Orar haciendo poesía

Orar haciendo poesía

Taller de oración

Orar haciendo poesía


«A veces basta una hoja en blanco para comenzar una conversación con Dios.»


Todos aprendemos a hablar. Nadie necesita que le enseñen a expresar una alegría, una preocupación o una pregunta cuando siente la confianza suficiente para hacerlo. Con la oración ocurre algo parecido. Muchas veces pensamos que rezar consiste únicamente en aprender unas fórmulas o repetir unas palabras que la Iglesia nos ha transmitido desde hace siglos. Y es verdad que esas oraciones forman parte de un tesoro inmenso que merece la pena conocer. Pero la oración también es un encuentro personal con Dios, una conversación que va creciendo poco a poco hasta hacerse tan natural como hablar con alguien que nos conoce y nos quiere de verdad.

En este Taller de oración iremos descubriendo distintos caminos que pueden ayudarte a rezar. Algunos pertenecen a la gran tradición de la Iglesia y otros nacen de experiencias muy sencillas que cualquiera puede vivir. En estas páginas vamos a detenernos en una de ellas: la poesía. No para aprender literatura ni para convertirnos en escritores, sino para descubrir que escribir unas palabras dirigidas a Cristo puede convertirse, muchas veces sin que apenas nos demos cuenta, en una de las formas más sinceras de oración.

¿Y si este verano hicieras silencio?

Cuando pensamos en el verano solemos imaginar vacaciones, viajes, playa, piscina, excursiones o tardes con los amigos. Todo eso forma parte de estos meses y es bueno disfrutarlo. Sin embargo, entre tantos momentos de actividad aparecen otros muy distintos: una tarde tranquila, un paseo al atardecer, una noche de estrellas, el rumor del mar, el silencio de una iglesia o simplemente la calma de una habitación. Son instantes que muchas veces pasan desapercibidos porque vivimos pendientes del siguiente plan, del siguiente vídeo o de la siguiente notificación del teléfono. Sin embargo, cuando dejamos de correr durante unos minutos, descubrimos que el silencio no está vacío. Poco a poco empezamos a escuchar mejor lo que llevamos dentro y comprendemos que también ahí puede esperar Dios.

Quizá nunca te hayas planteado aprovechar uno de esos momentos para rezar de una forma diferente. No hace falta buscar un lugar extraordinario ni esperar a sentir algo especial. Basta con detenerse un momento, respirar con calma y dejar que el corazón hable con sencillez. Muchas veces la oración comienza precisamente así: sin grandes discursos, sin emociones espectaculares y sin fórmulas complicadas. Comienza cuando una persona decide regalar unos minutos de su tiempo a Dios y descubre que Él siempre estaba allí, esperándola con paciencia.

Cuando un poema se convierte en oración

Cuando hablamos de oración es normal pensar en el padrenuestro, el rosario, la adoración eucarística o la lectura del Evangelio. Todas ellas son formas preciosas de rezar que han acompañado a millones de cristianos a lo largo de los siglos. Sin embargo, la oración no consiste únicamente en repetir unas palabras. También es abrir el corazón delante de Dios y hablar con Él con la misma confianza con la que hablamos con alguien que nos conoce profundamente. Algunas personas descubren que les resulta más fácil hacerlo cuando escriben. El papel les ayuda a ordenar las ideas, a poner nombre a los sentimientos y a expresar aquello que quizá les costaría decir en voz alta.

Seguramente alguna vez has escrito unas líneas para no olvidar un momento importante, para entender mejor lo que estabas viviendo o simplemente porque necesitabas desahogarte. Cuando esas palabras se dirigen a Cristo empiezan a adquirir un significado nuevo. Poco a poco dejan de ser solo un recuerdo o una reflexión personal y se convierten en un diálogo con Él. No hace falta que sean versos perfectos ni que tengan una gran belleza literaria. Lo importante es que nazcan de la verdad con la que una persona se presenta delante de Dios y le habla con toda sencillez.

