos con Jesucristo, escuchar la voz del Padre y dejarnos transformar por la luz de su presencia. Esa experiencia fortalece la fe y nos prepara para afrontar con serenidad las dificultades del camino, sabiendo que la Cruz nunca tiene la última palabra.
Pero el Evangelio no termina en la cima del monte. Después de contemplar la gloria de Cristo, llega el momento de descender y vivir como verdaderos discípulos en la familia, el trabajo, la escuela, la parroquia y en cada encuentro con los demás. Quien ha aprendido a escuchar al Hijo descubre que la santidad comienza en las pequeñas acciones de cada día. Allí, en la sencillez de la vida cotidiana, continúa brillando la misma luz que un día iluminó el rostro del Señor.
Idea principal
La Transfiguración nos prepara para vivir con esperanza el camino de cada día siguiendo a Jesucristo.
Compromiso final
Escuchar cada día la Palabra de Dios y procurar que la luz de Cristo se refleje en nuestra manera de pensar, hablar, trabajar y amar.
Si deseas seguir profundizando en el misterio de la Transfiguración del Señor, puedes completar esta catequesis con los siguientes recursos publicados en Catequesis en Familia. Todos ellos desarrollan aspectos complementarios del mismo acontecimiento desde la Sagrada Escritura, el Magisterio de la Iglesia y la oración.
La Transfiguración del Señor
Artículo base que desarrolla el significado espiritual y catequético de esta fiesta.
Evangelio del día: La subida a la montaña
Meditaciones de Benedicto XVI y del papa Francisco sobre el sentido espiritual del monte, la oración y la escucha de Dios.
La selección bibliográfica reúne las fuentes empleadas para la elaboración doctrinal, bíblica, litúrgica y catequética del documento. En los recursos disponibles en internet, el título de la obra o del documento funciona como hipervínculo y conduce directamente a la fuente citada.
Conferencia Episcopal Española. Misal Romano. 3.ª edición oficial en lengua española. Madrid: Libros Litúrgicos, 2017. Misa del 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor.
Conferencia Episcopal Española. Liturgia de las Horas según el rito romano. Vol. III. 2.ª edición oficial. Madrid: Libros Litúrgicos, 2021. Oficio del 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor.
Transparencia y agradecimiento
Las imágenes y la maquetación de este documento se han realizado con herramientas de inteligencia artificial, con el apoyo de ChatGPT. El contenido doctrinal se ha fundamentado en las fuentes bíblicas, litúrgicas y magisteriales citadas.
Juan 21, 15-19. Viernes de la 7.ª semana del Tiempo de Pascua. Hermano: ¿Quién eres ante Dios? ¿Cuáles son tus pruebas? ¿Qué te está diciendo el Señor a través de ellas? ¿Sobre qué te estás apoyando para superarlas?
Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». El le respondió: «Sí, Señor, saber que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras». De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme».
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 25, 13-21
Salmo: Sal 103(102), 1-2.11-12.19-20
Oración introductoria
Jesucristo, hoy me preguntas si te amo y yo te respondo con todo mi corazón: ¡Sí, te amo! Quiero decírtelo no sólo con mis palabras, sino con mi vida toda: te amo, creo en Ti y en Ti confío.
Petición
Señor, acrecienta en mi alma la virtud de la fe para amarte por encima de todas las cosas y amar a mi prójimo, como a mí mismo.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos en el episcopado:
Las lecturas bíblicas que hemos escuchado nos hacen reflexionar. A mí me hicieron reflexionar mucho. He hecho como una meditación para nosotros Obispos, primero para mí, Obispo como vosotros, y la comparto con vosotros.
Es significativo —y estoy por ello especialmente contento— que nuestro primer encuentro tenga lugar precisamente aquí, en el sitio que custodia no sólo la tumba de Pedro, sino la memoria viva de su testimonio de fe, de su servicio a la verdad, de su entrega hasta el martirio por el Evangelio y por la Iglesia.
Esta tarde este altar de la Confesión se convierte de este modo en nuestro lago de Tiberíades, en cuyas orillas volvemos a escuchar el estupendo diálogo entre Jesús y Pedro, con las preguntas dirigidas al Apóstol, pero que deben resonar también en nuestro corazón de obispos.
La pregunta está dirigida a un hombre que, a pesar de las solemnes declaraciones, se dejó llevar por el miedo y había negado.
«¿Me amas tú?». «¿Eres mi amigo?».
La pregunta se dirige a mí y a cada uno de nosotros, a todos nosotros: si evitamos responder de modo demasiado apresurado y superficial, la misma nos impulsa a mirarnos hacia adentro, a volver a entrar en nosotros mismos.
«¿Me amas tú?». «¿Eres mi amigo?».
Aquél que escruta los corazones (cf. Rm 8, 27) se hace mendigo de amor y nos interroga sobre la única cuestión verdaderamente esencial, preámbulo y condición para apacentar sus ovejas, sus corderos, su Iglesia. Todo ministerio se funda en esta intimidad con el Señor; vivir de Él es la medida de nuestro servicio eclesial, que se expresa en la disponibilidad a la obediencia, en el abajarse, como hemos escuchado en la Carta a los Filipenses, y a la donación total (cf. 2, 6-11).
Por lo demás, la consecuencia del amor al Señor es darlo todo —precisamente todo, hasta la vida misma— por Él: esto es lo que debe distinguir nuestro ministerio pastoral; es el papel de tornasol que dice con qué profundidad hemos abrazado el don recibido respondiendo a la llamada de Jesús y en qué medida estamos vinculados a las personas y a las comunidades que se nos han confiado. No somos expresión de una estructura o de una necesidad organizativa: también con el servicio de nuestra autoridad estamos llamados a ser signo de la presencia y de la acción del Señor resucitado, por lo tanto a edificar la comunidad en la caridad fraterna.
No es que esto se dé por descontado: también el amor más grande, en efecto, cuando no se alimenta continuamente, se debilita y se apaga. No sin motivo el apóstol Pablo pone en guardia: «Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que Él se adquirió con la sangre de su propio Hijo» (Hch 20, 28).
La falta de vigilancia —lo sabemos— hace tibio al Pastor; le hace distraído, olvidadizo y hasta intolerante; le seduce con la perspectiva de la carrera, la adulación del dinero y las componendas con el espíritu del mundo; le vuelve perezoso, transformándole en un funcionario, un clérigo preocupado más de sí mismo, de la organización y de las estructuras que del verdadero bien del pueblo de Dios. Se corre el riesgo, entonces, como el apóstol Pedro, de negar al Señor, incluso si formalmente se presenta y se habla en su nombre; se ofusca la santidad de la Madre Iglesia jerárquica, haciéndola menos fecunda.
¿Quiénes somos, hermanos, ante Dios? ¿Cuáles son nuestras pruebas? Tenemos muchas; cada uno de nosotros conoce las suyas. ¿Qué nos está diciendo el Señor a través de ellas? ¿Sobre qué nos estamos apoyando para superarlas?
Como lo fue para Pedro, la pregunta insistente y triste de Jesús puede dejarnos doloridos y más conscientes de la debilidad de nuestra libertad, tentada como lo es por mil condicionamientos internos y externos, que a menudo suscitan desconcierto, frustración, incluso incredulidad.
No son ciertamente estos los sentimientos y las actitudes que el Señor pretende suscitar; más bien, se aprovecha de ellos el Enemigo, el Diablo, para aislar en la amargura, en la queja y en el desaliento.
Jesús, buen Pastor, no humilla ni abandona en el remordimiento: en Él habla la ternura del Padre, que consuela y relanza; hace pasar de la disgregación de la vergüenza —porque verdaderamente la vergüenza nos disgrega— al entramado de la confianza; vuelve a donar valentía, vuelve a confiar responsabilidad, entrega a la misión.
Pedro, que purificado en el fuego del perdón pudo decir humildemente «Señor, Tú conoces todo; Tú sabes que te quiero» (Jn 21, 17). Estoy seguro de que todos nosotros podemos decirlo de corazón. Y Pedro purificado, en su primera Carta nos exhorta a apacentar «el rebaño de Dios […], mirad por él, no a la fuerza, sino de buena gana […], no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes os ha tocado en suerte, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño» (1 P 5, 2-3).
Sí, ser Pastores significa creer cada día en la gracia y en la fuerza que nos viene del Señor, a pesar de nuestra debilidad, y asumir hasta el final la responsabilidad de caminar delante del rebaño, libres de los pesos que dificultan la sana agilidad apostólica, y sin indecisión al guiarlo, para hacer reconocible nuestra voz tanto para quienes han abrazado la fe como para quienes aún «no pertenecen a este rebaño» (Jn 10, 16): estamos llamados a hacer nuestro el sueño de Dios, cuya casa no conoce exclusión de personas o de pueblos, como anunciaba proféticamente Isaías en la primera Lectura (cf. Is 2, 2-5).
Por ello, ser Pastores quiere decir también disponerse a caminar en medio y detrás del rebaño: capaces de escuchar el silencioso relato de quien sufre y sostener el paso de quien teme ya no poder más; atentos a volver a levantar, alentar e infundir esperanza. Nuestra fe sale siempre reforzada al compartirla con los humildes: dejemos de lado todo tipo de presunción, para inclinarnos ante quienes el Señor confió a nuestra solicitud. Entre ellos, reservemos un lugar especial, muy especial, a nuestros sacerdotes: sobre todo para ellos que nuestro corazón, nuestra mano y nuestra puerta permanezcan abiertas en toda circunstancia. Ellos son los primeros fieles que tenemos nosotros Obispos: nuestros sacerdotes. ¡Amémosles! ¡Amémosles de corazón! Son nuestros hijos y nuestros hermanos.