No tengas miedo a la poesía

La palabra poesía puede imponer un poco. Es fácil pensar en autores famosos, libros difíciles o poemas que parecen escritos solamente para especialistas. También puedes creer que hace falta conocer muchas reglas, elegir palabras complicadas o conseguir que todos los versos rimen perfectamente. Sin embargo, la poesía nació mucho antes que las clases de Literatura y que los manuales de métrica. Desde siempre, las personas han buscado una forma de expresar aquellas alegrías, preguntas, tristezas y esperanzas que el lenguaje de cada día no consigue explicar por completo.

No necesitas escribir como un gran poeta para comenzar. Puedes hacerlo con unas pocas líneas, utilizando palabras sencillas y hablando de aquello que realmente estás viviendo. Más adelante descubrirás que la rima, el ritmo y las distintas estrofas pueden ayudarte a encontrar la forma más adecuada para expresar lo que llevas dentro. Pero también comprenderás que la belleza de un poema no depende solamente de la técnica. Nace, sobre todo, de la verdad con la que una persona abre su corazón delante de Dios.

Rezar con la inteligencia y con el corazón

Cuando escribes un poema no utilizas únicamente las palabras. Mientras buscas la expresión que mejor transmite lo que quieres decir, también pones en marcha la memoria, la imaginación, la inteligencia y la sensibilidad. Recuerdas experiencias, eliges imágenes, relacionas pensamientos y procuras que cada frase exprese con precisión aquello que llevas dentro. Si esas palabras están dirigidas a Dios, todo ese esfuerzo deja de ser solamente un ejercicio creativo y puede convertirse en una forma de rezar con toda la persona.

Quizá por eso tantos santos y tantos escritores cristianos encontraron en la poesía un lenguaje especialmente apropiado para la oración. No escribían solamente para demostrar su talento ni para crear una obra hermosa. Escribían porque deseaban hablar con Dios y necesitaban encontrar palabras capaces de expresar lo que sentían. Algunos de aquellos poemas llegaron a formar parte de las grandes obras de la literatura, pero antes de ser admirados por su belleza fueron la oración sincera de una persona que buscaba a Cristo con la inteligencia y con el corazón.

Atrévete a empezar

No hace falta esperar a sentir una inspiración extraordinaria para escribir tu primer poema. Tampoco necesitas encontrar un lugar perfecto ni disponer de mucho tiempo. Busca una libreta, siéntate unos minutos en un sitio tranquilo y comienza a escribir como si estuvieras manteniendo una conversación con Jesús. Puedes darle gracias por algo que hayas vivido ese día, contarle una preocupación, pedirle ayuda para una decisión importante o hablarle de una persona que necesite tu oración. No pienses todavía en si las palabras son bonitas o si los versos riman. En este momento lo importante no es hacer literatura, sino aprender a hablar con Dios con la mayor sinceridad posible.

Es posible que al principio escribas solamente unas pocas líneas. No te preocupes. La oración también crece poco a poco. Con el paso del tiempo descubrirás que esas páginas conservan mucho más que unos cuantos versos. En ellas quedarán reflejadas las preguntas que te hacías, las alegrías que compartías con Cristo y el camino que has ido recorriendo junto a Él. Muchas personas guardan durante años esos cuadernos porque, al volver a leerlos, descubren cómo Dios ha ido actuando en su vida con una delicadeza que quizá entonces no llegaron a percibir.

Tu primer poema

Antes de pasar la página, prueba una cosa muy sencilla. Escribe un poema dirigido a Jesús. No pienses en cuántos versos tendrá ni en si todas las palabras riman. Comienza simplemente por aquello que hoy desearías decirle. Tal vez quieras darle las gracias por una amistad, pedirle fuerza para superar una dificultad, hablarle de un sueño o contarle una preocupación que llevas tiempo guardando. No tengas prisa. Deja que las palabras aparezcan poco a poco, igual que sucede en una conversación cuando existe confianza entre dos personas.