Queridos hermanos, la profesión de fe que ahora renovamos juntos no es un acto formal, sino renovación de nuestra respuesta al «Sígueme» con el que concluye el evangelio de Juan (21, 19): lleva a desplegar la propia vida según el proyecto de Dios, comprometiendo todo de sí mismo por el Señor Jesús. Que de aquí brote ese discernimiento que conoce y se hace cargo de los pensamientos, de las expectativas y necesidades de los hombres de nuestro tiempo.
Con este espíritu, agradezco de corazón a cada uno de vosotros vuestro servicio, vuestro amor a la Iglesia.
¡La Madre está aquí! Os pongo, y también yo me pongo, bajo el manto de María, Nuestra Señora.
Madre del silencio, que custodia el misterio de Dios,
líbranos de la idolatría del presente, a la que se condena quien olvida.
Purifica los ojos de los Pastores con el colirio de la memoria: volveremos a la lozanía de los orígenes, por una Iglesia orante y penitente.
Madre de la belleza, que florece de la fidelidad al trabajo cotidiano,
despiértanos del torpor de la pereza, de la mezquindad y del derrotismo.
Reviste a los Pastores de esa compasión que unifica e integra: descubriremos la alegría de una Iglesia sierva, humilde y fraterna.
Madre de la ternura, que envuelve de paciencia y de misericordia,
ayúdanos a quemar tristezas, impaciencias y rigidez de quien no conoce pertenencia.
Intercede ante tu Hijo para que sean ágiles nuestras manos, nuestros pies y nuestro corazón: edificaremos la Iglesia con la verdad en la caridad.
Madre, seremos el Pueblo de Dios, peregrino hacia el Reino.
897 «Por laicos se entiende aquí a todos los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido en la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan a su manera de las funciones de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo» (LG 31).
La vocación de los laicos
898 «Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios […] A ellos de manera especial corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor» (LG 31).
899 La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria cuando se trata de descubrir o de idear los medios para que las exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las realidades sociales, políticas y económicas. Esta iniciativa es un elemento normal de la vida de la Iglesia:
«Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. Por tanto ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del jefe común, el Romano Pontífice, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia» (Pío XII, Discurso a los cardenales recién creados, 20 de febrero de 1946; citado por Juan Pablo II en CL 9).
900 Como todos los fieles, los laicos están encargados por Dios del apostolado en virtud del Bautismo y de la Confirmación y por eso tienen la obligación y gozan del derecho, individualmente o agrupados en asociaciones, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra; esta obligación es tanto más apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo. En las comunidades eclesiales, su acción es tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces su plena eficacia (cf. LG 33).
La participación de los laicos en la misión sacerdotal de Cristo
901 «Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo (cf 1P 2, 5), que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios» (LG 34; cf. LG 10).
902 De manera particular, los padres participan de la misión de santificación «impregnando de espíritu cristiano la vida conyugal y procurando la educación cristiana de los hijos» (CIC, can. 835, 4).
903 Los laicos, si tienen las cualidades requeridas, pueden ser admitidos de manera estable a los ministerios de lectores y de acólito (cf. CIC, can. 230, 1). «Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el Bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho» (CIC, can. 230, 3).
Su participación en la misión profética de Cristo
904 «Cristo […] realiza su función profética no sólo a través de la jerarquía […] sino también por medio de los laicos. Él los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y la gracia de la palabra» (LG 35).
«Enseñar a alguien […] para traerlo a la fe […] es tarea de todo predicador e incluso de todo creyente (Santo Tomás de Aquino, S. Th. 3, q. 71, a.4, ad 3).
905 Los laicos cumplen también su misión profética evangelizando, con «el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra». En los laicos, «esta evangelización […] adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (LG 35):
«Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida; el verdadero apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, tanto a los no creyentes […] como a los fieles» (AA 6; cf. AG 15).
906 Los fieles laicos que sean capaces de ello y que se formen para ello también pueden prestar su colaboración en la formación catequética (cf. CIC, can. 774, 776, 780), en la enseñanza de las ciencias sagradas (cf. CIC, can. 229), en los medios de comunicación social (cf. CIC, can 823, 1).
907 «Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los pastores, habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas» (CIC, can. 212, 3).
Su participación en la misión real de Cristo
908 Por su obediencia hasta la muerte (cf. Flp 2, 8-9), Cristo ha comunicado a sus discípulos el don de la libertad regia, «para que vencieran en sí mismos, con la apropia renuncia y una vida santa, al reino del pecado» (LG 36):
«El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo: se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable» (San Ambrosio, Expositio psalmi CXVIII, 14, 30: PL 15, 1476).
909 «Los laicos, además, juntando también sus fuerzas, han de sanear las estructuras y las condiciones del mundo, de tal forma que, si algunas de sus costumbres incitan al pecado, todas ellas sean conformes con las normas de la justicia y favorezcan en vez de impedir la práctica de las virtudes. Obrando así, impregnarán de valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas» (LG 36).
910 «Los seglares […] también pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera concederles» (EN 73).
911 En la Iglesia, en el ejercicio de la potestad de régimen «los fieles laicos pueden cooperar a tenor del derecho» (CIC, can. 129, 2). Así, con su presencia en los concilios particulares (can. 443, 4), los sínodos diocesanos (can. 463, 1 y 2), los consejos pastorales (can. 511; 536); en el ejercicio de la tarea pastoral de una parroquia (can. 517, 2); la colaboración en los consejos de los asuntos económicos (can. 492, 1; 536); la participación en los tribunales eclesiásticos (can. 1421, 2), etc.
912 Los fieles han de «aprender a distinguir cuidadosamente entre los derechos y deberes que tienen como miembros de la Iglesia y los que les corresponden como miembros de la sociedad humana. Deben esforzarse en integrarlos en buena armonía, recordando que en cualquier cuestión temporal han de guiarse por la conciencia cristiana. En efecto, ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios» (LG 36).
913 «Así, todo laico, por el simple hecho de haber recibido sus dones, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia misma `según la medida del don de Cristo'» (LG 33).
Hacer una visita a Cristo Eucaristía para pedirle perdón por todas mis faltas de amor hacia Él.
Diálogo con Cristo
Jesús, decirte cuánto te quiero con palabras es fácil, lo complicado es demostrártelo permanente en mi quehacer diario. Te ofrezco ser fiel a la oración, a la formación, al apostolado. Con tu gracia, lo puedo lograr.
Juan 21, 15-19. Viernes de la 7.ª semana del Tiempo de Pascua. Hermano: ¿Quién eres ante Dios? ¿Cuáles son tus pruebas? ¿Qué te está diciendo el Señor a través de ellas? ¿Sobre qué te estás apoyando para superarlas?
Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». El le respondió: «Sí, Señor, saber que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras». De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme».
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 25, 13-21
Salmo: Sal 103(102), 1-2.11-12.19-20
Oración introductoria
Jesucristo, hoy me preguntas si te amo y yo te respondo con todo mi corazón: ¡Sí, te amo! Quiero decírtelo no sólo con mis palabras, sino con mi vida toda: te amo, creo en Ti y en Ti confío.
Petición
Señor, acrecienta en mi alma la virtud de la fe para amarte por encima de todas las cosas y amar a mi prójimo, como a mí mismo.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos en el episcopado:
Las lecturas bíblicas que hemos escuchado nos hacen reflexionar. A mí me hicieron reflexionar mucho. He hecho como una meditación para nosotros Obispos, primero para mí, Obispo como vosotros, y la comparto con vosotros.
Es significativo —y estoy por ello especialmente contento— que nuestro primer encuentro tenga lugar precisamente aquí, en el sitio que custodia no sólo la tumba de Pedro, sino la memoria viva de su testimonio de fe, de su servicio a la verdad, de su entrega hasta el martirio por el Evangelio y por la Iglesia.
Esta tarde este altar de la Confesión se convierte de este modo en nuestro lago de Tiberíades, en cuyas orillas volvemos a escuchar el estupendo diálogo entre Jesús y Pedro, con las preguntas dirigidas al Apóstol, pero que deben resonar también en nuestro corazón de obispos.
La pregunta está dirigida a un hombre que, a pesar de las solemnes declaraciones, se dejó llevar por el miedo y había negado.
«¿Me amas tú?». «¿Eres mi amigo?».
La pregunta se dirige a mí y a cada uno de nosotros, a todos nosotros: si evitamos responder de modo demasiado apresurado y superficial, la misma nos impulsa a mirarnos hacia adentro, a volver a entrar en nosotros mismos.
«¿Me amas tú?». «¿Eres mi amigo?».
Aquél que escruta los corazones (cf. Rm 8, 27) se hace mendigo de amor y nos interroga sobre la única cuestión verdaderamente esencial, preámbulo y condición para apacentar sus ovejas, sus corderos, su Iglesia. Todo ministerio se funda en esta intimidad con el Señor; vivir de Él es la medida de nuestro servicio eclesial, que se expresa en la disponibilidad a la obediencia, en el abajarse, como hemos escuchado en la Carta a los Filipenses, y a la donación total (cf. 2, 6-11).
Por lo demás, la consecuencia del amor al Señor es darlo todo —precisamente todo, hasta la vida misma— por Él: esto es lo que debe distinguir nuestro ministerio pastoral; es el papel de tornasol que dice con qué profundidad hemos abrazado el don recibido respondiendo a la llamada de Jesús y en qué medida estamos vinculados a las personas y a las comunidades que se nos han confiado. No somos expresión de una estructura o de una necesidad organizativa: también con el servicio de nuestra autoridad estamos llamados a ser signo de la presencia y de la acción del Señor resucitado, por lo tanto a edificar la comunidad en la caridad fraterna.
No es que esto se dé por descontado: también el amor más grande, en efecto, cuando no se alimenta continuamente, se debilita y se apaga. No sin motivo el apóstol Pablo pone en guardia: «Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que Él se adquirió con la sangre de su propio Hijo» (Hch 20, 28).
La falta de vigilancia —lo sabemos— hace tibio al Pastor; le hace distraído, olvidadizo y hasta intolerante; le seduce con la perspectiva de la carrera, la adulación del dinero y las componendas con el espíritu del mundo; le vuelve perezoso, transformándole en un funcionario, un clérigo preocupado más de sí mismo, de la organización y de las estructuras que del verdadero bien del pueblo de Dios. Se corre el riesgo, entonces, como el apóstol Pedro, de negar al Señor, incluso si formalmente se presenta y se habla en su nombre; se ofusca la santidad de la Madre Iglesia jerárquica, haciéndola menos fecunda.
¿Quiénes somos, hermanos, ante Dios? ¿Cuáles son nuestras pruebas? Tenemos muchas; cada uno de nosotros conoce las suyas. ¿Qué nos está diciendo el Señor a través de ellas? ¿Sobre qué nos estamos apoyando para superarlas?
Como lo fue para Pedro, la pregunta insistente y triste de Jesús puede dejarnos doloridos y más conscientes de la debilidad de nuestra libertad, tentada como lo es por mil condicionamientos internos y externos, que a menudo suscitan desconcierto, frustración, incluso incredulidad.
No son ciertamente estos los sentimientos y las actitudes que el Señor pretende suscitar; más bien, se aprovecha de ellos el Enemigo, el Diablo, para aislar en la amargura, en la queja y en el desaliento.
Jesús, buen Pastor, no humilla ni abandona en el remordimiento: en Él habla la ternura del Padre, que consuela y relanza; hace pasar de la disgregación de la vergüenza —porque verdaderamente la vergüenza nos disgrega— al entramado de la confianza; vuelve a donar valentía, vuelve a confiar responsabilidad, entrega a la misión.
Pedro, que purificado en el fuego del perdón pudo decir humildemente «Señor, Tú conoces todo; Tú sabes que te quiero» (Jn 21, 17). Estoy seguro de que todos nosotros podemos decirlo de corazón. Y Pedro purificado, en su primera Carta nos exhorta a apacentar «el rebaño de Dios […], mirad por él, no a la fuerza, sino de buena gana […], no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes os ha tocado en suerte, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño» (1 P 5, 2-3).
Sí, ser Pastores significa creer cada día en la gracia y en la fuerza que nos viene del Señor, a pesar de nuestra debilidad, y asumir hasta el final la responsabilidad de caminar delante del rebaño, libres de los pesos que dificultan la sana agilidad apostólica, y sin indecisión al guiarlo, para hacer reconocible nuestra voz tanto para quienes han abrazado la fe como para quienes aún «no pertenecen a este rebaño» (Jn 10, 16): estamos llamados a hacer nuestro el sueño de Dios, cuya casa no conoce exclusión de personas o de pueblos, como anunciaba proféticamente Isaías en la primera Lectura (cf. Is 2, 2-5).
Por ello, ser Pastores quiere decir también disponerse a caminar en medio y detrás del rebaño: capaces de escuchar el silencioso relato de quien sufre y sostener el paso de quien teme ya no poder más; atentos a volver a levantar, alentar e infundir esperanza. Nuestra fe sale siempre reforzada al compartirla con los humildes: dejemos de lado todo tipo de presunción, para inclinarnos ante quienes el Señor confió a nuestra solicitud. Entre ellos, reservemos un lugar especial, muy especial, a nuestros sacerdotes: sobre todo para ellos que nuestro corazón, nuestra mano y nuestra puerta permanezcan abiertas en toda circunstancia. Ellos son los primeros fieles que tenemos nosotros Obispos: nuestros sacerdotes. ¡Amémosles! ¡Amémosles de corazón! Son nuestros hijos y nuestros hermanos.
Queridos hermanos, la profesión de fe que ahora renovamos juntos no es un acto formal, sino renovación de nuestra respuesta al «Sígueme» con el que concluye el evangelio de Juan (21, 19): lleva a desplegar la propia vida según el proyecto de Dios, comprometiendo todo de sí mismo por el Señor Jesús. Que de aquí brote ese discernimiento que conoce y se hace cargo de los pensamientos, de las expectativas y necesidades de los hombres de nuestro tiempo.
Con este espíritu, agradezco de corazón a cada uno de vosotros vuestro servicio, vuestro amor a la Iglesia.
¡La Madre está aquí! Os pongo, y también yo me pongo, bajo el manto de María, Nuestra Señora.
Madre del silencio, que custodia el misterio de Dios,
líbranos de la idolatría del presente, a la que se condena quien olvida.
Purifica los ojos de los Pastores con el colirio de la memoria: volveremos a la lozanía de los orígenes, por una Iglesia orante y penitente.
Madre de la belleza, que florece de la fidelidad al trabajo cotidiano,
despiértanos del torpor de la pereza, de la mezquindad y del derrotismo.
Reviste a los Pastores de esa compasión que unifica e integra: descubriremos la alegría de una Iglesia sierva, humilde y fraterna.
Madre de la ternura, que envuelve de paciencia y de misericordia,
ayúdanos a quemar tristezas, impaciencias y rigidez de quien no conoce pertenencia.
Intercede ante tu Hijo para que sean ágiles nuestras manos, nuestros pies y nuestro corazón: edificaremos la Iglesia con la verdad en la caridad.
Madre, seremos el Pueblo de Dios, peregrino hacia el Reino.
897 «Por laicos se entiende aquí a todos los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido en la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan a su manera de las funciones de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo» (LG 31).
La vocación de los laicos
898 «Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios […] A ellos de manera especial corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor» (LG 31).
899 La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria cuando se trata de descubrir o de idear los medios para que las exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las realidades sociales, políticas y económicas. Esta iniciativa es un elemento normal de la vida de la Iglesia:
«Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. Por tanto ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del jefe común, el Romano Pontífice, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia» (Pío XII, Discurso a los cardenales recién creados, 20 de febrero de 1946; citado por Juan Pablo II en CL 9).
900 Como todos los fieles, los laicos están encargados por Dios del apostolado en virtud del Bautismo y de la Confirmación y por eso tienen la obligación y gozan del derecho, individualmente o agrupados en asociaciones, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra; esta obligación es tanto más apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo. En las comunidades eclesiales, su acción es tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces su plena eficacia (cf. LG 33).
La participación de los laicos en la misión sacerdotal de Cristo
901 «Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo (cf 1P 2, 5), que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios» (LG 34; cf. LG 10).
902 De manera particular, los padres participan de la misión de santificación «impregnando de espíritu cristiano la vida conyugal y procurando la educación cristiana de los hijos» (CIC, can. 835, 4).
903 Los laicos, si tienen las cualidades requeridas, pueden ser admitidos de manera estable a los ministerios de lectores y de acólito (cf. CIC, can. 230, 1). «Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el Bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho» (CIC, can. 230, 3).
Su participación en la misión profética de Cristo
904 «Cristo […] realiza su función profética no sólo a través de la jerarquía […] sino también por medio de los laicos. Él los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y la gracia de la palabra» (LG 35).
«Enseñar a alguien […] para traerlo a la fe […] es tarea de todo predicador e incluso de todo creyente (Santo Tomás de Aquino, S. Th. 3, q. 71, a.4, ad 3).
905 Los laicos cumplen también su misión profética evangelizando, con «el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra». En los laicos, «esta evangelización […] adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (LG 35):
«Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida; el verdadero apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, tanto a los no creyentes […] como a los fieles» (AA 6; cf. AG 15).
906 Los fieles laicos que sean capaces de ello y que se formen para ello también pueden prestar su colaboración en la formación catequética (cf. CIC, can. 774, 776, 780), en la enseñanza de las ciencias sagradas (cf. CIC, can. 229), en los medios de comunicación social (cf. CIC, can 823, 1).
907 «Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los pastores, habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas» (CIC, can. 212, 3).
Su participación en la misión real de Cristo
908 Por su obediencia hasta la muerte (cf. Flp 2, 8-9), Cristo ha comunicado a sus discípulos el don de la libertad regia, «para que vencieran en sí mismos, con la apropia renuncia y una vida santa, al reino del pecado» (LG 36):
«El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo: se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable» (San Ambrosio, Expositio psalmi CXVIII, 14, 30: PL 15, 1476).
909 «Los laicos, además, juntando también sus fuerzas, han de sanear las estructuras y las condiciones del mundo, de tal forma que, si algunas de sus costumbres incitan al pecado, todas ellas sean conformes con las normas de la justicia y favorezcan en vez de impedir la práctica de las virtudes. Obrando así, impregnarán de valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas» (LG 36).
910 «Los seglares […] también pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera concederles» (EN 73).