Cuando termines de escribir, guarda esa hoja con cariño. Quizá dentro de unos años vuelvas a leerla y descubras que, más allá de la calidad de aquellos versos, quedó escrito algo mucho más importante: un momento de encuentro con Dios. La poesía puede ayudarte a encontrar palabras para rezar, pero el verdadero valor de ese poema no estará en su belleza literaria, sino en la sinceridad con la que hayas abierto tu corazón delante de Cristo.

Claro. Y creo que es mejor así. El problema era que, de repente, el documento dejaba de hablar con el chaval y empezaba a hablar como una bibliografía. Vamos a mantener la misma voz hasta el final.

¿Y ahora qué?

Si has llegado hasta aquí, quizá te haya entrado la curiosidad por probar esta forma de rezar. No hace falta que escribas un poema todos los días ni que conviertas la poesía en una obligación. Como cualquier amistad, la relación con Dios también necesita libertad. Habrá días en los que te resulte muy fácil escribir y otros en los que apenas se te ocurran unas pocas palabras. No pasa nada. Lo importante no es la cantidad de versos que llenen una página, sino que esas palabras nazcan de un corazón que quiere encontrarse con Cristo.

También descubrirás que no eres el primero que ha recorrido este camino. Mucho antes que nosotros, hombres y mujeres de todas las épocas buscaron palabras para expresar su amor a Dios. Algunos llegaron a escribir algunos de los poemas más bellos de nuestra lengua. No los leas pensando que algún día tendrás que escribir como ellos. Acércate a sus obras como quien conversa con personas que pueden enseñarte a rezar desde su propia experiencia.

Si quieres seguir caminando…

Si esta forma de rezar te ha ayudado, quizá te apetezca seguir descubriendo cómo otras personas encontraron en la poesía un camino para acercarse a Dios. No los leas pensando que tendrás que escribir como ellos. Cada persona tiene su propia voz y cada oración nace de una historia distinta. Acércate a sus poemas como quien conversa con amigos que, desde siglos diferentes, pueden enseñarte a mirar a Cristo con una sensibilidad nueva.

En la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes encontrarás las obras de san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, fray Luis de León, Lope de Vega, Jacint Verdaguer, Gerardo Diego y Claudio Rodríguez, entre otros muchos autores. Descubrirás que cada uno escribe de una manera diferente, pero todos coinciden en algo: cuando la belleza nace de un corazón creyente, también puede convertirse en una forma de oración.

Si además deseas conocer un poco mejor cómo funcionan la rima, el ritmo o las distintas estrofas de la poesía castellana, puedes consultar la Real Academia Española y sus obras de referencia. Aprender esas herramientas puede ayudarte a escribir con mayor libertad, pero no olvides que la técnica nunca sustituye a la sinceridad. Las reglas enseñan a escribir poemas; la oración nace cuando una persona decide abrir su corazón delante de Dios.

Ahora te toca a ti

A lo largo de estas páginas has descubierto una forma distinta de rezar. Quizá nunca habías pensado que una libreta y un bolígrafo podían convertirse también en un lugar de encuentro con Dios. Ahora ya sabes que no hace falta ser un gran poeta para empezar. Solo hace falta dedicar unos minutos de silencio, hablar con sinceridad y atreverse a poner por escrito aquello que llevas dentro.

Cuando cierres este documento, no pienses que has terminado una lectura. Piensa, más bien, que acabas de encontrar una posibilidad que quizá nunca habías imaginado. El siguiente paso ya no consiste en leer otra página, sino en abrir una libreta y comenzar a escribir la primera. Nadie puede hacerlo por ti. Ningún poeta, ningún santo, ningún catequista. Ese primer poema solo puedes escribirlo tú, porque solo tú conoces lo que hoy llevas en el corazón. Tal vez, mientras buscas las palabras para escribirlo, descubras que Dios ya llevaba mucho tiempo esperando esa conversación.

No guardes este documento pensando que ya has aprendido una forma nueva de oración. Guárdalo cuando hayas escrito tu primer poema. Ese será el verdadero comienzo de este taller.