911 En la Iglesia, en el ejercicio de la potestad de régimen «los fieles laicos pueden cooperar a tenor del derecho» (CIC, can. 129, 2). Así, con su presencia en los concilios particulares (can. 443, 4), los sínodos diocesanos (can. 463, 1 y 2), los consejos pastorales (can. 511; 536); en el ejercicio de la tarea pastoral de una parroquia (can. 517, 2); la colaboración en los consejos de los asuntos económicos (can. 492, 1; 536); la participación en los tribunales eclesiásticos (can. 1421, 2), etc.
912 Los fieles han de «aprender a distinguir cuidadosamente entre los derechos y deberes que tienen como miembros de la Iglesia y los que les corresponden como miembros de la sociedad humana. Deben esforzarse en integrarlos en buena armonía, recordando que en cualquier cuestión temporal han de guiarse por la conciencia cristiana. En efecto, ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios» (LG 36).
913 «Así, todo laico, por el simple hecho de haber recibido sus dones, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia misma `según la medida del don de Cristo'» (LG 33).
Hacer una visita a Cristo Eucaristía para pedirle perdón por todas mis faltas de amor hacia Él.
Diálogo con Cristo
Jesús, decirte cuánto te quiero con palabras es fácil, lo complicado es demostrártelo permanente en mi quehacer diario. Te ofrezco ser fiel a la oración, a la formación, al apostolado. Con tu gracia, lo puedo lograr.
Marcos 1, 29-39. Miércoles de la 1.ª semana del Tiempo Ordinario. Jesús está siempre atento para curar nuestras necesidades.
Cuando salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos. Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él. Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: «Todos te andan buscando». El les respondió: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido». Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios.
Primera lectura: Carta de san Pablo a los Hebreos, Heb 2, 14-18
Salmo: Sal 105(104), 1-4.6-9
Oración introductoria
Jesús, Tú si sabías darle el lugar que le corresponde a tu Padre en tu vida. Ni los milagros, ni la atención a tus discípulos te hacían olvidar lo fundamental: la oración. Permite que yo sepa vivir tu estilo de vida, quiero enamorarme más de Ti en esta oración para poder ser fiel a mi vida de oración y, así, convertirme en un propagador de tu amor entre todos los hombres.
Petición
Señor, ayúdame a orar y a dialogar con tu Padre como Tú lo hacías.
Meditación del Santo Padre Francisco
Siempre debemos tener el valor y la alegría de proponer, con respeto, el encuentro con Cristo, de hacernos heraldos de su Evangelio. Jesús ha venido entre nosotros para mostrarnos el camino de la salvación, y nos ha confiado la misión de darlo a conocer a todos, hasta los confines de la tierra.
Con frecuencia, vemos que lo que se destaca y se propone es la violencia, la mentira, el error. Es urgente hacer que resplandezca en nuestro tiempo la vida buena del Evangelio con el anuncio y el testimonio, y esto desde el interior mismo de la Iglesia. Porque, en esta perspectiva, es importante no olvidar un principio fundamental de todo evangelizador: no se puede anunciar a Cristo sin la Iglesia.
Evangelizar nunca es un acto aislado, individual, privado, sino que es siempre eclesial. Pablo VI escribía que «cuando el más humilde predicador, catequista o Pastor, en el lugar más apartado, predica el Evangelio, reúne su pequeña comunidad o administra un sacramento, aun cuando se encuentra solo, ejerce un acto de Iglesia»; no actúa «por una misión que él se atribuye o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la Iglesia y en su nombre». Y esto da fuerza a la misión y hace sentir a cada misionero y evangelizador que nunca está solo, que forma parte de un solo Cuerpo animado por el Espíritu Santo.
Mensaje del día 19 de mayo de 2013, Solemnidad de Pentecostés
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
LOS SACRAMENTOS DE CURACIÓN
1420 Por los sacramentos de la iniciación cristiana, el hombre recibe la vida nueva de Cristo. Ahora bien, esta vida la llevamos en «vasos de barro» (2 Co 4,7). Actualmente está todavía «escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3). Nos hallamos aún en «nuestra morada terrena» (2 Co 5,1), sometida al sufrimiento, a la enfermedad y a la muerte. Esta vida nueva de hijo de Dios puede ser debilitada e incluso perdida por el pecado.
1421 El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo (cf Mc 2,1-12), quiso que su Iglesia continuase, en la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso en sus propios miembros. Este es finalidad de los dos sacramentos de curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los enfermos.
Oración confiada para no dejar que la duda o la angustia me domine cuando surjan los problemas de la vida.
Diálogo con Cristo
¡Cuánto me enseña este pasaje del Evangelio! Ahora comprendo la importancia de la oración y el cómo vivir los acontecimientos difíciles de la vida: con paciencia, ánimo y esperanza. Gracias, Señor, por llevarme de tu mano y permite que, al igual que la suegra de Pedro, me ponga a servir a los demás. Dame la gracia de identificarme contigo para pensar como Tú, sentir como Tú, amar como Tú y vivir como Tú.
Juan 20, 1-8. Fiesta de san Juan apóstol y evangelista. Tiempo de Navidad (27 de diciembre). Nosotros resucitaremos para estar con el Señor y la resurrección comienza aquí, como discípulos, si estamos con el Señor, si caminamos con el Señor. Este es el camino hacia la resurrección.
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.
Primera lectura: Epístola I de san Juan, 1 Jn 1, 1-4
Salmo: Sal 97(96), 1-2.5-6.11-12
Oración introductoria
Señor Jesús, creo, espero y te amo. Quiero en esta oración recostarme espiritualmente sobre tu pecho, como lo hizo el apóstol san Juan y hablar contigo durante estos momentos de corazón a corazón.
Petición
Señor, dame el don de conocerte para que pueda amarte más y así pueda seguirte mejor.
Meditación del Santo Padre Francisco
La identidad cristiana sólo se realiza plenamente en nosotros con la resurrección, que será «como un despertar». Por eso el Papa invitó a «estar con el Señor», a caminar con Él como discípulos, para que la resurrección comience ya, aquí y ahora. Pero «sin miedo a la transformación que tendrá nuestro cuerpo al final de nuestro itinerario cristiano».
Precisamente en la esencia de la resurrección, el Pontífice centró su homilía […] aprovechando la sugerencia del pasaje de la primera Carta de san Pablo a los Corintios (15, 12-20). El Apóstol, explicó enseguida, «debe hacer una corrección difícil en aquel tiempo: la de la resurrección». En efecto, «los cristianos creían que sí, que Cristo había resucitado, se había ido, había terminado su misión, nos ayuda desde el cielo, nos acompaña»; pero «no era tan clara la consecuencia conexa de que también nosotros resucitaremos».
En realidad «ellos pensaban de otro modo: sí, los muertos son justificados, no irán al infierno —muy hermoso—, pero irán un poco al cosmos, al aire, el alma ante Dios: solamente el alma». Pero «no comprendían la resurrección». «Hay una resistencia fuerte», observó el Papa, el mismo «Pedro, que había contemplado a Jesús en su gloria en el Tabor, la mañana de la resurrección fue corriendo al sepulcro», pensando que habían robado el cuerpo del Señor. Porque «no entraba en su cabeza una resurrección real»: su visión «teológica», explicó el Pontífice, «se detenía en el triunfo». Hasta tal punto que «el día de la ascensión dirán: Pero dime, Señor, ¿ahora será la liberación, el reino de Israel?».
En esencia, los discípulos no comprendían «la resurrección, ya sea de Jesús, ya sea de los cristianos». Al final, sólo aceptaron «la de Jesús, porque lo vieron, pero la de los cristianos no se entendía así».
Por lo demás, sucede lo mismo «cuando Pablo va a Atenas y comienza a hablar» de la resurrección: «los griegos sabios, filósofos, se asustan». La cuestión es que «la resurrección de Cristo es un prodigio, una cosa que quizá asuste; la resurrección de los cristianos, es un escándalo: no pueden comprenderla». Y «por eso Pablo hace este razonamiento tan claro: si Cristo ha resucitado, ¿cómo pueden decir algunos de vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si Cristo ha resucitado, también los muertos resucitarán».
«Hay resistencia a la transformación —observó el Pontífice—, resistencia a que la obra del Espíritu, que recibimos en el Bautismo, nos transforme hasta el fin, hasta la resurrección». Y «cuando hablamos de esto, nuestro lenguaje dice: yo quiero ir al cielo, no quiero ir al infierno». Sin embargo, «nos detenemos allí». Y «ninguno de nosotros dice: yo resucitaré como Cristo». «También para nosotros —prosiguió el Pontífice— es difícil comprender esto». Es más fácil imaginar una especie de «panteísmo cósmico». Hay una «resistencia a ser transformados, que es la palabra que usa Pablo: «Seremos transformados. Nuestro cuerpo será transformado»». Pero, precisó, «con la resurrección todos nosotros seremos transformados».
«Este es el futuro que nos espera —reafirmó el Papa—, y esto nos lleva a poner tanta resistencia a la transformación de nuestro cuerpo», pero «también resistencia a la identidad cristiana». Y añadió: «Quizá no tengamos tanto miedo al apocalipsis del maligno, al anticristo que debe venir antes; quizá no tengamos tanto miedo». Sin embargo, tenemos «miedo a nuestra resurrección: todos seremos transformados». Y «esa transformación será el fin de nuestro itinerario cristiano».
«Esta tentación de no creer en la resurrección de los muertos —explicó el Papa— nació en la primera Iglesia. Pablo debe aclarar lo mismo a los tesalonicenses, y hablarles de ello una, dos veces». Y «al final, para consolarlos, para animarlos, dice una de las frases más llenas de esperanza que hay en el Nuevo Testamento: «Al final, seremos como Él»». Esta es nuestra «identidad cristiana: estar con el Señor». Una afirmación que, remarcó el Pontífice, no es ciertamente «una novedad». En efecto, «cuando Juan el Bautista señala a Jesús como el cordero de Dios y los dos discípulos se van con Él, dice el Evangelio: «Y ese día se quedaron con Él»».
«Nosotros resucitaremos para estar con el Señor y la resurrección comienza aquí, como discípulos, si estamos con el Señor, si caminamos con el Señor. Este es el camino hacia la resurrección. Y si estamos acostumbrados a estar con el Señor, este miedo a la transformación de nuestro cuerpo se aleja». Por eso no hay que «tener miedo a la identidad cristiana», que «no termina con un triunfo temporal, no termina con una hermosa misión». Porque «la identidad cristiana se realiza plenamente en la resurrección».
Por lo tanto, afirmó el Papa, «la identidad cristiana es una senda, es un camino donde se está con el Señor, como los dos discípulos que estuvieron con el Señor aquella tarde». Así, «también toda nuestra vida está llamada a estar con el Señor para quedarse, estar con el Señor, al final, después de la voz del arcángel, después del sonido de la trompeta». Al respecto, el Papa quiso recordar por último que el mismo san Pablo, en la Carta a los Tesalonicenses, «termina este razonamiento con esta frase: «Consolémonos con esta verdad»».
Según Juan, María Magdalena lo encontró vacío y supuso que alguien se había llevado el cuerpo de Jesús. El sepulcro vacío no puede, de por sí, demostrar la resurrección; esto es cierto. Pero cabe también la pregunta inversa: ¿Es compatible la resurrección con la permanencia del cuerpo en el sepulcro? ¿Puede haber resucitado Jesús si yace en el sepulcro? ¿Qué tipo de resurrección sería ésta? […] «No conocer la corrupción»: ésta es precisamente la definición de resurrección. Sólo la corrupción era considerada como la fase en la que la muerte era definitiva. Con la descomposición del cuerpo que se disgrega en sus elementos —un proceso que disuelve al hombre y lo devuelve al universo—, la muerte ha vencido. Ahora, aquel hombre ya no existe más como hombre; sólo puede permanecer tal vez como una sombra en los infiernos. En esta perspectiva, era fundamental para la Iglesia antigua que el cuerpo de Jesús no hubiera sufrido la corrupción. Sólo en ese caso estaba claro que no había quedado en la muerte, que en Él la vida había vencido efectivamente a la muerte.
Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, segunda parte, p. 97-98
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
I. La Resurrección de Cristo y la nuestra
Revelación progresiva de la Resurrección
992 La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquél que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos confiesan:
«El Rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna» (2 M 7, 9). «Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él» (2 M 7, 14; cf. 2 M 7, 29; Dn 12, 1-13).
993 Los fariseos (cf. Hch 23, 6) y muchos contemporáneos del Señor (cf. Jn 11, 24) esperaban la resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos que la niegan responde: «Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error» (Mc 12, 24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios que «no es un Dios de muertos sino de vivos» (Mc 12, 27).
994 Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él (cf. Jn 5, 24-25; 6, 40) y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre (cf. Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos (cf. Mc 5, 21-42; Lc 7, 11-17; Jn 11), anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, Él habla como del «signo de Jonás» (Mt 12, 39), del signo del Templo (cf. Jn 2, 19-22): anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte (cf. Mc 10, 34).
995 Ser testigo de Cristo es ser «testigo de su Resurrección» (Hch 1, 22; cf. 4, 33), «haber comido y bebido con él después de su Resurrección de entre los muertos» (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él.
996 Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones (cf. Hch 17, 32; 1 Co 15, 12-13). «En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne» (San Agustín, Enarratio in Psalmum 88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?
Cómo resucitan los muertos
997 ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.
998 ¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: «los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2).
999 ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo: «Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo» (Lc 24, 39); pero Él no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en Él «todos resucitarán con su propio cuerpo, del que ahora están revestidos» (Concilio de Letrán IV: DS 801), pero este cuerpo será «transfigurado en cuerpo de gloria» (Flp 3, 21), en «cuerpo espiritual» (1 Co 15, 44):
«Pero dirá alguno: ¿cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano…, se siembra corrupción, resucita incorrupción […]; los muertos resucitarán incorruptibles. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad (1 Cor 15,35-37. 42. 53).
1000 Este «cómo ocurrirá la resurrección» sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo:
«Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 18, 4-5).
1001 ¿Cuándo? Sin duda en el «último día» (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); «al fin del mundo» (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:
«El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar» (1 Ts 4, 16).
Resucitados con Cristo
1002 Si es verdad que Cristo nos resucitará en «el último día», también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo:
«Sepultados con él en elBbautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos […] Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 2, 12; 3, 1).
1003 Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20), pero esta vida permanece «escondida […] con Cristo en Dios» (Col 3, 3) «Con él nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús» (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos «manifestaremos con él llenos de gloria» (Col 3, 4).
1004 Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser «en Cristo»; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre:
«El cuerpo es […] para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? […] No os pertenecéis […] Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo» (1 Co 6, 13-15. 19-20).
Ser testimonio de alegría cristiana y esperanza en mi entorno social y familiar.
Diálogo con Cristo
Gracias, Padre, por estos minutos de oración, quiero salir de esta meditación decidido a trabajar para que muchos otros tengan la dicha de experimentar tu amor. Me has llamado a ser tu discípulo y misionero, con tu gracia, Señor, lo podré lograr.
Lucas 9, 18-22. Viernes de la 25.ª semana del Tiempo Ordinario. La señal para entender si un cristiano es «un cristiano de verdad» es su capacidad de llevar con alegría y con paciencia las humillaciones.
Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado». «Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro, tomando la palabra, respondió: «Tú eres el Mesías de Dios». Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie. «El hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día».
Primera lectura: Libro de Eclesiastico, de Sirac 3,1-11.
Salmo: Sal 144(143), 1-4
Oración Introductoria
Señor Jesús, el Evangelio en muchas ocasiones menciona cómo sabías darte el tiempo y buscabas el mejor lugar para hacer oración. Ayúdame a aprender de Ti, que sepa darle siempre prioridad a mi oración.
Petición
Jesús, dame la luz y la fuerza para convertirme en un verdadero hombre/mujer de oración.
Meditación del Santo Padre Francisco
La elección es «ser cristianos del bienestar» o «cristianos que siguen a Jesús». Los cristianos del bienestar son los que piensan que tienen todo si tienen la Iglesia, los sacramentos, los santos… Los otros son los cristianos que siguen a Jesús hasta el fondo, hasta la humillación de la cruz, y soportan serenamente esta humillación. Es, en síntesis, la reflexión propuesta por el Papa Francisco en [el día de hoy], en la homilía de la misa celebrada en la capilla de Santa Marta.
El Santo Padre enlazó con lo que había dicho la víspera respecto a los diversos modos para conocer a Jesús: «Con la inteligencia —recordó hoy—, con el catecismo, con la oración y en el seguimiento». Y aludió a la pregunta que está en el origen de esta búsqueda del conocer a Jesús: «¿Pero quién es éste?». En cambio hoy «es Jesús quien hace la pregunta », así como es relatado por Lucas en el pasaje del Evangelio del día (Lc 9, 18-22). La de Jesús, como observó el Pontífice, es una pregunta que de ser general —«¿Quién dice la gente que soy yo?»— se transforma en una pregunta dirigida particularmente a personas específicas, en este caso a los apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Esta pregunta —prosiguió— «se dirige también a nosotros en este momento en el que el Señor está entre nosotros, en esta celebración, en su Palabra, en la Eucaristía sobre el altar, en su sacrificio. Y hoy a cada uno de nosotros pregunta: ¿pero para ti quién soy yo? ¿El dueño de esta empresa? ¿Un buen profeta? ¿Un buen maestro? ¿Uno que te hace bien al corazón? ¿Uno que camina contigo en la vida, que te ayuda a ir adelante, a ser un poco bueno? Sí, es todo verdad, pero no acaba ahí», porque «ha sido el Espíritu Santo el que toca el corazón de Pedro y le hace decir quién era Jesús: Eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo ». Quien de nosotros —siguió explicando el Pontífice— «en su oración mirando el sagrario dice al Señor: tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo», debe saber dos cosas. La primera es que «no puede decirlo solo: debe ser el Espíritu Santo quien lo diga en él». La segunda es que debe prepararse «porque Él te responderá».
El Santo Padre se detuvo entonces a describir las diversas actitudes que un cristiano puede asumir: quien le siga hasta cierto punto, quien sin embargo le siga hasta el fondo. El peligro que se corre —advirtió— es el de ceder «a la tentación del bienestar espiritual», o sea, de pensar que tenemos todo: la Iglesia, Jesucristo, los sacramentos, la Virgen, y por lo tanto no debemos buscar ya nada. Si pensamos así «somos buenos, todos, porque al menos debemos pensar esto; si pensamos lo contrario es pecado». Pero esto «no basta. El bienestar espiritual —apuntó el Papa— es hasta cierto punto». Lo que falta para ser cristiano de verdad es «la unción de la cruz, la unción de la humillación. Él se humilló hasta la muerte, y una muerte de cruz. Éste es el punto de comparación, la verificación de nuestra realidad cristiana. ¿Soy un cristiano de cultura del bienestar o soy un cristiano que acompaña al Señor hasta la cruz?». Para entender si somos los que acompañan a Jesús hasta la cruz la señal adecuada «es la capacidad de soportar las humillaciones. El cristiano que no está de acuerdo con este programa del Señor es un cristiano a medio camino: un tibio. Es bueno, hace cosas buenas», pero sigue sin soportar las humillaciones y preguntándose: «¿por qué a éste sí y a mí no? La humillación yo no. ¿Y por qué sucede esto y a mí no? ¿Y por qué a éste le hacen monseñor y a mí no?».
«Pensemos en Santiago y Juan —continuó— cuando pedían al Señor el favor de las honorificencias. No sabéis, no entendéis nada, les dice el Señor. La elección es clara: el Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, por los sumos sacerdotes y por los escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
«¿Y todos nosotros? Queremos que se realice el final de este párrafo. Todos queremos resucitar al tercer día. Es bueno, es bueno, debemos querer esto». Pero no todos —dijo el Papa— para alcanzar el objetivo están dispuestos a seguir este camino, el camino de Jesús: consideran que es un escándalo si se les hace algo que piensan que es un error, y se lamentan de ello. Así que la señal para entender «si un cristiano es un cristiano de verdad» es «su capacidad de llevar con alegría y con paciencia las humillaciones». Esto es «algo que no gusta», subrayó finalmente el Papa Francisco; y, sin embargo, «hay muchos cristianos que, contemplando al Señor, piden humillaciones para asemejarse más a Él».
Hoy es habitual considerar a Jesús como uno de los grandes fundadores de una religión en el mundo, a los que se les ha concedido una profunda experiencia de Dios. […] Así, la palabra «experiencia» hace referencia, por un lado, a un contacto real con lo divino, pero al mismo tiempo comporta la limitación del sujeto que la recibe. Cada sujeto humano puede captar sólo un fragmento determinado de la realidad perceptible, y que además necesita después ser interpretado. Con esta opinión, uno puede sin duda amar a Jesús, convertirlo incluso en guía de su vida. Pero la «experiencia de Dios» vivida por Jesús a la que nos aficionamos de este modo se queda al final en algo relativo, que debe ser completado con los fragmentos percibidos por otros grandes. Por tanto, a fin de cuentas, el criterio sigue siendo el hombre mismo, cada individuo: cada uno decide lo que acepta de las distintas «experiencias», lo que le ayuda o lo que le resulta extraño. En esto no se da un compromiso definitivo.
Santo Padre emérito Benedicto XVI
Jesús de Nazaret, primera parte, p. 118
Propósito
Esforzarme por tener a Cristo como el criterio de mis decisiones e imitar su estilo de vida.
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
III. La bienaventuranza cristiana
1720 El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre: la llegada del Reino de Dios (cf Mt 4, 17); la visión de Dios: “Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8; cf 1 Jn 3, 2; 1 Co 13, 12); la entrada en el gozo del Señor (cf Mt 25, 21. 23); la entrada en el descanso de Dios (Hb4, 7-11):
«Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin? (San Agustín, De civitate Dei, 22, 30).
1721 Porque Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina (2 P 1, 4) y de la Vida eterna (cf Jn 17, 3). Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (cf Rm 8, 18) y en el gozo de la vida trinitaria.
1722 Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Por eso la llamamos sobrenatural, así como también llamamos sobrenatural la gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino.
«“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, “nadie verá a Dios y seguirá viviendo”, porque el Padre es inasequible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios […] “porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios”» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 20, 5).
1723 La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor:
«El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje instintivo la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad […] Todo esto se debe a la convicción […] de que con la riqueza se puede todo. La riqueza, por tanto, es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro […] La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración» (Juan Enrique Newman,Discourses addresed to Mixed Congregations, 5 [Saintliness the Standard of Christian Principle]).
1724 El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios (cf la parábola del sembrador: Mt 13, 3-23).
Jesucristo, lo primero que debo de buscar, si quiero ser feliz, es vivir centrado en Ti, eso es lo esencial de mi vida. Tengo que arraigarme en Ti y corresponder generosa y alegremente a tu infinito amor. Te pido tu gracia para saber vivir en el amor al saberte reconocer en los acontecimientos, buenos y malos, de este día.
Mateo 16, 13-23. Jueves de la 18.ª semana del Tiempo Ordinario.Pedro responde con lo que es la primera confesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La fe va más allá de los simples datos empíricos o históricos, y es capaz de captar el misterio de la persona de Cristo en su profundidad.
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas». «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?». Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo». Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías. Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá». Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».
Jesús, al igual que Pedro no me gusta, en muchas ocasiones, el camino que debo recorrer para aspirar a la santidad. Por eso hoy, con mucha fe y esperanza, te busco en la oración para suplicarte me concedas llegar a percibir tus sentimientos y conocer a fondo tu corazón. Que el centro de mi oración seas Tú, y no tanto mis problemas o dificultades personales.
Petición
Señor, que sepa reconocerte siempre como tu instrumento, porque Tú eres la única fuente que emana el bien que puedo hacer.
Meditaciónd el Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo (Mt 16, 13-20) es el célebre pasaje, centrado en el relato de Mateo, en el cual Simón, en nombre de los Doce, profesa su fe en Jesús como «el Cristo, el Hijo del Dios vivo»; y Jesús llamó «bienaventurado» a Simón por su fe, reconociendo en ella un don especial del Padre, y le dijo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».
Detengámonos un momento precisamente en este punto, en el hecho de que Jesús asigna a Simón este nuevo nombre: «Pedro», que en la lengua de Jesús suena «Kefa», una palabra que significa «roca». En la Biblia este término, «roca», se refiere a Dios. Jesús lo asigna a Simón no por sus cualidades o sus méritos humanos, sino por su fe genuina y firme, que le es dada de lo alto.
Jesús siente en su corazón una gran alegría, porque reconoce en Simón la mano del Padre, la acción del Espíritu Santo. Reconoce que Dios Padre dio a Simón una fe «fiable», sobre la cual Él, Jesús, podrá construir su Iglesia, es decir, su comunidad, con todos nosotros. Jesús tiene el propósito de dar vida a «su» Iglesia, un pueblo fundado ya no en la descendencia, sino en la fe, lo que quiere decir en la relación con Él mismo, una relación de amor y de confianza. Nuestra relación con Jesús construye la Iglesia. Y, por lo tanto, para iniciar su Iglesia Jesús necesita encontrar en los discípulos una fe sólida, una fe «fiable». Es esto lo que Él debe verificar en este punto del camino.
El Señor tiene en la mente la imagen de construir, la imagen de la comunidad como un edificio. He aquí por qué, cuando escucha la profesión de fe franca de Simón, lo llama «roca», y manifiesta la intención de construir su Iglesia sobre esta fe.
Hermanos y hermanas, esto que sucedió de modo único en san Pedro, sucede también en cada cristiano que madura una fe sincera en Jesús el Cristo, el Hijo del Dios vivo. El Evangelio de hoy interpela también a cada uno de nosotros. ¿Cómo va tu fe? Que cada uno responda en su corazón. ¿Cómo va tu fe? ¿Cómo encuentra el Señor nuestro corazón? ¿Un corazón firme como la piedra o un corazón arenoso, es decir, dudoso, desconfiado, incrédulo? Nos hará bien hoy pensar en esto. Si el Señor encuentra en nuestro corazón una fe no digo perfecta, pero sincera, genuina, entonces Él ve también en nosotros las piedras vivas con la cuales construir su comunidad. De esta comunidad, la piedra fundamental es Cristo, piedra angular y única. Por su parte, Pedro es piedra, en cuanto fundamento visible de la unidad de la Iglesia; pero cada bautizado está llamado a ofrecer a Jesús la propia fe, pobre pero sincera, para que Él pueda seguir construyendo su Iglesia, hoy, en todas las partes del mundo.
También hoy mucha gente piensa que Jesús es un gran profeta, un maestro de sabiduría, un modelo de justicia… Y también hoy Jesús pregunta a sus discípulos, es decir a todos nosotros: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». ¿Qué responderemos? Pensemos en ello. Pero sobre todo recemos a Dios Padre, por intercesión de la Virgen María; pidámosle que nos dé la gracia de responder, con corazón sincero: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Esta es una confesión de fe, este es precisamente «el credo». Repitámoslo juntos tres veces: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo».
[…] Ciertamente, son muchos en la actualidad los que se sienten atraídos por la figura de Cristo y desean conocerlo mejor. Perciben que Él es la respuesta a muchas de sus inquietudes personales. Pero, ¿quién es Él realmente? ¿Cómo es posible que alguien que ha vivido sobre la tierra hace tantos años tenga algo que ver conmigo hoy?
En el evangelio que hemos escuchado (cf. Mt 16, 13-20), vemos representados como dos modos distintos de conocer a Cristo. El primero consistiría en un conocimiento externo, caracterizado por la opinión corriente. A la pregunta de Jesús: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», los discípulos responden: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Es decir, se considera a Cristo como un personaje religioso más de los ya conocidos. Después, dirigiéndose personalmente a los discípulos, Jesús les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde con lo que es la primera confesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La fe va más allá de los simples datos empíricos o históricos, y es capaz de captar el misterio de la persona de Cristo en su profundidad.
Pero la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina. La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo. Así, la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal en relación a Él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados. Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura, a medida que se intensifica y fortalece la relación con Jesús, la intimidad con Él. También Pedro y los demás apóstoles tuvieron que avanzar por este camino, hasta que el encuentro con el Señor resucitado les abrió los ojos a una fe plena.
Queridos jóvenes, también hoy Cristo se dirige a vosotros con la misma pregunta que hizo a los apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Respondedle con generosidad y valentía, como corresponde a un corazón joven como el vuestro. Decidle: Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone.
En su respuesta a la confesión de Pedro, Jesús habla de la Iglesia: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». ¿Qué significa esto? Jesús construye la Iglesia sobre la roca de la fe de Pedro, que confiesa la divinidad de Cristo. Sí, la Iglesia no es una simple institución humana, como otra cualquiera, sino que está estrechamente unida a Dios. El mismo Cristo se refiere a ella como «su» Iglesia. No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del cuerpo (cf. 1Co 12,12). La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. Él está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza.
Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él.
Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios.
De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a cosas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios.
Queridos jóvenes, rezo por vosotros con todo el afecto de mi corazón. Os encomiendo a la Virgen María, para que ella os acompañe siempre con su intercesión maternal y os enseñe la fidelidad a la Palabra de Dios. Os pido también que recéis por el Papa, para que, como Sucesor de Pedro, pueda seguir confirmando a sus hermanos en la fe. Que todos en la Iglesia, pastores y fieles, nos acerquemos cada día más al Señor, para que crezcamos en santidad de vida y demos así un testimonio eficaz de que Jesucristo es verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador de todos los hombres y la fuente viva de su esperanza. Amén.
Renunciar a algo que me cuesta mucho (como oir música un día), y ofrecerlo a Dios por aquellas personas que han perdido su fe.
Diálogo con Cristo
Gracias, Señor, porque siendo Hijo de Dios, has dado tu vida por mí, porque me amas. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu Palabra. Tú me conoces, sabes de mi debilidad, de mi temor al sacrificio, al dolor, por eso confío en Ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone.
Me has pedido, dilectísimo hermano, que te transmita por carta unas palabras de consuelo capaces de endulzar tu razón, amargado por tantos sufrimientos como te afligen.
Pero si tu inteligencia está despierta, a mano tienes el consuelo que necesitas, pues la misma palabra divina te instruye como a hijo, destinado a obtener la herencia. Medita en aquellas palabras: Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas; mantén el corazón firme, sé valiente.
Donde está el temor está la justicia. La prueba que para nosotros supone cualquier adversidad no es un castigo de esclavos, sino una corrección paterna.
Por esto Job, en medio de sus calamidades, si bien dice: Que Dios se digne triturarme y cortar de un tirón la trama de mi vida, añade a continuación: Sería un consuelo para mí; aun torturado sin piedad, saltaría de gozo.
Para los elegidos de Dios, sus mismas pruebas son un consuelo, pues en virtud de estos sufrimientos momentáneos dan grandes pasos por el camino de la esperanza hasta alcanzar la felicidad del cielo.
Lo mismo hacen el martillo y la lima con el oro, quitándole la escoria para que brille más. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en la tribulación. Por esto dice también Santiago: Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas.
Con razón deben alegrarse quienes sufren por sus malas obras una pena temporal, y, en cambio, obtienen por sus obras buenas los premios sempiternos del cielo.
Todo ello significa que no deben deprimir tu espíritu los sufrimientos que padeces y las correcciones con que te aflige la disciplina celestial; no murmures ni te lamentes, no te consumas en la tristeza o la pusilanimidad. Que resplandezca en tu rostro la serenidad, en tu mente la alegría, en tu boca la acción de gracias.
Alabanza merece la dispensación divina, que aflige temporalmente a los suyos para librarlos del castigo eterno, que derriba para exaltar, corta para curar y deprime para elevar.
Robustece tu espíritu con éstos y otros testimonios de la Escritura y, tras la tristeza, espera con alegría el gozo que vendrá.
Que la esperanza te levante ese gozo, que la caridad encienda tu fervor. Así tu mente, bien saciada, será capaz de olvidar los sufrimientos exteriores y progresará en la posesión de los bienes que contempla en su interior.
Oficio de Lectura del 21 de febrero «Tras la tristeza, espera con alegría el gozo», de las cartas de San Pedro Damián: Libro 8,6: PL 144, 473-476.
* * *
Oración
Dios todopoderoso, concédenos seguir con fidelidad los consejos y ejemplos de san Pedro Damián, obispo, para que, amando a Cristo sobre todas las cosas, y dedicados siempre al servicio de tu Iglesia, merezcamos llegar a los gozos eternos. Por nuestro Señor Jesucristo.
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Oración de San Pedro Damián a Nuestra Señora
Santa Virgen, Madre de Dios, socorred a los que imploran vuestro auxilio. Volved vuestros ojos hacia nosotros.
¿Acaso por haber sido unida a la Divinidad ya no os acordaríais de los hombres? ¡Ah!, no por cierto.
Vos sabéis en qué peligros nos habéis dejado, y el estado miserable de vuestros siervos; no es propio de vuestra gran misericordia el olvidarse de una tan grande miseria como la nuestra.
Emplead en nuestro favor vuestro valimiento, porque el que es Omnipotente os ha dado la omnipotencia en el Cielo y en la tierra.
Nada os es imposible, pues podéis infundir aliento a los más desesperados para esperar la salvación.
Cuanto más poderosa sois, tanto más misericordiosa debéis ser.
Ayudadnos también con vuestro amor. Yo sé, Señora mía. Que sois sumamente benigna, y que nos amáis con un afecto al que ningún otro aventaja.
¡Cuántas veces habéis aplacado la cólera de nuestro Juez en el instante en que iba a castigarnos! Todos los tesoros de la misericordia de Dios se hallan en vuestras manos.
¡Ah! no ceséis jamás de colmarnos de beneficios.
Vos solo buscáis la ocasión de salvar a todos los miserables, y de derramar sobre ellos vuestra misericordia, porque vuestra gloria es mayor cuando por vuestra intercesión los penitentes son perdonados, y los que lo han sido entran en el Cielo.
Ayudadnos, pues, a fin de que podamos veros en el Paraíso, ya que la mayor gloria a que podemos aspirar consiste en veros, después de Dios, en amaros y en estar bajo vuestra protección.
¡Ah!, oídnos, Señora, ya que vuestro Hijo quiere honraros concediéndoos todo cuanto le pidáis.
San Pedro Damián fue, indudablemente, uno de los hombres que más intensamente trabajaron en el siglo XI para fomentar el espíritu de consagración absoluta a Dios y de la más austera vida de soledad y penitencia, al lado de San Romualdo, San Juan Gualberto y San Nilo. Mas, forzado por la necesidad de los tiempos y en particular por la obediencia al Romano Pontífice, trabajó también incansablemente por la reforma eclesiástica en multitud de legaciones y otras difíciles empresas, con todo lo cual debe ser considerado, al lado de San Gregorio VII, como uno de los hombres más insignes y beneméritos de la Iglesia en el siglo XI.
Nacido en Ravena en 1007, Pedro era el último de los hijos de una familia pobre y numerosa, y después de muchas privaciones, habiendo quedado huérfano en la más tierna edad, fue educado con dureza por uno de sus hermanos mayores. Tratado como un esclavo, iba con los pies desnudos y vestido de andrajos, y ya en su temprana edad fue ocupado en apacentar los animales. Mas, compadecido de él otro hermano suyo, llamado Damián, hombre piadoso y de buen corazón, lo tomó a su cargo e hizo de padre con él. De este modo, Pedro pudo adquirir una sólida formación sucesivamente en Ravena, Faenza y Parma, y, en agradecimiento a su hermano, se llamó en adelante Pedro Damián. Más aún: con sus extraordinarias cualidades, a los veinticinco años era profesor en Parma y más tarde en Ravena.
Pero ya desde entonces se sintió atraído de un modo irresistible hacia Dios. Empezó a ejercitarse en rigurosos ayunos, vigilias y oración; ciñóse un cilicio debajo de sus vestidos, para defenderse contra las tentaciones de la carne, y daba todo lo que podía a los pobres y necesitados, y sintiendo que Dios le exigía más todavía, decidióse a abandonar el mundo y abrazar la vida monástica en el más absoluto apartamiento.
Mientras se entretenía él con estos pensamientos, presentáronsele dos monjes del desierto de Fonte-Avellana, donde Landolfo, discípulo de San Romualdo, había fundado un monasterio. Con su mediación, se dirigió Pedro a esta soledad, donde comenzó inmediatamente a ejercitarse en las prácticas de la vida monástica. Los ermitaños de Fonte-Avellana vivían a pares en celdas separadas, ocupábanse sobre todo en la oración y lectura espiritual y llevaban una vida de gran austeridad. Pedro se entregó de lleno a este género de vida, por la cual fue pronto admitido a la profesión. Sintiéndose entonces como en su centro y movido de su abrasado amor de Dios, ejercitóse en las mayores austeridades; pero el resultado fue que experimentó fuertes dolores de cabeza y gran debilidad en su salud. Esto le hizo comprender que debía moderar aquellos excesos, y, en efecto, así lo hizo en adelante, procurando aprovechar esta enseñanza en la dirección de los demás. Todo esto le ofreció ocasión oportuna para entregarse al estudio de la Sagrada Escritura, que utilizó siempre en sus instrucciones a los monjes. Al mismo tiempo se preparó de esta manera para la composición de las importantes obras que más tarde escribió.
Con su vida ejemplar v con los conocimientos que fue adquiriendo, se constituyó bien pronto en el verdadero maestro de los ermitaños reunidos en Fonte-Avellana. La fama del monasterio atrajo cada día nuevos discípulos. Pedro Damián fue algún tiempo ecónomo y a la muerte del prior fue elegido él para sucederle en el cargo. Organizóse en las proximidades otro monasterio llamado Nuestra Señora de Sitria, y asimismo se fundaron otros cuatro centros de ermitaños, cuya dirección mantenía Pedro Damián. La forma de vida de los camaldulenses tomó algunas características especiales, que constituyen la obra de San Pedro Damián, cuyo centro principal era Fonte-Avellana. No nos dejó el Santo ninguna regla completa; mas, con lo que podemos ver en sus escritos, aparecen los rasgos más característicos. Se observaba el más absoluto silencio, y aunque no se habla de trabajo manual, sabemos que éste constituía una de las bases de la vida de los ermitaños. Por otra parte, él mismo les dirigía frecuentes instrucciones y les inspiró desde un principio un amor filial a la Santísima Virgen.
En realidad, pues, San Pedro Damián puede ser incluido en el número de los fundadores de este nuevo género de vida religiosa, mezcla de vida solitaria y de comunidad, que tanto fruto reportó a la Iglesia. Entre sus discípulos sobresalieron algunos por sus altos cargos y por sus virtudes, como Santo Domingo Loricatus y San Juan de Lodi, sucesor suyo como superior, quien escribió su vida y más tarde fue obispo de Gubbio.
Pero su celo por la gloria de Dios y el bien de las almas no se limitó a estos monasterios, que estaban bajo su dirección. Todavía durante esta primera etapa de su vida, en que se nos presenta como gran asceta cristiano, como fundador de monasterios y maestro de aquella vida austera de soledad y penitencia, mantuvo contacto con diversos monasterios o religiosos de otras órdenes y aun con eminentes seglares, como aparece en algunas de sus cartas y otros escritos. Pero debemos observar que este contacto con el mundo exterior no tenía otro objeto que la exaltación de la vida de austeridad y penitencia y en corregir los vicios y corrupción, que tantos estragos hacían en todas partes.
De este modo se preparaba San Pedro Damián para lo que debía ocuparlo durante la segunda parte de su vida, que era el servicio de la Iglesia con importantes cargos y legaciones, es decir, con una vida apostólica de intensa actividad, tan contraria a su inclinación espiritual a la soledad y penitencia. Aunque apartado por completo del mundo, Pedro Damián conocía perfectamente la triste situación de la Iglesia hacia el año 1044 durante el pontificado del tristemente célebre Benedicto IX (1032-1044). Por otro lado, sabía muy bien el profundo arraigo que tenían en la Iglesia los dos vicios fundamentales de la simonía y el concubinato. Por esto saludó con transportes de alegría el advenimiento de Gregorio VI (1045-1046), quien, lleno de los mejores deseos, fue el primero en echar mano del gran Hildebrando, el futuro Gregorio VII. Luego, en 1046, asistió en San Pedro de Roma a la coronación del emperador Enrique III, quien providencialmente ponía término al estado irregular de la Iglesia, y en 1047 al concilio de Letrán, en que fueron promulgados importantes decretos de reforma.
Pedro Damián se volvió entonces a su retiro de Fonte-Avellana, decidido a seguir la vida de soledad y penitencia.
Pero entonces precisamente era necesario poner al servicio inmediato de la Iglesia y del Papado su elevado espíritu y el gran prestigio de santidad de que gozaba. Por esto, el noble emperador Enrique III, que tanto estimaba sus virtudes, lo decidió a intervenir. Así pues, Pedro Damián, impulsado por Enrique III, compuso y dirigió una célebre carta a Clemente II (1048), en la que lo exhortaba a dar un impulso más eficaz a la reforma eclesiástica. Pero la muerte del Papa impidió se tomara ninguna medida en este punto. Fue León IX (1048-1054) quien inició con mano enérgica la nueva campaña contra la simonía y relajación eclesiástica, para lo cual nombró cardenal-diácono a Hildebrando, quien fue en adelante el alma del movimiento reformador.
Por su parte, Pedro Damián, que sólo ansiaba el mejoramiento de la Iglesia, publicó entonces su célebre obra Libro Gomorriano, como si dijéramos, Libro de los incontinentes, que dedicó al papa León IX. Su realismo vivo y a las veces algo exagerado va encaminado a convencer a los Papas y a todos los dirigentes a poner remedio a tanto mal. León IX reconoció la buena intención de Pedro Damián; pero no creyó prudente proceder con tanto rigor. De hecho, mientras Hildebrando desarrollaba una intensa actividad reformadora durante este pontificado, Pedro Damián no tuvo apenas intervención en ningún asunto público. Lo mismo sucedió durante el pontificado siguiente de Víctor II (1055-1057), si bien se conservan cartas sumamente interesantes, dirigidas por él durante este tiempo a ambos Papas.
Pero desde el pontificado de Esteban IX (1057~1058) cambió por completo la situación. El nuevo Papa decidió crearlo cardenal-obispo de Ostia y sólo utilizando los medios extremos de amenaza de excomunión logró vencer la resistencia de su profunda humildad. Él mismo, personalmente, puso en su dedo el anillo episcopal. Pero la muerte prematura de este Papa frustró los vastos planes de reforma que proyectaba con la ayuda de Pedro Damián. Hubo entonces un conato de cisma y Damián se retiró algún tiempo a Fonte-Avellana; mas, con la elección de Nicolás II (1059-1061), Pedro Damián volvió de nuevo a su campo de batalla y precisamente los años siguientes significan el período de su mayor actividad por medio de las más importantes legaciones.
En efecto, ya el año 1059 recibió del Romano Pontífice su primera legación a Milán, que se hallaba en una situación desesperada, sobre todo por la simonía y la incontinencia de los clérigos. Pedro Damián y Anselmo de Lucca, designados como legados pontificios, celebraron inmediatamente un sínodo y, tras enconadas luchas, se restableció el orden.
El pontificado de Alejandro II (1061-1072) dio de nuevo ocasión a Damián para prestar extraordinarios servicios a la Iglesia y ejercitar su celo apostólico. Al ser nombrado el antipapa, Pedro Damián compuso una de sus más célebres obras, dirigida a la asamblea de Augsburgo de 1062, que contribuyó eficazmente a la solución del cisma. En 1063 desempeñó otra legación, acompañado de Hugón de Cluny, en favor de la abadía de Bourgogne y de otras cluniacenses frente a Drogón, obispo de Macón. El resultado fue enteramente favorable. Asimismo visitó Limoges y trabajó por la reforma de la abadía de San Marcial; estuvo en Sauvigny, donde fue ocasión de un milagro «de San Odilón de Cluny. Por todo ello, los cluniacenses le quedaron sumamente agradecidos. Finalmente intervino con el joven rey alemán Enrique IV, a quien dirigió luego una excelente carta en defensa de los derechos pontificios.
Después de todo esto, renováronsele sus ansias de soledad y de oración, por lo cual suplicó a Alejandro II le permitiera renunciar a todas sus dignidades. Hildebrando, que apreciaba en lo justo la fuerza de su virtud y ejemplo para la realización de las empresas que se le encomendaban, le opuso toda clase de dificultades, diciéndole al fin con su buen humor que, si se empeñaba en ello, le imponía una penitencia de cien años. A esto repuso Damián que aceptaba la penitencia y, en efecto, se retiró a Fonte-Avellana.
Vuelto a su amado retiro, se entregó de nuevo con alma joven a la vida de austeridad y oración, que él tanto amaba. Renovó los ayunos, vigilias y toda clase de mortificaciones. En el capítulo, después de dirigir alentadoras exhortaciones a todos, se acusaba de sus propias faltas, como pudiera hacerlo el más sencillo novicio, y tomando la disciplina, se flagelaba sin compasión. Tan precioso ejemplo sirvió para renovar el espíritu de todos los monjes.
Todavía tuvo que abandonar su amada soledad en servicio de la Iglesia. En 1066 acudió a Montecasino, donde pasó veinte días, dando los mejores ejemplos a todos sus moradores. El mismo año fue a Florencia, enviado por Alejandro II, para terminar un conflicto con los monjes de Valleumbrosa. Algo más tarde se vio de nuevo forzado a emprender, en nombre del Papa, un viaje a Alemania para tratar con Enrique IV el asunto de su divorcio, y en un concilio hizo triunfar los derechos de la moral cristiana. Finalmente, poco antes de su muerte, a principios de 1072, desempeñó una última legación en la que logró reconciliar a los habitantes de Ravena con el Romano Pontífice.
Precisamente cuando volvía de prestar este último servicio a la Iglesia y se dirigía a Ronta a dar cuenta del resultado de su misión, se sintió en Faenza atacado por la fiebre, retiróse al monasterio de Nuestra Señora de los Angeles y allí murió el 12 de febrero de 1072 en presencia de gran número de monjes.
Su muerte fue, en verdad, digna de una vida de piedad y servicio de Dios y de su Iglesia. San Pedro Damián fue un precursor de la gran obra reformadora que completó Gregorio VII (el antiguo Hildebrando) desde su elevación al Pontificado en 1073. Sus exhortaciones y sermones están llenos de la más cristiana elocuencia. Sus voluminosos escritos, que le han merecido el título de Doctor de la Iglesia, están llenos de gran erudición y con su vehemencia característica ensalzan la belleza y elevación de la vida monástica o descubren las horribles lacras de la corrupción y relajación de su tiempo.